Monografias | Lectura e interpretación de un libro de Historia Argentina a elección "Las ideas políticas en Argentina", de José Luis RomeroLectura e interpretación de un libro de Historia Argentina a elección "Las ideas políticas en Argentina", de José Luis RomeroResumen: "Las ideas políticas en Argentina", de José Luis Romero. Cita completa y correcta del libro. Características generales del libro. Datos del autor. Tema del que trata el libro y justificación del autor al escribir sobre dicha problemática. Resumen de los capítulos. Hipótesis o tesis del autor, explicaciones sobre los temas que analiza y explicación de las formas de probar o demostrar las hipótesis. Conclusión: consideraciones personales sobre la lectura y opinión. Romero, José Luis; (1956), Las ideas políticas en
Argentina, "Colección Popular tomo n° 527", Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 2001. El mencionado libro está compuesto por 316 páginas
separadas en tres partes y a su vez en 10 capítulos a saber: Parte Primera: La Era Colonial
Parte Segunda: La Era Criolla
Parte Tercera: La Era Aluvial
Además consta de dos textos titulados "Advertencia para
la primera edición" y "Advertencia para la quinta edición". El
primero podríamos considerarlo el prólogo de la obra; el segundo, sin embargo,
apunta a que la versión original del libro aparecida en 1946 fue modificada,
agregándosele en 1956 el capítulo IX y más tarde el X. Hacia el final, se encuentran el "Epílogo. Sobre los
interrogantes del ciclo inconcluso" que simplemente se conserva como un
documento debido a que ha perdido actualidad al agregarse los dos últimos capítulos
del libro; la Bibliografía, el Índice de Nombres y el Índice. Romero, José Luis (1909-1977), historiador argentino. Nacido
en Buenos Aires, estudió en la Universidad Nacional de La Plata y se doctoró
en Historia, en 1934. Profesor en la Facultad de Humanidades de dicha
universidad entre 1942 y 1946, ese último año hubo de exiliarse en Uruguay
debido a su militancia socialista. Regresó a Buenos Aires nueve años más
tarde, después de haber ejercido como profesor en la Universidad de Montevideo,
en la cual llegó a desempeñar la cátedra de Filosofía de la Historia.
Nombrado en 1955 rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires y decano de
la Facultad de Filosofía y Letras de dicho centro en 1962, fue asimismo
profesor invitado en las universidades de Columbia (Estados Unidos), San Marcos
(Perú), Toulouse y Poitiers (Francia). Miembro del grupo argentino de la Academia Internacional de
Historia de las Ciencias y dedicado fundamentalmente a la filosofía de la
historia, fue editor y fundador de la revista de historia de la cultura Imago
Mundi. Escribió, entre otras obras de interés: Mitre, un historiador frente al
destino nacional (1943), La historia y la vida (1945), Las ideas políticas en
Argentina (1946), La cultura occidental (1953) y El desarrollo de las ideas en
la sociedad argentina del siglo XX (1965). En 1977 falleció en la ciudad
japonesa de Tokio. "Las ideas políticas en Argentina" es un libro
considerado por su autor como "...un texto ordenado, preciso y sintético,
que dé una visión panorámica de las ideas políticas argentinas...". José
Luis Romero tiene la opinión de que en los países sudamericanos no han surgido
ideas políticas férreas y por esa razón debe tomarse como referencia el
pensamiento político de la colectividad. Como él mismo escribe en Advertencia para la primera edición:
"...la tendencia a lograr la mayor claridad posible en la explicación de
ciertos fenómenos oscuros en sí mismos, tendencia que el autor
defiende...". Para cumplir con este propósito, Romero
"reescribe" el proceso de formación de la Argentina según su propio
parecer, apoyado en numerosas fuentes, creando un texto que estudia y expone el
cambio constante de la política basándose en dos principios políticos
surgidos en la era colonial: el principio autoritario y el liberal. Parte Primera: La Era Colonial Capítulo I: La época de los Austria El capítulo que da inicio al libro está separado en dos
partes. La primera habla sobre los sucesos en España desde el siglo XV hasta
fines del siglo XVII. Este segmento comienza con el reinado de Isabel y Fernando
y el contexto en el cual se produce la conquista de América. Hacia 1492, con la
desaparición del reino de Granada y el descubrimiento de América aparece una
esperanza de grandeza. A la vez, Castilla y Aragón cesan su proceso de unión y
España alcanza la gloria imperial. De allí se pasa al fin del reinado de
Carlos V, desde donde se vislumbra un futuro prometedor con la conquista de América. Después, pasa a explicarse el reinado de Felipe II, con sus
ideales de hispanidad y catolicismo, que lo llevan a guerras a favor de la
hegemonía política y los ideales católicos amenazados. Estas guerras,
costeadas con las riquezas que llegan de América, provocan miseria y desempleo
en España, además de anticipar los problemas que tendría que enfrentar el rey
que lo sucediera. Sin embargo, su sucesor Felipe III en lugar de intentar
mejorar la situación del país, empobrece al pueblo para mantener el lujo de la
corte. Felipe IV, quién continúa con estas políticas, es definitivamente
vencido y firma el tratado de los Pirineos en 1659. Mientras todos estos sucesos transcurren en España, Europa
es afectada por el mercantilismo y los ideales de la Refoma, que España rechaza
desde el principio, centrada en la política de Felipe de "acentuar lo hispánico".
Así, se aferra el catolicismo español como un pilar fundamental de la
Contrarreforma. Desde el reinado de Carlos V, el orden político se había
vuelto absolutista, incluso en contra del papado. Sin embargo, su sucesor Felipe
II era muy religioso y su poder se transformó gradualmente en una teocracia.
Surgidos de esta teocracia, tan retrasada en cuanto a cuestiones económicas y
sociales, fueron los conquistadores que llegaron a América. Con el ambiente político español planteado de esta manera,
comienza la segunda parte del capítulo. Ésta establece, en un principio, la
poca importancia que se le dió a la zona del Río de la Plata y su llanura con
respecto al Alto Perú y sus riquezas. Pero, aún así, el Río de la Plata era
el acceso más rápido para llevar las riquezas a España y es con esa función
que se decide fundar Buenos Aires en 1536. Los conquistadores que salieron de Buenos Aires buscando la
ruta hacía el Perú fundaron la ciudad de Asunción en la confluencia de los ríos
Paraguay y Pilcomayo creyendo que les sería más útil, y en 1541 se despobló
Buenos Aires. Su propósito de ascender hacia el Perú se convirtió rápidamente
en una empresa imposible por la naturaleza frondosa y las tribus aborígenes.
Sin embargo, Diego de Rojas inició el camino en sentido inverso y en su
recorrido fue fundando ciudades como Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba y
finalmente fundó Buenos Aires por segunda vez en 1580. Así, Asunción, una
ciudad ya constituída, comenzó a declinar frente a Buenos Aires. Una de las razones principales por la cual Buenos Aires cobró
importancia rápidamente fue que era más propicia para la vida de los colonos y
la cría de ganado.Además, una gran cantidad de barcos comenzó a arribar a la
ciudad en poco tiempo. Durante el siglo XVII, Buenos Aires continuó creciendo y
en 1640, adquirió importancia política, en la orilla de enfrente del río los
portugueses fundaron Colonia del Sacramento en un intento por ganar las tierras
de las cercanías. Uno de los objetivos principales de los fundadores de Buenos
Aires –y del cual dependía el progreso de la ciudad-, era poner en orden la
situación de los indígenas. Esta política colonizadora fracasó y dio paso a
una política de catequesis protagonizada por religiosos. Este sistema educó a
los indigenas y los convirtió a la fe cristiana, pero a la vez evitó que los
indígenas se adaptaran a la vida con los colonizadores. El suelo fértil fue la riqueza que brindó Buenos Aires a
sus pobladores. Ésta, debía ser trabajada y fue en ese momento cuando los indígenas
encontraron su lugar en el orden social. Además de los españoles y los indígenas,
surgió un nuevo grupo étnico: el mestizo. Este se ubicó por debajo de los
españoles junto con los criollos, ambos considerados inferiores; los primeros
por descender de indígenas, los segundos por haber nacido en América. La vida en la ciudad y en los campos era muy distinta. En el
campo, el colonizador era el que mandaba debido a la ausencia de leyes que
rigeran sus vidas, y debía bastarse y defenderse a sí mismo y a los de sus
tierras. La ciudad, en cambio, sí tenía leyes, pero muchas veces eran pasadas
por alto incluso por los funcionarios ávidos de riqueza. La Iglesia, como era el único credo que se practicaba,
consiguió mucho poder. Este prestigio llegó incluso a sacarle poder a las
autoridades en varias oportunidades, lo que creaba una situación tensa entre
ambas instituciones. El último párrafo del capítulo resume las ideas
principales que se extraen de él: la formación del espíritu autoritario en
todas las esferas de la vida social y la conciencia política que se manifiesta
como una autoridad indiscutida. Capítulo II: La época de los Borbones El siglo XVIII comienza en Europa con cambios en la situación
política. La declinación del absolutismo en Inglaterra es el inicio de las
transformaciones que más adelante darán lugar a la Revolución Francesa y sus
consecuencias. A la muerte de Carlos II en España, éste lega sus posesiones al
duque de Anjou, francés, ocasionando la guerra por la sucesión. Francia sale
vencedor y los Borbones toman el control de España. Los Borbones eran
ilustrados y progresistas, y el espíritu liberal se impuso lentamente como la
nueva actitud política, sobre la antigua teocracia de los Austria. Felipe V fue el primer rey de la dinastía de los Borbones.
Su objetivo principal fue que España recuperase su antiguo poder y esplendor.
Para lograrlo, originó cambios en la economía, la administración y la política,
siempre basándose en los ideales iluministas. Además, abrió el reino a las
influencias Europeas, que durante años habían sido negadas por los Austria. Las nuevas ideas promovidas por los Borbones impulsaron el
pensamiento científico, así como progresos en la educación y en la economía.
También consideraron necesario fomentar el trabajo en una sociedad empobrecida
y atrasada. A la vez, debían evitar que el progresismo se desviara al terreno
político porque esto podría provocar cuestionamientos al régimen monárquico. La concepción absolutista del poder fue levemente modificada
por los cambios introducidos a principios del siglo XVIII. La religión, base
del poder del los Austria, fue reemplazada por un régimen cada vez más laico.
Aún así, en muchos aspectos de la sociedad, la Iglesia todavía conservaba su
antiguo poder. Mientras tanto, la situación de las colonias mejoraba tanto
en demografía como en economía. Hacia fines del siglo XVII, Buenos Aires ya
contaba con cuarenta mil habitantes, y su riqueza agropecuaria, principalmente
la ganadería, había hecho crecer la economía colonial. La agricultura no era
fomentada por conveniencia de los comerciantes españoles de Buenos Aires, a
quienes el comercio de cueros, sebo y productos ganaderos brindaba buenos
dividendos. El régimen del monopolio de productos provenientes de España no
era suficiente para la población porteña, por lo que se producía un
contrabando para satisfacer las necesidades de los habitantes. En 1776, Buenos
Aires se convirtió en la "capital" de un nuevo virreinato que
abarcaba Paraguay, Tucumán y Cuyo, y se organizó económica y políticamente a
Buenos Aires. Gracias a la importancia que toma Buenos Aires, se van
perfilando en su sociedad las posturas de dos grupos sociales con interses
diferentes pero influencia en el virreinato, los españoles y los criollos. Los
españoles, quienes ocupaban funciones públicas, preferían la vida urbana y
estaban preocupados por el destino rioplatense. Los criollos escogían la vida
rural en un intento por escapar de la segregación a la que eran sometidos por
los españoles. Este sentimiento generalizado entre los criollos los hizo
poseedores de un sensación de formar parte de un grupo bien diferenciado de los
demás: una clase social. Los criollos, que aventajaban en cantidad a la
"aristocracia" colonial, buscaron educarse para alcanzar el nivel de
los españoles y los ideales liberales que llegaban a la colonia les sirvieron
para oponerse a los españoles tradicionales y buscar mejorar su posición. Esto
dió paso a la aparición de una burguesía criolla, la cual aspiraba al
desarrollo de la agricultura, la libertad de comercio y el desarrollo de pequeñas
industrias campesinas; además, el pensamiento liberal formó criollos con ideas
revolucionarias y emancipadoras. Estas ideas pasaron a ser los objetivos de hombres como
Mariano Moreno, que no dudaban en exponer su opinión sobre el libre comercio, y
muy pronto el pensamiento liberal se ramificó a sus creencias políticas. La
Revolución francesa de 1789 afianzó estos pensamientos y les dio ánimos, así
como las invasiones inglesas les proporcionaron confianza en el movimiento
criollo y una conciencia de nacionalidad. Todas estas nuevas ideas eran planes todavía incipientes, si
consideramos los opositores que tenían, a saber: funcionarios de ideas
anteriores al iluminismo, comerciantes beneficiados por el régimen monopolista,
el clero jesuítico y las autoridades, que si bien no eran mayoría, tenían
poder suficiente para acallar a la burguesía criolla. A pesar de que los criollos aún no habían conformado un
poder político, y sus ideas eran una minoría en las ciudades, el pensamiento
liberal había llegado finalmente a la colonia, y con él llegaría más tarde
la independencia. Parte Segunda: La Era Criolla Capítulo III: La línea de la democracia doctrinaria La Revolución francesa se presenta ante los ojos de los
americanos como el triunfo de los ideales de Montesquieu y Rosseau, sin embargo
el rumbo que toma el movimiento plantea dudas sobre qué consecuencias podrían
tener las mismas ideas en este lado del mundo. Esta situación hace que muchos
busquen un modelo político en Inglaterra. La independencia argentina que venía gestándose tomó forma
entre 1806 y los inicios de 1810. En esos cuatro años se refinaron las ideas
principales y se esbozaron los objetivos políticos de los criollos, que dieron
paso a los hechos de mayo de 1810. La revolución trajo cambios políticos, pero
principalmente sociales. Se acentuaron las diferencias entre criollos y españoles,
llegando incluso a la xenofobia. Los criollos que habían logrado el éxito de la revolución
eran los ilustrados que vivían en la urbe porteña. Estos eran una minoría que
empezaba a tener bienestar económico. Sus ideas eran similares a las de los
españoles liberales, con una influencia del pensamiento francés e inglés. Sin
embargo, los criollos urbanos, que habían convocado a los del interior para
apoyar su causa, eran muy distintos de estos últimos. Los criollos rurales en
conjunto no tenían conocimientos sobre doctrinas o política. Por otro lado,
aquellos que vivían en el Litoral tenían desaveniencias constantes con Buenos
Aires por cuestiones económicas; y los pertenecientes al interior mediterráneo
estaban influídos por los españoles del Perú y despreciaban la modernidad.
