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Escultura Romana
Resumen: Diferencias entre la escultura griega y la romana. La escultura en Etruria en relacion con la de Grecia. La Escultura en Roma. Legado de la Obra romana.(V)
Publicación enviada por Lisa Wantz
Las obras expuestas actualmente en los museos nos
dan una visión muy parcial de lo que era la plástica romana.
Se conservan principalmente estatuas de mármol y de piedra. Sin embargo, existían
también esculturas de madera, yeso, terracota, bronce, oro, plata y marfil.
En las esculturas, generalmente, se pintaban el cabello, barba, labios, cejas,
pestañas, iris de los ojos y también, el vestido.
El desarrollo de la plástica estaba sujeta a modas y cambios, según se diera
preferencia a un neoclasicismo procedente de Grecia o a un realismo crudo y
popular más arraigado en el mundo romano.
La plástica romana tuvo su expresión más característica en dos campos: el
relieve histórico y el retrato.
Al margen de algunas excepciones, la mayoría de las esculturas romanas de
divinidades y héroes son copias de prototipos griegos. Existen copias o
variantes de originales de casi todas las épocas del arte griego, desde la
arcaica tardía hasta el helenismo. Sin embargo, y aunque se tenga en cuenta la
citada dependencia formal respecto a la escultura griega, puede afirmarse que la
plástica romana constituye una aportación original y que refleja una situación
histórica, política, social y económica específica.
En las ciudades del Imperio
Romano se levantaban gran cantidad de estatuas. En las plazas y edificios públicos
proliferaban las esculturas; de este modo el pueblo podía contemplar
diariamente las representaciones de divinidades, héroes, emperadores y hombres
ilustres. El papel de la plástica en el ámbito público no se limitaba
solamente a ser la expresión de un sentido puramente estético, sino que debe
interpretarse como un testimonio del orden político y social sobre el que se
asentaba el Imperio Romano, con una clara función programática de representación.
En el vasto conjunto de una ciudad algunas construcciones públicas mostraban
una decoración escultórica más profusa que otras. Era el caso de los templos
o de los edificios destinados al ocio, como es el caso de teatros, bibliotecas,
termas y ninfeos.
El Foro, como centro administrativo y comercial de una ciudad, era el lugar más
apropiado para la colocación de esculturas.
Los relieves romanos se observan mejor en las columnas conmemorativas, como la
de Trajano. Aquí, el escultor se vuelve narrador. Registra en la piedra
los grandes episodios del reino del emperador. Lo hace con realismo: cada carácter
muestra razgos y expresiones individuales.
En la estatua la expresión salvaje del hombre se armoniza con la piel de animal
que le cubre la cabeza. La serenidad del arte griego se ha perdido en favor del
reportaje: es evidente que el personaje no es un ciudadano romano sino mas bien
algún "bárbaro".
Aquí, ya no se trasmite la idea de barbarie, se evoca una de las instituciones
más sólidas de la sociedad romana: la familia. Los dos esposos, ya grandes, se
dan apoyo.
En ambos casos, el escultor es un retratista que da fiel cuenta de los defectos
físicos de los personajes.
Diferencias entre la escultura griega y la romana
El romano difería del griego por sus costumbres, su temperamento, su religión,
por toda su sustancia moral. Aquí, una vida sencilla, libre, investigadora,
dedicada por completo al afán de realizar la armonía interior, perseguida en
todas partes por una encantadora imaginación; allá, una vida disciplinada, egoísta,
dura, cerrada, que busca fuera de sí misma su alimento. El griego construye su
ciudad en conformidad con su imagen del mundo. El romano quiere que el mundo se
amolde a la imagen de su ciudad. La verdadera religión del romano es el hogar,
y el jefe del hogar es el padre.
