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La deformación de la representación

Resumen: El Clientelismo Político como fenómeno enraizado socialmente. El contraclientelismo político. El universo mediático y el clientelismo. La falacia de las visiones "objetivas". Diferentes formas clientelares.

Publicación enviada por Esteban Luis Crevari


 

La deformación de la representación

  1. El Clientelismo Político como fenómeno enraizado socialmente

     

  2. El contraclientelismo político

     

     

  3. El universo mediático y el clientelismo

     

     

  4. La falacia de las visiones "objetivas"

     

     

  5. Diferentes formas clientelares

     

El Clientelismo Político como fenómeno enraizadosocialmente

En el capítulo anterior se planteaba algunas consideracionesvinculadas a ciertos desvíos que suelen producirse detrás de un incorrectomecanismo de financiación de la actividad política. Se sugería que paragarantizar transparencia, equidad y autonomía, el Estado debe oficiar deverdadero garante en materia de administración responsable para los fondos públicosy privados que se canalizan para el funcionamiento de los partidos políticos.

No se trata de incurrir en argumentos funcionales a aquellossectores que esgrimen de un modo exclusivo una defensa corporativa. Mucho menosde asignar desprejuiciadamente fondos a una actividad de carácter secundario.Se trata de generar condiciones competitivas igualitarias para que el juegoelectoral pueda desarrollarse despejado de gruesas distorsiones y que elfuncionamiento democrático adquiera reales condiciones de pluralismo ylibertad. Lamentablemente, las permanentes irregularidades producidas, junto alas urgencias más elementales en términos de una distribución más justa delingreso, hacen que una cuestión de esta magnitud aparezca constantementesoslayada, planteándose de un modo irracional y frecuente que sin el costo dela política se podría vivir mejor. Y lo peor es que esa irracionalidad noproviene exclusivamente de expresiones sociales aisladas. Por el contrario,suele surgir de referentes y comunicadores sociales con gran capacidad deamplificación comunicacional.

Es así como uno de los factores desde los cuales la esferade lo mediático entra en colisión con los partidos políticos, se relacionacon la permanente información que desde los primeros se brinda a la sociedadcivil, en referencia al funcionamiento interno de las estructuras partidarias.

A partir de las permanentes denuncias e investigacionesperiodísticas relacionadas con ciertos manejos discrecionales de lo público,los medios de comunicación adoptan una dinámica recursiva que, en últimainstancia, se asemeja a una profecía autocumplida: los líderes políticosutilizan al aparato estatal como una maquinaria destinada a satisfacercompromisos parapolíticos o personales y en donde la discrecionalidad frente ala administración de lo público parece ser la regla más que la excepción. Elclientelismo, en forma análoga, aparece como la manifestación más frecuente ydeplorable, acelerando aún más la espiral de descrédito del esquema derepresentación democrático. El clima subyacente presentado es la sospecha; lamayor parte de las conclusiones a las que se arriban apuntan a confirmar dichaposición.

De esta manera, los líderes políticos, o todos aquellos queasumen como propia la actividad política, yacen de un modo permanente ante laopinión pública en el banquillo de los acusados: desde el más profundoescepticismo se alude a ellos como protagonistas activos o en potencia de los másgraves niveles de corrupción institucional. Desde este punto de vista, elclientelismo político irrumpe como una consecuencia de la irresponsabilidad ylos intereses egoístas de los líderes políticos, más que como una graveanomalía social.

Toda forma directa o indirecta de prebenda se esquematizacomo una relación unidireccional que vincula a líderes políticos o socialescon capacidad operativa para usufructuar diferentes bienes o recursos públicos,con una sociedad civil carente de determinadas oportunidades. Se produce asíuna relación de intercambio: favores por adhesiones electoralistas, inmersos enel seno de una sociedad pasiva.

Las maquinarias electorales, juzgadas como virtualesasociaciones ilícitas, vigorizan su funcionamiento toda vez que disponen derecursos múltiples para la "compra" de votos, el chantaje social y lacorruptela. Los caudillos políticos irrumpen, de este modo, como actores quearticulan organizaciones políticas con alcance esencialmente regional o local.Cuentan con un séquito diseminado a lo largo y lo ancho de las administracionesgubernamentales, tutelado o administrado por "punteros" que, a cambiode un apoyo mercantilizado, resultan beneficiarios de determinados favorespersonales. De este manera, el caudillo se ramifica ostensiblemente paraamplificar los márgenes de acción: el hospital de la zona, el registro civil,las licencias de automotor, el Juez de Faltas, la legislatura local, los planessociales, el sindicato, la obra social y otras tantas áreas, son puntos estratégicosen donde se ubican ciertos operadores que reproducen a escala el mismo esquemaorganizacional del caudillo y los eventuales actos de peculado.

