Monografias | ¿Cómo evitar el suicidio en adolescentes?¿Cómo evitar el suicidio en adolescentes?Resumen: Resumen: Escribir un libro sobre el suicidio en la adolescencia destinado a un público general resulta harto difícil por varias razones: probablemente algunos pensarán que por qué no se escribe sobre otro tema menos trágico, que aporte más a este grupo de personas en vez de escribir un libro sobre suicidio en los adolescentes que pudiera incrementar el riesgo en ellos y al final un mayor número intente quitarse la vida. Otros considerarán que el suicidio no es tan frecuente en estas edades, pues la adolescencia es una etapa de la vida con muchas potencialidades para desarrollar una existencia creativa y el suicidio, cuando ocurre, debe ser un acto impulsivo, no bien pensado y por tanto, muy difícil de evitar... Indice 1. Introducción 2. Generalidades 3. El comportamiento suicida 4. Factores de riesgo suicida en la niñez 5. Factores de riesgo suicida en la Adolescencia 6. Manejo de la Crisis Suicida en el Adolescente 7. Factores Protectores del Comportamiento
Suicida 8. El Sobreviviente. Características y terapia 9. Preguntas y Respuestas 10. Consejos a la Fmilia 11. Bibliografía 1. Introducción Escribir un libro sobre el suicidio en la
adolescencia destinado a un público general resulta harto difícil por varias
razones: probablemente algunos pensarán que por qué no se escribe sobre otro
tema menos trágico, que aporte más a este grupo de personas en vez de escribir
un libro sobre suicidio en los adolescentes que pudiera incrementar el riesgo en
ellos y al final un mayor número intente quitarse la vida. Otros considerarán
que el suicidio no es tan frecuente en estas edades, pues la adolescencia es una
etapa de la vida con muchas potencialidades para desarrollar una existencia
creativa y el suicidio, cuando ocurre, debe ser un acto impulsivo, no bien
pensado y por tanto, muy difícil de evitar, tarea esta que deben abordar los
psiquiatras, psicólogos, suicidólogos, y médicos de la familia, no así otros
sectores, que pudieran empeorar las cosas y demorar la asistencia especializada. Cada una de estas razones constituyen mitos
relacionados con la conducta suicida y no reflejan en modo alguno las evidencias
del suicidio en la adolescencia. Aprender a cuidarse la única vida que tenemos
los seres humanos es una cualidad que debe ser desarrollada desde la más
temprana infancia, pues si no se tiene vida no se puede llevar a cabo proyecto
alguno. Aprender a amarse racionalmente incrementará la capacidad de amar a
otros, aprender a respetarse hará que seamos respetados. Enfrentar la vida con
soluciones no suicidas mejorará nuestra calidad de vida. A pesar nuestro, el suicidio en la
adolescencia es una trágica realidad, ocupando un lugar entre las tres primeras
causas de muerte en la mayoría de los países y en algunos, sólo le supera otro
tipo de muerte violenta: los accidentes de vehículos de motor. Y lo peor es que
la tendencia es a incrementarse según los estimados de la Organización Mundial
de la Salud (OMS). Dotar a los adolescentes de la literatura
científica que aborde el comportamiento suicida y su prevención pudiera ser de
una utilidad no despreciable, pues les pondría en mejores condiciones de
ayudarse ellos mismos y a sus iguales que se encuentren en una situación de
crisis suicida. Similar provecho tendría para los padres, las madres, y otros
familiares, maestros y profesores, que estarían más capacitados para detectar
prematuramente aquellos candidatos a la realización de un acto suicida y evitar
que ocurra, además de contribuir a interpretar el suicidio como un proceso que
tiene su historia y que contrariamente a lo que se piensa, no ocurre por
impulso, sino más bien como una decisión largamente pensada, analizada,
desechada y retomada en múltiples ocasiones para poner fin a una vida, en la que
el suicidio es un síntoma más, el último síntoma, de una existencia infeliz. En este libro aparecen un grupo de preguntas
que han sido realizadas al autor por adolescentes que han participado en sus
conferencias sobre el tema del suicidio y su prevención y expresiones erróneas
que hemos escuchado a padres y madres y que se convierten en un problema para la
crianza de los hijos. También se ofrecen algunos consejos a la familia para que
puedan lograr relaciones interpersonales más armónicas entre sus miembros, todo
lo cual contribuirá a mantener la salud mental de sus integrantes. 2. Generalidades La adolescencia
es definida como una etapa del ciclo vital entre la niñez y la adultez, que se
inicia por los cambios puberales y se caracteriza por profundas transformaciones
biológicas, psicológicas y sociales, muchas de ellas generadoras de crisis,
conflictos y contradicciones, pero esencialmente positivos. De acuerdo con la Organización
Mundial de la Salud, la adolescencia es la etapa que transcurre entre
los 10 y 19 años, considerándose dos fases: la adolescencia temprana de 10 a 14
años, y la adolescencia tardía de 15 a 19 años. La adolescencia, con independencia de las
influencias sociales, culturales y étnicas, se caracteriza por eventos
universales entre los que se destacan: –El crecimiento corporal evidenciable en el
aumento de peso, estatura y los cambios en las formas y dimensiones
corporales. –El aumento de la masa muscular y de la
fuerza muscular, más marcada en el varón, acompañado de un incremento de la
capacidad de transportación de oxígeno, de los mecanismos amortiguadores de
la sangre capaces de neutralizar de manera más eficiente los productos
químicos derivados de la actividad muscular. –Incremento y maduración de los pulmones y el
corazón, con un mayor rendimiento y recuperación más rápida frente al
ejercicio físico. –Incremento de la velocidad de crecimiento,
los cambios en las formas y dimensiones corporales, los procesos endocrino
metabólicos y la correspondiente maduración, no siempre ocurren de forma
armónica, por lo que es común que presenten torpeza motora e incoordinación,
fatiga fácil, trastornos del sueño, los que pueden generar trastornos
emocionales y conductuales transitorios. –Desarrollo y maduración sexual, con la
aparición de las características sexuales secundarias y el inicio de la
capacidad reproductiva –Los aspectos psicosociales están integrados
en una serie de características y comportamientos que en mayor o menor grado
estarán presentes durante esta etapa de la vida y que pueden resumirse de la
siguiente manera: • Búsqueda de sí mismo y de su identidad. No se pretende enumerar todas las
características que definen esta etapa de la vida. Con las hasta aquí abordadas,
el lector tendrá aquellas que constituyen las esenciales de la adolescencia.
