Monografias | Bajo la sombra del Paraíso poético de Vicente AleixandreBajo la sombra del Paraíso poético de Vicente AleixandreResumen: El presente trabajo persigue un acercamiento a la poética de Vicente Aleixandre a través de un análisis del estilo funcional artístico en algunos de sus poemas del libro Sombra del Paraíso, considerado su obra capital El presente trabajo persigue un
acercamiento a la poética de Vicente Aleixandre a través de un análisis del
estilo funcional artístico en algunos de sus poemas del libro Sombra
del Paraíso, considerado su obra capital. Con el análisis se intenta abordar,
mediante un enfoque estilístico, la diversidad temática en sus composiciones
poéticas, partiendo de su concepción visionaria de un mundo idealizado por el
poeta, contrapuesto a la verdadera realidad de su entorno vital, la realidad
contemporánea, amén del tema único de toda la obra que conforman, la cual será
tratada en un pequeño acápite dentro de este trabajo. Con todo se pretende
demostrar que Vicente Aleixandre, a pesar de ser integrante del movimiento
vanguardista de la generación del 27, fue el que más busco con su poesía el
modo de evadirse del mundo. Sombra del Paraíso y la obra de Aleixandre La obra de Aleixandre comienza verdaderamente con Pasión
de la Tierra, libro de Poemas en prosa. Siguen luego Espadas como labios,
La destrucción o el amor y Sombra del Paraíso. Esta obra en su
conjunto representa un nuevo viraje para la poesía española. Pero es con su
poemario Sombra del Paraíso que el poeta alcanza su plenitud de creación. El único tema aquí de sus composiciones poéticas es el
Universo, la Creación, la vida. En Espadas como labios se nos presenta
como una horrible confusión y entrecruzamiento de fuerzas. En La destrucción
o el amor como una genial combinación en que cada forma encuentra su
principio, su devenir y acabamiento. Ya en Sombra del Paraíso es la
imagen serena del existir del mundo, en su día original. Los poetas son aquí ángeles
desterrados de su celeste origen. Y él, poeta, escribe desde su doble
cansancio, desde su doble tristeza como un ente impuro de la difusa humanidad. Y
a este mundo pertenece el poeta. Sombra del Paraíso es una visión emanada y justificada por un humano deseo: el
ansia de pureza, de elementalidad, de autenticidad que Aleixandre siente de un
modo profundo en la radicalidad de su ser. Se mira lo elemental como el supremo
modo de existencia. En Sombra del Paraíso se nos presenta la proyección
de un mito: la existencia de un pasado remoto, de una edad dorada, un mágico edén,
donde el poeta vivió, y que ahora, al hacer poesía , recuerda “sin
saberlo”. El mundo poético de este Sombra del Paraíso gira sobre la
idea de que el hombre ha nacido para ser un puro elemento de la naturaleza. De este modo, Sombra del Paraíso contará desde una
doble vertiente: desde el cansancio humano, desde el humano abatimiento
(realidad vital) y desde la alegre contemplación del paraíso (visión del
poeta). La postura primera será como el contraste de la visión, la fuerza que
lo justifica: la angustia. Es lo que da hondura al tema paradisíaco. El mundo lírico de Sombra del Paraíso es como ya lo
define su título un mundo paradisíaco, donde los elementos de la Naturaleza
–el río, el cielo, el mar, la noche, la isla, los seres, el amor- irradian su
más pura y virginal belleza, como criaturas desnudas de un mundo recién
creado. En sus versos el poeta parece recordar con nostalgia la radiante
hermosura, los celestes destellos de ese mundo evocado. Si oímos al propio
poeta veremos como ese mundo de belleza fue habitado un día por él. Al describir las visiones de ese mundo paradisíaco, lo ha
hecho Aleixandre con apasionada melancolía y con palabras iluminadas por
ese mismo resplandor del mundo que evoca, y que no es un paraíso clásico, sino
romántico: un paraíso de la juventud. La Naturaleza y lo natural cobran singular importancia
en esta obra, contemplándose como la fuente de toda verdad. Los hombres que se
alimentan de su vitalidad nutricia estarán a salvo. Los que se alejen de su
honda llama perecerán. El tema de la naturaleza, tan central en esta lírica,
