Monografias | La Familia IILa Familia IIResumen: Aguascalientes. La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad Matrimonio. Patria potestad. Anulación del matrimonio. Derecho matrimonial. El hijo: el don mas excelente. La familia, don para la sociedad. Registro Civil. Esperanza de la humanidad. La familia cristiana. Capítulo I. Artículo 4to.- La familia constituye la base fundamental de la sociedad.
Cualquierdoctrina o credo que en alguna forma, mine sus cimientos, se considerará
atentatoriade la integración misma del Estado. Por la misma razón, el hogar y particularmente, los niños,
serán objeto de especialprotección por parte de las autoridades. Toda medida o
disposición protectoras de lafamilia y la niñez, se considerarán de orden público. Cardenal Alfonso López Trujillo Presidente del Pontificio Consejo para la Familia LA FAMILIA: DON Y COMPROMISO, ESPERANZA DE
LA HUMANIDAD Introducción 2. DON Y COMPROMISO La familia, fundada sobre el matrimonio, comunidad de vida y de amor, (de
"toda la vida"en la presentación del Código de Derecho Canónico,
can. 1055), tiene su "elementoindispensable", que "hace el
matrimonio" en el intercambio de consentimientos (cf.C.E.C., n. 1626). El consentimiento, observa el Catecismo de la Iglesia Católica, consiste en
un "actohumano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente"
(GS 48) (C.E.C., n.1627). Ese otorgarse recíprocamente se hace por medio de la
palabra como solemnepromesa, que va acompañada por gestos que subrayan esa
voluntad de mutua entrega.El don que se ofrece, la misma persona, asume la
categoría de don cuando es acogido-agrega el Catecismo-. "Yo te recibo
como esposa" - "yo te recibo como esposo". Esteconsentimiento que
une a los esposos entre si, encuentra su plenitud en el hecho de quelos dos
"vienen a formar una sola carne" (C.E.C., n. 1627). El consentimiento, como expresión de este don, que hace el matrimonio,
"la alianzamatrimonial" y constituye un consorcio de toda la
vida" (C.E.C., n. 1601) es un don enDios. En El tiene su fuente y su autor.
Cuando los esposos se otorgan el uno al otro,llegan a ser un regalo de Cristo
que dona el hombre a la mujer y la mujer al hombre. Es"una íntima
comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador… El mismoDios es el
autor del matrimonio"(GS 48). En el matrimonio, recuerda el
ConcilioVaticano II, "El Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia
sale al encuentro de losesposos cristianos" (GS 48). Es ese el proyecto de la creación querido por Dios al
inicio, que el Señor santificasolemnemente y eleva a la dignidad de sacramento.
Es Dios quien une en el matrimonio,en esa comunidad "estructurada con leyes
propias", como instituido "establecido porordenamiento divino",
que no depende del arbitrio humano" (cf. C.E.C., n. 1603). Sonbien
conocidos los pasajes de la teología bíblica que muestran, dentro del marco de
unadefinida antropología, cómo está anclada en el corazón del ser humano la
llamada acompartir, a la complementariedad, a una acogida, en la realidad de la
primera pareja.En esta unión, cuyo autor es Dios, El mismo se compromete y se
proyecta en elhorizonte de la Alianza de Dios con la humanidad, de Cristo con la
Iglesia. Con especialfuerza ha escrito Max Thurian: "No es un simple
contrato que se relaciona con unafidelidad recíproca. Dios en persona realiza
este misterio de unión y le da una seguridadante los peligros de
desgarramiento. Es la característica primordial del matrimoniocristiano. El
matrimonio es la unión en Dios y por Dios…"7. El matrimonio cristiano tiene una relación directa con la
Alianza de Cristo. En tal sentidoel consentimiento no es un acto entre dos sino
"triangular" (en la expresión de CarloRocchetta), como un "Sí"
dicho al interno del "Sí" de Cristo y a la Iglesia. Elconsentimiento
de los esposos no puede ser separado de la adhesión a Cristo. "Eltradere
se ipsum de Cristo a la Iglesia viene a configurar en profundidad el tradere
seipsum de los esposos"8. Lo que Dios ha unido hasta volverse "una sola
carne" el hombre no puede someterlo asus caprichos ni invocar arbitrio
alguno. El matrimonio no es un consenso, fruto decambiantes acuerdos humanos,
sino una institución que hunde sus raíces en el terrenode lo sagrado: la misma
voluntad del Creador. No es gracioso regalo de losparlamentos, logro de los
legisladores en las estratagemas políticas. El pleno señorío aDios pertenece
y es El quien sale al paso y ofrece el don. Comenta Joachim Gnilka:
"Elhombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt.19,6) es comprensible
solamente si sepuede partir del presupuesto que es Dios quien une toda pareja de
esposos"9. El don expresado en el consentimiento "personal e
irrevocable", que establece laAlianza del matrimonio, lleva el sello y la
calidad de una donación definitiva y total de unoal otro (cf. C.E.C, n. 2364). La donación hasta formar "una sola carne" es un
otorgarse personal, no se ofrecencosas, que se articula en la palabra-promesa y
se funda en el Señor. Porque es unadonación personal, no entra en juego, en su
proyecto original, la dialéctica de laposesión, del dominio. Por ello no es
destrucción de la persona, sino realización de lamisma en la dialéctica del
amor, que no ve en el otro una cosa, un instrumento que seposee, se usa, sino el
misterio de la persona en cuyo rostro se delinean los perfiles de la imagen de
Dios. Sólo una adecuada concepción de la "verdad del hombre", de
laantropología que defiende la dignidad del hombre y de la mujer, permite
superarplenamente la tentación de tratar al otro como cosa y de interpretar el
amor como unaempresa de seducción. No es un amor que degrada, elimina, sino que
exalta y realiza.Solo así se descifra e interpreta esta categoría del don, que
libera del egoísmo, de unamor vacío de contenido, que es insuficiente e
instrumentalización, y que liga la uniónsimplemente a un gozo sin
responsabilidad, sin continuidad, que es ejercicio de unalibertad que se degrada
lejos de la verdad. Se impone, con toda fuerza la categórica declaración
Conciliar: "El hombre que es en latierra la sola creatura que Dios ha
querido por sí misma no puede encontrarseplenamente sino a través del don
sincero de Sí mismo" (GS 24). Tiene, pues, la dignidad de fin, no de
instrumento o cosa, y en su calidad de persona es capaz de darse, no solo de
dar. Los esposos en esa entrega recíproca, en la dialéctica de
una entrega total, "forman una sola carne", una unidad de personas
"communio personarum", desde su propio ser, enla unidad de cuerpos y
espíritus. Se dan con la energía espiritual y de sus propioscuerpos en la
realidad de un amor en el cual el sexo está al servicio de un lenguaje
queexpresa esa entrega. El sexo, como recuerda la Exhortación Apostólica
FamiliarisConsortio, es un instrumento y signo de recíproca donación: "la
sexualidad mediante lacual el hombre y la mujer se dan uno a otro, con los actos
propios y exclusivos de losesposos, no es en efecto algo de puramente biológico
sino que afecta al núcleo íntimode la persona humana en cuanto tal. Ella se
realiza de modo verdaderamente humano,solamente cuando es parte integral del
amor con el que el hombre y la mujer secomprometen totalmente entre sí hasta la
muerte (FC 11). Es bien difícil abordar toda la riqueza que contiene la
expresión "una sola carne", en ellenguaje bíblico. En la Carta a las
Familias, el Santo Padre profundiza en su significación a la luz de los valores
de la "persona" y del "don", como lo hará también en
relación conel acto conyugal, que está ya incluido en esta concepción de la
Sagrada Escritura. Así escribe el Papa, quien ofrece, en diferentes escritos,
un cuidadoso análisis, en laGratissimam sane: "El Concilio Vaticano II,
particularmente atento al problema delhombre y de su vocación, afirma que la
unión conyugal -significada en la expresiónbíblica "una sola
carne"-,no puede ser comprendida y explicada plenamente sinorecurriendo a
los valores de la "persona" y del "don". Cada hombre y cada
mujer serealizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para
los esposos, elmomento de la unión conyugal constituye una experiencia
particularísima de ello. Esentonces cuando el hombre y la mujer, en la
"verdad" de su masculinidad y de sufeminidad, se convierten en entrega
recíproca. Toda la vida en el matrimonio es un don,pero esto se hace
singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndoserecíprocamente en el
amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos "una solacarne"
(Gen. 2,24). Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad,incluso
por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En
aquelmomento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el
proceso deuna nueva existencia humana que después se de-arrollará en el seno
de la mujer" (Grat. sane, 12) En esta perspectiva, y comentando el "misterio de la
feminidad", en su Catequesissobre el amor humano, Juan Pablo II, observa
(en relación con Génesis 4,1): "El misterio de la feminidad se manifiesta
y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, comodice el texto: "la
cual concibió y dio a luz". La mujer está de frente al hombre comomadre,
sujeto de la nueva vida humana que en ella es concebida y se desarrolla, y
deella nace al mundo. Así también se revela en profundidad el misterio de la
masculinidaddel hombre, es decir, el significado generador y paterno de su
cuerpo". Y luego subraya:"La paternidad es uno de los aspectos de la
humanidad más sobresalientes en laSagrada Escritura"10. Sobre el tema
tornaremos al examinar el don del hijo. A la luz de la teología de la donación, reflexiona el Papa
sobre el lenguaje del cuerpo yen el conjunto de su expresividad y significación
como don personal de la personahumana. "Como ministros de un sacramento que
se constituye a través delconsentimiento, y se perfecciona a través de la unión
conyugal, el hombre y la mujer son llamados a expresar ese misterioso lenguaje
de sus cuerpos en toda la verdad que le es propia. Por medio de gestos y de
reacciones, por medio de todo el dinamismo,recíprocamente condicionado, de la
tensión y del gozo, a través de esto habla el hombre, la persona (…). Y,
precisamente en el nivel de este "lenguaje del cuerpo" -que es algo más
de la sola reactividad sexual y que, como auténtico lenguaje de las personas,
está puesto bajo la exigencia de la verdad, es decir, a normas objetivas-, el
hombre y la mujer se expresan recíprocamente a ellos mismos en el modo más
pleno y profundo, encuanto le es consentido por la misma dimensión somática de
la masculinidad y feminidad: el hombre y la mujer se expresan ellos mismos en la
medida de toda la verdad de sus personas"11. Esa relación y dimensión
personal, así expresada, en "una sola carne", dice relación a Dios
mismo, en cuanto la pareja, como tal, es imagen de Dios. "Podemos deducir
que el hombre se ha vuelto imagen y semejanza de Dios, no solamente a través de
la propia humanidad, sino a través de la comunión de las personas"12. Es esta verdad que enaltece y dignifica lo que debiera ser
transmitido en un contenido digno de tal nombre, en la educación sexual, que señala
la grandeza de la sexualidad, en su dimensión personal, como un lenguaje de
amor: donación aceptación - compromiso, que no encierra las personas en sí
mismas, o en un ciclo cerrado de goce, sin apertura, sino que se levanta hacia
Dios y adquiere nuevas dimensiones de eternidad, es decir, que no se
circunscribe a actos perecederos que el tiempo borra y quizás sufre en la
memoria el desgaste del tiempo, sino que se eleva hasta la fuente misma del
amor. Esa expresión en un lenguaje humano, personal, de totalidad,
¿cómo no ha de marcar la existencia, en un sentido de profundo compromiso?. De
alguna manera, aún después de la muerte de uno de los cónyuges, algo de esa
relación permanece. No entramos ni de lejos a discutir el derecho que asiste al
viudo o a la viuda para casarse de nuevo. Sin embargo, pensando sobre todo en
ciertas oraciones bien significativas de la Liturgia Oriental, en el caso de
nuevas nupcias, en las que no hay propiamente palabras de encomio, sino como de
permisión, de tolerancia, me parece que se abre una pista de explicación por
el tipo de relación asumida y que no es propiamente indiferente para la ersona
que se ha sumergido en la corriente del don. Es preciso rescatar el sentido de la entrega, liberarlo, de
una cultura que atenta contra la dignidad del hombre y de la mujer y que
destruye la relación personal de los esposos, como si el proceso de la entrega
no respondiera a resortes profundos de la personalidad y como si una ciencia,
digna de tal nombre, no pudiera venir en ayuda de la verdad del hombre. No es el momento de introducirnos en consideraciones que
nuestro Dicasterio ha hecho en el Documento que lleva este título, como
enunciación de su contenido central: "Sexualidad Humana: Verdad y Significado". Esta
perspectiva es también reconocida fundamentalmente por las conquistas de la razón,
por los logros de una ciencia que se acerca de verdad al ser del hombre. Una
proyección que supera el egoísmo y tiende al otro, es altruista, no es extraña,
v.g., al pensamiento de Freud. Hoy se puede hacer la denuncia de una tal
banalización del sexo que se detiene en estadios y etapas previas, en donde el
egoísmo encierra y aisla, con la modalidad de una inmadurez que destruye el
lenguaje del amor, la verdad y cobra su víctima en el mismo hombre y en la
mujer. Muchas veces acceden al matrimonio con una personalidad
severamente lesionada por una cultura falseada, que es como una bomba de tiempo
para el mismo matrimonio. El hecho de que el lenguaje sexual, como
comportamiento armónico y articulado, que está al inicio de la verdad, no debe
reducirse a lo meramente biológico, es, a veces, traducido por escritores de la
calidad de Marguerite Yourcenar en sus "Memorias de Adriano".
