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Magia y Religión: Expulsión pública del mal
Resumen: Aunque extenso, este escrito resume la expulsión pública del mal, encarnado en brujas o demonios, en espíritus malignos.
El demonio era creencia omnipresente en todo pueblo primitivo, y por tanto tampoco es invención de Corán o Bíblia.
Verán que siempre se concibe al mal como una especie de fantasma real, al que se caza y ahuyenta con infernal ruido, pero también con armas.
Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
Aunque extenso, este escrito resume la expulsión pública del mal, encarnado en brujas o demonios, en espíritus malignos.
El demonio era creencia omnipresente en todo pueblo primitivo, y por tanto tampoco es invención de Corán o Bíblia.
Verán que siempre se concibe al mal como una especie de fantasma real, al que se caza y ahuyenta con infernal ruido, pero también con armas.
Y la paradoja es que muchos pueblos expulsaban estos males en festivales orgíacos, que llamamos Saturnalias; con lo que creen expulsar un mal ficticio (demonio o bruja), para librarse de un mal real (enfermedad o peste), mediante un mal ético colectivo.
Magia y religión
LXIV. - Expulsión pública del mal
Si nada hay de original en el judeo-cristianismo e Islam, menos la concepción del mal como demonio, encarnación del mal, que es connatural a todo pueblo de los que estamos llamando primitivo, en los que ve la causa de sus desdichas, por lo que imagina que, si consigue librarse de ellos, se librará de los males que sufre. Y los expulsará en forma directa, o inmediata, si los cree inmateriales o invisibles; e indirecta o mediata, a través de una víctima expiatoria, si los cree corporeizados.
En la isla de Rook, entre Nueva Guinea y Nueva Bretaña, cuando acontecía alguna desgracia, todo el pueblo se reunía gritando, maldiciendo, y echando al demonio con estacas. Los nativos de Nueva Bretaña recorrían los campos, armados de ramas y mazas, golpeando y pateando el suelo, y dando gritos, en la creencia de que así ahuyentaban a los demonios. Los de Nueva Caledonia se congregaban alrededor de un gran hoyo, conjuraban al demonio, y lo enterraban en el hoyo. El curandero de los dieri, Australia central, desempeñaba su oficio expulsando a Cutchie, para lo que golpeaba el suelo con la cola curtida de un canguro.
Los de Minahassa, Célebes, se aposentaban varios días en chozas provisionales en las afueras del poblado, ofreciendo sacrificios, hasta que los hombres regresaban al pueblo, armados como podían, y expulsaban los demonios golpeando, disparando y chillando; después, presididos por los sacerdotes, que portaban el fuego sagrado, lo encendían en cada cocina, tras dar nueve vueltas a cada casa.
Los alfures de Halmahera limpiaban las aldeas de enfermedades regalando al hechicero una costosa vestidura, que dejaba en la selva, morada del demonio, colocada sobre cuatro vasijas; el hechicero conjuraba al demonio, y las enfermedades desaparecían.
Los de la isla de Kei, presididos por sacerdote, salían de la aldea a la puesta del sol, y en sitio alejado clavaban en el suelo dos pies derechos, con un travesaño, del que colgaban sacos de arroz, cañones de madera, gongos y brazaletes; el sacerdote se dirigía a los demonios, y regresaban a sus casas corriendo.
En la isla de Nias erigían una pértiga frente a la casa de los enfermos, y desde su extremo tendían una maroma de hojas de palmera hasta el tejado de la casa, donde se subía el hechicero, mataba un cerdo, y lo dejaba caer; el demonio bajaba a recoger el cerdo, y las imprecaciones del hechicero impedían que regresara. Si no curaba así el enfermo, se cerraban puertas y ventanas, excepto una bohardilla del tejado, por la que escapaban los demonios, aterrorizados por las estocadas de sable, redobles de tambores y ruidos de gongos. Si había epidemia, se expulsaba a los demonios por este último procedimiento, pero ahora los demonios salían por la única puerta dejada abierta.
En Birmania se libraban del cólera subiéndose los hombres a los tejados, y golpeando con bambúes y palos, mientras el resto de la población batía tambores, soplaba trompetas, gritaba y aullaba, sonaba cacerolas, y golpeaba paredes y suelos. Los demonios se marchaban al tercer día de estruendo.
