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Alberti, Ghibert y Botticelli tres genios del Quattrocento Italiano
Resumen: El Renacimiento nace en Italia. El Humanismo. La corriente ideológica del Renacimiento. El panorama político en la Italia de los siglos XIV y XV. El contexto religioso. Reforma y Contrarreforma. Sociedad y cultura en la Europa del Renacimiento. El mecenazgo. Fachada de la Iglesia de Santa Maria Novella. Segundas Puertas del Baptisterio principal de San Giovanni de Florencia. Madonnas. Virgen con Niño y seis santos.
Publicación enviada por Álvaro Zarzuela
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Índice
ALBERTI, GHIBERTI y
BOTTICELLI.
SU MUNDO
EL MUNDO DEL RENACIMIENTO.
CONTEXTO SOCIOCULTURAL DE LOS SIGLOS XV
Y XVI
El Renacimiento nace en Italia.
El Humanismo. La corriente ideológica
del Renacimiento.
El panorama político en la Italia de los
siglos XIV y XV
El contexto religioso. Reforma y
Contrarreforma.
Sociedad y cultura en la Europa del
Renacimiento
La era de los grandes descubrimientos
geográficos
EL ARTE DEL RENACIMIENTO
Características del arte del
Renacimiento
Yo, el artista
El mecenazgo
Evolución del arte del Renacimiento
EL QUATTROCENTO ITALIANO
Florencia y los Medici.
La arquitectura del Quattrocento
La escultura del Quattrocento
La pintura del Quattrocento
Algunos otros grandes artistas del
Quattrocento.
ALBERTI, GHIBERTI y
BOTTICELLI.
TRES GENIOS
DEL QUATTROCENTO
ALBERTI
EL ARTISTA
SU OBRA ARQUITECTÓNICA
Palacio Rucellai
Fachada de la Iglesia de Santa Maria
Novella
Templo Malatesta
Iglesia de San Sebastián
Iglesia de Sant’Andrea.
GHIBERTI.
EL ARTISTA.
SU OBRA.
Análisis comparativo de los
Sacrificio de Isaac de Ghiberti y de Brunelleschi.
Segundas Puertas del Baptisterio
principal de San Giovanni de Florencia.
Las Puertas del Paraíso
BOTTICELLI
EL ARTISTA.
Su vida
Su personalidad.
Reconocer al pintor
SU OBRA.
Epifanía (1465-1467).
Madonnas.
Regreso de Judith a Betulia
(1469-1470) y
Descubrimiento del cadáver de Holofernes
(1469-1470)
La Fortaleza.
Virgen con Niño y seis santos.
Epifanía (1470-1475).
Desconocido con medalla con Cosme de
Medici
Epifanía (1475).
Alegoría de la Primavera.
Madonna del Magnificat.
Rebelión contra la Ley de Moisés.
Epifanía (1481-1482)
Historia de Nastaglio degli Onesti.
Minerva dominando al centauro.
Venus y Marte
Nacimiento de Venus
Frescos decorativos de la Villa Lemmi.
Anunciación (1489-1490).
Coronación de la Virgen.
Calumnia de Apeles
Natividad (1500). .9
Oración en el huerto.
Transfiguración de Cristo.
Historia de Virginia e Historia
de Lucrecia
BIBLIOGRAFÍA
ALBERTI,
GHIBERTI y BOTTICELLI.
SU MUNDO
EL MUNDO
DEL RENACIMIENTO. CONTEXTO SOCIOCULTURAL DE LOS SIGLOS
XV y XVI.
Se entiende
por RENACIMIENTO el periodo de renovación ideológica y
artística que durante los siglos XV y XVI comienza en
Italia y se extiende al resto de Europa, dando paso de
la Edad Media a la Moderna. Su característica esencial
es la admiración del clásico grecolatino, de ahí el
nombre de Renacimiento, pues se supuso que había
"renacido" todo el esplendor de los antiguos griegos y
romanos. Los renacentistas consideraban esta cultura
clásica como la realización máxima del ideal de
perfección e intentaban imitarla en cuanto podían.
El
Renacimiento nace en Italia.
El
Renacimiento es un fenómeno fundamentalmente italiano,
que aunque se extendió rápidamente a otros lugares de
Europa guardó en cada uno de ellos unas características
propias tan definitorias y en algunos casos tan
profundas que puede hablarse de varias clases de
Renacimientos, lo cual enriquece su concepto genérico.
Es natural que fuera en Italia donde naciera este
movimiento de renacimiento de los clásicos. Para
empezar, es en esta península donde el Imperio romano
tenían su centro de gobierno y los días gloriosos del
Imperio todavía se recordaban con añoranza. Además, la
península itálica nunca se había visto implicada
íntimamente en la corriente internacional del gótico
sino que sus manifestaciones medievales habían tenido
una carácter muy particular, siempre más ligado a su
propia tradición románica y clásica que a las
evoluciones estilísticas de Francia, el gran rector del
estilo gótico. Amén de que en prácticamente todas las
ciudades se encontraban restos arqueológicos,
arquitectónicos y escultóricos del antiguo Imperio, que
favorecieron el estudio de esta cultura grecolatina.
También favoreció este redescubrir el mundo clásico la
emigración de numerosos eruditos, intelectuales y
artistas desde Bizancio, conquistada por los turcos,
trayendo consigo manuscritos de grandes autores helenos
y romanos. Además, Italia, fraccionada en numerosos
estados ricos y con fuertes personalidades al frente de
sus gobiernos, llenos de numerosas y florecientes
ciudades, con un sentido realista de la política y la
economía, era el país que mejor podía favorecer una vida
y una cultura como la del Renacimiento, basada en el
Hombre y la Naturaleza.
El
Humanismo. La corriente ideológica del Renacimiento.
Esta vuelta
a los clásicos fue, sin embargo, más que una causa, una
consecuencia. Los ejes de esta renovación son varios,
mas el pilar más llamativo es la nueva corriente de
pensamiento, el Humanismo, así llamado por ensalzar con
preferencia las cualidades propias de la naturaleza
humana. Su nuevo enfoque, que rechazaba la visión
teocrática del Medievo, defendía una concepción
antropocéntrica del Universo, un papel central del
individuo y sus actos. Consecuentemente, el humanista se
interesa por el Mundo que le rodeaba, de ahí su amor a
la naturaleza, del mismo modo que, apoyándose en esta
reintroducción de la sabiduría grecolatina, defiende la
Razón para solucionar los conflictos humanos y busca un
ideal de equilibrio y armonía. Este antropocentrismo fue
lo que le llevó a girar los ojos hacia los valores de la
cultura clásica.
Tiene el
Humanismo su cuna en Italia, y si bien comenzó a
gestarse en el siglo XIII, se desarrolló durante los XIV
y, sobre todo, XV en toda la Europa Occidental. Lo que
condujo a la aparición del Humanismo fue la profunda
inquietud por una renovación espiritual latente ya en el
Hombre de la Alta Edad Media, el cual, viendo cómo se
debilitaban las tres instituciones básicas de la
sociedad de su tiempo, el Pontificado, el Sacro Imperio
y las Universidades, sentía que no eran ya suficientes
para la consecución de sus nuevos ideales los principios
en que se había basado la vida medieval, por lo tanto
debía buscar otros pilares en que apoyar su nueva
ideología. Con este anhelo de renovación, se fijó en los
modelos clásicos y dio un profundo viraje a lo que
habían sido su modo de pensar, pasando de una sociedad
colectivista y teocéntrica a la exaltación del individuo
y la Naturaleza. Rompió con escolasticismo medieval, las
filosofías basadas en las doctrinas aristotélicas, y se
inclinó hacia las escuelas neoplatónicas, filtradas por
el cristianismo. El Humanismo halló en la antigüedad
clásica el perfecto modelo que sí correspondía con su
nueva ideología y concepción del mundo, lo que le llevó
a reverenciarla e imitarla, considerándola el máximo
exponente de perfección a que podía aspirar el ser
humano. Su finalidad era un nuevo examen del Hombre y su
Mundo, tomando como maestros y ejemplo los autores
clásicos. Hombre y Naturaleza, desligados de todo su
sentido trascendente y sobrenatural, se convierten así
en los dos polos de la cultura y la vida renacentista.
Dado el
pensamiento antropocéntrico del humanista, su principal
campo de estudio son las ciencias humanas, y
especialmente las filologías clásicas, progresando con
ello ampliamente la lingüística. Los humanistas
realizaron la labor de rastrear por doquier antiguos
textos griegos y latinos, copiándolos, traduciéndolos,
comentándolos, empapándose de la cultura clásica;
numerosas obras prácticamente olvidadas, copiadas
durante siglos mecánicamente por los monjes, son
rescatadas del fondo de las bibliotecas y las
intelectuales exiliados de Bizancio traen consigo otra
gran cantidad de manuscritos antiguos. Pero para que los
clásicos pudieran hablar en su genuino lenguaje era
menester librar sus textos de las interpolaciones,
deficiencias y errores que habían sufrido con el paso
del tiempo y las sucesivas copias, lo cual requería un
amplio bagaje de conocimientos históricos, geográficos,
lingüísticos, arqueológicos, etcétera, y de esta ardua
faena se encargaron los humanistas. Mas no se limitaron
exclusivamente a un aspecto técnico en sus estudios sino
que buscaron en los escritores clásicos la confianza en
la inteligencia del Hombre y el amor a la naturaleza.
También la anatomía humana fue objeto de cuidadosos
estudios por parte de los científicos, que se
preocupaban por dibujar con todo detalle sus
descubrimientos, con lo que el papel del dibujante toma
una relevancia inusitada hasta el momento. El invento de
la imprenta fue de suma importancia para la rápida y
amplia difusión del pensamiento humanista desde Italia
al resto de Europa.
Este volver
a centrarse en lo humano, no obstante, no significa en
absoluto un abandono de lo divino, que tan fuertemente
había marcado toda la sociedad, cultura, ciencia y arte
durante la Edad Media. Bien al contrario, la
religiosidad, y en concreto el cristianismo, sigue bien
presente en todas las facetas de la vida durante el
Renacimiento. El humanista valora el Mundo Antiguo como
contribución al cristianismo. Lo divino es revisado
desde la perspectiva humana para dotarlo de una mayor
significación: Dios trata de hacerse inteligible a la
razón humana, en lugar de limitarlo a la emoción de la
fe.
Cierto que
fue una minoría de banqueros, filósofos, intelectuales y
artistas quienes llevaron a cabo esta renovación
cultural, pero no es menos cierto que el Humanismo fue
calando en todos los campos de la sociedad. Esta
renovación en todas las parcelas de la cultura humana,
filosofía, ética, ciencia, arte, etc., estaba encaminada
a la hechura de un Hombre que fuera compendio de todas
las perfecciones físicas e intelectuales y en el que la
razón dominara sobre la pasión. De aquí surge la figura
del cortesano, diestro en letras, ciencias y armas,
docto en todos los campos del saber y las artes,
valiente, refinado, gentil, modesto, universal. La
frontera entre letras y ciencias no existían, el
intelectual debía estar ducho en todos los campos del
saber, interrelacionados y complementarios. El Hombre
integral, el genio múltiple en quien se concilian todas
las ramas del saber en una actitud fecunda, fue la gran
creación del Renacimiento, que cristalizó en figuras que
mantienen viva la admiración de los tiempos, como
Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael Sanzio, León
Battista Alberti, Lorenzo Ghiberti, Sandro
Botticelli...
El panorama
político en la Italia de los siglos XIV y XV.
