Monografias | La cuestion social en la Argentina. 1890/1910 Una vision desde la saga de Josecito El MemoriosoLa cuestion social en la Argentina. 1890/1910 Una vision desde la saga de Josecito El MemoriosoResumen: Si, toda historia sirve para que el pasado legitime nuestra contemporaneidad. Y la historia de la cuestión social en la Argentina no es una excepción. El modo de analizar determinada problemática está irremediablemente mediado por la intencionalidad (conciente o inconsciente) del sujeto. B.
Crocce 1.
Del ayer y el hoy, del abajo y del arriba, a modo de introducción. Si, toda historia sirve para
que el pasado legitime nuestra contemporaneidad. Y la historia de la cuestión
social en la Argentina no es una excepción. El modo de analizar determinada
problemática está irremediablemente mediado por la intencionalidad (conciente
o inconsciente) del sujeto. Condicionamientos políticos, ideológicos, hacen al
investigador llegar de determinada manera a su objeto de estudio. No se trata de
falta de honradez intelectual (que también la hay en algunos casos), se trata,
que no existe en nuestra opinión, “el no lugar” en el que se pueda situar
el historiador. Siempre estará omnipresente en el análisis su propia coyuntura
y contexto. Aclarada
nuestra escéptica postura sobre la posibilidad de una asepsia
objetiva en el estudio de la historia, expresamos a continuación los
autores de este trabajo nuestra posición. En principio pensamos que más que
historia, hay historias. No nos estamos refiriendo solamente a la división
entre historia política, social, económica, cultural, etc. Estamos pensando en
algo que está subsumido en todas estas categorías. Esto es la historia desde
abajo[1],
la historia de los actores sin voz, de aquellos que paradójicamente no entraron
en la historia. Nuestro
trabajo está acotado en lo cronológico a una periodización similar a la
enunciada desde el título en sendas obras de E. Zimmermann[2]
y J. Suriano[3] sobre la cuestión social:
laxamente, desde la consolidación del “Régimen falaz y descreído” hasta
el traspaso del manejo del gobierno a la “Causa Radical”, y más
acotadamente, entre las algarabas ocurridas junto a las desconchadas tapias del
Parque de Artillería y los claroscuros de fastos y represión del Centenario. Dado
este contexto temporal, en lo espacial abordamos una descripción por separado
del ámbito rural y del ámbito urbano, tratando de mostrar desde la
diferenciación, las articulaciones
que los relacionan. Desde lo regional analizamos la cuestión social en
la ciudad de Rosario, en especial el modo en que parte de su prensa veía el
problema de integración y marginalidad, a través de una publicación en
particular. Estamos
contestes acerca de determinadas
falencias, omisiones y recurrencias. Así, priorizamos abordar la cuestión
social centrada desde lo humano en el elemento inmigratorio, antes que en la
población nativa preexistente. Y dentro de los migrantes buscamos el abajo al
que hacíamos referencia: el fracasado, el actor individual que no siempre puede
ver en su drama lo social, aunque lo social esté fijando
su sino trágico, al tiempo que su relación (dicotómica y a la vez
complementaria) con la justicia y
la ciudadanía. Y esa búsqueda nos hará seguir como hilo conductor narrativo
la saga de un antihéroe, personaje ficcional semejante a tantos otros de real
existencia. “Los humildes vecinos de
mi infancia correntina, tendrían a considerar las noticias de los diarios como
exageración, mentira o fantasía, pero creían a pié juntillas en los
tremebundos folletines de Carolina Invernizzio, que Don Ramón, mi padre, les leía
en la vereda, en las noches de verano.” V.
Ayala Gauna[4] 2.
Lo ficcional como símbolo de lo real. Marcos
Aguinis narra en su cuento “Josesito, el memorioso”[5],
la amarga aventura americana de un emigrante judío ruso. No hay precisión
cronológica pero ciertos indicios nos indican que el relato trascurre entre la
última década del siglo XIX y la primera del siglo XX. El drama comienza en
Rusia, donde tras un pogrom en el que son asesinados sus padres, el protagonista emigra hacia un futuro incierto
con lo que queda de su familia (mujer y tres hijas de corta edad). El destino o
el mal consejo de algunos consejeros de su colectividad, lo arrojan a las playas
argentinas. Sin apoyo, sin vínculos, sin idioma, sobreviven alimentándose de
las sobras que encuentran en la basura de esa Buenos Aires hostil. En uno de sus
periplos en busca de desperdicios comestibles, nuestro antihéroe conoce –y
casi inverosímilmente logra hacerse entender-
a un suizo, que aparentemente viene a acabar con sus desgracias, al
ofrecerle trabajo como arrendatario en una colonia agrícola. Hacia allí parte
esperanzado con su familia... en menos de tres años esas esperanzas se
transforman en horror. El balance es a pura pérdida: las dos hijas menores
muertas de disentería, su mujer muerta a causa del esfuerzo excesivo, despojado
de la parcela de tierra por la eficaz conjunción de la langosta, el propietario
y las policías bravas al servicio de este:
“El suizo trajo un comisario con tropas blandiendo sables. Dirigió
el allanamiento, invadió los ranchos de los prófugos, incautó los cueros y la
alfalfa que servían de lecho, las pocas ropas que encontró, las ollas y los
cuchillos, sacó a las mujeres tironeándose las trenzas, pateó a los niños y
a todos metió en carros, expulsándolos de la colonia”.[6] Solo queda entonces el
regreso (una nueva huída) a Buenos Aires, donde junto a su hija superviviente
–resto del despojo de su familia- disputan a los perros callejeros las sobras
de comidas de los basurales. Y entonces, pese a la miseria, a la mugre, padre e
hija encuentran un espacio y un tiempo para reír juntos. El cuento termina con
el protagonista también riendo, pero muchos años después, memorando desde una
posición de holgura y bienestar, ese atribulado tiempo inicial. Esta
es una obra de ficción con caracteres tal vez
acentuados en demasía para resaltar lo dramático del relato. Sin
embargo, y más allá del exceso melodramático, millares de inmigrantes
vivieron peripecias similares, en tiempos absolutamente personales que escapan a
la periodización desde lo general en etapas de prosperidad o crisis. Los
tiempos de los actores individuales suelen diferir de los tiempos de los actores
sociales. Tal vez debamos preguntarnos hasta donde interactúan, hasta donde un
actor social no es la suma de los actores individuales, y hasta donde el
contexto general es mediado por las visiones particulares de estos actores
individuales. Preguntas
que ameritan respuestas con más dudas que certezas. Veamos sino la paradoja de
nuestro ficcional protagonista, sufriendo su atroz historia personal, en el
mismo tiempo y lugar en que la Argentina alcanza un desarrollo, que medido
comparativamente a nivel mundial, es sorprendente. Es la época de las
lugonianas odas a los ganados y las mieses[7].