El culto oficial es puramente decorativo. Las divinidades son cosas concretas, rígidas,
positivas, sin vínculos, sin envoltura armoniosa, un hecho personificado al
lado de otro hecho personificado. Constituyen un dominio aparte y, en el fondo,
secundario. Por un lado, el derecho divino y la religión. Por otro, el derecho
humano y la jurisprudencia. Todo lo contrario que en Grecia, donde la transición
entre el hombre y el dios, entre lo real y lo posible, pasaba inadvertida. El
ideal griego es la diversidad y la continuidad en el inmenso conjunto armónico
de las acciones y las reacciones. El ideal romano es la unión artificial de
estos elementos aislados en un conjunto duro y rígido. Cuando el arte de este
pueblo no sea utilitario, será convencional.
La misma transformación se registra por todas partes, tanto en la pintura como
en la escultura. La copia, por muy concienzuda que sea, resulta siempre
traicionera. Es pesada, fatigosa, abotargada, está carente de vida. El escultor
griego que trabaja en Roma despierta a veces esplendorosamente de su letargo.
Pero con mayor frecuencia obedece a la moda y aparece unas veces clásico, otras
decadente y otras arcaizante. En cuanto al escultor romano, se limita a fabricar
para el coleccionista innumerables réplicas de las estatuas de la gran época
ateniense. Es la segunda etapa de este academicismo del que aún hoy se resiente
el mundo moderno. La primera data de aquellos discípulos de Policleto, Mirón,
Fidias y Praxiteles, demasiado hábiles en su oficio. Roma queda atestada de
estatuas. Estatuas de muertos y de vivos. Cuantos han desempeñado una función
pública, alta o baja, quieren tener ante la vista el testimonio material y
perdurable de ella. Más aún, todo el que posee los medios suficientes desea
saber por anticipado qué efecto producirá el pilar en que han de colocarla. No
es sólo el emperador quien ve su vida militar ilustrar el mármol de los arcos
y las columnas triunfales. También el centurión y el tribuno tienen en su
existencia pública algún acontecimiento señalado que mostrar a la admiración
del porvenir. Los escultores de los sarcófagos inventan el bajorrelieve anecdótico,
el "género" histórico, esa forma especial de decadencia artística
que tan bien se avendrá en todas las épocas con el academicismo. Se trata de
hallar en la vida del hombre ilustre el mayor número posible de hechos heroicos
para contarlos luego. Las aventuras, los personajes, los fasces, las armas, los
pabellones, se amontonan en cinco o seis metros de mármol. Todo es episódico y
nada descuella.
El sobrio bajorrelieve griego, por el contrario, no tenía nada de episódico.
La significación completa de la escena saltaba a primera vista. Sin embargo, es
aquí, en estos bajorrelieves, donde el áspero genio romano imprime
principalmente su huella. Ostentan frecuentemente una especie de fuerza sombría
y solemne, que penetra en nosotros junto con un dilatado y abrumador cortejo de
recuerdos, laureles, lictores, toda la púrpura consular. Estalla en ellos una
potencia bárbara, que ninguna educación es capaz de contener. A veces,
incluso, en las pesadas guirnaldas cinceladas en que las frutas, las flores y el
follaje se acumulan y enredan como las mieses y las cosechas en las feraces
campiñas latinas, se ve brotar aquella savia rústica que Roma no ha podido
agotar y que hace crujir el poema de Lucrecio como un árbol vetusto a punto de
verdear. En ese punto se olvida por completo a los griegos, y los escultores
venidos de Atenas ríen seguramente de lástima ante esos cantos confusos a la
riqueza de la tierra. Es un ritmo diferente al suyo y apenas pueden
comprenderlo. Prefieren, sin duda, la pesada imitación que de los suyos se
hace. Ya no hay aquí, en efecto, hueco alguno, ni transición silenciosa, ni
onda espiritual uniendo los volúmenes, que se responden uno a otro en una misma
y constante preocupación de equilibrio musical. Aparece, no obstante, una orgía
disciplinada, y la abundancia se convierte en un elemento que se incorpora a la
embriaguez carnal, en lugar de inscribirse en el espacio intelectual. La
decoración romana se afirma, en suma. Si bien menos estilizada e idealizada que
