Monografias | El istmo entre los CaribesEl istmo entre los CaribesResumen: El Gran Caribe es teatro de encuentros de un plural abanico de culturas, crecientemente articuladas por circulaciones, intercambios y convergencias creativas cuya legitimidad se ha reconfirmado, en oposición a los paradigmas coloniales y neocoloniales que las precedieron y segregaron. Su desarrollo es obra colectiva de múltiples oleadas humanas --antillanas y continentales--, que durante medio milenio fecundaron la región trasegando y sumando aportaciones entre las variadas culturas particulares que la constituyen y dando lugar a la intercultura que hoy seguimos elaborando. El Gran Caribe es teatro de encuentros de un plural abanico
de culturas, crecientemente articuladas por circulaciones, intercambios y
convergencias creativas cuya legitimidad se ha reconfirmado, en oposición a los
paradigmas coloniales y neocoloniales que las precedieron y segregaron. Su
desarrollo es obra colectiva de múltiples oleadas humanas --antillanas y
continentales--, que durante medio milenio fecundaron la región trasegando y
sumando aportaciones entre las variadas culturas particulares que la constituyen
y dando lugar a la intercultura que hoy seguimos elaborando. Algunos de los pueblos de la Cuenca han avanzado más que
Panamá en el proceso de sintetizar una cultura propia. Sin embargo, los panameños
hace largo rato produjimos una personalidad nacional suficientemente robusta
para sobrevivir con éxito las incontables pruebas neocoloniales e
intervencionistas que han recaído sobre el Istmo donde nacimos. Aún así, esta
personalidad se caracteriza por tener como base un mosaico de culturas más
particulares, a diferencia de la relativa homogeneidad de otros pueblos de la
región. Esa cultura expresa la condición pluriétnica del país, la progresiva
incapacidad de la clase dominante tradicional para prolongar su hegemonía
cultural, así como las solidaridades que paso a paso han venido dándose entre
los desposeídos y desarticulados de ayer. Tal experiencia demuestra que no es la exhumación de las
antiguas raíces, ni la decantación de los diferentes componentes étnicos, ni
la supremacía socioeconómica y política de un grupo especial, lo que
proporciona singularidad y fuerza cultural a la nación, sino la convivencia e
intercambio de las aportaciones entre todos los que concurrimos a constituirla.
Confluir alrededor de objetivos sociales compatibles y concurrentes, con base en
una coexistencia cultural así enriquecida y productora de expresiones comunes,
o comúnmente apreciadas por significativas y valiosas, puesto que promueven
metas sociales comunes. Situados en el fondo meridional del Gran Mar, para los panameños
no hay uno sino varios modos de pertenecer a las familias culturales del Caribe,
como tampoco hay un solo Caribe sino una diversidad de matrices que se
entrecruzan y renuevan entre sí, componiendo un conglomerado de diarias
convergencias y diversificaciones. Si la enorme heterogeneidad del universo se
puede contemplar en un grano de maíz, Panamá lo demostró al acoger y hacer
convivir a diversos y hasta dispares modos de participar en el conglomerado
caribeño. Paso obligado entre dos océanos, el Istmo de Panamá quedó
encadenado a la expansión europea como cabeza de playa para encontrar el Pacífico
y conquistar sus riberas; en particular, para la colonización española de la
Centroamérica meridional y, principalmente, para la conquista y expoliación
del Perú y de sus parajes vecinos. Tanto importó este paso interoceánico que
durante la mayor parte de su historia colonial el Istmo fue una dependencia del
Virreinato de Lima y luego un Situado de sus cajas reales, incluso cuando, ya
entrado el siglo XVIII, tras el agotamiento de las minas decayó el tránsito
peruano y la administración del territorio fue asignada al Virreinato de Bogotá. En efecto, hasta el día de hoy un istmo puede servir para
dos cosas: dejar pasar o impedir pasar. La Corona se valió de Panamá tanto
para trasladar al Atlántico los tesoros peruanos e intercambiarlos por mercancías
europeas como para impedir que los británicos y demás potencias rivales