Italia se
convierte con el Renacimiento por primera vez desde la
Antigüedad grecolatina en el eje rector de la cultura de
una época. Esto supone un elemento paradójico dado que
la Italia de los siglos XIV y XV era mucho menos rica de
lo que lo había sido, pues, al igual que el resto de
Europa, sufría una decadencia económica que abarcó,
aproximadamente, la totalidad de estos dos siglos, y su
vida política estaba llena de guerras intestinas dentro
de los pequeños estados y entre ellos. El papado, fiel a
su antigua política, continuaba impidiendo el desarrollo
de una poder predominante, pero sólo lo lograba a
expensas del poder político de los papas mismos. Cuando
la Curia volvió a Roma, después de haber permanecido
fuera de Italia en la ciudad francesa de Aviñón durante
casi todo el siglo XIV, se produjo el Gran Cisma de
1378, que duró hasta 1417, al cual siguieron tres
décadas durante las cuales la autoridad del Papa se vio
en entredicho, a causa del intento conciliar de
convertirlo en monarca constitucional. Los principados
italianos evolucionaron dentro de este marco. Las
comunas del norte estuvieron dominadas por tiranos
locales, las repúblicas de la Toscana absorbieron las
ciudades adyacentes y, en el sur, un reino de Nápoles,
crónicamente mal gobernado por la casa de reinante de
origen francés se fue desgastando como consecuencia de
sus ambiciones en el Mediterráneo oriental y del temor a
los aragoneses, establecidos en Sicilia. A fines del
siglo XIV, la familia de los Visconti, de Milán, logró
dominar toda la llanura de Lombardía. En 1395,
Giangaleazzo Visconti, casado con una princesa francesa,
obtuvo del emperador Wenceslao el título de duque y no
ocultó sus propósitos de extender su poder hacia el sur,
a través de los estados divididos de la Iglesia, y
llegar hasta Toscana. No lo consiguió, pero el duque
Filippo Maria Visconti (f. 1447) continuó soñando con lo
mismo. No obstante, los Visconti establecieron un
gobierno fuerte, el cual pasó a manos de Francesco
Sforza en 1450. En la Toscana, Florencia ostentaba una
superioridad indiscutible, y la familia de los Medici
consolidó, a partir de 1434, su dominio efectivo de la
ciudad, si bien conservando brillantemente su forma de
gobierno republicana. Sólo otro gran centro comercial
competía con Florencia, se trataba de otra república,
Venecia, que salió triunfante de su larga rivalidad con
Génova por obtener los frutos del comercio levantino, y
que, bajo la autoridad de un dux electo y vitalicio,
pero desprovisto de poder real, gozaba de una
constitución de envidiable solidez, mediante la cual las
familias "nobles" o patricias gobernaban la ciudad y sus
tierras de ultramar con una administración coherente y
refinada. A principio del siglo XV, las guerras de
Italia obligaron a Venecia a mezclarse en una agresión a
tierra firme, y a finales del siglo se había convertido
en una gran potencia territorial, pese a que los turcos
otomanos le estaban arrebatando rápidamente sus colonias
del mar Egeo. Finalmente, tendría suma importancia el
hecho de que el rey aragonés Alfonso V pasara de Sicilia
a tierra firme y conquistara el reino de Nápoles
(1435-1442). En efecto, al morir Ferrante, sucesor de
Alfonso en Nápoles, el rey francés Carlos VIII reclamó
esa ciudad e invadió Italia, en 1494. Otro rey francés,
Luis XII, se tituló duque de Milán desde su subida al
trono en 1498, pero en aquella época el rey de Aragón
comenzó a reclamar su parte y, a partir de entonces,
Italia fue víctima de los invasores extranjeros. Cuando
las "guerras italianas" llegaron a su fin, efectivamente
en 1538, el país estaba a la merced de Carlos V. Este
príncipe Habsburgo, criado en Borgoña, no sólo gobernaba
la mayor parte de Italia, sino también Aragón y
Castilla, con sus colonias americanas, y las tierras de
Austria, y como Sacro Emperador Romano también era jefe
titular de los principados alemanes. Bajo su reinado,
Italia estuvo regida por gobernadores y virreyes
españoles y sometida a la ocupación de tropas españolas.
Si durante
los siglos XIV, XV y principios del XVI la historia
política de Italia fue violenta, sería erróneo buscar en
ello un contraste con la paz de otros lugares. Los
reinos de España, Francia, Inglaterra, Alemania, los
países escandinavos... todos ellos sufrieron turbulentas
historias políticas y militares. En general, a finales
de la Edad Media hubo poca paz en Europa.
El contexto
religioso. Reforma y Contrarreforma.
Aunque la
cada vez más pujante clase burguesa rompió el monopolio
de mecenazgo que mantenía la Iglesia, ésta continuaba
siendo la principal patrocinadora del arte y la ciencia
durante el Renacimiento, realizándose la mayoría de las
más importantes obras por encargo eclesiástico, de igual
modo que se veían favorecidos los estudios humanistas
relacionados con la Biblia. Así, a pesar de la
multiplicación temática renacentista frente al
omnipresente cristianismo del teocéntrico gótico
medieval, el arte religioso se desarrolló enormemente.
De hecho, durante los siglos XIV, XV y XVI parecía que
la Iglesia se preocupara más del arte que del bienestar
espiritual y físico de sus fieles, despreocupación
agravada por la participación del papado en asuntos
políticos internacionales. El alto clero se hallaba
rodeado de lujo y ostentación mientras, en contraste, el
pueblo vivía en humildad y mostraba una viva fe, como
también apreciaba y demandaba el arte religioso. El
papada tenía un lucrativo negocio con la venta de bulas
e indulgencias, cobrando buenas sumas a cambio de la
salvación espiritual de aquel que podía pagarla, así
como con los cargos eclesiásticos, que eran vendidos a
cualquiera que desembolsara lo requerido. Las
indulgencias que llegaron a adquirir un carácter tan
material y profano que serían, en última instancia, la
gota que colmaría el vaso y desembocaría en el cisma
protestante con la publicación de las 95 tesis de Lutero
contra las indulgencias. Con esta ostentación desmedida
del alto clero y el tráfico de salvaciones divinas y
cargos eclesiásticos, frente a la humildad de los beatos
fieles del pueblo llano, es obvia la situación de crisis
en el seno de la Iglesia. Ya en 1378 tuvo lugar el Gran
Cisma, originado por la división de la corte papal entre
los seguidores del recién nombrado Papa Urbano VI de
Roma y quienes consideraron nula su elección, que
eligieron como Papa a Clemente VII y reinstalaron la
sede pontificia en la ciudad francesa de Aviñón. El Gran
Cisma duró hasta 1417, y le siguieron tres décadas
durante las cuales la autoridad del Papa se encontró
tambaleante.
Todo ello,
unido a las condiciones sociales, ideológicas y
espirituales del Renacimiento, ocasionaron un movimiento
de reforma en el orden religioso de la Europa
Occidental, una profunda revolución que se realizó a
principios del siglo XVI en el seno de la Iglesia
católica y que provocó la separación de muchos fieles de
la obediencia al Papa de Roma con la aparición del
Protestantismo. Las causas de esta Reforma, no obstante,
se hallan enraizadas más atrás, fundamentalmente en la
aparición de la mentalidad humanista en la transición
del Medievo a la Edad Moderna. El humanista, inquieto y
egocéntrico, que ha apartado definitivamente la
perspectiva teocrática, utiliza ahora la Razón y se da
cuenta de las incoherencias dentro de la Iglesia y,
aunque en ningún momento reniega de su religiosidad,
aspira a cambiar los errores de los que ahora se
percata, adoptando una inédita actitud crítica.
El hecho
concreto que originó el cisma entre catolicismo y
protestantismo fue la exposición por parte del agustino
alemán Martín Lutero en la puerta de la iglesia de
Wittenberg de sus 95 tesis contra las indulgencias en
1517. Esto provocó diversas discusiones entre el Papa
León X y Lutero que finalmente desembocaron en la
excomunión de éste último, el cual a partir de entonces
va estructurando su doctrina, para la que pronto
encontraría adeptos y seguidores. La base de la doctrina
luterana es la salvación por la fe, esto es la exclusiva
importancia de la fe para la salvación del alma al
morir, sin que importe el arrepentimiento ni las obras.
Otro punto fundamental de su doctrina es la ruptura con
el papado y la negación la jerarquía de la Iglesia,
afirmando que todos los cristianos tienen el mismo
valor. También establece la libre interpretación de la
Biblia, negando el valor de la Tradición de la Iglesia,
y defiende su traducción a la lengua del pueblo,
realizando él mismo una traducción al alemán, que se
trata de uno de los pilares básicos de esta lengua. Del
mismo modo, entre otras reformas de la fe católica,
reduce los sacramentos a sólo bautismo y eucaristía,
abole el culto a la virgen y los santos y suprime toda
ostentación en los templos.
Las
doctrinas luteranas se extendieron con bastante rapidez
por toda Alemania, especialmente por los Estados del
Norte, a lo que contribuyeron también factores
económicos y políticos. Algunos nobles vieron la
oportunidad de aumentar sus posesiones, puesto que con
el luteranismo la Iglesia debía renunciar a todos sus
bienes y, así, sus tierras fueron secularizadas, pasando
a manos de esta nobleza; otros nobles se transformaron a
la fe luterana porque significaba la posibilidad de
enfrentarse al emperador Carlos V, uno de los más
feroces defensores del catolicismo; y, en conjunto, el
luteranismo resultó ser un movimiento nacionalista de
oposición a Roma. Así pues, esta expansión del
luteranismo no fue fácil ni pacífica, sino que provocó
numerosas y cruentas guerras entre los señores y el
pueblo y entre los nobles y el emperador. Carlos V y sus
consejeros católicos pretendieron en un principio
contener el progreso de lo que ellos consideraban la
herejía luterana en sus estados mediante el diálogo. El
emperador convocó asambleas de representantes de los
estados alemanes en Worms para intentar que Lutero
abjurase de sus ideas y después en Spira, prohibiendo en
esta ocasión la propagación de las ideas luteranas,
decisión contra la que los reformistas protestaron,
ganándose ahí el nombre de protestantes. Fracasado este
intento de solución, Carlos V pretendió que el papado
convocara un concilio pero éste se retrasaba
interminablemente. Se llegó a la lucha armada entre
católicos y protestantes y, a pesar del sonado triunfo
de Carlos V contra los protestantes en Mühlberg en 1547,
finalmente el emperador tuvo que aceptar en 1555 la paz
de Augsburgo, por la cual se reconocía la libertad
religiosa de los príncipes alemanes y la supeditación
del pueblo a la fe espiritual de éstos.
La
convocatoria de un concilio para resolver el problema de
la escisión protestante fue largo tiempo pospuesto por
los papas, en parte por miedo a que prevaleciera la
superioridad conciliar frente al Papa y en parte a causa
de las guerras entre España y Francia. Cuando por fin se
inició el Concilio de Trento en 1545 ya era demasiado
tarde para atajar la expansión del luteranismo y,
además, las sesiones del concilio fueron interrumpidas
en dos ocasiones y se alargaron durante dieciocho años.
En el concilio se adivinan dos tendencias, por un lado
la que trata de conseguir algún tipo de armonía con los
protestantes y por otro una postura totalmente
intransigente, que finalmente es la que triunfaría.
Mediante el Concilio de Trento se reafirmaron las
características católicas diferenciadoras del
Protestantismo: se afianzó la autoridad del Papa,
aumentó la disciplina eclesiástica y fueron reforzados
el valor de las buenas obras, el culto a la virgen y los
santos y todos aquellos puntos de la fe católica que
Lutero había negado.
Sociedad y
cultura en la Europa del Renacimiento.
A finales de
la Edad Media en todas partes había nobles, caballeros,
sacerdotes y abogados. La burguesía comienza a ser una
clase incipiente, cada vez con mayor poderío económico e
influencia política, y su bonanza económica le lleva a
convertirse en un importante mecenazgo artístico. Cada
vez se le atribuía un valor creciente a la cultura y las
escuelas y universidades se multiplicaban en todos los
países. En este aspecto educacional el continente se
encontraba relativamente unido, aunque la educación
superior tendía a estar más regionalizada. Otro aspecto
común a toda Europa era la importancia de la religión,
ya fuera católica o protestante, cuya moralidad empapaba
todos los actos de la vida pública y privada de la
población.
El
Renacimiento es también una época de importantes
adelantos técnicos y científicos. Uno de los inventos de
mayor importancia para la difusión de la cultura
apareció durante esta época renacentista: la imprenta.
