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La soja: ¿amenaza ecológica o promesa de futuro?
Resumen: La soja: ¿amenaza ecológica o promesa de futuro? diversas organizaciones ecologistas brasileñas coinciden en calificar el rápido incremento de las áreas sembradas de soja (transgénica para más señas) como una nueva amenaza para la selva amazónica, que a lo largo del año pasado ha perdido por este motivo ¡un 40 por ciento más que el año anterior!(V)
Publicación enviada por Edith Papp
Para
la deforestación de la Cuenca Amazónica siempre hubo razones.
Ante el llamado del poderoso caballero que todos conocemos por
el nombre de Don Dinero parecen importar muy poco las voces de
protesta que reclaman una mayor protección del “pulmón del
mundo”, hábitat de innumerables especies animales y
vegetales, y hogar de comunidades humanas al borde de la extinción
que preservan elementos culturales y materiales de nuestros
antepasados más lejanos.
Primero fue la obtención de maderas preciosas para satisfacer
los gustos de los consumidores de los países ricos; luego hizo
falta robarle terrenos al bosque para expandir las zonas de
pastoreo del ganado, mientras otros quemaban tierras para
extender la frontera agrícola en nombre del “desarrollo”,
para lo cual nunca faltaron los intereses foráneos que, a su
vez, tampoco eximen totalmente de culpa a aquellos que, desde
dentro, nada hicieron por que no fuera así.
Hoy, diversas organizaciones ecologistas brasileñas coinciden
en calificar el rápido incremento de las áreas sembradas de
soja (transgénica para más señas) como una nueva amenaza para
la selva amazónica, que a lo largo del año pasado ha perdido
por este motivo -según un despacho reciente de la agencia de
noticias Associated Press- unos 25 mil kilómetros cuadrados, ¡un
40 por ciento más que el año anterior!
Las noticias sobre la previsible reducción para este año de
las cosechas de soja de Estados Unidos (principal productor)
empujan a numerosos granjeros locales, tocados por esta nueva
“fiebre del oro”, a adquirir tierras para sembrar nuevas
variedades -desarrolladas por científicos brasileños-
resistentes a las inclemencias del duro clima de los bosques
tropicales. Sin embargo, ellos son tan sólo los actores locales
de un escenario mucho más amplio, en el que importantes
empresas multinacionales compiten entre sí para repartirse los
beneficios de la expansión de cultivos genéticamente
modificados (GM) en los países en vías de desarrollo, proyecto
en el que América Latina parece tener un papel importante.
Crecimiento espectacular
En la actualidad el 85 por ciento del total de soja producida en
Brasil procede de cinco Estados: Mato Grosso, Mato Grosso do
Sul, Paraná, Goiás y Rio Grande do Sul, aunque en las zonas
del norte del país (Rondonia, Pará, y Roraima) se registran últimamente
avances impresionantes. Las zonas de cultivo de soja han pasado
de las escasas 3.000 hectáreas en 1997 a 56.000 en 2003. Según
el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, el área de
cultivo de soja en Brasil (calculado por entidades oficiales del
país sudamericano en 18,4 millones de hectáreas) podría
triplicarse en los próximos 50 años. En esa dirección apunta
también el plan de desarrollo "Avança Brasil", que
busca extender la frontera agrícola penetrando a profundidad en
la zona forestal para fomentar el cultivo de la soja, y al que
el Gobierno proyecta destinar unos 40 mil millones de dólares.
Si a esto se suman los proyectos de construcción de
infraestructuras de transporte para sacar las cosechas (en
algunas zonas hasta tres al año) la amenaza ecológica se hace
aún más grande. Según los cálculos de economistas con
sensibilidad medioambiental (especie rara, por cierto, en estos
tiempos complejos que vivimos), una reducción del 20 por ciento
en los costes de transporte de productos agrícolas aumenta la
deforestación en un 52 por ciento.
Las organizaciones ecologistas consideran especialmente
preocupantes los planes de extender los sembrados a la ecorregión
de Cerrado -de unos dos millones de kilómetros cuadrados-
compartida por varios Estados y una de las zonas de importancia
ecológica menos protegidas en la actualidad. El desarrollo de
variantes transgénicas especialmente producidas para esa zona y
la reiteración de la posibilidad de mecanizar la producción
reflejan una clara voluntad de expandir la frontera agrícola en
detrimento de la selva tropical.
De acuerdo con un reciente despacho de la Agencia Brasil (Abr),
el gigante sudamericano ocupa actualmente el cuarto lugar
mundial en la producción de soja transgénica, con un área
sembrada de casi tres millones de hectáreas, precedido sólo
por Estados Unidos (42,8 millones de hectáreas), Argentina
(13,9 millones de hectáreas) y Canadá (4,4 millones de hectáreas).