pudieran tener acceso a los inmensos dominios de España en el Pacífico. La
desproporción entre ambas funciones aún puede verse: desde los inicios de
aquella era, el poder hispánico gastó mucho más en robustecer el sistema de
castillos y baluartes que en acondicionar el modesto camino de herradura con que
enlazó ambos océanos. Los panameños, pues, vinimos al mundo --a este mundo--
engarzados al ámbito colonial de los puertos y navegantes, y de los grandes
monopolios comerciales y militares. Ser la puerta del Pacífico desde los
comienzos insertó a nuestro país en el mundo caribeño. En la cercana
Cartagena de Indias fondeaba una parte de la flota de galeones mientras otra se
encaminaba a la mexicana Veracruz y, cuando el tesoro peruano llegaba al puerto
ístmico de Portobelo, allí atracaban los grandes buques para el intercambio de
manufacturas europeas por plata americana. La fortificada ciudad se tornaba un
opulento hormiguero de variopintos negociantes, marinos, hombres de armas,
dignatarios y esclavos en la celebración de las renombradas Ferias de
Portobelo. Luego, los galeones eran escoltados a La Habana, a reunirse con los
que retornaban de México, para volver a Europa juntos y bajo redoblada protección
a través de un Atlántico infestado de guerras y piraterías. Tenemos pues al Istmo engranado entre el Callao, de una
banda, y Cartagena y La Habana de la otra. Como corredor para los ímpetus de la
Conquista, pronto allí se asentó la primera modalidad de colonizadores que no
tenían origen americano: los hombres y mujeres llegados del sur de España,
seguidos luego por los primeros esclavos de origen africano, unos y otros con su
respectiva cultura a cuestas. La conquista y colonización española del Pacífico
americano empezó por esta estrecha cintura continental y se propagó enseguida
al Norte y Sur, ocupando primero las costas y llanos aledaños y más tarde las
lejanías y altiplanos. Mientras más remoto era su alcance, menos andaluces
iban quedando y otros peninsulares venían a continuar esa derrama. Así, por el
vecindario de Panamá menudearían los apellidos llegados del sur de la Península,
más allá los nombres manchegos y castellanos y acullá los norteños y vascos
(como en Chile y en el norte mexicano, que para entonces incluía la
California). Pero en Panamá no sólo quedaron los apellidos sino sobre todo la
modalidad dialectal, la idiosincrasia, el gusto culinario, la arquitectura
lugareña y, de sobresaliente modo, el sentido musical. Todavía se hermanan en su abuelo andaluz el cante del
montuno blanco o cholo panameño con el del jíbaro puertorriqueño y el guajiro
cubano y, hasta reciente fecha, mientras más recóndito era el rincón de
monte, más flagrante el parentesco, preservado por el añejo aislamiento. Este
es el primer lazo istmeño con el Caribe y es el mismo cuyas resonancias
igualmente encontramos hasta Veracruz, por un extremo, y que por el otro
reverberan a lo largo de la costa y del llano colombo-venezolano: es el vivo y
persistente Caribe hispánico, que no oculta sus ancestros magrebíes y desde
entonces anudó a todos los hijos de esta mitad de la Gran Cuenca. El segundo lazo data de los inicios del trasiego interoceánico,
cuando a Panamá arribaron los primeros esclavos "ladinos",
procedentes de España y, poco más tarde, los oriundos de las costas
occidentales de África, traídos al Istmo desde las antillas hispanohablantes.
No obstante, en esto el país se diferenció de esas otras colonias: puesto que
la principal actividad económica era el trasiego interoceánico, que la minería
tuvo corta vida y las haciendas fueron modestas, Panamá no fue asiento
permanente de grandes dotaciones de esclavos. Las Ferias de Portobelo y los períodos
de relativo aislamiento que mediaban entre una y otra no se repetían a plazos
cortos ni fijos, así que al cabo de cada uno de esos espléndidos eventos gran
parte de los esclavos eran revendidos a las haciendas peruanas o en puntos más
cercanos. Otros huyeron a los bosques situados al oriente de la ruta
del tránsito interoceánico donde, alzándose en importantes palenques
cimarrones, la hostigaron hasta que el Imperio se vio precisado a emanciparlos.
