El siglo XX fue el siglo de la nueva música. Aunque hubo también nueva música
en otros períodos, la ruptura con la tradición histórica no fue nunca tan
radical, debido fundamentalmente al rechazo de la tonalidad (Schönberg), hasta
llegar al completo abandono del concepto tradicional de música (Cage), si bien
al mismo tiempo gran parte de esta ruptura quedó inalterada (música ligera,
Neoclasicismo, tradición de la ópera y los conciertos). El siglo XX cultivó
una variedad de estilos en la música mucho mayor que la de cualquier otro período
anterior.
Se puede justificar éste fenómeno en el afán de los compositores por buscar
nuevos lenguajes, nuevas formas de expresar su arte, y es aquí donde Schönberg
emerge como gran innovador. Las reacciones por parte del público fueron las
mismas que se dan cada vez que alguien desafía la tradición y los órdenes
imperantes. Reacciones de total rechazo debido a la incomprensión de su obra,
pero que al pasar de los años, se iría aceptando paulatinamente por un círculo
creciente de académicos.
2. Dodecafonismo y serialismo
En la armonía clásica tradicional, una composición tiene un centro tonal,
una nota prefijada (el tono en que está escrita) que hace de centro, y respecto
a la cual las demás notas de la escala cumplen determinadas relaciones armónicas.
Estás relaciones se determinan, desde el punto de vista físico, por relaciones
aritméticas sencillas entre las frecuencias de vibración de esas notas, y, de
una manera intuitiva, en unos acordes simples enlazados de manera
"natural", aquella que prima casi absolutamente en la música ligera,
que ha permanecido al margen de la complicación progresiva de la música
denominada culta.
Hay precedentes, y antiguos, de las posibilidades de desarrollo de la armonía
tonal, concretamente en las últimas obras de Beethoven, en Chopin, en Liszt, en
Berlioz; pero sobre todo en Wagner y en Mahler.
A partir de Pierrot lunaire, y ya antes, Schönberg practica (y después lo
enuncia teóricamente) la libertad de cada nota a ser utilizada sin subordinación
a otra. Los doce tonos de la escala temperada tienen igual importancia para él.
Y empieza la lucha por poner eso de manifiesto, que se traduce en la huida de la
consonancia, de lo que a oídos normales "suena bien". Se comprende
que la tonalidad es una opción, pero no es lo corriente: prima la cacofonía,
abunda la disonancia en el sentido clásico.
El concepto de la música dodecafónica es en principio muy simple: ninguna nota
posee superioridad tonal o armónica sobre otra. El estilo de composición
dodecafónico sigue unas rígidas reglas e instrucciones, las cuales se tornarían
más y más estrictas a medida que el siglo avanzó.
Como ejemplo, un compositor dodecafonista puede empezar organizando una
secuencia con las doce notas de la escala cromática en un orden predefinido:
C, Ab, A, Gb, F, B, Bb, D, Eb, Db, G, E
Esa línea de doce notas es el material musical para toda la pieza. Esta serie
original (P) puede ser Retrogradada (R - la misma sucesión de las notas, pero
tocadas desde el final hasta el comienzo) e Invertida (I - la dirección de los
intervalos (ascedente o descendente) es invertida), la cual a su vez puede ser
Retrogradada (IR), para su uso en la pieza. Además, cada una de esas
permutaciones puede ser transpuesta, creando un total de 48 versiones posibles
de la serie inicial (12 versiones de la serie original transpuestas, 12
inversiones, 12 retrogradaciones y 12 inversiones de las retrogradaciones).
Las dos reglas más importantes en la composición dodecafónica son:
- La serie original debe ser seguida con exactitud, y no puede ser repetida
hasta que cada nota haya sido tocada.
- Se debe evitar cualquier combinación o secuencia de notas que impliquen
tonalidad (intervalos perfectos, tríadas, séptimas disminuidas, etc).
En la práctica, estas serie pueden ser presentadas linealmente (melódicamente)
o en forma de acordes (armónicamente).
Veamos ahora de una manera un poco más detallada las operaciones mencionadas
unas líneas hace.
Primaria (P): Es la sucesión original a partir de la cual se generarán
las demás series. Se usa un sistema aritmético para las operaciones sobre esta
serie original. Para ello, se numera cada nota de acuerdo a su orden
posicional, partiendo de desde la nota C (0) hasta B o Cb (11 o su
abreviatura e). Con esto, podemos asignar a la serie del ejemplo anterior
su correspondiente en notación de orden posicional:
0 8 9 6 5 e t 2 3 1 7 4
A este serie primara se le denota P0.