Pasemos a continuación a abordar los aspectos más generales relacionados con el
comportamiento suicida, para en los siguientes capítulos, introducirnos en las
especificidades del adolescente suicida. 3. El comportamiento suicida El comportamiento suicida abarca las siguientes
manifestaciones: 2- La
representación suicida. Constituida por
imágenes mentales del suicidio del propio individuo, que también puede
expresarse manifestando que se ha imaginado ahorcado o que se ha pensado
ahorcado. 3- Las ideas
suicidas. Consisten en pensamientos de
terminar con la propia existencia y que pueden adoptar las siguientes formas de
presentación: –Idea suicida sin un método
específico, pues el sujeto tiene deseos de
matarse pero al preguntarle cómo lo va a llevar a efecto, responde: “no sé
cómo, pero lo voy a hacer”. 4- La amenaza
suicida. Consiste en la insinuación o
afirmación verbal de las intenciones suicidas, expresada por lo general ante
personas estrechamente vinculadas al sujeto y que harán lo posible por
impedirlo. Debe considerarse como una petición de ayuda. 5- El gesto
suicida. Es el ademán de realizar un acto
suicida. Mientras la amenaza es verbal, el gesto suicida incluye el acto, que
por lo general no conlleva lesiones de relevancia para el sujeto, pero que hay
que considerar muy seriamente. 6- El intento
suicida, también denominado parasuicidio,
tentativa de suicidio, intento de autoeliminación o autolesión intencionada. Es
aquel acto sin resultado de muerte en el cual un individuo deliberadamente, se
hace daño a sí mismo. 7- El suicidio
frustrado. Es aquel acto suicida que, de no
mediar situaciones fortuitas, no esperadas, casuales, hubiera terminado en la
muerte. 8- El suicidio
accidental. El realizado con un método del
cual se desconocía su verdadero efecto o con un método conocido, pero que no se
pensó que el desenlace fuera la muerte, no deseada por el sujeto al llevar a
cabo el acto. También se incluyen los casos en los que no se previeron las
complicaciones posibles, como sucede en la población penal, que se autoagrede
sin propósitos de morir, pero las complicaciones derivadas del acto le privan de
la vida (inyección de petróleo en la pared abdominal, introducción de alambres
hasta el estómago o por la uretra, etc.). 9- Suicidio
intencional. Es cualquier lesión
autoinfligida deliberadamente realizada por el sujeto con el propósito de morir
y cuyo resultado es la muerte. En la actualidad aún se debate si es necesario
que el individuo desee morir o no, pues en este último caso estaríamos ante un
suicidio accidental, en el que no existen deseos de morir, aunque el resultado
haya sido la muerte. De todos los componentes del comportamiento
suicida, los más frecuentes son las ideas suicidas, los intentos de suicidio y
el suicidio consumado, sea accidental o intencional. Las ideas suicidas son muy frecuentes en la
adolescencia sin que ello constituya un peligro inminente para la vida, si no se
planifica o se asocia a otros factores, llamados de riesgo, en cuyo caso
adquieren carácter mórbido y pueden desembocar en la realización de un acto
suicida. El intento de suicidio es muy común entre los
adolescentes con predisposición para esta conducta y se considera que por cada
adolescente que comete suicidio, lo intentan cerca de trescientos. 4. Factores de riesgo suicida en la niñez El conocimiento de los factores de riesgo que
predisponen la aparición de determinada condición mórbida es una estrategia
válida para su prevención. Este principio es aplicable a la conducta suicida. Ante todo hay que considerar que los
factores de riesgo suicida son individuales, pues lo que para algunos es un
elemento de riesgo, para otros puede no representar problema alguno. Además de
individuales son generacionales, ya que los factores de riesgo en la niñez
pueden no serlo en la adolescencia, la adultez o la vejez. Por otra parte son
genéricos, ya que la mujer tendrá factores de riesgo privativos de su condición
y así también lo será para el hombre. Por último, están condicionados
culturalmente, pues los factores de riesgo suicida de determinadas culturas
pueden no serlo para otras. Pasemos a enunciar los factores de riesgo
suicida en la niñez que contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en
la adolescencia. Como es conocido, se considera que por
debajo de los 5 ó 6 años, los niños tienen un concepto muy rudimentario de lo
que es la muerte o el morir, por lo que resulta prácticamente improbable que se
participe activamente de la muerte. En esta etapa la muerte se representa,
personifica u objetiviza como una persona con buenas o malas intenciones, o un
lugar desagradable o apacible. También a estas edades es común que la muerte se
asocie a la vejez y a las enfermedades. Por encima de esta edad, se comienza a
considerar la muerte como un suceso inevitable y universal, llegando el niño o
la niña a la conclusión de que todas las personas, incluyéndolo a él, tienen que
morir. Paralelamente con el concepto de muerte se
desarrolla el de suicidio. Por lo general los niños han tenido alguna
experiencia sobre el tema mediante la visualización de este tipo de acto en la
televisión, sea a través de programaciones para los adultos o dirigidos a los
niños y las niñas (muñequitos o comics). Otras veces, el concepto se va
adquiriendo mediante diálogos con compañeros de su propia edad que han tenido
familiares suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos. En sus
concepciones sobre el suicidio, en el niño se entremezclan creencias racionales
e irracionales, articuladas y lógicas y poco coherentes y comprensibles. Hay niños y niñas que adquieren ambos
conceptos, muerte y suicidio a una edad más temprana y otros más tardíamente,
creyendo estos últimos que la muerte es una continuidad de la vida o que es un
estado parecido al sueño del cual es posible ser despertado tal y como ocurre en
el cuento “La Bella Durmiente”. En la infancia, como es lógico suponer, los
factores de riesgo suicida deben ser detectados principalmente en el medio
familiar. Por lo general, el clima emocional familiar es caótico, pues no hay un
adecuado funcionamiento de sus integrantes y no se respetan los roles ni las
fronteras de sus respectivos miembros. Los padres, cuando conviven juntos se
enrolan en constantes querellas, llegando a la violencia física entre ellos o
dirigiéndolas a los integrantes más vulnerables, en este caso los más jóvenes,
niños y niñas y los más viejos, ancianos y ancianas. Es frecuente que los progenitores padezcan
alguna enfermedad mental, entre las que se citan por su frecuencia, el
alcoholismo paterno y la depresión materna. El alcoholismo paterno es sufrido
por el resto de la familia, pues esta toxicomanía involucra a todos los
integrantes, sea por los desórdenes conductuales, por la violencia, los actos
suicidas, los problemas económicos o la incapacidad de cumplir con los roles
asignados al alcohólico y que otros tienen que asumir. La depresión materna, además del peligro
suicida que conlleva se convierte en un estímulo para el pesimismo, la
desesperanza, la sensación de soledad y la falta de motivación. A ello se añaden
las situaciones de maltrato por no poder la madre, en estas condiciones,
satisfacer las necesidades emocionales y de cuidados del niño o la niña. Otras veces lo que se transmite es la
predisposición genética, no para el suicidio, sino más bien para alguna de las
enfermedades en las que este síntoma es frecuente. Entre estas enfermedades se
encuentran las depresiones y las esquizofrenias en cualquiera de sus formas
clínicas. Ambos trastornos están descritos como uno de los principales factores
de riesgo suicida en la adolescencia. Las relaciones entre los progenitores y sus
hijos pueden convertirse en un factor de riesgo de suicidio cuando están
matizadas por situaciones de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o
psicológico. La violencia contra los niños y las niñas en cualquiera de sus
formas es uno de los factores que entorpecen el desarrollo espiritual de la
personalidad, contribuyendo a la aparición de rasgos en ella que predisponen a
la realización de actos suicidas, entre los que se destacan la propia violencia,
la impulsividad, baja autoestima, las dificultades en las relaciones con
personas significativas, la desconfianza, por sólo citar algunos. Otras veces las relaciones están
caracterizadas por la sobreprotección, la permisividad y la falta de autoridad,
todo lo cual conspira contra el buen desarrollo de la personalidad de los niños
y las niñas, quienes se tornan caprichosos, demandantes, poco tolerantes a las
frustraciones, manipuladores y egocéntricos, pretendiendo que todos los seres
humanos los traten de la misma manera indulgente que lo hacen los familiares, lo
que provoca diversos problemas de adaptación desde la más temprana infancia, los
que se recrudecen en la adolescencia, cuando la socialización ocupa un lugar
preponderante en la conformación definitiva de la personalidad. Los motivos que pueden desencadenar una
crisis suicida infantil son variados y no específicos, pues también se presentan
en otros niños que nunca intentarán contra su vida. Entre los más frecuentes se
encuentran: Obviamente, una crisis suicida infantil
surge de la relación del niño o la niña con su medio familiar y se manifiesta
por una serie de señales en la conducta que se expresan, de manera general, en
cambios de todo tipo. Comienzan a tornarse agresivos o pasivos en su
comportamiento en la casa y en la escuela, cambian sus hábitos de alimentación y
de sueño, pudiendo mostrar inapetencia o por el contrario, un apetito inusual.
