Monografias | Sobre los Estudios Literarios:Un aspecto del Ensayo Puertorriqueño del siglo XIXSobre los Estudios Literarios:Un aspecto del Ensayo Puertorriqueño del siglo XIXResumen: La investigación del pensamiento histórico, social y cultural puertorriqueño del siglo XIX se hace cada vez más necesaria, particularmente en estos tiempos nuestros del fin de siglo que, obviamente, tienden a cuestionar los marcos de referencia de la llamada “modernidad”. Todo parece indicar que las nociones valorativas de la modernidad y los conceptos que sobre ella desarrollan los intelectuales, atraviesa por una crisis que alterará definitivamente las ideas sobre lo real que alberga y sostiene Occidente. Comentario
introductorio El
concepto de la historia y del mundo La
historia materia La
historia conocimiento La
función del intelectual Visión
del ser humano y de los procesos Palabras
finales Prof.
Mario R. Cancel Recinto
Universitario de Mayagüez-U.P.R. Comentario
introductorio La
investigación del pensamiento histórico, social y cultural puertorriqueño
del siglo XIX se hace cada vez más necesaria, particularmente en estos
tiempos nuestros del fin de siglo que, obviamente, tienden a cuestionar los
marcos de referencia de la llamada “modernidad”. Todo parece indicar que
las nociones valorativas de la modernidad y los conceptos que sobre ella
desarrollan los intelectuales, atraviesa por una crisis que alterará
definitivamente las ideas sobre lo real que alberga y sostiene Occidente. Si
esta crisis se reduce a una alteración dramática en las formas de conocer
la realidad; o si se trata del radical cambio de una sociedad industrial a
una pos-industrial,[1]
es un asunto que no compete discutir en este ensayo.
Lo cierto es que existe un interesante paralelo entre nuestros
tiempos y los tiempos de los autores que ahora analizamos.
Vicente Pagán, Francisco Mariano Quiñones y Enrique Soriano Hernández
estaban, como nosotros, de cara a un siglo nuevo, dentro de un siglo
convulso, de grandes cambios en el cual unas concepciones todavía jóvenes
(las de una modernidad progresista y unívoca) se enfrentaban al reto que
ellas mismas producían para cuestionar las tradiciones que habían hecho de
Occidente un poder. Nuestros
autores se encontraban, en cierto modo, a medio camino dentro de los
combates que se habían establecido entre las
concepciones providencialistas y progresistas de la historia[2],
tratando de urdir un balance entre aquellas posturas contradictorias en
momentos en que el embate del materialismo histórico y dialéctico y el
marxismo eran más patentes. Entender
el pensamiento de Vicente Pagán, Francisco Mariano Quiñones y Enrique
Soriano Hernández presupone la necesidad de verles desde la perspectiva en
que ellos se vieron a sí mismos y al mundo. Si hemos de creer que el
presente tiene un papel protagónico
en la gestión del pensamiento, que el presente modela el pensar y le sujeta
a unos límites posibles, entonces nos daremos cuenta de lo complicado del
proyecto que proponemos. Estamos
ante tres intelectuales puertorriqueños que observan tres problemas
distintos: la civilización, el arte y la moral. El discurso que generan,
con toda su diversidad, ofrece sin embargo suficientes elementos comunes
tanto en su forma como en su contenido que permiten interpretarlos como un
discurso único. Nosotros nos fijaremos fundamentalmente en esas
coincidencias ideológicas que rompen las fronteras temáticas propuestas en
los documentos de 1881. En su lugar hablaremos de los diferendos entre unos
y otros. Pagán,
Quiñones y Hernández se enfrentan de una manera inteligente, para utilizar
un término que a ellos mismos les hubiese agradado, a un siglo conflictivo
que les ha llevado a la noción de la contemporaneidad como un tabú. Para
Pagán el presente es un mar en el cual “es fácil perderse”.[3]
La idea de una modernidad rigurosamente progresista, que se supera a sí
misma de una manera invencible, se ha sembrado en el pensamiento de
occidente y sufre en estos discursos su primera crisis notable. Las ideas
ilustradas, románticas y positivistas conviven dentro de esa realidad y
permean a los intelectuales de todo el mundo. ¿Cómo perciben nuestros
autores ese orbe complejo? A responder esa pregunta nos dedicaremos de
inmediato. El
concepto de la historia y del mundo De
la lectura de Pagán, Quiñones y Hernández se puede derivar, siguiendo a
P. Vilar,[4]
una concepción organizada de la historia como “materia” de un proceso
de conocimiento; y de la historia como “conocimiento” de esa materia. Se
trata precisamente de aquello que Monelisa Pérez Marchand ha llamado
“historia vida” e “historia relato”[5];
y el británico W.H. Walsh ha diferenciado como la “totalidad” de los
hechos pasados del ser humano y la “narración” que damos de ellos.[6]
Es precisamente esa doble naturaleza del concepto historia lo que
dificulta a veces la indagación en este campo del saber. A la larga, la
historia se convierte en su propio objeto de estudio y ello ha llevado a
algunos teóricos a cuestionar el sentido de la disciplina.
