Monografias | Las siete maravillas del mundoLas siete maravillas del mundoResumen: De todas las obras conocidas por su belleza o por su monumentalidad en la antigüedad, fueron siete las más famosas. Las Pirámides de Gizeh. Los Jardines Colgantes de Babilonia. El Templo de Artemisa en Efeso. La Estatua de Zeus en Olimpia. El Mausoleo de Halicarnaso. El Faro de Alejandría. El Coloso de Rodas. La humanidad es una especie curiosa. Cuando
hablamos de sus conquistas, la mayoría de las veces lo hacemos refiriéndonos a
sangrientas y destructivas expediciones guerreras. Pero de vez en cuando, la
humanidad también produce obras de impresionante belleza, destinadas a perdurar
durante siglos para hacernos recordar a todos que, cuando queremos, podemos
emplear nuestro esfuerzo y talento para construir maravillas. Más que ninguna
otra cosa, son estas obras las que nos identifican inequívocamente como humanos.
Nos representan ante nosotros mismos... y también, si alguna vez en el futuro
acude a nuestro planeta azul cualquier visitante, serán sin duda estas
maravillas las que constituyan nuestras principales señas de identidad. De todas las obras conocidas por su belleza o
por su monumentalidad en la antigüedad, fueron siete las más famosas. De ahí el
sobrenombre de "las siete maravillas del mundo". Lamentablemente, hoy, con una
única excepción, no nos quedan más que las descripciones que hicieron los
cronistas de la época. Guiémonos por ellas y emprendamos un viaje imaginario a
través del tiempo para conocer las maravillas de nuestros antiguos. Las Pirámides de Gizeh
La más antigua de las maravillas, y,
curiosamente, la única que ha llegado hasta nosotros, es el monumental conjunto
de las pirámides de Gizeh, en Egipto. Todos hemos oído hablar de ellas y
conocemos su aspecto, así como sabemos que eran la tumba de los faraones. Pero
acerquémonos más, y averigüemos algunos detalles interesantes. Los egipcios iniciaron la construcción de
pirámides hace muchísimo tiempo, a lo largo de su Antiguo Imperio: ¡Las más
antiguas tienen cerca de CINCO MIL años! En efecto, la más antigua que se conoce
es la pirámide escalonada de Sakkara, tumba del farón Djoser, que data del 2750
a. de C. El arquitecto inventor de la pirámide fué el gran visir, y famoso
sabio, Imhotep. Después de este primer ejemplo, los egipcios continuaron
construyendo pirámides hasta bien entrado el Imperio Medio, en que se pasó a
emplear el sepulcro subterráneo en vez de las pirámides. Sin embargo, del
Antiguo Imperio nos han quedado nada menos que ochenta de éstas, repartidas por
el Bajo Egipto. Imaginaos ahora que estamos presentes en el
séquito funerario del farón Khufu. Una ligera embarcación nos transporta por el
Nilo desde la antigua capital, Menfis, hasta la necrópolis de sus afueras, en la
vasta llanura de Gizeh. Allí abundan las construcciones funerarias, pues es el
cementerio donde van a parar todos los habitantes de la capital, nobles o
villanos. Nuestra embarcación se detiene: en la orilla nos espera una comitiva
de sacerdotes. Detrás, espera el templo construído especialmente para nuestro
faraón, donde se le rendirá culto igual que a un dios (¿acaso no es de
naturaleza divina?). Aquí es donde el cuerpo del faraón es preparado
convenientemente e introducido en el sarcófago. Después, una comitiva trasporta
éste a lo largo de una vía funeraria hacia su sepultura. Ya vemos las pirámides. Su impresionante mole
destaca sobre el horizonte de la llanura, dejándonos boquiabiertos. ¡Todo eso es
piedra! Bloques de granito descomunalmente pesados, de un metro de altura,
forman las filas tan apretadamente que no es posible introducir ni un cuchillo
entre ellos. Las filas de piedras están pintadas, formando franjas de diferentes
colores; la punta es de color dorado. Todas las pirámides, absolutamente todas, tienen la
misma alineación: están orientadas al norte con total exactitud. Los lados de la
pirámide tienen una inclinación impresionante, de 51 grados, que cuando nos
acercamos más nos produce la sensación de que la pirámide "se nos cae" encima.
