Monografias | Literatura y exilio: Carpentier y El derecho de asiloLiteratura y exilio: Carpentier y El derecho de asiloResumen: No hace tanto, un crítico miope y pesimista proclamaba que América Latina era una novela sin novelistas. Tan sombrío juicio ha quedado desacreditado gracias a la labor de un espléndido grupo de novelistas contemporáneos, y al descubrimiento de una rica tradición narrativa que se remonta hasta la época colonial. Por el contrario, la queja que se escucha más frecuentemente hoy día es que --dada la abundancia de creación-- la nuestra es una literatura que más bien carece de suficiente crítica literaria. -y entrar sin hacer tango en la marea de los recuerdos, en la
maleta llena de miles y miles de pollitos tiernos del mago de Alejandría, en la
valija del prestidigitador que se abre para el auditorio, señoras y señores,
porque la función comienza cuando usted llega a cada cuento, y ha de continuar,
digo yo, hasta más allá de los límites de la memoria (1)
Gabriel
García Márquez No
hace tanto, un crítico miope y pesimista proclamaba que América Latina era una
novela sin novelistas. Tan sombrío juicio ha quedado desacreditado gracias a la
labor de un espléndido grupo de novelistas contemporáneos, y al descubrimiento
de una rica tradición narrativa que se remonta hasta la época colonial. Por el
contrario, la queja que se escucha más frecuentemente hoy día es que --dada la
abundancia de creación-- la nuestra es una literatura que más bien carece de
suficiente crítica literaria. (2)
Yo
diría, en vez, que aunque pueda haber poca reflexión crítica independiente en
América Latina, no hay literatura que manifieste un más alto grado de reflexión
crítica ella misma que la literatura latinoamericana; y añadiría que por
cierto, es la literatura la modalidad crítica característica de América
Latina. Tal reflexión crítica abarca no sólo la literatura y la teoría
literaria, sino también la filosofía, la sociología y la política. Al hablar
de reflexión crítica, me refiero no solamente al análisis de problemas
literarios o de la crítica literaria, ni a la realidad sociológica o a la
evolución política, sino a meditaciones en torno al cómo y al por qué de
tales problemas, a los prolegómenos de tales actividades analíticas, -a sus
discursos y metadiscursos. Por ejemplo, en la universidad de Yale, donde
trabajo, Cien años de soledad ha sido estudiada no De
un modo curioso, por lo tanto, la literatura se convierte en América Latina
otra vez, como antaño lo fuera en la tradición oral de la épica, en el vehículo
de reflexión con el que una sociedad cuenta para hacerle frente a los etemos
enigmas que la confrontan; en una alternativa audaz y profunda a las
superficiales respuestas con las que los medios de comunicación masiva nos
abruman, y a las contingentes y oportunistas soluciones de la política. Los
principales escritores modernos de América Latina -Carpentier, Borges,
Guimaraes Rosa, Lezama, Vallejo, Guillén, Neruda, Paz, Roa Bastos y García Márquez-
son, en realidad, agentes de una despiadada revaloración crítica de la tradición.
La primera y más perdurable lección que se aprende al leer a Carpentier, es
que, en su caso, siempre la parada es la más alta, porque si no el juego no
vale la pena. El reino de este mundo, Los pasos perdidos y El siglo de las luces
surgen de las más profundas cuestiones que constituyen el fundamento del arte
contemporáneo. La
pregunta más acuciante y persistente suscitada por la modernidad en América
Latina fue la concerniente a la identidad nacional o cultural, así como a los vínculos
existentes entre ésta y la producción literaria. Los principales escritores
del siglo Desde
la época de los cronistas de Indias, la naturaleza surge como clave de la
"diferencia" americana, pero en su mayor parte, los primeros
historiadores estaban tan imbuidos del pensamiento escolástico que dificilmente
podian reconocer desviaciones de Aristóteles y Plinio. Es Fernández de Oviedo
quien más se acerca a proponer que el mundo de la naturaleza americana
constitufa un sistema independiente del hasta entonces conocido. Los románticos
y sus seguidores vieron en esa peculiar naturaleza la posibilidad y el origen de
una existencia singular, de una consciencia, precisamente, original -es decir,
de un origen aparte y único. Bello le cantó a la agricultura de la zona tórrida;
Sarmiento habló de las pampas desmesuradas y barbaras; Martí soñó con la
aparición de lo que él llamaba el "hombre natural" en América
Latina, y habló de "inj[ertar] en nuestras repúblicas el mundo; pero el
tronco ha de ser el de nuestras repúblicas" (y no al revés). (3)
A pesar de las significativas discrepancias existentes entre estos escritores,
para ellos la cultura se afincaba en la tierra, en creencias y valores locales
tan distintos de los europeos como la naturaleza, cuya imagen la literatura debía
aspirar a ser. Pero
la literatura modema no es un manojo de lugares comunes y metáforas gastadas;
por el contrario, es un riguroso cuestionamiento de toda doctrina, rechazando,
al constituirse, las ideas recibidas, y el discurso que las expresa. Las ideologías
decimonónicas, inspiradas en la continuidad entre lo humano y lo natural en el
continente americano, han sido sometidas por la literatura. contemporánea a
una, crítica severa, en el sentido más amplio del término. Esta literatura, a
la que podríamos, llamar postmoderna, se complace en satirizar y parodiar tales
nociones recibidas y en demostrar que, al contrario de lo que se supone sobre el
vínculo natural entre los americanos y la naturaleza, su relación es
enteramente artificial y depende de todo tipo de lugares comunes literarios y
políticos. Desde una perspectiva, estrictamente política, la importancia de
esta crítica -que pone al descubierto la naturaleza, metafórica, de la
definición de la cultura- radica en su utilidad a la hora de elucidar el origen
ideológico de la relación entre los pueblos y los paisajes americanos. El
mecanismo mediante el cual la imaginación liberal pretendió, borrar las
fronteras de clase consistió en un concepto totatizador de la cultura cuya
coherencia metafórica derivaba del concepto de naturaleza. Desde el punto de
vista literario, el gesto crítico le permite a la literatura latinoamericana
declarar su independencia de una burda mimesis que disminuye su capacidad para
el auto-análisis. Uno de los temas más frecuentemente invocados en el análisis
de la tradición modema -cuya crítica he venido esbozando- es el exilio, porque
éste incluye no sólo la nostalgia por la patria perdida, considerada como
origen, sino el sentido de la pérdida irrevocable de ésta como soporte ontológico.
