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Palomares: 37 años de radiación nuclear
Resumen: Hablar del accidente nuclear de Palomares, una tranquila pedanía de Cuevas del Almanzora –Almería-, que a finales de los años sesenta ni siquiera aparecía en los mapas militares de la época, supone recordar el accidente nuclear más importante de España, cuyas consecuencias sobre el medio ambiente de este rincón del Sudeste peninsular, tras casi cuatro décadas, están aún por determinar.
Publicación enviada por José Javier Matamala García
También implica despertar una pesadilla que los
habitantes de esta comarca del levante almeriense prefieren olvidar, así como
el clamor histriónico y sinsentido de los políticos locales y provinciales que
intentan acallar cualquier nueva información que se aporte en este sentido, en
una peculiar manera de entender los intereses de la ciudadanía, donde “ojos
que no ven, corazón que no siente”.
No es nuestra intención la de alarmar a la población, ni irritar a tan
susceptibles políticos de postín, sino reflejar ciertas conclusiones científicas
poco divulgadas y siempre perseguidas por un oscurantismo más propio de otros
regímenes. Cuando la salud humana puede estar comprometida lo único razonable
es estudiar el origen de ese posible compromiso y no enterrarlo, como se hizo
inadecuadamente con miles de toneladas de residuos radiactivos en Palomares a
finales de los sesenta.
Durante la mañana del 16 de enero de 1966, un B-52 de las fuerzas aéreas de
los EEUU en cuya bodega alojaba 4 bombas termonucleares de fusión, colisionó
con un avión nodriza mientras realizaba una maniobra de recarga de combustible
en vuelo. En el accidente los dos aparatos se precipitaron y también las
bombas, dos de las cuales cayeron en paracaídas y pudieron rescatarse
ulteriormente supuestamente intactas, mientras las otras dos chocaron
directamente contra el suelo explosionando su carga convencional y liberando su
contenido radiactivo, compuesto por uranio y americio, creando una nube
radiactiva en forma de aerosol que se esparció sobre unas 226 hectáreas de
terreno gracias al viento reinante, incluida la población de Palomares.
Los militares americanos pusieron rápidamente en acción un operativo al que
denominaron “Broken Arrow” –flecha rota-, cuyo principal objetivo era el
de localizar los proyectiles perdidos y después descontaminar la zona. En los
datos aportados al Congreso de los Diputados, por parte del Consejo de Seguridad
Nacional –con fecha de entrada de 17 de octubre de 1995-, se afirma que la
retirada de material contaminado se restringió sólo a las zonas que
presentaron una radiación superior a 31,5 µCi x m-2 (1,17 Mbq x m-2), lo que
correspondería al 0,97% del área afectada -226 Ha-, que fueron recogidos en más
de 5.500 barriles y trasladados a los EE.UU. El resto del terreno fue labrado,
regado y sepultado bajo medio metro de tierra descontaminada. También, según
el informe núm. 021275 se enterraron cantidades indeterminadas con un índice
de radiación superior a 3,15 µCi x m-2 x cm-2 (1,17 x 10-1 Bq x cm-2) en un
pozo construido al efecto.
Inicialmente el control de la zona correspondió a la antigua Junta de Energía
Nuclear (JEN) que realizó controles de contaminación atmosférica, de suelos,
plantas silvestres y cultivos, y animales desde el accidente hasta 1980. En
cuanto al seguimiento biológico los datos de “tan concienzudo” análisis se
limitaron al esparto, que ofreció los índices más elevados por acumulación
de plutonio, dos caracoles y una cabra, en los que también se hallaron trazas
de este elemento radiactivo. Sobre la población residente se realizó un
seguimiento médico periódico consistente en análisis de orina y una exploración
pulmonar, lo que según diversos expertos en contaminación radiológica, ni son
suficientes, ni aportan datos significativos para la valoración epidemiológica
de la exposición continuada a partículas alfa de plutonio. En 1984 el Centro
de Análisis y Programas Sanitarios descalificó públicamente los seguimientos
realizados por la JEN sobre mortalidad a causa de la radiactividad por
incompletos e incluso sesgados, mediante métodos presididos por la ambigüedad
y la indefinición.
Estudios epidemiológicos del Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla
En abril de 1997 concertamos un encuentro en Murcia con una de las mayores
eminencias en cuanto a patologías relacionadas con la radiación por partículas
alfa, el Doctor en Medicina D. Pedro Antonio Martínez Pinilla. De hecho, es el
autor de los únicos trabajos epidemiológicos que se han realizado de forma
continuada y con rigor durante décadas, sobre mortalidad y morbilidad en
Palomares. En dicha reunión nos acompañó el periodista almeriense Diego García
Campos, que publicaría parte de esta entrevista en la medio que dirige.