En cuanto al hábito del sueño, los cambios pueden consistir en desvelos o
insomnio, terrores nocturnos, en los cuales el niño o la niña despiertan, al
parecer, pues realmente no lo están aún, con los ojos desmesuradamente abiertos,
temerosos, sudorosos y quejándose de lo que están visualizando y que les
ocasionan el terror que experimentan. También sufren de pesadillas o malos sueños,
así como enuresis, o lo que es lo mismo, orinarse en las ropas de cama mientras
se está durmiendo. En otras ocasiones lo que pueden presentar es una somnolencia
excesiva, que puede ser un síntoma depresivo a estas edades. Durante la crisis suicida infantil son
comunes los problemas relacionados con el rendimiento y comportamiento del niño
o la niña en la escuela. Las dificultades académicas, las fugas de la escuela,
el desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin motivo aparente, la
no participación en los juegos habituales con los demás niños y amigos, la
repartición de posesiones valiosas, y hacer notas de despedidas, son signos que
pueden ser observados en una crisis suicida infantil. Para el manejo de esta crisis suicida en la
infancia es necesaria la participación de los padres y las madres en la terapia,
lo cual no se logra en muchas ocasiones, pues el niño o la niña provienen de
hogares rotos o con un clima emocional que impide tal procedimiento. La atención psicoterapéutica a una crisis
suicida infantil debe ir dirigida a la sensibilización de padres o tutores para
que tomen conciencia de los cambios ocurridos en el niño o la niña, que
presagian la ocurrencia de un acto suicida. Hay que insistir con ellos en el
control de los métodos mediante los cuales el niño o la niña puedan
autolesionarse y poner a buen recaudo sogas, cuchillos, armas de fuego, tabletas
de cualquier tipo, combustibles, sustancias tóxicas y otros venenos, etc. Si el niño o la niña realizan una tentativa
de suicidio hay que investigar qué intención perseguían con este acto, pues
necesariamente no tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea
el de mayor gravedad. Los deseos de llamar la atención, la petición de ayuda, la
necesidad de mostrar a otros cuán grandes son sus problemas, pueden ser algunos
de los mensajes enviados con un acto suicida. Se debe intentar realizar un
diagnóstico correcto del cuadro clínico que está condicionando la crisis
suicida, para descartar que este sea el debut de una enfermedad psiquiátrica
mayor, como un trastorno del humor o una esquizofrenia, y en ello puede
desempeñar un papel muy útil la observación de sus juegos y la entrevista
médica, la cual debe correr a cargo de un especialista en psiquiatría del niño y
el adolescente. La actitud de la familia ante el intento de
suicidio infantil constituye un dato de suma importancia y cuando sea posible
hay que evaluar la capacidad que tienen los padres y las madres para comprender
y modificar los factores que han predispuesto o precipitado el intento de
suicidio. Es necesario que la familia comprenda que la conducta suicida siempre
indica una adaptación inadecuada y requiere tratamiento psicológico,
psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y nunca limitarlo a la
resolución de la crisis suicida. Se debe evitar que los padres y las madres
se ataquen mutuamente, para lo cual se le hace entender que ya la familia tiene
un problema, que es el intento suicida del niño o la niña y no se debe sumar uno
más, dado por los continuos ataques mutuos, que lo único que pueden conseguir es
entorpecer el manejo de la crisis o provocar mayor malestar en el infante que
puede sentirse culpable de estas reyertas. Se invitará a cada progenitor a
meditar en lo que cada cual debe comenzar a hacer o dejar de hacer para que la
situación del infante sea aliviada y se establecerán contratos terapéuticos con
cada uno, a ser reevaluados en próximos encuentros. Si alguno de los
progenitores presenta niveles importantes de psicopatología, se intentará
persuadir para recibir la terapia correspondiente. Nunca debe transmitirse a los miembros de
la familia que este tipo de acto tiene intenciones de manipularlos y siempre se
les debe alertar sobre aquellas conductas que presagian la realización de un
nuevo acto de suicidio. De manera general, se puede dividir la
biografía de los futuros adolescentes con conducta suicida en tres momentos. Una vez conocidos los factores de riesgo
suicida infantil, pasemos a mencionar los que suelen aparecer en la adolescencia
o recrudecerse en ella. 5. Factores de riesgo suicida en la Adolescencia Los adolescentes que intentan el suicidio o se
suicidarán se caracterizan por tener diversos factores de riesgo para esta
conducta, entre los que se encuentran: I- Factores
culturales y sociodemográficos Los factores asociados a la cultura
adquieren una importancia capital en la conducta suicida entre las minorías
étnicas, quienes se ven sometidos a un proceso de coloniaje cultural con pérdida
de la identidad y sus costumbres y también se hace patente entre los
inmigrantes. Oberg fue el primero en utilizar el término “shock cultural” para
referirse al proceso de adaptación del inmigrante, el cual se caracteriza por: –Esfuerzos constantes por lograr adaptarse a
la nueva cultura. Entre las razones que pueden contribuir al
suicidio de los adolescentes de estos grupos poblacionales se encuentran
extrañar la tierra natal y sus costumbres, problemas con la pareja, infelicidad,
baja autoestima, carencia de amigos o familiares, el aislamiento social y la
falta de comunicación por las barreras que impone el idioma en caso que el país
receptor difiera del natal. Un proceso de este tipo, aunque con menos
diferencias, puede desencadenarse en el curso de migraciones internas, cuando se
trasladan las familias, en busca de oportunidades, desde las zonas rurales a las
urbanas o de las provincias o departamentos a las capitales. La mudanza o
migración interna, puede ser un factor de riesgo de suicidio de importancia en
la adolescencia, principalmente cuando no se logra la adaptación creativa al
nuevo entorno. II- Situación
familiar y eventos vitales adversos. –Presencia de padres con trastornos mentales. Los elementos abordados con anterioridad
son muy frecuentes en las familias de los adolescentes con riesgo suicida, pero
no son los únicos. Es muy posible que usted pueda incrementar esta lista con
experiencias conocidas. III- Psicopatología
del adolescente que constituye una predisposición a cometer suicidio. –Depresión. Pasemos a describir dichos trastornos, lo
cual facilitará el reconocimiento de los mismos por parte de los padres, las
madres, los abuelos y abuelas, maestros y maestras, amigos y cualquier otra
persona que esté en contacto directo con los adolescentes, lo que les permitirá
detectar precozmente los sutiles cambios en la conducta, las relaciones humanas,
la afectividad y los hábitos que sugieren la presencia de uno de estos
trastornos. Depresión.
Es una enfermedad del estado de ánimo, muy frecuente, la cual afecta al ser
humano en su totalidad, ya sea física y emocionalmente, con repercusión social
debido a la merma de la voluntad para satisfacer las demandas habituales de la
vida de forma óptima. Entre los síntomas más frecuentes observados en los
adolescentes deprimidos se encuentran los siguientes: –Tristeza, aburrimiento, tedio y fastidio. La Asociación Psiquiátrica
Americana (APA) en su clasificación de enfermedades mentales DSM-IV-R
considera que para realizar el diagnóstico de un Trastorno
Depresivo Mayor se requieren cinco o más de los siguientes síntomas, los
que deben estar presentes por al menos dos semanas de duración y que ello
representa un cambio en el funcionamiento habitual del sujeto: –Ánimo deprimido la mayor parte del día
durante todos los días. Estos síntomas no deben ser ocasionados por
una enfermedad física o por abuso de sustancias. Es de suma importancia el reconocimiento de
la depresión en el adolescente, pues son más proclives a realizar intentos de
suicidio que los adultos en condiciones similares. Algunas particularidades de los cuadros
depresivos en los adolescentes son los siguientes: Trastornos de
Ansiedad. Diversas investigaciones han
demostrado la correlación existente entre los trastornos de ansiedad y el
intento de suicidio en adolescentes varones, no así entre los adultos. Se trata
de un estado emocional en el que se experimenta una sensación desagradable de
peligro inminente para la integridad física o psicológica del sujeto, quien
puede temer a volverse loco, perder la razón o morir de un ataque cardíaco. Si
no es diagnosticado y tratado oportunamente este trastorno, puede comprometer
las habilidades del sujeto para realizar sus actividades cotidianas. Las manifestaciones del Trastorno de
Ansiedad son las siguientes: Las manifestaciones señaladas con
anterioridad son universales, es decir, caracterizan a la ansiedad como
trastorno o cortejo sintomático, pero es conveniente señalar que existen formas
particulares de este trastorno, con síntomas específicos que relacionaremos a
continuación: Ataques de Pánico.