Todas estas diferencias entre ambos grupos hicieron que cada uno defendiera sus
propios intereses, provocando una rivalidad temprana que complicaría en un
futuro cercano los intentos de formar una nación. Las ideas que guiaban a los iniciadores de la revolución
eran liberales en el aspecto económico. Cuando estuvieron en el gobierno, los
ilustrados desarrollaron el libre comercio y estimularon la producción. Sin
embargo, el liberalismo no se notaba en otros aspectos. El respeto por las
creencias tradicionales y por el poder monárquico hacían ver que habían
adoptado una posición moderada. Uno de los primeros objetivos que se propusieron fue la
instalación de un gobierno y la preparación de una Constitución. Según
Moreno, ésta debía elaborarse sobre la base de la experiencia histórica y de
la ciencia política, con dos puntos imprescindibles, el sistema representativo
y la división de poderes. La reacción en contra de estos principios básicos
no tardó en llegar por parte de los criollos del interior, que no veían
representadas sus necesidades en esos ideales. Otra de las aspiraciones que tenían era la de consolidar una
administración centralizada, asegurando que era la única forma de crear una
nación. Asimismo, como eran ellos quienes habían llevado a cabo la
independencia, consideraban que Buenos Aires debía estar al frente de toda la
nación, dejando en un segundo plano a los territorios del interior. Lo único
que lograron por medio de estas ideas fue acrecentar aun más la rivalidad entre
los porteños y los criollos del interior, los cuales se aglutinaron bajo la
dirección de caudillos regionales. Ante esta reacción del pueblo, los ilustrados de Buenos
Aires, en lugar de buscar una solución al conflicto, tomaron una actitud hostil
con sus opositores. Por otro lado, adoptaron una política reaccionaria como
respuesta a los sucesos europeos. El regreso de Fernando VII a España y la
derrota de Napoleón les hizo buscar una posición de simpatía con los aliados
europeos, por lo que ocultaron su preferencia por el sistema republicano
proponiendo a la monarquía como sistema de gobierno. Hacia 1816, el Congreso (formado por representantes de Buenos
Aires y las provincias de pensamiento colonial) se expresó a favor del regimen
monárquico, unitario y antiliberal. Como la mayoria de los representantes
estaba en contra de Buenos Aires, pero a la vez no aceptaban la anarquía,
propusieron establecer la monarquía en Cuzco, proyecto que no tuvo aliados
suficientes y fracasó desde un principio. En 1819 se preparó una constitución que afirmaba el régimen
monárquico, pero los caudillos del Litoral la rechazaron y cortaron toda relación
con Buenos Aires. Después de la batalla de Cepeda en 1820, comenzó la era de
autonomía provincial. Durante ese período los caudillos gobernaron cada una de
las provincias; en algunas se hicieron constituciones para demostrar su
preferencia por el sistema republicano, en otras, se mantuvo una organización
feudal. Buenos Aires, entre tanto, inició una era de reformas, estimulando el
desarrollo de la riqueza minera y agropecuaria, reformando el clero y el ejército,
desarrollando la educación pública e instaurando el voto universal en la
provincia. El conflicto con Brasil es la razón principal por la cual
era necesario intentar unificar el territorio, y fue con esa excusa que se
pretendió convencer a los caudillos del interior, pero nuevamente las
diferencias entre ambas partes hicieron que la unidad nacional fracasara en
1827. Capítulo IV: La línea de la democracia inorgánica Durante los años de esplendor y decadencia del régimen
liberal en nuestro país, se venía gestando en algunos sectores de la sociedad
una concepción política democrática con rasgos propios autóctonos, y surgió
como la oposición a la democracia doctrinaria que caracterizó al período 1810
– 1827. Esta democracia inorgánica se basaba en tres argumentos, que eran la
emancipación, la revolución criolla y la democracia. Asimismo, algunas de sus
características eran el patritosmo local, la tendencia localista (aprovechadas
por los caudillos para afianzar su poder regional), el aborrecimiento a las
ideas y costumbres españolas y el antiliberalismo. Una de las razones por la cual el regimen del federalismo
tuvo una rápida aceptación fue que cada región tenía sus propias características
que la diferenciaban de las demás. Así, mientras el Paraguay estaba regido por
su pasado jesuítico, el Tucumán conservaba fuertes rasgos de la influencia
altoperuana, y el Litoral veía frustrado su desarrollo económico gracias a la
importancia de Buenos Aires. La autonomía que habían conseguido las provincias fue un
triunfo muy importante, pero las diferencias entre los caudillos principales
aparecieron muy pronto. Aún así, todavía estaban unidos por su oposición a
Buenos Aires. Buenos Aires recibió la nueva forma política de las
provincias con desaprobación por parte de algunos liberales y con tolerancia
por parte de otros. La mayoría subestimó al federalismo, sin embargo éste
triunfó en 1820 con la Batalla de Cepeda. Las provincias firmaron el tratado de
Pilar para establecer las autonomías provinciales y la libertad del comercio
fluvial. Los caudillos eran los dirigentes del pueblo de las
provincias y, ante todo, poseían un carisma especial para ser admirados por las
masas, que constituían todo el apoyo que tenían en su territorio a falta de
leyes que rigieran su mandato, además de ser su ejército personal. Al mismo
tiempo, tenían habilidad de mando, virtudes que la muchedumbre admiraba y, lo
que era igualmente importante, los caudillos defendían los intereses del
pueblo. Las acciones de Rivadavia, dirigidas a anteponer los
intereses de la nación a los beneficios de Buenos Aires impulsaron el
movimiento de los federales Dorrego y Rosas que desembocó en la secesión de
Buenos Aires. Dorrego fue nombrado gobernador de la provincia. Luego vinieron el
Golpe de Estado de Lavalle en 1828 y más tarde la guerra civil. En esa situación
se conformaron dos ligas, una liderada por el general Paz, la otra por
Estanislao López y Rosas. En 1831 Paz cayó prisionero de López, y, como
Dorrego había muerto en 1828, el país quedó gobernado por Facundo Quiroga,
Estanislao López y Juan Manuel de Rosas. Así comienza la era del Estado rosista. Su primer gobierno
fue de 1829 a 1832. En ese tiempo se constituyó la Confederación, y Rosas fue
encargado de la representación del país. De 1832 a 1834 la dirección de la
provincia la delegó en personas de su confianza. Rosas no consideraba prudente
la organización de un Estado y se oponía totalmente a esta idea. En 1835
vuelve al poder, y pocos años después mueren Quiroga y Estanislao López. Así,
Rosas se transforma en el caudillo más importante del país. Éste tenía
numerosos enemigos, y se deshizo de ellos por medio de violentas persecuciones.
A través de los años, Rosas logró imponer su autoridad en toda la Confederación,
unificando al país. A su vez, transformó un régimen que había empezado
siendo federalista en tiranía. Capítulo V: El pensamiento conciliador y la organización
nacional Cuando Rosas accedió al poder por segunda vez en 1835, los
grupos ilustrados vieron frustradas sus luchas por los derechos del pueblo a
manos de la misma gente que ellos intentaban defender. La primera generación de
proscriptos (que habían emigrado a partir de 1928), despreciaron a Rosas desde
el primer momento y a la vez se propusieron cambiar sus teorías para conseguir
la aprobación del pueblo. La generación de 1837 reflexionó sobre la actitud que había
tomado el pueblo a fin de analizarla y formar ideas políticas que mejoraran la
situación reinante. La doctrina que se habían propuesto fundar estaba basada
en primer lugar en crear leyes provenientes de las costumbres y el estado social
del país en vez de adoptar ideas extranjeras y después adaptarlas a nuestra
realidad. Los integrantes de esta asociación se agruparon y formaron
el Salón literario primero (clausurado por Rosas) y luego la Asociación de la
joven generación argentina. Ellos prepararon un documento conocido como Credo y
en 1846 Echeverría escribió el Dogma Socialista, donde establecía las bases
del pensamiento conciliador. A estos hombres se les reconoce ser quienes
reconocieron que los problemas políticos estaban en su mayoría determinados
por los conflictos sociales y económicos. También cuestionaron la sociedad de la época y descubrieron
las dos formas de vida en las que ésta se dividía, Sarmiento los calificó
como "civilización y barbarie". La ciudad representaba para ellos la
civilización, mientras que la gente del campo les evocaba la época de la
colonia y suponía obstáculos para la prosperidad de la nación. Por esta razón,
aunque sabían por experiencia de la importancia del pueblo en la política,
admitían que en un futuro esta importancia debía menguar para no caer en los
problemas del pasado. La generación de 1837 analizó diversos aspectos de la
historia del país y la consecuencia de esto fue la creación de una doctrina
política pacificadora y realista que triunfó porque atendía a las diversas
franjas sociales, algo que ninguno de los partidos anteriores se había
propuesto. Con las ideas elementales de esta doctrina, Domingo Faustino
Sarmiento , Juan Bautista Alberdi y Esteban Echeverría escribieron libros y artículos
periodísticos donde se reconocía su preocupación por como iba a ser el
gobierno posterior a la caída de Rosas. El proyecto que tenían preparado
abarcaba muchos aspectos, no repetir las equivocaciones de los gobiernos
anteriores fue una de las primeras decisiones. El punto de partida para el
cambio recaía en poblar las grandes extensiones de terreno que estaban
deshabitadas, haciendo proliferar las ciudades. Para lograr sus objetivos a través
de una política racional y previsora juzgaron necesario preparar una constitución
a la brevedad. La tiranía de Rosas finalizó a principios de 1852 con la
batalla de Caseros, después de 13 años de luchas entre el ejército de Rosas y
el del general Justo José de Urquiza, formado este último por los federales
que comprendieron la dominación que ejercía Rosas y decidieron oponerse a él.
Se firmó el Pacto de San Nicolás, pero los porteños desconfiaron de las
buenos propósitos de Urquiza y Buenos Aires se aisló de las demás provincias.
A fin de año, todas los representantes de las provincias del interior se
reunieron en Santa fe para formar el Congreso General Constituyente. La primer parte de la Constitución eran las Declaraciones,
derechos y garantías, donde se explicaba la estructura política En la segunda
parte, se hablaba sobre las diferentes atribuciones de las autoridades
nacionales. Ésta se sancionó en mayo de 1853, pero hubo que esperar hasta 1860
para que una convención la revisara y después de algunos cambios Buenos Aires
la aceptara. En 1861 Urquiza fue derrotado en la batalla de Pavón y de esta
manera se terminaron los tira y aflojes entre Bunos Aires y el interior. Desde 1862 hasta 1880 se sucedieron en la Argentina los tres
primeros presidentes constitucionales. Mitre, Sarmiento y Avellaneda fueron
quienes llevaron a cabo las ideas proyectadas por los hombres de la generación
de 1837 y los hombres de la proscripción. La afirmación de la unidad nacional
fue uno de los objetivos que se lograron durante las tres presidencias. Mitre,
cuyo período duró entre 1862 y 1868, tuvo una oportunidad muy importante para
afianzar el sentimiento de unidad entre los argentinos, la guerra del Paraguay,
que hizo apreciar a todos los pobladores la importancia de permanecer juntos en
los momentos difíciles y luchar por un mismo objetivo. Durante la presidencia de Sarmiento (de 1868 a 1874), éste
se ocupó de corroborar la importancia y el papel de los poderes nacionales,
entre muchas otras actividades. En 1870, después del asesinato de Urquiza, en
el interior resurgieron grupos políticos que buscaban tener nuevamente un papel
protagónico. El Presidente estaba enemistado con los integrantes del Congreso y
con Mitre mismo, por lo que buscó apoyo en estos hombres, especialmente en
Nicolás Avellaneda, que sería su sucesor. Avellaneda (presidente de 1874 a 1880) tuvo que enfrentarse a
Mitre porque éste último consideraba que un presidente del interior (tucumano
en este caso) hacía peligrar la soberanía popular. Sin embargo, Avellaneda
contaba con el apoyo de las provincias y de sus compañeros Alsina y Julio A.
