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Monografias | La BibliaLa BibliaResumen: Concepto. Formación. Lenguas Originales. Estructura. Géneros Literarios. Mensaje principal de algunos libros. Biblia y revelación. Versiones de la Biblia. Vocabulario Bíblico. La Biblia Indice La palabra "Biblia" viene del griego y significa"libros". Es el conjunto de
Libros Sagrados llamados también"Sagradas Escrituras" (Mateo 21:42; Hechos 8:32)
que contienen laPalabra Viva de Dios y narran la "Historia de Salvación" (como
Diosnos salva). Nos revela las verdades necesarias para conocerle, amarle
yservirle. Panorama Histórico - Literario de la Biblia
Esquema de la Biblia 2- Comienzo del Pueblo de Dios, ¡con una familia!... Los"Patriarcas" (Gen.12
a 50). 4- Reino Unido (Samuel, Reyes, Crónicas) 5- El Reino Dividido (2 Reyes, 2 Crónicas): 6- Exilio Babilónico y Retorno (2Rey. 2Cr. 7- Cristianismo (desde Jesucristo): Con la expansión de la Cristiandad hastalos últimos confines de la tierra entonces conocidos, ¡hasta Roma y España!...¡y en 32 años!... Gobierno "Político" del Pueblo"
Gobierno "Religioso" del Pueblo: Los idiomas de la Biblia En ARAMEO se escribieron: En GRIEGO se escribió: Los Libros de la Biblia HISTÓRICOS (16) POÉTICOS Y SAPIENCIALES (7) PROFETAS MAYORES (6) PROFETAS MENORES (12) LOS EVANGELIOS (4) CARTAS DE SAN PABLO (13) CARTAS CATÓLICAS Según el Concilio Vaticano II : "Géneros literarios son los modos dehablar de
que se sirven los escritores de una determinada época, para expresarsus
pensamientos". 6. Mensaje principal de algunoslibros
Pentateuco ,Sapienciales, Históricos ,Profetas Mayores y Profetas Menores El Pentateuco El Pentateuco, o, según lo llaman los judíos, el Libro de la Ley (Torah),encabeza los 73 libros de la Biblia, y constituye la magnífica puerta de laRevelación divina. Los nombres de los cinco libros del Pentateuco son: el Génesis,el Exodo, el Levítico, los Números, el Deuteronomio, y su fin general es:exponer cómo Dios escogió para sí al pueblo de Israel y lo formó para lavenida de Jesucristo; de modo que en realidad es Jesucristo quien aparece a travésde los misteriosos destinos del pueblo escogido. El autor del Pentateuco es Moisés, profeta y organizador del pueblo deIsrael, que vivió en el siglo XV o XIII antes de Jesucristo. No solamente latradición judía sino también la cristiana ha sostenido siempre el origenmosaico del Pentateuco. El mismo Jesús habla del "Libro de Moisés"(Mc., 12, 26), de la "Ley de Moisés" (Lc., 24, 44), atribuye a Moiséslos preceptos del Pentateuco (cf. Mt., 8, 4; Mc., 1, 44; 7, 10; 10, 5; Lc. 5,14; 20, 28; Juan 7, 19), y dice en Juan 5, 45: "Vuestro acusador es Moisés,en quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyeseis a Moisés, me creeríaistambién a Mí, pues de mí escribió él". Fundada en estos argumentos, la Pontificia Comisión Bíblica el 27 de juniode
1906 ha determinado, con toda su autoridad, la integridad y genuinidad de
losLibros de Moisés, admitiendo, sin embargo, la posibilidad de que Moisés
sehaya servido de fuentes existentes, y la otra, de que el Pentateuco en
eldecurso de los siglos haya experimentado ciertas variaciones como, por
ejemplo:adiciones accidentales después de la muerte de Moisés, ora hechas por un
autorinspirado, ora introducidas en el texto a modo de glosas y
comentarios,sustitución de palabras y formas arcaicas; variantes debidas a los
copistas,etc. Todos los ataques de la crítica moderna contra la autenticidad y el
carácterhistórico de los libros de Moisés han fracasado, especialmente los
intentos deatribuir el Pentateuco a tres o cuatro autores distintos (Elohista,
Jahvista, Códigosacerdotal, Deuteronomio) y la teorías de la escuela
evolucionista deWellhausen, que en el Pentateuco no ve más que un reflejo de
ideas y mitologíasbabilónicas, egipcias, etc. Una comparación exacta de los
relatos bíblicoscon los extrabíblicos demuestra, muy al contrario, la
superioridad absoluta deaquéllos sobre éstos que, en general, no son sino pobres
y desfigurados restosde la Revelación primitiva. Han, pues, de rechazarse todas las teorías que niegan el origen mosaico
ycarácter histórico del Pentateuco, no sólo porque están en pugna con lasreglas
de una sana crítica, sino también porque niegan la inspiración divinade la
Escritura. Exodo, es decir, "salida", se llama el segundo libro, porque en élse narra la
historia de la liberación del pueblo israelita y su salida deEgipto. Entre el
Génesis y el Exodo median varios siglos, es decir, el tiempodurante el cual los
hijos de Jacob estuvieron en el país de los Faraones. Elautor sagrado describe
en este libro la opresión de los israelitas; luego pasaa narrar la historia del
nacimiento de Moisés, su salvamento de las aguas delNilo, su huida al desierto y
la aparición de Dios en la zarza. Refiere después,en la segunda parte, la
liberación misma, las entrevistas de Moisés con elFaraón, el castigo de las diez
plagas, el paso del Mar Rojo, la promulgaciónde la Ley de Dios en el Sinaí, la
construcción del Tabernáculo, la institucióndel sacerdocio de la Ley Antigua y
otros preceptos relacionados con el culto yel sacerdocio. Números es el nombre del cuarto libro, porque en su primer capítulo refiereel censo llevado a cabo después de concluida la legislación sinaítica y antesde la salida del monte de Dios. A continuación se proclaman algunas leyes,especialmente acerca de los nazareos, y disposiciones sobre la formación delcampamento y el orden de las marchas. Casi todos los acontecimientos referidosen los Números sucedieron en el último año del viaje, mientras se pasan poralto casi todos los sucesos de los treinta y ocho años precedentes. Descuellanalgunos por su carácter extraordinario; por ejemplo, los vaticinios de Balaam.Al final se añade el catálogo de las estaciones durante la marcha a travésdel desierto, y se dan a conocer varios preceptos sobre la ocupación de latierra de promisión. El Deuteronomio es, como expresa su nombre, "la segunda Ley", unarecapitulación, explicación y ampliación de la Ley de Moisés. El granprofeta, antes de reunirse con sus padres, desarrolla en la campiña de Moab envarios discursos la historia del pueblo escogido inculcándose los divinosmandamientos. En el primero (1-4, 43), echa una mirada retrospectiva sobre losacontecimientos en el desierto, agregando algunas exhortaciones prácticas y lasmás magníficas enseñanzas. En el segundo discurso (4, 44-11, 32) y en laparte legislativa (caps. 12-26), el legislador del pueblo de Dios repasa lasleyes anteriores, haciendo las exhortaciones necesarias para su cumplimiento, yañadiendo numerosos preceptos complementarios. Los dos últimos discursos (cap.27-30) tienen por objeto renovar la Alianza con Dios, lo que, según lasdisposiciones de Moisés, ha de realizarse luego de entrar el pueblo en el paísde Canaán. Los capítulos 31-34 contienen el nombramiento de Josué comosucesor de Moisés, el cántico profético de éste, su bendición, y una brevenoticia sobre su muerte. El Deuteronomio es, según dice S. Jerónimo, "laprefiguración de la Ley evangélica" (Carta a Paulino). Los Libros Poéticos o Sapienciales A los libros históricos sigue, en el Canon del Antiguo Testamento, el grupode los libros llamados didácticos (por su enseñanza) o poéticos (por suforma) o sapienciales (por su contenido espiritual), que abarca los siguienteslibros: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría,Eclesiástico. Todos éstos son principalmente denominados libros sapienciales,porque las enseñanzas e instrucciones que Dios nos ofrece en ellos, forman loque en el Antiguo Testamento se llama Sabiduría, que es el fundamento de lapiedad. Temer ofender a Dios nuestro Padre, y guardar sus mandamientos con amorfilial, esto es el fruto de la verdadera sabiduría. Es decir, que si la morales la ciencia de lo que debemos hacer, la sabiduría es el arte de hacerlo conagrado y con fruto. Porque ella fructifica como el rosal junto a las aguas(Ecli. 39, 17). Bien se ve cuán lejos estamos de la falsa concepción moderna que confundesabiduría con el saber muchas cosas, siendo más bien ella un sabor de lodivino, que se concede gratuitamente a todo el que lo quiere (Sab. 6, 12 ss.),como un don del Espíritu Santo, y que en vano pretendería el hombre adquirirpor sí mismo. Cf. Job 28, 12 ss. La Liturgia cita todos estos libros, conexcepción del de Job y el de los Salmos, bajo el nombre genérico de Libro dela Sabiduría, nombre con que el Targum judío designaba el Libro de losProverbios (Séfer Hokmah). Los libros sapienciales, en cuanto a su forma, pertenece al género poético.La
poesía hebrea no tiene rima, ni ritmo cuantitativo, ni metro en el sentidode las
lenguas clásicas y modernas. Lo único que la distingue de la prosa, esel acento
(no siempre claro), y el ritmo de los pensamientos, llamado
comúnmenteparalelismo de los miembros. Este último consiste en que el mismo
pensamientose expresa dos veces, sea con vocablos sinónimos (paralelismo
sinónimo), seaen forma de tesis y antítesis (paralelismo antitético), o aún
ampliando poruna u otra adición (paralelismo sintético). Pueden distinguirse, a
veces,estrofas. Los Libros Históricos Los Profetas Mayores Profeta es una voz griega, y designa al que habla por otro, o sea en lugar deotro; equivale por ende, en cierto sentido, a la voz "intérprete" o"vocero". Pero poco importa el significado de la voz griega; debemosrecurrir a las fuentes, a la lengua hebrea misma. En el hebreo se designa alprofeta con dos nombres muy significativos: El primero es "nabí" quesignifica "extático", "inspirado", a saber por Dios. Elotro nombre es "roéh" o "choséh" que quiere decir "elvidente", el que ve lo que Dios le muestra en forma de visiones, ensueños,etc., ambos nombres expresan la idea de que el profeta es instrumento de Dios,hombre de Dios que no ha de anunciar su propia palabra sino la que el Espíritude Dios le sopla e inspira. Según I Rey. 9, 9, el "vidente" es el precursor de los otrosprofetas; y efectivamente, en la época de los patriarcas, el proceso proféticose desarrolla en forma de "visión" e iluminación interna, mientrasque más tarde, ante todo en las "escuelas de profetas" se cultivabael éxtasis, señal característica de los profetas posteriores que precisamentepor eso son llamados "nabí". Otras denominaciones, pero metafóricas, son: vigía, atalaya, centinela,pastor, siervo de Dios, ángel de Dios (Is. 21, 1; 52, 8; Ez. 3, 17; Jer. 17,16; IV Rey. 4, 25; 5, 8; Is. 20, 3; Am. 3, 7; Ag. 1, 13). El concepto de profeta se desprende de esos nombres. El es vidente u hombreinspirado por Dios. De lo cual no se sigue que el predecir las cosas futurashaya sido la única tarea del profeta; ni siquiera la principal. Había profetasque no dejaban vaticinios sobre el porvenir, sino que se ocupaban exclusivamentedel tiempo en que les tocaba vivir. Pero todos -y en esto estriba su valor- eranvoceros del Altísimo, portadores de un mensaje del Señor, predicadores depenitencia, anunciadores de los secretos de Yahvé, como lo expresa Amós:"El Señor no hace estas cosas sin revelar sus secretos a los profetassiervos suyos" (3, 7). El Espíritu del Señor los arrebataba, irrumpíasobre ellos y los empujaba a predicar aún contra la propia voluntad (Is. cap.6; Jer. 1, 6). Tomaba a uno que iba detrás del ganado y le decía: "Ve,profetiza a mi pueblo Israel" (Am. 7, 15); sacaba a otro de detrás delarado (III Rey. 19, 19 ss.), o le colocaba sus palabras en la boca y tocaba suslabios (Jer. 1, 9), o le daba sus palabras literalmente a comer (Ez. 3, 3). Elmensaje profético no es otra cosa que "Palabra de Yahvé", "oráculode Yahvé", "carga de Yahvé", un "así dijo el Señor".La Ley divina, las verdades eternas, la revelación de los designios del Señor,la gloria de Dios y de su Reino, la venida del Mesías, la misión del pueblo deDios entre las naciones, he aquí los temas principales de los profetas deIsrael. En cuanto al modo en que se producían las profecías, hay que notar que laluz profética no residía en el profeta en forma permanente (II Pedro 1, 20s.), sino a manera de cierta pasión o impresión pasajera (Santo Tomás).Consistía, en general, en una iluminación interna o en visiones, a vecesocasionadas por algún hecho presentado a los sentidos (por ejemplo, en Dan. 5,25 por palabras escritas en la pared); en la mayoría de los casos, empero,solamente puestas ante la vista espiritual del profeta, por ejemplo, una ollacolocada al fuego (Ez. 24, 1 ss.), los huesos secos que se cubren de piel (Ez.37, 1 ss.); el gancho que sirve para recoger fruta (Am. 8, 1), la vara dealmendro (Jer. 1, 11), los dos canastos de higos (Jer. 24, 1 ss.), etc., símbolotodos éstos que manifestaban la voluntad de Dios. Pero no siempre ilustraba Dios al profeta por medio de actos o símbolos,sino
que a menudo le iluminaba directamente por la luz sobrenatural de talmanera que
podía conocer por su inteligencia lo que Dios quería decirle (porejemplo, Is. 7,
14). El profeta auténtico subraya el sentido de la profecía mediante su manerade
vivir, llevando una vida austera, un vestido áspero, un saco de pelo concinturón
de cuero (IV Rey. 1, 8; 4, 38 ss.; Is. 20, 2; Zac. 13, 4; Mt. 3, 4),viviendo
solo y aun célibe, como Elías, Eliseo y Jeremías. Por eso los verdaderos profetas tenían adversarios que los perseguían
ymartirizaban (véase lo que el mismo Rey Profeta dice a Dios en el salmo 16,