Si la tierra dota al individuo de un saber especial, el exilio vendría a ser
una suerte de intensificación de ese saber, al someterlo a la prueba de la
separación y el regreso. Dado
el generalizado, y aún abrumador, carácter de la experiencia del exilio, en la
historia latinoamericana, aliado a la idea de que el ser americano constituye de
por sí una variante del exilio, resulta más bien fácil establecer una
correlación entre este tópico y la escritura en América Latina. La reducción
al absurdo de lo anterior sería la siguiente: ser latinoamericano es
encontrarse exiliado de la cultura metropolitana, para no mencionar que los más
importantes escritores latinoamericanos han sido, en uno u otro momento,
exiliados ellos mismos; el destierro y el desarraigo serían, por lo tanto,
cualidades esenciales de toda escritura latinoamericana. Más aún, dado que el
acto mismo de la escritura podría considerarse como aún otra modalidad del
exilio, la escritura latinoamericana sería (paradójicamente) la más auténtica
o natural de todas. Podrían aducirse instancias de corroboración para tan
burdo esencialismo con sólo recordar la literatura de los Estados Unidos y los
nombres de Henry James, Ernest Hemingway, T.S. Eliot y Ezra Pound, entre otros
que podrían invocarse para demostrar que el exilio, es de hecho un mal que
afecta a todo el continente, pero por el que debemos dar las gracias por ser una
fuente tan importante de la producción literaria americana. Lo
seductor de tan auto-indulgente modo de pensar disminuye considerablemente si se
toma en consideración el contexto global de la modernidad, dado que el tópico,
del exilio puede subsumirse fácilmente bajo el inciso general de la alienación
que atraviesa a toda la literatura postromántica -el sentimiento de no
pertenecer al espacio y at tiempo que nos ha tocado en suerte, de haber sido
arrancados de una mejor época y mundo. En tanto que la literatura moderna se
halla permeada por esta sensación de pérdida y distancia, en tanto que la
escritura aparece como una actividad secundaria capaz tan sólo de registrar lo
que ya no está más allí, la tendencia debería ser, en realidad, a formular
una equivalencia general entre escritura y exilio que invalidase cualquier
pretensión de exclusividad por parte de la escritura latinoamericana. A un
nivel menos abstracto pero más general, Harry Levin ha escrito un seminal
ensayo cuyo punto de partida es que "el exilio ha sido considerado como un
grave riesgo particulannente para los poetas, desde que Platón les negara
derecho de ciudadanía en su república." (4)
Si
a estas ya de por si contundentes razones añadimos las pruebas que aportan las
teorías lingüísticas y psicoanalíticas contemporáneas, el vínculo entre
escritura y exilio se hace inevitable. La fuga del significante, su alejarniento
del orden del significado constituiría el viaje primordial, del cual todas las
ficciones subsiguientes serían meros reflejos. El imaginario psicoanalítico,
por su parte, nos convierte a todos en exiliados de nuestras madres, víctimas
de la ansiedad de un imposible regreso que continuamente recreamos en torpes
aunque repetidos encuentros sexuales, encuentros cuyo placer nunca alcanza a
igualar la unidad y éxtasis que gozamos dentro del vientre materno. Pero
todas estas generalidades resultan un tanto inútiles, y a menos que sean
cualificadas y refinadas, pueden fácilmente conducir a falsificaciones. En términos
históricos, los exiliados son muy diferentes entre sí, a pesar de sus
aparentes semejanzas, en tanto padecen destierro por causa de regímenes muy
distintos y bajo circunstancias muy diversas. Los exiliados chilenos y nicaragüenses
en los Estados Unidos difieren en muchos aspectos, primero y ante todo, en términos
de ideología política; sería, por lo tanto, algo temerario declarar que
existe un vínculo entre la literatura latinoamericana y el exilio, o entre la
literatura y el fenómeno histórico de los exiliados. Lo que en cambio podria
decirse con relativa certeza, es que, al parecer, el exilio, es uno de esos
tropos fundacionales que la literatura invoca continuamente en un gesto
auto-constitutivo, una figura que se encuentra ya presente en la obra del gran
Garcilaso de la Vega, el Inca, quien, desde España, tierra de su padre, escribió
acerca de la pérdida del reino materno. Es con referencia a este trasfondo temático
que me gustaria leer el relato de Alejo Carpentier intitulado El derecho de
asilo. En este cuento, publicado en medio de la agitación politica y cultural
de los años sesenta, Carpentier explora la cuestión del exilio como tropo
literario fundacional y en relación al candente problema del poder político en
América Latina. El derecho de asilo es uno de los textos de ficción más explícitamente
políticos de Carpentier y, a la vez, uno de los más críticos en el sentido
amplio que doy aquí al término. La pregunta crucial es, por lo tanto, si ambas
cosas resultan ser, en última instancia, compatibles. El cuento, publicado en
1972 independientemente, ha sido añadido a ediciones más redientes de Guerra
del tiempo. (5)
De muchas maneras, este texto constituye, además, una sántesis crática del
trabajo de Carpentier y su respuesta a la novelística del Boom que estaba en
ese momento en su apogeo. El
exilio es uno de los temas más persistentes en la obra de Carpentier, tanto en
la ficción como en el ensayo y el periodismo. La lista de los exiliados en sus
novelas es muy larga, asá que sólo mencionaré a Ti Noel y a los esclavos de
El reino de este mundo, que sueñan con regresar al Africa, paraíso perdido
habitado por dioses y guerreros, y al narrador protagonista de Los pasos
perdidos, un latinoamericano que ha vivido en los Estados Unidos por muchos años.