parece ser tratado de modo directo y significativamente son numerosos los poemas
que así lo realizan, desde muy diferentes situaciones y tonos: a la luna (Luna
del Paraíso). El mar se cuenta 4 veces en Sombra del Paraíso (Destino
trágico, Mar del Paraíso, El mar, y La Isla) El sol (en
El sol e Hijos del Sol). Distintos aspectos de la Naturaleza: el
cielo (El cielo), el campo (Adiós a los campos); el aire (El
aire); la tierra (La Tierra); el río (El Río); el paisaje
primaveral (Primavera en la Tierra); la lluvia (Lluvia); el fuego
(El Fuego). En este trabajo nos centraremos en el estudio más estrecho
de algunos poemas, diez en total, de los cuales trataremos de acercarnos
mediante un análisis estilístico –tal y como definimos en nuestros
objetivos- a la diversidad temática de su concepción paradisíaca, teniendo
como premisa fundamental la oposición entre mundo real- mundo virtual latente
en la poesía de este libro. Los poemas seleccionados son los siguientes: Ciudad
del Paraíso, Mar del Paraíso, Primavera en la Tierra, Poderío de la Noche,
Noche cerrada, Diosa, Al hombre y esta trilogía de los Inmortales:
La Tierra, El Fuego y el Aire,[1] destacando
en ellos una variedad de temas en los que el hombre, la tierra y la naturaleza
toda alcanzan diferentes connotaciones semánticas, teniendo en cuenta,
como ya expliqué, la premisa fundamental de su obra. A mi ciudad de Málaga. Siempre te ven mis
ojos, ciudad de mis días marinos. Colgada del imponente monte, apenas detenida En tu vertical caída a las ondas azules Pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas, intermedia en
los aires como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de
gloria, antes de hundirse para siempre en las olas amantes. Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira o brama por ti, ciudad de mis días alegres, ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo, angélica ciudad que, mas alta que el mar, presides sus
espumas. Calle apenas, leves, musicales. Jardines donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas
gruesas. Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, mecen el brillo de la brisa y suspenden por un instante labios celestiales que cruzan con destino a las islas remotísimas, mágicas, que allá en el azul índigo, libertadas, navegan. Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda. Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable, y donde las rutilantes paredes besan siempre a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos. Allí fui conducido por una mano materna. Acaso de una reja florida, una guitarra triste cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo; quieta la noche, mas quieto el amante, bajo la luna certera que instantánea transcurre. Un soplo de eternidad pudo destruirte, Ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios
emergente. Los hombres por un sueño vivieron; no vivieron; Eternamente fúlgidos como un soplo divino. Jardines, flores. Mas alentando como un brazo que anhela a la ciudad voladora entre monte y abismo, blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra! Por aquella mano materna fui llevado ligero Por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día. Pie desnudo en la
noche. Luna grande. Sol puro. Allí en el cielo eras tú, ciudad que en él morabas. Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas. Mar del Paraíso. Heme aquí frente a
ti, mar, todavía... Con el pecho de la tierra en mis hombros, Impregnado todavía el efímero deseo apagado del hombre, Heme aquí, luz eterna, vasto mar sin cansancio, ultima
impresión de un mar que no
acaba, rosa del mundo ardiente. Eras tu, cuando niño, La sandalia fresquísima para mi pie desnudo. Un albo crecimiento de espumas por mi pierna Me engaña en aquella remota infancia de delicias. Un sol, una promesa De dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de
luz Con mis ojos nativos, de ti mar, de ti cielo, imperaba