4);los falsos, al contrario, se veían rodeados de amigos, protegidos por los
reyesy obsequiados con enjundiosos regalos. Siempre será así: el que predica
losjuicios de Dios, puede estar seguro de encontrar resistencia y
contradicción,mientras aquel que predica "lo que gusta a los oídos" (II Tim. 4,
3)puede dormir tranquilo; nadie le molesta; es un orador famoso. Tal es lo que
estátremendamente anunciado para los últimos tiempos, los nuestros (I Tim. 4,
1ss.; II Tim. 3, 1 ss.; II Pedr. 3, 3 s.; Judas 18; Mt. 24, 11). En general los profetas preferían el lenguaje poética. Los
vaticiniospropiamente dichos son, por regla general, poesía elevadísima, y se
puedesuponer que, por lo menos algunos profetas los promulgaban cantando
pararevestirlos de mayor solemnidad. Se nota en ellos la forma característica de
lapoesía hebrea, la coordinación sintáctica ("parallelismusmembrorum"), el
ritmo, la división en estrofas. Sólo en Jeremías,Ezequiel y Daniel se encuentran
considerables trozos de prosa, debido a lostemas históricos que tratan. El
estilo poético no sólo ha proporcionado a losvidentes del Antiguo Testamento la
facultad de expresarse en imágenesrebosantes de esplendor y originalidad, sino
que también les ha merecido ellugar privilegiado que disfrutan en la literatura
mundial. Las oscuridades, propias de las profecías, se aumentan por el gran númerode
alusiones a personas, lugares, acontecimientos, usos y costumbresdesconocidos, y
también por la falta de precisión de los tiempos en que han decumplirse los
vaticinios, que Dios quiso dejar en el arcano hasta el tiempoconveniente (véase
Jer. 30, 24; Is. 60, 22; Dan. 12, 4). Sería, como decíamos más arriba, erróneo, considerar a los profetas sólocomo
portadores de predicciones referentes a lo por venir; fueron en primerlugar
misioneros de su propio pueblo. Si Israel guardó su religión y fe y semantuvo
firme en medio de un mundo idólatra, no fue el mérito de la sinagogaoficial,
sino de los profetas, que a pesar de las persecuciones que padecieronno
desistieron de ser predicadores del Altísimo. Los Profetas Menores Con Oseas comienza la serie de los doce Profetas Menores. Llámanse Menoresno porque fuesen profetas de una categoría menor, sino por la escasa extensiónde sus profecías, con relación a los Profetas Mayores.
Los Santos Evangelios Hechos de los Apóstoles Cartas de San Pablo Carta alos
Hebreos Cartas Católicas Apocalipsis La Iglesia Católica reconoce dos fuentes de doctrina revelada: la Biblia yla Tradición. Al presentar aquí en parte una de esas fuentes, hemos procurado,en efecto, que el comentario no sólo ponga cada pasaje en relación con laBiblia misma —mostrando que ella es un mundo de armonía sobrenatural entresus más diversas partes—, sino también brinde al lector, junto a la cosechade autorizados estudiosos modernos, el contenido de esa tradición en documentospontificios, sentencias y opiniones tomadas de la Patrística e ilustraciones dela Liturgia, que muestran la aplicación y trascendencia que en ella han tenidoy tienen muchos textos de la Revelación. El grande y casi diría insospechado interés que esto despierta en lasalmas, está explicado en las palabras con que el Cardenal Arzobispo de Vienaprologa una edición de los Salmos semejante a ésta en sus propósitos, señalando"en los círculos del laicado, y aun entre los jóvenes, un deseo deconocer la fe en su fuente y de vivir de la fuerza de esta fuente por elcontacto directo con ella". Por eso, añade, "se ha creado un interésvital por la Sagrada Escritura, ante todo por el Nuevo Testamento, pero tambiénpor el Antiguo, y el movimiento bíblico católico se ha hecho como un ríoincontenible". Es que, como ha dicho Pío XII, Dios no es una verdad que haya de encerrarseen el templo, sino la verdad que debe iluminarnos y servirnos de guía en todaslas circunstancias de la vida. No ciertamente para ponerlo al servicio de lomaterial y terreno, como si Cristo fuese un pensador a la manera de los otros,venido para ocuparse de cosas temporales o dar normas de prosperidad mundana,sino, precisamente al revés, para no perder de vista lo sobrenatural en mediode "este siglo malo" (Gál., 1, 4); lo cual no le impide por cierto alPadre dar por añadidura cuantas prosperidades nos convengan, sea en el ordenindividual o en el colectivo, a los que antes que eso busquen vida eterna. Un escritor francés refiere en forma impresionante la lucha que en suinfancia conmovía su espíritu cada vez que veía el libro titulado SantaBiblia y recordaba las prevenciones que se le habían hecho acerca de la lecturade ese libro, ora por difícil e impenetrable, ora por peligroso o heterodoxo."Yo recuerdo, dice, ese drama espiritual contradictorio de quien, al veruna cosa santa, siente que debe buscarla, y por otra parte abriga un temorindefinido y misterioso de algún mal espíritu escondido allí... Era para mícomo si ese libro hubiera sido escrito a un tiempo por el diablo y por Dios. Yaunque esa impresión infantil —que veo es general en casos como el mío— seproducía en la subconsciencia, ha sido tan intensa mi desolante duda, que sóloen la madurez de mi vida un largo contacto con la Palabra de Dios ha podidodestruir este monstruoso escándalo que produce el sembrar en la niñez el miedode nuestro Padre celestial y de su Palabra vivificante". La meditación, sin palabras de Dios que le den sustancia sobrenatural, seconvierte en simple reflexión —autocrítica en que el juez es tan faliblecomo el reo— cuando no termina por derivarse al terreno de la imaginación,cayendo en pura cavilación o devaneo. María guardaba las Palabras repasándolasen su corazón (Lc., 2, 19 y 51): he aquí la mejor definición de lo que esmeditar. Y entonces, lejos de ser una divagación propia, es un estudio, unanoción, una contemplación que nos une a Dios por su Palabra, que es el Verbo,que es Jesús mismo, la Sabiduría con la cual nos vienen todos los bienes(Sab., 7, 11). Quien esto hace, pasa con la Biblia las horas más felices e intensas de suvida. Entonces entiende cómo puede hablarse de meditar día y noche (Salmo, 1,2) y de orar siempre (Lc., 18, 1), sin cesar (1 Tes., 5, 17); porque en cuantoél permanece en la Palabra, las palabras de Dios comienzan a permanecer en él—que es lo que Jesús quiere para darnos cuanto le pidamos (Juan, 15, 7) ypara que conquistemos la libertad del espíritu (Juan, 8, 31)— y no permanecerde cualquier modo, sino con opulencia, según la bella expresión de San Pablo(Col. , 3, 16). Así van esas palabras vivientes (I Pedro, 1, 23, texto griego)formando el substrato de nuestra personalidad, de modo tal que, a fuerza deadmirarlas cada día más, concluimos por