Tomó entonces gran importancia el papel, que había sido
introducido por los árabes en la península itálica por
Lombardía. La invención de la imprenta tuvo lugar hacia
1448, considerándose inventor a un orfebre de Maguncia
llamado Gutenberg, y partió de la xilografía (grabado
sobre madera) pero nació verdaderamente cuando se
idearon las letras móviles de metal, que permitían
componer una página, entintarla con tinta gruesa y sacar
copias mediante una prensa. Los escritos e ideas de los
humanistas tuvieron una enorme difusión gracias a la
imprenta, extendiéndose su pensamiento rápidamente por
toda Europa. Ahora se podían editar muchas copias de
cualquier libro en muy poco tiempo, mientras que antes
copiar un libro llevaba años. Otros adelantos técnicos
vinieron a sumársele, tales como la brújula o el
astrolabio, que favorecieron enormemente la navegación,
o la pólvora y las armas de fuego, que revolucionaron el
panorama armamentístico y militar. Junto al movimiento
renovador desde el punto de vista intelectual, se
asienta a lo largo de los siglos XV y XVI una nueva
ciencia, o ciencia experimental, que frente a los
principios aristotélicos del pensamiento medieval
intentaba explicar todas las cosas mediante al Razón y
la experiencia. Aquí surge la teoría heliocéntrica de
Copérnico, que, frente a la idea geocentrista medieval,
formuló en 1543 el principio de que la Tierra y los
demás planetas giraban en torno al Sol, la cual no pudo
ser comprobada hasta el siglo siguiente. También hubo
importantes avances en el campo de la medicina, como el
descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre.
Sin embargo, a pesar de todos estos adelantos y del
evidente impulso que supone la curiosidad científica del
Hombre renacentista, no hay que pensar que esta nueva
ciencia se impuso totalmente en Europa, sino que por el
contrario las supersticiones medievales perduraron
durante largo tiempo.
En Italia
era harto elevada la proporción de ciudades,
florecientes gracias al periodo de expansión económica
de los siglos XII y XIII, lo cual ocasionó que la
burguesía tuviera allí mucha más importancia que en
otros lugares. En realidad, la nobleza italiana, incluso
los príncipes y tiranos, procedía en su mayoría del
pueblo (con la excepción del reino de Nápoles) y la
sociedad tendió a una menor jerarquización. El poderío
económico y la influencia política de estos burgueses
era cada vez mayor, hasta llegar a formar auténticas
dinastías que llevaban prácticamente el gobierno de las
ciudades, y fueron generoso financiadores e impulsores
del arte renacentista. También era característico de
Italia la alta proporción de abogados y sacerdotes
respecto al conjunto de la población. Los abogados
solían ser hombres sumamente cultos de ideas humanistas,
con gran interés por la literatura clásica y la
antigüedades, a menudos empleados en altos cargos de la
administración de repúblicas y principados y que, con
frecuencia, canalizaban y expresaban valores locales.
Aunque más importantes aún eran los grandes mercaderes,
sobre todo en los mayores centros comerciales: Venecia,
Génova y las ciudades toscanas, en especial Florencia.
La era de
los grandes descubrimientos geográficos.
Nunca en la
historia de la humanidad se había dado una ampliación
del mundo conocido a nivel universal tan vertiginosa
como la que tuvo lugar en los siglos XV y XVI. En muy
pocos años, como consecuencia de los grandes
descubrimientos geográficos se amplia de un modo
prodigioso el reducido Mundo conocido por el europeo, y
consecuentemente el del resto de los Hombres, desde Asia
hasta América pasando por África. Primero castellanos y
portugueses y más tarde otros pueblos europeos se lanzan
a alta mar al descubrimiento de nuevas tierras, azuzados
por un fuerte afán de riquezas y aventuras. Velozmente,
el Viejo Mundo, la bien definida imagen que comprendía
Europa, África y Asia, con la ciudad santa de Jerusalén
en el mismo centro y el oscuro océano a su alrededor,
había desaparecido para siempre. En su lugar surgía un
Nuevo Mundo, más grande, más extraño, más imponente, un
Mundo cuyas maravillas parecían no tener fin.
Los
portugueses encaminaron sus rutas a bordear África para
llegar hasta Oriente, mientras que la corona castellana
patrocinó el proyecto de Colón que pretendía llegar
hasta las Indias navegando hacia el oeste, basándose en
la teoría de que, contrariamente a la creencia de la
época, la Tierra era redonda. Dicha teoría resultó ser
cierta, lo que ignoraba Colón era que entre Europa y las
Indias se hallaba un nuevo continente y que, en
realidad, lo que acababa de descubrir, en 1492, era
América. En 1519 una expedición marítima castellana al
mando del portugués Magallanes consiguió, tras un viaje
repleto de calamidades y penurias, dar por primera vez
la vuelta al mundo, demostrando que, efectivamente, la
Tierra era redonda y se podía circunnavegar. Las costas
africanas, las Indias, Japón, Oceanía y demás
territorios orientales, toda América... Todo un nuevo
mundo se abría ahora, ofreciendo infinitas
posibilidades.
Fueron
varias las causas que impulsaron a castellanos y
portugueses a embarcarse en arriesgadas e inciertas
empresas marítimas. En principio, de carácter económico:
la necesidad de una expansión económica debido al
aumento de la población, la búsqueda de materias primas
y de nuevos mercados, la falta de oro y metales
preciosos que se estaban agotando en las minas europeas
y el deseo de conseguir más baratas las especias y otros
productos venidos del Lejano Oriente a través de una
larga serie de intermediarios. También hay que tener
presente la sed de aventuras del Hombre renacentista,
cuya imaginación había sido estimulada por el Libro
de las Maravillas de Marco Polo y el afán de
enriquecimiento le hacía saltar a la aventura; así como
el espíritu evangelizador de las Cruzadas, tan vivo en
la Edad Media y que aún no había desaparecido por
completo, el cual llamaba a los Hombres a marchar a esas
nuevas tierras desconocidas a cristianizar, a fuerza de
palos si era necesario, a sus habitantes (de aquí surge
la leyenda del Preste Juan, un reino de cristianos
rodeado de paganos, situado en algún lugar impreciso de
Asia o África, al que se debía ayudar). Mas fue
necesario que a esos estímulos humanos se les unieran un
desarrollo científico de los estudios geográficos y unos
descubrimientos técnicos de gran valor para la
navegación: se desarrolló en gran medida la cartografía,
con la realización de cada vez más precisos portulanos
(mapas que detallaban las costas) y cartas marinas (que
indicaban las corrientes), así como un mayor
conocimiento del Sol y las estrellas para orientarse; la
brújula y el astrolabio, empleados a partir del siglo
XV, fueron de suma importancia para la navegación; se
idearon dos nuevos tipos de naves, la nao y la carabela,
más adecuadas para la navegación en alta mar que las
hasta entonces utilizadas para el comercio galeras.
Pero los
renacentistas no se sintieron muy atraídos por estas
nuevas tierras descubiertas. Para aquellos que se
interesaban por las ideas, la antigua Roma parecía
encerrar más enseñanzas que el Nuevo Mundo, hasta el
punto de que podríamos hablar de que Renacimiento y Era
de los Grandes Descubrimientos no fueron sino dos
grandes manifestaciones culturales que coexistieron en
el mismo periodo de tiempo. Los motivos particulares de
los exploradores y de las organizaciones que los
financiaban sólo en parte se conjugaban con la
ampliación de los horizontes intelectuales del Hombre
renacentista. En general, los humanistas se interesaban
poco por los relatos de los descubridores, excepto como
curiosidad o ejemplos morales y tuvo que transcurrir
algún tiempo para que la filosofía se hermanase con el
descubrimiento. No obstante, el diluvio de información
geográfica que cayó sobre Europa debía obligatoriamente
ejercer un efecto depurador en una serie de temas al
margen de la geografía, sobre todo en el estudio del
Hombre, de la sociedad, la ética y la religión
"natural". Ideas que parecían obvias se derrumbaron,
normas de conducta que se creían absolutas deberían ser
consideradas como relativas a fin de cuentas, ya no
resultaba tan seguro como antes el que la civilización,
en todos sus aspectos, fuera superior a la Naturaleza.
El renacentista debía ver ahora todas las facetas de su
condición humana y de su mundo bajo un prisma nuevo. Al
reflexionar sobre el Nuevo Mundo, Europa tenía que
volver a meditar sobre sí misma.
Los siglos
XV y XVI fueron pues un periodo de intensa actividad
cultural y también de febril expansión. En ninguna época
anterior había existido tanta variedad, experimentación
y prosperidad en las artes; ante las hazañas de los
grandes descubridores, todas las anteriores fases de
exploración (griega, romana, mongólica, árabe....)
palidecían por su insignificancia. Dos cumbres de la
capacidad humana: una de imaginación, otra de acción.
Los geniales artistas y los grandes exploradores del XV
y el XVI llevaron a cabo sus impresionantes logros
siguiendo un impulso común, derivado de una experiencia
compartida, un modo de pensar, una concepción de la vida
llamada Renacimiento
EL ARTE
DEL RENACIMIENTO
El
RENACIMIENTO es una de las épocas más importantes para
el devenir histórico y artístico de Occidente. Gran
cantidad de las más importantes obras de arte se
realizan en esta época, reconociéndose por primera vez
las artes plásticas como tales y el valor del trabajo
intelectual del artista. Amén del redescubrimiento de la
cultura clásica que tanto influiría en épocas
posteriores. Es en el Renacimiento cuando surgen algunos
de los más grandes genios universales de arquitectura,
escultura, pintura y todos los campos del saber, como
Filippo Brunelleschi, León Battista Alberti,
Donatello, Lorenzo Ghiberti, Masaccio y Sandro
Botticelli.
Características del arte del Renacimiento.
También en
arte se pretende un resurgir del mundo Antiguo. Se
intenta revivir el estilo clásico, considerado feliz
culminación del esfuerzo del Hombre por lograr un canon
de perfección, acatándose como definitivo cuanto el
genio de helenos y romanos produjo en todas las artes.
Mirando
hacia los clásicos, el arte del Renacimiento se inspira
en un concepto de belleza abstracta basada en
arquetipos, es decir, cánones que se ajustan a una
previa y calculada concepción de lo bello entendido como
exactitud y proporción. Y en la elaboración de esta idea
de belleza abstracta entra en juego de forma decisiva el
sentido razonador del renacentista, quien, sin negar del
todo la inspiración, le asigna una modesta parte en el
acto creador, pues considera que la belleza del arte
surge de leyes que establecen relaciones numéricas
exactas. El número, la proporción, la regla de oro, la
armonía, el orden, en fin, están presentes en todas sus
obras. Esta exacta proporción entre las partes, esta
justa relación entre los distintos elementos de la obra
infunden a ésta una seguridad y reposo que se traduce en
la sensación de serenidad, equilibrio y armonía. La
pintura y la escultura, salvo en raras ocasiones, se
propusieron dar una imagen plácida y serena de la
realidad, y la arquitectura, en su contenido juego de
líneas y volúmenes, aspiraba a presentarse como una
totalidad orgánica en la que cada una de sus partes
ejerciera su función sin esfuerzo alguno. Sin embargo,
este principio idealista no excluía la obediencia a la
naturaleza, tomada como modelo y maestra de sabiduría
infalible. El estudio de la armonía, de la luz, de las
leyes ópticas responde al afán del artista por acercarse
a la naturaleza y poder representarla con toda la
apariencia de realidad posible. La observación
infatigable del Mundo es la virtud cardinal del artista.
En líneas
generales, se pude considerar el arte renacentista como
una exaltación del Hombre y el Mundo, los dos ejes que
guiaban el pensamiento humanista de la época. Este
antropocentrismo, unido al hecho de que el placer de los
sentidos ya no se consideraba sospechoso de herejía y
por lo tanto no había razón para privarse de las
imágenes sensuales y los sonidos evocadores, y apoyado
por el nuevo mecenazgo de la burguesía, hizo brotar en
el arte nuevos géneros, perdiendo el arte religioso la
total hegemonía que había mantenido durante el gótico,
si bien su importancia continuaba siendo enorme. Con la
revalorización del mundo grecolatino, a los temas
cristianos se les suma ahora los relatos de la mitología
romana y helena, frecuentemente con trasfondos
religiosos, incluso mistéricos, y a veces de difícil
interpretación excepto para círculos restringidos; el
retrato se consolida como tema específico, consecuencia
de los deseos de los mecenas burgueses de verse
inmortalizados; merced a la revalorización del ser
humano se cultiva buenamente el desnudo, prácticamente
inexistente durante el Medievo; autores como Uccello
hacen surgir en pintura el tema de las batallas.
En
definitiva, el objetivo último del arte del Renacimiento
fue hacer obras inspiradas en principios inmutables que
asegurasen su permanencia ejemplar, tal como lo habían
sido las grandes obras clásicas. Los artistas
renacentistas se esforzaron en dar realidad a un arte
insuperable y, por lo tanto, válido para siempre y para
todo el Mundo. Universalidad y eternidad son las dos
ideas rectoras del arte del Renacimiento.
