Monografias | La realidad invertida o algunas reflexiones epistemicas en torno al terrorismo de Uribe Velez

La realidad invertida o algunas reflexiones epistemicas en torno al terrorismo de Uribe Velez

Resumen: Se torna urgente recuperar la visión histórica del conflicto armado.El discurso belicista de Uribe: un Revolcón linguístico-semántico-simbólico. Hacia una definición descriptiva neoclásica de Terrorismo. Atravesados por Falacias y Desviaciones, los farianos, sin embargo, son algo y mucho más que una Colección de “Nogales”.La Estrategia de Seguridad democrática: antiterrorista en el discurso y antisubversiva en la práctica; la fascinación de Uribe por lo simbólico. Inpectore el Presidente sabe ya muchas cosas objetivas sobre esta guerra. Uribe también sabe el secreto más íntimo sobre la precariedad del proceso con las Auc: El rezago gubernamental en el proceso de Desterritorialización y de efectivo Debilitamiento militar de las Guerrillas.

Publicación enviada por PALENQUE


 

Palenque les hace llegar este ensayo relacionado con la actual realidad Colombiana,  ensayo o aproximaciòn el cual valoramos y  que en su contenido concepciòn y apreciaci|òn representa una de las tantas apreciaciones de lo que pasa en el pais,  siendo a los lectores quienes corresponde compartir, controvertir o discrepar del enfoque que se le haya dado.

 

ATISBOS ANALITICOS No 40

Fundación Estado  *Comunidad*  País.

Cali, marzo de 2004, ECOPAIS,

Ensayo

Contenidos

Una  necesaria y antiterrorista introducción

  1. Se torna urgente recuperar la visión histórica del conflicto armado.
  2. El discurso belicista de Uribe: un Revolcón  linguístico-semántico-simbólico.
  3. Hacia una Definición descriptiva  neoclásica de Terrorismo.
  4. Atravesados por Falacias y Desviaciones, los farianos, sin embargo, son algo y mucho más que una Colección de “Nogales”.
  5. La Estrategia de Seguridad democrática: antiterrorista en el discurso y antisubversiva en la práctica; la fascinación de Uribe por lo simbólico.
  6. In pectore el Presidente sabe ya muchas cosas objetivas sobre esta guerra.
  7. Uribe también sabe el secreto más íntimo sobre la precariedad del proceso con las Auc: El rezago gubernamental en el proceso de Desterritorialización y de efectivo Debilitamiento militar de las Guerrillas.

 

LA  REALIDAD INVERTIDA O ALGUNAS REFLEXIONES EPISTÉMICAS EN TORNO AL TERRORISMO DE URIBE VÉLEZ.

 

Entre los terrorismos   “colombiano” y “español”

 

humberto vélez ramírez

Estudios Políticos

Instituto de Educación y Pedagogía

Universidad del Valle.

 

Una necesaria y antiterrorista Introducción

Según la epistemología popular, con mucha frecuencia en los eventos humanos  “ni son todos los que están ni están todos los que son”; en el mundo actual, por ejemplo, en materia de identificar como terroristas a personas y grupos,  ni lo son todos a los que se les cuelga la babosa pero ‘marcante’ denominación y sí lo son, o, por lo menos, parecen caber en el molde, algunos personajes y Estados muy importantes, que en la coyuntura llevan la iniciativa en el uso intensivo y manipulador, ideológico y virtual, de la adjetivación.

 

Haya  el que haya sido el autor del siniestro y macabro evento acaecido  en España en otro fatídico 11, ahora de marzo, - Eta, Alkaeda, una alianza global  terrorista o, de modo indirecto, la extrema derecha española a la que en las calles de Madrid le agitaron la consigna “vosotros los fascistas sois los terroristas”-, constituyó aquel un acto definitoria y definitivamente terrorista.

