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Monografias | Características físicas de los dinosauriosCaracterísticas físicas de los dinosauriosResumen: Calentándose y enfriándose. El camuflaje. Muelles y tendones. Las colas. La Cabeza. Las Crestas. Los Cuernos. El Cerebro. La Vista. El Olfato. El Oído. Los Picos. Las Lenguas y dientes. Las garras. Las púas.(V) Los
dinosaurios tenían varias características. Recorreremos primero las características
exteriores, desde la cabeza a la cola y desde el cuerpo a las patas. Luego
veremos el interior, desde el cerebro al estómago y desde la columna vertebral
a los pulmones. Los
dinosaurios cornudos y los grandes carnívoros tenían enormes cabezas con
poderosas mandíbulas. Los saurópodos que tenían un tamaño de algunos
elefantes su cabeza no pasaba del tamaño que la de un caballo. Los pequeños
terópodos y la mayor parte de los ornistiquios tenían cabezas y mandíbulas de
un tamaño moderado. Por debajo de la piel, en los lados de los cráneos estaban
perforados por unas ventanas como en otros arcosaurios. Ahora
nos fijaremos en distintos puntos concretos de la cabeza, como puede ser la
cresta, el pico... Los
dinosaurios con cresta a menudo tenían vistosas protuberancias, crestas o púas
en la cabeza. Al igual que los lagartos exhiben sus vivos colores y las aves se
engalanan con sus plumas, algunos dinosaurios también destacaban gracias a su
cresta de curiosa forma. ¿Por
qué querían llamar la atención con su cresta? Los dinosaurios con cresta vivían
en rebaños y, como otros animales sociales actuales, se comunicaban con otros
miembros del grupo. Para eso, primero tenían que atraer su atención. Si
quieres destacar en medio de una multitud, lo mejor es llevar un sombrero de
copa. En lugar de sombrero, los dinosaurios con cresta tenían protuberancias en
la cabeza. El
Oviraptor era un dinosaurio con cresta que robaba huevos de los nidos
desprotegidos de otros dinosaurios. No todos los cráneos suyos encontrados tenían
cresta. Los científicos creen que sólo los machos la poseían. Podía
distinguir si otro miembro de su especie era macho o hembra fijándose en la
cresta. Imagínate
que vives en un rebaño de dinosaurios, todos muy parecidos. Sería fácil verte
separado de tu familia. La cresta ayudaba a estos dinosaurios a identificar a
otros miembros de su grupo familiar. Las crías de hadrosaurio presentaban pequeñas
protuberancias, mientras los adultos tenían crestas completas. En
la época de apareamiento, los machos de las aves intentan llamar la atención
de las hembras. Se atusan las plumas y exhiben sus bellos colores. Los machos de
los dinosaurios quizá usaban su cresta con idéntica finalidad. Algunos
dinosaurios tenían crestas muy curiosas. El Dilophosaurus era un carnívoro que
recibió su nombre por el extraño bulto de su cabeza; significa reptil con dos
crestas porque presentaban dos rebordes altos y estrechos que recorrían todo su
cráneo. Probablemente usaba esta cresta para indicar a los amigos dónde estaba
y con el fin de ahuyentar a los enemigos. En
muchos libros sobre dinosaurios, el hadrosáurido Tsintaosaurus aparece con una
cresta espinosa en la cabeza. También se han reconstruido maquetas de este
dinosaurio chino, a partir de un hueso que sobresale de su hocico. Los científicos
creen ahora que este largo y delgado hueso en realidad recorría horizontalmente
el hocico y no se considera un dinosaurio con cresta. Largos
y amenazadores o sólo ornamentales, había cuernos de dinosaurio de todos los
tamaños y formas. Armados
con un inquietante despliegue de cuernos, los ceratópsidos, dinosaurios con
cuernos, parecían guerreros prehistóricos, pero no eran los únicos
dinosaurios con cuernos, ni estaban siempre buscando pelea. Los
cuernos de los dinosaurios eran de hueso y estaban cubiertos de una capa córnea
protectora. En el cráneo fósil de un dinosaurio con cuernos se ve sólo la
parte ósea; el revestimiento del cuerno no se ha fosilizado. A
primera vista, algunos ceratópsidos parecerían rinocerontes. Tenían largos
cuernos en el morro y otros menores en la frente. Los cuernos del morro estaban
situados para ensartar por el vientre a sus enemigos como los terribles tiranosáuridos. Sus
impresionantes cuernos y su corpulencia convirtieron al ceratópsido más
grande, el Triceratops, en uno de los herbívoros más poderosos. Si pusiéramos
un hipopótamo y dos vacas en una balanza pesarían lo mismo que este animal.
Pertenece al grupo de los que tenían cuernos en la frente, apuntando hacia
delante y arriba; eran unas defensas extraordinarias, que dirigían al rostro o
al cuello. Casi
todos los dinosaurios con cuernos eran herbívoros que vivían pacíficamente en
pequeños grupos. Aunque el antes mencionado Triceratops tenía cuernos dos
veces más largos que una raqueta de squash, un poco más de 1 metro de largo,
probablemente intentaba evitar las peleas antes de atacar y arriesgarse a ser
herido de gravedad. Como un toro dispuesto a embestir, agachaba la cabeza,
sacudiendo los cuernos para hacer huir al depredador. Los que tenían un sólo
cuerno muy largo en la nariz, quizá se limitaban a mostrar su costado al
agresor esperando asustarlo. Los cuernos largos tal vez atraían también a las
hembras. Los
ceratópsidos probablemente luchaban sólo si se veían obligados a defenderse o
proteger a su grupo. En un mismo grupo se producían lugar entre machos rivales
por obtener la jefatura o por aparearse con las hembras; entrechocaban las
cabezas y los cuernos, como los carneros actuales. Los
ceratópsidos no eran los únicos dinosaurios con cuernos. El Carnotaurus, entre
algunos otros carnívoros, era un carnosaurio que tenía unos pequeños cuernos
en la frente. Los del macho probablemente eran más largos de los de la hembra.
Ello, seguramente era lo que los distinguía. Los
dinosaurios se consideran animales lentos y torpes, pero las investigaciones
científicas han desmentido esta idea anticuada. El
cerebro es el centro de control en todo animal. Envía órdenes por ciertos
conductos, los nervios. Sin estos mensajes, los dinosaurios ni ningún otro
animal no habrían podido ver, oír, comer, moverse o reproducirse. Es
probable que algunos dinosaurios fueran más listos que otros. Para distribuir
el grado de inteligencia de un dinosaurio, los expertos necesitan comparar el
tamaño del cerebro con el resto del cuerpo. En efecto, examinan el molde del
cerebro y determinan su peso. Después calculan el peso del cuerpo, y cuando
disponen de ambos catos, sólo tienen que sumar para saber qué porcentaje del
peso total del animal corresponde al cerebro. Para
saber el peso de un cerebro los científicos obtienen moldes de la cavidad
craneana de los distintos dinosaurios para estudiarlos. Rellenan el espacio
hueco del cráneo de un dinosaurio con un líquido que al endurecerse toma la
forma del cerebro. Un
dinosaurio con un cerebro relativamente pesado en comparación con su cuerpo sería
probablemente más inteligente que otro con un cerebro más ligero. Unos
de los carnívoros pequeños, conocidos como la familia de los troodóntidos,
tenían el cerebro más desarrollado que otros dinosaurios, y por tanto eran más
rápidos y más listos que los grandes saurópodos, los dinosaurios con el
cerebro comparativamente más pequeño. Entre
los últimos dinosaurios existió entre grupo, unos depredadores muy listos, del
tamaño de perros. Si no se hubieran extinguido, su cerebro habría seguido
evolucionando durante unos 70 millones de años. Con una ventaja tan grande los
dinosaurios quizá nos superarían hoy en inteligencia. Un
gran dinosaurio carnívoro, el Tyrannosaurus rex, tenía la cabeza muy grande,
pero la parte del cerebro que empleaba para pensar era minúsculo, comparada con
la del cerebro de un niño de 10 años. Si
calificáramos los dinosaurios en cuatro niveles en inteligencia serían más o
menos como vamos a ver a continuación: Los
dinosaurios necesitaban mantener los ojos bien abiertos. Tenían que evitar el
peligro, encontrar comida y reconocer a los de su propia especie o a su pareja.