Permitidme recoger algunas de sus expresiones que, me parece, ilustrarían la
verdad que el magisterio quiere transmitir. El lenguaje de los gestos, de los
contactos,pasa de la periferia de nuestro universo a su centro y se vuelve más
indispensable quenosotros mismos, y tiene lugar el prodigio admirable, en el que
veo más una asunción de la carne por el espíritu que un simple juego de la
carne, en una especie de misterio de la dignidad del otro que consiste en
ofrecerme ese punto de apoyo de otro mundo13. Hay entonces como una intuición, no exclusiva del universo
de la fe, que restituye al sexo su grandeza y lo rescata del vaciamiento y de un
uso instrumental que en la cultura del consumismo se parece mucho a lo
desechable: ¡se usa y se bota!. Es la globalidad de la persona la que está en
juego y sus actos no le son exteriores, como si pudieran ser atribuibles a otro,
en una forma de "irresponsabilidad" básica e infantil. El hombre que
se siente incapaz o inseguro de responder por sus actos, que asumen el tono de
juegos provocados por un ser somnoliento. Retornemos a un pensamiento de M. Yourcenar que transmite
bien una impresión ética: "Yo no soy de aquéllos que dicen que sus acciones no se
les parecen. Deben parecerse, porque las acciones son la sola medida y el único
medio de diseñarme en la memoria de los hombres o en la mía propia… No hay
entre yo y los actos de los que soy hecho, un hiato indefinible, y la prueba, es
lo que yo pruebo sin cesar en la necesidad de pesarlos, de explicarlos, de dar
cuenta de ellos a mi mismo"14. En el lenguaje sexual se expresa el hombre, de alguna manera
se diseña y se modela, y configura su destino. El don, la verdad del mismo y su
sentido adquieren una estatura y proporción dignas del hombre. Por eso la
Familiaris Consortio subraya este valor sin el cual el sexo se vacía, pierde su
verdad, hasta volverse caricatura y mueca que lacera y desfigura lo que debe
brillar en el misterio de una carne: "el amor conyugal comporta una
totalidad donde entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y
del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu
y de la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de
la unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una
sola alma" (FC 13). El Consentimiento, el don recíproco, -recordábamos antes-
es "personal e irrevocable"; la donación es "definitiva y
total". Su lugar noble, propio, único es el matrimonio. ¡En éste la
donación es verdad!. Podríamos decir que lo definitivo es una calidad de la
totalidad de la donación. Es la superación de una entrega parcial, a pedazos,
por "cómodas cuotas" que son homenajes al egoísmo, al amor opacado
por la realidad del pecado. Un amor así, a trozos, pierde hondura,
espontaneidad y poesía. Entre los novios es otra la tonalidad. El amor que se
promete o tiene ansias de duración, de "eternidad" o en el fondo no
existe. La entrega es por toda la vida y sobre todas las
circunstancias. Asegura contra lo provisorio, contra el desgaste, contra la
mentira. ¿Qué, decir de quienes, como un nuevo paso de "pluralismo"
y de actitud complaciente en el campo jurídico, se proponen ensayar
legislaciones de matrimonios ad tempus, de comuniones temporales?. "Afirmar
que el amor es elemento constitutivo del matrimonio es sostener que de no haber
existido aquella mutua entrega irrevocable, no existiría entre los esposos el
"foedus coniugale". Las leyes, por tanto, de unidad e indisolubilidad
no son exigencias extrínsecas al matrimonio, sino que nacen de su mismo ser. Y
así, el amor constituyente ha de ser amor conyugal, exclusivo e
indisoluble"15. Matrimonio, es la unión estable
entre hombre y mujer, convenida de acuerdo con la ley, regulada y ordenada a la
creación de una familia. No se trata de una creación técnica del Derecho,
sino de una institución natural que el ordenamiento regula en interés de la
sociedad. Son caracteres del matrimonio según la concepción corriente en los países
civilizados: a) constituir un vínculo habitual con vocación de permanencia,
dirigido, por su propia finalidad, a la convivencia y colaboración de los cónyuges
en un hogar, formando una familia en cuyo seno nacerán y se criarán los hijos
si los hubiere, y b) resultar de un acto jurídico bilateral celebrado en un
concreto momento: la boda. Este acto se halla regulado, con carácter solemne,
por la ley como creador exclusivo del vínculo reconocido por el Estado. Hay en la disciplina del matrimonio, muy influida por el aporte del
cristianismo a la cultura jurídica, un doble aspecto: el de la celebración
como acto (intercambio de consentimientos en forma legal) por causa del cual
nace el estado de cónyuge; y el del estado civil creado, situación de duración
indefinida producida por la manifestación de tal voluntad. El modelo actual de matrimonio, en el cual el vínculo procede de un acuerdo
de voluntades, no puede disolverse sin causa legal establecida por vía
judicial. El matrimonio requiere aptitud nupcial absoluta y relativa, cada contrayente
debe ser apto para casarse y debe poder casarse con la otra parte. En el primer
aspecto exige ser mayor de edad y tener libertad para casarse. La exigencia de
edad puede dispensarse a quienes tengan edad núbil, que se suele establecer en
los 14 años. En el segundo aspecto es impedimento u obstáculo la existencia de
un vínculo matrimonial anterior vigente, así como la existencia de un próximo
parentesco entre los contrayentes. Estos impedimentos son coincidentes en la práctica
en todos los sistemas matrimoniales, si bien en cada uno de éstos podemos
encontrar impedimentos especiales que responden a los fines de la sociedad civil
o religiosa en que se enmarcan. A fin de acreditar que reúnen las condiciones para el matrimonio los
contrayentes deben instar ante el juzgado u autoridad eclesiástica reconocida,
en los sistemas en que se aceptan varias formas de celebración con eficacia
civil, con jurisdicción a este efecto, la formación del expediente que
proceda, en el curso del cual se publica su intención de casarse. El matrimonio civil se autoriza por el juez encargado del Registro civil del
domicilio de cualquiera de los contrayentes, o por el alcalde en presencia de
dos testigos mayores de edad. Lo fundamental de la celebración del matrimonio es la manifestación del recíproco
consentimiento de los contrayentes. Dicha manifestación puede hacerse por medio
de un representante (matrimonio 'por poder') pero siempre que el poder se
otorgue para contraer con persona concreta, de modo que el representante se
limita a ser portavoz de una voluntad ajena plenamente formada. Se considera nulo, cualquiera que sea la forma de su celebración, el
matrimonio celebrado sin consentimiento matrimonial, expresión con la que se
alude al matrimonio simulado por acuerdo de ambas partes: por ejemplo, para
adquirir la nacionalidad por concesión o un derecho arrendatario, o para
rebajar el impuesto sucesorio. También son nulos los matrimonios que se
celebren entre personas para las que existe impedimento no dispensable. Aunque el matrimonio produce efectos civiles desde su celebración, sin
embargo para el pleno reconocimiento de los mismos será necesaria su inscripción
en el Registro civil, sea la practicada por el juez en el propio libro al
autorizar el matrimonio, sea transcribiendo un documento intermedio: el acta o
certificación correspondiente. Los denominados efectos personales del matrimonio se han visto afectados de
un modo muy profundo respecto de las situaciones y concepciones jurídicas
anteriores, pues hoy los derechos y deberes de los cónyuges son idénticos para
ambos y recíprocos, además de resultar una consecuencia directa de la superación
de la interpretación formal de la igualdad y la introducción de un concepto
sustantivo de la igualdad entre los cónyuges. Destacan entre ellos, aquellos
que coadyuvan a la creación, consecución y mantenimiento de una comunidad de
vida. Así, los cónyuges están obligados a vivir juntos en el domicilio que
ambos fijen de común acuerdo; deben respetarse, ayudarse y gobernar de forma
conjunta su hogar; deben guardarse fidelidad; y en consecuencia y a su vez como
paradigma de conducta, deben subordinar sus actuaciones individuales y
acomodarlas al interés de la familia. Sin perjuicio de la posibilidad lógica de que entre ellos se dé una
especialización de funciones e incluso una división del trabajo, que varía en
función de que la mujer y el marido trabajen fuera del hogar, ambos o uno solo
de ellos, los cónyuges deben prestar su concurso económico destinado al
levantamiento de las cargas familiares, conforme a un criterio de
proporcionalidad para con sus respectivos ingresos y recursos patrimoniales
dentro de las reglas específicas del régimen económico matrimonial que rija
entre ellos. A ambos compete por igual el ejercicio de la patria potestad sobre sus hijos
menores o incapacitados y las funciones específicas de alimentarlos, cuidarlos
y educarlos conforme a su capacidad y recursos económicos, obrando en todo caso
y en primer término en interés del hijo. Patria potestad, se llama así a la relación
paternofilial que tiene por núcleo el deber de los padres de criar y educar a
sus hijos. La potestad sobre los hijos era, en el Derecho romano, un poder
absoluto del padre creado en beneficio de la familia, no de los hijos. Hoy, por
el contrario, es un rasgo constitutivo esencial de la patria potestad su carácter
altruista. La patria potestad se ejercerá en beneficio de los hijos, de acuerdo
con su personalidad. Corresponde la patria potestad por igual a los progenitores, y esto implica
que, viviendo juntos, las decisiones concernientes a los hijos no emancipados
habrán de ser adoptadas de común acuerdo. En caso de desacuerdo, cualquiera de
ellos podrá acudir al juez, quien atribuirá a uno solo la facultad de decidir.
Si se mantienen los desacuerdos, podrá atribuir la potestad a uno o repartir
entre ellos sus funciones. Si los padres se hallan separados, se ejercerá por
aquél que conviva con el hijo, con la participación del otro que fije el juez. La patria potestad la reciben los padres en el momento de nacer el hijo; si
éste es extramatrimonial, en cuanto lo reconocen. Se pierde la potestad sobre el menor por incumplir los deberes inherentes a
ella, como consecuencia de una condena penal, o de la separación, disolución o
nulidad del matrimonio. Se extingue por alcanzar el hijo la mayoría de edad o
por la emancipación. Anulación del matrimonio, el matrimonio es nulo
cuando faltan, bien el consentimiento o cuando hay vicio en éste, afecte a la
forma o a los presupuestos esenciales para su validez. El régimen de nulidad,
ante la vigencia del matrimonio, es de muy escasa aplicación pues la declaración
de inexistencia del matrimonio, que por lo general se reclama con el fin de
celebrar otro, puede resultar en el aspecto procesal más engorrosa para los
litigantes que el divorcio. La nulidad del matrimonio tiene que ser declarada por el juez y por ello en
los sistemas en que se admiten diversas formas de celebración del matrimonio
(religiosa y civil) el pronunciamiento suele reservarse a la jurisdicción que
se corresponda con el de la forma de celebración. La nulidad civil se puede
pedir por cualquier persona que tenga interés directo y legítimo en ella, en
los supuestos de falta esencial de forma o presencia de impedimentos, es decir,
en aquellos casos en los que el defecto aparece de modo objetivo y desvinculado
de la voluntad de los contrayentes; así también cuando la voluntad falta de
modo absoluto, como en el caso de la simulación. Se restringe la legitimación
para pedir la nulidad en los supuestos de falta de edad (sólo corresponde a los
propios contrayentes o los padres, tutores o guardadores) y en aquellos donde se
aprecian vicios de consentimiento. La declaración de nulidad del matrimonio no
invalidará los efectos ya producidos respecto de los hijos y del contrayente o
contrayentes de buena fe. Los primeros se tendrán, en todo caso y a todos los
efectos, como hijos matrimoniales. La declaración de nulidad del matrimonio
extingue el régimen económico matrimonial. Al contrayente de buena fe la ley
suele concederle una posición preferente en materia de liquidación del régimen
económico matrimonial, y el cónyuge de buena fe tiene derecho a una
indemnización por haber existido convivencia conyugal. Derecho matrimonial, aspecto del Derecho civil
y, muy en concreto, del Derecho de familia, integrado por el conjunto de normas
que se ocupa del matrimonio como fenómeno jurídico e institución en todas sus
vertientes. Los principales asuntos sobre los que trata son: matrimonio
—requisitos, forma de celebración, clases—, derechos y deberes de los cónyuges
—respeto, ayuda mutua, fidelidad, convivencia—, nulidad, separación y
disolución del matrimonio; régimen económico conyugal: normas generales,
clases de regímenes matrimoniales, gestión y administración de los mismos,
bienes que los integran, cargas y obligaciones y disolución. Esponsales, promesa formal de contraer un futuro matrimonio; por lo
general esta promesa se enmarca dentro de un acuerdo jurídico más amplio
(capitulaciones matrimoniales) donde se contempla, entre otros muchos y variados
temas, el régimen económico que regirá el futuro matrimonio y las
aportaciones patrimoniales que efectuarán a la futura economía familiar los
parientes de uno y otro esposo. Los esponsales tuvieron una gran importancia en
la edad media por intervenir en la política matrimonial de las casas reales y
nobiliarias europeas, y desde la baja edad media y el renacimiento también
fueron un procedimiento fundamental para la alta burguesía, así como para las
relaciones de una clase con la otra de las contempladas. La celebración de
esponsales (salvo en el Derecho canónico medieval: esponsales de presente) no
obligan a los que los contraen a casarse entre sí, ni generan ningún vínculo
que dé lugar a impedimento matrimonial; tan sólo obligan a resarcir al
incumplidor, en todo caso, de los gastos efectuados con ocasión del matrimonio
proyectado y a indemnizar, cuando proceda, por las obligaciones contraídas con
idéntico fin. La acción que surge de la negativa a contraer matrimonio caduca
al año de la manifestación de la misma. El matrimonio lleva la garantía de la estabilidad, de lo permanente, de la
perpetuidad. Podríamos decir que el don recíproco "que liga más fuerte y
profundamente que todo lo que puede ser adquirido al precio que sea" (Grat.
sane, n. 11), se expresa en una palabra de compromiso. A. Quilici observa:
"uno no se da verdaderamente sino cuando primero y en verdad da su palabra.
