Monografias | El Villazo, una epica colectiva Cielo del 74, con el arriba nervioso y el abajo que se mueveEl Villazo, una epica colectiva Cielo del 74, con el arriba nervioso y el abajo que se mueveResumen: El 16 de marzo de 1974, doce mil personas celebraron en la plaza San Martín de Villa Constitución algo más que una mera victoria gremial, social y política. Tras varios días de plantas tomadas –Acindar, la acería privada más grande del país; Metcon, dedicada a la fabricación de piezas de fundición automotriz; y la laminadora Marathon–, la metalúrgica Lista Marrón consiguió la posibilidad cierta de que se garantizara el respeto a los delegados elegidos en las fábricas y el pronto llamado a elecciones gremiales libres para normalizar la seccional de la UOM. El
16 de marzo de 1974, doce mil personas celebraron en la plaza San Martín de
Villa Constitución algo más que
una mera victoria gremial, social y
política. Tras varios días de
plantas tomadas –Acindar, la acería privada más grande del país; Metcon,
dedicada a la fabricación de piezas de fundición automotriz; y la laminadora Marathon–, la metalúrgica Lista
Marrón consiguió la posibilidad cierta de que se garantizara el
respeto a los delegados elegidos en las fábricas y el pronto llamado a
elecciones gremiales libres para
normalizar la seccional de la UOM. Consecuentemente, casi como lógico corolario
de ese proceso, el
25 de noviembre de ese año la Lista Marrón, encabezada por Alberto Piccinini,
ganó los comicios por casi el 70% de los votos. En
realidad este proceso había
empezado mucho tiempo antes. Marzo de 1974 había sido simplemente su punto de
aceleración. Hacia
1970, tres corrientes sindicales emergieron
en vestuarios y pasillos de las empresas siderometalúrgicas de la zona. Fueron el
Grupo de Obreros Combativos del Acero, el Movimiento de Recuperación Sindical y
la Lista "7 de Setiembre". Los dos primeros funcionaban en la semiclandestinidad. Precaución atendible dado el destino de
una agrupación anterior, el Grupo de Obreros de Acindar (GODA), cuyos
integrantes se encontraron con un telegrama de cesantía antes de poder
participar en los comicios internos celebrados a principios de ese año 70. La
unión de las tres corrientes, junto a los sobrevivientes del GODA, determinó
el origen de la llamada Lista Marrón. En
1973, las elecciones de delegados determinaron el triunfo de los candidatos de
estos sectores combativos y el rechazo a los apañados por la vieja burocracia
sindical. No obstante, las comisiones internas electas no fueron reconocidas por
las patronales. En Marathón [1]
se llegó a despedir a los nuevos delegados por no ser afectos a la UOM
nacional. Se agudizaba una confrontación que comenzaría a resolverse a favor
del campo popular, tal como expresáramos, en Marzo de 1974. Pero
hay un largo antes, antes de ese antes, valga el juego de palabras. El
historiador Eric Hobsbawm[2]
sostiene que los aspectos sociales y políticos de la existencia del hombre no
se pueden separar de los demás aspectos de su existencia. No se puede entender
el proceso culminante en 1974 y 1975 solamente por su entramado político y
gremial. El contexto determinada a los actores individuales devenidos actores
sociales. Nacida
en 1857 del “lado malo” del arroyo del Medio, como puesto de avanzada frente
a la secesionada provincia porteña, Villa Constitución fue la hija casi
putativa de una decisión geopolítica de la Confederación Argentina. Tras la
farsa bélica de Pavón había tenido el manso discurrir común a las
poblaciones de la pampa gringa, hasta que el agotamiento del Modelo Agro
Exportador y el comienzo del Proceso de Sustitución de Importaciones, terminó
con su tranquilidad pueblerina. Miles de hijos y nietos de
la inmigración cambiaron el arado por el torno o la fresadora, deviniendo de
chacareros arrendatarios en obreros industriales[3].