El Dr. Martínez Pinilla nos comentó la falta de seguimiento adecuado de la
morbilidad y la mortalidad en Palomares, desde el accidente nuclear, hasta la
actualidad, por parte de las Administraciones competentes, así como la
precariedad de los protocolos de recogida de datos, su falta de rigor científico
y ético en algunos casos. Asimismo mantuvo que la tónica dominante de las
autoridades ha sido la dejadez y que aún no se ha elaborado ningún estudio
epidemiológico por parte de las instituciones responsables.
Nos comentó que la radiación producida por estos isótopos de plutonio en
forma de partículas alfa, en las concentraciones registradas en el área de
estudio, era muy débil incapaz apenas de atravesar una simple hoja de papel;
pero nos advirtió que precisamente es esta supuesta “inocuidad a corto
plazo” la que equivoca a los que se empeñan en establecer “rangos
permisibles para la salud”, lo que carece de sentido cuando la principal
característica de este tipo de radiación es su carácter acumulativo dentro de
las cadenas tróficas y en elementos inorgánicos, como el agua, el suelo o el
aire –cuando son removidos-. Según Pinilla, la mayoría de los estudios sobre
radiación prolongada ante partículas alfa, indican que la incidencia sobre las
poblaciones humanas y de otros vertebrados superiores y también longevos, no
presentan signos patológicos hasta pasados 20 años. Es entonces cuando los
efectos de la exposición al factor de riesgo –en este caso la radiación-
pueden llegar a desencadenan procesos neoplásicos en el mismo individuo.
El método científico que empleó en los estudios epidemiológicos realizados
se sustentó en el tratamiento estadístico de diferentes variables mediante un
estudio de cohortes, con una probabilidad de error menor o igual a 0,05
–limite estadístico de significación biológica- entre dos poblaciones
similares en cuanto a su dimensión, caracteres bioclimáticos y
socioculturales, así como con una pirámide de población muy parecida. La
población de estudio fue la de Palomares, mientras la población testigo –de
referencia- la de Guazamara, pedanía del municipio almeriense de Pulpí.
En el protocolo del primer estudio se recopilaron datos del periodo anterior y
posterior al accidente nuclear, 1946-1985. De esta forma se confrontaron
diferentes variables entre la población de estudio –con posible factor
riesgo- y la población testigo –sin factor de riesgo-. Los resultados
parciales durante dicho espacio de tiempo indicaban que las muertes por
neoplasias fueron menores en la población de estudio que en la testigo. Sin
embargo, en la discusión de los resultados obtenidos el Dr. Martínez Pinilla
afirma que podían deberse “a una inflarregistración por parte de los médicos
de las defunciones tumorales, ante la presión social que inevitablemente
establecía una relación entre las bombas, las radiaciones y las enfermedades
cancerígenas. En segundo lugar, que el periodo podría resultar corto, ya que
los espacios de latencia necesarios para que aparezcan los efectos biológicos
de las radiaciones son bastante grandes: superiores a veinte años”. Asimismo,
lamentaba que ciertas autoridades hubieran utilizado sólo los resultados de su
estudio epidemiológico preliminar, para afirmar gratuitamente que un Dr. en
Medicina afirmaba que la radiación residual del accidente nuclear de Palomares
no tenía incidencia alguna sobre la población, en un descarado intento de
buscar argumentos para no seguir investigando el tema.
Este uso sesgado de la información evidencia, según Pinilla, la parcialidad de
aquellos que la utilizan fraudulentamente para evitar que se realicen con rigor
los estudios epidemiológicos pertinentes, llegando incluso a poner trabas a la
labor investigadora.
En un segundo estudio estadístico de cohortes, se confrontaron las mismas
variables y poblaciones, durante el periodo 1985-1990, cuyos resultados variaron
radicalmente con respecto a los del anterior ciclo. Esta nueva iniciativa se
debió, según el Dr. Martínez Pinilla, al considerar que las causas que podían
haber falseado los datos del primero se habían superado; en este sentido
afirmaba que “en primer lugar, porque ya se habría sobrepasado ese hipotético
período de latencia de 20 años, para que las partículas alfa ejerzan su
efecto cancerígeno, y en segundo, la presión social, creo que puede haber
desaparecido, además de que los expedientes de defunción son mucho más
rigurosos, por lo que aumentamos la fiabilidad de los resultados” .
