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Magia y Religión: Transferencia del mal
Resumen: Escrito en el que resumo la transferencia religiosa de pecados, enfermedades y males a objetos inanimados, animales, u hombres; y no sólo en pueblos que llamamos primitivos, sino en la Europa posterior a griegos y romanos.
Los redentores no son, pues, inventos cristiano-católicos, sino neolíticos, aunque esas creencias persistan aún en millones de seres humanos.
Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
Escrito en el que resumo la transferencia religiosa de pecados, enfermedades y males a objetos inanimados, animales, u hombres; y no sólo en pueblos que llamamos primitivos, sino en la Europa posterior a griegos y romanos.
Los redentores no son, pues, inventos cristiano-católicos, sino neolíticos, aunque esas creencias persistan aún en millones de seres humanos.
Como no he transcrito tampoco los conjuros que usaban, transcribo ahora el conjuro católico que se pronunciaba en Sonneberg para librarse de la gota:"Dios te salve, noble abeto. Te traigo mi gota; aquí haré un nudo y ataré mi gota con él. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Magia y religión
LXIII. - Transferencia del mal
Son ya estos pueblos primitivos, y no el cristianismo, quienes inventan la creencia de que las desgracias y pecados acumulados de toda la gente se cargan al dios agonizante, suponiendo que los llevará consigo para siempre, dejando a las gentes inocentes y felices. El Ecce Agnus Dei, qui tollit peccata mundi (He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo) católico es, pues, de nuevo invento neolítico. Pues la noción de que podemos transferir nuestras culpas y dolores a otros seres que los soportarán por nosotros es familiar a todo pueblo primitivo.
El resultado fue un número infinito de tretas para endosar a otro cualquiera la pesadumbre de la que querían substraerse. Y la transferían a objetos inanimados, animales, u hombres.
En algunas islas de las Indias Occidentales pensaban que la epilepsia podía curarse golpeando al paciente en la cara con las hojas de ciertos árboles, y tirándolas después lejos:la enfermedad pasaba a las hojas. Algunos negros australianos curaban el dolor de muelas aplicando a la mejilla un lanzador de azagallas bien caliente; se tiraba el lanzador, y se llevaba el dolor en forma de piedra negra karritch, que encontraban en montículos y dunas. También arrojaban por eso estas piedras a enemigos, para inducirles dolor de muelas. Los bahimas, Uganda, transferían sus abscesos obteniendo yerbas del curandero, que frotaban sobre el sitio hinchado, y enterraban en caminos frecuentados; quien pisaba donde la yerba estaba enterrada contraía la enfermedad, y el paciente se curaba.
Los curanderos bagandas hacían un modelo de arcilla de su paciente, o con flores de plátanos atadas en figura humana, que un pariente frotaba en el cuerpo del paciente, enterrando la imagen en un camino, u ocultándola entre la hierba de su linde:quien pasaba cerca de esa imagen contraía la enfermedad. Pero el uso de estas imágenes era crimen, y quien las enterraba en camino público podía ser condenado a muerte.
En el distrito occidental de la isla de Timor, cuando estaban muy fatigados, se abanicaban con ramas que tengan hojas, y las tiraban en los sitios de costumbre:la fatiga pasaba a las hojas. En el archipiélago Babar la gente cansada se golpeaba con piedras, creyendo que así traspasaban el cansancio; y también arrojaban esas piedras en lugares especialmente destinados a éso. En las islas Salomón arrojaban palos, piedras y hojas en montones situados en cuestas, o principios de senderos difíciles.
Cuando un marroquí tenía dolor de cabeza, golpeaba una cabra u oveja hasta que la derribaba, y su dolor desaparecía. Y los ricos tenían un jabalí en el establo, para que los jins o espíritus malignos se apartasen de los caballos y entraran en ellos. Los cafres enfermos de Africa del Sur confesaban sus pecados a una cabra, o dejaban caer unas gotas de sangre del enfermo sobre la cabeza de la cabra, que enviaban después al campo, y la enfermedad desaparecía. En Arabia en tiempos de peste conducían un camello por la ciudad, y la peste pasaba al camello, que estrangulaban en lugar sagrado. Los habitantes de Formosa alejaban el demonio de la viruela transfiriéndolo a una cerda, y quemando al menos sus orejas.