Roca, además aunque el representaba al interior sus ideas coincidían con las
de los porteños. Cuando se acercaba el fin de su mandato, impulsó la
candidatura de Roca, que tenía como competidor a Carlos Tejedor, gobernador de
Buenos Aires. Los principales problemas que debieron enfrentar estos
presidentes fueron poblar el territorio, desarrollar económicamente el país e
impulsar la escuela pública. En cuanto a poblar el territorio, esto se consideró
imprescindible para desarrollar la economía, por lo que se promovió la
inmigración europea. Hacia 1874 ya habían llegado al país más de 100.000
inmigrantes que se distribuyeron en la zona del Litoral para crear centros agrícolas. Gracias a que la población crecía constantemente, así
tambien progresó la economía y durante la presidencia de Avellaneda comenzó
la exportación de cereales. Esto atrajo la aparición de actividades
comerciales. El tendido de los ferrocarriles favoreció el asentamiento de
comunidades en el interior. La ubicación de estos confluyendo hacia Buenos
Aires además de la creación de un puerto moderno convirtió a esta ciudad en
el puerto nacional. Con respecto a la educación hubo grandes avances. Sarmiento
creó numerosos colegios primarios y colegios nacionales así como escuelas
normales para la preparación de los maestros. Avellaneda además de continuar
su tarea organizó la universidad y presentó el proyecto de ley universitaria. Parte Tercera: La Era Aluvial Capítulo VI: La conformación de la argentina aluvial El comienzo de la primera presidencia de Julio A. Roca (de
1880 a 1914) marcó el comienzo de una nueva etapa para la Argentina,
caracterizada por la inestabilidad social y económica. La política
inmigratoria, que como vimos antes fue uno de los objetivos principales de las
tres presidencias constitucionales, trajo consigo cambios en el aspecto
poblacional. De 1869 a 1939 la población aumentó de 1 millón a 11 millones de
habitantes. La mayoría de los inmigrantes se concentró en la zona del Litoral
y en las ciudades, especialmente en Buenos Aires, muy a diferencia de lo que se
pretendía que era poblar los inmensos territorios desiertos del país. Buenos Aires creció a partir de las corrientes inmigratorias
que llegaron al país. La ciudad, que en 1852 tenía 85.400 habitantes llegó a
tener más de 2 millones hacia el año 1930. Fue aquí donde se desarrollaron
mas próspera y rápidamente las actividades económicas. La ganadería y la
agricultura fueron las actividades que más progresaron con la llegada de
inmigrantes. En el Litoral surgieron una gran cantidad de campos cultivados, en
1923 ya eran 26 millones de hectáreas las que se trabajaban. También en esta
época se comenzó la explotación de los minerales y el petróleo. En 1880
apareció la actividad industrial y en poco tiempo e multiplicaron las fábricas
hasta llegar a 410 mil operarios en 1913. A su vez el comercio exterior se desarrolló a partir de la
exportación de carnes y cereales. Esto provocó el crecimiento de la economía
y proliferaron los créditos bancarios, así como también los préstamos
contratados en el exterior con el propósito de construir obras públicas. La más
importante fue la red ferroviaria, pero además se hicieron puentes, diques,
edificios públicos y el puerto de Buenos Aires. En 1889 se produjo una crisis financiera. Durante los años
anteriores habían aumentado las exportaciones, y como consecuencia se habían
incrementado desmesuradamente los gastos, a tal punto que era imposible
afrontarlos. La emisión de moneda ocasionó la devaluación del peso frente al
oro. La situación se normalizó en la época de la presidencia de Carlos
Pellegrini (1890-1892), gracias a que éste logró estabilizar el peso y se
normalizó la cuestión económica. Esta crisis fue uno de los causantes de la
revolución de 1890, pero después de ésta la properidad económica volvió
hasta 1920. Los inmigrantes que llegaron al país estaban impulsados por
las necesidades ecónomicas. Esto los llevó a dejar su tierra para probar
suerte en América. Acá, no les fue difícil alcanzar su objetivo gracias a las
condiciones que les ofrecía nuestra tierra. El progreso que conseguían los
recién llegados debido a su dominación de la economía fue muy pronto
envidiado por los criollos que apenas lograban salir de su pobreza. La mezcla de
inmigrantes y criollos se produjo con rapidez. En la clase baja predominaron las
características criollas, como el ocio y el abandono económico. Sin embargo en
la clase media se destacaron los ideales económicos y sociales de los
inmigrantes. La élite en la que descansaba el poder de la nación era la
propietaria del capital y los medios de producción. De esta manera se enriqueció
y pasó de ser austera a transformarse en capitalista. Con este cambio, también
se modificó su posición en la sociedad, la élite se transformó en la
aristocracia argentina, ávida de lujo y riqueza. Asimismo, el grupo
criollo-inmigratorio, también sediento de riquezas, buscaba el ascenso social a
cualquier precio. Cuando salieron a la superficie los pensamientos políticos de
este grupo, estas resultaron ser antioligárquicas y orientadas hacia la
renovación y la democracia. Capítulo VII: La línea del liberalismo conservador La oligarquía aparecida a partir de la codicia de los
gobernantes sabía que era inestable, no tenía una base social sobre la cual
sostener su poder, pero a la vez creía que era mejor que ellos mismos
representaran al país antes que los recién llegados de Europa. Con la
presidencia de Roca, los antiguos ideales liberales se fueron confundiendo y
modificando, siempre con el temor de que los inmigrantes le sacaran el poder a
la oligarquía. Así, separaron de plano las cuestiones políticas y económicas.
Las primeras orientadas en un camino conservador; con respecto a las últimas se
tomaron medidas renovadoras. Los oligarcas de turno consideraron prudente evolucionar en
el aspecto económico. Por esta razón impulsaron la llegada de capital
extranjero al país a pesar de los riesgos que esto podía acarrear. En cuanto a
la política, se renovó el sistema jurídico para adaptarlo a la nueva sociedad
que se estaba formando en Argentina; además pretendían eliminar la influencia
de la Iglesia sobre el Estado a fin de que el poder de éste quedara solamente
en manos de la oligarquía. Para conseguir la concentración de poder en la presidencia
Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman recurrieron al unicato. Este sistema político
basado en el autoritarismo, el fraude y la violencia se reservaba para sí toda
la autoridad para tomar decisiones, y provocó la desaparición del régimen
republicano y la centralización del poder de una manera casi absolutista. Ante esta posesión anticonstitucional del poder ciertamente
no había una oposición bien definida que luchara por devolver a la patria los
derechos y valores que le habían sido arrebatados. Obviamente, los partidos políticos,
como la Unión Cívica Radical; los diputados, como Eduardo Wilde; y aquellos
que reconocían en las actitudes de la nueva generación de presidentes poco
interés en la nación pero muchas ansias de riqueza eran los opositores al
sistema surgido en los últimos años. Para alcanzar sus ideales de fortuna, debieron lograr que las
tierras aumentaran su valor y a la vez conseguir quien las trabajara, de ahí la
necesidad de una política inmigratoria. Con el objeto de atraer capitales
extranjeros que modernizaran el país, se ofrecieron beneficios muy provechosos
para los que quisieran invertir, pero que a largo plazo iban a traer pérdidas a
la nación. Los empréstitos destinados a la edificación de obras públicas debían
ser devueltos en algún momento pero aún así continuaban endeudándose. Después de la crisis de 1889, vieron que no eran
convenientes las medidas económicas extremistas y se moderaron sin renunciar a
sus anhelos iniciales. Así, los capitales extranjeros empezaron a llegar una
vez más, proporcionando enormes beneficios a la oligarquía. En 1902, las
primeras manifestaciones obreras que reclamaban mejores salarios y jornadas más
reducidas fueron fuertemente reprimidas, poniendo a la vista el lado más
conservador de los gobernantes. A pesar de esto, tuvieron un pensamiento muy
liberal en el momento de sancionar las leyes de Registro Civil y de Educación
Común, las cuales fueron largamente discutidas. La consecuencia de estas
sanciones fue la disminución del poder de la Iglesia en la sociedad argentina. La crisis de la oligarquía se produjo por la contradicción
que se fue acentuando entre los ideales liberales y los democráticos. El
presidente Pellegrini (1890-1892), quien en un principio era un arduo defensor
del liberalismo y los principios antidemocráticos, cambió de parecer ante los
reclamos democráticos del pueblo y modificó el sistema electoral. Estas
modificaciones fueron suprimidas por el presidente Manuel Quintana durante su
presidencia (1904-1906). Joaquín V. González, ministro de Interior durante la
segunda presidencia de Julio A. Roca (1898-1904) y ministro de Justicia e
Instrucción Pública durante la de Manuel Quintana (1904-1906), también
reconoció la importancia de los problemas sociales que empezaban a
desarrollarse. Las actitudes que tomaron Pellegrini y González fueron las
primeras que reivindicaron la decisión del pueblo, pero no las últimas. Por el
contrario, ahora que la oligarquía se debilitaba era innegable la necesidad de
perfeccionar el sistema electoral. En 1912, Roque Sáenz Peña (1910-1914)
sancionó la ley de voto secreto y obligatorio, que le hizo perder su poderío a
la oligarquía. En 1916, Hipólito Irigoyen llegó a la presidencia por medio
del sistema de voto establecido por Roque Sáenz Peña. Él estableció el
nacionalismo como sistema de gobierno, y promovió un personalismo que provocó
el desprecio de algunos hombres de otros partidos políticos. El liberalismo,
sin embargo, siguió presente en los ideales de otros partidos políticos; el
seguidor más activo de estas ideas fue Lisandro de la Torre, fundador del
Partido Demócrata Progresista. Capítulo VIII: La línea de la democracia popular La crisis que se abalanzó sobre la sociedad argentina en
1889 y 1890, agravada por las medidas económicas negligentes tomadas por la
oligarquía, arrastró al país a una situación de miseria generalizada. A la
vez, la indignación pública crecía ante las reiteradas demostraciones de
descaro y codicia por parte del unicato. Esto trajo como consecuencia que los
ciudadanos tomaran conciencia y se comenzara a organizar un movimiento popular
en contra del gobierno. Los sectores identificados con este movimiento eran algunos
grupos de la antigua elite que estaban en contra de la oligarquía, la juventud
de Buenos Aires, la clase media, los grupos obreros y los católicos. Todos
ellos estaban representados por la Unión Cívica, un partido político que cobró
importancia en 1890 con la presidencia de Alem. La revolución que organizaron y
llevaron a cabo con apoyo militar y del pueblo fue reprimida, pero desembocó en
la renuncia de Juárez Celman. Los ideales de la revolución encabezada por Mitre eran la
lucha contra la oligarquía, la aparición de la democracia formal y la libertad
de sufragio. Sin embargo pequeñas diferencias entre los distintos grupos que
formaban la Unión Cívica causaron la división de esta en 1891, así apareció,
entre otros, la Unión Cívica Nacional dirigida por Mitre y la Unión Cívica
Radical, gobernada por Leandro N. Alem. Los seguidores de la Unión Cívica
Nacional buscaban un acuerdo con la oligarquía que llevara a un régimen de
legalidad y honradez. La Unión Cívica Radical, en cambio, se negaba
rotundamente a un acuerdo y se guiaba por un principio de intransigencia. El Partido Socialista Obrero agrupaba a una parte de los
obreros y su objetivo era defender los intereses de la clase obrera de los
capitalistas opresores. El anarquismo también se convirtió en un defensor de
los obreros; poco después este pensamiento comenzó a desviarse hacia un
socialismo anárquico y más tarde a un comunismo anárquico. El partido que tuvo más repercusión e importancia de los
que se habían fundado fue la Unión Cívica Radical. En 1893, éste cayó en
una crisis debido a las hostilidades que había entre Alem e Yrigoyen, un hombre
de influencia en Buenos Aires. Alem se suicidó en ese mismo año, e Hipólito
Irigoyen impuso sus decisiones en el partido. Desde un principio, Yrigoyen influyó en la Unión Cívica
Radical, pero su forma de actuar desagradó a Lisandro de la Torre (a su juicio,
era una influencia hostil y perturbadora que destruía la política de coalición).
La decisión de Yrigoyen de rehusar un acuerdo con los mitristas permitió que
Roca llegara a la presidencia por segunda vez. En 1905 estalló la revolución que Yrigoyen planeaba desde
principios de siglo, que fracasó pero permitió a la oligarquía darse cuenta
de la importancia que había conseguido la Unión Cíviva Radical. En 1912, las
gestiones de Yrigoyen lograron que Roque Sáenz Peña sancionara la ley de
sufragio universal. Gracias a esta ley, la Unión Cívica Radical llegó a la
presidencia en 1916. El radicalismo en el poder eliminó a los grupos oligárquicos
de los puestos de autoridad, y permitió a la clase media ascender a una mejor
situación económica. Sin embargo, muy pronto fue evidente que los problemas
políticos eran considerados como los más importantes por sobre los demás, y
esto hizo obvia la ausencia de un plan para la transformación económica. El
presidente Yrigoyen instauró un forma de gobierno que llamó
"personalista", debido a su fuerte intromisión en el gobierno. La Unión Cívica Radical buscaba la reparación de los
vicios políticos y administrativos propios del régimen conservador, e Yrigoyen
asumió la presidencia con este objetivo. Además, fue él quien afirmó los
principios del nacionalismo económico y buscó defender el patrimonio nacional.