Si no eso se parece a una suerte de violación. El don del cuerpo no es
verdaderamente humano sino en la medida en que cada uno da su acuerdo, en la
medida en que cada uno ha permitido ir más allá en el diálogo, hasta la última
intimidad"16. Es una palabra expresiva, que permanece y que compromete
profundamente a los esposos, de tal manera que una donación limitada
voluntariamente en el tiempo desdibuja la misma calidad de un don total. La
palabra expresa un sí profundo que surge de la raíz de un amor que quiere ser
fiel a lo largo del tiempo. Así caracteriza el cardenal Ratzinger ese "Sí":
"El hombre, en su totalidad, incluye la dimensión temporal. Además, el
"sí" de un ser humano supera a la vez este tiempo. En su
integralidad, el "sí" significa: siempre. El constituye el espacio de
la fidelidad … la libertad del "sí" se hace sentir como una
libertad delante de lo definitivo"17. El amor18 no está necesariamente
sometido a la degradación del tiempo, como en las cosas que se desgastan y
pierden paulatinamente su energía. No cae en la órbita de la ley de la entropía.
El tiempo puede ayudar al crecimiento, a madurar delante de Dios, a hacer del
amor un compromiso más serio y hondo. Escuché, en Caná una hermosa promesa y
expresión de unos esposos avanzados en años: "te amo más que ayer, pero
menos que mañana". La alegría de la serenidad, de un testimonio que
recibe el espesor de los años, se descubre en tantos matrimonios de personas
ancianas en las cuales se conservan la frescura y la ternura afianzadas en el
tiempo. En virtud de la donación total se comprende mejor la
exigencia de la indisolubilidad que libera y protege el amor y que no es su
prisión o empobrecimiento. Es falso aquello de que el matrimonio es la tumba
del amor y que lo definitivo, su indisolubilidad, robe al amor su espontaneidad
y su dinámica. A ello lleva, sin duda, una cultura de lo perecedero, en la cual
la palabra se vacía y es por tanto liviana hasta la irresponsabilidad. No lleva
el peso de la verdad que no es caprichosa y cambiante como lo hace un falso
amor, que engaña. "La posible ausencia o debilitamiento de hecho en las
manifestaciones del amor conyugal no destruyen las propiedades y la tendencia
natural -si bien las pueden obstaculizar-, pues unas y otras reclamarán siempre
ser vivificadas por el amor conyugal"19. La donación total conduce a la exigencia de la fidelidad. Es
una forma concreta de don, que empeña y libera. Un amor fiel es también y
radicalmente indisoluble. Libera del temor de traicionar y ser traicionado y
suministra a la fuente de la vida, la garantía y la transparencia a la que
tienen derecho los hijos. Antonio Miralles escribe: "también la mutua donación
personal de los cónyuges exige la indisolubilidad del recíproco vínculo que
ellos han establecido con tal donación. Ella es total y por tanto excluye toda
provisoriedad, toda donación temporal. (…) el vínculo conyugal presenta un
carácter definitivo, en cuanto surge de una donación integral que comprende
también la temporalidad de la persona. El darse con la reserva de poder
desvincular en el futuro, significaría que la donación no es total, al
contrario de aquella que hace nacer un verdadero matrimonio"20. Cabe pues decir que la fidelidad, la indisolubilidad, el carácter
definitivo, son esenciales en la calidad del don. Aquí radica el compromiso, el
empeñar del don, empeño que se abre también y esencialmente al don de la vida
y que se vuelve testimonio público en la Iglesia y en la sociedad. Es luz,
llama puesta sobre el candelero. Es San Juan Crisóstomo quien comenta hermosamente el estilo
de esta donación en este consejo a la pareja: "Te he tomado en mis brazos,
te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, mi deseo más
ardiente es pasarla contigo de tal manera que estemos seguros de no estar
separados en la vida que nos está reservada… pongo tu amor por encima de
todo…"21. La duración, el carácter definitivo de la donación, en
virtud de su totalidad, conduce a la indisolubilidad que es atribuible al
matrimonio natural y que asume una dimensión más honda y expresiva en el
matrimonio cristiano, delante y bajo la mirada del Señor. Ya el matrimonio natural tenía "una cierta
sacramentalidad", en sentido amplio, como signo preanunciador del misterio
de tal unión esponsal, en la íntima unidad de una sola carne, inserta (de
alguna manera) en el misterio de la Alianza de Dios con la humanidad, en el
lenguaje de la creación, de Dios con su pueblo (cf. Os., 1-3), de Cristo con la
Iglesia22. "Maridos, amad a vuestras mujeres como el Mesías amó a la
Iglesia y se entregó por ella … Por eso dejará el hombre a su padre y a su
madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, (un solo ser). Este
misterio es grande; lo digo en referencia a Cristo y a la Iglesia" (Ef. 5, 25. 31-33). En este texto central de la Carta a los Efesios, en el versículo
25, el modelo es la entrega de Cristo, en el lenguaje del sacrificio en el que
se expresa el mayor amor, sin límites: ¡amor crucificado!. Ese "traditit semetipsum",
donación total y radical, que es el modelo,es el misterio fundamental que
abarca la alianza conyugal. El misterio (cf. v. 32), esreferido al proceso que
tiene su "tipo", su modelo en Cristo y la Iglesia. Hay que advertirque
al hablar de misterio, grande, (mega), se refiere el autor a la importancia del
mismo,a su fuerza expresiva, no a la oscuridad. El misterio de la unión
esponsal de Cristo y laIglesia es reproducido en el matrimonio del hombre y de
la mujer23 Estamos en el ámbito sagrado de una donación y una entrega
que adquiere su plenailuminación en Cristo, en su pasión redentora. Esto es
subrayado por el Concilio deTrento en la sesión XXIV, Denz. 969: "Gratiam
vero quae naturalem illum amoremperficeret, et indissolubilem unitatem
confirmaret, coniugesque sanctificaret: ipseChristus … sua nobis passione
promeruit". Max Zerwick, comentando el texto clave quenos ocupa, escribe:
"Siendo así, el matrimonio humano es algo más que una merafigura, cuando
se realiza entre miembros de Cristo: debe realizar la unión amorosa deCristo
con su Iglesia. Así pues, el matrimonio no es meramente figurativo, sino que
esuna participación real en lo que Pablo llama el gran misterio"24. El "tradere se ipsum" de cada uno de los cónyuges,
a semejanza de Cristo, observaCarlo Rocchetta, "es un acto de naturaleza
perpetua … un sacramento permanente"25. El consenso de los esposos que se dan y se reciben mutuamente
es sellado por elmismo Dios (cf. C.E.C., n. 1639). El vínculo del matrimonio
establecido por Dios esirrevocable, de tal manera que no está en el poder de la
Iglesia pronunciarse contra esadisposición de la sabiduría divina (cf. C.E.C.,
n. 1640). Está por desgracia muy difundida la idea de que el Papa y los Obispos
podrían, si superaran el rigorismo, introducir modificaciones y abrir las
puertas a soluciones, al menos en casos excepcionales. Hay que repetir esta
verdad con decisión y amor: eso no está en el poder de la Iglesia. Por tanto:
¡non possumus!. Y no podría pensarse que quedara sustraída a la divina
sabiduría la situación, así fuera excepcional, de una pareja. Retorna la
sentencia ligada al proyecto original y ratificado por Cristo: "lo que Dios
ha unido no lo separe el hombre". ¿Cómo,pues, introducir modificaciones
en nombre del Dios fiel a la Alianza que en sumisericordia tutela y preserva el
bien del matrimonio?. Se cree, por otra parte, que la indisolubilidad es una
exigencia ideal, pero irrealizable.¿Podría Dios cargar con semejante empeño,
con esta carga que por lo irrealizable seríaun peso inclemente e insoportable,
a los esposos?. El, el autor del matrimonio, que saleal paso, al encuentro de
los esposos cristianos, ofrece su gracia, su fuerza para que enla Iglesia doméstica
sean capaces de vivir en la dimensión del Reino. Es preciso reflexionar, llevados de la mano del Catecismo de
la Iglesia Católica, en toda la riqueza del matrimonio en el plan de Dios, a lo
largo de las consideraciones enmarcadas en el matrimonio en el orden de la
creación, bajo la esclavitud del pecado y el matrimonio en el Señor. El
proyecto original de Dios va en este sentido: "la vocación al matrimonio
se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de
la mano del Creador" (C.E.C., n. 1603). No es, pues, una institución
meramente humana, al arbitrio del hombre. Dios mismo es el autor del matrimonio
(cf. C.E.C., n. 1603). Lo natural en la comunidad de vida y amor conyugal, provista
de leyes propias, es acoger con alegría y confianza la voluntad de Dios. Bajo
la esclavitud del pecado, el matrimonio es amenazado por la discordia, el espíritu
de dominio, la infidelidad. Es un desorden (opuesto al orden original) que
"no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la
naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado" (C.E.C, n. 1607). Se
introducen rupturas, distorsiones, relaciones de dominio y concupiscencia, pero
"el orden de la creación subsiste, aunque gravemente perturbado. Es
necesaria la gracia y la misericordia de Dios para realizar la unión de sus
vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo"" (C.E.C.,
n. 1608). En la pedagogía de la antigua ley, "la conciencia moral relativa
a la unidad e indisolubilidad se desarrolló". El Señor "enseñó sin
ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer".
"La insistencia en la indisolubilidad del vínculo matrimonial corresponde
al restablecimiento del orden de la creación perturbado por el pecado (cf.
C.E.C., nn. 1614, 1615). En el matrimonio en el Señor, los
esposos,"siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos … podrán
comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de
Cristo" (C.E.C., n. 1615). 3. EL HIJO: EL DON MAS EXCELENTE San Agustín enseñaba: "Entre los bienes del matrimonio
ocupa el primer puesto la prole. Es verdaderamente el mismo Creador del género humano quien
en su bondad quiso servirse de los hombres como ministros para la propagación
de la vida…"26 Y laExhortación Apostólica Familiaris Consortio señala:
"La misión fundamental de la familia es realizar a lo largo de la historia
la bendición original del Creador,transmitiendo en las generaciones la imagen
divina de hombre a hombre" (FC 28). Son dos expresiones que es preciso
subrayar: los padres son ministros y servidores de la vida. La vida debe surgir en el matrimonio, como el lugar adecuado,
el más excelente, en donde la vida es deseada, amada, acogida y en donde se
realiza todo un proceso de formación integral. El Concilio Vaticano II expresa: "Por su naturaleza la
institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la
procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su
culminación" (GS 48). En la forma más expresiva indica que "los
hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho
al bien de los mismos padres" (GS 50). Hay que señalar que esta vigorosa
afirmación proviene del deseo personal del Santo Padre Pablo VI, de que fuera
incluida en el texto. El hijo es un don que surge del don mismo recíproco de
los esposos, como expresión y plenitud de su mutua entrega. Es una maravillosa
concatenación de dones que hermosamente hace resaltar el Catecismo de la
Iglesia Católica: "La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el
amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los
esposos, brota del corazón mismo de ese amor recíproco, del que es fruto y
cumplimiento. Por eso la Iglesia, que "está en favor de la vida" (FC
30), enseña que "todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión
de la vida" (HV 11) (…) el hombre no puede romper por iniciativa propia,
entre los dos significados del amor conyugal: el significado unitivo y el
significado procreador" (C.E.C., n. 2366). Y cita el Catecismo nuevamente
la Humanae Vitae: ""salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo
y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido del amor mutuo y
verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la
paternidad" (HV 12)" (C.E.C., n. 2369). Los hijos son un "un bien común de la futura
familia". Las palabras del consentimiento lo expresan: "Para mostrarlo
con evidencia, la Iglesia les pregunta (a los esposos) si están dispuestos a
acoger y educar cristianamente a los hijos que Dios quiera darles (…) La
paternidad y la maternidad representan una tarea de naturaleza no sólo física
sino espiritual" (Grat. sane, 10). Y más adelante enseña: "cuando
los esposos transmiten la vida a su hijo, un nuevo "tu" humano se
inscribe en la órbita de su "nosotros", una persona que llamaron con
un nombre nuevo…" (Grat. sane, 11). El Santo Padre ubica esta doctrina en el marco de la teología
del don de la persona, y en la perspectiva del Concilio, del "don más
precioso" (GS 50). La existencia del hijo es un don, el primer don del Creador a
la creatura: "El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno
materno, del parto, del nacimiento, de todo esto, sirve para crear como un
espacio apropiado para que la nueva creatura pueda manifestarse como un
don" (Grat. sane, 11). Don para los padres y para la sociedad y para los
miembros de la familia. "El niño se hace don de sí mismo a sus hermanos y
a sus padres y a toda la familia. Su vida se vuelve un don para los mismos
autores de la vida (Ibid). Es preciso respetar cuanto entraña el sentido del amor mutuo
y verdadero, el significado de la recíproca donación abierta a la vida. La
contracepción opone objetivamente un lenguaje contradictorio al lenguaje que
expresa una donación recíproca y total. El lenguaje se torna inexpresivo y,
por tanto, mentiroso. Un lenguaje que no es vehículo de la verdad, sino de la
mentira, en el desorden objetivo que la anticoncepción entraña se pone en
sentido contrario al amor (en cierta forma no logra siquiera tutelar el
"significado unitivo" en plenitud). Sólo el amor mutuo y verdadero
que expresa sin recortes la donación total, tiene la fuerza propia del amor
conyugal. Cuando la pareja libre y conscientemente se deja llevar por otra lógica,
y toma la vía sistemática de la contracepción, ¿no pone una especie de bomba
de tiempo a su propia unión conyugal? Con particular fuerza y claridad esta verdad es expresada en
la Familiaris Consortio: "Al lenguaje natural que expresa la recíproca
donación total de los esposos, elanticoncepcionismo impone un lenguaje
objetivamente contradictorio, es decir, el no darse al otro totalmente: se
produce no sólo el rechazo de la apertura a la vida, sino también una
falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en
la plenitud personal" (FC 32) (Texto integralmente recogido por el C.E.C.,
n. 2370). Un análisis penetrante entre la unión de los esposos y la
procreación de los hijos, viene desarrollada en el libro de S.E. Mons.