Nosotros partiremos de esa ambigüedad para tratar de definir las
visiones de mundo de los autores premiados por el Círculo de Recreo en el
certamen de 1880. La
historia materia La
imagen de la “historia materia” que
tienen Pagán, Quiñones y Hernández, parte de la premisa de que el mundo
es una realidad orgánica a la manera de los pensadores y científicos
naturales de fines del siglo XVIII y principios del XIX. El cosmos es algo
así como una máquina universal en la cual, como dice Pagán, “no hay
fuerza por pequeña que sea que no contribuya al movimiento universal”.[7]
Cada detalle de lo real cumple una función útil, pertinente y
necesaria dentro de la realidad como un todo. El
cosmos imaginado se caracteriza, como se deriva de lo planteado, por el
movimiento. Aquí no hay nada
de una realidad estática, inamovible o rígida. Todo es movimiento pero,
siguiendo el modelo hegeliano alemán, el movimiento que le preocupa a Pagán
es aquél de lo que propiamente podríamos llamar el espíritu o las ideas
puras. Después de todo, “el motor más poderoso” del cambio es el
pensamiento, plantea el autor.[8]
Los cambios se ofrecen en la realidad como una expresión de las
alteraciones en el mundo de las ideas que aquí, distinto a Platón, parece
mutable. La
evolución, el movimiento o la marcha de la realidad, tiene unas características
particulares que la hacen única. En
esta marcha, lo contingente o lo accidental, para utilizar el concepto
aristotélico, pierde importancia ante los grandes procesos que lo
sobrevuelan todo. Pagán, Quiñones y Hernández se fijarán en las grandes
tendencias más que en los
detalles cuando imaginen el movimiento universal.
El detalle o el tiempo corto, como le llamaría en nuestro siglo F.
Braudel, será recurso de prueba, útil sólo para demostrar la certeza o la
falsía de un argumento. Este
movimiento de las cosas es, según Pagán, necesario en el sentido
hegeliano: nada puede evitarlo ni “desviarle de su camino”.[9]
En ese sentido, lo necesario es precisamente lo inevitable y lo forzoso.
La historia ocurre como un proceso que se justifica a sí mismo
simplemente porque ha sido. El
movimiento de las cosas no siempre es igual.
A veces es lento, como en el caso de la Edad Media europea.[10]
Otras es acelerado, como en
el de la Modernidad que viven los autores.
El movimiento no es azaroso, no lo rige la suerte ni la fortuna como
pensaron en algún momento los historiadores griegos, romanos y helénicos.