Un problema regional
El debate en torno a estos temas va ganando cada vez más
relevancia regional, pues más de un país de América Latina se
enfrenta hoy a la misma problemática. En primer lugar nos
referimos a la vecina Argentina, que ocupa el segundo lugar a
nivel mundial en lo que se refiere al área sembrada de transgénicos
y aporta en la actualidad un 23 por ciento del total de
productos genéticamente modificados. Pese a este hecho -de
acuerdo con una reciente encuesta del Ministerio argentino de
Agricultura- sólo un 64 por ciento de los consumidores
consultados afirma “haber oído hablar” de los cultivos
transgénicos, frente al 90 por ciento de agricultores
participantes en el sondeo. El desconocimiento se debe, según
fuentes autorizadas, a la falta total de campañas de información
con respecto a este tema, tanto por parte de las autoridades
oficiales como de las organizaciones ecologistas, que Greenpeace
ha tratado de suplantar llamando la atención sobre los
potenciales efectos de estos productos en la salud humana y el
medio ambiente.
Podríamos mencionar también a Colombia, donde la ONG Fundación
Swiss-Aid, dedicada a luchar contra los cultivos transgénicos,
se enfrenta en estos meses al gobierno central en torno a una
variedad recién introducida de algodón GM. La Fundación
Swiss-Aid se opone también a los proyectos de plantar maíz
transgénico y a las avanzadas investigaciones sobre la
manipulación genética de productos claves de la economía
colombiana, como el café, el plátano, la caña de azúcar y
diversas frutas tropicales. Otras organizaciones ecologistas
lamentan la falta de un mayor debate público sobre el tema,
mientras la Asociación Colombiana de Agricultores recuerda que,
según una reciente encuesta, un 46 por ciento de los
agricultores se manifiesta contrario a cultivar plantas transgénicas.
Cabe recordar que en total cinco países latinoamericanos tienen
oficialmente aprobado el cultivo de plantas GM -Argentina,
Brasil, Colombia, Honduras, México y Uruguay- y, si descontamos
a Argentina y Brasil, el resto del subcontinente aporta
solamente el uno por ciento de la producción de transgénicos a
nivel global.
Las dos caras del debate
El espinoso asunto de los organismos genéticamente manipulados
tiene -como todo en la vida- dos caras. Sería un simplismo
imperdonable considerar que los únicos defensores de estos
cultivos son las empresas multinacionales, interesadas sólo en
incrementar sus beneficios, y los latifundistas locales,
deseosos de obtener la mayor tajada del “boom” que apenas
comienza. Existen también razones de peso -y de la más variada
índole- que obligan a pensar con amplitud de miras y sentido de
responsabilidad en el futuro de los cultivos GM.
Entre ellas, las económicas: según opiniones de expertos en el
tema, a la vuelta de unos años, Brasil será capaz de dejar atrás
incluso a los propios Estados Unidos, con todo lo que esto
implicaría para el avance de sus proyectos socio-económicos y
concretamente para las regiones más deprimidas.
En el plano ecológico también se abren perspectivas
interesantes -que obviamente no deben ser vistas como
“contrapartida” por la destrucción de la Amazonia, porque
el planteamiento de por sí resulta inmanejable- pues una política
oficial firme y rigurosa que asegure la protección del “pulmón
del mundo” tendría que encauzar el desarrollo de estas
actividades y, sobre todo, utilizar todo el peso político que
va ganando Brasil a nivel global para frenar los intentos foráneos
de anteponer los planes de expansión de las empresas
transnacionales a los intereses nacionales de este país y a los
intereses globales de la humanidad, que debe cuidar esta joya de
la biodiversidad.
Entre los proyectos ecológicos de más peso relacionados con la
soja destaca la promoción de la producción a gran escala de
biodiesel, un combustible no contaminante en el que científicos
brasileños vienen trabajando desde hace más de dos décadas.
Aunque hasta el momento en el país existen más experiencias en
el uso de la caña de azúcar para obtenerlo, la rápida expansión
de los cultivos de soja ofrece nuevas alternativas a las
investigaciones y a sus aplicaciones prácticas, actualmente en
marcha y con resultados muy prometedores. No faltan quienes
auguran que mediante el avance de este programa, a medio plazo,
Brasil podría ganarse un merecido liderazgo mundial en la
sustitución -efectiva, más allá de la retórica- de los
combustibles fósiles por fuentes de energía renovables,
encabezando una verdadera revolución energética, con todas las
consecuencias que de allí se deriven tanto para la economía
como para la política mundial.
El debate, pues, está servido para los próximos años. Sólo
el tiempo dirá -quién sabe a qué precio en términos de salud
humana y medioambiental- qué efectos reales tendrán estos
cultivos en la vida de los países del Sur, donde entre 2002 y
2003 el incremento de sus áreas de cultivo (28 por ciento)
sobrepasó ampliamente el registrado en los países del Norte
industrializado (11 por ciento), bajo la creciente presión de
las empresas transnacionales empeñadas en expandirlos hacia las
zonas en vías de desarrollo. |
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Publicación enviada por Edith Papp
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Publicado Saturday 28 de February de 2004
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