Monografias | Con los Valores ¿Quién se anima?Con los Valores ¿Quién se anima?Resumen: Las Propuestas de Valores en la Educación. Contexto Cultural. Fundamentos. Experiencias. Estrategias.(V) +Las
Propuestas de Valores en la Educación. Contexto
Cultural. Fundamentos Experiencias.
Estrategias Prólogo: Les es esencial a las cultural crear y recrear valores y, con
ello, mantener despiertas “las pasiones en torno a la dirección y sentido de
la vida”. La educación consigue por medio de ellos, vertebrar los
procesos de apropiación y socialización, de autoestima y de reconocimiento del
otro. La experiencia y la vida cotidiana propician la
aparición de los valores en las conductas. Su espacio es “la reserva de
libertad y de intimidad que poseen las personas y los grupos sociales”. La
educación abre un tercer espacio entre el espacio de las pautas sociales y su
control, por un lado, y el espacio de la autonomía por el otro: el espacio crítico.
“Ese lugar crítico es a nuestro entender, un lugar transcultural que no tiene
época”. Lo más dinamizador en el despliegue de la identidad
cultural es el encuentro, el cruce, la síntesis con las otras culturas. Por su
creatividad simbólica y su íntima articulación con el lenguaje, las culturas
se disponen a una comunicación abierta y creciente. Cada cultura busca su lugar
en el mundo y construye su identidad que es también el ámbito de
la identidad personal. Es esencial a la condición humana “un estar en el
mundo y un estar con los otros” “La identidad de cada hombre depende de su vínculo
de encuentro y desencuentro con los otros seres humanos”. Las
culturas, y dentro de ellas las personas y grupos sociales, mantienen la
aspiración de la vida con la promoción de los valores. Los valores responden a
necesidades últimas y profundas, atraen la estimación y adhesión de personas
y comunidades y orientan su comportamiento. Los valores forman parte de
constelaciones o conjuntos axiológicos. El valor prioritario comunica la
riqueza de su carga axiológica a todos los valores a él subordinados. El sistema educativo estatal diseña los grandes
lineamientos, pero la configuración concreta del proyecto debe apelar a la decisión
y participación de los actores: docentes, padres y alumnos. El valor sólo se ilumina desde el interior de una
convicción “sin presiones ni sanciones ocultas”, no es nunca un mecanismo
de adaptación. El alumno ha de convertirse en alguien capaz de asumir “la
conducción de su propia vida”. La experiencia del valor implica
“una autorreferencia personal” como momento de una circulación social del
lenguaje y de la experiencia. Hay una profunda convicción, que involucra no un
hecho, sino una dirección. “Es un poder para vencer”, en tiempos agónicos
de crisis y conflicto en situaciones de extrema presión frente a los dilemas,
pero esa victoria es “con otros”. La educación es un proceso que vincula el pensar con
la praxis ético-social y lo emotivo. En medio de las frenéticas idolatrías de
nuestra época, en la que con facilidad se pueblan las pantallas con ídolos y
“diosas”, el autor propone al docente “como
modelo de identificación axiológica”. Un modelo no es perfecto, ni
ejemplar, ni una incitación a la imitación. Pero recrea un valor de un modo único
y personal, permitiendo la renovación de la vida. Lo que realmente importa, es
que ellos alimentan la voluntad de vivir, promoviendo una vida más
pródiga y elevada, recordemos a maestros como Sócrates, Ghandi,
Luther King, etc. La diferencia entre el modelo y el ídolo está en que el
modelo remite al valor y el ídolo no remite más allá de sí mismo. El ídolo
pende del aplauso y la imitación, “el modelo inspira y entusiasma,
despierta un comienzo, siembra direcciones y abre caminos” A su vez, el docente tiene que estar dispuesto a saber
escuchar los relatos testimoniales de sus alumnos. También se puede apelar a
modelos barriales o contemporáneos reconocidos, entrevistar a un médico del
hospital zonal, a un artista o artesano comprometido con la realidad de su
comunidad, abuelos narradores de experiencias ocurridas en los comienzos de la
construcción del barrio, etc. Debatir sobre experiencias pedagógicas
planteadas en películas como La sociedad de los poetas muertos, etc. sería
otra posibilidad. Tenemos esa secreta esperanza de despertar las
pasiones en torno a la dirección y sentido de vida que estamos
proponiendo en las escuelas. Hay que instalar en los debates actuales palabras
como: convección, modelos, sabiduría, silencio, amor. Sostenemos que una enseñanza
en valores no debe ser una utopía radicalizada. Nuestro tiempo no es mejor ni
peor que otros, la enseñanza de los valores en el sistema educativo tiene hoy
también caminos abiertos. ¿Quién puede enseñar sin seleccionar valores? La enseñanza de valores, necesita instalar una
condición previa: recuperar al docente y al alumno como personas, y su relación
mutua, como un espacio donde se activen las experiencias vividas, los
sentimientos, las convicciones íntimas. Arraigar la enseñanza en las convicciones y
entusiasmo del que enseña, es el paso decisivo para que en la escuela de hoy
haya enseñanza de valores, es decir, una enseñanza que perdure. Los tiempos que corren en la cultura nos exigen tomar ciertos
recaudos antes de empezar a considerar los caminos por los que se pueden
transmitir valores en nuestros días. Cuando las culturas transitaban por sus épocas
de consolidación, a las que podríamos llamar sus “épocas clásicas”, la
preocupación de la gente se dirigía a “cumplir” con las normas sociales.