Quiñones deja claramente establecido que la marcha de la realidad obedece a
“leyes de desarrollo”, leyes que son “ineludibles” y universales.[11]
Haciéndose eco de las nociones de ley natural que produjo la física
newtoniana del siglo XVIII, nuestros autores están elaborando una “física
social” que explique definitivamente una realidad compleja. Para
Quiñones la historia, el mundo, el cosmos, caminan como un ente vivo
las rutas del tiempo y atraviesan por etapas similares a las de un
ser humano común. Por eso nos habla del “hombre-niño o del troglodita”[12]
que desde esa infancia histórica avanza hasta las fantasmagorías de la
modernidad. Quiñones refleja, en este aspecto, evidentes influencias de la
doctrina de A. Comte quien había interpretado el desarrollo general de la
civilización como una secuencia de etapas desde la niñez, la juventud y la
madurez dentro del marco de un progreso ininterrumpido.[13] Quiñones
piensa que ese movimiento o marcha conduce de lo simple a lo complejo tal y
como lo propondría F. TÖnnies en 1887 en su teoría del “Gemeinschaft y
Gesellschaft”.[14]
Comte y TÖnnies parecen ser la base de los planteamientos de Quiñones
quien había pasado buenas temporadas de estudio tanto en Alemania como en
Francia y había bebido de esas fuentes de una manera notable. El
movimiento de las cosas no existe meramente porque sí. Debía tener un
motor o causa que lo provocase. Cuando
Pagán, Quiñones y Hernández se enfrentan a este cuestionamiento, los tres
lo responden de una forma común: el motor es el mundo de las ideas.[15]
Flotan detrás del argumento los términos de la Ilustración y la
idea del Dios Todopoderoso de la tradición judeo-cristiana y los
occidentales. Salvado el
providencialismo agustiniano con la preeminencia y la rectoría divina sobre
las cosas, los autores pueden entrar en consideraciones más concretas.
Pagán piensa que la necesidad y la defensa de lo que se posee explica los
cambios;[16]
y Quiñones piensa que el arte, la literatura y la educación, idea
enraizada en las concepciones de los enciclopedistas franceses y reiterada
por J. Burkhardt a mediados del XIX, son definitivas en esa naturaleza
cambiante de lo real.[17] El
movimiento de las cosas tiene un fin pre-establecido y esa finalidad es la
cuestión del progreso general de la humanidad, verdadero dogma del siglo
XIX, siglo que había visto la caída del absolutismo y el alzamiento
vigoroso de la Revolución Industrial con sus secuelas en la configuración
de clases del Occidente europeo. La “inmensa elaboración del progreso”,
como la llama Pagán[18],
define la historia vivida por los autores. El objetivo último de ese
progreso, de ese movimiento hacia adelante y hacia
arriba es la consecución de ciertos valores preciados por la época:
la civilización y la unidad del espíritu humano en una fraternidad
universal en el estilo kantiano[19],
y la perfección humana como meta última. Todos estos ideales aparecen en
este programa como posibilidades concretas y alcanzables. Son, a la larga,
las mismas metas del cristianismo profético, pero aquí la Providencia y el
Progreso se confunden en una amalgama que intriga al lector.
Quiñones las identifica directamente.
Para él, el progreso humano es una acción divina que conduce a lo
bello que es también lo justo y lo verdadero.[20]
Pagán, Quiñones y Hernández viven el momento de los grandes
debates sobre la historicidad de Cristo, y la valía de los valores
cristianos que amenazó la fe tradicional de Occidente durante buena parte
del siglo XIX y, ante ello, adoptan una posición ecléctica o de síntesis.
Evidentemente para ellos, el
progreso material será también progreso espiritual y moral, si nosotros
los humanos permitimos que así sea. El
idealismo de los autores es, por lo tanto, patente. El
progreso tiene unos rasgos peculiares y aquí es donde los autores entran,
sin darse cuenta, en disputa. Pagán lo ve como un fenómeno extrahumano,
autónomo e infinito.[21]
El progreso es necesario, es decir, inevitable y, a veces,
instintivo, ajeno a la razón humana. Reconoce ciclos de ascenso y descenso
al modo del corso-caída-ricorso de G. Vico, el pensador del siglo XVII.[22]
Si bien Pagán enfatiza en lo lineal, Quiñones desconfiará del mismo. En
ese sentido es un avanzado del siglo XIX que piensa la posibilidad de una
decadencia y que incluso la percibe, al menos en la voluble zona de la
expresión de las artes y la estética. Quiñones acepta que el progreso es
ascendente, pero sus énfasis están en las tendencias a la caída, para
usar el lenguaje de Vico, patentes según él en su tiempo.