Es el tiempo en que el divino Rubén[8]
con una voz cada vez más sumisa, canta que:
“¡Hay en la Tierra una Argentina!
He aquí la región del Dorado,
He aquí el paraíso terrestre,
He aquí la ventura esperada,
He aquí el vellocino de oro...”[9] He aquí (remedando casi
irrespetuosamente al gran nicaragüense) que toda esta laudatoria venturosa al
país que lo acoge, no morigera el drama individual de nuestro protagonista. Está
irremediablemente excluido este ser literario de los ditirambos que en prosa o
en verso perpetran los vates y literatos oficiales del Centenario. La justicia implícita de
las democracias representativas es muy exigente... Sus ciudadanos deber ser políticamente
activos y, por sobre todo, independientes tanto moral como materialmente. J.
Shklar 3. “La política é porca,
dottore”. El ámbito pampeano: del ideal igualitario farmer a las
desigualdades del mercado. Justicia y ciudadanía.
Componentes inseparables de un todo. Siguiendo la definición de Shklar que
encabeza este punto, veamos como se aplica la misma a nuestro protagonista. En
principio se ve en él una doble exclusión: la racial y la social, que van
delineando un perfil social, cultural y económico determinado. Trae de su Rusia
o Ucrania natal, el estigma de la persecución antisemita. Llega al país
absolutamente desamparado, con el recuerdo de los cuervos haciéndose un festín
con la cabeza y las entrañas de su padre muerto a golpes por cosacos ebrios.
Luego las pocas esperanzas que le quedan se desvanecerán junto con la vida de
su mujer y sus hijas menores. Materialmente nunca ha tenido nada. La justicia le
ha estado negada de igual manera que el derecho a una vida digna. Pero
este hombre... ¿está en el aire? No es acaso contemporáneo a esa corriente
inmigratoria judía que promovida por el barón Hirsh[10]
se establece de manera organizada en el campo argentino. Sí,
es contemporáneo, pero no forma parte de esa corriente, al igual muchos judíos
de carne y hueso que no encontraron cabida en las colonias de la J.C.A.[11]
Si como expresa Crocce, la historia legitima el presente, y hoy la comunidad
judeoargentina reivindica en la figura de esos pioneros de la élite de la
colectividad (los pampistas)[12],
es conveniente recordar que no todos formaron parte de esa élite. Entre ellos
nuestro protagonista. Su experiencia es común a la de muchos que por múltiples
motivos sufrieron la exclusión social o parcial. Pérdida esta que incluye
entre otras carencias la del atributo de ciudadanía. Que se percibe antes
individual que socialmente. Tal como lo expresa Shklar:
“...la ciudadanía se percibe como un atributo del individuo. El acento
que se pone en los derechos y en el status también expresa el individualismo”[13]. Este
individualismo obra como obstáculo para la solidaridad y la cooperación,
promoviendo rivalidad entre las víctimas. Estas pueden llegar a pensar su
infortunio como algo inevitable y casi inalterable. Esta formación mental debe
ser tenida en cuenta cuando se analiza la cuestión social. Nuevamente lo
individual mediando lo colectivo. Así nuestro protagonista, piensa que si ha caído
en la miseria más atroz al margen de los lazos comunitarios (o de clase), será
también de manera individual que podrá mejorar su situación. Asimismo,
siguiendo la tesis de Shklar, intuye que a ciudadanía plena exige no solo la
igualdad política y jurídica (que el no la tiene, en tanto inmigrante
desamparado, inválido de toda protección), sino fundamentalmente la ciudadanía
debe tener la dignidad del trabajo, de un trabajo remunerado:
“Oyó que hay trabajo en el campo, en colonias de inmigrantes. Eso, muy
bien, allí quería ir. ¿Cómo se llama usted? No entendía, que alguien
traduzca, lo tradujo un suizo. Necesito trabajar, cualquier trabajo. Lo acompañaron,
sacó a su mujer y a sus hijas del hueco que habían cavado con las uñas, como
perras. Eran bultos. En las colonias faltan brazos, sobra comida; fuerza,
arriba”.[14] Al campo entonces, a obtener
la dignidad mediante el trabajo, y la posibilidad de llegar a poseer la tierra
que trabajará. Pero ese optimismo le oculta la realidad de que él nunca será
un farmer, sino que se encuadra en lo general en la definición que en lo
particular para el espacio santafesino hacen M. Bonaudo y E. Sonzogni, el también
es parte de:
“Todo ese conjunto de actores (que) en su contacto con el mercado ha
sufrido, en mayor o menor medida, la desestructuración de sus formas de
organización social y cultural previas. Aquel, a partir de las necesidades de
la demanda, pretendió rearticularlos en función de su propia lógica. Ahora
bien, el mercado al que estamos haciendo referencia, necesita garantizar la
existencia de un ejército de reserva, pero en su dinámica no lo reclama
permanentemente por cuanto la producción agraria, que es su motor,
presenta características cíclicas o estacionales que generan amplios períodos
de inactividad. A eso se suma el bloqueo, avanzados los 90, del acceso a la
tierra para el productor con escasos recursos”.[15] Llega tarde, física,
cultural, étnicamente. Llega tarde económica y socialmente. Las exigencias del
mercado han socavado el paradigma del productor propietario, de que se repita
sobre el humus pampeano el tipo de sociedad que se viene construyendo sobre lo
que los geólogos llaman la Gran Deriva de Wisconsin: el Medio Oeste yanki. Las
presiones y exacciones que sufre en su etapa rural, son similares a los abusos
que comenten empresas colonizadoras tales como la Beck y Herzog[16]
(en una etapa anterior) o la ya citada J.C.A.[17],
amparadas en un represivo código
rural y una estructura estatal que sostiene esa legislación punitiva. Este
posicionamiento del Estado, provoca en los menos beneficiados, escepticismo por
la cosa pública, -“la política é porca, dottore”- , le dicen chacareros
arrendatarios de Arroyo Seco, al candidato a vicegobernador radical, en las vísperas
de la inaugural elección santafesina de 1912[18],
o como en el caso de nuestro protagonista, una suma de desconfianza y fatalismo:
“Los campos tenían dueño, un dueño poderoso. Había recibido esas
planicies, de horizonte a horizonte, directamente de las manos de Dios...”
“Los colonos tenían que cumplir con los pagos y otras enredadas obligaciones
que les hicieron firmar, que yo mismo firmé al suizo que me ayudó y que era el
representante los acalló con tres amenazas, pero cinco hombres decidieron
arriesgarse hasta la capital de la provincia, una ciudad grande y complicada,
donde efectuarían reclamaciones ante el gobierno; locuras”.[19] No es casual que nuestro
protagonista sea judío, y que sea suizo quién lo contrate para trabajar en las
colonias. Toda historia es contemporánea en tanto el pasado obra como
legitimador del presente. En el caso concreto de este relato, vemos que su autor
es consecuente en la elaboración del texto con el contexto, esto es, construir
literariamente protagonistas cuyas nacionalidades evocan en el imaginario
colectivo de manera nítida, el proceso de colonización. Una épica donde se
unen la inicial epopeya helvética, cantada por Pedroni:
en un vapor argentino,
frente a Santa Fe callada
canta el dolor detenido.