Para eso estipuló el monopolio de la explotación y comercialización de los
yacimientos petrolíferos. En poco tiempo el gobierno de Hipólito Yrigoyen llegó
a ser muy centralizado gracias la fidelidad extrema que les exigía a sus
funcionarios públicos. Yrigoyen promovió la reforma universitaria que modificó los
estatutos que regían las universidades; y favoreció con leyes protectoras a
los obreros, aunque en 1919 éstos hicieron varias huelgas que fueron reprimidas
de forma violenta. Marcelo T. de Alvear, su sucesor (presidente entre 1922 y
1928), modificó la política de acción de Yrigoyen y estableció una nueva
forma de liberalismo conservador. Alvear rechazaba la forma de gobierno
personalista de Yrigoyen, y el partido radical se dividió en
"personalistas" y "antipersonalistas". De 1928 a 1930 se desarrolló la segunda presidencia de Hipólito
Yrigoyen, en la cual su política fue la misma que la de la primera vez, pero la
corrupción política se acentuó causando descontento popular. En septiembre de
1930 estalló la revolución que venía gestándose desde la presidencia de
Alvear. Ésta estaba conformada por los grupos conservadores (influídos por el
fascismo italiano), los jefes militares con las mismas tendencias y los partidos
políticos que buscaban la caída de Yrigoyen. Sin embargo, el pueblo no sabía
que después de la revolución se impondría en el poder un gobierno militar
encabezado por el General José Félix Uriburu. Capítulo IX: La línea del fascismo Los caminos de quienes buscaban una solución a la crisis de
los años 30 eran principalmente dos, el fascista y el de la democracia
fraudulenta. Ambos eran opuestas entre sí, y la segunda era la más aceptada
por la mayoría liberal. Desde un principio, el General Uriburu dio a conocer
sus expectativas: posponer la reorganización de la administración pública y
reformar la Constitución para lograr que el pueblo sea verdaderamente
representado por el Congreso. El gobierno del General tenía una orientación
claramente fascista, apuntó a resolver los problemas del estado y organizó la
Legión Civica Argentina para practicar un terrorismo moderado. El movimiento fascista fue atacado por los políticos y sus
respectivos partidos, los cuales se agruparon en la Federación Nacional Democrática.
Ésta consideraba correcto defender las instituciones políticas y contener al
Partido Radical, lo cual preveía un futuro con una democracia fraudulenta. La época de la democracia fraudulenta comenzó cuando el
General Uriburu le cedió la presidencia al General Justo en 1932, después de
que su programa de reformas fuera un fracaso rotundo. El dominio de la oligarquía
estaba respaldado por el Ejército y la Iglesia. El objetivo de este gobierno
era restaurar el poder y los privilegios de los que había gozado la oligarquía.
En 1938 llegó al poder el presidente Ortiz, cuyo plan era restablecer la
libertad de sufragio, pero no pudo cumplir su propósito porque debió renunciar
en 1942, aquejado por una grave enfermedad. Durante esta etapa, comenzaron a proliferar las asociaciones
con ideales fascistas como la "Acción Nacionalista Argentina", la
"Milicia Cívica Nacionalista" y la "Legión Cívica
Argentina", las cuales estaban influenciadas por la doctrina hitlerista.
Durante la Segunda Guerra Mundial, se incrementó la propaganda nazi, a través
de diarios y revistas. Una de las razones por la que se apoyó la ideología
nazi fue la creencia de que era una oportunidad para liberarse de la opresión
de Gran Bretaña cuando ésta fuera arrasada por las fuerzas alemanas. Ramón Castillo, presidente entre 1942 y 1943, procuró en su
último año de mandato que el candidato que se postulara como su sucesor
tuviera sus mismos proyectos, pero Patrón Costas no satisfizo las expectativas
de los defensores de las ideas fascistas, en este contexto se formó el GOU
(Grupo de Oficiales Unidos). El GOU trabajaba para controlar la seguridad de los
grupos comprometidos con el Reich. El propósito de este grupo era actuar por la
fuerza para reducir la vida cívica del país en un contexto militar. La revolución que se estableció en junio de 1943 y destituyó
a Castillo, comenzó como una dictadura militar muy impopular, con las bases de
un régimen totalitario. Sus primeras medidas fueron prohibir los partidos políticos,
los gremios, las universidades y establecer la enseñanza religiosa obligatoria.
Perón fue desde un primer momento uno de los revolucionarios más activos, y
desde su puesto al frente del Departamento Nacional de Trabajo aprovechó sus
dotes de orador para convencer al pueblo argentino. Esta característica logró
que los ciudadanos finalmente apoyaran la revolución y aceptaran sus consignas
fascistas. En 1945, el presidente Farrell destituyó a Perón de sus
cargos por atentar contra los intereses de la oligarquía y lo mandó encarcelar
en la isla Martín Garcia. El 17 de octubre de ese mismo año un movimiento
popular se desplazó hasta Plaza de Mayo para reclamar la liberación de Perón.
Éste ´fue excarcelado y volvió, manifestando su separación del ejército
para dedicarse de lleno a la vida política. En febrero de 1946, a través de eleciones controladas por el
ejército, Juan D. Perón asumió la presidencia. Desde ese puesto, pudo
instaurar un "nuevo orden" en Argentina, gracias a que contaba con el
apoyo de las cámaras de Diputados y Senadores, las gobernaciones de las
provincias y las fuerzas militares y policiales, a su servicio, además de tener
las universidades intervenidas, los periódicos censurados y los sindicatos
controlados. Durante la presidencia, Perón apartó del primer plano al
sector agropecuario y estimuló el crecimiento de las pequeñas y medianas
empresas de capital nacional. También nacionalizó el Banco Central, los
ferrocarriles, el gas, el teléfono y la flota fluvial. En el plano político,
aprovechó su carisma para inculcar ideas políticas al pueblo y a la vez creó
organizaciones (de trabajadores, de estudiantes, etc.) para agrupar al pueblo. Mientras el fascismo dominaba la escena política argentina,
los partidos tradicionales perfeccionaron sus posturas teóricas. El Partido
Socialista comenzó a defender los principios de la justicia social, y el
Partido Comunista difundió sus principios revolucionarios entre la clase
trabajadora. Después de la derrota que sufrió el Partido Radical en las
elecciones de 1946, cobró fuerza la fracción del mismo llamada
"Intransigencia". Ésta se preocupó por definir los principios del
radicalismo y buscar soluciones a los problemas del país. El Partido Demócrata
Progresista aprovechó para precisar su pensamiento liberal, e incluso entre los
conservadores surgió la necesidad de interesarse por las cuestiones sociales. Capítulo X: La busca de una fórmula supletoria En septiembre de 1955, Perón fue derrocado por una revolución,
y el poder volvió a ser de los sectores tradicionales. Pero su régimen había
provocado cambios sociales y económicos que transformaron el estilo político
del país en una "república de masas". La "Revolución
Libertadora" se propuso instaurar una democracia formal que defendiera los
principios republicanos, pero sin una verdadera preocupación por los problemas
sociales y económicos. El primer presidente elegido por la revolución fue Eduardo
Lonardi, que buscaba la conciliación nacional, sin embargo nunca llegó a poner
su plan en práctica porque en noviembre de 1955 tomó el poder Pedro E.
Aramburu. La lucha entre peronistas y antiperonistas fue solamente el principio.
También los grupos económicos buscaban defender sus intereses y se peleaban
entre sí. Además, salieron a la luz problemas estructurales, la
escasez de capitales, la deuda externa y la crisis de la industria nacional. Las
soluciones que se buscaron fueron de orientación liberal, y tambien se
proscribió y persiguió el partido peronista. Una de las medidas que se tomó
para afirmar la autoridad de la Revolución fue la creación de una Junta
Consultiva para tratar problemas institucionales. En 1957 el gobierno determinó la nulidad de la Constitución
de 1949 e hizo una elección a través de la ley Sáenz Peña para elegir una
Asamblea Constituyente que reformara la Constitución de 1853. El proyecto no
llegó a llevarse a cabo pero la votación sí, y las consecuencias que trajo
este plan fueron el alejamiento de la Unión Cívica Radical Intransigente del
gobierno y la aproximación de este último al peronismo. Arturo Frondizi es el Presidente que sucede a Aramburu en
1958, consigue alcanzar ese puesto gracias a una negociación con Perón y el
respaldo de sectores militares, sindicales, empresarios y eclesiásticos.
Estando en el poder promovió el crecimiento de las industrias básicas, promulgó
una ley de radicación de capitales extranjeros, estableció una política
petrolera, una política de estabilización, apoyó a las universidades privadas
y normalizó la Confederación General del Trabajo (CGT) a través de una ley. La ruptura con Perón se produjo en 1958. Durante las
elecciones de 1960 Perón ordenó el voto en blanco, a la vez que comenzaron las
acciones guerrilleras en Tucumán y las huelgas, por lo que el gobierno decidió
optar por la represión. Las medidas económicas tuvieron cierto éxito, aunque
disminuído por la influencia de capitales internacionales. La política, no
obstante, se deterioraba. En las elecciones presidenciales de 1962 el
frondinismo fue derrotado en ocho provincias, incluso en Buenos Aires, y aunque
la intervino no pudo impedir que las fuerzas armadas lo derrocaran en marzo de
1962. Posteriormente a 1955, comenzó la división de las antiguos
partidos políticos. El primero fue el radicalismo, que después de la caída de
Yrigoyen comenzó a definir su postura económica y social. Fue por esta razón
que se separó una parte y formó el Movimiento de Intransigencia y Renovación.
Dentro de este nuevo grupo surgieron diferencias entre Frondizi y Balbín. La
división se produjo cuando Frondizi se postuló como candidato a Presidente en
1956. Frondizi quedó al frente de la Unión Cívica Radical
Intransigente (UCRI), la cual pacta con Perón y se aleja de sus principios; y
Balbín dirigió la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), que toma una
orientación hacia el nacionalismo económico y la estatización. En 1963 una
parte de la UCRI se separa a su vez y forma el Movimiento de Integración y
Desarrollo presidido por Frondizi. El Partido Socialista también terminó
dividiéndose en el Partido Socialista Argentino y el Partido Socialista Democrático. Durante la presidencia de José María Guido (1962-1963), el
poder militar organizó asambleas y enfrentamientos para exponer su posición.
La consecuacia fue la aparición y delimitación clara de dos grupos. El bando
"colorado", grupo conservador ;y el bando "azul",
comprensivo de la realidad social. Los "azules" fueron los vencedores,
al mando del General Juan Carlos Onganía. Para llegar al poder en 1963, Arturo Illia debió superar a
su contrincante, el general Aramburu, que representaba a un nuevo partido, la
Unión del Pueblo Argentino (UDELPA). Illia practicó una política económica
prudente, anuló los contratos petroleros y estimuló el desarrollo industrial.
Cuando en 1966 el presidente Illia fue derrocado, Onganía quedo en su puesto. Las huelgas y los movimientos estudiantiles fueron habituales
durante estos años. Se podría citar como ejemplo el Cordobazo de 1969. Éste,
que comenzó siendo un reclamo de los obreros, pronto se vió apoyado por los
estudiantes y gente de todas las clases sociales. La policia se vio superada y
debieron intervenir las fuerzas armadas. Recién después de dos días se pudo
finalmente controlar la ciudad. Desde el Cordobazo se puso en evidencia la necesidad de
devolver la poder a la masa popular. El primer paso para ese reconocimiento fue
la aceptación mutua entre el peronismo y el radicalismo. En 1970 los radicales,
los militares y los peronistas prepararon un acuerdo a través del cual
restablecer la normalidad institucional del país. Éste documento fue conocido
con el nombre de "La hora del pueblo". Después del pacto, toda la opinión pública se puso del
lado de Perón. Todas las clases sociales, los sectores agropecuarios,
industriales, etc. encontraron razones por las cuales apoyar a Perón. Él se
había convertido en un símbolo de la política nacional y popular, y en una
representación de las esperanzas del pueblo. Finalmente, durante la presidencia
de Héctor J. Cámpora, Perón volvió a Buenos Aires en 1973. A través de la lectura del libro podemos llegar a la
conclusión de que, según Romero, las causas de los enfrentamientos, problemas
políticos y demás que afectaron a la Argentina desde un principio fueron
causados por las divergencias de opinión que trajeron diversas consecuencias al
desarrollo de nuestra historia. Él mismo dice en la primera parte del libro (pág.