la decoración griega, es, en cambio, mucho más emotiva y sensual. La uva
grita, la encina ofrece sus brazados de hojas negras y compactas bellotas, la
espiga cargada de grano se agrupa en gavillas espesas y se siente flotar el
aroma de las ramas verdes y el olor del suelo trabajado. Es opulenta y fuerte,
pero se halla confinada en las labores artesanas. En el escultor oficial, por el
contrario,, impera una violenta confusión, un hastío monótono,'una
inmovilidad absoluta. A ese espíritu, por completo extraño al hombre y por
completo dedicado a glorificar seres, cosas o abstracciones, hacia los cuales el
hombre no se siente espontáneamente atraído, sino llevado por el prejuicio o
el culto del momento, debe la alegoría la boga de que disfrutó en el
academicismo romano. El verdadero artista no ama la alegoría. Cuando se le
impone, la domina y anula dentro de la forma, sacando de la forma misma el
sentido que siempre encierra. La alegoría, en cambio, domina al falso artista,
a quien la forma nada puede enseñar. La alegoría es la caricatura del símbolo,
mientras que el símbolo es el rostro viviente de la abstracción realizada. La
alegoría se limita a señalar la presencia de la abstracción por medio de los
atributos exteriores. Esas frías academias, esos maniquíes de bronce y de mármol,
esos gestos inmóviles y siempre idénticos, esas actitudes oratorias o
marciales que no cambian jamás, esos papiros enrollados, esos ropajes, esos
tridentes, esos rayos, esos cuernos de la abundancia, atestaban todos los
lugares públicos, los foros, las plazas, los santuarios, con su amazacotada y
aburrida muchedumbre. Sarcófagos, estatuas, todo era prefabricado, el orador
con su toga, el general con su coraza, el tribuno, el senador, el cónsul, el cuéstor,
hasta el propio emperador era intercambiable. Bastaba con soldar la cabeza a los
hombros. Para saber de qué personaje se trataba, era preciso mirarle a la cara.
Mas ésta se encontraba a menudo demasiado alta para que fuese posible seguirla.
Sólo el rostro parecía no salir de la fábrica. Porque sólo él respondía a
una preocupación, oscura y material desde luego, pero sincera, real. Se creaba
después de encargado y para quien lo había encargado. Artista y modelo
colaboraban entonces lealmente.
Todos estos retratos romanos son implacables. No ningún convencionalismo, ni
tampoco fantasía alguna. Hombre o mujer, emperador o aristócrata, el modelo es
representado rasgo por rasgo, desde la osamenta del rostro hasta el grano de la
piel, desde la forma del peinado hasta las desviaciones de la nariz y la
brutalidad de la boca.
El marmolista trabajaba con aplicación, con probidad. No se le ocurre insistir
sobre los elementos descriptivos del rostro del modelo. Buscaba únicamente el
parecido. Ningún ensayo de generalización, de tentativas engañosas, de
halagos o de sátiras. Ni la menor intención psicológica, ni el menor carácter
en el sentido descriptivo de la palabra. Menos penetración que preocupación de
exactitud. Ni el artista ni el modelo mienten. Son documentos para la historia,
tanto los verdaderos Césares de Roma como los aventureros de Asia y de España,
los monstruos divinizados o los emperadores estoicos. ¿Dónde está el tipo clásico
de «perfil de medalla» en estas cabezas finas o pesadas, cuadradas, redondas o
puntiagudas, soñadoras a veces, aunque más a menudo malévolas, pero siempre
reales, de histriones hinchados, de idealistas impenitentes, de brutos
totalmente incurables, de viejos centuriones curtidos, de cortesanas coronadas,
que ni siquiera son bellas? Algunas, es cierto, a fuerza de atención, de vida
concentrada, por su densidad y por su masa, por la búsqueda implacable de un
modelado profundo que la estructura del rostro analizado posee y revela al
escultor por casualidad, son vigorosamente hermosas. En la estatua llamada La
Gran Vestaf, por ejemplo, la verdad inmediata alcanza la verdad típica. Y Roma
entera, con su dominio sobre sí misma y su peso sobre el Universo, aparece en
esta mujer fuerte y grave, firme como la ciudadela, inquebrantable como el
hogar, sin humanidad, sin ternuras ni debilidades, hasta el día en que lenta,
profunda e irresistiblemente, haya cavado su surco.