El hecho de que Carpentier pasara gran parte de su vida en Francia, de donde su
familia era originaria, hace de éste un tema de particular significado e
importancia al momento de enfrentar críticamente su propia vida y obra. ¿Representan
los exilios de Carpentier un regreso al origen o un distanciamiento del mismo?
¿Fueron sus propios viajes a la Habana o a París retornos de hijo pródigo o
fugas del hogar? ¿Cuál fue la patria del pregrino? Carpentier
estaba conciente de la ironía implícita en su situación cultural del gobierno
cubano en Francia, país en el que obviamente también se sentía como en casa y
en el cual nadie le hubiera tomado por extranjero, como sucedía en la propia
Cuba, a causa de su irreductible "R" francesa. Un año antes de su
muerte, me contó que cada vez que tenía que asistir a alguna función oficial
importante, iba al mismo establecimiento parisino para alquilar su smoking. Una
vez allí, el viejo sastre francés, luego de entallarlo cuidadosamente, se
alejaba unos pasos para contemplar su obra y proclamaba, "Vous allez bien
représenter la France!". Carpentier me dijo que hubiera sido inútil
corregirlo. Este dilema está muy presente en una serie de artículos que
Carpentier escribió en 1939, luego de su regreso a Cuba, tras una estadía de
once años en Francia, que llevan et muy sugestivo titulo de "La Habana
vista por un turista cubano." En estos artículos, que he examinado
en detalle en Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home, el escritor hace un paseo
imaginario por La Habana, descubriendo cosas extraordinarias que nunca notó
antes de partir, pero que ahora es capaz de detectar gracias a la doble
perspectiva del que hace de turista en su propio país. Lo
que Carpentier practica en esos artículos es una "lectura" de La
Habana, lectura cuya peculiaridad radica en la doble dimensión temporal y en su
distancia con respecto a sí misma; semejante lectura sólo puede ocurrir a través
de este proceso de distanciamiento, que no es tanto un reflejo del espacio real
que se ocupa, como una necesidad intema del proceso mismo. Las cosas se agrupan
en conjuntos significativos, pero sólo at enfocarlas a través del lente
aislante del desapego, del no formar parte de ellas, del ser un natural que es a
la vez un extranjero -un voyeur de sí mismo. La ficción madura de Carpentier
está marcada por esta doble visión, por la necesidad y el temor de ser a la
vez lo uno y lo otro, yo y él, yo y el otro. En su trabajo más tardío se
percibe además la aprehensión de que sus personajes lleguen a fundirse unos
con otros, que se empegoten todos en uno solo, o de que en última instancia,
resulten ser proyecciones de alguno que sólo pretendiendo ser diferente (extraño)
puede llegar a ser él o ella misma, y que necesita, por to tanto, proyectarse
en otro que se le parece, pero al que no es idéntico. En términos de la
experiencia cotidiana, la cuestión de la distancia y del exilio es parecida a
la pregunta que todos nos hacemos cuando viajamos a un lugar exótico o
distante: ¿Soy todavía el mismo? ¿Sigo siendo igual, o me ha transformado
completamente el viaje? ¿Cómo puede el lenguaje, en tal caso, expresar la
diferencia? ¿Cómo se puede seguir siendo el mismo en dos lugares distintos? ¿No
debería mi nombre reflejar esas diferencias? ¿Debo llamarme Roberto González
Echevarría aquí en New Haven, y de otro modo en otra parte? Este es, como
Sharon Magnarelli ha demostrado en un brillante ensayo, uno de los problemas
cruciales en "El camino de Santiago"(7)
En ese relato, Juan lleva siempre el nombre de lo que ha sido, no de to que es.
El protagonista figura sucesivamente como peregrino, indiano (8)
estudiante, músico, pero nunca corresponde al adjetivo que lo está
describiendo en el presente narrativo. Los
exiliados de Carpentier habitan un dmbito atemporal -una suerte de estado de
suspensión- y procuran regresar at hogar o patria perdidos mediante dos
actividades íntimamente relacionadas: el amor y la lectura. La función del
erotismo es evidente, en especial en un relato como "Viaje a la
semilla," en el que el anciano marqués se muere de repente haciéndole el
amor a una joven mulata. El relato, contado de forma regresiva, lo lleva de
vuelta al vientre de su madre. Los personajes de Carpentier intentan regresar a
la madre y experimentar una especie de renacimiento a través de las diversas
mujeres con las que se relacionan. En Los pasos perdidos hay una regresión que
va de Ruth a Mouche a Rosario, que conduce al narrador-protagonista hacia un
estado de felicidad prenatal que no logra alcanzar sino esporádicamente en
brazos de la última de esas mujeres. Esta regresión corre paralela en la
narrativa de su viaje desde el mundo moderno hasta la selva. El
papel de la lectura es más complicado. Lejos de la patria, del idioma propio,
los exiliados de Carpentier reifican la lengua materna, la petrifican. La lengua
materna muere en el momento en que el exiliado parte y deja de escucharla. Para
preservarla en el exilio, el exiliado lee morosamente, acariciando las palabras
como si fueran un cadáver que podria ser devuelto a la vida mediante una suerte
de conjuro, ritual. Con esta práctica el exiliado, espera recuperar su ser
original y despojarse de su nueva y extraña identidad, que se ha convertido en
un código mudo que no le pertenece, un cuerpo petrificado, carente de voz, como
la estatua de Paulina Bonaparte que Solimán soba en El reino de este mundo. En
la obra de Carpentier, el exilio manifiesta varias constantes. La primera es la
atemporalidad. Del intervalo en que el personaje vive fuera de la palabra. El
exilio es un pliegue temporal que carece de duración, excepto en el interior de
sí mismo, y, como resultado, los acontecimientos, las cosas y la gente que no
estdn sujetos al dinamismo del ser, aparecen como modelos a escala de los
reales. Aunque la distancia es lo que hace posible la lectura, también