Francisco Gil Hellín, El matrimonio y la vida conyugal. Dice así: "Los
significados esenciales del acto conyugal, que son el unitivo y el procreativo,
expresan respectivamente la esencia y el fin del matrimonio. El amor que lleva a
los esposos a la entrega formando una sola carne cuando se realiza "en la
verdad", "en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una nueva
vida, a una nueva persona" (Grat. sane, 8). La vida conyugal comporta una lógica de entrega sincera al
esposo o esposa y a los hijos. "La lógica de entrega total del uno al otro
implica la potencial apertura a la procreación" (Ibid, 12). La capacidad
de esta entrega, o crece y madura con el ejercicio propio de toda la vida
conyugal, o queda inhibida por el egoísmo, cuyas insidias tratan de amordazar
el dinamismo de la verdad inscrita en la propia entrega. Una de las principales
expresiones de este egoísmo -"egoísmo, no sólo a nivel individual sino
también de pareja" (Ibid, 14)- es el que ve la procreación no como
exigencia de la verdad del amor conyugal, sino como fruto gratificante y elección
voluntarista añadida al amor. "En el concepto de entrega no está inscrita
solamente la libre iniciativa del sujeto,sino también la dimensión del
deber" (Ibid). Un amor conyugal que no abraza la dimensión parental propia
de su verdad íntima acaba asemejándose al "llamado amor libre, tanto más
peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto del sentimiento
verdadero, mientras de hecho destruye el amor" (Ibid). Por esto, el rechazo
a la apertura a los hijos contribuye hoy poderosamente a minar y destruir la
entrega conyugal. No se trata, como siempre ha sucedido por la flaqueza humana,
de actos o de períodos en los cuales los cónyuges han sido débiles para vivir
con coherencia las exigencias de su paternidad o maternidad en circunstancias
difíciles o especialmente heróicas. Hoy día, muchas uniones conyugales labran su propia
destrucción falseando las coordenadas de su entrega. "En el momento del
acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera
responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza
matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica
la potencial apertura a la procreación" (Ibid, 12). Cuando se rechaza la
capacidad del esposo o de la esposa a ser padre o madre, aquella entrega no
respeta las exigencias del amor conyugal. Es por ello que el Papa afirma que es
esencial a una verdadera civilización del amor, "que el hombre sienta la
maternidad de la mujer, su esposa, como entrega" (Ibid, 16)27. En las catequesis sobre el amor humano, Juan Pablo II habla
del "lenguaje de los cuerpos" que en la unión conyugal expresa la
verdad que les es propia. En el lenguaje del cuerpo el acto conyugal significa
no sólo el amor sino también la potencial fecundidad y por tanto no puede ser
privado en su pleno y adecuado significado. Como no es lícito separar
artificialmente el significado unitivo y el procreativo, (cf. HV 12), "el
acto conyugal privado de su verdad interior, porque privado de su capacidad
procreativa, deja de ser también un acto de amor"28. El hijo se introduce en la dimensión de la espiritualidad
del matrimonio que se abre a la familia. Cabría aquí seguir las pistas de una
reflexión que va del amor trinitario al amor conyugal. El matrimonio que crece
a imagen de la Trinidad, el "nosotros" de la familia a imagen del
"nosotros" trinitario, incluye el hijo que surge del amor total y
fecundo. Escribe Carlo Rocchetta: "según la afirmación de I Jn.
4,16, "Dios es amor" (agapè), la suprema plenitud del amor que dona y
acoge; no un "yo" solo, encerrado en sí mismo,sino un "yo"
que vive en sí mismo una existencia de amor interpersonal, una eterna generación
que surge del amor y concluye en el amor, donde el intercambio de don/acogida
entre las dos primeras personas alcanza su plenitud en el encuentro con la
tercera … El vínculo sobrenatural entre los esposos contiene este valor
trinitario. La gracia sacramental representa el don de la ontología trinitaria
desplegada en el corazón de los esposos como semejanza dinámica que estructura
en profundidad la vida de los esposos y los hace signos y participación en la
comunión tri-personal de Dios"29. El hijo o los hijos, el "bien de la prole", es razón
de ser del matrimonio, hay que reiterarlo. Como se sabe para Doms el sentido del matrimonio y el amor de
dos que encuentran su más profunda expresión, sería la más íntima y
preciosa realización en el acto conyugal, en sí mismo, hecha abstracción de
la ordenación al hijo. La realización de la unidad conyugal justificaría el
instituto matrimonial. En una línea similar se encuentra Krempel30. El Concilio arroja una amplia luz para mostrar el sentido
pleno del matrimonio y contrarrestar estas u otras posiciones similares:
"El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza
("indole sua") a la procreación y educación de los hijos. Desde
luego, los hijos son don excelentísimo ("sunt praestantissimum
matrimoniidonum") y contribuyen grandemente al amor de los padres … Por
tanto el auténtico amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que
nace de aquél, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a
capacitar a los esposos para cooperar valerosamente con el amor del Creador y
Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece su familia" (GS
50)31. La Familiaris Consortio afirma categóricamente que "el
cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo
largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la
generación la imagen divina de hombre a hombre" (FC 28). En la familia, Santuario de la vida, señala la Encíclica
Evangelium Vitae, "dentro del pueblo de la vida y para la vida", es
decisiva la responsabilidad de la familia, es una responsabilidad que brota de
su propia naturaleza", y másadelante subraya: "Por esto el papel de
la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e
insustituible. Como Iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar,
celebrar yservir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde
principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más
conscientes del significado de la procreación como acontecimiento privilegiado
en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser
dado" (EV 92). La familia anuncia el Evangelio de la vida mediante la
educación de los hijos (cf. EV, 92), celebra el Evangelio de la vida con la
oración cotidiana, celebración que abarca también la vida de cada día, y está
al servicio por medio de la solidaridad (cf. EV 93). Todo esto hace parte de una integral pastoral familiar:
"Redescubrir y vivir con alegría su misión en relación con el Evangelio
de la vida" (EV 94). No puede, pues, ser separada la familia de su servicio
esencial de la vida, con tan clara raigambre conciliar (cf. GS 50), y confirmada
también en el conjunto del magisterio y en la pastoral de la familia: "El
matrimonio y el amor conyugal están ordenados -séame permitido repetirlo- por
su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos" (GS 50).
La relación de la familia con la vida es la más completa, directa e integral.
A la proclamación y defensa de la vida, en un servicio adecuado, todos están
invitados. "Es urgente una movilización general de las conciencias y un
común esfuerzo ético para poner en práctica una gran estrategia en favor de
la vida. Todos juntos debemos construir una cultura de la vida" (EV 95).
Pero, son diversas las formas de aproximación al objeto formal. "Todos
tienen un papel importante que desempeñar". Alude el Papa a la misión de
profesores y educadores, de los intelectuales, de los medios de comunicación.
Indica el Santo Padre la creación de la Academia Pontificia para la Vida,con
sus peculiares funciones (cf. EV 98)32. A esta perspectiva de la unión estrechísima entre familia y
vida, ha obedecido, sin duda,la creación del Pontificio Consejo para la
Familia, en la intuición del Santo Padre Juan Pablo II, quien lo erigió el 13
de mayo de 1981 no sólo en relación con la institución familiar, sino con la
misión especial, como Dicasterio de la Santa Sede, indicada en el art. 141, 3
de la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus: "Se
esfuerza [el Pontificio Consejo para la Familia], para que sean reconocidos y
defendidos los derechos de la familia, también en la vida social y política;
sostiene y coordina las iniciativas para la tutela de la vida humana desde su
concepción y en favor de la procreación responsable". De la integralidad del servicio a la vida, de la familia y
desde la familia, suministra una sólida base doctrinal y pastoral la Carta del
Santo Padre a las Familias, Gratissimam sane. Recordemos algunos aspectos más
sobresalientes. En el número nueve,dedicado a la genealogía de la persona,
escribe: "La familia está ligada a la genealogía de todo hombre: la
genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas hunden sus raíces
en la biología y al mismo tiempo la superan". Se ubica, pues, en
referencia a Dios: "Dios está presente según un modo diferente en relación
con toda otra generación"sobre la tierra"" (Ibid). El carácter de don que es el hijo, así sea una forma lacónica,
es referido en el texto bíblico: Adán conoció Eva, su mujer, la cual concibió
y dió a luz a Caín, y dijo: "He adquirido un hombre del Señor"
(Gen. 4,1). Es como una ganancia, no obstante el hijo que concretamente concibe,
que será asesino de su hermano. ¡Es una gozosa exclamación por un nuevo
hombre!. En el Nuevo Testamento, el nacimiento de un hombre, que un ser humano
ha venido al mundo" (Jn 16,21), constituye un signo Pascual, como el Papa
lo recuerda, al contraponer, hablando a sus discípulos antes de su pasión y
muerte, la tristeza de los discípulos semejante a los dolores de parto, los
cuales se tornan en la alegría de dar a luz un hombre que viene al mundo (gozo
y alegría de frente a la vida que surge y que, por el contrario, en la cultura
de la muerte, en la desconfianza creciente que de tal cultura emana el mundo de
hoy, con sociedades enfermas, corre el riesgo de ser experimentados cada vez
menos). La alegría que en la espera y la acogida del nuevo hijo debe llenar de
alegría los hogares se vuelve un proceso gris, a veces indeseado, como si el
canto de los ángeles y de los pastores en Belén no tuviera su eco en cada
hogar, con toda la humana "pobreza", como heridas producidas a la
humanidad, que tal actitud comporta y que contrasta con la de aquellos que en
cambio quieren el hijo a todo precio! Contraste que sin embargo, no debe
conducir a que el don del hijo sea interpretado como un "derecho" que
puede ser invocado incluso con el recurso a actos reñidos con la moral, en última
instancia, porque no expresan de verdad la donación, en el acto conyugal
personal. Normalmente el hijo concebido, y su nacimiento más que
aparecer como un empeño que pesa, no obstante la responsabilidad y sacrificio
que conlleva, es, de parte del nuevo ser, una invitación a la fiesta. ¡Hay
alegría pascual!. Es la verdad de la expresión de San Ireneo: "Gloria Dei
vivens homo". Esta atmósfera en nada reduce la fuerza del compromiso que
el don del hijo encarna, como una grande, dignificante e ineludible
responsabilidad (cf. Grat. sane, 12). En el cumplimiento gozoso de esa responsabilidad, de la
capacidad de responder, en primer lugar a Dios, se juega la propia coherencia y
por tanto su felicidad. En el sacramento de la reconciliación el ejercicio
ministerial de la Iglesia que absuelve y perdona a los hombres de sus pecados es
concorde con su misión profética de anunciar la verdad. Cuando el Evangelio es
proclamado y viene acogido en el corazón, fructifica en el dolor saludable que
prepara para recibir el perdón. Sólo una conmiseración que no nace del amor
cristiano puede inducir a desenfocar la verdad que quizá hiere, pero es herida
saludable que salva, y a paliar las exigencias morales derivantes de la revelación. Tal actitud ciertamente no llevará a los creyentes al
sufrimiento ante las propias obras desordenadas, pero tampoco les conducirá a
la alegría del perdón con el que Dios les acoge como a hijos que vuelven a la
casa paterna. Estas son las características que han guiado la redacción del
Vademecum para los confesores, preparado por el Pontificio Consejo para la
Familia. En él se presenta la actitud con la que los ministros deben siempre
acoger y ejercer este sacramento, llena de comprensión y de misericordia, y a
la vez la claridad, verdad y competencia doctrinal con la que deben formar e
instruir a quienes puedan estar desorientados o en error. Es un prejuicio y un error difundido querer oponer la verdad