Liberados, se asentaron en parte de la costa atlántica, en la región del Darién
--que por el Pacífico colinda con el Chocó colombiano-- y en el Archipiélago
de las Perlas, sobre este océano, donde antes ellos habían sido buceadores de
tan codiciadas ostras. Los ladinos y libertos colorearon las tradiciones
criollas "de tambor", vinculadas al nacimiento de la cultura nacional
en los pueblos del "interior" occidental del país; los segundos
produjeron la robusta cultura de los "congos" y costeños, que la región
oriental de Panamá comparte con las costumbres, el habla y la música de los
negros colombianos ribereños de ambos océanos. Estos libertos, que así quedaron reducidos a la siembra y la
pesca de autosubsistencia, y vueltos al monte en convivencia con los indios, son
primos de los mismos afroamericanos cuyos trabajos tapizaron de caña de azúcar
las Grandes Antillas españolas y los enclaves de Veracruz, de la costa
colombo-venezolana, la ecuatoriana de Esmeraldas y la del Perú. Todavía, además
de los vestigios musicales más directamente africanos, tienden puentes vivos
entre la marinera, el porro, la plena y el son, y a veces hacen difícil
distinguir si una cumbia viene de Colombia o es panameña. Hasta entonces, el ámbito recorrido fue el que abarcaron los
viajes de Colón y las colonizaciones iniciales, en el siglo XVI y los albores
del XVII. Y fue también, poco más tarde, el mundo de los primeros criollos y
de los primeros cimarrones, así como el de la piratería y el prolífero
comercio contrabandista que, burlando a vela y hasta a remo las distancias y la
represión de los monopolios coloniales, ató con millares de hilos el universo
de las islas y recodos continentales que pueblan la Cuenca. Como fue, asimismo,
el ámbito de varias de las primeras imprentas y universidades del Nuevo Mundo. Pero, junto a esto, igualmente se dieron grandes
diferenciaciones y aislamientos. Belicosos poderes coloniales se tomaron
distintas islas y enclaves desde donde reprodujeron sus enfrentamientos. Islas
hubo que cambiaron de mano 16 veces entre dos o más rivales europeos, dejándonos
esquizofrenias lingüísticas y culinarias que perduran hasta nuestros días. En
Panamá, desde que el colonialismo cruzó su territorio, el istmo dejó de
comunicar por tierra las anteriores poblaciones de Norte y Sudamérica. A la
vez, los pueblos indígenas del país fueron despojados de las fértiles
llanuras, replegándose a montañas y bosques que los separaron entre sí y los
marginaron de los nuevos procesos socioculturales que la región experimentó,
resultando marginados de las agitaciones creativas del Gran Caribe, incluso
cuando conservaron acceso al mar. De modo semejante, durante largo tiempo los influjos
antillanos y negroides serían más débiles hacia el extremo pacífico-occidental
del país, el "interior" profundamente hispanizado pero de escasas
relaciones directas con el tráfico interoceánico. Esta segregación se refrendó
mediante feroces represiones contra toda pretensión de establecer en esa parte
del Istmo cualquier otra ruta interoceánica, paralela a la que el monopolio
real detentaba con sede en la Ciudad de Panamá (como más de una vez lo
intentaron los audaces criollos interioranos en combinación con los mercaderes
británicos aposentados en Jamaica). Ello demoraría el surgimiento de un tercer
sistema de lazos entre esa parte del país y las profundidades del Caribe. Así las cosas, entrado el siglo XVIII menguó el tránsito
peruano y el Istmo entró en una hibernación que lo ocupó durante varias décadas:
languidecieron los intercambios con las Antillas y el resto del mundo, ensimismándose
el país en la gestación de su propia personalidad cultural. Ésta nunca fue
centroamericana, pero la subsiguiente anexión del territorio al Virreinato de
Nueva Granada tampoco bastó para imprimirle un carácter más colombiano, pues
los vínculos con Bogotá serían menos sustantivos que los antes tenidos con el
lejano Perú y las antillas españolas. La cultura acunada en ese período de
relativa desconexión fue, pues, netamente panameña y se desplegó a partir de
los pueblos interioranos de la región central del país. Ella dio base a la independencia de Panamá de España en
1821, la que los istmeños lograron por sí solos, decidiendo enseguida
confederarse al proyecto gran colombiano encabezado por Simón Bolívar. Fieles
a los viejos lazos, los panameños poco necesitaron combatir en su propia tierra
