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Monografias | En búsqueda de la Sabiduría, como respuesta a nuestro Ser

En búsqueda de la Sabiduría, como respuesta a nuestro Ser

Resumen: La inspiración filosófica. El materialismo común. El "culturalismo", o relativismo postmoderno. Vida humana y cultura. Ciencia y Filosofía. Esbozo histórico de la filosofía. Apéndice Grados del saber. Las ramas de la filosofía. Prioridad de la teoría. La lógica del discurso humano. Lógica del juicio o proposición. Verdad y certeza. Ilustraciones de diversos autores.

Publicación enviada por Prof. Jose Luis Dell´Ordine




 


INDICE


Introducción
Desarrollo
La inspiración filosófica
El materialismo común
El "culturalismo", o relativismo postmoderno
Vida humana y cultura
Ciencia y Filosofía
Esbozo histórico de la filosofía
Apéndice Grados del saber. Las ramas de la filosofía
Prioridad de la teoría
La lógica del discurso humanoLógica del juicio o proposición
Verdad y certeza.
Ilustraciones de diversos autores
Bibliografía: Consultada

INTRODUCCIÓN:

¿Para qué sirve la filosofía?

-Para aprender a vivir, y si es posible antes de que sea demasiado tarde. Séneca criticó a la filosofía entendida como disciplina exclusivamente abstracta al escribir: "¿De qué me sirve saber dividir el campo si no sé compartirlo con mi hermano?"

-Para desconfiar de las apariencias ("No todo lo que reluce es oro" dice en este sentido un refrán popular) Para dudar hasta llegar a verdades que serán provisorias y serán reemplazadas por otras verdades. Esta práctica nos previene contra el fanatismo y nos vuelve más tolerantes. La filosofía sirve así para desarrollar la humildad y reconocer los límites de nuestro conocimiento.

-Para reconocer que en la vida todo está sujeto a cambios y que no hay nada que podamos poseer por completo.

-Para reflexionar en torno a cuestiones de valor (éticas) y para desarrollar las virtudes, que son el edificio de la ética. Por ejemplo, para aprender a ser valientes (que es capacidad de vencer el miedo y de soportar las frustraciones y circunstancias dolorosas), a ser justos, temperantes (y educar nuestro deseo).

-Para crear y clarificar conceptos. Saber, por ejemplo, que la consternación suma el dolor a la sorpresa, y que cuando cede la sorpresa suele ceder también el dolor.

-Para sacar provecho de las circunstancias adversas.

-Para reírse de uno mismo y no dramatizar las cosas en exceso (Los españoles dicen "Tomarse las cosas con filosofía")

-Para acrecentar nuestra capacidad de resolver problemas.

-Para desarrollar nuestra capacidad de organizar ideas y principios. Para encontrar diferencias no evidentes entre diversas perspectivas y elementos comunes entre perspectivas aparentemente opuestas, desarrollando la habilidad de clarificarlos comunicándolos mediante el lenguaje.

-Para reconocer que primero somos sujetos sociales, y tan sólo luego somos individuos. Nuestros problemas reconocen una matriz común. Podemos filosofar juntos y reconocernos en nuestra fragilidad y en nuestra fortaleza.

FUENTE DE LA INTRODUCCIÓN

Boletín de septiembre del 2002 - Asociación Argentina de Filosofía Práctica

Desarrollo:

  1. No sé si ocuparse en determinar el concepto de la filosofía es tarea estrictamente filosófica. De todos modos, en este capitulo perseguimos una simple imagen anticipada de lo que solo puede saberse de veras en el ejercicio mismo del filosofar. Antes de intentar responder a esta cuestión, hace falta que aclaremos el sentido de la pregunta, ¿qué preguntamos cuando preguntamos que es filosofía?. En primer lugar, no preguntamos, ciertamente cual es la verdadera filosofía. No pedimos que se nos responda con la verdad filosófica en la mano. Pero tampoco preguntamos que debe ser la filosofía, en que debe consistir el filosofar, siempre, para todos. Que debe ser la filosofía, como hay que concebir la filosofía, en un asunto que se resuelve filosofando concretamente. Seria imposible que nadie- y en ese nadie está también los profesores de filosofía- pretendiera establecer, antes de ponerse a filosofar, concretamente que debe ser la filosofía; porque el modo de concebir la filosofia está implícito en cada filosofar, y solamente alli. Por lo tanto, la cuestión ¿qué es filosofía? No consiste en preguntar por la verdad filosófica en persona, ni en preguntar que debe ser la filosofía. ¿Qué preguntamos entonces?, Cuando nosotros (y cualquiera que no sea un filosofo en el acto de filosofar) nos preguntamos que es la filosofía, no podemos sino preguntarnos – teniendo a la vista la filosofía que ha sido, o sea ese acervo de pensamiento que forman la historia de la filosofía – cuales son los caracteres propios o notas que definen ese especifico quehacer humano que llamamos filosofía. Para responder a la pregunta se abren ante nosotros tres caminos posibles. En primer lugar, preguntarles a los filósofos mismos. Pero esta vía esta destinada a no tener buen éxito. La definición de que la filosofía puede dar un filosofo no será mas que una manera muy abreviada de expresarnos su filosofía. Tanto, que para entender adecuadamente su definición tendríamos que aplicarnos a estudiar puntualmente su filosofía. Y el que siguiera este método, sobre todo si es un profano se encontraría con diferencia tales entre las definiciones de la filosofía que le harían poner el grito en el cielo sobre las contradicciones de la filosofía y la inanidad de ella. Si ahora abandonamos ese camino por imposible, podemos intentar este otro; caracterizar las formas principales que la filosofía asume en su historia. Pero entonces, si no fijamos bien, ya no contestamos a la pregunta ¿qué es la filosofía?, Si no que hacemos un mal compendio de Historia de la Filosofía. En tales condiciones, para responder a la cuestión planteada no queda mas remedio, que examinar el contenido de la filosofía según ya se ha dado históricamente, y esforzarnos por ver y comprender los caracteres o notas sustantivas y universales que la definen. Aclarados el sentido de la pregunta y los términos en que debemos responder, ensayemos ahora contestarla.
    • Autonomía del conocimiento filosófico: Diremos, en primer lugar, que la filosofia es un conocimiento. Aquí conocimiento esta tomado en su sentido vulgar, como sentido que todos damos espontáneamente a la palabra conocimiento. La filosofía, es, pues, un conocimiento; un conocimiento, pretende ser válido universalmente, es decir, que no pretende valer tan solo como opinión del filosofo. La filosofía es un conocimiento. También cuando abomina del conocimiento es un conocimiento; cuando rechaza el discurso y la razón, y los sustituye por la intuición, el sentimiento, la fe, el extasis, la vida, el instinto, la filosofia es un conocimiento, y de esas cosas hacer alternativamente los caminos del conocimiento en que ella siempre consiste. La filosofía es, pues, un conocimiento, ¿cuál conocimiento?...porque ocurre que conocimientos hay varios, el conocimiento es de muchos modos, y de primera intención cuando decimos conocimiento pensamos en es conocimiento que se presenta al pronto como tipo y dechado de todo conocimiento, el conocimiento científico: matemáticas, ciencia exacta de la naturaleza. ¿Hay de veras la filosofía, o sea un conocimiento filosófico autónomo que pueda reclamar legítimamente entre los otros conocimientos, y especialmente entre los otros conocimientos, y especialmente frente al conocimiento científico-natural, un lugar bajo el sol de la teoría?.

Ésa es la cuestión que nos sale al paso ahora. Y nos encontramos con que, en primer lugar, muchos han negado que la filosofía tenga verdadera razón de existir.

Partimos del desarrollo de un tema muy usado, que niega autonomía al conocimiento filosófico.

Primero, se ha dicho (y muchas veces se lo piensa sin decirlo), en los orígenes, la filosofía fue lo que su nombre indica: un amara a la sabiduría, un amor del saber. Por eso al principio forman parte de su reino desde la matemática y la astronomía hasta la política. Después, y especialmente en los tiempos modernos, a medida que el progreso del conocimiento fue dando lugar a las ciencias particulares, cada nueva ciencia particular iba restando una región a la jurisdicción de la filosofía. Y así se puede llegar a concebir una situación en que el conocimiento de la realidad venga a estar repartido totalmente entre las ciencias particulares.

¿Qué vendría a ser entonces la filosofía?, En una situación así, ¿cuál es la suerte de la filosofía?.

En esta coyuntura ha parecido cosa lógica a muchos decir que si la filosofía pretendiera todavía ser algo no podría ser nada mas que una síntesis de los resultados más generales del trabajo científico. De esta manera, el filósofo estaría reducido a la condición a la condición de un "profesor de cosas en general", como diría humorísticamente Carlyle; Seria un especialista en vaguedades.

Tal es el tema de una de las negaciones más banales, pero también más insidiosas, de la autonomía del conocimiento filosófico, o sea de la filosofía misma.

Sin poder extendernos sobre este punto, digamos que asignarle a la filosofía esa función seria tanto como negar su efectiva existencia. Mas valdría declarar que la filosofía debe desaparecer para ser sustituida, en lo que antes fuera su vasto dominio, por las ciencias especiales.

    1. Antes de entrar a considerar los distintos modos en que –a mí parecer- se puede concebir y ejecutar el punto de partida de la filosofía, digamos que, cualquiera sea ese modo, todo filosofar tiene su raíz y comienzo en lo que vagamente y desde antiguo se denomina "asombro" o "admiración". Sobre este punto recordemos dos loci classici.

Dice Patón en el Teéteto, 155, d: "Y es propio del filósofo, amigo mío, eso que tú experimentas: estar lleno de admiración; ni otro comienzo tiene el filosofar".

Aristóteles, en Metafísica, Libro I,2 : "Entonces como ahora los hombres fueron movidos a filosofar por la admiración, quedando atónitos al principio ante los problemas más sencillos, y progresando después hasta proponerse poco a poco cuestiones mucho más difíciles, como son las concernientes al sol y la luna, a los astros y al origen del todo. Ahora bien, aquel que ante una dificultad se maravilla, se considera ignorante. (Por eso quien ama el mito es de alguna manera un filosofo, puesto que el mito resulta de un complejo de maravillas). Pero si los hombres filosofaron para salir de la ignorancia, es evidente que quisieron conocer por puro amor del saber, y no para servirse de él para uso alguno. Lo prueba el hecho mismo de que esta especie de conocimiento comenzó a ser buscada luego de haberse atendido, puede decirse que por entero, a las cosas necesarias y útiles a la comodidad y al bienestar de la vida. No hay dudas, pues, que nosotros no lo buscamos para beneficio alguno exterior; antes bien, así como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo y no en otro, asi tambien diremos de ella que solo ella es libre entre las ciencias, porque solo ella tiene el fin en sí misma".

Reparemos en que es este asombro o admiración el hombre supera la actitud natural, en la cual viene a ser como un eslabón de la cadena del acaecer cósmico. En la actitud natural nuestra vida ocurre, es un ocurrir; la vida nos sucede, la vida es sólo vida vivida.

El asombro y la admiración suponen pararse en medio de ese acaecer cósmico de que el hombre es parte; supone que ese acaecer cósmico, que hasta ahora era un juego confuso de medios y de fines vitales, retroceda frente al hombre hasta hacerse un objeto para él; y así el mundo puede hacerse objeto de conocimiento.

Asombrarse o admirarse de todo lo que hay, de que haya algo, es una operación o un incidente que sólo puede ocurrirle a una vida de hombre. Y es igualmente actitud específicamente humana y espiritual la de ser empujado a superar ese asombre y esa admiración en un conocimiento con intención de totalidad – que indague por el sentido de todo.

Tal es la condición general, conocida y experimentada desde antiguo, de todo filosofar.

Sobre este fundamento común, yo creo que cabe distinguir diferentes maneras o modos de entender el punto de partida del filosofar, que aquí, para esta exposición sea hacedera, vamos a reducir a tres.

Pero digamos antes que, cualquiera sea ese comienzo, no creemos que la filosofía pueda tener otro punto de partida que la conciencia, o sea un partir de la conciencia. Ya dijimos que en cuanto saber radical la filosofía comienza con la exigencia de una justificación o fundamentacion absoluta. Y de esa manera rechaza – o esta siempre dispuesta a rechazar – como supuestos las opiniones recibidas, el saber vulgar, el mundo exterior dado en la representación; y así se encuentra con que para empezar a construirse no cuenta con punto de apoyo mas firme que la conciencia. Así la filosofía se realiza constantemente como una vuelta a la pura interioridad, lo que viene a decir que consiste en comenzar de nuevo tomando como punto de partida la conciencia.

Todo filosofar, pues, tiene su punto de partida en la conciencia. Pero se puede partir de la conciencia en varios modos, que son, por lo tanto, los distintos modos de entender y ejecutar el punto de partida del filosofar.

    • Primer modo de entender el punto de partida en el filosofar: Detengámonos por un momento en ese instante, instante en verdad solemne para la historia del espíritu occidental, en que Platón descubre la razón. En el dialogo Teéteto, Platón plantea y refuta la tesis sofistica de que la ciencia (el conocimiento) es la sensación. Y esa refutación se hace dé manera que conduce derechamente al descubrimiento de la razón.

La sensación no puede dar conocimiento, ciencia. En efecto, la sensación es una modificación del espíritu que tiene una causa exterior. Como modificación del espíritu la sensación es siempre verdadera, es decir, es tal sensación y no otra; y como resulta del contacto o choque de partes de un mundo en constante cambio, el mundo de Heráclito, resulta que es cierta en el momento en que se realiza; en el momento en que se realiza representa exactamente un objeto, perop todo relativamente a ese momento.

Pero fijémonos ahora en esto: instalados en una realidad que es devenir, que es tanto como decir cambio, no cabe ponerse enfrente de cualquier aspecto del devenir en un momento dado, y preguntar: ¿qué es esto? Porque al tiempo en que tendría que venir la respuesta, la realidad de que se va a decir algo ya no existe: ha cambiado.

Más aun, es decir, peor aun: si el espíritu no dispone mas que de la sensación, no puede siquiera formular nunca la pregunta ¿Qué es esto?, puesto que sensación no es mas que una modificación producida por el choque con tal aspecto del devenir del mundo, en tal instante necesariamente fugaz, y aquí, cuando preguntamos ¿Qué es esto?, al parecer preguntamos por algo que debe ser permanente, por aquello que la cosa es.

En tales condiciones, se ve claro que no se podría fundar en la sensación un verdadero conocimiento, o como Platón dice, "es falsa la tesis de que la sensación es la ciencia".

Insistamos brevemente sobre esto. La sensación no puede contestar a una cuestión así: ¿Qué es esto? En esta pregunta nosotros preguntamos por el ser de la cosa, por la esencia, por lo que la cosa es. La sensación solo conoce lo que deviene; conoce un aspecto de un instante único del devenir.

"Lo que es", en cambio, la respuesta al ¿qué es esto?, parece que tiene que ser algo que no deviene, lo que en las cosas resiste al cambio, y a pesar del cambio las hace ser lo que son. Eso es el SER, la ESENCIA de las cosas, y la esencia, lo que es, es permanente, lo que siempre hace ser a la cosa que ella es.

En consecuencia, al no dispusiésemos más que de la sensación no podríamos decir lo que son las cosas. Pero nosotros pronunciamos qué son las cosas. Este pronunciamiento no puede acontecer por el trámite de la sensación, conforme lo hemos visto. ¿A favor de qué ocurre, entonces? ¿Quién lo produce en nosotros?

Y este es el punto en que Platón echa mano de la razón, que se llama, en su primera aparición, diánoia.

Dice un comentarista distinguido de Platón; "La doxa (opinión) es el nombre dado a esta actividad que se aísla y se concentra en un trabajo íntimo sobre las cosas. El alma que reflexiona y compara, ensaya darse cuenta de los resultados de esta comparación. Se habla a sí misma, se interroga y se responde, sucesivamente afirmando y negando. Este ir y venir del pensamiento reflexivo, este diálogo interior, es la diánoia. Cuando el ir y venir se detiene, cuando cesa la vacilación entre la afirmación y la negación, esta decisión final es la doxa (es decir, la opinión). Es pronunciar una opinión (lo que la sensación ni puede hacer), un juicio, bien que un juicio interno y silencioso. Es en este pronunciar la opinión, en este juicio íntimo, donde habremos de hallar la verdad" (DIÉS, Autor de Platón.

La verdad solo reside en las "ideas". Consideremos ahora que los comentaristas de Platón de las más diversas tendencias están de acuerdo en reconocer un doble sentido o un doble aspecto de la "idea" platónica. La palabra idea proviene de una raíz que significa ver. Y así como en el ver hay el mirar y al ofrecerse a la mirada algo, por un costado, funciones racionales, conceptos; pero, por su otro costado, son "lo que es", las esencias de las cosas aprehendidas en la contemplación racional; son las "formas" de la verdadera realidad. Es decir, que la "idea" como pensamiento contempla o conoce la "idea" como forma verdadera de las cosas – esas formas para las cuales es ciega la sensación.

De esta manera, la razón es aquí una revelación directa de la verdadera realidad, revelación directa de la verdadera realidad, revelación que él filosofo encuentra, no por los vastos caminos del mundo, es decir, por el camino de la sensación, sino en la recogida intimidad de la conciencia – Platón dice: del alma.

Es así como desde Platón data el gran pathos de la razón; entonces se enciende la gran fe milenaria en la razón como modo privilegiado de ser del hombre, y de la que dependen el acceso a la realidad del mundo y a la dignidad de la vida.

Digamos, pues entonces, en conclusión, que el primer modo de concebir el punto de partida del filosofar lo hace consistir en convertir la atención sobre la conciencia para aislar en ella un recinto de seguridades racionales, verdades necesarias y universales. Pero este punto de partida consiste, además, según se ha visto, en tomar las determinaciones últimas de la realidad misma. Solo en esa razón la ascética voluntad de verdad encontraría el conocimiento, la revelación, de lo real, del ser, de lo que verdaderamente es.

Este punto de partida del filosofar, esta que es la convicción fundamental del racionalismo, ha sido enunciada limpiamente por Spinoza al decir:

"Ordo et connexio idearum idem est ac ordo et connexxio rerum" o sea "que el orden y conexión de las ideas son los mismos que el orden y conexión de las cosas".

Este modo de entender el punto de partida del filosofar ha tenido continuada vigencia histórica. Con alternativas y vicisitudes y con fuertes oposiciones casi puede decirse que ha dominado desde los tiempos de Sócrates hasta Leibniz, y aun mucho tiempo después.

Tomar este punto de partida es también una de las posturas normales, uno de los grandes estilos del filosofar.

    • Segundo modo de entender el punto de partida en el filosofar: Pero ocurre que, al tomar las determinaciones de la razón como una revelación original de la realidad, la misma razon, al intentar realizarse como filosofía, conduce a verdaderas aporías, es decir, a situaciones de las que el pensamiento racional no ve salida. Y todo esto puede llegar a conmover la confianza en que el orden y conexión de las ideas sean los mismos que el orden y conexión de las cosas.
    • Sobre el tercer modo: Y ahora trataré de bosquejar, de manera sucinta y todo lo clara que me sea posible, lo que consideraremos como un tercer modo de entender el punto de partida del filosofar. Sabemos que punto de partida y arte de prudencia filosóficos consisten en empezar desde la conciencia. El primer modo de entender ese punto de partida lo vimos en Platón, cuando lo seguimos en su acto, en verdad trascendental, de descubrir la razón. Ese modo consiste en partir de un elenco de conocimientos que son la razón y tomarlos sin más como revelación original de la realidad. Este modo de filosofar se libera en su punto de partida de toda fe en nuestra experiencia sensible, en la tradición, etc. Y el verdadero saber, el saber filosófico, saber sin supuestos o saber radical, viene a ser lo mismo que saber racional.

El otro modo de partir en la filosofía, el modo que acabamos de atribuir ejemplarmente a Kant, es un punto de partida más avisado y cauteloso. Hecho avisado y cauteloso en la familiaridad con las vicisitudes históricas de la razón considera que la fe del racionalismo en que el orden y conexión de las ideas son idénticos con el orden y conexión de las cosas es también un supuesto, nada más que un supuesto.

Para este punto de vista el punto de partida del filosofar debe estar más abajo y más secreto que allí

Donde lo pone el optimismo racionalista. El punto de partida hay que ponerlo en clavar los ojos en esa conciencia trascendental donde de continuo ocurre, por un misterioso modo, el originarse del mundo, o sea el construirse o hacerse posible la representación de un mundo.

Y el destino de la filosofía se hace consistir en el análisis puntual, completo y sistemático de esa conciencia originaria de la que deriva todo lo demás.

Ahora bien, ¿es cierto que la conciencia trascendental es la conciencia originaria, es decir, tal que no tenga ningún supuesto tras de sí? ¿Es cierto que no hay un modo más radical todavía de entender el punto de partida del filosofar?.

Esto es lo que quisiera sugerir ahora: un modo de concebir el comienzo en la filosofía más originario que los dos considerados hasta aquí.

Para sugerir este difícil asunto me voy a valer de una interpretación del momento inicial de la filosofía de Descartes (o sea, del "pienso, luego existo").

No ya que la filosofía de Descartes sea representativa de este modo de entender el punto de partida del filosofar. Representa mas bien lo contrario. Pero, según, mi interpretación, hay un momento en que Descartes nos brinda una ilustración del modo de filosofar que queremos insinuar. Ilustración que juzgo mas clara y eficaz que la que podría sacar, para los fines de esta exposición, de cualquier representante de este modo de entender el comienzo en la filosofía. porque este modo de ver tiene un altísimo abolengo, aunque pocas veces se ha hecho explicito.

La filosofía no se consideraría ya como un puro saber, sino también como un modo de existir. Sin embargo su aspiración a ser ciencia estricta, la filosofía sería también una sabiduría.

    1. Reducida a lo esencial y despojada de todos sus accesorios, la cuestión propuesta a la filosofía es: ¿QUÉ SOY YO y QUÉ ES EL MUNDO?. Esta cuestión puede existir sin hallarse expresamente formulada. Formulada, puede asumir un aspecto mas o menos dramático: tener una mayor o menor parte en la trama de nuestra vida. En la noche oscura del alma, el tema de la filosofía que hemos dicho puede poblarse de las más refinadas angustias. Y en el otro extremo, esa cuestión puede acompañarse con problemas parasitarios que casi la ahoguen, o deshonrarse en las vanas sutilezas. Pero lo que hallara como fijo en el fondo de todas las variaciones lo que siempre ha de consentir ser expresado en un alfabeto universal, esa sustancia es: ¿Qué soy yo y que es el mundo?. Cuando digo que es esta la cuestión de la filosofía no quiero decir que cierta razón filosofante por si sola y siempre engendre esta cuestión. Al contrario , pertenece mas bien a la esencia de esa cuestión el poder presentarse también fuera de la filosofía. La conciencia de esta cuestión, problema a pavor, tiene matices o grados infinitos que van desde la enunciación racional expresa hasta la conciencia elemental –si todavía se la puede llamar así –de lo meramente vivido. Quiero decir que esta cuestión hace presa en el hombre aun fuera de todo docto y escolar ejercicio por solo estar en la raíz de la vida humana en cuanto tal. Por eso, porque esta en la raíz de la vida humana en cuanto tal, puede suceder que salga al encuentro del hombre en el simple juego de la vida. Cuando esto ocurre, cuando esta irrupción se produce, la filosofía puede empezar, aunque no es necesario que esto suceda; porque puede tambien no empezar, aunque no es necesario que esto suceda; porque puede tambien no empezar. La filosofía puede no empezar al aquella irrupción, esta conciencia del problema, tiene lugar en una situación en que se dispone de antemano de una respuesta que no se ha construido sobre una irrupción original de la cuestión; respuesta no filosófica, por lo tanto (mejor: no filosofada); respuesta recibida, autoritaria, histórica. Es así como la cuestión de la filosofía puede irrumpir y no hacer, sin embargo, que la filosofía tenga comienzo.

      En este caso están también el estudiante o estudioso de filosofía que no es sino eso, y el que mas o menos doctamente profesa una filosofía de moda, desdecir, que la profesa mas bien como curioso de novedades; mas en razón de la novedad que a causa de su verdad, como diría Spinoza: "para no equivocarse sobre quienes son esos conviene saber que tanto en filosofía como en todo lo demás el gusto de la novedad no solo hace revolucionarios; sino también reaccionarios". Ese riguroso esclarecimiento que es preciso para haya filosofía se ha sobreentendido por lo general como la exigencia de un conocimiento riguroso. En consecuencia, la filosofía se concibe como ciencia. Ella tendría que realizarse, en lo posible, como el edificio completo, sistemático y definitivo de los conocimientos sobre el hombre y el mundo.

      Este anhelo de la filosofía por constituirse como ciencia estricta, como un conocimiento riguroso de verdades ciertas y verificables, de tiempo tiene como necesidad de ser proclamado de nuevo enfáticamente. La realidad de la filosofía es dura para con ese anhelo y se diría que de tiempo en tiempo él tiene que darse solemnes ánimos para que no decaiga su esperanza.

      Contra ese ideal, sin embargo, esta el vasto testimonio de la historia de la filosofía misma, que depone en contra de esa su entrañable aspiración.

      La historia de la filosofía no solo no nos muestra el edificio imponente de la verdad filosófica, sino que hace falta "solicitar dulcemente los textos" para ver en ella los probables membra disjecta, las posibles esparcidas partes, reconocibles por todos, de la fábrica soñada.

      La verdad es que esta manera de entender la tarea filosófica, que la asimila a una ciencia, entra suponiendo varias cosas. Prescindiendo de otras, ella supone, en primer lugar, aquel tema de la filosofía puede descomponerse en una serie de objetos ya dados y enfrentados al filosofo, a todo hombre que filosofa; objetos dados fuera del que filosofa y demanera igual para todos. En segundo lugar, aquella manera de ver supone en el que filosofa la existencia de un órgano supraindividual y fijo de captación de esos objetos: "logos", "ratio" u otro análogo.

      Pero es el caso que, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias, los objetos o los temas de la filosofía no son dados antes del concreto filosofar, sino que se engendran dentro de Él. En las ciencias, una misma organización perceptiva y racional de los hombres es el único y bien fundado supuesto para que haya verdades científicas, es decir, aserciones objetivas verificables de hecho por todos. El tema o los temas de la filosofía, en cambio, "tienen su vez", como diría Baltasar Gracián; tienen un tiempo, su circunstancia vital, en que irrumpen en la historia del que filosofa. Junto con ese cuándo tienen también su cómo, es decir, su matiz individual irreducible, por más que después puedan ordenarse dentro de algunos esquemas universales.

      Porque tienen su vez y su cómo, es decir, porque hay que esperar que la vida los encuentre, resulta que ni esos temas, ni las soluciones que el filósofo ensaya a propósito de ellos pueden ser verificados por todos; la verdad filosófica tiene pocas probabilidades de merecer el asentimiento unánime –aunque sea el asentimiento unánime de pocos.

      Es así como la historia de la filosofía nos muestra en toda gran filosofía. Algo hay siempre en ella de autobiografía, bien que se trate de un bios, de una vida cuyas dramáticas vicisitudes escaparían al más sagaz de las ayudas de cámara.

      Por eso sucede que para entender una proposición de la física o la matemática basta con el puro conocimiento; pero un filosofema por sí mismo es casi una fórmula huera, algo sin valor de credibilidad ni peso sin el itinerario del espíritu que condujo hasta él. A la verdad filosófica no se puede acceder con un puro conocimiento. Suponiendo que sea un conocimiento, la verdad filosófica es en todo caso una verdad vivida. Verdad, pero también vida.

      La filosofía es conocimiento, pero también vida.

      Sobre este hecho cierto apoyan su confusa y declamatoria exigencia las direcciones intuitivitas y voluntaristas y todas las que se califican a sí mismas de irracionalistas. Ellas han adivinado algo de lo que la filosofía como ciencia ignora supinamente: que la filosofia no consiste tan sólo en el enunciado de axiomas evidentes y verdades demostrables, sino que admite la efusión subjetiva; que la verdad apasionada, y se la puede expresar hasta en exclamaciones.

      Pero esas invitaciones al sentimiento y a la acción o quieren hacer del sentimiento y de la acción sustitutos del conocimiento racional, y en ese caso mantienen el anhelo de la filosofía como ciencia de objetos, cambiando sólo el método (es decir, sustituyendo la razón por una dudosa intuición irracional), o son invitaciones a perdernos en el sentimiento y la acción, es decir, a realizar una vida estética o un puro activismo. Pero entonces sentimiento y acción son nada más que vida vivida, desnuda de todo valor filosófico, de todo valor de conocimiento; vida que sólo a través de las gafas de algún moderno sofista puede hacerse valer como "vita philosophica".

      Tal parece ser la alternativa dejada en heredad a la filosofía desde la muerte de Hegel: gritar enfáticamente, sin mayores consecuencias, su pretensión de ciencia estricta, o vagar detrás de todas las formas del diletantismo irracionalista.

      Pero no hay, en realidad, tal alternativa. La filosofía supone la concreta vida humana; parte de esa rica experiencia vital donde hemos dicho que los temas de la filosofía tienen su vez. Sin embargo, aunque supone esa base, la filosofía afirma su autonomía en cuanto se constituye como esclarecimiento riguroso, como interpretación sistemática y racional de esa experiencia. En cuanto es eso la filosofía es un conocimiento. Pero construido a lo largo de un laborioso itinerario de la vida humana, ese conocimiento, esa ciencia, sólo se integra o perfecciona en una vida, como saber vivido; sólo se verifica en sabiduría.

      Por eso en la historia de la filosofía auténtica culmina en una ética. No solo en una ética como teoría de lo moral, sino en una prueba de la vida.

      Supongamos un instante (a título de mera hipótesis ilustrativa) que una interpretación racional del ser de la vida humana conduzca a una filosofia de su radical insuficiencia; una filosofia que nos muestre al hombre tendiendo por todas sus potencias a trascender de si mismo. Supongamos que la elaboración racional de esa radical insuficiencia le imponga a la filosofia como exigencia científica la afirmación de una trascendencia, de un ser trascendente.

      En la filosofia hay siempre comprometida la plenitud de la vida; en la filosofia hay siempre un tua res agitur. Surgida de la vida, la filosofia solo se acaba y cumple en una vida –cosa ésta que no ocurre a ninguna ciencia.

      La filosofia quiere y ha querido siempre ser una ciencia, un conocimiento; pero un conocimiento vivido y militante; sabiduría individual y solo asi, sin embargo, de veras universal. Por eso, adoptadas todas las precauciones para no ser mal entendido, yo diria (un poco en símbolos, porque a veces el símbolo es la precision y exactitud mas alta) que la filosofia no es ciencia sino mas bien Caballeria de la "Orden del Conocimiento Esencial".

    2. Cuando se considera la diversidad histórica de las filosofias, caba agruparlas, en una primera clasificacion muy general, en dos grandes tipos. Conforme con el primero, que coincide con la imagen clásica de la filosofia, esta se concibe o entiende realizarse como ciencia, es decir, como un edificio sistematico de conocimientos objetivos, revestidos de validez universal. Sea que se asigne a la filosofia como objeto integrar en un conocimiento absoluto la imagen del hombre y del mundo del saber vulgar y de las ciencias particulares; sea que se la conciba, menos ambiciosa, como teniendo objetos propios más restringidos, las filosofias de este tipo tienden decididamente a constituirse como ciencia.

      Pero hay algo en la filosofia que resistira siempre el intento de reducirla a ciencia, y es que, si bien la filosofía es conocimiento, en el conocimiento filosofico sólo se conoce lo que de algun modo tambien se hace, con un modo interior de hacer. El conocimiento filosofico es tambien realización del cognoscente (subjetividad finita siempre individual) y no, comoen el ideal de la ciencia un objeto espectacular para un desinteresado y anónimo "yo pienso".

      Por eso, aunque la filosofia aliente la exigencia de un saber de validez universal, los filosofos no se preocupan demasiado de la universalidad, y se conforman de buena gana con la validez. Y si las reflexiones anteriores fueran justas, esta en la misma naturaleza de la filosofia el que las cosas ocurran de esa manera.

      La misma idea de una filosofia universalmente válida (ideal que se nutre en el postulado, que nada autoriza seriamente a conmover, de la esencial identidad del hombre), no podria concebirse de otro modo que como el canevas sobre el que cada vida filosofica construye su original acceso a la verdad.

      Solo un superficial "historicismo", mirando en el contenido de los "sistemas", extrae de la diversidad de ellos la negación de una verdad filosofica (para lo cual previamente ha erigido, a sabiendas o no, a la matemática y la ciencia natural exacta en dechados del conocimiento; sin preocuparse, naturalmente, de averiguar que pasa con la filosofia).

      Pero una consideración mas profunda justamente en la "historicidad" de la filosofia vera el signo de la verdad que le es propia. Y las distintas filosofias, en su curso temporal, se nos apareceran como confidencias conceptuales que se corrigen mutuamente al infinito, como confidencias conceptuales en torno a una verdad inmanente a todas ellas, en cuanto se fundan en una experiencia de vida.

      Porque la vedad filosofica, mas que adeaquiatio rei et intellectus, es adoaequatio intellectus et vitae: de una vida, empero, que no es vida inmediata ni conciencia solipsista, sino subjetividad finita constitutivamente abierta a la trascendencia.

    3. Conclusiones generales, ampliadas

      "Si no esperas lo inesperado, no lo encontrarás"
      (Heráclito de Éfeso)
       "Fracaso no  significa que estemos derrotados:

      Significa que hemos perdido solo una  batalla.

      Fracaso no significa que no hemos logrado nada,

      Significa que  hemos aprendido algo.

      No significa que hemos sufrido el  descrédito:

      significa que estuvimos dispuestos a ensayar.

      No significa  falta de capacidad.

      Significa que debemos hacer las cosas de una manera

      diferente.

      Fracaso no significa que somos inferiores,

      significa que no  somos perfectos.

      No significa que hemos perdido nuestra vida:

      significa  que tenemos buenas razones para empezar de

      nuevo.

      No significa que debemos  echarnos atrás.

      Significa que debemos luchar con mayor ahínco.

      Fracaso  no significa que jamás lograremos nuestras metas:

      Significa que tardaremos  un poco mas en alcanzarlas.

      Fracaso no significa que Dios nos ha  abandonado.

      SIGNIFICA QUE DIOS TIENE UNA IDEA MEJOR!"