no saber pensar sin ellas yencontramos harto pobres las verdades relativas —si es que no son mentirashumanas que se disfrazan de verdad y virtud, como los sepulcros blanqueados(Mt., 23, 27)-. Entonces, así como hay una aristocracia del pensamiento y delarte en el hombre de formación clásica, habituado a lo superior en lointelectual o estético, así también en lo espiritual se forma el gusto de loauténticamente sobrenatural y divino, como lo muestra Santa Teresa de Lisieuxal confesar que cuando descubrió el Evangelio, los demás libros ya no le decíannada. ¿No es éste, acaso, uno de los privilegios que promete Jesús en eltexto antes citado, diciendo que la verdad nos hará libres? Se ha recordadorecientemente la frase del Cardenal Mercier, antes lector insaciable: "Nosoporto otra lectura que los Evangelios y las Epístolas". Y aquí, para entrar de lleno a comprender la importancia de conocer el NuevoTestamento, tenemos que empezar por hacernos a nosotros mismos una confesiónmuy íntima: a todos nos parece raro Jesús. Nunca hemos llegado a confesarnosesto, porque, por un cierto temor instintivo, no nos hemos atrevido siquiera aplantearnos semejante cuestión. Pero Él mismo nos anima a hacerlo cuando dice:"Dichoso el que no se escandalizare de Mí" (Mt., 11, 6; Lc., 7, 23),con lo cual se anticipa a declarar que, habiendo sido Él anunciado como piedrade escándalo (Is., 8, 14 y 28, 16; Rom. 9, 33; Mt., 21, 42-44), lo natural ennosotros, hombres caídos, es escandalizarnos de Él como lo hicieron sus discípulostodos, según Él lo había anunciado (Mt., 26, 31 y 56). Entrados, pues, eneste cómodo terreno de íntima desnudez —podríamos decir de psicoanálisissobrenatural— en la presencia "del Padre que ve en lo secreto" (Mt.6, 6), podemos aclararnos a nosotros mismos ese punto tan importante paranuestro interés, con la alegría nueva de saber que Jesús no se sorprende nise incomoda de que lo encontremos raro, pues Él sabe bien lo que hay dentro decada hombre (Juan, 2, 24-25). Lo sorprendente sería que no lo hallásemos raro,y podemos afirmar que nadie se libra de comenzar por esa impresión, pues, comoantes decíamos, San Pablo nos revela que ningún hombre simplemente natural("psíquico", dice él) percibe las cosas que son del Espíritu deDios (I Cor., 2, 14). Para esto es necesario "nacer de nuevo", esdecir, "renacer de lo alto", y tal es la obra que hace en nosotros—no en los más sabios sino al contrario en los más pequeños (Lc., 10,21)— el Espíritu, mediante el cual podemos "escrutar hasta lasprofundidades de Dios" (I Cor., 2, 10). Jesús nos parece raro y paradójico en muchísimos pasajes del Evangelio,empezando por el que acabamos de citar sobre la comprensión que tienen lospequeños más que los sabios. Él dice también que la parte de Marta, que semovía mucho, vale menos que la de María que estaba sentada escuchándolo; queama menos aquel a quien menos hay que perdonarle (Lc., 7, 47); que (quizá poresto) al obrero de la última hora se le pagó antes que al de la primera (Mt.,20, 8); y, en fin, para no ser prolijo, recordemos que Él proclama de un modogeneral que lo que es altamente estimado entre los hombres es despreciable a losojos de Dios (Lc., 16, 15). Esta impresión nuestra sobre Jesús es harto explicable. No porque Él seararo en sí, sino porque lo somos nosotros a causa de nuestra naturalezadegenerada por la caída original. Él pertenece a una normalidad, a unarealidad absoluta, que es la única normal, pero que a nosotros nos parece todolo contrario porque, como vimos en el recordado texto de San Pablo, no podemoscomprenderlo naturalmente. "Yo soy de arriba y vosotros sois deabajo", dice el mismo Jesús (Juan, 8, 23), y nos pasa lo que a los nictálopesque, como el murciélago, ven en la oscuridad y se ciegan en la luz. Hecha así esta palmaria confesión, todo se aclara y facilita. Porqueentonces reconocemos sin esfuerzo que el conocimiento que teníamos de Jesús noera vivido, propio, íntimo, sino de oídas y a través de libros o definicionesmás o menos generales y sintéticas, más o menos ersatz; no era eseconocimiento personal que sólo resulta de una relación directa. Y es evidenteque nadie se enamora ni cobra amistad o afecto a otro por lo que le digan de él,sino cuando lo ha tratado personalmente, es decir, cuando lo ha oído hablar. Elmismo Evangelio se encarga de hacernos notar esto en forma llamativa en elepisodio de la Samaritana. Cuando la mujer, iluminada por Jesús, fue a contarque había hallado a un hombre extraordinario, los de aquel pueblo acudieron aescuchar a Jesús y le rogaron que se quedase con ellos. Y una vez que hubieronoído sus palabras durante dos días, ellos dijeron a la mujer: "Ya nocreemos a causa de tus palabras: nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Éles verdaderamente el Salvador del mundo" (Juan, 4, 42). ¿Podría expresarse con mayor elocuencia que lo hace aquí el mismo Librodivino, lo que significa escuchar las Palabras de Jesús para darnos elconocimiento directo de su adorable Persona y descubrirnos ese sello de verdadinconfundible (Juan, 3, 19; 17, 17) que arrebata a todo el que lo escucha sinhipocresía, como Él mismo lo dice en Juan, 7, 17? El que así empiece a estudiar a Jesús en el Evangelio, dejará cada vez másde encontrarlo raro. Entonces experimentará, no sin sorpresa grande ycreciente, lo que es creer en Él con fe viva, como aquellos samaritanos.Entonces querrá conocerlo más y mejor y buscará los demás Libros del NuevoTestamento y los Salmos y los Profetas y la Biblia entera, para ver cómo entoda ella el Espíritu Santo nos lleva y nos hace admirar a Jesucristo comoMaestro y Salvador, enviado del Padre y Centro de las divinas Escrituras, enQuien habrán de unirse todos los misterios revelados (Juan 12, 32) y todo locreado en el cielo y en la tierra (Ef., 1, 10). Es, como vemos, cuestión dehacer un descubrimiento propio. Un fenómeno de experiencia y de admiración.Todos cuantos han hecho ese descubrimiento, como dice Dom Galliard, declaran quetal fue el más dichoso y grande de sus pasos en la vida. Dichosos también losque podamos, como la Samaritana, contribuir por el favor de Dios a que nuestroshermanos reciban tan incomparable bien. El amor lee entre líneas. Imaginemos que un extraño vio en una carta ajenaeste párrafo: "Cuida tu salud, porque si no, voy a castigarte". Elextraño puso los ojos en la idea de este castigo y halló dura la carta. Masvino luego el destinatario de ella, que era el hijo a quien su padre le escribía,y al leer esa amenaza de castigarle si no se cuidaba, se puso a llorar deternura viendo que el alma de aquella carta no era la amenaza sino el amorsiempre despierto que le tenía su padre, pues si le hubiera sido indiferente notendría ese deseo apasionado de que estuviera bien de salud. Nuestras notas y comentarios, después de dar la exégesis necesaria para lainteligencia de los pasajes en el cuadro general de la Escritura —como hizoFelipe con el ministro de la reina pagana (Hech., 8, 30 s. y nota)— seproponen ayudar a que descubramos (usando la visión de aquel hijo que se sabeamado y no la desconfianza del extraño) los esplendores del espíritu que aveces están como tesoros escondidos en la letra. San Pablo, el más completoejemplar en esa tarea apostólica, decía, confiando en el fruto, estas palabrasque todo apóstol ha de hacer suyas: "Tal confianza para con Dios latenemos en Cristo; no porque seamos capaces por nosotros mismos... sino quenuestra capacidad viene de Dios..., pues la letra mata, mas el espíritu davida" (II Cor., 3, 4-6). La bondad del divino Padre nos ha mostrado por experiencia a muchas almas