Severo Viñas no duerme,
tiene espinas de fastidio
“¡Abran de una vez las puertas
dejen bajar a los gringos!”
El canto baja por fin,
demudado, contenido,
lleva una espiga en la mano,
le siguen mujer y niño.[20] con el elegíaco conjunto de
relatos con que A. Gerchunoff rinde homenaje al país adoptivo en su primer
cumple siglo, acometiendo en la “Introducción” a los mismos, el bellísimo
atrevimiento sincrético de juntar la Torah con Vicente López y Planes:
“...Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos
redimidos, arrodillémonos, y bajo sus pliegues enormes, junto con los coros
enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd
mortales...”[21] visión
eglógica que culmina con el “final feliz” del Grito de Alcorta, tal como
quedó institucionalizado en la versión de la hija dilecta del movimiento de
1912, la Federación Agraria Argentina, entidad esta que:
“Dirigida por los sectores más acomodados de agricultores de la pampa
gringa defenderá desde entonces sus intereses específicos, marginando
tajantemente y con un cerrado criterio de clase, a los jornaleros agrícolas...”[22] En definitiva, una comprensión
del proceso colonizador inserto en el paradigma civilizador, en un orden que
permite un progreso constante de acuerdo a las ideas positivistas dominantes y
casi hegemónicas, y cuyo punto inicial es la normativa igualitaria sancionada
en la Constitución. Todo ello respondiendo en lo económico a un modelo
concreto de inserción del país bajo un perfil agro exportador asociado
subordinadamente al capital financiero de las potencias centrales (especialmente
en el Reino Unido). Esta
visión no tiene en cuenta una contradicción básica entre los postulados
universalistas proscriptos desde lo político en la carta magna, y la libertad
de mercado en lo económico que también postula el andamiaje normativo,
contradicción esta que se expresa en la desigualdad y subordinación que tiñen
las prácticas cotidianas del hecho social. En
la época que nuestro protagonista llega al país se ha acentuado la tensión
entre una normativa teóricamente universalista integradora y un contexto real
restrictivo, lo cual:
“...obliga al Estado, entre el fin de siglo y la primera guerra
mundial, a replantear su rol. Estos diferentes actores van generando –a través
de sus demandas- la necesidad de rediscutir el papel punitivo de este o su
desempeño sólo como garante del orden en términos de legalidad. En esta
etapa, se comienza a colocar en el plano de la discusión la importancia de
reformular sus niveles de injerencia en el plano de la discusión la importancia
de reformular sus niveles de injerencia operando más ampliamente como regulador
y árbitro de las relaciones sociales”.[23] Ese
Estado opera sobre una nueva sociedad, donde la cuestión social toma
importancia como síntoma de las nuevas demandas. Su modo de intervenir pasará
tanto por la represión como por la cooptación. Así el mundo rural verá la
persistencia de la brutalidad policial al mismo tiempo que se suavizan los
aspectos más retrógrados de los códigos (tal el caso de la retención forzada
de trabajadores en el espacio azucarero)[24].
Esta aparente contradicción responde a la inserción de algunos actores y la
persistencia en la exclusión de otros. Así, durante la segunda presidencia de
Roca, el Ejército, brazo armado del Estado, utiliza procedimientos coactivos
directos sobre la mano de obra indígena chaqueña, haciéndose cómplice de la
explotación a que es sometida en los quebrachales; al tiempo que brinda
apoyo logístico a un funcionario del Ministerio del Interior, a quién
le han encargado la creación de un código laboral, y cuyo pensamiento está en
las antípodas del de quienes lo alojan:
“En verdad, no se hace con el indio sino exagerar la explotación que
se comete con el cristiano, a pesar de su habilidad para el trabajo de
hacha...” “los indios (tienen) un terror pánico al ejército de línea, aquí
como en todas partes el indio tiene un verdadero horror al látigo, el fusil y
el sable; que lo traten bien, dice y el indio no será malo...” “En San
Cristóbal, un oficial de alta graduación cree que lo único que hay que hacer
es exterminarlos, y si queda alguno llevarlo a la Tierra del Fuego. ¿Y si a
usted le hicieran eso, que diría? –Es que yo no soy indio, me contestó”.[25] Esta dualidad de coacción y
cooptación no será exclusiva del espacio rural sino que se hará
particularmente evidente en el ámbito urbano, a donde nos trasladamos,
siguiendo el desventurado derrotero de nuestro protagonista. De
esos gringos andrajosos que salían como pulgas azoradas de los barcos. De esos
puñados de mugre nostalgiosa. De esos. De los alucinados por la Pampa Despensa,
por la Pampa Madre, por la Pampa Tierra. De la camaza innoble que rememoró
aldeas remotas en los barracones del Puerto. De los gráficos que acumulaban líneas
en un idioma que estaban aprendiendo. De los artesanos que amamantaron cortas y
escasas industrias. De los bigotudos esos. De los empachados por fiebres
solidarias. De esos surgió la primera huelga cuando terminaba de
extinguirse la penúltima montonera. M.
Bonasso[26] 4. El marco urbano: la
zonificación de la cuestión social. El espacio definiendo inclusiones y
desafiliaciones. Ya está nuestro protagonista
(y su hija sobreviviente) nuevamente en la ciudad, en peores condiciones que
cuando esperanzado, salió de ésta:
“En Buenos Aires buscaron trabajo cada uno por su cuenta y riesgo. Otra
vez el hambre. Josesito reconoció calles y casas de años atrás, cuando su
familia constaba de cinco personas. Dormía en bancos de plaza. Cada uno
aportaba lo recogido en cajones de basura o en verdulerías, robado a la
disparada. Extendían el maloliente botín y recuperaban algo de vida”.[27] Nuestro protagonista es, en
este momento antes que un excluido, un desafiliado, siguiendo la tesis de R.