      I. La inspiración filosófica
      La filosofía en la calle
      En muchas ciudades de nuestro país hay alguna vía pública que lleva el nombre de "Balmes". El filósofo de Vic, Jaime Balmes (1810-1848) es un "clásico" moderno, su pensamiento posee actualidad. Es interesante observar que, por lo general, a esas calles o plazas no se les ha modificado el nombre a pesar de los cambios de régimen político que se han sucedido. Nunca ha parecido necesario marginar a Balmes; es patrimonio común. Existe también una filosofía clásica, una philosophia perennis, patrimonio de todas las generaciones que a la vez es un saber maduro y una búsqueda abierta.
      La moda goza de una actualidad efímera.
      Los clásicos no suelen estar de moda.
      Pero son actuales siempre.
      Hay cuestiones que interesan al hombre de todos los tiempos.
      Muchos pasan por esa calle: desconocen quién fue Balmes y no se lo preguntan. También es posible que ignoren qué es la filosofía, qué es un clásico o qué un régimen político. Realidades invisibles, como el aire y la luz; vivimos en medio de ellas y no nos damos cuenta.
      La admiración, origen del filosofar
      A veces desconocemos lo que tenemos cerca. Normalmente ignoramos lo más próximo: estamos acostumbrados, no nos causa extrañeza, ni admiración; he ahí por qué no nos hacemos preguntas.
      Maravillarse es advertir que no entendemos. La maravilla nos hace ver en lo ordinario algo insólito. Los filósofos de la antigua Grecia dijeron que la investigación y la filosofía nacieron de la admiración.
      Hoy en día se suele aceptar que la humanidad posee un alto nivel de conocimiento científico, y eso la hace poderosa. Es cierto, pero no sabemos si el edificio del saber humano es seguro. ¿Su prestigio no se desplomaría si el hombre sólo lo hubiera soñado, si fuera mera invención de nuestro deseo de seguridad?
      El valor de la filosofía
      ¿Para qué sirve la filosofía? Se puede responder: "no sirve para nada". Pero aun aceptando semejante respuesta, no cabe admitir que no sea valiosa.
      No es lo mismo ser útil que valer. Servir para otra cosa es un tipo de valor, el valor de utilidad, propio de los medios. Todos los medios -o útiles- son valiosos, aunque no todos los valores son medios. Los medios son buenos para otra cosa, los fines son buenos en sí mismos.
      Hay preguntas que se plantea el hombre de todo tiempo. Una de ellas tiene que ver con la diferencia entre los saberes "técnicos" y los saberes "liberales" (desinteresados), esto es, la diferencia entre dominio del mundo y libertad interior, técnica y ética, cosas y personas, en una palabra: el mundo y el hombre. Éstos son temas clásicos, que cobran especial interés en la actualidad.
      Con un lenguaje propio de su época, J. Balmes formuló agudamente algunas de estas cuestiones en un libro publicado en 1846:
      «Todo lo que concentra al hombre, llamándole a elevada contemplación en el santuario de su alma, contribuye a engrandecerle, porque le despega de los objetos materiales, le recuerda su alto origen y le anuncia su inmenso destino. En un siglo de metálico y de goces, en que todo parece encaminarse a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en cuanto pueden servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven esas grandes cuestiones, en que el entendimiento divaga con amplísima libertad por espacios sin fin.
      «Sólo la inteligencia se examina a sí propia. La piedra cae sin conocer su caída; el rayo calcina y pulveriza, ignorando su fuerza; la flor nada sabe de su encantadora hermosura; el bruto animal sigue sus instintos, sin preguntarse la razón de ellos; sólo el hombre, esa frágil organización que aparece un momento sobre la tierra para deshacerse luego en polvo, abriga un espíritu que, después de abarcar el mundo, ansía por comprenderse, encerrándose en sí propio, allí dentro, como en un santuario donde él mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor. Quién soy, qué hago, qué pienso, por qué pienso, cómo pienso, qué son esos fenómenos que experimento en mí, por qué estoy sujeto a ellos, cuál es su causa, cuál el orden de su producción, cuáles sus relaciones: he aquí lo que se pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas, es verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de nosotros algo superior a esa materia inerte, sólo capaz de recibir movimiento y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad íntima, espontánea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la imagen de la actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un solo acto de su voluntad». (J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1, § 4).
      La cuestión del saber
      Según el filósofo de Vic, es preciso filosofar, porque junto a la ciencia natural y el progreso técnico, ha habido escaso mejoramiento en humanidad; además, advertimos gran diferencia entre la fuerza física y la conciencia, entre lo externo y lo interior, la materia y el espíritu, entre el mundo y el Creador.
      La sola enumeración de esos temas, persuade a muchos de la dificultad de la filosofía. Estos asuntos -se dice- son importantes, pero no están al alcance de todo el mundo, son cosa de especialistas. Eso es una dificultad; tal vez la mayor para quien se acerca por primera vez a estas materias.
      Además, se nos plantea la disputa sobre el saber filosófico. Las razones a favor y en contra insinuadas por Balmes, vienen a ser estas:
      -En contra: Después de veinticinco siglos la filosofía sigue sin alcanzar utilidades claras. Continúa haciéndose las mismas preguntas. ¡Queda lejos la Edad Media!, estamos en el siglo XXI, época de continuas sorpresas, de siempre nuevos progresos tecnológicos. La filosofía no progresa, no es científica. ¿Por qué ocuparnos de ella?
      -A favor: precisamente por eso, la necesitamos. Ciencia y técnica tenemos, pero nos falta meditar sobre la grandeza del hombre, su origen y su destino. Más allá del rendimiento y la utilidad, hemos de poder discurrir sin límites. El progreso material necesita del progreso espiritual. Ahora bien, "en este siglo de metálico y de goces" -de dinero y placeres-, en que "las fuerzas del espíritu" -la ciencia, el saber- se desarrollan sólo al servicio de la técnica y del mercado, se detecta un vacío de espíritu. Más que nunca se requiere el saber desinteresado, la contemplación desde las altas cumbres. Pensemos en fin, ¿qué nos mueve al saber? ¿Nos interesa sólo por la utilidad, o también porque ilumina el sentido de la existencia? ¿Qué ciencia, qué técnica podría hacer esto último?
      Filosofías "preconcebidas"
      La misma ciencia y el progreso material replantean la necesidad del filosofar, es decir, de ir en busca del último por qué que nos dé alguna razón de todo cuanto existe. No es inasequible, ni es preciso ni conveniente partir de cero, aunque algunos filósofos lo hayan pretendido; aunque no sean conscientes de ello, todos llegan a la filosofía con gran número de conocimientos previos. Por lo demás, todos tenemos una idea -quizá confusa- de lo que significa una concepción filosófica de la realidad; y, de hecho, conocemos más de una.
      Vamos a considerar tres de esas visiones (cosmovisiones) que se advierten y distinguen fácilmente en la actualidad:
      La primera concibe la filosofía como sabiduría. Sostiene el primado del espíritu sobre la materia, y la libertad como señorío del hombre sobre las cosas. Es creacionista, ve el mundo como la obra de un Artífice inteligente, y al hombre como imagen de Dios.
      La segunda es el materialismo "científico", actualmente divulgado y al alcance de todos. Se lo encuentra en los medios de comunicación. Contiene una concepción claramente cerrada a la trascendencia. A menudo concede prioridad a la moda (lo que se lleva) y al éxito (más o menos previsible a corto plazo).
      La tercera, es la concepción postmoderna. Sostiene que buscar el último porqué es un "pensamiento duro", intolerante. Según tal cosmovisión, la filosofía expresa sólo la mentalidad vigente en un grupo social y una época. Ni la inteligencia ni la materia pueden dar cuenta del origen absoluto; en consecuencia, nada puede hacerlo.
      Una descripción de la primera idea la hemos encontrado ya en el texto de Balmes. Consideraremos ahora, brevemente, las otras dos, para plantearnos la pregunta sobre la verdad de esas filosofías preconcebidas. Como hemos sugerido, todos nos encontramos en alguna de las tres y tal vez no lo sepamos.

      II. El materialismo común
      La lógica del materialismo divulgado.
      Hay una imagen del hombre (y del mundo) muy divulgada por los medios de comunicación que simplifica de tal modo las cuestiones, que ofrece la impresión de que en la actualidad se sabe el "porqué" de todo. Esa imagen resulta de reducir siempre lo superior a lo inferior; es decir, explica siempre lo más perfecto por lo menos perfecto. En el fondo cree que lo más perfecto es siempre lo más complejo; en consecuencia, pretende explicar lo superior como una agregación de elementos (lo inferior). Por ejemplo, la excelencia humana sobre los demás seres, estribaría en la magnitud del cerebro, o en la complejidad de conexiones neurológicas. En definitiva, la perfección sería cuestión de cantidad; el hombre sería un ser superior por la sencilla razón de ser más complicado.
      El materialismo "explica" lo superior por lo inferior; presenta las realidades más perfectas como agregados de cosas menos perfectas.
      Ahora bien, ¿es evidente que perfección (de ser) sea lo mismo que magnitud (de partes), o complejidad (conexión de porciones)? Lo sería si sólo pudieran existir seres materiales. Pero, si hay seres inmateriales, entonces ha de haber una jerarquía de perfección en el ser, inversa a la de la complejidad. En efecto, el ser espiritual carece de cuerpo, no tiene partes; sin embargo es superior al ser material. Espiritual y material se comparan como lo superior a lo inferior; la escala que va de las piedras a Dios (pasando por el hombre), no es un tránsito de lo más simple a lo más complejo, sino de lo complejo a lo más simple. Dios es la pura simplicidad, la suprema sencillez.
      Ciencias y método analítico
      Denominamos "análisis" a la descomposición de un todo en sus partes.
      El análisis se acaba en los elementos.
      Se llama "elemento" al resultado último del análisis;
      es indescomponible, simple y evidente.
      La sugestión de que lo superior se explica por lo inferior (es decir, que todo se explica por la materia y sus estructuras) se basa en operaciones mentales muy sencillas: separar y reunir, descomponer y recomponer: análisis y síntesis. El matemático usa el análisis para ir de lo oscuro a lo claro, de lo complicado a lo sencillo.
      Se suele indentificar "analizar" con "pensar" (o "profundizar"), cuando el análisis sólo es una entre las operaciones mentales: la que descompone un todo en sus partes, hasta llegar a las ínfimas. Cuando no se puede seguir descomponiendo, hemos encontrado un elemento. Los elementos son básicos: se entienden por sí mismos y a partir de ellos se entienden las otras cosas. Con otras palabras: lo elemental es evidente, se entiende y causa saber. La ciencia se funda en elementos. Las ciencias de la Naturaleza progresan integrando (articulando) sistemas complejos, a partir de elementos simples.
      Si la realidad constara sólo de materia y combinación, entonces análisis y síntesis serían los únicos procedimientos; y los elementos físicos las únicas verdades primeras.
      Representación gráfica de la estructura del átomo
      Limitación del análisis
      Si la realidad sólo fuera un agregado material de partes, el análisis sería la única forma correcta de pensar. La matemática sería algo más que una buena lógica, sería el único método lógico.
      Pero si la realidad no consta sólo de elementos materiales, además de las ciencias matemáticas y las físicas, ha de haber otras formas del saber, más métodos además del analítico (simbolismo, analogía, etc.). Ahora bien, hay ideas que se resisten al análisis y resultan incomprensibles si se cuenta sólo con métodos físico matemáticos; por ejemplo: infinito o persona, son nociones que no toleran el análisis y sin embargo no son pensamientos vanos.
      Por poner un ejemplo de intuición inmediata: ¿el análisis es capaz de captar la vida de la vaca? En la carnicería encontramos piezas de vaca, esto es, vaca "analizada". Pero la vida de la vaca no es una de las piezas descuartizadas ni la mera reunión (síntesis) de las piezas: por más perfecta que fuera la reunión de las piezas no resultaría la vida de la vaca, porque ésta es más, es superior a la reunión de las partes. Lo mismo sucede con el ser personal. Si la persona fuera una reunión de elementos materiales, si el ser personal resultara de una cierta síntesis de piezas impersonales, la persona no sería más que un agregado impersonal. Como la interioridad es inasequible al método analítico, se corre el riesgo de declararla ilusoria, lo cual sería obviamente un disparate. Lo correcto es reconocer la limitación del método analítico, y que no es el único, ni el más apto para las realidades de superior categoría.
      Estas reflexiones son suficientes para advertir que la ciencia analítica sirve por cierto al conocimiento de un sector de la realidad, pero no puede ofrecer todo el saber posible. La naturaleza física es una gran parte del ser, pero seguramente -lo estamos vislumbrando- no es la totalidad del ser. Y ¿no es obvio que de la confusión de la parte con el todo se derivarán necesariamente enormes dislates? Quien declara que una parte es todo, mutila la realidad, hace una reducción inadmisible.
      Del caos al superhombre..., pasando por el chimpancé
      El materialismo reduce lo superior a lo inferior, porque explica sólo en base a síntesis de elementos. El materialismo vulgar, pretende explicar el espíritu por funciones lógicas; los procesos lógicos, por el cerebro; el cerebro por el sistema nervioso; los nervios y sus procesos, serán bioquímica y, al final, todo será la versión biológica de lo que vemos en el circuito impreso de la calculadora o el transistor cuando los abrimos; a su vez, un circuito se reducirá a algo tan sencillo como la instalación eléctrica de una habitación.
      Según la imagen divulgada por los medios, el hombre es un poderoso ordenador, resultado de la evolución de los vivientes superiores; estos procederían de los vivientes inferiores por evolución; y a su vez éstos de la materia inorgánica. En fin, lo único que sería necesario desde la eternidad serían partículas, espacio, y fuerzas que mezclaran las partículas durante largos períodos de tiempo, hasta que, por azar, resultara una combinación superior estable, tendente a perpetuarse y multiplicarse.
      Materialismo y creacionismo
      Así el materialismo explica la vida como un mero producto de la materia inerte; la inteligencia como un producto de la vida orgánica; la espiritualidad, la vida científica, moral y religiosa, en suma, como invenciones del hombre. En este sentido, el materialismo es como la inversión (el negativo de la fotografía) de la imagen creacionista del mundo.
      Según el creacionismo, Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, con una dimensión material y otra dimensión personal y espiritual. Al cosmos físico lo creó para el hombre. El mundo no existe en un sentido absoluto (no se justifica en sí mismo, no es para sí mismo), sino que existe para el hombre, para que éste lo conozca y domine mediante el trabajo manual e intelectual. La razón de ser del mundo es el hombre: permitir la vida específicamente humana (en el mundo) que culmina en el conocimiento y el amor a Dios (trascendente al mundo). Para el creacionismo el mundo invita a elevar la mente del hombre a su artífice, Dios. El mundo y el hombre deben considerarse ordenados a Dios.
      El materialismo, por el contrario, sostiene que Dios no es más que una "idea", un producto mental del hombre. No entiende a Dios como creador del hombre sino al hombre como creador de Dios; y, en fin, el mundo (o mejor, el caos y el azar) es el productor del hombre. Para al materialismo, el espíritu es producto de circuitos neuronales; y las neuronas, producto de la materia.
      Tópicos del materialismo
      En ocasiones el esquema del materialismo divulgado se presenta como resultado de la ciencia ("materialismo científico"), para el cual sólo existe la Naturaleza (átomos, espacio vacío, fuerzas); la Naturaleza produce por evolución al hombre; el hombre produce la sociedad, el lenguaje, la cultura. En fin, la ciencia, el arte, la filosofía y la religión son los niveles superiores de la cultura. Todo sería un proceso que integra elementos, a partir de materia inerte, se alza hasta la vida, después llega el hombre y, por fin, el pensamiento consciente.
      En el materialismo divulgado, cada uno de nosotros sería un producto de su cultura y las culturas productos sociales e históricos. En semejante planteamiento, las explicaciones son triviales, superfluas. La vida no tiene misterio, las ciencias lo explican todo..., y no hay más. Pero la vida nos impone sospechar que hay más, y si en efecto hay más, entonces habrá que reconocer que hay mucho más...
      Tras las palabras
      En las síntesis cada vez más elevadas que se presentan en la naturaleza, en el materialismo divulgado, el tránsito de lo inferior a lo superior, en el fondo, se justifica siempre de la misma manera: "por evolución, de los mamíferos superiores surgió el hombre", etc. Ahora bien, ¿qué quiere decir, exactamente, "por evolución"? Con exactitud, no se sabe. Es una incógnita. Subrayemos esto: ¡La explicación reposa sobre una incógnita! Dadas unas modificaciones lentas (o súbitas), pequeñas (o grandes), sobrevenidas por azar, es decir, sin causa o por causa desconocida... entonces alguna novedad entra en escena. Todas las novedades entran así en escena, por causas desconocidas. ¡Valiente explicación!
      Ciertamente, la biología contempla fenómenos en los que parece ya insensato negar la evolución de la vida, desde formas simples a formas cada vez más complejas. Ahora bien, lo que los mismos biólogos no tienen claro es cómo se explica el hecho. Hay incluso biólogos de primera categoría y ajenos al creacionismo que reconocen que la evolución observada odebece a leyes predeterminadas y desconocidas. Con otras palabras, es claro que hay tránsitos de lo inferior a lo superior; lo confuso es "cómo explicarlo". En definitiva: ¿cuál es el origen de esas leyes que hacen posible la evolución en un sentido determinado? Hoy por hoy la biología no lo sabe. y muchos se inclinan a pensar que la explicación no está sólo en el pasado (en una causa material), sino también ¡en el futuro!, es decir en algo así como lo que los clásicos llamaron causa final.
      Es claro también que el materialismo no es científico en modo alguno. El científico y premio Nobel John Eccles lo ha calificado incluso de "superstición".
      En consecuencia, al comenzar a discurrir sobre el sentido de la existencia del mundo y del hombre, lejos de asumir acríricamente explicaciones pseudo-científicas, nos proponemos partir de que no sabemos qué significan las palabras invocadas anteriormente. Partimos de que hay mundo y hay personas, entre las que nos contamos. Partimos también de que no es evidente que la Naturaleza sea sólo materia, espacio y fuerzas; ni es evidente que el hombre sea un robot, ni que la "inteligencia artificial" sea "inteligencia "vital". Probablemente no sepamos aún qué significa "materia", qué "espacio", qué el "número", qué el "hombre", etc.
      En el punto de partida del filosofar, no pretendemos estar en posesión de ninguna certeza indiscutible. Por tanto, lo primero que tendremos que hacer será buscar definiciones: de-finir, delimitar el perfil de las cosas, averiguar qué las distingue y qué las asemeja a las demás. Esta tarea nos remite a la lógica, como orden de los conceptos, o "arte de pensar" correctamente.

III. El "culturalismo", o relativismo postmoderno
Ciencias sociales y "cultura"
Después del marxismo, prolifera en medios académicos un materialismo atenuado, que denominaré culturalismo. Más que una teoría es una mentalidad. El origen del culturalismo se debe, por una parte, al descrédito de la filosofía en el s. XX y, por otra, en el auge de nuevas ciencias —provenientes, por sierto, de la filosofía—, que conservan interés humanístico, me refiero a las ciencias sociales. Para éstas, el ser humano debe ser estudiado como producto del medio sociocultural; cada sociedad tiene su cultura y conforma sus individuos a su imagen.


El relativismo postmoderno
Por otro lado, es hoy frecuente la creencia de que sobre cuestiones últimas no se puede saber nada. La verdad sobre el hombre y el mundo, sobre nuestro origen y destino, es impenetrable. Aún más: el intento de encontrar la verdad es pernicioso, propugna sistemas cerrados al diálogo y al consenso social, a la diversidad de opiniones, de opciones, de culturas, etc. La actitud post-moderna valora la tolerancia universal y propone para ello la renuncia al fundamento; tan fundamentalista le parece el materialismo como el creacionismo. Este culturalismo se diferencia de las filosofías anteriores en que se esfuerza por saber de todo, pero sin afirmar ni negar nada. Su ideal de persona culta es alguien con "acceso" a mucha información, pero sin convicciones. La idea del culturalismo es que hay que conocer todas las ideas, para no comprometerse con ninguna.
Al desinteresarse de la verdad objetiva, elculturalismo postmoderno refiere el valor de las cosas a las apreciaciones de una comunidad. Como el escepticismo de siempre, intenta cancelar el valor de la verdad. Pero eso es imposible; la verdad es solamente suplantada: no será ya la adecuación de nuestro pensamiento a la realidad de las cosas, sino la opinión o la sensación que se tiene dentro de un grupo. Aparecen así "subculturas", propias de comunidades restringidas, cada una de las cuales tiene "su" verdad (la comunidad de los universitarios, la de los consumidores, la de los homosexuales, etc.). Los valores de cada cultura son autónomos: no se pueden poner en relación ni comparar; cada cultura es un mundo aislado. El intento de enjuiciar los criterios del indígena, del gitano, etc., por parte de aquellos que no lo son, es etnocentrismo, una falta de respeto. Aparentemente el culturalismo permitiría una mayor "comprensión" de culturas ajenas -y de las personas que pertenezcan a ellas- pero en realidad facilita el desinterés y la incomunicación, por el hecho de que se excluye a priori que tengamos verdaderos valores en común o que podamos compartir.

Valoración del culturalismo
En síntesis, el relativismo postmoderno merece una valoración negativa, debido sobre todo a las siguientes características:
Renuncia a la verdad. El culturalismo y el pensamiento postmoderno, como hemos visto, renuncian a la verdad en general y en particular a la verdad del fundamento. Tal renuncia siempre es grave, puesto que culmina o en el relativismo subjetivista (subjetivismo puro) o en incluso en el nihilismo (nihil = nada). Las consecuencias son tremendas, porque de ahí procede en buena parte el menosprecio o desprecio de la existencia humana, de la vida de los no nacidos, de los ancianos y enfermos terminales, y, en fin, de todas aquellas personas que parecen gravosas a la comunidad en la que vive. En todo caso, la valoración de esta mentalidad es la misma que merece el escepticismo. Desenmacararlo no es cosa trivial, sino cuestión de vida o muerte.
Politeísmo de valores. El culturalismo consagra un "politeísmo de valores" conducente a la incomunicación y contrario al progreso. Siempre una u otra cultura ha sido pionera en algo, en la historia, y las demás han progresado imitándola o haciéndola suya.
Como forma de razonar, hay que reprocharle tres defectos que examinaremos en seguida:
1º) Incurre en "circulo vicioso"; defecto, pues, de lógica.
2º) Construye una pseudo-cultura, que bien podría llamarse cultura de la frivolidad;
y 3º) su esterilidad para las relaciones entre individuos y comunidades, ya que sólo desorienta (es confusionismo).
Examinemos con más detalle cada uno de estos argumentos:
1º) Como las sociedades evolucionan -se dice-, también los juicios de valor son variables. Ahora bien, esto introduce un relativismo general. En efecto, si lo que cada cual considera legítimo, y razonable (lo que llamaríamos lógico y sensato), son sólo creencias de época, nada podemos afirmar sin aceptar que nuestros juicios valen sólo por ahora, en este país, etc. Es decir, en un sentido absoluto no valen. La validez de todo pensamiento, de todo juicio, es provisional, y depende de su aceptación por los demás. Ahora bien, como la validez de los juicios de los demás depende también de los demás, la pescadilla se muerde la cola, estamos en un círculo vicioso del que no hay otro modo de salir que saliéndose de la teoría. El progreso mismo sería inviable porque sofocaría la aparición de esos hombres rompedores de juicios anquilosados, de esquemas "políticamente correctos", que son los que en rigor hacen progresar en humanidad. Si el valor de nuestro pensamiento depende del pensamiento de los demás, a su vez a remolque de las modas y estados de opinión, hemos entrado así en el círculo vicioso donde nada es verdad ni mentira.
2º) Si la filosofía es parte de una cultura (sus aspectos simbólicos), no será verdadera ni falsa, no orientará ni será importante. Lo mismo la moral y la religión. Para el culturalismo, la filosofía, como producto del medio social, va cambiando con él. Pero eso es una forma "educada" (digamos, culta) de eludir las preguntas serias, la idea de transcendencia, la búsqueda del sentido. A partir de ahí, ya se puede jugar a la intrascendencia. La frivolidad pasará por ser la actitud lúcida de quienes "están de vuelta"; para quienes la cultura es simplemente actividad lúdica.
3º) Una "cultura" que nos adoctrina en la intranscendencia -que nos invita a la frivolidad, a no tomar en cuenta nada que no podamos ver y usar-, esteriliza la vida intelectual, la bloquea, deja la voluntad como aguja de brújula sin norte, sin orientación ni propósito sobre el cual edificar una personalidad. Tal pseudo-cultura debe ser denunciada como fraudulenta. Los fraudes alimenticios atentan contra la salud del cuerpo, los filosófico-morales atentan contra el espíritu humano.

      Naturaleza y cultura
      (La actividad humana)
      "El hombre supera infinitamente al hombre"
      (Blas Pascal)
      I. Lo natural y lo artificial.
      El viviente que habla Hay discursos que no dicen nada, y silencios que claman. A veces se alude así a la importancia de la palabra; no interesa la charlatanería, sino el significado de lo que se dice.
      .....Ya Aristóteles (384-332, a. C.) observó que no es lo mismo la voz que la palabra (lógos). La mayoría de los animales tienen voz (maúllan, pían, mugen, etc.), no son mudos; pero esas voces no significan nada, o muy poco. Sólo el hombre está dotado de palabra. La palabra es voz articulada, combinación de sonidos (fonaciones), según un código altamente complicado —más aún, si pensamos que los diferentes idiomas se traducen entre sí; esto es, que todos los códigos semánticos y sintácticos son artificio—. En fin, Aristóteles consideró que podía definir al ser humano como "el viviente que tiene logos". Esta fórmula se ha transmitido hasta hoy así: el hombre es animal racional. De muy antiguo proviene, pues, la convicción de que el habla es el signo externo del pensamiento. El lenguaje es una característica diferencial humana; y logos es la palabra griega que significaba, indistintamente, "palabra", "mente" o "pensamiento".
      Seres naturales y seres artificiales No es lo mismo describir cosas que definirlas.
      La descripción expresa lo aparente, lo que se ve, y tal como uno lo ve. La definición expresa algo interno, lo que es; y no como a uno le parezca, sino tal como es. Por eso es incomparablemente más fácil describir que definir. A los seres naturales los podemos describir, es lo que se suele hacer; sólo los entes artificiales se dejan definir con menos dificultad.
      La definición expresa la esencia, lo que una cosa es. Pero ¿cómo expresar con exactitud lo que no se comprende, o se conoce sólo a medias? Lo artificial es definible, porque no tiene otro ser que el que el artífice humano le ha dado. Las definiciones elementales, en el inicio de las ciencias, suelen ser convenios (por ejemplo, la definición de "metro").
      Definir al hombre es muy difícil. Aunque sólo atendiéramos a su condición de ser natural, de viviente. Supongamos que ya comprendemos su elemento diferencial ("tener logos"), todavía nos falta el genérico. Hay que definir qué es ser natural y qué es vida.
      Los seres naturales, en efecto, son inertes o vivos. Los antiguos suponían un principio vital (en lat. anima; en gr. psykhé), que explicara la diferencia entre un cuerpo inanimado y un ser vivo. El primero es pasivo, incapaz de moverse por sí mismo; el segundo es activo, espontáneo. Sabemos que ha muerto cuando deja de actuar. Entonces deja de existir, el cuerpo se disgrega. Otra observación de Aristóteles es esta: la vida, para los vivientes, es el ser.
      Los entes naturales son diferentes de los artificiales.
      Los primeros existen por sí, los segundos son obra humana.
      Los entes naturales son inertes o vivos.
      Materia y forma
      Vale la pena ahora prestar atención a la teoría aristotélica llamada hylemórfica, que explica de modo difícilmente superable la estructura más profunda (meta-física) de la realidad material. La teoría hylemórfica mira a las cosas (naturales o artificiales) como compuestas de materia y forma (en gr. hyle y morphé). Por "materia", en metafísica, no se entiende lo mismo que en física; se entiende el principio de la indeterminación, pasividad y sensibilidad de las cosas; por "forma" se entiende un principio (no una figura, ni un aspecto), el principio determinante de la materia, del que proviene la actividad y la inteligibilidad de la cosa. Considerémoslo en un par de ejemplos: las palabras que proferimos constan de dos elementos, la materia (sonidos, voces) y la forma (articulación); las palabras que escribimos también son compuestas de materia (letras) y de forma (orden, combinación). Lo mismo se podría hallar en las piedras: moléculas y estructuras cristalinas. Todo lo que hay es, por un lado, algo pasivo e indeterminado; y, por otro lado, una estructura determinante.
      Materia y forma no son "cosas", sino principios de las cosas. Las cosas se pueden ver y tocar; los principios se alcanzan con el pensamiento. Por eso, materia y forma no son objetos observables, ni separables por medios físicos o experimentales. Ahora, si no son observables, ¿cómo sabemos que son reales? Porque el obrar de las cosas exterioriza su manera de ser (el obrar se sigue del ser). Ahora, se nota una dualidad de aspectos en los entes naturales, como la pasividad y la actividad, o como la singularidad y la idealidad. Si ambos aspectos se dan y se dan juntos, son señal de una dualidad constitutiva. La materia explica el carácter sensible de los individuos, su pasividad y, en fin, lo que hay en ellos de oscuro o ininteligible.
      Pero un ser material no es solo materia.
      Quien dice "ser material", dice elementos o partes, más una configuración que reúne las partes, o morfología de ese ser. A esa configuración interior se la llama forma (morphé).
      Que los seres naturales tengan una información intrínseca es una idea que nos resulta familiar; tenemos ya la idea de código genético o de programa informático, como estructuras que configuran una materia (en sí amorfa) y la hacen capaz de actuaciones sorprendentes, originales. En el lenguaje filosófico, "forma" no significa figura externa, sino la estructura interna de la materia; no es la materia, sino la estructura de la materia. Se trata de algo comprensible, inteligible y, a la vez, un principio de operaciones específicas. Lo mismo que en el caso de información genética, o en el de programa informático, la forma de la que hablamos es un código, un programa que configura y habilita para obrar.
      Principio vital y cuerpo organizado Cuando los antiguos observaron que de los entes naturales los unos eran vivientes, porque ejercían operaciones vitales y no por el hecho de ser materiales (pues las piedras son materiales y no viven), refirieron esas actividades vitales a un principio, que denominaban psykhé, o anima, y era para el cuerpo lo mismo que la forma es para la materia, esto es, lo mismo que un programa informático es para un plástico o la información genética para unas moléculas.
      "El alma es la forma de un cuerpo natural orgánico que tiene la vida en potencia" (Aristóteles).
      Aristóteles define el alma (yuc», psykhé), como la forma de un cuerpo orgánico, cuyas operaciones vitales no están siempre en ejercicio; algunas reposan mientras otras obran. El viviente (zîon, zóon) es un ser material, informado por un programa muy perfecto (psykhé), que consta de órganos coordinados.
      Elementos de esta definición
      · Cuerpo, significa la unidad de materia y forma
      · Natural, se dice por contraposición a artificial
      · Orgánico, significa que el viviente consta de órganos
      Los órganos se sirven entre sí (en gr. Ôrganon, órganon, instrumento); esta idea destaca al organismo entero —al viviente— como el fin de todas las operaciones orgánicas.
      GRADOS DE VIDA
      Además de los órganos, esa definición contiene esta otra expresión: "vida en potencia". ¿A qué se refiere?
      Las potencias vitales, o facultades del alma, no son lo mismo que los órganos; son principios próximos de operaciones vitales. Es tradicional distinguir tres niveles:
      · Operaciones vegetativas, como la nutrición, el crecimiento y la reproducción.
      · Operaciones sensitivas, como la sensación, la percepción, imaginación, etc.
      · Operaciones intelectivas, como el concepto, el juicio, etc.
      Las facultades se corresponden con tres grados de vida: vegetativa, sensitiva e intelectiva o racional.
      Aristóteles observó que los vivientes constan de partes heterogéneas; no obstante poseen una unidad más poderosa que los minerales o los artefactos. Su unidad integra partes muy diversificadas, órganos. No sólo las integra como unidad, sino como dinamismo: la vida está en la operación (vita in motu). Esas observaciones siguen siendo válidas hoy.
      La forma aparece mucho más claramente en el cuerpo vivo que en el inerte.
      Piénsese en el corazón de un mamífero: late porque el animal está vivo; y el animal está vivo gracias al latir del corazón. El obrar del órgano se muestra como medio y el viviente, el animal, como fin.
      Tomado en su conjunto, el organismo posee una unidad dinámica, que es el vivir mismo. Decimos unidad dinámica, porque no podría conservarla sin las operaciones vitales. Un reloj sin pila no se deshace, pero un animal muerto se disgrega; de manera que las partes se mantienen unidas en virtud de un principio dinámico, activo. Este principio vital (psykhé) es algo distinto de un simple ensamblaje de piezas.
      En suma, vivir es actividad y fin.
      · Como actividad, vivir es la operación vital;
      · Como fin de la actividad, vivir es el viviente, el ser vivo.
      · El principio del que dimanan las operaciones vitales es el alma (psykhé).
      Vivientes y artefactos mecánicos A diferencia del vivir, las actividades del ser artificial son siempre medios. Ningún ser artificial es un fin en sí; a fortiori, la actividad artificial no es fin en sí misma.
      Los artefactos pueden imitar el carácter orgánico de las actividades vitales, es decir, el hecho de que unas son el fin de otras, y viceversa. Especialmente los mecanismos autorregulados que se retroalimentan, adquiriendo información, los robots o máquinas cibernéticas. Se trata de mecanismos diseñados para imitar a los seres vivos. Su remoto inventor, el matemático Norbert Wiener (1894-1964) recibió el encargo de diseñar un proyectil que nunca errara el blanco. Se trataba de un encargo del Ministerio de Defensa de los EEUU, para tiempos de guerra. El profesor Wiener sólo encontró la solución cuando un colega biólogo le hizo notar que su problema estaba resuelto en la naturaleza: un león persiguiendo a una gacela es un proyectil que busca el blanco, modifica su trayectoria.
      En todo caso, el ser del artefacto no es natural, sino que responde a un diseño. El ser del artefacto es, en sí mismo, un medio, porque existe para aquello para lo que el hombre lo ha concebido y construido; existe para realizar el propósito de su artífice.
      La razón de ser de la máquina está fuera de ella misma, en el artífice; la razón de ser del viviente está dentro de él mismo. El fin del viviente es vivir; ser y perseverar en su ser. No es un medio. Puesto que el ser del viviente es vivir, las operaciones vitales son medios y fines; algo así como un fin que se posee al obrar. De ahí que podamos concluir que el obrar vital, en conjunto –como organismo–, es un fin para sí mismo.
      Descripción y definición de la vida Imaginemos un artefacto, como una silla o un automóvil, abandonado en un lugar deshabitado. Cuando el hombre deja de ocuparse de los artefactos, como éstos existen para servir a los propósitos del hombre, ya no sirven; por eso se van deteriorando, hasta ser reintegrados a la naturaleza de la que el trabajo los obtuvo. Las casas en las que no se vive se estropean deprisa. La silla abandonada volvería a ser tierra deprisa; el coche sería desgastado lentamente por los agentes externos como el sol, el agua, el frío y el calor, etc.; poco a poco los plásticos se alteran, la pintura se levanta y se desconcha, los metales se oxidan. Al cabo de unos años sería una chatarra inservible; al cabo de muchos años habría sido literalmente tragado por la tierra.
      El ser artificial no sólo tiene su razón de ser en la mente del artífice; también depende de la mano humana, para hacerse y para durar. No puede existir sin el hombre. Se puede considerar que su realidad consiste en ser una prolongación o instrumento (órganon) de las capacidades humanas.
      El artefacto existe para el hombre.
      Si el hombre no lo usa, ni lo cuida, deja de existir.
      A diferencia de los artefactos, los seres vivos se apropian de fuerzas externas, las asimilan y, en lugar de sucumbir bajo sus golpes, los interiorizan y hacen de ellos su propia sustancia. La influencia del aire, el agua, los choques mecánicos, erosiona la roca, deteriora a la máquina. Los cuerpos inertes son "rígidos", en el sentido de que a una fuerza proveniente del exterior oponen otra de la misma magnitud (dureza, resistencia), o se rompen, se van desmoronando. Un ser vivo, por el contrario, como por ejemplo una planta, presenta unas actividades cuya característica es recibir esas fuerzas externas haciéndoselas propias, internas.
      Alimentarse, crecer, son operaciones vegetativas. La nutrición toma agentes externos como aire y agua, luz, oxígeno, etc., y los interioriza hasta convertirlos en sustancia vegetal. En lugar de romperse bajo el empuje de los agentes externos, la planta los asimila, se alimenta de ellos, vive de ellos y crece. De modo que la operación vital re-actualiza la acción que le llega de fuera: no se quiebra, no se diluye, no se altera; lo que hace es aceptar esa energía que le llega de fuera y apoderarse de ella, la asimila. La vida de la planta convierte los empujes externos en empuje interior, a partir de una fuerza central, interior. Esa es su alma.
      Cuentan que un anciano oriental vivía junto a un bosque y recogía leña para ganarse la vida. El anciano conocía las voces del bosque; no podía manejar el hacha, pero las nevadas eran sus aliadas. El manto de nieve se acumulaba sobre las ramas; las vivas y flexibles, cedían hasta dejar deslizar su carga, y recobraban su posición. Las ramas secas, acababan con un chasquido y caían rotas. Y dicen que este anciano inventó el judo, arte de defensa personal consistente en aprovechar el empuje del atacante para derribarlo.
      Esa leyenda recuerda que la acción vital es como un movimiento circular. En la nutrición y la adaptación al medio, en el crecimiento, el viviente no se comporta mecánicamente; para él no se trata de neutralizar por ecuación de fuerzas o romperse. Su comportamiento no neutraliza ni iguala, sino que asimila y potencia: acoge el empuje, lo hace suyo y lo eleva.
      La asimilación no se basa en el equilibrio, ni en la igualación de acción y reacción, sino en la apropiación. No contrarresta, potencia la acción; de modo que hay ahí más dinamismo que en el modelo de la máquina; dinamismo desde dentro (ab intrinseco), y el principio dinámico es también el fin de la acción, como revertiendo sobre sí mismo, circularmente.
      Inmanencia, definición de la vida
      El ser viviente es más activo, pues, que las piedras u objetos mecánicos. Los vivientes son en cuanto viven, y viven en cuanto interiorizan energías físicas. La vida es en todo momento adaptación. Afirmar que los vivientes tienen que adaptarse al medio, o mueren, es una obviedad. Pero es curioso.
      Por un lado, vivir es tener interioridad: traer energías externas al interior. Mas, por otro lado, el viviente sale de sí mismo, ocupa el medio, se instala en él en la forma de hacerse apto. También modifica el medio: forma parte de él, se exterioriza en él.
      Lo curioso está en que a mayor interioridad corresponde mayor apertura. La interioridad de la planta es poca, su apertura al medio también. En el animal aparece el conocimiento y, en consecuencia, no sólo se adapta al medio, sino que lo recorre, lo ocupa, emigra, etc. Todo eso culmina en el hombre: nuestra interioridad es intimidad; a lo interior de la intimidad corresponde un exterior sin límite: el universo. Los animales y plantas no viven en el universo, sino en un "nicho ecológico", esto es, en un ecosistema cerrado, que se corresponde con su estructura morfológica y patrones de conducta (anatomía, fisiología, instintos, etc.).
      El biólogo von Uexküll ha llamado la atención sobre esta correspondencia entre el ser del viviente y su mundo circundante. La planta que toma agua y sol, para elaborar savia, es ejemplo de asimilación; el cactus carnoso y espinoso, el blanco oso polar, muestran adaptación a un medio, exteriorización. Sólo el ser humano vive tan intensamente que trasciende su mundo circundante, lo crea y es capaz de vivir en el desierto o en los hielos del polo, bajo el agua o en la estratosfera, en la tierra o en la luna, etc.
      Finalmente, mediante observaciones alcanzamos una definición: vivir es actividad interiorizadora que permite exteriorizarse por adaptación y dominio del medio. Esta actividad interiorizadora se llama inmanente (del lat. manere-in, quedar dentro). Las acciones inmanentes se llaman también "operaciones".
      En suma, la vida es actividad inmanente.
      Dividimos la actividad en transitiva e inmanente.
      Hemos descrito lo natural y hemos definido la vida.
      La actividad y el ser ya no los definimos.
      No todo se puede definir.
      Definir es hacer manifiesto un concepto complejo o confuso mediante otros más simples o claros. Pero es imposible ir hasta el infinito: tiene que haber ideas primeras y evidentes. Tales son, por ejemplo, las ideas de ser y de acto o acción.
      Definimos la vida por la operación.
      Vida es "actividad inmanente".
      La acción inmanente perfecciona al ser que la ejerce.
      Tal acción es fin para sí misma; y su agente es su fin.
      Diremos, pues, que "acción" es una idea simple, evidente; una noción primera y una certeza. Pues bien, "finalidad" es también una noción elemental. Pues bien, la inmanencia se define por la finalidad. La acción inmanente es fin en sí misma (como jugar o aprender; pues no jugamos para otra cosa, sino para jugar, etc.); es decir, su fin es el agente mismo que la ejerce. De manera que la vida (la acción inmanente) se define por la finalidad.
      La finalidad de todas las acciones vitales es que el viviente viva; y el vivir no es medio para otra cosa, es fin en sí y para sí. En conclusión, el vivir es el fin de todas las acciones inmanentes; y la vida es el fin de sí misma. Por el contrario, el artefacto nunca es fin, siempre es medio.