Esta caracterización predominantemente mediática incurre enuna excesiva simplificación. En efecto; la sociedad civil aquí adquiere un roleminentemente pasivo, ya que son caracterizados como víctimas de un esquemaperverso de dominación sin posibilidad de resolución, y sin responsabilidadalguna ante cada suceso de naturaleza clientelar.

Como respuesta a tal descripción extremadamente esquemáticay parcializada, suele surgir, por parte de muchos ciudadanos, una profundaantipatía y rechazo. La actividad política pasa a ser considerada como elrecurso más vil en materia de su asociación directa con la corrupción, altiempo que todos aquellos que se abocan a ella son, como se sosteníaanteriormente, corruptos activos o en potencia.

Pese a que tal reacción social se sustenta sobre cuestionesque efectivamente llegan a ser verdaderamente aberrantes, el diagnóstico nodeja de resultar falaz. Para demostrarlo, basta con llevar al argumento a su máximaexpresión: si todos aquellos que actúan en política son la causa exclusiva delos alarmantes niveles de corrupción, con sólo apartarlos o segregarlos, eltema estaría resuelto. Una variante semejante de esta lógica, irrumpefrecuentemente toda vez que se plantea una profunda y drástica reducción delos cargos de representación reñida de todo enfoque que contemple de modomaduro y responsable aspectos estructurales y de equilibrio de poder.

Sin embargo, no es preciso incursionar profundamente en el análisiscomparado sobre las diferentes formas de gobierno, como para percibir que dichacuestión lejos se encuentra de poder ser considerada resuelta si se procediesede ese modo. Los excesos en las funciones y los actos delictivos surgirían enel breve plazo, sólo que con nuevos actores. ¿Qué mejor escenario se presentapara el análisis planteado que el comportamiento discrecional de un dictador?.

Un país "sin política" es un país "con política",sólo que ésta es ejercida por otros, con métodos y filosofía de naturalezapaternalista, autoritaria, excluyente y estrecha. Tarde o temprano y con mayor omenor intensidad la discrecionalidad vuelve a surgir, aunque sin los frenos ycontrapesos propios de un esquema liberal, republicano y democrático.

El clientelismo y la práctica prebendaria, tarde o tempranoirrumpirán nuevamente como un fenómeno de carácter cíclico. Como otroejemplo de ello, resulta oportuno analizar ciertos fundamentos esgrimidos desdeel llamado "movimiento piquetero"; alternativa de movilización socialcon eje en los cortes de rutas y accesos de comunicación vehicular que se haincentivado a partir del año 2000 en la República Argentina .

Dicho movimiento, motorizado por actores que en principioesgrimen un profundo rechazo por toda forma de intermediación en materia derepresentación de intereses. Durante los sucesos de conflictividad socialoriginados en la localidad argentina de Tartagal, el movimiento piqueteromanifestaba que sólo levantarían la medida de protesta social, en tanto elPoder Ejecutivo les asignara una cierta cantidad de programas de subsidio pordesempleo (Plan Trabajar) viables de ser administrados de un modo exclusivo porellos, como protagonistas directos de la exclusión y la marginación social.Ningún dirigente político debía interceder en la acción de reparto, ya quese entendía a la gestión como de naturaleza eminentemente arbitraria ypreferencial.

Si bien el Poder Ejecutivo no atendió en forma absolutadichos reclamos de adjudicación de planes de asistencia social, puso adisposición una parte considerable de los mismos a los que se destacaban como líderesnaturales con capacidad de mando en la protesta social.

El resultado de tal decisión resultó verdaderamente emblemático:los referentes ocasionales terminaron favoreciendo con los subsidios dedesempleo a familiares y amigos, con lo cual es posible apreciar como las prácticasclientelares no tardaron en volver a reproducirse. Sólo cambiaron losprotagonistas de la acción de reparto, aunque la discrecionalidad y elfavoritismo no tardaron en ponerse de manifiesto.

Conclusiones análogas pueden desprenderse del análisis delcomportamiento electoral de muchas jurisdicciones. Pese a que los máximosdirigentes políticos suelen resultar objeto de las más profundas críticas, enmuchos casos, éstos terminan imponiéndose ampliamente en los sucesivos actoselectorales, sin sospecha cierta de fraude efectivo. De este modo, intendentes,legisladores o gobernadores, se entronizan legítimamente en términoselectorales en los diferentes cargos electivos a lo largo del tiempo,independientemente de la coyuntura política. ¿La perpetuidad en el poder sóloes producto de las artimañas electorales?. ¿Puede deducirse falta de madurezpolítica por parte del electorado?. Probablemente responder de un modo categóricamenteafirmativo a tales interrogantes implicaría incurrir en una simplificaciónexcesiva de dicha problemática.