Las ideas de J. Burkhardt, quien desconfiaba del futuro siglo XX, de
F. Nietzsche y de O. Spengler, abiertamente decadentista, se presuponen en
los planteamientos de Quiñones.[23] La
historia conocimiento La
imagen de la historia conocimiento camina acorde con la de la historia
materia. Como era de esperarse
el problema de los orígenes de las cosas preocupa a los autores
de una manera evidente. Pagán
y Hernández crean un esquema ecléctico en donde creacionismo y
evolucionismo darwiniano tienen la misma categoría y se imbrican y explican
mutuamente. El providencialismo agustiniano da razón de ser a los cambios
concretos de lo real animado e inanimado dentro de un esquema lógico y creíble.[24]
Para Pagán el movimiento del cosmos se manifiesta desde estados de
caos y desorden hasta estados de orden, a la manera de las concepciones míticas
griegas clásicas.[25]
El orden es progresista y se autogenera en una corriente
totalizante e inevitable. Todo
tiene “su causa, o su razón de ser”,[26]
nada es azaroso o fortuito. Quiñones
halla esas causas en el orden geográfico y el paisaje, como cuando explica
las ideas estéticas de los hindúes con argumentos rousseaunianos.[27]
Hernández las halla en cuestiones morales y religiosas,[28]
ajustando cada uno sus argumentos a la posición desde la cual se
plantean su visión de mundo. La
idea de la causalidad de los fenómenos humanos e históricos se ajusta a
las necesidades del discurso, pero siempre dentro del territorio de las
ideas y la naturaleza fenoménica y sensorial. La
historia conocimiento se reduce al sistema triádico típico de la
Civilización Occidental con una Edad Antigua, una Edad Media y una Edad
Moderna; y al sistema de las tres raíces o fuentes básicas de ella, a
saber, Grecia, Roma y la tradición judeo-cristiana. Si esto es un reflejo
de los esquemas trinitarios del cristianismo-católico, es un asunto que
no se puede discutir dentro de los parámetros de este ensayo. Lo cierto es
que el esquema, perfeccionado durante el siglo XVIII, se ajusta
a la visión orgánica de la humanidad y del cosmos, y a aquéllos
que veían a la civilización evolucionar desde la niñez, a la juventud, a
la adultez. Las
zonas de cambio de una edad a otra son interpretadas desde la perspectiva de
que son también necesarias e inevitables.
Un cosmos o una historia estables no son posibles en la mente de
nuestros escritores. Pagán piensa, como buen providencialista de tradición
judía y agustiniana, que estos cambios ocurren por “maldición divina”,[29]
y Quiñones, más visionario en este aspecto, los concibe como transiciones
ya que “no se forman el carácter de
los pueblos y su cultura en un solo día”.[30]
Todos ven en la historia
ciclos bien definidos y separados por hechos providencialmente
determinados en donde la piedra de toque no es otra que el nacimiento
de Jesús según la cronología tradicional del Occidente cristiano.
Por encima de las edades, Pagán y Hernández consideran a Jesús una
verdadera marca o limen en el hacer humano.