La escultura en Etruria en relacion con la de Grecia.
Los retratos funerarios. Cerámica, bronces y orfebreria
Los artistas etruscos tuvieron gran habilidad en el modelado del barro, y es
posible que los griegos establecidos en Italia meridional y en la Sicilia
aprendieran de los Etruscos a realizar los grandes ornatos arquitectónicos en
tierra cocida. Un notable ejemplar, aparte de estas obras exornativas, es la
intensa figura de Apolo en actitud de andar, que forma parte de un importante
grupo conservado en la Villa Giulia, de Roma. Tal escultura, por lo que respecta
al tratado de ropajes y a los rasgos fisonómicos, entraría dentro de la
tradición jónica si el artista no hubiera sabido acentuar vivamente las formas
y el impulsivo movimiento, con elocuencia aun major gracias a la policromía.
A partir del siglo V antes de
Jesucristo, la escultura etrusca va perezosamente siguiendo las corrientes de
Grecia, y el genio de la raza se manifiesta tan sólo en la crudeza vulgar de
algunos relieves decorativos y de una manera más feliz en los retratos
funerarios, de los cuales dan buena muestra los que decoran dos sarcófagos en
posesión del Museo Británico. En uno de tales sarcófagos las caras laterales
llevan relieves de monstruos marino y la cubierta tiene una imagen del difunto,
reclinado y sosteniendo. un plato para recibir el óbolo preciso para el
transporte de los muertos a través de la Estigia. El otro sarcófago, hallado
en Cerveteri , descansa sobre pies formados por esfinges y tiene sobre la tapa
dos figuras reclinadas representando el matrimonio al cual iba destinado.
También en el Louvre, en la ya citada Villa Giulia de Roma, en el Vaticano, en
el Museo de Tarquinia, en el de Chiusi y,en el Arqueológico de Florencia consérvanse
notables y variados ejemplares de sarcófagos etruscos decorados con figuras a
todo bulto, generalmente de cónyuges. En los más antiguos las figuras
masculinas son delgadas y con barba, mientras que hacia el siglo IV antes de
Jesucristo, han pasado a ser gruesas, fofas y lampiñas; como demostrando con
ello que se había cambiado la vida de conquista en vida sedentaria.
En cuanto a las figuras femeninas acontece análogamente: tienen las más
antiguas sutil talle, acentuada nariz y barba saliente ; las posteriores llegan
a ser obesas y en el tocado y la caída del manto semejan presentar antecedentes
de las matronas romanas.
Ya indicada la más corriente
disposición en pareja de las figuras-retratos de los sarcófagos, como casos
poco corrientes cabe citar los de mujeres, solas, entre los cuales es de un
sereno reposó la efigie que remató uno de los ejemplares que -procedente de
Chiusi- guarda el Museo Arqueológico de Florencia.
La importancia iconográfica y
artística de tales obras ha sido resumida por Pijoan en las siguientes
evocadoras frases : «Algunas esculturas etruscas representando personajes
difuntos son de un parecido extraordinario. Manifiestan en sus autores una rara
aptitud, diríamos toscana, para sorprender los rasgos característicos del
modelo; riegan. a hacer pensar en los escultores florentinos del Renacimiento.
Además, el realismo de los retratos etruscos nos interesa porque revela una
manera de interpretar el natural que volvemos a encontrar en el arte romano.