Transposición: Nueva serie en la que el orden de los intervalos continúa
siendo el mismo que en la primaria, pero es transpuesta trasladando las notas n
semitonos hacia arriba (Pn).
Por ejemplo, P1 sería
Db, A, Bb, G, Gb, C, B, Eb, E, D, Ab, F
O numéricamente:
1 9 t 7 6 0 e 3 4 2 8 5
Para hallar Pn sólo tiene que realizar una operación aritmética sencilla (n +
i) mod 12, siendo i el número de orden posicional de cada nota.
Inversión (I): Como se había dicho antes, consiste en invertir la dirección
del intervalo. Por ejemplo, E – B forman un intervalo 5ta perfecta ascendente.
Si cambiamos la dirección del intervalo a 5ta descendente, la segunda nota sería
A, quedando entonces el intervalo E - A.
De manera matemática, se reemplaza cada intervalo con su complemento mod 12:
De este modo, I1 sería:
Db, F, E, G, Ab, D, Eb, B, Bb, C, Gb, A
O numéricamente:
1 5 4 7 8 2 3 e t 0 6 9
Retrogradación (R): Consiste en reversar el orden de la serie primaria. Así,
R1 quedaría así:
F, Ab, D, E, Eb, B, C, Gb, G, Bb, A, Db
5 8 2 4 3 e 0 6 7 t 9 1
En cuanto a aspectos rítmicos, deben evitarse patrones rítmicos en compases
consecutivos. En la música tradicional, la simetría rítmica es la que reina.
Los ritmos en las melodías atonales suelen ser asimétricos y no repetitivos.
Las frase consisten en complejos "disparates" rítmicos.
Otro elemento que merece atención aquí es la dinámica, ya que la tensión y
la relajación en la melodía atonal depende en gran medida de las indicaciones
de dinámica. El fraseo debe ser cuidadosamente trabajado con las apropiadas
indicaciones de legato, staccato y sforzando
3. Compositores destacados
Arnold Schönberg
Cuando, en 1911, Schönberg terminó los Gurrelieder, nadie hubiera podido
adivinar en él al padre del dodecafonismo. Es curioso que en esta obra de
principios de siglo se quiera simbolizar el espíritu de lo nuevo, cuando
constituye más bien la última palabra de lo anterior. Schönberg era un
wagneriano tardío, discípulo de Mahler y luego de Richard Strauss. Ya en 1899
había escrito un sexteto de cuerdas, La noche transfigurada, Op. 4, basado en
un poema de Richard Dehmel; una obra de cámara con espíritu de poema sinfónico.
Pero más que el espíritu de Strauss late aquí el de Wagner, con su tendencia
a la melodía infinita y, por tanto, al atonalismo, pero también con un aire
sombrío, hasta cierto punto poético y aun apasionado, que guarda muchos restos
del romanticismo.
Schönberg vio la finalidad del arte y la música en la expresión de la
personalidad y la humanidad: «puesto que el arte es el grito de socorro de
quienes experimentan en sí mismos el destino de la humanidad... interiormente,
en ellos está contenido el movimiento del mundo; hacia afuera se abre paso sólo
el eco: la obra de arte» (1910).
Esta reflexión explica el nacimiento del expresionismo con su postura radical,
sus contrastes y su pasión, que a menudo raya en la locura. El radicalismo
pertenece desde entonces a la esencia de la nueva música en general, evitando
todo tipo de equilibrio clásico. La estética de Schönberg se dirigía de este
modo contra la sociedad burguesa, su extremada superficialidad y doble moral, la
acomodación y la apariencia agradable, en defensa de una veracidad exigente,
una sensibilidad despierta y una participación incómoda.
Schönberg comenzó a componer en el estilo del romanticismo tardío. De Wagner
adoptó el cromatismo de gran expresividad y la técnica de secuencias; de
Brahms, la variedad contrapuntística y la variación desarrollada.
Dio el paso hacia la atonalidad por necesidades de expresión. Al mismo tiempo
se produjo la emancipación de la disonancia: «Depende de la progresiva
capacidad de análisis del oído para familiarizarse también con los armónicos
más lejanos» (Tratado de armonía, 1925). Las 3 Piezas para piano, op. 11
(1909) son, por primera vez, totalmente atonales, e incluso, en parte,
absolutamente innovadoras. Los 15 Lieder de Stefan George, op. 15: Das Buch der
hängenden Gärten (1908-09) constituyen el primer ciclo de lieder de la nueva música,
de composición desarrollada, lleno de imágenes de gran inspiración poética,
que infringe «como nuevo ideal de forma y expresión... todas las barreras de
una estética superada» (1910). Las 5 Piezas para orquesta, op. 16 (1909) son
cuadros de ambiente de forma libre; la número 3 introduce la nueva melodía de
timbres. El monodrama Erwartung, op. 17 (1909) refleja con gran expresividad la
búsqueda por una mujer de su amante muerto. Pierrot lunaire, op. 21 (1912) es
un ciclo de 21 melodramas para recitadora y piano, flauta/piccolo,
clarinete/clarinete bajo, violín/viola y violonchelo, en algunos de ellos con
estructuras establecidas (cánones); el canto se convierte en declamación y
gritos; fue compuesto como una melopea (Sprechstimme)en pocos días.