      II. Vida humana y cultura
      El hombre, naturaleza inadaptada Como las plantas y los animales, el hombre es un viviente; tiene en común con ellos numerosas operaciones inmanentes, como alimentarse, crecer, reproducirse, la percepción sensorial, etc. Sin embargo, el ser humano está inadaptado al medio: un niño abandonado moriría de inanición, o sería devorado. Los hombres no llegamos acabados al mundo, no somos animales especializados en nada; somos demasiado débiles y carecemos de armas y abrigos naturales.
      Pero hablamos.
      La vida humana no es meramente física; ni meramente vegetativa; ni sólo sensorial. La vida humana incluye todos esos aspectos subordinados a uno más fuerte: pensar y hablar. La imagen que el hombre se formado sobre sí mismo, ya desde los tiempos de la antigua Grecia, es la de un "microcosmos", es decir, un mundo en pequeño, un resumen del universo entero. Conviene precaverse ante el exagerado espiritualismo, que mira al mundo con extrañeza, como si se tratara de un accidente contrario a nuestra naturaleza. Es el tema de nuestra corporeidad. El cuerpo es nuestra presencia en el mundo, se trata de nuestra naturaleza real. No somos unos extraños en el mundo, tenemos mucho en común con él; genéricamente, el hombre es un cuerpo viviente y un animal. ¿Qué es lo específico? Tener el uso de la palabra, y el uso de las cosas.
      Definición de la cultura La mayor parte del pensamiento se plasma en el lenguaje. Éste es la primera obra externa del pensar; la segunda es la técnica. El conjunto de las obras externas de la mente son la cultura.
      Si el pensamiento no se exterioriza, no hay obra cultural. Un poeta experimenta una emoción y forma dentro de sí una frase, un primer verso. Si en ese momento el poeta muriera, el poema no se escribiría. Habría habido una experiencia estética tan elevada como se quiera, pero no una obra cultural: habría faltado allí la obra externa, el poema que puede hacer pensar y sentir algo parecido a otros hombres. La cultura no es la vida interior de las personas, sino su plasmación externa. Un hacha de sílex y un ordenador son obras externas del pensamiento.
      La cultura es la obra externa del pensamiento, tal como las palabras son el signo externo de las ideas. Sin obra exteriorizada no hay cultura. La obra externa del pensar es de muchos tipos: estética, técnica, científica, etc. Se habla entonces de bienes culturales de diversa índole. Con la ayuda del lenguaje (transmitido en la familia y en el grupo social) y de los bienes útiles, de la técnica, el hombre se adapta al mundo, lo configura para sí mismo porque lo trabaja, lo domina y lo cuida.
      Los animales tienen instintos, los seres humanos tenemos cultura: ella nos proporciona un "mundo humano". Hay muchas formas culturales, según etapas históricas y pueblos, pero todas entrelazan tres categorías de realidades: el lenguaje, las instituciones y la técnica.
      Por otra parte, el dominio y conservación del mundo humano derivan de otro aspecto primordial de nuestro ser: el trabajo. El hombre es verdaderamente homo faber, es decir, trabajador. Trabajar no es una opción (como si la holganza fuera natural y lícita), sino una condición natural. El existir humano es activo, se prolonga en las actividades productivas (lingüísticas, sociales, políticas, técnicas, etc.). El trabajo es actividad humana; aunque no toda actividad humana sea laboral. Los animales no trabajan.
      El ser humano, pues, no vive adaptado al medio, sino a la cultura; los seres humanos nos capacitamos para vivir en el mundo gracias a la inculturación, es decir, a la inserción en una cultura. Esto es la educación más temprana, la niñez y juventud como formación.
      En suma, la cultura configura el mundo humano, diferente del mundo natural o cosmos.
      Tomando como base esta descripción, podemos definir:
      La cultura es actividad productiva de bienes para el hombre,
      exteriorizados y transmitidos hereditariamente, que son objeto de mejora e innovación
      Consideremos los elementos de nuestra definición:
      · La cultura está en los objetos externos. Es objeto, no sujeto[1].
      · La cultura objetiva consta de bienes. No puede constar de males. Los bienes hacen bien al hombre, los males le dañan.
      · La cultura consta de bienes artificiales, productos del hombre. (El sol, por ejemplo, es un bien natural, no producido por el hombre, luego no es un bien cultural. El hacha y el poema son productos humanos, son bienes culturales).
      · Todos los productos de la técnica son perfectibles, susceptibles de progreso. Por lo mismo, los conservamos, los recibimos y pasamos en herencia.
      · El progreso cultural no tiene fin; los instrumentos se pueden perfeccionar y multiplicar hasta el infinito. Esto significa que la cultura (la ciencia, la técnica, la economía, etc.) carece de fin en sí misma: el fin de la técnica no es técnico, etc.
      La esencia humana La definición expresa la esencia, lo que es. Pues bien, podemos definir al hombre por la capacidad de tener. He aquí una definición que está en la línea de la que dio Aristóteles y la continúa: el hombre es el ser que tiene (Leonardo Polo); ser que tiene o ser capaz de tener. Nótese que en esta definición no se confunde el ser y el tener; el hombre es el único ser que es capaz de poseer, de tener, y en diversos sentidos.
      Podemos tener de tres maneras: 1ª. Según el cuerpo, así tenemos la ropa, los instrumentos, la casa, etc., todos los bienes materiales, en suma. 2ª. Según el espíritu, tenemos ciencia, conocimientos teóricos o prácticos. 3ª Según la naturaleza, tenemos hábitos adquiridos a partir de operaciones; los hábitos buenos o virtudes perfeccionan la naturaleza humana, hasta el punto de constituir una "segunda naturaleza".
      He aquí una notable diferencia entre la cultura objetiva y la cultura subjetiva o cultivo de sí, del espíritu: la primera es una "continuatio naturae", una continuación de la naturaleza externa, la segunda es naturaleza adquirida, incremento o crecimiento de la propia naturaleza humana.
      La noción de "tener" o posesión sirve, pues, para definir la realidad humana. Los hombres poseemos los bienes culturales, porque los sabemos construir y utilizar, es decir, tenemos según el cuerpo aquello que previamente hemos poseído por el saber. Conocer, usar y poseer instrumentos es, por lo tanto, una característica esencial humana.
      Además, la capacidad de advertir el ser instrumental y su valor de tal es exclusiva del hombre. Cuando el arqueólogo encuentra instrumentos asegura que sus autores eran humanos. Ver el carácter instrumental de los medios, implica pensar su orden al fin, captar una relación. Eso es lo que hace posible la idea de instrumento. (Eso significa, también, discernir entre lo relativo y lo absoluto, el instrumento y el fin).
      El hombre se define por la capacidad de conocer la relación medio-fin, esto es, por la capacidad de comprender el ser (relativo) del medio. Ahora bien, la capacidad de hacer progresar la cultura tiene como condición suya la vida social, la cooperación consciente y, por lo tanto, e lenguaje porque para colaborar es preciso comunicarse ideas y valoraciones.
      Tradición y diversidad cultural Acabamos de ver que la cultura presupone una vida mental, familiar y social. Es patrimonio, tarea colectiva que atraviesa las épocas. Toda cultura es una tradición (del lat. traditio, transmitir algo). Pero eso plantea el problema de qué pasa con ciertas formas de entender la vida, aquellas que la ven como ruptura con la tradición, esto es, con los criterios de los padres. Aquí aparece el tema de las culturas alternativas y de la contra-cultura. Las calles de las grandes ciudades modernas nos lo presentan visualmente: desfilan ante nuestra vista, con sus costumbres e indumentarias diversos, el trabajador manual, el ejecutivo, el "okupa" o el vagabundo, etc. Además, con la actualidad de las migraciones, la diversidad cultural del mundo ha cobrado un relieve que antes no tenía, entre nosotros. La facilidad de las comunicaciones nos acerca también a diversas maneras de entender y organizar la vida; y así como es un hecho que la cultura occidental ha configurado el mundo a través de los descubrimientos, la colonización y, finalmente, la supremacía científica y tecnológica, también es cierto que se han cometido muchos abusos en la historia de las colonizaciones. El quinto centenario del descubrimiento de América se vio fuertemente contestado, por parte de algunos movimientos indigenistas y en nombre de los Derechos Humanos; se denunciaba la falta de respeto a las culturas autóctonas. Junto a los hechos que avalan aquella contestación, es cierto también que, antes de la llegada de los españoles, en algunas tribus americanas se practicaba la antropofagia ritual, los sacrificios humanos o ciertas formas de esclavitud, que reinaba una especie de estado de guerra perpetua entre ellas, etc. Al menos la idea de los Derechos Humanos (y con ella la razón para insubordinarse ante esos errores y denunciarlos) la aportaron los españoles.

      La cultura y las culturas ("civilizaciones")
      Se suele hablar de "etnocentrismo" para destacar el hecho de que las valoraciones son relativas a la cultura en que cada uno ha sido educado. Así, considerar que la cultura propia es superior y que, en consecuencia, tiene derecho a imponerse es etnocentrismo. En realidad, uno valora tal como lo han educado. Pero no es evidente que la propia educación sea la mejor. De aquí se suele llegar a la conclusión —tal vez precipitada— de que todas las culturas son relativas: ninguna sería mejor ni peor, sino todas diferentes, como diferentes son los individuos. Y se debe respetar la diversidad.
      Desde luego, la cultura no se impone; mas esa crítica se funda en un equívoco, por la semejanza existente entre las palabras "cultura", "sabiduría" y "civilización". La sociología y la antropología cultural denominan civilizaciones a los diferentes tipos de culturas (en las áreas lingüísticas anglosajonas; en las de influencia franco-alemana suele suceder justo al revés). Pero la cultura es el sistema de los medios de la vida humana; ahora bien, la sabiduría es más: no están en pie de igualdad. Reducir la sabiduría a una "forma cultural" es pretender explicar lo más por lo menos.
      La cultura se define en términos de exterioridad: un conjunto de bienes que se entrelazan, formando el "sistema de los medios", en el que vive el hombre según cada sociedad histórica. Vamos a pensar un sistema de medios diferente y comprobaremos que corresponde a una cultura diversa, en sentido sociológico. Imaginemos que los mecanismos fueran de madera, que no hubiera siderurgia ni electricidad, etc. ¿Cómo sería la cultura? No existiría la industria moderna, ni la conexión entre ciencia y técnica; tampoco la economía de grandes producciones y precios baratos. No habría progreso económico ni tecnológico, por lo que no existirían la publicidad, ni la radio o la TV, etc. Seguramente tampoco la industria del libro; aún menos los ordenadores y las fotocopias. Los estudiantes tendrían que anotar las lecciones oídas de viva voz y encomendarlas a la memoria. Viviríamos con el ritmo de la luz solar, practicaríamos más la lectura y la memorización, aunque serían pocos los que estudiarían, etc. Con este ejemplo se pretende hacer ver que los bienes culturales, como la ciencia, la técnica, economía, derecho, educación, política, información, etc., forman un tejido coherente, un sistema, el sistema de los medios de la vida humana. Por otra parte, este ejemplo describe un sistema cultural medieval. Aquel tipo de cultura podría darse igual en la Europa medieval como en la China o el Japón de principios del s. XIX. Pero las razones para oponerse al autoritarismo —el respeto, la tolerancia— no son elementos del sistema de los medios, son convicciones religiosas, morales y filosóficas. Un europeo del s. XIII tenía que reconocer en cualquier otro hombre a un hermano, imagen de Dios, dotado de un valor inconmensurable que funda su derecho incondicionado a ser respetado. Cultura medieval, civilización occidental. El oriental, en cambio, no se sabe persona, ser dotado de un valor absoluto, o lo sabe de forma vaga, menos precisa, de modo que no se reconoce como libre e imagen de Dios; lo mismo le sucede al romano o al griego de la antigüedad, para ellos el individuo sin la sociedad no es casi nada. Para éstos, el poder político sí tendría el derecho (y el deber) de imponer qué deben pensar y creer los individuos. Aquí ya no estamos en presencia de diferencias culturales, sino más profundas, son distintas ideas del hombre y de Dios, distintas filosofías o sabidurías.
      El relativismo ¿Es verdad que todas las culturas son relativas? Si entendemos por "cultura" el sistema de los medios, es clarísimo que sí, ya que los instrumentos son relativos a la función para la que su artífice los ha pensado y construido. (Aunque no es indiferente vivir en la cultura medieval de los pergaminos y los carros de madera o en la del PC y el automóvil con aire acondicionado). ¿Qué diremos, pues? ¿Son relativas las filosofías? La sabiduría humana, es perfectible: el hombre es capaz de mejorar. Su objetivo es el conocimiento de la verdad sobre la existencia humana (en los ejemplos anteriores, la verdad sobre los Derechos Humanos, sobre la dignidad humana, sobre Dios, etc.). Ahora bien, que nuestro acercamiento a la verdad sea gradual, siempre inconcluso, no significa que no exista la verdad de cada asunto.
      Un relativismo puro es inconsistente. ¿Cuál sería su fórmula? "Todo es relativo". Pero ¿es eso verdad en absoluto, o no? Si es una verdad absoluta, no todo es relativo; si no es absoluta, a veces no es válida. Ortega y Gasset decía que el relativismo es una "idea suicida": si se aplica a sí misma se elimina. Además, para relativizarlo todo necesito un absoluto. En efecto, lo relativo es término de una comparación, pero ¿con qué comparo "todo" si declaro que todo es relativo?
      La responsabilidad de la cultura Reflexionar sobre la cultura es adoptar un punto de vista más elevado que ella.
      La cultura, considerada como un todo, incluye diversidad de bienes: ciencias, tecnología, bellas artes, derecho, literatura, política, etc. Hemos visto más arriba que cabe agruparlos en tres grandes géneros o categorías: lenguaje, instituciones y técnica. Pongamos otro ejemplo: el uso de la radioactividad ¿es "sólo" una cuestión científica, técnica, política? Parece que no; cada uno de estos sectores de la cultura responde al "cómo" de algo en particular, pero ninguno al "por qué", ninguno de ellos desvela la cuestión del sentido, no aclaran nada sobre los fines de la vida humana; ni la técnica ni la política conocen el sentido y razón de ser de las armas, sólo conocen su uso, "cómo funcionan". Es más fácil saber cómo funciona o cómo se fabrica el arma, que saber por qué la hacemos, o si debemos hacerla o no. Aparece aquí la responsabilidad, ante la humanidad actual y futura. Lo mismo podría decirse con referencia al medio ambiente, las leyes sobre la familia o la protección legal de la vida del embrión, del no-nacido, etc. Al final no queda más remedio que reconocer que no hay ciencia ni técnica alguna que responda de la humanidad, capaz de responder de la suerte de la familia humana que vive en la Naturaleza y en sociedad, generación tras generación; sin embargo, somos responsables del mundo que dejaremos tras de nosotros. Ahora bien, si la cultura no fuera capaz de crear un mundo hermoso, acogedor y humano, entonces habría dejado de cumplir su función: servir al hombre, que llega al mundo inadaptado.
      Para las ciencias sociales "cultura" (civilisation) significa no sólo un sistema de medios o "mundo humano", por contraposición al meramente físico; suele incluir la dimensión normativa: valores y usos sociales, tales como recompensas y castigos. Ese sistema de valores y juicios, cuando es interiorizado por el individuo, lo "humaniza" y convierte en miembro del grupo social. ¿Qué decir al respecto?
      Cualquier cultura está impregnada de alguna concepción religiosa, ética y filosófica. Hay buenas razones para pensar que ya era así entre los hombres de Neandertal. Los medios tienen su razón de ser en el hombre que los construye y utiliza: dependen de él. Nada más lógico, pues, que reconocer la presencia de valores, creencias, interpretaciones, etc., en medios como el arte, el derecho, la economía, y todas las formas de la cultura, especialmente en la opinión pública y en los medios de comunicación social. De éstos deriva el poder. Las diferencias de concepción filosófica motivan conflictos en la actualidad y en el pasado. Por el contrario, la unidad de concepción de la vida presta "cohesión" a los grupos y seguridad a sus miembros. Una característica de la sociedad occidental moderna es la atomización, la débil cohesión, el aislamiento y multiplicación de los conflictos.
      Todo eso es cierto, pero no significa que la sabiduría sea un producto cultural. Sólo significa que las culturas se modifican si las personas modifican su comprensión de la propia existencia. Es lógico. También es lógico añadir que la comprensión del sentido y realidad de la existencia humana puede ser más o menos acertada. En suma, la sabiduría y la moralidad penetran en la esfera de los medios en forma de creencias, opiniones y costumbres. Los individuos son meramente arrastrados por las opiniones y usos dominantes, o bien los enjuician críticamente e inician procesos de cambio del sentir común, en la opinión pública. Estos procesos son lentos, pero se originan siempre en la interioridad pensante de unos pocos que no se limitan a seguir la corriente, sino que la crean.
      La sabiduría Ya hemos dicho que enjuiciar la cultura es adoptar una visual más alta. Aparece así la visión filosófica. La filosofía y la religión pueden tener efectos externos, pero son accidentales. Lo esencial de estas dimensiones vitales humanas es interior, y no tiene plasmación externa adecuada. La filosofía es sabiduría. La sabiduría no es cultura.
      Si la sabiduría no es cultura, es porque es más, no porque sea incultura. Si juzga a la cultura, en conjunto, es lógico que no sea una de sus partes. La filosofía aspira a hacer al hombre sabio, es el saber responsable de la cultura y de la vida humana.
      El pensamiento juzga de todo. Si juzga, es responsable de todo. Ahora bien, no es posible juzgar al pensamiento, sino mediante el mismo pensar. La dimensión intelectual hábil para juzgar de todas las cosas por sus causas más altas, o "últimas", se llama sabiduría (lat. sapientia, gr. sophía).
      La dimensión sapiencial del pensar es innegable. Aunque sólo sea porque el encargo de "gobernar", esto es, de formular juicios inteligentes sobre la cultura (en su conjunto y también sobre alguna de sus partes, así como sobre las mismas relaciones de las partes entre sí) no puede recaer sobre ninguna ciencia en particular ni sobre una técnica.
      Si el pensamiento juzga todas las cosas, sólo él puede examinarse y enjuiciarse a sí mismo. Esta función es asumida por la filosofía, que no es, propiamente hablando, una parte de la cultura.
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      [1] Un sujeto cultivado es un ser humano que posee hábitos buenos que lo mejoran en su ser. Esta es una dimensión distinta, que estudiaremos más tarde, a saber, el crecimiento humano y los hábitos.

      Ciencia y Filosofía
      Conocimiento y grados del saber
      "Quien afirma que no se debe filosofar… hace filosofía,
      porque es propio del filósofo discutir
      qué se debe y qué no se debe hacer en la vida" (Aristóteles)
      I. Los grados del saber
      La naturaleza instrumental de la cultura
      Discurrimos sobre la cultura, luego pensamos en términos superiores. La cultura no es el grado supremo del saber. El saber tiene grados. Por eso decimos: el pensamiento juzga de todo. La cultura no agota el pensamiento. (El poder de pensar no se agota en ninguno de sus resultados). Hay más poder de pensar que saber; y el saber es también más amplio que la cultura. ¿Qué es pues "cultura"? ¿Cómo la delimitamos? Hemos dicho que configura el "mundo humano", que consiste en el orden de los medios, y que su sentido es servir a la vida humana.
      El orden de los medios tiene su origen en la inteligencia; y su sentido depende del ser personal. Dicho al revés: si el «orden de los medios» se volviera contra la persona y su dignidad, no sería cultura, sino barbarie. Luego la cultura no es un valor absoluto; tiene un valor muy alto, pero subordinado a la inteligencia y la dignidad del ser personal.
      Una descripción del orden de los medios advierte en seguida que abraza tres categorías u órdenes, a saber: 1) el lenguaje, 2) las instituciones y 3) la técnica. También se pueden describir como grupos de ciencias: ciencias del lenguaje, ciencias sociales y ciencias de la naturaleza. Objetivadas en saberes que yacen en libros y otros instrumentos, las partes de la cultura son bienes. Se trata de bienes públicos, a los que todos pueden acceder; de modo que los bienes de la cultura obedecen a la capacidad humana de tener. El hombre, dice Aristóteles, es «el viviente que tiene logos». Traslademos ahora la atención de los bienes tenidos al mismo hecho de «tener». También en el tener hay grados: los bienes técnicos o artefactos los tenemos según el cuerpo. La ciencia la tenemos según el espíritu. Los hábitos buenos –las virtudes– las tenemos de forma más honda, son nuestra naturaleza adquirida.
      En suma, la cultura o sistema de los medios incluye el lenguaje, la técnica y la ciencia. Las ciencias sociales ordenan la convivencia, el trabajo, la economía, el derecho, la política, etc. Ciencia y técnica permiten la obtención de nuevos bienes mediante el trabajo. En la obtención técnica es donde más claramente aparecen las "novedades", la innovación. Esto dio lugar, en el pensamiento moderno, a una atención preferente a la noción de progreso.
      ¿En qué consiste el progreso? No cabe limitarlo a la vertiente técnica e innovadora; se debe pensar también en la vida familiar y social. En su vertiente técnica progreso es convertir fines en medios. Para ello se vale de medios, es decir, de fines ya logrados. Cabe describir el trabajo como capacidad de construir artefactos valiéndose de medios artificiales. El trabajo se vale de medios para obtener fines que, en seguida, pasan a ser medios para nuevos trabajos. Pongamos un ejemplo: la invención de la imprenta permitió que los libros, que hasta la modernidad eran fines, pasaran a ser medios para la instrucción. En efecto, en el mundo antiguo y medieval, los libros eran escasos y muy caros: tenían carácter de fines, por ellos algunos se desplazaban a lomos de cabalgaduras, de monasterio a monasterio, de ciudad a ciudad. La imprenta ha cambiado el mundo humano. En la modernidad, el libro y el periódico son medios, no fines. Lo mismo sucede con la alimentación; si el alimento suficiente está asegurado, comer es un medio, los fines son la vida laboral, social, espiritual, etc. Pero si una ciudad padece estado de guerra, comer lo justo deja de ser un medio y vuelve a ser un fin; tiene lugar un retroceso. El progreso convierte fines en medios y posibilita fines nuevos; el retroceso, al revés, convierte los medios en fines.
      Los instrumentos provienen del saber y del trabajo, y los poseemos según nuestra corporalidad; así, lo que se adapta a la mano es manejable, etc. Concluyamos: la técnica es fruto de la visión del orden (ciencia) y del consiguiente saber producir orden (artefactos). El saber de los medios y los útiles, el saber técnico, es humano: ver orden presupone el pensar, la capacidad de entender.
      La razón y el orden
      Preguntamos ahora qué diferencia hay entre sentir y pensar. Podrían parecer lo mismo, pero no son iguales. Santo Tomás de Aquino (1225-1274), siguiendo a Aristóteles en su realismo, distingue entre la sensación y el pensamiento mediante la idea de orden. Conocer es tan propio de los sentidos como de la inteligencia, pero conocer orden es prerrogativa de la mente, no de la sensibilidad. Ver orden significa relacionar; y ser capaz de conocer relaciones es ser capaz de ver lo igual y lo distinto, lo más y lo menos, lo superior y lo inferior, la causa y el efecto; significa también conocer el fin, los medios y el modo como se ordenan éstos al fin. Relacionar es pensar, porque significa poder ordenar algo a un fin; o también, compararlos entre sí como subordinado y superior.
      Tan importante es esta capacidad de percibir el orden que podemos deducir una clasificación de los saberes a partir de ella. A diferentes actos de la razón corresponden diferentes hábitos que la perfeccionan: la ciencia natural, la lógica, la ética y la técnica. Aristóteles condensó una multitud de reflexiones sobre la naturaleza del saber en una frase: Es propio del sabio ordenar.
      Tomás de Aquino, pensador profundo y seguramente el mejor intérprete de Aristóteles, la ha comentado de la siguiente manera:
      Tomás de Aquino (1225-1274), autor de la mejor síntesis de la sabiduría griega y cristiana en el siglo XIII.
      Fue un profundo expositor de Aristóteles, san Agustín y la Patrística. "Es propio del sabio ordenar. Y es así porque la sabiduría es la perfección mayor de la razón, lo propio de la cual es conocer el orden. Porque, aunque las potencias sensitivas conozcan algunas cosas en absoluto, conocer el orden de una cosa a otra es exclusivo del entendimiento o de la razón (…) Ahora bien, el orden es objeto de la razón de cuatro maneras. Existe un orden que la razón no construye sino que se limita a considerar y este es el orden de las cosas naturales. Hay otro orden que la razón introduce, cuando lo considera, en sus propios actos, como cuando ordena sus conceptos entre sí y los signos de los conceptos que son las voces significativas. Hay un tercer orden que la razón introduce, al considerarlo, en las operaciones de la voluntad. El cuarto, por último, es el orden que la razón introduce, al considerarlo en las cosas externas de las que ella misma es causa, como el mueble o la casa" (Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, Prólogo).
      Las virtudes intelectuales: técnica, ciencia y sabiduría
      Las virtudes son cualidades adquiridas. No nacemos con ellas, resultan de los actos (de su repetición y rectificación) y perfeccionan una facultad. Las virtudes potencian la capacidad de obrar de esa facultad: nos hacen aptos para obrar con prontitud, facilidad, perfección y gozo. El nombre latino virtus, deriva de vis (fuerza); las virtudes son virtualidades, poderes. Son también cualidades, no magnitudes; tampoco son innatas. Es nativa la disposición para ellas: una piedra, por más veces que la lancen al aire, no se vuelve leve, ni vuela.
      Las virtudes resultan de la acción y revierten sobre la facultad, potenciándola para obrar mejor.
      Se dividen en intelectuales y morales. Nos interesan ahora las virtudes intelectuales. Todo nuestro conocimiento es adquirido; y el conocimiento facilita conocer más y mejor. Aristóteles distingue los siguientes hábitos de la razón: inteligencia de los primeros principios, ciencia, sabiduría, prudencia y arte o técnica. Su teoría de los hábitos contiene una concepción del hombre, en la línea de la acción vital y la capacidad de tener. Consideremos, a la luz de esta filosofía del hombre, la relación entre la cultura, las ciencias puras y la sabiduría humana o filosofía.
      La técnica –de discurrir, de fabricar, etc.– aplica un saber. Toda técnica (ars, tékhne) introduce un orden, después de haberlo considerado y entendido, dice Tomás de Aquino. Por ello, el orden, tanto en los actos como en los instrumentos, proviene del saber. Para hacer algo bien, se precisa saber.
      Los saberes que guían el obrar son hábitos de la razón práctica, esto es, del entendimiento que guía la acción. Los clásicos los agruparon en torno a dos virtudes intelectuales: técnica (o arte) y prudencia
      Los saberes que sólo buscan saber no son productivos, sino contemplativos del orden. Se fundan en un orden que no hemos creado, pero es comprensible, causa admiración y deseos de saber. La característica de la teoría es su desinterés: no pretende modificar, sino saber. La teoría origina hábitos de la razón especulativa. Los clásicos les dieron el nombre de inteligencia de los principios, ciencia y sabiduría.
      La función de la sabiduría: establecer prioridades
      La cultura, como orden de los medios, incluye la técnica y la prudencia. De la sabiduría, en cambio, se debe decir que no es cultura, pues no produce objetos. Tiene una función superior. La función de la sabiduría en la vida humana es asegurar la prioridad de la persona sobre las cosas, de la ética sobre la técnica y del espíritu sobre la materia.
      La cultura, pues, no incluye entre sus elementos la religión, ni la moral, ni la filosofía. Sería erróneo afirmar que los principios éticos o filosóficos (el bien moral, la dignidad personal, la libertad, Dios, etc.) son cambiantes según las culturas, o relativos a cada una de ellas. No son culturalmente relativos, porque no son productos culturales, ni parte de cultura alguna; son más bien "medida" de todas ellas, son verdaderamente transculturales.
      Sin la existencia de criterios sapienciales y transculturales, no sería posible leer literatura, ni la idea de los clásicos, tampoco sería posible la historia, ni ciertas formas de derecho comparado, no cabría idea alguna de crítica cultural, en especial no cabría criterio alguno para distinguir el progreso humano. Así, es evidente la existencia y ejercicio de tales criterios si podemos comprender otras culturas, o cuando leemos a Homero, o cuando valoramos y enjuiciamos hechos históricos, como guerras y genocidios, o cuando consideramos la abolición de la esclavitud como un progreso, y los Derechos Humanos como un criterio para la historia pasada y futura.
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      II. Esbozo histórico de la filosofía
      Actitudes humanas y filosofía
      Hemos visto que se puede distinguir entre sentir y entender; además, cabe distinguir entre teoría y praxis, razón especulativa y razón práctica. Una clasificación sencilla de las facultades humanas permite distinguir tres planos en el hombre: el sentimiento, la voluntad y el intelecto. Una distinción muy simple, pero no una simplificación. Según se dé prioridad a los sentimientos, a la voluntad o al entendimiento, resultan concepciones muy distintas del hombre y de la realidad entera. Eso nos puede ayudar a entender por qué hay en la historia concepciones filosóficas diversas. Nos interesa comprender esa diversidad, para comprender, con su auxilio y con el de la misma historia, por qué todas ellas son, sin embargo, filosóficas. Lo que la filosofía es se manifiesta también en su diversidad y en su historia.
      Tomando como base ese hecho, resumiremos en tres las "concepciones del mundo" o maneras de entender la sabiduría, correspondientes a tres actitudes distintas de la razón humana:
      1. Actitud teorética. Para ella el filosofar nace de la admiración y se ordena al conocimiento de la verdad, al ser de las cosas. Concibe la filosofía como metafísica y, solidariamente, como teoría del conocimiento y antropología.
      2. Actitud práctica. Se interesa por la acción y el bien moral. Es la de quienes filosofan a partir de la experiencia de la injusticia. Conciben la filosofía como denuncia ética y regeneración política. No se interesa por la teoría en sí misma y propugna una utopía como término del progreso moral.
      3. Actitud positivista. Se interesa por la producción de bienes de consumo e instrumentos. Considera superada la filosofía teorética; sólo reconoce el valor de la utilidad. Para ella la ciencia es sólo medio de dominio: saber es poder. Actitud antimetafísica, valora el progreso técnico y espera de éste todas las soluciones.
      La Antigüedad clásica
      Narra una antigua tradición que el primero que se llamó filósofo fue Pitágoras (530, a. C.), sabio matemático y orador que, al ser preguntado por su oficio y arte, respondió que era amante de la sabiduría (sophía). Como no entendían su afirmación, comparó la vida con los Juegos Olímpicos: la mayoría iban a hacer tratos y negocios, otros para competir y lograr fama, por fin, una minoría iba allá sólo por el gozo de ver. El filósofo es del tercer tipo: busca saber, no por utilidad, sino por el gozo de saber.
      Pitágoras vivió en el sur de Italia, a mediados del s. VI antes de Cristo; siglo y medio más tarde, vivió en Atenas Platón (427-347, a. C.) que, al observar cómo los hombres tienen ideales diversos sobre la felicidad, intentó reducirlos a unos pocos "tipos". Como Pitágoras, describe tres formas de vida: 1ª) según el placer, cuando los hombres se procuran sobre todo bienes materiales (útiles, dinero, seguridad, bienestar, etc.); 2ª) según la fama, los hombres se mueven por el prestigio, y por los honores sacrifican los bienes materiales, como los atletas y soldados; 3ª) según la razón, buscando por encima de todo la contemplación de la verdad (theoría); el ideal teorético lleva a algunos a desinteresarse de la riqueza y del prestigio, a buscar por encima de todo el conocimiento, la verdad y el bien.
      Platón de Atenas discípulo de Sócrates
      y maestro de Aristóteles
      fundó la Academia (387 a. C.)
      con el fin de formar gobernantes sabios
      Platón ponía en correlación estos tipos de vida o de hombres con tres facultades: el entendimiento, la voluntad y el sentimiento. La cuestión es: ¿cuál tiene prioridad? ¿A cuál de ellas corresponde gobernar? Las tres posibles respuestas son otras tantas actitudes ante la realidad. Cada forma de entender la vida es una idea de lo que es rector en el hombre: la mente, la voluntad o el sentimiento. Son tres maneras de concebir la felicidad: ser sabio, ser poderoso o ser rico; tres motivaciones dominantes: conocer la verdad, dominar en el mundo social, o tener placeres y comodidades.
      La Escuela de Atenas
      Sócrates, Platón y Aristóteles (ss. IV-IIIº, a. de C.) afirmaron decididamente la prioridad de la vida según la razón, el ideal teorético. Según ellos, la admiración origina el deseo de saber. Aristóteles de Estagira (384-322, a. C.) escribió que en el ser humano lo natural es el deseo de saber.
      La Escuela de Atenas: "Todos los hombres desean, por naturaleza, saber" (Aristóteles)
      Comparemos el deseo natural humano con el deseo natural de los irracionales. Las bestias están inclinadas a conductas fijas, ciegas, que cada espécimen repite sin originalidad. Para los animales lo natural es satisfacer necesidades inmediatas, sensibles, sin hacerse preguntas.
      Ahora, aquello que es natural para las bestias, no lo es para el hombre. El ser humano subordina sus necesidades sensibles a su vida mental, que puede ser:
      Especulativa busca saber sólo para saber (teoría).
      Práctica saber para mejorar la personalidad moral (praxis).
      Técnica encaminada a producir artefactos (póiesis).
      La satisfacción de una necesidad, en los animales, es automática: no espera. El hombre, por el contrario, posee la capacidad de esperar (su conocimiento abarca el tiempo), para él es antes pensar que satisfacer el instinto. Ahora, un ser que espera, que se detiene a pensar, domina su propio tiempo y no es dominado por el automatismo de los instintos y pulsiones orgánicas. En el hombre no gobierna el instinto, sino la razón; no tenemos instintos.
      Un ser que piensa no es instintivo, sino racional
      El deseo dominante de la bestia es la satisfacción sensible. El deseo dominante del hombre es saber. Mas como el saber es capaz de todo, el hombre es un ser abierto a la totalidad del ser. Por la apertura intelectual somos, en cierto modo, "todas las cosas".
      Apertura sin límite y reflexión, he aquí dos características diferenciales del hombre. El animal está determinado por el medio en el que vive (adaptación), también por el instinto (conducta fija). La razón interrumpe el automatismo de la vida instintiva —podemos detener los procesos—, y crea los artefactos para que el hombre domine el mundo, que es más que adaptarse a él. Por la razón, el hombre es homo faber, un ser inadaptado al mundo físico, como dice el biólogo Arnold Gehlen, que nace "prematuro", pero construye su mundo, el mundo humano.
      "El alma es, en cierta manera, todas las cosas" (Aristóteles)
      "El alma intelectiva ha sido dada al hombre en lugar de todas las formas, para que el hombre sea en cierta manera la totalidad del ser"
      (Tomás de Aquino)
      La inteligencia se demuestra capaz de sobrepasar los límites; eso hace del hombre una criatura inquieta, insatisfecha. Si hay una cima sin escalar, alguien llegará allí tarde o temprano; si hay un abismo en las profundidades, alguien tiene que bajar. Alguien tiene que ser el primero en llegar a donde nadie ha llegado. Si hay un "récord" en atletismo, hay que hacerlo retroceder. Insatisfacción, apertura y progreso son naturales para el hombre. La naturaleza humana no está fijada; es naturaleza espiritual, no solamente física.
      Aristóteles observó que a causa de esa apertura, los hombres —"tanto los antiguos como los actuales", escribe— se maravillaron. Movidos por la admiración hicieron progresos: primero se extrañaron ante problemas comunes. Luego sintieron admiración al contemplar los astros —la firmeza del firmamento—. Por fin, la maravilla "sobre el origen del Todo". Esta es, según Aristóteles, la causa del filosofar y su tema principal. La de este filósofo es una actitud teorética y principalmente metafísica.
      Helenismo e "ideal del sabio"
      Durante la época helenístico-romana (del siglo IIIº a. de C., al siglo IVº d. C.), diversas escuelas se plantearon la existencia humana dando prioridad a la práctica. Destacan los filósofos estoicos (como Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, emperador), que consideran sabio al hombre que conoce el arte de vivir feliz, contentándose con poco y no permitiendo que los acontecimientos externos perturben su presencia de ánimo. El filósofo adopta igual serenidad ante la buena o la mala fortuna. La sabiduría sería el arte de ser feliz y la felicidad consistiría en no sufrir. Por eso, el sabio buscará la imperturbabilidad de ánimo o "apatía".
      Los estoicos descubren el valor de la austeridad y el autodominio; su consejo era este: «prescinde y soporta» (abstine et sustine!). Quien se vuelca a buscar satisfacciones y goces externos, fácilmente olvida la vida interior, que advierte el hecho de vivir como algo feliz y bueno por sí mismo. En cuanto a la vida exterior, existe una Razón que gobierna el mundo (Ley natural), el sabio procura conocerla y seguirla, de modo que es sabio y bueno "seguir la naturaleza", obedecer los dictados de la naturaleza es obedecer a Dios.
      Zenón de Kition (s. IIIº a. C.) fundador de la "Stoa"
      El estoicismo fue muy influyente en el mundo antiguo, y sigue resonando en muchos pensadores modernos. De él proviene la expresión española: "tomarse las cosas con filosofía". Esta escuela mostraba una actitud práctica, orientada a la felicidad, entendida como "contento" de la vida. Había en ella también un matiz "medicinal": el ser humano padece, sufre a causa de sus errores, necesita ser curado, liberado de los males de la vida. Hay en esto una actitud próxima a la que se encuentra en las teosofías orientales, como el Hinduismo y el Budismo.
      Marco Aurelio (121-180, d. C.)
      Otras escuelas de la etapa helenístico-romana del fueron el neoplatonismo, el neo-pitagorismo, el escepticismo y el epicureísmo. A Atenas sucedieron Roma, Pérgamo y, sobre todo, Alejandría como centros del saber.
      La Patrística
      La Patrística es un movimiento intelectual cristiano —con precedentes judíos en Alejandría ya en el siglo Iº antes de Cristo—, contemporáneo de las escuelas griegas y romanas, durante los siglos II-IV. Su esfuerzo principal consistió en expresar la fe cristiana con el vocabulario y los conceptos de la filosofía pagana, también procuró infundir en la filosofía los ideales aportados por la fe cristiana; su principal resultado fue la primera gran síntesis de la filosofía griega y el monoteísmo. Ahora bien, el Cristianismo no es una filosofía más, como algunos entendieron en aquella época o en la nuestra, el Cristianismo es la plenitud de la religión revelada, la del Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El Dios de Israel no es una divinidad nacional, sino el Dios del Universo; esta universalidad y amplitud de la revelación propició la diversidad filosófica dentro del Cristianismo. Desde el principio, algunos filósofos cristianos adoptaron como propias las ideas de Platón, otros las de Aristóteles, o las del estoicismo, etc., según la actitud de cada pensador.
      Se considera a San Agustín de Hipona (354-430) la cima de la Patrística latina. Aurelio Agustín Fue un pensador apasionado y vital, sensible a la belleza literaria y a la grandeza intelectual de los clásicos; tras su conversión al Cristianismo los entiende bajo una luz nueva: el hombre y el mundo son criaturas, el Creador no es un ser mudable, sino el Ser eterno, el mismo Ser. Agustín es un filósofo metafísico, platónico y cristiano.
      La Escolástica, en la Edad Media, prolonga la obra teorética y práctica de las escuelas helenísticas y patrísticas, las enriquecen con la aportación de filósofos musulmanes y con el redescubrimiento de Aristóteles.
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      La Modernidad
      Trasladémonos ahora de la Antigüedad y los siglos de la Patrística y el medievo hasta la época de la Revolución francesa. Hallamos nuevamente la actitud teorética y la práctica, como aproximaciones a la sabiduría. En la primera mitad del siglo XIX, el desarrollo industrial hizo posible –de manera antes insospechada– la actitud positivista. Un contemporáneo de Jaime Balmes, el francés Auguste Comte, dio a la moderna "fe en el progreso" un peculiar matiz tecnocrático.
      La Ilustración, llamada "siglo de las Luces" (s. XVIII), había adoptado una actitud de exaltación del domino del mundo. Dos pensadores encarnan bien ese talante del siglo de las Luces: Inmanuel Kant (1724-1804) y Auguste Comte (1798-1857). Ambos se oponen al Cristianismo porque no ven a la razón como criatura, sino como creadora –de la ciencia y del progreso–. Por un lado, Kant es un filósofo idealista, movido por una actitud teorética; mientras que Comte es el padre del positivismo y propugna la supresión de la filosofía en beneficio de la ciencia experimental y la técnica modernas.
      Kant y la especulación
      Kant se puede considerar un claro ejemplo de filósofo especulativo. Es cierto que el interés primordial de su sistema es ético —la llamada "autonomía" moral de la razón—, y así lo vieron los filósofos del Romanticismo. No obstante, una parte de ese sistema, su teoría del conocimiento, contenida en la Crítica de la razón pura, es de tanta importancia en el panorama del pensamiento moderno que frecuentemente se la ha considerado aparte, como la obra de filosofía especulativa más influyente de la modernidad.
      En aquel libro, Kant considera al hombre como repartido entre dos mundos: el físico y el moral. En el mundo físico, la racionalidad se plasma en las leyes exactas de la mecánica de Newton. La física moderna es el modelo que se debe imitar, si queremos responder a la pregunta: ¿qué podemos saber? O bien, ¿cómo es posible la ciencia? En el mundo moral, por el contrario, la ley básica es la libertad. Puesto que en éste existen deberes, ha de existir un sujeto libre. Ahora, Kant entendía la libertad del mismo modo que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), en El contrato social (1762), a saber, la entendía como independencia de causas externas. En el mundo físico todo está regulado por leyes y causas externas; por eso, en el mundo físico no hay libertad y el hombre no será una naturaleza.
      Tal como Kant los veía, el mundo físico y el moral (uno mecánico y el otro espiritual) son heterogéneos; y debemos considerarlos siempre separados hasta que sean reunidos por Dios, en la bienaventuranza, que merece quien actúa de acuerdo con el deber moral, es decir, por puro respeto del deber. En el mundo físico el hombre bueno resulta fácil y frecuentemente perjudicado. Kant se da cuenta de que ser bueno no equivale a ser feliz en este mundo. Por lo tanto, Dios reunirá el mérito y el bien sensible; esta reunión del bien moral y del bien físico, al final, será la justicia definitiva.
      La actitud teórica de Kant se expresa en su gran sentido de la admiración y la reverencia; el filósofo prusiano admiraba un doble prodigio:
      "Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes,… el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí" (Immanuel Kant)
      Fichte y la Acción moral
      Kant veía en la admiración el inicio y causa del filosofar. Su discípulo Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), espíritu práctico y hombre de acción, pone sin embargo el inicio de la sabiduría humana en una elección libre, más aún: gratuita.
      Según Fichte, sólo hay dos filosofías: realismo e idealismo. La primera, afirma que lo real existe en sí, mas eso limita la libertad humana. El idealismo, por el contrario, afirma el espíritu y no reconoce ningún "en sí" exterior a la libertad. Esta dualidad —libertad y cosa "en sí"— equivale en Fichte a la clásica dualidad de "sujeto cognoscente" y "objeto conocido"; ahora, el sujeto es espíritu, libertad, capacidad de acción. Frente a esa idea del espíritu, la pretensión realista de que existen cosas reales, significa acentuar las limitaciones: las cosas son límites, mientras que la libertad es potestad sin límite; en fin, la libertad supera a las cosas, el espíritu es antes que la materia. El espíritu, que es libertad, "pone" la materia ante sí, para superarla. La superación, lucha y acción, es el alma del progreso y en ella encuentra la libertad su exaltación y felicidad.
      "La filosofía que uno profesa depende de la clase de hombre que es" (J. G. Fichte)
      Ante el sorprendente planteamiento de Fichte, no queda más remedio que preguntarse: ¿cómo sabemos que el idealismo es la filosofía verdadera? Su respuesta es esta: por autoafirmación, se trata de una elección libre, sin razones. Este es el inicio del filosofar, según Fichte. La experiencia del poder de elegir, del esfuerzo y la superación, son, según él, el punto de arranque de los razonamientos, no ya la admiración ante el orden del universo.
      Los teóricos modernos de la Revolución (especialmente J.-J. Rousseau y K. Marx) son filósofos de la acción, como Fichte. Si les preguntáramos: ¿cuál es la realidad básica, el hecho primero e incontestable del que partís? No responderían que el ser, o la verdad, tampoco la admiración. Dirán que la realidad primera es voluntad (Rousseau), o praxis, acción o al menos deseo, en busca de satisfacción (Marx).
      Comte y el Progreso técnico
      Para Augusto Comte (1798-1857) la realidad humana está gobernada por el progreso en la forma histórica de la Ley de los tres estados, según ésta la humanidad es religiosa en su infancia, metafísica en su juventud y positivista en su madurez.
      Comte es el fundador del positivismo; no concibe la filosofía como una actividad que valga por sí misma, para él el saber sólo vale por sus resultados útiles y económicos. Son consecuencia del positivismo el utilitarismo y el pragmatismo, actitudes que valoran el éxito por encima de todo. En dos frases se condensa la mentalidad positivista y antimetafísica de A. Comte:
      1. Saber para prever, prever para poder. El saber sólo interesa para anticiparnos, para dominar y explotar la Naturaleza. En otras palabras: Saber es poder. Y ¿qué pasa con la verdad de las cosas?
      2. Todo es relativo, he aquí la única verdad absoluta, dice Comte, sin asustarse ante la paradoja que su afirmación comporta. No obstante, ¿una relatividad universal, no postula algún absoluto?
      El ser supremo (le Grand Être), según Auguste Comte, es la humanidad (l’Humanité); el padre del positivismo concibió el saber como Enciclopedia, sistemática y al servicio de la industria y el poder político, un la futura "sociedad positivista". La religión y el ser supremo de la nueva sociedad sería la Humanidad, su ideal moral el Progreso.