distorsiona las dimensiones del mundo al reducirlas. Los personajes de
Carpentier intentan remediar esta situación mediante la práctica del amor y la
lectura, que son las otras dos constantes del exilio. El amor imita un retorno,
un renacimiento, un nuevo comienzo, La lectura es un intento de recobrar el
lenguaje, pero sólo logra convertir el lenguaje en algo cada vez más
artificial, más auto-suficiente, menos capaz de significar las diferencias
entre los diversos elementos de la realidad. Aunque
probablemente concebido alrededor de 1928, momento en que la Conferencia
Panamericana mencionada en el cuento toma lugar en La Habana, Elderecho de asilo
es un texto tardío y, como tal, constituye una revaluación de las extensas
narrativas tempranas que integran el núcleo de la obra carpenteriana.(9)
Como en el caso de otros tópicos fundamentales en la ficción de Carpentier, el
exilio es, en cierto modo, "deconstruido" en esta historia. Como ya
sugerí y planteo ahora más largamente, lo que El derecho de asilo desmitifica
es la noción de que existe un vinculo natural entre escritura y exilio. En si
mismo, el exilio -o así parece indicarnos es una convención, un artificio
literario que no ofrece, de veras, la posibilidad de transforrnación radical
con la que la escritura parece investirlo. En otras palabras, el exilio no
constituye una perspectiva auténticamente singular, ni puede asumirse como un
estado transcendente que posibilite una visión privilegiada o especial. En última
instancia, todos los lugares y todos los momentos son iguales, excepto en la
escritura, don de los signos son capaces de diferenciar dos momentos
indistinguibles entre sí y, un lugar del otro. Para alcanzar esta desmitificación,
el relato acude a todos los tópicos sobre el exilio y los elementos
relacionados a éste que vimos anteriormente, exagerándolos y desfigurándolos
(valga la palabra). Como
El recurso del método, El derecho de asilo se desarrolla en una arquetípica.
república latinoamericana, en un país que recuerda a Venezuela, pero que podría
ser también Chile o Perú. Con su despliegue de sfmbolos patrióticos -escudo,
bandera, uniformes militares- proclamando cooperación, prosperidad e ideales
democráticos, el país parece el producto de un Comité de Símbolos de la
Organización de Estados Americanos. El protagonista es Secretario de la
Presidencia y Consejo de Ministros, el típico funcionario adocenado de un
gobierno corrupto. Su principal ocupación parece ser procurarle prostitutas a
sus superiores. Cuando el Presidente es derrocado en un golpe de estado, el
Secretario se las arregla para refugiarse en la embajada de un país vecino, con
el que existe una. disputa territorial (Galtieri avant la lettre, el dictador
provoca al pais vecino en un intento de exacerbar el nacionalismo con el suyo
propio, para. así desviar la atención de la represión interna). El Secretario
permanece en el país vecino durante tanto tiempo, que eventualmente puede
solicitar la ciudadanía, ya que la embajada es legalmente parte del territorio
nacional, aunque ubicada, naturalmente, en suelo extranjero. Además, como el
Secretario -que es ahora el Asilado-, para matar el tiempo, se ha dedicado a
cumplir la mayoría de las funciones del embajador, inclusive hacerle el amor a
la esposa de éste, al adquirir la ciudadanía del país vecino es nombrado
embajador ante su país de origen, cuyo territorio nunca ha abandonado. El
cuento funciona con la precisión de una figura retórica barroca: se trata de
un retruécano. El relato concluye cuando el antiguo secretario le presenta sus
credenciales al General Mabillán, el dictador, y ambos bromean en voz baja en
el tono guasón de viejos compadres. Estas
inversiones de inversiones -un exiliado que regresa de un lugar que nunca ha
visitado a un lugar del que nunca se fue- ocurren dentro del marco de una un
tanto deliberadamente burda meditación sobre el paso del tiempo y su relación
con los signos que lo denotan. Cada capítulo está precedido por una breve
notación del día de la semana en el que toma lugar la acción: la primera dice
"DOMINGO," la segunda "LUNES," pero la tercera, una vez que
el protagonista se encuentra a resguardo en la embajada, reza "OTRO LUNES
(CUALQUIER LUNES)." El tiempo del exilio es un abismo temporal, una especie
de muerte. El relato comienza un domingo y termina un martes -la ficción del
exilio se encuentra incrustada en ese lunes que no existe, pero que prolifera en
incontables días y años, como si un álgebra alucinante se hubiese apoderado
de la cronologia. En el relato, los días se barajan y expanden hasta que el
secretario vuelve nuevamente a ser funcionario. Una vez que presenta sus
credenciales, la semana reanuda su curso normal. En
el interior del paréntesis de ese lunes ficticio, el Asilado comienza a
"leer" el vecindario en torno a la embajada, al igual que Carpentier
leyera La Habana después de su regreso de París. Turista y prisionero en su
propia ciudad, el Asilado reifica la capital, la convierte en un sistema de
signos que lee e interpreta; la ciudad se convierte en una iconografia y en última
instancia en una alegoría. Desde una iglesia que hay detrás de la embajada
escucha, y por lo tanto sigue, la liturgia -liturgia que dota al tiempo de
sentido, reduciéndolo a un sistema de repeticiones y de símbolos permanentes.
Frente a la embajada -y quizds la ubicación de la iglesia y de otras
instituciones sea significativa- el Asilado ve dos tiendas. La primera, una
ferretería, se le figura un museo, un despliegue arqueológico, lineal de la
historia de la humanidad vista a través de sus los
escaparates de juguetería de la gran tienda norteamericana. Pero ahí, lo
inamovible, lo siempre semejante a sí mismo, por encima de los responsos,
lecciones y liturgias de la iglesia, por encima del arcaísmo de los enseres
modemos de la Ferretería-Quincalla de los Hnos. Gómez, era el Pato Donald.