El desarrollo de la técnica dodecafónica se produjo por la gran ansia de
organización presente en Schönberg y sus contemporáneos. Como apoyo
estructural volvió a introducir grandes obras instrumentales (sin texto). Después
de las series con más o menos 12 notas (Piezas para piano, op. 23, Serenata,
op. 24), la Suite para piano, op. 25 presenta la nueva escritura formal con toda
madurez. La expresión y el carácter son libres. La siguieron como formas
mayores las Variaciones para orquesta, op. 31 (1926-28) y la ópera Moses und
Aron (1930-32), con texto del propio músico, cuyo tercer acto quedó
incompleto. Aproximadamente la mitad de sus obras son tonales, como la Suite
para orquesta de cuerda (1934). Son dodecafónicas, entre otras, el Concierto
para violín, op. 36 (1934-36), el Concierto para piano, op. 42 (1942), el Trío
de cuerda, op. 45 (1946) y la cantata A survivor from Warsaw, op. 46 (1947).
Schönberg alcanzó su máxima repercusión después de su muerte, cuando la
generación más joven descubrió realmente su música.
Alban Berg
Berg estaba animado por un desbordante ardor de sentimiento. Combinaba una
refinada estructura artística y los más sutiles matices de composición como
maestro de la mínima modulación con una embriaguez sonora característica. El
hálito humano de sus melodías, la naturalidad de su fraseo, la vitalidad orgánica
de sus ritmos y la suave plenitud de su armonía atonal hicieron la música de
Berg más fácilmente accesible.
Al igual que Schönberg y Webern, Alban Berg se dirigió, durante los primeros años
posteriores a la guerra, hacia un método compositivo controlado de una forma más
consciente, aunque en su caso los cambios fueron menos dramáticos. Sus
composiciones atonales anteriores a la guerra permanecieron cercanas al carácter
rítmico y armónico de la música tonal de finales del siglo XIX, si bien es
cierto que algunas de estas piezas reflejaban ya una inclinación hacia
procedimientos composicionales más estrictos. Sin embargo, la primera obra que
compuso tras la guerra, la ópera Wozzeck, siguió una concepción estructural más
detallada y comprensible que sus composiciones anteriores. Ya en 1914, Berg había
comenzado a pensar en la posibilidad de crear una ópera que se basara en una
obra de teatro recientemente descubierta, Wozzeck, drama pasional y denuncia
hecha en 1836 por el escritor y activista político austriaco del siglo XIX
Georg Büchner. Construida a base de escenas breves, episódicas y desconectadas
entre sí, la obra de Büchner describe una espantosa situación de un soldado
explotado por sus superiores. En cuanto a su concepción, contenido y
estructura, se trata de una obra moderna cuya poderosa historia de inhumanidad y
opresión proporcionó a Berg un vehículo ideal para llevar a cabo su ópera.
Berg, autor asimismo del libreto, concentró el texto en tres actos con cinco
escenas cada uno, con la intención de no desarrollar la acción dramática al
modo tradicional, sino de recogerla en antiguas formas musicales independientes.
El primer acto presenta así la relación de Wozzeck con su entorno en cinco
piezas de carácter (suite, rapsodia, música militar, passacaglia, rondó); el
segundo acto, el agravamiento de la acción en una sinfonía en cinco
movimientos; y el tercer acto, la catástrofe en cinco invenciones. La fuerza
dramática de Wozzeck y la lástima y compasión que su música transmite en la
figura del protagonista convirtieron la ópera en una de las de mayor éxito del
siglo XX.
En su siguiente composición, el Concierto de cámara para piano, violín y
trece instrumentos de viento (1925), Berg persiguió, con una intensidad incluso
mayor, los rigores formales que ya aparecían en Wozzeck. La exactitud matemática
con la que se corresponden los números de los compases en las diferentes
secciones es realmente extraordinaria. El Concierto de cámara, obra de transición
entre la atonalidad libre y las composiciones dodecafónicas, estuvo seguido por
la primera obra de Berg totalmente dodecafónica, la canción Schiliesse mir die
Augen beide (Ciérrame los ojos; 1925).