generosa sobre mi frente deslumbrada Y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable, Abanico de amor o resplandor continuo Que imitaba unos labios para mi piel sin nubes. Lejos el rumor pedregoso de los caminos oscuros Donde hombres ignoraban su fulgor aun virgíneo. Niño grácil, para mi la sombra de la nube en la playa No era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo, No era el contorno bien preciso donde la sangre un día
acabaría coagulada, sin destellos y sin numen. Mas bien., como mi dedo pequeño, mientras la nube detenía
su paso, Yo trace sobre la fina arena dorada su perfil estremecido, Y aplique mi mejilla sobre su tierna luz transitoria, Mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos. Cielo, arena, mar... El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los
bosques partidos por los hombres, Era allí para mi un monte oscuro pero también hermoso. Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo Del hacha en las encinas Con un beso implacable, cierto de amor, en ramas. La presencia de peces por las orillas, su plata núbil, El oro no manchado por los dedos de noche, La resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos. No aprese nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura, La esplendente libertad de los seres, Ni amenace una vida, porque ame mucho, amaba Sin conocer el amor; solo vivía... Los barcos que a lo lejos confundían sus velas con las
crujientes olas De las gaviotas o dejaban espuma como sus picos leves, Hallaban en mi pecho confiado un envío, Un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios húmedos, Y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron Y gimieron de dicha a su secreta presencia, Ante el azul telón que mis ojos adivinaron, Viaje hacia un mundo prometido, entrevisto, Al que mi destino convocaba con muy dulce certeza. Por mis labios de niño canto la tierra; el mar Cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes. La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos, Canto; canto la sangre de la aurora en mi lengua. Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por
dentro. Toda la asunción de la vida embriago mis sentidos Y los rumorosos bosque me desearon entre sus veredas frondas, Porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha. Por eso hoy, mar Con el polvo de la tierra en mis hombros, Impregnado todavía el efímero deseo apoyado del hombre, Heme aquí, luz eterna, Vasto mas sin cansancio, Rosa del mundo ardiente. Heme aquí frente a ti, mar, todavía... Primavera en la Tierra
Vosotros, fuisteis
Espíritus de un alto cielo,
Poderes benévolos que prendisteis mi vida,
Iluminando mi frente en los feroces días de la alegría juvenil
Amé, amé la dichosa Primavera
Bajo el signo divino de vuestras alas levísimas,
Oh poderosas, oh externos dueños de la tierra.
Desde un alto cielo de gloria,
Espíritus celestes, vivificadores del hombre,
Iluminasteis mi frente con los rayos vitales de un sol que llenaba
La tierra de sus totales cánticos.
Todo el mundo creado
Resonaba con la amarilla gloria
De la luz cambiante .Pájaros de colores,
Con azules y rojos y verdes y amatistas,
Coloreadas alas con plumas, como el beso,
Saturaban la bóveda palpitante de dicha
Batiente como seno, como plumaje o seno,
Como la piel tangente que los besos tiñeron.
Los árboles saturados colgaban
Densamente cargadas de una savia encendida.
Flores pujantes, hálito repentino de una tierra gozosa,
Abrían su misterio, su boca suspirante,
Labios rojos que el sol dulcemente quemaba.
Todo abría su cáliz bajo la luz radiante. Las grandes rocas, casi de piedra o carne, Se amontonaban sobre dulces montañas, Que reposaban cálidos como cuerpos cansados De gozar una hermosa sensualidad luciente. Las aguas vivas, espumas del amor en los cuerpos Huían, se atrevían, se rozaban, cantaban. Risas frescas los bosques enviaban, ya mágicas; Atravesados solo de un atrevido viento. Pero vosotros, dueños fáciles de la vida, Prendisteis mi juventud primera. Un muchacho desnudo, cubierto de vegetal alegría, Huía por las arenas vividas del amor Hacia el gran mar extenso, Hacia la vasta inmensidad derramada Que melodiosamente pide un amor consumado. La gran playa marina, No abanico, no rosa, no vara de nardo Pero conchas de