Castel, según la cual:
“Hablar de desafiliación, es... retrazar un recorrido... Desafiliado,
disociado, inválido, descalificado, ¿con relación a qué? Este es
precisamente el problema.[28] La
exclusión implica para el mismo autor, remitirse a situaciones caracterizadas
por una localización geográfica precisa, por formas culturales o
sub-culturales y determinada base étnica.[29] Nuestro
protagonista ha cortado (o le han cortado) sus lazos de pertenencia a su
comunidad, ha pasado de a indigencia integrada de su gueto natal,
“...en la cual la ausencia de recursos suscita el socorro en forma de
protección cercana...(donde)... la dimensión económica no es por lo tanto el
rasgo distintivo esencial, y la cuestión planteada no es la pobreza, aunque los
rasgos de desestabilización pesen más sobre quienes carecen de reservas económicas”.[30] de
esa forma al fin de integración, a la vulnerabilidad y a la inexistencia social[31]. En
ese estadio, sus peregrinajes mendicantes abarcarán (conjeturamos) toda la
hostil geografía de esa Babel inaprensible. Este ser ficcional verá (si no
comprenderá en toda su complejidad) en sus derroteros de miseria, el triunfo de
la zonificación de la ciudad: el espacio definiendo y dando marco a lo social. Es
este un largo proceso que avanza con el siglo y va marcando la relación desde
lo espacial, entre los distintos actores sociales en cada coyuntura, y donde el
papel político ordenador del Estado, tendrá importancia fundamental. A
fines de nuestro análisis sobre esta problemática, vemos que el ascenso al
gobierno de Juan Manuel de Rosas en Diciembre de 1829, resulta el corolario
natural y lógico a la autoridad que de modo autoritariamente paternalista venía
ejerciendo en la campaña. Los dotores urbanos estaban derrotados. No habían
sabido conciliar sus intereses con los de la campaña. Su discurso estaba a
contramano de un proceso de ruralización de las costumbres (común a gran parte
de la América Española). Por el contrario, los terratenientes cuidaban de
expresarse en términos populares, defendiendo tanto sus intereses de clan, como
–al menos en el marco discursivo- a sus clientelas subordinadas. Es un mensaje
claramente paternalista y demagógico. Pero efectivo. El
rosismo sacará buen rédito político de la dualidad de sentimientos para con
el pobrerío de la campaña. Por un lado se crea todo un ritual participativo, dándoles
(al igual que al pobrerío urbano) cierta relevancia en la cosa pública. Por
otro lado, la relación de fuerza en las zonas rurales permanece inmutable.
Recordemos a modo ilustrativo, que durante todo el período rosista se mantuvo
en plena vigencia la Ley de Vagos, que tanto perjuicio causaba al paisanaje. En
el ámbito urbano, persisten modos y costumbres que en principio parecen mostrar
una sempiterna escena doméstica y pueblerina, una armónica y paternal “Gran
Aldea”. Pero no es una sociedad igualitaria. Lo que está yuxtapuesto es el
espacio, el hábitat de convivencia. Tales proximidades daban lugar a
promiscuidades y concupiscencias iniciáticas, tales los recuerdos de un testigo
privilegiado (privilegiado social, político, económico y también privilegiado
en talento narrativo), L. Mansilla,
“... todo concordaba con lo ya mencionado (se refiere al mobiliario de
su casa paterna), excepto lo que a la servidumbre correspondía, cuyas camas
eran volantes. Me refiero a las mujeres negras y blancas, mulatas o chinas. Los
hombres dormían en los cuartos de afuera, lo cual no impedía que se cumpliera
el refrán: Dios los cría y ellos se juntan. Los
niños ven, oyen, y aunque callan y disimulan, no caen bien en cuenta al
principio. Pero con el tiempo maduran las uvas para ellos también. En nuestra
América no se respetan puertas cerradas. Todos, grandes y chicos, patrones y
sirvientes empujan, abren sin anunciarse en forma alguna y lo que los grandes
solo los perturba, a los niños les despierta la imaginación.[32] Esa sociedad patriarcal,
pre-capitalista, inmersa en condiciones económicas y sociales, y sobre todo,
normativas que poco han variado desde el período colonial, se asienta en el
antiguo damero que con sus extensiones naturales permite contener con cierta
holgura a los 70.000 hombres que a la caída de Rosas, pueblan una,
“...Buenos Aires en la que existen 106 fábricas, 743 talleres y 2.088
comercios; en su totalidad modestísimos, y sujetos, por lo tanto, a una
rudimentaria técnica. El número de personas en ellos es reducido, y
embrionarios sus instrumentos de trabajo. Ambos limitan su capacidad productora
a proporciones mínimas”.[33] Vemos entonces una
multiplicidad de unidades productivas o distributivas en donde la relación ínfima
del número de integrantes permite aún modos anacrónicos de interacción entre
patronos y trabajadores. Modos que aún pasan por el clientelismo y en muchos
casos, por la indiferenciación de tareas entre unos y otros. Este
panorama, cuasi estático y acotado, cambia a partir de Caseros. Los nuevos
aires de inserción del país en el pujante capitalismo de “La Segunda
Revolución Industrial”, y el papel agro-exportador dependiente que asume en
la división internacional del trabajo, hacen necesario la puesta en marcha de
un proceso modernizador. Hitos
fundamentales de este proceso, son la afluencia de capitales, la construcción
de una red de transportes y comunicaciones que tornen viable y redituable la
explotación económica primaria, la importación de brazos para sostener esa
nueva infraestructura, y la consolidación de un estado que discipline y
controle esos brazos.[34]
Entonces,
“Al amparo de instituciones y leyes inmanentes al desarrollo histórico,
el régimen de producción capitalista se afirmará y proyectará con vasto
vuelo y extraordinario empuje. Creará las condiciones materiales que harán a
la existencia de una clase asalariada, que, en forma de proletariado, reemplazará
al viejo artesanado, reminiscencia de la era preindustrial”.[35] Reminiscencia
que desaparecerá ante el doble y relacionado embate de la inmigración masiva[36]
y la concentración de la población en centros urbanos.[37]
Así,
“...Buenos Aires pasó de
187.100 habitantes en 1869 a 1.575.000 en 1914... En cierta manera era obvio que
un crecimiento casi descontrolado y escasamente planificado habría de provocar
problemas de diversa índole. En este sentido, las tempranas usinas de
preocupación se relacionaban con temas vinculados a la atención médica, el
hacinamiento, la salubridad o la criminalidad.”[38] Esas preocupaciones
encuentran un punto de referencia ineludible: la gran epidemia de fiebre
amarilla de 1871, que al igual que el cólera de la década anterior, causa
estragos favorecida por la profilaxis inadecuada de una ciudad que superpoblada,
se hacina en el antiguo damero colonial. Frente
a esto, las élites planean una segregación espacial al tiempo que una resolución
política de las obras de salubridad en
prevención de nuevas epidemias (entre las que de carácter ideológico podían
ser tan nefastas para sus intereses como las orgánicas). Como señala J. L.
