Monografias | Panorama general de la vida de los adolescentesPanorama general de la vida de los adolescentesResumen: La mayor generación de adolescentes registrada en la historia—más de 1.200 millones de personas—se está preparando a ingresar a la adultez en un mundo en rápido cambio. Su nivel educacional, su estado de salud, su disposición a asumir papeles y responsabilidades de adultos y el apoyo que reciben de sus familias, sus comunidades y sus gobiernos, determinarán su propio futuro y el futuro de sus países. Introducción
La mayor generación de
adolescentes registrada en la historia más de 1.200 millones de personas se está
preparando a ingresar a la adultez en un mundo en rápido cambio. Su nivel
educacional, su estado de salud, su disposición a asumir papeles y
responsabilidades de adultos y el apoyo que reciben de sus familias, sus
comunidades y sus gobiernos, determinarán su propio futuro y el futuro de sus
países. Casi la mitad de los habitantes
del mundo tienen menos de 25 años de edad: se trata de la mayor generación de
jóvenes jamás registrada en la historia. El informe El Estado de la Población
Mundial 2003 examina los retos y los riesgos que enfrenta esta generación y
que influyen directamente sobre su bienestar físico, emocional y mental.
Actualmente, millones de adolescentes y jóvenes enfrentan perspectivas de
matrimonios precoces, procreación temprana y educación incompleta, además de
la amenaza del VIH/SIDA. De todas las nuevas infecciones con el VIH, la mitad
ocurre en personas de 15 a 24 años de edad. En el informe se destaca que al
aumentar los conocimientos, las oportunidades, las opciones y la participación
de los jóvenes, se posibilitará que tengan vidas saludables y productivas, de
modo de poder contribuir plenamente a sus comunidades y a un mundo más estable
y próspero. Los adolescentes y jóvenes de
hoy tienen diversas experiencias, habida cuenta de las diferentes realidades políticas,
económicas, sociales y culturales existentes en sus comunidades. No obstante,
hay en las vidas de todos ellos un factor común: la esperanza de un futuro
mejor. Esta esperanza es reforzada por los Objetivos de Desarrollo del Milenio,
acordados por los líderes mundiales en el año 2000 a fin de reducir la extrema
pobreza y el hambre, frenar la propagación del VIH/SIDA, reducir la mortalidad
de madres y niños, asegurar la educación primaria universal y mejorar el
desarrollo sostenible, antes de 2015. Dentro del marco de derechos
humanos establecido y aceptado por la comunidad mundial, ciertos derechos son
particularmente pertinentes a los adolescentes y los jóvenes, así como a las
oportunidades y los riesgos que ellos enfrentan, inclusive el derecho a la
igualdad de género y los derechos a la educación y la salud, incluidos
servicios de salud reproductiva y sexual e información al respecto, de manera
apropiada a su edad, a su capacidad y a sus circunstancias. Las acciones
encaminadas a asegurar la vigencia de esos derechos pueden tener beneficios prácticos
de enorme magnitud: aumentar los medios de acción de las personas y asegurar su
bienestar, contrarrestar la pandemia de VIH/SIDA, reducir la pobreza y mejorar
las perspectivas de progreso social y económico. Abordar esos retos es una
urgente prioridad de desarrollo. Las inversiones en los jóvenes
arrojarán grandes utilidades durante varias generaciones en el futuro. Por otra
parte, la inacción redundará en enormes costos para las personas, las
sociedades y el mundo en general. En todas las regiones, hay
necesidad de entablar diálogos positivos a fin de que padres, madres, familias,
comunidades y gobiernos, comprendan mejor las complejas y delicadas situaciones
que enfrentan los adolescentes y los jóvenes. El informe examina diversos
factores, entre ellos, las cambiantes estructuras de la familia, la evolución
de las condiciones de vida, la rápida transformación de las normas y
comportamientos sexuales, el aumento del número de huérfanos y niños de la
calle, los efectos de la urbanización y la migración, los conflictos armados,
la falta de educación y empleo y el continuo costo de la discriminación y la
violencia por motivos de género. Los jóvenes, mujeres y varones,
necesitan orientación, y al mismo tiempo, también necesitan relaciones e
instituciones de apoyo que respondan a sus esperanzas y preocupaciones. Al
emprender acciones concertadas e integrales para abordar los retos que enfrentan
los adolescentes y los jóvenes, los gobiernos pueden dar cumplimiento a sus
compromisos y alcanzar las metas internacionales de desarrollo, además de
otorgar más esperanzas a la mayor generación de jóvenes que jamás haya
existido en el mundo. El UNFPA, Fondo de Población de
las Naciones Unidas, está colaborando con una amplia gama de aliados y con los
propios jóvenes para abordar las necesidades de los adolescentes y los jóvenes
de maneras culturalmente sensibles, impulsadas localmente y acordes con las
normas internacionales de derechos humanos. Los términos
“adolescentes”, “jóvenes” y “personas jóvenes”
se utilizan de manera diferente en distintas sociedades.