y la misericordia. Una "misericordia" sin verdad sería una caricatura
de lo que el Señor confía como misión a la Iglesia. La Iglesia no puede en
nombre de la "comprensión" (mal entendida), por así decirlo,
"cerrar un ojo", pasar sin ver, sin denunciar, precisamente como
exigencia de verdadera reconciliación, reencuentro con el Señor en la verdad y
en el perdón. El regalo que es el hijo para la familia que centra su atención
en él y sigue de corazón todo el proceso, desde la concepción, el nacimiento,
la educación, con ternura y sentido de reconocimiento, con capacidad de
maravillarse, de sorprenderse, de descubrir en los diversos momentos el
afirmarse de un nuevo ser, exige una pedagogía para que la rutina no devore lo
hermoso y gratificante de la misión de los esposos y la "carga" no
recorte la intensidad legítima de la plenitud, de la alegría. Un conocido
moralista pone en labios del niño estas palabras que gustoso transcribo:
"No temáis acogerme, de asumir mi vida como una tarea!. Esto no será para
nosotros una tarea pesada; más aún será una tarea tan leve incluso hasta
lograr aliviar, (hacer menos pesado) vuestra vida oprimida. Yo no soy un patrón
despótico (…). Seré capaz de un reconocimiento tal de convertirme para
nosotros en una recompensa más grande que vuestras fatigas"33. Es el Señor quien nos enseña con la palabra y con los
gestos: toma un niño, lo pone en medio de El y los discípulos y dice: "quien acoge a uno
de estos niños en mi nombre, a mí me acoge, y quien a mí no me acoge, no me acoge a mí
sino al Padre que me ha enviado" (Mc 9,36-37). El signo de la acogida ya lleva
el mensaje del don ofrecido y en la acogida remite al Dador de todo bien. Los hijos son ante
todo una bendición, un mensaje transmitido en la espontanea ternura que
especialmente en el hogar suscita, y antes que sean vistos como una carga, son portadores de la
"Buena nueva" que en ellos se proclama y despunta. Diríamos que el
Evangelio de la familia y el Evangelio de la vida que resuenan en la Iglesia Doméstica,
Santuario de la vida, son el lugar desde el cual el hijo mismo proclama su
dignidad. "Dios lo ha llamado "por él mismo", y, cuando viene al
mundo, el hombre comienza en la familia, su "grande aventura", la
aventura de la vida. "Este hombre", en todo caso, tiene el derecho de
afirmarse él mismo en razón de su dignidad humana. Es precisamente esta
dignidad la que debe determinar el lugar de la persona en medio de los hombres,
y ante todo, en la familia" (Grat. sane, 11). Este, "ante todo, en la familia", que meramente nos
remite a la inseparabilidad entre familia y vida, soporta la verdadera alegría
que palpita en cada vida nueva con tonalidad original. "El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio
de la dignidad de la persona, y el Evangelio de la vida son un único e
indivisible Evangelio" (EV 2). En la familia este Evangelio se vive como
una aventura que sorprende y suscita la capacidad de maravillarse, conservando,
como María, todo en su corazón. El misterio de Belén y Nazaret es portador de
una verdad antropológica, de la vida como un don, en la dignidad que el amor de
Dios sostiene y alimenta: "El hijo de Dios, con su encarnación, se ha
unido, en cierto modo, a todo hombre" (GS 22). Bien ha podido expresar Hans Urs Von Balthasar: "… En
todas las culturas no cristianas el niño tiene una importancia tan sólo
marginal, porque es simplemente un estadio que precede al hombre adulto. Se
necesita la encarnación de Cristo para que podamos ver no solamente la
importancia antropológica, sino también aquella teológica y eterna del nacer,
la bienaventuranza definitiva del ser a partir de un seno que genera y da a
luz"34. Hay algunos que llegan a presentar la hipótesis de que
"el sentimiento de la infancia" surgió apenas en la mitad del siglo
XVI (Es la posición de Philippe Ariés). Campanini comenta: "más allá de
la verificabilidad o no de la hipótesis de partida de Ariés … no hay duda de
que se dió en occidente una larga estación en la cual el niño ha estado en la
periferia, y una más breve, pero igualmente rica y significativa fase (que
abraza cerca de los tres últimos siglos de la historia de occidente) en la cual
el niño ha sido puesto al centro de la familia y, de alguna manera, al interior
de la vida social. Ha sido la estación del "puericentrismo", que quizás
se está consumando bajo nuestros ojos por efecto de un desarrollo tecnológico
siempre más avanzado dentro del cual no parece que haya puesto para el niño"35.
El profundo sociólogo de la universidad de Parma, en la peculiar claridad y síntesis
en sus observaciones, manifiesta su preocupación de que la técnica borre las
relaciones personales y que, a la postre, cuenta más la tecla que se oprime en
la que llama "Sociedad digitálica" que el acercamiento a las
personas, la aproximación al niño. En la educación se estima más la inteligencia, (diría yo
un tipo de inteligencia) que la entera personalidad: El encuentro con el
"bottone", (la tecla del computador o de los juegos electrónicos)
toma el puesto de las personas. El fenómeno que Campanini caracteriza como
"pérdida del centro", acarrea la pérdida de los puntos de referencia
respecto de valores fundamentales, sobre todo éticos y religiosos, mientras
surge otro cuadro de "valores". El computador puede ser un campo
abierto a la fantasía, a una fantasía programada y "pre-codificada",
pero el niño está en medio a un mundo en donde su "mundo vital" se
reduce. Se erosionan estructuras fundamentales de mediación. La principal de
ellas, la familia, en la cual en la sociedad del pasado se adquirían la mayor
parte de los conocimientos. La misma escuela abre más y más espacio a la
"información" por la máquina. ¿Podrán dejar de ser la familia y la
escuela núcleos de protección?36. Sobre el tema de las mediaciones sociales y
familia retornaremos más adelante para dar curso, ya en referencia al conjunto
social, a las preocupaciones de Pierpaolo Donati. Impresiona ver cómo se pierde un terreno en el cual se daban
pasos promisorios para el reconocimiento del niño en su puesto central, no
periférico o marginal. El niño es un ser amenazado, ya desde el vientre de la
madre, que los parlamentos convierten en el lugar de la más injusta de las
sentencias de muerte!. Mientras se dan pasos firmes en la Convención de los
Derechos del niño de las Naciones Unidas (sin entrar a considerar ahora las
relaciones y oscilaciones en algunas partes, justamente sometidas al tratamiento
de las "reservas" por la Delegación de la Santa Sede), y la Iglesia
se bate para que haya códigos de protección del niño, proliferan los
atentados, de toda índole, y no se ve que haya siempre la debida coherencia
entre lo que se suscribe y promete y la conducta concreta. Hay un abismo de
separación entre la Convención de Naciones Unidas y ciertas recomendaciones
del Parlamento Europeo… Es bien tímida todavía la actitud frente a escándalos
que golpean y sacuden saludablemente la conciencia de los pueblos, aunque a
tales situaciones haya conducido una difusa permisividad. ¡Son los niños las
principales víctimas!. Esa actitud puede representar un camino de retorno después
de la postración. En la línea de la Familiaris Consortio, n. 26, sobre los
derechos del Niño, el Pontificio Consejo para la Familia ha venido desplegando,
con medios bien limitados, una movilización de conciencias, especialmente, en cuanto a la
"autoridad" del niño en la familia y en la sociedad. Ya el Santo
Padre había expresado en la Audiencia general de las Naciones Unidas, el 2 de
octubre de 1979: "la solicitud por el niño, incluso antes de su
nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los
años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental
de la relación del hombre con el hombre" (FC 26). El "test" que
atestigua acerca del estado de salud de la familia y la sociedad es el cuidado
amoroso de los niños. Me asalta la duda de si la excesiva preocupación de los
esposos por "sus" problemas (como si el hijo pudiera quedar al margen)
y por la búsqueda de una felicidad que se torna esquiva e inaccesible, lejos de
los puntos de referencia que han de regular toda vida y más de quienes deciden
compartirla, relega a un segundo término las situaciones del hijo. ¿No es el
divorcio una prueba apabullante, en la que el hijo sufre el desamparo
"afectivo"? La preocupación del hijo imprime, en un proceso normal, un
nuevo sentido de responsabilidad y no puede la pareja resolver "sus
problemas" en desventaja, y en dañode quien se vuelve testigo de la
calidad de su amor y de los quilates de la personalidad de quienes le dieron la
vida37. El niño puede volverse también una víctima que reclama sus derechos,
aunque lo haga en el silencio. Crece la preocupación sobre los costos sociales y destrucción
de sus derechos, pero no se ve cómo darle cauce en una sociedad que padece un
letargo pesado. Contemplando el niño como don, en la trasparencia de una
inocencia que invita a volverse a él con un amor privilegiado, comprometido y
tierno, es más penoso el contraste de su negación, de hecho!. Diríamos que
junto al portal de Belén son más sombríos los rasgos de los propósitos de
Herodes, como lo son los de las masacres físicas y morales, que cobran víctimas
las más inermes. M. Zundel ofrece un hermoso texto que sirve también para ver
el horroroso contraste: "¿quién no se ha sentido como transportado en
oración delante del espectáculomaravilloso de un niño que duerme?. Las
posibilidades innumerables que él encierra tienen la pureza original del
don"38. ¡Y pensar en las terribles matanzas en curso!. Visité una
Parroquia en Ruanda: durante el genocido (que con otras modalidades no termina)
fueron asesinados en el templo e inmediaciones 6000 mujeres y niños. La
humanidad prosigue en su "autogenocidio", con el alud de abortos que
sepulta su mismo futuro!. Si es verdad aquello que dice Platón, según el cual
"la educación de los niños, la Paideia, es el principio de que se vale
toda comunidad humana para conservarse a sí misma", observa un periodista,
hemos de decir que las comunidades que, en lugar de educar a los hijos, los usan
para el sexo, para la guerra, el mercado, la publicidad, han decidido ya su
extinción y bien que lo saben. Ser hijo, por otra parte, exige una manera de vivir, un
comportamiento: el hijo, se enorgullece de su padre y se manifiesta en el gesto
de ponerse en sus manos, como acto que expresa la suprema confianza en que el
padre reajustará todo lo que es erróneo y desordenado. Se reconoce como hijo
cuando dialoga con su padre y lo invoca en la confiada apelación como Abba!. Es
la relación de Jesús con su Padre, que va desde la infancia hasta la muerte,
hasta el último grito del Hijo del Padre abandonado sobre la cruz. Jesús entra
en una especial relación, en el marco familiar, con su madre,de cuyo seno
proviene. "Bendito el fruto de tu vientre". Es una relación que va
mucho más allá de los límites biológicos, y que alcanza las dimensiones
insospechadas de un diálogo que fructifica en la obediencia pronta, tierna,
decidida a cumplir la voluntad de Dios. Una mujer levantó la voz en medio de la
multitud: "Bienaventurado el vientre que te portó y los senos que te
amamantaron!". Pero Él dijo: "Bienaventurados más bien aquellos que
escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc. 11,27-28). Es un aforismo
corriente que el Tangum Yeronshami recogió parafraseando la bendición de Juda
sobre José. Jesús no contradice esta Bienaventuranza, que bien sabe merece
plenamente su madre, sino que enuncia una bienaventuranza superior39. Los hijos, que son un don de Dios (salmo 126, 3) tienen la
responsabilidad de configurarse como don a los padres, obedientes a la voluntad
de Dios, confiando enellos, en la misma corriente que lleva hasta Dios. Jesús
"vivía sujeto a ellos" (Lc. 2,51) y vive en la más perfecta armonía
con el mandamiento; "Honra a tu padre y a tu madre,para que se prolonguen
sus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar" (Ex.20,12;
Dt. 5, 16). "La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e
imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo" (C.E.C.,
n. 2205). El hijo es un don que fortalece notablemente el vínculo
matrimonial y sirve de cemento a la comprensión de los esposos que miran juntos
a su proyecto común, que los hace salir de ellos mismos para encontrarse en su
futuro: La vida nueva que de ellos, aliados al Dios Creador, ha surgido.
Proyectados hacia el hijo, construyen su futuro. En cierto modo, ellos que son
los primeros evangelizadores de sus hijos, son también por ellos evangelizados.