Estaba ahí, en su humanidad de cartón piedra, de patas anaranjadas, en un ángulo
de la vitrina, dominando un mundo de pequefios ferrocarriles en marcha, de
alacenas con frutas de cera, pistolas, vaqueras y carcajes, andaderas con ábaco.
Estaba ahí, aunque lo vendieran y revendieran, quince veces al día. Como los
niños querían, "ése", el de la vitrina, una mano femenina lo
agarraba por sus patas anaranjadas, colocando después otro Pato Donald, el
mismo, en su lugar. Esa perpetua sustitución de una forma por otra idéntica,
inmóvil, alzada en el mismo pedestal, me hacía pensar en la Eternidad. A lo
mejor Dios era relevado así; de tiempo en tiempo, por una potencia superior (¿Madre
de Dios, madre de Dioses? ¿Algo no había dicho Goethe acerca de ellas?),
custodia de su perennidad. En el minuto del cambio, cuando el Trono del Señor
quedaba vacío, era cuando ocurrían las catástrofes de ferrocarril, las caídas
de aviones, los naufragios de trasatlánticos, se encendían las guerras, se
desataban las epidemias. (p.31-32)(10)
El tiempo del exilio es el tiempo del Pato Donald y del tren
eléctrico de juguete corriendo interminablemente en círculos -tiempo de los
modelos a escala, de sistemas miméticos, artificiales, de infinitas e
insignificantes repeticiones y substituciones. Lo que el Asilado anhela es la
capacidad infantil para fijarse en un objeto dado y considerarlo lo
suficientemente singular y diferente como para poder decir "ése".
Este es el deseo que busca satisfacer con la manía de leer todo lo que le cae
en las manos- sean libros, etiquetas, o calendarios- y mediante la seducción de
la esposa del Embajador. Pero toda esta actividad genera tan sólo repeticiones,
no identidades y diferencias. Nada parece ser lo suficientemente singular como
para poder decir, definitivamente, "Ese". Carpentier
ha entretejido con arte inigualable el amor y la lectura al aludir irónicamente
a la más conocida de las escenas de seducción mediante la lectura en la
literatura occidental. El asilado seduce a la embajadora leyéndole escenas
picantes de Tirante el Blanco: "la Señora Embajadora se reía con las
ocurrencias del libro de gracias escondidas. Se rió más con el capítulo del
Sueño de Placer de mi Vida, aquél en que la princesa decía: 'déjame Tirante,
déjame' y aquel día, a fuer de parecer pedante, diré que 'no leímos más allá…'"
(p. 50) La cita es, desde luego, de Infierno V, 138: "Quel giorno pui non
vi leggemmo avante". Las
consecuencias y sentido de esta alusión a la historia de Paolo y Francesca son
demasiados como para poder agotarlas aquí, pero quisiera mencionar los que están
directamente relacionados con el tema del exilio. (11)
Por una parte, ha habido un cambio en el libro que los amantes leen. En vez de
Lancelote, tenemos aquí a Tirante el Blanco, libro de amoríos lujuriosos y
humorismo desenfrenado. Hay un claro impulso desmitificador en esta transformación
-el amor de la Pareja carpenteriana no es el sublime amor de Paolo y Francesca,
sino el muy camal del Tirante. Aún así, lo que resulta más pertinente al caso
es que Paolo y Francesca, confinados en el inferno, sufren un destino semejante
al del Asilado y la esposa del Embajador. Ambas parejas están sentenciadas a la
repetición de idénticos gestos dentro de un vacío temporal. Paolo y
Francesca, como muñecos de un juguete de cuerda, recrean una y otra vez la
escena de seducción inicial. El Asilado y la esposa del Embajador, atrapados en
el tiempo artificial y ahistórico de la embajada, también repiten
incesantemente los mismos gestos. Como los condenados del Inferno, que pueden
recordar el pasado y predecir el futuro pero que son ciegos para el presente, el
Asilado y la esposa del Embajador viven una temporalidad hueca -un presente
ficticio de juguetes, escritura y erotismo. La
ironía en El derecho de asilo- es que el Secretario se las ingenia, a fin de
cuentas, para regresar: es decir, que sí logra "renacer" en otro que
es él mismo, aunque no completamente. Una vez que logra esto, sin embargo, lo
aguarda el descubrimiento de que, del otro lado, las cosas siguen esencialmente
iguales; de ahí las bromas que comparte con el dictador al final del relato. Ser
Secretario y Embajador es una cuestión de costumbres, de uniformes, y la
"patria" es una distinción arbitratia de lugar, una convención
establecida por conferencias Panamericanas y otros rituales políticos por el
estilo. Lo que El derecho de asilo intenta demostrar es que, al nivel de la
escritura, el exilio es una figura retórica, no un privilegio de visionarios:
es un tropo muy parecido a la inversión que organiza la trama del cuento, al
retruécano de su argumento. No
deja de ser considerablemente irónico el que El derecho de asilo empiece con
una cita del acuerdo finnado en la Conferencia Panamericana celebrada en La
Habana en 1928, en la que se establecieron las pautas para la aceptación de los
refugiados políticos en las embajadas latinoamericanas (ironía que ha
aumentado en los últirnos aftos, a raíz de acontecimientos históricos tales
como la entrada de diez mil refugiados a la embajada del Perú en La Habana). La
ironía pone de manfiesto to absurdo de tales conferencias y, más específicamente,
la peculiar farsa del panamericanismo, fomentado por la política externa de los
Estados Unidos, en un afán por disimular sus maniobras intervencionistas
durante la década de los veinte y los treinta.(12)
Pero, más importante aún, la ironía resulta todavía más devastadora en
tanto que en El derecho de asilo Carpentier desmitifica la ideología
americanista que informa el trabajo de muchos escritores latinoamericanos a
partir de los veinte. La cultura latinoamericana aparece en este relato como la
inevitable mezcla de códigos heterogóneos típica de las ciudades modemas
(publicidad, medios de comunicación en masa, la multitud de mensajes inscritos
en muros y otras superficies que no obedecen a lenguajes concretos y que carecen
de contenidos específicos), junto a la iconografía oficial que proclama. la
ideología del estado. Gran
parte de la escritura desmitificada en el cuento, escritura tributaria de una
noción más primitivista de la cultura, pertenece, por supuesto, at propio
Carpentier, y es evidente que El derecho de asilo es también una parodia de
parte de su producción anterior, particulamente de El acoso. Esta autoparodia
no supone, sin embargo, un conocimiento previo de la obra anterior de
Carpentier, ya que su objeto más inmediato es el mismo relato El derecho de
asilo ; la revaloración critica de la tradición que un texto ejecuta
usualmente termina por volverse sobre sí misma y sobre la factura de éste.