pero, acto seguido, aportaron tropas y oficiales que se distinguieron a las órdenes
del Libertador y del mariscal Sucre lo mismo en Boyacá que en Pichincha, y que
en Junín y Ayacucho, puesto que la libertad propia sólo se podía defender
alcanzando la de sus demás hermanos. Sin embargo, poco después de la Independencia de las jóvenes
repúblicas hispanoamericanas, Panamá tendría un nuevo y drástico proceso de
reinserción en el Caribe, que surgiría a mediados del siglo XIX. El pertinaz
interés británico por hacerse del control de los posibles accesos al Pacífico
a través de Centroamérica provocó el establecimiento de enclaves y
protectorados ingleses desde Belice hasta la llamada Costa de la Mosquitia y la
entrada a los lagos de Nicaragua. Con ello, esa larga costa quedaría vinculada
a aquella otra parte del mundo caribeño, a través del establecimiento de
poblaciones traídas de las antillas anglohablantes. A su vez, la apropiación de Nuevo México y California por
Estados Unidos hizo de esta nación una potencia ribereña del Pacífico y la
precipitó en la necesidad de obtener su propia ruta interoceánica, cosa
entonces imposible a través del macizo continental norteamericano. Enseguida,
Estados Unidos procuraría anexarse Cuba --llave estratégica del Golfo de México
y del Caribe occidental-- y, poco más tarde, lo intentó en Nicaragua mediante
fuerzas irregulares o "filibusteras", aunque la denodada resistencia
centroamericana lo impidió, con la colaboración inglesa. Durante medio siglo,
la rivalidad entre el colonialismo británico y el expansionismo estadunidense
desempeñaría un papel medular en la interrelación de los pueblos del Caribe. Así, el ventajoso posicionamiento inglés sobre los ansiados
accesos centroamericanos indujo a los estadunidenses a fijar sus objetivos en
Panamá. Se lo facilitó la imprudente aquiescencia de los gobernantes
bogotanos, interesados en que un aliado poderoso los auxiliara a preservar la
dominación colombiana sobre el Istmo, amenazada tanto por el separatismo panameño
como por la marina inglesa. Desde 1846, Bogotá cedió a Estados Unidos el
derecho de tránsito de tropas, colonos y mercancías a través de Panamá, a
cambio de que las fuerzas norteamericanas garantizasen el orden público y la
soberanía colombiana sobre la faja interoceánica del Istmo. La magna empresa norteamericana de aquellos tiempos fue la
construcción del ferrocarril transístmico, una hazaña de la época
fatigosamente alcanzada a través de las boscosas colinas del trópico húmedo y
muy lejos de las fuentes de abastecimiento técnico. La superexplotación del
trabajo aplicada para lograrlo a través de un país relativamente despoblado
exigió importar grandes contingentes de trabajadores. Aunque se emplearon
brazos de Centroamérica y Colombia, fue preciso traer dotaciones de obreros
chinos y de las Antillas anglohablantes, que tuvieron a su cargo las labores más
pesadas. Muchos miles de unos y otros dejaron su vida en Panamá, se
dice que tantos como traviesas tiene el ferrocarril; con todo, es imposible
conocer la cifra verdadera, pues las estadísticas de la empresa constructora no
registraron el número de las víctimas "de color". No obstante,
conocemos la amplia huella cultural aportada por la masa de sobrevivientes que
allí quedó desempleada al concluirse las obras y que con el correr del tiempo
se incorporaría al historial de las luchas sociales panameñas, sobre todo en
la terminal atlántica de Colón, ciudad nacida del ferrocarril. Este fue el
primer gran conglomerado angloantillano del país. Durante unos veinte años, el corredor ístmico atestiguó de
cerca la "fiebre del oro" californiana, mirando pasar los trenes de la
abrupta prosperidad norteamericana desde la inicua platea de los hambrientos
que, concluida la obra, habían quedado sin papel que desempeñar en la economía
del país. Con todo, Panamá volvió a quedar comunicada con el mundo y con el
Caribe, a través de los mayor es y mejores buques a vapor de aquella época,
que desde ambos extremos del ferrocarril intercambiaban cargas que lo mismo se
trasegaban entre Valparaíso y Liverpool o, sobre todo, entre San Francisco y
Nueva York, aparte de otras rutas. Al Istmo arribaron otras inmigraciones, ahora norteamericanas
y europeas y lo mismo de corte comercial que aventurero. Pero unos decenios
después, terminada la Guerra Civil estadunidense y tras la apertura del primer
