Monografias | Pedagogía visible y Educación invisiblePedagogía visible y Educación invisibleResumen: Palabras claves. Presentación. Una nueva educación. Aprender a pensar y aprender a vivir. El sistema de objetivos fundamentales de la educación. La alegría, fin y contraste de la educación. La actividad en la educación. El ámbito de la educación. Las condiciones de una nueva formación humana. Conclusión. Bibliografía utilizada.(V) INDICE: Para profundizar la cuestión antes mencionada, y brindar
el servicio básico de percibir abarcativamente la realidad, nada es más práctico
que una idea clara y profunda de la evidencia sobre la que debemos actuar. La
verdad, ricamente captada, tiene un particular poder difusivo, y tiende a
constituirse en acción por una necesidad intrínseca. Por tanto deberemos
"RECREAR LA ESPERANZA". El tema del cambio educativo no es nuevo en la Pedagogía.
De unos años a esta parte sobran las alusiones a la rapidez con que la
sociedad está variando continuamente. En razón de tal mutabilidad, se le
pide a la educación hacerse cargo de las modificaciones sociales para adaptar
el proceso educativo a las "cambiantes" condiciones en que vive el
hombre. Incluso se ha dicho que la educación no debe preparar simplemente
para las nuevas situaciones de la vida que el cambio trae consigo, sino que ha
de preparar para el "cambio" mismo. Como cualquier tópico, el del cambio social y el cambio
educativo con él relacionado deben examinarse con cierto cuidado. La noción
de cambio es relativa. Surge de la comparación de dos estados distintos de
una misma realidad. En todo lo que se mueve o cambia hay algo que permanece y
algo que pasa. El objeto que de blanco pasa a ser negro cambia de color pero
el objeto mismo sigue. La noción de cambio exige su correlato de permanencia.
Si esto es así, hemos de preguntarnos qué es lo que permanece y qué es lo
que cambia en la educación. Teniendo presente que el proceso educativo se realiza en
cada hombre, y sobre el doble supuesto de que la humanidad no existe fuera de
l os hombres y que al conocimiento de lo general (humanidad) se puede llegar a
través del conocimiento de lo particular (el hombre), parece que el
conocimiento del camino hacia esas nuevas condiciones humanas debe tomar como
primera referencia al hombre singular. Sobre estos supuestos, algunas
investigaciones realizadas sobre los cambios del lenguaje, en tanto que
manifestaciones de los cambios del hombre y de la vida, han puesto las bases
para identificar los elementos cambiantes y los elementos permanentes del
hombre y de la educación. Desde el punto de vista sincrónico, las variaciones del
lenguaje se sitúan principalmente en la referencia a los objetivos, a las
cosas, al mundo objetivo, mientras que indica una mayor permanencia en el
campo de las funciones mentales. El examen diacrónico viene a confirmar la
misma idea; se ve con claridad que lo que cambia es el mundo objetivo más que
las propias funciones humanas. Hablando de objetos y funciones en el lenguaje, estamos
situados en el campo del conocer y de la realidad objetiva. Pero la vida
humana no es sólo conocimiento objetivo. Es también valoración
descubrimiento del sentido de las cosas y de la realidad entera. Hasta se podría
decir que la vida humana se justifica en el campo de los valores. La cuestión
de los valores no es simplemente un problema inventado por los filósofos,
como un entretenimiento más; el hombre de la calle resume su vida en última
instancia descubrimiento lo que "vale la pena" y dedicándose a
ello. Aunque el "sentir" los valores es una posibilidad
de todos los hombres, su explicación, problema típico de la filosofía
moderna, es difícil porque no se trata de algo claramente cognoscible y real,
sino que está, en cierto modo, más allá de la realidad sensible que le
rodea. El valor es "la cualidad de la cosa estimada y se llama bien a la
cosa misma que realiza o en que se realiza el valor" (García Morente,
1975, 119). La experiencia universal nos dice que en nuestra vida
estamos rodeados de cosas sometidas a un cambio continuo; nuestro cuerpo
mismo, como cualquier otro objeto material, se modifica constantemente. Pero
también nuestra experiencia nos dice que a través de estos cambios seguimos
siendo los mismos. Ese algo permanente en nosotros mismos, lo que nos
proporciona nuestra propia identidad, no puede ser material, puesto que variaría
constantemente; es necesariamente algo inmaterial. Si nos fijamos en las cosas
que nos rodean, también podemos ver que su materialidad, la madera, el
hierro, la piedra de que están hechos, el color que tienen, el hierro, su
forma y tamaño, cambian; un árbol, una mesa, a lo largo de los siglos una
montaña, se modifica, pero la esencia del árbol, de la mesa, de la montaña,
aquello en virtud de lo cual es lo que es y no otra cosa, permanece. Eso que
permanece, como la idea del triángulo, con independencia de todos los triángulos,
