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Magia y Religión: Ritos de la caza
Resumen: Escrito en el que resumo ritos de caza, para ahuyentar ratas y ratones, o para librarse de plagas de insectos, en la creencia generalizada de que los animales también tenían alma, y vengaban su muerte como si fuesen seres humanos.
Curioso es que los pueblos limítrofes achacaran siempre a los rusos la muerte de los animales que cazaban, o los indios del Orinoco a “seres del trueno”.
Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
Escrito en el que resumo ritos de caza, para ahuyentar ratas y ratones, o para librarse de plagas de insectos, en la creencia generalizada de que los animales también tenían alma, y vengaban su muerte como si fuesen seres humanos.
Curioso es que los pueblos limítrofes achacaran siempre a los rusos la muerte de los animales que cazaban, o los indios del Orinoco a "seres del trueno".
Todos estos pueblos respetan y veneran a los animales de acuerdo con su ferocidad, y creen que los huesos de los animales que comen se revisten de nuevo con carne, resucitando así animales de la misma especie.
Magia y religión
LXI. - Ritos de caza
Los pueblos primitivos explicaban la vida como residencia de un espíritu inmortal, por lo que dotaban a los animales de sentimientos e inteligencia igual que los humanos; almas que sobrevivían a la muerte, y erraban por los alrededores en que habían vivido, o renacían en forma animal.
Por eso el cazador primitivo que mataba un animal se creía expuesto a su venganza, y a la venganza de sus familiares, que consideraba obligados a ofenderse con base en la "deuda de sangre" que existía en su clan. Y respetaban a los animales de acuerdo con su fiereza.
El cocodrilo era uno de los animales más peligrosos, habitante de países cálidos, donde el alimento es abundante, y acuático; y como su carne no es especialmente comestible, sólo los mataban en represalia por alguna vida humana. Los pobladores de las orillas del lago Itasy, en Madagascar, por ejemplo, dirigían una proclama anual a los cocodrilos, advirtiéndoles que matarían tantos como seres humanos mataran ellos. Muchos se creían descendientes de cocodrilo, por lo que los consideraban parientes. Si algún cocodrilo mataba a pariente humano, era lógico que fuera sentenciado y condenado a muerte; pero aún así era enterrado como pariente.
El tigre era otro animal peligroso, con el que estos pueblos prefieren no enfrentarse, salvo en defensa propia, o porque el tigre hubiera herido o matado a un amigo o pariente. Por eso los indígenas de Sumatra incluso les advertían de las trampas que les habían tendido los europeos.
Los indios de Carolina no molestaban a las serpientes. Los seminoles y cheroquis evitaban especialmente a las de cascabel. Los cheroquis tampoco mataban lobos. En Jebel Nuba, Sudán oriental, estaba prohibido tocar nidos, o coger las crías de aves parecidas a los mirlos. Y todo por evitar venganzas.
Pero estos pueblos cazadores comían animales, y por eso los mataban con respeto y excusas, prometiendo que los restos serían honorablemente tratados. Los kamchatkos les ofrecían nueces para hacerles creer que eran invitados a un festín, y cuando mataban un oso presentaban su cabeza envuelta en hierbas, acompañadas de golosonas, y siempre atribuían su muerte a los rusos. Igual trataban a las focas y leones marinos. Los ostiakos colgaban de un árbol la cabeza del oso cazado y muerto, y la rendían honores divinos, atribuyendo también su muerte a los rusos. Igualmente los koriakos bailaban alrededor del oso, zorro o lobo muerto, y solían atribuir igualmente su muerte a los rusos. Y todos evitaban la cólera del animal muerto facilitando el regreso de su espíritu con pudines y carne de reno. Los fineses trataban de persuadir al oso muerto que había sido en accidente, y los lapones rogaban al oso muerto que no se vengara.
Una cacería de osos entre los indios americanos era un acontecimiento importante, para el que se preparaban con ayunos y purificaciones, ofreciendo sacrificios expiatorios a las almas de los osos muertos en cacerías anteriores. Cuando mataban un oso incluso le hacían fumar la pipa de la paz. Después colgaban su cabeza de un poste, pintada de rojo y azul, y los oradores hacían sus alabanzas, como si fuera ser humano. Y los indios nutka de la Columbia Británica vestían al oso muerto de jefe, y le ofrecían provisiones en una bandeja, aunque después también le desollaban, cocinaban y comían.
Los cafres también pedían excusas a los elefantes que cazaban, rogando que no se vengara, y enterraban su trompa con respeto. Muchas tribus africanas rendían honores de jefe al león matado, y en otras se fingía juicio a quien mataba un leopardo. Los bagandas tenían mucho miedo a los espíritus de los búfalos matados, cuya cabeza comían siempre a campo abierto, colocando después su cráneo en una pequeña choza construida al efecto, ofrendándole cerveza.
Los koriakos marítimos de Siberia creían que las ballenas vivían en tribus como ellos, y los habitantes de la isla de Santa María, al norte de Madagascar, rogaban a las ballenas que se alejaran, para que no vieran la captura y muerte de su prole. Si un cazador ajumba mataba un hipopótamo hembra en el lago Azyingo, Africa ocidental, lo decapitaba, separaba los cuartos y las entrañas, se introducía desnudo en el costillar, se lavaba con la sangre y excrementos del animal, pedía perdón a su alma por haberla matado, y rogaba también que no se vengara.