Como las aves y los reptiles actuales, los dinosaurios eran animales con buena
vista. La
familia de los carnívoros troodóntidos incluía al Troodon, el cual
probablemente era el dinosaurio con la vista más aguda. Sus ojos eran muy
grandes. No sólo veía perfectamente a la luz del día, sino que probablemente
también veía muy bien de noche. Las
pupilas de tus ojos son redondas. Cuando oscurece, se agrandan para dejar pasar
más luz. Cuando luce un sol radiante, se encogen. Los gatos y muchos reptiles
actuales, como el geko nocturno, tienen la pupila alargada. Un dinosaurio que
pudiera ver bien en la oscuridad también podía haber tenido las pupilas
alargadas. Algunos
dinosaurios tenían unas prominencias óseas circulares alrededor de los ojos
que soportaban los globos oculares y ayudaban a enfocar la vista. Los
científicos creen que es bastante posible que algunos de los dinosaurios
cazadores de grandes ojos tuvieran una vista parecía a las modernas aves
rapaces. El halcón peregrino, una rapaz actual, tiene una vista tan buena que
puede distinguir una paloma a 8 kilómetros de distancia. Los
reptiles y muchas aves modernas ven en colores. Quizá los dinosaurios también.
Tal vez cambiaban de color para atraer a su pareja o para camuflarse. Si así
fuera, eso significaría que los dinosaurios podían distinguir los colores. Los
depredadores como, por ejemplo, los felinos, las lechuzas y los seres humanos
tienen los ojos situados en la parte delantera de la cara, mirando hacia delante
y un poco a los lados. Las presas, como los conejos, tienen los ojos en los
lados de la cara. Pueden ver en casi todas direcciones, y a menudo se dan cuenta
del peligro. Los ojos de los dinosaurios herbívoros estaban situados a ambos
lados de la cabeza para descubrir los peligros, pero los de los depredadores
carnívoros, apuntaban hacia delante para divisar a sus presas con facilidad. Los
dinosaurios usaban el olfato para descubrir un depredador peligroso y localizar
los alimentos más sabrosos. Estudiando moldes del cerebro de los dinosaurios,
los científicos han averiguado que la parte del cerebro donde reside el sentido
del olfato era bastante grande. Esto significa que casi todos los dinosaurios
tenían bien desarrollado este sentido. El
olfato es muy importante en el mundo animal, tanto para reconocer el terreno
como para distinguir a los enemigos de los amigos. Los gatos y los perros marcan
el territorio con su olor y las mofetas ahuyentan a los animales expeliendo un
desagradable hedor. Como
los animales actuales, los dinosaurios se valían de sus fosas nasales para
olfatear el peligro. Los hadrosáuridos probablemente podían oler a los
depredadores como lo hacen los ciervos actuales. Es casi imposible acercarse a
un rebaño de ciervos sin ser descubierto. Algunos
dinosaurios usaban las fosas nasales para localizar su próximo almuerzo. Los
depredadores, como los carroñeros, cazaban de olfato. Pero aunque la mayoría
de los dinosaurios tenían bien desarrollado este sentido, no podían seguir un
rastro tan bien como nuestros perros. Algunos
saurópodos tenían las fosas nasales muy grandes. En lugar de estas situadas al
final del hocico las tenían en la frente. Los expertos no están seguros por qué
se encontraban tan arriba, pero algunos sospechan que esta particularidad permitía
a los enormes dinosaurios comer plantas acuáticas y respirar aire fresco. Los
dinosaurios que luchaban a cabezazos, los paquicefalosaurios, necesitaban tener
la nariz muy dura, ya que usaban la parte delantera del cráneo para embestir a
otros dinosaurios. Algunos
dinosaurios usaban la nariz para emitir sonidos. Muchos de los pico de pato sin
cresta, quizá hincharan una bolsa de piel situada sobre sus fosas nasales
cuando querían trompetear a otro dinosaurio. El elefante marino actual actúa
de modo parecido, con su gran hocico hinchable. Algunos
dinosaurios tenían bultos y prominencias en el hocico. Los científicos creen
que quizá distinguieran las hembras de los machos. Algunos también tenían
cuerno. Los
dinosaurios no tenían orejas carnosas externas en la cabeza, como tú. Al igual
que las aves y los reptiles, sólo tenían orificios auditivos muy pequeños y
muy próximos al punto donde la cabeza se unía al cuello. Los
fósiles de algunos dinosaurios están tan bien conservados que los científicos
han podido estudiar los minúsculos huesos del interior de su oído. Por las
pruebas encontradas, los expertos creen que probablemente podían oír bastante
bien. Imagínate
que intentas acercarte silenciosamente a un cocodrilo. Este animal tiene un oído
muy fino y sería algo arriesgado. Los túneles de su oído se parecen a los de
los oídos de los dinosaurios, por lo que es probable que éstos tuvieran un
buen sentido del oído. Un
buen oído era fundamental para sobrevivir en el mudo prehistórico. Resultaba
difícil acercarse a los dinosaurios sin ser descubierto, siempre podían oír
acercarse a un enemigo. Los hadrosaurios pasaban gran parte del tiempo alimentándose,
con la cabeza gacha; quizá la subían de vez en cuando para vigilar. Si
los hadrosaurios oían un ruido peligroso, daban la alarma a los otros miembros
del rebaño. Los hadrosaurios crestados también emitían su bramido con su
cresta en la época de celo. Los dinosaurios hubieron de tener un buen oído
para distinguir estos mensajes acústicos. El
interior del oído de un ave quizá era muy parecido al de un dinosaurio. El
sonido penetraba por el orificio lateral del cráneo del dinosaurio y descendía
por un breve conducto hasta tropezar con el tímpano. Las ondas sonoras hacían
vibrar el tímpano, y este movimiento se transmitía a un huesecillo del oído
medio que transportaba las vibraciones hasta el oído interior, recubierto de
terminaciones nerviosas. Estos nervios transmitían los mensajes sobre los
sonidos al cerebro del dinosaurio. Algunos
reptiles actuales carecen de tímpanos pero pueden oír perfectamente, como por
ejemplo las serpientes. Oyen captando las vibraciones que se transmiten por el
suelo. Así, pueden saber si se acerca otro animal. La serpiente de un
encantador indio no oye la música para bailar, sino que observa el movimiento
de la flauta del encantador y lo reproduce. Por
supuesto, no todos los dinosaurios tenían pico. Algunos tenían tantos dientes,
que no necesitaban pico. Pero el pico era un instrumento esencial para los
dinosaurios que comían hojas y ramas duras. Helechos,
cicadáceas, palmeras y robles crecieron durante el período Cretácico. Aunque
esas plantas tenían hojas bastante frágiles, sus tallos eran duros y leñosos.