En las épocas de desequilibrio e inestabilidad como la nuestra, épocas
de incertidumbre, la preocupación de la gente apunta a sobrevivir sin tener que
compararse con ningún modelo social de comportamiento establecido. No es,
entonces, una tarea fácil hablar hoy de los valores. A modo de ejemplo, una
lista de ellos: la solidaridad social, la libertad, la honestidad, la fidelidad,
la sinceridad y otros semejantes. El primer obstáculo que se nos presentaría
sería: ¿ qué se entiende por libertad?, ¿ solidaridad social con qué o con
quién? “honestidad”, “sinceridad”, “fidelidad”. Estas palabras
parecen algo muy general y abstracto. Cualquier
diseño curricular, los programas, de reforma educativa y, por supuesto, los
programas televisados de debate periodístico, dejará de aludir a la
“necesidad de una ética del comportamiento”, a “la pérdida de
valores”, a la “dramática extensión de la corrupción”. Dejamos
sentado por adelantado que no creemos que esta época que nos ha tocado vivir
sea peor que otras, que sea una época decadente. La situación actual, en la
que reina el escepticismo frente a los valores, ha sido construida entre todos.
En ella estamos todos sumergidos; su proceso, sus rasgos actuales nos atraviesan
tanto a los optimistas como a los pesimistas. Por lo
tanto, la pregunta es: ¿qué nos ha ocurrido a todos para que los valores
tradicionales se nos hayan ocultado, para que hayan perdido su manifestación
atractiva y convocante? A entender
los valores como un producto de la tarea cultural, la pregunta que se nos impone
es mucho más amplia y más radical en sus implicancias: si los seres humanos
viven sumergidos en las pautas de valores de su propia cultura, ¿para qué
proponerse la enseñanza de los valores si las meras costumbres culturales y la
presión de la pertenencia social ya se encargarán de ese trabajo? Lo que
queremos poner de relieve es que no sería necesario hacer una enseñanza
planificada de los valores con estrategias previstas de antemano, si los valores
fueran sólo pautas culturales, porque las culturas tienen modos de
permanencia a los que se los llama “caminos de endoculturación” mucho más
eficaces que los de uno enseñanza sistemáticamente organizada. La sola presión
que ejerce el grupo social sobre el individuo para que adopte sus pautas de
convivencia, sería mucho más efectiva que lo que puede hacer una enseñanza
sistemática como la que propone la escuela. Tendríamos,
entonces, un motivo para dudar de la convivencia de proponerse una enseñanza de
la convivencia de proponerse una enseñanza de los valores, porque si los
valores son pautas culturales no necesitaría sistematizarse su enseñanza. El ser
humano tiene reservas y estrategias ilimitadas para sustraerse al control
social. En este
sentido el ideal de una sociedad controlada en todos sus movimientos, tal como
lo describió Foucault, nunca fue en verdad efectivo. Hemos
dejado como algo adquirido, que las pautas culturales no agotan el espacio de
relativa autonomía que poseen las normas de comportamiento de las personas y de
los grupos sociales. Entre el
espacio de control y el espacio de autonomía se abre, entonces, un tercer
espacio: el espacio crítico. Este es el terreno propio de la educación: no sólo
el terreno para sustraerse al control social oficial sino también de
contestarlo con un cuadro de valores propio que también intenta tener validez
social. Esto que
decimos tiene aplicación con distintos ámbitos educativos, sería apto tanto
para ser aplicado, por ejemplo, en la tarea familiar de enseñanza como en
aquella que se despliega a nivel escolar. “Un
lugar transcultural” Para que haya una instancia de discernimiento crítico en el
tema de los valores, es una condición ineludible el reconocer la posibilidad de
poseer una libertad crítica. Ese lugar de la libertad crítica es, a nuestro
entender, un lugar transcultural y transepocal. Queremos
decir que una cultura que no se contacta, no se mezcla, ni se combina con otras,
es una pura abstracción o una situación histórica transitoria. La
identidad de las culturas es una identidad en relación con las diferencias de
otras culturas. Lo más dinamizador en el despliegue de la identidad cultural es
el encuentro, el cruce, la síntesis con otras culturas. Las nuevas figuras
culturales nacen por esta apertura y este encuentro. Nada
moviliza tanto el despliegue de una cultura como el encuentro con la diferencia. Lo
transcultural está en las mismas culturas sin ser ellas. Lo transcultural
es, en última instancia, un recurso de las personas pensadas no como individuos
aislados, sino en una mutua relación esencial. Hay ciertos límites humanos que ninguna cultura podrá
cambiar. Cada persona y cada pueblo se ven anta la tarea de encontrar “su
lugar en el mundo”, es decir, encontrar y construir su identidad personal y
colectiva. También
nos parece que todo ser humano inevitablemente está referido a una alteridad:
la naturaleza y los otros. Aquella identidad a la que antes aludíamos está dinámicamente
referida a un estar en el mundo y un estar con los otros. Ninguna cultura
puede eludir estos límites: el ser humano no es autosuficiente, no lo es en su
supervivencia, ni lo es en su significación. La supervivencia humana depende de
su vínculo de alimentación y cobijo con respecto a la naturaleza. La
autosignificación de cada hombre y su identidad dependen de su vínculo de
encuentro o desencuentro con los otros seres humanos. Podemos
decir que: la identidad de las personas y grupos “está por” autoafirmar
sus límites y posibilidades; la relación “está por” transformarse en
encuentro e intimidad; y el vínculo con la naturaleza “está por”
convertirse en cobijo, alimentación y mutuo cuidado con el hombre. Estas resoluciones no son individuales, por el contrario,
tienen una apertura que las convierte en propuesta universal. Si las necesidades
son universales, las resoluciones también tendrán esta aptitud potencial. Como estas
necesidades son inamovibles y no se resuelven completamente en un momento de la
historia, el ser humano va construyendo un criterio general de acción para
resolverlas. Llamamos valores, entonces, a las direcciones constantes que van
a adoptar las personas y las culturas en sus comportamientos. Son direcciones
que ejercen atractivo, que despiertan adhesión profunda porque vienen a
responder a aquellas necesidades últimas que reclaman nuestra respuesta. El
valor es una dirección que la experiencia nos ha mostrado y que nos ayuda a
resolver las decisiones ineludibles, que la libertad tiene pendientes. El
espacio transcultural lo constituyen aquellos valores que responden a las
expectativas profundas que ninguna existencia humana pudo eludir, ni podrá
hacerlo nunca. Pero
que, además, solicita respuestas que tengan una aptitud de universalización. “Una
experiencia para vivir y sentir”. Vamos a colocarnos en la situación imaginaria de un grupo de
docentes que con sus directivos y los padres de sus alumnos se disponen a
construir un proyecto de enseñanza de valores para su institución educativa.