 

 Somos ya muchos los analistas colombianos que, como ciudadanos autónomos y  democráticos, in nuce, y casi por odio visceral, repugnamos toda forma de terrorismo a la par que cuestionamos la lucha armada como metodología de acción y oposición políticas; pero, estas dos  posturas, claras y  explícitas, no obstan para que repugnemos también el  uso intensivo del términoterrorista”, en la actualidad asociado a la representación social de que toda manera de oposición violenta a un gobierno dado, por sí misma le da forma al terrorismo como realidad política. En este caso, no se trata de una defensa a ultranza de las violencias- éstas, en lo ético, por lo general son ilícitas  y en lo político, por lo menos, son no deseables- pero para cada circunstancia concreta se deberá examinar, si no con objetividad por lo menos sí con  la suficiente descarga ideológica y valorativa, la naturaleza de la base histórica y sociológica de conflictos acumulados que las han desencadenado.

 

1. Se torna urgente recuperar la visión histórica del conflicto armado

Numerosas son las razones que apuntan a significar que ahora, como nunca, importa rescatar la mirada histórica sobre el conflicto armado colombiano; su historización constituye  una urgencia  intelectual, política y ética, pues el puntualismo en la reflexión, así como  el coyunturalismo en los análisis, al reforzar el imaginario de que las guerrillas nacieron ayer con “Pastrana”, inhiben la visualización de las continuidades y los cambios históricos, es decir, de eso que, al mantenerse o modificarse en y desde el pasado, los investigadores llamamos regularidades sociales, a la par que facilitan el ocultamiento y la ideologización de  ciertos niveles de  realidad y, sobre todo, de una realidad tan incierta y compleja como ha sido la asociada a la guerra interna colombiana. ¿Cuándo, por ejemplo, como ciudadanos medios nos preguntamos por qué, en menos de 25 años, unosmismos” gobiernos de un “mismoEstado, que en lo sustantivo no se ha modificado, han usado denominaciones en lo semántico tan distintas para referirse a una misma realidad objetiva llamada guerrillas? Estas, aunque por cierto han sufrido cambios importantes, continúan, sin embargo, manteniendo unas motivaciones políticas centrales. Bandoleroslos llamó Turbay Ayala a una distancia temporal de apenas cuatro años de que Belisario Betancurt los diagnosticara como “agentes políticos que, armas en mano, respondían a  un establecimiento en el que las exclusiones políticas y sociales presentaban determinaciones objetivas; y cuando los dos gobiernos subsiguientes socialmente ya habían acomodado en las mentes ciudadanas la marca de narcoterroristas”, llegó Pastrana a exorcizarlos de toda culpa al denominarlos realista y respetablemente como “actores  políticos”.  Finalmente, entre el 22 de febrero del 2002, cuando se clausuró el frustrado  experimento del Caguán, y  el día siguiente, cuando Uribe empezó la escalada electoral-simbólica, pasaron de la condición de “protagónicos actores de la vida nacional” a la de “delincuentes terroristas,” responsables universales de  todas los males y desgracias y perversidades y maldiciones  nacionales.

 

 Por otra parte, si las guerrillas no nacieron ayer  con el “Caguán”, tampoco las propuestas de una posible y dificultosa negociación han sido un asunto de la hora nona. Es esta la imagen que el gobierno ha intentado proyectar: que la negociación es una propuesta desvirolada, inviable y malintencionada que, para torpedear la salvadora Estrategia de Seguridad democrática, ha sido levantada por un   recalcitrante grupúsculo de opositores,  a quienes los uribistas, como nuevos contralores colectivos de oficio, insinúan como proterroristas, velando así el propósito real de esta oposición que no es otro que el de ponerle también punto final a la guerra, pero por los senderos de la negociación. Pero, por desgracia los colombianos medios hemos olvidado que en los últimos quince años al actual establecimiento ya han ingresado, bajo forma de una sana inserción social, cuatro o cinco organizaciones guerrilleras. Para iluminar caminos futuros, está haciendo falta  un balance sólido crítico de esos procesos y sus resultados: ¿Ingresaron de modo gratuito a la vieja institucionalidad limitándose a reproducirla y salvarla? ¿Lograron crear una  institucionalidad, siquiera,  menos antidemocrática? ¿Han sido capaces de desatar, desde la institucionalidad, procesos democráticos de transformación institucional? ¿Acaso lo que ahora se insinúa y medio esboza como nueva izquierda es una resultante dialéctica del conjunto de esos conflictivos y contradictorios procesos de  adiós a  las armas?