Mientras el arte griego siempre eliminaba algo excesivamente,individual del
modelo, el arte romano, como el arte etrusco, condesciende en reproducir
detalles que se considerarían feos desde el punto de vista,académico y
convencional.»
Decoran las antedichas esculturas las tapas de los sarcófagos cuya urna está a
veces exornada con motivos arquitectónicos o de flora estilizada, pero otras
veces lo está con mo vidas composiciones de figuras en relieve, composiciones
informadas por los mitos griegos, tales como el sacrificio de Ifigenia, el rapto
de Helena, la muerte de Héctor, la de Agamenón, el suplicio de Edipo, la
venganza de Orestes, y Ulises con las, sirenas. No tienen estos relieves el carácter
original de los retratos conyugales a todo bulto, pues más que unas
determinantes raciales o geográficas denotan la imitación de las formas y del
sentido composicional propios del arte griego arcaico; tal vez los ejecutarían
artistas llegados de -Grecia, quienes a su vez pudieron sentir las influencias
de la iconografía etrusca, como lo atestiguan los rasgos análogos a los de
ciertas pinturas de vasos helenos.
La helenización artística extendió su radio de acción igualmente a Cartago,
hacia la misma época y obedeciendo a las relaciones mercantiles entre estos
viejos pueblos ; y por medio de Cartago a las tierras ibéricas. Tanto en la
exornación a base de elementos florales y foliáceos como en la escultura
representativa de figuras humanas y de animales, los étruscos distinguiéronse,
grandemente como se ha dicho ya -en las obras de tierra cocida que servían,
para enriquecer sus templos, para lo cual se ayudaban de fastuosa policromía.
Con expresión parecida a la de las figuras conyugales de los sarcófagos
primeramente y con manifiesto helenismo a partir del siglo II antes de
Jesucristo, Etruria adornaba con composiciones cerámicas, a base de divinidades
mitológicas, los frontones las acroteras y los frisos de sus templos.
Con un carácter muy propio y
alejado por completo de toda expresión helénica destacan algunos bustos
etruscos en bronce, datando del siglo III antes de Jesucristo, y de una manera
muy especial la cabeza de muchacho, que es una de las joyas del Museo Arqueológico
florentino, lejano precedente de las más dulcemente expresivas esculturas del
Primer Renacimiento en la Toscana.
Un gran bronce del siglo III antes de Jesucristo, es el retrato de Aulo Metilio,
el «arringatore», que también forma parte del Museo Arqueológico de
Florencia, de fisonomía enérgica, obra de transición entre el arte etrusco y
el arte romano.
En las tumbas etruscas se han hallado ricas piezas de orfebreria. Las más
antiguas son repujadas y de gran simplicidad: pero a no tardar combinaron las
piezas homogéneas, de metal fundido, con otras trabajadas y con bolitas casi en
contacto, según cuyo sistema realizaron gran cantidad de collares, brazaletes,
pendientes y diademas. La ligereza de estas joyas quedó substituída más tarde
por el carácter macizo de las piezas cinceladas y pesantes, en collares
ensartando elementos repujados de oro en alternancia con placas y con cuentas de
recuerdo flora; y en brazaletes de oro con filigranas. Hacia los dos siglos
inmediatamente anteriores a nuestra era fue corriente suspender de los collares
etruscos unos como pendientes con cadenillas. Dos ejemplares de importancia de
la orfebrería etrusca son el collar adornado con testas humanas que posee el
Albertinum de Dresde y el collar con monstruos marinos y una figura de la
Victoria que forma parte del Museo del Estado, de Berlín.
La Escultura en Roma
Los escultores retratistas. Los relieves decorativos.