14): "(...)Así quedaron frente a frente dos concepciones de
la vida que se decantaron en otras tantas actitudes políticas: el autoritarismo
y el liberalismo. La aparición de estas dos concepciones fue decisiva para
nuestra historia política. Si bajo ciertas formas lucharon entre sí durante la
era colonial, su duelo continuó sin interrumpirse durante la época
independiente, aun cuando revistieran distintas apariencias." Algunos ejemplos de estos disentimientos son:
En el capítulo IX, que trata sobre el periodo fascista en la
argentina, aparece una insinuación propuesta por José Luis Romero, en la cual
tilda al plan político de Perón como una imitación del fascismo y una
dictadura de masas (pág. 253-254): "El mismo Perón definió la singular naturaleza de este
movimiento en el discurso que pronunció el 17 de octubre desde los balcones de
la casa de gobierno cuando dijo: ‘Que sea esta hora histórica cara a la república
y cree un vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el
Pueblo, el Ejército y la policía. Que sea esta unión eterna e infinita, para
que este pueblo crezca en la unidad espiritual de las verdaderas y auténticas
fuerzas de la nacionalidad y el orden. Que sea esa unidad indestructible e
infinita, para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad sino también
sea digno de comprenderla’. ¿Qué podía significar esa extraña identificación entre
el pueblo, el ejército y la policía, sino una dictadura de masas, controlada,
apoyada y dirigida mediante el aparato del poder? Todo hacía pensar que los
planes políticos del nuevo líder no eran sino un remedo del fascismo, diseñado
en sus líneas generales por Perón en la conferencia que, como ministro de
guerra, pronunció en la Universidad de La Plata el 10 de junio de 1944." Romero dedica algunos de los párrafos siguientes de su libro
a demostrar esta hipótesis. Para hacerlo, propone diversas comparaciones entre
el régimen fascista y las políticas implementadas por Perón:
Durante el periodo en el cual Hitler gobernó Alemania bajo
el régimen totalitario llamado nacionalsocialismo, debió instaurar un programa
de reactivación económica conocido como nuevo orden, el cual buscaba el
aprovechamiento pleno y rentable de la industria alemana, la construcción de
una flota mercante adecuada y modernos sistemas de transporte ferroviario, aéreo
y motorizado; así mismo consideraba que había que reestructurar el sector
industrial para obtener la mayor productividad y rentabilidad posible. Los
planes de Perón para la economía argentina eran similares a estos; Romero
declara sobre el tema (pág. 254): "En rigor, no innovó demasiado, sino
que se limitó a realizar, glosándolas y variándolas en ocasiones, viejas
inspiraciones de los grupos nacionalistas." Y más adelante aparece un
fragmento de un discurso de Perón en el que dice (pág. 258-259): "La teoría
que mucho tiempo sostuvimos de que si algún día un peligro amenazaba a nuestra
Patria, encontraríamos en los mercados extranjeros el material de guerra que
necesitásemos para completar la dotación inicial de nuestro ejército y
asegurar su reposición, ha quedado demostrada como utopía. (...) Es
indudablemente necesaria una acción oficial del Estado, que solucione los
problemas que ya he citado y que proteja a nuestras industrias si es
necesario."
"La idea alrededor de la cual giraba el dictador era
la de la organización. El Estado debía estar organizado, el gobierno debía
estar organizado (...), y la masa debía estar organizada, y entonces podía
llamársele ‘pueblo’. Cada uno de estos aspectos de su concepción política
adquiría visos singulares. Pero nada tan singular como la imagen que el
dictador se hacía del ‘conductor’. La ‘conducción’ –término transferido al léxico
político pero de origen militar- era para él un arte." (pág.
259-260) "El ‘nuevo orden’ debía tener dos ceremoniales,
dos máscaras diferentes. La severa tesitura propia de un ejército a la
prusiana tenía que alternarse con la desmañada e informe exaltación de la
masa de los descamisados (...)". (pág. 255)
"Instrumento fundamental de esa política [la política
económica implementada] fue el Instituto Argentino de Promoción del
Intercambio, que debía desviar parte de los beneficios obtenidos de las
exportaciones agropecuarias al sector industrial. Con eso acentuó el
intervencionismo estatal en la economía, tendencia que se puso de
manifiesto también en la nacionalización del Banco Central, de los
ferrocarriles, el gas, los teléfonos y la flota fluvial." (pág. 259)
"(...) la oratoria radiotelefónica constituyó un
instrumento fundamental de gobierno; la voz viril del presidente y la voz
gutural de Eva Perón producían sobre las masas sin experiencia política una
influencia intensa, ajena por cierto a los conceptos que solían recubrir, y que
llegaban a la zona de los instintos." (pág. 255) En un principio, el trabajo me pareció similar a otros
hechos anteriormente; sin embargo, el leer un libro y después tener que
explicarlo fue una tarea difícil debido a la gran cantidad de nombres y de
detalles que hay a lo largo de todo el texto de Romero. También me pareció
complicada la manera en que están explicados los sucesos, y con frecuencia tuve
que ayudarme con otros textos para comprender los aspectos políticos de la
historia que me eran confusos. Pero, aparte de eso, la redacción del resumen no
fue un problema y traté de hacerla lo más clara posible.
Soledad Mari Romero, José Luis; (1956), Las ideas políticas en
Argentina, "Colección Popular tomo n° 527", Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 2001. El mencionado libro está compuesto por 316 páginas
separadas en tres partes y a su vez en 10 capítulos a saber: Parte Primera: La Era Colonial
Parte Segunda: La Era Criolla
Parte Tercera: La Era Aluvial
Además consta de dos textos titulados "Advertencia para
la primera edición" y "Advertencia para la quinta edición". El
primero podríamos considerarlo el prólogo de la obra; el segundo, sin embargo,
apunta a que la versión original del libro aparecida en 1946 fue modificada,
agregándosele en 1956 el capítulo IX y más tarde el X. Hacia el final, se encuentran el "Epílogo. Sobre los
interrogantes del ciclo inconcluso" que simplemente se conserva como un
documento debido a que ha perdido actualidad al agregarse los dos últimos capítulos
del libro; la Bibliografía, el Índice de Nombres y el Índice. Romero, José Luis (1909-1977), historiador argentino. Nacido
en Buenos Aires, estudió en la Universidad Nacional de La Plata y se doctoró
en Historia, en 1934. Profesor en la Facultad de Humanidades de dicha
universidad entre 1942 y 1946, ese último año hubo de exiliarse en Uruguay
debido a su militancia socialista. Regresó a Buenos Aires nueve años más
tarde, después de haber ejercido como profesor en la Universidad de Montevideo,
en la cual llegó a desempeñar la cátedra de Filosofía de la Historia.
Nombrado en 1955 rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires y decano de
la Facultad de Filosofía y Letras de dicho centro en 1962, fue asimismo
profesor invitado en las universidades de Columbia (Estados Unidos), San Marcos
(Perú), Toulouse y Poitiers (Francia). Miembro del grupo argentino de la Academia Internacional de
Historia de las Ciencias y dedicado fundamentalmente a la filosofía de la
historia, fue editor y fundador de la revista de historia de la cultura Imago
Mundi. Escribió, entre otras obras de interés: Mitre, un historiador frente al
destino nacional (1943), La historia y la vida (1945), Las ideas políticas en
Argentina (1946), La cultura occidental (1953) y El desarrollo de las ideas en
la sociedad argentina del siglo XX (1965). En 1977 falleció en la ciudad
japonesa de Tokio. "Las ideas políticas en Argentina" es un libro
considerado por su autor como "...un texto ordenado, preciso y sintético,
que dé una visión panorámica de las ideas políticas argentinas...". José
Luis Romero tiene la opinión de que en los países sudamericanos no han surgido
ideas políticas férreas y por esa razón debe tomarse como referencia el
pensamiento político de la colectividad. Como él mismo escribe en Advertencia para la primera edición:
"...la tendencia a lograr la mayor claridad posible en la explicación de
ciertos fenómenos oscuros en sí mismos, tendencia que el autor
defiende...". Para cumplir con este propósito, Romero
"reescribe" el proceso de formación de la Argentina según su propio
parecer, apoyado en numerosas fuentes, creando un texto que estudia y expone el
cambio constante de la política basándose en dos principios políticos
surgidos en la era colonial: el principio autoritario y el liberal. Parte Primera: La Era Colonial Capítulo I: La época de los Austria El capítulo que da inicio al libro está separado en dos
partes. La primera habla sobre los sucesos en España desde el siglo XV hasta
fines del siglo XVII. Este segmento comienza con el reinado de Isabel y Fernando
y el contexto en el cual se produce la conquista de América. Hacia 1492, con la
desaparición del reino de Granada y el descubrimiento de América aparece una
esperanza de grandeza. A la vez, Castilla y Aragón cesan su proceso de unión y
España alcanza la gloria imperial. De allí se pasa al fin del reinado de
Carlos V, desde donde se vislumbra un futuro prometedor con la conquista de América. Después, pasa a explicarse el reinado de Felipe II, con sus
ideales de hispanidad y catolicismo, que lo llevan a guerras a favor de la
hegemonía política y los ideales católicos amenazados. Estas guerras,
costeadas con las riquezas que llegan de América, provocan miseria y desempleo
en España, además de anticipar los problemas que tendría que enfrentar el rey
que lo sucediera. Sin embargo, su sucesor Felipe III en lugar de intentar
mejorar la situación del país, empobrece al pueblo para mantener el lujo de la
corte. Felipe IV, quién continúa con estas políticas, es definitivamente
vencido y firma el tratado de los Pirineos en 1659. Mientras todos estos sucesos transcurren en España, Europa
es afectada por el mercantilismo y los ideales de la Refoma, que España rechaza
desde el principio, centrada en la política de Felipe de "acentuar lo hispánico".
Así, se aferra el catolicismo español como un pilar fundamental de la
Contrarreforma. Desde el reinado de Carlos V, el orden político se había
vuelto absolutista, incluso en contra del papado. Sin embargo, su sucesor Felipe
II era muy religioso y su poder se transformó gradualmente en una teocracia.
Surgidos de esta teocracia, tan retrasada en cuanto a cuestiones económicas y
sociales, fueron los conquistadores que llegaron a América. Con el ambiente político español planteado de esta manera,
comienza la segunda parte del capítulo. Ésta establece, en un principio, la
poca importancia que se le dió a la zona del Río de la Plata y su llanura con
respecto al Alto Perú y sus riquezas. Pero, aún así, el Río de la Plata era
el acceso más rápido para llevar las riquezas a España y es con esa función
que se decide fundar Buenos Aires en 1536. Los conquistadores que salieron de Buenos Aires buscando la
ruta hacía el Perú fundaron la ciudad de Asunción en la confluencia de los ríos
Paraguay y Pilcomayo creyendo que les sería más útil, y en 1541 se despobló
Buenos Aires. Su propósito de ascender hacia el Perú se convirtió rápidamente
en una empresa imposible por la naturaleza frondosa y las tribus aborígenes.
Sin embargo, Diego de Rojas inició el camino en sentido inverso y en su
recorrido fue fundando ciudades como Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba y
finalmente fundó Buenos Aires por segunda vez en 1580. Así, Asunción, una
ciudad ya constituída, comenzó a declinar frente a Buenos Aires. Una de las razones principales por la cual Buenos Aires cobró
importancia rápidamente fue que era más propicia para la vida de los colonos y
la cría de ganado.Además, una gran cantidad de barcos comenzó a arribar a la
ciudad en poco tiempo. Durante el siglo XVII, Buenos Aires continuó creciendo y
en 1640, adquirió importancia política, en la orilla de enfrente del río los
portugueses fundaron Colonia del Sacramento en un intento por ganar las tierras
de las cercanías. Uno de los objetivos principales de los fundadores de Buenos
Aires –y del cual dependía el progreso de la ciudad-, era poner en orden la
situación de los indígenas. Esta política colonizadora fracasó y dio paso a
una política de catequesis protagonizada por religiosos. Este sistema educó a
los indigenas y los convirtió a la fe cristiana, pero a la vez evitó que los
indígenas se adaptaran a la vida con los colonizadores. El suelo fértil fue la riqueza que brindó Buenos Aires a
sus pobladores. Ésta, debía ser trabajada y fue en ese momento cuando los indígenas
encontraron su lugar en el orden social. Además de los españoles y los indígenas,
surgió un nuevo grupo étnico: el mestizo. Este se ubicó por debajo de los
españoles junto con los criollos, ambos considerados inferiores; los primeros
por descender de indígenas, los segundos por haber nacido en América. La vida en la ciudad y en los campos era muy distinta. En el
campo, el colonizador era el que mandaba debido a la ausencia de leyes que
rigeran sus vidas, y debía bastarse y defenderse a sí mismo y a los de sus
tierras. La ciudad, en cambio, sí tenía leyes, pero muchas veces eran pasadas
por alto incluso por los funcionarios ávidos de riqueza. La Iglesia, como era el único credo que se practicaba,
consiguió mucho poder. Este prestigio llegó incluso a sacarle poder a las
autoridades en varias oportunidades, lo que creaba una situación tensa entre
ambas instituciones. El último párrafo del capítulo resume las ideas
principales que se extraen de él: la formación del espíritu autoritario en
todas las esferas de la vida social y la conciencia política que se manifiesta
como una autoridad indiscutida. Capítulo II: La época de los Borbones El siglo XVIII comienza en Europa con cambios en la situación
política. La declinación del absolutismo en Inglaterra es el inicio de las
transformaciones que más adelante darán lugar a la Revolución Francesa y sus
consecuencias. A la muerte de Carlos II en España, éste lega sus posesiones al
duque de Anjou, francés, ocasionando la guerra por la sucesión. Francia sale
vencedor y los Borbones toman el control de España. Los Borbones eran
ilustrados y progresistas, y el espíritu liberal se impuso lentamente como la
nueva actitud política, sobre la antigua teocracia de los Austria. Felipe V fue el primer rey de la dinastía de los Borbones.