 

Finalmente, qué alivio, ese rescate de la visión histórica nos colocaría a los analistas en otro nivel de realidad y de complejidad, ahora cuando, al abordar los análisis de coyuntura, apenas si  alcanzamos a identificar sus notas y factores más definitorios, sobreocupados como nos encontramos por aislar, o hacer a un lado, todas esa carga de grises simplismos, así como de caricaturas de reflexión, todas ellas muy eficaces, que sobre nuestros cerebros medios descargan a toda hora, los mass media y el gobierno y los actores directos del conflicto y el establecimiento y la globalización busheana.

 

Qué relajante, entonces, recuperar  la visión de mediano plazo para entre soñar y prever( en el primer caso con los pies muy puestos sobre la tierra y en el segundo dentro de la hipótesis coeteris paribus) que a Uribe no le va al alcanzar ni la voluntad política - la cultura transaccional dominante en el país cada día se la inhibe más-, ni los recursos estatales - este Estado, puesto a reguerrear, en el mediano plazo es fiscalmente inviable-,  ni los apremios y angustias sociales -en materia de  pauperización y de “indigentización”, la gente ya no da más-, ni los apoyos internacionales - lo de la reelección de Bush es cada vez más precario-, para enterrar a las guerrillas  a varios kilómetros bajo un cementerio nacional, tal como lo anhela  una de las tres fracciones uribistas, la más radical entre ellas. Entonces, al hacer presencia la historia, podremos recuperar la hipótesis según la cual ya sea que  a Uribe le alcancen o no le alcancen los tiempos, los recursos y los apoyos para debilitar  militarmente a las Farc, tarde o temprano se va a llegar a un acuerdo político; atrapados en y por la inmediatez de la coyuntura y de las circunstancias, con mucha  frecuencia se nos desdibuja este horizonte estratégico, al que sólo el análisis histórico logra mantener iluminado.  

A esa conclusión, de manera reiterada, ha llegado Alfredo Rangel(1) quien, aunque muy conservadoramente inscrito dentro de las lógicas de fortalecimiento militar de lo que   tenemos de Estado, es un politólogo lúcido y acertado cuando examina la dimensión política de la evolución de la guerra, vale decir, cuando analiza la evolución de lo militar en términos de correlaciones de fuerza.

2. El discurso belicista de Uribe: un revolcón lingüístico-semántico-simbólico.

Pero, no obstante ese nuevo horizonte de análisis, en el momento actual  no  es  fácil reflexionar sobre  la evolución de esta guerra y, mucho menos, establecer un  diálogo crítico racional con el gobierno sobre la base de una información, por lo menos, confiable. De muchos modos, y por medio de numerosas trampas técnicas anticientíficas, la producción de estadísticas oficiales está siendo manipulada. Aferrados al imaginario de que a su Enfoque  de manejo del país, la Estrategia de seguridad democrática, subyace la “verdad política”, una verdad apenas en los  últimos años descubierta por ellos, los uribistas a nadie le creen; son muchos los que les han dicho, así lo han hecho algunos de sus más cercanos admiradores y patrocinadores, el Departamento de Estado, por ejemplo, que manejen con cuidado el impacto que sobre el estatuto de los derechos humanos puedan alcanzar iniciativas como las de la Alternatividad Penal y el Estatuto antiterrorista, y se han irritado con los subordinados de Bush. Con mayor vigor  y mayores alcances políticos se lo dijeron a Uribe en su periplo por Europa a la par que se lo han señalado el  Congreso  y la Fiscalía de Estados Unidos y lo han reiterado por estos días las Naciones Unidas. A todos les han dado más o menos la misma respuesta: que no alcanzan a comprender la naturaleza del conflicto colombiano o que las cifras por ellos manejadas, no coinciden con las estadísticas del gobierno.