El cuidado de los hijos se traduce en confianza, como actitud humana
fundamental. Escribe Giuseppe Angelini: "Es conocido de todos … el grandísimo
valor que los hijos acuerdan a la comprensión recíproca ("intesa")
entre los progenitores. Más aún que ese grandísimo valor, es necesario hablar
de una incapacidad radical de los hijos pequeños a imaginar su vida y el mundo
entero sin esa "intesa"… También los hijos muestran ser una bendición
… una iluminación del sentido de conjunto de la vida"40. Es una
exigencia para recibir el don de los hijos que compromete, saberse empeñar:
"La verdad en el acto generativo exige que, desde el comienzo, el hombre y
la mujer se prometen ellos mismos a aquel que debe venir…"41. Todos estos aspectos, que nos hemos limitado a enunciar y que
merecen ser profundizados en una teología de los valores de la "persona y
del don", que alcanzan tan altos grados de grandeza para el creyente, no
eran propiamente desconocidos por la sabiduría, en la cultura secular. Oigamos
a Aristóteles: "Los progenitores aman en efecto los hijos, porque los
consideran una parte que de ellos deriva … Los progenitores aman a los hijos
como a ellos mismos, ya que los hijos de ellos nacidos son como ellos mismos …
y los hijos aman a sus padres porque de ellos han tenido su origen … En
fin,los hijos son estimados un vínculo y por esto los cónyuges sin hijos se
separan más rápidamente; los hijos son un bien común para ambos y lo que es
común mantiene unido"42. Las relaciones en la familia observa Giorgio Campanini, a la
luz del Evangelio adquieren otras dimensiones: "Honra el padre y la
madre" (Deut. 15,4) puede llevar a formas variadas de sumisión de los
hijos; según diversos contextos el cuidado de los hijos no era siempre
desinteresado. "El Evangelio introduce en el ámbito de las relaciones
entre padres e hijos la nueva categoría del "servicio", que no
excluye sino que supera definitivamente aquella de la "autoridad"
(Mt.20,26), cambiando la tradicional relación de sumisión". Diríamos tal
vez que es enriquecida la concepción y enfoque de una autoridad puesta al
servicio del crecimiento de los hijos. Y es esta, me parece, la perspectiva del
autor al recordar: "Entender el ejercicio de la autoridad como realización
de un servicio implica que aquel que está en alto haga de quien está abajo el
centro de sus preocupaciones"43. Es una subordinación transitoria, en el
Señor, que realiza y lleva a madurar. Nuevamente, el amor busca el bien del
otro, no su dominio. El amor de los padres no debe ser "posesivo",
pues le roba oxígeno a los hijos e impide su crecimiento. En tal sentido, la autoridad familiar es "ex-céntrica"
en cuanto tiene fuera de ella su centro. El hijo, centro de las preocupaciones,
hace que los padres se inclinen a ese bien común en el que se encuentran en
personal convergencia, como profunda urgencia vital,existencial, una forma
característica de propósito común que desde su íntima comunión se realza
hacia el fruto de su amor, fruto bendito en el doble carácter de
"servicio" ya "promisorio". Proyecto y propósito común que
va desde la procreación hasta la educación consolidada. En el pensamiento de Santo Tomás, como en un útero
integral, "el tipo de relación de "sumisión" evangélica, (para
no olvidar el "les estaba sujeto" o "les era sumiso") se
torna en valor ejemplar para la misma sociedad y para el ejercicio de la
autoridad. Así puede ser propuesta como tipo de toda forma de autoridad
ejercitada en el espíritu del Evangelio"44. El Catecismo de la Iglesia Católica observa, dentro de esta
perspectiva: " … La estabilidad y la vida de relación en el seno de la
familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la
fraternidad en el seno de la sociedad" (C.E.C., n.2207). El compromiso de la educación de los hijos pone en tal
perspectiva la autoridad,superando la tendencia instintiva a transferir o
moldear en los hijos la propia personalidad y las propias expectativas, y
requiere que haya un real empeño de educación en la fe (cf. GS 48). 4. LA FAMILIA, DON PARA LA SOCIEDAD "La familia "célula original de la vida
social", es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al
don de sí mismos en el amor… la vida familiar es fundamento de la sociedad e
iniciación en la misma" (C.E.C., n. 2207). En esta necesaria dimensión no debo extenderme, ya que ha
sido tratado en otros momentos y reflexiones. Me limitaré tan sólo a algunas
consideraciones de carácter general. Ya el Concilio subrayaba, al comienzo mismo del capítulo
"Dignidad del matrimonio y la familia": "El bienestar de la
persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a una
favorable situación de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47). Y más
adelante, con términos no menos expresivos, declara: "Pues es el mismo
Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo
lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el
provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la
dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la
sociedad humana" (GS 48). La familia es un don para la sociedad y exige de ésta un
adecuado reconocimiento y apoyo, lo mismo que para los hogares asumir su misión
política. La exhortación apostólica Familiaris Consortio, dedica el capítulo
III, de la tercera parte,a la "participación en el desarrollo de la
sociedad" (nn. 42 - 48), pues la familia "célula primaria y vital de
la sociedad", (A.A., 11), posee vínculos vitales y orgánicos, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a
la vida Lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la
sociedad, asumiendo su función social" (FC 42). No son fáciles y trasparentes las relaciones entre la
familia y la sociedad, en la mediación del Estado. Y esto por varios aspectos.
El Estado invade campos que antes estaban reservados a la familia. Y mientras la
democracia despliega la bandera del respeto y de la participación, la familia
se ve cada vez más confinada a un espacio reducido, en donde difícilmente
respira y se siente acosada y hostigada. El poder del Estado se vuelve
omnipotente. De alguna manera el movimiento de privatización, en el reducto de
la intimidad, que bien puede representar una forma de huida, y de
refugio,respecto de los compromisos que la familia tiene con la sociedad.
Pierpaolo Donati indica: "La familia se vuelve, en un punto de vista
"psicologístico", una forma de particular convivencia, de comunicación
privatizada y "subjetivizada", de pura manifestación de intimidad y
afecto, que no incide -y no debe incidir- en modo significativo, si no por otras
razones de retraso social y cultural"45. Es este un fenómeno complejo que aborda en una de sus
dimensiones Paul Moreau,siguiendo de cerca a F. Chirpaz: en el mundo de
"afuera" hay que producir y luchar para vivir. Es el mundo de la
competencia económica y de los conflictos políticos. En cambio -es la
puntualización de Chirpaz-, "el mundo familiar puede aparecer, por
contrapartida, y en oposición al mundo público, el lugar de lo privado, el de
la relación humana verdadera"46. La intimidad como refugio ante la
sociedad amenazante, o ante el mismo Estado hostil, ante un mundo público que
genera pena, sería el lugar de la autenticidad de la verdad y de la paz.
Curiosamente la ciudad atrae, pero a la vez produce desafección, molestias y
alimenta y nutre el sueño virgiliano del campo frente a la ciudad insoportable,
agresiva y desorganizada. Esa concepción de la privatización que sustrae a la
familia de su función de cara a la sociedad, puede enmascararse con toda clase
de razones y comportar actitudes individualistas, egoístas de despreocupación.
Es la oportuna denuncia de Moreau: "Huyendo de este mundo, en la deserción
de las gentes honestas como yo, lo abandono a gentes sin fe ni ley"47. Es
objetivamente un acto de irresponsabilidad en donde se deserta de la
"politeia": "… Huir del peligro no es afrontarlo y quien se
contenta con huir del mundo público, (démissioner de sa qualitè de citoyen)
(es renuncia intolerable) llega a ser objetivamente cómplice de la degradación
que afecta al mundo público"48. Exilarse en el refugio de lo privado y no oponerse, es una
tentación que facilita la ambición de nuevo dominio del Estado, que termina no
sólo por no reconocer en la familia algo "soberano", anterior al
mismo Estado, sino por confinarla a la impotencia de un reducto sin fuerza. Es
la legítima preocupación de Campanini: "La moral familiar no tiene como
exclusivo ámbito de ejercicio las paredes domésticas … Existe, de parte de
la familia, el preciso deber de concurrir a la humanización de la humanidad y a
la promoción del hombre. Precisamente porque es, en cuanto estructura, punto de
encuentro entre lo público y lo privado, la familia no puede aislarse en su
propia intimidad (que, entendida como privatización, sería falseada y
deformada), sino que está llamada a hacerse cargo de los problemas de la
sociedad que la circundan … Sobre todo, la instauración de esta relación
aparece -en las sociedades industriales avanzadas- caracterizadas por una fuerte
incidencia de la esfera pública en la vida familiar - condición casi que
necesaria para el mismo correcto cumplimiento de la misión educativa"49. El Santo Padre Juan Pablo II subraya la importancia de la
familia, la cual es preciso sea reconocida como "sociedad primordial y, en
cierto sentido, soberana". Este concepto,bien interesante, es explicado por
el Papa en la Carta a las Familias, Gratissimam sane, con sus contornos precisos
y sus matices, tratando de la familia y la sociedad (cf. Grat. Sane, 17). La familia es una sociedad soberana, reconocida en su
identidad de sujeto social. Es una soberanía específica y espiritual , como
realidad sólidamente arraigada, aunque sea condicionada por diversos puntos de
vista. Los derechos de la familia,estrechamente ligados a los derechos del
hombre, han de ser reconocidos, en su calidad de sujeto, que realiza el diseño
de Dios, y exige derechos particulares y específicos, consignados en la Carta
de los Derechos de la Familia. Recuerda el Papa su raigambre en los pueblos, en
su cultura (aquí inscribe el concepto de "nación" y sus relaciones
con el Estado que reviste una estructura menos "familiar" como
estructurada políticamente y más "burocrática"), pero que tiene
como "un alma" en la medida en que responde a su naturaleza de
comunidad política. Es aquí precisamente donde se ubica,en la relación de la
familia con el "alma" del Estado, el principio de subsidiaridad, en el
cuadro de la Doctrina Social de la Iglesia. El Estado no debe ocupar el puesto y
la misión que la familia tiene, hiriendo su autonomía. Es categórica la
posición de la Iglesia, fundada en una experiencia que no le puede ser negada:
"una intervención excesiva del Estado se mostraría no sólo irrespetuosa
sino nociva … La intervención se justifica, dentro de los límites del
mencionado principio, cuando ella no es suficiente para atender lo que le
corresponde" (Grat. Sane, 17). La familia, bien necesario para la sociedad, cuando no es
respetada, ayudada, sino obstaculizada, deja un vacío inmenso, desastroso para
los pueblos (vg. El divorcio, la nivelación del matrimonio, "la mera unión
que puede ser confirmada como matrimonio en la sociedad, la permisividad, etc.).
Concluye el Papa: "La familia se sitúa en el centro de todos los problemas
y de todas las tareas: relegarla a un papel subalterno y secundario …
significa causar un gran daño al crecimiento auténtico del cuerpo social"
(Grat. Sane, 17). Como aplicación del principio de subsidiaridad en el campo
educativo, hay que acordar que la Iglesia no puede delegar del todo esta misión!.
Debo contentarme aquí con la simple enunciación del problema de las
mediaciones sociales, que van desalojando la familia de campos en los cuales su
presencia era beneficiosa y requerida. Pierpaolo Donati reflexiona sobre "las nuevas
mediaciones familiares", tras de proponer esta pregunta: "¿La familia
no media más en lo social?". En algunos campos la familia es tratada como
un "residuo" llamado en causa sólo en casos problemáticos. Se
difunde la sensación de que la familia desaparezca de la escena política.
Hasta se llega a calificar de "supervivencias" el empeño matrimonial,
la valorización de la estabilidad50. Sin embargo, Pierpaolo Donati advierte con razón: "De
hecho, ninguna investigación en el campo confirma hoy la irrelevancia de la
pertenencia familiar en las esferas no familiares … Si por algunos aspectos y
en algunos ámbitos, las mediaciones familiares disminuyen o se han perdido, por
otros aspectos y en otros ámbitos, las mediaciones aumentan y surgen otras
nuevas. En el conjunto, la importancia de la familia en las esferas no
familiares … no solamente continúa, sino que crece sea en los comportamientos
de hecho, sea en las exigencias de legitimación cultural y también política"51.
Hay más bien una configuración del todo nueva. Si la familia no define el
estado social (y puede ser algo positivo), hay otras formas de mediación
imprevista. Hoy se entiende que el hijo no es un átomo aislado, o una mónada
en el esquema de Leibnitz, una isla, una molécula que fluctúa en el vacío.