Esas categorías están asociadas—cuando se las
reconoce como tales—a diferentes papeles,
responsabilidades y edades, en función del contexto
local. Como se
detalla en el presente informe, algunos acontecimientos
fundamentales en la vida—matrimonio, iniciación
sexual (primera relación sexual), empleo, procreación,
aceptación en organizaciones de adultos, participación
política—ocurren en diferentes momentos en distintas
sociedades y dentro de una misma sociedad. En este
informe se utilizan definiciones comúnmente empleadas
en diferentes contextos demográficos, normativos y
sociales: Los
programas y políticas nacionales suelen efectuar
distinciones diferentes. En la India, por ejemplo, la
política relativa a la juventud comprende las personas
de hasta 35 años. En Jamaica, los programas de salud
reproductiva para adolescentes tienen objetivos y
estrategias diferentes para edades diferentes (pues se
reconoce que los intereses, las aptitudes y las
necesidades en la primera adolescencia no son los mismos
que para los adolescentes de más edad). En muchos países,
los materiales de educación sobre salud se adaptan a
los diferentes grados escolares. La adolescencia es un proceso de
crecimiento. Orientar a los niños a medida que van avanzando hacia la adultez
no es y nunca ha sido una tarea exclusivamente a cargo de padres y madres. En
las comunidades rurales tradicionales, la transición está regida por la
familia ampliada y los sistemas jerárquicos y de respeto establecidos. Pero en
todos los países en desarrollo, las certidumbres de la tradición rural están
cediendo el paso a la vida urbana, con sus oportunidades y riesgos, sus
libertades individuales y sus demandas sociales más complejas y marcos de apoyo
más elaborados. En los ámbitos urbanos en rápido
cambio, los jóvenes obtienen de los demás jóvenes, y cada vez más, de los
medios de difusión de masas, la mayor parte de su información acerca del mundo
que los rodea, de lo que han de esperar y de la manera de comportarse,. La tensión
entre padres y madres, que tienden a percibir a los adolescentes como niños
necesitados de protección, y el mundo exterior, que impone a los adolescentes
demandas como si fueran adultos, refleja el dilema central de la adolescencia
moderna. El período entre 10 y 19 años
de edad está colmado de transiciones vitales. La manera y el momento en que los
jóvenes experimentan esas transiciones varían en gran medida, en función de
sus circunstancias. A los 10 años de edad, en la mayoría de las sociedades la
expectativa es que los niños vivan en su hogar, asistan a la escuela, aun no
hayan llegado a la pubertad, sean solteros y nunca hayan trabajado. Antes de
cumplir 20 años, muchos adolescentes ya se han marchado de la escuela y de su
hogar. Han comenzado a tener actividad sexual, se han casado y han ingresado en
la fuerza laboral (1). Si bien escasean las
investigaciones comparativas, en lo concerniente a los adolescentes, las
diferencias entre distintas sociedades y dentro de una misma sociedad son más
pronunciadas y las generalizaciones tal vez menos útiles, que en lo tocante a
otros grupos de edades; algunas sociedades apenas reconocen la prolongada
transición hacia la adultez; en otras, la adolescencia parecería abarcar desde
los últimos años de la infancia hasta etapas posteriores a los 20 años. Además, los conocimientos
sistemáticos acerca de los adolescentes son aún más escasos que para otros
grupos de edades y esa escasez es incluso mayor con respecto a la primera
adolescencia, entre los 10 y los 14 años, que para la etapa posterior, de los
15 a los 19 años de edad. Si bien la información sobre
los jóvenes está comenzando a ser un poco más abundante(2),
escasean los datos fidedignos sobre las influencias más fuertes en sus vidas:
los demás jóvenes, sus familias y sus comunidades. Es necesario que los encargados
de formular políticas, las comunidades y las familias establezcan políticas,
programas y sistemas de orientación, de modo que tantos jóvenes como sea
posible dispongan de los recursos que necesitan para contribuir a sus
sociedades. ¿Por qué es importante la salud
reproductiva? La comunidad internacional ha
definido la salud sexual y reproductiva como un estado de completo bienestar físico,
mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedades o dolencias, en
todas las cuestiones relativas al aparato reproductor y sus funciones y procesos(3).
La salud sexual y reproductiva es un componente esencial de la capacidad de los
jóvenes para transformarse en miembros bien equilibrados, responsables y
productivos de la sociedad(4). En posteriores capítulos del
presente informe se detallan las principales cuestiones atinentes a la vigencia
de los derechos de los adolescentes y la satisfacción de sus necesidades
relativas a la salud sexual y reproductiva. En el capítulo
2 se examina la desigualdad de género en relación con el matrimonio
precoz, la actividad sexual prematrimonial y la violencia contra las mujeres y
las niñas. En el capítulo
3 se considera el VIH/SIDA y sus efectos sobre los jóvenes. El capítulo
4 destaca las acciones encaminadas a influir sobre el comportamiento de los
adolescentes, proporcionándoles información acerca de la salud sexual y
reproductiva. En el capítulo
5 se analiza la provisión de servicios de salud reproductiva “acogedores
para los jóvenes”. En el capítulo
6 se ofrecen ejemplos de programas integrales que abordan las necesidades de
los adolescentes en materia de información, servicios y adquisición de
aptitudes. Finalmente, en el capítulo
7 se indican los necesarios cambios a introducir en las políticas y los
beneficios de efectuar inversiones en los adolescentes, inclusive en su salud
sexual y reproductiva. La salud reproductiva es una
necesidad durante toda la vida. El estado de salud reproductiva de una madre
tiene efectos sobre sus hijos y la salud de éstos. A medida que los niños varones
y las niñas van creciendo, los adultos los tratan de manera diferente y tienen
diferentes expectativas en cuanto a su comportamiento. Esas diferencias suelen
determinar las futuras condiciones de su vida y muchas atañen a la sexualidad o
repercuten sobre ésta. En numerosos ámbitos sociales, muy distintos entre sí,
se condiciona de manera desembozada o sutil, a las niñas para que desempeñen
el papel de esposa y madre, y a los niños varones, el papel de sostén y jefe
del hogar. Dentro y fuera del hogar, se plantean demandas sobre los niños: si
pueden esperar educación y en qué forma; la introducción del adolescente a
las prácticas atinentes a la sexualidad, el cortejo y el matrimonio; y la
información y los servicios relativos a la salud reproductiva, antes del
matrimonio y durante éste. Esas demandas reflejan las diferentes expectativas
en función del género. Las dificultades en cuanto a la
salud reproductiva con que se tropieza más avanzada la adolescencia, entre
ellas el embarazo no deseado, el aborto realizado en malas condiciones y las
infecciones de transmisión sexual, pueden atribuirse a circunstancias como la
falta de educación y oportunidades, pero están presentes en todos los grupos
sociales. A menudo, las diferentes expectativas de género y el diferente trato
en la infancia y durante los primeros años de la adolescencia son importantes
factores contribuyentes. Por ejemplo, las expectativas de
que las jóvenes se responsabilicen por la anticoncepción, las presiones sobre
los jóvenes varones para que prueben su masculinidad, el comportamiento a la
vez agresivo y sumiso de muchas jóvenes, son resultado de pautas de
comportamiento establecidas desde las edades más tempranas. Con frecuencia, es difícil