Los malgaches transferían los males a faditra:cenizas, monedas cortadas, ovejas, calabazas o lo que aconsejaba el adivino (sikidy). Si el faditra era ceniza, la aventaban o dejaban que la esparciera el viento; si moneda cortada, la arrojaban a aguas profundas; si oveja, se la llevaba un hombre corriendo; si calabaza, la tiraban con indignación al suelo. Y libraron a un malgache de muerte sangrienta haciendo que montara un buey con una vasija pequeña de sangre en la cabeza, que vertió en la cabeza del buey, mientras lo llevaba al desierto.
Los batakos de Sumatra sacrificaban a los dioses tres langostas (locustas) cuando una mujer era estéril; después soltaban una golondrina, rezando para que la maldición recayera en el ave. Si un pájaro entraba volando en casa de algún malayo, era presagio de desgracia, por lo que lo capturaban, untaban con aceite, y soltaban:recitando fórmula para que se llevara las desgracias. Y era lo que, al parecer, también hacían las mujeres griegas de la Antigüedad. Los huzules de los Cárpatos transferían pecas a la primera golondrina que veían, mientras se lavaban la cara en corriente de agua.
Los badagas de Neilgherry, India meridional, transferían los pecados de los difuntos a un búfalo joven, en ceremonia pública en la que un anciano recitaba mil trescientos pecados, tres veces:hacían que el búfalo diera tres vueltas al féretro, ponían la mano del difunto sobre su cabeza, lo soltaban, y se llevaba los pecados.
Cuando un cingalés estaba enfermo, llamaban a un bailarín diabólico, que conjuraba los demonios de la enfermedad, para que entrasen en su cuerpo. Se tumbaba en un féretro, simulaba estar muerto, y le abandonaban en un descampado, de donde regresaba a cobrar el estipendio. En 1590 Inés Sampson, bruja escocesa, curó a Roberto Kers transfiriendo su enfermedad a Alejandro Douglas, de Dalkeith, cuando intentó transferirla a un gato.
En Nueva Zelanda transferían todos los pecados de la tribu a un tallo de helecho atado a una persona:se sumergía con él en el río, lo dejaba flotar, y se llevaba los pecados. Los del rajá de Manipur se transferían a un criminal, que obtenía así el perdón. Y para transferir los pecados el rajá y su mujer, con ropas de lujo, se bañaban en el tablado del Bazar, con el criminal agachado debajo:el agua que goteaba transfería los pecados; aunque la transferencia se completaba dando rajá y señora sus ropas al criminal. En Tranvancore, cuando el rajá estaba muriéndose, transferían sus pecados a un santo brahmán, por diez mil rupias; aunque se le desterraba. En Utch Kurgán, Turquestán, también se ganaban muchos la vida de esta forma.
En Uganda, cuando oráculos divinos advertían al rey de que el ejército, que regresaba de la guerra, portaba algo malo, escogían a una esclava, una vaca, una cabra, una gallina y un perro:los frotaban con yerba, que ataban a sus cuerpos; y los llevaban a la frontera de donde procedían, abandonándolos, tras romperles brazos, piernas o patas. Y cuando ascendía al trono el rey, hería a un hombre, que enviaban a Bunyoro como víctima expiatoria.
Y estas transferencias también se realizaban en Europa. Los romanos curaban fiebres recortando las uñas del paciente, y pegándolas con cera en la puerta del vecino antes del amanecer. En Grecia debían hacer lo mismo, con figuritas de cera. Marcelo de Burdeos recomendaba curar verrugas curándolas con piedrecitas, que se envolvían en hojas de yedra, y se tiraban a la vía pública. En las islas Orcadas lavaban al enfermo, tiraban el agua en una entrada con portillo, y la enfermedad se transfería a quien pasaba por el portillo. En Baviera curaban la fiebre escribiendo "Fiebre, no vuelva, no estoy en casa" en un papel, que metían en el bolsillo de alguien. En Bohemia llevando un puchero vacío a una encrucijada, y dejándolo allí, para que cogiera la fiebre quien primero diera un puntapié al puchero.