      III. Prioridad de la teoría
      Prioridad de la inteligencia
      Hemos expuesto tres concepciones distintas de la filosofía y hemos comprobado que se han dado tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Lo que ahora nos interesa es la cuestión de saber cuál de ellas es la correcta y, por lo tanto, cuál de las tres facultades —intelecto, voluntad y sentimiento— tiene prioridad natural y asume el encargo de ser la guía de las otras. No obstante, no es forzoso pensar en términos de confrontación.
      Tal como lo vieron los griegos, no se trataba de excluir dos formas de vida para dar lugar a una sola, sino de armonizarlas. Según Platón y Aristóteles, la manera de unirlas es jerarquizarlas; sólo si reconocemos la hegemonía del intelecto podemos poner orden. El orden es cosa del pensamiento.
      Resulta, pues, que la cuestión de decidir cuál de las tres facultades (intelecto, voluntad y sentimiento), o cuál de las tres actitudes (teórica, práctica y positivista) tiene la legítima prioridad es ya una importante cuestión filosófica. Es la cuestión de saber por qué elegimos un carácter, o estilo de vida, y no otro. Discutiendo este tema con los "positivistas" del siglo IV a. de C., el joven Aristóteles escribió lo siguiente: Tanto si se debe filosofar, como si no se debe filosofar, en todo caso, es preciso filosofar.
      En efecto, si la búsqueda humana de la sabiduría tiene objeto, entonces éste es el más valioso y debemos investigarlo; pero si no lo tiene, hay explicar por qué, y esa explicación ya es una filosofía. En cuanto nos pongamos a estudiar nuestra incapacidad para conocer la razón profunda de las cosas, estaremos filosofando; por tanto, es cierto: tanto si se debe filosofar, como si no; en todo caso es preciso filosofar. Desde Aristóteles, el sentido común y la historia han decidido la cuestión de la primacía a favor de la teoría. Si hasta para rechazar el primado de la teoría hace falta filosofar, la actitud teorética tiene la hegemonía; ella decide qué lugar corresponde a la voluntad y al sentimiento.
      El propósito de jerarquizar, supedita los saberes a principios. Hallar una clave de armonía para el hombre y el universo es referirse a principios. Algunos filósofos modernos han caracterizado la filosofía como pensamiento a la luz de los principios, o bien, pensamiento que refiere todos los temas a los principios primeros.
      La admiración: del mito a la teoría
      Es un hecho que la filosofía nació como actitud teorética. Antes habían sido el mito y la adquisición de la técnica, o artes prácticas, encaminadas al bienestar o la utilidad. La teoría hizo pasar al mito a un segundo plano. La actitud teorética comienza en el momento en que se advierte que no todo se somete al imperio del tiempo. Sin negar la importancia del tiempo, la filosofía descubre algo permanente en la realidad, y que se corresponde con la intelección.
      Esa advertencia es la teoría. Ahora bien la teoría es obra del (noûs), el elemento intemporal que hay en el hombre; la filosofía comienza por tanto con la advertencia del espíritu y la apertura a lo intemporal.
      El mito explica el presente por causas que obraron en un pasado remoto. El mito por excelencia es la interpretación del tiempo que dice: "No hay futuro. El futuro ya ha pasado". El tiempo del mito es circular, es la "rueda del tiempo". En el Mito del Eterno Retorno de lo mismo –que era la concepción dominante antes de la teoría, y todavía lo es en el extremo Oriente– el futuro está ya dado, porque lo que pasará es exactamente lo que "ya ha pasado". Aquí no tiene cabida la libertad: no se puede crear el futuro si ya está dado; si el futuro consiste en repetir el pasado, no se lo puede evitar ni crear, está predeterminado.
      La actividad teorética, por el contrario, no explica el presente por el pasado, sino por lo actual. La teoría explica las cosas por causas y principios que actúan "ahora": lo que hay, lo que está siendo o existiendo, depende actualmente de principios. Eso es la mirada (gr. theoreîn) teórica o contemplativa. La visión teórica –atenta a lo actual no ya al pasado (mito)– descubre oportunidades: es inventiva, ve la novedad, innova.
      El objeto de la admiración ha sido lo contrario de la actitud mítica. La admiración intelectual es el estado en que el ser humano se siente cautivado por lo intemporal. Por el contrario, el mitólogo (narrador, poeta) es el hombre de larga memoria, que recuerda cómo se ha formado el mundo, a partir del caos, siguiendo las generaciones de los dioses. El mitólogo vaticina el futuro por el peso del pasado: el futuro no escapará a su suerte. El pasado vuelve. El mitólogo sabe el futuro, porque sabe el pasado. Ahora bien, eso se llama superstición. Quien ha sido educado en la teoría ve que la afirmación de que el futuro ya está dado (es pasado) conduciría a la inacción, al fatalismo y a la pasividad.
      Ha sido por tanto el primado de la teoría –no el del mito– lo que ha liberado a la acción humana del fatalismo. La libertad y creatividad humanas, tan típicas del hombre occidental, se benefician de la prioridad de la actitud teórica, metafísica. Hay una filosofía nacida de la maravilla, teórica, en el trasfondo de la confianza occidental en la libertad, de cara tanto a la acción ética como al progreso material y técnico. No es una casualidad que la ciencia, en el sentido moderno de la palabra, haya nacido y prosperado en Occidente.
      Tales y Pitágoras. Mirando a la tierra desde los astros
      Si preguntamos: "El teorema de Pitágoras, ¿era verdad antes de Pitágoras?" La respuesta que todos dan sin pensarlo es "sí". Parece evidente que la verdad del teorema no depende de Pitágoras, el hombre. Se diría que Pitágoras no ha "inventado" el teorema, sino que lo ha "descubierto": se ha topado con él, como Cristóbal Colón topó con América (porque estaba en medio del camino hacia las Indias Orientales). Como las constelaciones de las estrellas, así parece ser la verdad del teorema: intemporal.
      Se suele decir que los primeros filósofos se maravillaron al contemplar el cambio, el constante devenir a que están sometidas todas las cosas de la tierra. Y es cierto. Pero debiéramos insistir en este detalle: uno no se admira de algo si no lo encuentra "extraño", esto es, si no toma distancia. Ahora, para extrañarnos de que las cosas cambien, de que "las generaciones de los hombres caen, como las hojas del bosque en otoño" (Homero), es preciso ver como más natural la estabilidad de lo que no cambia. ¿Cómo se produjo esta transformación mental? Era una modificación importante, porque el mundo material no conoce la permanencia de lo intemporal. Al contrario, en el mundo sensible todo es cambiante, con independencia de la rapidez de las variaciones: de prisa o lentamente, en el mundo todo cambia. ¿De dónde viene, por tanto, la extrañeza y la admiración?
      La filosofía nació en el corazón de hombres que miraban las estrellas. El primero fue Tales de Mileto (s. VI a. de C.), autor del teorema de las paralelas y uno de los "Siete Sabios" de Grecia, viajero, matemático, astrónomo e ingeniero. Tales comparó la región inconmensurable del cielo estrellado con la tierra en la que vivimos. Allá arriba estaban las cosas que "siempre son", según se creía. Las estrellas eran lo permanente, la tierra lo transitorio. Los astros eran siempre iguales, no cambiaban, eternos; mientras que en el mundo de aquí abajo todo era mudable e inconsistente.
      Sabemos que Tales fue el primero de los que se maravillaron "ante el origen del Todo". ¿Por qué? Por causa de una vuelta de campana, de una revolución mental consistente en invertir la forma de mirar. Tales no parece ser alguien que mira las estrellas desde la tierra, sino uno que considera la tierra desde los astros; no mira hacia "lo que siempre es" desde un momento efímero del tiempo, sino que mira todo lo que cambia, nace, crece y muere, desde la estabilidad de lo intemporal. Lo que extrañó a Tales de Mileto no fue que los astros fueran eternos, sino que en la tierra todo fuese transitorio. No era el cielo, sino la tierra, lo que hacía falta justificar. Este mundo no se entendía; y entender le pareció imprescindible.
      El hecho de encontrar a las cosas necesitadas de una explicación, por ser temporales, significa que las comparamos con lo intemporal. ¿Cómo era posible tal comparación? Quien compara relaciona dos extremos previamente conocidos. Por lo tanto, la mente conoce tanto lo eterno como el tiempo; dicho de otro modo: la mente humana (el noûs) tiene tanta o más afinidad con las estrellas que con la tierra. Por eso juzga que todo tiene un Principio (arkhé): toda esta diversidad cambiante está dependiendo, "ahora", de una única realidad que no ha cambiado ni cambiará nunca. La pregunta oportuna, por eso, era: ¿de dónde ha salido todo y a dónde se encamina?
      La pregunta por el origen primero y el destino último sólo es posible para alguien que mire al mundo desde las estrellas, esto es, desde lo intemporal. Desde un principio, la pregunta por la naturaleza (gr. Physis, lat. Natura) fue más allá de la física o cosmología, hasta las causas últimas, convirtiéndose así en metafísica.
      Quien investiga movido por la admiración filosofa, es decir, ama una especie de imposible: la sabiduría. Los teoremas, el amor y la filosofía tienen en común el adverbio "siempre".
      Ahora bien, son diversas las realidades que pueden admirar a la mente, de manera que son diversas las temáticas iniciales de la filosofía. ¿Qué realidades admiraron a los filósofos de ayer, como a los de hoy? El impresionante espectáculo del cielo astronómico mueve a admiración. Y también la autoridad de la conciencia, cuando formula el deber. El mismo hecho de conocer es admirable. Lo es, porque es todo conocimiento hay finitud e infinitud: todo lo que conocemos es cosa finita y, por otro lado, el "poder" de conocer no queda saturado por ningún objeto. Este poder se proyecta sin límite, tiene un no sé qué de infinito. Y los hombres lo han atribuido a la divinidad, hasta el punto de afirmar que la sabiduría no es cosa de los hombres, sino de Dios. Tal fue el caso de Sócrates y Aristóteles, en la Antigüedad; pero también el de Descartes, Leibniz y Hegel, en la modernidad.
      Sócrates. La admiración de saber que no somos Dios
      Una de las formas más sorprendentes en que se ha expresado esta maravilla del conocer humano fue el dicho de Sócrates: "Sólo sé que no sé nada".
      Parece que Sócrates (470-399 a. C.) quería decir que, por el hecho de saber que nuestro conocimiento es limitado, lo comparamos con el saber infinitamente perfecto. ¿Cómo sabemos, si no, que es limitado? Y es sorprendente que tengamos idea de un saber perfecto, precisamente cuando reconocemos que nuestro saber es reducido, imperfecto.
      ¿Cómo tenemos idea del saber perfecto, sin saberlo? Lo cierto es que ya a los antiguos filósofos del paganismo les parecía que la sabiduría era propia sólo de Dios. Por lo tanto, al hombre correspondía no la sabiduría (Sophía), sino el amor a la sabiduría (Philosophia).
      Modestia del nombre. Para designar la actividad nacida de la sorpresa, la admiración y la conciencia de la propia limitación, hacía falta una palabra modesta. No sabiduría, sino amor a la sabiduría. Eso quería decir en griego filosofía.
      Era claro que el hombre limita con lo suprarracional, por encima de la razón; limita también con lo infrarracional, que encuentra al descender a la materia, a la singularidad con su imprevisibilidad y excepciones.

      Recapitulación
      Una definición clásica de la filosofía
      La actitud teórica es el hilo conductor de la historia del pensamiento. Las reacciones voluntaristas (praxis) o positivistas (póiesis) y antimetafísicas se presentan una vez y otra, tal vez como protestas ante el error o extravagancia de algunas teorías –sutiles pero ajenas al sentido común, a la vigencia de los primeros principios–, o como pugna frente al realismo del sentido común. Recapitulemos:
      La filosofía nace de la admiración, como teoría.
      Se separa del mito, abriendo el futuro, la libertad.
      Limitada entre lo suprarracional y lo infrarracional, no reconoce otros límites que los de la misma razón humana.
      Se pregunta por el origen primero y el fin último de todo cuanto existe.
      A diferencia de las ciencias, no sólo se plantea preguntas concretas, sino que examina qué quiere decir "saber", "inteligencia", "realidad primordial", etc.
      Examina temas como Dios, el espíritu, la libertad, etc., pero no es religión.
      Estas son algunas de las principales ideas que se desprenden de cuanto hemos expuesto en las páginas anteriores. Cabe notar que todas ellas encajan bien en la definición "escolar" del saber filosófico:
      "La filosofía es la ciencia de todas las cosas, por sus causas últimas, y adquirida por medio de la luz de la razón".
      Universalidad de la filosofía
      La misma definición de la filosofía es ya un importante tema filosófico; en ella se pone en juego qué es lo principal, lo hegemónico, en el hombre y en la realidad completa. Puesto que hay diferentes concepciones del hombre y diferentes ideales de vida, la idea de "filosofía" ha sido también bastante distinta en cada época, según las escuelas. De ahí que el interés principal de este capítulo sea tratar de rastrear qué tienen en común: ¿qué es la filosofía, esa tarea tan humana y por ello tan diversa?
      La definición "escolar" es menos ingenua de lo que pudiera parecer a primera vista, ya que nos deja abierta la cuestión: nos indica mejor lo que la filosofía no es, que lo que ella en sí misma sea. Al cabo, como amor a la sabiduría, se describe por una meta no concluida, que no cabe dar por supuesta.
      Consideremos las cuatro partículas de la definición "escolar":
      ciencia: por contraposición a la experiencia y a las opiniones;
      de todas las cosas: a diferencia de las ciencias (particulares);
      por causas últimas: a diferencia del método científico experimental o descriptivo, que explica por causas próximas;
      adquirida por la luz de la razón: a diferencia de la fe y la teología, que se fundan en la Revelación, superior a la razón y comprensión humanas.
      Notemos que de ahí se desprende una descripción negativa (por tanto no hay "definición"), que nos indica lo que "no es" filosofía:
      No es un repertorio de opiniones subjetivas, ni alguna experiencia singular.
      No es una ciencia particular.
      No es ciencia experimental. Ni tampoco la suma de todas ellas.
      No es la teología, ni una religión.
      Cabría añadir que la filosofía no es algo impersonal –como el estado de la ciencia o una historia del mundo–; así como raramente una innovación científica nos cambia la vida, también sería raro que la filosofía que uno hace suya no comprometiera su modo de vivir.
      Por lo mismo que la sabiduría humana no es un sistema de conceptos objetivados, bien encajados entre sí y concluso, es extraño a ella el propósito de darla por concluida, de "cerrar" el sistema. En referencia a este empeño, que se ha dado en más de una ocasión, afirma Leonardo Polo: "Toda sabiduría humana es prematura". Invito al lector a meditar esta afirmación en su sentido más positivo, como si dijera que la sabiduría humana (la filosofía) puede coincidir con su proceso de maduración personal.
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      IV. Apéndice
      Grados del saber. Las ramas de la filosofía
      Cuadro esquemático del saber y sus grados
      Es propio del sabio ordenar (Aristóteles). En el texto de Santo Tomás de Aquino, más arriba citado, se expone cómo la razón, al descubrir o introducir el orden, elabora distintos planos del saber:
      I. Orden sobrenatural. Saber sobrenatural (revelación, fe teologal, sagrada teología)
      II. Orden natural. Saber natural (naturaleza, razón, filosofía y ciencias), que se divide:
      A. Orden real o independiente de la razón, que abarca:
      1. Orden natural (Filosofía natural o Cosmología, Psicología)
      2. Orden ontológico (Metafísica u Ontología)
      3. Orden teológico (Teología natural o Teodicea)
      A. Orden racional, en los actos de la razón (Filosofía racional o Lógica).
      B. Orden moral, en los actos de la voluntad (Filosofía moral o Ética).
      C. Orden técnico, en los actos de la razón que produce artefactos (Técnica y ciencias aplicadas).
      Definiciones
      Filosofía (definición escolar clásica). Ciencia, de todas las cosas, por sus causas últimas, adquirida mediante la luz de la razón natural.
      Se divide en especulativa y práctica, según se ordene a conocer la verdad de las cosas o a guiar la acción.
      Filosofía natural (o Cosmología). Parte de la filosofía especulativa que tiene como objeto el ser cambiante o móvil. Como los seres cambiantes son sustancias corpóreas, indaga la estructura del ser en cuanto sujeto del cambio y sus causas (materia y forma, causa eficiente y final), así como la esencia de la corporeidad, del espacio y el tiempo.
      Psicología. (Del gr. psykhé; en lat. anima). La Psicología racional es una parte de la Filosofía natural, en cuanto su objeto es el ente natural viviente. Considera la vida como un tipo de movimiento; vivir es movimiento espontáneo o automovimiento. La materia sola no explica la vida: las piedras son cuerpos y no viven. Se atribuye la vida al alma, como su principio radical e intrínseco al cuerpo; se la define como forma sustancial del cuerpo, estructura íntima del cuerpo viviente. Los hechos psíquicos se diferencian de los hechos físicos; y se clasifican en: cognoscitivos y apetitivos, sensibles o intelectuales.
      Antropología (Antropología trascendental), la filosofía realista actual asume algunos planteamientos del idealismo moderno, y los logros de la tendencia personalista, considerando la Psicología racional clásica en un nivel más alto, equivalente al metafísico, pues su tema es el ser personal. Se puede admitir que el ser cósmico y el ser personal son realmente diferentes; ello conlleva la distinción entre Metafísica y Antropología sin menoscabo del realismo filosófico (Leonardo Polo).
      Metafísica. Es la ciencia especulativa por excelencia; todas las ciencias filosóficas son tales en la medida en que toman sus principios de la Metafísica; tiene por objeto el ente en cuanto ente y los principios supremos del ser y del pensar. El tratado de Aristóteles sigue siendo su texto fundacional y la referencia obligada. En cuanto se ocupa de los principios de la razón (especulativa y práctica) es sabiduría: todas las ciencias se valen de los principios, pero ninguna los investiga.
      Si se acepta la distinción de Antropología trascendental y Metafísica (Polo), entonces se debe decir que la Metafísica no versa primordialmente sobre un objeto, o que el ser no es "objeto", sino acto. Sobre el ser como acto primero versa el hábito de los primeros principios (no-contradicción, causalidad e identidad). Sobre el ser como acto de ser personal versan el hábito de sabiduría y la sindéresis. Este planteamiento se presenta como complementario, no como alternativo, del clásico.
      Teoría del conocimiento. Es la Metafísica que investiga la esencia del conocimiento y, en segundo lugar, la cuestión de la posibilidad de conocer la verdad, cuál es la naturaleza de ésta y la del error. En cuanto busca una norma para discernir la verdad del error, se llama también Crítica o Criteriología, porque su objeto es el criterio de la certeza.
      No se la debe confundir con la Metodología de las ciencias, llamada también Epistemología, la cual es, si acaso, una parte de la Lógica.
      Ontología. Ciencia del ente en cuanto ente (gr. tò ón, lo existente; lat. ens). El nombre Ontología (literalmente: "tratado del ente"), es sinónimo de Metafísica, acuñado en la modernidad.
      Teología natural (Teodicea). Aristóteles llama a la Metafísica "filosofía primera", porque versa sobre lo primero (el ser) y sobre los principios primeros de la inteligencia; la llama también Theología, tratado del ser primero o del Principio primero.
      No se debe confundir con la sagrada Teología, porque los principios de ésta son los datos de la fe. La Teología natural investiga la existencia y naturaleza de Dios, primer Principio o Causa suprema, a partir de la experiencia humana y los principios de la razón. Es la coronación de la Metafísica. Desde Platón y Aristóteles, hasta Hegel, la práctica totalidad de los filósofos han considerado que "teología" era casi sinónimo de "metafísica" y, por tanto, casi lo mismo que la filosofía.
      Lógica. Parte de la filosofía práctica. Se define: "arte directiva del acto de la razón, por la que el hombre razona ordenadamente, con facilidad y sin error".
      Aquí arte es sinónimo de saber práctico o ciencia práctica. La Lógica es el arte de pensar bien, esto es, "una ordenación de la razón, de manera que sus actos lleguen al fin debido". La razón reflexiona sobre sí misma; por eso, no sólo puede dirigir los actos de las demás facultades, sino también los suyos propios.
      Cuando la Lógica considera sólo la "forma" o corrección de los razonamientos o inferencias, se llama Lógica formal; esta investiga las leyes de la inferencia o deducción infalible de conclusiones a partir de cualesquiera premisas.
      Cuando la Lógica considera la "materia" de los razonamientos, esto es, los conceptos y juicios en su expresión lingüística, se llama Lógica material, ésta estudia los signos (semiótica) y la interpretación del lenguaje (filosofía del lenguaje).
      La Epistemología o Metodología de las ciencias tiene por objeto establecer qué es ciencia y cuáles son los métodos científicos. Hay diversos tipos de ciencias, también diversos métodos.
      La Retórica estudia el razonamiento persuasivo o probable. Es un método propio de algunas ciencias sociales, humanas, que se fundamentan en la observación, mas no describen hechos invariables sino voluntarios.
      Ética (Moral). Filosofía práctica que considera el orden que la razón introduce en los actos de la voluntad. Tal orden se establece con vistas al fin último de la vida, viene expresado por la Ley moral natural y se va haciendo hacedero con la adquisición de buenos hábitos, o virtudes, morales. La Filosofía moral define y demuestra sus objetos apelando, principalmente, a la causa final, es decir, al fin al que se ordena la acción. Por eso, el gran tema de la ética o filosofía moral es el destino humano.
      Puesto que el hombre es un ser destinado y capaz de realizar su destino, la libertad es central en la vida moral. Los temas capitales de la ética son, pues: 1) la libertad, 2) el bien y los bienes, 3) las virtudes, y 4) la norma, los deberes.
      Sociología, Política, Derecho. Son ciencias subordinadas a la ética, porque toman de ella sus principios primeros y no pueden contradecirla. Juntamente con la historia y la economía, constituyen las ciencias del hombre o sociales. Todas ellas, como la Psicología, se estudian actualmente como ciencias independientes o particulares; no obstante, su raigambre filosófica es tan honda que las diversas escuelas o tendencias responden a la diversidad de filosofías de sus autores. Más que las ciencias de la Naturaleza y la técnica, las ciencias sociales se rigen por principios filosóficos y éticos; dicho de otro modo: las crisis sociales, políticas, jurídicas, etc., entrañan siempre componentes sapienciales.
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      Notas
      (1) Diferencia entre cualidad y cantidad.– La forma en que se relaciona la cantidad con la acción conlleva desgaste. Si tengo un depósito lleno de gasolina, o un fajo de billetes, puedo hacer muchos kilómetros y muchas compras; pero a más kilómetros, menos gasolina; a más compras menos dinero. En cambio, si conozco un instrumento musical o una teoría matemática, cuanto más toque mejor sabré, cuantos más problemas resuelva, mejor comprenderé esa teoría y la ciencia matemática. Las cantidades se gastan; las cualidades, si son operativas (virtudes), crecen con el ejercicio.
      (2) Kritik der reinen Vernunft, 1ª edición 1781; 2ª edición 1787. La teoría del conocimiento de Kant es un punto culminante de la filosofía moderna: propone invertir la relación entre el pensar y el ser; que los objetos dependan de nuestra manera de conocer, y no a la inversa. Comparó esta inversión con el "giro de Copérnico". Los filósofos alemanes posteriores (Fichte, Schelling, Hegel, etc.) iniciaron un proceso de crítica de la modernidad que caracterizó a la época romántica y a la contemporánea (siglos XIX y XX). Con Kant se inició una etapa en que el filosofar se entendió ante todo como Crítica, y como testimonio de una "crisis" del hombre que no llegó a resolverse en los dos siglos precedentes.
      (3) Ante concepciones tan vigorosas como las de Kant y Fichte se hace evidente la dificultad intrínseca de la filosofía y la prudencia necesaria, por parte de quienes no son especialistas, a la hora de comprenderlos adecuadamente. La mayoría de sus asertos son verdaderos, su forma de razonar es lógica y amplia, magnánima, pero llegan de repente a conclusiones que contrarían al sentido común: el mundo no tiene otro ser que su aparecer (dice Kant del cosmos), y ese "ser-aparecer" del mundo lo crea el espíritu humano (dice Fichte). No hay razón para mirar con menosprecio a estos pensadores porque se atrevieran a contradecir abiertamente al sentir común de los mortales; pero tampoco hay razón para dejarnos arrastrar irreflexivamente por lo atrevido u original de sus afirmaciones.
      Los pensadores geniales merecen respeto. Ahora, el respeto que espera el pensador es el esfuerzo de entenderle. Kant y Fichte intentaban comprender el espíritu; pero en su exagerado espiritualismo llegaron a difuminar (o borrar) la diferencia entre el Creador y la criatura. Su idea del espíritu, olvida que es creado y destinado, por eso se internaron en una especie de "mística" (no del encuentro con Dios, sino del encuentro de la razón consigo misma) que se llamó "idealismo filosófico".
      Estas filosofías, especialmente el Idealismo absoluto, de Hegel, han originado una grave crisis en el siglo XX. ¿Qué es el hombre, sólo materia o sólo espíritu? Es casi imposible responder bien a preguntas mal planteadas. Todavía hoy se presenta en algunos círculos académicos como si fuera un éxito, o una "madurez", lo que en realidad no son sino salidas "de emergencia" hacia el materialismo (marxismo, positivismo, neopositivismo cientifista) o hacia el "humanismo ateo" y el nihilismo (Sartre, Heidegger, filosofía neo-hegeliana, Vattimo y el "pensamiento débil", etc.). La tarea actual del pensamiento no puede consistir en darlo por "acabado". La era postindustrial, de las comunicaciones y de la bio-tecnología reclama, más que nunca, la responsabilidad de la filosofía. El universo físico, la dignidad humana, el misterio del mal, la historia, nuestro destino último, Dios, siguen siendo los grandes temas: nuestra tarea será comprender cómo se armonizan.
      (4) Metafísica (lo que está más allá de la física), fue el nombre que desde antiguo se dio a los libros de la Filosofía primera o Teología, de Aristóteles.
      (5) Todo este capítulo, así como los puntos principales de este "Curso", está en consonancia con el pensamiento de este filósofo actual. Para conocerlo mejor, véase: Leonardo POLO, Introducción a la filosofía, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1995. Cf. Del mismo autor: Quién es el hombre, Ed. Rialp, Madrid, 1991. Para obtener una buena visión de conjunto del hombre y su obra recomiendo: http://ensayo.rom.uga.edu/filosofos/spain/Polo/
      (6) Cf. Jesús GARCÍA LÓPEZ, Tomás de Aquino, Maestro del orden, Madrid, 1985 y 1987; págs. 24-31. Editorial Cincel.