un nácar irisado de ardores, Se extendía vibrante, resonando, cantando, Poblada de unos pájaros de virginal blancura. Un rosa cándido por las nubes remotas Evocaba mejillas recientes donde un beso Ha teñido purezas de magnolia mojada, Ojos húmedos, frente salina y alba Y un rubio pelo que el ocaso ondea. Pero el mar se irisaba. Sus verdes cambiantes, Sus azules lucientes, su resonante gloria Clamaba erguidamente hasta los puros cielos, Emergiendo entre espumas su vasta voz amante. En el mar alzado, gemidor, que dolía Como una piedra toda de luz que a mí me amase, Mojé mis pies, herí con mi cuerpo sus ondas, Y dominé insinuando mi bulto afiladísimo, Como un delfín que goza las espumas tendidas. Gocé, sufrí, encendí agoniosos mares Los abrasados mares, Y sentí la pujanza de la vida cantando, Ensalzando en el ápice del placer a los cielos. Siempre fuisteis oh dueños poderosos, Los dispensadores de todas las gracias, Tutelares hadas eternas que presidisteis la fiesta de la vida Que yo viví como criatura entre todos. Los árboles, las espumas, las flores, los abismos, Como las rocas y aves y las aguas fugaces, Todo supo de vuestra presencia invisible En el mundo que yo viví en los alegres días juveniles. Hoy que la nieve también existe bajo vuestra presencia, Miro los cielos de plomo pesaroso Y diviso los hierros de las torres que elevaron los hombres Como espectros de todos los deseos efímeros. Y miro las vagas telas que los hombres ofrecen, Máscaras que no lloran sobre las ciudades cansadas, Mientras siento lejana la música de los sueños En que escapan las flautas de la Primavera apagándose. El sol cansado de vibrar en los cielos Resbala lentamente en los bordes de la tierra, Mientras su gran ala fugitiva Se arrastra todavía con el delirio de la luz, Iluminando la vacía prematura tristeza. Labios volantes, aves que suplican al día Su perduración frente a la vasta noche amenazante, Surcan un cielo que pálidamente se irisa Borrándose ligero hacia lo oscuro. Un mar, pareja de aquella larguísima ala de la luz, Bate su color azulado Abiertamente, cálidamente aun, Con todas sus vivas plumas extendidas. ¿Qué coyuntura, qué vena, qué plumón estirado Como un pecho tendido a la postrera caricia del sol Alza sus espumas besadas, Su amontonado corazón espumoso, Sus ondas levantadas Que invadirán la tierra en una ultima búsqueda de la luz Escapándose? Yo sé cuán vasta soledad en las playas, Qué vacía presencia de un cielo aún no estrellado, Vela cóncavamente sobre el titánico esfuerzo, Sobre la estéril lucha de la espuma y la sombra. El lejano horizonte, tan infinitamente solo Como un hombre en la muerte, Envía su vacío, resonancia de un cielo Donde la luna anuncia su nada enardecida.
Un clamor lívido invade un mundo donde nadie
Alza su voz gimiente,
Donde los peces huidos a los profundos senos misteriosos
Apagan sus ojos lucientes de fósforo,
Y donde los verdes aplacados,
Los silenciosos azules
Suprimen sus espumas enlutadas de noche
¿Qué inmenso pájaro nocturno,
Qué silenciosa palma total y neutra
Enciende fantasmas de lucero en su piel sibilina,
Piel única sobre la cabeza de un hombre
Que en una roca duerme su estrellado trascurso?
El rumor de la vida
Sobre el gran mar oculto
No es el viento, aplacado,
No es el rumor de una brisa ligera lo que e otros días felices rizara los
luceros, Acariciando las pestañas
amables,
Los dulces besos que sus labios os dieron,
Oh estrellas en la noche,
Estrellas fijas enlazadas
Por mis vivos deseos.
Entonces la juventud,
La ilusión, el amor encontrado
Rizaban un cabello gentil que el azul confundía
Diariamente con el resplandor estrellado del sol sobre la arena.
Emergido de la espuma con la candidez de la Creación reciente,
Mi planta imprimía su huella en las playas
Con la misma rapidez de las barcas,
Ligeros envíos de un mar benévolo bajo el gran brazo del aire,
Continuamente aplacad por una mano dichosa acariciando sus espumas vivientes.
Pero lejos están los remotos días
En que el amor se confundía en la pujanza de la naturaleza radiante
Y en que un mediodía feliz y poderoso
Hundía su pecho con un mundo a sus plantas.
