Monografias | Bajo la sombra del Paraíso poético de Vicente Aleixandre

Bajo la sombra del Paraíso poético de Vicente Aleixandre

Resumen: El presente trabajo persigue un acercamiento a la poética de Vicente Aleixandre a través de un análisis del estilo funcional artístico en algunos de sus poemas del libro Sombra del Paraíso, considerado su obra capital

Publicación enviada por Lic. Ronald Antonio Ramírez Castellanos


 

RESUMEN
RESUMEN

 El presente trabajo persigue un acercamiento a la poética de Vicente Aleixandre a través de un análisis del estilo funcional artístico en algunos de sus poemas  del libro Sombra del Paraíso,  considerado su obra capital.

Con el análisis se intenta abordar, mediante un enfoque estilístico, la diversidad temática en sus composiciones poéticas, partiendo de su concepción visionaria de un mundo idealizado por el poeta, contrapuesto a la verdadera realidad de su entorno vital, la realidad contemporánea, amén del tema único de toda la obra que conforman, la cual será tratada en un pequeño acápite dentro de este trabajo. Con todo se pretende demostrar que Vicente Aleixandre, a pesar de ser integrante del movimiento vanguardista de la generación del 27, fue el que más busco con su poesía el modo de evadirse del mundo.

Sombra del Paraíso y la obra de Aleixandre

La obra de Aleixandre comienza  verdaderamente con Pasión de la Tierra, libro de Poemas en prosa. Siguen luego Espadas como labios, La destrucción o el amor y Sombra del Paraíso. Esta obra en su conjunto representa un nuevo viraje para la poesía española. Pero es con su poemario Sombra del Paraíso que el poeta alcanza su plenitud de creación.

El único tema aquí de sus composiciones poéticas es el Universo, la Creación, la vida. En Espadas como labios se nos presenta como una horrible confusión y entrecruzamiento de fuerzas. En La destrucción o el amor como una genial combinación en que cada forma encuentra su principio, su devenir y acabamiento. Ya en Sombra del Paraíso es la imagen serena del existir del mundo, en su día original. Los poetas son aquí ángeles desterrados de su celeste origen. Y él, poeta, escribe desde su doble cansancio, desde su doble tristeza como un ente impuro de la difusa humanidad. Y a este mundo pertenece el poeta.

Sombra del Paraíso es una visión emanada y justificada por un humano deseo: el ansia de pureza, de elementalidad, de autenticidad que Aleixandre siente de un modo profundo en la radicalidad de su ser. Se mira lo elemental como el supremo modo de existencia. En Sombra del Paraíso se nos presenta la proyección de un mito: la existencia de un pasado remoto, de una edad dorada, un mágico edén, donde el poeta vivió, y que ahora, al hacer poesía , recuerda “sin saberlo”. El mundo poético de este Sombra del Paraíso gira sobre la idea de que el hombre ha nacido para ser un puro elemento de la naturaleza.

De este modo, Sombra del Paraíso contará desde una doble vertiente: desde el cansancio humano, desde el humano abatimiento (realidad vital) y desde la alegre contemplación del paraíso (visión del poeta). La postura primera será como el contraste de la visión, la fuerza que lo justifica: la angustia. Es lo que da hondura al tema paradisíaco.

El mundo lírico de Sombra del Paraíso es como ya lo define su título un mundo paradisíaco, donde los elementos de la Naturaleza –el río, el cielo, el mar, la noche, la isla, los seres, el amor- irradian su más pura y virginal belleza, como criaturas desnudas  de un mundo recién creado. En sus versos el poeta parece recordar con nostalgia la radiante hermosura, los celestes destellos de ese mundo evocado. Si oímos al propio poeta veremos como ese mundo de belleza fue habitado un día por él.

Al describir las visiones de ese mundo paradisíaco, lo ha hecho Aleixandre con apasionada melancolía  y con palabras iluminadas por ese mismo resplandor del mundo que evoca, y que no es un paraíso clásico, sino romántico: un paraíso de la juventud.

