Monografias | Algunas Anotaciones empíricas en torno a dos Relatos de Guerra, Bojayá y Pueblo Rico

Algunas Anotaciones empíricas en torno a dos Relatos de Guerra, Bojayá y Pueblo Rico

Resumen: Este 1 de mayo del 2004, Bojayá cumple tres años de íntima, permanente y conmovida presencia en la memoria colectiva del país; que sea ésta una ocasión formal para autorecordarnos cómo estos largos y cruentos y laberínticos y antiéticos ya pasados mil cien días han sido una constante en la intranquilizada existencia cotidiana de millares y millares de sencillos compatriotas, objeto inmisericorde de dos proyectos despiadados....

Publicación enviada por Atisbos Analíticos


 

A  MANERA DE PRESENTACIÓN: SEIS IDEAS EN TORNO DE TODAVÍA POSIBLES ACUERDOS HUMANITARIOS.

Este 1 de  mayo del 2004, Bojayá cumple tres años de íntima, permanente y conmovida presencia en la memoria colectiva del país; que sea ésta  una ocasión formal para autorecordarnos cómo estos largos y cruentos y laberínticos y antiéticos ya pasados mil cien  días  han sido una constante  en la intranquilizada existencia cotidiana de millares y millares de sencillos compatriotas, objeto inmisericorde de dos  proyectos  despiadados: por una parte, del de farianos y paracos que, activo todavía, se encuentra esenciado en la anómica y ya histórica puja por controlar, decontrolar y recontrolar territorialidades bélicas, proceso al que, con vigor, en los dos últimos años se ha vinculado  la “Seguridad democrática” hasta desembocar en la reciente decisión constitucional del Presidente de avanzar hasta el corazón de la manigua al rescate militar de más de tres mil secuestrados; y por la otra, del de los esfuerzos institucionales, políticos, legislativos, administrativos  y simbólicos del Gobierno por hacer de la población civil un actor indirecto pero central de esta perversa guerra.

Entre el Pueblo Rico de hace también unos pocos años (la población antioqueña donde, en confusos y todavía confundidos hechos, fueron muertos por el Ejército seis niños y niñas) y la más confusa Cajamarca de la semana pasada (donde una historia similar se ha repetido como tragedia), la fracturada cronología empírica de la guerra se nos revela como linealidad y regularidad en los tiempos de la  conciencia ciudadana para evidenciarnos una conducta social que, quizás, no sea exclusividad de los soldados. En este caso, la historia se nos sobreimpone como farsa. No se trata de exculpar a los soldados, pero, a lo mejor, somos todos, como colectivo nacional, los que hemos venido soportando la más aguda crisis  de desregulación ética. De todas maneras y no obstante cuatro décadas de machacón disparar de los fusiles, parece que en esta sociedad ni los guerrilleros ni los paramilitares ni los                                                                                 soldados  ni los ciudadanos,  quizás, hemos logrado forjarnos y apropiarnos de una ética bélica. Como para afirmar que en asunto tal, somos todos los que  debemos hacer re-convivencia  mientras las condiciones de la política y de  la cultura no lo impidan.       

Se asoma, entonces, un primer y crucial interrogante ético: ¿por qué y para qué esperar nuevos millares y millares de aludes de cadáveres?

Otra pregunta apretuja: ¿por qué no colocar ahora y ya sobre el tapete  el asunto humano y humanista y ética y mentalmente sano, de los Acuerdos humanitarios? ¿No será esto lo ético aunque la política presione por otros senderos?

Como para glosar ahora las declaraciones de hace unas pocas semanas de Angelino Garzón: que bienvenida era, fue la esencia de lo que manifestó el  Gobernador del Valle, la reflexión jurídica alrededor de los                                                                             procesos de   negociación del  conflicto armado, pero que, con frecuencia, ése énfasis leguleyo no hacia otra cosa que velar la ausencia de voluntad en la toma de decisiones políticas.