En la
arquitectura del Renacimiento sí se observa una
marcada ruptura con el periodo anterior, pues el gótico
había alcanzado en sus edificaciones durante sus últimas
etapas unos logros y una perfección tales que ya
resultaban difíciles de superar; las catedrales góticas
no podían ser más ligeras ni más esbeltas, con lo que la
arquitectura sólo podía optar entre repetirse o buscar
nuevos caminos. Así, volviendo sus ojos hacia los
clásicos, por supuesto, a la arquitectura renacentista
la caracteriza el empleo de elementos constructivos
grecorromanos, tales como el arco de medio punto, la
bóveda de cañón, el frontón, los órdenes clásicos...,
así como por su fuerte sentido de la proporcionalidad,
también de herencia grecorromana. Se da un
extraordinario desarrollo de la arquitectura civil, pues
ya no sólo la Iglesia tiene el poder y el dinero para
llevar a cabo grandes obras, sino que los señores
burgueses también desean edificarse suntuosos palacios,
edificios estos de creación renacentista. Sin embargo,
siguen teniendo gran importancia las iglesias,
inspiradas en las basílicas cristianas....
En
escultura el Renacimiento irrumpe con los relieves
de las segundas Puertas para el Baptisterio de
Florencia por Ghiberti y muestra las mismas
características comunes en todo el arte renacentista:
vuelta a cánones clásicos, antropocentrismo y
consiguiente revalorización de la figura humana. Factor
también importante para esta escultura renacentista
resulta ser el movimiento, en absoluto reñido con el
ideal de equilibrio y proporcionalidad. Por primera vez
desde la antigüedad se realiza una escultura exenta, el
David de Donatello, pues durante la Edad Media
sólo se había practicado el relieve y siempre como
elemento decorativo de los edificios religiosos; mas no
por ello el relieve deja de ejecutarse, antes al
contrario, se estudia en él con afán el uso de la
perspectiva debido al deseo de naturalismo, y el relieve
llega a alcanzar unos niveles de perfección difícilmente
superables.
La
pintura toma una importancia que hasta entonces no
se le conocía y resulta, sin duda, la manifestación que
mejor acogió la influencia del nuevo arte. La práctica
inexistencia de restos de pintura grecolatina no fue un
impedimento para que los pintores renacentistas se
empaparan de todo el sentir clásico de la época y lo
plasmaran en sus obras, recogiendo de la escultura los
cánones de proporcionalidad humana y de la literatura
inspiradores relatos. Rompe la pintura renacentista con
la puramente gótica, rígida y simbolista, inclinándose
ahora por la belleza naturalista y el juego de
volúmenes. La preocupación por el total realismo en la
plasmación pictórica de una escena, que revierte en un
arte verosímil y naturalista, llevó a un concienzudo
estudio de la óptica y la perspectiva, estableciéndose
en un principio la matemática perspectiva geométrica,
basada en un haz de líneas que fugan en un punto, para
más adelante ser superada por la perspectiva aérea. En
el campo técnico resultó de suma importancia la
aparición del óleo, esto es la utilización del aceite
como aglutinante, técnica que aunque ya era conocida en
la época medieval es ahora perfeccionada, principalmente
por Jan Van Eyck, y extendida por toda Europa; el óleo,
que permite crear veladuras merced a la superposición de
capas y conseguir unas texturas perfectas y unas
calidades brillantes en los objetos que los hacen
hiperreales, es utilizado por los pintores renacentistas
con maestría, confiriendo a las obras unos nuevos y
revolucionarios valores de finura, brillo, minuciosidad
y realismo.
También en
la música influyeron las ideas renacentistas,
naturalmente. Tal vez fue el Renacimiento el último
periodo en el que la música disfrutó de una posición tan
importante dentro de la cultura, pues todo el que gozase
de cierto nivel educacional debía conocer tanto la
teoría como la práctica musical. Esta música
renacentista heredó de la religiosa medieval la
polifonía, pero la orientó de manera totalmente
distinta. La música ya no se creaba e interpretaba
exclusivamente en ambientes religiosos y por juglares
populares, sino que también comienza a tocarse en
academias y salones de la nobleza. La música
eclesiástica continuaba, no obstante, teniendo gran
importancia y recogió la nueva estética, constituyendo
las ceremonias religiosas fastuosos espectáculos
audiovisuales gracias al talento de los maestros de
capilla. Paralelamente, a lo largo del s. XVI la música
instrumental comenzó a emanciparse, dado que el placer
de los sentidos ya no se consideraba sospechoso de
herejía y ya no existía razón, pues, para privarse del
sonido evocador y la sugestión rítmica de los
instrumentos, los cuales abandonan su papel de mero
apoyo de la voz para pasar a un primer plano. De este
modo, comenzaron a componerse obras para clavecín,
órgano, laúd y toda clase de instrumentos de la época, y
cobró gran auge la composición de obras para conjuntos.
Importantísima en el proceso de difusión musical fue la
aparición de la imprenta, siendo el veneciano Petrucci
el primero que publicó, en 1501, un libro de partituras.
Importante
también en el panorama cultural resultó la literatura,
que goza de una etapa de esplendor. A parte de las obras
ensayísticas de los humanistas y de los tratados
teóricos de los artistas plásticos, se desarrolló a lo
largo de los s. XV y XVI un amplio movimiento literario
que desde Italia se extendería por toda Europa, a través
de obras que caracterizan la nueva mentalidad como El
Cortesano de Baltasar Castiglione, donde se traza el
ideal del caballero del Renacimiento, y los poemas
épicos en imitación de los clásicos latinos, donde
destacan obras como Orlando furioso de Ariosto o
Jerusalén libertada de Torquato Tasso. Nace en
Italia, a partir de Arcadia de Sannazaro, el
género de la novela pastoril. Importante también resulta
la figura de Nicolás Maquiavelo, secretario de gobierno
florentino a principios del siglo XVI, con su obra El
Príncipe. Y la más bella poesía llega de la mano de
Poliziano, poeta mediceo que inspiró algunos de los
cuadros de Botticelli. Huelga explicar la importancia de
la imprenta para la difusión y consecuente influencia de
toda esta obra literaria.
Yo, el
artista.
Es
precisamente en el mundo de las artes donde surge el
concepto originario de Renacimiento, como periodo de
descubrimiento y revalorización del mundo clásico. El
Renacimiento es el primer movimiento en tener plena
consciencia de época. Sus integrantes se autodenominan
Hombres del Renacimiento, como inauguradores de una
nueva Edad, la Edad Moderna, por contraposición a la que
ya identifican como Edad Media, nexo de transición entre
el esplendor de la Antigüedad clásica y el nuevo
esplendor de su propia época. Así, establecen tres
momentos en las Historia del Arte: la Edad Antigua, el
mundo clásico grecolatino paradigma de belleza y
perfección; la Edad Media, un periodo de transición cuyo
arte consideraban decadente y propio de los bárbaros,
los godos (de ahí el término "Gótico"); su propia edad,
la Edad de Oro, el Renacimiento del esplendor de la
Antigüedad clásica.
Por primera
vez los artistas plásticos reivindican su papel
intelectual más allá del de meros artesanos y desean ser
incluidos en la élite cultural y la alta sociedad,
equiparándose a músicos y escritores, quienes si venían
recibiendo un reconocimiento cultural. Es en el
Renacimiento cuando los artistas comienzas a firmar sus
obras, rompiendo con el anonimato medieval, e incluso a
menudo recurren a un seudónimo artístico con el que ser
identificados. Sus datos biográficos empiezan a ser
recogidos por los especialistas en arte, sus teorías
artísticas componen tratados de gran elaboración y sus
escritos son publicados e intelectualmente reconocidos.
El arte adquiere un prestigio inusitado hasta entonces,
hasta el punto de que el buen cortesano debe ser
entendido, tanto en la teoría como en la práctica, en
todas las artes; y señores, cortes e Iglesia se disputan
a los artistas de todas las ramas, pues el arte se
convierte en un factor importante para el prestigio de
una ciudad: cuantas más bellas obras de arte posea,
cuantos más artistas trabajen en ella, mayores serán su
reconocimiento y fama. Surge aquí el mito del genio
moderno.
Todos los
campos del saber estaban interrelacionados, sin noción
de frontera entre letras y ciencias. El Hombre
renacentista entendía tanto de historia como de medicina
y practicaba por igual la pintura y las matemáticas,
aunque obviamente, cada cual se especializaba y
destacaba en una actividad concreta. Esto llevó a
considerar el arte casi como una ciencia más, de ahí
también en parte su reconocimiento intelectual, máxime
cuando la vuelta a los cánones clásicos suponía la
concepción de la belleza como algo exacto y matemático,
sujeto a las leyes del número y regido por la armonía de
las formas. Más aún cuando la labor del dibujante tomó
una importancia hasta entonces inusitada por ser
necesario a la hora de plasmar los descubrimientos
técnicos y científico, ya fueran sofisticados inventos
mecánicos o planos de anatomía humana, por lo que se
confundió frecuentemente el papel del dibujante con el
del científico. Además, dada la multiplicación de los
temas, el artista debía tener profundos conocimientos de
mitología, historia y teología para estar capacitado en
la buena representación de lo que deseaba transmitir, lo
que convertía a la figura del artista en la del Hombre
integral, compendio de todos los saberes humanos, el
genio múltiple ideal del Renacimiento.
El
mecenazgo.
El
patrocinio de la Iglesia sobre las artes sigue siendo
mayoritario pero abandona el monopolio frente a la
incipiente burguesía, enriquecida gracias al desarrollo
comercial en Italia durante los siglos XII y XIII. Así,
las florecientes repúblicas mercantiles se llenan de
familias de comerciantes que establecen auténticas
dinastías y que, acumulando riquezas y poder, logran
hacerse con el poder práctico de las ciudades. La más
importante de estas familias es sin duda la de los
Medici, que apoyan su poder en la Banca internacional,
el control de las rutas marítimas y el prestigio que les
otorga ser mecenas de científicos y artistas.
La rica
burguesía italiana, en especial la florentina, encargaba
sus palacios a los mejores arquitectos y luego
contrataba a pintores y escultores para su decoración.
Los gobernantes y los ciudadanos, con un espíritu
heredado de la época gótica, desearon embellecer su
ciudad con construcciones de todo tipo. La Iglesia
continuaba siendo el más importante patrocinador de los
artistas, especialmente en el clima de lujo y
ostentación que la caracterizó durante este periodo,
llevando a cabo monumentales obras para las que hacia
llamar a los mejores arquitectos y artistas. Se generó
así, entre todos, un ambiente particularmente propicio
para la proliferación de los artistas y el desarrollo
del arte.
Gracias a
esta entrada en escena del nuevo mecenazgo burgués, se
produjo un aumento de los género, hasta ese momento
limitados exclusivamente a la pintura religiosa. Se
inicia con gran fuerza el esplendor del retrato, puesto
que quienes pagaban el arte deseaban contemplarse en él,
y con la revalorización del mundo grecolatino aparece el
tema de la mitología romana y helena.
Evolución
del arte del Renacimiento.
Pero no se
trata el Renacimiento de una revolución cultural que
corta bruscamente con toda la tradición medieval
anterior, como se ha considerado hasta no hace mucho,
sino por el contrario una evolución lógica de la misma.
Los lazos que unían el Medievo con la Antigüedad
clásica, si bien muy débiles, no habían llegado a
perderse por completo, y con anterioridad al siglo XV ya
se advierten otros intentos menores de recuperar el
clasicismo. El Renacimiento se encuentra, pues,
fuertemente enraizado en el periodo anterior, del que
puede considerarse una especie de culminación. Las
aportaciones más importantes para la creación del nuevo
estilo las hallamos en el siglo XIV en las elaboraciones
teóricas de personajes como San Francisco de Asís, los
frescos de Giotto, las esculturas de los Pisano o las
aportaciones técnicas de los primitivos flamencos,
principalmente el óleo. La pintura de este Trecento
rompe ya con la tradición medival descollando,
especialmente Giotto di Bondone (1266-1344), quien, pese
a mantenerse dentro de la corriente del Gótico apunta ya
hacia un nuevo estilo con sus volumétricas figuras, su
luz diáfana y moldeadora, su preocupación por la escena
misma más que por el sentido narrativo, su utilización
de fondos paisajísticos o arquitectónicos frente a los
planos medievales, etc. Hay quien afirma que es con él
con quien comienza realmente el Renacimiento, y si bien
esta afirmación puede resultar exagerada por encontrarse
en su obra, principalmente frescos, multitud de
elementos medievales, no lo es el afirmar que fue el
auténtico precursor de este movimiento.
