|
|
Monografias | El naturalismo torcido de Horacio QuirogaEl naturalismo torcido de Horacio QuirogaResumen: El objetivo de esta corriente literaria era reproducir la realidad con una objetividad perfecta en todos sus aspectos, tanto los más sublimes como los más vulgares. Según Zolá, las bases teóricas de la novela naturalista se resumen en el estudio del temperamento y las modificaciones profundas del organismo bajo la presión del medio y las circunstancias. Se parte de la observación para después pasar a la experimentación. Escribe
Emile Zolá en El Naturalismo: Esto es lo que
constituye la novela experimental: poseer el mecanismo de los fenómenos en el
hombre, demostrar los resortes de las manifestaciones intelectuales y sensuales
como nos los explicará la fisiología, bajo las influencias de la herencia y de
las circunstancias ambientales, después de mostrar al hombre vivo en el medio
social que él mismo ha producido, que modifica cada día y en el seno del cual
manifiesta, a su vez, una transformación continua. Así pues, nos apoyamos en
la fisiología, tomamos al hombre aislado de las manos del fisiólogo para
continuar la solución del problema y resolver científicamente la cuestión de
saber cómo se comportan los hombres desde que viven en sociedad.[1] El
objetivo de esta corriente literaria era
reproducir la realidad con una objetividad perfecta en todos sus aspectos, tanto
los más sublimes como los más vulgares. Según Zolá, las bases teóricas de
la novela naturalista se resumen en el estudio del temperamento y las
modificaciones profundas del organismo bajo la presión del medio y las
circunstancias. Se parte de la observación para después pasar a la
experimentación. En términos literarios significa recrear fiel u objetivamente
el medio social para someter al individuo o personaje a él. Así mismo, el
individuo debe ser tomado objetivamente de la realidad “real” con el
principal aspecto que determina la inteligencia y el temperamento: la herencia.
Para Zolá, la herencia es determinante en las manifestaciones intelectuales y
pasionales del hombre. Y aquí, el escritor francés recurre a la teoría
darwinista: el más apto es el que sobrevive. De esta forma se pone a accionar
uno o varios individuos en las páginas de una creación naturalista constatando
así las leyes naturales por las que el hombre está determinado, subrayando,
insisto, la dependencia humana de las condiciones
ambientales, y desplazando toda la atención no tanto hacia la naturaleza, sino
a la sociedad entendida como un mecanismo de atropello y embrutecimiento del
individuo; aquí es fundamental la cuestión de aplicación y moral que propone
Zolá: la hipótesis de la enfermedad y el mal como producto del deterioro y
distorsión de las estructuras sociales con la finalidad de prever y dirigir
tales fenómenos malignos para la sociedad. No
es intención nuestra reducir la poética de Horacio Quiroga a una literatura
naturalista o a cualquier otra. Pensamos que hacer eso sería condenar su obra a
una petrificación literaria que no merece. Sin embargo, el cuento del que nos
ocuparemos en estas líneas, “La gallina degollada”, como algunos otros que
también mencionaremos, ofrece algunos rasgos de esta corriente consolidada por
Zolá. Lo primero que intentaremos hacer es dar un brevísimo panorama de los
intentos en los que se ha tratado de ubicar la obra de Quiroga en algunas
corrientes literarias -esto para demostrar que no son antagónicas entre sí, y
que inclusive pueden tocarse en muchos puntos-; posteriormente, puntualizaremos
algunos rasgos naturalistas en “La gallina degollada” y ver qué giro da
Quiroga a ellos y para qué.
Se ha dicho que él es el mejor
representante del cuento criollista, pero no se necesita ser un erudito para
comprender la enorme distancia que media entre Quiroga y la escuela de Mariano
Latorre y sus seguidores. Se ha dicho también que es un posmodernista con voz
propia, y esto sólo puede entenderse como imagen de su camino: habiendo surgido
en el seno del modernismo y asumido epigonalmente sus pautas estéticas, reniega
a poco andar de los énfasis decadentes para encontrarse consigo mismo, según
la máxima rubendariana “sé tú mismo: ésa es la regla” -si es que cabe-.
