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En búsqueda de la Sabiduría, como respuesta a nuestro Ser
Resumen: La inspiración filosófica. El materialismo común. El "culturalismo", o relativismo postmoderno. Vida humana y cultura. Ciencia y Filosofía. Esbozo histórico de la filosofía. Apéndice Grados del saber. Las ramas de la filosofía. Prioridad de la teoría. La lógica del discurso humano. Lógica del juicio o proposición. Verdad y certeza. Ilustraciones de diversos autores.
Publicación enviada por Prof. Jose Luis Dell´Ordine
INDICE
Introducción
Desarrollo
La inspiración filosófica
El materialismo común
El "culturalismo", o relativismo postmoderno
Vida humana y cultura
Ciencia y Filosofía
Esbozo histórico de la filosofía
Apéndice Grados del saber. Las ramas de la filosofía
Prioridad de la teoría
La lógica del discurso humanoLógica del juicio o proposición
Verdad y certeza.
Ilustraciones de diversos autores
Bibliografía: Consultada
INTRODUCCIÓN:
¿Para qué sirve la filosofía?
-Para aprender a vivir, y si es posible antes de que sea demasiado tarde. Séneca
criticó a la filosofía entendida como disciplina exclusivamente abstracta al
escribir: "¿De qué me sirve saber dividir el campo si no sé compartirlo
con mi hermano?"
-Para desconfiar de las apariencias ("No todo lo que reluce es oro"
dice en este sentido un refrán popular) Para dudar hasta llegar a verdades que
serán provisorias y serán reemplazadas por otras verdades. Esta práctica nos
previene contra el fanatismo y nos vuelve más tolerantes. La filosofía sirve
así para desarrollar la humildad y reconocer los límites de nuestro
conocimiento.
-Para reconocer que en la vida todo está sujeto a cambios y que no hay nada
que podamos poseer por completo.
-Para reflexionar en torno a cuestiones de valor (éticas) y para desarrollar
las virtudes, que son el edificio de la ética. Por ejemplo, para aprender a ser
valientes (que es capacidad de vencer el miedo y de soportar las frustraciones y
circunstancias dolorosas), a ser justos, temperantes (y educar nuestro deseo).
-Para crear y clarificar conceptos. Saber, por ejemplo, que la consternación
suma el dolor a la sorpresa, y que cuando cede la sorpresa suele ceder también
el dolor.
-Para sacar provecho de las circunstancias adversas.
-Para reírse de uno mismo y no dramatizar las cosas en exceso (Los españoles
dicen "Tomarse las cosas con filosofía")
-Para acrecentar nuestra capacidad de resolver problemas.
-Para desarrollar nuestra capacidad de organizar ideas y principios. Para
encontrar diferencias no evidentes entre diversas perspectivas y elementos
comunes entre perspectivas aparentemente opuestas, desarrollando la habilidad de
clarificarlos comunicándolos mediante el lenguaje.
-Para reconocer que primero somos sujetos sociales, y tan sólo luego somos
individuos. Nuestros problemas reconocen una matriz común. Podemos filosofar
juntos y reconocernos en nuestra fragilidad y en nuestra fortaleza.
FUENTE DE LA INTRODUCCIÓN
Boletín de septiembre del 2002 - Asociación Argentina de Filosofía Práctica
Desarrollo:
- No sé si ocuparse en determinar el concepto de la filosofía es tarea
estrictamente filosófica. De todos modos, en este capitulo perseguimos una
simple imagen anticipada de lo que solo puede saberse de veras en el
ejercicio mismo del filosofar. Antes de intentar responder a esta cuestión,
hace falta que aclaremos el sentido de la pregunta, ¿qué preguntamos
cuando preguntamos que es filosofía?. En primer lugar, no preguntamos,
ciertamente cual es la verdadera filosofía. No pedimos que se nos responda
con la verdad filosófica en la mano. Pero tampoco preguntamos que debe ser
la filosofía, en que debe consistir el filosofar, siempre, para todos. Que
debe ser la filosofía, como hay que concebir la filosofía, en un asunto
que se resuelve filosofando concretamente. Seria imposible que nadie- y en
ese nadie está también los profesores de filosofía- pretendiera
establecer, antes de ponerse a filosofar, concretamente que debe ser la
filosofía; porque el modo de concebir la filosofia está implícito en cada
filosofar, y solamente alli. Por lo tanto, la cuestión ¿qué es
filosofía? No consiste en preguntar por la verdad filosófica en persona,
ni en preguntar que debe ser la filosofía. ¿Qué preguntamos entonces?,
Cuando nosotros (y cualquiera que no sea un filosofo en el acto de
filosofar) nos preguntamos que es la filosofía, no podemos sino
preguntarnos – teniendo a la vista la filosofía que ha sido, o sea ese
acervo de pensamiento que forman la historia de la filosofía – cuales son
los caracteres propios o notas que definen ese especifico quehacer humano
que llamamos filosofía. Para responder a la pregunta se abren ante nosotros
tres caminos posibles. En primer lugar, preguntarles a los filósofos
mismos. Pero esta vía esta destinada a no tener buen éxito. La definición
de que la filosofía puede dar un filosofo no será mas que una manera muy
abreviada de expresarnos su filosofía. Tanto, que para entender
adecuadamente su definición tendríamos que aplicarnos a estudiar
puntualmente su filosofía. Y el que siguiera este método, sobre todo si es
un profano se encontraría con diferencia tales entre las definiciones de la
filosofía que le harían poner el grito en el cielo sobre las
contradicciones de la filosofía y la inanidad de ella. Si ahora abandonamos
ese camino por imposible, podemos intentar este otro; caracterizar las
formas principales que la filosofía asume en su historia. Pero entonces, si
no fijamos bien, ya no contestamos a la pregunta ¿qué es la filosofía?,
Si no que hacemos un mal compendio de Historia de la Filosofía. En tales
condiciones, para responder a la cuestión planteada no queda mas remedio,
que examinar el contenido de la filosofía según ya se ha dado históricamente,
y esforzarnos por ver y comprender los caracteres o notas sustantivas y
universales que la definen. Aclarados el sentido de la pregunta y los términos
en que debemos responder, ensayemos ahora contestarla.
- Autonomía del conocimiento filosófico: Diremos, en primer
lugar, que la filosofia es un conocimiento. Aquí conocimiento esta tomado
en su sentido vulgar, como sentido que todos damos espontáneamente a la
palabra conocimiento. La filosofía, es, pues, un conocimiento; un
conocimiento, pretende ser válido universalmente, es decir, que no
pretende valer tan solo como opinión del filosofo. La filosofía es un
conocimiento. También cuando abomina del conocimiento es un conocimiento;
cuando rechaza el discurso y la razón, y los sustituye por la intuición,
el sentimiento, la fe, el extasis, la vida, el instinto, la filosofia es
un conocimiento, y de esas cosas hacer alternativamente los caminos del
conocimiento en que ella siempre consiste. La filosofía es, pues, un
conocimiento, ¿cuál conocimiento?...porque ocurre que conocimientos hay
varios, el conocimiento es de muchos modos, y de primera intención cuando
decimos conocimiento pensamos en es conocimiento que se presenta al pronto
como tipo y dechado de todo conocimiento, el conocimiento científico:
matemáticas, ciencia exacta de la naturaleza. ¿Hay de veras la filosofía,
o sea un conocimiento filosófico autónomo que pueda reclamar legítimamente
entre los otros conocimientos, y especialmente entre los otros
conocimientos, y especialmente frente al conocimiento científico-natural,
un lugar bajo el sol de la teoría?.
Ésa es la cuestión que nos sale al paso ahora. Y nos encontramos
con que, en primer lugar, muchos han negado que la filosofía tenga
verdadera razón de existir.
Partimos del desarrollo de un tema muy usado, que niega autonomía al
conocimiento filosófico.
Primero, se ha dicho (y muchas veces se lo piensa sin decirlo), en
los orígenes, la filosofía fue lo que su nombre indica: un amara a la
sabiduría, un amor del saber. Por eso al principio forman parte de su
reino desde la matemática y la astronomía hasta la política. Después,
y especialmente en los tiempos modernos, a medida que el progreso del
conocimiento fue dando lugar a las ciencias particulares, cada nueva
ciencia particular iba restando una región a la jurisdicción de la
filosofía. Y así se puede llegar a concebir una situación en que el
conocimiento de la realidad venga a estar repartido totalmente entre las
ciencias particulares.
¿Qué vendría a ser entonces la filosofía?, En una situación así,
¿cuál es la suerte de la filosofía?.
En esta coyuntura ha parecido cosa lógica a muchos decir que si la
filosofía pretendiera todavía ser algo no podría ser nada mas que una
síntesis de los resultados más generales del trabajo científico. De
esta manera, el filósofo estaría reducido a la condición a la condición
de un "profesor de cosas en general", como diría humorísticamente
Carlyle; Seria un especialista en vaguedades.
Tal es el tema de una de las negaciones más banales, pero también más
insidiosas, de la autonomía del conocimiento filosófico, o sea de la
filosofía misma.
Sin poder extendernos sobre este punto, digamos que asignarle a la
filosofía esa función seria tanto como negar su efectiva existencia.
Mas valdría declarar que la filosofía debe desaparecer para ser
sustituida, en lo que antes fuera su vasto dominio, por las ciencias
especiales.
- Antes de entrar a considerar los distintos modos en que –a mí
parecer- se puede concebir y ejecutar el punto de partida de la filosofía,
digamos que, cualquiera sea ese modo, todo filosofar tiene su raíz y
comienzo en lo que vagamente y desde antiguo se denomina
"asombro" o "admiración". Sobre este punto recordemos
dos loci classici.
Dice Patón en el Teéteto, 155, d: "Y es propio del filósofo,
amigo mío, eso que tú experimentas: estar lleno de admiración; ni otro
comienzo tiene el filosofar".
Aristóteles, en Metafísica, Libro I,2 : "Entonces como ahora los
hombres fueron movidos a filosofar por la admiración, quedando atónitos al
principio ante los problemas más sencillos, y progresando después hasta
proponerse poco a poco cuestiones mucho más difíciles, como son las
concernientes al sol y la luna, a los astros y al origen del todo. Ahora
bien, aquel que ante una dificultad se maravilla, se considera ignorante.
(Por eso quien ama el mito es de alguna manera un filosofo, puesto que el
mito resulta de un complejo de maravillas). Pero si los hombres filosofaron
para salir de la ignorancia, es evidente que quisieron conocer por puro amor
del saber, y no para servirse de él para uso alguno. Lo prueba el hecho
mismo de que esta especie de conocimiento comenzó a ser buscada luego de
haberse atendido, puede decirse que por entero, a las cosas necesarias y útiles
a la comodidad y al bienestar de la vida. No hay dudas, pues, que nosotros
no lo buscamos para beneficio alguno exterior; antes bien, así como
llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo como llamamos libre
al hombre que tiene su fin en sí mismo y no en otro, asi tambien diremos de
ella que solo ella es libre entre las ciencias, porque solo ella tiene el
fin en sí misma".
Reparemos en que es este asombro o admiración el hombre supera la
actitud natural, en la cual viene a ser como un eslabón de la cadena del
acaecer cósmico. En la actitud natural nuestra vida ocurre, es un ocurrir;
la vida nos sucede, la vida es sólo vida vivida.
El asombro y la admiración suponen pararse en medio de ese acaecer cósmico
de que el hombre es parte; supone que ese acaecer cósmico, que hasta ahora
era un juego confuso de medios y de fines vitales, retroceda frente al
hombre hasta hacerse un objeto para él; y así el mundo puede hacerse
objeto de conocimiento.
Asombrarse o admirarse de todo lo que hay, de que haya algo, es una
operación o un incidente que sólo puede ocurrirle a una vida de hombre. Y
es igualmente actitud específicamente humana y espiritual la de ser
empujado a superar ese asombre y esa admiración en un conocimiento con
intención de totalidad – que indague por el sentido de todo.
Tal es la condición general, conocida y experimentada desde antiguo, de
todo filosofar.
Sobre este fundamento común, yo creo que cabe distinguir diferentes
maneras o modos de entender el punto de partida del filosofar, que aquí,
para esta exposición sea hacedera, vamos a reducir a tres.
Pero digamos antes que, cualquiera sea ese comienzo, no creemos que la
filosofía pueda tener otro punto de partida que la conciencia, o sea un
partir de la conciencia. Ya dijimos que en cuanto saber radical la filosofía
comienza con la exigencia de una justificación o fundamentacion absoluta. Y
de esa manera rechaza – o esta siempre dispuesta a rechazar – como
supuestos las opiniones recibidas, el saber vulgar, el mundo exterior dado
en la representación; y así se encuentra con que para empezar a
construirse no cuenta con punto de apoyo mas firme que la conciencia. Así
la filosofía se realiza constantemente como una vuelta a la pura
interioridad, lo que viene a decir que consiste en comenzar de nuevo tomando
como punto de partida la conciencia.
Todo filosofar, pues, tiene su punto de partida en la conciencia. Pero se
puede partir de la conciencia en varios modos, que son, por lo tanto, los
distintos modos de entender y ejecutar el punto de partida del filosofar.
- Primer modo de entender el punto de partida en el filosofar: Detengámonos
por un momento en ese instante, instante en verdad solemne para la
historia del espíritu occidental, en que Platón descubre la razón. En
el dialogo Teéteto, Platón plantea y refuta la tesis sofistica de que la
ciencia (el conocimiento) es la sensación. Y esa refutación se hace dé
manera que conduce derechamente al descubrimiento de la razón.
La sensación no puede dar conocimiento, ciencia. En efecto, la
sensación es una modificación del espíritu que tiene una causa
exterior. Como modificación del espíritu la sensación es siempre
verdadera, es decir, es tal sensación y no otra; y como resulta del
contacto o choque de partes de un mundo en constante cambio, el mundo de
Heráclito, resulta que es cierta en el momento en que se realiza; en el
momento en que se realiza representa exactamente un objeto, perop todo
relativamente a ese momento.