Al igual que los jardineros usan cuchillas para podar los arbustos, algunos
dinosaurios estaban provistos de un pico afilado para cortar los tallos. El
Psittacosaurus se considera el primer miembro del grupo de los ceratopsios. Sus
dientes no estaban tan desarrollados como sus parientes posteriores, pero tenía
un pico curvo y afilado, lo mismo que el resto del grupo. Su hocico era tan
parecido al de un ave, que los expertos que los descubrieron lo llamaron reptil
loro. Con
el tiempo, los ceratopsios o dinosaurios con cuernos desarrollaron picos más
eficaces. A finales del período Cretácico estaban ya perfectamente diseñados
para su objetivo. Muchos de los fueron unos de los últimos dinosaurios
conocidos que caminaron sobre la tierra. Sus picos troceaban plantas grandes y
duras, como una cizalla. Un
dinosaurio con cuernos podía almacenar hojas y tallos en sus carrillos. La
comida se trasladaba entonces a la parte posterior de la boca, donde hileras de
dientes la trituraban antes de que el dinosaurio la engullera. Al
igual que nuestro pelo y uñas, el pico de los dinosaurios estaba en constante
crecimiento. De lo contrario, toda una vida comiendo hojas y ramas lo hubiera
desgastado hasta hacerlo inservible. El
interior de un pico de dinosaurio era de hueso, cubierto por una capa córnea
que, como las garras y la piel de los dinosaurios, no se fosilizaba bien.
Tenemos conocimiento de ella porque los paleontólogos han encontrado algunos cráneos
poco comunes con la capa córnea cubriendo todavía el pico. Algunos
expertos piensan que los dinosaurios con pico solían ser delicados comiendo.
Los dinosaurios de pico estrecho debieron de elegir brotes y cogollos de aspecto
sabroso. Los de pico de pato eran menos selectivos. Probablemente usaban sus
amplios picos para partir vegetación mezclada. Los
dinosaurios con pico podían morder con mucha fuerza. Esto se ha mantenido en
algunos animales actuales. Algunas tortugas, como la tortuga mordedora, son
famosas por los dolorosos pinchazos que propinan. Durante la Segunda Guerra
Mundial, una tortuga mordedora atacó con su pico curvo una barcaza hinchable
llena de soldados británicos. Al igual que los dinosaurios, las tortugas no son
agresivas y, probablemente, el animal consideró que la embarcación era una
amenaza. Como
la lengua no tiene huesos, no puede convertirse en fósil. ¿Cómo sabemos
entonces que los dinosaurios la tenían? La lengua está unida a los huesos de
la garganta y se han encontrado muchos fósiles del cuello de los dinosaurios,
pero nadie sabe con seguridad cómo era su lengua. ¿Te
has preguntado alguna vez por qué los humanos tenemos lengua? La usamos para
saborear y tragar la comida y nos ayuda a hablar. En la lengua hay minúsculos
órganos sensoriales llamados papilas gustativas, que nos indican su algo es
salado, dulce, amargo o ácido. El
sabor les resulta muy útil a los animales porque les avisa si algo es venenoso.
Si un animal o una planta tiene un sabor extraño, quien intente comerlo lo
escupirá. Los dinosaurios quizá tenían papilas gustativas en la lengua para
identificar lo venenoso. Nuestra
lengua es vigorosa y ágil para trasladar la comida por la boca hasta darle la
forma adecuada para tragarla. Los hadrosaurios y los ceratópsidos probablemente
tenían también la lengua estrecha y vigorosa. Algunos
dinosaurios quizá tenían la lengua asombrosamente fuerte y la usaban para
tirar de su presa o agarrar ramas y hojas. Esta facultad se conoce como lengua
prensil. La jirafa actual la tiene así. Como
los lagartos actuales, por ejemplo el lagarto estinco o esquinco, los
dinosaurios quizá olfateaban el aire con la lengua, gracias a los órganos
sensoriales que recogían el olor de otros animales. Los
gatos tienen la lengua rugosa y la usan para asearse y también para lamer hasta
el último fragmento de carne de un hueso. Los dinosaurios carnívoros quizá
tenían la lengua como los gatos por la misma razón. La
lengua de los pingüinos está recubierta de minúsculas púas muy útiles para
capturar y sujetar presas escurridizas, como los peces. Quizá los dinosaurios
piscívoros también tenían esos pinchos en la lengua. Los
osos hormigueros tienen la lengua increíblemente larga para introducirla en los
termiteros. La superficie, pegajosa por la saliva, atrapa grandes cantidades de
insectos. Algunos dinosaurios insectívoros quizá hacían lo mismo. Afilados
como cuchillas, dentados como sierras o en forma de hoja, los dientes nos pueden
contar mucho sobre cómo vivieron los dinosaurios. Si un científico encuentra
una mandíbula tachonada de colmillos puntiagudos, enseguida sabrá que estos
dientes no pertenecían a un pacífico vegetariano, sino a un carnívoro
sediento de sangre. Al
contrario que los humanos, obligados a cuidar su dentadura si no quieren visitar
al dentista demasiado a menudo, los dinosaurios carnívoros se podían permitir
olvidarse de sus dientes. Si uno se les rompía o se caía, les crecía otro en
su lugar. Si
mirásemos al microscopio un diente de un carnívoro veríamos que el filo
parece el de una sierra. Los dientes estaban además dirigidos hacia el interior
de la boca, para sujetar mejor la presa, que intentaría escapar. Una vez el
dinosaurio hincaba los dientes en la carne de la víctima, a ésta no le quedaba
ninguna esperanza de sobrevivir. Los
dinosaurios vegetarianos poseían unos dientes muy adecuados para su dieta. Como
los caballos y las ovejas actuales, tenían los dientes diseñados para arrancar
ramas y desmenuzar y triturar plantas duras. Algunos
dinosaurios, como ciertos saurópodos, no tenían dientes para masticar. Raían
las hojas de las ramas con sus dientes, afilados como lápices, y se las
tragaban enteras. El estómago se encargaba de descomponerlas. Los
ornitópodos sí podían desmenuzar la comida. Sus mandíbulas inferiores se movían
a un lado y a otro al abrir y cerrar la boca. Los ornitópodos más recientes
también podían masticar. Tras el pico y las mandíbulas de algunos se escondían
dos hileras de dientes afilados. La hilera superior y la inferior encajaban
perfectamente al cerrar la boca, lo que ayudaba a desmenuzar la comida. Los
ceratópsidos tenían cientos de dientes. Estaban anclados en la mandíbula con
raíces en forma de V encajadas unas con otras. Cuando cerraban la boca, sus
dientes superiores e inferiores se movían como una podadora, cortando la comida
en trozos lo suficientemente pequeños para ser tragados. Los
dinosaurios con pico pato tenían, algunos, miles de dientes fuertes con los que
trituraban los vegetales hasta convertirlos en pulpa. Los dientes estaban unidos
entre sí y formaban una pared sólida. Cuando el dinosaurio masticaba, esas
paredes machacaban las plantas. Dentro
de este apartado veremos el cuerpo por fuera y por dentro, incluyendo también
el cuello, las patas, la cola, la piel, etc. Largos,
cortos, gruesos o finos, el cuello de cada dinosaurio tenía la forma más
adecuada. Les permitía arrancar carne cruda de un hueso, llegar a las hojas más
jugosas de un árbol, combatir a un rival o frenar el ataque de un enemigo. El
cuello del Mamenchisaurus superaba al de una jirafa en 9 metros y constaba de 19
