Monografias | Magia y Religión: La muerte de los dioses en México

Magia y Religión: La muerte de los dioses en México

Resumen: Algo extenso, pero cruel ejemplo de teología religiosa, sacrificándose a un inventado dios solar un joven en la plenitud de su vida, por muy esclavo que socialmente fuera, y a la no menos inventada diosa del maíz una guapa niña de 12 o 13 años, por muy hija de esclavos que fuera también.
Me sigue horrorizando la Inquisición cristiano-católica, con más de un millón de personas quemadas vivas, pero ninguna religión ha sido menos cruenta, y tampoco menos falsa.

Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez


 

Algo extenso, pero cruel ejemplo de teología religiosa, sacrificándose a un inventado dios solar un joven en la plenitud de su vida, por muy esclavo que socialmente fuera, y a la no menos inventada diosa del maíz una guapa niña de 12 o 13 años, por muy hija de esclavos que fuera también. 

Me sigue horrorizando la Inquisición cristiano-católica, con más de un millón de personas quemadas vivas, pero ninguna religión ha sido menos cruenta, y tampoco menos falsa. 

Pero observen, al leer este escrito, la desfachatez criminal de la casta que llamamos sacerdotal, bailando y haciendo carantoñas mientras lleva puesta la recién degollada piel de una niña. Y es sólo un ejemplo de oficio sacerdotal. 

Magia y religión

LXVIII. - La muerte de los dioses en México

Ningún otro pueblo de estos que estamos llamando primitivos parece haber observado tan comúnmente, y con tanta solemnidad, la costumbre de sacrificar al representante humano de los dioses como los aztecas del antiguo México. Pues cada año daban un esclavo a los sacerdotes de los distintos cultos para que nunca faltase la semejanza viva del ídolo, y pudiese serle sacrificado, aunque yo voy a referirme únicamente a los ritos de Tezcatlipoca, "dios de dioses", y Chicomecóhuatl, 
diosa del maíz. 

El primer día del quinto mes azteca, entre el 23 y 27 de abril, se celebraba Toxcatl, en honor de Tezcatlipoca, y se sacrificaba a su representante, "renaciendo" en la persona de otro nuevo. 

El joven destinado a tan sacra y letal dignidad era escogido con todo cuidado entre los cautivos por su belleza corporal, debiendo estar exento de defectos físicos, ser delgado, y de estatura media; si con su regalada vida engordaba, debía adelgazar bebiendo agua salada. 

Se le enseñaba con sumo cuidado a comportarse, hablar correctamente y con elegancia, tocar la flauta, fumar y aspirar el aroma de las flores. Estaba honorablemente alojado en el templo, servido por nobles, que le cuidaban como a príncipe. El propio rey se encargaba de que siempre tuviera aspecto de dios, con plumón de águila en su cabeza, que descendía hasta su cintura, y plumas blancas de gallo; guirnalda de flores parecidas a la del maíz en sus sienes, y otra sobre sus hombros y bajo sus axilas; ornamentos de oro en la nariz, brazaletes dorados en los brazos, campanillas de oro en sus piernas, pendientes de turquesa en sus orejas, brazaletes de turquesa en sus muñecas, y collares de conchitas al cuello, colgando sobre el pecho; manto de malla, y faja recamada en su cintura. 

Así ataviado paseaba por las calles, tocando su flauta, echando humo de su cigarro, y aspirando el aroma de un ramillete de flores. La gente se postraba en tierra ante él, y le rezaba entre suspiros y lágrimas, recogiendo y besando el polvo en señal de sumisión y obediencia. Las mujeres le presentaban a sus hijos, pues era el Señor. 

Por temor a que escapara, iba siempre acompañado de ocho pajes, con librea real, cuatro de ellos con la corona afeitada, a semejanza de los esclavos de palacio, y los otros cuatro con el cabello suelto, como los guerreros. Si se escapaba, el capitán de la guardia tenía que reemplazarle, y morir en su lugar. 

Veinte días antes de su muerte cambiaba de indumentaria, y se le entregaban cuatro damiselas esmeradamente educadas, llevando el nombre de cuatro diosas:de las flores, del maíz tierno, de las aguas y de la sal, que es a la que desposaba oficialmente. 

Durante los últimos cinco días se acrecentaban sus honores divinos, y la propia corte iba tras el dios humano:banquetes, bailes solemnes, etc. 

El último día, acompañado de sus cuatro esposas y pajes, embarcaba en una canoa cubierta con el dosel real, que le transportaba, cruzando el lago, hasta una loma, llamada de la despedida, porque allí sus mujeres le daban el último adiós. 