queasí se han acercado a Él mediante la miel escondida en su Palabra y
que,adquiriendo la inteligencia de la Biblia, han gustado el sabor de la
Sabiduríaque es Jesús (Sab., 7, 26; Prov., 8, 22; Ecli., 1, 1), y hallan cada
díatesoros de paz, de felicidad y de consuelo en este monumento —el único
eterno(Salmo 118, 89)— de un amor compasivo e infinito (cf. Salmo 102, 13; Ef.,
2, 4y notas). Sólo quedarán excluidos de este banquete los que fuesen tan sabios que nonecesitasen aprender; tan buenos, que no necesitasen mejorarse; tan fuertes, queno necesitasen protección. Por eso los fariseos se apartaron de Cristo, quebuscaba a los pecadores. ¿Cómo iban ellos a contarse entre las "ovejasperdidas"? Por eso el Padre resolvió descubrir a los insignificantes esosmisterios que los importantes —así se creían ellos— no quisieron aprender(Mt. 11, 25). Y así llenó de bienes a los hambrientos de luz y dejó vacíos aaquellos "ricos" (Lc. 1, 53). Por eso se llamó a los lisiados albanquete que los normales habían desairado (Lc., 14, 15-24). Y la Sabiduría,desde lo alto de su torre, mandó su pregón diciendo: "El que sea pequeñoque venga a Mí". Y a los que no tienen juicio les dijo: "Venid acomer de mi pan y a beber el vino que os tengo preparado" (Prov., 9, 3-5). Dios es así; ama con predilección fortísima a los que son pequeños,humildes, víctimas de la injusticia, como fue Jesús: y entonces se explica quea éstos, que perdonan sin vengarse y aman a los enemigos, Él les perdone todoy los haga privilegiados. Dios es así; inútil tratar de que Él se ajuste alos conceptos y normas que nos hemos formado, aunque nos parezcan lógicos,porque en el orden sobrenatural Él no admite que nadie sepa nada si no lo haenseñado Él (Juan, 6, 45; Hebr., 1, 1 s.). Dios es así; y por eso el mensajeque Él nos manda por su Hijo Jesucristo en el Evangelio nos parece paradójico.Pero Él es así; y hay que tomarlo como es, o buscarse otro Dios, pero no creerque Él va a modificarse según nuestro modo de juzgar. De ahí que, como le decíaSan Agustín a San Jerónimo, la actitud de un hombre recto está en creerle aDios por su sola Palabra, y no creer a hombre alguno sin averiguarlo. Porque loshombres, como dice Hello, hablan siempre por interés o teniendo presente algunaconveniencia o prudencia humana que los hace medir el efecto que sus palabrashan de producir; en tanto que Dios, habla para enseñar la verdad desnuda, purísima,santa, sin desviarse un ápice por consideración alguna. Recuérdese que asíhablaba Jesús, y por eso lo condenaron, según lo dijo Él mismo. (Véase Juan8, 37, 38, 40, 43, 45, 46 y 47; Mt., 7, 29, etc.). "Me atrevería a apostar—dice un místico— que cuando Dios nos muestre sin velo todos los misteriosde las divinas Escrituras, descubriremos que si había palabras que no habíamosentendido era simplemente porque no fuimos capaces de creer sin dudar en el amorsin límites que Dios nos tiene y de sacar las consecuencias que de ellos sededucían, como lo habría hecho un niño". Vengamos, pues, a buscarlo en este mágico "receptor" divino donde,para escuchar su voz, no tenemos más que abrir como llave del dial la tapa delLibro eterno. Y digámosle luego, como le decía un alma creyente: "¡Maravillosocampeón de los pobres afligidos y más maravilloso campeón de los pobres en elespíritu, de los que no tenemos virtudes, de los que sabemos la corrupción denuestra naturaleza y vivimos sintiendo nuestra incapacidad, temblando ante laidea de tener que entrar, como agrada a los fariseos que Tú nos denunciaste, enel "viscoso terreno de los méritos propios"! Tú, que viniste parapecadores y no para justos, para enfermos y no para sanos, no tienes asco de midebilidad, de mi impotencia, de mi incapacidad para hacerte promesas que luegono sabría cumplir, y te contentas con que yo te dé en esa forma el corazón,reconociendo que soy la nada y Tú eres el todo, creyendo y confiando en tu amory en tu bondad hacia mí, y entregándome a escucharte y a seguirte en el caminode las alabanzas al Padre y del sincero amor a mis hermanos, perdonándolos ysirviéndolos como Tú me perdonas y me sirves a mí, ¡oh, Amor santísimo!". Otra de las cosas que llaman la atención al que no está familiarizado conel Nuevo Testamento es la notable frecuencia con que, tanto los Evangelios comolas Epístolas y el Apocalipsis, hablan de la Parusía o segunda venida del Señor,ese acontecimiento final y definitivo, que puede llegar en cualquier momento, yque "vendrá como un ladrón", más de improviso que la propia muerte(1 Tes., 5), presentándolo como una fuerza extraordinaria para mantenernos conla mirada vuelta hacia lo sobrenatural, tanto por el saludable temor con quehemos de vigilar nuestra conducta en todo instante, ante la eventual sorpresa dever llegar al supremo Juez (Marc., 13, 33 ss.; Lc., 12, 35 ss.), cuanto por laamorosa esperanza de ver a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros (Gál.,2, 20); que traerá con Él su galardón (Apoc. , 22, 12); que nos transformaráa semejanza de Él mismo (Filip., 3, 20 s.) Y nos llamará a su encuentro en losaires (1 Tes., 4, 16 s.) y cuya glorificación quedará consumada a la vista detodos los hombres (Mt., 26, 64; Apoc. 1, 7), junto con la nuestra (Col., 3, 4).