con independencia de todos los triángulos particulares, es también algo
inmaterial. La conclusión parece venirse a nuestras manos, lo material
cambia, lo inmaterial permanece; si queremos utilizar sin miedo una palabra de
significación positiva y no la puramente negativa in-material, habremos de
hablar del espíritu y aceptar como una realidad la variabilidad de la materia
frente a la inmutabilidad del espíritu. La síntesis de materia y espíritu, que el hombre es,
explica la existencia de elementos cambiantes permanentes en su vida. El
hombre experimenta cambios al relacionarse con diferentes seres, al aplicar su
atención a unas cosas y otras, al trasladar su amor de un objeto a otro, al
actuar desarrollando su poder con nuevos instrumentos. Pero en medio de todos
estos cambios, tiene conciencia de que sigue siendo él mismo, ser permanente
en medio de las mutaciones y, apurando las ideas, constituyendo el soporte de
los cambios mismos. Claramente se ve que son las relaciones los cambios del
cambio; y como las más importantes relaciones que el hombre establece son las
relaciones sociales, es lógico que a ella se apunte principalmente al
estudiar las variaciones que a la educación se imponen. Precisamente, la existencia de elementos duraderos permite
atisbar las condiciones de la sociedad venidera, puesto que en ella persistirán
elementos que al futuro le harán en cierta medida semejante al presente
(Radnitzky y otros, 1982). Esto vale tanto como sugerir que es preciso ver cuál es la
realidad educativa que hoy con objeto de descubrir los puntos de apoyo que la
nueva educación puede tener y también aquellos elementos caducos de nuestra
educación que están perdiendo o han perdido el sentido y, por consiguiente,
han de modificarse. Consecuencia práctica de las anteriores reflexiones es
que, cuando se quieran diseñar los objetivos que los distintos quehaceres
de la educación han de ir alcanzando, deben presentarse no simplemente como
una serie de logros aislados, sino como un conjunto orgánico en el cual se
puede ver, de una parte, qué relación tienen cada uno de los objetivos que
se propone con el fin de la educación y, de otra, qué relaciones
establecen los diferentes objetivos entre sí. La variedad de objetivos es
una manifestación de la complejidad y variedad del proceso educativo. El
hecho de que constituyan un sistema indica la posibilidad y los caminos para
que tanto el proceso educativo como la vida que en él se realiza y la vida
para la que él prepara tengan unidad.
La distinción que acabo de establecer puede parecer
artificiosa; sin embargo tiene sus raíces en la cultura clásica. Nuestra
propia experiencia diaria también pone de manifiesto la complejidad de la
alegría. Nos sentimos alegres en las situaciones más variadas; en el
campo, en la casa, en el aislamiento, en la compañía, en la actividad, en
el reposo. Y, recíprocamente, un mismo objeto o una misma situación
objetiva en ocasiones nos produce alegría, en otras nos produce tristeza.
Por otro lado, tenemos experiencia de una gran variedad de estados y
manifestaciones de la alegría. Desde la alegría silenciosa que
experimentamos en la compañía de personas queridas o en la contemplación,
de una obra de arte hasta la exaltación jubilosa de una fiesta. El fin de la educación, ¿la felicidad o la alegría?: Que
la educación es un camino hacia el bien, es una idea universal, susceptible
de muchas formulaciones, por supuesto. Si la alegría es la conciencia del
bien, parece clara la consecuencia de que ha de ser vista como fin de la
educación. La conclusión es correcta; pero, de hecho, en la literatura
pedagógica se presenta con más frecuencia la felicidad que la alegría
como fin de la educación (cfr.Altarejos, 1983,c.1). ¿Qué decir de esta
disparidad de expresiones?...Digamos, por lo pronto, que se trata de dos fenómenos
tan ligados entre sí que su diferenciación no parece que vaya a tener
graves consecuencias. Sin embargo, en función de la claridad de las
expresiones, es interesante hacer alguna puntualización. Ya está dicho que
la alegría y la felicidad, en tanto que aspiraciones universales, se hallan
en la base de toda motivación humana. Pero la felicidad, en su sentido
estricto, por abarcar todos los elementos y manifestaciones de la vida y
permanecer a través y más allá del tiempo, tiene un grave límite como
fuente de motivación real de la vida temporal del hombre. Mas la
experiencia de que la felicidad no se puede alcanzar de una manera absoluta,
no acaba con la aspiración a unirse al bien en la medida en que esto es
posible. Si la conciencia de la plenitud sustituye por la vivencia de la
posesión de un bien propiamente humano –aunque parcial o limitado- y
experimentalmente accesible, surge la alegría. La aspiración a la alegría, en tanto que reacción
natural ante el logro de un bien, actúa en todas las operaciones humanas.