Leonor Fleming concuerda con esto: “deja las formas establecidas del
modernismo, una estética aceptada y aclamada que ya no suponía ningún riesgo,
y elige unos asuntos locales y desprestigiados; se juega por un lenguaje nuevo y
despojado en unos cuentos que él llamó “a puño limpio” y que fueron
calificados como confusos, torpes y desaliñados por sus detractores”.[2] Noé Jitrik, ya habla de un
realismo trascendente en Quiroga. El mismo término usa Alfredo Veiravé, al
afirmar que el regionalismo de Quiroga supera los aspectos folklóricos o
documentales del paisaje para crear un realismo trascendente, que se basa en la
lucha del hombre con una naturaleza implacable y bárbara.[3]
Respecto al cuento naturalista, ha de
surgir paralela y simultáneamente la corriente modernista, seno de Quiroga. El
modernismo es esencialmente un movimiento poético; sin embargo, los principales
modernistas, Nájera, Martí, Darío, Nervo, Lugones, escriben cuentos. Su
aportación al género es, principalmente, la reforma estilística. Pero también
contribuyen con la introducción de ambientes exóticos y temas universales. El
modernista busca la expresión individual y su actitud es, por tanto, subjetiva;
no trata, como el realista, de pintar lo que es típico o popular en su medio
ambiente, sino de dar expresión a lo que hay de universal en sí mismo. El
cuento hispanoamericano con los modernistas, por tanto, gana nuevas dimensiones:
la forma artística, el ambiente exótico, el personaje refinado. Así se
incorpora el cuento americano a la narrativa universal.[4]
De tal suerte, la marca modernista se
hace presente en toda la narrativa producida durante las primeras décadas del
siglo XX. Frente a la vasta y plural floración de cuentistas que surgen por
esos años se suele hablar de posmodernismo, criollismo, realismo social.
Categorías útiles para matizar, deslindar y reagrupar el colectivo letrado,
ellas se muestran insuficientes, cuando no torpes, ante un escritor de genio,
como claramente ocurre con Horacio Quiroga.
Pues bien, para mitigar los errores a
que suelen conducir las delimitaciones muy rígidas, debe recordarse que en el
campo de la literatura hispanoamericana hubo más de un cruce entre las
tendencias arriba enunciadas. Así, en algunos textos capitales de finales y
principios de siglo llega a producirse una fusión de las dos tendencias
predominantes en aquel momento. “El Fardo” de Darío, y “Égloga de
verano” de Manuel Díaz Rodríguez recogen, con la perfección verbal del
modernista, los sucesos violentos y grotescos que exaltó el naturalismo.[5]
Luis Alberto Sánchez distingue entre “la narrativa de los modernistas” y
“una narrativa modernista, que es asunto distinto”; e instaura la categoría
del “modernismo naturalista” para referirse a Payró, Quiroga, y Rufino
Blanco Fombona.[6] “El
almohadón de pluma” y “La gallina degollada”, aparte de ser dos de los
cuentos más difundidos de Quiroga, suponen la asimilación definitiva de las
lecciones de sus maestros Poe y Maupassant; cuentos donde el aprendizaje ha dado
lugar al pleno dominio de la técnica narrativa, pero que asimismo muestran el
trabajo sobre el horror, el horror propio, sin impostaciones literarias. No
busca ya Quiroga causar impacto mediante la acumulación de situaciones y
elementos extraídos del repertorio espeluznante, negro, macabro de las letras
universales –como lo intentara en muchos de sus textos modernistas-, sino que
ahora las situaciones límite, que no fueran ajenas a su experiencia vital,
aparecen trabajadas por él hasta haber logrado instalarlas en la base de esa
escritura áspera, despiadada. Para tal efecto, podemos ubicar aquí rasgos de
la corriente consolidad por Zolá; específicamente, el determinismo biológico
basado en la herencia. La
idea de herencia y la idea de fatalidad se unieron y juntas echaron raíces en
los escritores del naturalismo hispanoamericano. Este fatalismo de asomos científicos
es el ingrediente que con mayor frecuencia se reconoce como propio de esta
corriente literaria, como mencionamos en un principio. El naturalismo
hispanoamericano presenta casi todos los aspectos del naturalismo europeo, y uno
de ellos, según Guillermo Ara, es el de la pretensión cientificista: se apoya
en las conclusiones de Mendel, Saint-Hilaire, Darwin, Comnte, Spencer, C.