Pero el
Renacimiento en toda su plenitud comienza realmente
coincidiendo con el siglo XV. En este periodo,
denominado Quattrocento, se produce una auténtica
explosión artística como consecuencia de esa gira de las
miras hacia la Antigüedad clásica. Es un momento de gran
creatividad y afanosa experimentación en todos los
campos artísticos, movida por el espíritu investigador
del humanista. Es ahora cuando el egocentrismo del
Hombre renacentista le lleva a una revalorización del sí
mismo y el Mundo, multiplicándose los temas, los
artistas y su prestigio. La capital indiscutible de este
panorama artístico es la ciudad de Florencia, en la
región italiana de la Toscana, gobernada por la familia
de los Medici, brillantes comerciantes y políticos
burgueses que llegaron a hacerse con el control práctico
de la ciudad pero manteniendo hábilmente su forma de
gobierno republicana, siendo conocidos especialmente por
su generoso mecenazgo para el arte. Es el siglo de
grandes nombres propios como Brunelleschi, Michelozzo,
Alberti, Donatello, Ghiberti, Masaccio,
Piero della Francesca, Botticelli... y de obras
como la cúpula de la Catedral de Florencia, las
Puertas del Paraíso, El nacimiento de Venus...
El Quattrocento desemboca, a principios ya del siglo XVI,
en el periodo conocido como Cinquecento.
El
Cinquecento es el periodo de asentamiento del
estilo, de utilización de los resultados de las
experimentaciones quattrocentistas, de apogeo de las
novedades, de plenitud del Renacimiento. Sin embargo,
este nuevo periodo dura en realidad poco tiempo, apenas
dos décadas, pues pronto comienza a aparecer una nuevo
estilo, el Manierismo, si bien la delimitación
cronológica entre ambos periodos es más bien difusa,
pues existen autores que realizan incursiones en ambos
estilos. El Cinquecento es la continuación natural del
Quattorcento, regido igualmente por los principios
clásicos de perfección y belleza. En la arquitectura se
aprecia una magnificencia mayor que en el siglo anterior
y un distinto planteamiento centralizado de las plantas;
destaca especialmente la dilatada obra del nuevo
Vaticano, encargada originariamente por el Papa Julio II
y en la que, prolongada desde 1502 a 1546, participan un
variado plantel de arquitectos con nombres como
Bramante, Rafael, Antonio de San Gallo el Joven y Miguel
Ángel, y cuya cúpula se considera la cima de todo el
arte cinquecentista. La escultura también continúa con
la tradición del siglo anterior, tendiendo quizás ahora
hacia una mayor monumentalidad. La pintura alcanza la
conquista plena del clasicismo y un nivel incomparable,
descollando auténticos portentos del arte universal,
tales como Tiziano, Leonardo Da Vinci o el mismo Rafael.
Nunca antes se había dado en pintura tanta perfección
técnica, tal exactitud, tal naturalismo y realismo como
durante este periodo. Rafael Sanzio (Urbino 1483 - Roma
1520), llamado "el Divino", resulta paradigma del ideal
del Hombre renacentista, artista múltiple y ejemplo del
equilibrio clásico cinquecentista; uno de los más
sobresalientes pintores, autor, entre otras obras, de
los frescos La Escuela de Atenas y La disputa del
Sacramento, así como un afamado arquitecto, que
participó en la construcción de la Basílica de San
Pedro del Vaticano; fue uno de los primeros artistas
en realizar incursiones manieristas, advirtiéndose en
sus últimas obras numerosos rasgos de esta estética,
como en los frescos Expulsión de Heliodoro o
Incendio del Borgo. Roma pasa a convertirse en el
Cinquecento en la capital artística de Europa, perdiendo
Florencia el gran protagonismo que tuvo durante la etapa
anterior; esto es debido principalmente a la recupración
del poder papal, el cual había estado en entredicho
durante el siglo XV, con el consiguiente aumento del
mecenazgo artístico de la Iglesia, que pretendía
embellecer el Vaticano.
Una de las
figuras que sobresalen con luz propia en este siglo XVI
es Leonardo Da Vinvi (Vinci, Florencia 1452 - Castillo
de Cloux, Amboise 1519), Hombre del Renacimiento por
antonomasia. Compendio de todas las virtudes que se le
atribuían al perfecto renacentista, es a la vez
excepcional artista, infatigable científico, brillante
inventor, persona inquieta y experimentadora, ducha en
todos los campos del saber y las artes, un genio como
pocos ha habido en toda la Historia de la Humanidad. Nos
ha legado una ingente cantidad de notas y apuntes sobre
toda clase de temas, desde curiosos aparatos voladores
hasta planos de anatomía humana. El incansable estudio
de la óptica llevó a Leonardo a conseguir notables
aportaciones al campo de la perspectiva, tales como la
perspectiva aérea, que supera a la rígida y falsa
perspectiva geométrica, y la revolucionaria técnica del
sfumato. Su obra más popular quizás sea la Gioconda,
el retrato de Monna Lisa, tal vez el cuadro más famoso
de la Historia de la pintura, rodeado de un sentido
enigmático y una eterna universalidad.
El
Cinquecento deja, sin embargo, pronto paso a una nuevo
estilo: el Manierismo. El Manierismo resulta un
movimiento de oposición al clasicismo, de ruptura del
hasta entonces tan idolatrado lenguaje grecorromano en
un afán de novedad y rebeldía. No se pierden las
referencias al Mundo Antiguo ni sus motivaciones, y los
recursos plásticos y los elementos formales propios del
clasicismo siguen siendo utilizados, pero ahora el
artista busca la tensión en lugar del equilibrio, el
agobio espacial enfrentado a la amplitud, el colorido
intenso y apasionado en vez del suave y sosegado, la luz
viva en contra de la homogénea, la volumetría frente a
la gracilidad, la sorpresa y la zozobra oposición al
orden y, en fin, la expresividad sustituye al idealismo.
El nuevo estilo pronto traspasó las fronteras de Italia
y alcanzó un carácter más internacional que el
Renacimiento clasicista del Quattrocento y el
Cinquecento, resultando sus manifestaciones más
homogéneas por toda Europa. Suele considerarse que el
Manierismo comienza en torno a 1520 con la descollante
figura de Miguel Ángel Buonarroti (Caprese, Casentino
1475 - Roma 1564), precoz artista, heraldo de esta
vanguardia, que nos ha legado tan trascendentes obras
como su popular David, la finalización definitiva
de la Basílica de San Pedro del Vaticano o la
impresionante decoración de la Capilla Sixtina,
en la que plasma su famosísima Creación de Adán.
Sin embargo, ya en 1515 se advierte un foco de
manierismo en la ciudad de Florencia de la mano de
pintores como Pontormo y Rosso, amén de las incursiones
manieristas de Rafael. El Manierismo, considerado
durante mucho tiempo como una simple decadencia del
estilo renacentista, se trata en realidad de un estilo
cultural y artístico profundamente intelectualista y
refinado, que se enfrentó al equilibrio y
desapasionamiento del Renacimiento clásico para
desembocar, finalmente, en el siglo XVII, en una nueva
etapa artística: el Barroco.
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EL QUATTROCENTO
ITALIANO
Florencia y los
Medici.
El QUATTROCENTO
italiano tiene nombre propio: Medici. Y un
centro neurológico claro: Florencia
La ciudad
italiana de Florencia, capital de la región
de la Toscana, resulta ser indiscutiblemente
la capital artística del Renacimiento
durante el siglo XV. Cuna de grandes genios
y hogar de importantes mecenas, Florencia
ofrecía las más propicias condiciones para
el florecimiento de la vida artística. El
generoso patrocinio de los burgueses, y en
especial de la familia Medici, que gobernaba
la ciudad, unido a la coincidencia de
grandes talentos, tales como Botticelli,
Ghiberti y Alberti, algunos
allí nacidos y otros atraídos por el
mecenazgo y ambiente de esta brillante urbe,
confirieron a Florencia un vida cultural y
artístico no comparable con el de otras
ciudades de su siglo. Algunos de los más
importantes talleres, como el de Verrocchio
y el de Pollaiuolo, se encuentran en esta
urbe y los artistas de todo el mundo
occidental entienden Florencia como un paso
obligado en su formación, lo cual cebó
todavía más este ambiente creativo. Cierto
es que otras ciudades alcanzaron también un
importante renombre en los círculos
artísticos, como Venecia, Roma, Perusa o
Padua, pero sus obras no podían en modo
alguno hacer sombra a la Catedral de
Santa María dei Fiori, el David
de Donatello o los frescos de la Iglesia
Carmine, por poner algunos ejemplos, que
se encontraban en la capital toscana. Así,
embellecida por toda esta serie de obras de
arte, Florencia podía considerarse una de
las más hermosas ciudades de la época, si no
la más, y su legado renacentista permanece
aún hasta nuestros días.
Debe agradecer
la ciudad de Florencia en gran medida su
importancia a la Casa de los Medici. Los
Medici fueron una familia de banqueros y
comerciantes, perteneciente a la cada vez
más pujante burguesía, que, con gran
habilidad para la diplomacia y los negocio,
llegaron a gobernar Florencia, estableciendo
una auténtica dinastía que duró cuatro
centurias. Brillantes políticos y
comerciantes, arruinaban a sus enemigos y
manejaban a los políticos, llegando a
hacerse con el dominio del gobierno
florentino pero manteniendo hábilmente su
sistema gubernamental republicano. Apoyaban
su poder en la Banca internacional, el
control de las rutas marítimas mercantiles y
el prestigio que les aportaba ser mecenas de
numerosos artistas y científicos.
Naturalmente, existieron otras familias
burguesas de importante renombre y poderío
económico, como los Rucellai, los Pitti o
los Strozzi, pero fue el apellido Medici el
que se convirtió en el más importante del
Quattrocento.
La primera vez
que los Medici alcanzaron notoriedad en
Florencia fue a principios del siglo XIII,
como comerciantes y prestamistas, y en la
década de 1260 pasaron a formar parte de la
vida pública. Gracias a sus numerosos
negocios y a sus operaciones comerciales,
los Medici se convirtieron en una de las
familias más ricas de la Italia del siglo
XV, y respaldaron siempre a la facción
popular frente a los gobernantes
aristocráticos de la ciudad. Cosme de Medici
el Viejo, banquero del Papa y de los reyes
de Francia e Inglaterra, inició el
irrefrenable ascenso de esta familia. Se
trataba de un político sagaz que estableció
el dominio de la familia en Florencia a
partir de 1434. Su nieto, Lorenzo el
Magnífico, reafianzó el control de los
Medici y convirtió a la familia en una de
las más poderosas de la Italia renacentista,
continuando la política de equilibro y
bienestar social iniciada por su abuelo.
Fueron expulsados en dos ocasiones de la
ciudad por sus rivales políticos (1494-1512
y 1527-1530), mas las dos veces regresaron,
gracias a la ayuda de España. Dos de los
papas más destacados del Renacimiento, León
X y Clemente VII, fueron miembros de la
familia Medici. Clemente concedió a
Alejandro de Medici el título de duque de
Florencia. Cuando Alejandro fue asesinado,
Cosme I, miembro de la rama de menor
antigüedad de la familia, le sucedió y
posteriormente se convirtió en el gran duque
soberano de Toscana. Sus descendientes
gobernaron Florencia hasta 1737.
Pero si la Casa
Medici es recordada como de preclaros
diplomáticos, con igual fuerza es conocida
por su sobresaliente mecenazgo artístico.
Fueron los miembros de esta familia unos de
los mayores promotores del arte durante el
Renacimiento, especialmente en el
Quattrocento. Apreciaron en gran medida las
manifestaciones artísticas y un sinfín de
obras, desde palacio hasta esculturas para
decorarlo, pasando por frescos y una ingente
cantidad de retratos sobre sus efigies,
fueron realizadas por encargo de los Medici.