Una hipótesis similar fue la que se reflexionó en uno de los primeros números de Atisbos Analíticos al correlacionar fórmulas jurídicas y acuerdos políticos. Cuando existe voluntad  para sacar  “algo” adelante vía las decisiones políticas, se dijo, se termina encontrando siempre las formas normativas adecuadas  y funcionales para compatibilizarlas con el ordenamiento jurídico. Pero, en la coyuntura de este gobierno cuando la decisión política tomada es la de exacerbar la guerra  dentro de unos nuevos tiempos, incluidos los de la reelección, que se presumen como necesarios para colocar a las guerrillas en condiciones de necesaria capitulación, el debate jurídico se torna un simple juego de velitas navideñas no exento de enorme eficacia simbólica en una sociedad irremediablemente santanderista como la colombiana. Es por esto por lo que, de modo directo, el derecho no sirve ni para ganar  militarmente  la guerra ni para  políticamente negociarla, aunque, como camaleón normativista,  siempre se acomoda  para cumplir la más eficaz función simbólica en torno de una u otra opción.

En un proceso en el que, para el Estado, ha habido avances, que no resultados contundentes, en materia de recuperación de soberanía interna, el  gobierno ha hecho la parte  relativamente más fácil  de la tarea militar: ha recuperado el control territorial del casco  urbano de numerosos municipios y, quizás, ha bloqueado las                                                   intersecciones entre algunos corredores estratégicos de las guerrillas. Ha consumido dos años en esa operación estratégica, sólo parcialmente exitosa, cuando los cálculos de sus dos ministros claves, Londoño y  la Ramírez, no iban más allá de18 meses para someter a las guerrillas. Ahora Uribe ha decidido pasar a una segunda etapa para avanzar hasta la recuperación socioterritorial del campo y de  la  selva, el habitat casi natural de unas guerrillas cultural y militarmente enraízadas, con enorme conciencia callada de que es, por lo  menos, precario decir que se ha derrotado a unos actores que tienen en su poder a muchos centenares de  secuestrados, algunos gringos incluidos. Es la fase militarmente más dificultosa de la operación para cuya ejecución está contando con una casi segura reelección. Se trata de una aventura en la que los supuestos y deseos son más  amplios que los cálculos político militares racionales y ello sin tener en cuenta que en contra del proyecto militarista conspiran las   finanzas fiscales y, sobre todo, las cada vez más deprimidas y angustiosas condiciones de existencia social del 65% de pobres y de indigentes que pueblan el país. Como para reiterar,  entonces, el interrogante: en esas condiciones ¿no es antiético a la par que antitécnico  coercionar el país  a que espere, tras miles de nuevos muertos y errores  y horrores, una casi sobreimponiente negociación futura?

“EL MÁS BÁRBARO PUEBLICIDIO.

 

‘BOJAYÁ-CANTO 25

Epígrafes

Aunque murió hace tantos años / por allí debe andar mi padre /…tan errante…/ tan llovido”,  Pablo Neruda.

“Nos metimos en la iglesia porque pensamos que allí Dios nos protegería”, Ernesto Ortiz, quien perdió a su esposa y a 2 de sus 4 hijos.

“Dios mío ¿Qué hemos hecho?”, exclamación, de rodillas, de joven guerrillera, combatiente.

 

“Negros, ya no vivos,-niños y grandes-

vuestra sangre, aguas abajo por  el  río Atrato

ha llegado a los confines de los mares.

 

En las playas de Africa,

En la cresta ahora rosada de las olas,

La ven y la sienten tus hermanos negros.

Lloran, y bravos, tocan duro sus tambores.

 

Negros y blancos, ya  vivos, de los pueblos de Colombia,

-niños y grandes, inocentes y pecadores-

vuestra sangre, hermanada con las aguas,

ha pintado las nubes.

Ha tinturado los hilos de la lluvia.

 

Agua-Rosa caerá sobre la tierra entera,

De ese color serán las lluvias perennes del Chocó…

Nos mojará y nos hará pensamos.

Y buscar

Y luchar “.

(Gabriel  Ruiz Arbeláez)

 

Bojayá, por extensamente selvático, es el único municipio colombiano que tiene  “capital”, el poblado de Bellavista; en  mayo del 2002, en esta Comunidad afrocolombiana, y como resultado de una aguda confrontación socioterritorial entre  farianos y  paracos, fueron muertos o, en su integridad física afectados, el  22%  de sus pobladores, es decir, de 1100 habitantes,117 fueron masacrados , entre ellos 47 niños, mientras que 114 quedaron heridos.

Un auténtico ‘pueblicidio’, histórico por lo bárbaro, de la guerra en Colombia.