Bernard, tanto en la afirmación de un determinado biológico como en las
definiciones psicológicas o de predominio instintivo.[7] Estas
explicaciones científicas, Quiroga las usa al servicio del horror y a uno de
los leitmotifs de su narrativa, que en “La gallina degollada” es el
torturado análisis de la relación conyugal. El origen de este motivo narrativo
podemos encontrarlo dando un muy breve recorrido por la vida conyugal del autor
-sin que esto implique reconstruir la biografía a partir de la obra, y explicar
la obra a partir de la biografía reconstruida, como suele suceder en muchos
casos-.[8]
Pero en realidad, el amor fue para Quiroga, siempre una frustración. Hizo
material literario de este golpe que sacudió toda su vida. Ejemplo de ello son
el matrimonio Mazzini-Ferraz de “La gallina degollada”, y el matrimonio Jordán-Alicia,
de “El almohadón de pluma”.
El primero, como ya mencionamos,
adelanta uno de los leitmotifs de la poética de Quiroga: el torturado análisis
de la relación conyugal, marcada siempre por la autoridad masculina y la
conflictiva vida pasional de la pareja. Esta historia de una familia cuyos
primeros cuatro hijos son deficientes mentales presenta una variante del
elemento de la monstruosidad, porque los hijos destruyen el amor del matrimonio
y asesinan, en un final casi canibalístico, a la única hija sana de la pareja.
Aquí se hace un planteamiento con plena conciencia naturalista: si los hijos
son producto del amor, ¿qué clase de amor tiene como producto a cuatro
monstruosos hijos, deficientes mentales, y más aún, capaces de asesinar al único
producto sano de dicho amor? Dejemos
que el texto hable:
Mazzini se puso pálido.
-¡Al fin –murmuró con los dientes
apretados-. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
-¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he
tenido padres sanos!, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi
padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo
el
mundo! ¡Esos son hijos
tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez. -¡Víbora tísica! ¡eso
es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico
quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
picado, víbora! (p. 120).
“Los rencores de su descendencia podrida” (La cursiva es
nuestra. p. 119), como asegura el narrador. Pero el relato vale no sólo por el
efecto que produce el espantoso desenlace, sino por lo que hay detrás de este
determinismo biológico, hereditario, que explica cómo surge el odio, como un
parásito, en los resquicios mismos del innegable afecto de los esposos.
Incapaces de aceptar los hechos sin humillar al otro con terribles agravios,
muestran –como sugiere el narrador- tener “corazones inferiores”:
monstruosidad física y moral. Antes de que los hijos enfermos sacrifiquen a la
niña en un ritual sangriento, los padres ya se han destruido mutuamente; el
horripilante final puede verse como un castigo al crimen mental que ellos han
perpetrado antes y al creciente abandono en el que tienen a los hijos
deficientes: “porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de
amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos” (p.