En los alrededores, se encuentran las pirámides menores y mastabas
(edificaciones rectangulares de paredes inclinadas) para los altos funcionarios. Estamos ante la pirámide. Sus dimensiones son
impresionantes: 146.59 m de altura, 230 m de lado. Tras subir un poco por su
lateral, penetramos en su interior. A la fluctuante luz de las antorchas vamos
descubriendo las paredes, perfectamente lisas, como corresponde a la sepultura
de una encarnación del dios Ra. Tras depositar el sarcófago en la cámara
sepulcral, el corredor será cegado y disimulado, para evitar robos. La pirámide
contiene asimismo una falsa cámara sepulcral. A pesar de todas estas precauciones, son pocas
las tumbas egipcias que permanecerán intactas hasta la llegada de los
arqueólogos. Los ladrones de tumbas y los árabes irán saqueando con el paso del
tiempo la mayoría de las pirámides y sepulcros. Cuando el arqueólogo Flinders
Petrie entre en las tumbas reales de Abydos, unas de las más antiguas de Egipto,
sólo podrá encontrar un brazo de la momia de una reina. De las tres grandes
pirámides, sólo la más pequeña, la de Micerino, permanecerá intacta. Una controversia famosa relacionada con las
pirámides es la relación entre el doble de la longitud de su lado y su altura:
el número Pi. ¿Porqué se tomarían tantas molestias los antiguos egipcios para
conseguir que sus construcciones mantuvieran una relación matemática tan
precisa? ¿Una especie de chauvinismo matemático? Personalmente prefiero pensar
que lo hicieron porque era la forma más segura de conseguir que la inclinación
de las pirámides fuera uniforme, y de que éstas serían perfectamente regulares.
En efecto, si pensamos que probablemente se servían de ruedas de madera para
medir longitudes de forma fácil y exacta, veremos que con una de éstas ruedas,
hecha de la misma altura que los bloques de piedra, se comprobaba la inclinación
rápidamente: cada nueva hilera de piedras debía medir media vuelta menos. De
esta forma sale, automáticamente, la relación de Pi entre el doble del lado y la
altura de la pirámide. Suena lógico, ¿verdad? Pero lo más curioso es que, como
de forma meticulosa me ha hecho notar Jesús Cea, ello no implica necesariamente
que los antiguos egipcios conocieran el número Pi; después de todo, éste sale
automáticamente debido a que se realizaron las medidas a base
de ruedas. Han pasado ya cerca de cinco mil años hasta
nuestros días, y la humanidad todavía no ha realizado nada semejante. La más
pequeña de las tres pirámides de Gizeh multiplica varias veces el peso de la
mayor de las construcciones modernas; y es que los aparejadores de nuestros días
se las verían y se las compondrían para enfrentarse con esos enormes bloques de
piedra, difíciles de manejar hasta para las más potentes grúas. Cuando pensamos
en que los antiguos egipcios carecían de máquinas, que movían las enormes
piedras sólo con el esfuerzo físico de cuadrillas de docenas de trabajadores,
nos parece un milagro. De hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces
de superarlo: continuarían construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin
llegar a igualar el esplendor de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente,
fueron de las primeras que se construyeron. Como corolario, citaré dos testimonios
célebres: el de Abd-ul-Latif, que dijo "Todas las cosas temen el tiempo, pero el
tiempo tiene miedo a las pirámides"; y el de Napoleón, que comandó una
expedición a Egipto cuando era primer cónsul, y pronunció las conocidas palabras
"Desde lo alto de estas pirámides, veinte siglos nos contemplan". Aunque, la verdad, Napo, cuarenta y cinco
habría sido una cantidad más precisa. Pero aún nos queda una visita que realizar en
la llanura de Gizeh: se trata de la guinda del pastel: la esfinge. Esta
escultura, que representa a un león con rostro humano (se cree que representa al
farón Khafra; al menos, viste sobre la cabeza el típico klaft, manto que
llevaban los faraones) es contemporánea de las pirámides, mide 70 metros de
longitud y 20 de altura. Para construirla, aprovecharon un montículo de caliza