La alegría entra más modesta, pero más claramente, en la perspectiva de
la educación. El pesimismo que pudiera nacer de considerar inasequible la
felicidad, se salva tomando la alegría como fin de la educación. Esta
consecuencia no debe interpretarse como una separación total de la alegría
y la felicidad, sino como una distinción de dos hechos diferentes pero
estrechamente vinculados. Haciéndonos cargo de que la felicidad en sentido
absoluto está más allá de las posibilidades naturales del hombre, pero
que éste tiene a su alcance la alegría como un logro parcial y un paso
hacia la felicidad, parece razonable que, al relacionarlas con la educación,
quede cono trasfondo la aspiración a la felicidad, pero se tenga como punto
de referencia inmediato la alegría. En un concepto de la vida abierto a la
realidad sobrenatural, a las anteriores palabras se les puede atribuir el
sentido de que la alegría es el fin de la educación alcanzable en el
tiempo y al mismo tiempo medio y camino para llegar a la felicidad que se
halla más allá de la existencia temporal. Desde una perspectiva personalizada, la finalidad
educativa se concreta en el hombre que se quiere formar. Esto vale tanto
como aludir a una antropología coherente coherente con el fin de la educación
al que debe dar sentido, siendo a su vez base de partida para el quehacer
educativo. En todo pensamiento pedagógico subyace una idea del
hombre. El estudio de las cualidades específicamente humanas ocupa un
puesto relevante a lo largo de la tradición filosófico-pedagógica. Pero
desde el siglo XVIII, la ciencia natural y posteriormente algunas
especulaciones filosóficas, se pueden señalar varios intentos de
sintetizar la condición humana en alguna expresión en la que se signifique
el carácter distintivo y único del hombre. En el fondo, se trata de señalar
cuál es aquel rasgo, cualidad o condición que en la actividad le distingue
y le coloca por encima del resto de los seres. El primero de estos intentos se debe a Linneo, quien, en
la décima edición de su Sistema naturae, publicada en 1758, utilizó la
expresión Homo sapiens para distinguir al hombre de los animales que más
se le parecen pero que no alcanzan a poseer la capacidad de conocimiento
propia del ser humano. La expresión hizo fortuna y cuando se empezaron a
estudiar aquellas manifestaciones de la vida humana que podían considerarse
como definitorias de la especie, surgieron otras expresiones semejantes. El pragmatismo, que ve en la acción la realidad más
importante, parece ser el sustrato doctrinal de la expresión Homo faber, es
decir, el ser distinguido por su capacidad de hacer o fabricar más fácilmente
al mundo material que tenga en su entorno. Bergson extendió esta expresión
dándole una mayor profundidad al señalar su pensamiento de que "la
esencia del hombre es crear material y moralmente, fabricar cosas y
fabricarse él mismo. Homo faber, tal es la definición que
proponemos"(Bergson, 1934,105). Poco después de Bergson, y casi coincidiendo con él en
el tiempo, Huizinga publicó en 1938 su bien conocido libro Homo ludens, en
el que, tomando como base de la historia de la Humanidad, dice que "si
se analiza hasta el fondo asequible el contenido de nuestras acciones, es fácil
tropezar con la idea de todo comportamiento humano es mero juego"
(Huizinga, 1943, 9). En el pensamiento de este autor, el juego, en tanto que
actividad que tiene sentido en sí misma, es elemento fundamental en el
desarrollo de la personalidad humana y al mismo tiempo la expresión de su más
alta característica, que es la creatividad. Avanzando más en los estudios sobre el hombre, Víctor
E. Frankl contrapone a la idea del Homo faber, que actúa en función del éxito,
la idea del Homo patines, que vive en función de la plenitud humana, dentro
de la cual necesariamente ha de caber la aceptación del fracaso (Frankl,
1979, 70-71). A mi modo de ver, la idea de Frankl, que de algún modo
pudiera interpretarse como expresión del hombre sufriente, debe ampliarse más
y entenderse por contraposición al hombre que obra, al hombre que con su
actividad modifica la realidad exterior. Así, el Homo patines, se concebirá
como el hombre receptor de influencias externas. El concepto de acción,
fundamental para entender al Homo faber, se completa aquí con el concepto
de pasión, en el sentido de capacidad de recibir, fundamental para entender
al Homo patines. Las anteriores caracterizaciones del hombre del hombre
resaltan un rasgo, capacidad o disposición importante, pero parcial, ya que
se refieren a un tipo particular de actividad que no abarca toda la vida del
hombre. Otras expresiones semejantes que se pueden ver en obras
como Formas de Vida de Spranger (1935), en las que se utilizan expresiones
semejantes a las comentadas, tales como "homo oeconomicus",
"homo socialis", en realidad no pretenden definir ni diferenciar
al hombre respecto de otros seres, sino más bien diferenciar distintos
tipos humanos entre sí; en otras palabras, son denominaciones particulares
de algún modo de vivir o de algún tipo de personalidad. Si el designio de caracterizar al hombre por una
disposición relevante ha llevado a utilizar las expresiones que en párrafos
anteriores se han indicado, viendo en la alegría la vivencia de la posesión
o la esperanza de un bien, y mirando así mismo las especiales vinculaciones
que tiene con la actividad y con las relaciones personales, podemos diseñar
la imagen del hombre como un sujeto definido por su capacidad para encontrar
