Monografias | FósilesFósilesResumen: Estudio del campo de los dinosaurios. Los procesos de fosilización. La piel, los huevos y los nidos. La búsqueda de dinosaurios. La preparación para el transporte. Los dinosaurios en el laboratorio. Descripción e interpretación. El nombre de un dinosaurio.(V) Indice 2.
Los procesos de fosilización 3.
La piel, los huevos y los nidos 5.
La preparación para el
transporte 6.
Los dinosaurios en el
laboratorio 7.
Descripción e interpretación Los
fósiles de dinosaurios existen en formas y tamaños muy variados. Los más
evidentes son los huesos separados o los esqueletos completos que, debido a la
fosilización, se preservan con los mismos detalles que tenían en vida. Existen
muchos otros tipos de fósiles de dinosaurios. Entre estos se incluyen las
pisadas, que ha menudo se encuentran en grandes cantidades y nos ofrecen muchos
datos sobre la conducta de estos animales. Son fósiles menos frecuentes las
impresiones de la piel de los dinosaurios momificados, los huevos, los nidos y
las piedras estomacales, todos los cuales proporcionan informaciones especiales
sobre el estilo de vida de sus propietarios. Los
restos de dinosaurios que se exhiben con más frecuencia en los museos de todo
el mundo son los huesos y los dientes. Son las llamadas partes duras de un
animal, es decir, las porciones mineralizadas en parte, que resisten los
procesos normales de descomposición que atacan y descomponen las partes blandas
del cuerpo. Los
huesos y los dientes están hechos de materiales biológicos relacionados entre
sí, y se componen de una mezcla de tejidos flexibles y fibrosos que les
proporcionan fuerza, y de minerales duros, inorgánicos, sobre todo la apatita,
un tipo de fosfato cálcico, que les otorgan dureza. El hueso consiste en un
tejido de fibras largas y flexibles de colágeno, una proteína sobre la que han
cristalizado astillas delgadas de apatita. Cuando está vivo, contiene células
vivas, los osteocitos, que fabrican huesos nuevos y mantienen la estructura ósea
existente. Dentro de la malla de tejido óseo existen canales de distintos tamaños,
recorridos por los vasos sanguíneos y los nervios. Por lo tanto, el hueso no
es, en absoluto, un tejido muerto a lo largo de la vida del animal, sino que
crece, se mantiene y se remodela de manera análoga a cualquier otra parte del
cuerpo. Los
huesos tienen las funciones evidentes de soportar las partes blandas del cuerpo
y proporcionar puntos firmes de adherencia para que puedan funcionar los músculos
y los ligamentos. Además, los huesos actúan como depósitos de minerales; como
una fuente de fosfato, por ejemplo, que se necesita para la conversión de la
energía. El nivel adecuado de fosfato en la sangre se mantiene por medio de
intercambios constantes con los huesos; se puede depositar apatita en los
huesos, para reducir los niveles de fosfato en la sangre, pero también se puede
extraer fosfato del hueso para elevar su porcentaje sanguíneo. Los
dientes están formados por varios tipos de tejido. La mayor parte del diente
está hecha de dentina, una forma de apatita y colágeno bastante blanda, que
contiene túbulos estrechos. La parte superior del diente, la corona, está
recubierta de una capa de esmalte. Esta es una capa inerte y cristalina de
apatita, que se forma antes de que nazca el diente y no se puede remodelar. La
dentina, por su parte, es un tejido vivo, como el hueso, y contiene nervios y
vasos sanguíneos que penetran en la pulpa, en la raíz del diente. Los
huesos y los dientes ya están mineralizados en parte cuando están vivos, y se
pueden fosilizar después de la muerte. En alguna etapa del prolongado proceso
de fosilización, se suelen perder por descomposición las partes vivas de los
dientes y los huesos; los vasos sanguíneos, los nervios y los osteocitos se
pudren, y las fibras de colágeno se sustituyen por un mineral duro. Sin
embargo, es posible que no se altere demasiado su estructura interna, y los
cortes transversales de los huesos y los dientes fósiles en realidad presentan
tantas particularidades como los vivos. Por lo general, las cavidades se
rellenan con depósitos minerales de un tipo u otro, pero con frecuencia esto
sirve para conservar hasta los detalles más microscópicos. Una
secuencia bastante sencilla de prever conduce a la formación de un fósil de
dinosaurio, o de cualquier otro tipo. A cada paso de este proceso se van
perdiendo tanto ejemplares como información. En otras palabras, no se encontrarán
fosilizados todos los dinosaurios que han existido, porque se pierden muchos
especímenes en cada etapa comprendida entre los dinosaurios vivos y el
descubrimiento de sus fósiles. Además, se pierde información sobre la anatomía
del dinosaurio, paso a paso, desde la muerte del animal hasta que se logra
descubrirlo y reconstruirlo para mostrarlo en un museo. En realidad, existen muy
pocas probabilidades de que un determinado dinosaurio se fosilice y de que lo
que se conserva nos enseñe todos los detalles de su anatomía. Sin embargo, se
han reunido miles de fósiles de dinosaurios con el correr de los años. Esto
demuestra que recorrieron la superficie de la Tierra miles de millones de
dinosaurios. Incluso si sólo apareciera en forma de esqueletos fosilizados de
dinosaurios el 0,001 por ciento de ellos, nos queda la esperanza de poder
encontrar muchos más. Analicemos
algunos de los acontecimientos que hayan podido ocurrir tras la muerte de un
dinosaurio. Tal vez su cuerpo quedó sobre la tierra seca, donde los carroñeros,
otros dinosaurios, mamíferos, lagartos, arrancaron la carne de los huesos. A
continuación, otros organismos más pequeños eliminarían todo vestigio de
tejido blando, e incluso es posible que algunas bacterias comenzaran a destruir
los huesos. En la mayoría de los casos, el esqueleto acabaría por reducirse a
la nada, bajo el ataque combinado de los carroñeros, los desintegradores y los
elementos. En
algunos casos, es posible que el esqueleto acabase en un estanque o en un río.
Entonces pudiera ser que los carroñeros fuesen los peces y los cocodrilos, pero
el desgarramiento se produciría con la misma eficiencia que sobre la
superficie. No obstante, los huesos tienen más probabilidades de quedar
sepultados por el barro y la arena en el fondo del estanque, o en un recodo del
río, donde se realiza la sedimentación. Esto evitaría la descomposición
total, e incluso mantendría algunos huesos unidos. Un
río tendería a transportar el cuerpo una cierta distancia, según su tamaño y
la fuerza de la corriente. Se conocen casos, como en el Tendaguru de Tanzania,
donde se encontraron enormes dinosaurios saurópodos sin la cabeza y sin patas.