Pero fijémonos ahora en esto: instalados en una realidad que es
devenir, que es tanto como decir cambio, no cabe ponerse enfrente de
cualquier aspecto del devenir en un momento dado, y preguntar: ¿qué es
esto? Porque al tiempo en que tendría que venir la respuesta, la
realidad de que se va a decir algo ya no existe: ha cambiado.
Más aun, es decir, peor aun: si el espíritu no dispone mas que de
la sensación, no puede siquiera formular nunca la pregunta ¿Qué es
esto?, puesto que sensación no es mas que una modificación producida
por el choque con tal aspecto del devenir del mundo, en tal instante
necesariamente fugaz, y aquí, cuando preguntamos ¿Qué es esto?, al
parecer preguntamos por algo que debe ser permanente, por aquello que la
cosa es.
En tales condiciones, se ve claro que no se podría fundar en la
sensación un verdadero conocimiento, o como Platón dice, "es
falsa la tesis de que la sensación es la ciencia".
Insistamos brevemente sobre esto. La sensación no puede contestar a
una cuestión así: ¿Qué es esto? En esta pregunta nosotros
preguntamos por el ser de la cosa, por la esencia, por lo que la cosa
es. La sensación solo conoce lo que deviene; conoce un aspecto de un
instante único del devenir.
"Lo que es", en cambio, la respuesta al ¿qué es esto?,
parece que tiene que ser algo que no deviene, lo que en las cosas
resiste al cambio, y a pesar del cambio las hace ser lo que son. Eso es
el SER, la ESENCIA de las cosas, y la esencia, lo que es, es permanente,
lo que siempre hace ser a la cosa que ella es.
En consecuencia, al no dispusiésemos más que de la sensación no
podríamos decir lo que son las cosas. Pero nosotros pronunciamos qué
son las cosas. Este pronunciamiento no puede acontecer por el trámite
de la sensación, conforme lo hemos visto. ¿A favor de qué ocurre,
entonces? ¿Quién lo produce en nosotros?
Y este es el punto en que Platón echa mano de la razón, que se
llama, en su primera aparición, diánoia.
Dice un comentarista distinguido de Platón; "La doxa (opinión)
es el nombre dado a esta actividad que se aísla y se concentra en un
trabajo íntimo sobre las cosas. El alma que reflexiona y compara,
ensaya darse cuenta de los resultados de esta comparación. Se habla a sí
misma, se interroga y se responde, sucesivamente afirmando y negando.
Este ir y venir del pensamiento reflexivo, este diálogo interior, es la
diánoia. Cuando el ir y venir se detiene, cuando cesa la vacilación
entre la afirmación y la negación, esta decisión final es la doxa (es
decir, la opinión). Es pronunciar una opinión (lo que la sensación ni
puede hacer), un juicio, bien que un juicio interno y silencioso. Es en
este pronunciar la opinión, en este juicio íntimo, donde habremos de
hallar la verdad" (DIÉS, Autor de Platón.
La verdad solo reside en las "ideas". Consideremos ahora
que los comentaristas de Platón de las más diversas tendencias están
de acuerdo en reconocer un doble sentido o un doble aspecto de la
"idea" platónica. La palabra idea proviene de una raíz que
significa ver. Y así como en el ver hay el mirar y al ofrecerse a la
mirada algo, por un costado, funciones racionales, conceptos; pero, por
su otro costado, son "lo que es", las esencias de las cosas
aprehendidas en la contemplación racional; son las "formas"
de la verdadera realidad. Es decir, que la "idea" como
pensamiento contempla o conoce la "idea" como forma verdadera
de las cosas – esas formas para las cuales es ciega la sensación.
De esta manera, la razón es aquí una revelación directa de la
verdadera realidad, revelación directa de la verdadera realidad,
revelación que él filosofo encuentra, no por los vastos caminos del
mundo, es decir, por el camino de la sensación, sino en la recogida
intimidad de la conciencia – Platón dice: del alma.
Es así como desde Platón data el gran pathos de la razón; entonces
se enciende la gran fe milenaria en la razón como modo privilegiado de
ser del hombre, y de la que dependen el acceso a la realidad del mundo y
a la dignidad de la vida.
Digamos, pues entonces, en conclusión, que el primer modo de
concebir el punto de partida del filosofar lo hace consistir en
convertir la atención sobre la conciencia para aislar en ella un
recinto de seguridades racionales, verdades necesarias y universales.
Pero este punto de partida consiste, además, según se ha visto, en
tomar las determinaciones últimas de la realidad misma. Solo en esa razón
la ascética voluntad de verdad encontraría el conocimiento, la
revelación, de lo real, del ser, de lo que verdaderamente es.
Este punto de partida del filosofar, esta que es la convicción
fundamental del racionalismo, ha sido enunciada limpiamente por Spinoza
al decir:
"Ordo et connexio idearum idem est ac ordo et connexxio
rerum" o sea "que el orden y conexión de las ideas son los
mismos que el orden y conexión de las cosas".
Este modo de entender el punto de partida del filosofar ha tenido
continuada vigencia histórica. Con alternativas y vicisitudes y con
fuertes oposiciones casi puede decirse que ha dominado desde los tiempos
de Sócrates hasta Leibniz, y aun mucho tiempo después.
Tomar este punto de partida es también una de las posturas normales,
uno de los grandes estilos del filosofar.
- Segundo modo de entender el punto de partida en el filosofar: Pero
ocurre que, al tomar las determinaciones de la razón como una revelación
original de la realidad, la misma razon, al intentar realizarse como
filosofía, conduce a verdaderas aporías, es decir, a situaciones de las
que el pensamiento racional no ve salida. Y todo esto puede llegar a
conmover la confianza en que el orden y conexión de las ideas sean los
mismos que el orden y conexión de las cosas.
- Sobre el tercer modo: Y ahora trataré de bosquejar, de manera
sucinta y todo lo clara que me sea posible, lo que consideraremos como un
tercer modo de entender el punto de partida del filosofar. Sabemos que
punto de partida y arte de prudencia filosóficos consisten en empezar
desde la conciencia. El primer modo de entender ese punto de partida lo
vimos en Platón, cuando lo seguimos en su acto, en verdad trascendental,
de descubrir la razón. Ese modo consiste en partir de un elenco de
conocimientos que son la razón y tomarlos sin más como revelación
original de la realidad. Este modo de filosofar se libera en su punto de
partida de toda fe en nuestra experiencia sensible, en la tradición, etc.
Y el verdadero saber, el saber filosófico, saber sin supuestos o saber
radical, viene a ser lo mismo que saber racional.
El otro modo de partir en la filosofía, el modo que acabamos de
atribuir ejemplarmente a Kant, es un punto de partida más avisado y
cauteloso. Hecho avisado y cauteloso en la familiaridad con las
vicisitudes históricas de la razón considera que la fe del
racionalismo en que el orden y conexión de las ideas son idénticos con
el orden y conexión de las cosas es también un supuesto, nada más que
un supuesto.
Para este punto de vista el punto de partida del filosofar debe estar
más abajo y más secreto que allí
Donde lo pone el optimismo racionalista. El punto de partida hay que
ponerlo en clavar los ojos en esa conciencia trascendental donde de
continuo ocurre, por un misterioso modo, el originarse del mundo, o sea
el construirse o hacerse posible la representación de un mundo.
Y el destino de la filosofía se hace consistir en el análisis
puntual, completo y sistemático de esa conciencia originaria de la que
deriva todo lo demás.
Ahora bien, ¿es cierto que la conciencia trascendental es la
conciencia originaria, es decir, tal que no tenga ningún supuesto tras
de sí? ¿Es cierto que no hay un modo más radical todavía de entender
el punto de partida del filosofar?.
Esto es lo que quisiera sugerir ahora: un modo de concebir el
comienzo en la filosofía más originario que los dos considerados hasta
aquí.
Para sugerir este difícil asunto me voy a valer de una interpretación
del momento inicial de la filosofía de Descartes (o sea, del
"pienso, luego existo").
No ya que la filosofía de Descartes sea representativa de este modo
de entender el punto de partida del filosofar. Representa mas bien lo
contrario. Pero, según, mi interpretación, hay un momento en que
Descartes nos brinda una ilustración del modo de filosofar que queremos
insinuar. Ilustración que juzgo mas clara y eficaz que la que podría
sacar, para los fines de esta exposición, de cualquier representante de
este modo de entender el comienzo en la filosofía. porque este modo de
ver tiene un altísimo abolengo, aunque pocas veces se ha hecho
explicito.
La filosofía no se consideraría ya como un puro saber, sino también
como un modo de existir. Sin embargo su aspiración a ser ciencia
estricta, la filosofía sería también una sabiduría.
- Reducida a lo esencial y despojada de todos sus accesorios, la cuestión
propuesta a la filosofía es: ¿QUÉ SOY YO y QUÉ ES EL MUNDO?. Esta
cuestión puede existir sin hallarse expresamente formulada. Formulada,
puede asumir un aspecto mas o menos dramático: tener una mayor o menor
parte en la trama de nuestra vida. En la noche oscura del alma, el tema de
la filosofía que hemos dicho puede poblarse de las más refinadas
angustias. Y en el otro extremo, esa cuestión puede acompañarse con
problemas parasitarios que casi la ahoguen, o deshonrarse en las vanas
sutilezas. Pero lo que hallara como fijo en el fondo de todas las
variaciones lo que siempre ha de consentir ser expresado en un alfabeto
universal, esa sustancia es: ¿Qué soy yo y que es el mundo?. Cuando digo
que es esta la cuestión de la filosofía no quiero decir que cierta razón
filosofante por si sola y siempre engendre esta cuestión. Al contrario ,
pertenece mas bien a la esencia de esa cuestión el poder presentarse
también fuera de la filosofía. La conciencia de esta cuestión, problema
a pavor, tiene matices o grados infinitos que van desde la enunciación
racional expresa hasta la conciencia elemental –si todavía se la puede
llamar así –de lo meramente vivido. Quiero decir que esta cuestión
hace presa en el hombre aun fuera de todo docto y escolar ejercicio por
solo estar en la raíz de la vida humana en cuanto tal. Por eso, porque
esta en la raíz de la vida humana en cuanto tal, puede suceder que salga
al encuentro del hombre en el simple juego de la vida. Cuando esto ocurre,
cuando esta irrupción se produce, la filosofía puede empezar, aunque no
es necesario que esto suceda; porque puede tambien no empezar, aunque no
es necesario que esto suceda; porque puede tambien no empezar. La filosofía
puede no empezar al aquella irrupción, esta conciencia del problema,
tiene lugar en una situación en que se dispone de antemano de una
respuesta que no se ha construido sobre una irrupción original de la
cuestión; respuesta no filosófica, por lo tanto (mejor: no filosofada);
respuesta recibida, autoritaria, histórica. Es así como la cuestión de
la filosofía puede irrumpir y no hacer, sin embargo, que la filosofía
tenga comienzo.
En este caso están también el estudiante o estudioso de filosofía
que no es sino eso, y el que mas o menos doctamente profesa una filosofía
de moda, desdecir, que la profesa mas bien como curioso de novedades; mas
en razón de la novedad que a causa de su verdad, como diría Spinoza:
"para no equivocarse sobre quienes son esos conviene saber que tanto
en filosofía como en todo lo demás el gusto de la novedad no solo hace
revolucionarios; sino también reaccionarios". Ese riguroso
esclarecimiento que es preciso para haya filosofía se ha sobreentendido
por lo general como la exigencia de un conocimiento riguroso. En
consecuencia, la filosofía se concibe como ciencia. Ella tendría que
realizarse, en lo posible, como el edificio completo, sistemático y
definitivo de los conocimientos sobre el hombre y el mundo.
Este anhelo de la filosofía por constituirse como ciencia estricta,
como un conocimiento riguroso de verdades ciertas y verificables, de
tiempo tiene como necesidad de ser proclamado de nuevo enfáticamente. La
realidad de la filosofía es dura para con ese anhelo y se diría que de
tiempo en tiempo él tiene que darse solemnes ánimos para que no decaiga
su esperanza.
Contra ese ideal, sin embargo, esta el vasto testimonio de la historia
de la filosofía misma, que depone en contra de esa su entrañable
aspiración.
La historia de la filosofía no solo no nos muestra el edificio
imponente de la verdad filosófica, sino que hace falta "solicitar
dulcemente los textos" para ver en ella los probables membra
disjecta, las posibles esparcidas partes, reconocibles por todos, de la fábrica
soñada.
La verdad es que esta manera de entender la tarea filosófica, que la
asimila a una ciencia, entra suponiendo varias cosas. Prescindiendo de
otras, ella supone, en primer lugar, aquel tema de la filosofía puede
descomponerse en una serie de objetos ya dados y enfrentados al filosofo,
a todo hombre que filosofa; objetos dados fuera del que filosofa y
demanera igual para todos. En segundo lugar, aquella manera de ver supone
en el que filosofa la existencia de un órgano supraindividual y fijo de
captación de esos objetos: "logos", "ratio" u otro análogo.
Pero es el caso que, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias, los
objetos o los temas de la filosofía no son dados antes del concreto
filosofar, sino que se engendran dentro de Él. En las ciencias, una misma
organización perceptiva y racional de los hombres es el único y bien
fundado supuesto para que haya verdades científicas, es decir, aserciones
objetivas verificables de hecho por todos. El tema o los temas de la
filosofía, en cambio, "tienen su vez", como diría Baltasar
Gracián; tienen un tiempo, su circunstancia vital, en que irrumpen en la
historia del que filosofa. Junto con ese cuándo tienen también su cómo,
es decir, su matiz individual irreducible, por más que después puedan
ordenarse dentro de algunos esquemas universales.
Porque tienen su vez y su cómo, es decir, porque hay que esperar que
la vida los encuentre, resulta que ni esos temas, ni las soluciones que el
filósofo ensaya a propósito de ellos pueden ser verificados por todos;
la verdad filosófica tiene pocas probabilidades de merecer el
asentimiento unánime –aunque sea el asentimiento unánime de pocos.