Hemos visto cómo una de las principales características del exilio, tal como
figura en el cuento y en la obra de Carpentier, es el sentido de atemporalidad
y, dentro del vacío temporal mismo, la creación de modelos a escala. El exilio
produce una intensificación del deseo de recuperar el pasado, un deseo que
convierte ese pasado -ya sea encarnado en el cuerpo de la madre o sus
substitutas, ya sea en la escritura- en un prototipo cuya actividad principal es
la repetición. El tren eléctrico recorre una y otra vez la misma ruta: es la
versión en miniatura de un tren que supuestamente se dirige a alguna parte. La
ferretería se convierte en un museo, en el que toda la historia de la humanidad
se agolpa en el conjunto de implementos que la representan. El amor dentro de
este vacío sin tiempo se reduce a su forma más básica, aunque mds perversa,
la insensata repetición de movimientos y ademanes- Paolo y Francesca condenados
a repetir cada uno de sus gestos en el quinto circulo del Infierno de Dante. El
exilio como santuario es una temporada en un templo de juguetes, de
reproducciones autosuficientes, de diminutas máquinas hermeneúuticas, como el
"mecano" mencionado en el relato, con el que se construyen modelos,
representaciones a escala reducida del mundo real. Pero,
¿no es éste el mismo proceso mediante el cual se ha escrito El derecho de
asilo? El relato no sólo representa un país latinoamericano en miniatura,
diminuto modeto iconográfico de una república bananera, sino que también
reduce el tiempo a su unidad más básica de distribución: los días de la
semana. En El derecho de asilo, el espacio y el tiempo enteros de América
Latina aparecen comprimidos, miniaturizados. La historia del "País
Fronterizo," por ejemplo, representa otra historia encapsulada, dentro del
modelo ya reducido del relato, de una arquetfpica república latinoamericana, y
parece un boceto para Cien años de soledad: Descubierto
el País Fronterizo, arribaron a él los de la primera hornada de civilizadores:
adelantados, encomenderos, hidalgos arruinados, truhanes de almadraba sevillana,
todos grandes manejadores de dados plomados, bebedores del rancio y del agriado,
todos grandes fornicadores de indias; arribaron luego los de la segunda hornada:
magistrados, leguleyos, agentes del fisco y oidores, transformándose la
colonia, por más de dos siglos, en un vasto potrero con ganado y campos de maíz,
hasta donde alcanzara la vista, con algún remanso de hortalizas de España...
Pero, vaya usted a saber por qué aparece un día, en ese país, un ejemplar del
Contrato social de Rousseau, ciudadano de Ginebra (foederis esquo dictamas
leges). Y luego, es el Emilio: los niños, en el colegio de un instituto
rousseauniano, dejan de estudiar por libros; se consagran a la carpintería, a
una observación de la naturaleza que se traduce en destripamientos de coleópteros
y lagartijas arrojadas a las tarántulas dentro de sus propios hoyos. Los padres
enérgicos se enfurecen; los espíritus simples preguntan que cuándo y en qué
barco llegará el Vicario Saboyano. Y luego, para remate, es la Enciclopedia
Francesa. Aparece en América, por primera vez, el personaje insólito del cura
volteriano. Y después de la fundación de la Junta Patriótica de Amigos del País,
de ideas liberales. Y, un buen día, suena el grito de "¡Libertad o
Muerte!" Y, bajo la égida de los héroes, se pasará un siglo en
cuartelazos, bochinches, golpes de estado, insurrecciones, marchas sobre la
capital, rivalidades personales y colectivas, caudillos bárbaros y caudillos
ilustrados. (p.41-42) Los personajes del cuento, como el sargento Ratón, parecen
sacados de los muñequitos o de un juego de soldaditos de plomo. El relato es,
también, un modelo a escala reductiva de toda la obra de Carpentier. ¿No es la
escritura misma, pues también, un modelo del exilio? ¿No será, después de
todo, el de fundación? Si, pero no resultado de una condición esencialmente
latinoamericana, sino como una inflexión retórica peculiar de América Latina.
El exilio es un mito literario fundacional tanto como una modalidad fundamental
en la elaboración del discurso de la cultura latinoamericana; una versión
estratégica de su autodefinición -es el laberinto y sus cien años de soledad.
El
protagonista de El derecho de asilo es un elemento importante de esta crítica
radical de la noción de exilio y su relación a la literatura. El relato no sólo
practica una inversión en la trama típica de partida y regreso, sino también
con respecto a la figura del dictador en la literatura latinoamericana. El
derecho de asilo es una micro-novela de dictador en la que el Secretario se ha
convertido en protagonista, reemplazando al dictador. En El señor presidente
(1946), de Miguel Angel Asturias, el secretario es asesinado por el dictador. El
dictador representa la voz de la autoridad, la fuerza telúrica que desvía la
escritura, que pretende anularla, porque ésta amenaza su poder. En las novelas
de dictador postmodemas, especialmente en Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos,
el secretario ha alcanzado cierto poder, pero, se trata de un poder que,
contrario al del dictador, se ve impedido por sus propias contradicciones. Patiño,
Edipo en pequeño (tiene los pies hinchados) sufre el agobio de haberse
aprendido de memoria hasta el último pedazo de papel existente en la república.