Allí tendremos en pequeña escala aquel encuentro de proyectos de valor que se
produce cuando las culturas de los pueblos se vinculan entre sí. Las
diferencias serán menores porque los docentes, los directivos, los padres han
crecido en un mismo ambiente cultural. Pero, según lo que hemos dicho antes,
las pautas culturales no equivalen a las pautas personales aunque ambas sean
inseparables. Siguiendo con nuestro ejemplo, imaginemos que el cuerpo
docente coincide en la necesidad de priorizar el valor de la solidaridad, como
contenido de enseñanza en el proyecto educativo. Pero, podrían suceder que los
padres de los alumnos quieran priorizar “la excelencia educativa”,
entendiendo por esto que la escuela imparta los contenidos mas actualizados en
la disciplina que habilitan para incorporarse a un mercado laboral selectivo. ¿Porqué
no ponerlas a ambas con el mismo nivel de prioridad proponiendo un objetivo
general que dijera: solidaridad y excelencia educativa? Lamentablemente no es
posible tal síntesis porque ambos valores contienen elementos contradictorios.
Cuando se habla de excelencia educativa se está pensando en adquirir los
conocimientos que permitan acceder a los lugares de poder social reservados para
pocos. Se tiende a pensar al conocimiento como poder y prestigio social. La
solidaridad supone un cuadro de distribución de poder social esencialmente
diferente, ella propone lugares sociales que no sean excluyentes, que existan
caminos de comunicaciones, permitiendo equilibrar la distribución social del
poder. No se puede
poner a estos dos valores en el mismo nivel y, si se subordina uno al otro, el
valor subordinado ya no tendrá el mismo contenido. La
prioridad que tiene un valor determinado para una persona o un grupo de personas
es una prioridad de sentido. Es decir, ese valor privilegiado va a connotar a
todos los demás que se incluyen en un proyecto de vida concreto. El contenido del valor priorizado tiene la capacidad de
liberar todas las posibilidades de los valores subordinados y ampliarlos. En
cambio, si el valor colocado en primer lugar trastoca el sentido de los demás
valores limitándolo en su potencial, la prioridad no es la correcta. Por
ejemplo, si la excelencia académica está subordinada a la solidaridad no
pierde nada de su riqueza. ¿A qué
valores le damos la prioridad? Los grandes
lineamientos vendrán del sistema educativo estatal, de tal modo que todo
proyecto escolar necesita que el sistema lo reconozca como propio, como incluido
en los lineamientos generales; pero, la figura concreta del proyecto se
construirá en cada comunidad educativa particular. ¿Todos participan con el mismo derecho? Creemos que no, no
es simétrica, por ejemplo, la participación entre los docentes y los padres de
familia, la razón es muy sencilla, los padres de familia no pueden llevar
adelante la tarea de enseñar en la escuela. Tienen una participación más
plena aquellos que tengan que implementarla. Alguien
podría recordarnos porque no hemos incluido a los alumnos en la decisión. No
compartimos la idea de aquellos que proponen que sean los mismos alumnos los que
decidan qué propuestas de valores van a recibir. Esto los
excede. Ellos si serán los actores libres del proyecto. Sí les cabe, un lugar
muy importante en el desarrollo y evaluación de ese proyecto y en las
sugerencias de modificación práctica a las que en proyecto está abierto. Lo mismo
podemos decir de sus padres; tampoco participan simétricamente en relación con
la participación de los docentes, aunque a los padres les pertenece un lugar
específico: un lugar consultivo. Cuando se construye el proyecto educativo los
padres de los alumnos deben hacer oír su voz, tanto en un sentido evaluativo
como propositivo. Hemos
distribuido, entonces, los lugares de participación. ¿ Cuál es
la condición básica que permite el descubrimiento de los valores? Nosotros la
formularíamos así: los valores se enseñan en el ámbito de un pacto
transparente de libertades. La
adhesión a un valor nace de una experiencia interior de descubrimiento, una
experiencia que no se puede producir mecánicamente desde afuera
en una relación causa – efecto; lo único que se puede ofrecer son
condiciones de aprendizaje. Una condición
de aprendizaje axiológico es una circunstancia social, afectiva, cognoscitiva,
que hace posible y facilita el descubrimiento y la adhesión a un cuadro de
valores propuesto. Ahora bien,
si el descubrimiento de los valores, según lo dicho antes, es un dinamismo que