hablar de esos temas, y su planteo es espinoso para los propios jóvenes. Parte
de la razón, o al menos de la explicación, para la reticencia pública es que
los propios jóvenes no colocan la salud sexual y reproductiva en un lugar muy
prominente de su lista de preocupaciones activas. Pero la salud reproductiva está
vinculada a muchos aspectos que ellos consideran primordiales, como finalizar su
educación, encontrar empleo, lograr una posición económica, entablar
relaciones seguras y, llegado el momento, establecer su propia familia. Los maestros, líderes
espirituales, empleadores, gobiernos y comunidades deben ayudar a los jóvenes y
a sus padres y madres, en la etapa en que los jóvenes se preparan para ejercer
los derechos y responsabilidades de la adultez. Los sistemas políticos deben
encontrar maneras de involucrar a los jóvenes en la formulación y la aplicación
de las políticas que conforman sus vidas. En el resto de este capítulo se
proporciona un panorama general de la gama de situaciones que es preciso
abordar. En 1994,
en la Conferencia Internacional sobre la Población y el
Desarrollo (CIPD) se destacó la importancia de la
adolescencia para asegurar la salud sexual y
reproductiva a lo largo de todo el ciclo vital. Además—por
primera vez en un acuerdo internacional —se reconoció
que los adolescentes tienen necesidades de salud
peculiares que difieren en aspectos importantes de las
que tienen los adultos y se destacó que la equidad de género
es un componente imprescindible de las acciones para
satisfacer dichas necesidades. El
Programa de Acción de la CIPD exhorta a los gobiernos y
los sistemas de salud a establecer, ampliar o ajustar
los programas de modo de satisfacer las necesidades de
salud reproductiva y sexual de los adolescentes,
respetar sus derechos al carácter privado y
confidencial de los servicios y velar por que las
actitudes de los agentes de salud no restrinjan el
acceso de los adolescentes a la información y los
servicios. También exhorta a los gobiernos a eliminar
todas las barreras (legislativas, reglamentarias o
consuetudinarias) que se interponen entre los
adolescentes y los servicios de salud reproductiva, así
como la información y la educación al respecto. En el
período extraordinario de sesiones de la Asamblea
General de las Naciones Unidas celebrado en 1999,
CIPD+5, se reconoció el derecho de los adolescentes al
disfrute de los más altos niveles posibles de salud y a
la provisión de servicios adecuados, específicos,
acogedores para los jóvenes y de fácil acceso, para
atender eficazmente sus necesidades de salud
reproductiva y sexual, inclusive educación, información
y asesoramiento sobre salud reproductiva y estrategias
de fomento de la salud (párrafo 73). En el
Artículo 24 de la Convención sobre los Derechos del Niño
se afirma que los niños tienen derecho al disfrute del
más alto nivel posible de salud y a servicios para el
tratamiento de las enfermedades y la rehabilitación de
la salud, inclusive la educación y servicios en materia
de planificación de la familia (un derecho también
reconocido en anteriores convenciones y conferencias). En junio
de 2003, el Comité de las Naciones Unidas que vigila la
aplicación de la Convención manifestó: “Los Estados
Partes deberían proporcionar a los adolescentes acceso
a la información sobre salud sexual y reproductiva,
inclusive sobre planificación de la familia y
anticonceptivos, los peligros del embarazo precoz, la
prevención del VIH/SIDA y la prevención y el
tratamiento de las infecciones de transmisión sexual.
Además, los Estados Partes deberían velar por que los
adolescentes tengan acceso a la información apropiada,
independientemente del estado civil y del consentimiento
previo de padres o tutores”. La
Convención sobre la eliminación de todas las formas de
discriminación contra la mujer (1979) apoya los
derechos de la mujer a los servicios de salud
reproductiva y a la información al respecto y también
a la equidad en la adopción de decisiones en cuestiones
reproductivas y de salud sexual. En 1999, el Comité que
vigila la aplicación de este tratado exhortó a los
Estados signatarios a aceptar que cuando la Convención
utiliza el término “mujeres”, éste se aplica también
a las niñas y las adolescentes.Fuentes Salud reproductiva de los
adolescentes y pobreza
Para reducir la pobreza es
preciso avanzar hacia la satisfacción de las necesidades de los adolescentes en
materia de salud reproductiva. La educación es la clave para
discontinuar la transmisión de la pobreza de una generación a la siguiente.
Pero, los estudios indican que los pobres tienen más probabilidades de no
finalizar sus cursos escolares(5).
En consecuencia, se ven privados de educación sobre salud reproductiva y
sexualidad, que se imparte en los grados superiores, y no saben dónde encontrar
información sobre salud. Las jóvenes más pobres
probablemente se casarán antes(6).
En el 20% más acaudalado de la población, el matrimonio antes de los 18 años
es relativamente raro (menos del 30%, en países donde el promedio nacional
supera el 50%). En Nigeria, casi un 80% de las jóvenes más pobres ya están
casadas al cumplir 18 años, mientras que el porcentaje para los grupos más
ricos es de sólo 22%. Las diferencias en las tasas de
fecundidad de las adolescentes son consecuencia de muchos factores, entre ellos
las oportunidades disponibles en la vida, el acceso a los servicios, las
actitudes de los encargados de prestar servicios, las expectativas
socioculturales, las desigualdades de género, las aspiraciones educacionales y
los niveles económicos. En muchos países, las diferencias de fecundidad entre
los estratos más pobres y los más ricos figuran entre las mayores en comparación
con los restantes indicadores de salud(7).
La procreación precoz en las familias pobres perpetúa el ciclo de pobreza, de
una generación a la siguiente. Por lo general, en la actualidad
el uso de anticonceptivos entre los adolescentes es bajo, pero va en aumento en
los estratos económicos más altos. Entre los jóvenes más pobres, menos del
5% utilizan anticonceptivos modernos. La falta de equidad en el acceso a la
planificación de la familia fomenta la probabilidad de los alumbramientos no
deseados o inoportunos. (Véase el Capítulo
2). Cuando las jóvenes más pobres
dan a luz, tienen menores probabilidades de ser atendidas por personal
capacitado. Las jóvenes más ricas tienen probabilidades entre dos y ocho veces
superiores de que sus alumbramientos sean atendidos por un profesional médico.
La atención de personal capacitado es importante para la salud de la madre y
del niño, particularmente cuando hay complicaciones del parto. Cuanto más
joven es la madre, tanto mayores son las posibilidades de que padezca
complicaciones del embarazo y el parto. Además, las pobres tienen menor acceso
a los servicios de atención de la salud, pese a que corren mayores riesgos en
el embarazo y el parto. El VIH/SIDA es una enfermedad
correlacionada con la pobreza. Las mujeres pobres son las que están en peores
condiciones de negociar condiciones menos riesgosas para las relaciones sexuales
y quienes más probablemente se verán impulsadas a aceptar un compañero en la
esperanza de obtener beneficios materiales. Esta vulnerabilidad social se agrava
por la falta de información. Lo probable es que las mujeres pobres no sepan que
el VIH/SIDA se transmite por vía sexual. POBREZA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO
En el año 2000 se estimaba que en todo el mundo, el número de jóvenes que
sobrevivían con menos de un dólar diario era de 238 millones, casi la cuarta
parte (22,5%) del total de la población de jóvenes(8).