Parece que, al quedar desprovisto de carne, el cráneo se estuvo balanceando en
el extremo de los largos huesos cervicales hasta que lo atrapó una corriente
modesta, que lo separó y lo arrastró. La falta de patas se puede deber a que
el animal muriera de pie, y que el peso corporal hundiera las patas de los
sedimentos del fondo, donde quedaron sujetas incluso después de que la carne se
hubiera descompuesto; mientras tanto, las corrientes hacían rodar el resto del
esqueleto. Los
fondos de algunos lagos son anóxicos, carecen de oxígeno, y no pueden
sustentar más vida que determinadas bacterias que consumen sulfuro en lugar de
oxígeno. En tales casos, todo cuerpo que cae en las aguas anóxicas del fondo
se puede encurtir y proteger de los carroñeros. Los esqueletos se conservan
completos y con sus articulaciones, es decir, con los huesos conectados entre sí.
Los animales más pequeños, como los peces que caen en estos lodos anóxicos,
suelen preservarse casi a la perfección, con la piel y los órganos internos
representados como si fueran sombras sobre la arcilla fina en la que el lodo
termina por convertirse. Lamentablemente, esto ocurre pocas veces con los
dinosaurios. Cuando
el cuerpo de un dinosaurio ha sobrevivido a los carroñeros, la descomposición
y el transporte por viento o por agua, es probable que estos procesos impidan
que el 99,99 por ciento de los dinosaurios sea siguiera candidato a la
preservación, comienzan los procesos de enterramiento y fosilización. Si el
esqueleto acaba en una zona de depósito de sedimentos, como el lecho de un río,
la desembocadura de un delta, un banco de arena o un campo de dunas, es posible
que se entierre enseguida, debajo de la arena o del barro. En determinadas
condiciones, es probable que los sedimentos se depositen con la suficiente
rapidez como para enterrar el esqueleto a varios metros de profundidad al cabo
de pocos años. A
medida que se acumulan los sedimentos en la parte superior, su peso produce
fuertes presiones bajo tierra, que provocan la salida del agua contenida en los
espacios porosos y la cementación de los granos disueltos de arena o de barro.
Los granos separados se pueden volver a cristalizar bajo presión, o también es
posible que el agua con abundantes minerales en disolución deposite estos
minerales, desprovistos de la solución, como su fuera un cemento. En ambos
casos, los sedimentos sueltos se convierten en rocas sedimentarias, como las
rocas arcillosas, las areniscas o las calizas. La presión del agua rica en
minerales también afecta los huesos y los dientes sepultados, y los espacios
porosos que hay en su interior tienden a llenarse de minerales como la calcita,
o carbonato cálcico, o el óxido de hierro. Así es el proceso de petrificación,
transformación en piedra, y ésta es la razón por la que los huesos fósiles
son mucho más pesados que los otros. Han
debido perderse numerosos esqueletos de dinosaurios durante los procesos de
enterramiento y fosilización, Si las aguas de los poros eran ligeramente ácidas,
como en las regiones donde hay turba se podría haber disuelto la apatita de los
huesos y los dientes. En otros casos ocurren perturbaciones terrestres
importantes en las proximidades, es posible que las rocas se compriman o se
calienten lo suficiente como para distorsionar o destruir los fósiles. Las
alteraciones de la corteza terrestre, como los terremotos y las erupciones volcánicas,
deben de haber destruido una cantidad innumerable de fósiles. Las
etapas finales en la cadena que va desde los dinosaurios vivos hasta el
descubrimiento de sus fósiles comprenden todavía más circunstancias
improbables. Es necesario que el conjunto de roca sedimentaria que contiene los
fósiles suba hasta la superficie de la Tierra, para que se erosione. En otras
palabras, lo que en algún momento fue una zona de depósito de sedimentos, en
general bajo el agua, tiene que elevarse, a menudo en medio de las montañas,
para que el viento, la lluvia y el agua que corre arranquen los granos de roca.
La erosión que realiza el oleaje o las inundaciones repentinas en las tierras
baldías, a veces es rápida y descubre de diez a veinte centímetros anuales,
con lo cual cada año queda expuesto algo nuevo que los geólogos pueden
examinar. Desde luego, es probable que la mayoría de los esqueletos de
dinosaurios que la erosión deja al descubierto se desintegren antes de que un
coleccionista o un científico tengan oportunidad de encontrarlos, de modo que
incluso en esta etapa se produce una pérdida importante de especímenes e
información. La
segunda categoría más frecuente de fósiles de dinosaurios comprende las
pisadas, bien aisladas o bien en una secuencia. Estas se denominan huellas fósiles
porque constituyen una muestra de la actividad de los dinosaurios, para
diferenciarlas de los fósiles corporales, que comprenden los huesos, los
dientes y otras sustancias del cuerpo animal. La distinción entre fósiles
corporales y huellas fósiles se aplica a todos los demás tipos de fósiles:
las hojas preservadas, los troncos de árboles, las cochinillas y las cutículas
de los insectos son fósiles corporales, mientras que los rastros de los
gusanos, los agujeros de los erizos de mar y los excrementos o coprolitos son
huellas fósiles. Se
conocen huellas de dinosaurios procedentes de numerosas localidades y de rocas
de todas las edades, durante el Mesozoico. En muchos casos se encuentran
abundantes huellas en formaciones geológicas que carecen de huesos fósiles, de
modo que proporcionan una información muy útil sobre la distribución de estos
animales. Además, las pisadas se pueden identificar con bastante facilidad.
Cada grupo importante de dinosaurios tiene las patas delanteras y traseras de
formas diferentes, y de este modo sus pisadas tenían una forma característica. Por
lo general, no se puede reconocer a ciencia cierta cuál es la especie exacta
que ha producido una determinada pisada, pero suele ser posible identificar la
familia o el género. Otro valor de las pisadas de los dinosaurios,
probablemente el más importante, es que proporcionan una información única
sobre varios aspectos biológicos de la criatura y sobre su comportamiento. Los
coprolitos son el otro tipo importante de huellas fósiles de los dinosaurios.
Asimismo, ofrecen información sobre su distribución; a falta de esqueletos,
nos pueden decir que un lugar determinado hubo dinosaurios. También nos
informan sobre su alimentación, ya que se los puede analizar para revelar su
contenido: hojas, tallos y semillas para los herbívoros, o huesos y dientes
rotos en el caso de los carnívoros. A menudo se puede identificar la especie
por los restos vegetales o animales que están presentes en los coprolitos, lo
cual permite un análisis preciso de la dieta reciente del dinosaurio. En
el registro fósil se conservan muy pocas partes blandas de los dinosaurios. No
obstante, algunos fósiles nos proporcionan indicios importantes sobre una
variedad de estructuras blandas. Los más frecuentes son los que se adhieren
directamente a los huesos, por ejemplo los cartílagos, los tendones y los músculos.