“Dios mío, ¿qué hemos hecho? “, se preguntó llorando la joven guerrillera, cuando en las   orillas del río  Atrato  medio intuyó la gravedad de lo acontecido. Y “no sabía si yo estaba muerta. No sentía nada”, así se autopercibía en el  interior de la Capilla de San Pablo Apóstol, otra joven de 19 años, esta sí civil, cuando, atolondrada, descubrió a su mamá todavía viva entre una sanguinolenta masa de cadáveres.               

Un solo indicador de condición social de vida de los chocoanos: en este departamento donde está situada la población que sufrió una de las más perversas masacres de la historia de la guerra en Colombia, 106 niños mueren antes de cumplir un año; y allí, en esa afro-colombiana región cultural,  el 70% de sus habitantes duermen sobre  las  afiladas fronteras, que definen los límites entre la pobreza del dólar diario (23 puntos) y la miseria que sólo  come cuando se pesca (47 puntos). Como decir, la más inhumana condición humana, en teoría muy propicia para el “discurso de los explotados” de los farianos, así como para la “ideología de la dignidad humana” de los paracos.

Otro indicador de expectativas chocoanas de infraestructura vial internacional futura: han sido, y, continúan  siendo muchos los que proyectan que en esa lluviosa y selvática y empobrecida y afrocolombiana región se construirá un Canal alternativo al de Panamá. Pero, no es éste el único macroproyecto programado. También se ha pensado, y  la empresa ya se inició a pequeña escala, en un Chocó todo  sembrado en la línea “alcaliana” de La Palma africana. Como decir, las lógicas de las multinacionales de la globalización, exportar materia prima para las macrofábricas oleaginosas e importar  plátano y coco  y yuca y hasta ñame.

En los finales del siglo XX al Chocó llegaron las Farc buscando  asentarse territorialmente en el Atrato Medio, el río madre de los chocoanos; como respuesta inmediata y siguiéndoles los pasos como cuasifraternales fantasmas, allí estuvieron también los paracos en persecución de sus pares que si no en  las ideas, por lo menos, sí, en las formas  de practicar la guerra. Con  el advenimiento de unos y otros - realidad y representación de enemigos a muerte- el río, el telúrico y afectivo río de los chocoanos, quedó convertido en el habitat de millares de  cadáveres de  exciudadanos y exciudadanas. Fue así como el río, el añorado río de los afrochocoanos, se convirtió en mera simbólica geopolítica de los actores del conflicto. Más “acá” de Bojayá y aguas abajo, desde Riosucio hasta el Urabá bananero, el control  lo tenían los paracos; pero, más “allá” de Bojayá, aguas arriba hasta Quibdó, su principal puerto, al río lo controlaban los farianos. Fue esta la forma como a las Comunidades chocoanas, las insurgencias armadas les expropiaron su río; ya no podían disfrutar a placer de él ni para orillarse  a soñar ni para la pesca de subsistencia ni  para el viaje fluvial ni para la lúdica nadada ni para el íntimo amorío.

Y desde  los primeros días de este siglo XXI, el Chocó se ha convertido en un referente geopolítico central de los  proyectos estratégicos de farianos y paracos. Los primeros, bajo la inspiración de Noel Matta, alias “el Viejo Efraín”, el otro jefe histórico de las Farc, se propusieron instalar allí la más plurifuncional retaguardia.  Primero, como base para lanzar una contraofensiva orientada a la recuperación  del Urabá bananero, viejo santuario de los farianos del que los habían sacado los hombres de Carlos Castaño; segundo, para tomarse por asalto los corredores del narcotráfico hacia el Pacífico. Y finalmente, para asegurarse los abastecimientos desde Panamá. Los paracos, por su parte, han transitado por la zona apropiándose tierra, ora medio comprada ora arrebatada,  como barrida humana necesaria para el futuro de los macroproyectos de narcotraficantes y  transnacionales.

De todas maneras, en un primer momento los paracos llegaron allí para  atravesárseles en el camino a las farc; en el caso de Bojayá, querían hacerles  una ‘parada’ en seco a los hombres de Tiro Fijo.

Fue en el anterior  cuadro crítico de pujas y contra-pujas territoriales en el que se produjo la hecatombe de Bellavista.

Y esa fue la realidad, pues el río y sus afluentes se habían convertido en el escenario de la más encarnizada y sangrienta lucha interinsurgente. La pobreza y la miseria, notas características de la región, habían sido hechas a un lado, para abrirle paso a la más tenaz lucha “privada” por el control de un importante corredor geopolítico para el flujo de la coca y de las armas y del avituallamiento y de los futuros macroproyectos y de sus habitantes como fuente de reclutamiento y como base de apoyos sociales.