Junto a ellos llegaron los
migrantes internos de la Argentina mestiza. La instalación de Acindar provocó
una revolución demográfica y un caos en la traza de un pueblo agrario y de
servicios[4],
trasmutado a ciudad industrial. Villa Constitución nunca tuvo un Plan Directriz Urbanístico,
fue creciendo anárquica y
dispersa, sin cloacas, ni agua corriente, sin transporte público. La lógica de
su crecimiento fue la de las máximas ganancias para las empresas loteadoras que
aprovechaban la afluencia de nuevos trabajadores para venderles el terrenito de
cualquier modo. A
la falta de racionalidad y planificación se le suma la corrupción
administrativa. A mediados de los 60, un
plan de pavimentación integral demostró en su irracionalidad y costo
exorbitante para el bolsillo de las familias supuestamente beneficiadas con el
asfalto, la convivencia del poder político municipal con la empresa
encargada de llevar adelante el plan. Frente a tanto atropello, el movimiento
vecinalista, de larga tradición en la provincia, adquirió en la ciudad
singular protagonismo. Cientos de trabajadores militaron entonces conjuntamente
en la fábrica y en el barrio, hasta que los diferentes roles se integraban un
una comunión inseparable Por
eso no debe extrañar que en el momento del triunfo en Noviembre de 1974, la CGT
de Villa Constitución bajo el liderazgo de la Marrón, impulsara una federación
de vecinales para ocuparse de los problemas urbanos, con la participación de
todos y cada uno de los 34 barrios de la ciudad. La
solución de esas aparentes meras cuestiones municipales formaban parte de un
todo que hacía a la mejora de la calidad de vida y a la dignidad de los
sectores subalternos, parte fundamental de la lucha emprendida. Noviembre
de 1974 demostró el punto máximo de conciencia política de los trabajadores
del sur santafesino. A Villa Constitución llegaban metalúrgicos de todas las
seccionales de la República. Elaboraron un proyecto para modificar el convenio
metalúrgico y propuestas de avanzada para las paritarias que debían celebrarse
el próximo mes de Abril. El compromiso y la militancia se extendían por las
plantas de ese enclave de monocultivo metalmecánico. El padrón de afiliados de
la UOM se duplicó. Sin
embargo la primavera de esperanzas desatada ese verano estaba
amenazada por negros nubarrones. La democracia sindical duró solamente cuatro
meses. Villa
Constitución era un mal ejemplo para los sectores dominantes del país. Ese
abajo que se movía ponía nervioso al arriba. Ya en 1973, integrantes de la
división policial de la guardia rural, Los Pumas, estaban en la ciudad.
Alejandro Lanusse, último dictador de la autodenominada “Revolución
Argentina” había definido al cordón industrial que iba de San Nicolás hasta
Puerto General San Martín como "el cinturón rojo del Paraná". A
principios de 1975 a medida que se acercaba el momento de celebrar las
paritarias oportunamente convocadas, crecía la inquietud. Directivos de Acindar
y emisarios del Gobierno Nacional mantenían reuniones reservadas. Y
finalmente, como dice el tango, “la horrible amenaza se cumplió cobarde y
cruel”. En la madrugada del 20 de marzo de 1975 una columna de un kilómetro y
medio de automóviles y camiones, literalmente invadió Villa Constitución.