la alegría y hablar de él como Homo gaudens. La aspiración a la alegría y la capacidad de alcanzarla
son cualidades propias de la naturaleza humana. En ellas está la razón de
que la alegría pueda servir para caracterizar al hombre frente a otros
seres. La educación en el alcance de la alegría: La
contestación a la pregunta que se acaba de formular exige previamente ver
si el hombre puede hacer algo para alcanzar o reforzar la alegría. Si la
alegría es algo que se recibe como don, real o fruto de un bien poseído o
esperado, no parece que pudiéramos concebirle su carácter de categoría
pedagógica, puesto que sería algo que entra en el hombre sin esfuerzo por
su parte; quedaría fuera del campo educativo, puesto que éste se
fundamenta en la actividad del hombre. La cuestión ya fue planteada por Aristóteles, quien,
reflexionando sobre las causas de la felicidad, se preguntaba si podía
deberse al azar, contestándose a sí mismo: "realmente, si hay en el
mundo algún don que los dioses hayan concedido a los hombres, deberá
creerse seguramente que la felicidad es un beneficio que nos viene de ellos;
y tanto más motivo hay que creerlo así cuanto que no hay nada que deba el
hombre estimar sobre esto...y añado, que la felicidad es en cierta manera
accesible a todos porque no hay hombre a quien no sea posible alcanzar la
felicidad, mediante cierto estudio y los debidos cuidados" (Aristóteles,
Et. a Nic.,1,7). El texto del filósofo sugiere la idea de que la alegría
es un don. Algún lenguaje coloquial viene a reforzar esta idea. Dentro del
núcleo de palabras relacionadas con la alegría existe una que presenta un
matiz singular: es el agrado. El agrado, como hecho de agradar y también
cualidad que convierte a las personas o cosas en realidades
"gratas", corrientemente se toma por significación análoga a la
alegría, una especie de alegría suave, tranquila. Sin embargo, la raíz
etimológica del agrado, gratum (don, regalo), está diciendo que la alegría
es algo que se nos da, un don, un regalo, con lo cual se pone de relieve la
dificultad de que el hombre pueda actuar directamente sobre su propia alegría. Las palabras del filósofo también señalan un hecho de
experiencia corriente: nuestros actos son el fruto de la convergencia de
distintos factores. En el caso de la alegría nos encontramos con que
ciertamente es un don, algo que adviene, pero en él puede influir la
actividad humana. ¿Cómo es esto posible?. La experiencia corriente no es nada alentadora. Todos
quisiéramos alcanzar la alegría. Sin embargo, no siempre los caminos para
encontrarla se nos presentan igualmente válidos. Nos parece bien que un
hombre busque la alegría en la vida de familia, en el trato con los amigos,
en el trabajo bien realizados, en una mejora profesional. Mas, como
contrapunto, juzgamos rechazable buscar la alegría por las vías de la
droga, el sexo desordenado o las locas concentraciones que a veces terminan
en vandalismo. Y son éstas, precisamente, las sendas que en gran medida se
ofrecen, especialmente a la juventud. Es razonable pensar que, teniendo en
cuenta las condiciones del hombre en la sociedad actual y los problemas que
le agobian, búsqueda de paraísos artificiales y placeres al alcance de la
mano sea una respuesta de la tendencia universal del hambre hacia la alegría
frente a las dificultades que presenta el mundo de hoy, con lo cual hasta
podría justificarse la "evasión " artifical de las durezas de la
vida. Lo que has tras de la actitud descaminada de la juventud
es, como en tantas ocasiones, una falta de criterios claros que lleva a una
desintegración de la persona en los placeres sensibles. El gran error está en confundir la alegría con el
placer. Cuando se quiere alcanzar la alegría directamente, en realidad lo
que se busca es la satisfacción, el gusto. Se intenta salir de una situación
insatisfactoria para llegar a otra placentera. Y, como la satisfacción
sensible se hace más patente y está más a la mano del hombre, el deseo de
alegría se convierte espontáneamente en deseo de placer. Placer y alegría son complacencia, satisfacción, pero,
según se dijo, mientras el placer se queda en lo sensible, la alegría es
complacencia de orden espiritual, que nace de la posesión de un bien
compatible con la dignidad humana, justificable por la razón. El concepto
de placer se extiende a un extenso campo que va desde la pura desaparición
del dolor hasta el deleite claramente gozado. Parece legitimo en el hombre
que intente hacer desaparecer el dolor; en el caso de un dolor físico, la
aplicación de una droga tiene sentido. Supuesta la legitimidad de esta
aspiración, esa huida o hesitación del dolor es propiamente racional,
humana; se puede inscribir en la búsqueda de la alegría. Ser perfección adquirida por el hombre mediante el
ejercicio de sus potencias (Blanco y Sánchez, 1933). Ésta es la gran razón
de que se pueda hablar de la actividad como el medio universal de educación. Todas las formas de actividad- juego, estudio, trabajo,
lucha- tienen su peculiar valor educativo. Dentro de ellas, el trabajo, en
su estricta significación, ocupa un lugar relevante y, en cierto modo,
viene a sintetizarlas. En servicio de la claridad, no estarán demás unas líneas
para caracterizarlas. El juego se especifica por ser una actividad que tiene
sentido en sí misma. Se realiza porque sí; no se le pide resultado
material alguno. Cualquiera que sea la interpretación psicológica que a la
actividad lúdica se dé, siempre resulta que tiene un sentido recreador, es
decir, una proyección refleja en la personalidad humana en virtud de la