 

Pero, desde otras lógicas teóricas- para qué decírselo al gobierno, que menos le va a creer al pensamiento criollo, es mejor que cada quien lo piense in pectore- se transparenta cómo  ha sido el propio  Uribe el que, al universalizar el conflicto como un simple problema de delincuencia muy repleto de terrorismo, se ha colocado en condiciones intelectuales poco propicias para la comprensión de su naturaleza efectiva.  Al ser ello así, el gobierno fabricó y exportó una visión del conflicto  tan abstracta y  elemental y empobrecida, la misma que maneja en los Consejos comunitarios, que ni los europeos  políticamente más estrechos, estilo Berlusconi,  le creyeron.

 

 Entre sus notas distintivas más destacadas, el discurso de Alvaro Uribe Vélez, como presidente, se ha destacado por “patasarribiar” la gramática de los viejos y nuevos análisis sociológicos del conflicto armado colombiano, por revolcar semánticamente las más clásicas categorías políticas,  jurídicas y antropológicas de análisis  del DIH, así como por rectificar acrítica y superficialmente a los grandes teóricos clásicos y neoclásicos del terrorismo; en todas estas dimensiones, de muchos modos interrelacionadas, ha ensayado o, más bien, ha copiado un nuevo lenguaje estatal caracterizado por la  abstracción, la generalidad, la vaguedad, la selectividad, la reiteración,  el simplismo y la virulencia.

Al FBI en su edición busheana, por ejemplo, le copió el concepto según el cual  “el terrorismo es el uso ilegal de la fuerza o la violencia contra las personas  para intimidar o coaccionar al gobierno, a la población civil o a cualquier segmento de aquellas, dirigida hacia objetivos sociales y políticos”. (1) Pero, más allá de las peleas callejeras o más estrictamente interpersonales, en la práctica no hay  forma de violencia que, de modo directo indirecto, no busque coaccionar a “alguien” con algún propósito personal, social o político. Es decir, a partir de un molde definitorio tan baboso  en la  definición del terrorismo, en la práctica no habría casi ninguna forma de violencia que no pudiese encajar dentro de él.

 

3. Hacia una Definición descriptiva neoclásica de terrorismo.

Importa resaltar ahora cómo a partir del  primer 11, el de septiembre, el neoimperialismo  impuso  una noción global  de terrorismo tan simple y  elástica como para, sin mayores dificultades conceptuales, poderla extender a cualquier lugar del planeta tierra, y quizás del espacio cósmico por los  humanos territorializado, donde hubiese “alguien” que osase  apelar a la violencia para oponerse a los intereses estratégicos de su “seguridad nacional”. Y como detrás  de las palabras y los discursos también se mueven relaciones de poder, en este caso las de las transnacionales y las del Estado central hegemónico, sobre todo, la palabreja “terrorismo” alcanzó la más elevada  centralidad en el nuevo discurso político de las ideologías de la globalización capitalista. Fue así como a partir del desplome real y simbólico de las torres gemelas, los socios, aliados y súbditos complacientes del gobierno norteamericano, entre ellos los de Aznar y  Uribe, con fines de consumo interno se apropiaron también del término  con ese contenido preciso; a él, adicionó Aznar una posición dura y cerrada contra el terrorismo real de ETA. En Colombia, por su parte, donde un gobierno por primera vez en la historia se proponía la derrota militar de  una guerrilla en ascenso, el uso institucional ideológicamente manipulado del término, cayó como anillo al dedo real y virtual de Uribe.

 

En el caso colombiano, enorme  ha sido la rentabilización política y electoral y publiscitaria del uso intensivo, manipulador y simplista, de la palabreja “terrorismo”,  uso orientado, en primer lugar a descalificar  la oposición al gobierno al asimilar “antiuribismo” a alguna forma de identidad, alianza o  empatía con “la delincuencia terrorista guerrillera” y, en segundo lugar, a aislar mentalmente  a la población de la guerrilla. Pero, y es ésta la hipótesis central de este Ensayo, ni la oposición, dentro de la cual se destaca una tendencia de nueva izquierda, es proterrorista ni definitivamente  es terrorista la realidad política colombiana a la que así se ha pretendido caracterizar.