El cartílago es un material flexible que se relaciona estrechamente con el
hueso, sobre todo en los animales jóvenes, como precursor o anteproyecto de los
futuros en pleno desarrollo. Por
ejemplo, los huesos de un dinosaurio joven a veces presentan rastros de cartílago
en los extremos, lo cual nos da una pista de la edad que tenía el animal al
morir. Los tendones son listas flexibles y carnosas de tejido conectivo, que
sujetan los músculos a los huesos. Emiten fibras que penetran en lo más
profundo del tejido óseo con el fin de proporcionar una adherencia firme; el
lugar donde están situados estos invasores fibrosos se puede apreciar al
microscopio en un corte transversal del hueso. Los mismos músculos se pueden
insertar de forma directa, en zonas amplias, cuando no se ejerce una fuerza
excesiva que requiera un tendón separado. Las localizaciones de los puntos de
adherencia dejan marcas y procesos o nudos característicos sobre la superficie
del hueso, que permiten la reconstrucción tentativa de los músculos. Las
escamas de los reptiles, los picos y las plumas de las aves, y las uñas, las
garras y el pelaje de los mamíferos están hechos de una proteína flexible, la
queratina. Este es, en esencia, un tejido muerto cuando ha terminado de
formarse, motivo por el cual no se siente dolor al cortarlo. Los dinosaurios
poseían una apreciable cantidad de estructura queratinosas. Ciertos herbívoros,
sobre todo los de pico de pato, disponían de un pico córneo, queratinoso, que
encajaba sobre los huesos del morro como el pico de un ave o una tortuga. La
queratina sólo se fosiliza en contadas ocasiones, pero en algunos ejemplares en
excelente estado de conservación se puede observar con toda claridad una
impresión en la que aparece la forma de la cubierta de una garra o un pico córneos. Los
moldes del interior de los huesos a veces ofrecen una gran cantidad de información
inesperada. Por ejemplo, la caja craneana de un dinosaurio característico era
una caja ósea relativamente pequeña y compleja, situada en el interior de la
caja externa evidente, que es el cráneo. Imaginemos el esqueleto de la cabeza
de un dinosaurio como una caja de zapatos con una caja de cerillas dentro que
contenía el cerebro. La caja craneana se ajustaba estrechamente en torno al
cerebro y los nervios craneanos que conectaban con los órganos de los sentidos.
Un molde del interior de los huesos de la caja craneana, realizado en plástico
o caucho flexible, nos puede enseñar la forma y el tamaño exactos de todas las
partes del cerebro de un dinosaurio, lo que permite serias especulaciones en
torno a sus sentidos y a su nivel de inteligencia. Existen
escasas impresiones de la piel de los dinosaurios, salvo en el caso de los
anquilosaurios, unos herbívoros recubiertos de una coraza con ajustadas
protuberancias óseas o nódulos, dentro de la piel. Los famosos hadrosaurios
momificados de las rocas del Cretácico, procedentes de Canadá, presentan
impresiones de la piel de unos herbívoros que no estaban acorazados. Se supone
que los esqueletos se secaron al sol enseguida; los líquidos corporales se
eliminaron en cuestión de horas o de días; y todo el esqueleto correoso quedó
sepultado antes de sufrir el ataque de los carroñeros. Este proceso de
fosilización ocurre en la actualidad con los cuerpos de los vacunos y de los
camellos en las regiones secas de África y Asia. Los fósiles que se forman de
esta manera presentan impresiones de la piel y de partes de la carne. Los
huevos y los nidos de dinosaurios se han encontrado en distintas formaciones
geológicas, pero son más frecuentes en los depósitos del Cretácico superior,
situados en el sur de Francia, India y la región del centro de Estados Unidos.
Se desconoce el motivo de su escasez durante el Triásico y el Jurásico. En
casi todos los aspectos, la estructura del cascarón de los dinosaurios es muy
similar a la de las aves. Los huevos de dinosaurio son de forma variada, que va
desde la esférica hasta la delgada, casi como un cigarro; los ejemplares más
grandes llegan a medir treinta centímetros. Se han encontrado huesos aislados y
también en distribuciones específicas que sugieren que la construcción del
nido y la puesta de los huesos estaba muy controlada por los padres. A veces los
huevos contienen embriones, y entonces nos dan más información sobre la
reproducción de los dinosaurios y la conducta de los padres. Los
fósiles de dinosaurios más raros son el contenido de sus intestinos y las
piedras de sus estómagos. El contenido del intestino, como los coprolitos,
proporciona información inequívoca sobre su alimentación. Por ejemplo, se ha
hallado un diminuto dinosaurio de fines del Jurásico, el Compsognathus, con el
esqueleto completo y enroscado de un lagarto en su caja torácica. Se identifica
al lagarto como un Bavarisaurus, y debemos suponer que la criatura acababa de
ser tragada cuando el pequeño dinosaurio encontró la muerte. A
menudo se encuentran desechos vegetales dispersos en torno al esqueleto de los
dinosaurios herbívoros. Estos restos podrían representar el contenido del
intestino, pero por lo general no se puede comprobar, porque el material suele
ser similar a otros restos vegetales que se conservan en los sedimentos
circundantes. También
se encuentran piedras estomacales y pulidas en relación con la caja torácica
de los dinosaurios herbívoros. Se piensa que los dinosaurios utilizaban estas
piedras, llamadas gastrolitos o piedras estomacales, de la misma forma que las
aves utilizan los granos de arena, para moler los alimentos en una porción del
intestino similar a la molleja. Los pollos recogen granos de arena con el pico,
y los almacenan en la molleja, un saco muscular situado entre la boca y el estómago,
donde se muelen los granos y las demás sustancias duras antes de la digestión.
La molleja de las aves equivale a nuestras muelas. Los dinosaurios tenían
dientes, pero no podían masticar porque sus mandíbulas sólo se abrían y se
cerraban como goznes, y no podían realizar movimientos laterales de molienda.