Tras ella llegó la primera obra dodecafónica extensa: la Suite lírica (1926),
para cuarteto de cuerda, escrita en seis movimientos. Incluso en esta obra,
solamente el primero y el sexto de los movimientos utilizan el nuevo método
dodecafónico en todos los compases que los componen. El tercer movimiento es
dodecafónico excepto en su trío central y el quinto solamente lo es en sus dos
tríos. El resto de los movimientos no contienen episodios dodecafónicos,
aunque aparecen citas pertenecientes a las series de los movimientos dodecafónicos.
La habilidad de Berg para combinar música dodecafónica y no dodecafónica
dentro de una misma obra refleja la suavidad con la que incorporó este nueva técnica.
El aspecto diatónico de la Suite lírica es especialmente característico de
Berg, permitiéndole continuar con su práctica de emular asociaciones tonales
en su música no tonal.
Antes de su prematura muerte en 1935, Berg sólo escribió cuatro composiciones
dodecafónicas importantes: la Suite lírica, la cantata Der Wein (El vino) para
soprano y orquesta (1929), el Concierto para violín (1935) y la ópera
inacabada Lulú (1929-35).
En la primavera de 1935 Berg empezó a componer, por sugerencia del violinista
Louis Krasner, la que sería su última obra terminada, el Concierto para violín,
titulado «A la memoria de un ángel», debido a la muerte de Manon Gropius, la
hija del segundo matrimonio de Alma Mahler, gran amiga de Berg. El Concierto era
una obra en dos movimientos cuya simetría formal y su relativa transparencia de
textura refleja la tendencia general hacia la simplificación y la consolidación.
A pesar de ser una composición dodecafónica, en ella aparece un diatonismo
incluso más pronunciado que en la Suite lírica.
La ópera Lulú describe el éxito y la caída de una mujer que quiere
representar la sexualidad femenina en estado puro y su efecto destructivo sobre
el resto de personajes de la obra. Debido al impacto que produjo su naturaleza
escandalosa y a su condición de obra inacabada, Lulú ha permanecido como una
ópera menos popular que Wozzeck, y sin embargo posee la misma o mayor riqueza
dramatical y musical. Completamente dodecafónica en cuanto a su composición,
Lulú demuestra las posibilidades dramáticas que ofrece el uso de muchas series
dodecafónicas. Cada serie está asignada a cada uno de los personajes
principales e interrelacionada con el resto de diferentes formas, reflejando así
las relaciones entre los distintos personajes. La técnica singular y la
variedad expresiva de Lulú testifica la adaptabilidad de la música dodecafónica
a un amplio rango de propósitos musicales y dramáticos.
Antón von Webern
Webern recibió una esmerada educación universitaria y musical. Su tesis sobre
los polifonistas del Renacimiento no permitía adivinar en él un músico de
vanguardia, ni tampoco sus breves obras iniciales, como la Passacaglia, op. 1;
pero su contacto con Schönberg fue decisivo, y Webern se convirtió en el más
radical de los tres maestros de la Escuela de Viena. Tímido, introvertido,
intelectual, fue el menos conocido en vida, y por tanto el que menos escándalos
suscitaría, a pesar de llegar en sus mensajes atonales a los últimos extremos
que la forma permitía.
La música de Webern tiende a la brevedad del aforismo, especialmente en el período
de libre atonalidad. Esto aparece de modo ejemplar en las Piezas, op. 9 y 11. La
tendencia a la brevedad se extiende también a la obra musical como tal. No hay
adornos, modulaciones, repeticiones ni una base armónica a la que se añadan
otras notas secundarias: todo es esencial y está determinado por el carácter
personal, el espíritu de la época y la situación histórica del material
musical, que representa una selección del material acústico general según el
sistema musical y el momento histórico, que es para él como el espíritu
sedimentario.
A partir del Trío de cuerda, op. 20 Webern adoptó la técnica serial de Schönberg.
Pero sus series no son ya sólo el material para los temas y motivos, sino que
ellas mismas adquieren carácter de motivo y determinan la obra. Webern se
adelantó a Schönberg y buscó un serialismo más depurado, más radical,
aplicando la dinámica en forma de series y la alternancia de registros.
La música de Webern está presidida por una transparente claridad que reside no
sólo en una elaboración racional, sino también en una especial intuición
musical. Su constante búsqueda de relaciones muestra una contemplación casi mística
y un gran poder de concentración
"toda obra de arte es hija de su tiempo", los principios artísticos
no son eternos sino históricos
Trabajo enviado por:
Jaime Andrés García