Aunque el clima de opinión que se intenta vertebrar desdediversos medios de comunicación, parecería indicar que la vigencia delcaudillismo tiene los días contados, el comportamiento electoral de la sociedadcivil parecería indicar otra situación diferente. Es como que el fenómeno delliderazgo carismático lejos se halla de ser superado, con lo cual es posiblearribar a conclusiones análogas en términos de la perdurabilidad de lasrelaciones clientelares.

A la distancia, o desde determinados ámbitos académicos, elclientelismo político es considerado como un profundo flagelo social, quecorroe progresivamente los márgenes de autonomía de la política y el plenoejercicio de los derechos de los ciudadanos. Sin embargo, a escala reducida oespecíficamente en el espacio donde se producen las relaciones clientelares,probablemente ella no sea la opinión predominante; al menos en la profundaintimidad de los ocasionales beneficiarios, que frente a determinada vicisitudno dudan en recurrir a soluciones discrecionales, a pesar de que el discursomanifiesto suela afirmar lo contrario. Probablemente ello sea un indicador de laprofunda brecha entre macro y micropolítica, en cuyo caso los profundosconflictos devenidos de la ineficiencia de ciertas agencias gubernamentales,pueden ser considerados como otro propulsor adicional de dicho problema social.

Aunque en este proceso de intercambio se establece una relaciónsocial desigual entre favores por adhesión política o electoral, la cepaclientelar goza de gran fortaleza. Y tal vez ello obedezca a la cultura políticavigente dentro de la cual no resulta preciso desembocar en discriminaciones porniveles socio-económicos. No sólo los más postergados económicamente sonobjeto y sujeto del clientelismo. Lo que puede variar es el producto delintercambio, no el proceso en sí.

Durante mucho tiempo las relaciones clientelaresconstituyeron el recurso social por antonomasia, tanto desde la faena política,como para el logro de objetivos personales de los individuos. Quizás eldesarrollo más desproporcionado pueda ser ubicado en la expansión colosal delsector público, propio de la decadencia del Estado de Bienestar. Desde eldesarrollo de políticas básicamente asistencialistas, las relaciones deintercambio se erigieron como una práctica frecuente, sin mayores maticespartidarios, tendiente a la obtención de empleo público u obtención de bienesbásicos. Por dar un ejemplo, la práctica de obtener una licencia para conduciren forma discrecional se naturalizó de tal modo que en algunas jurisdiccioneslocales, tramitarla en términos lógicos no parece ser el mecanismo elegido porel gran conjunto de los individuos. Lo mismo puede apreciarse en la gestión dehabilitaciones comerciales, documentos de identidad, licencias de habilitaciónde vehículos de alquiler, viviendas, líneas telefónicas, turnoshospitalarios, concesiones, etc. Aquellos que ostentan capacidades concretaspara la resolución de determinados "favores", por su parte, especulancon dichos recursos con objetivos claros de acumulación política y/o beneficioeconómico.

Por tal motivo, detrás de cada esquema funcional en losdiferentes organismos oficiales, se establecen un conjunto de prácticasparainstitucionales que alcanzan las dimensiones de verdaderas organizacionescorruptas en las cuales ciertas expresiones gremiales no resultan excluidas, yen las que vastos sectores de la sociedad civil se encuentran inmersos, tantopor necesidad como por utilitarismo. Una vez más, y en contraposición a la clásicaley de Say, la demanda aquí es la que genera la oferta.

En este sentido, la labor desarrollada por los medios masivosde comunicación generalmente se circunscribe a la presentación de una realidadextractada y por ende incompleta. La sociedad se conmueve ante determinadossucesos resonantes, a pesar de que en su comportamiento posterior vuelva aalimentar a los circuitos de la discrecionalidad clientelar.

Desde el ámbito mediático se le adjudica al clientelismo ya las prácticas prebendarias la causa esencial desde donde se erige la crisisde representatividad. No obstante, muchos de los individuos que logranindignarse hasta el enfado frente a tales sucesos, acuden tarde o temprano a lasolicitud prebendaria, engrosando la trama de las relaciones clientelares. Uncaso elocuente de esta sutil asociación entre clientelismo político ysociedad, puede apreciarse en la participación electoral del caudillo Adhemarde Barros, líder brasileño de San Pablo durante los años ciencuenta ysesenta, y la utilización del tristemente célebre lema de campaña: "Robapero hace".

Consecuentemente es posible inferir que el clientelismo políticoconstituye una sólida argamasa desde la cual se llevan a cabo profundasrelaciones sociales. En estas prácticas, ser ganador o damnificado es decaracterísticas circunstanciales: ¿cómo encuadrar de un modo preciso a aquelgrupo familiar beneficiado parainstitucionalmente con la adjudicación de unavivienda?. La cuestión del clientelismo político se halla profundamenteenraizada en la sociedad. Intentar aprehender dicho factor en una categoríaconceptual, resulta así una tarea prácticamente infructuosa.