De modo que es posible que tuvieran molleja y gastrolitos, aunque resulta difícil
demostrar que todos los guijarros pulidos que se encuentran cerca de los
esqueletos de los dinosaurios sean verdaderas piedras estomacales, y no se trate
de meras asociaciones casuales. A
partir del año 1.830, aproximadamente, se han buscado fósiles de dinosaurios
de forma sistemática, y las técnicas básicas no han cambiado demasiado. El
principio consiste en extraer los esqueletos de la mejor manera y con el menor
daño posible. Como la mayor parte del país de los dinosaurios está tan
alejado en la actualidad, y debido al enorme tamaño de muchos ejemplares, el
aspecto logístico del personal, el mantenimiento y el transporte resultan tan
importantes como los aspectos científicos, como la interpretación del lugar
del hallazgo y de las piedras, el registro exacto de los descubrimientos o la
recuperación de todos los fragmentos de cada ejemplar. Se
han encontrado dinosaurios en todo los continentes, salvo en la Antártida,
hasta hace poco. Sin embargo, a principios de 1.989, este espacio se completó
cuando los geólogos y los paleontólogos que trabajaban para el British
Antartic Survey, o Estudio Británico de la Antártida, descubrieron el
esqueleto de un dinosaurio. Como ya hemos señalado, sólo se encuentran
dinosaurios en rocas que datas desde el Triásico superior hasta el Cretácico
superior, de 231 a 66 millones de años de antigüedad. Además, suelen ser
frecuentes sólo en depósitos terrestres, es decir, rocas arcillosas y
areniscas depositadas en ríos o lagos. Se conocen muy pocos especímenes
procedentes de sedimentos marinos, aunque estos hallazgos dependen de la remota
probabilidad de que el cuerpo fuera arrastrado por un río para llegar después
al mar. Aumenta
la facilidad del descubrimiento cuando las rocas adecuadas quedan expuestas en
vastas zonas y sujetas a una erosión relativamente rápida. Por tal motivo, en
la actualidad algunos de los yacimientos de dinosaurios más ricos se encuentran
en las regiones secas y baldías del centro de Estas Unidos, en Alberta,
Montana, Utah, Colorado y Arizona; las pampas abiertas de Argentina y Brasil, en
América del Sur; la sabana seca de Tanzania, Zimbabwe, Sudáfrica, Níger y
Marruecos, en África; las planicies centrales de India; el desierto de Gobi, en
Mongolia; las planicies del centro y norte de China; y las tierras de pastoreo
del este de Australia. En el pasado, se hallaron fósiles de dinosaurios en
cientos de localidades de toda Europa, pero en la actualidad se encuentran muy
pocos, porque los tiempos y las costumbres han cambiado. Hasta alrededor del año
1.900, en Europa se extraían piedras para la construcción, y los picapedreros
hallaron docenas de esqueletos de dinosaurios. Ahora que se extrae muy poca
piedra, y cuando esto ocurre se realiza el trabajo mediante máquinas enormes,
es muy raro encontrar esqueletos de dinosaurios. Muchas
de las expediciones que se realizan para obtener dinosaurios se deben planificar
de antemano, tal vez con años de anticipación, debido a la necesidad de
conseguir fondos y voluntarios para realizar buena parte del trabajo. Hasta una
expedición elemental requiere cantidades significativas de dinero con el fin de
cubrir los costes de alimentación, comunicaciones, herramientas, transporte y
salarios. El objetivo, por lo general, es conseguir fósiles que se puedan
utilizar tanto para exhibirlos como para investigarlos. Los ejemplares para la
investigación podían ser esqueletos completos o incluso huesos aislados si
proceden de un tipo de dinosaurio poco frecuente, mientras que, para ponerlos en
exposición, los ejemplares han de ser lo más completos posible, aunque se
trate de animales bastante comunes y conocidos para la ciencia. Existe una
creciente demanda, a nivel mundial, de ejemplares para la exposición, y se
puede convencer a los museos e instituciones educativas de que proporcionen
fondos para una expedición, puesto que existe una compensación garantizada, en
términos del mayor número de visitantes a los museos o de los mayores
beneficios educativos. Los mejores descubrimientos son los ejemplares que
producen un efecto espectacular cuando se exhiben y que, además, son nuevos
para la ciencia, pero son muy excepcionales. La mayoría de los dinosaurios que
entusiasman al experto probablemente resulten bastante poco impresionantes para
el visitante medio del museo. En
una expedición a la búsqueda de dinosaurios es fundamental la planificación.
Hay que definir muy bien la zona de búsqueda, y tiene que haber información
que confirme la presencia de esqueletos, y que se los puede hallar. Esta
información procede de las prospecciones. Un geólogo o un paleontólogo vaga
por el fondo de un barranco o una ladera, entre rocas sedimentarias de la edad
adecuada, en busca de fragmentos óseos. Va siguiendo los rastros por hondonadas
y barrancos hasta que encuentra la fuente, que puede ser un montículo de huesos
curtidos por la intemperie e irreconocibles o un esqueleto casi completo.
Entonces, el prospector intenta determinar de qué ejemplar podía tratase y de
lo grande que podría ser, a partir de los trozos de hueso que estén al
descubierto. A continuación está en condiciones de estimar si merece la pena
dedicar cientos de horas a excavar en el lugar. La
planificación de una expedición implica también la negociación con los
propietarios del terreno, para poder llegar hasta el sitio y establecer el
derecho legal para excavar y retirar ejemplares. En la actualidad, suele ser
necesario hacer un contrato de arrendamiento o pagar regalías por los
ejemplares que se retiren. Muchos terrenos clásicos donde hay dinosaurios
pertenecen al gobierno, como parques naturales, y sólo se permite excavar allí
a los museos e instituciones científicas autorizadas, con el fin de impedir un
exceso de excavaciones o de explotaciones comerciales. Los
directores de la expedición tienen que disponer de los vehículos adecuados,
capaces de recorrer terrenos sinuosos y transportar huesos que pesan varias
toneladas. Se valen de roulottes o tiendas de campaña para el personal, una
provisión provista de agua, una alimentación adecuada y otras previsiones
cotidianas. Estos arreglos domésticos son fundamentales, ya que muchas
excavaciones de dinosaurios están situadas a cientos de kilómetros de
distancia de tiendas o instalaciones sanitarias, y a veces hay que trabajar
durante meses en total aislamiento. Por
último, los directores necesitan un equipo formado por martillos, picos, palas,
formones, cepillos, arpillera, yeso y madera. Las expediciones modernas llevan a
menudo compresores de aire para hacer funcionar los taladros neumáticos,
explosivos en raras ocasiones, elementos de fundición si esperan tomar
impresiones de pisadas, equipos de reconocimiento, cámaras fijas y de vídeo,
aparatos de radio de onda corta, teléfonos de campaña y otros artefactos. Una
excavación bien planificada puede llevar apenas una semana o tanto como un mes,
según la cantidad de roca que cubra al ejemplar y la cantidad y la extensión
por la que estén distribuidos los huesos debajo de la superficie. Cuando los
buscadores han calculado la disposición del esqueleto, hay que retirar la
