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Censura y Libertad La Ilegalidad de las Ideas
Resumen: En La Crónica del miércoles 23 de julio Jacinto Antón aludía al hecho de que la reciente actuación de los Mossos d'Esquadra (incautando 10.000 libros "nazis" de la librería Kalki de Barcelona y de las Ediciones Nueva República) había manifestado tal exceso de celo que incluyó obras del célebre escritor Ernst Jünger. En realidad, las obras "nazis", al parecer, incluían también libros del falangista José Luis de Arrese o de uno de los introductores del fascismo en España, Ramiro Ledesma Ramos. En fin, un melting-pot ultraderechista.
Publicación enviada por Xavier Casals
El
rotativo madrileño El País
publicaba, el pasado lunes 28 de julio, un artículo del historiador catalán
Xavier Casals bajo el título "La ilegalidad de las ideas", en el cual
hace una particular reflexión al calor de los incidentes del 8 de julio, que
implicaban al dueño de la librería Kalki, y a Joan Antoni Llopart, responsable
de ENR. Sin añadir comentario alguno por nuestra parte, lo reproducimos íntegramente:
En La Crónica del miércoles 23 de julio Jacinto Antón aludía al hecho de que
la reciente actuación de los Mossos d'Esquadra (incautando 10.000 libros
"nazis" de la librería Kalki de Barcelona y de las Ediciones Nueva
República) había manifestado tal exceso de celo que incluyó obras del célebre
escritor Ernst Jünger. En realidad, las obras "nazis", al parecer,
incluían también libros del falangista José Luis de Arrese o de uno de los
introductores del fascismo en España, Ramiro Ledesma Ramos. En fin, un
melting-pot ultraderechista.
Pero al margen de estas precisiones, el episodio policial vuelve a poner en
primer plano una cuestión difícil de acotar: ¿cuáles deben ser los límites
de la libertad de expresión y de la circulación de ideas? ¿Dónde comienza o
acaba la "apología del genocidio" en una democracia más allá de lo
que establece el Código Penal vigente? ¿Hasta qué punto es legal incautar
obras con ISBN y Depósito Legal? ¿Debe existir censura previa?
Respecto a la primera pregunta, es fácil coincidir en una pregunta de amplio
consenso social: el delito supuestamente cometido por los editores y difusores
de estas obras ("apología del genocidio") despierta una inmediata
condena ética y social, que comparte quien escribe estas líneas. Es obvio
—como han demostrado los resultados electorales— que la mayor parte de
nuestra sociedad no se identifica con los postulados neonazis, racistas o
antisemitas. Pero al exigir que una sanción social legal acompañe a la condena
ética se entra en un campo minado para la libre circulación de ideas.
En efecto, "judicializar" la difusión de ideologías en función de
su supuesta maldad o bondad abre vías de eventual limitación de las libertades
cívicas. Porque... ¿debe limitarse la "apología del genocidio" a
obras exaltadoras del nazismo o negadoras del exterminio judío? ¿Y la dura
realidad del "Gulag" soviético? En 1997 una obra de historiadores
franceses, El libro negro del comunismo, inventarió los crímenes monstruosos
del llamado "socialismo real". ¿Es posible, después de aparecer
nuevas monografías que describen el totalitarismo comunista, excluir del delito
de "apología del genocidio" obras laudatorias de los extintos regímenes
comunistas? ¿Por qué?
La situación se hace más complicada si miramos nuestro pasado inmediato, el
franquismo. Está documentada la voluntad de genocidio de la dictadura respecto
a la cultura catalana, como refleja una monografía de Josep Benet de 1995. ¿Qué
hacer, pues, con quienes reivindican la memoria del régimen anterior? ¿Hay que
cerrar la revista Fuerza Nueva? ¿Y la Hermandad de Combatientes de la División
Azul? Ahí está un trabajo que se acumula para jueces y letrados y que se
complica con la publicación exitosa de la obra de Pío Moa Los mitos de la
Guerra Civil. En ella, se cuestiona (entre otros aspectos de la contienda y sus
participantes) la "crueldad de Franco", y su autor argumenta que éste
"sale bien parado", "si lo comparamos con, por ejemplo,
Churchill, Roosevelt o Truman, no digamos Hitler o Stalin". Lejos de
merecer condenas, Moa fue legalmente entrevistado en la televisión estatal sin
intervenir ningún contradictor de sus argumentos. ¿Debió ser censurado?
Tipificar el delito de "apología de genocidio" abre las puertas a que
la verdad histórica se confunda con la judicial y ello no depara nada bueno ni
a la historia ni a la libertad de ideas. Tampoco está de más recordar que la
sentencia de una actuación precedente de la policía autonómica de 1998 contra
el dueño de la Librería Europa, Pedro Valera, aún está pendiente de ejecución
por un recurso presentado ante el Tribunal Constitucional.
Igualmente, cabe destacar que este tipo de intervenciones policiales cada vez
tiene menos sentido en la era de Internet: si alguien se molesta en viajar por páginas
web ultraderechistas descubrirá que se puede copiar libros enteros. Por otra
parte, si se quiere limitar la difusión de este tipo de obras en el
ciberespacio, se entra en problemas más complejos. Así, dado que la venta de
Mi lucha, de Adolf Hitler, está prohibida en Alemania, los neonazis adquirirían
la obra en la librería virtual Amazon, pues en EE.UU. es un texto de difusión
legal. Tras producirse varias protestas, Amazon ha decidido retirar el libro de
su catálogo. Esta cibercensura abre una senda de destino ignoto (¿se retirarán
sistemáticamente obras catalogadas por las protestas que se efectúen?) y
plantea algunos problemas obvios: si algún estudioso o interesado desea conocer
las fuentes originales del hitlerismo, ¿dónde las podrá consultar?; ¿deberán
habilitarse bibliotecas vigiladas?
A quien esto escribe le separa un abismo ideológico de los editores, autores y
distribuidores de las obras incautadas, pero considera que —pese a todo— éstas
deben ampararse en el marco de la libertad de expresión. Las ideas sólo pueden
combatirse con ideas, aunque ello nos desagrade. Actualmente, la generalización
de un pensamiento políticamente correcto crea un clima social de censura ideológica,
como mostró el episodio protagonizado por Miriam Tey y Todas putas, en el que
abundaron opiniones contrarias a una obra que apenas nadie se había tomado la
molestia de leer previamente. En definitiva, cuando la democracia necesita policía
del pensamiento, su salud no puede ser muy buena.
Extraído de:
Ediciones Nueva República
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Publicación enviada por Xavier Casals
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Código ISPN de la Publicación EpylluEAZVdoUbeGlY
Publicado Friday 14 de November de 2003
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