El contraclientelismo político:

Anteriormente se planteaba que el fenómeno delasistencialismo y la práctica del favoritismo y la discrecionalidad seconstituyen como un recurso utilizado por ciertos líderes políticos, paradesarrollar estrategias de aparato político, y por ende, de acumulación políticay económica.

Desde la lógica de la prebenda personal, la relación deintercambio abre las condiciones como para fijar, por parte de quien otorga, unneto vínculo de dependencia. El empleo público, por ejemplo, permite que elreferente político disponga a gran escala, de la vida de quien resultasupuestamente beneficiado. Sus misiones y funciones en términos laboralespueden hallarse de este modo, relativizadas por los intereses y objetivos dequien se constituye en el otorgador de la prebenda. En tal sentido, el dadorpuede optar por convocar al receptor para que opere sobre ciertas actividadesajenas a sus funciones específicamente laborales, con el consiguiente perjuiciofuncional del área donde éste revista laboralmente. En un esquema de máxima,dicha convocatoria puede llegar a verse fortalecida por una coerción manifiestao latente, so riesgo de perder la fuente de ingresos o el beneficio de laprebenda.

De este modo, estas relaciones de intercambio adquierencaracterísticas netamente diferenciadas. En un proceso convencional, la relaciónde intercambio comienza y finaliza a partir de un bien o servicio y el precioque por él se fija para llevar a cabo el proceso de transferencia. En el casoen cuestión, el precio de intercambio deja de ser único, para transformarse enun aspecto a ser constantemente confirmado y posteriormente oblado. La supuestalealtad que inicia a la relación clientelar, en este sentido, es reformuladaconstantemente aunque de un modo cada vez más unilateral, por parte del dador.Si se considera que la lealtad constituye una relación de ida y vuelta entreindividuos libres, ella aquí padece una grave deformación que la asemeja muchomás a la obsecuencia o a la pura dominación.

Desde los medios de comunicación es muy frecuente observaracciones de profundo cuestionamiento a las prácticas mencionadas. Sin embargola cuestión se circunscribe a un proceso de tipo testimonial que no llega aafectar el plano medular de tal fenómeno. ¿Qué ocurre con el individuo que,en términos de espectador, recoge la imagen o denuncia y simultáneamenteconvive en el universo prebendario?. Puede que los efectos que en él seproduzcan sean casi inocuos, con lo cual la esencia clientelar se mantienevigente. Pero también puede ocurrir que dicha noticia provoque en el receptorsentimientos de indignación, frustración o incluso, rechazo visceral dirigidosal que con su capacidad de dominación subyuga al destinatario de la prebenda. Yes aquí donde surge el contraclientelismo político.

En este caso, puede ocurrir que el receptor, imposibilitadomaterialmente de desligarse de dicha relación de dominación, opte porcomportarse de un modo diferente, basándose principalmente en la simulación, eintentando combatir al fuego con el fuego. El contraclientelismo político semanifiesta toda vez que luego de un acto clientelar, éste genera una dinámicapropia, más allá del propio proceso se intercambio. El receptor se comportacomo si su apoyo fuera de características irrestrictas, a pesar de que lafinalidad de su acción esté dirigida a lograr objetivos diferentes. Mientrascontinúa gozando del beneficio, o soportando la coerción, corroesubrepticiamente las bases mismas del dador. El caso más elocuente de elloprobablemente se manifiesta en períodos electorales: se simula unaincondicional adhesión o sumisión que permita la continuidad del beneficio,pero en el cuarto oscuro se sufraga de un modo opuesto al requerido por eldador. También el fenómeno se presenta de un modo inverso: se declama contralas prácticas prebendarias, y luego se sufraga conforme a una promesa concreta.

Otro caso semejante, capaz de ser encuadrado en la figura delcontraclientelismo político, se establece cuando el receptor de la prebendaapunta a emanciparse de la relación de dominación corriente, aunque que ellono implique apartarse del universo clientelar. Por el contrario, se encamina areemplazar al dador por un sustituto que por lo general reúne condiciones mássatisfactorias para la obtención de nuevas prebendas o favores. El mejorejemplo de ello lo sintetiza aquel individuo que desempeña roles de"puntero político". En este caso, elige quién de los líderes puedellegar a ser el que "pague el mejor precio" por sus servicios o por sucapacidad de traccionar votos.

En el fondo de todas estas variantes se ubica el conjunto dela sociedad civil, la cual pese a compartir ciertas premisas esgrimidas desde ámbitoscontestatarios, es parte y a la vez fortalece la ramificación de las redesclientelares en un mapa prácticamente inconmensurable.