Cuando capturaban y mataban los indios del Brasil una onza sus mujeres adornaban el cadáver con plumas de muchos colores, le ponían brazaletes en las patas, y le rogaban también que no se vengase.
Cuando los indios pie negro cazaban y mataban águilas las llevaban al poblado, ponían en fila, y colocaban carne seca en sus picos, para alimento de sus espíritus. Los indios del Orinoco daban algo de aguardiente a los animales que mataban cazando, y los tetones mataban arañas, pero atribuyendo su muerte a los seres del trueno.
Los siberianos capturaban cebellinas y castores en secreto, y los de Alaska arrojaban sus huesos al río, para que no los comieran los perros, tras haberles obsequiado tabaco, y haberles elogiado en oraciones fúnebres.
Los indios norteamericanos tampoco daban a los perros los huesos de elián (Taurotragus derbianus, especie de antílope gigante), ciervo o alce, ni permitían que su grasa goteara en la hoguera. Si algún indio chiquito del Paraguay tiraba carne de ciervo o tortuga, enfermaba. Y los indios canadientes no comían fetos de alce.
En las islas de Timor-laut, archipiélago malayo, se colgaban los cráneos de tortuga debajo de las casas, y se los invocaba para que se pudieran cazar nuevas tortugas. Lo mismo se hacía en Poso, Célebes central, con las quijadas de ciervo y jabalí. Los indios lenguas, del Gran Chaco, esparcían, a intervalos, plumas del ñandú cazado, para que su espíritu dudase si era todo su cuerpo, o sólo parte. Los esquimales del estrecho de Bering creían que las almas de las focas, morsas y ballenas residían en sus vejigas, y que echadas al mar se reencarnaban en cuerpos nuevos.
Los indios del Perú rendían culto a sardinas, rayas, carpas doradas, langostinos y cangrejos; y los kwakiutl de la Columbia Británica tiraban al mar los huesos y desperdicios de salmón, para que sus almas resucitaran en nuevos salmones. Por igual razón no quemaban los otawas de Canadá, ni los hurones, espinas de pescado; y estos últimos atraían peces mediante elocuentes sermones. Los maoríes devolvían al mar el primer pez cogido; y los de la isla del Duque de York compensaban los peces comidos con una canoa con flores, helechos y monedas de conchas.
Todos estos pueblos pescadores recibían con gran deferencia los primeros peces, tratándolos unos como a jefes, ayunando hasta diez días otros, encendiendo fuegos sagrados, retirando estacas, guardando silencio, etc. Y siempre introducían el pescado por una pequeña abertura en el fondo de las cabañas, pues si los introducían por la puerta eran vistos por otros peces, y desaparecían.
Ya hemos hablado de la creencia en la resurrección animal, y para que no se escapasen antes de ser comidos, los koui de Lagos los desjarretaban; los esquimales de Alaska cortaban los tendones de sus patas; los ainos ataban su hocico; o los gilyakos del río Amur arrancaban sus ojos.
Estos pueblos se libraban de sabandijas, gorgojos, mariposas de polilla e insectos parecidos con métodos persuasivos, y los sajones de Transilvania de los gorriones arrojándoles semillas; a veces con las manos vacías. Las alemanas se libraban de las orugas barriendo.
Antiguos tratados griegos de agricultura recomendaban librarse de ratones escribiendo conjuros. Y en las Ardenas se libraban de las ratas escribiendo el siguiente en dos trozos de papel, uno de los cuales metían por el agujero, y otro dejándolo en el camino:"Erat verbum, apud Deum vestrum. Ratas machos y hembras, os conjuro por el Gran Dios para que os marchéis de mi casa. Decretis, reversis et desembarasis virgo potens, clemens, justitiae". El exorcismo, como ven, es católico, se ejecutaba al amanecer, pero no creo que fuera muy obedecido.
En la isla de Balí se quemaban a los ratones cogidos, excepto a dos, a los que se daba un paquetito con ropa blanca, y se soltaban. Los dayakos marinos o ibans capturaban un ejemplar del insecto o pájaro que asolaba sus campos, los ponían en una diminuta embarcación hecha de cortezas de árbol, abarrotada de provisiones, y los dejaban flotando en el río. Pero si no huían así, hacían con barro un caimán de tamaño natural, y lo colocaban en los campos, con comida, aguardiente y telas, e incluso sacrificándole un cerdo y una gallina; y creían que tal caimán de barro se tragaba ya cuanto devoraba la mies. En Albania se cogían algunos de estos insectos, y unas cuantas mujeres, con cabello desgreñado, los paseaban en procesión hasta una fuente o corriente de agua, en la que los arrojaban. Cuando las orugas invadían una viña o campo en Siria, se reunían las vírgenes, una de ellas hacía de madre de una oruga que cogían, enterraban esta oruga, y la virgen "madre" consolaba a las demás orugas, con el fin de que abandonaran la finca.
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Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez
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Publicado Monday 6 de October de 2003
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