viene desde el interior de la persona, este dinamismo no puede ser inducido sólo
por un mecanismo de estímulo y respuesta. Se trata de un proceso interior que
contiene, como nota esencial, la posibilidad de producir diferentes respuestas
e, inclusive, respuestas contrarias. Por lo
tanto, es una condición esencial para el aprendizaje de los valores que se
legitimen las diferentes e incluso contradictorias respuestas que pueden dar las
diferentes personas y aun la misma persona en diferentes momentos de su proceso. Por otra
parte, tampoco pensamos que el descubrimiento de los valores sea un proceso
absolutamente endógeno en su origen. No creemos que se trate sólo de asistir a
la construcción subjetiva de un cuadro de valores con el planteo de
problematizaciones progresivas. Por el contrario, creemos que sólo habrá una
respuesta, si antes hubo una propuesta. Vamos a
intentar justificar la necesidad de esta propuesta de valores en la enseñanza,
con un poco más de detenimiento. No puede haber una condición básica de descubrimiento de
valores si no hay propuestas, pero tampoco puede haberla si no hay espacio para
una respuesta plural y procesada interiormente. La condición
que establece un lugar para enseñar y aprender valores es, entonces, una
situación de encuentro de libertades: la libertad de algún grupo o persona
individual que selecciona una puesta de valores y la libertad de aquél que
puede aceptarla o rechazarla si fue propuesta por otro. Queremos
dejarlo claro: si no hay espacio para el alumno para rechazar el cuadro de
valores que le propone la escuela, no puede haber aprendizaje de valores. La responsabilidad de los enseñantes consiste en acordar una
propuesta de valores desde la sinceridad de la experiencia, evitar los mensajes
contradictorios y los “no vividos” (aquellos que hablan de un puro deber
ser, sin referir a una experiencia propia). La socialización es un primer paso necesario pero no
suficiente para la adhesión a los valores. Una de las grandes diferencias entre
lo funcional o normativo y lo valorativo reside en que el primero, luego de ser
acordado, sólo admite una respuesta: la aceptación; mientras que el segundo
admite y promueve la pluralidad de respuestas. En ambos
casos hay un pacto de libertades, pero en el caso de los valores, el ámbito de
libertad se intensifica y las motivaciones en las que se apoya son interiores
(lo que nosotros llamaremos “convicciones”), no una mera adaptación grupal. Este pacto
no sólo debe ser verbalizado sino también “sentido”. Es necesaria una
verdadera apertura interior a las diferencias por parte de los que enseñan,
para que cada uno pueda recorrer su propio camino de descubrimiento valorativo
sin presiones ni sanciones ocultas.
La enseñanza de los valores no puede surgir de un mero
acuerdo estratégico o del mandato de la mayoría. ¿Se puede enseñar ese valor
si no se lo ha vivido de algún modo? ¿No percibirán los niños o los jóvenes
que estamos presentando una propuesta vacía? La propuesta de valores no apunta sólo a despertar un
asentimiento o comprensión intelectual; se está presentando un criterio de
vida. Les estamos hablando a los alumnos de la conducción de su propia vida. La enseñanza de los valores es dinamizadora, si es
convincente y no puede serlo si no parte de una propuesta convencida. No estamos diciendo que sólo pueden enseñar valores
aquellas personas que son “ un ejemplo para los demás”. Sólo el solidario
podría enseñar solidaridad, sólo el eficiente la eficacia, sólo el sabio la
sabiduría. Si esto fuera verdadero, sin otros matices, se haría necesario
buscar docentes ejemplares y lo que necesitamos son docentes aptos. La enseñanza de los valores necesita convicciones personales
y la convicción no tiene sólo relación con el saber conceptual, sino con el
saber experimental y con una adhesión a las “ verdades vividas”
descubiertas con esa experiencia. La enseñanza debería incluir, de modo explícito, la
denuncia de la transgresión de los valores a los que se adhiere con convicción.
La escuela debe
promover el derecho al pluralismo de valores. Ha sido una preocupación constante de algunos movimientos
reformadores de la educación escolar, el restablecer un vínculo entre la vida
y la escuela, entendiendo por la palabra vida, la experiencia cotidiana familiar
y social. La enseñanza de los valores activa la experiencia íntima de
las personas en cuanto convicción, y le da dirección al enseñar axiológico.