La crisis de representación, aquí, evidencia todas susaristas. Ya no se trata de circunscribir a ello errores de percepción,comportamiento o mala ejecución de políticas por parte de los líderes políticos,frente a una sociedad inerme y pasiva. Por el contrario, dicha crisis espatrimonio común del seno social donde ésta se retroalimenta de un modopermanente.

Lamentablemente no es posible arribar a conclusionesoptimistas. En todo caso, sólo podrán encontrarse ciertos paliativos aptoscomo para acotar los márgenes de las redes clientelares, aunque lo que síresulta seguro es que en tanto y en cuanto la exclusión y la marginalidadsocial sigan siendo un fenómeno relevante de la realidad, el clientelismo políticogozará de buena salud.

El universo mediático y elclientelismo:

La tarea básica de los medios de comunicación social frenteal fenómeno del clientelismo, es básicamente la de persistir en la actitud dedenuncia, a pesar de que ésta sea estrictamente superficial. En bambalinas, lageografía interna del mundo empresario mediático ofrece considerables prácticasque hacen suponer que el clientelismo político actúa y se desarrolla con granvirulencia e impunidad.

Al igual que en el ámbito futbolístico, determinadospersoneros no dudan en recurrir a una permanente reivindicación y tutela deciertos "códigos", como un modo elegante de preservar ciertas prácticascorporativas sustentadas en el silencio cómplice. El clientelismo vigente aquíofrece una pura actividad de lobby. La información, la programación y el ámbitode cobertura mediático no escapa a un neto ejercicio de manipulación destinadoa la preservación y al incremento de determinados intereses económicos y políticos.

De esta manera es posible afirmar que lo que frecuentementese conoce como relaciones clientelares es, en definitiva, un mero recorte de unaconducta social de mayor envergadura, sólo que dicho recorte probablementeobedezca a las diversas acciones de manipulación y dominación de los sectoresmás desposeídos. Las miserias humanas puestas de manifiesto en el clientelismoconvencional, son sólo una muestra de una conducta que degrada profundamente lacondición humana, más allá de la situación socioeconómica de losindividuos.

Tal vez una réplica resultante a este concepto, secentralice en el hecho de que el clientelismo político revista mayor gravedadcomo consecuencia de que éste lucre y manipule a partir de los recursos públicos.Pero dicho argumento sólo vuelve a parcializar la situación. Porque la evasiónimpositiva, la publicidad oficial, o las prerrogativas que las empresasmultimedias persiguen diariamente en su incansable faena de lobby, tarde otemprano terminan imputadas en la cuenta de la sociedad civil. Y ello adquieremayor gravedad si además se considera la responsabilidad social que lasempresas mediáticas tienen desde el punto de vista de la ética que profesan yles exige estar al servicio del gran público consumidor. Dicha ética no secircunscribe de ningún modo al ámbito empresarial. Por el contrario,proliferan periodistas o comunicadores sociales que mediante el sobornofavorecen o incrementan las prácticas corruptas, actuando como un eslabón másde la cadena de desinformación e impunidad. Dicho de otro modo, ¿con quéfrecuencia se mencionan a las multinacionales de la comunicación y a lasoperaciones que comúnmente llevan a cabo desde el punto de vista de lamanipulación mercantilista que luego se ve reflejada en la información diariaque brindan?. Como lo señala Serge Halimi, "la exaltación de la libertadde prensa sirve a menudo para enmascarar la tiranía silenciosa que los medios ysus propietarios querrían hacer imperar sobre la vida política ycultural".

Frente a todo lo planteado parecería que, como elclientelismo en sus distintas variantes constituye un fenómeno que involucra elconjunto de la sociedad, no es posible imaginar ninguna solución. Sin embargoun desmesurado pesimismo también resulta impreciso. Porque para todo ilícito,la respuesta que una sociedad moderna debe ofrecer, transita inexorablemente porel camino de un Poder Judicial eficiente e independientemente comprometido conla plena vigencia del espíritu republicano y el sostenimiento de la democracia.La alternativa superadora radica, de este modo, en la profundización y vigenciadel accountability horizontal definida por Guillermo O´Donnell y desarrolladaen el capítulo 4.

El fenómeno del clientelismo, por lo tanto, es una cuestiónextremadamente compleja por la cual es la sociedad en su conjunto la que debedar cuenta para su superación; a partir de un profundo y amplio reconocimiento,carente de hipocresía.

Es posible mejorar el funcionamiento de la política a travésde mecanismos dotados de mayor transparencia y control social. Pero confiar enello no puede implicar en absoluto considerar que sólo con líderes políticoscon probada honestidad es posible desterrar al clientelismo definitivamente. Sicada ciudadano no advierte que la derrota de este fenómeno es una tarea para lacual tiene mucho que ofrecer, tal vez esos líderes honestos terminen perdiendoel trámite electoral y la lucha política, en manos de quienes perciben, sinequivocarse, que la veta para el favoritismo, la corruptela y ladiscrecionalidad aún sigue ofreciendo mucho para explotar y ofrecer.