Después, acompañado sólo por sus pajes, entraba en el templo, y conforme ascendía por la escalinata rompía una de sus flautas en cada escalón. Al alcanzar la cúspide, los sacerdotes lo sujetaban, lo tendían de espaldas sobre un bloque de piedra, y uno de ellos le abría el pecho, y le arrancaba el corazón, que mostraba en sacrificio al Sol. Pero el cadáver del dios muerto no era echado a rodar pirámide abajo por la escalinata, como sucedía con las otras víctimas, sino que lo bajaban hasta la base del templo, y allí le cortaban la cabeza, que clavaban en una pica. 

En septiembre, tras una semana de riguroso ayuno, santificaban a una esclava niña, de 12 o 13 años, la más bonita, para que fuese representante y víctima de Chicomecóhuatl. La revestían con ornamentos de diosa, ponían una mitra en su cabeza, mazorcas de maíz en cuello y manos, y plumas verdes en la cabeza, imitando una mazorca de maíz. 

Durante el día entero llevaban la diosa humana de casa en casa, bailando alegremente, y al anochecer se reunía todo el pueblo en el templo, iluminado con faroles y antorchas. A medianoche, mientras trompetas, flautas y cuernos tocaban música solemne, traían unas andas o palanquín adornado con festones de mazorcas de maíz y chiles, lleno de semillas de todas clases; y lo colocaban a la puerta de la cámara en que estaba la imagen en madera de la diosa:cámara que estaba ahora engalanada, por fuera y dentro, con guirnaldas de mazorcas, chiles, calabazas, rosas y granos de toda clase, y el suelo completamente cubierto con las ofrendas de los fieles. 

Cuando cesaba la música llegaba una procesión solemne de sacerdotes y dignatarios, con flamantes luces e incensarios, conduciendo en medio a la diosa humana, a la que hacían subir a las andas o palanquín, donde se mantenía erguida sobre el maíz, los pimientos y calabazas, apoyadas sus manos en dos barandillas. Después los sacerdotes incensaban alrededor, volvía a sonar la música, y un gran dignatario del templo, navaja de afeitar en mano, cortaba hábilmente la gran pluma verde de la cabeza de la diosa humana, con el cabello al que estaba sujeta. Presentaba pluma y cabello a la imagen en madera de la diosa, llorando y dándole gracias por los frutos y cosecha del año. El pueblo congregado en los patios del templo lloraba y oraba también. 

Terminada esta ceremonia la diosa humana descendía de las andas, y la escoltaban hasta donde iba a pasar el resto de la noche, pero la gente se quedaba velando toda la noche en el templo, hasta que amanecía. 

Llegada la mañana regresaban los sacerdotes con la aún diosa humana, la niña de 12 o 13 años, adornada con atavíos de diosa, con mitra en la cabeza y las mazorcas alrededor del cuello. De nuevo subía a las andas o palanquín, quedando de pie apoyada en las barandillas. Los dignatarios del templo tomaban a hombros las andas, y mientras unos balanceaban sus incensarios encendidos, otros tocaban instrumentos o cantaban, en procesión por el gran patio del templo hasta el salón de Huitzilopochtli, regresando después a la cámara donde estaba la imagen en madera de la diosa del maíz. Allí hacían descender a la diosa humana, situarse sobre los montones de maíz y hortalizas del suelo, y mientras estaba así erguida los dignatarios y nobles, uno a uno, se acuchillaban ante ella, y raspaban la costra de sangre seca y coagulada que llevaban en platillos, que es la que habían extraído de sus orejas durante la semana de ayuno. Tras los hombres hacían lo mismo las mujeres, no acuchillándose simbólicamente, sino sólo acurrucándose. La ceremonia duraba mucho tiempo, y después regresaban todos a comer ya carnes y viandas, para reponerse de la abstinencia cuaresmal. 

Después de comer y beber bien, de descansar también, volvían al templo, en el que los sacerdotes incensaban de nuevo a la diosa humana. Pero después la tiraban de espaldas sobre el montón de maíz y demás granos, le cortaban la cabeza, recogían su sangre en una artesa, y asperjaban con ella la imagen en madera de la diosa, los muros de su cámara y las ofrendas de maíz, pimientos, calabazas, granos y hortalizas amontonadas en el suelo. Hecho esto desollaban el cadáver descabezado de la ex diosa humana, uno de los sacerdotes se embutía la ensangrentada piel de la víctima, y se vestía con todos los atavíos que la niña había llevado, incluyendo mitra en cabeza, collar de doradas mazorcas al cuello, mazorcas de plumas y oro en las manos, etc. Y así ataviado se exhibía al público, que bailaba al son de tambores, mientras él hacía de jefe de fila dando brincos, y haciendo posturas a la cabeza de la procesión.

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Publicado Monday 6 de October de 2003

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