Romero, la élite porteña,
“Descubrió antes que nadie, que su ciudad –la gran aldea-, comenzaba
a transformarse en un conglomerado confuso y heterogéneo, en le que se perdían
poco a poco las posibilidades de control de la sociedad sobre cada uno de sus
miembros, a medida que desaparecería la antigua relación directa de unos con
otros”.[39] La segregación espacial
implica la zonificación social de Buenos Aires. Las familias de nueva o vieja
prosapia, comienzan a trasladarse del barrio Sur a las revalorizadas parroquias
del norte: el Socorro, Retiro, Recoleta, haciendo de la calle Florida, y las
avenidas Santa Fe y Alvear el eje de su vida social. Justamente a partir de la
intendencia de un Alvear, todos los favores en materia de servicios y
embellecimiento serán para esta zona. Con plena ingerencia de los recursos del
Estado, se construye de manera para nada inocente, la particular y planificada
atmósfera de lo que genéricamente se denomina Barrio Norte. Así se
podrá hablar del codo aristocrático de Arroyo, o del ambiente parisino del
pasaje Seaver. Por
contraposición, el antiguo centro social y político situado al sur de la Plaza
de Mayo, degrada rápidamente. San Telmo, y especialmente Barracas, adquieren un
tono proletario y fabriqueo. Los antiguos caserones patriarcales devienen
convenientemente subdivididos, en conventillos... aunque aquí y allá, alguno
oculte los restos vergonzantes de alguna familia venida a menos[40],
que no ha querido o podido sumarse al tono de los tiempos de instalarse al norte
de la avenida Rivadavia, aún en condiciones de mera figuración. Más
allá de los reductos privilegiados, extendiendo sin cesar los ambiguos límites
de la ciudad, el avecinamiento de
“Este verdadero aluvión de individuos provenientes de las más
diversas regiones del mundo generó en los miembros de la élite la sensación
de perturbación del orden social en tanto miles de extranjeros se agolpaban en
la(s) ciudad(es) y aportaban sus formas de vida y costumbres diferentes a las
nativas. Además al comienzo de este proceso se vieron sorprendidos por un fenómeno
nuevo: una buena parte de ellos portaban nuevas ideologías como que habían
transitado diversas experiencias de organización sindical en Europa, habían
sido miembros de la primera Internacional de Trabajadores o huían de las
represiones gubernamentales debido a los procesos de conformación del
movimiento obrero. Casi mecánicamente a vincularse a los extranjeros con los
disturbios sociales...”[41] No todo inmigrante podía ser
encuadrado en el marco ideológico que describe Suriano. Sin ir más lejos,
nuestro ficcional protagonista. Muchos no traen conciencia de clase alguna. En
el cambio de siglo, un lúcido representante del Régimen opinará que
“... la mayor parte de los inmigrantes que vienen son mendigos, una
masa de cabezas huecas que creen que llegando
al país deben darles trabajo en la Plaza de Mayo, y recibirlos a mantel puesto,
dándoles aquí leyes, instituciones y diversiones al modo de su tierra”.[42] Pero en esa percepción inorgánica
a determinados derechos, está el peligro principal que representa el
inmigrante. Esas apetencias convierten al trabajador extranjero que arriba a
estas playas en un agitador potencial. El
extranjero pasa a ser entonces, una figura contradictoria para la élite.
Forzosamente necesario para su proyecto de nación y al mismo tiempo objeto de
demonización. Demonio que se encarna recurrentemente al compás de una
progresiva agudización del conflicto social. En este sentido el clásico y
remanido episodio de la quema del Colegio del Salvador en los setenta no es más
que el inicio de una serie de acontecimientos que culminan normados en la sanción
en 1902 de la Ley de Residencia.[43] Es
en esta primera década del siglo XX que el conflicto adquiere extrema
violencia. A los movimientos de protesta en demanda de determinadas
reivindicaciones, el estado responde con la represión: tras una huelga
importante (tal la de la Refinería de Rosario en 1902) o el intento de
conmemorar el 1º de Mayo (1904, 1905 o 1909)[44],
llega la punición con su secuela de muertos, heridos, la sanción del Estado de
Sitio y la aplicación de la Ley de Residencia, que diezma los cuadros de las
centrales obreras, mayoritariamente extranjeros. A veces esta violencia de
arriba, es contestada desde abajo.
Tal el caso del ajusticiamiento en Noviembre de 1909 del Jefe de Policía de la
Capital, en venganza por lo sucedido en los sucesos del día de los trabajadores
de ese año, cuando ese personaje, el coronel Ramón Falcón, ordenó balear una
manifestación anarquista. El autor del atentado fue un adolescente obrero mecánico,
llegado poco tiempo antes al país, y cuyo nombre, Simón Radowitzky, se
convirtió en un símbolo de lucha y reivindicación para los militantes
anarquistas.[45] Pero
la mano dura no fue la única forma que tuvo el Estado (y las clases dominantes
a las que este representaba) para tratar la cuestión social. La
cooptación y el consenso de distintos actores sociales, estuvieron presente en
forma constante. Si
en el plano político institucional la Ley Sáenz Peña será la feliz culminación
del proceso de integrar en el sistema a sectores que se habían sentido
excluidos por las prácticas políticas del régimen[46],
también en el abordaje de la cuestión social se intentaron diversas
estrategias, más allá de lo represivo. Dentro de ellas se inscribe
el ya citado proyecto de Ley Nacional del Trabajo de 1904, en cuya presentación
ante las Cámaras, el ministro del interior, Joaquín V. Gonzáles, adujo que
“Su finalidad es evitar las agitaciones de que viene siendo teatro la
República desde hace algunos años, pero muy particularmente desde 1902, en que
ellas han asumidos caracteres violentos y peligrosos para el orden público.”[47] Y es
en ese mismo marco y en el mismo año, cuando se produce un hecho aparentemente
menor pero con profundo significado político: la anuencia con que un hábil
urdidor de estratagemas, el presidente Julio Roca, permite la manipulación del
padrón electoral para que mediante el sistema de circunscripciones el Partido
Socialista obtenga una banca en la Cámara de Diputados.[48] A su
vez el hegemónico discurso positivista permite la utilización de la ciencia,
en especial la médica, para intentar dar respuesta profiláctica a problemas
que se consideran lacras de la clase obrera: el alcoholismo, la promiscuidad
sexual, la mendicidad, etc. No es casual que el Departamento de Trabajo surja al
tiempo que el Departamento de Higiene, ni que contemporáneamente, el Partido
Socialista, dirigido por un médico higienista, lleve adelante una feroz prédica
antialcohólica.[49] O que se reglamente el
ejercicio de la prostitución, regimentándose el goce del placer sexual,
zonificando la misma, en una supuesta profilaxis moralista que hace abstracción
de las causas que llevan a determinados sectores a practicar el comercio sexual.