Cristianismo e invasiones bárbaro-germanas, crean los cimientos del
mundo moderno, cimientos que crecen en la Edad Media y maduran
definitivamente en la Modernidad.[31] Donde
hallamos planteamientos conflictivos es en el
análisis del Medioevo europeo. Pagán se solaza en la crítica a la
época llamada obscura por los renacentistas;[32]
mientras que Quiñones, masón, liberal y cristiano, salva la Edad
Media por la ruta del cristianismo-católico como ya lo habían hecho muchos
pensadores románticos, los positivistas católicos como Comte y como lo haría
A. Toynbee en pleno siglo XX.[33]
Ya Quiñones había adoptado similar actitud en el Proyecto para la
abolición de la esclavitud de 1867, documento en el cual su juicio sobre el
catolicismo como elemento civilizador y atenuador de la esclavitud en la
Edad Media sorprende al ser pensado por un masón radical.[34] Para
estos historiadores-pensadores la historia universal sucede como en el caso
de Polibio.[35]
Para Polibio el mundo era abarcado por el Imperio Romano como órgano
centralizador. El mundo era Roma y su imperio. Si bien la posición de
Polibio es comprensible especialmente cuando pensamos que se trata de un
escritor filo-romano de principios de la Era Cristiana, el mismo juicio no
puede hacerse sobre nuestros escritores. Hacia el siglo XIX, cuando la
geografía mundial había sido esclarecida, las ideas que sobre la
universalidad tenían Pagán, Quiñones y Hernández resultan limitadas. Para
ellos lo universal es lo europeo. El eurocentrismo típico del siglo XIX es
obvio a través de todos los textos de 1881.
Pagán y Quiñones van más allá.
Haciéndose eco de Hegel y Comte en cuanto a que la historia camina
irremediablemente del este (Oriente) hacia el oeste (Occidente), dejan
demostrado su culto al continente que había dominado el mundo desde 1492.[36]
El oriente (India en este caso), que es la fuente germinal de la
civilización según ellos mismos establecen en sus ensayos, ha dejado de
ser una potencia civilizada porque ha traicionado el principio del progreso,
se ha estancado, ha dejado de moverse. Los textos de Pagán y Quiñones están
salpicados de críticas cruentas a las extravagancias de los ritos y los
dioses de la India desde una perspectiva cristiana.[37]
El eurocentrismo y el etnocentrismo occidentalista de los textos es
evidente en el discurso de los ideólogos que revisamos.
La modernidad, el cristianismo y Europa son para ellos las verdaderas
metas de la historia y la civilización como fenómenos universales. Todos
los procesos o el proceso del cosmos culminan en la justificación de un
presente (el siglo XIX) que se admira y se adora de una manera dogmática.
Aquí no cabe la posibilidad de que todo tiempo pasado fuese considerado
mejor al que se vive. El pasado
se justifica como necesario. Descubrimientos, guerras, esclavitudes, capitalismo
e interés material, ocurrieron porque era pertinente que ocurriesen, como
diría Hegel. El “ardid de la
razón”, el principio de que “el resultado final de todas las acciones
históricas es siempre algo no deseado por los hombres”[38]
hace su juego para que los caminos de la historia sean siempre sorpresivos.
Pero ese resultado siempre es éticamente bueno porque la
Providencia-Progreso le imprime esa calidad. El
presente es la meta de todo el pasado y eso lo hace complejo. Pagán
defiende ese presente contra viento y marea y lo ve incluso como un tiempo
en el cual la democracia (la libertad hegeliana materializada) se hace una
realidad.[39]
Quiñones es más cauteloso en cuanto al juicio de su presente.
Percibe elementos de decadencia dentro de una civilización que se
cree poderosa y eterna. Cuestiona
el arte nuevo de la época. El impresionismo y el expresionismo en la plástica,
la escuela francesa de los malditos y toda su secuela de poetas rebeldes;
todo es criticado desde una perspectiva clasicista y romántica. Quiñones
se pregunta por el relajamiento de los valores en aquel mundo suyo
positivista, materialista e industrializado. Aquí Quiñones se nos muestra
adelantado a los juicios
pesimistas de la generación de intelectuales de la Primera Guerra Mundial.