Es así como la historia de la filosofía nos muestra en toda gran
filosofía. Algo hay siempre en ella de autobiografía, bien que se trate
de un bios, de una vida cuyas dramáticas vicisitudes escaparían al más
sagaz de las ayudas de cámara.
Por eso sucede que para entender una proposición de la física o la
matemática basta con el puro conocimiento; pero un filosofema por sí
mismo es casi una fórmula huera, algo sin valor de credibilidad ni peso
sin el itinerario del espíritu que condujo hasta él. A la verdad filosófica
no se puede acceder con un puro conocimiento. Suponiendo que sea un
conocimiento, la verdad filosófica es en todo caso una verdad vivida.
Verdad, pero también vida.
La filosofía es conocimiento, pero también vida.
Sobre este hecho cierto apoyan su confusa y declamatoria exigencia las
direcciones intuitivitas y voluntaristas y todas las que se califican a sí
mismas de irracionalistas. Ellas han adivinado algo de lo que la filosofía
como ciencia ignora supinamente: que la filosofia no consiste tan sólo en
el enunciado de axiomas evidentes y verdades demostrables, sino que admite
la efusión subjetiva; que la verdad apasionada, y se la puede expresar
hasta en exclamaciones.
Pero esas invitaciones al sentimiento y a la acción o quieren hacer
del sentimiento y de la acción sustitutos del conocimiento racional, y en
ese caso mantienen el anhelo de la filosofía como ciencia de objetos,
cambiando sólo el método (es decir, sustituyendo la razón por una
dudosa intuición irracional), o son invitaciones a perdernos en el
sentimiento y la acción, es decir, a realizar una vida estética o un
puro activismo. Pero entonces sentimiento y acción son nada más que vida
vivida, desnuda de todo valor filosófico, de todo valor de conocimiento;
vida que sólo a través de las gafas de algún moderno sofista puede
hacerse valer como "vita philosophica".
Tal parece ser la alternativa dejada en heredad a la filosofía desde
la muerte de Hegel: gritar enfáticamente, sin mayores consecuencias, su
pretensión de ciencia estricta, o vagar detrás de todas las formas del
diletantismo irracionalista.
Pero no hay, en realidad, tal alternativa. La filosofía supone la
concreta vida humana; parte de esa rica experiencia vital donde hemos
dicho que los temas de la filosofía tienen su vez. Sin embargo, aunque
supone esa base, la filosofía afirma su autonomía en cuanto se
constituye como esclarecimiento riguroso, como interpretación sistemática
y racional de esa experiencia. En cuanto es eso la filosofía es un
conocimiento. Pero construido a lo largo de un laborioso itinerario de la
vida humana, ese conocimiento, esa ciencia, sólo se integra o perfecciona
en una vida, como saber vivido; sólo se verifica en sabiduría.
Por eso en la historia de la filosofía auténtica culmina en una ética.
No solo en una ética como teoría de lo moral, sino en una prueba de la
vida.
Supongamos un instante (a título de mera hipótesis ilustrativa) que
una interpretación racional del ser de la vida humana conduzca a una
filosofia de su radical insuficiencia; una filosofia que nos muestre al
hombre tendiendo por todas sus potencias a trascender de si mismo.
Supongamos que la elaboración racional de esa radical insuficiencia le
imponga a la filosofia como exigencia científica la afirmación de una
trascendencia, de un ser trascendente.
En la filosofia hay siempre comprometida la plenitud de la vida; en la
filosofia hay siempre un tua res agitur. Surgida de la vida, la filosofia
solo se acaba y cumple en una vida –cosa ésta que no ocurre a ninguna
ciencia.
La filosofia quiere y ha querido siempre ser una ciencia, un
conocimiento; pero un conocimiento vivido y militante; sabiduría
individual y solo asi, sin embargo, de veras universal. Por eso, adoptadas
todas las precauciones para no ser mal entendido, yo diria (un poco en símbolos,
porque a veces el símbolo es la precision y exactitud mas alta) que la
filosofia no es ciencia sino mas bien Caballeria de la "Orden del
Conocimiento Esencial".
- Cuando se considera la diversidad histórica de las filosofias, caba
agruparlas, en una primera clasificacion muy general, en dos grandes
tipos. Conforme con el primero, que coincide con la imagen clásica de la
filosofia, esta se concibe o entiende realizarse como ciencia, es decir,
como un edificio sistematico de conocimientos objetivos, revestidos de
validez universal. Sea que se asigne a la filosofia como objeto integrar
en un conocimiento absoluto la imagen del hombre y del mundo del saber
vulgar y de las ciencias particulares; sea que se la conciba, menos
ambiciosa, como teniendo objetos propios más restringidos, las filosofias
de este tipo tienden decididamente a constituirse como ciencia.
Pero hay algo en la filosofia que resistira siempre el intento de
reducirla a ciencia, y es que, si bien la filosofía es conocimiento, en
el conocimiento filosofico sólo se conoce lo que de algun modo tambien se
hace, con un modo interior de hacer. El conocimiento filosofico es tambien
realización del cognoscente (subjetividad finita siempre individual) y
no, comoen el ideal de la ciencia un objeto espectacular para un
desinteresado y anónimo "yo pienso".
Por eso, aunque la filosofia aliente la exigencia de un saber de
validez universal, los filosofos no se preocupan demasiado de la
universalidad, y se conforman de buena gana con la validez. Y si las
reflexiones anteriores fueran justas, esta en la misma naturaleza de la
filosofia el que las cosas ocurran de esa manera.
La misma idea de una filosofia universalmente válida (ideal que se
nutre en el postulado, que nada autoriza seriamente a conmover, de la
esencial identidad del hombre), no podria concebirse de otro modo que como
el canevas sobre el que cada vida filosofica construye su original acceso
a la verdad.
Solo un superficial "historicismo", mirando en el contenido
de los "sistemas", extrae de la diversidad de ellos la negación
de una verdad filosofica (para lo cual previamente ha erigido, a sabiendas
o no, a la matemática y la ciencia natural exacta en dechados del
conocimiento; sin preocuparse, naturalmente, de averiguar que pasa con la
filosofia).
Pero una consideración mas profunda justamente en la
"historicidad" de la filosofia vera el signo de la verdad que le
es propia. Y las distintas filosofias, en su curso temporal, se nos
apareceran como confidencias conceptuales que se corrigen mutuamente al
infinito, como confidencias conceptuales en torno a una verdad inmanente a
todas ellas, en cuanto se fundan en una experiencia de vida.
Porque la vedad filosofica, mas que adeaquiatio rei et intellectus, es
adoaequatio intellectus et vitae: de una vida, empero, que no es vida
inmediata ni conciencia solipsista, sino subjetividad finita
constitutivamente abierta a la trascendencia.
- Conclusiones generales, ampliadas
"Si no esperas lo inesperado, no lo encontrarás"
(Heráclito de Éfeso)
"Fracaso no significa que estemos derrotados:
Significa que hemos perdido solo una batalla.
Fracaso no significa que no hemos logrado nada,
Significa que hemos aprendido algo.
No significa que hemos sufrido el descrédito:
significa que estuvimos dispuestos a ensayar.
No significa falta de capacidad.
Significa que debemos hacer las cosas de una manera
diferente.
Fracaso no significa que somos inferiores,
significa que no somos perfectos.
No significa que hemos perdido nuestra vida:
significa que tenemos buenas razones para empezar de
nuevo.
No significa que debemos echarnos atrás.
Significa que debemos luchar con mayor ahínco.
Fracaso no significa que jamás lograremos nuestras metas:
Significa que tardaremos un poco mas en alcanzarlas.
Fracaso no significa que Dios nos ha abandonado.
SIGNIFICA QUE DIOS TIENE UNA IDEA MEJOR!"
I. La inspiración filosófica
La filosofía en la calle
En muchas ciudades de nuestro país hay alguna vía pública que lleva el
nombre de "Balmes". El filósofo de Vic, Jaime Balmes
(1810-1848) es un "clásico" moderno, su pensamiento posee
actualidad. Es interesante observar que, por lo general, a esas calles o
plazas no se les ha modificado el nombre a pesar de los cambios de régimen
político que se han sucedido. Nunca ha parecido necesario marginar a
Balmes; es patrimonio común. Existe también una filosofía clásica, una
philosophia perennis, patrimonio de todas las generaciones que a la vez es
un saber maduro y una búsqueda abierta.
La moda goza de una actualidad efímera.
Los clásicos no suelen estar de moda.
Pero son actuales siempre.
Hay cuestiones que interesan al hombre de todos los tiempos.
Muchos pasan por esa calle: desconocen quién fue Balmes y no se lo
preguntan. También es posible que ignoren qué es la filosofía, qué es
un clásico o qué un régimen político. Realidades invisibles, como el
aire y la luz; vivimos en medio de ellas y no nos damos cuenta.
La admiración, origen del filosofar
A veces desconocemos lo que tenemos cerca. Normalmente ignoramos lo más
próximo: estamos acostumbrados, no nos causa extrañeza, ni admiración;
he ahí por qué no nos hacemos preguntas.
Maravillarse es advertir que no entendemos. La maravilla nos hace ver en
lo ordinario algo insólito. Los filósofos de la antigua Grecia dijeron
que la investigación y la filosofía nacieron de la admiración.
Hoy en día se suele aceptar que la humanidad posee un alto nivel de
conocimiento científico, y eso la hace poderosa. Es cierto, pero no
sabemos si el edificio del saber humano es seguro. ¿Su prestigio no se
desplomaría si el hombre sólo lo hubiera soñado, si fuera mera invención
de nuestro deseo de seguridad?
El valor de la filosofía
¿Para qué sirve la filosofía? Se puede responder: "no sirve
para nada". Pero aun aceptando semejante respuesta, no cabe admitir
que no sea valiosa.
No es lo mismo ser útil que valer. Servir para otra cosa es un tipo de
valor, el valor de utilidad, propio de los medios. Todos los medios -o útiles-
son valiosos, aunque no todos los valores son medios. Los medios son
buenos para otra cosa, los fines son buenos en sí mismos.
Hay preguntas que se plantea el hombre de todo tiempo. Una de ellas tiene
que ver con la diferencia entre los saberes "técnicos" y los
saberes "liberales" (desinteresados), esto es, la diferencia
entre dominio del mundo y libertad interior, técnica y ética, cosas y
personas, en una palabra: el mundo y el hombre. Éstos son temas clásicos,
que cobran especial interés en la actualidad.
Con un lenguaje propio de su época, J. Balmes formuló agudamente algunas
de estas cuestiones en un libro publicado en 1846:
«Todo lo que concentra al hombre, llamándole a elevada contemplación en
el santuario de su alma, contribuye a engrandecerle, porque le despega de
los objetos materiales, le recuerda su alto origen y le anuncia su inmenso
destino. En un siglo de metálico y de goces, en que todo parece
encaminarse a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en cuanto
pueden servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven esas grandes
cuestiones, en que el entendimiento divaga con amplísima libertad por
espacios sin fin.
«Sólo la inteligencia se examina a sí propia. La piedra cae sin conocer
su caída; el rayo calcina y pulveriza, ignorando su fuerza; la flor nada
sabe de su encantadora hermosura; el bruto animal sigue sus instintos, sin
preguntarse la razón de ellos; sólo el hombre, esa frágil organización
que aparece un momento sobre la tierra para deshacerse luego en polvo,
abriga un espíritu que, después de abarcar el mundo, ansía por
comprenderse, encerrándose en sí propio, allí dentro, como en un
santuario donde él mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor. Quién
soy, qué hago, qué pienso, por qué pienso, cómo pienso, qué son esos
fenómenos que experimento en mí, por qué estoy sujeto a ellos, cuál es
su causa, cuál el orden de su producción, cuáles sus relaciones: he aquí
lo que se pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas,
es verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de
nosotros algo superior a esa materia inerte, sólo capaz de recibir
movimiento y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad íntima,
espontánea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la imagen de la
actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un solo acto de
su voluntad». (J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1, § 4).
La cuestión del saber
Según el filósofo de Vic, es preciso filosofar, porque junto a la
ciencia natural y el progreso técnico, ha habido escaso mejoramiento en
humanidad; además, advertimos gran diferencia entre la fuerza física y
la conciencia, entre lo externo y lo interior, la materia y el espíritu,
entre el mundo y el Creador.
La sola enumeración de esos temas, persuade a muchos de la dificultad de
la filosofía. Estos asuntos -se dice- son importantes, pero no están al
alcance de todo el mundo, son cosa de especialistas. Eso es una
dificultad; tal vez la mayor para quien se acerca por primera vez a estas
materias.
Además, se nos plantea la disputa sobre el saber filosófico. Las razones
a favor y en contra insinuadas por Balmes, vienen a ser estas:
-En contra: Después de veinticinco siglos la filosofía sigue sin
alcanzar utilidades claras. Continúa haciéndose las mismas preguntas. ¡Queda
lejos la Edad Media!, estamos en el siglo XXI, época de continuas
sorpresas, de siempre nuevos progresos tecnológicos. La filosofía no
progresa, no es científica. ¿Por qué ocuparnos de ella?
-A favor: precisamente por eso, la necesitamos. Ciencia y técnica
tenemos, pero nos falta meditar sobre la grandeza del hombre, su origen y
su destino. Más allá del rendimiento y la utilidad, hemos de poder
discurrir sin límites. El progreso material necesita del progreso
espiritual. Ahora bien, "en este siglo de metálico y de goces"
-de dinero y placeres-, en que "las fuerzas del espíritu" -la
ciencia, el saber- se desarrollan sólo al servicio de la técnica y del
mercado, se detecta un vacío de espíritu. Más que nunca se requiere el
saber desinteresado, la contemplación desde las altas cumbres. Pensemos
en fin, ¿qué nos mueve al saber? ¿Nos interesa sólo por la utilidad, o
también porque ilumina el sentido de la existencia? ¿Qué ciencia, qué
técnica podría hacer esto último?