 

Pero, que terrorismo no sea lo que la hegemónica academia, la global o la nacional, de poder ordena, ello no significa que el terrorismo no exista como siniestra realidad internacional político organizacional, así   como de cósmica máquina de muerte. Por encima de los terrorismos locales, los de ETA y el IRA, por ejemplo, y cada vez más consolidado, en plena evolución se encuentra un terrorismo de Vendetta, de inspiración islámica pero de proyección cósmica, que, con acciones concretas, le está diciendo al mundo que ni olvida ni olvidará. El nuevo eje del”bien”, del que han hecho parte Uribe y Aznar, bajo el liderazgo de BUSH, sin imaginación alguna se  inventaron  este enemigo de manera similar a como, guardadas las proporciones, hace cuarenta años el establecimiento colombiano, por no realizar una reforma social agraria democrática, “creó su propio enemigo” llamado Farc. Entonces, para combatir ese terrorismo “el eje del bien” ha respondido con guerras antiterroristas aún más desastrosas, como si para derrotar a “unos pocos” la respuesta adecuada pudiese ser una guerra y no, como en estos días, ha reiterado Habermas, una afinada Estrategia de inteligencia acompañada de la  interculturalidad democrática internacional. Pero, nunca se avanzará por esta vía, pues “el eje del bien” no busca terroristas si no petróleo, aunque para ello tenga que aplastar a pueblos en cadena.

 

  Es por esto, y para clarificar un poco el asunto aunque so pena de pasar por obsoleto de cara al nuevo discurso de Uribe, por lo que reensayo la construcción de una concepto de terrorismo más descriptivo que teórico y de corte más neoclásico.(2)

 Como terrorista puede ser pensado:

 

  1. aquel grupúsculo, o pequeño grupo de personas
  2.  que, por fuera de las lógicas de la movilización social y popular,
  3.  se agota
  4.  en la realización de acciones armadas particularmente espectaculares teñidas de sangre por sus cuatro puntas,
  5. y que busca siempre  la coyuntura de oportunidad de la presencia masiva de Medios de Comunicación que las publiciten y amplifiquen a escala(el terrorismo son los Medios, ha dicho Humberto Eco)
  6. y ello con una triple finalidad: una inmediata orientada a generar en la población o en segmentos importantes de ellas ( o clases o razas o religiones etc) los máximos posibles de terror, pánico, ansiedad e incertidumbre,
  7.  otra mediata: orientada a crear un ambiente sicosocial intimidatorio favorable a sus propósitos
  8. y otra estratégica: orientada a sembrar en todos la representación social o el  efecto de verdad de que poseen el poderío suficiente para alcanzarlos. 
  9.  

 

4.Atrevesados por Falacias y Desviaciones los farianos  son, sin embargo, algo y mucho más que  una Colección de “Nogales”.

 

Examinado fuera de contexto- de la historia concreta de la organización que lo realizó y de sus tácticas militares y de sus  estrategias político militares y de sus discursos y de sus maneras cotidianas de existir y de actuar- una acción como la del Club el Nogal, por ejemplo, se ajusta a  casi  todos los ocho términos de la definición brindada de terrorismo, hechas dos importantes excepciones. En primer lugar, las Farc no agotan su quehacer militar en acciones de ese tipo y, en segundo lugar, no se encuentran desprendidas de nexos importantes con sectores de la población.

Puede pensarse que los farianos son obsoletos y premodernos; quizás desde hace más de una década, han estado más preocupados por controlar, decontrolar y recontrolar territorios que por los aspectos programáticos de una revolución social; se puede imaginar que bailotean en las fronteras entre una propuesta de revolución estatal socialista y las acechanzas y  tentaciones del dinero del narcotráfico; es incuestionable que mantienen una relación problemática con el estatuto de los derechos humanos de las poblaciones donde operan, así como con el DIH; es válido que, en el caso del experimento del Cagúan, se farrearon una excelente coyuntura de ocasión para demostrarle a Colombia y al mundo que podían ser en el país una imaginativa y eficaz alternativa de gobierno; es cierto que, al exacerbar su enfrentamiento con el Estado, para ellas su enemigo estratégico, han sido las sociedades civiles las que más han sufrido las consecuencias perversas  de su accionar armado, pero, no obstante tantas falencias y desviaciones, las Farc han sido y son  algo más y mucho más que una acumulación de Nogales en cadena.