vértebras. Los expertos pensaban que mantenía tiene el cuello del animal, como
ocurre con el Diplodocus con 15 vértebras, pero los científicos actuales creen
que mantenían la cabeza muy alta para alcanzar las jugosas hojas altas de los
árboles. Un
problema que tenían los pequeños terópodos era que sus presas, sobre todo
insectos y pequeños reptiles, podían huir a gran velocidad. Los terópodos
pequeños tenían el cuello largo y podían estirarlo en un segundo para atrapar
a una presa. Su acción era como soltar de repente un muelle tensado. Los
dinosaurios con pico de pato tenían un cuello parecido al de los bisontes
modernos. Sus columnas vertebrales descendían bruscamente después de las
paletillas y tenían el cuello muy encorvado. Eso significa que mantenían la
cabeza pegada al suelo para poder comer matorrales. Los
huesos reforzados del cuello evitaban lesiones a los paquicefalosaurios durante
sus duelos a cabezazos. Sus cráneos muestran dónde los superpoderosos músculos
unían el cuello y la cabeza. El cuello actuaba a modo de parachoques. La
carne guisada se desprende con facilidad del hueso, pero la carne cruda hay que
arrancarla con fuerza. Los carnosaurios, carnívoros, necesitaban un cuello
musculoso para mantener bien sujeta su presa. Los músculos del cuello también
les ayudaban a desgarrar la carne del cadáver. El
cuello es una zona vulnerable del cuerpo de los animales; por él pasan muchos músculos
y venas importantes. Los anquilosaurios presentaban hileras de placas óseas
como defensa de los carnívoros. Las
patas de los dinosaurios se adecuaban a su tamaño y su forma de vida. Los
grandes y pesados herbívoros tenían patas anchas y de base plana para
distribuir el inmenso peso de sus cuerpos. Los dinosaurios que se veían
acosados de los depredadores necesitaban para adaptadas a la carrera para poder
escapar con rapidez. Eran diferentes de otros animales prehistóricos. Fueron
los primeros animales que caminaron erguidos sobre sus cuatro patas. A pesar de
este rasgo común entre todos los dinosaurios, sus patas eran de todas las
formas y tamaños, según sus diferentes estilos de vida. Algunos dinosaurios
presentaban mortíferas garras en la punta de los dedos. Otros usaban las patas
delanteras para cuando cazaban y sujetaban las presas, y para atacar y
defenderse. Los dinosaurios desarrollaron las patas delanteras de formas
distintas, algunas con sólo dos dedos, y las usaban de distintas maneras.
Algunos tenían las patas anteriores fuertes, largas y prensiles; y otros pequeñas,
cortas y débiles, prácticamente inútiles. Veamos varios tipos de patas. Los
hadrosaurios eran dinosaurios con pico de pato que vivieron en diversas partes
del continente. No tenían garras afiladas par ahuyentar a los depredadores. Se
defendían huyendo, una manera menos espectacular. Confiaban en su velocidad
para ponerse a salvo cuando percibían señales de peligro. Por fortuna, sus
patas estaban perfectamente adaptadas para emprender una veloz retirada. En
lugar de afiladas garras, los fuertes y gruesos dedos de sus patas acababan en
anchos cascos de hueso. Estos cascos especiales les ayudaban a mantener el
equilibrio y pisar con firmeza cuando se alejaban a la carrera de los
depredadores. Aunque eran dinosaurios completamente distintos, su esqueleto y el
de los grandes terópodos se asimilaban en cierto modo. Los dos se apoyaban
sobre unas patas traseras muy fuertes, pero los hadrosaurios y otros ornitópodos
grandes, no poseían brazos, sino patas delanteras. Cuando se cansaban de
caminar sobre las patas traseras, se inclinaban hacia delante sobre las
delanteras y descansaba. Al igual que un canguro y un gorila actuales, este
dinosaurio también podía caminar a cuatro patas. Esto era especialmente útil
si pastaba entre las plantas bajas mientras avanzaba. Lo sabemos porque en lugar
de garras tenía pequeños cascos en la punta de los dedos, que utilizaba para
soportar el peso de la parte delantera de su cuerpo. En un día, se creyó que
estos dinosaurios tenían patas palmeadas. Hoy día, los expertos lo creen poco
probable. Los primeros paleontólogos descubrieron huellas fósiles con marcas
de piel entre los dedos. Pensaron que eran una prueba de que estos dinosaurios
tenían las patas palmeadas, como los patos actuales. El Iguanodon era un
pariente cercano de los hadrosaurios. Tenía cuatro dedos y un pulgar asombroso.
Los primeros eran anchos y estaban provistos de uñas parecidas a cascos y
estaban provistos de uñas parecidas a cascos que ayudaban al dinosaurio a
caminar. Los cuatro dedos formaban un ángulo recto con la muñeca y los usaba
para sujetar ramas. Su pulgar era una mortífera púa con la que el herbívoro
se defendía. Cuando
los científicos vieron los primeros fósiles de un pequeño ornitópodo llamado
Hypsilophodon, creyeron que eran los de un ave prehistórica. Sus dedos eran tan
largos, que algunos expertos pensaron que su dueño los usaba para colgarse de
las ramas. Ahora creen que estaban perfectamente adaptadas para alejarse
corriendo de los depredadores, Esas patas terminaban en cuatro dedos que podían
extenderse y abarcar una amplia superficie. Las patas de sus pequeños parientes
eran muy similares. El Heterodontosaurus era otro Ornitópodo pequeño. Los herbívoros
no suelen estar bien equipados para la lucha, pero estos pequeños dinosaurios
eran una excepción. Tenían las patas delanteras muy fuertes y podían
forcejear con los atacantes. Usaban las patas delanteras para defenderse. Eran
lo bastante fuertes para resultar útiles cuando un depredador se acercaba
demasiado. El Psittacosaurus tenía cuatro largos dedos en cada pata delantera.
Probablemente los usaba, sobre todo, para caminar, pero cuando divisaba un árbol
apetecible, se incorporaba sobre las patas traseras, alargaba las delanteras y
tiraba de la rama más apetitosa para acercarla a su pico de loro. Muchos
dinosaurios primitivos, como los prosaurópodos, tenían cinco dedos, como las
personas. El Plateosaurus, uno de ellos, doblaba hacia atrás sus cinco dedos
flexibles para apoyarse en el suelo. También podía doblar los dedos hacia
delante para sujetar y quizá excavar el terreno en busca de raíces jugosas. Algunos
de los enormes saurópodos pesaban varias docenas de toneladas. Cada una de las
inmensas patas de estos colosos podrían compararse a las de un elefante actual;
de base ancha y circular, perfecta para evitar que los animales se quedaran
clavados en el suelo. Los huesos de sus patas eran muy resistentes, y sus dedos
podían abrirse para distribuir mejor el peso de sus enormes cuerpos. Como las
catedrales, que necesitan pilares enormes para soportar techumbres tan pesadas,
los saurópodos necesitaban patas como columnas para aguantar su peso. Los
omoplatos eran una parte muy importante del esqueleto de los saurópodos. Unían
las patas delanteras al cuerpo, y aguantaban sus enormes cuerpos rollizos. Un
omoplato de la mayoría de ellos era tan grande como un humano adulto. Sus patas
constituían además el único medio de defensa, pues algunas veces tenían que
enfrentarse a coces a otros dinosaurios carnívoros. A pesar de que los había
que alcanzaban el equivalente al de varias docenas de coches familiares sumados.