sobrecarga, o la roca que hay por encima. A veces hay que excavar o despedazar
muchas toneladas de piedra dura, y los taladros neumáticos pueden resultar útiles
si se lleva un compresor. El objetivo es llegar hasta un nivel situado a escasos
centímetros por encima de los huesos con la mayor rapidez posible, pero la
cantidad de sobrecarga se incrementa con lo escarpado de la ladera y el grado de
dispersión de los huesos que haya que excavar. Entonces
se pone al descubierto, de forma controlada, la totalidad del esqueleto,
eliminando cuidadosamente las piedras de la plataforma irregular, hasta los
mismos huesos. En esta etapa de la operación se pueden utilizar pequeños
taladros neumáticos, martillos y formones, y otras diversas herramientas. Después
de encontrar los huesos, es más conveniente utilizar herramientas más
delicadas, como agujas montadas con un asa y cinceles muy ligeros, ya que el más
mínimo golpe equivocado puede destruir la delicada superficie ósea. Todos los
huesos de un mismo esqueleto de dinosaurio se suelen encontrar al mismo nivel,
lo cual facilita considerablemente el proceso de excavación. Se rastrea y se
sigue cada uno de los huesos con todo cuidado, hasta que pueda completamente al
descubierto. Los excavadores proceden hacia afuera en busca de otros huesos,
pero por lo general se encuentran en condiciones de prever lo que esperan
encontrar, y dónde, si el esqueleto está todavía articulado en parte, es
decir, unido. En otras palabras, después de hallar una sola vértebra cervical
o caudal tienen probabilidades de hallar otras a ambos lados, dispersas de forma
regular. La
etapa siguiente es fundamental: el trazado de un mapa y el asentamiento de datos
acerca del lugar donde se encuentra el esqueleto. Si los huesos están dispersos
por una zona amplia, se utiliza un equipo común de levantamiento del terreno
para determinar la base sobre la cual trazar el mapa. A veces se ponen hilos por
toda la zona con el objeto de dividirla en metros cuadrados, y entonces se hace
un para exacto de cada metro cuadrado, utilizando un metro cuadrado con una
cuadrícula más fina, sobre una hoja transparente. Se toman numerosas fotografías
del lugar. El mapa constituye una parte fundamental del ejercicio de la excavación,
porque sirve de registro permanente del modo en que se hallaba el esqueleto en
medio de la roca, que puede proporcionar información útil sobre la tafonomía:
como murió el animal, de qué modo el esqueleto fue víctima de los carroñeros,
transportado, destrozado y, por último, sepultado. Las fotografías y el mapa
también tienen gran importancia para que los paleontólogos puedan montar los
huesos, ya que resulta imposible recordar con exactitud la posición de docenas
de huesos que forman el esqueleto típico de los dinosaurios. A
continuación, se preparan los huesos para el transporte, que es una parte
arriesgada en todo este trabajo. A pesar de su enorme tamaño, los huesos de los
dinosaurios pueden ser frágiles, y hay que protegerlos de las fracturas cuando
se los levanta y durante el tránsito. En primer lugar, se cavan zanjas
profundas en torno al hueso. Los huesos aislados se extraen de uno en uno, pero
cuando están superpuestos formando una gran masa, hay que extraerlos en grandes
bloques. Se cubre el hueso con papel húmedo, para separarlo, y a continuación
se empapan en yeso unas tiras de arpillera y se las dispone por encima. Se
aplican varias capas de estas vendas hasta que el hueso quede cubierto de una
coraza, como el molde de escayola que se aplica en el hospital a los huesos
rotos. Después
de aplicar el molde sobre el fósil, se utiliza una palanca para separarlo de la
roca que hay debajo y se lo da vuelta. Se separan la arenisca y el esquisto
sueltos que queden debajo y se aplica un molde de yeso a la parte inferior del
hueso. Ahora que está encerrado en un capullo duro, se le puede retirar de su
sitio. Los huesos pequeños se transportan con la mano, pero para los bloques más
grandes se necesitan trineos o carretas. Un bloque único, aunque corresponda a
un dinosaurio de tamaño modesto, puede llegar a pesar cinco toneladas, y
transportarlo hasta los vehículos que lo han de llevar puede resultar una tarea
de ingeniería muy compleja, sobre todo si el yacimiento se encuentra en un
barranco alejado e inaccesible. A
continuación se trasladas los ejemplares escayolados a un museo o una
universidad, para su estudio. El transporte a veces constituye un grave problema
logístico para una expedición de este tipo, debido al enorme peso y volumen de
muchos especímenes, al terreno escabroso por el que hay que transportarlos y
por las distancias que en algunos casos hay que recorrer. En
los días heroicos de la búsqueda de dinosaurios en América del Norte, durante
el siglo pasado, los huesos se retiraban de los yacimientos a lomo de caballo o
en carretones. Después había que arrastrarlos a lo largo de muchos kilómetros
de terreno baldío irregular, a menudo sin contar con las ventajas de una
carretera o un camino, hasta una estación de ferrocarril, donde se los subía a
un buen tres que realizaría el largo viaje hacia el este, hasta Nueva York,
Washington, o algún otro centro de estudios de la época. A veces el viaje
desde el yacimiento hasta el laboratorio llevaba semanas, y entre los peligros
cabe mencionar las terribles condiciones climáticas, en muchos casos, estos
equipos de buscadores de huesos trabajaban durante todo el invierno, la
hostilidad de los indios, además del desgaste del transporte y la manipulación
inadecuada de los especímenes por parte de los empleados del ferrocarril, que
no sabían lo que tenían entre manos. Hasta los últimos años del siglo XIX,
se solían meter los huesos en cajones con paja o arpillera, y a veces sufrían
un daño considerable en el transcurso del viaje. Las distintas técnicas de
escayolado se desarrollaron a fines de la década de 1.870. Un método utilizaba
tiras de tela empapadas en engrudo, mientras que otro se reducía a amontonar el
yeso sobre la parte exterior de los huesos. La técnica moderna que hemos
descrito, que consiste en empapar en yeso las tiras de arpillera y disponerlas
después sobre los huesos, se convirtió en el procedimiento habitual a partir
de la década de 1.880. En
esa época, además, los mismos paleontólogos a menudo tenían escasa
experiencia de campo. Esperaban en el laboratorio a que les enviaran los huesos,
y tenía muy poca idea del contexto donde se los habría recogido. Esto daba
origen a sorprendentes confusiones cuando procuraban volver a montar los
esqueletos: a veces se incorporaban fragmentos y piezas de diversos especímenes
en una reconstrucción, porque no se tomaba nota de la distribución exacta de
los huesos sobre la roca. Ahora
el transporte se suele hacer en furgoneta. Todavía existe el peligro del
terreno escabroso en muchas localidades, y a veces los huesos se dañan, aunque
siempre estén escayolados. Sin embargo, los miembros del equipo suelen acompañar
los huesos, provistos de mapas detallados sobre la disposición de los fósiles
antes de que se los excavara, además de fotografías. El montaje resulta ahora
bastante más fácil que en el pasado. La