Resurge la preocupación por los derechos de los niños. Se busca el derecho a
la identidad biológica del hijo, como también las raíces culturales, étnicas
e históricas. Observa Donati: "En el pasado era la sociedad la que imponía
a la familia las mediaciones que ésta debía ejercitar; hoy, es el individuo el
que goza del derecho de valerse de las mediaciones, de hacerlas emerger y de
valorizarlas"52. Observa además: "Las más diversas investigaciones
ponen en evidencia que la familia media, en modo diverso del pasado, una
cantidad de relaciones y de posiciones sociales, que lejos de ser menos
importantes de un tiempo, son incluso más decisivas para el destino social y la
calidad de vida"53. Reconoce este sociólogo campos en donde el desconocimiento
se extiende en forma alarmante, especialmente en el campo político, que debiera
tener el mayor interés, a no ser en circunstancias en que no pueden ocultarse
efectos y reacciones negativas54. Es acentuada la separación en el campo
educativo55. Hay nuevas formas de mediación que proceden de un
descubrimiento más hondo de la familia, como sujeto y esto particularmente en
el campo de una visión humanizadora, personalizadora, por ejemplo en todo lo
que la familia representa necesariamente para el crecimiento armónico del hijo:
la mediación del amor en el hogar, o el calor humano en el acompañamiento del
anciano y su rico aporte de experiencia en la familia concebida en forma más
amplia, en cuanto a la solidaridad entre las generaciones56. La
"subjetividad" de la familia cuenta en gran medida para la formación
de la identidad personal del niño, el cual necesita de un ambiente de familia,
como un derecho fundamental57. Así las cosas, cabe decir que si se olvida, por algunos
aspectos la familia como bien social, surge el valor de la familia, por otros,
como un nuevo bien58. Todo esto que viene a subrayar aspectos medulares de la
mediación de la familia, quizás puede liberar a la institución familiar de
otras mediaciones accidentales que el tiempo revela como prescindibles, sin que
se afecte ni el núcleo familiar, ni el tejido social. Puede ser la familia
transmisora de unos valores, o centro de mediación que resulten más decisivos
para la calidad de la vida social y para la ética pública. Coincide esta
perspectiva con lo que señala la Carta de los derechos de la Familia: "La
familia constituye, más que una unidad jurídica, y económica, una comunidad
de amor y solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de
valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales
para el desenvolvimiento y bienestar de sus propios miembros y de la
sociedad"59. Se configura en las nuevas mediaciones una nueva ciudadanía
de la familia60. En tal sentido la incorporación en la sociedad no se haría
desde la familia a la que se pertenece, (como en el pasado), como una especie de
pasaporte o carta de crédito, a partir de los "apellidos". Esta
etapa, en principio parece superada y si fuera así, sería algo positivo. En
cambio, la incorporación se haría desde la identidad, la armonía del
desarrollo de la personalidad adquiridas sobre todo en la familia. No se daría
aquello de que hay quienes descansan "mientras sus apellidos
trabajan", sino por la calidad adquirida y lograda de la calidad personal,
de su capacidad, de su integridad. Es a esto a lo que apunta que la familia es
la primera escuela de virtudes. En una nueva ciudadanía ocupa lugar destacado
el conjunto de nuevas relaciones en que la mujer sea ampliamente valorizada con
sus derechos y deberes y no como "sometida" a una dependencia
masculina que con razón temen algunos movimientos feministas, (no en la versión
radical). Es este un sector en el cual se expresa algo más amplio, como es el
respeto de los derechos fundamentales de la persona humana, que en referencia
con la familia no se limita al reconocimiento de menos derechos individuales61. En términos de mediación para los valores de auténtica
humanidad en y desde la familia, hoy se habla de los altos costos sociales del no
reconocimiento debido a la institución familiar. Desde la sociología, Donati pone así
el dedo en la llaga: "Se puede observar que de hecho, una cantidad creciente de problemas
sociales nacen de la falta de reconocimiento y de apoyo de las funciones de mediación
social de la familia. Lo testimonian el aumento de desagrado, de malestar, de las
enfermedades mentales, de drogadicción, de suicidios y tentativos de suicidio en los jóvenes,
del mismo modo en que es indicativa de carencias familiares la persistencia de
la dispersión en la escuela…"62. La sociedad moderna -observa el mismo autor- ha intentado
eliminar toda mediación entre el individuo y la sociedad. Buscó la autorealización
del "puro individuo", en una "sociedad abierta", hecha de meros individuos. Lo
que ha obtenido es perder el individuo, y negada la mediación familiar, dejarlo "sin
casa", con graves consecuencias. El "individuo" que fabricaron es débil, por lo
cual se dan cuenta ahora de la necesidad de construir "ex novo", formas de mediación sin
las cuales no pueden existir ni "sociedad" ni "sujeto humano"63. Se
necesita de una nueva casa en donde se vuelva a colocar en toda su importancia la familia. No pueden
coherentemente quejarse de que no funcione una "unidad - nosotros" universal, o
ser altruistas, cuando se niegan los valores de la identidad de nosotros en la familia, en las
"pequeñas solidaridades cotidianas""64. La familia es necesaria para la
supervivencia y existencia de la misma ciudadanía política. Nadie puede dejar de lado "una
relación de confianza, de ayuda y de apoyo primario en el curso de la propia
vida"65. Quedar "sin casa", sin familia por caprichos
suicidas del Estado, es dejar en la calle, en la intemperie al ser humano y amenazarlo en la raiz de su
personalidad. Seamos sinceros: esos individuos débiles son la prueba del fracaso
de hipótesis aventureras, de una pésima antropología, de un vacío insondable en la
concepción del ser humano como persona y de la misma sociedad. De no alterar a
fondo tal rumbo, ¿cómo evitar un colapso universal?. Este peligro en un nivel
universal o en una nación ha de fortalecer la reacción saludable y la función
política y social de la familia66. Exige también que sea reconocido el derecho
de la familia de "poder contar con una adecuada política familiar por
parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y
fiscal, sin discriminación alguna" (Art. IX). Tiene la familia
derecho de existir y progresar como tal, v.g., como familia (cf. Art. VI). La sola aproximación a los individuos no basta, pues
desconoce "la subjetividad familiar", la casa como centro y fuente de relaciones,
sin las cuales la sociedad se pierde!. Los costos sociales del no reconocimiento de las mediaciones
familiares, con los obstáculos que tienen el peligro de inmovilizarla políticamente
y en su influencia social, lo repetimos, tienen sus víctimas por excelencia en
los niños. Impresionan las informaciones y datos que ofrece la Revista Concilium
dedicada al tema, "¿Dónde están los niños?", en torno de lo que con razón se
califica de "catástrofe silenciosa"67, más penosa cuanto contrasta con un abanico imponente de
soluciones posibles. ¿Cómo no denunciar un terrible vacío de solidaridad y la
falta de voluntad política para aportar remedios prontos?. Registro Civil, también
llamado Registro Civil del Estado —en cuanto organismo administrativo—,
centro u oficina en cuyos libros se harán constar los actos o hechos
concernientes al estado civil de los ciudadanos; atendiendo a su finalidad, es
un instrumento concebido para constancia oficial de la existencia, estado civil
y condición de las personas. En España es una expresión abreviada, puesto que
su nombre histórico es Registro de los Estados Civiles. En el Registro se inscribe el nacimiento, la filiación, el
nombre y los apellidos, las emancipaciones y habilitaciones de edad, las
modificaciones judiciales de la capacidad de las personas o que éstas han sido
declaradas en concurso, quiebra o suspensión de pagos; las declaraciones de
ausencia y fallecimiento, la vecindad y nacionalidad; la patria potestad, tutela
y demás representaciones legales, el matrimonio. Es posible que el Registro
Civil, como unidad, se encuentre integrado por los registros municipales, los
registros consulares —que funcionan en el extranjero— y el Registro central,
en el que se inscribirán los hechos para cuya inscripción no sean competentes
los otros registros, y aquéllos que no puedan inscribirse, por concurrir
circunstancias excepcionales que impidan el funcionamiento del centro registral
correspondiente. Al amplio fenómeno de una violencia injusta que genera
muerte, a unas desigualdades y desequilibrios de oportunidades que cobra
millones y millones de víctimas inocentes (sin contar la abominable matanza del aborto), una eficaz
movilización al alcance de la mano, posible, podría dar una respuesta histórica:
"Si se pusiera a disposición de los principales objetivos de la política para el desarrollo una
décima parte de los medios que en estos dos decenios han sido utilizados en el mundo
para los armamentos, hoy viviríamos con poca o ninguna mala nutrición, con un número
mucho menor de enfermedades y de invalidez, con un nivel de alfabetización
y de instrucción mucho más alto, con réditos más elevados"68. Se fundamenta esta
conclusión en datos del Comité Alemán para la UNICEF, sobre la situación de los niños en
el mundo69. El informe a quealudo abre, por otros aspectos una puerta a la
esperanza: "las condiciones sanitarias han mejorado en el mundo en el curso de los últimos 40 años
más que durante toda la precedente historia de la humanidad"70. "En la última
década, el emerger de la niñez como argumento de interés público y político ha sido de
verdad impresionante … La atención actualmente orientada a los niños no se agota en
el principio de que son "los niños los ciudadanos más vulnerables" de la sociedad o
el "recurso más precioso de la humanidad" … El siglo XXI pertenece a los niños"71.
Dilatemos el corazón, pues, a la esperanza!. Hay otras formas de "pobreza" que cobran víctimas
en la niñez, como si se pasara un rastrillo sobre sus espaldas y que no se limitan sólo a
cuestiones económicas o de salud física y que son hoy objeto de estudio y de
análisis v.g. en Estados Unidos, de tal manera que, como reza un artículo, "La familia es un
"tema " liberal" allí. En el campo político "los liberales se interesan, (es un subtítulo)
en las cuestiones morales. He aquí algunos dramáticos testimonios: "la prueba de la
pobreza creciente de las madres solas y del deterioro de la salud mental y física de los niños,
representa el factor más importante de este cambio de mentalidad. El crecimiento del número
de divorcios y de nacimientos fuera del matrimonio es hoy considerado la causa
próxima que está detrás de estas tendencias. Si se toma el dirvorcio: los años 70 y
80 vieron un enorme crecimiento del porcentaje de divorcios en Estados Unidos.
Actualmente se ubica en torno al cincuenta por ciento …"72. Es enorme la
incidencia también en el deterioro económico. Se alude a recientes investigaciones que dan a
entender que el divorcio conduce a un grave deterioro económico73. Y ¡qué decir de
los nacimientos fuera del matrimonio! Abundan los estudios serios sobre el impacto inclemente de la
ausencia de familia en la niñez y en la juventud. ¿Cómo no podrían sentirse
gravemente interpelados los dirigentes de un país, más allá de las
denominaciones políticas?. Se establece sin rodeos: "La correlación entre el crimen en la edad de la adolescencia y
la disgregación de la familia es clara. Louis Sullivan, exsecretario del Departamento de
salud … refiere que más del setenta por ciento de los jóvenes varones que se encuentran
en las cárceles provienen de familias en las cuales faltaba el padre"74. En cambio
"los niños obtienen resultados mejores cuando el compromiso personal y el apoyo material de
un padre y de una madre, y cuando ambos progenitores cumplen con la
responsabilidad de quienes cuidan su misión con amor … Indices crecientes de
divorcio, de embarazos extramatrimoniales, y de ausencia de genitores, no son sólo manifestación de
estilos de vida alternativos, sino de esquemas de comportamiento adulto que aumentan el
riesgo de consecuencias negativas para el niño"75. Estas informaciones apenas sumarias, extraidas de fuentes de
la mayor credibilidad, nos hacen ver la magnitud del problema y la necesidad de
fortalecer y de ayudar la familia en el cumplimiento de sus capitales mediaciones
sociales, sin las cuales, (y no es retórica apocalíptica), las civilizaciones se
desmoronan. Está en el centro del problema una cuestión de valores, de estilos de vida, de
comportamientos que inciden en la sociedad a través de la familia existente o ausente.
Conviene, a todas luces, al Estado, ayudar a la Familia, para que haya "una vigorosa
ética familiar". Galston76 cree que una democracia justa requiere ciudadanos virtuosos y la
religión es esencial para la creación de la ética de la motivaciones77 que se nutren en
la familia. El tema del Encuentro mundial del Santo Padre con las
familias abre el corazón a la esperanza. Se mira al futuro con segura confianza, no obstante las
dificultades y la hostilidad concertada, que entorpece la institución matrimonial. La esperanza nos sitúa en la perspectiva del tercer milenio,
que ofrece una ocasión para mirar al pasado, para hacer balances, para recoger
tantas lecciones de la historia en el peregrinar de la Iglesia bajo la mirada de Dios en el seno de
la humanidad, y sobre todo para celebrar la fe con firmes compromisos, tomando en las
manos el futuro, que a Dios pertenece, pero frente al cual hemos de tomar nuestra
responsabilidad. No podemos desertar en las batallas decisivas de la humanidad. La familia "se vincula estrechamente con el misterio de
la Encarnación y con la historia misma del hombre", observa el Santo Padre en la Carta
Apostólica Tertio Millenio Adveniente (cf. n. 28), con ocasión del Año de la Familia.
Desde Nazaret, en donde "el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14), llega el mensaje sublime
de la Sagrada Familia, modelo de las familias, fuente inagotable de espiritualidad y de las
nuevas energías que vienen desde el Resucitado, quien actúa, en dinámica
transformadora, en el corazón mismo de la historia, en esa especial revelación del misterio, en la
plenitud de los tiempos, que se identifica con el misterio de la Encarnación (cf. TMA 1). En Cristo, en quien "se manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre su vocación" (GS 22), se descifra también el misterio
de esa célula primordial de la sociedad, comunidad de toda la vida y de amor, en la cual,
como en las bodas de Caná, el Señor está presente. El Señor sigue saliendo al encuentro de las familias, iluminándolas,
fortaleciendo y redimiendo su amor, caminando junto a ellas, en un diálogo
de tierna solicitud, que hay que descubrir en la fe, en la oración. En no pocas
circunstancias, es una peregrinación difícil, en donde se percibe la amargura de lo no logrado,
tal vez de combates perdidos, y de la erosión de muchos hogares, pero en donde gracias al
contacto con el Salvador de los hombres, como aconteció con los peregrinos de Emaús,
en una causa que parecía hecha añicos, renace la esperanza. El amor redimido conserva energías maravillosas para
responder a los desafíos y asumir las necesarias responsabilidades, que el señor confía
a la familia y sin las cuales la humanidad y aun la misma Iglesia estarán condenadas al
fracaso. Si el futuro de la humanidad pasa por la familia, se hace necesario ponderar las
vastas oportunidades que el futuro depara y pensar que en buena parte,
respondiendo al Señor de la historia, la familia es arquitecto de su propio destino. El Papa
indica: "Es por esto necesario que la preparación del gran Jubileo pase, en cierto modo, a través
de la familia … Acaso no fue por medio de una familia, la de Nazaret, que el Hijo de
Dios quiso entrar en la historia del hombre?" (TMA 28). El Señor, que puso su morada entre nosotros (Jn 1,14), que
montó, por así decirlo, como lo sugiere el lenguaje bíblico, su tienda, (su carpa de
beduino) en medio de nosotros, quiso hacerlo en ese hogar concreto de Nazaret, en
donde Jesús recogió las primeras lecciones, en obediente cercanía a sus padres. La celebración del Encuentro mundial de Río requiere esa
actitud abierta, gozosa, contemplativa, en la que el misterio de la familia se
descubre y se profundiza en el Señor. Esta es la razón por la cual hemos querido que la
preparación de tal evento asuma la forma de unas "catequesis", sobre las
cuales millones de familias están reflexionando en diversas partes del mundo, guiadas por la
doctrina de la Iglesia, en ambiente de oración, con el convencimiento de que el Señor
las acompaña. Esperar es algo que está inscrito en el dinamismo humano.