Su objetivo principal fue que España recuperase su antiguo poder y esplendor.
Para lograrlo, originó cambios en la economía, la administración y la política,
siempre basándose en los ideales iluministas. Además, abrió el reino a las
influencias Europeas, que durante años habían sido negadas por los Austria. Las nuevas ideas promovidas por los Borbones impulsaron el
pensamiento científico, así como progresos en la educación y en la economía.
También consideraron necesario fomentar el trabajo en una sociedad empobrecida
y atrasada. A la vez, debían evitar que el progresismo se desviara al terreno
político porque esto podría provocar cuestionamientos al régimen monárquico. La concepción absolutista del poder fue levemente modificada
por los cambios introducidos a principios del siglo XVIII. La religión, base
del poder del los Austria, fue reemplazada por un régimen cada vez más laico.
Aún así, en muchos aspectos de la sociedad, la Iglesia todavía conservaba su
antiguo poder. Mientras tanto, la situación de las colonias mejoraba tanto
en demografía como en economía. Hacia fines del siglo XVII, Buenos Aires ya
contaba con cuarenta mil habitantes, y su riqueza agropecuaria, principalmente
la ganadería, había hecho crecer la economía colonial. La agricultura no era
fomentada por conveniencia de los comerciantes españoles de Buenos Aires, a
quienes el comercio de cueros, sebo y productos ganaderos brindaba buenos
dividendos. El régimen del monopolio de productos provenientes de España no
era suficiente para la población porteña, por lo que se producía un
contrabando para satisfacer las necesidades de los habitantes. En 1776, Buenos
Aires se convirtió en la "capital" de un nuevo virreinato que
abarcaba Paraguay, Tucumán y Cuyo, y se organizó económica y políticamente a
Buenos Aires. Gracias a la importancia que toma Buenos Aires, se van
perfilando en su sociedad las posturas de dos grupos sociales con interses
diferentes pero influencia en el virreinato, los españoles y los criollos. Los
españoles, quienes ocupaban funciones públicas, preferían la vida urbana y
estaban preocupados por el destino rioplatense. Los criollos escogían la vida
rural en un intento por escapar de la segregación a la que eran sometidos por
los españoles. Este sentimiento generalizado entre los criollos los hizo
poseedores de un sensación de formar parte de un grupo bien diferenciado de los
demás: una clase social. Los criollos, que aventajaban en cantidad a la
"aristocracia" colonial, buscaron educarse para alcanzar el nivel de
los españoles y los ideales liberales que llegaban a la colonia les sirvieron
para oponerse a los españoles tradicionales y buscar mejorar su posición. Esto
dió paso a la aparición de una burguesía criolla, la cual aspiraba al
desarrollo de la agricultura, la libertad de comercio y el desarrollo de pequeñas
industrias campesinas; además, el pensamiento liberal formó criollos con ideas
revolucionarias y emancipadoras. Estas ideas pasaron a ser los objetivos de hombres como
Mariano Moreno, que no dudaban en exponer su opinión sobre el libre comercio, y
muy pronto el pensamiento liberal se ramificó a sus creencias políticas. La
Revolución francesa de 1789 afianzó estos pensamientos y les dio ánimos, así
como las invasiones inglesas les proporcionaron confianza en el movimiento
criollo y una conciencia de nacionalidad. Todas estas nuevas ideas eran planes todavía incipientes, si
consideramos los opositores que tenían, a saber: funcionarios de ideas
anteriores al iluminismo, comerciantes beneficiados por el régimen monopolista,
el clero jesuítico y las autoridades, que si bien no eran mayoría, tenían
poder suficiente para acallar a la burguesía criolla. A pesar de que los criollos aún no habían conformado un
poder político, y sus ideas eran una minoría en las ciudades, el pensamiento
liberal había llegado finalmente a la colonia, y con él llegaría más tarde
la independencia. Parte Segunda: La Era Criolla Capítulo III: La línea de la democracia doctrinaria La Revolución francesa se presenta ante los ojos de los
americanos como el triunfo de los ideales de Montesquieu y Rosseau, sin embargo
el rumbo que toma el movimiento plantea dudas sobre qué consecuencias podrían
tener las mismas ideas en este lado del mundo. Esta situación hace que muchos
busquen un modelo político en Inglaterra. La independencia argentina que venía gestándose tomó forma
entre 1806 y los inicios de 1810. En esos cuatro años se refinaron las ideas
principales y se esbozaron los objetivos políticos de los criollos, que dieron
paso a los hechos de mayo de 1810. La revolución trajo cambios políticos, pero
principalmente sociales. Se acentuaron las diferencias entre criollos y españoles,
llegando incluso a la xenofobia. Los criollos que habían logrado el éxito de la revolución
eran los ilustrados que vivían en la urbe porteña. Estos eran una minoría que
empezaba a tener bienestar económico. Sus ideas eran similares a las de los
españoles liberales, con una influencia del pensamiento francés e inglés. Sin
embargo, los criollos urbanos, que habían convocado a los del interior para
apoyar su causa, eran muy distintos de estos últimos. Los criollos rurales en
conjunto no tenían conocimientos sobre doctrinas o política. Por otro lado,
aquellos que vivían en el Litoral tenían desaveniencias constantes con Buenos
Aires por cuestiones económicas; y los pertenecientes al interior mediterráneo
estaban influídos por los españoles del Perú y despreciaban la modernidad.
Todas estas diferencias entre ambos grupos hicieron que cada uno defendiera sus
propios intereses, provocando una rivalidad temprana que complicaría en un
futuro cercano los intentos de formar una nación. Las ideas que guiaban a los iniciadores de la revolución
eran liberales en el aspecto económico. Cuando estuvieron en el gobierno, los
ilustrados desarrollaron el libre comercio y estimularon la producción. Sin
embargo, el liberalismo no se notaba en otros aspectos. El respeto por las
creencias tradicionales y por el poder monárquico hacían ver que habían
adoptado una posición moderada. Uno de los primeros objetivos que se propusieron fue la
instalación de un gobierno y la preparación de una Constitución. Según
Moreno, ésta debía elaborarse sobre la base de la experiencia histórica y de
la ciencia política, con dos puntos imprescindibles, el sistema representativo
y la división de poderes. La reacción en contra de estos principios básicos
no tardó en llegar por parte de los criollos del interior, que no veían
representadas sus necesidades en esos ideales. Otra de las aspiraciones que tenían era la de consolidar una
administración centralizada, asegurando que era la única forma de crear una
nación. Asimismo, como eran ellos quienes habían llevado a cabo la
independencia, consideraban que Buenos Aires debía estar al frente de toda la
nación, dejando en un segundo plano a los territorios del interior. Lo único
que lograron por medio de estas ideas fue acrecentar aun más la rivalidad entre
los porteños y los criollos del interior, los cuales se aglutinaron bajo la
dirección de caudillos regionales. Ante esta reacción del pueblo, los ilustrados de Buenos
Aires, en lugar de buscar una solución al conflicto, tomaron una actitud hostil
con sus opositores. Por otro lado, adoptaron una política reaccionaria como
respuesta a los sucesos europeos. El regreso de Fernando VII a España y la
derrota de Napoleón les hizo buscar una posición de simpatía con los aliados
europeos, por lo que ocultaron su preferencia por el sistema republicano
proponiendo a la monarquía como sistema de gobierno. Hacia 1816, el Congreso (formado por representantes de Buenos
Aires y las provincias de pensamiento colonial) se expresó a favor del regimen
monárquico, unitario y antiliberal. Como la mayoria de los representantes
estaba en contra de Buenos Aires, pero a la vez no aceptaban la anarquía,
propusieron establecer la monarquía en Cuzco, proyecto que no tuvo aliados
suficientes y fracasó desde un principio. En 1819 se preparó una constitución que afirmaba el régimen
monárquico, pero los caudillos del Litoral la rechazaron y cortaron toda relación
con Buenos Aires. Después de la batalla de Cepeda en 1820, comenzó la era de
autonomía provincial. Durante ese período los caudillos gobernaron cada una de
las provincias; en algunas se hicieron constituciones para demostrar su
preferencia por el sistema republicano, en otras, se mantuvo una organización
feudal. Buenos Aires, entre tanto, inició una era de reformas, estimulando el
desarrollo de la riqueza minera y agropecuaria, reformando el clero y el ejército,
desarrollando la educación pública e instaurando el voto universal en la
provincia. El conflicto con Brasil es la razón principal por la cual
era necesario intentar unificar el territorio, y fue con esa excusa que se
pretendió convencer a los caudillos del interior, pero nuevamente las
diferencias entre ambas partes hicieron que la unidad nacional fracasara en
1827. Capítulo IV: La línea de la democracia inorgánica Durante los años de esplendor y decadencia del régimen
liberal en nuestro país, se venía gestando en algunos sectores de la sociedad
una concepción política democrática con rasgos propios autóctonos, y surgió
como la oposición a la democracia doctrinaria que caracterizó al período 1810
– 1827. Esta democracia inorgánica se basaba en tres argumentos, que eran la
emancipación, la revolución criolla y la democracia. Asimismo, algunas de sus
características eran el patritosmo local, la tendencia localista (aprovechadas
por los caudillos para afianzar su poder regional), el aborrecimiento a las
ideas y costumbres españolas y el antiliberalismo. Una de las razones por la cual el regimen del federalismo
tuvo una rápida aceptación fue que cada región tenía sus propias características
que la diferenciaban de las demás. Así, mientras el Paraguay estaba regido por
su pasado jesuítico, el Tucumán conservaba fuertes rasgos de la influencia
altoperuana, y el Litoral veía frustrado su desarrollo económico gracias a la
importancia de Buenos Aires. La autonomía que habían conseguido las provincias fue un
triunfo muy importante, pero las diferencias entre los caudillos principales
aparecieron muy pronto. Aún así, todavía estaban unidos por su oposición a
Buenos Aires. Buenos Aires recibió la nueva forma política de las
provincias con desaprobación por parte de algunos liberales y con tolerancia
por parte de otros. La mayoría subestimó al federalismo, sin embargo éste
triunfó en 1820 con la Batalla de Cepeda. Las provincias firmaron el tratado de
Pilar para establecer las autonomías provinciales y la libertad del comercio
fluvial. Los caudillos eran los dirigentes del pueblo de las
provincias y, ante todo, poseían un carisma especial para ser admirados por las
masas, que constituían todo el apoyo que tenían en su territorio a falta de
leyes que rigieran su mandato, además de ser su ejército personal. Al mismo
tiempo, tenían habilidad de mando, virtudes que la muchedumbre admiraba y, lo
que era igualmente importante, los caudillos defendían los intereses del
pueblo. Las acciones de Rivadavia, dirigidas a anteponer los
intereses de la nación a los beneficios de Buenos Aires impulsaron el
movimiento de los federales Dorrego y Rosas que desembocó en la secesión de
Buenos Aires. Dorrego fue nombrado gobernador de la provincia. Luego vinieron el
Golpe de Estado de Lavalle en 1828 y más tarde la guerra civil. En esa situación
se conformaron dos ligas, una liderada por el general Paz, la otra por
Estanislao López y Rosas. En 1831 Paz cayó prisionero de López, y, como
Dorrego había muerto en 1828, el país quedó gobernado por Facundo Quiroga,
Estanislao López y Juan Manuel de Rosas. Así comienza la era del Estado rosista. Su primer gobierno
fue de 1829 a 1832. En ese tiempo se constituyó la Confederación, y Rosas fue
encargado de la representación del país. De 1832 a 1834 la dirección de la
provincia la delegó en personas de su confianza. Rosas no consideraba prudente
la organización de un Estado y se oponía totalmente a esta idea. En 1835
vuelve al poder, y pocos años después mueren Quiroga y Estanislao López. Así,
Rosas se transforma en el caudillo más importante del país. Éste tenía
numerosos enemigos, y se deshizo de ellos por medio de violentas persecuciones.