Filosofías "preconcebidas"
La misma ciencia y el progreso material replantean la necesidad del
filosofar, es decir, de ir en busca del último por qué que nos dé
alguna razón de todo cuanto existe. No es inasequible, ni es preciso ni
conveniente partir de cero, aunque algunos filósofos lo hayan pretendido;
aunque no sean conscientes de ello, todos llegan a la filosofía con gran
número de conocimientos previos. Por lo demás, todos tenemos una idea
-quizá confusa- de lo que significa una concepción filosófica de la
realidad; y, de hecho, conocemos más de una.
Vamos a considerar tres de esas visiones (cosmovisiones) que se advierten
y distinguen fácilmente en la actualidad:
La primera concibe la filosofía como sabiduría. Sostiene el primado del
espíritu sobre la materia, y la libertad como señorío del hombre sobre
las cosas. Es creacionista, ve el mundo como la obra de un Artífice
inteligente, y al hombre como imagen de Dios.
La segunda es el materialismo "científico", actualmente
divulgado y al alcance de todos. Se lo encuentra en los medios de
comunicación. Contiene una concepción claramente cerrada a la
trascendencia. A menudo concede prioridad a la moda (lo que se lleva) y al
éxito (más o menos previsible a corto plazo).
La tercera, es la concepción postmoderna. Sostiene que buscar el último
porqué es un "pensamiento duro", intolerante. Según tal
cosmovisión, la filosofía expresa sólo la mentalidad vigente en un
grupo social y una época. Ni la inteligencia ni la materia pueden dar
cuenta del origen absoluto; en consecuencia, nada puede hacerlo.
Una descripción de la primera idea la hemos encontrado ya en el texto de
Balmes. Consideraremos ahora, brevemente, las otras dos, para plantearnos
la pregunta sobre la verdad de esas filosofías preconcebidas. Como hemos
sugerido, todos nos encontramos en alguna de las tres y tal vez no lo
sepamos.
II. El materialismo común
La lógica del materialismo divulgado.
Hay una imagen del hombre (y del mundo) muy divulgada por los medios
de comunicación que simplifica de tal modo las cuestiones, que ofrece la
impresión de que en la actualidad se sabe el "porqué" de todo.
Esa imagen resulta de reducir siempre lo superior a lo inferior; es decir,
explica siempre lo más perfecto por lo menos perfecto. En el fondo cree
que lo más perfecto es siempre lo más complejo; en consecuencia,
pretende explicar lo superior como una agregación de elementos (lo
inferior). Por ejemplo, la excelencia humana sobre los demás seres,
estribaría en la magnitud del cerebro, o en la complejidad de conexiones
neurológicas. En definitiva, la perfección sería cuestión de cantidad;
el hombre sería un ser superior por la sencilla razón de ser más
complicado.
El materialismo "explica" lo superior por lo inferior; presenta
las realidades más perfectas como agregados de cosas menos perfectas.
Ahora bien, ¿es evidente que perfección (de ser) sea lo mismo que
magnitud (de partes), o complejidad (conexión de porciones)? Lo sería si
sólo pudieran existir seres materiales. Pero, si hay seres inmateriales,
entonces ha de haber una jerarquía de perfección en el ser, inversa a la
de la complejidad. En efecto, el ser espiritual carece de cuerpo, no tiene
partes; sin embargo es superior al ser material. Espiritual y material se
comparan como lo superior a lo inferior; la escala que va de las piedras a
Dios (pasando por el hombre), no es un tránsito de lo más simple a lo más
complejo, sino de lo complejo a lo más simple. Dios es la pura
simplicidad, la suprema sencillez.
Ciencias y método analítico
Denominamos "análisis" a la descomposición de un todo en
sus partes.
El análisis se acaba en los elementos.
Se llama "elemento" al resultado último del análisis;
es indescomponible, simple y evidente.
La sugestión de que lo superior se explica por lo inferior (es decir, que
todo se explica por la materia y sus estructuras) se basa en operaciones
mentales muy sencillas: separar y reunir, descomponer y recomponer: análisis
y síntesis. El matemático usa el análisis para ir de lo oscuro a lo
claro, de lo complicado a lo sencillo.
Se suele indentificar "analizar" con "pensar" (o
"profundizar"), cuando el análisis sólo es una entre las
operaciones mentales: la que descompone un todo en sus partes, hasta
llegar a las ínfimas. Cuando no se puede seguir descomponiendo, hemos
encontrado un elemento. Los elementos son básicos: se entienden por sí
mismos y a partir de ellos se entienden las otras cosas. Con otras
palabras: lo elemental es evidente, se entiende y causa saber. La ciencia
se funda en elementos. Las ciencias de la Naturaleza progresan integrando
(articulando) sistemas complejos, a partir de elementos simples.
Si la realidad constara sólo de materia y combinación, entonces análisis
y síntesis serían los únicos procedimientos; y los elementos físicos
las únicas verdades primeras.
Representación gráfica de la estructura del átomo
Limitación del análisis
Si la realidad sólo fuera un agregado material de partes, el análisis
sería la única forma correcta de pensar. La matemática sería algo más
que una buena lógica, sería el único método lógico.
Pero si la realidad no consta sólo de elementos materiales, además de
las ciencias matemáticas y las físicas, ha de haber otras formas del
saber, más métodos además del analítico (simbolismo, analogía, etc.).
Ahora bien, hay ideas que se resisten al análisis y resultan
incomprensibles si se cuenta sólo con métodos físico matemáticos; por
ejemplo: infinito o persona, son nociones que no toleran el análisis y
sin embargo no son pensamientos vanos.
Por poner un ejemplo de intuición inmediata: ¿el análisis es capaz de
captar la vida de la vaca? En la carnicería encontramos piezas de vaca,
esto es, vaca "analizada". Pero la vida de la vaca no es una de
las piezas descuartizadas ni la mera reunión (síntesis) de las piezas:
por más perfecta que fuera la reunión de las piezas no resultaría la
vida de la vaca, porque ésta es más, es superior a la reunión de las
partes. Lo mismo sucede con el ser personal. Si la persona fuera una reunión
de elementos materiales, si el ser personal resultara de una cierta síntesis
de piezas impersonales, la persona no sería más que un agregado
impersonal. Como la interioridad es inasequible al método analítico, se
corre el riesgo de declararla ilusoria, lo cual sería obviamente un
disparate. Lo correcto es reconocer la limitación del método analítico,
y que no es el único, ni el más apto para las realidades de superior
categoría.
Estas reflexiones son suficientes para advertir que la ciencia analítica
sirve por cierto al conocimiento de un sector de la realidad, pero no
puede ofrecer todo el saber posible. La naturaleza física es una gran
parte del ser, pero seguramente -lo estamos vislumbrando- no es la
totalidad del ser. Y ¿no es obvio que de la confusión de la parte con el
todo se derivarán necesariamente enormes dislates? Quien declara que una
parte es todo, mutila la realidad, hace una reducción inadmisible.
Del caos al superhombre..., pasando por el chimpancé
El materialismo reduce lo superior a lo inferior, porque explica sólo
en base a síntesis de elementos. El materialismo vulgar, pretende
explicar el espíritu por funciones lógicas; los procesos lógicos, por
el cerebro; el cerebro por el sistema nervioso; los nervios y sus
procesos, serán bioquímica y, al final, todo será la versión biológica
de lo que vemos en el circuito impreso de la calculadora o el transistor
cuando los abrimos; a su vez, un circuito se reducirá a algo tan sencillo
como la instalación eléctrica de una habitación.
Según la imagen divulgada por los medios, el hombre es un poderoso
ordenador, resultado de la evolución de los vivientes superiores; estos
procederían de los vivientes inferiores por evolución; y a su vez éstos
de la materia inorgánica. En fin, lo único que sería necesario desde la
eternidad serían partículas, espacio, y fuerzas que mezclaran las partículas
durante largos períodos de tiempo, hasta que, por azar, resultara una
combinación superior estable, tendente a perpetuarse y multiplicarse.
Materialismo y creacionismo
Así el materialismo explica la vida como un mero producto de la
materia inerte; la inteligencia como un producto de la vida orgánica; la
espiritualidad, la vida científica, moral y religiosa, en suma, como
invenciones del hombre. En este sentido, el materialismo es como la
inversión (el negativo de la fotografía) de la imagen creacionista del
mundo.
Según el creacionismo, Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza,
con una dimensión material y otra dimensión personal y espiritual. Al
cosmos físico lo creó para el hombre. El mundo no existe en un sentido
absoluto (no se justifica en sí mismo, no es para sí mismo), sino que
existe para el hombre, para que éste lo conozca y domine mediante el
trabajo manual e intelectual. La razón de ser del mundo es el hombre:
permitir la vida específicamente humana (en el mundo) que culmina en el
conocimiento y el amor a Dios (trascendente al mundo). Para el
creacionismo el mundo invita a elevar la mente del hombre a su artífice,
Dios. El mundo y el hombre deben considerarse ordenados a Dios.
El materialismo, por el contrario, sostiene que Dios no es más que una
"idea", un producto mental del hombre. No entiende a Dios como
creador del hombre sino al hombre como creador de Dios; y, en fin, el
mundo (o mejor, el caos y el azar) es el productor del hombre. Para al
materialismo, el espíritu es producto de circuitos neuronales; y las
neuronas, producto de la materia.
Tópicos del materialismo
En ocasiones el esquema del materialismo divulgado se presenta como
resultado de la ciencia ("materialismo científico"), para el
cual sólo existe la Naturaleza (átomos, espacio vacío, fuerzas); la
Naturaleza produce por evolución al hombre; el hombre produce la
sociedad, el lenguaje, la cultura. En fin, la ciencia, el arte, la filosofía
y la religión son los niveles superiores de la cultura. Todo sería un
proceso que integra elementos, a partir de materia inerte, se alza hasta
la vida, después llega el hombre y, por fin, el pensamiento consciente.
En el materialismo divulgado, cada uno de nosotros sería un producto de
su cultura y las culturas productos sociales e históricos. En semejante
planteamiento, las explicaciones son triviales, superfluas. La vida no
tiene misterio, las ciencias lo explican todo..., y no hay más. Pero la
vida nos impone sospechar que hay más, y si en efecto hay más, entonces
habrá que reconocer que hay mucho más...
Tras las palabras
En las síntesis cada vez más elevadas que se presentan en la
naturaleza, en el materialismo divulgado, el tránsito de lo inferior a lo
superior, en el fondo, se justifica siempre de la misma manera: "por
evolución, de los mamíferos superiores surgió el hombre", etc.
Ahora bien, ¿qué quiere decir, exactamente, "por evolución"?
Con exactitud, no se sabe. Es una incógnita. Subrayemos esto: ¡La
explicación reposa sobre una incógnita! Dadas unas modificaciones lentas
(o súbitas), pequeñas (o grandes), sobrevenidas por azar, es decir, sin
causa o por causa desconocida... entonces alguna novedad entra en escena.
Todas las novedades entran así en escena, por causas desconocidas. ¡Valiente
explicación!
Ciertamente, la biología contempla fenómenos en los que parece ya
insensato negar la evolución de la vida, desde formas simples a formas
cada vez más complejas. Ahora bien, lo que los mismos biólogos no tienen
claro es cómo se explica el hecho. Hay incluso biólogos de primera
categoría y ajenos al creacionismo que reconocen que la evolución
observada odebece a leyes predeterminadas y desconocidas. Con otras
palabras, es claro que hay tránsitos de lo inferior a lo superior; lo
confuso es "cómo explicarlo". En definitiva: ¿cuál es el
origen de esas leyes que hacen posible la evolución en un sentido
determinado? Hoy por hoy la biología no lo sabe. y muchos se inclinan a
pensar que la explicación no está sólo en el pasado (en una causa
material), sino también ¡en el futuro!, es decir en algo así como lo
que los clásicos llamaron causa final.
Es claro también que el materialismo no es científico en modo alguno. El
científico y premio Nobel John Eccles lo ha calificado incluso de
"superstición".
En consecuencia, al comenzar a discurrir sobre el sentido de la existencia
del mundo y del hombre, lejos de asumir acríricamente explicaciones
pseudo-científicas, nos proponemos partir de que no sabemos qué
significan las palabras invocadas anteriormente. Partimos de que hay mundo
y hay personas, entre las que nos contamos. Partimos también de que no es
evidente que la Naturaleza sea sólo materia, espacio y fuerzas; ni es
evidente que el hombre sea un robot, ni que la "inteligencia
artificial" sea "inteligencia "vital". Probablemente
no sepamos aún qué significa "materia", qué
"espacio", qué el "número", qué el
"hombre", etc.
En el punto de partida del filosofar, no pretendemos estar en posesión de
ninguna certeza indiscutible. Por tanto, lo primero que tendremos que
hacer será buscar definiciones: de-finir, delimitar el perfil de las
cosas, averiguar qué las distingue y qué las asemeja a las demás. Esta
tarea nos remite a la lógica, como orden de los conceptos, o "arte
de pensar" correctamente.
III. El
"culturalismo", o relativismo postmoderno
Ciencias sociales y "cultura"
Después del marxismo, prolifera en medios académicos
un materialismo atenuado, que denominaré culturalismo. Más que una teoría es
una mentalidad. El origen del culturalismo se debe, por una parte, al descrédito
de la filosofía en el s. XX y, por otra, en el auge de nuevas ciencias
—provenientes, por sierto, de la filosofía—, que conservan interés humanístico,
me refiero a las ciencias sociales. Para éstas, el ser humano debe ser
estudiado como producto del medio sociocultural; cada sociedad tiene su cultura
y conforma sus individuos a su imagen.