¿Por qué tanta insistencia en ese tema que hoy casi hemos olvidado? Es que SanJuan nos dice que el que vive en esa esperanza se santifica como Él (1 Juan, 3,3), y nos enseña que la plenitud del amor consiste en la confianza con queesperamos ese día (1 Juan, 4, 17). De ahí que los comentadores atribuyanespecialmente la santidad de la primitiva Iglesia a esa presentación del futuroque "mantenía la cristiandad anhelante, y lo maravilloso es que muchasgeneraciones cristianas después de la del 95 (la del Apocalipsis) han vivido,merced a la vieja profecía, las mismas esperanzas y la misma seguridad: elreino está siempre en el horizonte" (Pirot). No queremos terminar sin dejar aquí un recuerdo agradecido al que fuenuestro primero y querido mentor, instrumento de los favores del divino Padre:Monseñor doctor Paul W. von Keppler, Obispo de Rotenburgo, pío exegeta y sabioprofesor de Tubinga y Friburgo, que nos guió en el estudio de las SagradasEscrituras. De él recibimos, durante muchos años, el estímulo de nuestratemprana vocación bíblica con el creciente amor a la divina Palabra y laorientación a buscar en ella, por encima de todo, el tesoro escondido de lasabiduría sobrenatural. A él pertenecen estas palabras, ya célebres, quehacemos nuestras de todo corazón y que caben aquí, más que en ninguna otraparte, como la mejor introducción o "aperitivo" a la lectura delNuevo Testamento que él enseñó fervorosamente, tanto en la cátedra, desde laedad de 31 años, como en toda su vida, en la predicación, en la conversacióníntima, en los libros, en la literatura y en las artes, entre las cuales élponía una como previa a todas: "el arte de la alegría". "Podríaescribirse, dice, una teología de la alegría. No faltaría ciertamentematerial, pero el capítulo más fundamental y más interesante sería el bíblico.Basta tomar un libro de concordancia o índice de la Biblia para ver laimportancia que en ella tiene la alegría: los nombres bíblicos que significanalegría se repiten miles y miles de veces. Y ello es muy de considerar en unlibro que nunca emplea palabras vanas e innecesarias. Y así la SagradaEscritura se nos convierte en un paraíso de delicias (Gén., 3, 23) en el quepodremos encontrar la alegría cuando la hayamos buscado inútilmente en elmundo o cuando la hayamos perdido". Los Hechos de los Apóstoles No hay duda de que ese autor es la misma persona que escribió el tercerEvangelio. Terminado éste, San Lucas retoma el hilo de la narración y componeel libro de los Hechos (véase 1, 1), que dedica al mismo Teófilo (Luc. 1, 1ss.). Los santos Padres, principalmente S. Policarpo, S. Clemente Romano, S.Ignacio Mártir, S. Ireneo, S. Justino, etc., como también la crítica moderna,atestiguan y reconocen unánimemente que se trata de una obra de Lucas, nativosirio antioqueno, médico, compañero y colaborador de S. Pablo, con quien sepresenta él mismo en muchos pasajes de su relato (16, 10-17; 20, 5-15; 21,1-18; 27, 1-28, 16). Escribió, en griego, el idioma corriente entonces, de cuyooriginal procede la presente versión; pero su lenguaje contiene también aramaísmosque denuncian la nacionalidad del autor. La composición data de Roma hacia el año 63, poco antes del fin de laprimera prisión romana de S. Pablo, es decir, cinco años antes de su muerte ytambién antes de la terrible destrucción de Jerusalén (70 d.C.), o sea,cuando la vida y el culto de Israel continuaban normalmente. El objeto de S. Lucas en este escrito es, como en su Evangelio (Luc. 1, 4),confirmarnos en la fe y enseñar la universalidad de la salud traída porCristo, la cual se manifiesta primero entre los judíos de Jerusalén, despuésde Palestina y por fin entre los gentiles. El cristiano de hoy, a menudo ignorante en esta materia, comprende así muchomejor, gracias a este Libro, el verdadero carácter de la Iglesia y su íntimavinculación con el Antiguo Testamento y con el pueblo escogido de Israel, alver que, como observa Fillion, antes de llegar a Roma con los apóstoles, laIglesia tuvo su primer estadio en Jerusalén, donde había nacido (1, 1-8, 3);en su segundo estadio se extendió de Jerusalén a Judea y Samaria (8, 4-11,18); tuvo un tercer estadio en Oriente con sede en Antioquía de Siria (11,19-13, 35), y finalmente se estableció en el mundo pagano y en su capital Roma(13, 1-28, 31), cumpliéndose así las palabras de Jesús a los apóstoles,cuando éstos reunidos lo interrogaron creyendo que iba a restituirinmediatamente el reino a Israel: "No os corresponde a vosotros saber lostiempos ni momentos que ha fijado el Padre con su potestad. Pero cuandodescienda sobre vosotros el Espíritu Santo recibiréis virtud y me seréistestigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaria y hasta los extremos de latierra" (1, 7 s.). Este testimonio del Espíritu Santo y de los apóstoleslo había anunciado Jesús (Juan 15, 26 s.) y lo ratifica S. Pedro (1, 22; 2,32; 5, 32, etc.). El admirable Libro, cuya perfecta unidad reconoce aún la crítica másadversa, podría llamarse también de los "Hechos de CristoResucitado". "Sin él, fuera de algunos rasgos esparcidos en las Epístolasde S. Pablo, en las Epístolas Católicas y en los raros fragmentos que nosrestan de los primeros escritores eclesiásticos, no conoceríamos nada delorigen de la Iglesia" (Fillion). S. Jerónimo resume, en la carta al presbítero Paulino, su juicio sobre estedivino Libro en las siguientes palabras: "El Libro de los Hechos de los Apóstolesparece contar una sencilla historia, y tejer la infancia de la Iglesia naciente.Mas, sabiendo que su autor es Lucas, el médico, "cuya alabanza está en elEvangelio" (II Cor. 8, 18), echaremos de ver que todas sus palabras son, ala vez que historia, medicina para el alma enferma". Las Epístolas de San Pablo Saulo, que después de convertido se llamó Pablo —esto es, "pequeño"—,nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no loconoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín(Rom. 11, 1; Filip. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo auno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulose compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos idealesdefendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. Nocontento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también eloficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los"Hechos" relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba eneso "de día y de noche", según él mismo lo proclama varias vecescomo ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véaseHech. 18, 3 y nota). Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por laLey, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado aentregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presencióactivamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, seencaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombrecristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina paraconvertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo habíaobrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien —mostrándole que era másfuerte que él— domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumentosin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dioscomo "Luz revelada a los gentiles." Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Gál. 1, 17) a fin deprepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, ydespués de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles,regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía,donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y ladoctrina de la Nueva Ley "del Espíritu de vida" que trajo Jesucristopara librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandesviajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los"Hechos" y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo. Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin dudarecobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatroaños de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rom.15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por losverdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Susrestos descansan en la basílica de San Pablo en Roma. Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valordoctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas delas Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras,constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a lacual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendofrecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura—como dice San Jerónimo— nos recuerda más bien el trueno que el sonido depalabras. San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo.No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo queimporta. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempreactuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de lalibertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de lapredestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida.Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentrandiferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, nohan visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo deCristo, enviado ante todo "a las ovejas perdidas de Israel" (Mt. 15,24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de ladispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristoresucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la rupturacon Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy prontopor la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor(Mt. 24). No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstolde
los gentiles (Hech. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rom. 1, 5), es decir, de
nosotros,hijos de paganos, antes "separados de la sociedad de Israel, extraños
alas alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo" (Ef. 2,12),
y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véaseRom.
11, 11 ss.; cf. Hech. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y
granmisterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí
quePablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de
lasEscrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados
porél a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a
lascitas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el
apóstolnos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante,
hechopor boca del divino Padre (véase Hebr. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de
S.2, 7; 109, 4, etc. Las Cartas Católicas
El Apocalipsis Su autor es Juan, siervo de Dios (1, 2) y desterrado por causa del Evangelioa la isla de Patmos (1, 9). No existe hoy duda alguna de que este Juan es elmismo que nos dejó también el Cuarto Evangelio y las tres Cartas que en elCanon llevan su nombre. "La antigua tradición cristiana (Papías, Justino,Ireneo, Teófilo, Cipriano, Tertuliano, Hipólito, Clemente Alejandrino, Orígenes,etc.) reconoce por autor del Apocalipsis al Apóstol San Juan"(Schuster-Holzammer). Vigouroux, al refutar a la crítica racionalista, hace notar cómo estereconocimiento del Apocalipsis como obra del discípulo amado fue unánime hastala mitad del siglo III, y sólo entonces "empezó a hacersesospechoso" el divino Libro a causa de los escritos de su primer opositorDionisio de Alejandría, que dedicó todo el capítulo 25 de su obra contraNepos a sostener su opinión de que el Apocalipsis no era de S. Juan"alegando las diferencias de estilo que señalaba con su sutileza dealejandrino entre los Evangelios y Epístolas por una parte y el Apocalipsis porla otra". Por entonces "la opinión de Dionisio era tan contraria a lacreencia general que no pudo tomar pie ni aún en la Iglesia de Alejandría, yS. Atanasio, en 367, señala la necesidad de incluir entre los Libros santos alApocalipsis, añadiendo que "allí están las fuentes de la salvación".Pero la influencia de aquella opinión, apoyada y difundida por el historiadorEusebio, fue grande en lo sucesivo y a ella se debe el que autores de laimportancia de Teodoreto, S. Cirilo de Jerusalén y S. Juan Crisóstomo en todassus obras no hayan tomado en cuenta ni una sola vez el Apocalipsis (véase en lanota a 1, 3 la queja del 4o. Concilio de Toledo). La debilidad de esa posiciónde Dionisio Alejandrino la señala el mismo autor citado mostrando no sólo la"flaca" obra exegética de aquél, que cayó en el alegorismo de Orígenesdespués de haberlo combatido, sino también que, cuando el cisma de Novacianoabusó de la Epístola a los Hebreos, los obispos de Africa adoptaron igualmentecomo solución el rechazar la autenticidad de todo ese Libro y Dionisio estabaentre ellos (cf. Introducción a las Epístolas de S. Juan). "S. Epifanio,dice el P. Durand, había de llamarlos sarcásticamente (a esos impugnadores)los Alogos, para expresar, en una sola palabra, que rechazaban el Logos (razóndivina) ellos que estaban privados de razón humana (a-logos)". Añade elmismo autor que el santo les reprochó también haber atribuido el cuartoEvangelio al hereje Cerinto (como habían hecho con el Apocalipsis), y que mástarde su maniobra fue repetida por el presbítero romano Cayo, "pero elataque fue pronto rechazado con ventaja por otro presbítero romano mucho máscompetente, el célebre S. Hipólito mártir". S. Juan escribió el Apocalipsis en Patmos, una de las islas del mar Egeo queforman parte del Dodecaneso, durante el destierro que sufrió bajo el emperadorDomiciano, probablemente hacia el año 96. Las destinatarias fueron "lassiete Iglesias de Asia" (Menor), cuyos nombres se mencionan en 1, 11 (cf.nota) y cuya existencia, dice Gelin, podría explicarse por la irradiación delos judíos cristianos de Pentecostés (Hech. 2, 9), así como Pablo halló enÉfeso algunos discípulos del Bautista (Hech. 19, 2). El objeto de este Libro, el único profético del Nuevo