En función de lo expuesto, puede sostenerse que elclientelismo político no sólo es causa de dominación. Por el contrario estambién un efecto, cuyas causas residen en las características inherentes alos esquemas de creencia y dominación social, las cuales no necesariamentereconocen como origen a las diferencias sociales o económicas, sino también entérminos de identidad colectiva, de relaciones sociales y de poder.

La falacia de las visiones"objetivas"

Frecuentemente el clientelismo político es abordado desdeperspectivas que se podrían rotular –no sin un dejo de ironía- como"objetivos; es decir, son supuestamente portadoras de una"neutralidad" valorativa plena en materia de defensa implícita deprivilegios de sector. Para estos enfoques, el desarrollo económico ocupa unpapel central. El clientelismo político es la causa de una población económicamenteactiva ligada esencialmente a la órbita del empleo público, o de la prebendaestatal.

La formulación de programas de reforma en los ámbitoslocales, suelen ser diseñados a partir de una matriz conceptual que subestimael relevamiento pormenorizado de las características de los factores deproducción, y de la percepción de los actores locales, con lo cual elresultado es un conjunto de propuestas estandarizadas, aplicables tanto en unalocalidad como en otra. De este modo, se ignoran los aspectos históricos ysociológicos que de un modo disruptivo fueron moldeando las condicionesestructurales e institucionales de dichas sociedades locales, y en las cuales elclientelismo político adquirió características definitorias específicas.

Los hechos demuestran que dichas concepciones terminanestableciendo como objetivos resultantes, a un conjunto de acciones que secircunscriben a una puja entre sectores con características diferenciales enmateria de poder, con lo cual la supuesta neutralidad valorativa deja paso a lapreservación y consolidación de determinados privilegios. Dicho enfoque haalcanzado su máxima expresión a partir del mayor protagonismo alcanzado por eldiscurso neoliberal, a partir del a década del ’90.

¿O acaso el discurso que segmenta al país entre provinciaso regiones viables e inviables, no reconoce como antecedente o premisa a dichaconcepción?. Esta visión profundamente segmentada, que llevada a su máximaexpresión no es otra cosa que una visión dicotómica entre ricos y pobres, oentre centro y periferia, incurre además en el error de establecer una cadenade relaciones causales extremadamente lineales e insuficientes para dar cuentadel fenómeno del clientelismo. De un modo análogo, se suele circunscribir analíticamentea dicha cuestión como una mera deformación de las políticas de baseasistencialista, dado que éste se produciría a partir de las diferencias depoder político inmersas en el marco de la sociedad; es decir, el clientelismoes el resultado de las políticas distributivas y paternalistas, que desde lavigencia del Estado de Bienestar, se implementaron a costa de las reglas delmercado.

De acuerdo a esta concepción, la descentralización, que depor sí proporcionaría mayores ámbitos formales de representación ycanalización de demandas, contribuiría significativamente a una reducción delas prácticas clientelares, dado que al tornar más transparentes a los ámbitosde interacción política, el control social se haría presente de un modo másinstitucionalizado y por ende, efectivo. El mercado local, en estascircunstancias, quedaría liberado del "intervencionismo estatal", conlo cual se estaría en condiciones de tender a relaciones económicas sujetas allibre juego de la oferta y la demanda. Plantear al problema exclusivamente deeste modo, ¿no resulta un ejercicio intelectual hipócrita e inmoral?.

Diferentes formas clientelares

El acápite anterior debe ser entendido como un intento quepermita o sea capaz de despejar toda posibilidad de aceptar categóricamente lapremisa "a mayor descentralización, menor clientelismo político".Frente a ello, la alternativa provisional podría orientarse en el orden del"puede darse, pero bajo determinadas condiciones". Y por cierto, enello mucho tienen que ver los niveles de pobreza y exclusión de cada ámbitodescentralizado.

Ahora bien; si las particularidades históricas, culturales,sociales económicas y políticas constituyen el insumo básico para suponer lamayor ingerencia de la especificidad regional frente a la cuestión delclientelismo, probablemente sea posible intentar deducir ciertos tipos idealesde clientelismo político.

Esta pretensión intelectual podría resultar contradictoria.Si cada sociedad local es consecuencia exclusiva de un conjunto de factoresparticulares, ¿desde qué ángulo resultaría posible arribar a un nivel deconceptos más homogéneo y, por ende, tipificable?.

Se intentará responder a dicho interrogante. Si la puraprimacía de la diversidad fuese lo que determinara la emergencia de lasdiferentes realidades locales en materia de clientelismo político,evidentemente la búsqueda de una tipología resultaría una tarea infructuosa.