El relativismo postmoderno
Por otro lado, es hoy frecuente la creencia de que sobre cuestiones últimas
no se puede saber nada. La verdad sobre el hombre y el mundo, sobre nuestro
origen y destino, es impenetrable. Aún más: el intento de encontrar la verdad
es pernicioso, propugna sistemas cerrados al diálogo y al consenso social, a la
diversidad de opiniones, de opciones, de culturas, etc. La actitud post-moderna
valora la tolerancia universal y propone para ello la renuncia al fundamento;
tan fundamentalista le parece el materialismo como el creacionismo. Este
culturalismo se diferencia de las filosofías anteriores en que se esfuerza por
saber de todo, pero sin afirmar ni negar nada. Su ideal de persona culta es
alguien con "acceso" a mucha información, pero sin convicciones. La
idea del culturalismo es que hay que conocer todas las ideas, para no
comprometerse con ninguna.
Al desinteresarse de la verdad objetiva, elculturalismo postmoderno refiere el
valor de las cosas a las apreciaciones de una comunidad. Como el escepticismo de
siempre, intenta cancelar el valor de la verdad. Pero eso es imposible; la
verdad es solamente suplantada: no será ya la adecuación de nuestro
pensamiento a la realidad de las cosas, sino la opinión o la sensación que se
tiene dentro de un grupo. Aparecen así "subculturas", propias de
comunidades restringidas, cada una de las cuales tiene "su" verdad (la
comunidad de los universitarios, la de los consumidores, la de los homosexuales,
etc.). Los valores de cada cultura son autónomos: no se pueden poner en relación
ni comparar; cada cultura es un mundo aislado. El intento de enjuiciar los
criterios del indígena, del gitano, etc., por parte de aquellos que no lo son,
es etnocentrismo, una falta de respeto. Aparentemente el culturalismo permitiría
una mayor "comprensión" de culturas ajenas -y de las personas que
pertenezcan a ellas- pero en realidad facilita el desinterés y la incomunicación,
por el hecho de que se excluye a priori que tengamos verdaderos valores en común
o que podamos compartir.
Valoración del culturalismo
En síntesis, el relativismo postmoderno merece una valoración negativa,
debido sobre todo a las siguientes características:
Renuncia a la verdad. El culturalismo y el pensamiento postmoderno, como hemos
visto, renuncian a la verdad en general y en particular a la verdad del
fundamento. Tal renuncia siempre es grave, puesto que culmina o en el
relativismo subjetivista (subjetivismo puro) o en incluso en el nihilismo (nihil
= nada). Las consecuencias son tremendas, porque de ahí procede en buena parte
el menosprecio o desprecio de la existencia humana, de la vida de los no
nacidos, de los ancianos y enfermos terminales, y, en fin, de todas aquellas
personas que parecen gravosas a la comunidad en la que vive. En todo caso, la
valoración de esta mentalidad es la misma que merece el escepticismo.
Desenmacararlo no es cosa trivial, sino cuestión de vida o muerte.
Politeísmo de valores. El culturalismo consagra un "politeísmo de
valores" conducente a la incomunicación y contrario al progreso. Siempre
una u otra cultura ha sido pionera en algo, en la historia, y las demás han
progresado imitándola o haciéndola suya.
Como forma de razonar, hay que reprocharle tres defectos que examinaremos en
seguida:
1º) Incurre en "circulo vicioso"; defecto, pues, de lógica.
2º) Construye una pseudo-cultura, que bien podría llamarse cultura de la
frivolidad;
y 3º) su esterilidad para las relaciones entre individuos y comunidades, ya que
sólo desorienta (es confusionismo).
Examinemos con más detalle cada uno de estos argumentos:
1º) Como las sociedades evolucionan -se dice-, también los juicios de valor
son variables. Ahora bien, esto introduce un relativismo general. En efecto, si
lo que cada cual considera legítimo, y razonable (lo que llamaríamos lógico y
sensato), son sólo creencias de época, nada podemos afirmar sin aceptar que
nuestros juicios valen sólo por ahora, en este país, etc. Es decir, en un
sentido absoluto no valen. La validez de todo pensamiento, de todo juicio, es
provisional, y depende de su aceptación por los demás. Ahora bien, como la
validez de los juicios de los demás depende también de los demás, la
pescadilla se muerde la cola, estamos en un círculo vicioso del que no hay otro
modo de salir que saliéndose de la teoría. El progreso mismo sería inviable
porque sofocaría la aparición de esos hombres rompedores de juicios
anquilosados, de esquemas "políticamente correctos", que son los que
en rigor hacen progresar en humanidad. Si el valor de nuestro pensamiento
depende del pensamiento de los demás, a su vez a remolque de las modas y
estados de opinión, hemos entrado así en el círculo vicioso donde nada es
verdad ni mentira.
2º) Si la filosofía es parte de una cultura (sus aspectos simbólicos), no será
verdadera ni falsa, no orientará ni será importante. Lo mismo la moral y la
religión. Para el culturalismo, la filosofía, como producto del medio social,
va cambiando con él. Pero eso es una forma "educada" (digamos, culta)
de eludir las preguntas serias, la idea de transcendencia, la búsqueda del
sentido. A partir de ahí, ya se puede jugar a la intrascendencia. La frivolidad
pasará por ser la actitud lúcida de quienes "están de vuelta"; para
quienes la cultura es simplemente actividad lúdica.
3º) Una "cultura" que nos adoctrina en la intranscendencia -que nos
invita a la frivolidad, a no tomar en cuenta nada que no podamos ver y usar-,
esteriliza la vida intelectual, la bloquea, deja la voluntad como aguja de brújula
sin norte, sin orientación ni propósito sobre el cual edificar una
personalidad. Tal pseudo-cultura debe ser denunciada como fraudulenta. Los
fraudes alimenticios atentan contra la salud del cuerpo, los filosófico-morales
atentan contra el espíritu humano.
Naturaleza y cultura
(La actividad humana)
"El hombre supera infinitamente al hombre"
(Blas Pascal)
I. Lo natural y lo artificial.
El viviente que habla Hay discursos que no dicen nada, y silencios que
claman. A veces se alude así a la importancia de la palabra; no interesa la
charlatanería, sino el significado de lo que se dice.
.....Ya Aristóteles (384-332, a. C.) observó que no es lo mismo la voz que
la palabra (lógos). La mayoría de los animales tienen voz (maúllan, pían,
mugen, etc.), no son mudos; pero esas voces no significan nada, o muy poco.
Sólo el hombre está dotado de palabra. La palabra es voz articulada,
combinación de sonidos (fonaciones), según un código altamente complicado
—más aún, si pensamos que los diferentes idiomas se traducen entre sí;
esto es, que todos los códigos semánticos y sintácticos son artificio—.
En fin, Aristóteles consideró que podía definir al ser humano como
"el viviente que tiene logos". Esta fórmula se ha transmitido
hasta hoy así: el hombre es animal racional. De muy antiguo proviene, pues,
la convicción de que el habla es el signo externo del pensamiento. El
lenguaje es una característica diferencial humana; y logos es la palabra
griega que significaba, indistintamente, "palabra",
"mente" o "pensamiento".
Seres naturales y seres artificiales No es lo mismo describir cosas que
definirlas.
La descripción expresa lo aparente, lo que se ve, y tal como uno lo ve. La
definición expresa algo interno, lo que es; y no como a uno le parezca,
sino tal como es. Por eso es incomparablemente más fácil describir que
definir. A los seres naturales los podemos describir, es lo que se suele
hacer; sólo los entes artificiales se dejan definir con menos dificultad.
La definición expresa la esencia, lo que una cosa es. Pero ¿cómo expresar
con exactitud lo que no se comprende, o se conoce sólo a medias? Lo
artificial es definible, porque no tiene otro ser que el que el artífice
humano le ha dado. Las definiciones elementales, en el inicio de las
ciencias, suelen ser convenios (por ejemplo, la definición de
"metro").
Definir al hombre es muy difícil. Aunque sólo atendiéramos a su condición
de ser natural, de viviente. Supongamos que ya comprendemos su elemento
diferencial ("tener logos"), todavía nos falta el genérico. Hay
que definir qué es ser natural y qué es vida.
Los seres naturales, en efecto, son inertes o vivos. Los antiguos suponían
un principio vital (en lat. anima; en gr. psykhé), que explicara la
diferencia entre un cuerpo inanimado y un ser vivo. El primero es pasivo,
incapaz de moverse por sí mismo; el segundo es activo, espontáneo. Sabemos
que ha muerto cuando deja de actuar. Entonces deja de existir, el cuerpo se
disgrega. Otra observación de Aristóteles es esta: la vida, para los
vivientes, es el ser.
Los entes naturales son diferentes de los artificiales.
Los primeros existen por sí, los segundos son obra humana.
Los entes naturales son inertes o vivos.
Materia y forma
Vale la pena ahora prestar atención a la teoría aristotélica llamada
hylemórfica, que explica de modo difícilmente superable la estructura más
profunda (meta-física) de la realidad material. La teoría hylemórfica
mira a las cosas (naturales o artificiales) como compuestas de materia y
forma (en gr. hyle y morphé). Por "materia", en metafísica, no
se entiende lo mismo que en física; se entiende el principio de la
indeterminación, pasividad y sensibilidad de las cosas; por
"forma" se entiende un principio (no una figura, ni un aspecto),
el principio determinante de la materia, del que proviene la actividad y la
inteligibilidad de la cosa. Considerémoslo en un par de ejemplos: las
palabras que proferimos constan de dos elementos, la materia (sonidos,
voces) y la forma (articulación); las palabras que escribimos también son
compuestas de materia (letras) y de forma (orden, combinación). Lo mismo se
podría hallar en las piedras: moléculas y estructuras cristalinas. Todo lo
que hay es, por un lado, algo pasivo e indeterminado; y, por otro lado, una
estructura determinante.
Materia y forma no son "cosas", sino principios de las cosas. Las
cosas se pueden ver y tocar; los principios se alcanzan con el pensamiento.
Por eso, materia y forma no son objetos observables, ni separables por
medios físicos o experimentales. Ahora, si no son observables, ¿cómo
sabemos que son reales? Porque el obrar de las cosas exterioriza su manera
de ser (el obrar se sigue del ser). Ahora, se nota una dualidad de aspectos
en los entes naturales, como la pasividad y la actividad, o como la
singularidad y la idealidad. Si ambos aspectos se dan y se dan juntos, son
señal de una dualidad constitutiva. La materia explica el carácter
sensible de los individuos, su pasividad y, en fin, lo que hay en ellos de
oscuro o ininteligible.
Pero un ser material no es solo materia.
Quien dice "ser material", dice elementos o partes, más una
configuración que reúne las partes, o morfología de ese ser. A esa
configuración interior se la llama forma (morphé).
Que los seres naturales tengan una información intrínseca es una idea que
nos resulta familiar; tenemos ya la idea de código genético o de programa
informático, como estructuras que configuran una materia (en sí amorfa) y
la hacen capaz de actuaciones sorprendentes, originales. En el lenguaje
filosófico, "forma" no significa figura externa, sino la
estructura interna de la materia; no es la materia, sino la estructura de la
materia. Se trata de algo comprensible, inteligible y, a la vez, un
principio de operaciones específicas. Lo mismo que en el caso de información
genética, o en el de programa informático, la forma de la que hablamos es
un código, un programa que configura y habilita para obrar.
Principio vital y cuerpo organizado Cuando los antiguos observaron que de
los entes naturales los unos eran vivientes, porque ejercían operaciones
vitales y no por el hecho de ser materiales (pues las piedras son materiales
y no viven), refirieron esas actividades vitales a un principio, que
denominaban psykhé, o anima, y era para el cuerpo lo mismo que la forma es
para la materia, esto es, lo mismo que un programa informático es para un
plástico o la información genética para unas moléculas.
"El alma es la forma de un cuerpo natural orgánico que tiene la vida
en potencia" (Aristóteles).
Aristóteles define el alma (yuc», psykhé), como la forma de un cuerpo orgánico,
cuyas operaciones vitales no están siempre en ejercicio; algunas reposan
mientras otras obran. El viviente (zîon, zóon) es un ser material,
informado por un programa muy perfecto (psykhé), que consta de órganos
coordinados.
Elementos de esta definición
· Cuerpo, significa la unidad de materia y forma
· Natural, se dice por contraposición a artificial
· Orgánico, significa que el viviente consta de órganos
Los órganos se sirven entre sí (en gr. Ôrganon, órganon, instrumento);
esta idea destaca al organismo entero —al viviente— como el fin de todas
las operaciones orgánicas.
GRADOS DE VIDA
Además de los órganos, esa definición contiene esta otra expresión:
"vida en potencia". ¿A qué se refiere?
Las potencias vitales, o facultades del alma, no son lo mismo que los órganos;
son principios próximos de operaciones vitales. Es tradicional distinguir
tres niveles:
· Operaciones vegetativas, como la nutrición, el crecimiento y la
reproducción.
· Operaciones sensitivas, como la sensación, la percepción, imaginación,
etc.
· Operaciones intelectivas, como el concepto, el juicio, etc.
Las facultades se corresponden con tres grados de vida: vegetativa,
sensitiva e intelectiva o racional.
Aristóteles observó que los vivientes constan de partes heterogéneas; no
obstante poseen una unidad más poderosa que los minerales o los artefactos.
Su unidad integra partes muy diversificadas, órganos. No sólo las integra
como unidad, sino como dinamismo: la vida está en la operación (vita in
motu). Esas observaciones siguen siendo válidas hoy.
La forma aparece mucho más claramente en el cuerpo vivo que en el inerte.
Piénsese en el corazón de un mamífero: late porque el animal está vivo;
y el animal está vivo gracias al latir del corazón. El obrar del órgano
se muestra como medio y el viviente, el animal, como fin.
Tomado en su conjunto, el organismo posee una unidad dinámica, que es el
vivir mismo. Decimos unidad dinámica, porque no podría conservarla sin las
operaciones vitales. Un reloj sin pila no se deshace, pero un animal muerto
se disgrega; de manera que las partes se mantienen unidas en virtud de un
principio dinámico, activo. Este principio vital (psykhé) es algo distinto
de un simple ensamblaje de piezas.
En suma, vivir es actividad y fin.