Esta noche, cóncava y desligada,
No existe mas que como existen las horas,
Como el tiempo que pliega
Lentamente sus silenciosas capas de ceniza,
Borrando la dicha de los ojos, los pechos y las manos,
Y hasta aquel silencioso calor
Que dejara en los labios el rumor de los besos.
Por eso yo no veo, como no mira nadie
Esa presente bóveda nocturna,
Vacío repasador de la muerte no esquiva,
Inmensa, invasora realidad intangible
Que ha deslizado cautelosa
Su hermético oleaje se de plomo ajustadísimo.
Otro mar ha muerto, bello,
Abajo acaba de asfixiarse. Unos labios
Inmensos cesaron de latir, y en sus bordes
Aun se ve deshacerse un aliento, una espuma.
Análisis de los poemas. En cuanto a la estructuración del poema, en Ciudad del
Paraíso nótense tres momentos esenciales, elementos que aparecen como
características de los poemas aleixandrinos a partir del libro Sombra del
Paraíso. Estos momentos esenciales definen y aseguran la carga poética de
los versos: el primer elemento, un planteamiento; el segundo, un desarrollo
creciente –o lo que en el teatro o el cuento se define como nudo de la
historia-; y el tercero y último, el final del poema. Si bien Aleixandre cuando
va a comenzar una composición no suele saber con exactitud el tema que en
ella va a desarrollarse, percibiendo solo una emoción difusa que podría
originar temas diversos[2], ya aquí, en Ciudad
del Paraíso, desde el inicio se nota una definición del tema a tratar en
la composición poética. Para una mayor
comprensión del análisis del poema, realizaremos esta subdivisión y quedaría
de la siguiente forma: Planteamiento: Estrofa I, versos del 1 al 7 Desarrollo: Estrofas II a la VII, versos del 8 al 35 Final: Estrofa VIII, versos del 36 al 40 Esta subdivisión del poema nos permite detenernos muy bien
en el análisis del sujeto lírico y de la composición poética del texto. Nótese,
con la lectura del poema, una transposición esencial que nos encamina hacia la
comprensión del tema lírico, la ciudad de la infancia idealizada por el poeta,
divinizada; no por gusto el exergo o dedicatoria que encabeza el texto. Ahora bien, ¿cuál es la transposición poética que
se nos plantea? La extrapolación de esa ciudad terrenal, la ciudad de la tierra
hacia esa ciudad angélica, divinizada, en fin, la ciudad del paraíso. La composición métrica de sus versos (alejandrinos en su
mayoría), sin rima, permite al autor desenvolver sus evocaciones del pasado y
divinizarlas, es decir, hacer latente esa transposición poética dentro del
tema. Con la I estrofa, el sujeto lírico centra su mirada en la ciudad
terrenal, la “ciudad de sus días marinos”, de su infancia. Que “reina
bajo el cielo” nos remite a esta afirmación. Ahora bien, a partir de la
II estrofa hasta el final hay un desdoblamiento del referente semántico, o sea,
de la ciudad. “Pero tú duras, nunca desciendes...” es un ejemplo de
la intención aleixandrina de la inmortalidad, de hacer perdurar esa ciudad, de
mantenerla en el lugar encumbrado, de hacerla prevalecer en las alturas. Hasta
el verso 10 “ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo”,
puede pensarse en la referencia a esa ciudad terrenal. Ya, a partir del verso 11
“...angélica ciudad, que, mas alta que el mar, presides sus espumas”,
el sujeto lírico vive o describe el acto de ascensión de esa ciudad, de la
necesidad de divinizarla, de hacerla participe de esa inmortalidad. Si se realiza un campo semántico, nótese el alto numero de
sustantivos –75 en total- prevaleciendo sobre los adjetivos, y dentro de
ellos, la repetición de la lexía “ciudad” –una 10 veces-, acompañada
de adjetivos que denotan lo divino, lo celestial, ya sea por una intención semántica
directa que califica el adjetivo o por la intención indirecta, que puede
deducir a través de otros calificativos o acciones que nos remiten a una imagen
divinizadora –el color, la acción de volar, etc- Ciudad de mis días marinos (terrenal) | |||||||||