En líneas muy gruesas, la cronología de la construcción sistemática de esta masacre fue más o menos así:

Al iniciarse el siglo XXI, los paracos pretendieron meterse a Vigía del Fuerte, la población, Atrato de por medio, a 2800 metros de Bellavista, pero, cosa extraña en Colombia, un teniente de la policía los paró, “no, les dijo, nosotros somos aquí la autoridad legítima y no necesitamos su apoyo”. Y, por las razones que fuesen, los paramilitares se marcharon. En marzo del 2000, los farianos llegaron a Vigía del Fuerte. Venían en busca “de algo”. Mataron a 21 policías, retuvieron a otros 10 y, de casa en casa, seleccionaron a 8 civiles. Eran por ellos que venían, dizque por auxiliares de los paracos y los fusilaron. Como también venían por territorio, se quedaron y empezaron a fortalecerse en la región. Pero, pocas semanas antes de la tragedia, del norte llegaron los paramilitares, eran más de 300, venían seguros en su pangas, bajaron el río Atrato, atravesaron varios Puestos de control policial, y nadie, absolutamente nadie los vio llegar hasta el casco urbano de Bellavista. El día anterior, las Farc habían abandonado el casco urbano de la población. Fue entonces cuando a Alfredo Pitayá, un negro grandote de 32 años,  como que la cosa le pareció extraña y  empezó a cavilar:”no me había dicho su comandante, apenas ayer, que ahora ellos mandaban aquí y que de acá no se irían?”, se preguntó. “Aquí algo raro va a suceder”, reflexionó y al día siguiente, al ver llegar en sus pangas a un cuasiejércto de paramilitares, intuyó lo que iba a acontecer.

Para ese entonces, las Farc, teniendo a la manigua como trinchera selvática, con alrededor de 2000 hombres ya tenían atenazados a los paramilitares en un espacio que cubría el círculo que encerraba las  dos poblaciones, Bellavista y Vigía del Fuerte. Para los farianos éstas eran su escudo humano, mientras que para los paracos lo era lo que de habitantes quedaba en Bellavista.

Como en relato de García Márquez, el de Bojayá había sido un pueblicidio anunciado. Ocho días antes, el Defensor del Pueblo había oficiado a las autoridades nacionales correspondientes que 300 paramilitares avanzarían hacia Bojayá para disputarles a las farc el control socioterritorial sobre la zona; y ante un silencio apabullante, el 2 de mayo reofició reiterando y advirtiendo y ese mismo día 117 colombianos fueron masacrados y vino en seguida la ira nacional, así como la reacción de condena a escala internacional. Los oficiados, entonces, ahora sí con una celeridad inoficiosa, se deshicieron en  defensas y contralegatos y disculpas. He aquí una pequeña muestra de las fallidas coartadas de la institucionalidad : que “dada la ola invernal desplomada sobre esa selvática región, los helicópteros no podían aterrizar”,dijeron los primeros; que “para evitar caer en trampas, los protocolos de combate fijaban que un helicóptero con tropa no podía aterrizar antes de que las fuerzas de tierra aseguraran el área”,afurmaron algunos militares; que “dada la dificultad para reagrupar tropas, era un suicidio enviar a 200 o 300 soldados a enfrentar más de 1500 guerrilleros y paramilitares”, argumentaron los estrategas; que “el sistema de alarmas, aunque ya definido, ese día no había funcionado con eficacia, pues las alertas se habían quedado enredadas entre jerarquía y jerarquía, además de que todavía no se había  precisado a qué institución le correspondía supervisar que los responsables actuaran”,remató la burocracia estatal. No obstante tantas disculpas, nadie supo explicar por qué, no obstante la manigua y la neblina y la lluvia, en esos días uno  de las avionetas de las Auc pudo aterrizar a uno de sus Comandantes, alias “el Alemán”, en la burda pista de Vigía del Fuerte.

La verdad monda y lironda fue que el Estado,  como realidad militar,  tardó 6 días en llegar desde Bogotá hasta Bojayá.

El 30 de abril el inspector de policía de Bellavista buscó al  Comandante de las Auc para advertirle que la Comunidad era neutral; este se limitó a decirle, “tranquilo, hombre, que a ustedes nada les va a  pasar”.