121). Más
allá de esta interpretación, el tema de la “locura” excede a lo que puede
entenderse clínicamente como “locura”. Por “locura”, al referirnos a la
obra de Quiroga, debe entenderse algo más inclusivo, más próximo a la
“normalidad” de la naturaleza humana. En realidad, la necesidad que
experimenta Quiroga es la de tocar los límites de esta naturaleza. Sus cuentos,
ya traten el tema del amor, el de la locura o el de la muerte, son siempre
variaciones de un mismo tema. El asunto en sí es siempre un pretexto para
comunicar su más entrañable visión del universo; el fracaso de la empresa
humana en todos sus órdenes. La frustración del amor, de la existencia y de la
razón. Este rasgo naturalista no pasa intacto desde Zolá hasta Quiroga. La poética
del escritor francés negaba el libre albedrío y subrayaba lo sórdido y la
determinación biológica con la finalidad de apoderarse de dichos fenómenos
para tener control sobre ellos, por una parte; y por otra, para ofrecer una
lección moral y reflexiva al retratar objetivamente el mal como producto del
deterioro y distorsión de las estructuras sociales. En Quiroga, estos rasgos
naturalistas están al servicio del horror. Él no pretende moralizar; la
propuesta de Zolá no tiene porqué cumplirse a cabalidad en el escritor de
origen uruguayo. Él está tentado por las referencias patológicas de
procedencia científica. De ahí la proclividad desarrollada en “La gallina
degollada”. En el naturalismo encontró elementos que, puestos a funcionar en
su poética, tienen como resultado un naturalismo distorsionado, terrorífico.
Si pasáramos a los apoyos biográficos, son conocidas sus declaraciones
materialistas, desde aquellos apuntes juveniles llenos de ingenuidad:
“Amargura: pobreza de glóbulos rojos. Inteligencia: más o menos fósforo.
Goce: crispación de la médula espinal”.[9] “El
almohadón de plumas” no concluye con la imprevista y horrorosa revelación
final difícil de adivinar, sino con una observación objetiva sobre aquel extraño
animal que ha consumido la sangre de la protagonista. Como quien concluyera un
severo estudio científico y no la espeluznante historia de este caso, dice en
la frase final: “La sangre humana parece serles particularmente favorable, y
no es raro hallarlos en los almohadones de pluma” (p. 128). Esta referencia,
llena de conciencia naturalista, tiende a ampliar, una vez concluido el impacto
oculto en el descubrimiento de aquel animal, los límites imprevisibles del
horror. Aquellos “parásitos de las aves”, parece decirnos el autor antes de
dejarnos ir de la atracción que produce el clima de su narración, no están
ocultos solamente en estas páginas ni en la casa de patios silenciosos, frisos
y columnas y estatuas de mármol que habitaban Alicia y Jordán[10],
sino que “normalmente” y hasta con cierta frecuencia, puede encontrárselos
en esos almohadones. La verosimilitud del hecho narrado, merced a esta observación
naturalista, transformada y objetiva que el autor intercala en su pieza
literaria, trasciende los límites de lo fantástico para inquietar al lector más
allá de la probable ficción. Recordemos que en “La miel silvestre”,
Quiroga acota una referencia similar sobre las propiedades paralizantes que han
provocado la muerte de Benincasa. ¿Qué logra estructuralmente con estas
observaciones posteriores al efecto del final revelado? Por un lado, fundir de
manera sutil los límites entre lo posible y lo narrado en un equilibrio justo.