Es un filo-germano que piensa como Nietzsche o boga en las aguas del
pesimismo histórico de J. Burkhardt y pre-figura a Spengler y los métodos
de exposición y pensamiento de la Generación del ‘98 y de algunos
autores de la década del 1930, José Enrique Rodó por ejemplo. La noción
de crisis o agonía del siglo XIX no le es ajena.[40]
Es un nostálgico de los valores tradicionales, un pensador maduro y,
a nuestro juicio, el más avisado de que el progreso no tiene que ser una
ley universal, eterna e invariable para los tiempos futuros.
Piensa, en cierta manera, con un esquema pos-moderno, pero lo cimenta
en la angustia del tiempo que vive con un sentimiento que nos recuerda las
agonías de Miguel de Unamuno, el vasco grandioso que canta el dolor de España
tras el desastre del 1898 de manera más original y consecuente. En
este libro el presente es homenajeado, pero también es criticado y ello
debió pesar en que Pagán obtuviese el “Premio” y Quiñones el
“Accesit”, a pesar de los argumentos del jurado en cuanto a la extensión
y la profundidad de cada uno. Quiñones produce, siguiendo esa argumentación,
el escrito menos moderno, pero el más visionario de los ensayos
interpretativos de estos Estudios literarios premiados por el Círculo de
Recreo de San Germán aquel 19 de diciembre de 1880. Por
último, la historia conocimiento, acorde con el siglo XIX, verdadera época
de la historia y de las nacionalidades, halla sus protagonistas en las razas
y las naciones como hecho cultural, político y espiritual.
La nación es un órgano vivo, como el cosmos, un espíritu con
“virtu” que vive, piensa y siente. La historia es el camino para
entender ese juego del pasado-presente-futuro que se le plantea como tema a
los escritores. La historia es la fuente del hoy, es maestra, consejera y
juez de los fenómenos que acaecen.[41]
Tiene una naturaleza teleológica, es decir, lleva en sí misma la
naturaleza de su culminación desde sus orígenes.[42]
La historia es la teodicea del progreso humano hacia las cimas de una
perfección sospechada,
esperada, pero no vista. La historia es una verdad, no una apariencia como
creemos muchos hoy. El presente, el siglo XIX, ha impreso en nuestros
autores el carimbo de su ideología de una manera indeleble. La función
del intelectual Más
allá del mero discurso el escritor tiene un compromiso que cumplir. Pagán,
Quiñones y Hernández saben que escriben para justificar un presente a través
de la dilucidación del pasado. Esa es la función universal del intelectual
cuando mira una etapa del pasado humano a través del crisol de un presente.
Pero explicar comprensivamente un presente no significa, como hemos visto,
aceptarlo gratuitamente. Por eso Quiñones duda de las virtudes del siglo
XIX y ve corrupción en el mundo
estético. Por eso Hernández se esfuerza en explicar la moral desde la
perspectiva de la religión. Hernández está pensando a contrapelo de la
moral acomodaticia y burguesa que se imagina que justifica los medios por el
fin. Queda
patentizado que el intelectual tiene sus compromisos bien definidos. Para
Pagán el objetivo es “comprender”,[43]
a la manera de
M. Bloch en el siglo XX temprano. “Saber” está fuera del alcance
del productor del discurso, al menos saber totalmente. Saber el todo no
deja de ser una aspiración ideal, un fin que se busca pero que no se
alcanza porque la historia es su propia materia y su propio conocimiento y
ella le impone límites a sus proyectos. La historia se hace de la mano de
los seres humanos; y la hacen seres humanos que traicionan, sin saberlo, la
objetividad más genuina. Quizá en tomar conciencia de esto radique la
objetividad añorada de la disciplina. Pagán deja claro que la labor del
intelectual es una emocional cuando confiesa que escribe “en pro de una
sociedad de la que formo parte” y se felicita por ser “de los primeros
en amar, en identificarme con sus aspiraciones, en gozar con sus triunfos,
en sufrir con sus dolores y en luchar por su mejor bienestar”.[44] Quiñones
y Hernández ven el trabajo intelectual como un arma de la crítica y ésa
es su forma de compromiso. La
palabra es un recurso cuestionador de lo que consideran decadente. Por eso
se solazan en el comentario sobre el presente, el primero desde una
perspectiva estética y el segundo desde la de la moral.[45]
En todo caso, el intelectual no es un ente pasivo que mira y ratifica.