El combate se inició el 1 de mayo a las 6 de la mañana. Desde el día anterior unos 300 pobladores se habían refugiado bajo las  alas de  la Capilla San Pablo Apóstol  bajo  el liderazgo vigoroso y comprometido de tres sacerdotes católicos. En otras partes del mundo, a nadie llaman la atención  los letreros que, colocados en  las puertas de las Iglesias, señalan: “Siga pero sin el perro”; pero, en Bojayá                                                                                                tampoco a nadie  le inquietaba que un aviso colgado sobre la puerta de la capilla de Bellavista rezase :”Siga pero sin armas”. De los  otros pobladores de Bellavista, además de los 300 ya refugiados en la Capilla, los más deseosos de huir, sin importarles para donde, habían cogido río abajo o río arriba,  mientras otros habían vadeado el Atrato hasta  Vigía del Fuerte y unos terceros, los más vaquianos, se habían arriesgado en la manigua. Dionisio Valencia, que la noche anterior había soñado que “estábamos en una casa y las llamas nos rodeaban y no nos dejaban salir”, se acurrucó a rezar en un rincón de su rancho durante 28 horas seguidas.

Hacia las diez de la mañana, un grupo de paramilitares se atrincheró alrededor de la Capilla. Desde un puente y a una distancia de unos 100 metros, los guerrilleros lanzaron tres cilindros de gas. Uno cayó sobre una edificación adyacente, otro voló hasta más allá del Puesto de salud y el tercero, el terrorífico tercero, cortó el espacio, hizo de las tejas de eternit del techo de la capilla un montón de afilados cuchillos, que rebanando todo lo que encontraban a su paso, rostros, pechos, brazos, piernas, troncos, le oficiaron al Cristo del altar 117 victimas, entre ellas 47 “victimitas”, niños y niñas, que todavía no habían aprendido a odiar ni a mutilar ni a  asesinar. Había sido ése el  sanguinolento oficio del ritual religioso  de la guerra.

Como pudieron, los sobrevivientes de la Capilla, heridos y mutilados incluidos, se atropellaron y se arrastraron unos a otros en  feroz carrera en busca de salvación, con la esperanza de que su adorado y telúrico río los pudiese salvar. En las pangas de los paracos buscaron atravesar el Atrato. Aturdida, al ver pasar aquel tropel de lisiados y mutilados, la joven guerrillera llorando no cesaba de exclamar:”Dios mío, qué hemos hecho? “.Otros se internaron en la manigua; detrás de ellos, casi empujándolos para que nadie  se rezagara, iba el padre Janeiro Jiménez Atencio. Cuando topaban con un paramilitar  o con un  guerrillero le suplicaban que no los terminaran de rematar, que la población civil era neutral, que tuviesen compasión. Al padre Janeiro que, vigilante, avanzaba por la  cola, de un momento a otro se le cerró la selva y se perdió en el abismo de la manigua, de  las ciénagas. y los pantanos. El grueso de los guerrilleros, por su parte,  todavía ignoraba lo acontecido; creyéndose victoriosos, estaban a la expectativa  en  Vigía del Fuerte. Cuando comenzó a aparecer   aquella masa de gente semidesnuda, lisiada, mutilada, sanguinolenta, no lo podían creer. El Comandante Chucho se limitó a decir que lamentaba el error; “esto es la guerra, así de dura es la guerra” dijo medio pensativo y de inmediato ordenó continuar la ofensiva, que se prolongó hasta el viernes  3 de mayo cuando las Farc asumieron el control de Bellavista.

Para ese día, el Estado- milicia todavía no había llegado a Bellavista.

A la mañana siguiente, Lascario Miler le leyó al Comandante guerrillero lo que la Comunidad había aprobado: “Después del repudiable hecho en el que inmisericordemente fueron masacrados 117 hermanos, les exigimos que se vayan al menos para terminar de darles cristiana sepultura”. El Comandante Chucho se limitó a reiterar, “perdonen, lamentamos el error”; por su parte, el 9 de mayo Carlos Castaño en su página web editorializó así: “Claro que nos duelen los muertos de Bojayá, pero, a nuestros muertos ¿quién los llora?”.