Sus patas traseras los sostenían cuando alcanzaban las hojas de los árboles.
El fémur, hueso del muslo, de sus patas traseras era completamente recto. Si
hubiera presentado curvatura, aun en medida mínima, la pierna hubiera resultado
muy débil. Los
dromeosáuridos, como el Deinonychus, podía mantener su presa a distancia. En
el extremo de sus patas delanteras este dinosaurio tenía tres garras parecidas
a grandes garfios. Las patas delanteras eran lo bastante largas como para tener
apartada a su víctima mientras le asestaba zarpazos. Las cicatrices encontradas
en los huesos fosilizados muestran que tenía los omoplatos y los brazos muy
fuertes. Muchos expertos están de acuerdo en que las aves evolucionaron a
partir de un pequeño dinosaurio hace millones de años. Los científicos
observan las patas de los dinosaurios e intentan adivinar cómo se convirtieron
en alas. Donde las muñecas del Deinonychus se unían a sus brazos había un
hueso en forma de luna, muy similar al hueso de las alas del Archaeopteryx, una
de las primeras aves. Las patas delanteras del Deinocherius eran más largas que
un adulto humano. Los expertos creen que era un dinosaurio muy parecido al
avestruz. Quizá se asemejara al Gallimimus, un dinosaurio avestruz, con las
patas delanteras bastante largas. Aunque las patas parecían letales, al
Deinocherius quizá sólo le servían para alcanzar las ramas con las hojas más
jugosas. Este dinosaurio comía además pequeños animales. El inteligente
Dromiceiomimus, y otros ornitomimosaurios, eran unos veloces dinosaurios
avestruz que cazaban pequeños animales de movimientos rápidos. Tenían tres
largos dedos en las patas delanteras, que usaban para sujetar a sus víctimas.
Es posible que arrancara frutos y bayas con sus dedos provistos de garras para
variar su dieta. Los
grandes terópodos no necesitaban huir del peligro corriendo. Normalmente, ellos
eran el peligro. Pocos dinosaurios tenían alguna oportunidad contra sus
afiladas garras. Contaban con cuatro dedos en cada pata trasera; uno de ellos
armado con una garra que apuntaba hacia atrás, ideal para rasgar de un solo
golpe el blando vientre de su presa. Los otros tres dedos también disponían de
garras, pero orientadas hacia delante. Las usaban para despedazar a sus
infortunadas víctimas. Algunos dinosaurios carnívoros bípedos eran muy
veloces. Para su tamaño, algunos de los más pequeños tenían las patas más
largas. Los dinosaurios de patas largas daban grandes pasos, como los corredores
de atletismo, con lo que cubrían las distancias muy deprisa. Sus largos huesos
y sus muslos musculosos alcanzaban notables velocidades. Pero, a diferencia de
sus patas traseras, las patas delanteras de algunos eran ridículamente pequeñas.
Uno de los dinosaurios más feroces, el Carnotaurus, tenía un cuerpo enorme,
dientes para rasgar la carne y patas traseras muy fuertes, pero las delanteras
eran cortas y regordetas, más débiles que las de otros grandes carnívoros.
Probablemente no las usaba demasiado. En proporción a su tamaño, el
Tarbosaurus tenía las patas delanteras más pequeñas que cualquier otro
dinosaurio. Sólo contaba con dos dedos y muy débiles, inadecuados para luchar.
Pero los expertos creen que pudo usar las garras como garfios para afianzarse
sobre el terreno cuando se impulsaba para erguir su pesado cuerpo. También
recurría a dedos y garras para sujetar las presas que se revolvían, mientras
las desgarraba a dentelladas. Afiladas
y letales o anchas y curvadas, las garras de los dinosaurios les servían para
atacar a sus presas o para defenderse de otros dinosaurios. Muchos dinosaurios
tenían garras de uno u otro tipo. Algunos herbívoros, como los iguanodontes o
los saurópodos, las usaban para mantener a raya a sus enemigos. Sus temibles
zarpas entraban en acción cuando percibían algún peligro para ellos o sus crías.
Muchos carnívoros tenían garras afiladas como navajas y con ellas mataban a
sus presas. Algunos, de ellos, como veremos a continuación, quizá las
utilizaran para sacar a los peces fuera del agua. Ahora veremos algunos tipos de
garras más detenidamente. Los
iguanodontes eran herbívoros, tenían espolones en los pulgares como mortíferas
púas, en forma de cuerno y sobresaliendo perpendicularmente a los lados de las
patas delanteras. ¡Ay del agresor cuando algunos de estos dinosaurios lo
acuchillaba! La punta, aguda como un alfiler, atravesaba la piel y la blanda
carne hasta que la ancha base de la pata la detenía. El espolón tenía esta
forma para extraerlo y clavarlo con rapidez. La
afilada garra que los saurópodos presentaban en cada pata delantera entraba en
acción como un resorte siempre que estos animales sufrían el ataque de una
manada de depredadores hambrientos. Ni la armadura más gruesa sería de defensa
ante un fuerte y lacerante golpe con esta zarpa de aspecto torpe. Estaba diseñada
pata aturdir al agresor y, al mismo tiempo, clavarse en sus carnes. Una patada
bien dirigida con una de estas garras, propulsada por toda la potencia de los
voluminosos cuerpos de estos dinosaurios, haría retroceder a cualquier
atacante. Los
barioníquidos, una familia de extraños carnosaurios, sólo incluía a un
dinosaurio llamado Baryonyx. Este dinosaurio tenía unas largas garras como el
antebrazo de una persona adulta. Se curvaban desde la base y terminaban como una
punta de lanza; con ellas podía rasgar la carne de un instante. Cuando salían
a relucir, rebanaban la piel y los músculos de sus presas. La parte inferior
era curva como una cuchara, lo que permitía a este dinosaurio atrapar peces
como lo hacen los osos actuales. Los
dromeosáuridos y otros pequeños dinosaurios terópodos, eran depredadores de
veloz carrera. Tenían una zarpa en el segundo dedo de cada pata trasera que
parecía una guadaña levantada. Con ella podían desgarrar la carne de sus víctimas
con la misma facilidad que una guadaña bien manejada. Cuando clavaban sus
garras curvas en una presa, a ésta le resultaba imposible zafarse de él. La
ensartaban con una garra y la desgarraban con la otra. Muchos
animales de hoy día han desarrollado cuernos y garras, pero sólo unos pocos
han desarrollado púas. Animales como el erizo y los puercoespines dependen de
sus púas para defenderse. Sólo unos pocos reptiles modernos han conservado sus
púas. El geko, un tipo de lagarto, eriza las púas de su dorso para asustar a
sus enemigos. Pero las flexibles y móviles espinas del geko no son nada
comparadas con las rígidas y punzantes que tenían los dinosaurios sobre sus
cuerpos y corazas. Si
crees que las armaduras eran sólo para los caballeros medievales, echa un
vistazo a algunos dinosaurios acorazados, que desarrollaron su propia armadura