Manifestación extrema de la ansiedad con aceleración del pulso, hiperventilación
o respiración rápida y superficial, miedo a perder el control y sensación de
muerte inminente. Fobia simple.
Miedo exagerado a objetos o situaciones que no representan peligro alguno para
la mayoría de los individuos. Un ejemplo es el temor a los espacios cerrados o
claustrofobia. Fobia social.
Esta fobia es incapacitante para quien la presenta, pues el sujeto evita
cualquier situación que signifique interactuar con otras personas por el temor a
quedar mal paradas, a hacer el ridículo, a hablar en público o mostrarse incapaz
de responder preguntas en un auditorio. Ansiedad de
separación. Para su diagnóstico se requieren
al menos tres o más de los siguientes síntomas: –Preocupación y malestar excesivos al
separarse del hogar o de las figuras vinculares principales. Estos síntomas deben estar presentes por
un período de por lo menos cuatro semanas e iniciarse antes de los 18 años. Fobia escolar.
Consiste en un temor a la escuela que ocasiona un ausentismo total o parcial, lo
que se expresa en diversos síntomas físicos, imposibilidad de levantarse de la
cama, náuseas, cólicos, etc. Afecta a los niños y las niñas en la adolescencia
temprana, entre los 11 a 13 años. Trastorno Obsesivo
Compulsivo. Condición mórbida caracterizada
por necesidad de realizar actos repetitivos o rituales de complejidad variada
para mitigar la angustia surgida por la intrusión de pensamientos desagradables,
persistentes a pesar de los esfuerzos del sujeto por desembarazarse de ellos y
cuyo contenido es muy desagradable o absurdo, como por ejemplo estar
contaminado, padecer una enfermedad, la muerte de un ser querido, profanación de
imágenes religiosas, pensamientos de contenido sexual intolerables, etc. Trastorno de Estrés
Postraumático. Es un trastorno que ha cobrado
interés en los últimos años y es ocasionado por un acontecimiento o situación
traumática no habitual y de gran intensidad y que se caracteriza por la
re-experimentación del trauma, por la aparición de conductas de evitación de
situaciones en relación con dicho acontecimiento y por un aumento de síntomas
neurovegetativos. En la adolescencia son frecuentes los
sentimientos de culpabilidad, tendencia a mantener en secreto lo ocurrido,
cuando esto es posible, conducta oscilante entre agresividad, violencia y deseos
de venganza, actitudes de inhibición, pasividad y excesiva complacencia ante el
medio ambiente y en ocasiones, episodios de aparente repetición del trauma con
ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos con lagunas de memoria. Además de los trastornos depresivos y de
ansiedad, el abuso de alcohol constituye un importante factor de riesgo de
suicidio en la adolescencia, pues se estima que uno de cada cuatro adolescentes
que cometen suicidio lo realizan bajo los efectos del alcohol u otra droga o la
combinación de ambos. En la adolescencia la vía más socorrida para
abusar del alcohol es la denominada sociocultural, la cual es el producto de las
costumbres, tradiciones, y convenciones de las diferentes culturas, y se
relaciona íntimamente con la presión ejercida por los grupos humanos grandes o
pequeños. Se ejemplifica con el adolescente que se inicia en el consumo de
cualquier sustancia adictiva para demostrar hombría, audacia ante sus iguales
que lo subvalora sino sigue las reglas del grupo. Por lo antes referido, será de suma
importancia que el adolescente sepa que en la medida en que se ponga en contacto
con cualquier sustancia adictiva, con una mayor frecuencia y por un período de
tiempo más prolongado, tendrá mayores posibilidades de desarrollar una
toxicomanía o dependencia de sustancias. Abuso de Alcohol.
La característica esencial del abuso de alcohol o de otra sustancia
cualquiera, consiste en un patrón desadaptativo de consumo de dichas sustancias,
manifestado por consecuencias adversas, significativas y recurrentes
relacionadas con su consumo repetido. Puede darse el incumplimiento de
obligaciones importantes, consumo repetido en situaciones en que hacerlo es
físicamente peligroso y dañino, pudiendo llevar a problemas legales, sociales e
interpersonales recurrentes. Estos problemas pueden manifestarse repetidamente
durante un período continuado de doce meses. Los criterios diagnósticos para el abuso de
sustancias son los siguientes: –Un patrón desadaptativo de consumo de
sustancia que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativo,
expresado por uno o más de los siguientes síntomas durante un período de un
año: Existen determinadas señales de peligro que
deben hacer pensar a los padres, madres, tutores, maestros y médicos de la
familia, que un adolescente está consumiendo drogas y son los siguientes: –Cambios bruscos de amistades. Como se ha hecho evidente, el abuso de
sustancias conlleva una serie de comportamientos comunes encaminados a la
búsqueda de la sustancia, su consumo y restablecimiento de sus efectos nocivos,
variando, como es lógico suponer, las manifestaciones clínicas de cada una de
ellas. Trastorno Disocial
de la Personalidad. Es otro factor de riesgo
de suicidio entre los adolescentes, que por sus rasgos clínicos tiene una
elevada propensión al suicidio y a la realización de daños autoinfligidos.
Sobresalen en este trastorno las siguientes características: –Un patrón repetitivo y persistente de
comportamiento en el que se violan los derechos básicos de otras personas o
normas sociales importantes, propios de la edad, manifestándose por la
presencia de los siguientes criterios durante los últimos doce meses y por
lo menos de un criterio durante los últimos seis meses: • Agresión a personas y animales:
con frecuencia fanfarronea, amenaza e intimida a otros, a menudo inicia
agresiones físicas, ha utilizado un arma que puede causar daño físico grave
a otras personas (bate de béisbol, ladrillo, botella, navaja, pistola,
cuchillo, etc.), ha manifestado crueldad física con personas y animales, ha
robado enfrentándose a la víctima (ataque con violencia, arrebatar bolsos,
robo a mano armada), ha forzado a alguien a una actividad sexual. El trastorno disocial de la personalidad
provoca deterioro significativo de la actividad social, académica y laboral.