En los días siguientes, los Dionisios Valencia, las Nellys Mosquera, los Padres Janeiros y los Lascarios Miler, es decir, los poquitos que no se  fueron o que, al irse, habían regresado, contemplaron, con los ojos enrojecidos y el alma desarraigada,  una interminable hilera de canoas y pangas cargadas de  racimos humanos  y que, en un interminable ir y venir, subían y bajaban durante todo el día por el río. Según las Naciones Unidas, sumaban más de 30.000; eran los desterrados de la guerra, con eufemismo llamados desplazados ora por los discursos de la academia ora por las  desconfiadas Culturas urbanas.

 

 

 

“UN PASEO DE NIÑOS EN MEDIO DE LA GUERRA.

Cuando en una sociedad en guerra desde hace cuarenta años, como la colombiana, no  ha logrado imponerse una ética bélica, los paseos a la ‘vida’, como son todos los paseos de niños, con facilidad se trasmutan en paseos a la ‘muerte’ ”, me dijo un colega de la Universidad del Valle cuando le comenté que, para ejemplificar una forma de  descripción en Ciencias sociales, estaba bosquejando un relato sobre los seis niños que el 8 de agosto del 2000 fueron muertos por el ejército mientras adelantaban una jornada lúdico ecológica; “ no creo, por otra parte, en descripciones ‘científicas’ que no se encuentren presididas por preguntas importantes”, remató  con decisión.

El   14 de agosto del 2000 la profesora Lucy Vélez les dijo a  sus estudiantes de primaria que al otro día irían al campo  de paseo; no les  habló de peligro alguno, ni pequeño ni grande, pues en esa vereda del municipio de  Pueblo Rico Antioquia en los últimos cuatro años no había habido problemas especiales de orden público. A todos y todas, chiquillos y chiquillas entre los 6 y los 12 añitos, se les iluminó la mirada; no podía ser otra la respuesta, cuando en la vida escolar los días de paseo son  tan distintos a todos. De un tajo rompen la rutina que adormila. Van todos, niños y niñas, en íntima camaradería y  por fuera de la joda diaria, “cuidado Paulita con el monito ése que te mata el ojo…”; además, cómo sabe de rico el fiambre que, desde la noche anterior, prepara la mamita; es una comida, por exquisita y trasnochada, distinta a todas. Por otra parte, cuando se tienen seis añitos y se sale de la vereda y de la escuela, la primera patria, no hay quién no sueñe con esa lejanía que está  al otro lado de la montaña donde se encuentra la capital, que es donde todos  imaginan que  empieza  y termina el mundo. Por eso fue  que a todos y todas  les resplandecieron los ojitos cuando la maestra de la Escuela La Pica, situada a doce kilómetros  del pueblo, les dio la dichosa buena nueva. Entonces, rauda, como tratando de atrapar su propia sombra, salió aquella tarde la muchachada del recinto escolar; había que llegar como un tiro a  casa a arrebatar el permiso para el paseo. “Al principio, pensó Laura, mi mamá se resistirá, que mire que eso es muy peligroso, que este país está en guerra, que todo anda muy mal,,, pero, al final, estoy sobresegura  que cederá y nos dejará ir a los dos. “. Estaba pensando en su hermanito de siete años.

Aquella noche Paulita de la emoción casi no pudo adormilarse…pero al fin entró en una especie de semivigilia y la noche como que se le hizo más larga, pero se levantó temprano, desayunó y se bañó y estuvo a las 7.30 en la Escuela cuando todos y todas, alborotados y alborotadas, estaban llegando.

A las ocho a.m casi en fila india los 60  estudiantes salieron hacia el morro; los acompañaban el Concejal Hernando  Higuita, esposo de la profesora Lucy, así como Yamile, una niña de  15 años, quien les había prometido un suculento sancocho.

Desde hacía tres días en la región, pero muy lejos de la Escuela  la Pica, se había venido adelantando un operativo militar contra el Frente Che Guevara del Eln; en las horas de la madrugada de ese día había habido un ligero choque entre soldados y guerrilleros, pero  a hora y media de allí en chiva. Los soldados, nerviosos y trasnochados, habían continuado patrullando en medio de gran tensión y  de mucha expectativa de algún otro encontrón con la guerrilla. Fue así como un pelotón llegó a los alrededores del cerro hacia donde se dirigía la excursión. De un momento a otro, los soldados observaron movimientos en la maleza  y entraron en  alerta y en posición de choque y se dividieron en dos grupos a lado y lado de la cima.