Hay unos 462 millones de jóvenes que viven con menos de 2 dólares diarios. El
Asia meridional es la región donde hay mayor concentración de jóvenes que
viven en extrema pobreza (106 millones), seguida por África al Sur del Sahara
(60 millones), la región de Asia oriental y el Pacífico (51 millones) y América
Latina y el Caribe (15 millones). Un 77% de los 238 millones de jóvenes
que viven en extrema pobreza residen en 11 países de gran magnitud: la India,
China, Nigeria, el Pakistán, Bangladesh, la República Democrática del Congo,
Viet Nam, el Brasil, Etiopía, Indonesia y México. La pobreza en la juventud
también tiene una estrecha correlación con el nivel de la deuda nacional. Según
las proyecciones más recientes de las Naciones Unidas,
las menores tasas de fecundidad y las tasas superiores a
las previstas de mortalidad causada por el SIDA se están
combinando para frenar el crecimiento de la población
mundial. Pero en el informe World Population Prospects:
The 2002 Revision se indica que en los países más
pobres del mundo, la población sigue creciendo rápidamente. La
población mundial, actualmente de 6.300 millones de
personas, aumentará hasta llegar, según se estima, a
8.900 millones de personas hacia 2050. Casi todo el
aumento de 2.600 millones ocurrirá en los países en
desarrollo de África, Asia y América Latina. La
División de Población de las Naciones Unidas revisa
sus proyecciones cada dos años y la proyección
realizada en 2002 para la población en 2050 es inferior
en 400 millones a la realizada en 2000. La mitad de la
disminución se debe al aumento que arrojan las
proyecciones de defunciones a causa del SIDA (278
millones hacia 2050); el resto es el resultado de las
menores tasas de fecundidad y el menor tamaño de la
familia. El
informe de las Naciones Unidas indica que las
inversiones en programas de salud reproductiva,
incluidos los de planificación de la familia, han
contribuido a reducir la fecundidad de los países en
desarrollo, desde seis hijos por mujer en 1960 hasta
aproximadamente tres en la actualidad. Para que haya
mayores disminuciones en la tasa de fecundidad sería
preciso que las parejas en todo el mundo pudieran
plasmar su deseo de tener familias más pequeñas. Tiene
importancia crítica que se efectúen inversiones
sostenidas. La División de Población señala que si
las mujeres, en promedio, tuvieran medio niño más que
lo indicado en su hipótesis “más probable” la
población mundial podría llegar a 10.600 millones de
personas hacia 2050. El número
sin precedentes de adolescentes que están hoy
vivos—1.200 millones, lo cual refleja las altas tasas
de fecundidad de la generación anterior—asegura que
continúe el crecimiento de la población durante varios
decenios, incluso cuando las familias sean más pequeñas.
Si bien la proporción de adolescentes en el total de
población disminuirá a lo largo del tiempo, las
cantidades totales se mantendrán en el tramo de 1.200
millones a 1.300 millones a lo largo de los próximos 50
años. Por consiguiente, la clave de contrarrestar el
impulso al crecimiento de la población reside en
posibilitar que las jóvenes aplacen la procreación y
espacien más los alumbramientos. En los
países más pobres, las tasas de crecimiento de la
población y las tasas de fecundidad están disminuyendo
mucho más lentamente que en otros países. Según se
prevé, los 49 países menos adelantados pasarán de 168
millones de habitantes en la actualidad hasta 1.700
millones hacia 2050, y su proporción respecto de la
población mundial de adolescentes aumentará desde 14%
hasta 25,6%. Esa proporción para África al Sur del
Sahara aumentará desde 14% hasta 24,6%. Las
mayores cantidades de defunciones a causa del SIDA que
arrojan las proyecciones son consecuencia de una
evaluación más a fondo de la gravedad de la epidemia
en cada país, y denota la urgente necesidad de aumentar
el gasto en la prevención y el tratamiento del
VIH/SIDA.Fuentes UNA OPORTUNIDAD Si bien
el crecimiento de la población y la persistente pobreza en los países en
desarrollo están engarzadas en un círculo vicioso, la gran cantidad de jóvenes
que están vivos hoy ofrece una singular oportunidad económica. A medida que
van disminuyendo las tasas de fecundidad, va aumentando la cantidad de población
en edad activa (15 a 60 años de edad) en comparación con los grupos
“dependientes” (0 a 15 y 60 y más años de edad). Así se abre una
“oportunidad demográfica”(9).
Si se realizaran inversiones apropiadas en salud y educación y se adoptaran políticas
económicas y criterios de gobernabilidad propicios, los países podrían
movilizar el potencial de sus jóvenes e impulsar una transformación económica
y social. La oportunidad demográfica llegará a su fin a medida que las
poblaciones vayan avanzando en edad y que aumente nuevamente la tasa de
dependencia. Algunos países, como Tailandia
y la República de Corea, ya han aprovechado su “oportunidad demográfica”,
efectuando inversiones en programas sociales para lograr un espectacular
crecimiento económico. Actualmente, esa oportunidad se está abriendo para un
gran grupo de países, donde las tasas de fecundidad han disminuido
pronunciadamente en los dos últimos decenios. Para los países menos
adelantados, donde son más altas las tasas de fecundidad y más lentas las
disminuciones, la oportunidad no se abrirá hasta después de 2050 (Gráfico 1)(10). Dentro de un mismo país, las
oportunidades varían considerablemente; los niveles de dependencia son más
elevados en las familias pobres y las tasas de fecundidad son mayores(11).