Los romanos, en el campo ,del arte escultórico, más que creadores, fueron
conocedores y coleccionistas que en el cuadro de su cultura general no pudieron
prescindir de las estatuas. En plazas y jardines, en casas, en villas, en
templos, en termas y en teatros eran utilizadas con suma frecuencia. Sin
embargo, la escultura no estaba, en Roma, íntimamente relacionada con la
arquitectura, sino que servía de decoración, sin espiritual armonía con el
hecho estructural. Sobre ella conjuntamente actuaron los elementos etrusco y
griego, pues si el primero estaba naturalizado en el país, hay que considerar
asimismo que al aceptar la República Romana las letras y las artes de la Grecia
conquis tada, se trasladaron a Roma muchos literatos y escultores y llegaron a
crear allí en el siglo inmediatamente anterior a la Era cristiana, una escuela
de escultura obsesionada en desprenderse de todo el progreso elaborado desde
Fidias a Lisipo, tratando de imitar el más arcaico estilo, de peinado simétrico,
de actitudes en reposo, de mediados del siglo V antes de Jesucristo.
Entre las producciones de esta escuela se cuenta la Venus del Esquilino, copia
romana expuesta en el Museo de los Conservadores, del Capitolio de Roma, obra
que con otras varias de su grupo comprueba que en la citada escuela, tanto como
un espíritu de afectación arcaizante, dominó una verdadera severidad arcaica
tomada o aceptada del medio ambiente y, de la influencia del pueblo romano.
Las artes romanas indígenas, al
propio tiempo, habían conservado algo de realismo etrusco, en ocasiones -a su
vez- de lejanos- orígenes helénicos, y los patricios de Roma, más que
estatuas ideales, debieron exigir retratos fieles, entre los que se cuentan
varios de noble realismo. La orientacion de esta estatuaria, greco-romana más
que simplemente romana, cambió en los días de Octavio Augusto, cuando la
escultura griega de los tiempos antiguos y la escultura alejandrina ganáronse,
al fin, la preponderancia en Roma ; cuando se creaba la ciudad de mármol y eran
los órdenes jónico y corintio de la época helenística y no el del Partenón
los reproducidos más a placer. La de Augusto (30 años antes de Jesucristo a 14
después de Jesucristo) y de su familia es particularmente rica en obras de
dentro de un arte, sin duda, de carácter oficial y que por lo mismo tiende a
idealizar el modelo según la tradición helénica amalgamada a veces con
ciertos rasgos de carácter Égipcio, y resultando de ello la mezcla
vigorosamente expresiva de realismo y estilización que puede verse, entre otras
varias obras en la pequeña cabeza de Octavio que posee el Museo del Louvre. Algúnos
rasgos de la fisonomia de Augusto persisten en otros césares sucesores suyos
manteniendo hasta la dÍnastía de los Flavios la marca del siglo de Augusto :
una expresión concentrada e incisiva bien adaptable a la técnica de una sobria
estatuaria. En los retratos femeninos de la familia imperial, los esctultores
recorrieron una más extensa gama en la interpretación de sentimientos, éstos
aun evocados de una manera más libre y más sabrosa en la iconografía privada
que, en sus mejores obras, supo a veces sacar partido de los modelos griegos
como lo manifiesta la figura de «mujer joven en Artemisa» del Museo de las
Termas, en Roma. Los retratos de Vespasiano (años 69-79) y de Tito (79-81)
reflejan la plebeya simplicidad de los primeros Flavios, simplicidad que
contrasta con la coquetería de las damas de la corte, aureoladas de
tirabuzones. La gran novedad de la época trajana la constituyen las estatuas de
cautivos destinadas a adornar los monumentos triunfales, notables por su expresión
bien distinguible asimismo en la escultura decorativa. El helenismo de la época
de Adriano (117-138), que gustó para la iconografía oficial de la moda de los
tipos clásicos, no limitó su evolución al arte del, retrato, pues sobre los
cuerpos a la manera de los dioses y los héroes descontando los casos en que el
modelo se prestaba a la idealización aparecen las cabezas de los príncipes con
sus rasgos esenciales y viviendo de su vida propia, característica esta última
que se refleja cada vez de un modo más acentuado, hasta el punto de que en la
dominación de los Antoninos (138-192), el detalle de los ojos se indicaba
mediante un trabajo de cincel, al propio tiempo que un esfuerzo para animar toda
la faz con juegos de luz y sombra se manifiesta por un modelado de mayor
acentuación. En el siglo III todavía los escultores retratistas realizaron
algunas obras notables, sobre todo los bustos famosos de Caracalla (211-217). La
decadencia que se ha señalado en las otras ramas del arte, empezó antes del
fin del dicho siglo, y a partir de Constantino (323-337) se tomó nuevaluente el
partido de representar las estatuas en posición frontal. En el primer siglo de
la Era cristiana adquieren gran prestigio en Roma los escultores de ciervos,
perros, jabalíes, gallos y de cuantos temas animalistas les encargarían los
ricos romanos poseedores de jardines zoológicos.