cual ésta se va desarrollando y enriqueciendo. Desde este punto de vista
puede considerarse el juego como un actividad que tiene sentido primordial
inmanente. El trabajo es aquella actividad que se realiza en función
de un producto exterior. No tiene sentido en sí misma, sino en el
resultado. Se trabaja para contribuir tal objeto, para conseguir tal o cual
cosa, para alcanzar tal o cual objetivo. Es una actividad transeúnte que se
justifica en una producción distinta de la actividad misma. El trabajo
humano es también creador, pero creador de cosas externas, realidades que
se pueden objetivar y que son las que dan sentido a la actividad laboral
(García Hoz, 1982,45-61). El estudio es también una actividad que se realiza en
función de un resultado: la adquisición de un conocimiento o de una
destreza. Se diferencia del trabajo en que el resultado del estudio queda en
el interior del hombre; es una modificación de la aptitud humana. El
resultado del trabajo es una obra exterior, material, mientras el resultado
del estudio es una modificación interior. Cuando la actividad tropieza con obstáculos que se
oponen a su realización, la actitud natural se orienta inmediatamente a la
destrucción de los mismos. Surge así la lucha como peculiar forma de
actividad. La distinción conceptual entre las diferentes formas de
actividad señaladas no significa desconexión entre ellas. Se hallan
estrechamente relacionadas y en la experiencia personal muchas veces se
solapan. La peculiaridad del trabajo está en que necesariamente enlaza al
hombre con la realidad exterior. Mediante el trabajo se modifica el mundo
externo y a su vez reobra sobre el sujeto influyente en su modo de
reaccionar y en su modo de ser. La vieja concepción helénica del trabajo
como obra servil ha dejado paso al concepto actual de la actividad
productiva como un medio de integración de la propia personalidad. Ésta universalidad de la idea del trabajo, en tanto que
hoy se considere elemento fundamental de la vida de cualquier hombre, lleva
como consecuencia la necesaria relación con el proceso educativo.
Paralelamente al helénico concepto del trabajo, la educación se entendía
también como algo que tuviera que ver con las artes o los saberes
liberales, pero no con el trabajo como actividad productiva. Esta idea también
ha sido sustituida por la de las estrechas vinculaciones de la educación
con la vida económica de un país, pensamiento que alcanza en nuestros días
una extraordinaria importancia, tal vez excesiva. La valoración del trabajo en la sociedad actual en un
hecho harto evidente. Sin caer en el exceso pragmatista en el cual el hombre
sirve al trabajo en lugar de ser el trabajo quien sirve al trabajo en lugar
de ser el trabajo quien sirve al hombre, se puede afirmar sin exageración
que constituye el elemento fundamental del proceso educativo. En la medida en que la educación se apoya en la
comunicación humana, apunta a desarrollar la capacidad de comunicarse que
el hombre tiene, el trabajo hace posible la forma más completa de la
comunicación, la comunicación activa; dicho con otras palabras, la
colaboración en su sentido más preciso. En la colaboración se dan tanto
la comunicación directa, verbal o gestual, cuanto la comunicación a través
del uso de medios materiales comunes. Aprender a trabajar es uno de los elementos esenciales
para aprender a vivir. No se puede olvidar, por otra parte, que el trabajo
es un elemento vivificador de la actividad teórica, tal como se ha dicho en
renglones anteriores. La vinculación de trabajo y estudio es condición
necesaria para que el hombre de hoy pueda desempeñar un papel de cierto
protagonismo en la sociedad técnica dentro de la cual vivimos. No parece ocioso, en un mundo plural, donde a veces las
ideologías se enfrentan no sólo en el plano teórico sino que llegan a
confrontaciones sociales, precisamente en nombre del trabajo o de los
trabajadores, preguntarnos si en el problema de las relaciones entre el
trabajo y la educación no se esconde una determinada ideología.
Concretamente, si el interés por el trabajo no es la consecuencia de una
ideología positivista que va desde el utilitarismo burgués al materialismo
marxista. La incorporación del trabajo como elemento sistemático
de educación está por encima de cualquier ideología. Y no sólo es
compatible, sino que recibe su más profundo significado en una concepción
cristiana, en la que la mutua interacción de estudio y trabajo no deja de
ser como un cierto reflejo de la unión entre la vida contemplativa y la
vida activa de tan larga y bien fundada tradición. Dentro de la universalidad del trabajo con la vida y con
la educación, vale la pena fijarnos en su vinculación con la alegría.
Porque tal vinculación se puede entender como una llamada para que desde el
trabajo, que se exterioriza en una obra, el hombre llegue hasta ese íntimo
recinto en el cual se vive la plenitud o el fracaso de la vida, hasta
"el hondón del alma" en expresión de nuestro Fr. Juan de los Ángeles.
La producción exterior enlaza al trabajo con la Pedagogía visible, su
relación con la alegría le sitúa en la educación profunda. Apertura y relación con el mundo objetivo, sintetizada
en el trabajo, no colma todas las necesidades humanas. Por otra parte, ni el
mismo trabajo se acabaría de entender si no se presta atención al ámbito
en que se realiza. El hombre necesita abrirse y ponerse en relación con el
mundo que la circunda y en especial con los otros, con los demás hombres.