· Como actividad, vivir es la operación vital;
· Como fin de la actividad, vivir es el viviente, el ser vivo.
· El principio del que dimanan las operaciones vitales es el alma (psykhé).
Vivientes y artefactos mecánicos A diferencia del vivir, las actividades
del ser artificial son siempre medios. Ningún ser artificial es un fin en sí;
a fortiori, la actividad artificial no es fin en sí misma.
Los artefactos pueden imitar el carácter orgánico de las actividades
vitales, es decir, el hecho de que unas son el fin de otras, y viceversa.
Especialmente los mecanismos autorregulados que se retroalimentan,
adquiriendo información, los robots o máquinas cibernéticas. Se trata de
mecanismos diseñados para imitar a los seres vivos. Su remoto inventor, el
matemático Norbert Wiener (1894-1964) recibió el encargo de diseñar un
proyectil que nunca errara el blanco. Se trataba de un encargo del
Ministerio de Defensa de los EEUU, para tiempos de guerra. El profesor
Wiener sólo encontró la solución cuando un colega biólogo le hizo notar
que su problema estaba resuelto en la naturaleza: un león persiguiendo a
una gacela es un proyectil que busca el blanco, modifica su trayectoria.
En todo caso, el ser del artefacto no es natural, sino que responde a un
diseño. El ser del artefacto es, en sí mismo, un medio, porque existe para
aquello para lo que el hombre lo ha concebido y construido; existe para
realizar el propósito de su artífice.
La razón de ser de la máquina está fuera de ella misma, en el artífice;
la razón de ser del viviente está dentro de él mismo. El fin del viviente
es vivir; ser y perseverar en su ser. No es un medio. Puesto que el ser del
viviente es vivir, las operaciones vitales son medios y fines; algo así
como un fin que se posee al obrar. De ahí que podamos concluir que el obrar
vital, en conjunto –como organismo–, es un fin para sí mismo.
Descripción y definición de la vida Imaginemos un artefacto, como una
silla o un automóvil, abandonado en un lugar deshabitado. Cuando el hombre
deja de ocuparse de los artefactos, como éstos existen para servir a los
propósitos del hombre, ya no sirven; por eso se van deteriorando, hasta ser
reintegrados a la naturaleza de la que el trabajo los obtuvo. Las casas en
las que no se vive se estropean deprisa. La silla abandonada volvería a ser
tierra deprisa; el coche sería desgastado lentamente por los agentes
externos como el sol, el agua, el frío y el calor, etc.; poco a poco los plásticos
se alteran, la pintura se levanta y se desconcha, los metales se oxidan. Al
cabo de unos años sería una chatarra inservible; al cabo de muchos años
habría sido literalmente tragado por la tierra.
El ser artificial no sólo tiene su razón de ser en la mente del artífice;
también depende de la mano humana, para hacerse y para durar. No puede
existir sin el hombre. Se puede considerar que su realidad consiste en ser
una prolongación o instrumento (órganon) de las capacidades humanas.
El artefacto existe para el hombre.
Si el hombre no lo usa, ni lo cuida, deja de existir.
A diferencia de los artefactos, los seres vivos se apropian de fuerzas
externas, las asimilan y, en lugar de sucumbir bajo sus golpes, los
interiorizan y hacen de ellos su propia sustancia. La influencia del aire,
el agua, los choques mecánicos, erosiona la roca, deteriora a la máquina.
Los cuerpos inertes son "rígidos", en el sentido de que a una
fuerza proveniente del exterior oponen otra de la misma magnitud (dureza,
resistencia), o se rompen, se van desmoronando. Un ser vivo, por el
contrario, como por ejemplo una planta, presenta unas actividades cuya
característica es recibir esas fuerzas externas haciéndoselas propias,
internas.
Alimentarse, crecer, son operaciones vegetativas. La nutrición toma agentes
externos como aire y agua, luz, oxígeno, etc., y los interioriza hasta
convertirlos en sustancia vegetal. En lugar de romperse bajo el empuje de
los agentes externos, la planta los asimila, se alimenta de ellos, vive de
ellos y crece. De modo que la operación vital re-actualiza la acción que
le llega de fuera: no se quiebra, no se diluye, no se altera; lo que hace es
aceptar esa energía que le llega de fuera y apoderarse de ella, la asimila.
La vida de la planta convierte los empujes externos en empuje interior, a
partir de una fuerza central, interior. Esa es su alma.
Cuentan que un anciano oriental vivía junto a un bosque y recogía leña
para ganarse la vida. El anciano conocía las voces del bosque; no podía
manejar el hacha, pero las nevadas eran sus aliadas. El manto de nieve se
acumulaba sobre las ramas; las vivas y flexibles, cedían hasta dejar
deslizar su carga, y recobraban su posición. Las ramas secas, acababan con
un chasquido y caían rotas. Y dicen que este anciano inventó el judo, arte
de defensa personal consistente en aprovechar el empuje del atacante para
derribarlo.
Esa leyenda recuerda que la acción vital es como un movimiento circular. En
la nutrición y la adaptación al medio, en el crecimiento, el viviente no
se comporta mecánicamente; para él no se trata de neutralizar por ecuación
de fuerzas o romperse. Su comportamiento no neutraliza ni iguala, sino que
asimila y potencia: acoge el empuje, lo hace suyo y lo eleva.
La asimilación no se basa en el equilibrio, ni en la igualación de acción
y reacción, sino en la apropiación. No contrarresta, potencia la acción;
de modo que hay ahí más dinamismo que en el modelo de la máquina;
dinamismo desde dentro (ab intrinseco), y el principio dinámico es también
el fin de la acción, como revertiendo sobre sí mismo, circularmente.
Inmanencia, definición de la vida
El ser viviente es más activo, pues, que las piedras u objetos mecánicos.
Los vivientes son en cuanto viven, y viven en cuanto interiorizan energías
físicas. La vida es en todo momento adaptación. Afirmar que los vivientes
tienen que adaptarse al medio, o mueren, es una obviedad. Pero es curioso.
Por un lado, vivir es tener interioridad: traer energías externas al
interior. Mas, por otro lado, el viviente sale de sí mismo, ocupa el medio,
se instala en él en la forma de hacerse apto. También modifica el medio:
forma parte de él, se exterioriza en él.
Lo curioso está en que a mayor interioridad corresponde mayor apertura. La
interioridad de la planta es poca, su apertura al medio también. En el
animal aparece el conocimiento y, en consecuencia, no sólo se adapta al
medio, sino que lo recorre, lo ocupa, emigra, etc. Todo eso culmina en el
hombre: nuestra interioridad es intimidad; a lo interior de la intimidad
corresponde un exterior sin límite: el universo. Los animales y plantas no
viven en el universo, sino en un "nicho ecológico", esto es, en
un ecosistema cerrado, que se corresponde con su estructura morfológica y
patrones de conducta (anatomía, fisiología, instintos, etc.).
El biólogo von Uexküll ha llamado la atención sobre esta correspondencia
entre el ser del viviente y su mundo circundante. La planta que toma agua y
sol, para elaborar savia, es ejemplo de asimilación; el cactus carnoso y
espinoso, el blanco oso polar, muestran adaptación a un medio,
exteriorización. Sólo el ser humano vive tan intensamente que trasciende
su mundo circundante, lo crea y es capaz de vivir en el desierto o en los
hielos del polo, bajo el agua o en la estratosfera, en la tierra o en la
luna, etc.
Finalmente, mediante observaciones alcanzamos una definición: vivir es
actividad interiorizadora que permite exteriorizarse por adaptación y
dominio del medio. Esta actividad interiorizadora se llama inmanente (del
lat. manere-in, quedar dentro). Las acciones inmanentes se llaman también
"operaciones".
En suma, la vida es actividad inmanente.
Dividimos la actividad en transitiva e inmanente.
Hemos descrito lo natural y hemos definido la vida.
La actividad y el ser ya no los definimos.
No todo se puede definir.
Definir es hacer manifiesto un concepto complejo o confuso mediante otros más
simples o claros. Pero es imposible ir hasta el infinito: tiene que haber
ideas primeras y evidentes. Tales son, por ejemplo, las ideas de ser y de
acto o acción.
Definimos la vida por la operación.
Vida es "actividad inmanente".
La acción inmanente perfecciona al ser que la ejerce.
Tal acción es fin para sí misma; y su agente es su fin.
Diremos, pues, que "acción" es una idea simple, evidente; una
noción primera y una certeza. Pues bien, "finalidad" es también
una noción elemental. Pues bien, la inmanencia se define por la finalidad.
La acción inmanente es fin en sí misma (como jugar o aprender; pues no
jugamos para otra cosa, sino para jugar, etc.); es decir, su fin es el
agente mismo que la ejerce. De manera que la vida (la acción inmanente) se
define por la finalidad.
La finalidad de todas las acciones vitales es que el viviente viva; y el
vivir no es medio para otra cosa, es fin en sí y para sí. En conclusión,
el vivir es el fin de todas las acciones inmanentes; y la vida es el fin de
sí misma. Por el contrario, el artefacto nunca es fin, siempre es medio.
II. Vida humana y cultura
El hombre, naturaleza inadaptada Como las plantas y los animales, el
hombre es un viviente; tiene en común con ellos numerosas operaciones
inmanentes, como alimentarse, crecer, reproducirse, la percepción
sensorial, etc. Sin embargo, el ser humano está inadaptado al medio: un niño
abandonado moriría de inanición, o sería devorado. Los hombres no
llegamos acabados al mundo, no somos animales especializados en nada; somos
demasiado débiles y carecemos de armas y abrigos naturales.
Pero hablamos.
La vida humana no es meramente física; ni meramente vegetativa; ni sólo
sensorial. La vida humana incluye todos esos aspectos subordinados a uno más
fuerte: pensar y hablar. La imagen que el hombre se formado sobre sí mismo,
ya desde los tiempos de la antigua Grecia, es la de un
"microcosmos", es decir, un mundo en pequeño, un resumen del
universo entero. Conviene precaverse ante el exagerado espiritualismo, que
mira al mundo con extrañeza, como si se tratara de un accidente contrario a
nuestra naturaleza. Es el tema de nuestra corporeidad. El cuerpo es nuestra
presencia en el mundo, se trata de nuestra naturaleza real. No somos unos
extraños en el mundo, tenemos mucho en común con él; genéricamente, el
hombre es un cuerpo viviente y un animal. ¿Qué es lo específico? Tener el
uso de la palabra, y el uso de las cosas.
Definición de la cultura La mayor parte del pensamiento se plasma en el
lenguaje. Éste es la primera obra externa del pensar; la segunda es la técnica.
El conjunto de las obras externas de la mente son la cultura.
Si el pensamiento no se exterioriza, no hay obra cultural. Un poeta
experimenta una emoción y forma dentro de sí una frase, un primer verso.
Si en ese momento el poeta muriera, el poema no se escribiría. Habría
habido una experiencia estética tan elevada como se quiera, pero no una
obra cultural: habría faltado allí la obra externa, el poema que puede
hacer pensar y sentir algo parecido a otros hombres. La cultura no es la
vida interior de las personas, sino su plasmación externa. Un hacha de sílex
y un ordenador son obras externas del pensamiento.
La cultura es la obra externa del pensamiento, tal como las palabras son el
signo externo de las ideas. Sin obra exteriorizada no hay cultura. La obra
externa del pensar es de muchos tipos: estética, técnica, científica,
etc. Se habla entonces de bienes culturales de diversa índole. Con la ayuda
del lenguaje (transmitido en la familia y en el grupo social) y de los
bienes útiles, de la técnica, el hombre se adapta al mundo, lo configura
para sí mismo porque lo trabaja, lo domina y lo cuida.
Los animales tienen instintos, los seres humanos tenemos cultura: ella nos
proporciona un "mundo humano". Hay muchas formas culturales, según
etapas históricas y pueblos, pero todas entrelazan tres categorías de
realidades: el lenguaje, las instituciones y la técnica.
Por otra parte, el dominio y conservación del mundo humano derivan de otro
aspecto primordial de nuestro ser: el trabajo. El hombre es verdaderamente
homo faber, es decir, trabajador. Trabajar no es una opción (como si la
holganza fuera natural y lícita), sino una condición natural. El existir
humano es activo, se prolonga en las actividades productivas (lingüísticas,
sociales, políticas, técnicas, etc.). El trabajo es actividad humana;
aunque no toda actividad humana sea laboral. Los animales no trabajan.
El ser humano, pues, no vive adaptado al medio, sino a la cultura; los seres
humanos nos capacitamos para vivir en el mundo gracias a la inculturación,
es decir, a la inserción en una cultura. Esto es la educación más
temprana, la niñez y juventud como formación.
En suma, la cultura configura el mundo humano, diferente del mundo natural o
cosmos.
Tomando como base esta descripción, podemos definir:
La cultura es actividad productiva de bienes para el hombre,
exteriorizados y transmitidos hereditariamente, que son objeto de mejora e
innovación
Consideremos los elementos de nuestra definición:
· La cultura está en los objetos externos. Es objeto, no sujeto[1].
· La cultura objetiva consta de bienes. No puede constar de males. Los
bienes hacen bien al hombre, los males le dañan.
· La cultura consta de bienes artificiales, productos del hombre. (El sol,
por ejemplo, es un bien natural, no producido por el hombre, luego no es un
bien cultural. El hacha y el poema son productos humanos, son bienes
culturales).
· Todos los productos de la técnica son perfectibles, susceptibles de
progreso. Por lo mismo, los conservamos, los recibimos y pasamos en
herencia.
· El progreso cultural no tiene fin; los instrumentos se pueden
perfeccionar y multiplicar hasta el infinito. Esto significa que la cultura
(la ciencia, la técnica, la economía, etc.) carece de fin en sí misma: el
fin de la técnica no es técnico, etc.