La persistencia de las altas tasas de fecundidad en los hogares pobres socava
las perspectivas de desarrollo. Para aprovechar la oportunidad demográfica es
preciso efectuar inversiones en salud (inclusive la salud reproductiva) y en
educación para las familias más pobres. En muchas regiones y países serán
los adolescentes de hoy quienes formarán parte de la población activa cuando
el dividendo demográfico llegue a su máximo. Las inversiones en su salud, su
educación y sus aptitudes y el establecimiento de un marco normativo propicio
para el crecimiento económico y social deberían ser cuestiones prioritarias y
de importancia crítica. En los países menos adelantados se necesitarán
inversiones aún mayores para mejorar la calidad de la vida y la gobernabilidad
y acelerar la transición demográfica, de modo de abrir cuanto antes y lo más
ampliamente posible esa oportunidad. Un mundo cambiante
Los adolescentes están
heredando un mundo en rápida evolución, plasmado cada vez más por influencias
mundiales, entre ellas: Los cambios políticos, sociales
y económicos y los problemas sociales resultantes están afectando las
relaciones entre los progenitores y los hijos, la forma en que se considera la
autoridad paterna y las instituciones que sirven a los adolescentes. Hay una
enorme diversidad en las circunstancias en que se encuentran los jóvenes, entre
distintos países y dentro de un mismo país. A continuación se consideran
algunos de esos aspectos. CAMBIOS EN LAS FAMILIAS Y LAS
CONDICIONES DE VIDA En muchos ámbitos, tradicionalmente las relaciones
entre los niños y sus progenitores han sido sólo un componente de una red de
relaciones en la familia ampliada. Pero la migración, los nuevos valores y
conceptos, la pobreza, la dispersión familiar y los efectos del VIH/SIDA han
reducido la dependencia respecto de la familia ampliada, particularmente en las
ciudades. Esto ha acrecentado las demandas a que están sujetos los
progenitores, pero privándolos al mismo tiempo de los sistemas de apoyo. Muchos jóvenes están viviendo
sin uno o ambos progenitores y muchos también no puedan depender de sus
familias para que los apoyen. Un análisis de los datos de encuestas para países
seleccionados realizadas a fines del decenio de 1990(12)
indica las proporciones de jóvenes adolescentes de entre 10 y 14 años de edad
que no viven con su padre o su madre, la cual osciló entre 3% en Jordania y 13%
en Nicaragua y hasta más del 20% en algunos países africanos, y además indicó
que la cantidad de niñas que se encontraban en esta situación era mayor que la
de varones. Los niños que vivían con un progenitor (en la mayoría de los países,
con mayor frecuencia la madre y no el padre) iban desde menos del 10% en
Jordania hasta el 32% en Nicaragua. Si bien escasean los datos sobre las
diferencias entre zonas urbanas y rurales, en Etiopía el 60% de los
adolescentes campesinos vivían con ambos progenitores, en comparación con el
41% de las niñas y el 47% de los varones en las zonas urbanas. HUÉRFANOS Y NIÑOS DE LA
CALLE La pérdida de uno o de ambos progenitores cambia profundamente la
vida de los adolescentes, obligándolos a transformarse en jefe de familia o a
vivir en las calles. La pobreza y los conflictos políticos y étnicos exacerban
la situación. Hasta el momento, a causa del
SIDA han quedado huérfanos al menos 13 millones de niños menores de 15 años.
Según los pronósticos, antes de 2010 se duplicará con creces la cantidad
total de niños que han quedado huérfanos a causa de la epidemia a partir de
sus comienzos(13).
Antes del comienzo del SIDA, un 2% de los niños de países en desarrollo era huérfanos.
Actualmente, en diez países de África al Sur del Sahara—Botswana, Burundi,
Lesotho, Malawi, Mozambique, la República Centroafricana, Rwanda, Swazilandia,
Zambia y Zimbabwe—más del 15% de los niños menores de 15 años han quedado
huérfanos(14). Hay muchas otras razones para
que los adolescentes busquen refugio en las calles. Los hogares y las familias
se desintegran debido a la guerra o a situaciones de emergencia civil(15).
Los niños pueden ser empujados a abandonar su hogar debido a la extrema
pobreza, la violencia o las toxicomanías en la familia, o a conflictos con sus
parientes. Los niños tal vez escapen de malos tratos físicos o mentales, del
fracaso escolar, de los problemas de salud mental o de comportamiento, del
aburrimiento, de la falta de oportunidades o de las relaciones insatisfactorias
con otros jóvenes(16). Las estimaciones mundiales del número
de niños de la calle varían desde 100 millones, con la mitad de ellos en América
Latina(17),
hasta 250 millones(18).
Esas cantidades están aumentando rápidamente y las cantidades de niños de
corta edad que viven en las calles son superiores a las registradas nunca antes(19). En Filipinas, por ejemplo, se
informó en 1991 de que había 220.859 niños de la calle; en 1999, había 1,5
millón(20).
En los países en desarrollo, los niños de la calle pueden tener sólo 8 años,
mientras que en los países desarrollados suelen ser mayores de 12 años(21).
En Asia, los niños de la calle muy probablemente serán varones y no niñas.
Las niñas son menos visibles en la calle, posiblemente debido a que es menor el
número de las que se marchan de sus hogares o son abandonadas por sus familias;
o debido a que las niñas son recogidas más rápidamente por las autoridades o
que se las confina y explota. El grupo
El Caracol en México trabaja con niños de la calle de
15 a 23 años de edad. Los educadores callejeros
entablan relaciones con los jóvenes; les enseñan
acerca del VIH/SIDA, las toxicomanías y otros problemas
sanitarios y sociales; y después colaboran con los jóvenes
para determinar cuáles son sus necesidades. El Caracol
dirige un restaurante, una imprenta y una granja para cría
de conejos, donde los jóvenes trabajan como pasantes y
aprendices. Un programa de transición proporciona
considerable libertad y responsabilidad. El personal
trabaja con los jóvenes para que estos creen nuevas
identidades, ayudándolos a abandonar la autodefinición
de “niños de la calle”. En
Nepal, el Plan de Bienestar de la Infancia trabaja en la
zona de tugurios de Pokhara y proporciona a los niños
de la calle una clínica y un centro de enseñanza de
oficios y reintegración. Comenzó en 2002 con ex toxicómanos
y niñas que habían sido objeto de trata. Los
estudiantes reciben enseñanza de oficios durante tres años
y también estudian matemáticas, ciencias, inglés y
nepalí. El programa fomenta la autoestima, ofrece
capacitación en primeros auxilios y bienestar social
para que los jóvenes de la calle adquieran
independencia y proporciona servicios constantes de
asesoramiento psicosocial a los jóvenes que han
experimentado traumas psicológicos.Fuentes Debido a sus precarias
circunstancias residenciales y económicas y a su falta de acceso a las
instituciones de servicios sociales, los jóvenes sin hogar suelen estar
malnutridos, tener salud deficiente y ser toxicómanos y susceptibles al abuso
sexual y al VIH/SIDA(22).
Los adolescentes sin hogar, considerados por lo general “demasiados mayores”
para ser candidatos a la adopción, figuran entre los grupos más postergados en
lo concerniente a acciones de rehabilitación o estrategias de prevención del
VIH(23).
Los jóvenes de la calle, a menudo percibidos como una amenaza a la sociedad,
son objeto de violencia, tanto por parte de los agentes encargados de la
aplicación de la ley como del “vigilantismo”. URBANIZACIÓN Y MIGRACIÓN
Las zonas urbanas están cambiando, los pequeños poblados se están
transformando en ciudades y las grandes ciudades siguen ampliándose. La
urbanización es una influencia especialmente importante en los países menos
adelantados. Las personas migran en respuesta a las oportunidades, las
privaciones económicas o las emergencias medioambientales, lo cual refleja a la
vez la insuficiencia de las inversiones en desarrollo rural y la deficiente
gestión de los recursos(24). La experiencia urbana de los jóvenes
simultáneamente les ofrece oportunidades y los expone a riesgos. En cada uno de
los aspectos de sus vidas, los adolescentes migrantes siguen siendo un grupo
sumamente vulnerable y a menudo inaccesible. Los jóvenes tal vez se
desplacen con sus familias o por cuenta propia, en busca de trabajo o de educación.