Esta relación empieza en la coexistencia, factor determinante de los grupos
humanos. Cualquier miembro de una familia, de una institución escolar, los
que participan en cualquier reunión humana, incluso los que al mismo tiempo
transitan por una calle, coexisten. También se podría decir que en un montón coexisten
muchas piedras; pero ya se ve que tal existencia es radicalmente distinta de
la coexistencia humana. En el caso de los puros objetos, la coexistencia es
un accidente; una piedra puede estar con otras muchas piedras o puede estar
sumergida en el agua sin contacto con ninguna otra roca. En un hombre la
coexistencia humana es necesaria para continuar viviendo. El mero coexistir
–estar juntos- es la condición necesaria para una relación que el hombre
aspira a convertir en convivencia. Convivir no es simplemente existir el uno
junto al otro, sino participar mutuamente de sus vidas. Es en esa
participación donde la existencia humana alcanza su plenitud y
cumplimiento. En tanto que factor de la vida humana, la tendencia a
convivir se convierte en un factor de la educación. Una faceta del proceso
educativo es el refuerzo y orientación de la tendencia a convertir la mera
coexistencia en convivencia. El centro educativo se resume en ofrecer
–como tantas veces se ha dicho- una situación de aprendizaje y un ámbito
de convivencia. La convivencia se apoya en aquellas disposiciones humanas
–conocimientos, actitudes, hábitos- que se especifican por la alteridad,
es decir por referirse a los otros. Se puede entender como la realización
de la vida social de suerte que disposiciones para convivir y disposiciones
sociales vienen a tener una misma significación. Las disposiciones sociales constituyen una entramado
complejo de rasgos personales que si pudieran ser ordenados linealmente se
iniciarían en la capacidad de percepción de los fenómenos sociales y
terminarían subjetivamente en las tradicionales virtudes de la justicia y
la generosidad y objetivamente en las situaciones y actividad implicados en
los conceptos modernos de participación, integración, y colaboración
social. Aceptando que la vida específicamente humana empieza en
un conocimiento y que, a su vez, el conocimiento se apoya en la percepción,
la vida social del hombre tendrá su fundamento en el conocimiento social,
que, a su vez, se apoya en la percepción de los fenómenos sociales. Una ordenación de los elementos implicados en la vida
social del hombre establece cuatro fenómenos que vienen a ser como etapas
sucesivas: sentido social, conciencias social, actitud social y hábito
social (García Hoz, 1971,17). El sentido social es una aptitud cognitiva en
virtud de la cual el hombre se halla abierto a su entorno y que se proyecta
en la capacidad de conocer los elementos y las relaciones del movimiento y
del orden social. La percepción, aunque es en sí un producto final de
cierto número de operaciones separables (Haver, 1969), se puede tomar como
la síntesis de la actividad del sentido social. Dentro de la percepción social ocupa un lugar relevante
la "percepción de personas". La percepción de personas es
probablemente la conducta perceptiva más difícil, pero también la más
importante. Resulta paradójicamente pensar que el percibir a una persona
sea más difícil que el percibir una mera cosa, puesto que con aquélla
tenemos semejanzas, ya que participamos de su misma condición. La paradoja
se explica porque no hay realidad más compleja que el hombre, ya que en él
se halla una síntesis del universo, y, por otra parte, su condición
personal queda escondida tras de las manifestaciones externas de sus
palabras o sus acciones. De experiencia común es que percibimos o conocemos a los
otros a través de sus palabras, sus trabajos, sus emociones. Pero la
percepción de la persona propiamente se alcanza cuando todos estos
elementos perceptivos referidos a un sujeto se unen en un esquema orgánico
o un contexto unitario en el que se manifiesta el valor atribuido a la
persona objeto de nuestra atención. En cierto modo, la percepción personal
es tanto como "conceptuar"alguno o algunos rasgos, es decir,
formar alguna clase de representación mental de esa persona, usualmente una
representación adecuada, abstracta y simbólica. Cuando a uno se le pide que describa a alguna persona se
le está incitando a una diferenciación cognitiva, expresión que tiene dos
significados: el número de elementos o criterios que un sujeto puede
utilizar para describir a otros, y la capacitación del preceptor para
diferenciar claramente estos elementos y así discriminar efectivamente a un
sujeto. Aunque no haya evidencia completa, parece que entre estos
significados hay una alta correlación. Cuando no se condiciona o limita la
respuesta de un sujeto a quien se le pide que describa o valore a una
persona, el número de rasgos es elevado. Normalmente pasa por medio
centenar, cuando se trata de adolescentes y adultos, y en ellos se mezclan
diferentes características humanas, que van desde rasgos físicos y
concretos, como edad, sexo y apariencia, hasta características tan
interiores como las virtudes morales y aun religiosas. Sobre tal multitud de
rasgos, la percepción de personas "capta" la unidad existencial y
esencial de cada ser humano. Como fenómeno perceptivo, la "percepción de la
persona" es el comienzo de la "comprensión del otro".