Con suma frecuencia desarrolla abuso de sustancias y dependencia de ellas,
pero no por la vía sociocultural expuesta anteriormente, sino por la llamada
hedónica, en la que la motivación más importante es la búsqueda de “placer
artificial”. Trastorno de la
Alimentación. En la cultura contemporánea los
medios de difusión masivos han globalizado un modelo de belleza femenina que en
muchas ocasiones se convierte en un objetivo imitativo inalcanzable, este
trastorno puede enmascararse detrás de esta propuesta de belleza y se
caracteriza por un severo trastorno de la conducta alimentaria que puede
adquirir las siguientes formas clínicas: 1- Anorexia
nerviosa en la que se presentan los siguientes síntomas: 2- Bulimia nerviosa
que se caracteriza por: La autoevaluación esta principalmente
influida por el peso corporal del adolescente. Trastorno
esquizofrénico. Enfermedad devastadora que
puede en su debut, tener como primer y único síntoma evidente el suicidio del
adolescente. Se piensa que la asistencia al derrumbe psicológico, a las diversas
sensaciones y percepciones anómalas, el cambio del mundo circundante y del
propio Yo, cuando aún se conserva algún lazo con el mundo no esquizofrénico,
explicaría este desenlace en un adolescente “aparentemente normal”. Esta enfermedad no tiene un cuadro clínico
homogéneo, pero algunos síntomas deben hacer que se piense en ella. Entre estos,
los siguientes son los más comunes: –Pensamiento sonoro, eco, robo, inserción o
difusión de los pensamientos del sujeto. Se han mencionado y descrito las
enfermedades mentales que frecuentemente conllevan suicidio entre los
adolescentes, pero sería de inapreciable utilidad detallar los rasgos o
atributos de la personalidad del adolescente que pueden facilitar la eclosión de
salidas suicidas emergentes frente a situaciones de riesgo, las que serán
abordadas más adelante. Los siguientes rasgos o atributos de la
personalidad del adolescente que se convierten en factores de riesgo para
cometer suicidio son: • Inestabilidad del ánimo. Estos son algunos de los rasgos que
predominan entre los adolescentes que al estar sometidos a las llamadas
situaciones de riesgo pueden presentar una conducta suicida. Como es conocido,
ellos se ven involucrados en mayor número de eventos vitales desfavorables que
sus pares no suicidas. Enunciaremos seguidamente aquellas
situaciones en las que los adolescentes vulnerables pueden desembocar en una
crisis suicida: –Situaciones que pueden ser interpretadas a
través del prisma del adolescente como dañinas, peligrosas, conflictivas en
extremo, sin que necesariamente concuerde con la realidad, lo cual significa
que hechos triviales para adolescentes normales, pueden tornarse
potencialmente suicidógenos en adolescentes vulnerables, quienes los
perciben como una amenaza directa a la autoimagen o a su dignidad. No se pretende agotar todas las situaciones
que son de riesgo para que un adolescente intente contra su vida, pero sin lugar
a dudas se han mencionado las más comunes. Una vez que un adolescente vulnerable ante
una situación psico-traumática inicia una crisis suicida, es necesario actuar
con rapidez y asumir una postura muy directiva, ya que la característica
principal de este tipo de crisis es que existe la posibilidad que el individuo
intente afrontar la situación problemática mediante la autoagresión. Al existir
esta posibilidad tangible el enfrentamiento a la crisis suicida tendrá como
objetivo primordial mantener a la persona con vida mientras dure dicha crisis. 6. Manejo de la Crisis Suicida en el Adolescente Ante una crisis suicida en el adolescente es de
suma utilidad observar los siguientes principios: 2- Tomarlo en serio. 3- Creer lo que nos manifiesta. 4- Escucharle con genuino interés. 5- Permitirle expresar sus sentimientos (llanto,
ira, disgusto). 6- Preguntar sobre la idea suicida, para lo cual
se sugiere las siguientes posibilidades: Si el adolescente manifiesta que ha pensado
suicidarse es necesario realizar una secuencia de preguntas para determinar la
planificación suicida, lo que incrementa notablemente el peligro de suicidio.
Esta secuencia es la siguiente: Para poder obtener una respuesta que permita
conocer cómo piensa el adolescente se deben evitar las preguntas que puedan ser
respondidas con monosílabos, lo cual lo impediría. 7- Responsabilizar al adolescente con su propia
vida, siempre que ello sea posible. 8- Trabajar juntos en encontrar soluciones no
suicidas, por lo que deben explorarse soluciones alternativas al problema que ha
desencadenado la crisis suicida. 9- Establecer un pacto no suicida siempre que el
estado del adolescente lo permita. Para ello se le compromete a no
autolesionarse durante la crisis. 10- Pedir permiso para involucrar a otros
miembros de la familia, amigos y cuantas personas sea necesario para apoyar al
adolescente. 11- Garantizar varias opciones para contactar con
la persona que presta la ayuda psicológica, sean los padres y las madres, los
maestros, tutores, médicos, suicidólogos, etc. 12- No juzgarlo, comprometiéndonos a guardar
secreto de todas las confesiones que haga el adolescente. 13- Ser directivo, con el suficiente tacto como
para no parecerlo. Una vez considerados estos principios se
debe tener una idea del riesgo de suicidio del adolescente. Si ello no se ha
conseguido, le sugiero realizar la siguiente secuencia de preguntas sobre la
idea suicida, que ya enunciamos con antelación pero que en esta oportunidad
ampliamos: Pregunta: ¿Cómo ha pensado
suicidarse? Pregunta: ¿Cuándo ha pensado
suicidarse? Pregunta: ¿Dónde ha pensado
suicidarse? Pregunta: ¿Por qué ha pensado
suicidarse? Pregunta: ¿Para qué ha pensado
suicidarse? Mientras más planificada está la idea
suicida, el riesgo de cometer suicidio se incrementa considerablemente. Hay que observar y neutralizar determinadas
distorsiones cognitivas muy comunes entre los adolescentes suicidas como son las
siguientes: El manejo de las distorsiones cognitivas
señaladas con anterioridad constituye un recurso válido para evitar que el
adolescente se evalúe de forma anómala y ello le reste posibilidades de lograr
una adaptación armónica al entorno. Otras veces es de mucha utilidad fomentar una
terapia de relación con el adolescente, lo cual disminuye la vulnerabilidad a
las presiones externas. Este tipo de terapia contiene fuertes elementos de las
terapias de apoyo y para algunos autores es una forma prolongada de estas. Así
se trata de establecer con el adolescente en riesgo de suicidio una relación
amistosa, no autoritaria, que aunque no juzga, se muestra firme e impone ciertas
limitaciones, asume una actitud flexible y ofrece al adolescente nuevas opciones
de ajuste para identificarse con una figura paterna sustitutiva diferente a la
del progenitor biológico. Si el riesgo suicida del adolescente no es
elevado, la terapia de apoyo puede ser un valioso recurso. Una relación
armónica, basada en una dirección cordial y enérgica, que gratifique las sanas
necesidades de dependencia, que fomente una legítima independencia y sirva para
canalizar adecuadamente la agresividad y la hostilidad hacia formas no
destructivas del comportamiento, pueden ser una ayuda eficaz para cualquier
adolescente, y más aún para aquellos que presentan factores de riesgo suicida.
La orientación al descanso para recuperar las energías perdidas, la diversión,
la práctica de deportes y de ejercicios físicos, una alimentación adecuada,
evitar el consumo perjudicial de alcohol, no utilizar drogas, tabaco, café y
sustancias adictivas pueden ser orientaciones beneficiosas para brindar apoyo.