Los resultados de este segundo estudio demuestran que “las tasas
estandarizadas de mortalidad general muestran valores similares en Palomares
(9.6) Y Guazamara (10.1). Las principales causas de mortalidad para ambas
poblaciones fueron las circulatorias y las tumorales. Las tasas estandarizadas
de mortalidad circulatoria son muy similares entre ambas poblaciones: 3.7 en
Palomares y 4.6 en Guazamara, mientras que las tasas de mortalidad tumoral son
radicalmente diferentes en Palomares (3.7) y en Guazamara (0.9)”… “resulta
sorprendente que dos poblaciones con estructuras similares, con mortalidad
general similar y con mortalidad circulatoria también muy parecida, presenten
unas tasas de mortalidad tumoral tan diferentes. Esta gran diferencia a favor de
Palomares sólo es justificable de manera significativa por la existencia de un
factor de riesgo”,
En las conclusiones de este estudio se demuestra que el riesgo relativo bruto
por exposición -siendo el factor de riesgo el hecho de vivir en Palomares- es
de 4.15, mientras que en una población sin este mismo factor de riesgo,
expuesta a las actuales condiciones de vida e índice de mortalidad por tumores
sería de 1. De esta forma Martinez Pinilla destaca que “El riesgo atribuible
provocado por la exposición al factor de riesgo es de 0.76. Lo que indica, con
un nivel de confianza superior al 95%, que el 76% de los tumores son debidos al
factor de riesgo, y que el resto -24%- se deben a otras causas. He realizado la
inferencia de identificar el factor de riesgo con la radiactividad existente en
Palomares”. En resumen, “que en los 20 años posteriores a la caída de las
dos bombas de fusión no se observó un aumento de las defunciones tumorales que
pudiese ser atribuido a las radiaciones, mientras que, superado este período de
20 años, empezaron a aparecer cánceres de forma alarmante, que produjeron la
muerte con un riesgo atribuible (fracción etiológica) de 0.76 y con un riesgo
relativo bruto (razón de tasas) de 4.15”.
Continuando el mismo método científico en sus estudios epidemiológicos, se
encontró con que el nuevo análisis estadístico realizado durante el periodo
1991-1993 aportaba resultados cada vez más significativos. Así, los datos
tabulados en dicho periodo, indicaban que el total de defunciones en la población
de estudio –Palomares- fue de diez, desde enero de 1991 hasta mayo de 1993, y
otras diez en la testigo (Guazamara). El total de cuatro cánceres aparecidos
fueron en la población de estudio y siempre en varones, mientras que en testigo
las diez muertes se debieron a causas no tumorales. Ante estos resultados el Dr.
Martinez Pinilla, tras mostrar su cautela en estos últimos datos por lo
reducido de la muestra, afirmó “que los dos cánceres de hígado, uno de pulmón
y uno de próstata nos ofrecen una severa impresión de lo que acontece en
Palomares. Ello incrementa el factor de riesgo. En esta última etapa el 100% de
las defunciones tumorales existentes en Palomares son atribuibles a un factor de
riesgo, que atribuyo a las radiaciones alfa de Plutonio”.
El Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla señaló que “seria necesario realizar
otros trabajos diferentes a los epidemiológicos, que estimen o desestimen con
total exactitud una inequívoca relación causa efecto entre la exposición a
las radiaciones y la aparición de tumores en Palomares”, entre los que apuntó
los siguientes:
- Análisis de morbilidad, con datos del Hospital Provincial de Torrecárdenas
desde 1996, que incluya fichas administrativas de ingresos, historias clínicas,
libro de ingresos y altas, y fichas de patología epidemiológica.
- Continuación de los estudios epidemiológicos con sistemas estadísticos
fiables.
- Experimentación in situ, sobre todo animales, que tengan biología parecida a
los humanos, con larga vida, y que coman productos de allí.
- Seguimiento exhaustivo y sin límites de los vegetales y animales de la zona.
- Análisis de las tierras, ya que las mediciones del CIEMAT reconocen
insuficiencias.
- Análisis de los acuíferos.
- Realización de análisis de cuerpo entero a personas fallecidas, incluyendo
exhumación de cadáveres. Con esta medición se puede asegurar la relación
muerte-radiactividad. Hasta ahora sólo se ha analizado orina y medición de
contaminación en pulmón. Estos criterios son insuficientes.
- Estudio del grupo de personas inmigrantes, que no estuvieron expuestos a
radiación inicial.
Estudio sobre la concentración de plutonio y americio en el plancton del
Mediterráneo Occidental
Un reciente estudio realizado por el Instituto de Ciencia y Tecnología
Ambiental, perteneciente al Departamento de Física de la Universidad Autónoma
de Barcelona, titulado “Concentrations of plutonium and americium in plankton
from the western Mediterranean Sea" y publicado en la revista “The
science of the total environment”, ha aportado nuevos datos sobre las actuales
consecuencias del accidente nuclear de Palomares.