 

Por otra parte, por las razones que sean- identidad, coerción aceptada a cambio de contrabeneficios paraestatales, simpatías, alianzas, intimidaciones- históricamente han construido  nexos orgánicos con importantes sectores poblacionales en aldeas, pueblos, ciudades intermedias y  hasta en medios culturalmente más citadinos. De no ser así, inexplicable resultaría que los esfuerzos sistemáticos por aislarlas de la población civil, constituyesen en la actualidad uno de los componentes centrales de la Estrategia de Seguridad democrática de Uribe Vélez cuando, por definición, toda organización terrorista, por sus estilos y métodos, tiende a aislarse por sí sola.

 

Entonces, por fuera de contexto, acciones aisladas, periódicas y no cotidianas, como las del Nogal, no pueden constituirse en el criterio central y objetivo en la caracterización de la naturaleza de organizaciones, polémicas y polemizables por cierto, como las Farc o  el Eln o las propias Auc.

 

Por analogía, sacadas también de contexto- de las tácticas y estrategias antisubversivas del Estado- algunas acciones de éste, por sus estilos, dinámicas y resultados, pueden asimilarse a terroristas. Es éste el caso de la Política de identificaciones y capturas masivas del actual gobierno, que, aunque cuenta con el apoyo activo de un millón ochocientos mil dudosos informantes, está generando  terror y pánico en muchas regiones; precisamente en aquellas en donde, en contraste con lo existente a escala nacional, en la  cotidianidad se están desarrollando genuinas guerras civiles locales. Y no es para conmoverse por la adjetivación de esa masa crítica de informantes como “dudosa”, pues en una sociedad de desempleados y de pobres y de indigentes, de cada100 colombianos ésa es la condición de 65, la salarización de los testimonios , única base probatoria de judicializaciones a priori, no puede menos que desencadenar terror.

 

Esto no obstante, como la Estrategia de Seguridad democrática no se agota en esa acción, errado sería caracterizar  como terrorista una política que, por cuestionable que sea, no es más que uno de los componentes de ese horizonte estratégico belicista del Estado. Otra cosa es señalar que, en Colombia y en Cafarnaún el  Estado que no se defienda, se está haciendo el haraquiri. Sin embargo, si un gobierno  es o, por lo menos, presume de democrático, su defensa debe estar enmarcada en la Constitución y en las leyes y  en criterios informales de  Cultura democrática, así como en los Convenios que ha firmado y que son protectores de los derechos humanos y no  como  se está defendiendo en Colombia, deconstruyendo democracia.

 

En esta sociedad mientras más avanza  y  se exacerba la guerra, menos democracia se tiene. No es para  asustarse ahora, pues, desde años atrás se había  dicho que el desenlace final que tuviese esta guerra no era inofensivo, inane e inocente frente al futuro de la sociedad, del de la democracia real, sobre todo. Al respecto, al hablar de los posibles desenlaces de la guerra,  el autor escribió en 1998:”A su turno, del desenlace guerrerista no se derivaría otra alternativa que la de un Estado fuerte cercano a la dictadura y al ejercicio de la violencia estatal.

 

En estas condiciones, la dirección del Estado quedaría en manos del actor triunfador, ya se trate del militarismo de derecha o del militarismo de izquierda; por otra parte, el actor perdedor quedaría física y políticamente ‘asesinado’ mientras que el resto de la sociedad se quedaría sin mayores márgenes ni para el pensamiento ni para la acción autónomas. En lo social, por otra parte, si el actor vencedor es el militarismo civil de derecha, éste se retrotraería a la defensa radical del establecimiento social; pero sí lo es el militarismo de izquierda, seguramente avanzaría a la gestación de nuevas realidades sociales dentro de un marco político autoritario”.(3)

 

5. La Estrategia de Seguridad democrática: antiterrorista en el discurso y antisunversiva en la práctica; la fascinación de Uribe por lo simbólico.