El suyo es el poder de escribir, podar, editar, un poder incapaz de erigirse en
autoridad por sí mismo. El Secretario en El derecho de asilo, cuyos
instrumentos son "varios legajos de fácil revisión" y "el
tintero amparado, por una águila napoleónica," (p. 12), es un lector
compulsivo: está atrapado en el mundo de la escritura, hecho de repeticiones y
diferencias producto de la arbitrariedad y de espacios en blanco y límites
gratuitos. En tanto protagonista, no puede alegar ningún parentesco, con la
naturaleza ni puede presentarse a sí mismo como producto de la tradición. En
el plano literario es resultado de convencionalismos y en el de la historia del
oportunismo político. Rige un universo antinatural de personajes
caricaturescos, un mundo tan ficticio y acartonado, como el del Pato Donald. Con
respecto a la novela de dictador, la inversión presente en El derecho de asilo
es análoga a la ocurrida en el teatro francés entre los siglos diecisiete y
dieciocho, cuando el criado se convierte eventualmente en el protagonista (el
mejor ejemplo se encuentra en la obra de Beaumarchais). En el caso de la novela
ocurre algo semejante, a medida que nos desplazamos de la novela de caballería
a la picaresca. En todos estos casos, la transición es hacia el humorismo. El
mundo del Secretario es cómico porque la figura central no representa la
autoridad, sino la abdicación de la autoridad, no el saber absoluto, sino la
dispersión y la crítica.(13) La
ideología decimonónica que vinculaba la cultura con la naturaleza se revela en
la ficción madura de Carpentier como un sistema de lugares comunes, de metáforas
desfondadas; se trataba, entre otras cosas, de un intento de circunvalar toda
mediación, todos los códigos erigidos por la experiencia social y política de
la humanidad para procesar e interpretar el mundo. La literatura postmodema, y
en especial la de Carpentier, demuestra la artificialidad de estos códigos, su
convencionalismo, así como la imposibilidad de acceso directo a lo natural. Uno
de esos códigos es, por supuesto, la literatura. El tema del exilio promete una
visión privilegiada que comprende tanto la proximidad como la distancia del
origen, una suerte de visión doble cuya más perfecta analogia es la
literatura. Pero El derecho de asilo demuestra que la literatura y el exilio
poseen sus propias mediaciones: la tendencia persistente a construir modelos a
escala reducida cuya finalidad parecería ser poner de manifiesto sus propias
evoluciones, suministrar placer y solaz para compensar por la ausencia de un
pasado recuperable sugerir, tal vez, que toda vida se desarrolla en un vacío
desde el cual sólo somos capaces de aprehender esos modelos a escala, nunca la
realidad que ellos representan de manera siempre imperfecta. La
analogía entre la literatura y los juguetes es inevitable y es, además, una
que, estoy seguro, no le hubiera desagradado a Carpentier. La literatura da
acceso a un tipo de saber que le es idóneo, como también lo hacen los
juguetes; un saber basado en erección de modelos concretos, físicos,
sensuales, que posibilitan el acceso a la belleza y a cierto tipo de sabiduría.
Algunos podrán, a fin de cuentas, abandonar los juguetes, pero la literatura,
el arte, los reemplazan como formas de representación que le dan substancia a
nuestras ideas y deseos. El artificio literario consiste, sin embargo, en
recordarnos continuamente su artificialidad, en concedemos de vez en cuando el
placer de sus contradictorios ardides de auto-negación. A pesar de la crítica
política detectable a un nivel elemental en El derecho de asilo, más allá de
su preocupación por las condiciones de la cultura y la política
latinoamericanas, el universo que se vislumbra en el relato de Carpentier no es
muy distinto del anunciado por Roland Barthes en Le plaisir du texte: un refugio
materno (santuario), atiborrado de juguetes y textos. El
proceso mediante el cual El derecho de asilo socava las pretensiones tanto de la
política como de la literatura nos lleva a la conclusión de que el mismo
relato se encuentra en contradicción con el proclamado compromiso político de
Carpentier durante los años sesenta y setenta. Su crítica al panamericanismo
-así como a la Alianza para el Progreso- como estrategias concebidas para
enmascarar el imperialismo americano es tan radical, que el relato conduce
inevitablemente a la conclusión de que toda actividad política, no sólo ésas,
consiste en la creación de un sistema de signos cuyo fin es engañar, más que
iluminar, y mucho menos dirigir; en distraer la atención más que enfocarla en
una verdad provechosa. No parece haber un mundo real, un original, una verdad
con respecto a la cual pueda medirse la validez de estos signos, y aunque la
literatura parece ser capaz de desmitificarlos, parece estar también demasiado
implicada en el mismo proceso de distorsiones y desvíos para erigirse en
autoridad. No parece haber escapatoria de este círculo más que vicioso,
viciado) al igual que el trencito de juguete de la ferretería, damos vueltas y
vueltas sin cesar y sin destino. Aunque
podría parecer que el tipo de desmitificación que El derecho de asilo lleva a
cabo le niega toda especificidad a la literatura latinoamericana, me parece que
es exactamente lo contrario. El elemento crítico de la historia propone un mito
literario fundacional latinoamericano -el exilio- y muestra cómo este mito,
engendra literatura a través de un proceso de contradicción y auto-negación.