Es un ser activo que mediante la inteligencia enjuicia, y, amparado
en la historia conocimiento, adopta posiciones en torno a la historia
materia. Para
ello cuentan con un caudal de fuentes teóricas y eruditas impresionante.
Rastreando los textos podemos ubicar marcos teóricos varios que hablan bien
de las lecturas de nuestros ensayistas. Como
se ha visto en la primera parte de este trabajo, Pagán, Quiñones y Hernández
han pasado revista sobre una amplia gama de autores de la ilustración, el
romanticismo, el positivismo y el providencialismo. La posición que toman
es ecléctica, pero no es voluble ni frágil. Hegel, Herder, Comte y San
Agustín, están detrás de sus planteamientos de una manera obvia. El
conocimiento de las lecturas clásicas es evidente por las citas directas y
las alusiones indirectas a Hesíodo, Tácito, Virgilio, Polibio, César y
Tertuliano, entre otros. La
tradición erudita queda clara en el hecho de que han manejado con extrema
soltura textos bíblicos de
toda índole, los materiales de los Padres de la Iglesia Católica; la
producción histórica de su época que redescubría a Roma a través de
Gibbon, Mommsen y Niehbur ; la historiografía británica de fines del XIX
que reparaba en los orígenes ariano-hindúes de Occidente amparada en la
colonización inglesa de aquella región y, de paso, sembraba la semilla del
nacionalismo en la zona; la tradición neoclásica y enciclopedista
representada por Dubois y Cousin, entre otros; el romanticismo católico a
lo Chateaubriand, Lamartine y Balmes; e incluso la escuela escocesa de Hume
con sus énfasis en lo puramente económico y los requiebros materialistas
de Buchner, tan mal querido en su tiempo tanto por marxistas como por
burgueses. Estamos, por lo tanto, ante verdaderos eruditos que, apelando a
la “falsa modestia” excusan un desconocimiento de la materia que no les
caracteriza.[46] Con
esas armas miran un mundo complejo y lo interpretan a la luz de sus juicios
y pre-juicios que son los de una contemporaneidad que ellos conocen, aman
y odian. Visión
del ser humano y de los procesos El
ser humano, el hombre como acostumbran decir nuestros autores, ocurre en
estos pensadores de una manera que no tiene que sorprender a nadie por sus
estrechos vínculos con el creacionismo que, en cierto modo, albergan. El
ser humano es la creación suma de Dios y epítome de la creación.[47]
Brota como una obra acabada, completo y cabal, con una ética, un
sentido estético y una moral natural. Estas ideas no son el producto social
del choque de los seres humanos sino que nacieron con él y lo hacen
precisamente humano por ello.[48]
La sociedad es el producto de esas cualidades intrínsecas que posee
desde que apareció en la naturaleza. Hombre
y naturaleza combaten entre sí. La naturaleza plantea un reto que permite
el crecimiento y el progreso, a la manera en que Toynbee y Childe lo verían
en pleno siglo XX. La capacidad humana es producto de ese combate entre el
ser inteligente y el mundo que le rodea. El ser humano es el rey de la
creación que domina y dicta sobre la realidad. El
ser humano es perfectible, puede alcanzarlo todo por medio de la
inteligencia y amparándose en el progreso.[49]
El héroe o el genio, cargan la historia pero también pueden ser
“funestos a la patria que les da el ser”.[50]
El “ardid de la razón” es evidente en este argumento.