De igual e hipócrita manera, el informe de otro higienista no puede asociar la
homosexualidad que, inducida por la miseria corroe bajo la ley del más fuerte,
a la infancia que habita los conventillos[50];
con el fenómeno de la pederastia y travestismo, que toma auge en esa ciudad
donde el aluvión inmigratorio ha distorsionado el índice de masculinidad. Estas
medidas, institucionales o no, parten de un supuesto paternalista y de una
profunda desconfianza. El obrero es un menor de edad, que debe ser contenido,
que debe ser contenido y disciplinado, protegido de la influencia de ideas
perniciosas. Entonces la salud, la modificación de costumbres, el acceso de la
población trabajadora a tangibles beneficios de salubridad, obran como barreras
que reaseguran a las clases dominantes frente al potencial revolucionario de los
oprimidos. Cuando estas barreras se superan, se apela a la represión. Cooptación
y represión, términos entonces funcionales e intercambiables de acuerdo a la
circunstancia. Y
enmarcados en un discurso legitimador que intenta ser abarcativo y homogéneo,
con réprobos y elegidos, discurso este que se expresará a través del llamado
(y en este caso sin ironía) cuarto poder. Pero para poder verlo en un ejemplo
concreto, deberemos despedirnos de nuestro protagonista, dejándolo con sus
tribulaciones en esa hostil Buenos Aires, y partir nosotros a nuestro propio
espacio regional. Ciudad
de Astengo, de Etchesortu y Casas -sede
del “Honorable Benvenuto”- ciudad
donde se funden dos mil razas pero
no se funde ningún bruto. Cuartela
anónima[51] 5. Entre el escarnio y el
desprecio. La cuestión social desde el pintoresquismo costumbrista. Hacia
el centenario, Rosario es la cabecera indiscutible de la “pampa gringa”, ese
vasto hinterland que desborda el sur santafecino y avanza sobre el este cordobés
y el norte bonaerense. La llanura cordobesa ve en Rosario, y no en la docta, a
su ciudad de referencia. Entre el primer y tercer censo nacional, ha
multiplicado su población por diez.[52] Consecuencia
directa en su origen, del espectacular proceso inmigratorio
“La burguesía rosarina pisa firme; hija del desarrollo agrario, se
identifica totalmente con el progresismo liberal, y no solo carece de complejos
frente a las viejas clases, sino que las mira por arriba del hombro, porque se
siente con mejor derecho a conducir. No postula reconocimiento y será ella la
que lo dará”.[53] La clase terrateniente
argentina no tiene residencia siquiera provisoria en Rosario. Es entonces esa
“exitosa nueva clase” la que lleva la voz cantante. Y lo hace con orgullo,
exhibiendo ante propios y extraños, la concreción práctica de su filosofía
positivista. Es su afán de progreso lo que ha transformado la otrora
insignificante aldea
“...en una de las ciudades más hermosas e higiénicas de Sud América.
Su urbanización obedece a los principios más modernos... Desde el parque
Independencia y el Boulevard Santafecino[54]
hasta la cloaca; desde el palacio a la humilde casa de obreros; desde el
hospital moderno, completo, hasta la asistencia pública y el asilo, en todas
partes hay un progreso real y eficaz...”[55] Un gran emporio comercial en
definitiva, que por su propia dinámica muestra –según el mismo observador-
ciertas falencias en su sociabilidad, ya que
“... raramente se ocupan los hombres de otra cosa que de sus
negocios... Nunca se pudo establecer un centro literario, y las manifestaciones
del arte son muy aisladas y pocas.”[56] No hay prosapia ni alcurnia añeja
en los dominios de Ceres y Mercurio. Sin embargo las diferencias de clase están
bien marcadas. Rosario es en ese aspecto una reiteración de lo que se ve a
nivel nacional. Y de igual forma es tratada la cuestión social. Se copota o se
reprime, o mejor se coopta y se reprime. Claroscuros
acentuados por una clase obrera tempranamente combativa. Es
en Rosario donde La Fraternidad, el gremio de los conductores ferroviarios,
logra su primer triunfo en 1889, al culminar exitosamente una huelga declarada
para lograr la libertad de un maquinista del F.C.B.A.R.[57],
detenido y salvajemente apaleado por la policía tras un accidente de tren.[58] Pero
es también en Rosario, donde
“... cuando la familia es mucha y el hambre apura, entonces se pone a
las niñitas en la Refinería, en las fábricas de tabacos, en lo que se puede,
con tal de que ganen algo, y se les enseña a mentir sobre la edad, de manera
que las chiquillas dicen que tienen once años cuando no han cumplido nueve y
hasta que se cansan y agotan las pobres hacen lo que pueden”.[59] No
es extraño entonces la importancia que adquiere en esos años la cuestión
social. Huelgas fundamentales en la historia del movimiento obrero (la de 1902
en la Refinería, o las ferroviarias de 1912 y 1917)[60]
se gestan o tienen su epicentro en Rosario. Sin
embargo esa combatividad no se traducirá en el fortalecimiento partidario de
una alternativa clasista. Por varios motivos convergentes. En primer lugar la
clase obrera rosarina será en gran medida, anarquista o sindicalista. El
partido Socialista no logrará un predicamento similar al que alcanza en la
Capital Federal. Se suma a ello la apática desconfianza
del inmigrante a los manejos políticos que sabe ajenos a sus intereses[61].
Así cuando se aplique en 1912 la nueva Ley Electoral, los contendientes serán
por un lado, la Liga del Sur, portavoz de la satisfecha burguesía
rosarina que aspira a la autonomía frente a la capital provincial, y el
radicalismo que, específicamente en Rosario, encuentra sustento electoral por
el modo clientelar con el que capta al proletariado criollo fronterizo del
lumpenaje arrabalero[62]. Es
entonces, esa sólida burguesía la que impone un rol hegemónico a la sociedad
rosarina. Hegemonía que trasciende lo meramente político y económico, y llega
a
“... la imposición de juicios morales y políticos a través de
argumentos psicológicos. Así la holgazanería se utiliza para dar cuenta de
disposiciones débiles para presentarse en el mercado de trabajo”.[63] La prensa resulta un arma
fundamental para transmitir esa posición. Veamos
entonces como opera esto en un caso concreto, el de la revista “Monos y
Monadas”. Semanario gráfico que aparece regularmente entre Junio de 1910 y
Diciembre de 1911[64],
su formato y diseño es similar al de la revista “Caras y Caretas”. Por lo
general hay una primera sección de noticias internacionales, luego una de política
nacional y a continuación, información sobre la ciudad y la región, ya sin un
orden determinado, mezclándose notas de carácter social, con información
general o policial, junto a misceláneas y curiosidades, y el todo ilustrado con
profusas fotografías. Más
allá de este desorden expositivo, se van dando ciertas constantes. En
primer lugar hay una encubierta toma de posición a favor de la Liga del Sur. La
campaña electoral de esta es seguida en detalle y por toda la provincia, con
abundante material gráfico[65].