Eran la avanzada de un ejército de ocupación de más de 4.000 efectivos que
incluía en tétrico y heterogéneo calidoscopio a policías provinciales y
federales, prefectos y gendarmes, guardia rural y hombres
de la triple A, que hicieron del albergue de solteros de Acindar el primer
centro clandestino de detención del país. Ese nefasto día de Marzo hubo 300
detenciones. En los siguientes, la represión dejó al menos el saldo de seis
muertos. Martínez de Hoz, presidente de Acindar, mandó pagar por caja chica de
la empresa, cien dólares a cada uno de los represores. El
Gobierno Nacional, dominado por José López Rega, en lo más alto entonces de
su rasputinesca influencia sobre la presidenta constitucional, justificó lo
injustificable. Para el ministro del Interior, se
trató de un operativo para desarticular al "complot rojo contra la
industria pesada del país". En sintonía con el discurso oficial, para el
líder de la oposición, el radical
Ricardo Balbín, "los sucesos de Villa Constitución fueron necesarios para
erradicar la subversión industrial". A
la misma hora que en Buenos Aires se propalaban estos infundios, los obreros de
Villa Constitución paralizaban las actividades en la ciudad en una huelga que
duraría dos meses. El comité de huelga formado esa noche para reemplazar a las
direcciones presas, en su primer comunicado afirmó con lógica incontrastable
que el verdadero objetivo de la represión no era otro que “descabezar al
movimiento por el delito
de
conseguir conquistas para los trabajadores”. Fueron
dos meses de resistencia heroica de toda una comunidad. Los huelguistas y sus
familias no estuvieron solos. La solidaridad fue expresada también por sectores,
que por no tener relación de dependencia con las grandes fábricas, no eran técnicamente
parte de la lucha. Pero sin embargo
acompañaron y se sumaron a la
misma: pequeños productores hortícolas entregando víveres, comerciantes
minoristas “aguantado” deudas, etc. Finalmente,
el 19 de Mayo de 1975 ante la amenaza real de que las patronales despidieran a
todos los huelguistas sin indemnización[5]
y el compromiso de que no habría represalias, los obreros retornaron a sus
puestos de trabajo. En
eso momento, en las cárceles de Rosario, de Coronda, de Rawson, centenares de
dirigentes y militantes obreros de Villa Constitución, al mismo tiempo que veían
desmoronarse un hermoso sueño,
aguardaban su futuro con justificada incertidumbre. Sin proceso judicial, a
disposición del Poder Ejecutivo Nacional, algunos de ellos pasarían muchos años
recorriendo los calabozos del país, sometidos a un régimen severo, donde la
tortura física y moral[6]
era el pan cotidiano, simplemente por ser, tal como los definieron sus compañeros
del Comité de Huelga la noche de su detención, “culpables del delito de
conseguir conquistas para los trabajadores.” Ese
delito,
tres décadas después es asumido como propio por toda una comunidad, constituyendo en
el imaginario colectivo de la misma, una
épica a trasmitir a las nuevas generaciones. En nuestro tiempo, en que nuevas y
viejas esperanzas se unen transversalmente más allá de los aparatos
partidarios, el Villazo adquiere día
a día nuevas significaciones. Es un hito que nos recuerda que alguna vez hubo
un abajo que se movía, y que puede –y debe- volver a moverse, más allá de
los nervios del arriba. [1]
Marathon, al
igual que Acindar, era mayoritariamente propiedad de la familia Acevedo y la
US Steel Company. El directorio de Acindar lo presidía el yerno de Acevedo,
José Alfredo Martínez de Hoz, futuro todopoderoso Ministro de Economía de
la Dictadura Militar. [2]
HOBSBAWM, E.J., De
la Historia Social a la Historia de la Sociedad, Oxford, 1974. [3]
Ejemplo
de este cambio de la chacra por la fábrica,
es la figura de Alberto Piccinini, nacido en la zona rural de
Alcorta. [4]
Era cabecera del
Departamento Constitución y punto terminal del
ramal ferroviario que se
extendía hacia el poniente hasta Venado
Tuerto y La Carlota. [5]
La
Ley de Contrato de Trabajo, permitía que si tras de 60 días de paro, los
obreros no acataban la conciliación obligatoria, se los podía despedir con
justa causa, esto es, sin derecho a indemnización alguna. [6]
Un
viejo militante de “la Marrón”, René Spinelli,
narró en un programa de radio, Misceláneas, emitido el 27 de Marzo
de 2004 por FM 91.5 en Arroyo
Seco - su ciudad de residencia- la angustia que les producía a los
detenidos en Coronda, la actitud de las autoridades del penal que sin razón
aparente, por sádico capricho, les impedían ver a los familiares que con
innumerables sacrificios habían viajado para visitarles. “-Eso dolía
mucho más que los golpes de los carceleros”, recordó Spinelli
con los ojos llenos de lágrimas. Publicación enviada por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni Contactar mailto:grupo_efefe@yahoo.com.ar Código ISPN de la Publicación EplklVkAVZUMwshrwo Publicado Saturday 24 de April de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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