ferrocarril trascontinental norteamericano, en Panamá sobrevendría una nueva
contracción. Hasta finalizar el siglo, Estados Unidos archivaría su interés
inmediato por nuestro país: como en los tiempos de la Corona, el tráfico
comercial decayó pero las facultades de intervención militar permanecieron. Empero, a poco de esa crisis del ferrocarril, se inició en
gran escala el primer intento real de cortar el Istmo por la mitad con un canal
interocepanico, emprendido por el grupo francés que recién había cavado
exitosamente la ruta de Suez. Una briosa influencia francesa se haría sentir en
Panamá durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Esta vez, la intensa
importación de mano de fuerza de trabajo consumió brazos traídos de gran
parte del mundo, entre ellos numerosos contingentes de casi todas las Antillas,
aunque los franceses prefirieron, especialmente, a los trabajadores de Martinica
y Guadalupe, que llegaron en tal número que aun hace algunos años, a un siglo
de cuando aqulla empresa quebró, todavía se apreciaba la huella de las
costumbres de esas dos islas, pese a que el empeño francés había significado
una mortandad mayor que la del ferrocarril. Así, en los albores del siglo XX el expansionismo
norteamericano, enseguida de desplazar a los ingleses de la mayor parte del área
centroamericana, triunfante en la guerra de España y amo de Cuba, Puerto Rico y
Filipinas, relevó en el Istmo a los franceses, volviendo sobre Panamá con todo
el poder de sus nuevas necesidades. Estas ahora fueron las de terminar el canal
que los europeos habían dejado inconcluso, aunque pasando a concebirlo como un
proyecto de interés militar más que como un instrumento destinado a
desarrollar el comercio internacional. Tras haber empleado por medio siglo a los buques de su armada
para "pacificar" al país impidiéndole separarse de Colombia, tan
pronto como Bogotá dejó de responder al nuevo género de intereses
norteamericanos, Estados Unidos volteó los cañones e intervino para favorecer
la secesión del Istmo. Las naves norteamericanas impidieron el arribo de las
tropas colombianas destinadas a sofocar el siguiente intento separatista panameño,
esta vez protagonizado por la élite más conservadora, que tras el retiro de
los franceses había quedado urgida de servir a cualquier otro que viniese a
reanudar las obras. Con todo ello, esta intervención subordinó a la naciente
República a la condición de un virtual protectorado. En construir el Canal se invirtieron más de diez años,
durante los cuales trabajaron contingentes de hasta 50 mil hombres, bajo el régimen
de una empresa estatal y militarizada que los estratificó y los segregaba según
su origen nacional y racial. Las mayores dotaciones obreras vinieron del Caribe
y en especial de las Antillas anglohablantes, descollando en número los
trabajadores procedentes de Barbados y Jamaica. De esa forma Colón, la hija del ferrocarril, segunda ciudad
del país en población y primera en penalidades, crecida con el Canal se adornó
con todas las características de un puerto de las Indias Occidentales y la
ciudad capital, a orillas del Pacífico, conserva barrios y hábitos de
ostensible impronta angloantillana. Finalmente, al concluir las obras, las
empresas bananeras establecidas en el extremo atlántico del país desde finales
del siglo XIX, asimilarían parte de la fuerza laboral desempleada al terminarse
la construcción del Canal, con lo cual aquella zona se incorporó al vivaz
rosario de enclaves angloantillanos que bordea la costa caribeña desde Belice
hasta Colón. Al cabo, hoy el 16 por ciento de los panameños tenemos ese
linaje. Nuestro pequeño istmo se ha integrado, pues, como un
complejo mosaico de pueblos; en buena parte, un mosaico de enclaves: el enclave
colonial norteamericano de la antigua Zona del Canal, ya desaparecido, con sus
guetos militares y civiles para blancos y para negros; los enclaves
angloantillanos en las dos ciudades terminales del Canal; los enclaves que
fueron los puertos bananeros en el extremo occidental del Istmo, en el Atlántico
y el Pacífico; los encalves indígenas, que son sedes territoriales de tres
robustas culturas de diferente raíz; las comunidades chinas, indostánicas,
hebreas, árabes y europeas, cuyas fronteras han venido diluyéndose; y las
mayorías criollas, blancas y mestizas, regionalmente diversificadas desde la
capital y los llanos extendidos a lo largo de la vertiente del Pacífico, hasta