La Naturaleza y lo natural cobran  singular importancia en esta obra, contemplándose como la fuente de toda verdad. Los hombres que se alimentan de su vitalidad nutricia estarán a salvo. Los que se alejen de su honda llama perecerán. El tema de la naturaleza, tan central en esta lírica, parece ser tratado de modo directo y significativamente son numerosos los poemas que así lo realizan, desde muy diferentes situaciones y tonos: a la luna (Luna del Paraíso). El mar se cuenta 4 veces en Sombra del Paraíso (Destino trágico, Mar del Paraíso,  El mar, y La Isla) El sol (en  El sol e Hijos del Sol). Distintos aspectos de la Naturaleza: el cielo (El cielo), el campo (Adiós a los campos); el aire (El aire); la tierra (La Tierra); el río (El Río); el paisaje primaveral (Primavera en la Tierra); la lluvia (Lluvia); el fuego (El Fuego).

En este trabajo nos centraremos en el estudio más estrecho de algunos poemas, diez en total, de los cuales trataremos de acercarnos mediante un análisis estilístico –tal y como definimos en nuestros objetivos- a la diversidad temática de su concepción paradisíaca, teniendo como premisa fundamental la oposición entre mundo real- mundo virtual latente en la poesía de este libro. Los poemas seleccionados son los siguientes: Ciudad del Paraíso, Mar del Paraíso, Primavera en la Tierra, Poderío de la Noche, Noche cerrada, Diosa, Al hombre y esta trilogía de los Inmortales: La Tierra, El Fuego y el Aire,[1] destacando en ellos una variedad de temas en los que el hombre, la tierra y la naturaleza toda alcanzan  diferentes connotaciones semánticas, teniendo en cuenta, como ya expliqué,  la premisa fundamental de su obra.

Ciudad del Paraíso

A mi  ciudad de Málaga.

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

En tu vertical caída a las ondas azules

Pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas, intermedia en los aires

como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de gloria, antes

de hundirse para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira

o brama por ti, ciudad de mis días alegres,

ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,

angélica ciudad que, mas alta que el mar, presides sus espumas.

Calle apenas, leves, musicales. Jardines

donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas  gruesas.

Palmas  de luz que sobre las cabezas, aladas,

mecen el brillo de la brisa y suspenden

por un instante labios celestiales que cruzan

con destino a las islas remotísimas, mágicas,

que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

 

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.

Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,

 y donde las rutilantes paredes besan siempre

a quienes siempre cruzan, hervidores,  en brillos.

 

Allí fui conducido por una mano materna.

Acaso de una reja florida, una guitarra triste

cantaba la súbita canción  suspendida en el tiempo;

quieta la noche, mas quieto el amante,

 bajo la luna certera que instantánea transcurre.

 

Un soplo de eternidad pudo destruirte,

Ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergente.

Los hombres por un sueño vivieron; no vivieron;

Eternamente fúlgidos  como un soplo divino.

 

Jardines, flores. Mas alentando como un brazo que anhela

a la ciudad voladora entre monte y abismo,

 blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

 

Por aquella mano materna fui llevado ligero

Por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.

Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.

Allí en el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.  

 

Mar del Paraíso.

 

Heme aquí frente a ti, mar, todavía...

Con el pecho de la tierra en mis hombros,

Impregnado todavía el efímero deseo apagado del hombre,

Heme aquí, luz eterna, vasto mar sin cansancio, ultima impresión de un mar que no                                         acaba, rosa del mundo ardiente.

 

Eras tu, cuando niño,

La sandalia fresquísima para mi pie desnudo.

Un albo crecimiento de espumas por mi pierna

Me engaña en aquella remota  infancia de delicias.

Un sol, una promesa

De dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de luz

Con mis ojos nativos, de ti mar, de ti cielo, imperaba generosa sobre mi frente deslumbrada

Y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable,

Abanico de  amor o resplandor continuo

Que imitaba unos labios para mi piel sin  nubes.

 

Lejos el rumor pedregoso de los caminos oscuros

Donde hombres ignoraban su fulgor aun virgíneo.

Niño grácil, para mi la sombra de la nube en la playa

No era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo,

No era el contorno bien preciso donde la sangre un día acabaría coagulada, sin destellos y sin numen.

Mas bien., como mi dedo pequeño, mientras la nube detenía su paso,

Yo trace sobre la fina arena dorada su perfil estremecido,

Y aplique mi mejilla sobre su tierna luz transitoria,

Mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos.

Cielo, arena, mar...