Las críticas de este tipo no sólo parte de la literatura moderna, son la
literatura moderna misma, y lo siguen siendo en la postmoderna, pero en el tono
desenfadado y hasta jocoso de El derecho de asilo . La
reciente revelación de que Carpentier no había nacido en Cuba, sino en
Lausana, Suiza, y que por lo tanto mintió toda su vida sobre el asunto, le
confiere un interés especial a El derecho de asilo. El relato trata, en gran
medida, sobre el tema de Nota
de las editoras: Este artículo forma parte de La voz de los maestros,
versión castellana de The Voice of the Masters, que publicará en
octubre la editorial Verbum de Madrid. N
o t a s (1).
El epígrafe de este ensayo procede del prólogo de Gabriel García Márquez at
texto ¡Exilio! por Lisandro Chávez Alfaro et.al. (México: Tinta Libre, 1977),
p.10. (2).
Octavio Paz, "Palabras at simposio," en El artista latinoamericano y
su identidad, ed. Damián Bayón (Caracas: Monte Avila, 1977), p.23. (3).
José Martí, "Nuestra América," en Páginas escogidas, ed. Alfonso
M. Escudero (Madrid: Espasa Calpe, 1953; reimpreso, 1971, p. 117-24. (4).
Harry Levin, "Literature and Exile," en Essays in Comparative
Literature, ed. Herbert Dieckmann ( St. Louis: Washington University Studies,
1961), p.5. La bibliografía sobre el exilio en relación a la literatura en
lengua española es inmensa, comenzando por el clásico estudio de Vicente
Llorens, Liberales y románticos: una emigración española en Inglaterra,
1823-1834, 2a. ed. (Madrid: Castalia, 1968). Literature and Inner Exile:
Authoritarian Spain, 1939-1975 (Baltimore, Md.: John Hopkins University Press,
1980), de Paul Ilie, es un valioso estudio temático, aunque limitado dada su
exclusión de autores latinoamericanos, lo que, más que reflejar el trabajo de
los escritores hispanohablantes, representa una limitación del hispanismo
norteamericano. Un número reciente de Review (Center for Inter-American
Relations), no. 30 (1981), contiene apasionantes ensayos de Angel Rama, Julio
Cortázar, Augusto Roa Bastos y Fernando Alegría, sobre cuestiones relativas at
exilio. Los directores de este número excluyeron, sin embargo, a los escritores
cubanos exiliados, lo que dio pie a amarga controversia y a mereciclas críticas.
(5).
Las citas del texto original provienen de la primera edición de El derecho de
asilo (Barcelona: Editorial Lumen, 1972). Me ha sido de gran utilidad la astuta
lectura de S. Jiménez Fajardo en "Carpentier's El derecho de asilo: A Game
Theory," en el Journal of Spanish Studies-Twentieth Century 6 (1978):
193-206 y, sobre todo, el trabajo de Eduardo González, Alejo Carpentier: el
tiempo del hombre (Caracas: Monte Avila, 1978). (6).
Sharon Magnarelli, "El camino de Santiago" de Alejo Carpentier, y la
picaresca," Revista lberoamericana 40 (1974): 65-86. (7).
Indiano es el término con el que los espñoles que regresaban de Latinoamérica
eran denominados. Se convirtieron en un popular tipo literario. (8).
Carpentier salió at exilio en 1928, huyendo de la dictadura de Gerardo Machado
en Cuba. Es por supuesto, irónico que la primera conferencia Panamericana haya
tomado lugar en una Habana desgarrada por la represión de Machado y por la
oposición organizada contra él, mayormente por los estudiantes. Cuando la
conferenea de 1948 tomó lugar en Bogotá, Carpentier estaba en Caracas. Durante
el curso de la conferencia ocurrió el bogotazo. La conferencia de 1954 fue
convocada en Caracas mientras Carpentier vivía allí. Para la fecha en que se
publicó "El derecho de asilo," Cuba había sido expulsada de la
Organización de los Estados Americanos en la conferencia de Punta del Este. (9).
Un estudio fundamental de la influencia americana en Latinoamórica a través de
la cultura popular, particularmente los comics, fue publicado en 1971 (Para leer
el Pato Donald Ediciones Universitarias de Valparaiso), por Ariel Dorfman y
Armand Mattelar. El aspecto más interesante de este estudio, en mi opinión, es
el análisis de las estructuras de parentesco en el mundo del Pato Donald, que
resultan antinaturales, en tanto que carecen de una clara genealogía. La crítica
de Carpentier es más amplia y, a la vez, menos virulenta. Parece estar
diciendo, por una parte, que las instituciones nacionales latinoamericanas están
siendo sustituidas por las americanas, por una parte, y que éstas trivializan
la existencia, al convertirla en una especie de reino de juguete. Al mismo
tiempo, sin embargo, Carpentier demuestra que los componentes de estas nuevas
instituciones ostentan los mismos tipos de codificación que las antiguas y que
pueden, por to tanto, ser utilizadas para pensar y criticar el mundo de la misma
manera. El análisis de Dorfman y Mattelart parecería confirmar esto. (10).
Estoy en deuda, en mi lectura del episodio de Paolo y Francesca, con el ensayo
de Renato Poggioli, "Paolo y Francesca," en Dante: 4 Collection of
Critical Essays, ed. John Freccero (Englewood Cliffs, N.J.: Prentice Hall,
1965), p. 61-77. (11).
Hay alusiones en la historia no sólo at panamericanismo, sino también a la
Alianza Para el Progreso 1928, incidentalmente, fue el año del primer vuelo
intemacional de la recién creada Pan American Airways. El vuelo tuvo lugar
entre Cayo Hueso y La Habana, y el avión, un Ford Trimotor Ilamado el
"General Machado"). (12).
Mi análisis de la figura del secretario le debe a "La Pharmacie de
Platon," de Jacques Derrida en su Dissémination. Roberto
Gonzádez Echevarría Yale University Publicación enviada por Roberto González Echevarría Contactar mailto:roberto.echevarria@yale.edu Código ISPN de la Publicación EpyAkppAApXthnNewt Publicado Tuesday 18 de November de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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