excavación de un esqueleto de dinosaurio a lo largo de un período de varias
semanas, y su preparación cuidadosa para transportarlo, no es más que el
comienzo de la tarea. Las etapas siguientes, en el laboratorio, pueden llevar años
y en ellas participan diversos expertos con conocimientos específicos: los
preparadores, que limpian los huesos y eliminan por completo la matriz o la roca
que los rodea; los conservadores, que aplican tratamientos mecánicos y químicos
a los especímenes problemáticos que, de otro modo, se desintegrarían; los
paleontólogos, que estudian los huesos y procuran interpretar qué son y lo que
nos dicen; los ingenieros, que preparan los complejos armazones necesarios para
montar el esqueleto en una actitud natural; los artistas científicos, que
dibujan los huesos para publicarlos junto con la descripción técnica; y los
diseñadores y educadores, que presentan la información al público en forma de
exposiciones, libros y películas. Los
laboratorios donde se estudian los huesos de los dinosaurios tienen que ser
grandes para ser útiles. Los mejores son como almacenes inmensos, con hileras
de mesas en la zona de descarga y enormes portantes de estanterías de acero de
resistencia industrial. Los especímenes se descargan y se colocan en grupos
relacionados, de modo que el equipo del laboratorio puede trabajar simultáneamente
en un animal, o en un conjunto de huesos muy relacionados entre sí. La
primera tarea consiste en eliminar la escayola. Para hacerlo se cortan en
rebanadas las capas de arpillera humedecida en yeso, pero hay que hacerlo con
cierto cuidado, para reducir al mínimo el riesgo de dañar las piezas. Una
sierra sinfín, montada sobre un eje de transmisión flexible resulta ideal para
realizar este trabajo. Por lo general, se conserva en su sitio la parte inferior
de la cubierta de yeso de los bloques grandes, porque ofrece estabilidad
mientras los técnicos trabajan en los huesos desde la parte superior. La
mayor parte de la matriz de roca se ha eliminado durante el trabajo en el campo,
pero esta tarea se puede efectuar con mayor precisión y esmero en el
laboratorio. Si la matriz es blanda, se puede perforar y rascar por medio de
cinceles y cuchillos de mano. Si es más dura, se utiliza un taladro de
odontología. Éste se sujeta con la mano, como si fuera un lápiz, y permite
realizar movimientos precisos; el punto de vibración se orienta, con un
movimiento de barrido, en forma paralela al hueso, para evitar el riesgo de que
se deslice y melle la superficie. Por lo general, esta tarea produce gran
cantidad de polvo, a medida que se va rascando la piedra, y a veces se coloca
una cubierta y un tubo de succión al vacío sobre el espécimen, para
preservarlo de los escombros. Este
tipo de preparación mecánica ha sido la forma habitual de dejar al descubierto
casi todos los fósiles de dinosaurios que hoy están expuestos en los museos.
Limpiar un solo hueso puede llevar días de minucioso trabajo, pero la tarea es
fascinante, casi como la escultura, a medida que la forma del hueso va
apareciendo poco a poco. Por fortuna, los huesos de los dinosaurios suelen ser
duros, lisos por fuera y de un color marrón intenso, por lo cual se destacan
con claridad contra la roca que los rodea, por más dura que esta sea. En un 99
por ciento de los casos, el preparador no tiene problemas para distinguir el
hueso de la roca ni para separarlos. No
obstante, hay casos problemáticos. Por ejemplo, el esqueleto del dinosaurio
Baryonyx, descubierto en fechas recientes en el sur de Inglaterra, estaba en un
nódulo de mineral de hierro. La arcilla y la arenisca que son típicas de la
localidad se habían llenado en algún momento de agua con mucho hierro, que
endureció la piedra convirtiéndola en una masa rígida alrededor de los
huesos. Fue muy duro, en sentido literal, de eliminar, y la tarea completa de
preparar este esqueleto llevó muchos miles de horas de trabajo paciente y
escrupuloso. Los
huesos que se han fracturado presentan otro tipo de problemas. En algunos casos,
los huesos son lo bastante duros, pero todo el depósito está atravesado por
minúsculas fisuras, provocadas quizá por tensiones de la corteza terrestre en
algún momento del paso. Cuando se intenta separar el hueso de la roca, se
convierte en miles de astillas. En tales casos, el preparador tiene que
estabilizar el hueso en su matriz, utilizando pegamentos. Estos se untan sobre
la superficie, o se introducen en el interior del espécimen, al vacío. Cuando
se han rellenado con pegamento las fisuras, el ejemplar se puede limpiar de la
forma habitual. En otros casos de fractura los huesos suelen desmenuzarse con
facilidad, tal vez como consecuencia de la compresión o desmineralización
sufridas en algún momento posterior al de su sepultura. También hay que
estabilizarlos por medios químicos, pero en ocasiones resulta imposible
recuperar el fósil en sus tres dimensiones. Puede ser necesario dejarlo
semienterrado en la roca, que actúa entonces como un soporte estabilizador.
Desde luego, estos huesos no se pueden estudiar, ni admirar, desde todos los ángulos. En
la mayoría de los casos, incluso en los ejemplares que están bien preservados,
sin fisuras ni compresiones, se lleva a cabo algún tipo de tratamiento químico
de los huesos. Se aplica sobre la superficie externa una capa delgada de
pegamento diluido o de laca, con el simple objeto de proporcionar una cubierta
exterior más resistente. Como consecuencia, los huesos son capaces de soportar
mejor las agresiones cotidianas, como la manipulación y el polvo. Un esqueleto
de dinosaurio en una exposición tiene un aspecto oscuro y brillante, bruñido
como un coche deportivo en un escaparate, y este efecto se consigue de forma muy
parecida en ambos casos. Cuando
los huesos se conservan en rocas calizas, el mejor medio de preparación es el
ácido. La disolución lenta del ácido destruye la matriz y deja al descubierto
los huesos sin correr riesgos de producir daños mecánicos. Por lo general, se
utiliza el ácido acético diluido (la base del vinagre), ya que tiene menos
probabilidades de disolver la superficie ósea que el ácido clorhídrico. Esta
técnica de corrosión con ácidos resulta valiosa sobre todo en los casos de
huesos pequeños y delicados. El espécimen a tratar se suspende en un baño
poco profundo de ácido, diluido en agua al cinco por ciento, o menos, y así lo
deja durante un día o más. A continuación se lo retira, para examinarlo y
lavarlo. Si los huesos son muy delicados, a veces se neutraliza la superficie de
la plancha, para eliminar todos los rastros de ácido; se seca, y se pintan los
huesos con una delgada capa protectora de pegamento. Se vuelve a sumergir el espécimen
en otro baño de ácido diluido, y se repite todo el proceso hasta que los
huesos quedan tan limpios como sea posible. A
medida que los preparadores van limpiando los huesos, estabilizándolos si es
necesario, colocan los especímenes sobre una mesa de trabajo, para realizar un
estudio regular. Cada hueso está registrado, y se lo compara con esbozos de
campo, mapas y fotografías, para poder conocer su identidad. Algunas veces, en
esta etapa, se reúnen las partes complejas del esqueleto, como el cráneo, si