La información sobre las razones por las cuales migran los adolescentes es muy
escasa y es mucho lo que debe inferirse a partir de otros datos. Por ejemplo,
los datos obtenidos en el Togo correspondientes a 1998 indican que un 34% de las
niñas de 10 a 14 años de edad vivían en ciudades, en comparación con el 28%
de los niños varones y que las diferencias aumentaban para el grupo de 15 a 19
años de edad: 44% las niñas y 34% los varones(25).
Esto sugiere que en las ciudades en el Togo ofrecen—o parecen
ofrecer—mejores oportunidades educacionales y económicas para las niñas
(Cuadro 1). Se registraron patrones similares en Bolivia y Filipinas. La experiencia de los migrantes
desde zonas rurales hacia las ciudades varía considerablemente. En muchos países
en desarrollo, las tareas domésticas son una de las principales fuentes de
ingresos para las niñas y las jóvenes en zonas urbanas. En Bangladesh, las
labores textiles en las ciudades han ofrecido a las jóvenes migrantes
oportunidades insólitas de obtener ingresos, ahorrar para su dote y aplazar el
matrimonio; en su mayoría, sus experiencias han sido muy positivas(26).
En cambio, en Nigeria las jóvenes aprendizas de sastre son muy vulnerables al
abuso sexual debido a su posición subordinada en el trabajo y su separación de
sus familias(27). Con frecuencia, las jóvenes
migran a las ciudades o al extranjero para vivir con las familias de sus
esposos. Tal vez no se trate de una opción libre, especialmente cuando la mujer
es pobre o huérfana(28).
En Tailandia, las personas de 15
a 19 años de edad constituyen la mayor proporción de los migrantes;
manifiestan que tropiezan con dificultades en las ciudades, pues cuentan con
pocos adultos que puedan ayudarlas con sus problemas(29). Un estudio sobre migrantes
internacionales que regresan a México de los Estados Unidos (donde, según se
estima, trabajan 8 millones de mexicanos) comprobó que un 24% de ellos eran
menores de 25 años(30).
Un 80% de esos jóvenes encontraron trabajo en los Estados Unidos; en el grupo
de 12 a 17 años de edad, casi todos en la industria o los servicios. LOS NIÑOS Y LA GUERRA En
el decenio de 1990, debido a los conflictos perdieron la vida casi dos millones
de niños y seis millones resultaron gravemente lesionados o permanentemente
discapacitados (31).
En 2000, según se estima, 300.000 niños soldados participaron en 30 conflictos
en todo el mundo(32). Cada día hay 5.000 niños que
pasan a ser refugiados y de cada 230 habitantes del mundo, uno es un niño o un
adolescente obligado a huir de su hogar(33).
Después de más de dos decenios de guerra en el Afganistán, centenares de
miles de adolescentes están refugiados en el Pakistán; la pobreza de la
familia y la falta de acceso a la educación han impulsado a esos jóvenes a
trabajar como tejedores de alfombras, recolectores de basuras, obreros en fábricas
de ladrillos, sirvientes domésticos, e incluso vendedores de drogas(34). En 1998, en la República Democrática
del Congo y en el Afganistán, niños de 13 y más años de edad fueron
reclutados por la fuerza para el servicio militar(35).
En 1999, las fuerzas armadas de Angola rodearon y capturaron a grupos de jóvenes
en los mercados callejeros. En Myanmar, se informa de que el ejército ha
impuesto la conscripción forzada de niños menores en las escuelas. En El
Salvador, Etiopía y Uganda, una tercera parte de todos los niños soldados eran
niñas. Varios años
después de la guerra civil en Sierra Leona, hay aún
innumerables jóvenes y adolescentes, especialmente niñas,
empobrecidos, huérfanos y con frecuencia sexualmente
explotados y excluidos de las acciones de reconstrucción,
según una investigación realizada en 2002 en que la
Comisión de Mujeres para las Mujeres y los Niños
Refugiados empleó adolescentes como principales
investigadores y encuestados. Durante
el conflicto, finalizado en 1999, los jóvenes que
combatían en facciones antagónicas pasaron a ser a la
vez perpetradores y víctimas de la violencia. Los
caudillos prometieron a los jóvenes que se alistaban en
las fuerzas militares una porción de los recursos de
diamantes de Sierra Leona, pero posteriormente denegaron
la paga prometida a los soldados adolescentes e
infringieron continuamente sus derechos humanos. Al
comenzar la reconstrucción posterior a la guerra, se
excluyó a los adolescentes de la formulación de políticas,
con lo cual quedaron desempleados, sin educación y sin
acceso a la atención médica. Sierra
Leona carece de clínicas costeables y acogedoras para
los jóvenes y la educación sobre salud es inalcanzable
para la mayoría de ellos. Muchos jóvenes expresan que
no creen en las infecciones de transmisión sexual ni en
el VIH/SIDA. Muchos
adolescentes huérfanos participan en actividades
delictivas, en la vida en las calles y en el uso de
drogas. Con frecuencia, las niñas y las jóvenes son
obligadas a contraer matrimonio precozmente o recurren a
la industria del sexo, debido a presiones económicas o
de sus progenitores, lo cual las sujeta más a traumas físicos,
mentales y sexuales—y al riesgo de las infecciones de
transmisión sexual, incluido el VIH/SIDA—, como
ocurrió durante la guerra, cuando la violación era común.
Las recientes iniciativas para contrarrestar la
violencia por motivos de género no se han puesto en práctica
ni entraron en vigor. La desconfianza de los
adolescentes con respecto a los adultos y al Gobierno,
sumada a la exclusión de los jóvenes por los adultos
en las tareas de reconstrucción, ha obstaculizado el
proceso de integración y mantenimiento de la paz. Diversos
organismos de bienestar de la infancia ofrecen
asistencia a la reconstrucción de Sierra Leona y
protegen los derechos del niño, pero su apoyo es
fragmentario y suele haber competición para obtener
recursos destinados a la asistencia a grupos
vulnerables. Los múltiples departamentos
gubernamentales que se ocupan de diferentes aspectos del
bienestar de los niños no están coordinados entre sí.