La esencia humana La definición expresa la esencia, lo que es. Pues bien,
podemos definir al hombre por la capacidad de tener. He aquí una definición
que está en la línea de la que dio Aristóteles y la continúa: el hombre
es el ser que tiene (Leonardo Polo); ser que tiene o ser capaz de tener. Nótese
que en esta definición no se confunde el ser y el tener; el hombre es el único
ser que es capaz de poseer, de tener, y en diversos sentidos.
Podemos tener de tres maneras: 1ª. Según el cuerpo, así tenemos la ropa,
los instrumentos, la casa, etc., todos los bienes materiales, en suma. 2ª.
Según el espíritu, tenemos ciencia, conocimientos teóricos o prácticos.
3ª Según la naturaleza, tenemos hábitos adquiridos a partir de
operaciones; los hábitos buenos o virtudes perfeccionan la naturaleza
humana, hasta el punto de constituir una "segunda naturaleza".
He aquí una notable diferencia entre la cultura objetiva y la cultura
subjetiva o cultivo de sí, del espíritu: la primera es una
"continuatio naturae", una continuación de la naturaleza externa,
la segunda es naturaleza adquirida, incremento o crecimiento de la propia
naturaleza humana.
La noción de "tener" o posesión sirve, pues, para definir la
realidad humana. Los hombres poseemos los bienes culturales, porque los
sabemos construir y utilizar, es decir, tenemos según el cuerpo aquello que
previamente hemos poseído por el saber. Conocer, usar y poseer instrumentos
es, por lo tanto, una característica esencial humana.
Además, la capacidad de advertir el ser instrumental y su valor de tal es
exclusiva del hombre. Cuando el arqueólogo encuentra instrumentos asegura
que sus autores eran humanos. Ver el carácter instrumental de los medios,
implica pensar su orden al fin, captar una relación. Eso es lo que hace
posible la idea de instrumento. (Eso significa, también, discernir entre lo
relativo y lo absoluto, el instrumento y el fin).
El hombre se define por la capacidad de conocer la relación medio-fin, esto
es, por la capacidad de comprender el ser (relativo) del medio. Ahora bien,
la capacidad de hacer progresar la cultura tiene como condición suya la
vida social, la cooperación consciente y, por lo tanto, e lenguaje porque
para colaborar es preciso comunicarse ideas y valoraciones.
Tradición y diversidad cultural Acabamos de ver que la cultura presupone
una vida mental, familiar y social. Es patrimonio, tarea colectiva que
atraviesa las épocas. Toda cultura es una tradición (del lat. traditio,
transmitir algo). Pero eso plantea el problema de qué pasa con ciertas
formas de entender la vida, aquellas que la ven como ruptura con la tradición,
esto es, con los criterios de los padres. Aquí aparece el tema de las
culturas alternativas y de la contra-cultura. Las calles de las grandes
ciudades modernas nos lo presentan visualmente: desfilan ante nuestra vista,
con sus costumbres e indumentarias diversos, el trabajador manual, el
ejecutivo, el "okupa" o el vagabundo, etc. Además, con la
actualidad de las migraciones, la diversidad cultural del mundo ha cobrado
un relieve que antes no tenía, entre nosotros. La facilidad de las
comunicaciones nos acerca también a diversas maneras de entender y
organizar la vida; y así como es un hecho que la cultura occidental ha
configurado el mundo a través de los descubrimientos, la colonización y,
finalmente, la supremacía científica y tecnológica, también es cierto
que se han cometido muchos abusos en la historia de las colonizaciones. El
quinto centenario del descubrimiento de América se vio fuertemente
contestado, por parte de algunos movimientos indigenistas y en nombre de los
Derechos Humanos; se denunciaba la falta de respeto a las culturas autóctonas.
Junto a los hechos que avalan aquella contestación, es cierto también que,
antes de la llegada de los españoles, en algunas tribus americanas se
practicaba la antropofagia ritual, los sacrificios humanos o ciertas formas
de esclavitud, que reinaba una especie de estado de guerra perpetua entre
ellas, etc. Al menos la idea de los Derechos Humanos (y con ella la razón
para insubordinarse ante esos errores y denunciarlos) la aportaron los españoles.
La cultura y las culturas ("civilizaciones")
Se suele hablar de "etnocentrismo" para destacar el hecho de
que las valoraciones son relativas a la cultura en que cada uno ha sido
educado. Así, considerar que la cultura propia es superior y que, en
consecuencia, tiene derecho a imponerse es etnocentrismo. En realidad, uno
valora tal como lo han educado. Pero no es evidente que la propia educación
sea la mejor. De aquí se suele llegar a la conclusión —tal vez
precipitada— de que todas las culturas son relativas: ninguna sería mejor
ni peor, sino todas diferentes, como diferentes son los individuos. Y se
debe respetar la diversidad.
Desde luego, la cultura no se impone; mas esa crítica se funda en un equívoco,
por la semejanza existente entre las palabras "cultura",
"sabiduría" y "civilización". La sociología y la
antropología cultural denominan civilizaciones a los diferentes tipos de
culturas (en las áreas lingüísticas anglosajonas; en las de influencia
franco-alemana suele suceder justo al revés). Pero la cultura es el sistema
de los medios de la vida humana; ahora bien, la sabiduría es más: no están
en pie de igualdad. Reducir la sabiduría a una "forma cultural"
es pretender explicar lo más por lo menos.
La cultura se define en términos de exterioridad: un conjunto de bienes que
se entrelazan, formando el "sistema de los medios", en el que vive
el hombre según cada sociedad histórica. Vamos a pensar un sistema de
medios diferente y comprobaremos que corresponde a una cultura diversa, en
sentido sociológico. Imaginemos que los mecanismos fueran de madera, que no
hubiera siderurgia ni electricidad, etc. ¿Cómo sería la cultura? No
existiría la industria moderna, ni la conexión entre ciencia y técnica;
tampoco la economía de grandes producciones y precios baratos. No habría
progreso económico ni tecnológico, por lo que no existirían la
publicidad, ni la radio o la TV, etc. Seguramente tampoco la industria del
libro; aún menos los ordenadores y las fotocopias. Los estudiantes tendrían
que anotar las lecciones oídas de viva voz y encomendarlas a la memoria.
Viviríamos con el ritmo de la luz solar, practicaríamos más la lectura y
la memorización, aunque serían pocos los que estudiarían, etc. Con este
ejemplo se pretende hacer ver que los bienes culturales, como la ciencia, la
técnica, economía, derecho, educación, política, información, etc.,
forman un tejido coherente, un sistema, el sistema de los medios de la vida
humana. Por otra parte, este ejemplo describe un sistema cultural medieval.
Aquel tipo de cultura podría darse igual en la Europa medieval como en la
China o el Japón de principios del s. XIX. Pero las razones para oponerse
al autoritarismo —el respeto, la tolerancia— no son elementos del
sistema de los medios, son convicciones religiosas, morales y filosóficas.
Un europeo del s. XIII tenía que reconocer en cualquier otro hombre a un
hermano, imagen de Dios, dotado de un valor inconmensurable que funda su
derecho incondicionado a ser respetado. Cultura medieval, civilización
occidental. El oriental, en cambio, no se sabe persona, ser dotado de un
valor absoluto, o lo sabe de forma vaga, menos precisa, de modo que no se
reconoce como libre e imagen de Dios; lo mismo le sucede al romano o al
griego de la antigüedad, para ellos el individuo sin la sociedad no es casi
nada. Para éstos, el poder político sí tendría el derecho (y el deber)
de imponer qué deben pensar y creer los individuos. Aquí ya no estamos en
presencia de diferencias culturales, sino más profundas, son distintas
ideas del hombre y de Dios, distintas filosofías o sabidurías.
El relativismo ¿Es verdad que todas las culturas son relativas? Si
entendemos por "cultura" el sistema de los medios, es clarísimo
que sí, ya que los instrumentos son relativos a la función para la que su
artífice los ha pensado y construido. (Aunque no es indiferente vivir en la
cultura medieval de los pergaminos y los carros de madera o en la del PC y
el automóvil con aire acondicionado). ¿Qué diremos, pues? ¿Son relativas
las filosofías? La sabiduría humana, es perfectible: el hombre es capaz de
mejorar. Su objetivo es el conocimiento de la verdad sobre la existencia
humana (en los ejemplos anteriores, la verdad sobre los Derechos Humanos,
sobre la dignidad humana, sobre Dios, etc.). Ahora bien, que nuestro
acercamiento a la verdad sea gradual, siempre inconcluso, no significa que
no exista la verdad de cada asunto.
Un relativismo puro es inconsistente. ¿Cuál sería su fórmula? "Todo
es relativo". Pero ¿es eso verdad en absoluto, o no? Si es una verdad
absoluta, no todo es relativo; si no es absoluta, a veces no es válida.
Ortega y Gasset decía que el relativismo es una "idea suicida":
si se aplica a sí misma se elimina. Además, para relativizarlo todo
necesito un absoluto. En efecto, lo relativo es término de una comparación,
pero ¿con qué comparo "todo" si declaro que todo es relativo?
La responsabilidad de la cultura Reflexionar sobre la cultura es adoptar un
punto de vista más elevado que ella.
La cultura, considerada como un todo, incluye diversidad de bienes:
ciencias, tecnología, bellas artes, derecho, literatura, política, etc.
Hemos visto más arriba que cabe agruparlos en tres grandes géneros o
categorías: lenguaje, instituciones y técnica. Pongamos otro ejemplo: el
uso de la radioactividad ¿es "sólo" una cuestión científica, técnica,
política? Parece que no; cada uno de estos sectores de la cultura responde
al "cómo" de algo en particular, pero ninguno al "por qué",
ninguno de ellos desvela la cuestión del sentido, no aclaran nada sobre los
fines de la vida humana; ni la técnica ni la política conocen el sentido y
razón de ser de las armas, sólo conocen su uso, "cómo
funcionan". Es más fácil saber cómo funciona o cómo se fabrica el
arma, que saber por qué la hacemos, o si debemos hacerla o no. Aparece aquí
la responsabilidad, ante la humanidad actual y futura. Lo mismo podría
decirse con referencia al medio ambiente, las leyes sobre la familia o la
protección legal de la vida del embrión, del no-nacido, etc. Al final no
queda más remedio que reconocer que no hay ciencia ni técnica alguna que
responda de la humanidad, capaz de responder de la suerte de la familia
humana que vive en la Naturaleza y en sociedad, generación tras generación;
sin embargo, somos responsables del mundo que dejaremos tras de nosotros.
Ahora bien, si la cultura no fuera capaz de crear un mundo hermoso, acogedor
y humano, entonces habría dejado de cumplir su función: servir al hombre,
que llega al mundo inadaptado.
Para las ciencias sociales "cultura" (civilisation) significa no sólo
un sistema de medios o "mundo humano", por contraposición al
meramente físico; suele incluir la dimensión normativa: valores y usos
sociales, tales como recompensas y castigos. Ese sistema de valores y
juicios, cuando es interiorizado por el individuo, lo "humaniza" y
convierte en miembro del grupo social. ¿Qué decir al respecto?
Cualquier cultura está impregnada de alguna concepción religiosa, ética y
filosófica. Hay buenas razones para pensar que ya era así entre los
hombres de Neandertal. Los medios tienen su razón de ser en el hombre que
los construye y utiliza: dependen de él. Nada más lógico, pues, que
reconocer la presencia de valores, creencias, interpretaciones, etc., en
medios como el arte, el derecho, la economía, y todas las formas de la
cultura, especialmente en la opinión pública y en los medios de comunicación
social. De éstos deriva el poder. Las diferencias de concepción filosófica
motivan conflictos en la actualidad y en el pasado. Por el contrario, la
unidad de concepción de la vida presta "cohesión" a los grupos y
seguridad a sus miembros. Una característica de la sociedad occidental
moderna es la atomización, la débil cohesión, el aislamiento y
multiplicación de los conflictos.
Todo eso es cierto, pero no significa que la sabiduría sea un producto
cultural. Sólo significa que las culturas se modifican si las personas
modifican su comprensión de la propia existencia. Es lógico. También es lógico
añadir que la comprensión del sentido y realidad de la existencia humana
puede ser más o menos acertada. En suma, la sabiduría y la moralidad
penetran en la esfera de los medios en forma de creencias, opiniones y
costumbres. Los individuos son meramente arrastrados por las opiniones y
usos dominantes, o bien los enjuician críticamente e inician procesos de
cambio del sentir común, en la opinión pública. Estos procesos son
lentos, pero se originan siempre en la interioridad pensante de unos pocos
que no se limitan a seguir la corriente, sino que la crean.
La sabiduría Ya hemos dicho que enjuiciar la cultura es adoptar una visual
más alta. Aparece así la visión filosófica. La filosofía y la religión
pueden tener efectos externos, pero son accidentales. Lo esencial de estas
dimensiones vitales humanas es interior, y no tiene plasmación externa
adecuada. La filosofía es sabiduría. La sabiduría no es cultura.
Si la sabiduría no es cultura, es porque es más, no porque sea incultura.
Si juzga a la cultura, en conjunto, es lógico que no sea una de sus partes.
La filosofía aspira a hacer al hombre sabio, es el saber responsable de la
cultura y de la vida humana.
El pensamiento juzga de todo. Si juzga, es responsable de todo. Ahora bien,
no es posible juzgar al pensamiento, sino mediante el mismo pensar. La
dimensión intelectual hábil para juzgar de todas las cosas por sus causas
más altas, o "últimas", se llama sabiduría (lat. sapientia, gr.
sophía).
La dimensión sapiencial del pensar es innegable. Aunque sólo sea porque el
encargo de "gobernar", esto es, de formular juicios inteligentes
sobre la cultura (en su conjunto y también sobre alguna de sus partes, así
como sobre las mismas relaciones de las partes entre sí) no puede recaer
sobre ninguna ciencia en particular ni sobre una técnica.
Si el pensamiento juzga todas las cosas, sólo él puede examinarse y
enjuiciarse a sí mismo. Esta función es asumida por la filosofía, que no
es, propiamente hablando, una parte de la cultura.