Dirigido por el prestigioso Dr. Joan Albert Sánchez Cabeza, el equipo de esta
investigación ha estudiado, durante el período 1991-2001, la influencia de la
transferencia de los radionucléidos a través de la cadena alimenticia y, en
particular, la captación de nucléidos transuránicos por el plancton, lo que
es básico para poder evaluar el riesgo radiológico potencial del consumo de
productos marinos por la población humana.
Según este estudio las principales fuentes de elementos transuránicos
presentes en el Mar Mediterráneo, proceden de la precipitación radiactiva
global -pruebas nucleares- y del accidente de Palomares, aunque en la actualidad
se liberan cantidades menores desde instalaciones nucleares en la región
Noroeste. El método consistió en la recogida de diferentes muestras de
plancton en el Mediterráneo Occidental (golfo de Vera -en la zona de
Palomares-, Garrucha, Mallorca, golfo de Sant Jordi -Baix Ebre-, costa de
Barcelona y golfo de León –Francia-), para evaluar la captación biológica
de plutonio –Pu- y americio –Am-.
Los resultados han revelado que en Garrucha (área de Palomares), el
microplancton mostró la mayor actividad de Pu-239,240 de todo el Mediterráneo,
lo que pone de manifiesto la contaminación con plutonio de los sedimentos del
fondo. Los niveles de concentración hallados estaban dentro del “rango de los
valores recomendados por la Agencia de Energía Atómica Internacional”
–AEAI-. Las concentraciones de transuránicos observadas en la plataforma
continental fueron mucho mayores que las de mar abierto. Según estos científicos
los sedimentos de las aguas costeras podrían jugar un papel importante en el
traslado de transuránicos al mesoplancton como elemento inicial de la cadena
alimenticia.
En Palomares, tanto el Pu-239,240, como el Am-241, mantuvieron niveles cinco
veces por encima de los valores hallados en el resto del mesoplancton de la
plataforma continental estudiada. Los isótopos de plutonio de la muestra
contaminada y los relacionados con el accidente nuclear son similares, lo que
indica una relación directa con las bombas termonucleares de fusión que
estallaron al caer en Palomares el 16 de enero de 1966. Sin embargo, las
concentraciones halladas en el mesoplancton también estarían relativamente de
acuerdo con los “rangos recomendados por el IAEA”.
Lo que cabría preguntarse es si “los rangos recomendados por la Agencia de
Energía Atómica Internacional”, están basados en las barbaries cometidas
por las potencias atómicas en los atolones del Pacífico durante el resultado
de sus pruebas nucleares...
Como conclusión, parece evidente que estos estudios científicos demuestran
fehacientemente que tras 37 años del accidente nuclear de Palomares, las
consecuencias no sólo no se han disipado, sino que siguen y seguirán afectando
a las comunidades biológicas de la zona durante los miles de años que estos
elementos transuránicos, en especial el plutonio, tardan en degradarse. Lo que
también es evidente es la reacción anormal –o ausencia de la misma- de las
distintas Administraciones implicadas en el control de estos residuos
radiactivos, del seguimiento epidemiológico de los habitantes de esta comarca y
de los demás seres vivos que viven en ella. En cuanto a los susceptibles políticos,
habría que recordarles que es legítimo potenciar el desarrollo de estas áreas
y nadie lo ha puesto en duda, pero que es un deber inalienable de los mismos
procurar por la salud de los habitantes de esta zona, así como emplear todo el
tiempo que utilizan en descalificar o quitar trascendencia a estos estudios, en
defender realmente estos derechos y exigir que se investigue aún más, que se
estudien soluciones paliativas y que dejen de actuar como un estorbo para el
desarrollo de la ciencia.
José Javier Matamala García
Editor de Almediam: http://almeriware.net/almediam/
Declaración Universal de los Derechos Humanos
Artículo 19
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este
derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de
investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin
limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
Fuentes documentales:
Sánchez-Cabeza, J.-A., J. Merino, P. Masqué, P.I. Mitchell, L. León Vintró,
W.R. Schell, Ll. Cros, A. Calbet (2003): “Concentrations of plutonium and
americium in plankton from the western Mediterranean Sea”. The science of the
total environment, 311: 233-245
García Campos, D. (1997): “Palomares debe Saber”. Foco Sur, 13: 9-13
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Publicación enviada por José Javier Matamala García
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Publicado Tuesday 4 de November de 2003
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