      La lógica del discurso humano
      "Una mente toda lógica es como un cuchillo sin mango:
      hiere a quien lo empuña" (Rabindranath Tagore).
      I. Que es la lógica
      Definición
      Se define la lógica como el arte directiva de la razón, por la que ésta procede ordenadamente, con facilidad y sin error. Es, pues, un saber práctico (arte), y sirve como instrumento para las demás ciencias. Hay una lógica natural, espontánea, de la razón humana y una lógica científica.
      Lógica natural
      La lógica perfecciona el discurso humano. Mas hay diferentes tipos de discurso. No siempre razonamos sobre asuntos ciertos y necesarios, a veces discutimos sobre cosas probables, o verosímiles. Pero algunos filósofos quisieron hacer de la lógica un instrumento de certeza universal, un método único. ¿Existe una sola lógica o muchas?
      Ante todo, la lógica considera el orden del razonar humano, luego es una. Entre ser racional y no serlo no hay término medio. Por eso, no existe una mentalidad prelógica, como pretendió Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939), confundiendo la actividad fantástica y el raciocinio. La actividad racional –natural para el hombre– posee leyes y reglas que no es posible incumplir; la mente sigue esas normas, sin conciencia de ellas.
      El sociologismo es una forma de reducir lo superior a lo inferior. Según Lévy-Bruhl, la mentalidad primitiva, sobrenatural y prelógica, no usa conceptos ni relaciones lógicas sino representaciones colectivas y sentimentales, por las que el individuo se identifica con el grupo (tótem). Sus estudios se basaron en informes llegados a Europa sobre magia y prácticas supersticiosas en sociedades primitivas. Ahora, la superstición es una anomalía, pero no sólo en sociedades primitivas sino también en las avanzadas. En cuanto al mito, no es indicio de irracionalidad. Se ha dicho que fue la "ciencia" del hombre antiguo, ya que refería la realidad a causas, valiéndose de narraciones y conceptos abstractos; al cabo, exponía un "por qué" de las cosas y en eso obedecía a la lógica espontánea.
      La lógica científica
      La lógica científica presupone la natural. La razón reflexiona sobre sus actos, observa la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, investiga las leyes del discurso y las formula. Si la lógica natural es espontánea; la reflexiva es arte, esto es, ciencia práctica. Como ciencia, estudia leyes que guían al razonamiento. Es una ciencia práctica y normativa: no le interesa cómo piensa uno de hecho, sino cómo debe pensar, de derecho, para llegar a la verdad. En suma, la lógica descubre normas y leyes que obligan a la razón, porque ésta se ordena al conocimiento de la verdad. Las normas éticas señalan el bien, las lógicas dirigen el discurso a la verdad.
      Como toda ciencia, la lógica tiene un objeto material: los actos de la razón. Su objeto formal es la corrección de esos actos. En el conocimiento de la verdad hay dos aspectos complementarios e inseparables: el tema y el método. Llamaremos tema a lo que se conoce, y método al acto con el que conocemos. Lo que llegamos a conocer como tema se corresponde con el método. Ahora, los actos de conocer son de diversa perfección y nivel; por eso, la lógica sólo comprende una parte del método, a saber, el propio de la razón discursiva. La lógica misma es controlada por actos de pensar más altos (no discursivos), como los principios y los hábitos intelectuales. (De ahí que se subordine a la metafísica y a la teoría del conocimiento).
      La lógica abarca los métodos de razonar, esto es, de enlazar juicios para llegar a conclusiones, y los juicios constan de conceptos. Por eso, se suele comenzar observando que las propiedades y reglas lógicas afectan a esos tres: el concepto, el juicio y el raciocinio. Esto proporciona el criterio para estudiar ordenadamente la lógica formal.
      Panlogismo
      Mas algunos filósofos pensaron que la razón, siguiendo un solo método, puede llegar a conocerlo todo; postularon que la realidad posee una única estructura y que ésta es idéntica a la lógica natural. La lógica sería única y lo explicaría todo; se convertiría así en la ciencia por excelencia. Este error se conoce con el nombre de panlogismo.
      La primera sistematización de la lógica la debemos a Aristóteles. La tradición agrupó sus libros bajo el nombre de Organon, esto es, instrumento del saber. En los tiempos modernos se sintió la necesidad de nuevos métodos, para las nuevas ciencias. La cuestión que se plantea, entonces, es esta: "¿existe una sola lógica o muchas?" La tentación del método único es fuerte: si la razón es una –se dice–, el método correcto de pensar será también sólo uno. Ello sería verdad si la razón discursiva fuera el acto de conocer (método) más intenso; si no lo es, no puede ser verdad. Pero el discurso es a la inteligencia, como el arroyo a la fuente: allí donde el arroyo discurre, el acto de la fuente está presente. Hay más luz en la inteligencia que en el discurso.
      «Santo Tomás de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina admirable. Según el santo doctor, el discurrir es señal de poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles entienden, mas no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia, menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que las más limitadas tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número se va reduciendo a medida que las inteligencias criadas se van acercando al Criador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento del hombre.
      «En efecto; los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia de las ideas, sino en que están en posesión de algunas capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando y recorre mucho terreno y no sale de la angostura y sinuosidad de los valles; el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente de los ríos, (...).
      «En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo. Si al común de los hombres no les es posible situarse de golpe en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de trabajo, no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo y alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa, toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales a los que se refiere los demás. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano; de otra suerte, no se ven más que detalles y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y, por lo mismo, es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, (...)». (Jaime Balmes, El Criterio, cap. XVI, § 7)
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      II. Lógica del concepto
      El concepto y el término
      Concepto es el acto con el que la mente aprende una cosa, sin afirmar ni negar nada, Así: "guerra", "algo". No dice: "la guerra es cruel" o "aquí hay algo".
      El concepto se llama: simplemente aprensión, porque capta sin juzgar; concepto, porque la mente lo forma dentro de sí; se llama idea (del gr. eideo-în, ver), porque es aquello que el intelecto ha visto; y noción, porque es el acto del noûs, o mente. Más profunda es la expresión "palabra interior" (verbum cordis, verbum mentis), denotando que el concepto es formado por la mente, en su interior, y exteriorizado en la palabra oral o escrita.
      Término es la expresión lingüística de un concepto La lógica estudia el concepto en los términos.
      La significación
      Es la razón de ser del lenguaje. Pensar y hablar es referirse a cosas. La ley básica de la teoría del signo (semiótica) es que las palabras son signos artificiales de los conceptos, y los conceptos son signos naturales de las cosas.
      El signo es un "medio", en el mismo sentido que el aire es el medio de la audición, o la luz el de la visión. El hecho de que el pensamiento se valga de signos evidencia que no es inmediato, sino mediato. A la inversa, los conocimientos o verdades inmediatas son inefables, ninguna palabra ni discurso los puede agotar.
      " Las palabras significan conceptos,
      los conceptos son signos de las cosas"
      Las palabras "aprehensión", "idea", "concepto" y "noción" son comunes en la terminología clásica. Algunas veces, concepto y noción se toman en sentido estricto, como idea universal que se expresa en la definición. También algunas veces se llama intención (del lat. tendere-in, tender o apuntar hacia) porque el concepto es el acto por el que la mente tiende o se refiere al objeto real.
      Se distingue primera y segunda intención. El entendimiento capta qué es "flor" (primera intención); conocido el objeto, la mente considera en él su universalidad, por ejemplo, (segunda intención). La segunda intención es un concepto del concepto, un concepto reflejo. Evidentemente, la lógica científica estudia "segundas intenciones", forma conceptos de los conceptos.
      Toda idea significa alguna cosa, sea existente (los Pirineos), meramente posibles (montaña de oro), una negación o privación (ceguera) o un imposible (círculo cuadrado). El objeto es distinto del acto. Para distinguirlos, se llama concepto objetivo al signo mental u objeto; y concepto formal (o subjetivo) al acto que lo forma y entiende.
      Comprehensión y extensión de un concepto
      Toda idea incluye notas. La suma de notas de que consta, es su comprehensión. El conjunto de individuos a que conviene la idea es su extensión. Así, por ejemplo, las notas constitutivas del concepto "reloj" son: "artefacto", "medida" y "tiempo", si definimos el reloj como: artefacto para medir el tiempo. La extensión, en cambio, es el conjunto de cosas que cumplen la definición. La de "reloj" incluye relojes de sol, de arena, mecánicos, electrónicos, de pulsera, de pared, de campanario, etc. A su vez, cada uno de estos conjuntos incluye un número de individuos indeterminado.
      Regla general: la extensión está en proporción inversa a la comprehensión, a más compehensión, menos extensión. Así, la idea pierde extensión cuando más notas la integran: reloj de pulsera y de tal marca, etc. A la inversa, si pierde notas y la comprehensión se empobrece, la cantidad de singulares a los que conviene se hace cada vez mayor; por ejemplo, hay más artefactos para medir, que relojes.
      Nota de una idea es todo lo que se puede decir con verdad del objeto. Ahora bien, no todas las notas que pertenecen realmente a la cosa son conocidas; esto explica que nuestro saber siempre pueda incrementarse o progresar. Por eso, tanto si un ente es natural como si es artificial, su definición "real" incluye un número de notas que escapa a nuestro saber. Es otra manera de recordar que nuestro saber, aun siendo real, es limitado. En referencia a la comprehensión plena, o a la definición perfecta, se dice que no comprendemos nada, aunque sepamos muchas verdades. La esencia de las cosas nos es desconocida, escribe Santo Tomás de Aquino, que no era escéptico.
      Equivocidad, univocidad y analogía de los términos
      Las ideas son unívocas o análogas; pero las palabras pueden ser también equívocas. Por tanto, el termino puede ser:
      Unívoco, es el que se dice siempre con el mismo sentido: hombre, caballo.
      Equívoco, se dice igual de cosas distintas como: León, nombre propio, y león, nombre común.
      Análogo, se aplica a cosas distintas, iguales en algo; el sentido es en parte igual y en parte distinto, como cuando se dice un hombre sano y un alimento sano.
      Las ideas trascendentales
      Trascendentales son nociones universalísimas cuya extensión es máxima porque abarcan todo lo que existe, dejando fuera sólo la nada. Se llaman también análogas, porque no se dicen igual de todas las cosas. Por ejemplo ser, se atribuye a todo, pero no es igual el árbol, que el caballo o el hombre; ni es igual lo material que lo espiritual, lo finito y lo infinito.
      Son transcendentales el ser (ente), la verdad, la bondad y la belleza; son atributos que se dicen de toda cosa, según una escala o gradación de perfecciones.
      Los transcendentales expresan atributos del ente, en cuanto ente, esto es, que se pueden atribuir (con verdad) a cualquier cosa por el hecho de ser, como la unidad, la verdad, la bondad, etc.
      Se llaman "transcendentales" (del lat. trans-scando, ir más allá subiendo), porque superan en extensión a todos los universales (géneros y especies), pero no se deben pensar como separados, externos a los géneros y especies. Al contrario: todas las ideas son interiores a los transcendentales; éstos no sólo tienen la mayor extensión, sino también la mayor comprehensión, y comprenden a todas las realidades determinadas. Así, por ejemplo, la piedra, el árbol, la estrella, el número abstracto, la virtud, etc., son conceptos que significan algo real, por tanto el concepto de ente –el primum cognitum– está incluido dentro de cada uno de ellos, aunque ninguno agote la riqueza de "ser".
      El realismo afirma la primacía del ser tanto en la realidad (primum ontologicum) como en el conocimiento (primum cognitum).
      Los universales
      El concepto es universal. El universal es algo uno que se dice de muchos; de muchos singulares, con un mismo significado. No admite grados. Por ejemplo, el concepto de "hombre" se dice de todos en el mismo sentido: no es posible ser más o menos humano, se es o no, en absoluto. No hay término medio, ni gradación.
      La lógica formal trabaja con términos unívocos, eso limita su aplicación a las ciencias y las matemáticas. El saber metafísico, en cambio, no tiene por método la lógica formal, sino la dialéctica (Platón, Hegel) o la analogía (Aristóteles, Tomás de Aquino).
      La lógica formal es un método para saber, no el único; el intento de reducir los saberes a un solo método (la lógica formal, la matemática, etc.) reduce el alcance del pensamiento y constituye el reduccionismo cientifista.
      El problema de los universales
      Los conceptos son universales, las cosas son singulares; lo universal es único e ideal, lo singular múltiple y sensible. Ahora, el hecho de que conceptos universales signifiquen seres singulares forma parte del misterio del conocimiento. ¿Qué son esos "universales"? ¿Dónde se encuentran, qué realidad tienen? En la historia se han propuesto tres grandes modelos de respuesta para esas preguntas:
      Realismo exagerado, o hiperrealismo. Según Platón, la idea es idéntica, invariable, eterna e inmaterial. Las cosas sensibles lo contrario: materiales, temporales, cambiantes y caducas. De donde Platón concluye que el ser ideal es más real que el ser singular.
      Nominalismo. Solo existen entes singulares. Los términos e ideas universales son "ficciones", artificios lingüísticos para sustituir en el pensamiento una multitud de singulares por un nombre (lat. nomen). El intelecto no conoce cosas, sino nombres: no la rosa, sino el nombre de la rosa: Stat pristina rosa solo nomine; nomina nuda tenemus (G. de Ockham).
      Realismo moderado. Es la posición de Aristóteles. La idea existe en la cosa, como forma de una materia; el pensamiento (noûs) la abstrae o separa formándola dentro de sí como concepto. Tomás de Aquino completa esta teoría distinguiendo: universal in re, post rem y ante rem.
      Según Platón, las ideas constituyen un mundo separado y perfecto, a cuya imitación se hace este mundo sensible; el "mundo de las ideas" es una región eterna y divina. Según Aristóteles, en cambio, las ideas sólo son ideales en la mente, en la materia son formas, esto es, principios reales de las cosas; éstas constan de materia y forma (hylemorfismo), por la materia son singulares y por la forma tienen un ser u otro y son inteligibles. Finalmente, Tomás de Aquino reúne la concepción de Platón y la de Aristóteles mediante la noción de creación. La idea es distinta según esté en la mente del Creador (ante rem), en la criatura (in re), o en la mente humana (post rem).
      Las categorías o predicamentos
      Aristóteles redujo todas las ideas universales a diez tipos, denominados categorías (gr. kategoreo, enunciar, afirmar), o predicamentos (lat. praedico). Elaboró así una lista de los predicados que cabe atribuir a un sujeto:
      1. Sustancia.
      2. Cantidad.
      3. Cualidad.
      4. Relación.5. Acción.
      6. Pasión.
      7. Dónde. 8. Cuándo.
      9. Situación.
      10. Hábito.
      La lista aristotélica de las categorías recoge no sólo formas lógicas, es decir, formas humanas de pensar y de hablar, sino también las formas reales de ser; son los diez "géneros supremos", esto es, las diez maneras en que se dice el ser en el orden del ente finito.
      La complejidad de esa lista se reduce a una distinción básica: substancia y accidente. El ente será "en sí" (sub-stantia, sujeto), o "en otro" (accidens, atributo).
      El ser fundamental es la sustancia, porque la realidad del accidente consiste en "ser en" la sustancia; de ahí que el accidente, más que un ser, es el ser de un ser (ens entis).
      Categorías y predicables
      Los conceptos pueden hacer referencia:
      1. a nuestra manera de entender y hablar (significación lógica). Predicables.
      2. a la manera de ser de las cosas (significación ontológica). Categorías.
      En el primer sentido, se llaman predicables; en el segundo, categorías, (o "predicamentos").
      Los predicables
      Los universales, considerados sólo en su dimensión lógica, se llaman predicables: algo uno que se dice de muchos, pero este "decirse" es diferente según que el concepto exprese la esencia o no, o según la exprese de manera completa o incompleta. La clasificación de los predicables se encuentra en la Introducción al libro Categorías, de Aristóteles, que escribió el filósofo neoplatónico Porfirio (233-305). Mediante la articulación de los predicables, se logra un "árbol" que va de lo más indeterminado (genérico) a lo más determinado y concreto (singular), se copia así la estructura de la realidad, en el "espacio lógico".
      He aquí el llamado árbol de Porfirio:
      Género Supremo: Sustancia
      Dif. Genérica: material / inmaterial
      Gen. Subalterno: Sustancia Corpórea
      Dif. Genérica: animada / inanimada
      Gen. Subalterno: Viviente
      Dif. Genérica: sensitivo / insensible
      Gen. Próximo: Animal
      Dif. Específica: racional / irracional
      Especie: Hombre / Pedro, Juan, Pablo...etc.
      Son cinco los predicables, según Porfirio, a saber: la especie, el género, la diferencia, el propio y el accidente.
      1. Especie es el concepto que se predica de los singulares expresando la esencia completa. Si decimos de Sócrates que es "hombre", expresamos la esencia completa de Sócrates. "Esencia" significa aquello por lo que una realidad es lo que es y, en sentido lógico, lo que responde a la pregunta: "¿qué es"? (quid est?), de ahí el nombre latino quidditas. La especie expresa la quidditas o esencia, y sus inferiores son individuos singulares, diferentes solo numéricamente.
      2. Género es el concepto que se predica de muchos singulares, expresando parte de su esencia, a saber, la parte común a otras especies y, por eso, indeterminada. Si decimos que Sócrates es "animal" expresamos una parte de su esencia, común con muchas especies.
      3. Diferencia es el concepto que expresa la parte determinante, esto es, la que no es común a otras especies, sino diferencial; así, por ejemplo, el hombre es "racional".
      4. Propio o propiedad, no expresa la esencia, pero sí algo que emana de ella o la acompaña siempre. Si decimos de Sócrates que "ríe" o "habla", le atribuimos propiedades exclusivas de la especie humana. Las propiedades son los conceptos que suelen usar las ciencias para definir; por ejemplo, distinguimos los cuerpos por la forma cristalina, peso, dureza, afinidades químicas, conductivas, etc.
      5. Accidente se predica como algo contingente, externo a la esencia. Si decimos de Sócrates que "está sentado" o "es blanco", le atribuimos algo cuya presencia o ausencia no hará que Sócrates sea humano, ni deje de serlo.
      Si miramos ahora el árbol de Porfirio, vemos mejor cómo hay que leerlo:
      Las ideas universales unívocas se ordenan según géneros y especies.
      La idea que contiene a otras ideas se llama género, respecto de aquellas.
      La idea que contiene solo individuos se llama especie.
      La diferencia específica aporta la distinción entre especies diversas.
      Hay un orden jerárquico entre las ideas universales.
      El género supremo de los universales es la sustancia material o compuesta.
      La escala jerárquica de los universales expresa la jerarquía de los existentes.
      Sustancia.
      Sustancia inorgánica.
      Sustancia vegetal.
      Sustancia animal.
      Sustancia inteligente.
      Oposición de ideas
      Son opuestos los predicados que no pueden estar en el mismo sujeto bajo el mismo punto de vista, como: cuerpo y espíritu, frío y caliente, etc. La oposición de ideas sigue ciertas leyes, de manera que, conocida una, se conoce la otra. Según Aristóteles hay cuatro especies de oposición:
      Contradictorias. Las ideas son opuestas como el ser y su simple negación: ser-nada; blanco-no-blanco. No hay un punto medio.
      Contrarias. Pertenecen al mismo género pero distan hasta el máximo: blanco-negro; bello-feo. Pueden tener un punto medio: entre avaricia y prodigalidad, moderada liberalidad.
      Privaciones. Se oponen como una perfección y su ausencia, la ceguera es privación de la vista.
      Relativas. Ideas opuestas de modo que una no puede ser sin la otra como padre e hijo, hombre y mujer, etc.
      La definición
      Definir es determinar la comprehensión de un concepto (la extensión depende de la comprensión). La definición es un término complejo que expresa qué es la cosa. A menudo debemos contentarnos con definir el nombre; definir el ser es muy difícil, conocemos el ser real de las cosas con enormes limitaciones. De ahí los tipos de definición:
      1. Definición nominal. No define la cosa, sino la palabra. Puede ser etimológica o sinonímica; es un primer paso en la aproximación a las cosas.
      2. Definición real perfecta o "esencial": declara la cosa por los predicados que constituyen su especie, a saber: género próximo y diferencia específica. Raramente obtenemos definiciones esenciales, recorremos a definiciones imperfectas.
      3. Definición real imperfecta o "descriptiva". Declara la cosa por notas reales, pero no esenciales. Tiene diversas formas: la definición propia define la cosa por propiedades que no constituyen la esencia, pero derivan de ella: "El hombre es capaz de reír". La definición accidental define una cosa por la colección de accidentes que bastan para diferenciarla de otras. La definición genética explica una cosa por la manera propia como se hace: "circunferencia es la figura que resulta de una revolución de una línea entorno de un punto inmóvil".
      Reglas. La definición esencial no necesita reglas: se determina por el género próximo y la diferencia específica, o no hay definición. Las demás se regulan por los siguientes criterios:
      1. que la definición no contenga lo definido.
      2. que sea más clara que lo definido.
      3. que convenga a todo lo definido y sólo a ello.
      4. que no sea negativa.
      5. que sea breve.
      La división
      La definición une; la división separa notas, analiza para llegar a un concepto más claro. División es la distribución de un todo en sus partes.
      En toda división se encuentra: 1) el todo dividido; 2) las partes o miembros de la división; y 3) el fundamento o criterio que sirve para dividir.
      El todo es divisible. Hay que distinguir el todo lógico y el todo real. La división real o partición es la distribución de una cosa compuesta en sus partes; así, un árbol en: tronco, ramas, raíces.
      Si algún miembro se divide otra vez, tenemos una subdivisión, y una serie ordenada de divisiones y subdivisiones es una clasificación. Cuando una clasificación es completa se llama sistema.
      La división más rigurosa es la dicotomía, porque se basa en la contradicción, que no admite término medio.
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      III. Lógica del juicio o proposición
      El juicio y la proposición. La verdad
      El juicio es la afirmación de la conveniencia o discordancia entre dos conceptos. Es un acto del intelecto que une o separa. Los elementos constitutivos del juicio son tres: sujeto (S), predicado (P), y cópula, afirmativa o negativa, expresada por el verbo ser (es, no es). Aunque el juicio consta de elementos, el acto de juzgar es simple, indivisible.
      Como el concepto no existe sin juicio, nos podemos preguntar si en toda concepción no hay ¾ al menos sobreentendidos¾ un juicio de existencia o inexistencia. A su vez, la existencia admite diversos sentidos. Si digo "quimera" expreso algo que existe, como nombre, en la fantasía. Una cosa puede existir como realidad natural o artificial, como a idea o forma mental y, en fin, sólo de nombre.
      La expresión lingüística del juicio se llama proposición. La lógica estudia proposiciones, no juicios; el juicio es un acto interno, la proposición su expresión externa.
      La principal propiedad del juicio es la verdad (o falsedad). Un juicio es verdadero cuando une en el pensamiento lo que está unido en la realidad de las cosas, o cuando separa en el pensamiento aquel sujeto y predicado que están separados en la realidad. Por eso, definimos la verdad lógica como adecuación del intelecto y la cosa (Sto. Tomás de Aquino).
      Clasificación de los juicios y proposiciones
      La forma del juicio es la cópula, la materia el sujeto (S) y el predicado (P). Las preposiciones (S y P enlazados por la cópula) se diferencian:
      por la cualidad: afirmativas y negativas; absolutas y modales.
      por la cantidad: singulares, particulares y universales.
      por la unidad: simple (categóricas) y complejas (hipotéticas).
      Afirmativas o negativas, según que la cúpula sea "es" o "no es".
      En las afirmativas el predicado (P) se toma en parte de su extensión, y en las negativas en toda; (excepto en definiciones y proposiciones singulares).
      La cualidad determina la extensión del predicado; esto da lugar a dos leyes: en una proposición afirmativa el predicado es particular; y, en una negativa, el predicado es universal. Explicación: la proposición afirmativa introduce el S dentro de la extensión de P. "Este hombre es blanco" no significa que él solo sea todo lo blanco, sino que es un miembro del conjunto de los blancos. Al contrario, la proposición negativa excluye al S de la extensión de P, nada de S está dentro de la extensión de P, ésta se considera toda entera.
      Singulares, universales, particulares, según que el sujeto (S) sea un individuo, todos los de un género, o una parte de estos: "Cesar venció a Pompeyo"; "todos los círculos son redondos"; "algunas hipótesis son probables".
      Modales: además de afirmar o negar enuncian el modo como el predicado (P) conviene (o no) al sujeto (S). El modo afecta a la cópula. Hay cuatro modos: posible y necesario (contingente y imposible). Posible: S "puede ser" P. Contingente: la cópula declara posible "no ser". Imposible: la cópula declara que P "no puede" ser.
      Proposición categórica es aquella que atribuye simplemente un predicado a un sujeto; es simple. La proposición hipotética enlaza preposiciones categóricas (por tanto, es compuesta). Las proposiciones hipotéticas pueden ser: condicionales, copulativas o disyuntivas:
      · Condicional, afirma bajo condición: "Si llueve, el suelo se moja". Consta de dos partes, un antecedente que pone la condición y un consecuente o condicionado. La proposición condicional afirma o niega el nexo entre condición y condicionado. Solamente son válidas dos conclusiones: Si la condición A es verdad, lo es también el condicionado B. Si B no lo es, tampoco A. Pero no se puede concluir que si A no es, tampoco B, excepto en la condición sine qua non.
      · Disyuntiva une enunciados con la particular "o", y no pueden ser a la vez verdaderas ni falsas. De hecho afirman dos cosas: que los miembros no pueden ser verdad a la vez y que al menos uno es verdad: "suyo o no suyo". Los miembros han de ser opuestos y la división entre los miembros debe ser completa: "o es rico o es infeliz" es falsa, porque no hay oposición ni disyunción completa ("o el pobre es feliz").
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      IV. Lógica del raciocinio o silogismo
      El raciocinio
      El raciocinio es la operación mediante la que el intelecto, de dos o más juicios conocidos como verdaderos, conoce la verdad de otro juicio. El raciocinio o discurso es un movimiento: va de lo desconocido a lo conocido, o de lo implícito a lo explícito. Aristóteles usa el nombre "silogismo" en un sentido tan amplio que abarca toda clase de razonamientos. Lo define así: "silogismo es un discurso (logos) en que, por el hecho de poner unos datos, resulta necesariamente uno distinto de los puestos anteriormente, por el hecho de haber sido puestos" (Primeros Analíticos I, 1, 24b).
      Las proposiciones de que se parte se llaman antecedente o premisas. La proposición que deriva de ellas es el consecuente o la conclusión. Esta es la materia del razonamiento o silogismo.
      El silogismo no consiste en el hecho de establecer –o "poner"– las premisas y la conclusión; sino en vincularlas. La forma del razonamiento es el vínculo, la dependencia necesaria del consecuente respecto al antecedente. Este vínculo se denomina consecuencia.
      No se debe confundir el consecuente, que es materia del razonamiento, con la consecuencia, que es la forma, el mismo razonamiento. Sólo si hay consecuencia hay silogismo.
      La lógica formal tiene por objetivo la consecuencia (o "inferencia", lat. illatio), su finalidad es formular reglas que garanticen la exactitud de la consecuencia, incluso prescindiendo de la verdad o falsedad del antecedente i del consecuente. La consecuencia puede ser correcta (= "verdad formal"), aunque no sea verdad el consecuente. La lógica material se ocupa de la verdad de las proposiciones, la formal sólo considera la corrección de las consecuencias o indiferencias.
      Leyes de la argumentación
      Si la consecuencia no es correcta, no hay razonamiento, sino una serie de proposiciones. El consecuente puede ser verdadero, aunque la consecuencia sea incorrecta, en sentido "material"; de hecho, no es consecuente si no deriva necesariamente del antecedente. Si una proposición es verdadera, pero no deriva ni depende de las premisas, es verdad por su materia (ratione materiae), pero no en virtud de la forma (vi formae), porque no hay forma.
      Las leyes que regulan la argumentación suponen que hay consecuencia correcta. Son estas:
      Si el antecedente es verdadero, el consecuente es verdadero.
      Si el consecuente es falso, el antecedente es falso.
      Si el antecedente es falso, el consecuente puede ser falso o verdadero.
      Si el consecuente es verdadero, el antecedente puede ser verdadero o falso.
      Las cuatro leyes se reducen a la 1ª y a la 3ª, su fórmula tradicional dice: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. De una verdad solo se sigue verdad; de lo falso se sigue cualquier cosa.
      Estas leyes tienen rango de principios de la lógica. Son evidentes, no susceptibles de demostración. Lo más que cabe hacer es comentarlas, para subrayar su evidencia. ¿Por qué de lo verdadero sólo se sigue lo verdadero? Podríamos decir también que el consecuente estaba contenido en el antecedente. La consecuencia explicita lo que estaba implícito. Aristóteles presenta la regla como aplicación del principio de no-contradicción. Si, por hipótesis, el antecedente es verdad, el consecuente es verdad y la consecuencia es correcta (A ® B). Si B es falso, entonces A es y no es (verdad).
      ¿Pero por qué de lo falso puede seguirse lo verdadero? En virtud de esa ley, cabría esperar que de lo falso sólo se siguiera falsedad. Es imposible que lo falso genere lo verdadero. De todos modos, un antecedente falso puede comportar un consecuente verdadero, de hecho, aunque no por la razón dada. El ejemplo que pone Aristóteles es un silogismo; el antecedente consta de dos proposiciones falsas; la consecuencia es correcta, porque el silogismo está bien construido. La conclusión resulta verdadera: "Toda piedra es animal. Ahora bien, todo hombre es piedra. Por lo tanto, todo hombre es animal".
      La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Pero su verdad no proviene de ellas. Por el hecho de derivar las premisas, un consecuente verdadero resulta por accidente de un antecedente falso. La posibilidad de tales "accidentes" sólo es un escándalo lógico si se olvida que la lógica formal no es autosuficiente.
      Las argumentaciones: inducción y deducción
      Las dos formas principales de la argumentación son la deducción y la deducción. Aristóteles distingue silogismo e inducción como dos caminos (métodos) diferentes en la búsqueda de la verdad: "todo aquello que nosotros aprendemos procede o bien del silogismo, o de la inducción" (Prim. Anal., II, 23). "Sólo aprendemos por inducción o por demostración". Silogismo es sinónimo de deducción; se divide en silogismo categórico y silogismo hipotético, según que la premisa mayor sea una proposición categórica o hipotética.
      Para definir estos dos movimientos de la razón discursiva no basta con decir que van en sentido inverso. Tampoco es exacto que la deducción descienda de lo general a lo particular, mientras la inducción ascendería de lo particular a lo universal. La inducción no es tanto el tránsito de lo particular (o especial) a lo general, cuanto el paso de lo sensible a lo inteligible (universal); el rango de este universal, en el árbol de Porfirio, es indiferente. A su vez, la deducción suele ir de lo general a lo especial, pero no es su oficio. De 14 modos de silogismo válidos sólo 4 tienen una conclusión tan universal como las premisas.
      La inducción pasa de lo sensible a lo inteligible (aunque después pueda transitar también de lo menos a lo más universal); la deducción se mueve esencialmente en el nivel de lo inteligible (aunque descienda a lo singular). La lógica presupone dos hechos psicológicos: 1) los sentidos perciben objetos singulares, 2) el intelecto piensa mediante conceptos
      universales.
      La diferencia esencial entre inducción y deducción es que la primera parte de los singulares, mientras que la deducción procede a partir de universales. El consecuente, en cambio, es en ambos casos un universal.
      La inducción plantea el problema de saber si debe fundarse en una enumeración completa de los datos, o si basta con una enumeración incompleta. En todo caso, no son dos tipos de inducción.
      La teoría del silogismo
      Considerada uno de los principales méritos de Aristóteles, que inventó las leyes del silogismo y las formuló con perfección. Esta aportación ha marcado el camino para la mentalidad occidental, siempre deseosa de rigor lógico (tanto como de profundidad o claridad).
      Valoraciones
      El sistema del silogismo es admirado por su exactitud. Los medievales lo integraron en el sistema educativo, como instrumento para formar en el rigor argumentativo.
      En el Renacimiento empieza a ser cuestionada su validez. Las teorías experimentales insisten en la prioridad de la intuición (observación, inducción), sin ella no obtenemos noticias. A su lado, la argumentación deductiva parece estéril. Es el pensamiento de Francis Bacon (1561-1626), que se propuso redactar un Novum Organum, una lógica inductiva.
      También R. Descartes (1596-1650) negó el valor del silogismo: "Me di cuenta que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos y la mayor parte de las demás instrucciones servían más para explicar a otro las cosas que ya se saben, o incluso, como en el caso del arte de Lulio, para hablar sin sentido de las que se ignoran, que para aprenderlas" (Discurso del método, II).
      El pensamiento racionalista valora sobre todo la verdad formal, por eso considera la teoría del silogismo sencillamente perfecta. Leibniz la contempla como la primera forma lograda de discurso infalible: "Sostengo que la invención de la forma silogística es una de las más esplendorosas del espíritu humano y más dignas de estima. Es una especie de matemática universal cuya importancia no está suficientemente conocida, e incluso podemos decir que incluye un arte de infalibilidad, a condición de saber y poderla usar. En algunas ocasiones, yo mismo he experimentado, al disputar incluso por escrito con personas de buena fe, que únicamente nos hemos entendido cuando hemos argumentado correctamente desembrollando un caos de razonamientos". (Leibniz, Nouveaux Essais, IV, 17, 4)
      Como Lulio, Leibniz anhela un Arte universal de diálogo que permita alcanzar acuerdos siempre; y formula así su deseo: que teólogos y filósofos dejen de discutir, ante las dificultades, y se digan: Sedeamus et calculemus! ("Sentémonos y calculemos"). Gottfried W. Leibniz (1646-1716) halló la conexión entre el silogismo y el cálculo mediante diagramas que representan sólo la extensión de los términos propuestos, asimilados así a magnitudes.
      I. Kant no oculta su admiración hacia el mecanismo lógico de Aristóteles, la lógica nació
      adulta de su cabeza, como Afrodita del pensamiento de Zeus.
      J. Balmes ha sintetizado estas valoraciones diversas: el silogismo es útil para educar en la exactitud, es estéril para aportar novedades: "Es un error imaginarse que los grandes pensamientos filosóficos son hijos del discurso; este, bien utilizado, sirve algo para enseñar; pero poco para inventar. Casi todo lo que el mundo admira de más feliz, de grande y sorprendente se debe a la inspiración, a esa luz instantánea que brilla de repente en el entendimiento del hombre, sin que él mismo sepa de dónde le viene" (El Criterio, cap. 16 § I. Cf. capítulo 15)
      El silogismo categórico
      Es una argumentación en la que, de un antecedente que compara dos términos con un tercero, se deduce necesariamente un consecuente que une o separa los dos primeros términos.
      En lugar de unir se podría decir identificar, ya que las proposiciones siguen el esquema S es P. No se trata de una identificación total (como en la definición esencial), sino parcial.
      Los dos términos comparados se llaman extremos; el que sirve de comparación medio, se llama así porque aproxima los extremos entre sí. Los términos son la materia remota del silogismo. La materia próxima son las proposiciones: premisas y conclusión. Las premisas unen los extremos a través del medio; hay, pues, dos premisas; y la conclusión une los extremos, luego nunca contiene el medio.
      Como en una proposición suele tener mayor extensión el predicado que el sujeto, se llama término mayor (T) al predicado de la conclusión y término menor (t) a su sujeto. El medio término medio (M) suele tener una extensión intermedia entre la extensión de los extremos. En cuanto a las premisas, se llama mayor a la que contiene el término mayor, y menor la que contiene el término menor. La mayor siempre antecede a la menor.
      Esquema del silogismo:
      M
      T
      t
      M
      _______
      t
      T
      Se lee: M es T; pero t es M; luego t es T. Aristóteles lo formula con proposiciones condicionales: Si A se predica de todo B, i B de todo C, necesariamente A se predica de todo C. Igualmente, si A no se afirma de nada de B, y B es afirmado de todo C, se deduce que A no pertenece a nada de C (Primeros Analíticos, I, 4). Les escuelas medievales limitaron al artefacto silogístico a la fórmula categórica.
      Silogismo y álgebra de clases
      El silogismo categórico se puede interpretar en la línea de extensión de los términos o la de su comprensión. En extensión, significa que t se incluye en la extensión de T, porque está dentro de la extensión de M, el cual se incluye dentro de la extensión de T; es decir: t - M - T
      Pero interpretando según la comprehensión, significa que T forma parte de la comprensión de t, porque es parte de la comprensión de M, la cual a su vez forma parte de la riqueza comprehensiva de t.
      En perspectiva extensional, tenemos una concatenación de conceptos: A contiene a B, B contiene a C, etc. Esta interpretación presenta la ventaja de posibilitar la representación gráfica del razonamiento (diagramas de Euler-Venn). Aunque una lógica atenta exclusivamente a la extensión corre el riesgo de degenerar en un automatismo. Aristóteles subraya preferentemente la extensión, por eso se le ha considerado padre de la "lógica de clases".
      En perspectiva comprehensiva, leeríamos el silogismo como una casada de identidades, a la manera de las ecuaciones: A es B, B es C, etc. Es una visión más profunda, porque la comprehensión funda la extensión del concepto. El peligro de esta lectura es identificar los términos. Sólo son iguales en parte. En todo caso, no es legítimo contraponer comprehensión y extensión.
      Principios del silogismo
      Todo pensamiento coherente se regula por el principio de contradicción: "es imposible que lo mismo [predicado] pertenezca y no pertenezca a lo mismo [sujeto] simultáneamente y bajo el mismo aspecto" (Metaf., IV, 3). Es principio supremo de la lógica y en metafísica, del pensar y del ser real. Pero es negativo, no funda positivamente ningún discurso. Establece una imposibilidad: prohibe la contradicción porque anula el pensamiento. El principio que funda positivamente el razonamiento se llama principium identitatis et discrepantiae:
      "Dos cosas idénticas a una tercera son idénticas entre sí".
      "Dos cosas, una de las cuales es idéntica a una tercera y la otra difiere de esta tercera, son diferentes entre sí".
      Aristóteles formuló la teoría del silogismo desde el punto de vista extensivo; así, el principium identitatis et discrepantiae, o principio de identidad y diferencia, se convierte en el de dictum de omni et mullo, es decir: lo que se dice del todo se dice de la parte; lo que no se dice del todo, no se dice de ninguna de sus partes (quidquid dictur de omni, dictur de singulis; quidquid dicitur de nullo, negatur de singulis).
      Con estos principios, estamos ante la definición de la universalidad en extensión. El predicado que se dice universalmente de un objeto, se afirma de cada parte del sujeto; y el que se niega universalmente de un sujeto, se niega de cada una de sus partes.
      "Decir que un término está contenido en la totalidad de otro, o decir que un término es atribuido a otro término tomado universalmente, es afirmar lo mismo. Y decimos que un término es afirmado universalmente, cuando no es posible encontrar en el sujeto una parte que no esté contenida en el otro término. Para la expresión ‘no ser atribuido a ninguno’ la explicación es idéntica". (Aristóteles, Primeros Analíticos, I, 1).
      Silogismos (categóricos) incompletos y compuestos
      Entimema: es el silogismo abreviado, una premisa de la cual se sobreentiende: "Estudio, por lo tanto aprobaré". (Es famosísimo el entimema de Descartes: "pienso, luego existo". El silogismo completo es: "Todo aquel quien piensa existe; y yo pienso; por lo tanto existo").
      Epiquerema: es el silogismo en que la mayor o la menor se acompañan de explicación o prueba: "Quien sabe, aprueba (mayor); y yo sé, porque estudio (menor), por lo tanto aprobaré".
      Polisilogismo: cadena de silogismos tal que la conclusión de uno es premisa del siguiente: "Quien es prudente es temperante; quien es temperante es constante, luego el prudente es constante;// pero el constante es equilibrado, luego el prudente es equilibrado;// el equilibrado no está triste, luego el prudente no está triste;// y quien no está triste es feliz, luego el prudente es feliz" (Séneca).
      Sorites: es un polisilogismo en que se suprimen las conclusiones intermedias, hasta que el sujeto de la primera proposición se une con el predicado de la última: "Sócrates es hombre// El hombre es compuesto// Lo compuesto es divisible// Lo divisible es mortal// Sócrates es mortal". Un ejemplo de sorites con eficacia retórica: "Quien autoriza las empresas violentas ataca la justicia; quien ataca la justicia rompe el lazo que une a los ciudadanos; quien rompe el lazo que une los ciudadanos hace nacer divisiones en el Estado; quien crea divisiones en el Estado lo expone a un peligro evidente; luego, quien autoriza empresas violentas expone al Estado a un peligro evidente". (Bossuet).
      Dilema: ("silogismo cornudo"). Propone una disyunción completa y deduce la misma conclusión de los dos miembros. Ejemplo: "El cristianismo se ha propagado con milagros o sin milagros. Si con milagros, es verdadero, porque el milagro es el sello de Dios. Si sin milagros, este es el mayor de los milagros. Luego, en ambos casos, es verdadero" (S. Agustín e Hipona).
      El silogismo hipotético
      El silogismo hipotético tiene como premisa mayor una proposición hipotética (compuesta de dos o más categóricas), la menor afirma o niega uno de los miembros de la mayor. Formas del silogismo hipotético: conjuntivo, disyuntivo y condicional. El silogismo condicional es el principal, porque todos los demás se pueden reducir a él.
      Silogismo conjuntivo es aquel cuya la premisa mayor es una copulativa de este tipo: S no es P y R.
      Regla: de la afirmación de un predicado en la menor, se concluye la negación del otro (modus ponendo-tollens); pero a la inversa no (tollendo-ponens).
      Silogismo disyuntivo. La premisa mayor es hipotética disyuntiva: S es P o R.
      Regla: de la afirmación de un predicado en la menor se concluye la afirmación del otro, y al revés.
      Silogismo condicional. Su premisa mayor es hipotética condicional (Si Q es R, entonces S es P). La menor afirma o niega uno de los miembros; y la conclusión afirma (o niega) el otro.
      Reglas: las reglas del silogismo hipotético-condicional son las mismas de la argumentación en general: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. Existen, por eso, dos modos válidos: modus ponens y modus tollens.
      La argumentación científica y la demostración
      Argumentación es el discurso de la mente que infiere una verdad, mediante silogismo. Si las premisas y las consecuencias están fuera de duda, en la conclusión hay certeza. La argumentación cierta es la demostración por excelencia.
      Además de la lógica formal, Aristóteles consideró la Dialéctica y la Retórica, como lógicas de lo probable y de lo verosímil; cuando la conclusión es sólo probable, la argumentación es probable, no demostrativa; la argumentación persuasiva tampoco es demostración, sino
      retórica.
      La demostración extrae el conocimiento de la verdad de la conclusión del conocimiento de la verdad de las premisas. Mas no se puede proceder al infinito demostrando, luego deben existir premisas indemostrables. Estas reciben el nombre de principios. Según Aristóteles, principio es aquello por lo que una cosa es, se hace, o es conocida. Si una cosa proviene realmente de otra, el principio es real, si procede lógicamente el principio es lógico. Los principios deben gozar de evidencia y ser primitivos, es decir, indefinibles, tales son los axiomas. Las tesis que se toman como principios, mas no gozan de evidencia son: hipótesis y postulados.
      La hipótesis es una suposición, a partir de la cual se razona, susceptible de llegar a ser demostrada. Los postulados, no son susceptibles de llegar a ser demostrados, pero se adoptan por su verosimilitud, utilidad y coherencia con el resto de la argumentación.
      La demostración directa hace ver la verdad de una proposición de manera inmediata.
      La demostración indirecta por reducción al absurdo, probando que la contraria es falsa siempre (imposible).
      La demostración a priori de una cosa ontológicamente anterior demuestra algo posterior.
      La demostración a posteriori, a la inversa, procede desde lo anterior para nuestra experiencia.
      El argumento de analogía. Se usa este argumento para derivar de alguna cosa lo que ha derivado de otra parecida, o lo que hemos negado de una diferente. Se fundamenta en el principio: las cosas parecidas tienen causas parecidas, y las diferentes, causas distintas. Solamente proporciona probabilidad. Es un argumento parecido a la inducción, pero más débil. Su uso es frecuente: a) en la vida común, cuando juzgamos sobre otros según nuestros pensamientos, deseos, aficiones, etc., b) poetas y oradores proponen analogías como a argumentos, c) en las ciencias, la analogía proporciona hipótesis interesantes; en ella se basa, por ejemplo, la experimentación de fármacos en animales.
      La hipótesis. Admite una proposición probable para explicar un hecho. Sólo proporciona probabilidad, pero cuando consta que el hecho no se puede explicar de ninguna otra manera, da una verdad cierta (una tesis). Cuando la hipótesis no está suficientemente fundada se llama conjetura. Una hipótesis debe ser razonable; en ciencia natural es más probable la hipótesis más sencilla y que explica más cosas.
      Falacias. Cuando se razona mal para engañar, los discursos son falacias o sofismas. Si se hace sin intención de engañar, se llama paralogismo. Las principales son 1) Ambigüedad de las palabras, cuando se toman sin fijar su sentido. 2) Falacia de inducción y analogía, si se hacen afirmaciones universales sin suficiente análisis de los hechos, o se extiende la analogía más allá de lo debido. Un ejemplo: "los pueblos se parecen a los organismos, luego pasan por una infancia, madurez y senectud". 3) Declarar imposible lo incomprensible: por ejemplo, la creación o el misterio. 4) Ignorancia del asunto («ignorantia elenchi»), cuando se habla sin conocer el estado de la cuestión o a partir de un error. 5) Petición de principio, cuando se supone demostrado lo que se debe demostrar. 6) opinión pública, tomar por cierta alguna cosa sólo porque muchos lo dicen.
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      V. Verdad y certeza.
      (Lógica material)
      Verdad formal y verdad "material" del juicio
      La lógica es arte y ciencia. Por una parte, es connatural a la razón humana, por otra parte supone una reflexión sobre las relaciones entre los pensamientos y sus propiedades. El objeto de la lógica es la verdad; por eso es instrumento (Organon) del saber.
      La verdad es la propiedad del juicio. Tiene dos aspectos (complementarios): verdad formal y verdad material. La primera es una adecuación de la razón consigo misma, a saber, la observación de las leyes o reglas basadas en el principio de contradicción y otros axiomas. Pero con la verdad formal (o corrección lógica) no hay suficiente, sólo garantiza la coincidencia de la razón consigo misma (coherencia). La lógica tiene que interesarse también en la adecuación del pensamiento con las cosas, es decir, en la "verdad material" de los juicios.
      Filosofía del lenguaje y criteriología
      Los términos no son verdaderos ni falsos, por ejemplo "agua potable" expresa una idea, pero no afirma ni niega, ahí la mente no se compromete con la realidad. En cambio, si decimos: "Esta agua es potable", nos comprometemos con la realidad, se trata de un juicio: un acto simple e interior, de adhesión a la realidad.
      La semiótica considera el valor significativo del lenguaje: las palabras significan conceptos y juicios; los conceptos y juicios significan cosas. Pero ¿cómo?; y ¿estamos seguros de ello? ¿Podemos tener la seguridad de saber y significar verdades? La cuestión de la certeza es la denominada cuestión crítica (un examen al que la razón se somete a sí misma).
      El criterio de certeza
      La lógica formal garantiza la verdad, si razonamos correctamente a partir de verdades (premisas buenas). Si partimos de errores, sólo garantiza la corrección, no la verdad (material). Por lo tanto, la certeza es una cuestión que afecta a las verdades inmediatas.
      La verdad inmediata es captada o "vista" por la inteligencia con un acto simple y natural; por eso es indemostrable. La seguridad de la verdad inmediata se llama certeza.
      Hay verdades inmediatas de diferentes tipos, porque el ser humano capta la realidad de forma sensorial e intelectual, teórica, práctica, estética, etc. Son verdades inmediatas (naturales, indemostrable y primeras), los juicios garantizados por el testimonio de los sentidos, los primeros principios del razonamiento teórico, del razonamiento práctico, ciertas valoraciones (éticas, estéticas) admitidas por todos. Existe, por eso, un sentido común universal, subyacente a diversas formas culturales y épocas. Gracias a él, nos es posible entender a los personajes de Homero, de la Biblia, de Calderón o de Shakespeare. Si no existiese ese sentido común de la humanidad, sería imposible el diálogo y el intercambio entre culturas tan diversas como el extremo Oriente y Europa, la prehistoria y el hombre actual. Si los idiomas se pueden traducir entre sí, es evidente que hay un fondo común mental de la humanidad, que opera en orden del conocimiento (teórico, moral y estético) como el "genoma" en el orden biológico.
      Sabemos que el relativismo i el escepticismo niegan ese factor común de humanidad a la razón y sus actos. Se llama "racionalismo", en cambio, a la actitud filosófica que rehusa la adhesión a cualquier juicio que la razón no comprenda.
      Estados de la mente ante la verdad
      En referencia a la realidad, o verdad de las cosas, la mente puede encontrarse en los siguiente estados (subjetivos): ignorancia, duda, opinión y certeza.
      La ignorancia es negra noche; para quien ignora la verdad no existe en modo alguno.
      La duda es una paralización del juicio; quien está inseguro, no juzga por miedo a errar.
      La opinión es un juicio subjetivo; quien opina, juzga pero sabiendo que puede errar.
      La certeza es el juicio seguro y objetivo; aleja el miedo al error.
      La certeza no es absolutamente incompatible con el error, ya que justamente sólo podemos estar en el error con certeza. De lo contrario, si perdemos la seguridad, el juicio ha dejado de serlo, ya que no estamos en el error. En el error se está con seguridad; si no, no hay error, sino duda u opinión.
      Como podemos estar ciertos y a la vez errar, se distingue entre certeza subjetiva y certeza objetiva. La certeza objetiva es el juicio en que la íntima adhesión y seguridad (subjetiva) y la realidad externa (objetividad) son lo mismo.
      La certeza objetiva se llama también principio primero y «criterio de certeza».
      Los principios (primeros) son naturales, inderivables y activos en todo conocimiento; por tanto, no pueden ser ignorados: quien los ignorase no sabría nada (ignoraría todo). No pueden ser derivados (demostrados), pues el conocimiento derivado (verdades mediatas, conclusiones, etc.) depende del actual ejercicio, de la vigencia de los primeros principios. Por eso se les llaman también axiomas (palabra griega que significa valor, excelencia).
      Voluntarismo y emotivismo
      Hasta aquí el realismo. Pero, ¿qué dice el escéptico? ¿Qué piensa el racionalista?
      No admiten la certeza natural. No admiten que la verdad es algo primero.
      Dudan, pues, de todo, con una duda universal. Ahora, la duda universal es voluntaria; pues no se trata de dudar en presencia de una dificultad, sino de dudar de todo, de dudar por sistema.
      El escepticismo (y el relativismo) toman la duda como situación insuperable.
      El racionalismo lo toma como punto de partida.
      El padre del racionalismo, R. Descartes (1596-1650), partió de la voluntad de dudar de todo, por ver si así llegarían a una primera certeza. Concluyó que de una cosa no podía dudar (mientras pensaba en dudar de todo): «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum). Esta sería la primera verdad, sobre la que edificaría de nuevo el sistema del saber.
      La verdad inmediata, según Descartes, no es el ser extramental, sino la razón misma. Yo soy, existo, esto es real, porque pienso. Luego para Descartes la primera verdad no es el ser, sino el pensar. Esta inversión iba a tener consecuencias de largo alcance. Veamos tres de ellas:
      La verdad deriva de una posición voluntaria (quiero dudar de todo, antes de saber).
      La primera verdad es una adecuación de la razón consigo misma.
      Por lo tanto (si lo real no es externo), lo que supere a la razón no puede ser.
      Cuando lo externo a la razón es imposible, la razón es la medida suprema de la realidad. Lo que la razón no pueda entender no será real.
      La adhesión del realismo al ser extramental es, para el racionalista, una creencia, algo irracional. Para el racionalismo, todo aquello que parece, si se puede dudar de que es, es creencia. Y las creencias son irracionales. Así, para el racionalista, son (creencias) irracionales, los primeros principios.
      De manera similar, el escepticismo declara meras creencias, sentimentales o voluntarias, a los axiomas y principios de todos los órdenes. (Según el escéptico D. Hume, los juicios prácticos, como «hay que obrar el bien y evitar el mal», son sentimientos a los que se llega por la influencia de otros. Qué sea «bueno» o «malo» no será más que un sentimiento de agrado o repugnancia, influido por la educación).
      Fe natural y fe sobrenatural
      Siguiendo a Descartes, la idea de lo que es la «fe» o «creencia» cambia mucho, dado que se limita la certeza a lo que la razón puede comprender. Por otro lado, lo externo a la razón es sensación o sentimiento, de modo que creer tiene un escaso valor: equivaldría a «no saber». Ahora bien, dado que la razón es limitada, ¿no quedará como isla solitaria en medio de un océano de sentimientos irracionales y subjetivos?
      Una paradójica consecuencia del racionalismo es esta: la fe no vale casi nada, pero lo es casi todo.
      Pero la lógica de Descartes es «única», según él la razón es una, luego el método válido debe ser único. Esta tesis hace tiempo que está en crisis; hoy no se suele aceptar que sea lógico pensar del mismo modo las personas y los brutos, los seres vivos y las piedras, la criaturas y el Creador. Por tanto, ¿no se deberá revisar también aquella idea de «fe» o «creencia»?
      Procedamos describiendo hechos que cualquiera puede observar. Para empezar, la fe es un juicio, no una emoción. En efecto, se llama fe al acto de juzgar que es verdad algo que no sabemos por nosotros mismos. Por otra parte, la fe tiene por base algo interpersonal: cuando creemos, creemos a alguien. No creemos en algo, sino en alguien; es la palabra del otro lo que inspira suficiente confianza como para juzgar con certeza.
      Ahora, la pregunta importante es esta: ¿es la fe, o creencia, un criterio de certeza razonable y sólido?, ¿se la puede equiparar en algún caso con la misma evidencia?
      Nótese que esa pregunta equivale a cuestionar el valor de la confianza. Lo hemos visto antes: el escéptico y el racionalista desconfían por sistema; desconfían de los propios sentidos, de la palabra del otro, etc. Como desconfían, rehusan la autoridad científica o intelectual. Sólo la razón –la propia–, debería ser creída. Lo contrario atentaría contra la razón humana.
      Ahora bien, la razón no es autosuficiente, ni absoluta: no es auto-fundante. Si la razón humana fuera absoluta y se fundara en sí misma, no existirían misterios sino situaciones provisionales de ignorancia parcial. El proceso de la ciencia tendería a disipar toda incertidumbre y a desvanecer la fe. No haría falta creer en nada, bastaría con mirar y saber. La inexistencia del misterio –por autosuficiencia de la razón– es un mito de los siglos pasados, vinculado con la mitificación del progreso tecnológico, etc.
      En realidad la razón es limitada, y lo sabe. De hecho, creemos en los otros; hasta el racionalista cree en Descartes, y cree en el principio de no contradicción, etc.
      Sistemas idealistas
      El postulado de Descartes se podría formular así: «Lo que no puedo comprender, no puede ser».
      Si se pone ese postulado racionalista, se declara la realidad coextensiva con la razón. Esta posición se conoce con el nombre de «idealismo» en filosofía. Según ella, las ideas son las cosas y las cosas son ideas, supuesto que el "contenido de la razón" son ideas. ¿Hasta dónde se puede llegar con el idealismo filosófico? La respuesta a esta pregunta depende de lo que uno entienda que es la propia razón:
      1. Si interpretamos que la razón es individual, como el propio cuerpo, entonces la tesis idealista –no existe otra realidad que la ideal–, significa: no existe otra realidad que la que nosotros vemos y de la manera como la vemos. Idealismo psicológico (G. Berkeley)
      2. Si interpretamos que la razón es una "función lógica", que interviene en todos, pero no es nadie personalmente, no existirá más realidad "conocida" que aquella que la Razón configura; ahora bien, es posible que exista una realidad "incognoscible", más allá de la actividad racional. Idealismo lógico o "transcendental" (I. Kant).
      3. El idealismo absoluto resulta ser, entonces, el punto inevitable de llegada: «Lo real es racional, lo racional es real», escribe Hegel, el principal filosofo idealista de los tiempos modernos.
      Para el idealismo absoluto, no existe nada fuera de la razón. Por tanto, no existe nada incognoscible ni irracional. Ahora bien, la razón es solo una, la divina. La realidad del mundo y la del hombre se ven absorbidas por la realidad única de Dios. El idealismo absoluto propende al panteísmo.
      El idealismo absoluto es la filosofía de Alemania, en el siglo del Romanticismo, el XIX, prolonga el idealismo lógico de Kant en el sentido de eliminar la idea de una "cosa" extramental (origen de las sensaciones, pero incomprensible), lo cual sólo seria un límite para la razón: lo que la razón no comprende, ni ha puesto, ni puede suprimir.
      Los pensadores del idealismo absoluto, o romántico, son: Fichte, Schelling y Hegel.
      Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), afirma que la razón es el Principio y es acción. «En el principio era la acción...», escribe, parafraseando el Evangelio de san Juan. La acción es plena libertad; esta libertad "pone" un yo. El yo (sujeto) pone un no-yo (objeto), para superar su propio límite. El yo va creciendo, hasta el Yo absoluto, superando la resistencia de la naturaleza material (no-yo). Esta marcha de la razón, denominada dialéctica, es el proceso de aparición de Dios en la historia.
      Friedrich W. J. Schelling (1775-1854), cree, como Fichte, que se debe afirmar que la razón empieza desde ella misma (que no depende de ninguna "cosa" extramental), que es absoluta; pero este inicio absoluto no es subjetivo (el yo) ni objetivo (la naturaleza), sino un Todo indiferenciado, que se manifiesta, primero como a Naturaleza y, luego, como Espíritu que se esfuerza por retornar a la plena consciencia se Sí mismo. El proceso, como en Fichte, es dialéctico y coincide con la idea de libertad y progreso. Schelling es panteísta, pero su panteísmo es evolucionista. La idea que Darwin popularizaría años después, se encuentra ya en este filosofo alemán.
      Georg W. F. Hegel (1770-1831), representa la cima del idealismo y el racionalismo modernos. El «Sistema» de todas las ideas verdaderas es, según él, idéntico al orden natural del mundo y de la historia. El orden y la conexión entre las ideas es, también en él, como en Fichte y Schelling, la lógica o razonamiento dialéctico. La dialéctica es libertad, y progresa a más; al final, el resultado es Dios y su eterna contemplación.
      El sistema de Hegel consta de tres "momentos" dialécticos: la Idea en Sí (Lógica), la Idea fuera de Sí (Naturaleza) y la Idea que retorna al Sí (Espíritu). La historia humana no es sino la realización progresiva del Espíritu. Este proceso es evolutivo, y la evolución lleva necesariamente a una creciente manifestación del espíritu como libertad. Desde los animales prehistóricos, pasando por el hombre de las cavernas, hasta la cultura cristiana moderna, toda la historia se encamina a la plena consciencia de la Razón (Espíritu). Según Hegel, la humanidad es la "revelación" del Espíritu, y su etapa final está en Europa y el pueblo alemán, en la cultura moderna.
      Nihilismo y materialismo
      Si el «Sistema» de Hegel era verdad, con el se había acabado la historia. Pero si no era verdad, entonces la filosofía moderna había llegado a un callejón sin salida.
      Eliminada la fe en la palabra del otro (y en la de Dios), en beneficio de la razón emancipada, y eliminada la realidad extramental, sólo quedaba que la razón fuera toda la realidad, la producción misma (interna, evolutiva) de la realidad. Pero ahora la razón se veía confundida, derrotada. ¿Qué era la realidad?
      La realidad es irracional. Es el deseo (insatisfecho hasta el infinito) o la materia.
      El irracionalismo del deseo es la tesis de A. Schopenhauer i de F. Nietzsche.
      El irracionalismo materialista es el de K. Marx.
      Marx sigue siendo un discípulo de Hegel. Para él también, el mundo es evolución y actividad dialéctica. Pero la acción no es racional, ni espíritu; la acción (praxis) es sensorial. El sistema de Marx es el materialismo dialéctico, en atención a la cuestión sobre la Naturaleza, o materialismo histórico, si atendemos a la humanidad. La historia es progreso dialéctico, basado en la negación, o lucha de clases.
      Positivismo y pragmatismo
      La crisis del «Sistema» de Hegel ha sido la gran crisis moderna. Con ella, el pensamiento occidental perdió la fe en la razón. Pero, como ya antes había perdido la fe en la palabra y la persona, quedó a merced de un último criterio de verdad: hechos y resultados, en la palabra, la eficacia.
      Detengámonos en estos conceptos, ya que impregnan la mentalidad más corriente hoy. La diferencia entre positivismo, pragmatismo y utilitarismo es, a veces, inapreciable.
      Para Auguste Comte (1798-1857), lo "positivo" de la "filosofía positiva" significa hechos, sensibles y comprobables, prácticos. Todo el que no sea sensible o comprobable sensorialmente será, no ya falso, sino irrelevante, insignificante como los mitos primitivos.
      El nombre utilitarismo (inglés: Utilitarianism) proviene del esfuerzo de adaptar la ética del éxito de Comte, que tenia un matiz político autoritario y colectivista, a la mentalidad democrática británica. Este esfuerzo fue la obra de Jeremy Bentham y John Stuart Mill.
      Karl Marx (1818-1883) también se ha expresado de forma similar:
      "La cuestión de saber si el pensamiento humano puede desembocar en una verdad objetiva no es ninguna cuestión teórica sino una cuestión práctica. Es en la practica donde el hombre tiene que probar la verdad, es decir, la realidad, el poder de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica". (K. Marx, Tesis sobre Feuerbach, II).
      Para Marx no interesa el saber por el saber, sino saber para actuar, para transformar: "Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes maneras; pero lo que importa es transformarlo" (K. Marx, Tesis sobre Feuerbach, XI).
      La filosofía norteamericana del siglo XX es también pragmatista. El nombre inglés (Pragmatism), deriva del griego pragma, o praxis, que significa: acción, hechos, asunto, negocio, cosa importante, etc.
      Charles S. Peirce (1839-1914) fundó la corriente pragmatista con su articulo: "Como hacer claras nuestras ideas" (1878). Peirce es un lógico, su teoría es semántica: el significado de las palabras depende de una actividad práctica:
      "Quien buscara en un texto de Química la definición de "litio" se encontraría con que se trataba de un elemento cuyo peso atómico es próximo a 7. Pero si el autor tiene una mente más lógica, se dirá que si buscáis entre los minerales vítreos, translúcidos, grises o blancos, durísimos, brillantes e insolubles uno que dé una coloración carmesí a una llama no luminosa, este mineral, triturado con cal de whiterita y luego fundido, puede ser disuelto en parte con ácido clorhídrico; y si esta solución uno la evapora, la podría convertir luego en un cloruro que, obtenido en estado sólido, después de fundido y electrolizado con media docena de potentes baterías, produciría un glóbulo de metal argénteo que desprendería cloro. La peculiaridad de esta definición reside en el hecho de decir qué cosa denota la palabra litio, prescribiendo lo que hay que hacer para obtener un conocimiento perceptivo del objeto de esta palabra".
      William James (1842-1910) fue el divulgador del pragmatismo, "un nuevo nombre para algunas formas antiguas de pensar" (Pragmatism: a new name for some old ways of thinking, New York, 1907), que se pueden resumir así: "Discutir si una afirmación es o no verdadera, solamente tiene sentido si podemos dirimir la cuestión mediante algún procedimiento, y todo procedimiento consiste siempre en una o diversas acciones".
      James se interesa por las realidades psíquicas y espirituales. ¿Qué significa «es verdad que existe Dios»? Significa que creer en él es beneficioso para el pensamiento y la vida afectiva: "Hace falta que Dios exista para justificar la paz del corazón y la confianza del alma religiosa" (The Will to Believe, New York, 1897).
      John Dewey (1859-1952) reunió todas estas ideas lógico-psicológicas en una teoría de la educación. Denominó su teoría instrumentalismo; según Dewey hay que buscar fines objetivamente buenos, para la convivencia democrática; ahora, la bondad de los fines se tiene de probar con la práctica. Conocer es hacer; saber es un instrumento para modificar las cosas; la inteligencia es el instrumento para resolver problemas.