Mientras tanto los estudiantes ascendían en  fila india, unos más adelantados que otros, habían cruzado una alambrada y cogido un camino de herradura y por él se enrumbaban hacia el morro. Un poco antes de llegar a la cima, la profesora Lucy quiso hacer un descanso de control cuando se escuchó tremendo traqueteo. Como locos, todos y todas se desparramaron a correr.  El concejal Higuita avanzó  corriendo hacia el cerro de donde provenía la balacera gritando desgañitado, “por favor, no nos disparen que somos civiles:” Pero, nadie respondía. Como se habían desparramado por muchas partes, muy pronto empezaron a encontrar a niños y niñas,  heridos y heridas, unos y unas, pero muertos y muertas, otros y otras. “Lo que pasa  es que los confundimos porque entre ellos había guerrilleros”, manifestó poco después el primero de los soldados en llegar.

Dramática fue la escena propiciada por un grupo de soldados cuando se percató del alcance del drama: tiraron los fusiles al suelo, se doblaron sobre  tierra, se llevaron las manos a la  cara y, sin musitar palabra alguna, explotaron en el llanto más desgarrador.

Sin saberse ni cómo ni cuándo como fantasmas fueron apareciendo en la zona los padres de los estudiantes. “Cuando mi esposo fue por los niños encontró al chiquito, de 7 años, llorando sobre su hermanito muerto”; a pocos  metros yacía moribunda Paulita, la pequeñina de 8 añitos que con la  arcilla de ese paseo  había fabricado el más lindo sueño. En total fueron 6 los muertos.

De Bogotá llegaron muchas personas y Comisiones  y Fiscales a conocer e investigar sobre el terreno lo que había pasado.

Se configuraron tres versiones, así:

***Los  militares, cuando no lo dijeron, sugirieron que los niños habían sido escudo humano de los guerrilleros, agregando que” nuestros hombres están golpeados, la irracionalidad de este conflicto no se puede entender. Aún así, no podemos desfallecer sobre nuestro juramento para la defensa de la soberanía de nuestra identidad nacional”. (General Jaime Cortez Parada)

***De acuerdo con la Comunidad de la vereda, ese día  en su zona aledaña no había habido guerrilla  ni combates con ella ni los guerrilleros habían utilizado a los estudiantes como escudo humano; por su parte, tajante fue la posición del Concejal Higuita: “Yo me encontraba con los niños en el momento de la tragedia. El teniente trató de decirme que en las filas de los niños iban guerrilleros infiltrados y yo le respondí que respetara porque eso era falso, que ellos eran unos irresponsables”.  (Hernando Higuita, Concejal de Pueblo Rico)

***Finalmente, el tendero de la fonda de la vereda  colocó sobre el tapete el problema ético del asunto; cuando le preguntaron que en su concepto quién había matado a los estudiantes, reposado respondió:”Aquí no importa quién disparó, mataron a la inocencia de un pueblo”.

 

BOJAYÁ Y EL DIH EN COLOMBIA: EL EJERCICIO DE LA IMPOTENCIA.

 

A darle forma a  este relato concurrieron múltiples espacios: por una parte, el físico y el geopolítico del Chocó como territorialidad bélica al lado del propio del río Atrato, que, en lo histórico existencial,  ha funcionado como el referente simbólico más importante del Chocó como región cultural; hizo presencia también el espacio religioso, al que el creyente cree que, por estar habitado por Dioses protectores, la guerra no llegará. Finalmente, se abrió paso el espacio virtual de los corazones desde los que millares y millares de nacionales y transnacionales vivieron y sintieron y  lloraron y rechazaron  la barbarie.

De la descripción realizada se puede inferir el carácter elevadamente anómico del conflicto armado colombiano con respecto a los patrones de regulación de las conductas de los actores directos de la guerra ya se encuentren asociadas esas prescriptivas a la Etica, a la Cultura política y, sobre todo, al Derecho Internacional Humanitario.  Controlar, decontrolar y recontrolar  territorios físicos y virtuales, así como corredores geopolíticos estratégicos, fue en ese caso la única preocupación de farianos y paracos; el  Estado como Ejército, por otra parte, tardó seis días en llegar desde Bogotá a Bojayá dejando que esa puja territorial se resolviese exclusivamente entre guerrilleros y paramilitares sin que importasen para nada sus  perversas consecuencias antihumanas. Fue así como Bojayá, en toda la  crudeza del hecho, reveló cómo esta guerra y sus actores, sobre todo, con inmisericordia y brutal irrespeto, les han  venido arrebatando a esas Comunidades – a aquellas que nada tiene que ver con ella  ni con ellos si no para sufrirla y sufrirlos - hasta sus más apreciados referentes simbólicos. Históricamente los chocoanos han vivido del ñame y del plátano y del pescado  pero también  de los más lindos imaginarios colectivos, incubados todos ellos alrededor del río; pero los actores directos de la guerra les han sesgado esa historia comunitaria de cada día hasta convertir en la actualidad el Atrato en la más empobrecida simbólica guerrerista.