Los kumis, sudeste del Indostán, curaban viruelas sitiando las ciudades, para que nadie entrara, pues producía la viruela un demonio de Aracán; estrellaban un mono contra el suelo, y colgaban su cadáver en la puerta del pueblo; esparcían su sangre, mezclada con chinarro del río, por todas las casas; barrían los umbrales de cada casa con el rabo del mono, y tras las clásicas imprecaciones del hechicero el demonio se marchaba.
En la Costa del Oro, Africa occidental, también se expulsaban demonios con mazas y antorchas, alaridos, golpes, carreras, gritos y lanzadas al aire; estruendo en suma, hasta que los demonios se marchaban por la única puerta que se les dejaba abierta. Pero los perseguían hasta la selva, y mataban todos los gallos, para que sus cacareos no permitieran regresar a los demonios.
Los indios hurones expulsaban demonios, y por tanto curaban epidemias y enfermedades, mediante la Lonouyroya:corrían frenéticamente al atardecer, rompían y tiraban cuanto encontraban, incluso en las tiendas, arrojaban brasas y ramas encendidas por las calles, pasaban la noche chillando, e imaginaban qué podía representar al demonio; de mañana pedían de tienda en tienda, y si recibían lo imaginado, la enfermedad o epidemia había desaparecido.
Si los patagones eran atacados de viruela, abandonaban a los enfermos y huían, hiriendo el aire con sus armas y derramando agua; cuando, tras varios días, creían estar ya lejos de la peste, plantaban las armas en el suelo, en la dirección de donde vinieron.
Igual huían de las pestes los lules o tonocotes del Gran Chaco, por caminos sinuosos. Y los indios de Nuevo México, que se refugiaban en espesuras muy espinosas. O los chinos, que se ocultaban en matorrales, armados con espadas.
Mas también se efectuaban batidas periódicas de demonios, o espíritus difuntos, a fecha fija. Los negros australianos, por ejemplo, primero golpeaban con bumerangs cantando; después aparecía un hombre con el cuerpo blanqueado de caolín, cabeza y cara pintadas de rojo y amarillo, y penacho de plumas de cinco palmos de alto; durante veinte minutos miraba absorto hacia arriba, escudriñando espíritus, y cuando los encontraba los echaba a ramazos; él y otros diez más.
En Punta Barrow, Alaska, se cazaba al perverso Tuña a finales de invierno:encendían una hoguera frente a la casa del consejo, apostaban una vieja a la puerta de cada cabaña, y se expulsaba al espíritu de cada domicilio con cuchillos, apuñalando con encono bajo las tarimas de dormir, y pieles de ciervo;
obligaban así a Tuña a salir al aire libre, entre gritos frenéticos, mientas las viejas daban también cuchilladas al aire, para que Tuña no volviera. Y al final se le quemaba en pira pública, a la que uno disparaba cartuchos de salvas, y otro arrojaba orines.
Los esquimales de Baffin oían espíritus a fines de otoño, a veces en forma de perro gigantesco y sin pelo, aunque el más temido era Sedna, señora de los infiernos, y su padre. Y a Sedna concretamente ahuyentaba el hechicero, enrollando una cuerda en una cabaña grande, con una pequeña abertura en la cúspide. Se colocaban otros dos hechiceros al lado, uno con un arpón, y el otro con su cuerda. Un tercer hechicero canturreaba un conjuro mágico, y al final hacían regresar a Tuña a su morada de Adlivun, siendo milagroso que los hechiceros mostrasen, como prueba de su lucha, el arpón ensangrentado. De todas formas se protegían también de Sedna con trozos de los primeros vestidos que usaron al nacer, en forma de amuletos.
Los iroqueses inauguraban Año Nuevo con un "festival de sueños" de varios días o semanas, que era una saturnalia, en la que hombres y mujeres disfrazados iban de tienda en tienda tirando y rompiendo todo, con libertinaje general, apaleándose a quien se odiaba, arrojándoles agua helada, cubriéndoles con cenizas, brasas encendidas o inmundicias. Era diversión general tirar carbones o ramas encendidas a las cabezas de quienes encontraban. El único medio de escapar de estos perseguidores era averiguar lo que habían soñado, y un día del festival se dedicaba a expulsar espíritus. Hombres vestidos con pieles de animales salvajes, cara cubierta con máscaras, y carapacho de tortuga en mano, iban de choza en choza haciendo ruido, tomaban en cada casa combustible, y esparcían ascuas y cenizas por el suelo. Precedía al festival confesión general de pecados.