en la llanura, que labraron y completaron con bloques de piedra. Cuando ya
contaba con mil años de edad, el faraón Tuthmosis IV hizo esculpir entre sus
patas una escena representando un sueño, en el cual la esfinge le daba el trono
en recompensa por haberla salvaba de morir sepultada bajo la arena del
desierto. Otros mil y pico años más tarde, en la época romana, se excavó un
santuario en el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge ya superaba los cuatro
mil años, estas modificaciones posteriores pasaron a ser destructivas en vez de
constructivas: los iconoclastas primero, y los mamelucos después, mutilaron el
monumento, dañando sus ojos y arrancándole su nariz. Vemos aquí un primer
ejemplo, aunque desgraciadamente no el último, que demuestra que entre las
capacidades del hombre se encuentra no sólo el construir maravillas, sino
también el destruirlas. Los Jardines Colgantes de
Babilonia
Nos disponemos ahora a realizar un prodigioso
salto hacia delante en el tiempo: nada menos que dos mil años deben transcurrir
para que nuestro viaje nos lleve a la famosa Babilonia, llamada Babel en la
Biblia, a orillas del Éufrates. A pesar de que el nombre de esta ciudad figura
en los anales de la historia desde hace dos milenios, vemos que todas las construcciones son nuevas y
recientes: y es que hace poco más de cien años que los sanguinarios asirios la
destruyeron hasta los cimientos. Pero al fin los babilonios, con la ayuda de los
medos y los escitas, destruyeron por completo a los asirios, y ahora la ciudad
ha sido esplendorosamente reconstruída. Estamos en a mediados del siglo VI a. de C., y
gobierna el rey Nabucodonosor II, el más famoso de todos los del mismo nombre.
Además de un gran guerrero y conquistador, Nabucodonosor es también un gran
arquitecto: la ciudad rebosa de construcciones monumentales. Sin embargo, algo
se echa de menos en esta majestuosa ciudad: todo es demasiado llano, demasiado
rectilíneo. Si subimos lo suficientemente alto, veremos toda la ciudad de un vistazo. Esto entristece a Amytis, la esposa de
Nabucodonosor. Ella es una princesa meda, y se crió en montes y colinas
exuberantes de vegetación. Esta tristeza disgusta al rey. ¡Él, que ha vencido en
todas las batallas, que ha levantado de la nada una ciudad impresionante, no
consigue devolver la alegría a su esposa! Eso no puede ser. ¿Amytis echa de menos sus colinas? Pues no faltaba
más: el se las construirá. ¿Acaso no es el más famoso constructor de su tiempo?
En seguida ordena traer grandes piedras, pues los ladrillos utilizados
normalmente no resisten bien la humedad. Así, edifica una serie de terrazas
escalonadas en las cuales deposita la tierra necesaria y empieza a plantar
árboles, flores, arbustos, etc. También construye una máquina semejante a una
noria que transportará el agua desde un pozo hasta los jardines para regarlos.
En poco tiempo, éstos rebosan de vegetación, y las copas de sus árboles se
divisan incluso desde fuera de las dobles murallas de la ciudad. Nabucodonosor
ha conseguido crear un aparente monte cubierto de verdeante vegetación. Sobre los jardines colgantes existe también
una leyenda, que sitúa la fecha de su construcción cinco siglos antes, a finales
del s. XI a. de C. Según esta leyenda, es la reina Shammuramat, llamada
Semíramis por los griegos, quien construye los jardines. Shammuramat gobierna el
imperio asirio como regente de su hijo Adadnirari III, desde la muerte del rey
Shamsidad V, y además de construir los jardines colgantes, conquista la India y
Egipto. Termina sus días suicidándose a causa del dolor que le produce descubrir
una conjura contra ella urdida por su hijo. Algo trágico... como era de esperar
en una leyenda, sobre todo teniendo en cuenta que fueron los griegos quienes la
recogieron. En el año 539 a. de C. los persas conquistan
Babilonia, y ello provoca su decadencia. La población va menguando y, para
cuando Alejandro Magno visita la ciudad (sobre el 326 a. de C.) parte de ésta se
encuentra en ruinas. La destrucción definitiva tiene lugar en el año 126-125 a.