 

Al examinar de cerca la aplicación práctica de la Estrategia de Seguridad democrática, una importante conclusión  que se allega  es la de que, no obstante el discurso antiterrorista de Uribe, aquella funciona como una estrategia efectivamente antisubversiva,  es decir, que la Estrategia de guerra de Uribe es antiterrorista en el discurso pero antisubversiva en la práctica. En esta línea,  el discurso antiterrorista del Presidente también está cumpliendo una importante función de aislamiento de las guerrillas de la sociedad, ahora  en el plano de las ideas. Esta nueva contradicción no hace  más que reconfirmar la obsesión y fascinación de Uribe por el mundo de lo simbólico.

 

De todos modos, este juego es altamente peligroso, pues si bien lo simbólico lo eligió en la primera vuelta como presidente y le ha alimentado un altísimo porcentaje de simpatías más que como jefe de Estado, como líder antiguerrillas, lo simbólico también le produjo la frustración del referendo, así como el fracaso de su  último recorrido por Europa. En el caso del referendo, por ejemplo, los asesores en comunicación echaron por la borda un abecé que enseña que si bien  lo simbólico es muy eficaz en el forjamiento de determinadas realidades, sin embargo, su uso intensivo abusivo se puede tornar contraproducente. El 80%  de simpatías le puede servir a Uribe para golpear a las guerrillas, pero necesariamente no para buscar su reelección o para hacer lo que le venga en gana o para  represar  aún más las ya deprimidas condiciones sociales, laborales y pensionales de existencia de los colombianos.

 

A  Uribe le puede pasar algo muy grave: de que se imagine, como cuando con el referendo se imaginó que obtendría diez millones de votos, que en la realidad está ganando la guerra  o porque la gente así se lo representa o porque el propio gobierno se autosugestiona de que no puede suceder  de otra manera,  dada la eficacia colectiva inherente a la publicitación  cotidiana, casi coercitiva, de resultados dudosos en lo militar.

 

De nuevo, por la vía de lo simbólico, el gobierno lo puede derrotar su propio invento. Ya en un plano de verdad real, y al otro lado de las realidades virtuales, el gobierno  podría obtener una indicación empírica robusta de que efectiva y definitivamente está debilitando en lo militar a las guerrillas, el día en que cada uno de los  millares de entusiastas y  reactivados turistas pueda viajar por todo el país sin un soldado al lado.

Sería ésa una señal segura de que se ha iniciado un proceso sostenible de debilitamiento militar de las guerrillas, a las que, hasta ahora, el gobierno sólo ha sacado  de muchos, no de todos, cascos urbanos donde no  había presencia estatal policial, conmoviéndolas en las propias territorialidades bélicas y obligándolas a correrse hacia el campo o hacia la montaña o hacia la selva o hacia retaguardias todavía intactas, sin que haya habido hasta el momento resultados militares más o menos contundentes y decisivos.

 

6. In pectore el Presidente sabe ya  muchas cosas objetivas sobre esta Guerra.

 

Al acercarse a la mitad de su mandato el  Presidente ha aprendido ya muchas cosas. Con certeza sabe  que el país eligió a un convencido de la  “causa” o para  derrotar a las guerrillas o, por lo menos, para debilitarlas en lo militar hasta obligarlas a negociar sin mayores exigencias  de reformas estructurales; también sabe que los resultados militares se encuentran muy a la zaga de las expectativas iniciales; en cuarto lugar, en la práctica ha aprendido que en Colombia una guerra de mediana duración no es viable ni en términos de dineros fiscales ni en  los de las  angustias sociales de la población ni, finalmente, en términos de cultura política; por otra parte, sabe que, en el nivel internacional, cada día se le estrecha más el margen de acción para construirle y regularizarle apoyos a su  unidimensional y guerrerista Estrategia de seguridad democrática; en sexto lugar, el recorrido hasta ahora hecho lo ha convencido de que los tiempos para lograr aquello “para lo que lo eligieron”, son muy cortos y que, por lo tanto, requiere o de una prórroga o de una reelección; y ha mandado el mensaje al respecto porque también sabe, y  aquí la vanidad no tiene nada de malsana, que con la sola resolución del conflicto armado, por la vía que fuese, su  gobierno sería histórico.