Los incas del Perú celebraban en septiembre el festival llamado Situa, para desterrar cualquier enfermedad o desgracia. Como preparación se ayunaba el primer día después del equinoccio otoñal, y por la noche horneaban una basta masa de maíz, que era de dos clases:una amasada con sangre de niño de cinco a diez años, que obtenían sangrándole entre las cejas. Cada familia se reunía en casa del hermano mayor, o del pariente de más edad. Se bañaban, y se frotaban con la pasta amasada con sangre cabeza, cara, pecho, hombros, brazos y piernas. El cabeza de familia untaba el umbral con la misma pasta, mientras el gran sacerdote oficiaba idénticas ceremonias en el templo del Sol. Al salir el sol todo el pueblo lo adoraba, y le imploraba que alejase los males de la ciudad. Después comían de la pasta amasada sin sangre, y a la hora convenida llegaba un inca, ricamente ataviado y cubierto con manto, lanza en mano, mensajero del Sol. La lanza estaba adornada con plumas de muchos colores. Corría cuesta abajo blandiendo su lanza, hasta llegar al centro de la gran plaza cuadrada donde había una urna de oro. Aquí le esperaban otros cuatro incas, también con lanza en mano, y el manto recogido para correr. El mensajero del Sol tocaba con su lanza las otras cuatro, y les ordenaba expulsar los males de la ciudad. Entonces los cuatro incas recorrían separadamente los cuatro caminos reales que conducían a las cuatro partes del mundo, mientras las gentes llegaban a las puertas de sus casas, y expulsaban también los males con conjuros. Tras sacudir sus ropas pasaban sus manos por sus cabezas, caras, brazos y piernas, y después bailaban, se bañaban en fuentes y río, encendían antorchas de paja y volvían a pronunciar conjuros. Mientras tanto los incas corredores estaban ya a un cuarto de legua de la ciudad, donde encontraban otros cuatro, prestos a recibir las lanzas y correr con ellas. Así se transmitían las lanzas, en relevos, hasta cinco o seis leguas. Al final los corredores se bañaban, lavaban sus lanzas, y las clavaban señalando el límite que el mal no podía traspasar.
Los negros de Guinea desterraban también anualmente al diablo. En Axim, Costa de Oro, la expulsión iba precedida de ocho días de fiesta, de gran regocijo y sátira, y al octavo día era cuando se perseguía al diablo con alaridos, carreras, lluvia de palos, piedras, etc. Se expulsaba así al diablo de más de cien lugares al mismo tiempo, y para asegurar que no volviera las mujeres fregaban todas sus vasijas.
En Cabo Castillo, Costa de Oro también, el diablo era Abonsam, al que se amedrentaba a partir de las ocho de la tarde, y se le expulsaba de las casas, con los ya dichos ruidos, golpes, gritos y repiques de cacerolas. La expulsión era precedida de cuatro semanas de silencio, durante las que no podía entrar nadie en la ciudad, y podían matarse o cogerse en propiedad los animales que encontraban por las calles. Durante esas cuatro semanas no se permitía ni siquiera lamentar la muerte de quien falleciese.
Los hos del Togo, Africa occidental, expulsaban demonios antes de probar los nuevos ñames. Conjuraban a espíritus, brujas y males a que se metieran en hojas y bejucos atados a palos, que sacaban de la ciudad, y plantaban a las orillas de los caminos. La noche siguiente no se podía encender fuego ni comerse nada. Al día siguiente las mujeres limpiaban sus casas, y depositaban la suciedad en rotas bandejas de madera. Se pronunciaban conjuros, y corrían con las dichas bandejas hasta el monte Adaklu, golpeándose la boca y pronunciando nuevos conjuros. Tiraban las basuras junto a un árbol especial, y regresaban ya sin demonios.
En Kiriwina, sudeste de Nueva Guinea, se festejaba igualmente la recolección de ñames durante varios días, y sobre tablado al efecto dejaban brazaletes, monedas y objetos de valor. Y al terminar las fiestas era cuando se expulsaba a los espíritus, con los gritos y palos consabidos.