Realmente se llega a la completa percepción de alguien no sólo cuando se
le conoce como un objeto, sino cuando se le valora en tanto que persona. Es una perogrullada decir que valorar a una persona es
descubrir o aprehender el valor o los valores que en tal persona residen. "En cualquier hombre existe algún aspecto en el que
otros pueden considerarlo como superior" (Santo Tomás,
S.Th.,2-2,103,2). La más acendrada manifestación de la capacidad
perceptiva de personas es justamente descubrir la faceta humana en la cual
aquel a quien miramos alcanza una especial excelencia. La dignidad ontológica de la persona –en tanto que
entidad superior a los puros objetos- se ve robustecida por la percepción
de la dignidad moral que va unida al reconocimiento de los valores
–intelectuales, artísticos y técnicos, morales, religiosos- que afloran
y se desarrollan en el ser personal de cada hombre. Este reconocimiento de
los valores lleva consigo la percepción del otro como bien de uno mismo.
Avanzando es esta percepción y la actitud de respeto subsiguiente, llegar a
descubrir que los otros son el bien más grande con el que nos podemos
encontrar, ofrece el mejor fundamento para una convivencia armoniosa y
enriquecedora de la persona de cada uno. Nuestros "semejantes" son
los seres de quienes más ayuda podemos esperar y, a su vez, los mejores
receptores de la ayuda que nosotros podemos prestar. Hacerse cargo de esta
doble posibilidad es poner un buen cimiento a toda relación social. Cualquier entidad educativa, no sólo la escuela, sino la
familia, el grupo de amigos, el cuerpo profesional, constituye un ámbito de
vida en el cual es menester que actúen los hábitos sociales. Sin la
aceptación, implícita o explícita, de unas reglas comunes, sin respeto de
unos a la acción de los otros, sin aportación del propio esfuerzo, aunque
sea mínimo, la entidad no podría subsistir. Ello vale tanto como decir que
el simple hecho de formar parte de una entidad social pone en acción, y por
lo mismo, refuerza, los hábitos de convivencia. Pero una institución escolar ha de llegar a más,
dispones conscientemente la convivencia misma para la ordenación y refuerzo
sistemático y constante de los hábitos sociales. Si los hombres fuéramos
capaces de prescindir totalmente de los bienes materiales o al menos del uso
material de ellos, bastaría, para resolver el problema, con que la educación
realizara eficazmente la tarea que se acaba de señalar. Pero como la
naturaleza humana exige vivir también de lo sensible, se vislumbra otro
quehacer de la educación para la paz: desarrollar en el sujeto la capacidad
de trabajo tanto como medio de producir bienes materiales –para uno mismo
y para los otros-,cuanto como factor de satisfacción y germen de alegría
en la vida del hombre (cfr.García Hoz, 1982, 45-61). Vale la pena no
olvidar que la alegría es fuente de paz. El problema pedagógico respecto de la paz se puede
plantear bien preguntándose por aquellos rasgos de la personalidad humana
que deben ser cambiados a fin de disponerle más adecuadamente para la paz o
bien preguntarse por el tipo de hombre más analítico o del estudio sintético,
del estudio de los rasgos o del estudio de los tipos. Creo que uno y otro
planteamientos son útiles. Aceptando que la paz es el resultado de la armonía, bien
de las propias tendencias de uno mismo, bien de las propias tendencias de un
hombre con los demás, habríamos de preguntarnos por aquellos rasgos o
tendencias susceptibles de provocar el nacimiento de la paz y consolidar sus
situación. En otras palabras, si no tenemos miedo a las expresiones
tradicionales y nos hacemos cargo de que la paz es un bien, habríamos de
preguntarnos por las virtudes o cualidades propias del hombre pacífico. La primera, capacidad de criterio moral sobre los
conflictos humanos. Toda guerra, en tanto que conflicto entre hombres,
conlleva un problema ético. Predomina el concepto negativo que a veces
llega a la descalificación total. Pero es menester hacer algunas
apreciaciones. La paz es el bien de todas las cosas. Si lo propio de la
lucha es la rotura –destrucción- de un bien, no es extraño el
pensamiento común de que tiene clara conciencia de que, si absolutamente
hablando la guerra es un factor negativo de la vida humana, basta
reflexionar brevemente para descubrir el valor positivo que la lucha puede
tener en la existencia del hombre. Es un hecho de experiencia universal que
la vida no transcurre sin dificultades; las cosas y las leyes físicas, las
exigencias morales y sociales, ofrecen a veces obstáculos como una cuesta
arriba o una montaña pueden hacer difícil y aun imposible la continuación
de un camino. La lucha se manifiesta externamente en la agresión, que
suele definirse como la conducta que lastima a otro o pretende lastimarle
pudiendo llegar incluso hasta la destrucción. Pero la lucha no es sólo una actividad externa que se
manifieste en actos agresivos contra los que nos rodean. Toda una tradición
ascética habla de una lucha interior (García Hoz, 1962). En la psicología