Por otro, y en un primer nivel discursivo, estas conclusiones tienden a
disolver, en una lucidez necesaria y un apartamiento de la emoción –que es la
clave del arte literario según su Decálogo-, los choques suscitados en
el espíritu por la realidad de la historia relatada. Penosamente, Leonor
Fleming califica este efecto como un “horror soslayado”, o sea, un horror
que no da horror. ¡Habráse visto semejante efectazo! Si el horror no da horror
no es horror y ahí para la cuenta. Aquí cabe precisar la opinión de Crow.[11]
Porque puede hablarse de un doble uso del horror en estos tres cuentos de
Quiroga. El primer uso, visible a primera vista, obedece sin duda a la mecánica
que Crow ha señalado: contención hasta el momento de la crisis donde recién
surge el efecto horrendo. Pero el horror más profundo es el que resulta de los
rasgos naturalistas que hemos venido señalando y que se instala en las
relaciones de los matrimonios Mazzini-Ferraz y Jordán-Alicia, y late subyacente
a lo largo de los dos relatos, impregnado ambas narraciones. La estridencia del
final pretende –y logra magistralmente- despistar al lector desprevenido. Ese
segundo uso del horror, más sutil, es el que separa definitivamente a Quiroga
de su maestro Poe. En
estos tres cuentos, y principalmente “La gallina degollada”, el elemento de
horror logra un efecto aparatoso y estridente gracias al giro que da Quiroga a
los rasgos de la corriente naturalista. Escribe Guillermo Ara: “El lector (de
novelas románticas), escribió Gamboa, quedaba complacidísimo: se le hacía
agua la boca con las picardías leídas, mas al cerrar el libro tranquilizábase
con la consideración de que aquello no era cierto. Ahora no: si acaso concluye
un libro, quédale ingrata impresión, precisamente porque lo leído es
verdadero; parécele que en vez de una lectura asiste como testigo a un proceso
real”.[12]
El rasgo naturalista ofrece al relato una argumentación que lo hace verosímil
o verdadero –por verdadero entendemos que es posible en la “realidad”
externa a la obra, o sea, la “realidad” del lector-. Esto lo podemos
aterrizar en la cocina del cuento, justo cuando los cuatro hijos del matrimonio
degüellan a su hermana como la cocinera degüelló a la gallina mientras ellos
observaban, llevando a cabo uno de los actos más elementales del aprendizaje:
el conocimiento empírico. Esta conciencia naturalista explica y sostiene científicamente
que los cuatro hijos idiotas hallan aprendido algo empíricamente para después
llevarlo a la práctica, ya sea en la ficción o, peor aún, en la cotidianidad
del lector. Gracias
al rasgo naturalista queda latente en el lector la posibilidad de verismo que
existe entre los límites de lo ficticio y la realidad cotidiana, donde lo
horrible es innegablemente el implacable cumplimiento de las leyes de lo
natural. De tal suerte que con este uso de las reglas poéticas del relato,
Horacio Quiroga da un toque sui generis a la escuela consolidada por Zolá, un
naturalismo torcido, mucho más terrorífico que la propia literatura de terror. Bibliografía ARA,
Guillermo. “Las líneas generales y lo matices americanos del naturalismo”
en La
novela naturalista hispanoamericana, Eudeba, Buenos Aires, 1975. CROW,
John. “Prólogo” en Horacio Quiroga, Los perseguidos y otros cuentos,
Mont, C. García, 1940. EPPLE,
Juan Armando. “Hacia una caracterización del naturalismo latinoamericano”, Plural
(México, D.F.), 1986, # 184. FLORES,
Ángel. Aproximaciones a Horacio Quiroga, Monte Ávila Editores,
Venezuela, 1976. LEAL,
Luis. El cuento hispanoamericano, Centro Editor de América Latina,
Buenos Aires, 1967. MEYER-Minneman,
Klaus. “Los antecedentes de la
novela hispanoamericana del Fin de
Siècle”, en La novela hispanoamericana de fin de siglo,
FCE, México, 1997, pp. 158-195.
OVIEDO,
José Miguel. Historia de la literatura hispanoamericana, vol. 3,
Alianza,
Madrid, 2001. PUPO-Walker,
Enrique. El cuento hispanoamericano ante la crítica, dirección y prólogo
de Enrique Pupo-Walker, Castalia, Madrid, 1973. QUIROGA,
Horacio. Cuentos, 1ª ed., edición de Leonor Fleming, Rei, México,
1992. ________________.