Muchas menos páginas y fotos se dedican a las actividades del radicalismo o el
partido Constitucional. Hay
también una manifiesta disposición a mostrar los signos del progreso
ciudadano. De allí los amplios informes sobre obras de salubridad, tales como
las Aguas Corrientes o los nuevos hospitales. La
sociabilidad se manifiesta de múltiples maneras que van desde las reseñas
sobre los clubes de élite, hasta la galería de personalidades del mundo social
que da título a la revista: cada número trae la imagen en página central de
un distinguido caballero y de una rolliza beldad, los que en amable tono son
designados respectivamente como el “mono” y la “monada” de la semana. A
los que se suman las fotos de niños satisfechos en elaboradas poses de supuesta
ingenuidad.[66] Como
reflejo de la ciudad y la región, las colectividades inmigratorias encuentran
acogida en sus páginas. Desde el Centre Catalá al Club Español, pasando por
las instituciones mutualistas de cada comunidad, hallan la posibilidad de
difundir sus actividades mediante recurrentes gacetillas. Especialmente en los números
que siguen al 20 de septiembre de 1910, la revista muestra los festejos del día
de Italia, en muchas de las localidades de la pampa gringa. Hasta
aquí, una revista informativa más, que refleja a una sociedad sin grandes
problemas en apariencia. Sin “cuestiones” demasiado traumáticas. Sin
embargo, la verdadera problemática social, aparece encubierta bajo el
pintoresquismo y la mirada condescendiente. “Monos
y Monadas”, en tanto portavoz de los que triunfaron, encuentra en la
marginalidad, la exclusión y la miseria, una fuente de humorismo. Que le
permitirá por ejemplo, describir bajo el título
“El Albaicín Rosarino”, una ranchada miserable establecida “atrás
del Córdoba y Rosario”[67] en octubre de 1910, con
el mismo sentido de burla que a principios de 1911 empleará para regodearse con
el barrio de Las Latas[68],
describiendo irónicamente el “palacio de Las Latas”, con su “reina”, su
“príncipe”, etc. Este
indisimulado desprecio de clase, se torna evidente en una de sus secciones
fijas, “La Semana Trágica”, donde se hace el raconto de lo sucedido en
materia de hechos policiales. Es un lugar común en esas páginas el trazar un
paralelo entre pobreza y delincuencia. Para “Monos y Monadas” el ser
habitante de un conventillo es un elemento de sospecha. Las condiciones
infamantes de las casas de inquilinato, le interesan solo para reforzar esta
tesis de culpabilidad, o a lo sumo para lograr una nota pintoresca, en tono
burlesco, nuevamente con su “reina”, “su príncipe”, etc. El
trato periodístico que se le da al tema de la muerte muestra también esa
diferenciación, ya con rasgos de impúdica obscenidad. Así el deceso de un
miembro de la élite es cubierto de manera respetuosa, aunque con la teatral
necrofilia de la época (esa que convoca multitudes a los cementerios en una
especie de kermese pagana celebrando el día de los Santos Difuntos). Vemos la
pompa y magnificencia del cortejo en fotografías que acompañan un obituario panegírico. Pero si un muerto
pertenece a la clase obrera, solo es noticia si su deceso se produce a
consecuencia de la violencia. Y entonces vemos el regodeo irrespetuoso, la
invasión de la intimidad, el escarnio. Imágenes de suicidas o asesinados son
mostrados impunemente en sus féretros abiertos, sin ningún recato. Un niño de
la burguesía que muere a causa de una enfermedad da lugar a lastimeras páginas
de consuelo para su afligida familia, con un tratamiento discreto del tema. Pero
un niño obrero, tal el caso del que es atropellado por un tranvía en “Salta
entre San Nicolás y Avenida Castellanos”[69]
es mostrado impúdicamente con su rostro destrozado en un humildísimo ataúd.
El morbo delimitando las clases. En
definitiva concluimos que “Monos y Monadas” no es sino el exponente de una
faceta a medio camino entre la cooptación y la represión. El tratar como
objeto de burla y reprobación a determinados actores sociales, proponiendo
–por efecto contrario- a otros sectores la integración mediante la emulación
de conductas, en el modelo dominante, antes que la solidaridad con los
escarnecidos estereotipadamente. Complejidades
de una muy compleja problemática: la cuestión social. FERNANDO
CESARETTI
FLORENCIA PAGNI [1]
Ese abajo que constituido en actor colectivo, a veces, aunque de manera
fugaz, manipulado y finalmente desvirtuado, pasa arriba, “entrando en la
historia”. Raúl Scalabrini Ortiz, haciendo referencia a otra coyuntura
posterior a nuestro análisis, los definirá felizmente como “el sustrato
de la patria sublevada”. [2] ZIMMERMANN, Eduardo.
“Los liberales reformistas. La cuestión Social en la Argentina. 1890-1916”
Ed.
Sudamericana/Univ. San Andrés. Bs. As., 1995. [3]
SURIANO, Juan. “El estado argentino frente a los trabajadores urbanos: política
social y represión 1880-1916”. En Anuario 14. Escuela de Historia.
Facultad Humanidades y Artes. UNR, Rosario, 1991. [4]
AYALA GAUNA, Velmiro; la cita de referencia está en el relato “Don Ramón,
mi padre”, incluido en su
libro “Otros cuentos correntinos”, s/d. [5] AGUINIS, Marcos;
“Operativo Siesta”, ed. Planeta, Bs. As., 1978. [6] Ibid., p. 189 [7] LUGONES, Leopoldo; “Odas
Seculares”, ed. Espasa Calpe.
Bs. As., 1946. [8]
“divino Rubén”,... los autores de este trabajo debemos reconocer
que en determinada adjetivación y forma narrativa, somos tributarios de
Jorge Abelardo Ramos, a cuya monumental obra “Revolución y
Contrarrevolución en la Argentina”, especialmente el Tomo III “La Bella
Época (1904-1922)”, ed. Plus Ultra, 5ta. edición, Bs. As., 1973;
recurrimos en más de una ocasión para precisar nuestras referencias
bibliográficas. [9]
DARIO, Rubén; “Obras Poéticas Completas”, p. 768, ed. El Ateneo, Bs.
As., 1953. [10]
“El 24 de Agosto de 1981 se formaliza la creación de la JCA (Jewish
Colonization Associatión), empresa filantrópica fundada por el barón
Mauricio de Hirsh...”. FEIERSTEIN, Ricardo; “Historia de los judíos
argentinos”, p. 79, ed. Planeta, Bs. As., 1993. [11]
Por múltiples causas, siendo una de las principales, los contratos leoninos
que la JCA obligaba a los firmar colonos. De todas formas la problemática
de la colonización judía excede a este trabajo. [12]
FEIERSTEIN, ob. cit., p. 97 “Merece destacarse un hecho sorprendente:
la casi totalidad de los pioneros de la intelectualidad judeoargentina
procede de las primeras familias reclutadas por la JCA en 1981”. [13]
SHKLAR, ob. cit., p. 88. [14]
AGUINIS, ob. cit., p. 185 [15]
BONAUDO, Marta y SONZOGNI, Elida; “Cuando disciplinar fue ocupar (Santa Fe
1850-90) en Mundo Agrario. Revista de estudios rurales, Nº 1, segundo
semestre de 2000. Centro de Estudios Histórico Rurales. Universidad
Nacional de La Plata. [16] Ibíd. [17]
Aunque la relación empresa colonizadora –colonos, no corre en un solo
sentido. Así, la J.C.A. ejerció un control autoritario y arbitrario, al
mismo tiempo que disponía que toda colonia contara con sinagoga,
biblioteca, teatro, escuela, proveedores y cooperativas. Surge entonces una
aparente contradicción entre el afán de lucro de la empresa “filantrópica”
que se personifica en la figura de sus funcionarios y administradores, y el
espacio en que estos actúan, espacio que es modelo de organización
comunitaria, de reunión entre “iguales” con intereses semejantes. [18] CABALLERO, Ricardo;
“Irigoyen. La conspiración civil y militar del 4 de febrero de 1905”,
ed. Descours y Cabaut,
Bs. As., 1928. [19] AGUINIS, ob. cit., p.