Utilizar técnicas de relajación y otras similares que contribuyan a suprimir o
atenuar los síntomas más molestos, así como el uso de psicofármacos con similar
propósito durante breves períodos de tiempo harán que el adolescente se sienta
más seguro, aceptado, protegido, alentado y menos sólo. El cambio de medio
cuando los factores ambientales son considerados muy estresantes para un
adolescente vulnerable puede ser un magnífico recurso para evitar una conducta
autodestructiva. Si en la crisis suicida del adolescente están
jugando un papel predominante los rasgos pasivos, dependientes y la timidez, una
técnica que puede ser empleada en estos casos es el entrenamiento asertivo, que
busca como objetivo cardinal, el hacerse valer, evitando ser manipulado por los
demás. Para ello se sugieren seis modos de conducta los cuales se mencionan a
continuación: I-
Se debe intentar exteriorizar los sentimientos mediante la verbalización de las
emociones que son sentidas espontáneamente, lo cual se hace muy difícil en los
adolescentes suicidas, los que presentan dificultades con la expresividad de
estas últimas. II-
Debe aprender a discrepar, sin fingir que se está de acuerdo sin estarlo. Este
aspecto tiene mucho valor si se tiene en consideración que el suicidio es una
situación diádica en la que se involucran el adolescente y alguna otra persona
significativa y muy vinculada emocionalmente con él, como la novia o el novio,
la madre o el padre, el maestro o el amigo, etc., con la cual se han tenido
recientes o acumulativas dificultades interpersonales. III-
Se le debe enseñar a utilizar el pronombre personal YO, de modo que el
adolescente se involucre en su conducta y aprenda a responder por las
consecuencias de la misma. IV-
Debe aprender a mostrar las emociones con el rostro y los movimientos, lo cual
le permitirá aprender a exteriorizar la afectividad y modularla según el
contexto de la situación. V-
Debe ser capaz de estar de acuerdo cuando se le elogia y practicar el autoelogio
de forma razonable, pues ambos aspectos refuerzan el YO de manera positiva. VI-
Debe aprender a improvisar, a dar respuestas espontáneas a estímulos inmediatos,
lo cual le facilitará otras opciones que no sean el miedo a hacer el ridículo o
simplemente no saber qué hacer. Otras posibilidades a utilizar con el
adolescente potencialmente suicida es revisar sus metas y objetivos para
hacerlos más realistas de acuerdo a las potencialidades del sujeto y por tanto,
disminuir las posibilidades de fracasos y frustraciones, enseñarles a
desarrollar el autodominio, el autocontrol, incrementando el repertorio general
de actividades para que existan mayores opciones de éxito y adecuarlas a sus
atribuciones reales (inteligencia, aptitudes para la actividad). Otra forma de ayudar al adolescente que ya ha
realizado una tentativa de suicidio es invitarle a que descubra las diversas
dificultades que un acto de este tipo pudiera ocasionarle en su vida y en sus
relaciones sociales. Sin asumir una postura moralista, se le invita a
reflexionar sobre la opinión que él tendría de alguien conocido que intenta
poner fin a su vida, si él considerase que es un sujeto que goza de una
excelente salud mental o por el contrario si piensa que algo no está funcionando
bien en el cerebro de esa persona (por lo general responden teniendo en cuenta
esta última posibilidad. Una vez obtenida la referida respuesta se le asegura
que probablemente eso también sea lo que los demás piensan de él y hay que
trabajar juntos para modificar esta realidad. Se le pregunta también sobre los sentimientos
que le provocaría un sujeto cualquiera que intente contra su vida (la compasión,
la lástima, la rabia, la desconfianza o el miedo) y se le invita a reflexionar
si son estas las emociones que él pretende despertar en sus relaciones con los
demás, pues no son las que más aprecian los seres humanos. Otra forma de abordar al adolescente en
situación de crisis suicida es mediante la llamada
Primera Ayuda Psicológica, que consta de cinco etapas,
las que se describen a continuación: Segunda etapa. Conocer la
dimensión del problema. Tercera etapa. Posibles
soluciones. Cuarta etapa. Acción
concreta. Quinta etapa. Seguimiento. Este sencillo recurso puede ser utilizado por
cualquier persona, siempre y cuando evite hacer lo que no se debe hacer e
investigue la presencia de las ideas suicidas y si estas están presentes, nunca
dejarlo sólo y acercarlo a las fuentes de salud mental como el médico de la
familia, el psicólogo, el psiquiatra y los servicios de urgencias médicas y
psiquiátricas. Hay quienes consideran que abordar a un
adolescente en riesgo de suicidio sin preparación para ello, sólo mediante el
sentido común, puede ser peligroso. Esto no es cierto, si el sentido común nos
hace asumir los siguientes principios: Si estas premisas son utilizadas por el
llamado sentido común, un gran número de los adolescentes que hoy intentan el
suicidio o se suicidan, no lo harían. Otra probabilidad de abordaje del adolescente
que ha realizado un intento de suicidio es preguntar: “¿Para qué usted intentó
contra su vida?”, con lo cual se puede determinar el significado del acto
suicida del adolescente y hacer una interpretación racional de dicho
significado. En ocasiones, el intento de suicidio ha sido realizado para agredir
a otros y en esos casos le invitamos a reflexionar sobre las ventajas que la
agresividad tiene en determinadas situaciones, como por ejemplo, los deportistas
de disciplinas de combate, como el judo, el pugilismo, la lucha en sus diversas
modalidades, kárate, etc., pero no en otras, como lo son las relaciones
familiares. Si se trata de una tentativa de suicidio por miedo, hay que analizar
que esta emoción es muy normal ante situaciones específicas, que lo experimentan
la mayor parte de los individuos, pero también puede ser una emoción muy
personal, porque solamente lo manifiestan determinados sujetos ante situaciones
que habitualmente no provocan temor en la mayoría de la población. Si el intento suicida se realiza para morir,
no es aconsejable reflexionar acerca de las supuestas bondades y ventajas que
nos depara la vida, porque eso es, precisamente, lo que el adolescente no
percibe. Este significado – el de morir– es el que entraña mayor peligro para la
vida del adolescente, por lo cual se debe tratar de que sea evaluado, en el más
breve tiempo posible, por un especialista en Psiquiatría Infanto-juvenil. Cualquiera de las técnicas para abordar el
adolescente con riesgo de suicidio que se han ofrecido al lector, pueden tener
similares resultados, siempre que usted escoja aquellas que más se adapten a sus
características personales, que le sea de más fácil aplicación y en la que usted
se sienta más cómodo y auténtico. Hasta aquí se han expuesto los factores de
riesgo suicida del adolescente, las situaciones que incrementan dicho riesgo,
las enfermedades que lo pueden conllevar y diversas técnicas para abordar la
crisis suicida en esta etapa de la vida. Pasemos a brindar los factores protectores
de la conducta suicida, los que deben ser desarrollados desde la infancia y en
la adolescencia por el padre, la madre, y otras figuras significativas en el
hogar y por los maestros y profesores, así como todos los que tengan la
responsabilidad de educarlos y conformarles una personalidad con características
antisuicidales. 7. Factores Protectores del Comportamiento
Suicida Entre los factores protectores del suicidio
se encuentran los siguientes: 2- Poseer confianza en sí mismo, para lo cual
debe ser educado destacando sus éxitos, sacando experiencias positivas de los
fracasos, no humillarlos ni crearles sentimientos de inseguridad. 3- Tener habilidades para enfrentar situaciones
de acuerdo a sus posibilidades, lo cual les evitará someterse a eventos y
contingencias ambientales en las que probablemente fracasará, reservando las
energías para abordar aquellas empresas en las que salga triunfador. 4- Tener capacidad de autocontrol sobre su propio
“des-tino”, como dijera el poeta chileno Pablo Neruda, cuando expresó: “Tú eres
el resultado de ti mismo”. 5- Poseer y desarrollar una buena adaptabilidad,
responsabilidad, persistencia, perseverancia, razonable calidad de ánimo y de
los niveles de actividad. 6- Aprender a perseverar cuando la ocasión lo
requiera y a renunciar cuando sea necesario. 7- Tener buena autoestima, autoimagen y
suficiencia. 8- Desarrollar inteligencia y habilidades para
resolver problemas. 9- Saber buscar ayuda en momentos de
dificultades, acercándose a la madre, el padre, los abuelos, otros familiares,
un buen amigo, los maestros, el médico, el sacerdote o el pastor. 10- Saber pedir consejos ante decisiones
relevantes y saber elegir la persona más adecuada para brindarlos. 11- Ser receptivo a las experiencias ajenas y sus
soluciones, principalmente aquellas que han tenido exitoso desenvolvimiento. 12- Ser receptivo ante las nuevas evidencias y
conocimientos para incorporarlos a su repertorio. 13- Estar integrado socialmente y tener criterio
de pertenencia. 14- Mantener buenas relaciones interpersonales
con compañeros de estudio o trabajo, amigos, maestros y otras figuras
significativas. 15- Tener apoyo de los familiares y sentir que se
le ama, se le acepta y apoya. 16- Lograr una auténtica identidad cultural. 17- Poseer habilidades para emplear adecuada y