Al nordeste de la India la purificación pública era en enero, sacrificándose un gallo y dos gallinas, una de ellas negra. Con ofrendas del árbol palas (Butea frondosa), y pan de arroz y sésamo. Rezos del sacerdote, oraciones a los difuntos, etc. Y procesión contra espíritus malignos, empuñando todos palos, cantando y gritando salvajemente, hasta que no quedaba demonio. Liberación que festejaban con cerveza de arroz, y el consiguiente libertinaje. Saturnalia en que los sirvientes se olvidaban de los amos, los hijos de los padres, y las mujeres del pudor, insultando los hijos a los padres, y los padres a su prole. Los mundaris tenían un festival semejante, con libertinaje total de siervos con amos, e hijos con padres.
Las tribus del Kuch indostánico expulsaban sus demonios en tiempos de recolección, en otoño. Los cabezas de familia disparaban mosquetes, y el día siguiente era de regocijo. Los khondos de la India los expulsaban en sementera, rindiendo culto a Pitteri Pennu, dios de la ganancia. El primer día de fiesta construían un carromato, que conducía el sacerdote hasta la casa del jefe, y después por todo el pueblo, contribuyendo todos con donativos, para que se divirtieran los jóvenes que ahora acompañaban al carromato azotándose con varas muy largas.
Los de Bali, al este de Java, expulsaban diablos con "luna obscura", congregándose en el templo, y ofrendando. El sonido de un cuerno convocaba a los demonios a participar en esas ofrendas. Los hombres encendían sus antorchas de la lámpara santa que ardía ante el gran sacerdote, y después se esparcían por el poblado expulsando demonios, mientras en las casas se hacían ruidos ensordecedores mediante golpes en las puertas, vigas, molinillos de arroz, etc. Así hostigados los espíritus volaban al banquete del templo, pero los recibía el sacerdote con exorcismos. Expulsados los espíritus se guardaba silencio un día, para hacer creer a los demonios que Bali era una isla desierta. Durante este silencio ni se cocinaba, pero todos colgaban a la entrada del poblado guirnaldas de espinos, y durante tres días no se trabajaba, compraba o vendía. Pero se entretenían en casa jugando con naipes y dados.
En Tonquín el 25 de febrero era theckydaw, expulsión general de espíritus malévolos, aunque desde el 25 de enero, comienzo de Año Nuevo, había sido mes de fiestas y orgías, con el Gran Sello guardado en caja cerrada boca abajo, por lo que la ley estaba durmiendo:sólo se castigaba la traición y el homicidio. Pero el dicho 25 de febrero tropas de artillería, en uniforme de gala, primero invitaban a un festín a demonios y espíritus, y después los acusaban, castigaban y desterraban, disparando tres grandes cañones, más otras descargas de artillería y fusilería, a fin de expulsarlos con su estruendo.
En Camboya la expulsión de espíritus se celebraba en marzo. Reunían cuantas estatuas rotas o piedras pudieran servir de refugio a los demonios, así como el mayor número posible de elefantes. Al anochecer había también descarga de fusilería, los elefantes se espantaban, y los demonios huían. Tres días consecutivos, en los que se repetía la ceremonia.
En Siam la expulsión de demonios era el último día del año. Un disparo de palacio era la señal, al que contestaba otro desde el puesto de guardia más próximo, y después había disparos por toda la ciudad.
De esta forma se expulsaba a los demonios paso a paso, y después tendían una cuerda sagrada alrededor de la muralla, para impedir que regresaran.