La enseñanza debería recuperar su espacio personalizado para poder convertirse
en enseñanza de valores, no sólo como fuente sino también como recurso. En el campo de la enseñanza de los valores, los
alumnos apelarán a ese sostenimiento de la experiencia personal porque es a esa
experiencia, a la que se los remite a ellos mismos cuando se les presentan
valores. Aunque sea de modo simbolizado y diferido, las convicciones
personales serán convocadas al escenario público de la enseñanza. Creemos que
estará allí la estatura real de nuestra enseñanza. Son muchos los sujetos educadores que intervienen en la enseñanza
de los niños y jóvenes actuales. las figuras adultas parentales serán sus
referentes más fuertes, junto a ellas juegan su rol los modelos publicitados
masivamente e incluso los líderes en su grupo de pares (sobre todo en la
adolescencia); todos ellos se constituyen en caminos personales de propuestas
valorativas. Nosotros vamos a centrar nuestra atención solamente en la
función que le cabe a los docentes como “modelos de identificación
temprana”, con respecto a los valores. Alquien podrá preguntarse qué incidencia puede
tener el modelo docente frente al peso de los modelos familiares y los modelos
publicitados. Esta influencia será relativa. La fuerza del lugar psicológico y
social que ocupen los otros referentes marcará diferencias. Debería ser
nuestra preocupación el asumir con competencia el espacio de enseñanza y
aprendizaje que el alumno y sus padres nos ofrecen. La enseñanza debe tener caminos abiertos para que los
significados personales se expresen o sean apelados indirectamente. Las personas
en su historia y experiencia únicas, son una fuente de enseñanza
irreemplazable y esta riqueza no puede ser dilapidada. Es necesario otorgarle el
lugar pedagógico pertinente. La escuela cumple un papel muy importante en la promoción de
aquellos valores que están basados en la dignidad y la naturaleza humana, en
pos de construir una sociedad más justa y equitativa. Para ello debe trabajar
diariamente en la formación de actitudes que faciliten la convivencia y el bien
de todos. Este proyecto propone tener en cuenta el esfuerzo, la
participación y la responsabilidad, puestos al servicio de un trabajo solidario
para que los chicos, descubran los logros que pueden obtener poniéndolas en práctica;
como así también el placer de hacer por sí mismos individual y grupalmente. La gran cantidad de situaciones conflictivas
e incluso violentas que se viven dentro de las instituciones educativas, genera
inquietudes en los grupos docentes y en sus comunidades de pertenencia, saliendo
a la luz a través de los medios masivos de comunicación. Partamos de la base de que los hechos que
tienen lugar en la sociedad son variables que intervienen en la institución:
de hecho, la sociedad ingresa a la institución a través de sus actores. La convivencia social supone el reconocimiento
mutuo, y el respeto por las normas. Los chicos como actores sociales, deben conocer
y comprender esas normas para poder vivir comunitariamente. Necesitan entender que la persona merece ser
considerada en sus derechos y no debe sufrir ningún tipo de discriminación. En
este aspecto es imprescindible comenzar a trabajar en la escuela con los
“Derechos del Niño”, relacionándolos con una vida humana digna. Esta tarea dará sus frutos si los adultos
tenemos en cuenta, no solo las obligaciones de ellos, sino también sus derechos,
para garantizarles un protagonismo enmarcado en la libertad y la
justicia, caminando hacia un futuro prometedor. “Enseñar
desde las convicciones.” La enseñanza de los valores no puede surgir de un mero
acuerdo estratégico o del mandato de la mayoría. ¿Se puede enseñar ese calor
si no se lo ha vivido de algún modo? ¿No percibirán los niños o los jóvenes
que estamos presentando una propuesta vacía? La
propuesta de valores no apunta sólo a despertar un asentimiento o comprensión
intelectual; se está presentando un criterio de vida. Le estamos hablando a los
alumnos de la conducción de su propia vida. La enseñanza de los valores es dinamizadora, si es
convincente y no puede3 serlo si no parte de una propuesta convencida. No estamos diciendo que sólo pueden enseñar valores
aquellas personas que son “un ejemplo para los demás”. Sólo el solidario
podría enseñar solidaridad, sólo el eficiente la eficacia, sólo el sabio la
sabiduría. Si esto fuera verdadero, sin otros matices, se haría necesario
buscar docentes ejemplares y lo que necesitamos son docentes aptos. No es
necesario que dicho docente deba mostrarnos su carnet de persona ejemplar, para
poder ejercer su función en el campo de los valores; no se trata de examinar la
vida de los que enseñan para habilitarlos a transmitir valores. La enseñanza
de valores necesita convicciones personales y la convicción no tiene sólo
relación con el saber conceptual sino con el saber experimental y con la
peculiar adhesión a las “ verdades vividas”, descubiertas en esa
experiencia. Sin embargo, no pensamos que la convicción personal sea sólo
la apropiación pasiva de las “convicciones sociales”, o de las
“convicciones culturales”. Creemos que existe un espacio personal e interior
de elaboración de la convicción, que construye un significado no idéntico al
del contexto social. ¿Qué
es una convicción? ¿Cómo poder reconocerla? La convicción
aparece como una certeza normativa que regula la acción. Las convicciones que
nacen y se construyen históricamente, se convierten en criterios constantes de
acción. Convicción
es, la fuerza del sentido, es decir de una dirección, de un significado
conjunto para nuestra vida. Las convicciones son “verdades amadas” y
“errores odiados” ; son una afirmación teórica y práctica que moviliza
conocimiento, compromiso y sentimiento en un todo íntimamente relacionado. La convicción
se desarrolla desde el lugar del que está también comprometido en esa acción.
Generalmente se piensa que las convicciones sólo son portadoras de una carga de
lucha, sin embargo la mayor reserva de la convicción es una reserva de
felicidad. ¿Podremos guiar a nuestros alumnos a construir una convicción?
Aunque no todas las personas posean convicciones, todas poseen normas de
convivencia. La
convicción opera en la enseñanza por el entusiasmo y por los límites. ¿De qué
modo operan nuestras convicciones cuando estamos enseñando? Creemos que, al
menos, de dos maneras: por el entusiasmo y por los límites. Todos los que
tenemos algo de experiencia en enseñar, sabemos que los alumnos perciben
claramente al docente que pone una carga de deseo en su hacer profesional. Pero
al deseo en el terreno de las convicciones habría que llamarlo entusiasmo, que
transmite, irradia y contagia. La convicción
personal genera en los otros una adhesión entusiasta por el valor al que ella
apela. Nosotros habíamos dicho que la convicción era un lenguaje eficaz
amasado en la experiencia, una verdad divina y amada. Estar poseído por ese
amor a la verdad contagia, arrastra, abre un descubrimiento sin imposiciones,
porque el amor auténtico posee la cualidad de hablar sólo en los códigos de
la libertad. La enseñanza
debería incluir, de modo explícito, la denuncia de la trasgresión de los
valores a los que se adhiere con convicción. La
escuela debe promover el derecho al pluralismo de valores. Ha sido una
preocupación constante de algunos movimientos reformadores de la educación
escolar, el restablecer un vínculo entre la vida y la escuela,
entendiendo por la palabra vida, la experiencia cotidiana familiar y social. ¿Es legítimo
apelar a la historia personal como fuente mediata y remota de la enseñanza? Lo
propio de la enseñanza es enseñar, es una aptitud socialmente reconocida a
través de productos evaluables que acreditan la capacidad para un hacer social.