Para ellos trabajaron en algún momento la
mayoría de los más importantes artistas
renacentistas, nombres tan descollantes como
Botticelli, Filippino Lippi,
Perugino, Ghirlandaio... Merced a las
generosas subvenciones de los Medici en el
campo del arte existen ahora muchas de las
obras maestras del genio humano. Este
generoso mecenazgo artístico es debido en
gran parte a su nueva filosofía, el
neoplatonismo mediceo, que marca en menor o
mayor medida a los artistas que trabajan
para ellos. Esta corriente entiende la
materia del cuerpo como la cárcel del
espíritu y la la espiritualidad como el
mundo ideal que se aspira a alcanzar, lo
cual sólo es posible a través de la belleza.
Los postulados neoplatónicos defienden la
relación entre la Naturaleza, llena de cosas
bellas e imperfectas, y la belleza divina,
que es absoluta, y partiendo de este
supuesto considera que la única vía para
alcanzar la perfección, para superar ese
encierro que es el cuerpo, es la belleza de
esa Naturaleza, que se halla directamente
relacionada con el mundo espiritual. Las
creaciones artísticas, llenas de belleza, se
consideran como el perfecto puente hacia la
ansiada espiritualidad. Aplicar estas
doctrinas a las artes plásticas equivale a
la ejecución de representaciones
idealizadas, lejos de las corrientes
naturalistas apoyadas en la imitación de la
realidad inmediata; el paganismo, la
idealización, los desnudos, el lujo de
riquezas, todas las características y
propuestas, en fin, relacionadas con lo
bello, son comprendidas como el vehículo
ideal para la búsqueda del tan deseado mundo
espiritual. Al trabajar para los Medici,
muchos artistas se encuentran, lógicamente,
influenciados por esta corriente filosófica,
dado que sus creaciones van a ser puestas al
servicio de esta concepción neoplatónica del
Mundo, dejándose notar su huella en obras
tan capitales como, por ejemplo, la
Alegoría de la Primavera de
Botticelli. Su inclinación por el nuevo
pensamiento neoplatónico llevará a Cosme el
Viejo a fundar un lugar de reunión de
sabios, artistas y filósofos, la Academia,
local de grandes tertulias en donde se
reúnen figuras intelectuales tan destacadas
del siglo como Marsilio Ficcino, Cristoforo
Landino o Pico della Mirandolla y que vivirá
su máximo esplendor bajo el gobierno de
Lorenzo el Magnífico.
Cosme el Viejo
fue el fundador de la saga Medici, que
estableció el dominio florentino de la
familia. El siguiente gobernante fue su hijo
Pedro y, más tarde, ene 1469, le suceden sus
hijos Guiuliano y Lorenzo el Magnífico. En
1478 estalla el temido enfrentamiento entre
las dos familias más poderosas de Florencia,
los Medici y los Pazzi. Los orígenes de este
acontecimiento radican en las alianzas que
buscan los Medici con otras ciudades como
Milán y Venecia para mantener la hegemonía
florentina y frenar el ansia de poder de
otros estados como Roma y Nápoles. La
consecuencia inmediata de estas coaliciones
se plasma en la conjura de los Pazzi,
quienes logran asesinar a Giuliano de
Medici, aunque Lorenzo logra escapar. La
venganza de la Casa Medici no se hace
esperar y los conjurados son ahorcados en la
plaza pública, siendo Botticelli el
artista encargado de inmortalizar ese
momento. El Papa Sixto IV exige a Lorenzo de
Medici la liberación del cardenal Riario,
uno de los conspiradores en la conjura de
los Pazzi, antes de ordenar el destierro de
Lorenzo, quien además es excomulgado, junto
con sus hijos y sucesores. Lorenzo busca
entonces alianzas con otras potencias como
Bolonia, Milán y Francia, ante lo que el
Papa decide hacer las paces con el Medici en
1480 para evitar una posible derrota ante el
avance turco y las poderosas alianzas
florentinas. El año 1492 representa la
decadencia de la época del Renacimiento en
la ciudad de Florencia, debida en gran parte
al fallecimiento de Lorenzo el Magnífico,
hábil político e importante mecenas del
arte, heredando el poder su hijo Piero,
quien carece de dotes diplomáticos. Roma
pasa a convertirse ahora, en el Cinquecento,
en la capital artística de Europa, merced a
la recuperación del poder papal. Savonalora,
un erudito monje dominico con estudios de
teología, medicina, filosofía, música y
dibujo, llega al convento de San Marcos de
Florencia en 1482 y comienza a predicar
contra el lujo de la Iglesia y la relajación
de costumbres del alto clero, de familia
noble, frente al clero humilde como frailes
y monjes, de origen popular. Acusa a los
altos cargos de la Iglesia de vivir rodeados
de tanta riqueza como sus parientes los
príncipes, reyes o emperadores, y denuncia
la ostentación que se ha convertido en
característica habitual del papado y va en
contra de la verdadera moral cristiana.
Paulatinamente, sus sermones comienzan a
atrapar la atención y después el espíritu
descontento de los florentinos. Con una
concepción medieval del arte, ataca las
obras que sólo busca el placer de los
sentido pero, consciente de la cada vez
mayor influencia que el arte ejerce sobre la
sociedad, pretende que este sea utilizado
para mostrar la grandeza de la divinidad,
que nada tiene que ver con los mundanal. El
inteligente fraile no se limita a profetizar
las mayores desgracias apocalípticas
imaginables y a predicar contra la
inmoralidad y el lujo cortesano y
eclesiástico, sino que agita a los espíritus
republicanos y democráticos contra los
tiranos Medici. La reacción del pueblo
enfurecido obliga al joven Piero de Medici a
huir de la ciudad. La fuerza e influencia de
Savonalora es cada vez mayor y Florencia se
vuelca en este fraile, quien, utilizando su
popularidad para favorecer la reforma de la
constitución florentina en tono republicano
y democrático, llega a convertirse en el
verdadero jefe de estado. Sin embargo, a
mediados de la década de los noventa, la
suerte cambia para Savonarola y sus
enemigos, es decir, los seguidores de los
Medici y los defensores de un gobierno
oligárquico, se coaligan contra el dominico.
Savonarola se convierte en un fanático y un
tirano, aunque todavía cuenta con un gran
número de seguidores, que reciben el nombre
de piagnioni o llorones. Éstos se encargaron
de arrojar al fuego purificador las obras de
arte inmorales y los artículos de lujo,
ardiendo las llamadas Hogueras de las
Vanidades en Florencia en1497, en las que se
dice que incluso Botticelli,
influenciado por los sermones del monje,
quemó algunos de sus cuadros. El Papa
Alejandro VI excomulga a Savonarola pocos
meses después y al año siguiente el dominico
es ahorcado y quemado en una hoguera. En
1502 es elegido gobernador de Florencia,
cargo político máximo de la ciudad, Piero di
Tommaso Soderini, el cual, contrario al
sistema oligárquico impuesto por la familia
Medici, defiende una república popular y
democrática. Su gobierno, con el escritor y
pensador político Maquiavelo como
secretario, se caracteriza por sus continuas
alianzas con el invasor francés, postura un
tanto impopular. Finaliza en 1512 su
gobierno sobre Florencia, cuando el ejército
francés abandona la ciudad ante el avance de
las tropas pontificio-españolas que han
invadido Prato y se hallan sitiando
Florencia. Soderini se vio obligado a
dimitir y a vivir en el exilio y Maquiavelo
se retiró a la finca de Sant'Andrea en
Percussina, donde escribió su famoso libro
El Príncipe. Con la victoria de las
tropas españolas y la retirada de los galos,
los Medici tienen vía libre para regresar a
Florencia y volver a gobernar la ciudad,
como efectivamente harán hasta 1737.
La arquitectura
del Quattrocento.
La arquitectura
del Renacimiento se va a caracterizar,
naturalmente, por el empleo de los elementos
constructivos del mundo clásico: arco de
medio punto, bóveda de cañón, frontones,
órdenes clásicos, etc. y como materiales la
piedra, rústica o desbastada, el mármol y el
ladrillo.
Se produce una
auténtica renovación urbana, articulándose
las ciudades en torno a una plaza principal.
Aparece un nuevo edificio que toma enorme
importancia: el palacio. Los palacios,
levantados por las principales familias de
las ciudades más florecientes, aparece como
muestra de la renovación urbana del
Renacimiento y emblema de la pujante
burguesía, que pretende mostrar su poderío
con estas construcciones abiertas, por
tanto, a la ciudad e integradas en su
urbanismo, a menudo enmarcando la plaza
principal. Otro edificio harto importante,
obviamente dada la marcada presencia de la
religión, es la iglesia. En el Quattrocento
la planta de la iglesia es, como de la
basílica, de tres naves y con testero plano,
es decir sin girola, y en algunas ocasiones
con crucero. Un elemento que adquiere gran
importancia es la cúpula, la cual se levanta
en el crucero, sobre una linterna octogonal,
y se remata en otra pequeña linterna con su
correspondiente cupulín. La cúpula se
construye frecuentemente doble, esto es
formada por dos cascarones distintos,
semiesférico el de dentro y peraltado el de
fuera, unidos por anillos y contrafuertes
interiores; el ejemplo más claro de lo cual
es la célebre cúpula de la Catedral de
Santa María dei Fiori de Florencia,
aunque ya había algunos antecedentes en el
Gótico. Brunelleschi populariza los
cielorrasos planos y artesonados y las tres
naves separadas por columnas al estilo
basilical. Después, por influencia de
Alberti, se impone la nave única, con
bóveda de medio cañon reforzada por los
contrafuertes de las capillas laterales. En
cuanto a los órdenes, al principio domina el
corintio mas luego se introducen los otros,
admitiéndose, al modo romano, la
superposición de órdenes en un mismo
edificio; la escuela venesiana empleó el
llamado orden colosal, que abarca dos pisos.
El arco es, casi exclusivamente, de medio
punto y puede descansar bien sobre un
pequeño establecimiento, bien sobre una
imposta o directo sobre el capitel.
Columnas, pilastras, molduras y nichos
cumplen a menudo una función ornamental.
Se considera la
obra inicial de la arquitectura del
Renacimiento la cúpula de la Catedral de
Santa María dei Fiori de Florencia. Fue
en 1296, aún en pleno gótico, cuando la
orgullosa Florencia decidió que su vieja
catedral no era adecuada para los tiempos de
pujanza que atravesaba la ciudad. Así, se le
encomendó la construcción de un nuevo templo
a Arnolfo di Cambio, un escultor con
intereses y cierta experiencia en lo
arquitectónico, quien concibió un ambicioso
edificio de planta octogonal cubierto por
una grandiosa cúpula. A su muerte, la obra
pasó a manos de otros arquitectos y sufrió
diversos cambios, como la conversión a una
planta de cruz latina, pero, con todo, la
cúpula que culminaba el espacio ideado
originalmente continuó presente en el
proyecto y se convirtió en símbolo de la que
pretendía ser la más bella y grandiosa
catedral de la Toscana. Mas los problemas
técnicos que suponía el levantar una cúpula
de más de cuarenta metros de diámetro
retrasaban interminablemente su
construcción. En la Toscana no se habían
experimentado empeños de tal calibre, si
bien en otras ciudades italianas sí se
habían resuelto retos constructivos tanto o,
si cabe, más difíciles, como la cubierta
carenada del Palazzo della Ragione en
Padua. Las obras avanzaron y en 1410 la
cabecera estaba lo suficientemente terminada
como para que fuera levantado el tambor
octogonal que debería soportar la cúpula,
pero aún no había solución a las exigencias
técnicas de la misma, y en 1420 la cúpula,
que abarcaba un ancho de tres naves con un
diámetro de cuarenta y dos metros, seguía
inconclusa. Para poner fin de una vez a este
problema, en 1418 el gremio de tejedores de
lana, responsable del proyecto, organizó un
concurso en el cual participaron afamados
arquitectos. Consecuencia de esta
competición resultó el que Ghiberti y
Brunelleschi fueran encargados de la
dirección de la obra, si bien en 1423
Filippo Brunelleschi, más experto en las
artes constructivas que el gran escultor,
fue designado único "inventore e governatore
della cúpula maggiore". Esta cúpula,
levantada entre 1420 y 1434, a excepción de
la linterna, de ejecución posterior, ha sido
tenida por lo común como emblema del
Renacimiento, como primera obra que revela
la presencia de una nueva arquitectura.