para resguardarse de los peligros. Tenían cientos de placas óseas soldadas a
la piel. Se cree que algunos, tenían hasta un millar de ellas. Los
expertos creían que sólo tenían armadura los anquilosaurios. Pero en 1.980
cambiaron de opinión cuando se encontró un saurópodo acorazado, al que se
llamó Saltasaurus. Cuando
nosotros tenemos frío, podemos calentarnos corriendo y saltando. Si hace calor,
podemos refrescarnos gracias al sudor. Pero los dinosaurios no sudaban y no iban
dado saltos. ¿Cómo regulaban la temperatura de su cuerpo? Una
de las formas de mantener el calor era comer. Los saurópodos gigantes tenían
inmensos estómagos. Estaban comiendo todo el día, por lo que su estómago
estaba en uso constante. El trabajo de digerir la comida generaba el calor que
ayudaba a calentar el dinosaurio. ¡En el estómago de un saurópodo debía de
haber mucho ruido!. Además de mantener el calor digiriendo la comida, los saurópodos
se movían, igual que las personas. Pero, a diferencia de nosotros, les
resultaba fácil sobrecalentarse. Si tenían que volver a refrescarse,
respiraban velozmente por sus enormes fosas nasales, lo que ayudaba a enfriar la
sangre. Dos
dinosaurios que vivieron en África en el Cretácico tenían una manera muy hábil
de regular la temperatura de su cuerpo. El Spinosaurus y el Ouranosaurus poseían
velas de piel en el lomo que les permitían calentar su sangre rápidamente
cuando se ponía al sol, y enfriarse cuando la vela no recibía los rayos
directamente. Algunos paleontólogos creen que las placas del dorso de los
estegosaurios quizá ayudaran también a regular la temperatura corporal del
animal. Las placas se parecían mucho a un panal de abejas; probablemente podían
llenarse con gran cantidad de sangre y vaciarse casi por completo. Los
expertos creen que cuando algunos dinosaurios se calentaban demasiado, distribuían
el calor por su cuerpo de una manera muy parecida a como lo hacen las aves. Los
científicos consideran que los dinosaurios podrían tener bolsas de aire para
absorber el calor o el frío. Las
iguanas de las Galápagos tienen una manera muy hábil de refrescarse. Cuando
hace demasiado calor, se incorporan y proyectan una sombra que enfría la roca
por debajo de su cuerpo. Cuando vuelven a tumbarse, su vientre se enfría en
contacto con la roca. Estos envían la sangre caliente del lomo hacia el
vientre, donde pronto se enfría. Nadie
sabe de qué color eran los dinosaurios. Sólo existen unos pocos fragmentos de
piel fosilizada, y su color se desvaneció hace millones de años. Sin
duda, los dinosaurios se dedicarían más tiempo a ocultarse unos de otros que a
luchar. Tenían que confundirse bien con el terreno para evitar a un depredador
o acercarse a una presa sin ser vistos. Probablemente,
algunos dinosaurios tenían vivos colores, como muchos animales actuales. ¿Por
qué? Hay varias razones de que fuera así. En la naturaleza, los colores vivos
a menudo transmiten un mensaje como: "Formo parte de tu rebaño", o
"Aléjate, soy venenoso". La
piel de los dinosaurios quizá presentaba esquemas acordes con su entorno. Así,
los hadrosaurios pudieron ser moteados, como los ciervos actuales, para
reproducir los reflejos de la luz solar sobre las plantas de las que se
alimentaban. O acaso manchados, como los leopardos, o rayados, como los tigres.
Las crías de los animales modernos, como los leopardos, o rayados, como los
tigres. Las crías de los animales modernos son a menudo distintas de las que
sus padres porque viven más cerca del suelo. Las crías de jabalí tienen el
pelaje rayado para ocultarse en los bosques. Como
los camaleones actuales, algunos dinosaurios quizá podían cambiar de color. Si
su alimento se encontraba en las tierras bajas pantanosas, pero también pasaban
tiempo en las tierras altas y arenosas, tal vez cambiaran de color para
adaptarse a ambos lugares. Los pequeños herbívoros cambiarían de color para
confundirse con las distintas plantas de las que se alimentaban. Si
vivían en llanuras despejadas, algunos dinosaurios quizá tuvieran colores y
rayas que confundirían a sus enemigos. Imagina lo difícil que debe ser para un
león concentrarse en una sola cebra de todo un rebaño. Todas esas franjas son,
en efecto, muy desconcertantes. Algunos dinosaurios pudieron presentar manchas
por la misma razón. En
otros dinosaurios el dorso sería oscuro y el vientre, claro, como muchos antílopes
actuales. Esta diferencia de tonos dificulta distinguir el cuerpo del animal a
distancia. Esta
mezcla de colores claros y oscuros actúa como camuflaje en distintos entornos.
En una llanura, a pleno sol, un depredador no podría ver el vientre blanco. En
un bosque con sombras, lo veía al huir la presa, pero no percibiría su forma
completa. Es
probable que las fantásticas crestas de los hadrosaurios tuvieran todo tipo de
colores. Quizá las usaran como banderas vistosas para alertar a otros miembros
del rebaño. Los colores les ayudarían a destacar en los bosques oscuros, así
distinguirse mutuamente con facilidad. Pero los depredadores también podían
distinguirlos. ¿Alguna
vez te has preguntado por qué las avispas tienen rayas amarillas y negras? En
la naturaleza algunos colores indican peligro, como en este caso. Avisan a los
depredadores de que ese animal es venenoso. Los
animales aprenden a asociar experiencias desagradables con colores concretos: si
alguna vez una avispa les ha picado, en el futuro se alejarán de cualquier
animal con los mismos colores. Quizá
los dinosaurios tuvieran colores tan vivos como la asombrosa rana arborícola
sudamericana, que puede ser amarilla y negra, roja y negra, toda morada o
incluso verde, con patas moradas y ojos y dedos rojos. Estos colores indican a
los depredadores que las ranas arborícolas son venenosas. Su veneno es tan
potente que puede paralizar un ave o un mono casi al instante. Pero, en
realidad, las mejores defensas de las ranas son sus vivos colores. Los colores
de peligro evitan a estos animales ser atacados de entrada. Algunos
animales pueden presentar colores vivos o apagados según las circunstancias.
Las mariposas se comunican con otros miembros de su especie gracias a sus vivos
colores. Pero la parte baja de una mariposa suele ser pardo mate. Cuando tiene
que ocultarse de un depredador, la mariposa da un salto mortal y se queda inmóvil.
Quizá los dinosaurios podían hacer algo parecido. Los ceratópsidos, quizá
levantaban la placa ósea del cuello para indicar a los miembros de la mandada dónde
estaban, pero las ocultaban rápidamente si veían acercarse a un enemigo. Los
pequeños dinosaurios indefensos, que no eran peligrosos, quizá fingían serlo.