Forma parte de la índole esencial del hombre y es factor determinante, escribe un filósofo,
el esperar y el modo como se espera78. La existencia humana está determinada no
solo por la asunción del presente, sino también por la memoria del pasado y por la
expectativa del futuro, en el sentido de la esperanza activa, que nos abre hacia un bien, o
conjunto de bienes que deseamos. Es, pues, proprio del hombre, esperar, tener
esperanza. Para el cristiano esta esperanza se proyecta hacia Dios, de tal forma que
cuando la confianza no se pone en Dios, comenta un autor, la confianza es
irresponsable certeza, destinada a ser destruida79. Si bien, por una parte, como anotaba un escritor español,
Eugenio D'Ors, la esperanza era "la virtud que tenía la peor prensa", y
Chamfort, se atrevía a decir que "es un charlatán que nos engaña sin cesar", vivimos un
momento de la historia en que es preciso recomponer las coordenadas de esa esperanza, la
verdadera, que como la verdad y el amor auténtico, no engañan, porque a la postre
no son construcción hecha por mano humana, y en tal sentido, no es "irresponsable
certeza", frágil y traicionera, sino dimensión necesaria que se cimenta en el absoluto de
Dios. En virtud de la firme certeza del triunfo de Cristo, Salvador
de los hombres, triunfo que es nuestro porque nos hace partícipes del mismo, la
esperanza nos ofrece la tónica, el talante y la garantía de la confianza. Da vigor y orientación
al caminar, como comportamiento moral. San Juan de la Cruz hablaba por ello de
un "revestimiento de color verde"80. Esta firme esperanza y confianza son
absolutas porque reposan en las promesas divinas81. Enseña el Catecismo de la Iglesia católica : "La
virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo
hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las
purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege el desaliento, sostiene en todo
desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El
impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la
caridad" (n. 1818). Por la esperanza lanzamos hacia los cielos nuestra áncora,
allí donde el Señor ya llegó. Jesús, que ya penetró en la eternidad, es quien regresa en
esa cita definitiva con la humanidad, que es la parusía. Por eso la esperanza nos sitúa
en el terreno de la historia y de la escatología. ¿Cómo levantar los corazones a la esperanza, mientras un
conjunto de signos más bien llevan a dudas, para algunos fundadas, sobre su
supervivencia, al menos según los esquemas actuales? Hay síntomas evidentes de erosión,
especialmente en algunos países, y se anuncian grietas preocupantes en las
estructuras familiares en espacios más amplios. Recordemos cómo la duda sobre la continuidad
de la familia en el futuro era alimentada en foros internacionales, durante el Año
Internacional de la Familia, en la corriente de "la familia incierta"
según los planteamientos de L. Rousell82. Sin embargo, puede ocurrir que las proyecciones representen
mas bien una ampliación indebida en un plano universal de fenómenos que revisten
características preocupantes en determinados países. Incluso en los más afectados por la
sistemática destrucción de la familia con "la conspiración" del Estado, cabe
preguntarse si no surgirán en el futuro nuevas tendencias y reacciones firmes que empujen a las
fuerzas políticas, empezando con más comprometidos esfuerzos pastorales de los
cristianos, hacia nuevos rumbos y modificaciones. Se dan signos esperanzadores, que revelan una
nueva dinámica. En todo caso, ¿será posible que pueblos que han recogido
abundantes lecciones de la historia, caminen hacia una aventura con trágico final? Hemos visto cómo ciertas conclusiones derrotistas tienen
poco en cuenta que una preocupación fundamental para la familia persiste y que hay
abundantes datos en las encuestas sociológicas, sobre todo en las respuestas de los
jóvenes, que anhelan en amplia mayoría formar un hogar estable. Otro aspecto sería
ver, si de hecho la conducta es la adecuada a lo que expresan como ideal83. Las
amargas experiencias de un descalabro social sugieren ya a algunos políticos
consecuentes políticas financieras y actitudes de apoyo y protección de la familia. En las etapas finales del Año Internacional de la Familia se
respiraba una atmósfera más positiva que la enrarecida, con la que se dieron los
primeros pasos y más libres respecto de las premisas, con las que apresuradamente muchos
trabajaron. Hemos aludido al nuevo tratamiento, que comienza a darse a la
familia, v. gr., en Estados Unidos, ya que la familia vuelve a recuperar un interés
político84. No podemos dejarnos llevar por una especie de
"determinismo" de sabor fatalista, de tal forma que haya una rendición sin lucha ante lo que parecería
ser una tendencia ineluctable de eclipse de la familia. Si se trata de una
institución, querida expresamente por el Creador, ¿no se manifestaría en el corazón de los
pueblos y de las personas una búsqueda del bien necesario para los esposos, para los hijos
y para la sociedad? Hemos considerado cómo no es objetivo que la familia haya
dejado de ser centro de mediación social, y que hay mediaciones esenciales en orden
a reconocer y preservar a la familia como espacio privilegiado de la humanidad y de
salvaguarda de la misma. Se revela, con la ayuda de las ciencias, una nueva semblanza
de "la ciudadanía de la familia", inseparable de su misión educadora al
servicio de la identidad de la persona humana. Es aquí donde seguramente hemos de ahondar en las más
ricas posibilidades de la familia, sin aferrarnos a otras formas de presencia y
mediación de ella, más sujetas a otros momentos de la historia y de modalidades
culturales. Esta mediación necesaria nos conduce a privilegiar la
dimensión del hijo, como camino real para el rescate de la institución familiar y para su
fortalecimiento, precisamente porque los hijos son quienes revelan los perfiles y el modo
de ser, de vivir en el hogar. Permitidme una anécdota. En un Congreso mundial de las
familias en Malta - noviembrede 1993 -, promovido por las Naciones Unidas, el
principal (y era síntomático) ponente invitado fue el sociólogo francés L.
Rousell. Los pronósticos sobre el futuro de la familia estuvieron cargados de
sombras. Diríase que moría la esperanza. Lo interrogué al final, como si me moviera el "spes contra spem", por lo
cual Abrahám mereció el elogio. Le pregunté si de verdad no veía ninguna salida, porque, de
ser así las cosas, la humanidad caminaría hacia el vacío. Reflexionó un
momento. Me ofreció su libro, que yo había leído con interés. Y me repuso:
"Comienzo a pensar en una luz al final del túnel y es el hijo". Sí, en los hijos hay una luz y una salida. Aunque todavía esa
"salida" no se perciba en su obra, confieso que es esta una pista fundamental. Es el servicio de los hijos, su atención amorosa, lo que
puede liberar de los tentáculos del egoísmo, que atenaza a tantas parejas en un "egoísmo
entre dos", y a la sociedad que con la asfixia de los valores provoca las crisis de
inhumanidad. Los hijos, frutos del amor, evangelizan y liberan a los propios autores, unidos a
Dios, de su vida. La pareja desde su misión central, que no se opone, sino que da
plenitud al amor conyugal, es liberada por los hijos de reducirse a pensar en solucionar
"sus problemas", sin dejar espacio a los del hijo, con sus derechos y sufrimientos. En tantas partes sociedades, que tienen el riesgo de
envejecimiento, sobre todo en el espíritu, (sin detenernos en consideraciones referidas al
"invierno demográfico"), la luz viene de lo alto, en la nueva vida que viene desde Dios, como
vino "desde lo alto" el Señor, Salvador del mundo. Séame permitida una alusión de carácter artístico. Un
prestigioso escultor español, Luis Antonio Sangüino, ha regalado generosamente al Pontificio
Consejo para la Familia su obra "Sanctuarium vitae". Es una hermosa escultura,
como un canto a la vida. Desde las manos de Cristo, traspasadas por los clavos -
manos de Dios, alfarero del hombre - en forma de cuna, surge la vida en el recinto luminoso de una
mujer, la madre: es el vientre en el que el "nasciturus" duerme… Surge como un
árbol, el de la vida, en la familia: son niños y niñas de todas las razas. Con rostros sonrientes
levantan sus brazos en señal de victoria hacia el cielo, hacia la luz. La luz
que en el vientre bendito de las madres ilumina el amor de los esposos, de las familias, del mundo, con más
poesía y realismo que la sola luz que se adivina al final del túnel. Es la luz de
quien, desde Nazaret y Belén, ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). Quiero concluir este postrero recorrido artístico con otra
mención y como reconocimiento al don que hemos recibido. El célebre artista religioso italiano Enrico Manfrini ha
regalado para el Encuentro mundial un bellísimo bajorrelieve de la Sagrada
Familia de Nazaret. El escultor, que ha enriquecido el patrimonio artístico cristiano con numerosas
obras, tiene 83 años y trabaja con entusiasmo juvenil en su taller de Milán, al
lado de su esposa. Es un vivo testimonio de un hogar realizado en la serena felicidad de
una pareja, que, como canta el libro de Tobías, envejece bajo la mirada de Dios (cf.
Tob. 14, 2). Me preguntaba a mí mismo: ¿Cómo a esa edad pueden las manos ser tan dóciles a
la inspiración que las mueve, laboriosas y minuciosas como las de un joven, hasta
plasmar esos rostros admirables del Dios - Niño, de José y de María, que llenan
de luz la humilde casa - taller de Nazaret? Me parece que el secreto de la lozanía de este artista está
en el amor conyugal y de los hijos, con que el Señor los bendice. Nazaret, Belén, Caná
nos hablan de la familia y de la activa presencia del Señor que se prolonga en
la historia. En la Carta a las familias Gratissimam sane, el Sucesor de Pedro apuntaba al
"esposo", que está dentro de la familia. Es El quien une a los esposos en el misterio de su
Alianza; El quien renueva el amor en esa recíproca entrega en la comunión familiar,
don-compromiso, que hunde sus raíces en Dios; El quien transforma el agua en
vino y acude en ayuda del nuevo hogar, en esa cadena de novedades que continúa a lo largo de los años;
El que contagia la esperanza, porque es El la Esperanza. 1 El Encuentro Mundial del Santo Padre con las Familias, se
realizará en Río de Janeiro el 4 y 5 de octubre de 1997 y será precedido del Congreso
Teológico - Pastoral que tendrá lugar durante los días 1, 2, 3 de octubre de 1997, y
que congregará 2500 participantes delegados de las Conferencias Episcopales, teólogos,
pastores y representantes de movimientos apostólicos de la familia y de
la vida, grupos, asociaciones empeñados y comprometidos en la causa
trascendental de la Iglesia doméstica, santuario de la vida. 2 cf. v.gr. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio,
nn. 11 - 16; Carta a los Jefes de Estado del mundo, del 14 de marzo de 1994; Carta a las
Familias, Gratissimam sane, nn. 6 - 12. 3 Algunos traducen "un solo ser", profundizando en
el sentido de la expresión bíblica. 4 cf. H. Schlier, La Lettera agli Efesini Paideia, Brescia,
1973, pag. 414 - 415. 5 cf. Rituale Romanum, Ordo celebrandi matrimonium, n. 74. 6 Ritual de la celebración del matrimonio, citado en
Gratissimam sane, carta a las Familias, n. 11. 7 M. Thurian, Mariage et Celibat. Dons et appels, Taizé,
1977, pag. 27-28. 8 C. Rocchetta, Il sacramento della coppia , EDB, Bologna,
1996, pag. 42. 9 Joachim Gnilka, Il Vangelo di Matteo, Parte I-II Paideia,
Brescia, 1990, pag. 229. 10 Giovanni Paolo II, Uomo e donna lo creò. Catechesi
sull'amore umano, Città Nuova Editrice - Libreria Editrice Vaticana, Roma, 1985, pag. 97. 11 Ibid., pag. 468, n. 4. 12 Ibid., pag. 59. 13 cf. M. Yourcenar, Mèmoires d'Hadrien, Gallimard, Paris
1974, pag. 21-22. 14 Ibid., pag. 34. 15 Francisco Gil Hellín, "El matrimonio: amor e
institución", en Aa.Vv., Cuestiones fundamentales sobre matrimonio y familia, Universidad de
Navarra, Pamplona, 1980, pag. 239. 16 A. Quilici, Les fiançailles. Paris, Le Sarment / Fayard,
1993, pag. 135. 17 J. Ratzinger, Le mariage et la famille…, pag. 311. 18 "El amor de que aquí se habla es el "amor
coniugalis", es decir, no el mero sentimiento e impulso ciego e irresistible expuesto a la
inestabilidad de la pasión, sino aquel afecto " | |||||||||