Por lo tanto la aptitud profesional, es un producto socialmente evaluable. Además,
se enseña aquello que es significativo para la convivencia social y pública. Ha sido un
preocupación constante de algunos movimientos reformadores de la educación
escolar, el restablecer un vínculo entre la vida y la escuela, entendiendo por
la palabra vida, la experiencia cotidiana familiar y social. No se puede
hacer un corte entre lo que se manifiesta, se gesticula, se verbaliza, se opera
socialmente y lo que se siente, se imagina, se delibera, se discurre o se
contiene como algo latente y oculto en el interior de la persona. Toda la
organización y el contenido de la experiencia íntima opera como condición de
la conducta pública. Es un condicionamiento que posibilita, le da dirección al
hacer público, se expresa y significa en él. La enseñanza
de valores activa la experiencia íntima de las personas en cuanto convicción,
y le da dirección al enseñar axiológico. La enseñanza debería recuperar su
espacio personalizado para poder convertirse en enseñanza de valores, no sólo
como fuente sino también como recurso. En el campo
de la enseñanza de valores, los alumnos apelarán a ese sostenimiento de la
experiencia personal porque es a esa experiencia, a la que se los remite a ellos
mismos cuando se les presentan valores. Aunque sea de modo simbolizado y
diferido, las convicciones personales serán convocadas al escenario público de
la enseñanza. Creemos que estará allí la estatura real de nuestra enseñanza. Los valores
han llegado a nosotros a través de alguien que hemos conocido ya sea
directamente o a través del testimonio de otros (relatos, historias). Los otros
nos ofrecen la única oportunidad que tenemos de descubrir valores, Por esto el
descubrimiento de valores tiene un trasfondo colectivo, nos nutrimos de la
experiencia de muchos. Nuestra
exploración del mundo de los valores se alza sobre la altura que otros ya
han alcanzado. Hay una herencia de valores vividos, que la humanidad va dejando
como caminos abiertos para los que vendrán. Pero hay valores vividos en
culturas pasadas que el derrotero de la historia ha convertido en valores
inaccesibles para nuestra época. Sin
embargo, el hecho de que la historia personal y colectiva nos vuelva ciegos e
insensibles a ciertos valores del pasado, no equivale al hecho de la “pérdida
de valores”. Los valores del pasado están allí agazapados, en algún lugar
de la memoria colectiva, y pueden volver a mostrarse. De
cualquier modo, si los valores están en nuestro horizonte, es porque han sido
hechos presente por algún portador individual y/o colectivo. Podemos
comprender mejor el significado que posee una enseñanza de los valores fundada
en la experiencia personal. En la escuela serán las figuras adultas con las que
se encuentra el niño o el joven, las que le ofrecerán oportunidades de
ampliar, enriquecer o rehacer el mundo valorativo construido en el hogar. Son muchos
los sujetos educadores que intervienen en la enseñanza de los niños y jóvenes
actuales. Las figuras adultas parentales serán sus referentes más fuertes,
junto a ellas juegan su rol los modelos publicitados masivamente e incluso los líderes
en su grupo de pares (sobre todo en la adolescencia); todos ellos se constituyen
en caminos personales de propuestas valorativas. Nosotros
vamos a centrar nuestra atención solamente en la función que les cabe a los
docentes como “modelos de identificación temprana”, con respecto a los
valores. Alguien podrá preguntarse qué incidencia puede tener el modelo
docente frente al peso de los modelos familiares y los modelos publicitados.
Esta influencia será relativa. La fuerza
del lugar psicológico y social que ocupen los otros referentes marcará
diferencias. Debería ser nuestra preocupación, asumir con competencia el
espacio de enseñanza y aprendizaje que el alumno y sus padres nos ofrecen. El concepto
de “buen ejemplo” no corresponde al concepto de modelo de valores, porque
dar ejemplo consiste en cumplir responsablemente con una norma general. Lo que
ellos enseñan son conductas de adaptación a las normas generales de la
convivencia social, que cambian según las diferentes culturas. La persona
concreta que vive profundamente un valor lo recrea. Lo hace porque lo ha
incorporado al nivel profundo de su identidad, allí en donde esa persona se
diferencia de los demás. El
descubrimiento de un valor es un suceso semejante al despertar de un amor. Es
decir, la presencia de un valor es un acontecimiento íntimo y personal, un
acontecimiento no producido voluntariamente. Los docentes que serán
inspiradores de valores no serán necesariamente los mejor “adaptados”. Lo
serán aquellos poseídos por la “pasión” de algún valor. Es lo que podríamos llamar un compromiso, una voluntad de
llevar a obrar lo que se sostiene en el decir. El modelo auténtico de valores
no remite, a sí mismo, a su propia historia, remite al valor. Ésta es la
diferencia fundamental entre “el modelo y el ídolo”. Los ídolos se imitan
en su forma de vestir, de hablar, de realizar determinado valor. Los ídolos son
incuestionables, se le justifican todas sus incoherencias o defecciones. Siempre
se refieren a un ídolo musical, deportivo, artístico, etc. .Pero generan
imitadores, no generan adhesión al valor. El modelo no necesita de esto. Los valores no perviven después de la desaparición del ídolo,
porque el valor queda adherido a su persona. El modelo
no es indiferente a la fama y la gloria pero su “posesión” proviene del
valor. El modelo seguirá intentando vivir un valor, aún en la pérdida
de reconocimiento. El ídolo desaparece sin el apoyo de su público. La palabra
para designar el influjo que ejerce el modelo de valores, sería “inspiración”.