Sin embargo la aporía no es total. La alternativa válidapara salir de este atolladero analítico, parece provenir de un trabajoelaborado por Javier Auyero, que dota de ciertas pistas para avanzar, al menosprovisionalmente, en el trabajo de construcción de la matriz conceptual. Elautor entiende al clientelismo político desde la lógica de una doble vida;tanto cronológica como analítica. Y es a partir de este concepto como esposible comprender que el clientelismo se instituye como consecuencia de unproceso de articulación entre el Estado, el sistema político y la sociedad.

Desde este punto de vista, la amalgama básica que haceposible el establecimiento de las redes clientelares, se constituye por factoresesenciales como la desigualdad propia del tipo de relación, la reciprocidad enel intercambio de bienes y servicios, y la dominación implícita que en ellasse hace presente. De este modo, es posible advertir que detrás de cada relaciónclientelar se encuentra una diferenciación concreta en relación a la identidadde los agentes involucrados y al poder desigual que éstos cuentan.

Esta relación desigual de poder y dominación, juntamentecon el hecho de que los lazos clientelares se encuentran presentes en losesquemas racionales de los agentes involucrados, permite definir una relaciónentre los diferentes tipos de actores que interactúan en la sociedad, y laidentidad que dichos actores poseen en términos de potencial efectivo. Paradesarrollar la variable tipo de actores, se toma como referencia al esquema deactores que propone Pedro Pírez, a saber: actores sociales, económicos y políticos.Respecto a la variable identidad de los actores, se toma como referencia lotrazado por Gerardo Munck en relación a la identidad de los agentes sociales:masas, sectores intermedios y elites. Con el cruce de ambas es posible obteneruna tipología en la que se puede observar el carácter general delclientelismo, en su relación con el poder político:

TIPO DE ACTORES

IDENTIDAD del AGENTE

 

SOCIALES

ECONÓMICOS

POLÍTICOS

MASAS

PARROQUIALISTA

(1)

DE PATRONAZGO

(2)

DE APARATO LOCAL

(3)

MEDIOS

COMUNITARIO

(4)

DE EXCEPCIÓN

(5)

DE DISTRITO

(6)

ELITES

SECTORIAL

(7)

CORPORATIVO

(8)

DE CONTUBERNIO

(9)

  1. Clientelismo parroquialista: en esta categoría se incluyen los individuos que desde la esfera de lo social son sujeto a necesidades de carácter primarias. En este ámbito, el intercambio puede darse a través de votos por prebenda directa, como alimentos, vestimenta, materiales de construcción, etc. La exclusión social y la resolución de urgencias básicas oficia aquí como un poderoso alimentador de estas relaciones clientelares. Podría resultar ilustrativo, para ampliar esta definición, utilizar el concepto formulado por Almond y Powell en referencia a los individuos parroquiales: "aquellas personas que manifiestan poca o ninguna conciencia de los sistemas políticos nacionales"

     

  2. Clientelismo de patronazgo: las relaciones laborales y de consumo, constituyen aquí un insumo significativo para la reproducción de escenarios clientelares, que pueden darse entre caciques sindicales y trabajadores. También aquí pueden incluirse a los diferentes mecanismos informales de promoción de empleo público y favores personales, a cambio de votos, lealtad política y propensión a participar de actos de movilización asociados a la propia dinámica de la vida sindical. En relación a las relaciones comerciales y de consumo, como referencia familiar, la lógica del fiado y la libreta del almacén de ramos generales rural puede resultar un ejemplo elocuente de este tipo de clientelismo.

     

  3. Clientelismo de aparato local: en esta categoría se incluyen las relaciones clientelares que tienen por objeto la construcción de dispositivos políticos de influencia territorial o de base organizativa, orientados a la administración de caudales electorales. La figura predominante en esta categoría son los punteros; individuos que a través de una intermediación entre el electorado y los líderes territoriales, adquieren protagonismo en relación al poder político y económico. La adhesión política pretende ser el resultado de una acción prebendaria directa. Volviendo a Almond y Powell, podría tomarse como referencia la definición de súbditos. "son aquellos individuos que se orientan hacia el sistema político y el impacto que productos tales como el bienestar, los beneficios, las leyes, etc., pueden tener sobre una vida, pero que, en cambio, no tienen participación en las estructuras de insumo.". En este aspecto resulta frecuente la presentación de una situación híbrida: individuos que se comportan funcionalmente en el desarrollo del clientelismo local, y simultáneamente profesan un grado de mayor autonomía y conciencia crítica respecto al escenario político nacional, probablemente como consecuencia de la acción mediática.