Las organizaciones de jóvenes carecen de recursos para
avanzar hacia la formulación de políticas. El
estudio conducido por los jóvenes recomendó la
introducción de cambios en las políticas y los marcos
jurídicos nacionales, a fin de proteger mejor a los niños,
los adolescentes y los jóvenes, involucrando al mismo
tiempo a los jóvenes en la formulación de políticas,
su aplicación y su puesta en práctica. El estudio
menciona la preocupación primordial de los adolescentes
por la falta de educación y exhorta a que se preste
mayor atención a la educación y la enseñanza de
oficios; destaca que la igualdad de género y los
servicios de salud reproductiva son imprescindibles y
exhorta a adoptar medidas para reducir la violencia
sexual y física y proporcionar a las mujeres
oportunidades educacionales. Fuentes Educación y empleo
Las oportunidades de educación
y empleo tienen efectos directos, además de importantes efectos indirectos,
sobre la calidad de la vida, inclusive la salud y las perspectivas de
desarrollo. Son particularmente importantes para los derechos y la salud sexual
y reproductiva de las adolescentes. Tanto la educación como las oportunidades
de empleo posibilitan que las niñas y las jóvenes obtengan conocimientos, se
comprendan a sí mismas, adquieran autoestima y aptitudes y obtengan un ingreso;
también ofrecen la oportunidad de entablar relaciones con otros jóvenes y con
adultos fuera de sus familias, fuentes de información potencialmente
importantes(36)
que pueden abrir nuevas oportunidades, distintas del matrimonio temprano y la
procreación precoz. ESCOLARIDAD Y DISPARIDADES DE
GÉNERO Los jóvenes, en su mayoría, tienen algún grado de acceso a las
oportunidades de recibir educación, pero la situación es muy desigual:
actualmente, hay 115 millones de niños que no asisten a la escuela primaria y
de ellos, un 57% son niñas(37).
En los países en desarrollo, hay 57 millones de jóvenes varones y 96 millones
de jóvenes mujeres de entre 15 y 24 años de edad que no saben leer ni escribir(38).
El analfabetismo excluye a los jóvenes de una amplia gama de oportunidades. No obstante, hay algunos
aspectos favorables. Según la UNESCO, en todas las regiones las niñas y las
mujeres están obteniendo cada vez mayor acceso a la educación y acortando las
distancias que las separan de los niños varones y los hombres(39).
La Iniciativa de las Naciones Unidas para la Educación de las Niñas,
emprendida en abril de 2000, trata de acelerar el adelanto educacional
coordinando y focalizando los recursos financieros y no financieros de múltiples
organizaciones, inclusive gobiernos, ONG y organismos de las Naciones Unidas, a
fin de crear una vasta campaña de promoción para la educación de las niñas y
proporcionar apoyo a los países que lo solicitan. Unos 90 países se están
encaminando a satisfacer las metas mundiales en cuanto a eliminar la desigualdad
de género en la educación primaria antes de 2015(40). No obstante, en tiempos de
conflicto, crisis social y desastres naturales, aumentan las cantidades de niños
que no asisten a la escuela(41).
Han disminuido las discrepancias en la educación posterior a la primaria, pero
en muchos países pobres siguen siendo apreciables. En algunos países, las
tasas de abandono de los niños varones superan las de las niñas y ha
disminuido la matriculación de niños varones. Los reveses económicos y el
estancamiento de las economías pueden obstaculizar el progreso. En muchos países en desarrollo,
menos de la mitad de todos los niños siguen estudiando y llegan a la escuela
secundaria. Las estadísticas educacionales muestran una pronunciada disminución
en la escolarización de las niñas después de la escuela primaria(42).
Al llegar a los 18 años, en promedio, las niñas han recibido 4,4 años menos
de educación que los varones(43). Los maestros tal vez
contribuyan, consciente o inconscientemente, al problema. Por ejemplo, las
investigaciones realizadas en Kenya han mostrado que los maestros socavan la
confianza de las niñas en el aula, contribuyendo a que ellas piensen que no
deben asistir a la escuela(44).
Los maestros toleran que los varones amedrenten a las niñas y tienen menores
expectativas acerca del desempeño académico de éstas. Algunos maestros
reconocieron que preferían a los varones y a menudo asignaron a las niñas
trabajos serviles, como el barrido del aula, mientras asignaban a los varones
tareas académicas. Con frecuencia se retira a las
niñas de la escuela, se las mantiene en el hogar y, en general, ellas tienen
sus interacciones mucho más estrechamente reguladas a partir de la menarca, o
comienzo de la menstruación(45).
Los datos que vinculan directamente la menarca con el abandono de la escuela son
de difícil obtención, pero las pruebas antropológicas son abundantes. De la
India meridional, pasando por México, hasta Egipto, se vigila estrechamente a
las niñas y se restringe sustancialmente su movilidad, pues se considera que
son vulnerables al embarazo prematrimonial, el cual infringe las normas sociales(46). Una edad temprana al contraer
matrimonio por primera vez y al dar a luz es más común entre las jóvenes que
tienen menos educación(47). Las tasas de fecundidad
disminuyen a medida que aumenta el nivel educacional. Las mayores diferencias
dentro de una misma región ocurren en África, el Asia occidental y América
Latina y el Caribe, donde las mujeres que tienen educación secundaria o
superior tienen en promedio tres hijos menos que las que carecen de educación.
A medida que va disminuyendo el tamaño total de la familia, esas diferencias se
hacen menos evidentes. LOS JÓVENES Y EL EMPLEO
En todo el mundo, se estima que en 2000 había 352 millones de niños de entre 5
y 17 años de edad económicamente activos y que de ellos, más de 246 millones
trabajaban ilegalmente y casi 171 millones, en condiciones peligrosas(48). Pese a las leyes que prohíben
el trabajo infantil, aproximadamente 186 millones de niños menores de 15 años
de edad estaban trabajando en 2000(49).
Esto incluía 138 millones de niños de entre 10 y 14 años de
edad—aproximadamente, uno de cada cuatro—, que mayormente realizaban tareas
no agrícolas(50).
En Asia se registra el número más alto de trabajadores menores de 15 años,
127,3 millones, y le siguen el África al Sur del Sahara con 48 millones, y América
Latina y el Caribe, con 17,4 millones(51). Según se estima, de los
adolescentes de 15 a 17 años de edad, 141 millones, o el 42%, trabajaban en el
año 2000(52). Las tasas de desempleo entre los
jóvenes son altas—56% en Sudáfrica, 34% en Jamaica—y casi en todos los países,
al menos el doble del promedio para adultos(53).
En muchos países en desarrollo, la discriminación por motivos de género en la
educación y las oportunidades de empleo redunda en más altas tasas de
desempleo entre las mujeres jóvenes(54).
La falta de educación limita las perspectivas de empleo de muchos jóvenes,
especialmente de las mujeres, y los confina en tareas mal remuneradas y a menudo
sujetas a riesgos, en el servicio doméstico, en tareas agrícolas o en fábricas. COMBINACIÓN DEL TRABAJO Y LA
EDUCACIÓN De los niños adolescentes económicamente activos, la mitad
trabaja a jornada completa y la mitad combina el trabajo con la escuela(56).