de C., fecha en la que el sátrapa parto Evemero conquista la ciudad y la
incendia. Desde entonces no quedan más que las ruinas a orillas del Éufrates. El Templo de Artemisa en Efeso Nuestro viaje nos lleva ahora a tierras
helenas, donde buscaremos la mayor parte de las maravillas que nos faltan por
ver. La Grecia clásica es el auténtico faro de la civilización de su tiempo, y
no es de extrañar que sea allí donde los artistas florecen y realizan sus más
excelsas obras. Nos detenemos en la ciudad de Éfeso, a orillas
del mar Jónico y junto a la desembocadura del pequeño Meandro. Seguimos a
mediados del siglo VI a. de C. Esta ciudad ha sido desde siempre un centro de
culto a la diosa Artemisa, llamada después Diana por los romanos. Se trata de la
soberana de la naturaleza selvática y de los animales salvajes, y suele
representársela acompañada por una cierva y armada de arco y flechas. Desde muy
antiguo, existe un templo dedicado a la diosa. Pero en el siglo VII a. de C., la
ciudad sufrió el ataque de los cimerios y aunque se resistió, no se pudo evitar
que el templo se incendiara y fuera destruído. Pero ahora casi toda la Jonia ha pasado a
manos del rey de Lidia, Creso. Sí, el mismo que ha inventado esos nuevos y
extraños discos de metal llamados "creseidas" que se suponen que van a hacer de
dinero. Nadie sabe dónde pararán estos inventos modernos... pero Creso es un
protector de sabios y artistas, ¡el mismo Esopo ha pasado por su corte!, y se
propone levantar un nuevo templo a Artemisa, mejor que el anterior. Para ello se lleva a cabo una suscripción
pública; todos los ciudadanos donan algo de dinero para el templo nuevo. Finalmente el templo se levanta. Cuenta con
127 impresionantes columnas de 20 metros de altura, algo descomunal para su
época, y cuenta con esculturas de Escopas. Este templo ilumina la ciudad de Éfeso durante
dos siglos. Sin embargo, llega la tragedia: en el año 356 a. de C., el pastor
Eróstrato destruye el templo incendiándolo, por puro afán de fama. Sin duda este
pionero del gamberrismo consiguió lo que buscaba, como lo prueba el que
recordemos su nombre. Pero tal vez consiguió algo más que eso: demostrar a todos
los hombres que por cada Escopas hay un Eróstrato, y que las maravillas
construidas por el hombre deben ser protegidas del propio hombre. ¡Demonios,
espero que recibiera su merecido! Esta historia tiene un epílogo: cuando
alrededor de veinte años después, Alejandro Magno ocupó la ciudad de Éfeso y
residió en ella por un tiempo, escuchó la historia del templo de Artemisa y
descubrió que había sido destruído la misma noche en que había nacido él. Al
parecer fué esta coincidencia la que le impulsó a reconstruir el templo, durante
el tiempo que permaneció en Éfeso instaurando un gobierno democrático. Una vez
terminado, el nuevo templo (que hace el número tres en nuestra cuenta) contó con
un retrato del propio Alejandro pintado por Apeles, el más famoso pintor griego.
Aunque el templo de Artemisa no recuperó jamás su pasado esplendor, al menos su
antigua fama le valió una pronta reconstrucción. La Estatua de Zeus en Olimpia
Nuestro viaje saltará ahora un siglo adelante
en el tiempo, pero en compensación no recorreremos apenas distancia; tan sólo
unos pocos kilómetros hasta Olimpia, en la Élida, centro religioso de la antigua
Grecia donde se rinde culto al principal de entre todos los dioses: Zeus. Aquí,
bajo el monte Olimpo (uno de los muchos que hay en Grecia con ese nombre), se
celebra cada cuatro años la más famosa de las festividades en honor de Zeus: la
Olimpiada. Estamos en el 450 a. de C., y se está
terminado de construir el impresionante templo de Zeus, para el que no se
escatiman medios: los mejores escultores de Grecia trabajan en él. Los dos
frontones representan los preparativos de la competición atlética de Pelópe y
Enomao para obtener la mano de Hipodamia, y la lucha entre lapitas y centauros
en la boda de Piritoo. Estos frontones, junto con las metopas, serán
considerados no sólo el más importante conjunto escultórico del estilo severo,
sino las más notables series escultóricas del arte clásico griego junto con el
Partenón. Su autor, de quien no se sabrá el nombre, será conocido como el
Maestro de Olimpia. Pero nos queda por ver lo mejor del templo: la
estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado nada menos que al más famoso de
entre todos los escultores de la antigua Grecia: Fidias. Su estilo, por su
plasticismo, por su equilibrio en la elección de temas, en la composición y en
las gradación de los efectos del claroscuro, por su representación esencial, sin
ser detallada, del cuerpo humano, por su majestuosa y noble serenidad, y por su
armonía de formas, consigue ser la encarnación de los ideales del arte griego. Fidias pone manos a la obra representando al
dios sentado sobre un trono. La inmensa estatua no puede ser más llamativa a la
vista: Fidias emplea la técnica crisoelefantina, consistente en cincelar sobre
marfil y añadir por encima oro, representando la carne y las vestiduras del
personaje. Y además de todo esto, el trono está adornado por diversas pinturas.