la amistosa pero nítida, casi drástica, frontera cultural centroamericana. Ese mosaico lo es también lingüístico. Excluyendo algunas
minorías demográficas, en Panamá predomina la modalidad andaluza del
castellano, que convive con tres lenguas indígenas y el creole
antillano, que también llegó a ser una lengua panameña; idiomas que hasta
hace unos años coexistían con el sureño inglés de los zonians,
oriundos del enclave extranjero que envolvía al Canal y partía en dos al
territorio nacional. Lo mismo puede decirse de la dieta, a la vez mestiza,
criolla y antillana que se combina con las ya aclimatadas aportaciones de la
China meridional, así como de las tradiciones musicales y danzarias,
entroncadas a la vez con unas y otras de las Antillas y la costa
colombo-venezolana. Siempre queda al observador la tentación de calificar a
Panamá como una Antilla. No obstante, un par de tecnicismos geográficos se lo
impedirán, forzándolo a admitir que ese territorio bioceánico se ubica en la
otra orilla de la Cuenca y atado por una punta a Centroamérica y por la otra a
América del Sur. Junto a la raigal herencia mestiza, allí se anudaron por lo
menos tres brazos de las intercomunicaciones caribeñas: el continental, el de
las Antillas hispánicas y el angloantillano. Así, al cabo es válido afirmar
que la nación de los panameños queda en algún paraje situado entre la cumbia
y el calipso. En su ámbito geográfico, el rompecabezas caribeño fue
recortado y repoblado por las rivalidades y cambiantes dominaciones de las
potencias que se lo habían repartido y vuelto a repartir. Se puede trazar el
mapa hasta de las preferencias deportivas, según la fecha, brutalidad, duración
e intensidad de esas dominaciones: países del fútbol y países del béisbol,
así como igualmente países católicos (y más o menos santeros) y países
protestantes, o países de guayabera y de cariba, según los tiempos en
que los reinados europeos se turnaron en las islas y en que la expansión
estadunidense desplazó de sus dominios a España pero debió aceptar que otras
potencias trasatlánticas permanecieran en el área. Dentro del mosaico panameño, tan hondas fueron alguna vez
las diferencias entre los enclaves puestos a coexistir por los poderes foráneos
que, en pasados tiempos, tuvieron dificultades para cooperar entre sí los
hombres y mujeres que, más allá de pieles y lenguas, padecían idénticos
sinsabores y se merecían iguales solidaridades y esperanzas. Se les hizo
sobrestimar las diferencias formales hasta el punto de ocultarse que indio,
criollo, chino o antillano ahí comparten bajo el mismo sol los sudores, sangres
y oportunidades a los que los uncieron los mismos explotadores. A la postre, ese
mosaico ha venido articulándose en una sola pieza, al intercambiar y asumir
como propios los aportes de unas y otras de estas culturas, y empezar a
reconocer las necesidades y proyectos comunes que a todos nos identifican como
nación. No hay cultura panameña cuando un solo cantón étnico
domina y subordina a los demás; la hay cuando cada grupo hace suyas las
contribuciones que los otros traen a la misma vida, que es la del mismo esfuerzo
creador. Asimismo, sólo hay Caribe cuando compartimos nuestras
herencias e innovaciones para un fin común, y no cuando las cultivamos por
separado. Las diferencias que median entre una y otra esquinas del Gran Mar
merman en el mismo grado en que las cadenas coloniales ceden terreno a las
solidaridades. Es mucho lo que tenemos en común, a las orillas de esta poblada
Cuenca, a través de la cual entrelazamos nuestras historias e incluso nuestras
descendencias. Pero en la medida en que superamos los aislamientos y enconos
legados por hegemonías y subdivisiones importadas y ajenas, y enriquecemos
nuestras intercomunicaciones, es mucho más lo que descubrimos y podemos
compartir: el futuro. Nils Castro Publicación enviada por Nils Castro Contactar mailto:ncastro@eveloz.com Código ISPN de la Publicación EpylplAylVslzcYQkb Publicado Wednesday 5 de November de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
ilustrados.com nace con el fin difundir el conocimiento publicando trabajos de investigación, monografias, tesis, presentaciones powerpoint y afines. Publicar trabajos en ilustrados.com ha alcanzado prestigio y reconocimiento internacional siendo cada vez más el número de académicos, empresas, investigadores, científicos que consultan las publicaciones de nuestro portal. | |||||||||