Cuanto acabamos de decir,se
refiere a la escultura romana de bulto ; fueron abundantes, además, los
relieves decorativos en Roma. El relieve clásico griego apareció al mismo
tiempo como ornamento exterior e interior de los templos, sin aceptar jamás ni
la pluralidad de los planos ni la aglomeración de las figuras, procurando que
éstas tuvieran un espacio adecuado donde estar inscripciones en posición de
perfil, o de semiperfil que originara una claridad compositiva y una belleza de
lineas de siluetas. Copiadas fielmente muchas obras helénicas por los romanos,
se vieron con frecuencia reproducidas en los altares, en los sarcófagos, en
brocales de pozos y en otras partes, sobre todo cuando en Roma, ya en los
principios de su decadencia escultórica, se fueron generalizando los sepulcros
al abandonarse desde Antonino Pío por el entierro la incineración de los cadáveres
; así en un sepulcro fue reproducida la gigantomaquia de Pérgamo.
Legado de la Obra romana
La obra realizada por Roma fue
enorme, pero dependió menos de artistas y movimientos individuales que del
afortunado hecho de que el arte griego y helenistico no hubiera perecido, como
sucedió con tantas tradiciones del pasado humano, sino que fuese llevado por
Roma hasta los ultimos confines de Europa en lo que echó profundas raíces. El
arte románico recibio una marcada influencia de los monumentos del Imperio que
sobrevivieron.
El arte romano fue una de las
fuentes de inspiración directa del Renacimiento. En lugar de copiar y adaptar
las obras de la Edad Media, alli estaban las estatuas romanas como modelo que
emular y adaptar. Donatello creo su David a imgen y semejanza de Antinoo.
El Laooconte se descubrió en Roma en 1506 y ayudo a dar forma al arte de Miguel
Angel y de sus contemporáneos.
En el último siglo y medio, el
entusiasmo por Roma ha decaído ante los nuevos conocimientos sobre el arte
griego en todas sus fases, y algunos notables escritores de arte son sumamente
duros en susu juicios sobre la obra romana. Puede que estemos empezando a ver
ahora la injusticia de estos juicios, ya que mientras algunas esculturas romanas
son copias mediocres de obras maestras clásicas, otras son intentos sumamente
refinados y sutiles de seguir construyendo sobre los logros del pasado griego.
Bibliografía:
- "Historia de Roma y los Romanos",
Editorial Fabril S.A, Buenos Aires, 1961
- "Enciclopedia Autodidáctica Océano",
Tomo VII, Editorial Océano, Barcelona, España
- "Historia Universal del Arte", Tomo
II, Editorial Sarpe, Madrid, España, 1984
- http://www.mac.es/mnat/esp/mnat/marq/marq37.html
- http://www.tam.itesm.mx/~jdorante/art/romano/romhtmls.html
Trabajo enviado por:
Lisa Wantz
lisa_violeta@hotmail.com
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Contactar mailto:lisa_violeta@hotmail.com
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Publicado Friday 7 de November de 2003
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