Fidias empleará más de un año en llevar a cabo la estatua, lo cual nos da idea
de su gran tamaño y de su detalle y calidad. A diferencia de las dos maravillas anteriores,
esta va a perdurar durante bastante tiempo: unos mil años, hasta que los
terremotos que se producirán en el siglo VI d. de C. destruyan el templo en su
mayor parte. El Mausoleo de Halicarnaso Volvemos a saltar un siglo hacia delante en el
tiempo, y llegamos al año 352 a. de C. Las maravillas del mundo, que ya sumaban
cuatro, vuelven a ser sólo tres, puesto que Eróstrato acaba de consumar su
infame obra destruyendo el templo de Artemisa, hace apenas cuatro años. Pero el
relevo va a llegar en seguida: una nueva maravilla será construída, dándose
tales coincidencias entre ambas, que parece obra de una magia bienhechora
decidida a compensar la pérdida. Estamos en Halicarnaso, en la Caria, un estado
del Asia Menor. Se trata de una ciudad importante; incluso cuenta con una
fábrica de esos extraños discos de metal inventados por Creso que hacen de
dinero (y es que a todo nos terminamos acostumbrando). La ciudad luce
esplendorosa: el buen sátrapa Mausolo ha conseguido llevarla a su cenit. Pero
ahora la ciudad está de luto, pues Mausolo acaba de fallecer. ¿Qué tumba, que
sepulcro será suficiente para un rey así? Su viuda Artemisa toma la decisión de
no reparar en gastos; y de pronto, es como si toda la ciudad supiera que nunca
más volvería a vivir una época tan magnífica como la de Mausolo, disponiéndose a
demostrar su reconocimiento haciéndole la sepultura más especial de la historia,
tanto, que dará nombre a los "mausoleos" que se construirán en el futuro. Ya están en marcha las obras: los arquitectos
Sátiros y Piteos construyen un podio rectangular; sobre él, se levanta una
columnata de orden jónico; sobre ésta, una pirámide escalonada. Y en lo más
alto, una estatua representando una cuádriga. El conjunto alcanza la vertiginosa
altura de 50 metros. Pero eso no es todo; los mejores escultores griegos de la
época esculpirán las estatuas y relieves: Briaxis, Timoteo, Leucastes y el
famoso Escopas (que nada tiene que ver, salvo el nombre, con el escultor del
templo de Artemisa). Pero esta maravilla, ¡ay! va a ser la menos
duradera de todas. Apenas dieciséis años más tarde, en el 334 a. de C.,
Alejandro Magno destruye la ciudad. Él, que ordenara reconstruir el templo de
Artemisa en Éfeso, muestra ahora su semblante destructor. Y aunque poco después
los reyes egipcios conquistarán la Caria y reconstruirán Halicarnaso, ciudad que
permanecerá hasta nuestros días (hoy llamada Bodrum), del mausoleo sólo nos
quedará la leyenda. El Faro de Alejandría Vamos a saltar ahora unos setenta años hacia
delante, y a viajar de nuevo a Egipto. Estamos en el año 280 a. de C., y desde
que Alejandro liberó a este estado del dominio persa, los lazos entre griegos y
egipcios se han estrechado: tanto, que su rey, Tolomeo II, es de origen griego.