      "Una mente toda lógica es como un cuchillo sin mango:
      hiere a quien lo empuña" (Rabindranath Tagore).
      I. Que es la lógica
      Definición
      Se define la lógica como el arte directiva de la razón, por la que ésta procede ordenadamente, con facilidad y sin error. Es, pues, un saber práctico (arte), y sirve como instrumento para las demás ciencias. Hay una lógica natural, espontánea, de la razón humana y una lógica científica.
      Lógica natural
      La lógica perfecciona el discurso humano. Mas hay diferentes tipos de discurso. No siempre razonamos sobre asuntos ciertos y necesarios, a veces discutimos sobre cosas probables, o verosímiles. Pero algunos filósofos quisieron hacer de la lógica un instrumento de certeza universal, un método único. ¿Existe una sola lógica o muchas?
      Ante todo, la lógica considera el orden del razonar humano, luego es una. Entre ser racional y no serlo no hay término medio. Por eso, no existe una mentalidad prelógica, como pretendió Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939), confundiendo la actividad fantástica y el raciocinio. La actividad racional –natural para el hombre– posee leyes y reglas que no es posible incumplir; la mente sigue esas normas, sin conciencia de ellas.
      El sociologismo es una forma de reducir lo superior a lo inferior. Según Lévy-Bruhl, la mentalidad primitiva, sobrenatural y prelógica, no usa conceptos ni relaciones lógicas sino representaciones colectivas y sentimentales, por las que el individuo se identifica con el grupo (tótem). Sus estudios se basaron en informes llegados a Europa sobre magia y prácticas supersticiosas en sociedades primitivas. Ahora, la superstición es una anomalía, pero no sólo en sociedades primitivas sino también en las avanzadas. En cuanto al mito, no es indicio de irracionalidad. Se ha dicho que fue la "ciencia" del hombre antiguo, ya que refería la realidad a causas, valiéndose de narraciones y conceptos abstractos; al cabo, exponía un "por qué" de las cosas y en eso obedecía a la lógica espontánea.
      La lógica científica
      La lógica científica presupone la natural. La razón reflexiona sobre sus actos, observa la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, investiga las leyes del discurso y las formula. Si la lógica natural es espontánea; la reflexiva es arte, esto es, ciencia práctica. Como ciencia, estudia leyes que guían al razonamiento. Es una ciencia práctica y normativa: no le interesa cómo piensa uno de hecho, sino cómo debe pensar, de derecho, para llegar a la verdad. En suma, la lógica descubre normas y leyes que obligan a la razón, porque ésta se ordena al conocimiento de la verdad. Las normas éticas señalan el bien, las lógicas dirigen el discurso a la verdad.
      Como toda ciencia, la lógica tiene un objeto material: los actos de la razón. Su objeto formal es la corrección de esos actos. En el conocimiento de la verdad hay dos aspectos complementarios e inseparables: el tema y el método. Llamaremos tema a lo que se conoce, y método al acto con el que conocemos. Lo que llegamos a conocer como tema se corresponde con el método. Ahora, los actos de conocer son de diversa perfección y nivel; por eso, la lógica sólo comprende una parte del método, a saber, el propio de la razón discursiva. La lógica misma es controlada por actos de pensar más altos (no discursivos), como los principios y los hábitos intelectuales. (De ahí que se subordine a la metafísica y a la teoría del conocimiento).
      La lógica abarca los métodos de razonar, esto es, de enlazar juicios para llegar a conclusiones, y los juicios constan de conceptos. Por eso, se suele comenzar observando que las propiedades y reglas lógicas afectan a esos tres: el concepto, el juicio y el raciocinio. Esto proporciona el criterio para estudiar ordenadamente la lógica formal.
      Panlogismo
      La primera sistematización de la lógica la debemos a Aristóteles. La tradición agrupó sus libros bajo el nombre de Organon, esto es, instrumento del saber. En los tiempos modernos se sintió la necesidad de nuevos métodos, para las nuevas ciencias. La cuestión que se plantea, entonces, es esta: "¿existe una sola lógica o muchas?" La tentación del método único es fuerte: si la razón es una –se dice–, el método correcto de pensar será también sólo uno. Ello sería verdad si la razón discursiva fuera el acto de conocer (método) más intenso; si no lo es, no puede ser verdad. Pero el discurso es a la inteligencia, como el arroyo a la fuente: allí donde el arroyo discurre, el acto de la fuente está presente. Hay más luz en la inteligencia que en el discurso.
      «Santo Tomás de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina admirable. Según el santo doctor, el discurrir es señal de poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles entienden, mas no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia, menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que las más limitadas tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número se va reduciendo a medida que las inteligencias criadas se van acercando al Criador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento del hombre.
      «En efecto; los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia de las ideas, sino en que están en posesión de algunas capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando y recorre mucho terreno y no sale de la angostura y sinuosidad de los valles; el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente de los ríos, (...).
      «En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo. Si al común de los hombres no les es posible situarse de golpe en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de trabajo, no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo y alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa, toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales a los que se refiere los demás. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano; de otra suerte, no se ven más que detalles y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y, por lo mismo, es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, (...)». (Jaime Balmes, El Criterio, cap. XVI, § 7)
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      II. Lógica del concepto
      El concepto y el término
      Concepto es el acto con el que la mente aprende una cosa, sin afirmar ni negar nada, Así: "guerra", "algo". No dice: "la guerra es cruel" o "aquí hay algo".
      El concepto se llama: simplemente aprensión, porque capta sin juzgar; concepto, porque la mente lo forma dentro de sí; se llama idea (del gr. eideo-în, ver), porque es aquello que el intelecto ha visto; y noción, porque es el acto del noûs, o mente. Más profunda es la expresión "palabra interior" (verbum cordis, verbum mentis), denotando que el concepto es formado por la mente, en su interior, y exteriorizado en la palabra oral o escrita.
      Término es la expresión lingüística de un concepto La lógica estudia el concepto en los términos.
      La significación
      Es la razón de ser del lenguaje. Pensar y hablar es referirse a cosas. La ley básica de la teoría del signo (semiótica) es que las palabras son signos artificiales de los conceptos, y los conceptos son signos naturales de las cosas.
      El signo es un "medio", en el mismo sentido que el aire es el medio de la audición, o la luz el de la visión. El hecho de que el pensamiento se valga de signos evidencia que no es inmediato, sino mediato. A la inversa, los conocimientos o verdades inmediatas son inefables, ninguna palabra ni discurso los puede agotar.
      " Las palabras significan conceptos,
      los conceptos son signos de las cosas"
      Las palabras "aprehensión", "idea", "concepto" y "noción" son comunes en la terminología clásica. Algunas veces, concepto y noción se toman en sentido estricto, como idea universal que se expresa en la definición. También algunas veces se llama intención (del lat. tendere-in, tender o apuntar hacia) porque el concepto es el acto por el que la mente tiende o se refiere al objeto real.
      Se distingue primera y segunda intención. El entendimiento capta qué es "flor" (primera intención); conocido el objeto, la mente considera en él su universalidad, por ejemplo, (segunda intención). La segunda intención es un concepto del concepto, un concepto reflejo. Evidentemente, la lógica científica estudia "segundas intenciones", forma conceptos de los conceptos.
      Toda idea significa alguna cosa, sea existente (los Pirineos), meramente posibles (montaña de oro), una negación o privación (ceguera) o un imposible (círculo cuadrado). El objeto es distinto del acto. Para distinguirlos, se llama concepto objetivo al signo mental u objeto; y concepto formal (o subjetivo) al acto que lo forma y entiende.
      Comprehensión y extensión de un concepto
      Toda idea incluye notas. La suma de notas de que consta, es su comprehensión. El conjunto de individuos a que conviene la idea es su extensión. Así, por ejemplo, las notas constitutivas del concepto "reloj" son: "artefacto", "medida" y "tiempo", si definimos el reloj como: artefacto para medir el tiempo. La extensión, en cambio, es el conjunto de cosas que cumplen la definición. La de "reloj" incluye relojes de sol, de arena, mecánicos, electrónicos, de pulsera, de pared, de campanario, etc. A su vez, cada uno de estos conjuntos incluye un número de individuos indeterminado.
      Regla general: la extensión está en proporción inversa a la comprehensión, a más comprehensión, menos extensión. Así, la idea pierde extensión cuando más notas la integran: reloj de pulsera y de tal marca, etc. A la inversa, si pierde notas y la comprehensión se empobrece, la cantidad de singulares a los que conviene se hace cada vez mayor; por ejemplo, hay más artefactos para medir, que relojes.
      Nota de una idea es todo lo que se puede decir con verdad del objeto. Ahora bien, no todas las notas que pertenecen realmente a la cosa son conocidas; esto explica que nuestro saber siempre pueda incrementarse o progresar. Por eso, tanto si un ente es natural como si es artificial, su definición "real" incluye un número de notas que escapa a nuestro saber. Es otra manera de recordar que nuestro saber, aun siendo real, es limitado. En referencia a la comprehensión plena, o a la definición perfecta, se dice que no comprendemos nada, aunque sepamos muchas verdades. La esencia de las cosas nos es desconocida, escribe Santo Tomás de Aquino, que no era escéptico.
      Equivocidad, univocidad y analogía de los términos
      Las ideas son unívocas o análogas; pero las palabras pueden ser también equívocas. Por tanto, el termino puede ser:
      Unívoco, es el que se dice siempre con el mismo sentido: hombre, caballo.
      Equívoco, se dice igual de cosas distintas como: León, nombre propio, y león, nombre común.
      Análogo, se aplica a cosas distintas, iguales en algo; el sentido es en parte igual y en parte distinto, como cuando se dice un hombre sano y un alimento sano.
      Las ideas trascendentales
      Trascendentales son nociones universalísimas cuya extensión es máxima porque abarcan todo lo que existe, dejando fuera sólo la nada. Se llaman también análogas, porque no se dicen igual de todas las cosas. Por ejemplo ser, se atribuye a todo, pero no es igual el árbol, que el caballo o el hombre; ni es igual lo material que lo espiritual, lo finito y lo infinito.
      Son transcendentales el ser (ente), la verdad, la bondad y la belleza; son atributos que se dicen de toda cosa, según una escala o gradación de perfecciones.
      Los transcendentales expresan atributos del ente, en cuanto ente, esto es, que se pueden atribuir (con verdad) a cualquier cosa por el hecho de ser, como la unidad, la verdad, la bondad, etc.
      Se llaman "transcendentales" (del lat. trans-scando, ir más allá subiendo), porque superan en extensión a todos los universales (géneros y especies), pero no se deben pensar como separados, externos a los géneros y especies. Al contrario: todas las ideas son interiores a los transcendentales; éstos no sólo tienen la mayor extensión, sino también la mayor comprehensión, y comprenden a todas las realidades determinadas. Así, por ejemplo, la piedra, el árbol, la estrella, el número abstracto, la virtud, etc., son conceptos que significan algo real, por tanto el concepto de ente –el primum cognitum– está incluido dentro de cada uno de ellos, aunque ninguno agote la riqueza de "ser".
      El realismo afirma la primacía del ser tanto en la realidad (primum ontologicum) como en el conocimiento (primum cognitum).