sanamente el tiempo libre. 18- Evitar el consumo de sustancias adictivas
(café, alcohol, drogas, tabaco, fármacos, etc.) 19- Aprender a posponer las gratificaciones
inmediatas por aquellas a largo plazo que arrojen resultados duraderos. 20- Desarrollar una variedad de intereses
extrahogareños que le permitan equilibrar las dificultades en el hogar si las
tuviera. 21- Saber expresar a personas confiables aquellos
pensamientos dolorosos, desagradables y muy molestos, incluyendo las ideas
suicidas u otras, por muy descabelladas que pudieran parecer. A estos factores habría que añadir la
capacidad para hacer utilización de las fuentes que brindan salud mental, como
las consultas de consejería, de psicología o psiquiatría, las unidades de
intervención en crisis, los servicios médicos de urgencia, los médicos de la
familia, agencias de voluntarios en la prevención del suicidio, etc. Se debe
educar a los adolescentes en el aprovechamiento de la fuentes de salud mental
existentes en la comunidad, cuándo hacer uso de ellas, qué beneficios se pueden
obtener, qué servicios o posibilidades terapéuticas se les puede brindar y
favorecer con ello que se haga un uso racional de las mismas. En esta propia vertiente se debe comenzar
un sistemático esfuerzo para educar a los adolescentes en la tolerancia hacia
los enfermos mentales y la aceptación de la enfermedad mental como un tipo de
trastorno similar a otras afecciones crónicas no transmisibles, evitando la
estigmatización y las actitudes de rechazo hacia quienes las padecen, lo cual
incrementará las probabilidades futuras de aceptarlas en caso de padecerlas y
buscar ayuda para recibir tratamiento especializado, disminuyendo las
posibilidades de cometer suicidio si se tiene en consideración que padecer una
enfermedad mental es un factor de riesgo suicida comprobado, y si no se la
trata, peor aún. Se puede contribuir a modificar las
actitudes peyorativas hacia los enfermos mentales evitando utilizar
calificativos tales como “anormales”, “tarados”, “locos”, y modificando las
interpretaciones del sufrimiento emocional al considerarlo como una “cobardía”,
“una incapacidad”, “una blandenguería” y otras calificaciones que inhiben las
posibilidades de buscar apoyo en quienes las padezcan. 8. El Sobreviviente Caracterísitcas y Terapia Si a pesar de todos los esfuerzos realizados
ocurre el suicidio de un adolescente, son necesarias determinadas medidas a
tener en cuenta para el manejo de la familia y de los compañeros de estudio o
amigos de la víctima. Los cuales se consideran sobrevivientes, término que
designa aquellas personas muy vinculadas afectivamente a una persona que fallece
por suicidio, entre los que se incluyen los familiares, amigos, compañeros e
incluso el médico, psiquiatra u otro terapeuta que la asistía. El vocablo
“survivor” proviene del inglés y su traducción puede ser el de superviviente,
que es el que sobrevive y es también sinónimo de sobreviviente, que significa
vivir uno después de la muerte del otro. Aunque esta palabra es muy utilizada en
la terminología suicidológica, no sólo son sobrevivientes o supervivientes los
que sobreviven a un suicidio, sino que lo son también aquellos que sobreviven
después de la muerte de un ser querido por una causa cualquiera, sea natural,
por accidente u homicidio. Son conocidas las reacciones que presentan
los seres humanos ante la pérdida de seres queridos, las que reciben el nombre
de duelo, y que está constituido por diversas etapas: La negación, como su nombre indica es
aquella reacción mediante la cual el sujeto no acepta la realidad tal cual es,
la niega, no la reconoce como que ha sucedido y son muy frecuentes las
siguientes expresiones: “no puedo creerlo”, “no puede ser”, “no me digas que ha
muerto”, “es imposible” y otras similares. En esta etapa el sobreviviente siente
que la persona fallecida aún permanece con vida, que lo ocurrido no es cierto. Frecuentemente se acompaña de una tendencia
al aislamiento, se evitan las relaciones interpersonales, prefiriendo el sujeto
estar solo, aislado, a tener que dialogar o recibir visitas. La rabia es la etapa que continúa a la
negación y en ella los familiares del fallecido experimentan diversas emociones
desagradables como son la ira, el odio, la rabia propiamente dicha,
irritabilidad desmedida que puede llegar a la agresividad física o verbal hacia
los otros familiares, el personal médico tratante, las enfermeras, al hospital,
etc. En esta etapa se pueden establecer querellas en contra de los profesionales
que atendieron el caso o contra la institución. También pueden suceder disputas
entre los miembros de la propia familia y en no pocas ocasiones esta hostilidad
puede ser dirigida hacia el fallecido mediante expresiones como: “por qué se fue
y me dejó”, “por qué me abandonas” y otras similares, llegando incluso a golpear
el cadáver, sacudirlo, blasfemar contra el occiso, etc. Todas estas emociones
desagradables son expresión de un profundo desconsuelo, de una pena insoportable
y nunca deben ser personalizadas, pues esta rabia es parte integrante de la
reacción normal de duelo y responder defensivamente o con hostilidad, además de
no ser lo correcto, demostrará un total desconocimiento de este tipo de reacción
y sólo conseguirá incrementarla. Permitirla, aceptarla, comprenderla es el mejor
tratamiento para esta etapa. El regateo es la etapa que continúa en el
duelo normal, la cual es breve y se trata, como su nombre indica, de un arreglo
pactado, de manera simbólica, entre el superviviente o sobreviviente y el
fallecido. El regateo se expresa mediante determinadas conductas, como puede ser
la realización de determinados ritos religiosos para el descanso del fallecido y
la paz de los familiares. La depresión es una de las etapas más
dolorosas del duelo, con mayor intensidad durante las dos primeras semanas, en
las que las personas sienten una profunda tristeza, llanto, poco o ningún deseo
de comunicarse con otras personas ajenas a los familiares más cercanos,
trastornos del sueño, anorexia y sentimientos de culpa, los cuales se expresan
por constantes cuestionamientos de la conducta seguida con el fallecido: “si lo
hubiera ingresado en tal hospital en vez de en ese (la institución en la que
falleció)”, “si yo me hubiera dado cuenta antes, eso no hubiera ocurrido” y
otros reproches similares. No es infrecuente que en esta etapa se piense que
realmente no se hizo todo lo que se debía haber hecho. La aceptación es la próxima y última etapa
del duelo normal. Significa admitir responsable y libremente que la vida y la
muerte son un par dialéctico inseparable y que el morir es consustancial a la
vida. En la aceptación, el familiar incorpora la muerte del ser querido como un
episodio necesario, irreversible, universal, definitivo y no un mero accidente.
La muerte es entendida como una parte inevitable de la vida. Es por ello, que en
esta etapa, el familiar experimenta una sensación interna de paz, de
tranquilidad, de haber cumplido con el fallecido en vida, de no tener
pendientes. Se recuerda al ser querido fallecido de manera realista, con sus
virtudes y defectos, pero con indulgencia. Estas fases del duelo normal no tienen una
evolución similar en todos los tipos de fallecimientos. Se considera que las
muertes inesperadas ocasionan mayores dificultades en la elaboración del duelo
que aquellas muertes esperadas, anticipadas. El duelo en las muertes inesperadas
se asocia con manifestaciones depresivas más intensas y duraderas, de
enfermedades pre-existentes o el debut de nuevos padecimientos, así como la
asunción de conductas de riesgo para la salud como el consumo excesivo de
alcohol, cigarros o psicofármacos. Entre las muertes inesperadas se incluyen las
provocadas por accidentes, homicidios, las muertes súbitas por infarto cardíaco
o hemorragia cerebral, así como el suicidio, aunque, mediante el método de las
autopsias psicológicas se ha probado que una gran cantidad de suicidas mostraron
manifestaciones depresivas, habían realizado amenazas y gestos suicidas o habían
expresado sus deseos de terminar con sus vida. Por otra parte, muchos de los
sobrevivientes reconocieron que ellos sabían el riesgo suicida de esas personas,
por lo que no era una muerte súbita, inesperada, sino anunciada por el propio
suicida desde mucho tiempo antes del desenlace fatal. El duelo por un suicida presenta
determinadas características que lo diferencia del resto de los duelos. Los
sobrevivientes experimentan un conjunto de emociones que no se encuentran con la
misma frecuencia en otras causas de muerte y están más expuestos al desarrollo
de psicopatologías como los trastornos de ansiedad, el trastorno de estrés
post-traumático y episodios depresivos mayores. Es imposible presentar un cuadro clínico
típico del sobreviviente de un suicidio, pero son comunes algunos de ellos como
los intensos sentimientos de pérdida acompañados de pena y tristeza, rabia por
hacerle responsable, en cierta medida de lo sucedido, sentimientos de
distanciamiento, ansiedad, culpabilidad, estigmatización, etc. También puede manifestarse el horror por el
posible arrepentimiento tardío, cuando ya las fuerzas flaquearon lo suficiente
para evitar la muerte y no poder evitarla deseándolo en esos últimos instantes.