Brunelleschi, quien había estudiado el
problema de las numerosas cúpulas de las
arquitecturas orientales, optó por construir
una cúpula interior esférica y otra exterior
más alta que, peraltándose en perfil de
ojiva, hacía de contrafuerte de la primera.
En su construcción no empleó címbaras sino
que la cúpula se iba cerrando a medida que
se levantaba. Como ingenio constructivo la
impresionante obra prudujo admiración, pero,
exceptuando las cornisas y molduras de la
linterna, la cúpula no recoge ninguna
tradición clásica, sino que actualiza
procedimientos de los últimos tiempos del
Románico y, más lejos aún, usados en
Oriente, por lo que su aportación es
fundamentalmente técnica.
La aportación de
Brunelleschi de revivir el arte grecolatino
no es, por tanto, notoria aquí sino en sus
otras obras posteriores. La primera donde
Brunelleschi, admirador de los edificios
romanos y también de los románicos
florentinos, expresó su manera de entender
el espacio y los elementos constructivos fue
el Hospital de los Inocentes, en el
que apartó los planos desordenados
medievales en favor de un modelo
centralizado con las dependencias dispuestas
alrededor de un patio central e ideó un
pórtico con columnas y capiteles corintios y
arcos de medio punto. Especial atención
requieren sus Iglesia de San Lorenzo
e Iglesia de Santa María del Santo
Espíritu, pues establecen el tipo de
todos los templos del Quattrocento. Se
inspira Brunelleschi en la basílica romana
de tres naves, la central, más alta, con
ventanas y techo plano y las laterales con
bóvedas y columnas aisladas sostenidas por
arcos de medio punto. Con el Palacio
Pitti, Brunelleschi crea el tipo de
residencia nobiliaria florentina, modelo al
que se someten sus continuadores, como
Michelozzo Michelozzi, arquitecto del
Palacio Ricardi, y Benedetto da Majano,
autor del Palacio Strozzi.
La arquitectura
quattrocentista dio artistas de la talla de
Alberti, Brunelleschi, Michelozzo y
Majano y obras como la Catedral de Santa
María dei Fiori, la Capilla Pazzi,
el Palacio Rucellai o la Iglesia
de Santa María Novella entre otras
muchas
La escultura del
Quattrocento.
Como en el resto
de manifestaciones artísticas, la escultura
gira sus ojos hacia la Antigüedad clásica.
Los restos arqueológicos del periodo
grecorromano en Italia resulta numerosos y
son buenamente estudiados y reverenciados.
Se produce una vuelta a los cánones clásico,
aunque ahora más variables debido a la
importancia del sentido de movimiento, si
bien éste se desarrollaría plenamente en el
Cinquecento. Equilibrio, proporcionalidad y
movimiento son pues factores fundamentales
de la escultura renacentista. Junto a la
temática religiosa, resurge también en
escultura el género mitológico clásico, y la
revalorización del Hombre provoca la
atención a la figura humana y la utilización
del desnudo, retomando técnicas antiguas
como las telas mojadas de Fidias. Los
géneros se multiplican: estatuas, bustos,
relieves, medallones, tondos, etc. Por
primera vez desde la Antigüedad un escultor
realiza una estatua exenta, se trata del
magnífico bronce del David de
Donatello, brillante discípulo de
Ghiberti. También es este escultor quien
realiza la primera estatua ecuestre del
Mundo Moderno, tomando el género de los
antiguos romanos, el Condottiero
Gattamelatta, una muestra del espíritu
individualista de la época. El relieve se
sigue practicando con gran fuerza,
estudiándose las leyes de la óptica para
aplicarlas, como en pintura, al campo de la
perspectiva, con la aparición de la
perspectiva lineal introducida por
Brunelleschi. Los materiales son múltiples:
piedra, mármol, madera, terracota, yeso y,
sobre todo, bronce.
Las primeras
manifestaciones del arte renacentista a
comienzos del siglo XV se dan, precisamente,
en el campo de la escultura. Las influencias
clásicas en el relieve italiana ya se había
manifestado en algunos autores de finales
del periodo Gótico como Nicolás y Juan
Pisano, pero fue Lorenzo Ghiberti
quien marcó el cambio de signo de la
escultura renacentista con sus relieves de
la segunda Puerta del Baptisterio de
Florencia, que se separaba de la
estética del Gótico introduciendo en su obra
elementos del nuevo arte inspirado en la
Antigüedad grecolatina.
El siglo XV se
abre con la celebración, en 1401, del
concurso para la realización de dos de las
tres Puertas del Baptisterio principal de
San Giovanni de la Catedral de Santa
María dei Fiori de Florencia. Las
primeras habían sido realizada entre 1330 y
1336 por Andrea Pisano, uno de los
precursores del estilo renacentista que ya
en el Trecento había asimilado las lecciones
de arte clásico pero sin alejarse del
espíritu gótico. Al concurso acudieron los
mejores escultores italianos del momento,
maestros ya afamados Jacop della Quercia,
Francesco de Valdambrina, Simone de Colle o
Nicolai de Arezzo y dos jóvenes escultores,
Filippo Brunelleschi y Lorenzo Ghiberti.
El concurso consistía en realizar, en el
plazo de un año, un relieve en bronce,
ejecutado dentro de un marco cuatrilobulado,
cual los de las Puertas de Andrea
Pisano, que mostrara la escena bíblica del
Sacrificio de Isaac. En dicho relato,
Yaveh pone a prueba a su fiel Abraham
pidiéndole que sacrifique aquello que más
quiere en el Mundo, su único hijo Isaac, a
lo que Abraham, ciego seguidor de Dios,
accede; lleva a Isaac hasta la cima de una
montaña, acompañados de unos criados,
engañándole diciendo que van a sacrificar un
carnero, pero una vez allí a quien realmente
pretende Abraham asesinar sobre el altar es
a su propio hijo; mas en el último instante
aparece un ángel enviado de Yaveh que impide
el asesinato del joven e informa su padre de
que solamente se trataba de una prueba para
comprobar su lealtad a Dios, la cual ha sido
perfectamente superada, pues Abraham estaba
dispuesto a sacrificar cualquier cosa, hasta
la más querida, ante el mandato divino. El
fallo del jurado, compuesto por treinta y
cuatro expertos en arte que valoraron las
obras, recayó sobre Lorenzo Ghiberti,
elección que no sólo muestra no sólo el
gusto de los jueces sino también la
sensibilidad escultórica de la ciudad de
Florencia, que estaba entrando en su siglo
de oro. Así, Ghiberti se convirtió en
el artífice de las segundas Puertas del
Baptisterio de Florencia, harto alabadas
por su trabajo y consideradas las
inauguradoras del Renacimiento en el arte,
aunque aún mantienen en gran medida un
espíritu gótico. También es Ghiberti
el autor de las terceras Puertas del
Baptisterio, las llamadas Puertas del
Paraíso, consideradas la cima máxima del
relieve renacentista.
Fueron
fundamentalmente tres orfebres florentinos
quienes realizaron las innovaciones que
supusieron una ruptura con las convenciones
del estilo gótico: Ghiberti,
Brunelleschi y Donatello, pero el
Quattrocento ha dado también otros nombres
célebres en la escultura, como Verrocchio,
Donato, Jacopo della Quercia, Francesco de
Valdambrina, Simone de Colle o Nicolai de
Arezzo. Y nos ha legado el siglo XV italiano
esculturas tan hermosas como las Puertas
del Paraíso, el David de
Donatello, el Condottiero Colleoni o
la Cantoría de la Catedral de Florencia.
La pintura del
Quattrocento.
La pintura
italiana toma en el siglo XV una importancia
que hasta entonces le había sido desconocida
y la práctica inexistencia de restos de
pintura clásica no resultó óbice para que
los pintores del Quattrocento plasmaran en
sus obras todo el sentido clásico que
caracterizaba su época. La búsqueda del
naturalismo se muestra también en la
pintura, que pretende ser lo más realista
posible, lo cual supone un profundo estudio
de la óptica y sus leyes que lleva a
establecer la perspectiva geométrica, basada
en el encuadre de los objetos representados
en un haz de líneas que convergen en un
punto, constituyendo lo que se ha venido a
llamar "pirámide visual". Otras de las
preocupaciones que trae la búsqueda de ese
naturalismo es la proporcionalidad, para la
que se fijan en los modelos de la escultura
grecorromana. La búsqueda del equilibrio y
la armonía, entendido como el ideal de
belleza, tal cual lo comprendían en la
Antigüedad, produce una mayor atención hacia
el factor compositivo en las
representaciones, abundando las
composiciones triangulares y siempre
perfectamente equilibradas. Del mismo modo,
la revalorización renacentista del Hombre,
llevan al pintor a plasmar los personajes de
una manera individualizada y a tener en
cuenta la psicología de los mismos. En
resumen, la pintura del Quattrocento rompe
con la rigidez y simbolismo del Medievo,
buscando ahora el naturalismo idealizado y
la belleza plástica. En el campo técnico
resulta de enorme importancia la utilización
del óleo, ya conocido pero poco aprovechado,
con el que los pintores quattrocentistas
comienzan a trabajar y experimentar; con el
óleo se consigue una calidad nueva, un
realismo nunca antes conseguido y una
minuciosidad hasta entonces desconocida. Las
técnicas y soportes se multiplican: fresco,
temple, óleo; sobre muros o sobre soportes
móviles como tablas y lienzos. Fruto de la
idolatría al clasicismo, surgen nuevos
géneros que acompañan ahora a los religiosos
que habían monopolizado la pintura gótica:
la mitología clásica, el retrato, los
desnudos, las batallas...
Gran deudora es
la pintura del Quattrocento, y por extensión
de todo el Renacimiento, de Giotto de
Bondone. En los frescos de este artista
trecentista ya se advierten intentos
naturalistas que anuncian cambios
importantes. La pretensión de verismo, el
individualismo de los personajes, la
utilización de fondos arquitectónicos o
paisajísticos, el empleo que hace de la luz,
la volumetría de sus figuras son factores
todos ellos que, aunque dentro de un
contexto plenamente gótico, marcan la pauta
de lo que sería la nueva pintura del siglo
XV. El arranque de toda la nueva pintura del
Renacimiento lo hallamos, sin embargo, en
Masaccio, con sus talentosos frescos para la
Capilla Brancacci de la Iglesia de
Santa Maria del Carmine en Florencia. El
estudio directo de la naturaleza, la fuerza
de sus pinceladas, el impresionismo de
efectos, la ilusión de la luz, la expresión
humana de los gestos son algunos de los
factores que muestran la aparición del nuevo
estilo y hacen de Masaccio un hito de la
pintura. Masaccio comienza la línea realista
que seguirá la pintura italiana. Rechaza los
colores brillantes y emplea blancos y negros
en busca de una pintura más sólida, y es con
este mismo afán de realismo que investiga
las leyes de la óptica, observa la
degradación de los colores por la distancia
y nota la influencia que la calidad de la
tela tiene en la estructura de los pliegues.
La escuela de Perusa aporta a la pintura
quattrocentista una elegante luminosidad
cargada de colorido y calidez. Piero della
Francesca es su principal representante,
interesado en la perspectiva, los problemas
del claroscuro y, sobre todo, los luminosos,
pero no tanto por el efecto de la luz sobre
las cosas como por la naturaleza de las
mismas. Sus retratos son de una elegancia
impecable y sus frescos se desvelan como
obras maestras de luminosidad. Uno de los
autores que más trabajaron la perspectiva,
que tanto interesó a los renacentistas, es
Mantegna, preocupado por las cuestiones de
representación visual del objeto y que
presenta frecuentemente en sus cuadros una
dificultad perspectívica resuelta con
talentosa elegancia. Sus impecables
escenarios arquitectónicos, tomados del
Mundo Clásico, ofrecen puntos de fuga muy a
ras del suelo, huidas de líneas hacia el
centro del cuadro en prodigiosa alusión de
profundidad, y los escorzos de sus figuras
son, de este modo, violentos y de complicada
resolución dibujística, como el
extraordinario Cristo Muerto. Grandes
artistas quattrocentistas buscan inspiración
en los temas mitológicos paganos que
caracterizan el Renacimiento, e incluso los
mismos temas piadosos pasan a ser un
pretexto para mostrar el fausto de la alta
burguesía florentina. Sus paisajes son, a
menudo, las campiñas toscanas; sus
personajes, los de la brillante corte de los
Medici; y sus escenarios urbanos, los
suntuosos palacios de la época. Sandro
Botticelli es uno de los artistas que
pinta alegorías de refinada sensualidad en
las que refleja el gusto paganizante de sus
mecenas, como las famosísimas La
Primavera y El nacimiento de Venus.