      Los universales
      El concepto es universal. El universal es algo uno que se dice de muchos; de muchos singulares, con un mismo significado. No admite grados. Por ejemplo, el concepto de "hombre" se dice de todos en el mismo sentido: no es posible ser más o menos humano, se es o no, en absoluto. No hay término medio, ni gradación.
      La lógica formal trabaja con términos unívocos, eso limita su aplicación a las ciencias y las matemáticas. El saber metafísico, en cambio, no tiene por método la lógica formal, sino la dialéctica (Platón, Hegel) o la analogía (Aristóteles, Tomás de Aquino).
      La lógica formal es un método para saber, no el único; el intento de reducir los saberes a un solo método (la lógica formal, la matemática, etc.) reduce el alcance del pensamiento y constituye el reduccionismo cientifista.
      El problema de los universales
      Los conceptos son universales, las cosas son singulares; lo universal es único e ideal, lo singular múltiple y sensible. Ahora, el hecho de que conceptos universales signifiquen seres singulares forma parte del misterio del conocimiento. ¿Qué son esos "universales"? ¿Dónde se encuentran, qué realidad tienen? En la historia se han propuesto tres grandes modelos de respuesta para esas preguntas:
      Realismo exagerado, o hiperrealismo. Según Platón, la idea es idéntica, invariable, eterna e inmaterial. Las cosas sensibles lo contrario: materiales, temporales, cambiantes y caducas. De donde Platón concluye que el ser ideal es más real que el ser singular.
      Nominalismo. Solo existen entes singulares. Los términos e ideas universales son "ficciones", artificios lingüísticos para sustituir en el pensamiento una multitud de singulares por un nombre (lat. nomen). El intelecto no conoce cosas, sino nombres: no la rosa, sino el nombre de la rosa: Stat pristina rosa solo nomine; nomina nuda tenemus (G. de Ockham).
      Realismo moderado. Es la posición de Aristóteles. La idea existe en la cosa, como forma de una materia; el pensamiento (noûs) la abstrae o separa formándola dentro de sí como concepto. Tomás de Aquino completa esta teoría distinguiendo: universal in re, post rem y ante rem.
      Según Platón, las ideas constituyen un mundo separado y perfecto, a cuya imitación se hace este mundo sensible; el "mundo de las ideas" es una región eterna y divina. Según Aristóteles, en cambio, las ideas sólo son ideales en la mente, en la materia son formas, esto es, principios reales de las cosas; éstas constan de materia y forma (hylemorfismo), por la materia son singulares y por la forma tienen un ser u otro y son inteligibles. Finalmente, Tomás de Aquino reúne la concepción de Platón y la de Aristóteles mediante la noción de creación. La idea es distinta según esté en la mente del Creador (ante rem), en la criatura (in re), o en la mente humana (post rem).
      Las categorías o predicamentos
      Aristóteles redujo todas las ideas universales a diez tipos, denominados categorías (gr. kategoreo, enunciar, afirmar), o predicamentos (lat. praedico). Elaboró así una lista de los predicados que cabe atribuir a un sujeto:
      1. Sustancia.
      2. Cantidad.
      3. Cualidad.
      4. Relación. 5. Acción.
      6. Pasión.
      7. Dónde. 8. Cuándo.
      9. Situación.
      10. Hábito.
      La lista aristotélica de las categorías recoge no sólo formas lógicas, es decir, formas humanas de pensar y de hablar, sino también las formas reales de ser; son los diez "géneros supremos", esto es, las diez maneras en que se dice el ser en el orden del ente finito.
      La complejidad de esa lista se reduce a una distinción básica: substancia y accidente. El ente será "en sí" (sub-stantia, sujeto), o "en otro" (accidens, atributo).
      El ser fundamental es la sustancia, porque la realidad del accidente consiste en "ser en" la sustancia; de ahí que el accidente, más que un ser, es el ser de un ser (ens entis).
      Categorías y predicables
      Los conceptos pueden hacer referencia:
      1. a nuestra manera de entender y hablar (significación lógica). Predicables.
      2. a la manera de ser de las cosas (significación ontológica). Categorías.
      En el primer sentido, se llaman predicables; en el segundo, categorías, (o "predicamentos").
      Los predicables
      Los universales, considerados sólo en su dimensión lógica, se llaman predicables: algo uno que se dice de muchos, pero este "decirse" es diferente según que el concepto exprese la esencia o no, o según la exprese de manera completa o incompleta. La clasificación de los predicables se encuentra en la Introducción al libro Categorías, de Aristóteles, que escribió el filósofo neoplatónico Porfirio (233-305). Mediante la articulación de los predicables, se logra un "árbol" que va de lo más indeterminado (genérico) a lo más determinado y concreto (singular), se copia así la estructura de la realidad, en el "espacio lógico".
      He aquí el llamado árbol de Porfirio:
      Género Supremo: Sustancia
      Dif. Genérica: material / inmaterial
      Gen. Subalterno: Sustancia Corpórea
      Dif. Genérica: animada / inanimada
      Gen. Subalterno: Viviente
      Dif. Genérica: sensitivo / insensible
      Gen. Próximo: Animal
      Dif. Específica: racional / irracional
      Especie: Hombre / Pedro, Juan, Pablo...etc.
      Son cinco los predicables, según Porfirio, a saber: la especie, el género, la diferencia, el propio y el accidente.
      1. Especie es el concepto que se predica de los singulares expresando la esencia completa. Si decimos de Sócrates que es "hombre", expresamos la esencia completa de Sócrates. "Esencia" significa aquello por lo que una realidad es lo que es y, en sentido lógico, lo que responde a la pregunta: "¿qué es"? (quid est?), de ahí el nombre latino quidditas. La especie expresa la quidditas o esencia, y sus inferiores son individuos singulares, diferentes solo numéricamente.
      2. Género es el concepto que se predica de muchos singulares, expresando parte de su esencia, a saber, la parte común a otras especies y, por eso, indeterminada. Si decimos que Sócrates es "animal" expresamos una parte de su esencia, común con muchas especies.
      3. Diferencia es el concepto que expresa la parte determinante, esto es, la que no es común a otras especies, sino diferencial; así, por ejemplo, el hombre es "racional".
      4. Propio o propiedad, no expresa la esencia, pero sí algo que emana de ella o la acompaña siempre. Si decimos de Sócrates que "ríe" o "habla", le atribuimos propiedades exclusivas de la especie humana. Las propiedades son los conceptos que suelen usar las ciencias para definir; por ejemplo, distinguimos los cuerpos por la forma cristalina, peso, dureza, afinidades químicas, conductivas, etc.
      5. Accidente se predica como algo contingente, externo a la esencia. Si decimos de Sócrates que "está sentado" o "es blanco", le atribuimos algo cuya presencia o ausencia no hará que Sócrates sea humano, ni deje de serlo.
      Si miramos ahora el árbol de Porfirio, vemos mejor cómo hay que leerlo:
      Las ideas universales unívocas se ordenan según géneros y especies.
      La idea que contiene a otras ideas se llama género, respecto de aquellas.
      La idea que contiene solo individuos se llama especie.
      La diferencia específica aporta la distinción entre especies diversas.
      Hay un orden jerárquico entre las ideas universales.
      El género supremo de los universales es la sustancia material o compuesta.
      La escala jerárquica de los universales expresa la jerarquía de los existentes.
      Sustancia.
      Sustancia inorgánica.
      Sustancia vegetal.
      Sustancia animal.
      Sustancia inteligente.
      Oposición de ideas
      Son opuestos los predicados que no pueden estar en el mismo sujeto bajo el mismo punto de vista, como: cuerpo y espíritu, frío y caliente, etc. La oposición de ideas sigue ciertas leyes, de manera que, conocida una, se conoce la otra. Según Aristóteles hay cuatro especies de oposición:
      Contradictorias. Las ideas son opuestas como el ser y su simple negación: ser-nada; blanco-no-blanco. No hay un punto medio.
      Contrarias. Pertenecen al mismo género pero distan hasta el máximo: blanco-negro; bello-feo. Pueden tener un punto medio: entre avaricia y prodigalidad, moderada liberalidad.
      Privaciones. Se oponen como una perfección y su ausencia, la ceguera es privación de la vista.
      Relativas. Ideas opuestas de modo que una no puede ser sin la otra como padre e hijo, hombre y mujer, etc.
      La definición
      Definir es determinar la comprehensión de un concepto (la extensión depende de la comprensión). La definición es un término complejo que expresa qué es la cosa. A menudo debemos contentarnos con definir el nombre; definir el ser es muy difícil, conocemos el ser real de las cosas con enormes limitaciones. De ahí los tipos de definición:
      1. Definición nominal. No define la cosa, sino la palabra. Puede ser etimológica o sinonímica; es un primer paso en la aproximación a las cosas.
      2. Definición real perfecta o "esencial": declara la cosa por los predicados que constituyen su especie, a saber: género próximo y diferencia específica. Raramente obtenemos definiciones esenciales, recorremos a definiciones imperfectas.
      3. Definición real imperfecta o "descriptiva". Declara la cosa por notas reales, pero no esenciales. Tiene diversas formas: la definición propia define la cosa por propiedades que no constituyen la esencia, pero derivan de ella: "El hombre es capaz de reír". La definición accidental define una cosa por la colección de accidentes que bastan para diferenciarla de otras. La definición genética explica una cosa por la manera propia como se hace: "circunferencia es la figura que resulta de una revolución de una línea entorno de un punto inmóvil".
      Reglas. La definición esencial no necesita reglas: se determina por el género próximo y la diferencia específica, o no hay definición. Las demás se regulan por los siguientes criterios:
      1. que la definición no contenga lo definido.
      2. que sea más clara que lo definido.
      3. que convenga a todo lo definido y sólo a ello.
      4. que no sea negativa.
      5. que sea breve.
      La división
      La definición une; la división separa notas, analiza para llegar a un concepto más claro. División es la distribución de un todo en sus partes.
      En toda división se encuentra: 1) el todo dividido; 2) las partes o miembros de la división; y 3) el fundamento o criterio que sirve para dividir.
      El todo es divisible. Hay que distinguir el todo lógico y el todo real. La división real o partición es la distribución de una cosa compuesta en sus partes; así, un árbol en: tronco, ramas, raíces.
      Si algún miembro se divide otra vez, tenemos una subdivisión, y una serie ordenada de divisiones y subdivisiones es una clasificación. Cuando una clasificación es completa se llama sistema.
      La división más rigurosa es la dicotomía, porque se basa en la contradicción, que no admite término medio.
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      III. Lógica del juicio o proposición
      El juicio y la proposición. La verdad
      El juicio es la afirmación de la conveniencia o discordancia entre dos conceptos. Es un acto del intelecto que une o separa. Los elementos constitutivos del juicio son tres: sujeto (S), predicado (P), y cópula, afirmativa o negativa, expresada por el verbo ser (es, no es). Aunque el juicio consta de elementos, el acto de juzgar es simple, indivisible.
      Como el concepto no existe sin juicio, nos podemos preguntar si en toda concepción no hay ¾ al menos sobreentendidos¾ un juicio de existencia o inexistencia. A su vez, la existencia admite diversos sentidos. Si digo "quimera" expreso algo que existe, como nombre, en la fantasía. Una cosa puede existir como realidad natural o artificial, como a idea o forma mental y, en fin, sólo de nombre.
      La expresión lingüística del juicio se llama proposición. La lógica estudia proposiciones, no juicios; el juicio es un acto interno, la proposición su expresión externa.
      La principal propiedad del juicio es la verdad (o falsedad). Un juicio es verdadero cuando une en el pensamiento lo que está unido en la realidad de las cosas, o cuando separa en el pensamiento aquel sujeto y predicado que están separados en la realidad. Por eso, definimos la verdad lógica como adecuación del intelecto y la cosa (Sto. Tomás de Aquino).
      Clasificación de los juicios y proposiciones
      La forma del juicio es la cópula, la materia el sujeto (S) y el predicado (P). Las preposiciones (S y P enlazados por la cópula) se diferencian:
      por la cualidad: afirmativas y negativas; absolutas y modales.
      por la cantidad: singulares, particulares y universales.
      por la unidad: simple (categóricas) y complejas (hipotéticas).
      Afirmativas o negativas, según que la cúpula sea "es" o "no es".
      En las afirmativas el predicado (P) se toma en parte de su extensión, y en las negativas en toda; (excepto en definiciones y proposiciones singulares).
      La cualidad determina la extensión del predicado; esto da lugar a dos leyes: en una proposición afirmativa el predicado es particular; y, en una negativa, el predicado es universal. Explicación: la proposición afirmativa introduce el S dentro de la extensión de P. "Este hombre es blanco" no significa que él solo sea todo lo blanco, sino que es un miembro del conjunto de los blancos. Al contrario, la proposición negativa excluye al S de la extensión de P, nada de S está dentro de la extensión de P, ésta se considera toda entera.
      Singulares, universales, particulares, según que el sujeto (S) sea un individuo, todos los de un género, o una parte de estos: "Cesar venció a Pompeyo"; "todos los círculos son redondos"; "algunas hipótesis son probables".
      Modales: además de afirmar o negar enuncian el modo como el predicado (P) conviene (o no) al sujeto (S). El modo afecta a la cópula. Hay cuatro modos: posible y necesario (contingente y imposible). Posible: S "puede ser" P. Contingente: la cópula declara posible "no ser". Imposible: la cópula declara que P "no puede" ser.
      Proposición categórica es aquella que atribuye simplemente un predicado a un sujeto; es simple. La proposición hipotética enlaza preposiciones categóricas (por tanto, es compuesta). Las proposiciones hipotéticas pueden ser: condicionales, copulativas o disyuntivas:
      · Condicional, afirma bajo condición: "Si llueve, el suelo se moja". Consta de dos partes, un antecedente que pone la condición y un consecuente o condicionado. La proposición condicional afirma o niega el nexo entre condición y condicionado. Solamente son válidas dos conclusiones: Si la condición A es verdad, lo es también el condicionado B. Si B no lo es, tampoco A. Pero no se puede concluir que si A no es, tampoco B, excepto en la condición sine qua non.
      · Disyuntiva une enunciados con la particular "o", y no pueden ser a la vez verdaderas ni falsas. De hecho afirman dos cosas: que los miembros no pueden ser verdad a la vez y que al menos uno es verdad: "suyo o no suyo". Los miembros han de ser opuestos y la división entre los miembros debe ser completa: "o es rico o es infeliz" es falsa, porque no hay oposición ni disyunción completa ("o el pobre es feliz").
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      IV. Lógica del raciocinio o silogismo
      El raciocinio
      El raciocinio es la operación mediante la que el intelecto, de dos o más juicios conocidos como verdaderos, conoce la verdad de otro juicio. El raciocinio o discurso es un movimiento: va de lo desconocido a lo conocido, o de lo implícito a lo explícito. Aristóteles usa el nombre "silogismo" en un sentido tan amplio que abarca toda clase de razonamientos. Lo define así: "silogismo es un discurso (logos) en que, por el hecho de poner unos datos, resulta necesariamente uno distinto de los puestos anteriormente, por el hecho de haber sido puestos" (Primeros Analíticos I, 1, 24b).
      Las proposiciones de que se parte se llaman antecedente o premisas. La proposición que deriva de ellas es el consecuente o la conclusión. Esta es la materia del razonamiento o silogismo.
      El silogismo no consiste en el hecho de establecer –o "poner"– las premisas y la conclusión; sino en vincularlas. La forma del razonamiento es el vínculo, la dependencia necesaria del consecuente respecto al antecedente. Este vínculo se denomina consecuencia.
      No se debe confundir el consecuente, que es materia del razonamiento, con la consecuencia, que es la forma, el mismo razonamiento. Sólo si hay consecuencia hay silogismo.
      La lógica formal tiene por objetivo la consecuencia (o "inferencia", lat. illatio), su finalidad es formular reglas que garanticen la exactitud de la consecuencia, incluso prescindiendo de la verdad o falsedad del antecedente i del consecuente. La consecuencia puede ser correcta (= "verdad formal"), aunque no sea verdad el consecuente. La lógica material se ocupa de la verdad de las proposiciones, la formal sólo considera la corrección de las consecuencias o indiferencias.
      Leyes de la argumentación
      Si la consecuencia no es correcta, no hay razonamiento, sino una serie de proposiciones. El consecuente puede ser verdadero, aunque la consecuencia sea incorrecta, en sentido "material"; de hecho, no es consecuente si no deriva necesariamente del antecedente. Si una proposición es verdadera, pero no deriva ni depende de las premisas, es verdad por su materia (ratione materiae), pero no en virtud de la forma (vi formae), porque no hay forma.
      Las leyes que regulan la argumentación suponen que hay consecuencia correcta. Son estas:
      Si el antecedente es verdadero, el consecuente es verdadero.
      Si el consecuente es falso, el antecedente es falso.
      Si el antecedente es falso, el consecuente puede ser falso o verdadero.
      Si el consecuente es verdadero, el antecedente puede ser verdadero o falso.
      Las cuatro leyes se reducen a la 1ª y a la 3ª, su fórmula tradicional dice: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. De una verdad solo se sigue verdad; de lo falso se sigue cualquier cosa.
      Estas leyes tienen rango de principios de la lógica. Son evidentes, no susceptibles de demostración. Lo más que cabe hacer es comentarlas, para subrayar su evidencia. ¿Por qué de lo verdadero sólo se sigue lo verdadero? Podríamos decir también que el consecuente estaba contenido en el antecedente. La consecuencia explicita lo que estaba implícito. Aristóteles presenta la regla como aplicación del principio de no-contradicción. Si, por hipótesis, el antecedente es verdad, el consecuente es verdad y la consecuencia es correcta (A ® B). Si B es falso, entonces A es y no es (verdad).
      ¿Pero por qué de lo falso puede seguirse lo verdadero? En virtud de esa ley, cabría esperar que de lo falso sólo se siguiera falsedad. Es imposible que lo falso genere lo verdadero. De todos modos, un antecedente falso puede comportar un consecuente verdadero, de hecho, aunque no por la razón dada. El ejemplo que pone Aristóteles es un silogismo; el antecedente consta de dos proposiciones falsas; la consecuencia es correcta, porque el silogismo está bien construido. La conclusión resulta verdadera: "Toda piedra es animal. Ahora bien, todo hombre es piedra. Por lo tanto, todo hombre es animal".
      La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Pero su verdad no proviene de ellas. Por el hecho de derivar las premisas, un consecuente verdadero resulta por accidente de un antecedente falso. La posibilidad de tales "accidentes" sólo es un escándalo lógico si se olvida que la lógica formal no es autosuficiente.
      Las argumentaciones: inducción y deducción
      Las dos formas principales de la argumentación son la deducción y la deducción. Aristóteles distingue silogismo e inducción como dos caminos (métodos) diferentes en la búsqueda de la verdad: "todo aquello que nosotros aprendemos procede o bien del silogismo, o de la inducción" (Prim. Anal., II, 23). "Sólo aprendemos por inducción o por demostración". Silogismo es sinónimo de deducción; se divide en silogismo categórico y silogismo hipotético, según que la premisa mayor sea una proposición categórica o hipotética.
      Para definir estos dos movimientos de la razón discursiva no basta con decir que van en sentido inverso. Tampoco es exacto que la deducción descienda de lo general a lo particular, mientras la inducción ascendería de lo particular a lo universal. La inducción no es tanto el tránsito de lo particular (o especial) a lo general, cuanto el paso de lo sensible a lo inteligible (universal); el rango de este universal, en el árbol de Porfirio, es indiferente. A su vez, la deducción suele ir de lo general a lo especial, pero no es su oficio. De 14 modos de silogismo válidos sólo 4 tienen una conclusión tan universal como las premisas.
      La inducción pasa de lo sensible a lo inteligible (aunque después pueda transitar también de lo menos a lo más universal); la deducción se mueve esencialmente en el nivel de lo inteligible (aunque descienda a lo singular). La lógica presupone dos hechos psicológicos: 1) los sentidos perciben objetos singulares, 2) el intelecto piensa mediante conceptos universales.
      La diferencia esencial entre inducción y deducción es que la primera parte de los singulares, mientras que la deducción procede a partir de universales. El consecuente, en cambio, es en ambos casos un universal.
      La inducción plantea el problema de saber si debe fundarse en una enumeración completa de los datos, o si basta con una enumeración incompleta. En todo caso, no son dos tipos de inducción.
      La teoría del silogismo
      Considerada uno de los principales méritos de Aristóteles, que inventó las leyes del silogismo y las formuló con perfección. Esta aportación ha marcado el camino para la mentalidad occidental, siempre deseosa de rigor lógico (tanto como de profundidad o claridad).
      Valoraciones
      El sistema del silogismo es admirado por su exactitud. Los medievales lo integraron en el sistema educativo, como instrumento para formar en el rigor argumentativo.
      En el Renacimiento empieza a ser cuestionada su validez. Las teorías experimentales insisten en la prioridad de la intuición (observación, inducción), sin ella no obtenemos noticias. A su lado, la argumentación deductiva parece estéril. Es el pensamiento de Francis Bacon (1561-1626), que se propuso redactar un Novum Organum, una lógica inductiva.
      También R. Descartes (1596-1650) negó el valor del silogismo: "Me di cuenta que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos y la mayor parte de las demás instrucciones servían más para explicar a otro las cosas que ya se saben, o incluso, como en el caso del arte de Lulio, para hablar sin sentido de las que se ignoran, que para aprenderlas" (Discurso del método, II).
      El pensamiento racionalista valora sobre todo la verdad formal, por eso considera la teoría del silogismo sencillamente perfecta. Leibniz la contempla como la primera forma lograda de discurso infalible: "Sostengo que la invención de la forma silogística es una de las más esplendorosas del espíritu humano y más dignas de estima. Es una especie de matemática universal cuya importancia no está suficientemente conocida, e incluso podemos decir que incluye un arte de infalibilidad, a condición de saber y poderla usar. En algunas ocasiones, yo mismo he experimentado, al disputar incluso por escrito con personas de buena fe, que únicamente nos hemos entendido cuando hemos argumentado correctamente desembrollando un caos de razonamientos". (Leibniz, Nouveaux Essais, IV, 17, 4)
      Como Lulio, Leibniz anhela un Arte universal de diálogo que permita alcanzar acuerdos siempre; y formula así su deseo: que teólogos y filósofos dejen de discutir, ante las dificultades, y se digan: Sedeamus et calculemus! ("Sentémonos y calculemos"). Gottfried W. Leibniz (1646-1716) halló la conexión entre el silogismo y el cálculo mediante diagramas que representan sólo la extensión de los términos propuestos, asimilados así a magnitudes.
      I. Kant no oculta su admiración hacia el mecanismo lógico de Aristóteles, la lógica nació adulta de su cabeza, como Afrodita del pensamiento de Zeus.
      J. Balmes ha sintetizado estas valoraciones diversas: el silogismo es útil para educar en la exactitud, es estéril para aportar novedades: "Es un error imaginarse que los grandes pensamientos filosóficos son hijos del discurso; este, bien utilizado, sirve algo para enseñar; pero poco para inventar. Casi todo lo que el mundo admira de más feliz, de grande y sorprendente se debe a la inspiración, a esa luz instantánea que brilla de repente en el entendimiento del hombre, sin que él mismo sepa de dónde le viene" (El Criterio, cap. 16 § I. Cf. capítulo 15)
      El silogismo categórico
      Es una argumentación en la que, de un antecedente que compara dos términos con un tercero, se deduce necesariamente un consecuente que une o separa los dos primeros términos.
      En lugar de unir se podría decir identificar, ya que las proposiciones siguen el esquema S es P. No se trata de una identificación total (como en la definición esencial), sino parcial.
      Los dos términos comparados se llaman extremos; el que sirve de comparación medio, se llama así porque aproxima los extremos entre sí. Los términos son la materia remota del silogismo. La materia próxima son las proposiciones: premisas y conclusión. Las premisas unen los extremos a través del medio; hay, pues, dos premisas; y la conclusión une los extremos, luego nunca contiene el medio.
      Como en una proposición suele tener mayor extensión el predicado que el sujeto, se llama término mayor (T) al predicado de la conclusión y término menor (t) a su sujeto. El medio término medio (M) suele tener una extensión intermedia entre la extensión de los extremos. En cuanto a las premisas, se llama mayor a la que contiene el término mayor, y menor la que contiene el término menor. La mayor siempre antecede a la menor.
      Esquema del silogismo:
      M ⊂ T
      t ⊂ M
      _______
      t ⊂ T
      Se lee: M es T; pero t es M; luego t es T. Aristóteles lo formula con proposiciones condicionales: Si A se predica de todo B, i B de todo C, necesariamente A se predica de todo C. Igualmente, si A no se afirma de nada de B, y B es afirmado de todo C, se deduce que A no pertenece a nada de C (Primeros Analíticos, I, 4). Les escuelas medievales limitaron al artefacto silogístico a la fórmula categórica.
      Silogismo y álgebra de clases
      El silogismo categórico se puede interpretar en la línea de extensión de los términos o la de su comprensión. En extensión, significa que t se incluye en la extensión de T, porque está dentro de la extensión de M, el cual se incluye dentro de la extensión de T; es decir: t - M - T
      Pero interpretando según la comprehensión, significa que T forma parte de la comprensión de t, porque es parte de la comprensión de M, la cual a su vez forma parte de la riqueza comprehensiva de t.
      En perspectiva extensional, tenemos una concatenación de conceptos: A contiene a B, B contiene a C, etc. Esta interpretación presenta la ventaja de posibilitar la representación gráfica del razonamiento (diagramas de Euler-Venn). Aunque una lógica atenta exclusivamente a la extensión corre el riesgo de degenerar en un automatismo. Aristóteles subraya preferentemente la extensión, por eso se le ha considerado padre de la "lógica de clases".
      En perspectiva comprehensiva, leeríamos el silogismo como una casada de identidades, a la manera de las ecuaciones: A es B, B es C, etc. Es una visión más profunda, porque la comprehensión funda la extensión del concepto. El peligro de esta lectura es identificar los términos. Sólo son iguales en parte. En todo caso, no es legítimo contraponer comprehensión y extensión.
      Principios del silogismo
      Todo pensamiento coherente se regula por el principio de contradicción: "es imposible que lo mismo [predicado] pertenezca y no pertenezca a lo mismo [sujeto] simultáneamente y bajo el mismo aspecto" (Metaf., IV, 3). Es principio supremo de la lógica y en metafísica, del pensar y del ser real. Pero es negativo, no funda positivamente ningún discurso. Establece una imposibilidad: prohibe la contradicción porque anula el pensamiento. El principio que funda positivamente el razonamiento se llama principium identitatis et discrepantiae:
      "Dos cosas idénticas a una tercera son idénticas entre sí".
      "Dos cosas, una de las cuales es idéntica a una tercera y la otra difiere de esta tercera, son diferentes entre sí".
      Aristóteles formuló la teoría del silogismo desde el punto de vista extensivo; así, el principium identitatis et discrepantiae, o principio de identidad y diferencia, se convierte en el de dictum de omni et mullo, es decir: lo que se dice del todo se dice de la parte; lo que no se dice del todo, no se dice de ninguna de sus partes (quidquid dictur de omni, dictur de singulis; quidquid dicitur de nullo, negatur de singulis).
      Con estos principios, estamos ante la definición de la universalidad en extensión. El predicado que se dice universalmente de un objeto, se afirma de cada parte del sujeto; y el que se niega universalmente de un sujeto, se niega de cada una de sus partes.
      "Decir que un término está contenido en la totalidad de otro, o decir que un término es atribuido a otro término tomado universalmente, es afirmar lo mismo. Y decimos que un término es afirmado universalmente, cuando no es posible encontrar en el sujeto una parte que no esté contenida en el otro término. Para la expresión ‘no ser atribuido a ninguno’ la explicación es idéntica". (Aristóteles, Primeros Analíticos, I, 1).
      Silogismos (categóricos) incompletos y compuestos
      Entimema: es el silogismo abreviado, una premisa de la cual se sobreentiende: "Estudio, por lo tanto aprobaré". (Es famosísimo el entimema de Descartes: "pienso, luego existo". El silogismo completo es: "Todo aquel quien piensa existe; y yo pienso; por lo tanto existo").
      Epiquerema: es el silogismo en que la mayor o la menor se acompañan de explicación o prueba: "Quien sabe, aprueba (mayor); y yo sé, porque estudio (menor), por lo tanto aprobaré".
      Polisilogismo: cadena de silogismos tal que la conclusión de uno es premisa del siguiente: "Quien es prudente es temperante; quien es temperante es constante, luego el prudente es constante;// pero el constante es equilibrado, luego el prudente es equilibrado;// el equilibrado no está triste, luego el prudente no está triste;// y quien no está triste es feliz, luego el prudente es feliz" (Séneca).
      Sorites: es un polisilogismo en que se suprimen las conclusiones intermedias, hasta que el sujeto de la primera proposición se une con el predicado de la última: "Sócrates es hombre// El hombre es compuesto// Lo compuesto es divisible// Lo divisible es mortal// Sócrates es mortal". Un ejemplo de sorites con eficacia retórica: "Quien autoriza las empresas violentas ataca la justicia; quien ataca la justicia rompe el lazo que une a los ciudadanos; quien rompe el lazo que une los ciudadanos hace nacer divisiones en el Estado; quien crea divisiones en el Estado lo expone a un peligro evidente; luego, quien autoriza empresas violentas expone al Estado a un peligro evidente". (Bossuet).
      Dilema: ("silogismo cornudo"). Propone una disyunción completa y deduce la misma conclusión de los dos miembros. Ejemplo: "El cristianismo se ha propagado con milagros o sin milagros. Si con milagros, es verdadero, porque el milagro es el sello de Dios. Si sin milagros, este es el mayor de los milagros. Luego, en ambos casos, es verdadero" (S. Agustín de Hipona).
      El silogismo hipotético
      El silogismo hipotético tiene como premisa mayor una proposición hipotética (compuesta de dos o más categóricas), la menor afirma o niega uno de los miembros de la mayor. Formas del silogismo hipotético: conjuntivo, disyuntivo y condicional. El silogismo condicional es el principal, porque todos los demás se pueden reducir a él.
      Silogismo conjuntivo es aquel cuya la premisa mayor es una copulativa de este tipo: S no es P y R.
      Regla: de la afirmación de un predicado en la menor, se concluye la negación del otro (modus ponendo-tollens); pero a la inversa no (tollendo-ponens).
      Silogismo disyuntivo. La premisa mayor es hipotética disyuntiva: S es P o R.
      Regla: de la afirmación de un predicado en la menor se concluye la afirmación del otro, y al revés.
      Silogismo condicional. Su premisa mayor es hipotética condicional (Si Q es R, entonces S es P). La menor afirma o niega uno de los miembros; y la conclusión afirma (o niega) el otro.
      Reglas: las reglas del silogismo hipotético-condicional son las mismas de la argumentación en general: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. Existen, por eso, dos modos válidos: modus ponens y modus tollens.
      La argumentación científica y la demostración
      Argumentación es el discurso de la mente que infiere una verdad, mediante silogismo. Si las premisas y las consecuencias están fuera de duda, en la conclusión hay certeza. La argumentación cierta es la demostración por excelencia.
      Además de la lógica formal, Aristóteles consideró la Dialéctica y la Retórica, como lógicas de lo probable y de lo verosímil; cuando la conclusión es sólo probable, la argumentación es probable, no demostrativa; la argumentación persuasiva tampoco es demostración, sino retórica.
      La demostración extrae el conocimiento de la verdad de la conclusión del conocimiento de la verdad de las premisas. Mas no se puede proceder al infinito demostrando, luego deben existir premisas indemostrables. Estas reciben el nombre de principios. Según Aristóteles, principio es aquello por lo que una cosa es, se hace, o es conocida. Si una cosa proviene realmente de otra, el principio es real, si procede lógicamente el principio es lógico. Los principios deben gozar de evidencia y ser primitivos, es decir, indefinibles, tales son los axiomas. Las tesis que se toman como principios, mas no gozan de evidencia son: hipótesis y postulados.
      La hipótesis es una suposición, a partir de la cual se razona, susceptible de llegar a ser demostrada. Los postulados, no son susceptibles de llegar a ser demostrados, pero se adoptan por su verosimilitud, utilidad y coherencia con el resto de la argumentación.
      La demostración directa hace ver la verdad de una proposición de manera inmediata.
      La demostración indirecta por reducción al absurdo, probando que la contraria es falsa siempre (imposible).
      La demostración a priori de una cosa ontológicamente anterior demuestra algo posterior.
      La demostración a posteriori, a la inversa, procede desde lo anterior para nuestra experiencia.
      El argumento de analogía. Se usa este argumento para derivar de alguna cosa lo que ha derivado de otra parecida, o lo que hemos negado de una diferente. Se fundamenta en el principio: las cosas parecidas tienen causas parecidas, y las diferentes, causas distintas. Solamente proporciona probabilidad. Es un argumento parecido a la inducción, pero más débil. Su uso es frecuente: a) en la vida común, cuando juzgamos sobre otros según nuestros pensamientos, deseos, aficiones, etc., b) poetas y oradores proponen analogías como a argumentos, c) en las ciencias, la analogía proporciona hipótesis interesantes; en ella se basa, por ejemplo, la experimentación de fármacos en animales.
      La hipótesis. Admite una proposición probable para explicar un hecho. Sólo proporciona probabilidad, pero cuando consta que el hecho no se puede explicar de ninguna otra manera, da una verdad cierta (una tesis). Cuando la hipótesis no está suficientemente fundada se llama conjetura. Una hipótesis debe ser razonable; en ciencia natural es más probable la hipótesis más sencilla y que explica más cosas.
      Falacias. Cuando se razona mal para engañar, los discursos son falacias o sofismas. Si se hace sin intención de engañar, se llama paralogismo. Las principales son 1) Ambigüedad de las palabras, cuando se toman sin fijar su sentido. 2) Falacia de inducción y analogía, si se hacen afirmaciones universales sin suficiente análisis de los hechos, o se extiende la analogía más allá de lo debido. Un ejemplo: "los pueblos se parecen a los organismos, luego pasan por una infancia, madurez y senectud". 3) Declarar imposible lo incomprensible: por ejemplo, la creación o el misterio. 4) Ignorancia del asunto («ignorantia elenchi»), cuando se habla sin conocer el estado de la cuestión o a partir de un error. 5) Petición de principio, cuando se supone demostrado lo que se debe demostrar. 6) opinión pública, tomar por cierta alguna cosa sólo porque muchos lo dicen.
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      V. Verdad y certeza.
      (Lógica material)
      Verdad formal y verdad "material" del juicio
      La lógica es arte y ciencia. Por una parte, es connatural a la razón humana, por otra parte supone una reflexión sobre las relaciones entre los pensamientos y sus propiedades. El objeto de la lógica es la verdad; por eso es instrumento (Organon) del saber.
      La verdad es la propiedad del juicio. Tiene dos aspectos (complementarios): verdad formal y verdad material. La primera es una adecuación de la razón consigo misma, a saber, la observación de las leyes o reglas basadas en el principio de contradicción y otros axiomas. Pero con la verdad formal (o corrección lógica) no hay suficiente, sólo garantiza la coincidencia de la razón consigo misma (coherencia). La lógica tiene que interesarse también en la adecuación del pensamiento con las cosas, es decir, en la "verdad material" de los juicios.
      Filosofía del lenguaje y criteriología
      Los términos no son verdaderos ni falsos, por ejemplo "agua potable" expresa una idea, pero no afirma ni niega, ahí la mente no se compromete con la realidad. En cambio, si decimos: "Esta agua es potable", nos comprometemos con la realidad, se trata de un juicio: un acto simple e interior, de adhesión a la realidad.
      La semiótica considera el valor significativo del lenguaje: las palabras significan conceptos y juicios; los conceptos y juicios significan cosas. Pero ¿cómo?; y ¿estamos seguros de ello? ¿Podemos tener la seguridad de saber y significar verdades? La cuestión de la certeza es la denominada cuestión crítica (un examen al que la razón se somete a sí misma).
      El criterio de certeza
      La lógica formal garantiza la verdad, si razonamos correctamente a partir de verdades (premisas buenas). Si partimos de errores, sólo garantiza la corrección, no la verdad (material). Por lo tanto, la certeza es una cuestión que afecta a las verdades inmediatas.
      La verdad inmediata es captada o "vista" por la inteligencia con un acto simple y natural; por eso es indemostrable. La seguridad de la verdad inmediata se llama certeza.
      Hay verdades inmediatas de diferentes tipos, porque el ser humano capta la realidad de forma sensorial e intelectual, teórica, práctica, estética, etc. Son verdades inmediatas (naturales, indemostrable y primeras), los juicios garantizados por el testimonio de los sentidos, los primeros principios del razonamiento teórico, del razonamiento práctico, ciertas valoraciones (éticas, estéticas) admitidas por todos. Existe, por eso, un sentido común universal, subyacente a diversas formas culturales y épocas. Gracias a él, nos es posible entender a los personajes de Homero, de la Biblia, de Calderón o de Shakespeare. Si no existiese ese sentido común de la humanidad, sería imposible el diálogo y el intercambio entre culturas tan diversas como el extremo Oriente y Europa, la prehistoria y el hombre actual. Si los idiomas se pueden traducir entre sí, es evidente que hay un fondo común mental de la humanidad, que opera en orden del conocimiento (teórico, moral y estético) como el "genoma" en el orden biológico.
      Sabemos que el relativismo i el escepticismo niegan ese factor común de humanidad a la razón y sus actos. Se llama "racionalismo", en cambio, a la actitud filosófica que rehusa la adhesión a cualquier juicio que la razón no comprenda.
      Estados de la mente ante la verdad
      En referencia a la realidad, o verdad de las cosas, la mente puede encontrarse en los siguiente estados (subjetivos): ignorancia, duda, opinión y certeza.
      La ignorancia es negra noche; para quien ignora la verdad no existe en modo alguno.
      La duda es una paralización del juicio; quien está inseguro, no juzga por miedo a errar.
      La opinión es un juicio subjetivo; quien opina, juzga pero sabiendo que puede errar.
      La certeza es el juicio seguro y objetivo; aleja el miedo al error.
      La certeza no es absolutamente incompatible con el error, ya que justamente sólo podemos estar en el error con certeza. De lo contrario, si perdemos la seguridad, el juicio ha dejado de serlo, ya que no estamos en el error. En el error se está con seguridad; si no, no hay error, sino duda u opinión.
      Como podemos estar ciertos y a la vez errar, se distingue entre certeza subjetiva y certeza objetiva. La certeza objetiva es el juicio en que la íntima adhesión y seguridad (subjetiva) y la realidad externa (objetividad) son lo mismo.
      La certeza objetiva se llama también principio primero y «criterio de certeza».
      Los principios (primeros) son naturales, inderivables y activos en todo conocimiento; por tanto, no pueden ser ignorados: quien los ignorase no sabría nada (ignoraría todo). No pueden ser derivados (demostrados), pues el conocimiento derivado (verdades mediatas, conclusiones, etc.) depende del actual ejercicio, de la vigencia de los primeros principios. Por eso se les llaman también axiomas (palabra griega que significa valor, excelencia).
      Voluntarismo y emotivismo
      Hasta aquí el realismo. Pero, ¿qué dice el escéptico? ¿Qué piensa el racionalista?
      No admiten la certeza natural. No admiten que la verdad es algo primero.
      Dudan, pues, de todo, con una duda universal. Ahora, la duda universal es voluntaria; pues no se trata de dudar en presencia de una dificultad, sino de dudar de todo, de dudar por sistema.
      El escepticismo (y el relativismo) toman la duda como situación insuperable.
      El racionalismo lo toma como punto de partida.
      El padre del racionalismo, R. Descartes (1596-1650), partió de la voluntad de dudar de todo, por ver si así llegarían a una primera certeza. Concluyó que de una cosa no podía dudar (mientras pensaba en dudar de todo): «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum). Esta sería la primera verdad, sobre la que edificaría de nuevo el sistema del saber.
      La verdad inmediata, según Descartes, no es el ser extramental, sino la razón misma. Yo soy, existo, esto es real, porque pienso. Luego para Descartes la primera verdad no es el ser, sino el pensar. Esta inversión iba a tener consecuencias de largo alcance. Veamos tres de ellas:
      La verdad deriva de una posición voluntaria (quiero dudar de todo, antes de saber).
      La primera verdad es una adecuación de la razón consigo misma.
      Por lo tanto (si lo real no es externo), lo que supere a la razón no puede ser.
      Cuando lo externo a la razón es imposible, la razón es la medida suprema de la realidad. Lo que la razón no pueda entender no será real.
      La adhesión del realismo al ser extramental es, para el racionalista, una creencia, algo irracional. Para el racionalismo, todo aquello que parece, si se puede dudar de que es, es creencia. Y las creencias son irracionales. Así, para el racionalista, son (creencias) irracionales, los primeros principios.
      De manera similar, el escepticismo declara meras creencias, sentimentales o voluntarias, a los axiomas y principios de todos los órdenes. (Según el escéptico D. Hume, los juicios prácticos, como «hay que obrar el bien y evitar el mal», son sentimientos a los que se llega por la influencia de otros. Qué sea «bueno» o «malo» no será más que un sentimiento de agrado o repugnancia, influido por la educación).
      Fe natural y fe sobrenatural
      Siguiendo a Descartes, la idea de lo que es la «fe» o «creencia» cambia mucho, dado que se limita la certeza a lo que la razón puede comprender. Por otro lado, lo externo a la razón es sensación o sentimiento, de modo que creer tiene un escaso valor: equivaldría a «no saber». Ahora bien, dado que la razón es limitada, ¿no quedará como isla solitaria en medio de un océano de sentimientos irracionales y subjetivos?
      Una paradójica consecuencia del racionalismo es esta: la fe no vale casi nada, pero lo es casi todo.
      Pero la lógica de Descartes es «única», según él la razón es una, luego el método válido debe ser único. Esta tesis hace tiempo que está en crisis; hoy no se suele aceptar que sea lógico pensar del mismo modo las personas y los brutos, los seres vivos y las piedras, la criaturas y el Creador. Por tanto, ¿no se deberá revisar también aquella idea de «fe» o «creencia»?
      Procedamos describiendo hechos que cualquiera puede observar. Para empezar, la fe es un juicio, no una emoción. En efecto, se llama fe al acto de juzgar que es verdad algo que no sabemos por nosotros mismos. Por otra parte, la fe tiene por base algo interpersonal: cuando creemos, creemos a alguien. No creemos en algo, sino en alguien; es la palabra del otro lo que inspira suficiente confianza como para juzgar con certeza.
      Ahora, la pregunta importante es esta: ¿es la fe, o creencia, un criterio de certeza razonable y sólido?, ¿se la puede equiparar en algún caso con la misma evidencia?
      Nótese que esa pregunta equivale a cuestionar el valor de la confianza. Lo hemos visto antes: el escéptico y el racionalista desconfían por sistema; desconfían de los propios sentidos, de la palabra del otro, etc. Como desconfían, rehusan la autoridad científica o intelectual. Sólo la razón –la propia–, debería ser creída. Lo contrario atentaría contra la razón humana.
      Ahora bien, la razón no es autosuficiente, ni absoluta: no es auto-fundante. Si la razón humana fuera absoluta y se fundara en sí misma, no existirían misterios sino situaciones provisionales de ignorancia parcial. El proceso de la ciencia tendería a disipar toda incertidumbre y a desvanecer la fe. No haría falta creer en nada, bastaría con mirar y saber. La inexistencia del misterio –por autosuficiencia de la razón– es un mito de los siglos pasados, vinculado con la mitificación del progreso tecnológico, etc.
      En realidad la razón es limitada, y lo sabe. De hecho, creemos en los otros; hasta el racionalista cree en Descartes, y cree en el principio de no contradicción, etc.
      Sistemas idealistas
      El postulado de Descartes se podría formular así: «Lo que no puedo comprender, no puede ser».
      Si se pone ese postulado racionalista, se declara la realidad coextensiva con la razón. Esta posición se conoce con el nombre de «idealismo» en filosofía. Según ella, las ideas son las cosas y las cosas son ideas, supuesto que el "contenido de la razón" son ideas. ¿Hasta dónde se puede llegar con el idealismo filosófico? La respuesta a esta pregunta depende de lo que uno entienda que es la propia razón:
      1. Si interpretamos que la razón es individual, como el propio cuerpo, entonces la tesis idealista –no existe otra realidad que la ideal–, significa: no existe otra realidad que la que nosotros vemos y de la manera como la vemos. Idealismo psicológico (G. Berkeley)
      2. Si interpretamos que la razón es una "función lógica", que interviene en todos, pero no es nadie personalmente, no existirá más realidad "conocida" que aquella que la Razón configura; ahora bien, es posible que exista una realidad "incognoscible", más allá de la actividad racional. Idealismo lógico o "transcendental" (I. Kant).
      3. El idealismo absoluto resulta ser, entonces, el punto inevitable de llegada: «Lo real es racional, lo racional es real», escribe Hegel, el principal filosofo idealista de los tiempos modernos.
      Para el idealismo absoluto, no existe nada fuera de la razón. Por tanto, no existe nada incognoscible ni irracional. Ahora bien, la razón es solo una, la divina. La realidad del mundo y la del hombre se ven absorbidas por la realidad única de Dios. El idealismo absoluto propende al panteísmo.
      El idealismo absoluto es la filosofía de Alemania, en el siglo del Romanticismo, el XIX, prolonga el idealismo lógico de Kant en el sentido de eliminar la idea de una "cosa" extramental (origen de las sensaciones, pero incomprensible), lo cual sólo seria un límite para la razón: lo que la razón no comprende, ni ha puesto, ni puede suprimir.
      Los pensadores del idealismo absoluto, o romántico, son: Fichte, Schelling y Hegel.
      Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), afirma que la razón es el Principio y es acción. «En el principio era la acción...», escribe, parafraseando el Evangelio de san Juan. La acción es plena libertad; esta libertad "pone" un yo. El yo (sujeto) pone un no-yo (objeto), para superar su propio límite. El yo va creciendo, hasta el Yo absoluto, superando la resistencia de la naturaleza material (no-yo). Esta marcha de la razón, denominada dialéctica, es el proceso de aparición de Dios en la historia.
      Friedrich W. J. Schelling (1775-1854), cree, como Fichte, que se debe afirmar que la razón empieza desde ella misma (que no depende de ninguna "cosa" extramental), que es absoluta; pero este inicio absoluto no es subjetivo (el yo) ni objetivo (la naturaleza), sino un Todo indiferenciado, que se manifiesta, primero como a Naturaleza y, luego, como Espíritu que se esfuerza por retornar a la plena consciencia se Sí mismo. El proceso, como en Fichte, es dialéctico y coincide con la idea de libertad y progreso. Schelling es panteísta, pero su panteísmo es evolucionista. La idea que Darwin popularizaría años después, se encuentra ya en este filosofo alemán.
      Georg W. F. Hegel (1770-1831), representa la cima del idealismo y el racionalismo modernos. El «Sistema» de todas las ideas verdaderas es, según él, idéntico al orden natural del mundo y de la historia. El orden y la conexión entre las ideas es, también en él, como en Fichte y Schelling, la lógica o razonamiento dialéctico. La dialéctica es libertad, y progresa a más; al final, el resultado es Dios y su eterna contemplación.
      El sistema de Hegel consta de tres "momentos" dialécticos: la Idea en Sí (Lógica), la Idea fuera de Sí (Naturaleza) y la Idea que retorna al Sí (Espíritu). La historia humana no es sino la realización progresiva del Espíritu. Este proceso es evolutivo, y la evolución lleva necesariamente a una creciente manifestación del espíritu como libertad. Desde los animales prehistóricos, pasando por el hombre de las cavernas, hasta la cultura cristiana moderna, toda la historia se encamina a la plena consciencia de la Razón (Espíritu). Según Hegel, la humanidad es la "revelación" del Espíritu, y su etapa final está en Europa y el pueblo alemán, en la cultura moderna.
      Nihilismo y materialismo
      Si el «Sistema» de Hegel era verdad, con el se había acabado la historia. Pero si no era verdad, entonces la filosofía moderna había llegado a un callejón sin salida.
      Eliminada la fe en la palabra del otro (y en la de Dios), en beneficio de la razón emancipada, y eliminada la realidad extramental, sólo quedaba que la razón fuera toda la realidad, la producción misma (interna, evolutiva) de la realidad. Pero ahora la razón se veía confundida, derrotada. ¿Qué era la realidad?
      La realidad es irracional. Es el deseo (insatisfecho hasta el infinito) o la materia.
      El irracionalismo del deseo es la tesis de A. Schopenhauer i de F. Nietzsche.
      El irracionalismo materialista es el de K. Marx.
      Marx sigue siendo un discípulo de Hegel. Para él también, el mundo es evolución y actividad dialéctica. Pero la acción no es racional, ni espíritu; la acción (praxis) es sensorial. El sistema de Marx es el materialismo dialéctico, en atención a la cuestión sobre la Naturaleza, o materialismo histórico, si atendemos a la humanidad. La historia es progreso dialéctico, basado en la negación, o lucha de clases.
      Positivismo y pragmatismo
      La crisis del «Sistema» de Hegel ha sido la gran crisis moderna. Con ella, el pensamiento occidental perdió la fe en la razón. Pero, como ya antes había perdido la fe en la palabra y la persona, quedó a merced de un último criterio de verdad: hechos y resultados, en la palabra, la eficacia.
      Detengámonos en estos conceptos, ya que impregnan la mentalidad más corriente hoy. La diferencia entre positivismo, pragmatismo y utilitarismo es, a veces, inapreciable.
      Para Auguste Comte (1798-1857), lo "positivo" de la "filosofía positiva" significa hechos, sensibles y comprobables, prácticos. Todo el que no sea sensible o comprobable sensorialmente será, no ya falso, sino irrelevante, insignificante como los mitos primitivos.
      El nombre utilitarismo (inglés: Utilitarianism) proviene del esfuerzo de adaptar la ética del éxito de Comte, que tenia un matiz político autoritario y colectivista, a la mentalidad democrática británica. Este esfuerzo fue la obra de Jeremy Bentham y John Stuart Mill.
      Karl Marx (1818-1883) también se ha expresado de forma similar:
      "La cuestión de saber si el pensamiento humano puede desembocar en una verdad objetiva no es ninguna cuestión teórica sino una cuestión práctica. Es en la practica donde el hombre tiene que probar la verdad, es decir, la realidad, el poder de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica". (K. Marx, Tesis sobre Feuerbach, II).
      Para Marx no interesa el saber por el saber, sino saber para actuar, para transformar: "Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diferentes maneras; pero lo que importa es transformarlo" (K. Marx, Tesis sobre Feuerbach, XI).
      La filosofía norteamericana del siglo XX es también pragmatista. El nombre inglés (Pragmatism), deriva del griego pragma, o praxis, que significa: acción, hechos, asunto, negocio, cosa importante, etc.
      Charles S. Peirce (1839-1914) fundó la corriente pragmatista con su articulo: "Como hacer claras nuestras ideas" (1878). Peirce es un lógico, su teoría es semántica: el significado de las palabras depende de una actividad práctica:
      "Quien buscara en un texto de Química la definición de "litio" se encontraría con que se trataba de un elemento cuyo peso atómico es próximo a 7. Pero si el autor tiene una mente más lógica, se dirá que si buscáis entre los minerales vítreos, translúcidos, grises o blancos, durísimos, brillantes e insolubles uno que dé una coloración carmesí a una llama no luminosa, este mineral, triturado con cal de whiterita y luego fundido, puede ser disuelto en parte con ácido clorhídrico; y si esta solución uno la evapora, la podría convertir luego en un cloruro que, obtenido en estado sólido, después de fundido y electrolizado con media docena de potentes baterías, produciría un glóbulo de metal argénteo que desprendería cloro. La peculiaridad de esta definición reside en el hecho de decir qué cosa denota la palabra litio, prescribiendo lo que hay que hacer para obtener un conocimiento perceptivo del objeto de esta palabra".
      William James (1842-1910) fue el divulgador del pragmatismo, "un nuevo nombre para algunas formas antiguas de pensar" (Pragmatism: a new name for some old ways of thinking, New York, 1907), que se pueden resumir así: "Discutir si una afirmación es o no verdadera, solamente tiene sentido si podemos dirimir la cuestión mediante algún procedimiento, y todo procedimiento consiste siempre en una o diversas acciones".
      James se interesa por las realidades psíquicas y espirituales. ¿Qué significa «es verdad que existe Dios»? Significa que creer en él es beneficioso para el pensamiento y la vida afectiva: "Hace falta que Dios exista para justificar la paz del corazón y la confianza del alma religiosa" (The Will to Believe, New York, 1897).
      John Dewey (1859-1952) reunió todas estas ideas lógico-psicológicas en una teoría de la educación. Denominó su teoría instrumentalismo; según Dewey hay que buscar fines objetivamente buenos, para la convivencia democrática; ahora, la bondad de los fines se tiene de probar con la práctica. Conocer es hacer; saber es un instrumento para modificar las cosas; la inteligencia es el instrumento para resolver problemas.