 

El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los bosques partidos por los hombres,

Era allí para mi un monte oscuro pero también hermoso.

Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo

Del hacha en las encinas

Con un beso implacable, cierto de amor, en ramas.

 

La presencia de peces por las orillas, su plata núbil,

El oro no manchado por los dedos de noche,

La resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos.

No aprese nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura,

La esplendente libertad de los seres,

Ni amenace una vida, porque ame mucho, amaba

Sin conocer el amor; solo vivía...

 

Los barcos que a lo lejos confundían sus velas con las crujientes olas

De las gaviotas o dejaban espuma como sus picos leves,

Hallaban en mi pecho confiado un envío,

Un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios  húmedos,

Y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron

Y gimieron de dicha a su secreta presencia,

Ante el azul telón que mis ojos adivinaron,

Viaje hacia un mundo prometido, entrevisto,

Al que mi destino convocaba con muy dulce certeza.

 

Por mis labios de niño canto la tierra; el mar

Cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.

La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos,

Canto; canto la sangre de la aurora en mi lengua.

 

Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por dentro.

Toda la asunción de la vida embriago mis sentidos

Y los rumorosos bosque me desearon entre sus veredas frondas,

Porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.

 

Por eso hoy, mar

Con el polvo de la tierra en mis hombros,

Impregnado todavía el efímero deseo apoyado del hombre,

Heme aquí, luz eterna,

Vasto mas sin cansancio,

Rosa del mundo ardiente.

Heme aquí frente a ti, mar, todavía...

 

Primavera en la Tierra

 

      Vosotros, fuisteis

      Espíritus de un alto cielo,

     Poderes benévolos que prendisteis mi vida,

     Iluminando mi frente en los feroces días de la alegría juvenil

 

     Amé, amé la dichosa Primavera

     Bajo el signo divino de vuestras alas levísimas,

    Oh poderosas, oh externos dueños de la tierra.

    Desde un alto cielo de gloria,

    Espíritus celestes, vivificadores del hombre,

    Iluminasteis mi frente con los rayos vitales de un sol que llenaba

    La tierra de sus totales cánticos.

 

   Todo el mundo  creado

   Resonaba con la amarilla gloria

   De la luz cambiante .Pájaros de colores,

   Con azules y rojos y verdes y amatistas,

       Coloreadas alas con plumas, como el beso,

       Saturaban la bóveda palpitante de dicha

       Batiente como seno, como plumaje o seno,

      Como la piel tangente que los besos tiñeron.

 

      Los árboles saturados colgaban

      Densamente cargadas de una savia encendida.

      Flores pujantes,  hálito repentino de una tierra gozosa,

      Abrían su misterio, su boca suspirante,

      Labios rojos que el sol dulcemente quemaba.

 

      Todo abría su cáliz bajo la  luz radiante.

 

 

Las grandes rocas, casi de piedra o carne,

Se amontonaban sobre dulces montañas,

Que reposaban cálidos como cuerpos cansados

De gozar una hermosa sensualidad luciente.

Las aguas vivas, espumas del amor en los cuerpos

Huían, se atrevían, se rozaban, cantaban.

Risas frescas los bosques enviaban, ya mágicas;

Atravesados solo de un atrevido viento.

 

Pero vosotros, dueños fáciles de la vida,

Prendisteis mi juventud primera.

Un muchacho desnudo, cubierto de vegetal alegría,

Huía por las arenas vividas del amor

Hacia el gran mar extenso,

Hacia la vasta inmensidad derramada

Que melodiosamente pide un amor consumado.

 

La gran playa marina,

No abanico, no rosa, no vara de nardo

Pero conchas de un nácar irisado de ardores,

Se extendía vibrante, resonando, cantando,

Poblada de unos pájaros de virginal blancura.

 

Un rosa cándido por las nubes remotas

Evocaba mejillas recientes donde un beso

Ha teñido purezas de magnolia mojada,

Ojos húmedos, frente salina y alba

Y un rubio pelo que el ocaso ondea.

 

Pero el mar se irisaba. Sus verdes cambiantes,

Sus azules lucientes, su resonante gloria

Clamaba erguidamente hasta los puros cielos,

Emergiendo entre espumas su vasta voz amante.