El miedo es una emoción presente en la casi totalidad de los familiares del
suicida y está referido a sí mismo, a su posible vulnerabilidad de cometer
suicidio o a padecer una enfermedad mental que lo conlleve. Este temor se
extiende a los más jóvenes, a los que pueden comenzar a sobreprotegerse con la
esperanza de evitar que ellos también cometan un acto suicida. Durante el primer año del duelo el sujeto
es más vulnerable a padecer problemas somáticos y emocionales. Entre estos
tenemos un conjunto de síntomas físicos como taquicardia, artritis, migraña,
alergia, asma y tics. Entre los síntomas psicopatológicos se pueden observar
sentimientos de soledad, desesperanza, pobre autoestima y rumiación obsesiva de
la búsqueda del por qué. La búsqueda del por qué, principalmente en
los padres y entre ellos en la madre, persiste por varios años. Estas manifestaciones que acompañan al
duelo por un suicida no son privativas de los parientes biológicos muy
vinculados afectivamente con el occiso, sino que también se las puede encontrar
y de hecho ocurre, en los amigos, compañeros de trabajo o escuela, maestros,
otros pacientes en el caso de un suicidio en una institución, médicos,
psicoterapeutas, enfermeras, consejeros, psiquiatras, psicólogos y toda persona
que estuvo vinculada estrechamente con el suicida. Hay investigadores que no han encontrado
diferencias en la evolución de los duelos independientemente de la causa que
haya provocado la muerte, otros por el contrario han encontrado diferencias
entre las muertes por suicidio, por accidentes y las muertes naturales en cuanto
a las reacciones de duelo en los sobrevivientes. La muerte por suicidio conlleva mayor
estigmatización que el resto, más sentimientos de culpa, menos deseos de
discutir sobre la muerte y mayor cuestionamiento sobre lo que se podía haber
hecho. Las muertes por accidente conllevan más reacciones de aniversario,
mayores comentarios de lo sucedido, mayor incapacidad de entender lo ocurrido
entre los amigos y compañeros del accidentado y menos deseos de hablar con los
demás. Por tanto para el mejor manejo del duelo
por un suicida hay que conocer todas estas manifestaciones, lo cual facilitará
la evolución de sus diversas etapas y evitará el desarrollo de duelos
patológicos. No hay método universal para el tratamiento
de esta contingencia, pues será diferente para los hijos del suicida, o su
pareja, o sus padres, o sus hermanos. Si se trata de un suicidio entre varios
hermanos, estos pueden experimentar cambios en todos o casi todos los aspectos
de sus vidas. Como todos tienen una infancia común con experiencias más o menos
similares, una de las tareas que hay que enfrentar es evitar la identificación
con el hermano suicida, proporcionando otras opciones para resolver problemas
que no sean auto lesivas. En ocasiones los hermanos pueden referir que ven al
hermano suicida en el domicilio, o que le escuchan hablar o que les llama. Estas
manifestaciones no deben ser consideradas como una pérdida de la salud mental de
carácter grave, sino, que en ese contexto, deben ser aceptadas dentro de los
límites normales para estos casos, por lo que adoptar la postura de ignorar
síntomas y actitudes de este tipo puede ser de gran beneficio. Siempre deben explorarse las ideas suicidas
en los sobrevivientes y en los hermanos de los suicidas niños o adolescentes,
más aún, si se presentan en alguno de ellos, se impone la evaluación del riesgo
de suicidio y el grado de afectación psicológica y tomar una medida a tiempo
para evitar un acto suicida. Si el suicidio lo ha realizado uno de los
padres, los niños tienen una reacción típica consistente en negar lo ocurrido,
mostrarse llorones e irritables, con cambios bruscos del estado anímico y
dificultades con el sueño, pérdida del apetito e intentos suicidas cuya
significación es reunirse con el fallecido, aunque también pueden existir deseos
de morir. Presentan alteraciones perceptivas como escuchar voces dentro de la
cabeza y ver el fantasma de la madre o el padre fallecido. También pueden tener pensamientos de haber
sido el causante de la muerte o sentir agresividad hacia el progenitor suicida
por estar ausente definitivamente. En estos casos, la familia debe decir la
verdad de lo sucedido al niño o niña, con un lenguaje claro y sencillo,
accesible y comprensible por él o ella y prestar soporte emocional de parte de
una figura sustitutiva, como puede ser un hermano mayor, un tío o tía según sea
el caso. En ocasiones, sobre todo para los hijos adolescentes, explicar la
muerte por suicidio como un síntoma de una enfermedad mental grave puede
disminuir el riesgo de la imitación, pues la enfermedad mental es rechazada por
la inmensa mayoría de las personas. Cuando el suicidio de un adolescente ocurre
en la escuela se deben tomar las siguientes medidas: Los maestros y profesores, con un mínimo de
entrenamiento en la prevención del suicidio, pueden prestar una valiosa ayuda en
la disminución de esta causa de muerte entre sus estudiantes, principalmente
erradicando en ellos y en los padres y madres de los estudiantes, los criterios
erróneos relacionados con el comportamiento suicida: I-
Criterio erróneo. El que se quiere matar no lo dice. II-
Criterio erróneo. El que lo dice no lo hace III-
Criterio erróneo. Los que intentan el suicidio no
desean morir, sólo hacen el alarde. IV-
Criterio erróneo. Todo el que intenta contra su vida morirá por suicidio. V-
Criterio erróneo. El suicidio se hereda VI-
Criterio erróneo. Todo el que se suicida está deprimido. VII-
Criterio erróneo. El suicidio no puede ser evitado porque ocurre por impulso. VIII-
Criterio erróneo. Si se le pregunta a una persona en riesgo suicida si ha
pensado matarse, se le puede incitar a que lo ejecute. IX-
Criterio erróneo. Sólo los psiquiatras y psicólogos pueden prevenir el suicidio. X-
Criterio erróneo. Usted no puede evitar que otra persona se suicide. 9. Preguntas y Respuestas Existen muchas interrogantes relacionadas con el
comportamiento suicida y es imprescindible, si se desea prevenir esta conducta,
que las preguntas que se haga la población, principalmente los adolescentes y
jóvenes, sean respondidas correctamente y se eviten los mitos o creencias
erróneas que conspiran contra la prevención del suicidio. A continuación se ofrecen al lector casi un
centenar de preguntas realizadas por adolescentes, las cuales reflejan sus
inquietudes con respecto al tema. Las respuestas reflejan los puntos de vista
del autor, por lo que pueden ser enriquecidas con los puntos de vista de los
lectores. 1-¿Cuándo una persona entra en una
depresión muy fuerte que debe hacer? 2-¿Cómo se puede ayudar a una
persona que está a punto de cometer un suicidio por amor? 3-¿Por qué el suicidio es tan
frecuente cuando hay problemas en el hogar? 4-¿Qué se puede hacer cuando un
adolescente se quiere suicidar si la novia lo deja? No debe permanecer a solas mientras tenga
este tipo de pensamientos. 5-¿Qué síntomas se presentan en el
suicida? Entre estos cambios se mencionan la
tristeza, la ideación suicida, la planificación del suicidio, la amenaza
suicida, el escribir notas de despedida, la entrega de posesiones valiosas, el
aislamiento, el incremento del consumo de alcohol, drogas u otras sustancias
adictívas, los trastornos del sueño y el apetito, por sólo mencionar algunos. 6- ¿Por qué no suicidarse un
adolescente si piensa que en realidad no le importa a nadie? 7- Si un amigo se quiere suicidar
por problemas con su familia ¿Qué se puede hacer? 8-¿Cómo puedo auxiliar a una
persona que trata de suicidarse? 9-¿Cuáles son los síntomas
principales de una persona que se quiere suicidar? 10-¿Cuáles son las principales
formas de suicidio? 11-¿Qué medidas de prevención
podemos hacer cuando ocurre un suicidio en la familia? 12- ¿Cuál es el motivo más común
por el que se suicidan los jóvenes? 13-¿En cual de los dos es más
probable el suicidio: en el hombre o la mujer y por qué? 14-¿Qué comportamiento presenta una
persona que quiere suicidarse? | |||||||||