Europa también expulsaba demonios, brujas y espíritus malignos por estas fechas. Los votiakos, pueblo finés de Rusia oriental, reunían a todas sus jóvenes en fin de año o Año Nuevo, armadas con palos con nueve hendiduras en las puntas. Con los que golpeaban casas y corrales, pronunciando conjuros. Después arrojaban los palos al río, y Satanás se iba con ellos hasta la próxima aldea, donde era arrojado en igual forma. Aunque en algunos pueblos se le expulsaba recibiendo los solteros sémola, carne y aguardiente; encendían en las afueras una hoguera bajo un abeto, cocían la sémola, comían la carne, y bebían el aguardiente, pronunciando conjuros. Cuando regresaban al pueblo arrojaban a la nieve a cuantas jóvenes encontraban, para que "los espíritus de las enfermedades te abandonen". Los restos de sémola, carne y aguardiente se entregaban a los que los habían donado, para que los consumiesen. En el distrito de Malmyz echaban a Satán arrojando a la nieve a cuantos encontraban, y los votiakos de Kazán ofrecían un sacrificio al Diablo a mediodía; a continuación se reunían los hombres, a caballo, en la plaza, tras decidir por qué casa empezaban; y armados con látigos, garrotes de limero y ramas encendidas golpeaban las casas, entre gritos, cerrando las puertas y escupiendo al demonio expulsado. Como hacían esto casa por casa, el Diablo era expulsado de la ciudad. Entonces montaban sus caballos, y se marchaban corriendo, gritando salvajemente y blandiendo garrotes, que tiraban fuera de la ciudad, escupiendo una vez más al Diablo.
Los cheremiss, otro pueblo finés de Rusia oriental, cazaban a Satanás en sus casas golpeando las paredes con porras de limero, disparando fusiles, apuñalando el suelo con cuchillos, y metiendo en las hendiduras astillas ardiendo. Saltaban después sobre hogueras, sacudiendo sus vestidos, y soplando grandes trompetas de tilo. Cuando Satanás había huido al bosque, apedreaban sus árboles con tortas de queso y huevos.
En algunos pueblos de Calabria inauguraban marzo con expulsiones de brujas, de noche, al tañido de las campanas; corriendo y gritando las gentes por las calles, en ceremonia que repetían todos los viernes del mes.
En Albania los mozos encendían antorchas el Sábado Santo, y caminaban en procesión con ellas. Al final las arrojaban al río, y al arrojarlas arrojaban a Koré, que era su demonio. Los campesinos de Silesia creían que el Viernes Santo las brujas andaban sueltas, y las expulsaban con escobas viejas, también con el consabido alboroto y golpes.
En Europa central la caza de brujas era la Noche de Walpurgis, santa inglesa que ayudó a su tío San Bonifacio a convertir a los alemanes al cristianismo.
En el Tirol, por ejemplo, se "quemaban brujas" el 1ºde mayo, con preparativos desde varios días antes. El jueves anterior ataban haces de astillas de teas, abeto moteado de rojo y negro, tártagos, romero y endrino, que guardaban para quemarlos el 1º de mayo. Los tres últimos días de abril limpiaban las casas fumigándolas con bayas de enebro y ruda. El 1º de mayo, cuando la campana anunciaba el Angelus, comenzaba la "quema de brujas"; hombres y jóvenes formaban una baraúnda con látigos, campanas, cacharros y calderos; las mujeres llevaban incensarios; soltaban los perros, para que corrieran ladrando. Y tras tañidos de las campanas eclesiásticas, encendían los haces de teas que llevaban en el extremo de un palo, y prendían fuego al incienso. Ruido de campanillas y campanas, calderos y sartenes, ladridos de perros y voces humanas increpaban entonces a las brujas, mientras corrían siete veces alrededor de casas y corrales, con lo que no quedaba bruja en todo el espacio inundado con tan infernal ruido.
En algunas partes de Silesia se expulsaban brujas entre Navidad y Año Nuevo, disparándose tiros en campos y praderas, entre arbustos y árboles, envueltos en paja los árboles frutales.
El día de San Silvestre los bohemios, armados con escopetas, disparaban tres veces, para ahuyentar también a las brujas.
El día de Epifanía era también otra fecha muy indicada para expulsar espíritus malignos, y en Brunnen, orillas del lago de Lucerna, muchachos en procesión portaban antorchas, con gran estrépito de cencerros, cuernos y látigos, a fin de ahuyentar a las brujas Strudeli y Strätteli; y pensaban que si no hacían mucho ruido habría poca fruta.
También en Labruguière, Francia meridional, corría la gente por las calles la víspera de Reyes, tañendo cencerros, chocando pucheros y calderos, y produciendo el mayor ruido posible. Al resplandor de antorchas y llamas de gavillas de leña elevaban una prodigiosa alarma, que era un tumulto que desgarraba los oídos, esperando ahuyentar así cualquier espíritu endemoniado o errabundo.
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Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
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Código ISPN de la Publicación EpyVuyAVlATtrenKpl
Publicado Monday 6 de October de 2003
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