Testamento, esconsolar a los cristianos en las continuas persecuciones que los amenazaban,despertar en ellos "la bienaventurada esperanza" (Tito 2, 13) y a lavez preservarlos de las doctrinas falsas de varios herejes que se habíanintroducido en el rebaño de Cristo. En segundo lugar el Apocalipsis tiende apresentar un cuadro de las espantosas catástrofes y luchas que han de conmoveral mundo antes del triunfo de Cristo en su Parusía y la derrota definitiva desus enemigos, que el Padre le pondrá por escabel de sus pies (Hebr. 10, 13).Ello no impide que, como en los vaticinios del Antiguo Testamento y aún en losde Jesús (cf. p. ej. Mt. 24 y paralelos), el profeta pueda haber pensado tambiénen acontecimientos contemporáneos suyos y los tome como figuras de lo que ha devenir, si bien nos parece inaceptable la tendencia a ver en estos anuncios, cuyainspiración sobrenatural y alcance profético reconoce la Iglesia, una simpleexpresión de los anhelos de una lejana época histórica o un eco del odiocontra el imperio romano que pudiera haber expresado la literatura apocalípticajudía posterior a la caída de Jerusalén. A este respecto la reciente Bibliade Pirot, en su introducción al Apocalipsis, nos previene acertadamente que"autores católicos lo han presentado como la obra de un geniocontrariado... a quien circunstancias exteriores han obligado a librar a lapublicidad por decirlo así su borrador" y que en Patmos faltaba a Juan"un secretario cuyo cálamo hubiese corregido las principalesincorrecciones que salían de la boca del maestro que dictaba". ¿No esesto poner aun más a prueba la fe de los creyentes sinceros ante visiones desuyo oscuras y misteriosas por voluntad de Dios y que han sido además objeto deinterpretaciones tan diversas, históricas y escatológicas, literales y alegóricaspero cuya lectura es una bienaventuranza (1, 3) y cuyo sentido, no cerrado en loprincipal (10, 3 y nota), se aclarará del todo cuando lo quiera el Dios querevela a los pequeños lo que oculta a los sabios? (Lc. 10, 21). Para el alma"cuya fe es también esperanza" (I Pedro 1, 19), tales dificultades,lejos de ser un motivo de desaliento en el estudio de las profecías bíblicas,muestran al contrario que, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más losesfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones y especialmente entiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas vecescon los anuncios apocalípticos (cf. 3, 15 s. y nota) y en que las almas,necesitadas más que nunca de la Palabra de Dios (cf. Am. 8, 11 y nota), sientenel ansia del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelosespirituales de las profecías divinas (cf. Ecli. 39, 1 y nota), a falta de lascuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, delas sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico. "Sino le creemos a Dios, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creemos?". Tres son los sistemas principales para interpretar el Apocalipsis. El primerolo toma como historia contemporánea del autor, expuesta con colores apocalípticos.Esta interpretación quitaría a los anuncios de S. Juan toda su trascendenciaprofética y en consecuencia su valor espiritual para el creyente. La segundateoría, llamada de recapitulación, busca en el libro de S. Juan las diversasfases de la historia eclesiástica, pasadas y futuras, o por lo menos de lahistoria primera de la Iglesia hasta los siglos IV y V, sin excluir el final delos tiempos. La tercera interpretación ve en el Apocalipsis exclusivamente unlibro profético escatológico, como lo hicieron sus primeros comentadores e intérpretes,es decir S. Ireneo, S. Hipólito, S. Victorino, S. Gregorio Magno y, entre losposteriores modernos, Ribera, Cornelio a Lápide, Fillion, etc. Este concepto,que no excluye, como antes dijimos, la posibilidad de las alusiones yreferencias a los acontecimientos históricos de los primeros tiempos de laIglesia, se ha impuesto hoy sobre los demás, como que, al decir deSickenberger, la profecía que Jesús revela a S. Juan "es una explanaciónde los conceptos principales del discurso escatológico de Jesús, llamado elpequeño Apocalipsis". Debemos además tener presente que este sagrado vaticinio significa tambiénuna
exhortación a estar firmes en la fe y gozosos en la esperanza, aspirando alos
misterios de la felicidad prometida para las Bodas del Cordero. Sobre ellosdice
S. Jerónimo: "el Apocalipsis de S. Juan contiene tantos misterioscomo palabras;
y digo poco con esto, pues ningún elogio puede alcanzar el valorde este Libro,
donde cada palabra de por sí abarca muchos sentidos". Encuanto a la importancia
del estudio de tan alta y definitiva profecía, nosconvence ella misma al
decirnos, tanto en su prólogo como en su epílogo, quehemos de conservar las
cosas escritas en ella porque "el momento estácerca (1, 3; 22, 7). Cf. I Tes. 5,
20; Hebr. 10, 37 y notas. "No sea quevolviendo de improviso os halle dormidos.
Lo que os digo a vosotros lo digo atodos: ¡Velad! (Marc. 13, 36 s.). A "esta
vela que espera y a estaesperanza que vela" se ha atribuido la riqueza de la
vida sobrenatural dela primitiva cristiandad (cf. Sant. 5, 7 y nota). 7. Biblia y revelación Una síntesis de la relación entre la Biblia y la Tradición Divina enpreguntas y respuestas ¿Qué es la Revelación? ¿Dónde se encuentra la Revelación? ¿A quién fue confiada la Revelación? ¿Qué es la Sagrada Escritura? ¿Qué es la Tradición? ¿Quién es el Autor de la Biblia? ¿Qué es la Inspiración bíblica? ¿Cuáles son las propiedades de la Biblia? ¿Cómo se divide la Biblia? ¿Qué contiene el Antiguo Testamento? ¿Qué contiene el Nuevo Testamento? ¿Qué es el Canon bíblico? ¿En qué período se escribió la Biblia? ¿Qué es la Hermenéutica bíblica? ¿Qué otras Biblias existen? ¿Puede leerse cualquier Biblia? ¿Cómo leer la Biblia? Existen distintas versiones básicas de la Biblia. Las actuales ediciones dela
Biblia en las diversas lenguas son traducciones de uno u otra versión.
Estasversiones son: Apócrifo (gr. apókryphos, oculto, secreto ¬ apokrypto, ocultar) Babilonia Circuncisión Israel Mesías Monarquía Sinagoga Verdad Impuro, -Ra Profecía Samuel Saga Roma Pascua Géneros Literarios Estructura Literaria Crítica literaria: Paginas web:
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Trabajo enviado por: Alumno del Colegio Manuel Pardo (Chiclayo-Perú) Fecha de elaboración: Chiclayo, 18 De Noviembre del 2002 Publicación enviada por Biaggio Arbulú Baquedano Contactar mailto:phcrulez@hotmail.com Código ISPN de la Publicación EpypupkAAAeRqIKyYo Publicado Friday 8 de August de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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