Muchos jóvenes consideran que el trabajo es menos un obstáculo a su educación
o un riesgo para su salud y seguridad, que una estrategia positiva de
supervivencia para sí mismos y sus familias, un medio de obtener recursos para
el futuro y una entrada hacia la adultez responsable. El trabajo puede dotar a
las mujeres de sus propios recursos y ampliar sus opciones en cuanto a la
oportunidad del matrimonio y la elección de su futuro esposo. Escasean mucho las
investigaciones sobre los efectos de combinar el trabajo y la educación sobre
los ingresos y las oportunidades de vida en el futuro. Un estudio realizado en
el Brasil comprobó efectos desiguales. Un comienzo temprano en algunas
ocupaciones, como las construcciones civiles, las artesanías o las actividades
comerciales, realzaba las perspectivas a largo plazo de los jóvenes varones,
pero por lo general el comienzo temprano reducía el ingreso futuro, debido
primordialmente a que el trabajo obstaculizaba la educación. Había algunos
beneficios en el caso de las niñas empleadas domésticas, pero sus
oportunidades quedaban muy limitadas(57).
A medida que pasaban a ser más estrictos los conocimientos prácticos
necesarios para ocupar empleos mejor remunerados, las compensaciones recíprocas
pueden ser más difíciles. Además, las jóvenes que comienzan a trabajar en la
adolescencia tienen mayor cantidad de hijos, más tarde(58). Otra preocupación en cuestiones
normativas surge de la gran cantidad de adolescentes que no trabajan, ni asisten
a la escuela, ni están casados. Las circunstancias de esos jóvenes varones y
mujeres son de difícil determinación y es difícil llegar a ellos. Por
ejemplo, en el Pakistán, un 12% de los varones de 10 a 14 años de edad no
trabajan, ni asisten a la escuela, ni están casados, y esta proporción aumenta
hasta el 15% entre los que tienen de 15 a 19 años de edad. Entre las niñas, un
30% de las que tienen de 10 a 14 años de edad y más del 45% de las que tienen
entre 15 y 19 años están “haciendo nada”(59). Asegurar un futuro mejor:
Inversiones en la juventud
La participación de los
adolescentes en el desarrollo social es una tarea que aún no han encarado la
mayoría de los países. Los grandes cambios sociales están alargando el lapso
entre la madurez física y la aceptación de papeles sociales de adultos. Las
instituciones sociales deben adaptarse para ofrecer a los adolescentes una plena
participación, pues en muchos ámbitos ellos han dado pruebas de que son dinámicos
agentes de cambio. No es posible hacer caso omiso
de la adolescencia, ni considerarla como “un momento intermedio”. Las
opciones que efectúan los jóvenes, los objetivos que se plantean y las
oportunidades que se les ofrecen no son meramente preparatorios: constituyen una
parte significativa e importante de sus vidas. Las opciones que efectúen los jóvenes
pueden ubicarlos en derroteros que pueden beneficiarlos o perjudicarlos, tanto a
ellos, como a sus familias y a sus comunidades. No obstante, se ofrecen a los
adolescentes insuficiente información, pocas oportunidades y recursos y escaso
apoyo para que se orienten en sus opciones. La
Convención sobre los Derechos del Niño detalla la
responsabilidad de los gobiernos en cuanto a garantizar
los derechos de todos los niños hasta los 18 años de
edad, inclusive el derecho a la privacidad (artículo
16), y a la información “sin consideración de
fronteras”( artículo 13). La Convención ha sido
ratificada por todos los países del mundo, salvo tres
(Estados Unidos de América, Somalia y Timor-Leste). La
Convención también reconoce que la capacidad de un niño
para adoptar decisiones importantes, incluso las
relativas a su salud, aumenta con la edad y la
experiencia. En el artículo 5 se exhorta a los
gobiernos a respetar los derechos y deberes de los
progenitores, los tutores y las familias ampliadas o las
comunidades (cuando así lo establecen las costumbres
locales) en cuanto a orientar y conducir a los niños en
el ejercicio de sus derechos “en consonancia con la
evolución de sus facultades”. De
manera similar, en la CIPD se señaló la necesidad de
equilibrar las responsabilidades y los derechos de los
progenitores o tutores con las “facultades en
desarrollo” de los “adolescentes” (un término no
presente en la Convención pero utilizado en todo el
Programa de Acción de la CIPD). “Los
niños que no han llegado a la edad de razón [Nota: éste
es un término jurídico que denota falta de capacidad
civil o minoridad] tienen derecho a la protección y la
orientación que pueden proporcionar padres, madres o
tutores”, dicen los juristas Rebecca Cook y Bernard
Dickens. Pero el concepto de “facultades en evolución”
también entraña creciente autonomía. Esos autores
aducen que las políticas “que tratan a adultos
competentes como si fueran menores de edad pueden
transformarse en insultantes y despectivas”. Las leyes
ostensiblemente formuladas para proteger a los
adolescentes, por ejemplo, denegándoles acceso a los
anticonceptivos cuando no hay consentimiento de los
progenitores, pueden perjudicar su salud y también
infringir la Convención y otros tratados de derechos
humanos.Fuentes En muchos casos, se dispone de
marcos jurídicos y disposiciones e iniciativas para proporcionar a los jóvenes
servicios esenciales, como orientación para el empleo, educación y atención
de la salud, inclusive servicios de salud reproductiva e información al
respecto. Con más frecuencia, el problema reside en que no se aplican las políticas
y no en que no se las formula. Las inversiones en los
adolescentes deben ser estratégicas. Las utilidades serán copiosas (véase el Capítulo
7). Las inversiones insuficientes restringen las oportunidades y exponen a
los jóvenes a riesgos innecesarios. Las privaciones de diferentes tipos se
refuerzan mutuamente. Por otra parte, las inversiones
en la salud, la educación y el empleo de los jóvenes, la promoción de su
inclusión social y política y la reducción de los riesgos a que están
expuestos, también tiene efectos de refuerzo y promoción de una amplia gama de
derechos humanos y objetivos de desarrollo. Éste es, por cierto, el caso de las
inversiones para prevenir el matrimonio demasiado temprano y ayudar a los
adolescentes a evitar el embarazo precoz y no deseado, las relaciones sexuales
bajo coacción, el alumbramiento en malas condiciones y las infecciones de
transmisión sexual, incluido el VIH/SIDA. En este informe se ofrecen
ejemplos de estrategias que dan buenos resultados como un punto inicial para la
reflexión, la adaptación y la mejora. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||