Tal vez eran rojos y negros o amarillos y negros, los colores de una especie
peligrosa. También podían tener el mismo tamaño y forma que un dinosaurio
peligroso. Existe
una famosa historia de la antigüedad sobre un lobo que se vistió de cordero
para mezclarse con un rebaño. Los científicos dicen que algunos dinosaurios,
como el carnívoro Troodon, pudieron mezclarse con un rebaño de sus presas,
como el Orodromeus, porque su tamaño y colores eran muy parecidos. La
piel de los dinosaurios estaba bien adaptada para vivir sobre tierra. Dura y
escamosa, permitía soportar la rudeza y los peligros de la vida prehistórica. Algunos
de los más insignes buscadores de fósiles han sido incapaces de encontrar
pruebas de cómo era la piel del dinosaurio. Esto se debe a que resulta muy difícil
que la piel se fosilice. A menudo la piel se destruye antes de que tenga tiempo
de fosilizarse. Cuando muere un animal en libertad la piel y la carne son las
primeras partes del cuerpo que se descomponen. Los carroñeros devoran sus
restos antes de que se complete la putrefacción. Sorprendentemente, se han
encontrado en Canadá impresiones de piel fosilizada de hadrosaurios. Los
expertos creen que los lugares secos en los que vivían estos animales han
contribuido a que, tras su muerte, la piel se volviera muy rápidamente dura y
correosa. La arena iba cubriendo los cuerpos muertos y se conservaba la piel del
hadrosaurio. La
piel del dinosaurio era seca, no húmeda como la de los tritones o las ranas.
Como nuestra propia piel, les protegía de la lluvia y la humedad. Estaba
perfectamente adaptada a una vida en clima seco, y le protegía de posibles
heridas. Los saurópodos tenían la piel escamosa. Los dinosaurios podrían
desplazarse gracias a que las escamas estaban unidas por pliegues a la piel. Los
dinosaurios acorazados se fosilizaban con relativa facilidad. Presentaban
espinas y protuberancias como defensa. Los cocodrilos actuales tienen
prominencias similares. Algunos reptiles actuales, como la lagartija, tienen
escamas que se solapan como las tejas de un tejado. Otros, como el monstruo de
Gila, tienen las escamas claramente unidas, como los azulejos de un cuarto de baño.
Los dinosaurios poseían ambos tipos de piel, según fueran acorazadas o
flexibles. Cuando los artistas pintan dinosaurios, acostumbraban a
representarlos camuflados, pero nadie sabe de qué color eran. Algunos reptiles
actuales muestran colores brillantes. Esta particularidad les ayuda a
esconderse, atraer a la pareja. Los dinosaurios seguramente tendrían la misma
particularidad. Los animales que se confunden muy bien con su entorno se dice
que están camuflados. Los soldados se tiznan la cara y llevan ropas que imitan
el ambiente que les rodea para no destacar entre la maleza: de la misma manera
la piel de los dinosaurios probablemente presentaba dibujos y colores para
ayudarle a pasar inadvertido. Los
dinosaurios se dividen en dos grupos principales según la forma de sus caderas.
Hasta hace unos cien años, los científicos creían que todos los dinosaurios
eran más o menos iguales. Sin embargo, en 1.997, Harry Govier Seeley hizo un
importante descubrimiento. Vio que había dos tipos de dinosaurios que se
diferenciaban por la forma de sus caderas. Las
caderas de un grupo de dinosaurios eran distintas a las del otro. Este
descubrimiento fue muy importante porque permitió a los científicos distribuir
los distintos tipos de dinosaurios en dos tipos o suborden. Orden es el término
que utilizan los científicos para denominar un grupo específico de animales. Es
muy importante que los científicos clasifican a los animales en grupos
diferentes para estudiarlos mejor. Los animales modernos también se clasifican
en grupos. Los subórdenes que descubrió Seeley se conocen como sauristiquios,
que significa "caderas de lagarto" y Ornistiquios, que significa
"caderas de ave". Los
sauristiquios fueron llamados así porque sus caderas eran similares a las de
los lagartos. El hueso frontal, o pubis, apuntaba hacia delante. A
los ornistiquios se les dio este nombre porque sus caderas se parecían a las de
las ves. El pubis apuntaba hacia atrás. Los
dinosaurios pertenecientes a cada uno de estos órdenes no se parecían; unos
caminaban a cuatro patas y otros no. Los que pertenecían al grupo con caderas
de lagarto eran carnívoros que andaban sobre dos patas o terópodos, o enormes
herbívoros que caminaban a cuatro patas, o saurópodos. Los
dinosaurios con cadera de ave tenían un pico córneo. Algunos avanzaban sobre
dos patas y su complexión ligera les permitía correr muy deprisa. Otros eran
mucho más pesados y caminaban a cuatro patas. También presentaba otras
diferencias con los dinosaurios de caderas de lagarto. Los ornistiquios eran
herbívoros. Al final de la era de los dinosaurios, había más ornistiquios que
sauristiquios. Para
moverse, los dinosaurios necesitaban, además de músculos, tendones que les
proporcionaban más elasticidad. Todos
los animales, incluyendo las personas, necesitan elasticidad: esto es, la
posibilidad de encogerse y estirarse. Intenta poner en pie con las rodillas rígidas
y verás lo fácil que es para cualquiera derribarte de un empujón. Pero si las
doblas, tienen más estabilidad. Los músculos y tendones de las piernas te
ayudan a doblar las rodillas y correr. Cuando más elasticidad tengas, más rápido
irás. ¿Qué
es exactamente un tendón? Un tendón es una cuerda fuerte, hecha de tejido, que
une los músculos al hueso. Los mamíferos almacenan lo que se conoce como energía
elástica en los largos tendones de sus patas para correr y saltar. Los
dinosaurios rápidos y ágiles tenían largos tendones en las patas que se
extendían desde los músculos de la pantorrilla, a través de las
articulaciones del tobillo y hasta la punta de los pies. Cuando avanzaban a
saltos, sus tendones se extendían y contraían como si estuvieran provistas de
un muelle. Incluso
los grandes dinosaurios bípedos poseían largos tendones en las patas para
darles elasticidad. Pero los saurópodos más lentos acumulaban la energía elástica
en gruesas almohadillas de tejido situadas en las plantas de los pies, para
levantar los tobillos durante la carrera. Los
dinosaurios ornistiquios, como los tireóforos, tenían otro tipo de tendón, de
hueso, más resistente. A lo largo de su dorso, estos dinosaurios contaban con
largas ristras de tendones óseos sujetos por los extremos de tendones óseos
sujetos por los extremos mediante tendones de tejido. Los tendones óseos más
fuertes impedían que la espalda se hundiera por el centro. Los
dinosaurios, como los paquicefalosaurios, tenían tendones óseos en la espalda
y la cola para protegerlos en sus duelos a cabezazos. Sus fuertes tendones les
evitaba sufrir tirones si daba un salto repentino. Los
anquilosáuridos con porra en la cola tenían una masa de tendones óseos en la
base de la cola que reforzaba el espinazo y mantenía rígida aquélla. Nadie
sabe con seguridad cómo eran el corazón y los pulmones de un dinosaurio porque
los órganos no se fosilizan. Pero los científicos han reconstruido su aspecto
y funcionamiento. Los
saurópodos gigantes necesitaban un corazón muy potente para hacer circular la
sangre por su enorme cuerpo. Algunos científicos creen ahora que estos grandes
saurópodos tuvieran más de un corazón para impulsar la sangre a tanta
distancia. Imagina
la fuerza que debía de tener el corazón para bombear la sangre de un extremo a
otro del Brachiosaurus. Su cuello era realmente largo. La cabeza se alzaba a más
de siete metros por encima del corazón, que tenía que haber sido muy grande y
musculoso para poder bombear la sangre a tanta altura. El
corazón de los dinosaurios probablemente tenía dos partes diferenciadas, como
el de los humanos. Una bombea la sangre hacia el cuerpo y otra hacia los
pulmones. En estos últimos la sangre capta oxígeno y vuelve, una vez
oxigenada, a la otra parte del corazón, desde donde es enviada al resto del
cuerpo. Las válvulas del corazón son como puertas que se abren y se cierran en
una sola dirección. Cuando
respiramos, absorbemos oxígeno, que llega a nuestros pulmones por unos tubos
conocidos como bronquios. En ellos se filtra el aire y se expulsan los gases de
desecho. Para inspirar y espirar, tenemos que usar los músculos del pecho y del
estómago. Los expertos creen que los dinosaurios respiraban de una manera muy
parecida a la nuestra. Saben el tamaño de los pulmones de un dinosaurio
observando las dimensiones de su caja torácica. Cuanta más convexidad
presenten las costillas, mayores serán los pulmones. Se
han encontrado esqueletos de algunos dinosaurios con agujeros en las vértebras.