La base de la inspiración es la experiencia del “entusiasmo”. Según el
origen de la palabra que proviene del latín, inspirar significa “soplar de
dentro”, poner un”spiritus” dentro de alguien. Es decir sembrar un
aliento, un soplo, que sostiene algún tipo de vida. En resumen,
la palabra inspiración, está muy lejos de la palabra imitación. El que
inspira, siembra direcciones, abre caminos. Una persona puede tener un
modelo que le inspire el valor del esfuerzo laboral, otro que le haya abierto el
camino de los valores estéticos, otro que le haya inspirado la solidaridad,
etc. Aunque
también hay antimodelos, entendemos por antimodelo a aquél que inspira la
adhesión a un antivalor. Es la posibilidad real de negar valores y de elegir
antivalores ( Ej. el engaño, la deshonestidad, el abuso del poder, etc.). Si se
privilegia de modo absoluto, por ejemplo, el poseer una imagen social positiva,
se podrá optar por el engaño o la deshonestidad para mantener esa imagen. Se
produce entonces esta ambigüedad: se opta por un valor y se niegan
otros. Se hizo una prioridad que genera desequilibrio y deformidad en el
conjunto. Cuando
hacemos este tipo de opciones nos podemos convertir en antimodelos: por una
parte subrayamos un valor (Ej. valentía del delincuente frente al riesgo de la
cárcel, de la muerte violenta) pero sacrificamos otros (el respeto por la vida
y los bienes del otro), convirtiéndonos así en un antimodelo. El
antimodelo tiene un recurso de atracción: el valor que subraya;
nadie puede atraer si no es desde algún valor. Si hay antivalores (violencia,
prepotencia, desprecio por la vida, etc.) no es porque en el antimodelo haya un
vacío absoluto de valores sino porque el antimodelo propone un desequilibrio,
una deformidad en el conjunto. La
influencia de los antimodelos puede ser muy real, porque el desequilibrio se su
propuesta sólo puede verificarse cuando se ha puesto “a andar el proyecto”,
sólo entonces es posible verificar su resultado general. En consecuencia,
siempre sería necesario discernir el valor que los antimodelos proponen. Los modelos
y antimodelos cumplen un rol especialmente significativo en las etapas de
organización y/o reorganización de la vida. la primera infancia, la
adolescencia, la entrada en el mundo laboral, la constitución de una familia. En esos momentos de inauguración, el ser humano es asediado
por promesas y amenazas externas e internas. Allí los modelos y antimodelos
conscientes o inconscientes juegan su rol. La escuela tiene presencia en estos momentos de redacción de
los argumentos de vida (“sé prestigioso aunque tengas que mentir”, “sé
el primero aunque pierdas a tus amigos”, “sé bondadoso y ten vergüenza de
tus iras”, “la vida es amarga, consigue lo tuyo como sea”...). La
escuela puede aportar nuevos modelos y, con ellos, nuevos argumentos u organizaciones de vida; una
nueva distribución del temor y el deseo, del impulso de vida y de muerte;
romper con la absolutez de los modelos familiares; construir una universidad de
modelos enriquecida. ¿Se puede
pedir a los docentes que sean modelos de identificación? ¿Todas las personas
pueden ser modelos de valores? ¿Puede ser ésta una propuesta práctica? ¿Cuáles
serían los caminos prácticos de enseñanza? ¿Se podría evaluar su realización? Creemos que
lo más adecuado es, ante todo, diversificar las categorías que nosotros mismos
hemos propuesto, convicción, modelo, antimodelo, deber ser concebidas de
un modo abierto, dinámico y no excluyente. En primer
lugar, si hemos dicho que las convicciones se construyen históricamente, no
podemos dar por sentado que todas las personas las tengan adquiridas. Tampoco
tendría sentido pedir esas convicciones maduras como condición para enseñar,
porque el proceso que las construye es un proceso interno y libre. Lo que sí
podemos descontar es que toda persona ha tenido que manejarse con un cierto
mapa valorativo para resolver su práctica de vida cotidiana. También hay
que descontar que habrá unos sentimientos que registran esa experiencia, y será
allí donde se arraigan las convicciones. Toda
persona también ha tenido modelos de vida, experiencias humanas previas de
exploración axiológica, que han tenido peso para su propia historia. Hay
entonces, una riquísima experiencia de internación en el mundo de los valores
aun cuando este camino no haya cristalizado en convicciones. Esas convicciones
latentes, nacientes, provisorias, también son un recurso válido para la enseñanza. ¿Qué
hacer si los docentes nos convertimos en un antimodelo porque proponemos una
escala de valores deformada según las opciones axiológicas acordadas entre
todos? Ante este interrogante surgen dos respuestas: 1)
El reglamento debería contener recursos para impedir las conductas que vulneran
derechos humanos de los niños. 2)
Siempre hay un núcleo de valor que se puede recuperar en los cuadros axiológicos
deformados, la invitación consistiría en redituar dicho valor en un cuadro más
equilibrado. Pero estos
casos, no son mayoría, la mayoría de los docentes tienen una experiencia de
valores que merecería ser recuperada en la enseñanza. La enseñanza
debe tener caminos abiertos para que los significados personales se expresen o
sean apelados indirectamente. Las personas, en su historia y experiencia únicas,
son una fuente de enseñanza irreemplazable y esta riqueza no puede ser
dilapidada. Es necesario otorgarle el lugar pedagógico pertinente. Si no hay
enseñanza de valores, no es tanto porque los enseñantes no tengan contenidos
experienciales para transmitir, sino porque no se habilitan los espacios
personificantes en el enseñar. ¿Cuáles
son los caminos para instaurar un espacio personificante de enseñanza? a)- Un
camino que hace efectivo el espacio para que lo íntimo opere sobre lo público,
es la creación de un clima apropiado para poner en acción la resonancia
emotiva de los contenidos que se enseñan.