A través de los años, Rosas logró imponer su autoridad en toda la Confederación,
unificando al país. A su vez, transformó un régimen que había empezado
siendo federalista en tiranía. Capítulo V: El pensamiento conciliador y la organización
nacional Cuando Rosas accedió al poder por segunda vez en 1835, los
grupos ilustrados vieron frustradas sus luchas por los derechos del pueblo a
manos de la misma gente que ellos intentaban defender. La primera generación de
proscriptos (que habían emigrado a partir de 1928), despreciaron a Rosas desde
el primer momento y a la vez se propusieron cambiar sus teorías para conseguir
la aprobación del pueblo. La generación de 1837 reflexionó sobre la actitud que había
tomado el pueblo a fin de analizarla y formar ideas políticas que mejoraran la
situación reinante. La doctrina que se habían propuesto fundar estaba basada
en primer lugar en crear leyes provenientes de las costumbres y el estado social
del país en vez de adoptar ideas extranjeras y después adaptarlas a nuestra
realidad. Los integrantes de esta asociación se agruparon y formaron
el Salón literario primero (clausurado por Rosas) y luego la Asociación de la
joven generación argentina. Ellos prepararon un documento conocido como Credo y
en 1846 Echeverría escribió el Dogma Socialista, donde establecía las bases
del pensamiento conciliador. A estos hombres se les reconoce ser quienes
reconocieron que los problemas políticos estaban en su mayoría determinados
por los conflictos sociales y económicos. También cuestionaron la sociedad de la época y descubrieron
las dos formas de vida en las que ésta se dividía, Sarmiento los calificó
como "civilización y barbarie". La ciudad representaba para ellos la
civilización, mientras que la gente del campo les evocaba la época de la
colonia y suponía obstáculos para la prosperidad de la nación. Por esta razón,
aunque sabían por experiencia de la importancia del pueblo en la política,
admitían que en un futuro esta importancia debía menguar para no caer en los
problemas del pasado. La generación de 1837 analizó diversos aspectos de la
historia del país y la consecuencia de esto fue la creación de una doctrina
política pacificadora y realista que triunfó porque atendía a las diversas
franjas sociales, algo que ninguno de los partidos anteriores se había
propuesto. Con las ideas elementales de esta doctrina, Domingo Faustino
Sarmiento , Juan Bautista Alberdi y Esteban Echeverría escribieron libros y artículos
periodísticos donde se reconocía su preocupación por como iba a ser el
gobierno posterior a la caída de Rosas. El proyecto que tenían preparado
abarcaba muchos aspectos, no repetir las equivocaciones de los gobiernos
anteriores fue una de las primeras decisiones. El punto de partida para el
cambio recaía en poblar las grandes extensiones de terreno que estaban
deshabitadas, haciendo proliferar las ciudades. Para lograr sus objetivos a través
de una política racional y previsora juzgaron necesario preparar una constitución
a la brevedad. La tiranía de Rosas finalizó a principios de 1852 con la
batalla de Caseros, después de 13 años de luchas entre el ejército de Rosas y
el del general Justo José de Urquiza, formado este último por los federales
que comprendieron la dominación que ejercía Rosas y decidieron oponerse a él.
Se firmó el Pacto de San Nicolás, pero los porteños desconfiaron de las
buenos propósitos de Urquiza y Buenos Aires se aisló de las demás provincias.
A fin de año, todas los representantes de las provincias del interior se
reunieron en Santa fe para formar el Congreso General Constituyente. La primer parte de la Constitución eran las Declaraciones,
derechos y garantías, donde se explicaba la estructura política En la segunda
parte, se hablaba sobre las diferentes atribuciones de las autoridades
nacionales. Ésta se sancionó en mayo de 1853, pero hubo que esperar hasta 1860
para que una convención la revisara y después de algunos cambios Buenos Aires
la aceptara. En 1861 Urquiza fue derrotado en la batalla de Pavón y de esta
manera se terminaron los tira y aflojes entre Bunos Aires y el interior. Desde 1862 hasta 1880 se sucedieron en la Argentina los tres
primeros presidentes constitucionales. Mitre, Sarmiento y Avellaneda fueron
quienes llevaron a cabo las ideas proyectadas por los hombres de la generación
de 1837 y los hombres de la proscripción. La afirmación de la unidad nacional
fue uno de los objetivos que se lograron durante las tres presidencias. Mitre,
cuyo período duró entre 1862 y 1868, tuvo una oportunidad muy importante para
afianzar el sentimiento de unidad entre los argentinos, la guerra del Paraguay,
que hizo apreciar a todos los pobladores la importancia de permanecer juntos en
los momentos difíciles y luchar por un mismo objetivo. Durante la presidencia de Sarmiento (de 1868 a 1874), éste
se ocupó de corroborar la importancia y el papel de los poderes nacionales,
entre muchas otras actividades. En 1870, después del asesinato de Urquiza, en
el interior resurgieron grupos políticos que buscaban tener nuevamente un papel
protagónico. El Presidente estaba enemistado con los integrantes del Congreso y
con Mitre mismo, por lo que buscó apoyo en estos hombres, especialmente en
Nicolás Avellaneda, que sería su sucesor. Avellaneda (presidente de 1874 a 1880) tuvo que enfrentarse a
Mitre porque éste último consideraba que un presidente del interior (tucumano
en este caso) hacía peligrar la soberanía popular. Sin embargo, Avellaneda
contaba con el apoyo de las provincias y de sus compañeros Alsina y Julio A.
Roca, además aunque el representaba al interior sus ideas coincidían con las
de los porteños. Cuando se acercaba el fin de su mandato, impulsó la
candidatura de Roca, que tenía como competidor a Carlos Tejedor, gobernador de
Buenos Aires. Los principales problemas que debieron enfrentar estos
presidentes fueron poblar el territorio, desarrollar económicamente el país e
impulsar la escuela pública. En cuanto a poblar el territorio, esto se consideró
imprescindible para desarrollar la economía, por lo que se promovió la
inmigración europea. Hacia 1874 ya habían llegado al país más de 100.000
inmigrantes que se distribuyeron en la zona del Litoral para crear centros agrícolas. Gracias a que la población crecía constantemente, así
tambien progresó la economía y durante la presidencia de Avellaneda comenzó
la exportación de cereales. Esto atrajo la aparición de actividades
comerciales. El tendido de los ferrocarriles favoreció el asentamiento de
comunidades en el interior. La ubicación de estos confluyendo hacia Buenos
Aires además de la creación de un puerto moderno convirtió a esta ciudad en
el puerto nacional. Con respecto a la educación hubo grandes avances. Sarmiento
creó numerosos colegios primarios y colegios nacionales así como escuelas
normales para la preparación de los maestros. Avellaneda además de continuar
su tarea organizó la universidad y presentó el proyecto de ley universitaria. Parte Tercera: La Era Aluvial Capítulo VI: La conformación de la argentina aluvial El comienzo de la primera presidencia de Julio A. Roca (de
1880 a 1914) marcó el comienzo de una nueva etapa para la Argentina,
caracterizada por la inestabilidad social y económica. La política
inmigratoria, que como vimos antes fue uno de los objetivos principales de las
tres presidencias constitucionales, trajo consigo cambios en el aspecto
poblacional. De 1869 a 1939 la población aumentó de 1 millón a 11 millones de
habitantes. La mayoría de los inmigrantes se concentró en la zona del Litoral
y en las ciudades, especialmente en Buenos Aires, muy a diferencia de lo que se
pretendía que era poblar los inmensos territorios desiertos del país. Buenos Aires creció a partir de las corrientes inmigratorias
que llegaron al país. La ciudad, que en 1852 tenía 85.400 habitantes llegó a
tener más de 2 millones hacia el año 1930. Fue aquí donde se desarrollaron
mas próspera y rápidamente las actividades económicas. La ganadería y la
agricultura fueron las actividades que más progresaron con la llegada de
inmigrantes. En el Litoral surgieron una gran cantidad de campos cultivados, en
1923 ya eran 26 millones de hectáreas las que se trabajaban. También en esta
época se comenzó la explotación de los minerales y el petróleo. En 1880
apareció la actividad industrial y en poco tiempo e multiplicaron las fábricas
hasta llegar a 410 mil operarios en 1913. A su vez el comercio exterior se desarrolló a partir de la
exportación de carnes y cereales. Esto provocó el crecimiento de la economía
y proliferaron los créditos bancarios, así como también los préstamos
contratados en el exterior con el propósito de construir obras públicas. La más
importante fue la red ferroviaria, pero además se hicieron puentes, diques,
edificios públicos y el puerto de Buenos Aires. En 1889 se produjo una crisis financiera. Durante los años
anteriores habían aumentado las exportaciones, y como consecuencia se habían
incrementado desmesuradamente los gastos, a tal punto que era imposible
afrontarlos. La emisión de moneda ocasionó la devaluación del peso frente al
oro. La situación se normalizó en la época de la presidencia de Carlos
Pellegrini (1890-1892), gracias a que éste logró estabilizar el peso y se
normalizó la cuestión económica. Esta crisis fue uno de los causantes de la
revolución de 1890, pero después de ésta la properidad económica volvió
hasta 1920. Los inmigrantes que llegaron al país estaban impulsados por
las necesidades ecónomicas. Esto los llevó a dejar su tierra para probar
suerte en América. Acá, no les fue difícil alcanzar su objetivo gracias a las
condiciones que les ofrecía nuestra tierra. El progreso que conseguían los
recién llegados debido a su dominación de la economía fue muy pronto
envidiado por los criollos que apenas lograban salir de su pobreza. La mezcla de
inmigrantes y criollos se produjo con rapidez. En la clase baja predominaron las
características criollas, como el ocio y el abandono económico. Sin embargo en
la clase media se destacaron los ideales económicos y sociales de los
inmigrantes. La élite en la que descansaba el poder de la nación era la
propietaria del capital y los medios de producción. De esta manera se enriqueció
y pasó de ser austera a transformarse en capitalista. Con este cambio, también
se modificó su posición en la sociedad, la élite se transformó en la
aristocracia argentina, ávida de lujo y riqueza. Asimismo, el grupo
criollo-inmigratorio, también sediento de riquezas, buscaba el ascenso social a
cualquier precio. Cuando salieron a la superficie los pensamientos políticos de
este grupo, estas resultaron ser antioligárquicas y orientadas hacia la
renovación y la democracia. Capítulo VII: La línea del liberalismo conservador La oligarquía aparecida a partir de la codicia de los
gobernantes sabía que era inestable, no tenía una base social sobre la cual
sostener su poder, pero a la vez creía que era mejor que ellos mismos
representaran al país antes que los recién llegados de Europa. Con la
presidencia de Roca, los antiguos ideales liberales se fueron confundiendo y
modificando, siempre con el temor de que los inmigrantes le sacaran el poder a
la oligarquía. Así, separaron de plano las cuestiones políticas y económicas.
Las primeras orientadas en un camino conservador; con respecto a las últimas se
tomaron medidas renovadoras. Los oligarcas de turno consideraron prudente evolucionar en
el aspecto económico. Por esta razón impulsaron la llegada de capital
extranjero al país a pesar de los riesgos que esto podía acarrear. En cuanto a
la política, se renovó el sistema jurídico para adaptarlo a la nueva sociedad
que se estaba formando en Argentina; además pretendían eliminar la influencia
de la Iglesia sobre el Estado a fin de que el poder de éste quedara solamente
en manos de la oligarquía. Para conseguir la concentración de poder en la presidencia
Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman recurrieron al unicato. Este sistema político
basado en el autoritarismo, el fraude y la violencia se reservaba para sí toda
la autoridad para tomar decisiones, y provocó la desaparición del régimen
republicano y la centralización del poder de una manera casi absolutista. Ante esta posesión anticonstitucional del poder ciertamente
no había una oposición bien definida que luchara por devolver a la patria los
derechos y valores que le habían sido arrebatados. Obviamente, los partidos políticos,
como la Unión Cívica Radical; los diputados, como Eduardo Wilde; y aquellos
que reconocían en las actitudes de la nueva generación de presidentes poco
interés en la nación pero muchas ansias de riqueza eran los opositores al
sistema surgido en los últimos años. Para alcanzar sus ideales de fortuna, debieron lograr que las
tierras aumentaran su valor y a la vez conseguir quien las trabajara, de ahí la
necesidad de una política inmigratoria. Con el objeto de atraer capitales
extranjeros que modernizaran el país, se ofrecieron beneficios muy provechosos
para los que quisieran invertir, pero que a largo plazo iban a traer pérdidas a
la nación. Los empréstitos destinados a la edificación de obras públicas debían
ser devueltos en algún momento pero aún así continuaban endeudándose. Después de la crisis de 1889, vieron que no eran
convenientes las medidas económicas extremistas y se moderaron sin renunciar a
sus anhelos iniciales. Así, los capitales extranjeros empezaron a llegar una
vez más, proporcionando enormes beneficios a la oligarquía. En 1902, las
primeras manifestaciones obreras que reclamaban mejores salarios y jornadas más
reducidas fueron fuertemente reprimidas, poniendo a la vista el lado más
conservador de los gobernantes. A pesar de esto, tuvieron un pensamiento muy
liberal en el momento de sancionar las leyes de Registro Civil y de Educación
Común, las cuales fueron largamente discutidas. La consecuencia de estas
sanciones fue la disminución del poder de la Iglesia en la sociedad argentina. La crisis de la oligarquía se produjo por la contradicción
que se fue acentuando entre los ideales liberales y los democráticos. El
presidente Pellegrini (1890-1892), quien en un principio era un arduo defensor
del liberalismo y los principios antidemocráticos, cambió de parecer ante los
reclamos democráticos del pueblo y modificó el sistema electoral. Estas
modificaciones fueron suprimidas por el presidente Manuel Quintana durante su
presidencia (1904-1906). Joaquín V. González, ministro de Interior durante la
segunda presidencia de Julio A. Roca (1898-1904) y ministro de Justicia e
Instrucción Pública durante la de Manuel Quintana (1904-1906), también
reconoció la importancia de los problemas sociales que empezaban a
desarrollarse. Las actitudes que tomaron Pellegrini y González fueron las
primeras que reivindicaron la decisión del pueblo, pero no las últimas. Por el
contrario, ahora que la oligarquía se debilitaba era innegable la necesidad de
perfeccionar el sistema electoral. En 1912, Roque Sáenz Peña (1910-1914)
sancionó la ley de voto secreto y obligatorio, que le hizo perder su poderío a
la oligarquía. En 1916, Hipólito Irigoyen llegó a la presidencia por medio
del sistema de voto establecido por Roque Sáenz Peña. Él estableció el
nacionalismo como sistema de gobierno, y promovió un personalismo que provocó
el desprecio de algunos hombres de otros partidos políticos. El liberalismo,
sin embargo, siguió presente en los ideales de otros partidos políticos; el
seguidor más activo de estas ideas fue Lisandro de la Torre, fundador del
Partido Demócrata Progresista. Capítulo VIII: La línea de la democracia popular La crisis que se abalanzó sobre la sociedad argentina en
1889 y 1890, agravada por las medidas económicas negligentes tomadas por la
oligarquía, arrastró al país a una situación de miseria generalizada. A la
vez, la indignación pública crecía ante las reiteradas demostraciones de
descaro y codicia por parte del unicato. Esto trajo como consecuencia que los
ciudadanos tomaran conciencia y se comenzara a organizar un movimiento popular
en contra del gobierno. Los sectores identificados con este movimiento eran algunos
grupos de la antigua elite que estaban en contra de la oligarquía, la juventud
de Buenos Aires, la clase media, los grupos obreros y los católicos. Todos
ellos estaban representados por la Unión Cívica, un partido político que cobró
importancia en 1890 con la presidencia de Alem. La revolución que organizaron y
llevaron a cabo con apoyo militar y del pueblo fue reprimida, pero desembocó en
la renuncia de Juárez Celman. Los ideales de la revolución encabezada por Mitre eran la
lucha contra la oligarquía, la aparición de la democracia formal y la libertad
de sufragio. Sin embargo pequeñas diferencias entre los distintos grupos que
formaban la Unión Cívica causaron la división de esta en 1891, así apareció,
entre otros, la Unión Cívica Nacional dirigida por Mitre y la Unión Cívica
Radical, gobernada por Leandro N. Alem. Los seguidores de la Unión Cívica
Nacional buscaban un acuerdo con la oligarquía que llevara a un régimen de
legalidad y honradez. La Unión Cívica Radical, en cambio, se negaba
rotundamente a un acuerdo y se guiaba por un principio de intransigencia. El Partido Socialista Obrero agrupaba a una parte de los
obreros y su objetivo era defender los intereses de la clase obrera de los
capitalistas opresores. El anarquismo también se convirtió en un defensor de
los obreros; poco después este pensamiento comenzó a desviarse hacia un
socialismo anárquico y más tarde a un comunismo anárquico. El partido que tuvo más repercusión e importancia de los
que se habían fundado fue la Unión Cívica Radical. En 1893, éste cayó en
una crisis debido a las hostilidades que había entre Alem e Yrigoyen, un hombre
de influencia en Buenos Aires. Alem se suicidó en ese mismo año, e Hipólito
Irigoyen impuso sus decisiones en el partido. Desde un principio, Yrigoyen influyó en la Unión Cívica
Radical, pero su forma de actuar desagradó a Lisandro de la Torre (a su juicio,
era una influencia hostil y perturbadora que destruía la política de coalición).