189. [20] PEDRONI, José; “Obra
poética”, ed. UNL, Santa Fe, 1998. [21] GERCHUNOFF, Alberto;
“Los gauchos judíos”, p. 32, ed. Milá, Bs. As., 1988. [22] RAMOS, ob. cit. P. 183. [23] BONAUDO Y SONZOGNI, ob.
cit. [24]
El trabajo forzado por endeudamiento, persistirá en los yerbatales
misioneros y en los obrajes madereros de la región chaqueña. [25]
BIALET MASSE, Juan; “Informe sobre el estado de la clase obrera en el
interior de la República”. Tomo
I, p. 66/70, ed. Hyspamérica, Bs. As., 1986. Este informe sirvió
como preliminar al frustrado Código de Trabajo. [26] BONASO, Miguel;
“Recuerdos de la Muerte”, ed. Brughera. Bs. As., 1984. [27] AGUINIS, ob. cit. P. 191. [28]
CASTEL, Robert; “La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del
salariado”, ed. Piados, Bs. As., 1997. [29] Ibíd. [30] Ibíd. [31] Ibíd.. [32]
MANSILLA, Lucio V.; “Mis Memorias”, en “El Rosismo. La Reorganización
Nacional”. ed. Bibliotheca,
Bs. As., 1974. [33]
MARTOTA, Sebastián; “El movimiento sindical argentino. Su génesis y
desarrollo 1857-1914”, ed. Líbera,
Bs. As., 1975. [34] BONAUDO y SONZOGNI, ob.
cit. [35] MAROTTA, ob. cit., p. 22. [36]
ZIMMERMANN, ob. cit, p. 12 “… entre 1870 y 1914 llegaron a la Argentina
alrededor de seis millones de personas, de las cuales aproximadamente la
mitad se asentó en forma permanente. En 1914 casi un tercio de la población
del país (29,8%) había nacido en el extranjero, siendo los italianos y
españoles casi un 80% de ese total”. [37] Ibíd., p. 12 [38] SURIANO, ob. cit., p. 3. [39]
ROMERO, José Luis; “Latinoamérica, las ciudades y las ideas”, ed.
Siglo XXI, Bs. As., 1976 en SURIANO, ob. cit., p.3. [40]
véase SABATO, Ernesto; “Sobre héroes y tumbas” o BORGES, Jorge Luis;
“La señora mayor”, interesantes cuadros sobre estas familias, primas
pobres de la élite, en su decadencia final en el primer caso, y en la farsa
de una figuración inexistente en el segundo. [41] SURIANO, ob. cit., p.4. [42]
BIALET MASSE, ob. Cit., p. 121. [43]
Ley cuya autoría corresponde a Miguel Cané, mas conocido por su
“Juvenilia”, una estudiantina nada inocente, que describe la gran aldea,
libre aún de metecos impertinentes pasibles de deportación, donde los módicos
conflictos se resuelven en el marco de la gente decente. [44] MAROTTA, ob. cit., p.
208/233. [45]
Tras dos décadas de detención en condiciones de extrema dureza en el
Presidio de Ushuaia, fue indultado y al mismo tiempo deportado por el
presidente Yrigoyen. Sin embargo, hasta que la erosión de la lluvia y el
viento terminó por borrarlos, muchos años después seguían circulando por
la red ferroviaria, vagones que en sus laterales clamaban escritos con múltiples
grafías, “libertad a Radowitzky”. [46]
ZIMERMANN, ob. cit., p. 13 [47] MAROTTA, ob. cit.,
222/23. [48] Cuya titularidad ostentaría
el teatral y putañero, Alfredo Palacios. [49]
RAMOS, ob. cit. P 94, ironiza sobre los alcances de la campaña
abstencionista del Doctor Juan B. Justo. [50]
RAWSON, Guillermo, en un informe sobre los conventillos afirma que “los niños
mayores hacían de padre y los menores de madres”. [51]
JAURETCHE, Arturo; “El medio pelo en la sociedad argentina”, ed.
Peña Lillo, Bs. As., 1970. El autor rescata, p. 128, esta cuarteta
como primera parte de un soneto que se presentó –con el consiguiente escándalo-
en unos juegos florales rosarinos. No precisa fecha ni circunstancia. [52] A modo de referencia
estadística: 23.000 hombres en 1869, 50.000 en 1887, 91.000 en 1895,
112.000 en 1902, 245.000 en 1914. [53]
JAURETCHE, ob. cit., p. 128/129 [54] Actualmente, Boulevard
Oroño. [55]
BIALET MASSE, ob. cit., p. 349. [56] Ibíb., p. 351 [57] Ferrocarril Buenos Aires
y Rosario. [58] MAROTTA, ob. cit., p. 65. [59]
BIALET MASSE, ob. cit., p. 365. [60] MAROTTA, ob. cit. [61] Nuevamente, en el ámbito
urbano se da lo visto en el rural: “-la política, é porca, dottore”. [62] RAMOS, ob. cit., p.
68/71. [63]
DOUGLAS, Mary; “Justicia social y sentimiento de justicia. Una antropología
de la desigualdad”, p. 111. [64] Tendrá una segunda época
entre Julio de 1934 y Enero de 1936. [65]
Impacta la visión de un tal De la Torre aún joven, en contraste con la
estereotipada imagen del Lisandro del Debate de las Carnes, un cuarto siglo
después. [66] Nueve décadas después,
los mismos apellidos se continúan en el manejo de los clubes de élite. [67] Actualmente, estación
Central Córdoba. [68] Ubicado en el hoy
privilegiado sector de calle Salta entre Boulevard Oroño y Moreno. [69] Actualmente avenida
Alberdi. El hecho ocurrió a fines de 1910. La criatura tenía nueve años. Publicación enviada por FERNANDO CESARETTI y FLORENCIA PAGNI Contactar mailto:florenciapagni@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EpZyFluuZZZfNVCkvh Publicado Monday 9 de February de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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