 

7. Uribe también sabe el secreto más íntimo sobre la precariedad del proceso con las Auc: El rezago gubernamental en el proceso de desterritorialización y debilitamiento militar de las Guerrillas.

 

In pectore  todo esto lo sabe Uribe y por ello, sin evidenciar dudas ni vacilaciones, por algún tiempo en público persistirá en una línea dura, que, por lo demás, se encuentra ajustada a sus convicciones. Pero, en mi concepto, van a ser los resultados de un proceso, ya en marcha, los que van a empezar a reblandecer el encallecido pellejo de las razones uribistas.

 

El punto de toque de la “enredadera estructural” en que se halla encallado el proceso con las Auc, se origina en los rezagos gubernamentales en el proceso de desterritorialización y de efectivo debilitamiento militar de las guerrillas en general, Farc y Eln incluido Por razones históricas, lógico-conceptuales y fácticas, no es descabellada la hipótesis que afirme que los avances en el proceso de reblandecimiento militar de las guerrillas es directamente proporcional a  los avances en el proceso de diálogos con Carlos Castaño, y los líderes aucianos ;como decir, que la formalización e institucionalización de las fuerzas paramilitares son asuntos que, en el caso específico de este gobierno, dependen, ante todo y sobre todo, de los resultados concretos de la Estrategia de Seguridad democrática.   

 

Para apuntalar esta hipótesis basta traer a colación dos asuntos centrales: de un lado, que fueron las propias Auc las que, desde un principio, señalaron que la razón de su existencia no era otra que la existencia de unas guerrillas militarmente poderosas frente a un Estado casi colapsado; y del otro, que fueron las paramilitares y  no  los soldados del  Ejército, los que iniciaron el proceso de desterritorialización de las guerrillas. Bastaría, por ahora, recordar los casos de Puerto Boyacá y del Urabá antioqueño. Entonces, hayan los que hayan sido los resultados históricos de esos procesos de desterritorialización y de contraterritorialización, las Auc, al observar el repunte institucional militar del Estado, han tomado la decisión  genérica de la desmovilizacíón.

Pero, puede decirse que no irán más allá de los límites de los resultados militares alcanzados por el gobierno. Aún más, no obstante que la recuperación de la soberanía territorial interna es uno de los objetivos centrales del gobierno, la confrontación territorial Farc-Auc no sólo no ha terminado si no que, más bien, en los dos últimos años se ha exacerbado. Sin poner en cuestión la intención gubernamental  de legítima institucionalización militar de la soberanía  interna en todo el país, el cuadro clínico de saneamiento territorial no es halagueño: pueblos antioqueños de donde salieron las Farc y la policía se emborracha hasta altas horas de la noche en abrazo fraternal con los paramilitares; ciudades intermedias del Magdalena Medio donde los contrabeneficios paraestatales ya no las hacen los farianos, si no los paracos; municipios del Sur de  Bolívar donde la población se subleva porque a una cuadra de la Alcaldía y del Cuartel de Policía, de una lista de 32 comerciantes asesinan al primero por negarse a tributar a las Auc.

 

Como podemos observar, aún en el gobierno de Uribe, la lucha del Estado contra la insurgencia guerrillera, más que una lucha antiterrorista es una genuina lucha antisubversiva.

 

1. Rangel Suárez, Alfredo, Entrevista de Natalia Villegas, en,CIDAN, marzo 11 de 2004.

2. Este concepto lo obtuve, reelaborando un viejo artículo  llamado”Violencia terrorista, Violencia subversiva”.

3. Vélez Ramírez, Humberto, “El Conflicto político armado en Colombia” Negociación o Guerra, Editorial Universidad del Valle, Cali,1998, pgs.192-193.

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Publicado Wednesday 21 de April de 2004

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