Los científicos creen que contenían sacos aéreos. Las costillas los comprimían,
y se llenaban y se vaciaban como fuelles, impulsando el aire de los pulmones
dentro y fuera. Aunque
no podemos saber con seguridad a qué ritmo latía el corazón de un dinosaurio,
podemos imaginarlo observando el corazón de otros animales. Sabemos que en los
animales pequeños late con más rapidez que en los mayores. El corazón de una
persona late unas 70 veces por minuto. Así, a un dinosaurio como el
Triceratops, que tenía el tamaño de un elefante, quizá el corazón le latiera
unas 30 veces por minuto. El
estómago de los dinosaurios variaba según el estilo de vida y sus hábitos
alimentarios. En general, en el estómago de los grandes herbívoros había más
actividad que en el de los carnívoros. Esto se debe a que digerir vegetación
dura es más complicado que digerir carne. Para
muchos dinosaurios, la digestión empezaba en la boca, al masticar. Esto también
ocurre con los humanos. Los dientes trituran la comida hasta convertirla en una
pasta, y unos juegos digestivos especiales de la boca (la saliva) descomponen el
alimento, facilitando después la labor del estómago. Cuando
el gigantesco Brachiosaurus tragaba, la comida descendía por su esófago, el
largo tubo que va de la boca hasta el estómago. Los músculos del esófago
estrujaban la comida para hacerla avanzar, como cuando se aprieta un tubo dentífrico. Cuando
el alimento llegaba al estómago, ya estaba medio digerido por los jugos. Allí
era convertido en una especia de sopa por los movimientos ondulantes de los músculos.
Después pasaba a los intestinos. Después pasaba a los intestinos, donde se
absorbía el alimento que contiene la comida. El resto se excretaba de la forma
habitual. Algunos
dinosaurios no tenían dientes trituradores. Los estegosaurios y anquilosaurios
se alimentaban de plantas blandas, arrancando pequeños bocados que no hacía
falta masticar. Su sistema digestivo era muy largo porque esta comida se digiere
muy lentamente. Algunos
saurópodos podían comer piñas de pino enteras y alimentos parecidos porque
engullían gastrolitos (piedras estomacales). Mientras que los músculos removían
la comida en el estómago, las piedras ayudaban a triturarla hasta formar una
pasta. Los
gigantescos saurópodos como el Brachiosaurus tenían un enorme estómago e
intestinos con muchos compartimentos diferentes. Necesitaban todas estas cámaras
para la complicada tarea de digerir la comida. Desde el estómago, el alimento
pastoso recorría los intestinos hasta llegar a un ciego u órgano en forma de
saco. Los microbios (seres vivos diminutos) del ciego descomponían aún más la
comida. Algunos
carnívoros no masticaban la comida. Los dientes del Eustreptospondylus no eran
trituradores, sino afilados como cuchillas, y cortaban grandes pedazos de carne
de la presa, que se engullían enteros, pies la carne resulta más fácil de
digerir que las plantas. Las
vacas mastican dos veces la comida. Después de una primera masticación, el
alimento se digiere en la primera parte del estómago (la panza); después es
devuelto a la boca del animal para que lo vuelva a masticar. Las vacas mastican
moviendo las mandíbulas de lado a lado: la mandíbula superior va en una
dirección y la inferior en la opuesta. Quizá los ceratópsidos comieran de
forma similar. La
mayoría de los dinosaurios usaban la cola para defenderse de los depredadores.
Al Diplodocus, por ejemplo, le caracterizaba una cola muy larga, que usaba como
látigo si se veía amenazado por un enemigo. El Stegosaurus tenía espinas en
la cola que podían herir gravemente a un dinosaurio agresivo, y la cola en
forma de porra del Euplocephalus también era un peligro para los carnívoros.
Sin embargo, éstos no necesitaban emplear la cola para defenderse, puesto que
contaban con garras y dientes. Se servían de la cola para mantener el equilibro
mientras corrían. Cerca
del extremo de la cola, el Stegosaurus tenía dos pares de grandes púas de
hueso y con la punta muy aguzada. Ésas eran sus armas, y las usaba para
defenderse de los depredadores al acecho. Si le atacaban, el Stegosaurus
golpeaba con la cola, y las púas de clavaban profundamente en la carne de su
enemigo. El
Iguanodon no tenía la cola en forma de porra ni provista de espinas para
defenderse. Su arma eran los afilados espolones de los pulgares. Usaba la cola,
de 4 metros de longitud, para mantener el equilibrio cuando se incorporaba y
andaba sobre las patas traseras. Debido a la potencia de su cola, algunos
expertos creen que el Iguanodon se apoyaba a veces sobre ella, como los canguros
actuales. El
Deinonychus, carnívoro temible, tampoco necesitaba servirse de la cola: atacaba
con sus grandes garras curvas. Usaba la cola para mantener el equilibrio, y la
mantenía tiesa y paralela al suelo para correr. Se ponía rígida mediante una
especie de varillas óseas. Algunos paleontólogos creen que el Deinonychus
usaba la cola como timón para maniobrar y esquivar los objetos durante la
carrera. Ni
siquiera los mayores dinosaurios estaban a salvo de las agresiones. El
Diplodocus era enorme, pero tenía que usar la cola, tan larga como el resto de
su cuerpo, como látigo para defenderse de los depredadores carnívoros como el
Ceratosaurus. Un golpe certero con aquella cola tuvo que ser terrible para un
enemigo. La cola también servía al Diplodocus para mantener el equilibrio
cuando se incorporaba sobre las patas traseras a fin de alcanzar las hojas más
altas de los árboles. La cola, que se iba adelgazando hacia el extremo,
constaba de 73 huesos. La
gran porra del extremo de la cola del Euplocephalus era de hueso. Cuando este
dinosaurio era atacado, empleaba los potentes músculos de la cola para golpear
a sus enemigos, a los que podía fracturar los huesos de las extremidades. Esta
porra alcanzaba a veces un metro de ancho. Un mazazo con ella equivalía a
arrojarle a uno una nevera. Aunque
el Tyrannosaurus rex es uno de los dinosaurios más temidos, aún no se han
encontrado fósiles de todos los huesos del extremo de la cola, por lo que nadie
conoce exactamente la longitud que alcanzaba. Muchos científicos creen que la
cola era tan larga que la arrastraba al caminar. El Tyrannosaurus rex sólo
usaba la cola para mantener el equilibrio. Autor: Fernando cuenca Publicación enviada por Fernando cuenca Contactar mailto:fcuenca@arnet.com.ar Código ISPN de la Publicación EpypuyEAlVswdySDFz Publicado Saturday 9 de August de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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