      "LA PAZ UNA CAMINO HACIA EL SER INTEGRAL"

      QUE LA PAZ PREVALEZCA EN  LA TIERRA"

      LEMA PARA LA PAZ:  "SIN VISIÓN, LOS PUEBLOS PERECEN"

      Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la Paz.

      En método no violento es eficaz porque desarma a los adversarios.

      Pone al descubierto su defensa espiritual, debilita su moral al tiempo que intranquiliza sus conciencias.

      Martín Luther King (hijo), en su carta desde la cárcel incluso un anécdota para ilustrar las recompensas de la perseverancia en la tradición no violenta.  Escribió acerca de una anciana negra de 72 años que todos los días andaba a pie un largo trecho durante un boicoteo de autobuses.  Estaba cansada y físicamente debilitada, y alguien le preguntó porque se empeñaba en apoyar la propuesta no violenta.  Su respuesta siempre podrá ser guardada como un tesoro:  "Mis pies están cansados pero mi alma está en reposo".

      La paz no es un estado natural ni paradisíaco, ni una forma de convivencia por mutuo acuerdo.  La Paz es algo que no conocemos; solo podemos sentirla, desearla y buscarla.  La Paz es solo un ideal.   Es infinitamente compleja, inestable y frágil - un leve soplo la destruye.  La Paz verdadera es más difícil e insólita que cualquier otro logro intelectual - incluso para dos personas que vivan juntas y se necesiten mutuamente.

      La Paz es el bien que los hombres pueden desear en esta vida.

      Al fin de cuenta, ¿qué es la Paz, sino la sensación de afrontar lo que la vida le pone a uno por delante dilatando la propia perspectiva para aceptar lo bueno y rechazar lo malo?.

      Contemplar el mundo desde arriba quizá signifique aquietar el espíritu y ver a través de las cosas la paz interior.

      Si trabaja conforme a la ley de nuestra alma - es decir, la no violencia, que en su forma din mica, significa sufrir concientemente - , un único individuo puede desafiar al poderío de un imperio injusto para salvaguardar su honor, su religión y su alma, y poner las bases sobre la que se derrumbará o se regenerará ese imperio.

      La aparente tranquilidad que produce a veces la tiranía, no es Paz, es la quietud de los sepulcros; porque la Paz es hija de la libertad, que es la vida, el progreso, el agente divino del perfeccionamiento.

      La Paz no es una temporada; es una forma de vida.

      Para conseguir la Paz interior hay que renunciar al puesto de Gerente General del Universo.

      Si usted se une a la naturaleza y a lo en ella hay de simple, de pequeño, a lo que casi nadie presta atención, a lo que de golpe se convierte en infinitamente grande,  a  lo inconmensurable;  si usted extiende su amor a todo aquello que existe; si modestamente trata usted de ganar la confianza de aquello que parece miserable;  entonces,  todo le parecerá más fácil, le parecerá más armonioso y, por así decir, más conciliador.  Su entendimiento posiblemente quedará rezagado, sorprendido; pero su más profunda conciencia se levantará y sabrá.

      Subo a la Colina del Sur arrancar helechos sin ver a un hombre y el corazón me quema por la subida, pero si al regresar veo a un hombre, tranquilo, apacible, sereno, quieto en su sitio ya no me disgusta el camino.

      Todo hombre puede edificar, en lo más hondo de su pensamiento, un abrigo que desafíe los más pesados proyectiles, y las palabras más sabiamente envenenadas.  ¿Qué puede temer un alma que se halla consigo misma?.

      ¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar?.

      Vivir la fraternidad y la armonía entre los seres humanos son los ideales de paz que más se predican, en contraposición al desastre, la guerra y a todo género de conflictos. Pero la paz no comienza desde fuera, sino desde dentro. No depende de las decisiones de altos funcionarios sino de lo que llevamos en el interior.

      La paz es un valor que suele perderse fácilmente de vista. Cuando una nación entra en conflicto con otra y tenemos que vivir sus consecuencias o cuando en la familia los problemas o pleitos comienzan a surgir comenzamos a apreciar el valor que tiene la paz.

      La paz puede verse a nivel internacional o a nivel personal, pero en cualquier perspectiva debemos entender que no surge como producto de un "no meterse con nadie", con un dejar hacer a los demás para que me dejen "vivir en paz". La calma y tranquilidad tampoco se da, necesariamente, como producto de convivir con personas afines.

      Las dificultades entre los seres humanos suele ser algo común. Quien no sabe vivir en paz generalmente lo identificamos como una persona conflictiva porque:

      - Es imposible llegar a un acuerdo, aunque sea pequeño y de poca importancia.
      - Tiene una marcada tendencia a buscar en las palabras y actitudes un doble propósito, normalmente negativo.
      - Se siente aludido y agredido ante cualquier circunstancia, y más si esta en contra de sus intereses.
      - Busca por todos los medios "salirse con la suya" aunque este equivocado.
      - En el trabajo o los negocios crea dificultades inexistentes.
      - Discute con facilidad.

      Vivimos en una época en la que se habla mucho de armonía y paz interior. Sin embargo pocos mencionan que una de las mejores formas de alcanzar estos ideales es mediante el espíritu de servicio hacia los demás. La paz es el fruto de saber escuchar, de entender las necesidades ajenas antes de las propias.

      Mucho de la paz que podamos vivir con los demás radica en nuestra forma de expresarnos. En algunos momentos tenemos el impulso de hacer notar los errores de nuestros interlocutores sin saber todo lo que tienen que decir, provocando discusiones y resentimientos. Expresar nuestro punto de vista en el momento oportuno, facilita la comunicación y aumenta las posibilidades de superar las dificultades, pues ambas partes se sienten escuchadas.

      Del mismo modo ocurre cuando se hace necesaria la corrección de una actitud: el disgusto nos mueve a reprender en el momento sin medir las palabras que utilizamos. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido por la excesiva dureza que tuvimos con nuestros subalternos, hijos o compañeros? La pérdida de la paz interior consecuente, se debe a la intolerancia e incomprensión que mostramos, generando una imagen negativa y tal vez altanera de nuestra persona. Por eso es importante pensar con serenidad antes de tomar cartas en el asunto.

      Una de las grandes fuentes de la paz, o de la guerra, está en la familia. Los esposos deben ser conscientes que al crear el vínculo conyugal, se comienza a dar la fusión de distintas costumbres y formas de pensar. El arte de convivir, olvidarse del afán de dominio y buscar el justo medio entre las diferencias, trae la armonía como consecuencia. En otras palabras: es necesario aprender a conversar y obtener propósitos de mejora concretos que beneficien a todos en la familia.

      En cuanto a la paz familiar, no olvidemos que todas las actitudes de los padres se reflejan en los hijos, por eso es importante:
      - No discutir o quejarse de los demás delante de ellos;
      - Saber sonreír aún en las dificultades;
      - Evitar que todos sufran las consecuencias de nuestro mal humor;
      - Enseñar a disculpar;
      - Crear las condiciones para hacer agradables todos los momentos de convivencia.

      De igual manera, en las relaciones de amistad debe procurarse la buena convivencia. En una reunión de amigos que ven un partido de fútbol es fácil ver discusiones que comienzan sobre la decisión que tuvo el árbitro en alguna jugada. En pocos minutos puede crecer la molestia, la palabrería descuidada y al cabo de pocos minutos: fin de la reunión. A veces la paz es así de frágil.

      Como en todos los valores, se requiere la iniciativa personal para lograr vivirlos. La paz interior surge como un producto del conocimiento propio: aprender a dominar nuestro egoísmo y el deseo de tener siempre la razón; saber escuchar y comprender las debilidades propias y ajenas. Pero sobre todo: pensar en los demás siempre. Cuando esto ocurre conciliamos la paz con nosotros mismos y con nuestros semejantes.

      ILUSTRACIONES DE DIVERSOS AUTORES

      "La paz es para el mundo lo que la levadura para la masa".  Talmud (siglos IV-V)

      "Para hacer la Paz se necesitan por lo menos dos; más para hacer la guerra basta uno solo". Neville Chamberlain  (1869-1940), político inglés.

      "No hay camino para la Paz; la Paz es el camino".  Mahatma Gandhi, (1869-1948), líder pacifísta indú.

      Por tanto en la búsqueda de la Paz, a la que todos los habitantes del Universo estamos llamados a construir una Civilización del amor, donde "La Paz prevalezca en la tierra", cada uno de nosotros somos la semilla para anunciar y denunciar aquello que nos impide ser plenamente felices, si todos estamos en Paz exterior e interior, seremos hombres y mujeres auténticamente Felices, y lucharemos a diario para que la Paz sea un camino hacia el Ser Integral, dejándonos guiar por el Divino Maestro, el Dios del Amor y de la Paz...

      ILUSTRACIONES DE DIVERSOS AUTORES SOBRE LA FELICIDAD

      LA FELICIDAD

      *La felicidad no consiste en adquirir y gozar,
      sino en no desear nada, pues consiste en ser libre.
      Epicteto

      *Solamente puedes tener paz si tú la proporcionas.
      María von Ebner

      *La mayoría de los hombres emplean la mitad de su vida
      en hacer miserable la otra.
      Jean de La bruyère

      *Una de las ventajas de no ser feliz es que
      se puede desear la felicidad.
      Miguel de Unamuno

      *En la vida, lo más triste, no es ser del todo desgraciado,
      es que nos falte muy poco para ser felices
      y no podamos conseguirlo.
      Jacinto Benavente

      *Son tantos los mortales que no pueden digerir la felicidad.
      La felicidad no es cosa fácilmente digerible;
      es, más bien, muy indigesta.
      Miguel de Unamuno

      *Todo el mundo desea ser feliz,
      pero no que lo sea todo el mundo.
      Jaume Perich

      *Cuando uno dice que sabe lo que es la felicidad,
      se puede suponer que la ha perdido.
      Anónimo

      *En la adversidad una persona es salvada por la esperanza.
      Menander.

      *La raza humana tiene un arma
      verdaderamente eficaz: la risa.
      Mark Twain

      *El humor se tiene o no se tiene,
      y es la manera de ver las cosas con claridad.
      Antonio Mingote

    1. Bibliografía: Consultada
    • JACQUES MARITAIN, Introducción a la Filosofia; Club de Lectores ; 1959, Buenos Aires.
    • ANGEL VASALLO, ¿Qué es la Filosofía?; Editorial Losada S.A.; 1963, Buenos Aires.
    • JEAN GUITTON, El trabajo Intelectual; Ediciones Criterio; 1955, Buenos Aires.
    • G.W.F. HEGEL, Enciclopedia de las Ciencias Filosoficas; Editorial Porrúa; 1997, México.
    • Enciclopedia Encarta 2002.
    • Apuntes y reflexiones personales
    • JOSÉ M. DE TORRES, Filosofía Cristiana; Ediciones Palabra S.A.; 1990, Ávila – España.

"QUE LA PAZ PREVALEZCA EN LA TIERRA"

LEMA PARA LA PAZ:  "SIN VISIÓN, LOS PUEBLOS PERECEN"

"2001-2010": "DÉCADA INTERNACIONAL POR UNA CULTURA DE LA PAZ Y DE LA NO VIOLENCIA POR LOS NIÑOS DEL MUNDO"

 

Lic. José Luis Dell'Ordine

dellordine1@arnet.com.ar

animador unesco

mensajero del manifiesto 2000 de unesco

colaborador de la sociedad de plegaria por la paz mundial

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http://orbita.starmedia.com/~pensamientosnuevos/

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Publicación enviada por Prof. Jose Luis Dell´Ordine
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Publicado Friday 28 de May de 2004

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