El escepticismo en este punto, propio de Pagán, es interesante, pero
los argumentos que se ofrecen
son muy vagos como para elaborar una hipótesis certera en torno al mismo. Por
último, las verdaderas armas de que goza el ser humano para confrontar el
mundo son la inteligencia y la razón en todas sus manifestaciones, y ese
culto se merece el respeto de todos nosotros desde cualquier tiempo histórico
en el que nos coloquemos. Palabras
finales El
estudio de las ideas de Pagán, Quiñones y Hernández nos demuestra, fuera
de toda duda, que Puerto Rico no estaba tan aislado de las corrientes
mundiales de pensamiento a la altura de 1880.
El pensamiento histórico-social puertorriqueño caminaba de la mano
de las corrientes en boga en la Europa de la modernidad y nuestros
escritores hacían un intento de síntesis en el camino de la elaboración
de una visión de mundo puertorriqueña. Estos escritos, sin embargo, son más
europeos que caribeños. Los temas propuestos impusieron esa tendencia. De
particular interés es el caso de Francisco Mariano Quiñones
quien, en cierto modo, quiebra todos los esquemas de los co-autores
del texto al proclamarse germanófilo, crítico y decadentista en un momento
y un lugar histórico en que ello sería difícil de imaginar. La pluma de
Quiñones produce el más puertorriqueño de los trabajos que contiene
este libro. El escritor se sabe hacendado y tradicional y así lo sugiere en
sus alusiones a la caña de azúcar y al café.[51]
Enrique
Soriano Hernández huye de esta realidad caribeña y entiende la historia
“nuestra” igual a la historia de España.[52]
Dentro de sus concepciones Puerto Rico es España, y España es una
manifestación de la Civilización Occidental a través de la cual los
insulares nos conectamos con los grandes procesos de la humanidad. Vicente
Pagán es ambicioso en el discurso pero debemos recordar que el debate sobre
la noción de Civilización iniciado hacia el último tercio del siglo XIX
siguió siendo un punto no resuelto hasta la década del 1950. De hecho, la
época de la pos-guerra tampoco resolvió el asunto, simplemente lo pospuso
para mejores momentos dado el caso de que Occidente, efectivamente, parecía
encaminado hacia una ruta de decadencia. A
pesar de ello, nos damos cuenta de que estamos ante una obra fundamental en
la evolución del pensamiento puertorriqueño. A través de estas páginas
vemos los niveles de desarrollo de las mentalidades insulares del último
cuarto del siglo XIX cuando la Isla caminaba, inconscientemente, hacia el
fin de la dinastía española, su separación definitiva de una Europa a la
que conocía poco y mal, y su reconexión con un mundo nuevo, distinto y más
complejo precisamente por ello. Esperamos que estos apuntes sirvan para
aclarar definitivamente ese pensamiento, entender las actitudes de nuestros
antepasados ante los fenómenos históricos, sociales y culturales. El país
lo necesita para pueda reencontrar su rumbo y dar verdadera luz de aurora. Hormigueros-Aguadilla 15-19
de abril de 1995 BIBLIOGRAFIA
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Editorial Crítica, 1980. Walsh,
W.H. Introducción a la filosofía de la historia. México: Siglo XXI
editores, 1978. Biografía:
Mario R. Cancel es Catedrático Asociado de Historia en el Recinto
Universitario de Mayagüez (U.P.R.) especialista en temas caribeños y autor
de libros de historia, ensayo, cuento y poesía. es director de la revista
virtual Desde el límite (http://www.marcas1pr.net)
y de Revista / Review Interamericana (Universidad Interamericana de
Puerto Rico). [15]Pagán
36; Quiñones 73; Hernández, cuando mira la moral, la ve como una idea
universal y eterna 103. [17]Quiñones
82. Cfr. con P. Pagés 144 y con J. Fontana 66 y sus juicios sobre el peso
de la cultura en los cambios de la humanidad. [40]Quiñones
87, 90. Cfr. con el debate sobre la noción de decadencia en Garaudy,
Sartre y Fischer 55-73. Publicación enviada por Prof. Mario R. Cancel Contactar mailto:marcas@caribe.net Código ISPN de la Publicación EplpuAuVyVdeZHqCYC Publicado Sunday 28 de March de 2004 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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