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[1] Un sujeto cultivado es un ser humano que
posee hábitos buenos que lo mejoran en su ser. Esta es una dimensión
distinta, que estudiaremos más tarde, a saber, el crecimiento humano y los
hábitos.
Ciencia y Filosofía
Conocimiento y grados del saber
"Quien afirma que no se debe filosofar… hace filosofía,
porque es propio del filósofo discutir
qué se debe y qué no se debe hacer en la vida" (Aristóteles)
I. Los grados del saber
La naturaleza instrumental de la cultura
Discurrimos sobre la cultura, luego pensamos en términos superiores. La
cultura no es el grado supremo del saber. El saber tiene grados. Por eso
decimos: el pensamiento juzga de todo. La cultura no agota el pensamiento.
(El poder de pensar no se agota en ninguno de sus resultados). Hay más
poder de pensar que saber; y el saber es también más amplio que la
cultura. ¿Qué es pues "cultura"? ¿Cómo la delimitamos? Hemos
dicho que configura el "mundo humano", que consiste en el orden de
los medios, y que su sentido es servir a la vida humana.
El orden de los medios tiene su origen en la inteligencia; y su sentido
depende del ser personal. Dicho al revés: si el «orden de los medios» se
volviera contra la persona y su dignidad, no sería cultura, sino barbarie.
Luego la cultura no es un valor absoluto; tiene un valor muy alto, pero
subordinado a la inteligencia y la dignidad del ser personal.
Una descripción del orden de los medios advierte en seguida que abraza tres
categorías u órdenes, a saber: 1) el lenguaje, 2) las instituciones y 3)
la técnica. También se pueden describir como grupos de ciencias: ciencias
del lenguaje, ciencias sociales y ciencias de la naturaleza. Objetivadas en
saberes que yacen en libros y otros instrumentos, las partes de la cultura
son bienes. Se trata de bienes públicos, a los que todos pueden acceder; de
modo que los bienes de la cultura obedecen a la capacidad humana de tener.
El hombre, dice Aristóteles, es «el viviente que tiene logos».
Traslademos ahora la atención de los bienes tenidos al mismo hecho de «tener».
También en el tener hay grados: los bienes técnicos o artefactos los
tenemos según el cuerpo. La ciencia la tenemos según el espíritu. Los hábitos
buenos –las virtudes– las tenemos de forma más honda, son nuestra
naturaleza adquirida.
En suma, la cultura o sistema de los medios incluye el lenguaje, la técnica
y la ciencia. Las ciencias sociales ordenan la convivencia, el trabajo, la
economía, el derecho, la política, etc. Ciencia y técnica permiten la
obtención de nuevos bienes mediante el trabajo. En la obtención técnica
es donde más claramente aparecen las "novedades", la innovación.
Esto dio lugar, en el pensamiento moderno, a una atención preferente a la
noción de progreso.
¿En qué consiste el progreso? No cabe limitarlo a la vertiente técnica e
innovadora; se debe pensar también en la vida familiar y social. En su
vertiente técnica progreso es convertir fines en medios. Para ello se vale
de medios, es decir, de fines ya logrados. Cabe describir el trabajo como
capacidad de construir artefactos valiéndose de medios artificiales. El
trabajo se vale de medios para obtener fines que, en seguida, pasan a ser
medios para nuevos trabajos. Pongamos un ejemplo: la invención de la
imprenta permitió que los libros, que hasta la modernidad eran fines,
pasaran a ser medios para la instrucción. En efecto, en el mundo antiguo y
medieval, los libros eran escasos y muy caros: tenían carácter de fines,
por ellos algunos se desplazaban a lomos de cabalgaduras, de monasterio a
monasterio, de ciudad a ciudad. La imprenta ha cambiado el mundo humano. En
la modernidad, el libro y el periódico son medios, no fines. Lo mismo
sucede con la alimentación; si el alimento suficiente está asegurado,
comer es un medio, los fines son la vida laboral, social, espiritual, etc.
Pero si una ciudad padece estado de guerra, comer lo justo deja de ser un
medio y vuelve a ser un fin; tiene lugar un retroceso. El progreso convierte
fines en medios y posibilita fines nuevos; el retroceso, al revés,
convierte los medios en fines.
Los instrumentos provienen del saber y del trabajo, y los poseemos según
nuestra corporalidad; así, lo que se adapta a la mano es manejable, etc.
Concluyamos: la técnica es fruto de la visión del orden (ciencia) y del
consiguiente saber producir orden (artefactos). El saber de los medios y los
útiles, el saber técnico, es humano: ver orden presupone el pensar, la
capacidad de entender.
La razón y el orden
Preguntamos ahora qué diferencia hay entre sentir y pensar. Podrían
parecer lo mismo, pero no son iguales. Santo Tomás de Aquino (1225-1274),
siguiendo a Aristóteles en su realismo, distingue entre la sensación y el
pensamiento mediante la idea de orden. Conocer es tan propio de los sentidos
como de la inteligencia, pero conocer orden es prerrogativa de la mente, no
de la sensibilidad. Ver orden significa relacionar; y ser capaz de conocer
relaciones es ser capaz de ver lo igual y lo distinto, lo más y lo menos,
lo superior y lo inferior, la causa y el efecto; significa también conocer
el fin, los medios y el modo como se ordenan éstos al fin. Relacionar es
pensar, porque significa poder ordenar algo a un fin; o también,
compararlos entre sí como subordinado y superior.
Tan importante es esta capacidad de percibir el orden que podemos deducir
una clasificación de los saberes a partir de ella. A diferentes actos de la
razón corresponden diferentes hábitos que la perfeccionan: la ciencia
natural, la lógica, la ética y la técnica. Aristóteles condensó una
multitud de reflexiones sobre la naturaleza del saber en una frase: Es
propio del sabio ordenar.
Tomás de Aquino, pensador profundo y seguramente el mejor intérprete de
Aristóteles, la ha comentado de la siguiente manera:
Tomás de Aquino (1225-1274), autor de la mejor síntesis de la sabiduría
griega y cristiana en el siglo XIII.
Fue un profundo expositor de Aristóteles, san Agustín y la Patrística.
"Es propio del sabio ordenar. Y es así porque la sabiduría es la
perfección mayor de la razón, lo propio de la cual es conocer el orden.
Porque, aunque las potencias sensitivas conozcan algunas cosas en absoluto,
conocer el orden de una cosa a otra es exclusivo del entendimiento o de la
razón (…) Ahora bien, el orden es objeto de la razón de cuatro maneras.
Existe un orden que la razón no construye sino que se limita a considerar y
este es el orden de las cosas naturales. Hay otro orden que la razón
introduce, cuando lo considera, en sus propios actos, como cuando ordena sus
conceptos entre sí y los signos de los conceptos que son las voces
significativas. Hay un tercer orden que la razón introduce, al
considerarlo, en las operaciones de la voluntad. El cuarto, por último, es
el orden que la razón introduce, al considerarlo en las cosas externas de
las que ella misma es causa, como el mueble o la casa" (Tomás de
Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, Prólogo).
Las virtudes intelectuales: técnica, ciencia y sabiduría
Las virtudes son cualidades adquiridas. No nacemos con ellas, resultan de
los actos (de su repetición y rectificación) y perfeccionan una facultad.
Las virtudes potencian la capacidad de obrar de esa facultad: nos hacen
aptos para obrar con prontitud, facilidad, perfección y gozo. El nombre
latino virtus, deriva de vis (fuerza); las virtudes son virtualidades,
poderes. Son también cualidades, no magnitudes; tampoco son innatas. Es
nativa la disposición para ellas: una piedra, por más veces que la lancen
al aire, no se vuelve leve, ni vuela.
Las virtudes resultan de la acción y revierten sobre la facultad, potenciándola
para obrar mejor.
Se dividen en intelectuales y morales. Nos interesan ahora las virtudes
intelectuales. Todo nuestro conocimiento es adquirido; y el conocimiento
facilita conocer más y mejor. Aristóteles distingue los siguientes hábitos
de la razón: inteligencia de los primeros principios, ciencia, sabiduría,
prudencia y arte o técnica. Su teoría de los hábitos contiene una
concepción del hombre, en la línea de la acción vital y la capacidad de
tener. Consideremos, a la luz de esta filosofía del hombre, la relación
entre la cultura, las ciencias puras y la sabiduría humana o filosofía.
La técnica –de discurrir, de fabricar, etc.– aplica un saber. Toda técnica
(ars, tékhne) introduce un orden, después de haberlo considerado y
entendido, dice Tomás de Aquino. Por ello, el orden, tanto en los actos
como en los instrumentos, proviene del saber. Para hacer algo bien, se
precisa saber.
Los saberes que guían el obrar son hábitos de la razón práctica, esto
es, del entendimiento que guía la acción. Los clásicos los agruparon en
torno a dos virtudes intelectuales: técnica (o arte) y prudencia
Los saberes que sólo buscan saber no son productivos, sino contemplativos
del orden. Se fundan en un orden que no hemos creado, pero es comprensible,
causa admiración y deseos de saber. La característica de la teoría es su
desinterés: no pretende modificar, sino saber. La teoría origina hábitos
de la razón especulativa. Los clásicos les dieron el nombre de
inteligencia de los principios, ciencia y sabiduría.
La función de la sabiduría: establecer prioridades
La cultura, como orden de los medios, incluye la técnica y la
prudencia. De la sabiduría, en cambio, se debe decir que no es cultura,
pues no produce objetos. Tiene una función superior. La función de la
sabiduría en la vida humana es asegurar la prioridad de la persona sobre
las cosas, de la ética sobre la técnica y del espíritu sobre la materia.
La cultura, pues, no incluye entre sus elementos la religión, ni la moral,
ni la filosofía. Sería erróneo afirmar que los principios éticos o filosóficos
(el bien moral, la dignidad personal, la libertad, Dios, etc.) son
cambiantes según las culturas, o relativos a cada una de ellas. No son
culturalmente relativos, porque no son productos culturales, ni parte de
cultura alguna; son más bien "medida" de todas ellas, son
verdaderamente transculturales.
Sin la existencia de criterios sapienciales y transculturales, no sería
posible leer literatura, ni la idea de los clásicos, tampoco sería posible
la historia, ni ciertas formas de derecho comparado, no cabría idea alguna
de crítica cultural, en especial no cabría criterio alguno para distinguir
el progreso humano. Así, es evidente la existencia y ejercicio de tales
criterios si podemos comprender otras culturas, o cuando leemos a Homero, o
cuando valoramos y enjuiciamos hechos históricos, como guerras y
genocidios, o cuando consideramos la abolición de la esclavitud como un
progreso, y los Derechos Humanos como un criterio para la historia pasada y
futura.
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II. Esbozo histórico de la filosofía
Actitudes humanas y filosofía
Hemos visto que se puede distinguir entre sentir y entender; además,
cabe distinguir entre teoría y praxis, razón especulativa y razón práctica.
Una clasificación sencilla de las facultades humanas permite distinguir
tres planos en el hombre: el sentimiento, la voluntad y el intelecto. Una
distinción muy simple, pero no una simplificación. Según se dé prioridad
a los sentimientos, a la voluntad o al entendimiento, resultan concepciones
muy distintas del hombre y de la realidad entera. Eso nos puede ayudar a
entender por qué hay en la historia concepciones filosóficas diversas. Nos
interesa comprender esa diversidad, para comprender, con su auxilio y con el
de la misma historia, por qué todas ellas son, sin embargo, filosóficas.
Lo que la filosofía es se manifiesta también en su diversidad y en su
historia.
Tomando como base ese hecho, resumiremos en tres las "concepciones del
mundo" o maneras de entender la sabiduría, correspondientes a tres
actitudes distintas de la razón humana:
1. Actitud teorética. Para ella el filosofar nace de la admiración y se
ordena al conocimiento de la verdad, al ser de las cosas. Concibe la filosofía
como metafísica y, solidariamente, como teoría del conocimiento y
antropología.
2. Actitud práctica. Se interesa por la acción y el bien moral. Es la de
quienes filosofan a partir de la experiencia de la injusticia. Conciben la
filosofía como denuncia ética y regeneración política. No se interesa
por la teoría en sí misma y propugna una utopía como término del
progreso moral.
3. Actitud positivista. Se interesa por la producción de bienes de consumo
e instrumentos. Considera superada la filosofía teorética; sólo reconoce
el valor de la utilidad. Para ella la ciencia es sólo medio de dominio:
saber es poder. Actitud antimetafísica, valora el progreso técnico y
espera de éste todas las soluciones.
La Antigüedad clásica
Narra una antigua tradición que el primero que se llamó filósofo fue
Pitágoras (530, a. C.), sabio matemático y orador que, al ser preguntado
por su oficio y arte, respondió que era amante de la sabiduría (sophía).
Como no entendían su afirmación, comparó la vida con los Juegos Olímpicos:
la mayoría iban a hacer tratos y negocios, otros para competir y lograr
fama, por fin, una minoría iba allá sólo por el gozo de ver. El filósofo
es del tercer tipo: busca saber, no por utilidad, sino por el gozo de saber.
Pitágoras vivió en el sur de Italia, a mediados del s. VI antes de Cristo;
siglo y medio más tarde, vivió en Atenas Platón (427-347, a. C.) que, al
observar cómo los hombres tienen ideales diversos sobre la felicidad,
intentó reducirlos a unos pocos "tipos". Como Pitágoras,
describe tres formas de vida: 1ª) según el placer, cuando los hombres se
procuran sobre todo bienes materiales (útiles, dinero, seguridad,
bienestar, etc.); 2ª) según la fama, los hombres se mueven por el
prestigio, y por los honores sacrifican los bienes materiales, como los
atletas y soldados; 3ª) según la razón, buscando por encima de todo la
contemplación de la verdad (theoría); el ideal teorético lleva a algunos
a desinteresarse de la riqueza y del prestigio, a buscar por encima de todo
el conocimiento, la verdad y el bien.
Platón de Atenas discípulo de Sócrates
y maestro de Aristóteles
fundó la Academia (387 a. C.)
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