 

En el mar alzado, gemidor, que dolía

Como una piedra toda de luz que a mí me amase,

Mojé mis pies, herí con mi cuerpo sus ondas,

Y dominé insinuando mi bulto afiladísimo,

Como un delfín que goza las espumas tendidas.

 

Gocé, sufrí, encendí agoniosos mares

Los abrasados mares,

Y sentí la pujanza de la vida cantando,

Ensalzando en el ápice del placer a los cielos.

 

Siempre fuisteis oh dueños poderosos,

Los dispensadores de todas las gracias,

Tutelares hadas eternas que presidisteis la fiesta de la vida

Que yo viví como criatura entre todos.

 

Los árboles, las espumas, las flores, los abismos,

Como las rocas y aves y las aguas fugaces,

Todo supo de vuestra presencia invisible

En el mundo que yo viví en los alegres días juveniles.

 

Hoy que la nieve también existe bajo vuestra presencia,

Miro los cielos de plomo pesaroso

Y diviso los hierros de las torres que elevaron los hombres

Como espectros de todos los deseos efímeros.

 

Y miro las vagas telas que los hombres ofrecen,

Máscaras que no lloran sobre las ciudades cansadas,

Mientras siento lejana la música de los sueños

En que escapan las flautas de la Primavera apagándose.

 

Poderío de la Noche

 

El sol cansado de vibrar en los cielos

Resbala lentamente en los bordes de la tierra,

Mientras su gran ala fugitiva

Se arrastra todavía con el delirio de la luz,

Iluminando la vacía prematura tristeza.

 

Labios volantes, aves que suplican al día

Su perduración frente a la vasta noche amenazante,

Surcan un cielo que pálidamente se irisa

Borrándose ligero hacia lo oscuro.

 

Un mar, pareja de aquella larguísima ala de la luz,

Bate su color azulado

Abiertamente, cálidamente aun,

Con todas sus vivas plumas extendidas.

 

¿Qué coyuntura, qué vena, qué plumón estirado

Como un pecho tendido a la postrera caricia del sol

Alza sus espumas besadas,

Su amontonado corazón espumoso,

Sus ondas levantadas

Que invadirán la tierra en una ultima búsqueda de la luz

Escapándose?

 

Yo sé cuán vasta soledad en las playas,

Qué vacía presencia de un cielo aún no estrellado,

Vela cóncavamente sobre el titánico esfuerzo,

Sobre la estéril lucha de la espuma y la sombra.

 

El lejano horizonte, tan infinitamente solo

Como un hombre en la muerte,

Envía su vacío, resonancia de un cielo

Donde la luna anuncia su nada enardecida.

 

 

      Un clamor lívido invade un mundo donde nadie

      Alza su voz gimiente,

      Donde los peces huidos a los profundos senos misteriosos

      Apagan sus ojos lucientes de fósforo,

      Y donde los verdes aplacados,

      Los silenciosos azules

      Suprimen sus espumas enlutadas de noche

 

       ¿Qué inmenso pájaro nocturno,

       Qué silenciosa palma total y neutra

       Enciende fantasmas de lucero en su piel sibilina,

       Piel única sobre la cabeza de un hombre

       Que en una roca duerme su estrellado trascurso?

 

       El rumor de la vida

       Sobre el gran mar oculto

       No es el viento, aplacado,

       No es el rumor de una brisa ligera lo que e otros días felices rizara los luceros,

       Acariciando las pestañas amables,

       Los dulces besos que sus labios os dieron,

       Oh estrellas en la noche,

       Estrellas fijas enlazadas

       Por mis vivos deseos.

 

     

       Entonces la juventud,

       La ilusión, el amor encontrado

       Rizaban un cabello gentil que el azul confundía

       Diariamente con el resplandor estrellado del sol sobre la arena.

       Emergido de la espuma con la candidez de la Creación reciente,

       Mi planta imprimía su huella en las playas

       Con la misma rapidez de las barcas,

       Ligeros envíos de un mar benévolo bajo el gran brazo del aire,

       Continuamente aplacad por una mano dichosa acariciando sus espumas vivientes.

 

      Pero lejos están los remotos días

      En que el amor se confundía en la pujanza de la naturaleza radiante

      Y en que un mediodía feliz y poderoso

      Hundía su pecho con  un mundo a sus plantas.