Los desterrados y otros cuentos, edición de Jorge Lafforgue, Castalia,
Madrid, 1990. RODRÍGUEZ
Monegal, Emir. Las raíces de Horacio Quiroga, Mont, Edies, Asir, 1961. SÁNCHEZ,
Luis Alberto. Historia comparada de las literaturas americanas, tomo III:
Del
naturalismo al posmodernismo, Losada, Buenos Aires, 1974. VEIRAVÉ,
Alfredo. Literatura hispanoamericana. Escrituras. Autores. Contextos, Kapeluz, Buenos
Aires, 1976. ZOLÁ, Emile. “La novela
experimental” en El Naturalismo, Península, Barcelona, 1976,
pp. 29-69. [1]
Emile Zolá, “La novela experimental” en El Naturalismo,
Península, Barcelona, 1976, p. 38. [2]
Horacio Quiroga, Cuentos, 1ª ed., edición de Leonor Fleming,
Rei, México, 1992, p. 14. En lo sucesivo, cuando sea citada esta obra, sólo
se anotará entre paréntesis el número de página correspondiente. [3]
Alfredo Veiravé, Literatura hispanoamericana. Escrituras.
Autores. Contextos, Kapeluz, Buenos Aires, 1976, p. 232. [4]
Luis Leal, El cuento hispanoamericano, Buenos Aires, Centro
Editor de América Latina, 1967, pp. 24-25. [5]
Enrique Pupo-Walker, El cuento hispanoamericano ante la crítica,
dirección y prólogo de Enrique Pupo-Walker, Castalia, Madrid, 1973, p. 13 [6]
Luis Alberto Sánchez, Historia comparada de las literaturas
americanas, tomo III: Del naturalismo al posmodernismo, Losada,
Buenos Aires, 1974, pp. 258-301. [7]
Guillermo Ara, “Las líneas generales y los matices americanos del
naturalismo” en La novela naturalista hispanoamericana, Eudeba,
Buenos Aires, 1975, pp. 18. [8]
Para ello podemos recurrir a José Miguel Oviedo, quien escribe que
las relaciones conyugales de Quiroga, ofrecen reveladoras claves sobre su
vida erótica: son siempre relaciones tempestuosas con mujeres bastante más
jóvenes que él; relaciones regidas por la autoridad masculina donde la
mujer es sometida a una dura vida doméstica que implica una ascética
privación de casi toda comodidad u otro placer que no sea el sexual. Para
José Miguel Oviedo, hay en Quiroga una patética necesidad de amor y
ternura, que espera encontrar en jóvenes capaces de aceptar fácilmente los
espartanos términos en los que él planteaba la vida en común: una relación
de supremacía de un esposo-padre sobre una esposa-hija. De tal suerte, el
amor quiroguiano está marcado por las mismas señas destructivas del
impulso tanático que acosó su vida. José Miguel Oviedo, Historia de la
literatura hispanoamericana, vol. 3, Alianza, Madrid, 2001, pp. 18-20. [9]
E. Rodríguez Monegal, Las raíces de Horacio Quiroga, Mont,
Edies, Asir, 1961, p. 25. [10]
La atmósfera de sombras parnasianas en la que está envuelta la
muerte de Alicia, coloca a la protagonista desde su aparición en un marco
de irrealidad y fantasía firmemente trazado en el modernismo. El gusto por
el vampirismo y la víctima “rubia, angelical, y tímida” se enmarca en
el romanticismo, heredado de su maestro Poe. [11]
En el prólogo a Horacio Quiroga, Los perseguidos y otros cuentos,
Mont, C. García, 1940, p. 15, John Crow declara: “En estos tres cuentos
“La gallina degollada”, “El almohadón de pluma”, y “La miel
silvestre”, Quiroga sigue pareciéndose a Poe en su afición al horror,
pero se diferencia radicalmente del cuentista yanqui en el uso que hace de
estos temas. Poe insiste en la nota de horror desde el primer párrafo, y
logra un efecto creciente acumulativo. Quiroga se contiene con calculada
anticipación hasta la crisis donde se desata en una terminación
explosiva”. [12]
Guillermo Ara, Op.cit, p. 13. Publicación enviada por Alí Jiménez Silva Contactar mailto:ali____@hotmail.com Código ISPN de la Publicación EplkluFZuFIsdDtbag Publicado Saturday 24 de April de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal. | ||||||||