Botticelli,
Piero della Francesca, Mantegna, Paolo
Ucello, Gentile de Fabriano, Filippo Lippi,
Filippino Lippi, Pinturichio, Luca
Signorelli, Carpaccio... La lista de grandes
pintores que ha dado el siglo XV italiano
parece interminable, al igual que la de sus
excelsas obras. El nacimiento de Venus,
los frescos para la Capilla Brancacci
de Santa Maria del Carmine, el
Cristo Muerto, la Alegoría de la
Primavera y un sinfín de pinturas más de
este periodo son consideradas obras maestras
del arte universal.
Algunos otros
grandes artistas del Quattrocento.
Brunelleschi:
Filippo Brunelleschi (Florencia 1377 - 1446)
es el arquitecto más importante del
Quattrocento italiano. Aunque tributario del
Gótico por formación y por ambiente, fue uno
de los iniciadores del Renacimiento con su
impresionante cúpula para la Catedral de
Santa María dei Fiori de Florencia, que
construyó entre 1420 y 1436. El encargo de
la construcción de la cúpula lo ganó en el
concurso organizado en 1418, donde sus ideas
se impusieron ahora sí sobre las de su rival
Ghiberti, quien le había vencido en el
concurso de las Puertas del Baptisterio.
La cúpula, considerada un hito de la
arquitectura universal, ofrece la
integración de la tradición gótica a una
concepción mucho más libre y amplia, pero su
estilo aún no puede considerarse plenamente
renacentista. En la Capilla de los Pazzi
(1429-1446) y en otras varias construcciones
sí emplea buenamente Brunelleschi el
vocabulario arquitectónico romano. Otras de
sus obras más importantes son el Hospital
de los Inocentes, la Iglesia de San
Lorenzo, el Palacio Güelfos, el
Palacio Pazzi... Proyecto un gran
número de edificios florentinos pero, aunque
es principalmente un arquitecto, sus
movimientos en el campo de la escultura y la
pintura también resultan destacables,
especialmente por introducir la perspectiva
lineal y por sus rompedores planteamientos.
Michelozzo:
Michelozzo di Bartolommeo Michelozzi
(Florencia 1396 - 1472) es un notable
arquitecto del Renacimiento, aunque con
abundantes reminiscencias góticas, que
poseyó un sentido de los volúmenes y de las
líneas tradicional e innovador a la vez,
como lo demuestran en Florencia la
Iglesia de San Marcos (1437-1440) y el
Palacio Medici-Riccardi (1444-1459),
su obra maestra, cuya influencia posterior
resulta indiscutible. Michelozzo trabajó no
sólo en la capital toscana sino también en
Milán y en Ragusa. Su trascendente obra
arquitectónica eclipsa a menudo a sus
creaciones de escultor y adornista, que no
dejan de tener cierta categoría.
Donatello:
Donato di Betto Bardi, alias Donatello
(Florencia 1386 - 1466), es tal vez el
escultor más conocido del Renacimiento, pues
se trata de uno de los artistas más
influyentes no sólo por la fuerza expresiva
de sus figuras sino por difundir las
innovaciones artísticas por Italia e
introducir el elemento popular en el campo
de la escultura, y es también recordado como
el primer escultor de una estatua exenta del
Mundo Moderno, su rompedor David. En
1401 estudia en Roma la Antigüedad clásica y
a la edad de diecisiete años entra a
formarse en el taller de Ghiberti en
Florencia, con quien colabora en la
realización de las segundas Puertas del
Baptisterio de Florencia. Entre 1408 y
1409 realiza su primer David en
mármol, la primera escultura exenta desde el
Mundo Antiguo. En 1415 realiza para la
Catedral de Florencia su primera obra
maestra: San Juan Evangelista. Cabe
destacar también su San Jorge en
mármol (1415-1417), cuyo realismo acreditó
ya para siempre la autoridad de Donatello.
Entre 1431 y 1433 permaneció en Roma
acompañado de su buen amigo Brunelleschi,
aprovechando para aprender de las obras
antiguas e iniciando en su arte el periodo
de madurez; buena muestra de ello es su
David en bronce (1430-1440), encargado
por Cosme de Medici, una de sus más
conocidas obras. Una de sus más importantes
innovaciones fue la de aplicar al
bajorrelieve las leyes de la perspectiva,
con lo que aquél adquiere una nueva
dimensión; muestra de ello es el Festín
de Herodes (1421-1427) para la Pila
bautismal de la Catedral de Siena o su
célebre Cantoría (1433-1439) para la
Catedral de Florencia. En 1443
realizó la primera estatua ecuestre del
Mundo Moderno, el Condottero Gattamelatta, y
en torno a 1455 otras dos de sus obras
capitales, la María Magdalena penitente
y la Judith matando a Holofernes.
Verrocchio:
Andrea di Cione, alias Verrocchio (Florencia
1435 - Venecia 1488) fue un excelente
escultor, orfebre y pintor quattrocentista.
Entre 1465 y 1480, dirigió el taller de
escultura que, junto al de Pollaiolo, se
trataba del más importante de Florencia.
Realizó numerosas obras: armaduras, bustos,
la tumba de Pedro y Juan de Medici en la
Iglesia de San Lorenzo (1472), Cristo
y Santo Tomás para Orsanmichele
(1461-1482), su David en bronce, que
resulta más soñador que luchador, etc. En
pintura, Verrocchio intensificó la búsqueda
de técnicas que tendían a los efectos
pulidos y luminosos, herencia que transmitió
a su célebre discípulo Leonardo Da Vinci,
con quien realizó el Bautismo de Cristo
(1470-1475). Al final de su vida fue llamado
a Venecia para realizar la estatua ecuestre
de Bartolomeo Colleoni, el Colleone
(1482), de extraordinaria amplitud plástica
y trémula de vida a un tiempo.
Masaccio:
Tommaso di Giovanni Cassai, alias Masaccio
(San Giovanni Valdarno 1401 - Roma 1428) es
quien comienza el Renacimiento en la
pintura. Heredero de la tradición de Giotto,
supo reaccionar, mediante la fuerza de la
expresión y un sentido de lo humano de gran
penetración psicológica, contra los
procedimientos convencionales del estilo
gótico, debilitado por la repetición. La
decoración al fresco de la Capilla
Brancacci de la Iglesia de Santa
Maria del Carmine en Florencia
(1426-1428) es su obra maestra, consistente
en escenas de temática religiosa como la
Expulsión del Paraíso o San Pedro
repartiendo limosnas. Estos fresco han
ejercido una influencia considerable hasta
nuestros días y prueba la amplitud y la
autoridad de la visión de Masaccio, basadas
en una estricta repartición geométrica y
desarrolladas mediante un sentido del
espacio que es un precedente de las
conquistas modernas (aunque durante mucho
tiempo ha sido difícil diferenciar la parte
por él pintada de la de Masolino). Los
frescos de la Capilla Brancacci, el
Políptico de Carmine de Pisa (1425) y
el fresco de La Trinidad de Santa
Maria Novella de Florencia, junto con
varias obras cuya atribución al artista es
discutida, el conjunto de la producción de
Masaccio.
Piero della
Francesca:
Piero della Francesca (Borgo San Sepolcro
1416 - 1492) fue un reconocido pintor,
discípulo de Masaccio y de Domenico
Veneziano. Trabajó inicialmente en Florencia
junto con Veneziano y después viajó por
distintas ciudades italianas realizando
obras como el políptico de la
Misericordia (1445-1460), la
Pinacoteca de Borgo San Sepolcro o la
decoración de la Capilla de las reliquias
de la Iglesia Malatesta en Rímini
(1451) y la decoración del Coro de la
Basílica de San Francisco (1452-1460).
Este fresco sobre La leyenda de la Vera
Cruz le sirvió a Piero como pretexto
para experimentos espaciales en una
dimensión monumental, las cuales confieren a
esta obra, de innegable acento épico, una
importancia capital para el futuro de la
pintura. Equilibrio, armonía, ciencias de la
perspectiva y de la expresión concisa
concuerdan con una preocupación por la
construcción plástica y con una sensibilidad
táctil en las que la nobleza y el rigor se
unen a la poesía. Además de su trabajo
práctico como pintor, Piero della Francesca
escribió dos tratados sobre la perspectiva,
De prospectiva pingendi y Lubellus
de quinque corporibus, de gran
trascendencia para la pintura naturalista.
Mantegna:
Andrea Mantegna (Isola di Carturo 1431 -
Mantua 1506) es introducido de muy joven en
la cultura clásica y tiene como maestro a
Squarcione en Padua. Se hizo rápidamente
famoso con la decoración de la Capilla
Ovetari de la Iglesia de los
Eremitani en Padua (1448-1456),
destruida en 1944, y con el retablo La
virgen con el Niño, rodeada de santos.
En 1459, Mantegna fue nombrado pintor
oficial de la corte de los Gonzaga en
Mantua. Suavizando su estilo duro y vogoros,
realizó numerosas decoraciones, sobre todo
en la capilla del marqués de Gonzaga en el
palacio ducal, hoy desaparecido, y en la
famosa Camera degli sposi
(1472-1474). De este periodo datan sus dos
versiones de Cristo Muerto, El
tránsito de la Virgen y los nueve
lienzos cuadrados de El Triunfo de César
destinados a servir de colgadura. Su
prestigio en la corte creció todavía más
gracias a la protección de Isabel de Este y
se vio confirmado por la invitación del
Papa, en 1489, a decorar la Capilla
Sixtina del Vaticano. Antes de morir se
encontraba trabajando en Mantua junto con
otros pintores en el estudio de Isabel.
Empezando, en pleno Quattrocento, con obras
todavía góticas, Mantegna inició, tanto en
Florencia como en Venecia, una nueva fase en
la evolución artística, etapa dominada por
la admiración de la Antigüedad y la
observación incansable de la Naturaleza, el
movimiento y la expresión.
ALBERTI,
GHIBERTI y BOTTICELLI.
TRES GENIOS DEL
QUATTROCENTO.
ALBERTI
"Una armonía
regular entre todas las partes del
objeto, armonía de una especie tal que
nada podría ser suprimido o añadido o
cambiado en él, sin que perdiera algo de
su encanto."
(Alberti, De
re aedificatoria)
EL ARTISTA.
León Battista
ALBERTI (Génova, 14 de febrero de 1404 -
Roma, 25 de abril de 1472) fue el primer y
más importante teórico del arte del
Quattrocento, así como ejemplo del ideal de
Hombre completo del Renacimiento. Hijo de un
noble florentino exiliado, recibió una
educación acorde con su clase social,
primero en la escuela de Barsizia (Padua) y
luego en la Universidad de Bolonia, donde
estudió griego, matemáticas y ciencias
naturales. En 1432 fue nombrado abreviador
apostólico, léase secretario, del Papa
Eugenio IV y durante esta su primera
estancia en Roma se inició en el estudio de
la arquitectura clásica. Más tarde, en 1434,
se incorporó a la corte papal, establecida
en Florencia, ciudad capital del arte y la
cultura del Renacimiento. Con sus ideas
humanistas, se introdujo rápidamente en los
círculos intelectuales de la ciudad,
contando entre sus amigos nombres tan
célebres como Donatello y Brunelleschi, por
quien expresa gran admiración, estudiando
con fuerte interés sus ideas sobre
perspectiva en pintura y relieve. También
participó plenamente en la vida literaria
florentina, defendiendo el uso del italiano
frente al latín. Después de su estancia en
Florencia y en otras ciudades de Italia,
Alberti volvió a Roma en 1452, donde fue
secretario de seis papas. Para uno de ellos,
Nicolás V, realizó labores de arqueólogo,
consejero de restauración de monumentos
antiguos y asesor en cuestiones de
urbanismo. Desarrolló su actividad en
diversos centros humanistas de Italia, como
Florencia, Roma, Mantua y Rímini, por donde
se dejó sentir su influencia, y, como
reconocida personalidad artística, contó con
numerosos discípulos y seguidores, quienes
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