 

UN PASEO DE NIÑOS COMO PASEO A LA MUERTE: LA EMPIRIA DE                                            LA  AUSENCIA DE UNA ÉTICA BÉLICA.

 

En este segundo relato  cualitativo de guerra, el paseo de los niños de la Escuela las  Picas es asumido no sólo como un hecho  lúdico si no también como un entramado onírico, es decir, como un espacio simbólico en el que se produce el peregrinaje  por el más lindo paisaje de imaginarios asociados a los paseos escolares de la infancia y que son los que hacen de ellos el más placentero paseo a la vida.

En este caso, ese paseo a la vida se les  trastocó a los niños y niñas en un paseo a la muerte y a sus laberínticas proximidades.

Del relato se puede inferir que ese grupo de soldados carecía en absoluto de una Ética de guerra, es decir, ignoraban lo que éticamente era lícito  o ilícito en un campo de batalla.

Todo Estado, mientras posea el estatuto real institucional de tal, y el Estado colombiano  tiene esa condición,  política, jurídica, moral y técnicamente está obligado a defenderse; de no hacerlo, como Estado se estaría negando frente a la sociedad en  general y frente a sus asociados en particular, haciéndose, así, una especie de harakiri cotidiano. Sin embargo, el Estado que aspire a construirse y a afirmarse cada día como Estado democrático, está en la obligación de ajustar su defensa a las lógicas de su orden jurídico y de lo derechos humanos, a los compromisos adquiridos con los Convenios internacionales que los protegen, así como a los patrones de una  Cultura política democrática.

Legítimo resultaba, entonces, que por aquellos días del paseo de niños, el Ejército estuviese rondando y patrullando la región, sobre todo cuando sus servicios de inteligencia habían detectado en la zona  a un grupo guerrillero. Esto no obstante, de cara a una ética bélica, una conducta precisa  se imponía: abstenerse de disparar aunque hubiesen detectado, como afirmaron los soldados, la  presencia de guerrilleros escudados entre los niños. Explicable y hasta justificable es casi siempre un margen dado de error técnico en los actos humanos. Pero, es en la guerra y en la práctica de la medicina,  más que en cualquier otro ámbito de la acción humana, donde de modo directo se pagan más caros los errores técnicos. Esto no obstante, no ha existido ejército ni médico que no los haya cometido, aunque fuese en una escala mínima. Aún en las milicias más técnicamente evolucionadas le calculan siempre un margen de error a la tecnología militar que, por sí misma, como máquina artificial que es, puede fallar en un momento dado. Supuesto esto, no se puede olvidar que detrás de la racionalidad tecnológica se encuentran seres humanos que, aunque también lo son, son mucho más que racionalidad humana y formación técnica. La materia humana, al ser la más compleja, es también la más falible. De ahí que requiera del blindaje vital de la ética. Es por esto por lo que cuando el uso de la tecnología militar se                                                                                                                     encuentra desconectada de una ética de guerra, por ejemplo, sus operadores tienden siempre a moverse siguiendo las lógicas de los gatillos alegres.

 A t i s b o s  A n a l í t í c o s  No. 41,   Cali Colombia, mayo  de 2004, ECOPAIS, Fundación Estado * Comunidad * País, “Un nuevo Estado para una  nueva Nación”.

Título: “Algunas Anotaciones empíricas en torno a dos Relatos de Guerra”, Bojayá y Pueblo Rico, Tomado de, Vélez Humberto,”Guerra y Ciencias sociales en Colombia”, Investigación social y para Jóvenes Investigadores, Texto borrador a prueba, Universidad del Valle, 2003-2004.

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Publicación enviada por Atisbos Analíticos
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Publicado Saturday 24 de April de 2004

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