     

  4. Clientelismo comunitario: en esta categoría se incluyen a organizaciones sociales como asociaciones civiles, clubes, organizaciones no gubernamentales, organizaciones eclesiásticas, profesionales, etc., que frente a la búsqueda de determinadas prerrogativas o beneficios comunitarios, acuden ante los líderes políticos como representantes de un poder social que emana del conjunto de socios, adherentes, fieles, miembros, afiliados, subordinados, colegas, etc. Si bien los supuestos que movilizan a la acción, por parte de estos actores, suelen ser de aparente altruismo, la relación por lo general se halla mancillada por intereses sectoriales que no necesariamente se compadecen con los intereses colectivos y fundacionales, como por ejemplo determinadas decisiones que subsidien política o económicamente a una organización comunitaria determinada y los "retornos" que consecuentemente son percibidos por ciertos individuos participantes en la relación de intercambio.

     

  5. Clientelismo de excepción: si bien posee ciertas similitudes con la categoría anterior, en este caso la acción se produce fundamentalmente a partir de la búsqueda de un beneficio económico, a cambio de una supuesta representación de actores económicos medios, como por ejemplo instituciones educativas, religiosas, culturales comerciales, industriales, de servicios, de fomento, etc. Se intenta aquí eximirse, o bien de encuadrarse en situaciones más favorables, de obligaciones tributarias, o bien, de disposiciones formales que favorezcan la producción de determinados bienes o servicios. Un caso elocuente lo constituye las excepciones a los Códigos de Planeamiento Urbano para favorecer la edificación irregular.

     

  6. Clientelismo de Distrito: similar al clientelismo de aparato local, éste tiene por objeto la construcción de dispositivos electorales de más amplio alcance. Se constituyen por lo general, a partir de necesidades de ascenso político a nivel de distrito o provincial. En este caso los punteros son reemplazados por la figura del referente; dirigentes territoriales que con base en circuitos o circunscripciones electorales ofrecen apoyo político a cambio de favores dentro de las diferentes estructuras funcionales de las administraciones gubernamentales.

     

  7. Clientelismo Sectorial: en este caso se incluyen a los cuerpos directivos de federaciones, cámaras profesionales, sindicatos, organizaciones religiosas, ambientales, de ciertas agencias gubernamentales, etc. El objetivo, en este caso, se vincula con la posibilidad concreta de influenciar directa o indirectamente en las políticas sectoriales que los líderes políticos adoptan como programa o acción de gobierno. El intercambio se produce a partir de la promesa de brindar apoyo electoral o de cuadros técnicos, en tanto los líderes políticos respondan efectivamente con políticas funcionales para el sector en consideración. Esta modalidad posee gran relevancia en el diseño de políticas gubernamentales que, por su envergadura, se extienden más allá de las jurisdicciones local o provincial. Ciertas operaciones entre empresas de infraestructura o servicios y gobiernos, constituyen un ejemplo de ello.

     

  8. Clientelismo corporativo: en esta categoría se incluyen al conjunto de relaciones clientelares entre los líderes políticos y representantes de las elites de grandes corporaciones nacionales o transnacionales financieras, industriales, de servicios, de medios de comunicación masivos, eclesiásticas, agropecuarias, etc, Al igual que en el caso del clientelismo de excepción, se persigue aquí un beneficio esencialmente económico a cambio de apoyo político y económico a los líderes políticos, que indirectamente se transforman en portavoces de demandas corporativas. En esta categoría se incluyen diferentes modalidades de financiación de la actividad política, en particular los aportes para campañas electorales de órbita nacional.

     

  9. Clientelismo de Contubernio: la denominación de esta categoría obedece al hecho de que se ponen en juego relaciones clientelares entre diferentes elites políticas discriminadas por su carácter territorial, como el caso de la relación entre gobernadores y Poder Ejecutivo Nacional. Del mismo modo, estas relaciones pueden darse en el seno parlamentario, o bien, entre determinados líderes políticos con elites de otras fuerzas políticas. También pueden incluirse aquí las relaciones entre líderes políticos y representantes diplomáticos, servicios de inteligencia, e incluso ciertas relaciones entre gobiernos.

     

Podría suponerse que a partir de la magnitud que dichacategorización adquiere, se termina confundiendo a una enorme constelación derelaciones propias del proceso político con la práctica clientelista. Peroello no es así. Porque lo que aquí se menciona, se circunscribe a lasrelaciones que se establecen independientemente de las estructuras normativasque rigen los destinos del país.

En consecuencia, el clientelismo constituye una variedad muysingular de corrupción enraizada socialmente que, si bien no necesariamenteimplica delito expreso, utiiliza directa o indirectamente a los recursos públicos,a la capacidad de influencia o al chantaje, para satisfacer las ambiciones políticas,económicas o sociales de un individuo, grupo o sector con la anuencia tácita oexpresa de individuos, grupos o sectores en búsqueda de ciertos bienes,favores, lobby, o intermediación con el Estado.

 

 

Por Esteban Luis Crevari

ecrevari@opensa.com.ar

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Publicado Tuesday 12 de August de 2003

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