Autores de la Antigüedad recomendaron curar picaduras de alacrán montando un asno, con la cara hacia la cola. Y dolores de muela cogiendo una rana por la cabeza, y escupiendo en su boca, siempre que fuese en día y hora fastos. En Cheshire curaban aftas cogiendo también una rana joven, y metiendo su cabeza en la boca del paciente. En Northamptonshire,
Devonshire y Gales curaban catarros colocando un pelo de la cabeza del paciente entre dos rebanadas de pan con mantequilla, y dándoselas a comer a un perro. En Oldemburgo curaban la fiebre dando un tazón de leche a un perro, y pronunciando un sortilegio; pero la fiebre no se marchaba hasta que perro y humano daban lengüetadas o sorbos a la leche tres veces.
En Bohemia era yendo al bosque antes de la salida del sol, y buscando un nido de becardón:llevaban uno de sus polluelos a casa, lo tenían allí tres días, y lo soltaban después, para que se llevara la fiebre. En tiempos védicos ya curaron los indios la tisis con un pájaro azulejo, más el consabido sortilegio. En Llandegla, Gales, se curaba la epilepsia en la iglesia de Santa Tecla, transfiriéndola a gallo si era hombre, o gallina si mujer:el enfermo se lavaba brazos y piernas en un pozo sagrado cercano; arrojaba cuatro peniques en él como ofrenda, dando tres vueltas al brocal y rezando tres Padre Nuestros; ponía el gallo, o la gallina, en una cesta, y con ella daba una vuelta al pozo, y otra a la iglesia; entraba en la iglesia, y se tendía bajo la mesa comulgatoria hasta que amanecía; tras otros seis peniques de ofrenda, se marchaba dejando gallo o gallina en la iglesia; si moría, es que la enfermedad se le había transferido; y estos milagros pagados dicen que fueron frecuentes hasta finales del siglo XIX.
En Atenas había una capilla de San Juan Bautista, a la que acudían los pacientes con fiebre:adherían un hilo encerado a una columna, y la fiebre desaparecía. En Brandeburgo curaban vértigos desnudándose y dando tres vueltas a un linar, ya anochecido:el lino recibía los vértigos.
En Bulgaria se curaban enfermedades, y toda clase de males, dando tres vueltas a un sauce, al amanecer, y pronunciando conjuro. En la isla griega de Kárpatos, atando un sacerdote un hilo rojo alrededor del cuello del paciente; a la mañana siguiente le quitaban el hilo, lo llevaban a un monte, lo ataban a un árbol, y la enfermedad quedaba en el árbol. En Italia el paciente se ataba un bramante alrededor de la muñeca izquierda por la noche, y a la mañana siguiente colgaba el bramante en un árbol; pero no podía pasar cerca del mismo árbol, si no quería recuperar la fiebre. En Flandes curaban el calofrío atando al paciente, por las mañanas temprano, a un sauce viejo:pronunciaban el conjuro, y regresaban corriendo, sin mirar para atrás. En Sonneberg curaban la gota atando un nudo en las ramas de un abeto joven, y pronunciando conjuro católico. Otro procedimiento era cortar las uñas del paciente, rasurando un poco de vello de sus piernas, barrenando un roble y metiendo uñas y vello, que tapaban y embadurnaban con estiércol de vaca:a los tres días la gota estaba en el roble.
En Cheshire curaban verrugas frotándolas con tocino, que metían en la corteza de un fresno:desaparecían las verrugas en los seres humanos, y aparecían excrecencias ásperas en la corteza del fresno. En Berkhampstead, Hertfordshire, curaban también fiebres estaquillando un mechón de pelos del paciente en un roble:tras un súbito tirón se dejaban cabello y fiebre en el roble.
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Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
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Publicado Monday 6 de October de 2003
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