se han roto o perjudicado de alguna otra forma durante la fosilización. Cuando
todos los elementos del montaje están disponibles, entran en acción los
paleontólogos, los artistas y los fotógrafos. Cuando
resulta que los huesos de un dinosaurio revisten un interés especial (tal vez
porque se trata de una forma nueva, o de una muy bien conservada)m a veces los
paleontólogos deciden hacer copias. La idea consiste en hacer réplicas de los
huesos que sean lo más exactas y realistas que sea posible. En primer lugar,
hay que hacer moldes de los huesos originales. Hay que hacerlo con mucho
cuidado, para no dañar los especímenes. En la actualidad, los moldes suelen
hacerse con plásticos flexibles que se separan con facilidad del hueso, y después
de la pieza fundida. Antiguamente, todo el proceso se realizaba con escayola común,
pero los resultados eran más bastos. El
problema principal para realizar el molde de un hueso es, aunque parezca
sorprendente, realizar la forma del molde. Un molde siempre ha de estar formado
por dos o más pieza que se deben ajustar a la perfección cuando se echa el
material fundido, para que no se produzcan distorsiones, pero que después se
tienen que separar por completo. El diseño del molde es bastante sencillo en el
caso de los típicos huesos de las extremidades o las vértebras, porque se
pueden realizar en dos mitades coincidentes, con dos pequeñas protuberancias y
cavidades a lo largo de la línea de unión, para mantenerlos estrechamente
unidos mientras se echa el material. Cuando se trata de un espécimen sin una
forma tridimensional más compleja, como un cráneo o un cinturón pelviano, se
requiere un trabajo mucho más minucioso. Se pueden hacer moldes de doce o más
piezas separadas, todas las cuales tienen que encajar a la perfección, y que
luego se han de separar en una secuencia controlada cuando el material se haya
endurecido en el interior del molde. Las
piezas fundidas de los huesos se suelen hacer con algún tipo de compuesto duro
de plástico o escayola. Las réplicas de huesos grandes incluso se pueden hacer
con fibra de vidrio. Presenta muchas ventajas con respecto al anticuado yeso
blanco: la pieza es mucho más resistente y es capaz de soportar un tratamiento
más brusco; suele ser más ligera y fácil de manipular; y se puede colorear y
tratar antes de que se endurezca, para imitar el aspecto de los huesos reales.
Antiguamente, los artistas tenían que pintar la superficie exterior de la pieza
fundida de yeso para imitar los colores de los huesos fósiles, pero no podían
reproducir la pátina, y en cualquier desconchado o golpe dejaba marcas blancas.
La mayoría de los dinosaurios que se exhiben en los museos son copias de gran
calidad, y las más recientes son muy difíciles de distinguir de los auténticos,
a no ser que se realice un análisis detallado. Se
pueden hacer muchas piezas fundidas a partir de un solo molde. Los grandes
museos de dinosaurios suelen tener en existencia las réplicas de sus mejores
especímenes, para realizar montajes e intercambios múltiples. Un solo
esqueleto original a veces da origen, de esta manera, a docenas de copias casi
idénticas. Entonces se pueden intercambiar grupos de huesos con otros museos
que necesiten un determinado ejemplar para exponerlo o estudiarlo. También se
pueden hacer exposiciones con varios esqueletos pertenecientes a una sola
especia de dinosaurios, dispuestos en diferentes posiciones, realizados todos a
partir de copias del mismo esqueleto original. Los
esqueletos de dinosaurios se reconstruyen (es decir, se montan y se sujetan
siguiendo el ordenamiento correcto de los huesos y en una posición natural) por
dos motivos. En primer lugar, para exhibirlos; en segundo lugar, para realizar
estudios científicos. El
paleontólogo que observa los huesos diseminados, durante el trabajo de campo,
por lo general hace una evaluación aproximada del hallazgo, de lo completo que
está y del tipo que representa. En
el laboratorio, tras meses de preparación, está en condiciones de verificar su
hipótesis y de decidir acerca del futuro del espécimen. En
esta etapa, las decisiones son fundamentales. Si se lo va a exponer, la tarea de
montar el esqueleto y de presentarlo suele llevar semanas de trabajo
especializado, lo que implica un gasto considerable. Si se parece que el
esqueleto pertenece a una especie de dinosaurio completamente desconocida, o si
contiene partes de un esqueleto de un dinosaurio conocido pero que no se habían
visto antes, resulta importante transmitir la información a otros científicos.
Esta circunstancia también implica una gran inversión de tiempo y de dinero
(en general más que si sólo se preparase el ejemplar para su exhibición).
Habitualmente, un esqueleto bien conservado y bastante completo requiere del
trabajo del paleontólogo durante dos o tres años, y de un año, más o menos,
por parte del artista científico (que a menudo son la misma persona). Es
posible que un esqueleto nuevo de dinosaurio sea objeto de estudios científicos
al mismo tiempo que se lo prepara para su exhibición. La
mayoría de los huesos que pasan por un laboratorio de dinosaurios se dejan
aparte para un estudio posterior. Todos tienen algún valor científico y
educativo, pero resulta imposible examinarlos enseguida. Los grandes museos de
dinosaurios poseen cientos o miles de especímenes almacenados y listos para
analizar. Esto
podría parecer un gran desperdicio de ejemplares interesantes, pero ni siquiera
las personas más aficionadas a los dinosaurios están dispuestas a mirar
docenas de huesos iguales; así, sólo se exhiben los mejores. Los huesos que se
almacenan se pueden considerar archivos de información, al alcance de cualquier
investigador serio que intente resolver algún problema científico. Los
grandes museos de dinosaurios albergan cada mes a docenas de científicos
visitantes: estos visitantes están interesados en estudiar especímenes
concretos que figuran en los catálogos de las colecciones. Si un científico
estudia los dientes del carnívoro gigantesco Tyrannosaurus, necesitará ver
cientos de mandíbulas y dientes de este animal y de sus familiares, que pueden
estar dispersos en varios museos de cada continente. Es posible que otra paleontóloga
esté tratando de identificar un esqueleto nuevo y poco común que ha encontrado
en Francia. Tiene que visitar colecciones situadas en todas partes del mundo con
el fin de comparar los huesos nuevos con otros similares que se encuentren en
algún otro lugar. Tal vez un tercer paleontólogo procure comprender la dinámica
de una determinada población de dinosaurios, y a tal efecto se ve obligado a
registrar todo lo que se ha hallado en una determinada formación rocosa; es
posible que estos ejemplares se encuentren distribuidos en museos muy alejados
entre sí. Los
esqueletos de los dinosaurios están montados por los técnicos de los museos,
sobre estructuras realizadas por los ingenieros, bajo la mirada atenta de un
paleontólogo que dirige la operación. El paleontólogo conoce cada uno de los
huesos gracias a la experiencia obtenida en el estudio de otros esqueletos. Todo
dinosaurio, por grande o pequeño que sea, tiene un fémur, unos omóplatos, vértebras
caudales, y demás huesos que se pueden comparar entre sí. Con semejante