Este clima para la
actuación emotiva del lenguaje se puede caracterizar al menos de dos formas:
+ clima de libertad de enseñanza y
+ clima de escucha. El
docente debe crear un espacio de libertad en su enseñar. El exceso de control
esteriliza al espacio personificador. También es necesaria la escucha emotiva, el docente
percibirá el significado con el que se carga lo que se está enseñando por un
secreto contacto con el auditorio. Allí lo íntimo está operando sobre lo público. b)- otro
camino por el cual lo íntimo se simboliza, para operar en lo público es
“la oferta del lado débil”; hemos dicho que el modelo se diferencia del ídolo
porque el modelo no es indefectible y su misma debilidad es también un camino
de inspiración. Reconocer lo que no se sabe, lo que no se puede, las
equivocaciones, lo que no se ha vivido: todo esto moviliza, produce una apertura
de los valores, enseña. c)- Un
tercer camino es la entrega del relato. El modelo trae con su presencia la
memoria de una historia y esta memoria se entrega por el relato de vida, que
comunica la experiencia de las personas. relatos que hacen presentes a héroes
recientes o remotos. Dichos relatos necesitan ser presentados en ciertas
condiciones de pertinencia, de extensión, de contextualización, para ser
adecuados pedagógicamente; pero en realidad, son también una mediación entre
lo íntimo y lo público. También
es un recurso muy válido la habilitación del relato de los alumnos.
Los adolescentes y los niños son muy generosos para compartir sus historias.
Estos momentos “testimoniales” que pueden tener una clase con niños o
adolescentes merecen una “suspensión didáctica”. No es pertinente recortar
en ellos contenidos de enseñanza, ni es necesario recuperarlos en el proceso de
enseñanza ni tampoco someterlos a evaluación. El docente
establecerá los límites protectores. Pero, los momentos de relatos espontáneos
son momentos preciosos, casi sagrados, para la enseñanza de valores. No sólo
por su contenido sino por el vínculo que establecen entre los participantes
invitándolos a incorporarse a un espacio personificante de aprendizaje, un ámbito
abierto para la construcción de convicciones. d)- Un cuarto camino es el encuentro con otros
actores-relatores de historias de vida, actores extraescolares. Un recurso muy
importante para la enseñanza de los valores es el contacto con los modelos que
están presentes en la cercanía cotidiana, los modelos barriales, los contemporáneos.
Acudir al taller del artesano, invitar a un médico del hospital de la zona,
invitar al aula a un artista, serían caminos muy aptos para nuestros propósitos. La enseñanza
de los valores es enseñanza de un saber que viene de la experiencia. Por esto,
la enseñanza de los valores habilita de modo muy especial a los ancianos
como enseñantes. Los ancianos que han sido protagonistas de infinitas lecciones
de vida poseen una posibilidad de entusiasmar muy poderosa, su presencia en la
escuela habilita un espacio de enseñanza de valores muy potente. Definamos
algunos de los contenidos que proponemos enseñar y cómo hacerlo. El conflicto
a nivel de los valores es más bien un conflicto vertical, es decir, la lucha
por la prioridad en las opciones valorativas. ¿Cuál es el valor privilegiado,
cuáles los que se subordinan a él? El sistema educativo está siendo sometido
al tamiz del valor de la eficacia cuantitativa, con códigos de tipo empresarial
y de mercado. La educación,
sí remite al mercado laboral y empresarial y tiene, lo reconozca o no, un valor
de mercado, como lo ha tenido siempre. ¿Puede ser la eficacia el valor eje,
el horizonte de valores primario, en la lectura y organización de la enseñanza? ¿Puede
solidaridad o eficacia reclamar el mismo lugar? Ambos valores tienen un lugar
limitado. La solidaridad y la eficacia son uno de los modos del “estar
con”, aluden a un tipo de relación con el mundo y con los otros. La
solidaridad habla de un vínculo de empatía con las necesidades ajenas que
lleva a un hacer que comparta, remedia, consuela y acompaña. Pero ¿Hasta dónde
ser solidarios? ¿Qué se puede sacrificar en pos de la consecución eficaz de
los objetivos? Es algo
relativamente sencillo de reconocer: si el estado, por ejemplo, destina todos
los fondos necesarios para todas las necesidades sociales, distrae esos fondos
de las inversiones que multiplican la riqueza. Ésto es tan cruel como
verdadero. Si se privilegia la eficacia totalmente, habría que suprimir la
mayoría de los gestos e inversiones solidarias. Es necesario mostrar la
eficacia de la solidaridad y la solidaridad que implica la eficacia. Se puede
ver que los valores de la polémica pueden no sólo excluirse, sino también
comunicar sus cualidades al opuesto. El valor prioritario potencia a los demás.
El valor prioritario reclama para sí la función de señalar la dirección del
proyecto conjunto de vida personal y social. El valor
que quisiera ocuparse de la conducción de nuestra vida tendría que poseer una
aptitud decisional. Deberí | |||||||||