 

      Esta noche, cóncava y desligada,

      No existe mas que como existen las horas,

     Como el tiempo que pliega

     Lentamente sus silenciosas capas de ceniza,

     Borrando la dicha de los ojos, los pechos y las manos,

     Y hasta aquel silencioso calor

     Que dejara en los labios  el rumor de los besos.

 

    Por eso yo no veo, como no mira nadie

    Esa presente bóveda nocturna,

    Vacío repasador de la muerte no esquiva,

    Inmensa, invasora realidad intangible

    Que ha deslizado cautelosa

    Su hermético oleaje se de plomo ajustadísimo.

 

   Otro mar ha muerto, bello,

   Abajo acaba de asfixiarse. Unos labios

   Inmensos cesaron de latir, y en sus bordes

   Aun se ve deshacerse un aliento, una espuma.

      

 Análisis de los poemas.

 

En cuanto a la estructuración del poema, en Ciudad del Paraíso nótense tres momentos esenciales, elementos que aparecen como características de los poemas aleixandrinos a partir del libro Sombra del Paraíso. Estos momentos esenciales definen y aseguran la carga poética de los versos: el primer elemento, un planteamiento; el segundo, un desarrollo creciente –o lo que en el teatro o el cuento se define como nudo de la historia-; y el tercero y último, el final del poema. Si bien Aleixandre cuando va a comenzar una composición no suele  saber con exactitud el tema que en ella va a desarrollarse, percibiendo solo una emoción difusa que podría originar temas diversos[2], ya aquí, en Ciudad del Paraíso, desde el inicio se nota una definición del tema a tratar en la composición poética.

 

Para una mayor comprensión del análisis del poema, realizaremos esta subdivisión y quedaría de la siguiente forma:

 

Planteamiento: Estrofa I, versos del 1 al 7

Desarrollo: Estrofas  II a la VII, versos del 8 al 35

Final: Estrofa VIII, versos del 36 al 40

 

Esta subdivisión del poema nos permite detenernos muy bien en el análisis del sujeto lírico y de la composición poética del texto. Nótese, con la lectura del poema, una transposición esencial que nos encamina hacia la comprensión del tema lírico, la ciudad de la infancia idealizada por el poeta, divinizada; no por gusto el exergo o dedicatoria que encabeza el texto.

 

Ahora bien, ¿cuál es la  transposición poética que se nos plantea? La extrapolación de esa ciudad terrenal, la ciudad de la tierra hacia esa ciudad angélica, divinizada, en fin, la ciudad del paraíso.

 

La composición métrica de sus versos (alejandrinos en su mayoría), sin rima, permite al autor desenvolver sus evocaciones del pasado y divinizarlas, es decir, hacer latente esa transposición poética dentro del tema. Con la I estrofa, el sujeto lírico centra su mirada en la ciudad terrenal, la “ciudad de sus días marinos”, de su infancia. Que “reina bajo el cielo” nos remite a esta afirmación. Ahora bien, a partir de la II estrofa hasta el final hay un desdoblamiento del referente semántico, o sea, de la ciudad. “Pero tú duras, nunca desciendes...” es un ejemplo de la intención aleixandrina de la inmortalidad, de hacer perdurar esa ciudad, de mantenerla en el lugar encumbrado, de hacerla prevalecer en las alturas. Hasta el verso 10 “ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo”, puede pensarse en la referencia a esa ciudad terrenal. Ya, a partir del verso 11 “...angélica ciudad, que, mas alta que el mar, presides sus espumas”, el sujeto lírico vive o describe el acto de ascensión de esa ciudad, de la necesidad de divinizarla, de hacerla participe de esa inmortalidad.

 

Si se realiza un campo semántico, nótese el alto numero de sustantivos –75 en total- prevaleciendo sobre los adjetivos, y dentro de ellos, la repetición de la lexía  “ciudad” –una 10 veces-, acompañada de adjetivos que denotan lo divino, lo celestial, ya sea por una intención semántica directa que califica el adjetivo o por la intención indirecta, que puede deducir a través de otros calificativos o acciones que nos remiten a una imagen divinizadora –el color, la acción de volar, etc-

 

Ciudad

 

Ciudad de mis días marinos (terrenal)