Esta fusión de egipcios y griegos tiene especial relevancia en la capital,
Alejandría. Fundada por Alejandro Magno en el 332 a. de C., esta próspera ciudad
se ha convertido el más importante foco de la cultura helena. Pero esta vez la maravilla no va a ser un
templo, ni ninguna otra clase de edificio, sino una torre. Para guiar a los
numerosos barcos que acuden constantemente a Alejandría, el rey ha decidido
construir una torre que identifique el lugar de la ciudad desde muy lejos. Para
ello han escogido la pequeña isla de Faros, frente al puerto. El arquitecto Sostrato de Cnido dirigie las
obras, que conforme avanzan, adquieren un aspecto más impresionante. Cuando se
finaliza, la torre mide más de 120 metros. En su cima está equipada con espejos
metálicos para señalar su posición reflejando la luz del sol; y por las noches,
a falta de luz, se enciende una hoguera. Esta maravilla va a durar bastante: unos mil
seiscientos años, hasta que en siglo XIV los terremotos la derriben. De nuevo,
como el Mausoleo, el nombre de esta maravilla -que en realidad es "la Torre de
Faros"- designará a todas las construcciones posteriores realizadas con el fin
de mostrar el camino a los barcos. El Coloso de Rodas
Sin viajar apenas en el tiempo (apenas unos
tres años hacia delante, hasta el 277 a. de C.) vamos a presenciar la
construcción de la última de las maravillas. Para ello abandonaremos el Asia
Menor y nos internaremos en el mar Egeo. Allí, a apenas 18 kilómetros de la
costa, encontraremos la más importante de las islas Esporadas: Rodas. Es
importante porque su ciudad, del mismo nombre, es la capital del Dodecaneso,
archipiélago compuesto por una veintena de islas. La situación geográfica de
Rodas es privilegiada para comerciar con Grecia, el Asia Menor e incluso Egipto,
y gracias a eso se ha convertido en el centro comercial más importante del
Mediterráneo Oriental. Por ello no es extraño que alguna potencia de
la época ambicione apoderarse de Rodas e intente tomarla, como Macedonia. Su
rey, Demetrio I Poliarcetes, es conocido por su experiencia en el arte militar,
sobre todo en los asedios, tanto, que en futuro los militares se referirán a la
técnica de asediar fortalezas como "Poliarcética". Demetrio ataca, pues, Rodas.
Sin embargo, la ciudad resiste los embates de este temible guerrero, quien
finalmente se marcha con el rabo entre las piernas. ¡La ciudad ha resistido! Para celebrar este triunfo, la ciudad decide
elevar un monumento memorable a Helios, dios del sol, en el puerto. Dirige las
obras Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. La estatua va creciendo, primero el
armazón de hierro y sobre él las placas de bronce. Finalmente, cuando la estatua
se termina mide nada menos que 32 metros de altura. Su fama atraerá a viajeros
de todo el mundo antiguo para verlo. Con el Coloso llegaron a ser cinco las
maravillas del mundo que se alzaban sobre la faz de la tierra, número que no fué
superado sino que fué decreciendo. Cincuenta y seis años después de su
construcción, en el 223 a. de C., un terremoto derribó al Coloso. Los habitantes
de Rodas, siguiendo el consejo de un oráculo, decidieron dejar yacer sus restos
donde cayeron. Y así fué, durante cerca de novecientos años, hasta que en el 654
d. de C. los musulmanes se apoderaron del bronce como botín en una incursión. La leyenda del Coloso tendió, cómo no, a
agrandar sus proporciones. Durante el renacimiento el Coloso fué "descubierto"
por los humanistas, al igual que el resto del arte griego, y su monumentalidad
fué remarcada haciéndose circular que sus tamaño era tal que los barcos pasaban
entre sus piertas. Pero el Coloso no necesita de mitificación: habrá de pasar la
friolera de dos mil años hasta que el hombre realice otra estatua colosal que la
supere, lo cual lo dice todo. Epílogo Han pasado más de dos milenios. Todas las
maravillas que quedaban en pie fueron cayendo, víctimas principalmente de los
terremotos. Todas excepto una, curiosamente la más
antigua: las pirámides de Gizeh. Ellas, las únicas que han sido capaces de
vencer al tiempo, nos recuerdan cuánta grandeza somos capaces de crear cuando
los humanos dejamos de lado nuestras disputas y coordinamos nuestras energías. BIBLIOGRAFÍA Enciclopedia Monitor. Ed. Salvat. Historia del arte. Ed. Salvat. Historia ilustrada del mundo para niños, t. 2.
Ed. Plesa-SM. Trabajo realizado por: Ing. Christian Cerda P. ccerda@edesa.com.ec Publicación enviada por Ing. Christian Cerda P. Contactar mailto:ccerda@edesa.com.ec Código ISPN de la Publicación EpylEVlkAuyuLZrWIO Publicado Thursday 6 de November de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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