La decisión de Yrigoyen de rehusar un acuerdo con los mitristas permitió que
Roca llegara a la presidencia por segunda vez. En 1905 estalló la revolución que Yrigoyen planeaba desde
principios de siglo, que fracasó pero permitió a la oligarquía darse cuenta
de la importancia que había conseguido la Unión Cíviva Radical. En 1912, las
gestiones de Yrigoyen lograron que Roque Sáenz Peña sancionara la ley de
sufragio universal. Gracias a esta ley, la Unión Cívica Radical llegó a la
presidencia en 1916. El radicalismo en el poder eliminó a los grupos oligárquicos
de los puestos de autoridad, y permitió a la clase media ascender a una mejor
situación económica. Sin embargo, muy pronto fue evidente que los problemas
políticos eran considerados como los más importantes por sobre los demás, y
esto hizo obvia la ausencia de un plan para la transformación económica. El
presidente Yrigoyen instauró un forma de gobierno que llamó
"personalista", debido a su fuerte intromisión en el gobierno. La Unión Cívica Radical buscaba la reparación de los
vicios políticos y administrativos propios del régimen conservador, e Yrigoyen
asumió la presidencia con este objetivo. Además, fue él quien afirmó los
principios del nacionalismo económico y buscó defender el patrimonio nacional.
Para eso estipuló el monopolio de la explotación y comercialización de los
yacimientos petrolíferos. En poco tiempo el gobierno de Hipólito Yrigoyen llegó
a ser muy centralizado gracias la fidelidad extrema que les exigía a sus
funcionarios públicos. Yrigoyen promovió la reforma universitaria que modificó los
estatutos que regían las universidades; y favoreció con leyes protectoras a
los obreros, aunque en 1919 éstos hicieron varias huelgas que fueron reprimidas
de forma violenta. Marcelo T. de Alvear, su sucesor (presidente entre 1922 y
1928), modificó la política de acción de Yrigoyen y estableció una nueva
forma de liberalismo conservador. Alvear rechazaba la forma de gobierno
personalista de Yrigoyen, y el partido radical se dividió en
"personalistas" y "antipersonalistas". De 1928 a 1930 se desarrolló la segunda presidencia de Hipólito
Yrigoyen, en la cual su política fue la misma que la de la primera vez, pero la
corrupción política se acentuó causando descontento popular. En septiembre de
1930 estalló la revolución que venía gestándose desde la presidencia de
Alvear. Ésta estaba conformada por los grupos conservadores (influídos por el
fascismo italiano), los jefes militares con las mismas tendencias y los partidos
políticos que buscaban la caída de Yrigoyen. Sin embargo, el pueblo no sabía
que después de la revolución se impondría en el poder un gobierno militar
encabezado por el General José Félix Uriburu. Capítulo IX: La línea del fascismo Los caminos de quienes buscaban una solución a la crisis de
los años 30 eran principalmente dos, el fascista y el de la democracia
fraudulenta. Ambos eran opuestas entre sí, y la segunda era la más aceptada
por la mayoría liberal. Desde un principio, el General Uriburu dio a conocer
sus expectativas: posponer la reorganización de la administración pública y
reformar la Constitución para lograr que el pueblo sea verdaderamente
representado por el Congreso. El gobierno del General tenía una orientación
claramente fascista, apuntó a resolver los problemas del estado y organizó la
Legión Civica Argentina para practicar un terrorismo moderado. El movimiento fascista fue atacado por los políticos y sus
respectivos partidos, los cuales se agruparon en la Federación Nacional Democrática.
Ésta consideraba correcto defender las instituciones políticas y contener al
Partido Radical, lo cual preveía un futuro con una democracia fraudulenta. La época de la democracia fraudulenta comenzó cuando el
General Uriburu le cedió la presidencia al General Justo en 1932, después de
que su programa de reformas fuera un fracaso rotundo. El dominio de la oligarquía
estaba respaldado por el Ejército y la Iglesia. El objetivo de este gobierno
era restaurar el poder y los privilegios de los que había gozado la oligarquía.
En 1938 llegó al poder el presidente Ortiz, cuyo plan era restablecer la
libertad de sufragio, pero no pudo cumplir su propósito porque debió renunciar
en 1942, aquejado por una grave enfermedad. Durante esta etapa, comenzaron a proliferar las asociaciones
con ideales fascistas como la "Acción Nacionalista Argentina", la
"Milicia Cívica Nacionalista" y la "Legión Cívica
Argentina", las cuales estaban influenciadas por la doctrina hitlerista.
Durante la Segunda Guerra Mundial, se incrementó la propaganda nazi, a través
de diarios y revistas. Una de las razones por la que se apoyó la ideología
nazi fue la creencia de que era una oportunidad para liberarse de la opresión
de Gran Bretaña cuando ésta fuera arrasada por las fuerzas alemanas. Ramón Castillo, presidente entre 1942 y 1943, procuró en su
último año de mandato que el candidato que se postulara como su sucesor
tuviera sus mismos proyectos, pero Patrón Costas no satisfizo las expectativas
de los defensores de las ideas fascistas, en este contexto se formó el GOU
(Grupo de Oficiales Unidos). El GOU trabajaba para controlar la seguridad de los
grupos comprometidos con el Reich. El propósito de este grupo era actuar por la
fuerza para reducir la vida cívica del país en un contexto militar. La revolución que se estableció en junio de 1943 y destituyó
a Castillo, comenzó como una dictadura militar muy impopular, con las bases de
un régimen totalitario. Sus primeras medidas fueron prohibir los partidos políticos,
los gremios, las universidades y establecer la enseñanza religiosa obligatoria.
Perón fue desde un primer momento uno de los revolucionarios más activos, y
desde su puesto al frente del Departamento Nacional de Trabajo aprovechó sus
dotes de orador para convencer al pueblo argentino. Esta característica logró
que los ciudadanos finalmente apoyaran la revolución y aceptaran sus consignas
fascistas. En 1945, el presidente Farrell destituyó a Perón de sus
cargos por atentar contra los intereses de la oligarquía y lo mandó encarcelar
en la isla Martín Garcia. El 17 de octubre de ese mismo año un movimiento
popular se desplazó hasta Plaza de Mayo para reclamar la liberación de Perón.
Éste ´fue excarcelado y volvió, manifestando su separación del ejército
para dedicarse de lleno a la vida política. En febrero de 1946, a través de eleciones controladas por el
ejército, Juan D. Perón asumió la presidencia. Desde ese puesto, pudo
instaurar un "nuevo orden" en Argentina, gracias a que contaba con el
apoyo de las cámaras de Diputados y Senadores, las gobernaciones de las
provincias y las fuerzas militares y policiales, a su servicio, además de tener
las universidades intervenidas, los periódicos censurados y los sindicatos
controlados. Durante la presidencia, Perón apartó del primer plano al
sector agropecuario y estimuló el crecimiento de las pequeñas y medianas
empresas de capital nacional. También nacionalizó el Banco Central, los
ferrocarriles, el gas, el teléfono y la flota fluvial. En el plano político,
aprovechó su carisma para inculcar ideas políticas al pueblo y a la vez creó
organizaciones (de trabajadores, de estudiantes, etc.) para agrupar al pueblo. Mientras el fascismo dominaba la escena política argentina,
los partidos tradicionales perfeccionaron sus posturas teóricas. El Partido
Socialista comenzó a defender los principios de la justicia social, y el
Partido Comunista difundió sus principios revolucionarios entre la clase
trabajadora. Después de la derrota que sufrió el Partido Radical en las
elecciones de 1946, cobró fuerza la fracción del mismo llamada
"Intransigencia". Ésta se preocupó por definir los principios del
radicalismo y buscar soluciones a los problemas del país. El Partido Demócrata
Progresista aprovechó para precisar su pensamiento liberal, e incluso entre los
conservadores surgió la necesidad de interesarse por las cuestiones sociales. Capítulo X: La busca de una fórmula supletoria En septiembre de 1955, Perón fue derrocado por una revolución,
y el poder volvió a ser de los sectores tradicionales. Pero su régimen había
provocado cambios sociales y económicos que transformaron el estilo político
del país en una "república de masas". La "Revolución
Libertadora" se propuso instaurar una democracia formal que defendiera los
principios republicanos, pero sin una verdadera preocupación por los problemas
sociales y económicos. El primer presidente elegido por la revolución fue Eduardo
Lonardi, que buscaba la conciliación nacional, sin embargo nunca llegó a poner
su plan en práctica porque en noviembre de 1955 tomó el poder Pedro E.
Aramburu. La lucha entre peronistas y antiperonistas fue solamente el principio.
También los grupos económicos buscaban defender sus intereses y se peleaban
entre sí. Además, salieron a la luz problemas estructurales, la
escasez de capitales, la deuda externa y la crisis de la industria nacional. Las
soluciones que se buscaron fueron de orientación liberal, y tambien se
proscribió y persiguió el partido peronista. Una de las medidas que se tomó
para afirmar la autoridad de la Revolución fue la creación de una Junta
Consultiva para tratar problemas institucionales. En 1957 el gobierno determinó la nulidad de la Constitución
de 1949 e hizo una elección a través de la ley Sáenz Peña para elegir una
Asamblea Constituyente que reformara la Constitución de 1853. El proyecto no
llegó a llevarse a cabo pero la votación sí, y las consecuencias que trajo
este plan fueron el alejamiento de la Unión Cívica Radical Intransigente del
gobierno y la aproximación de este último al peronismo. Arturo Frondizi es el Presidente que sucede a Aramburu en
1958, consigue alcanzar ese puesto gracias a una negociación con Perón y el
respaldo de sectores militares, sindicales, empresarios y eclesiásticos.
Estando en el poder promovió el crecimiento de las industrias básicas, promulgó
una ley de radicación de capitales extranjeros, estableció una política
petrolera, una política de estabilización, apoyó a las universidades privadas
y normalizó la Confederación General del Trabajo (CGT) a través de una ley. La ruptura con Perón se produjo en 1958. Durante las
elecciones de 1960 Perón ordenó el voto en blanco, a la vez que comenzaron las
acciones guerrilleras en Tucumán y las huelgas, por lo que el gobierno decidió
optar por la represión. Las medidas económicas tuvieron cierto éxito, aunque
disminuído por la influencia de capitales internacionales. La política, no
obstante, se deterioraba. En las elecciones presidenciales de 1 | |||||||||