moderna también se menciona la interioridad de algún tipo de luchas. En
ocasiones, se habla de pugna entre representaciones, tal es el caso de
Herbart; en otras, en las que aparece más claramente la idea de lucha, se
menciona ésta como un conflicto entre tendencias contradictorias (Herbart,
s.f.) ABIERTA: Esta nueva formación human, nacida de la
confrontación entre la educación de la modernidad y la postmodernidad,
requiere ante todo una actitud abierta. La modernidad nació como un rechazo
de la tradición, y la postmodernidad, a su vez como un rechazo de la
modernidad. Las relaciones de distinción y complementariedad entre
conceptos, ideas y situaciones se interpretaron erróneamente, como
relaciones de oposición e incompatibilidad, contraponiendo la ley a la
libertad, el orden a la espontaneidad, la creatividad a la capacidad
receptiva, negando uno de los aspectos de la realidad por absolutizar el
otro. En el terreno de las ideas, la actitud abierta supone
amplitud para utilizar todos los métodos de investigación pedagógica que
razonablemente se presuma puedan aportar algún dato al conocimiento de la
educación, sin que la utilización de un método estricto implique la
descalificación del otro; así, la utilización de la investigación histórica,
la experimental, la especulativa...,cada una en su propio campo, intentando
armonizar las aportaciones de uno con las aportaciones de los otros a fin de
lograr un conocimiento integrado y completo, en la medida de lo posible, de
los problemas educativos. La educación abierta supera cualquier reduccionismo
nacido de una visión parcial de la educación, especialmente de quienes
limitan la persona humana a una mera recepción y reacción de factores
externos. Tal ocurre particularmente con los reduccionismos pragmatista, político
y criticista. En el orden práctico, la actitud abierta tiene que
luchar también contra lo que pudiera llamarse pequeños reduccionismos . La
actitud de los profesores que preocupados por los contenidos del aprendizaje
olvidan el desarrollo de las aptitudes y la promoción de los valores,
considerándolos realidades difusas y sin consistencia; por otro lado,
quienes preocupados por el desarrollo de la personalidad, se olvidan de la
necesidad de adquirir conocimientos. La de aquellos que, de una parte,
preocupados por la originalidad estudiantil, desprecian los programas sistemáticos;
y la de quienes, por otra, apoyados en la necesidad de un aprendizaje sistemático,
desprecian, a su vez, la atención a la singularidad y personales intereses
de cada estudiante. Y la de quienes, atentos a los cambios, desprecian
"lo viejo" o, por el contrario, desprecian sistemáticamente
cualquier innovación . Como síntesis, se puede afirmar que la educación
necesita estar abierta en el orden teórico a cualquier idea que tenga bases
razonables y, en el orden práctico, a cualquier actividad que de un modo u
otro pueda ser útil. Cierta manera es uno de los mayores placeres que nos está
dado saborear, aunque como todos los placeres se disfruta más cuando se ha
aprendido a degustarlo. Y cuanto más fascinante es el fenómeno que
tratamos de comprender mayor placer se obtiene en el esfuerzo para encontrar
un hilo conductor bajo la diversidad de los hechos. Sin duda uno de los fenómenos
más fascinantes que nos es dado presenciar, para el que además estamos muy
sensibilizados, en el desarrollo del hombre, el esfuerzo por madurar, en
todos los sentidos, y pasar del ser desvalido que todos nosotros hemos sido
en el nacimiento de convertirnos en hombres de bien, hacia un mundo en
constante transformación. • "HONRAR LA VIDA" Eladia Blázquez, letra y música. Cassette de ediciones
EMI. • "LA CONDICIÓN POSMODERNA" Jean-Francois Lyotard , Editorial REI. Argentina. Segunda
Edición, 1991. • "LAS AGONÍAS DE LA RAZÓN" Victor Massuh. Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1994. • "EL DESARROLLO HUMANO" Juan Delval, Siglo XXI editores, México, 1994 • "ES POSIBLE EDUCAR" Julio César Labaké, Editorial Santillana S.A., Buenos
Aires, 1995 • "NET DIDÁCTICA" Director Editor: José María del Castillo-Olivares, España,
1999. • "LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES" Josef Pieper, Editorial Rialp, Bogotá, 1988 • "CUESTIONES DE FILOSOFÍA" García Hoz, V., Editorial Rialp, Madrid 1962. • "PRINCIPIOS DE PEDAGOGÍA SISTEMÁTICA" García Hoz, V., Editorial Rialp, Madrid 1981. • "CALIDAD DE EDUCACIÓN, TRABAJO Y LIBERTAD" García Hoz, V., Editorial Dossat, Madrid 1982 • "DOCUMENTOS CONCILIARES" Concilio Vaticano II Un agradecimiento especial a todos mis colaboradores,
docentes, familiares y amigos, por su buena predisposición. Banfield, Pcia de Buenos Aires, Argentina///15/05/00
13:55:10 Trabajo elaborado: Profesor José Luis Dell’Ordine
FORMACIÓN EDUCATIVA ÁREA: EDUCACIÓN Publicación enviada por Profesor José Luis Dell´Ordine Contactar mailto:dellordine@arnet.com.ar Código ISPN de la Publicación EplkkAFpuVLaiZRKVT Publicado Sunday 18 de April de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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