experiencia, no hay muchas probabilidades de unir los huesos de forma
equivocada; de poner, por ejemplo, la cabeza en el extremo de las vértebras
caudales en lugar de las cervicales, aunque esto haya ocurrido alguna vez. El
paleontólogo cuenta también con los mapas y fotografías de campo que le
ayudan a poner en su sitio los huesos que sean cuestionables. Por lo general, sólo
hay problemas cuando los huesos están estropeados, o cuando faltan algunos. Cuando
se han dispuesto los huesos en su posición anatómica correcta, el ingeniero
diseña y construye una armadura, que es el marco metálico sobre el cual se
montarán los huesos. Los
principios de la construcción varían, según se utilicen en el montaje los
huesos originales o copias. Las piezas fundidas son mucho más ligeras y por lo
tanto necesitan menos apoyo, y se pueden insertar tornillos o varillas pequeñas
en las diferentes partes, con total impunidad. Además, de una copia de un
esqueleto se puede realizar un "montaje invisible", formado por
varillas internas. Los
armazones tradicionales para sujetar los huesos en su sitio suelen estar hechas
de piezas de acero situadas debajo de cada hueso. Estas
piezas se calientan a altas temperaturas para que adopten la forma exacta, y a
continuación se sujetan sobre pilares verticales. Las
piezas y los pilares se diseñan con la mayor discreción posible, de modo que
en general queden ocultos por los huesos cuando se monte el esqueleto para su
exposición; pero al mismo tiempo han de ser capaces de soportar el enorme peso
de los huesos fósiles. Una técnica más reciente consiste en sujetar cada
hueso, sobre todo las vértebras, sobre fuertes hilos transparentes suspendidos
del techo de la sala de exposición. De este modo, se evita la necesidad de una
armadura compleja, y se pueden levantar los huesos para realizar un estudio
individual. El
paleontólogo estudia los huesos de a uno por vez, para establecer su estructura
exacta y su relación con los demás. Si el hueso se ha estropeado o deformado,
se intenta restaurar la forma original. Para ello se puede utilizar arcilla, o
la imaginación para representarlo en dos dimensiones en papel. Se hacen dibujos
detallados de cada hueso, visto desde ángulos diferentes. Las representaciones
habituales se realizan desde arriba y abajo (dorsal y ventral), desde la parte
delantera y la trasera (anterior y posterior) y desde los lados (laterales).
Estos dibujos presentan algunas características del dibujo técnico, ya que
tienen que ser sumamente precisos en cuanto a trazados y orientación. Cuando se
trata de huesos muy grandes, se suele hacer una ilustración a escala, a un tamaño
más fácil de manipular. Algunos
rasgos de los dibujos son menos técnicos y apuntan al aspecto artístico e
interpretativo. Se aplican sombras para indicar una forma tridimensional del
hueso, bien por medio de puntos (que están más próximos entre sí en las
partes más profundas del ejemplar), o bien por medio de líneas estrechas
(sombreado). Además, se presentan con toda claridad los rasgos especiales, como
los orificios de los vasos sanguíneos y las cicatrices de los músculos. El
ejemplar completo recibe un nombre adecuado, con el fin de identificar cada una
de sus partes y características. A
menudo se hacen series de fotografías en el curso del estudio de los huesos de
los dinosaurios, que se pueden utilizar como base para realizar los dibujos, ya
que brindan las proporciones adecuadas. En algunos casos, las descripciones
científicas se acompañan con fotografías, pero por lo general se prefieren
los dibujos, porque en ellos se puede agregar una cierta dosis de interpretación.
Esto podría sonar como "algo malo", una posible fuente de esbozos
imaginarios que no sean exactos. Sin embargo, se pueden omitir de este modo los
pequeños daños y las grietas superficiales de los huesos; el brillo
superficial del hueso también provoca a veces un resplandor en la fotografía,
que se omite en el dibujo. Además, los detalles importantes se pueden resaltar
en un dibujo, en cierta medida, por medio del sombreado. El
paleontólogo prepara una descripción formal de todos los huesos de que
dispone, y elabora esta parte del informe en una secuencia bastante normalizada.
En general, describe primero el cráneo, a continuación la columna vertebral
desde adelante hacia atrás, después de cintura torácica y las extremidades
anteriores, la cintura pélvica y las extremidades posteriores y, por último,
los elementos superficiales de menor importancia, como las costillas y las
escamas. Dentro de esta estructura, también se formaliza la descripción del cráneo.
El paleontólogo dirige su atención, en primer ligar, al hocico, avanza hacia
atrás por la parte superior de la cabeza, por los laterales, por dentro sobre
el paladar, en torno a los recovecos de la caja craneana, a lo largo de la mandíbula
inferior, y por último en torno a los dientes. La descripción del cráneo de
un dinosaurio bien conservado puede llegar a ocupar cincuenta páginas, o más,
en un informe científico medio, porque abundan los detalles. Las partes
descriptivas de relato llevan una clave que se corresponde con las ilustraciones
que muestran las zonas descritas. El
informe pasa a continuación a los aspectos más interpretativos del
descubrimiento. Aquí se pueden incluir capítulos relacionados con la mecánica
de las mandíbulas y de las extremidades (en otras palabras, la forma de comer
del animal, y de desplazarse). Existen diversas maneras de tratar estas
cuestiones, que se asientan en el conocimiento que se obtiene de los animales
vivos. Por ejemplo, si los detalles de los huesos fósiles están bien
conservados, el paleontólogo está en condiciones de especular, con una cierta
confianza, sobre la naturaleza de las articulaciones de la mandíbula y las
extremidades. Sujetando y manipulando los huesos fósiles, puede establecer
hasta qué punto se mueven entre sí, y en qué sentido. Después se puede
reconstruir la compleja musculatura que acciona la mandíbula o la extremidad
que se estudia. Los huesos presentan cicatrices musculares, que se comparan con
las de los animales modernos, como los cocodrilos o las aves. Esto permite
realizar suposiciones fundamentadas sobre la posición de los músculos, su tamaño
y el sentido del movimiento. El experto tiene una cierta confianza en sus
especulaciones, ya que todos los vertebrados vivos comparten muchos rasgos
comunes de su musculatura, en virtud de sus antepasados comunes, y no existen
motivos para suponer que los dinosaurios fueran tan diferentes. Por
último, el paleontólogo procura reunir toda esta información y deducir, por
ejemplo, la fuerza y el sentido de los movimientos de las mandíbulas. Si a esto
se añaden otras pruebas, como la forma de los dientes, su tipo de desgaste, y
otras plantas y animales que aparecieron en el mismo lugar, el conjunto servirá
para formular hipótesis acerca de la alimentación. La
forma de los huesos de las extremidades, los músculos que se postulan y las
pruebas que se obtienen de las huellas fósiles permiten la elaboración de
proposiciones detalladas sobre la forma de andar y correr del animal. Cuando
el paleontólogo ha procurado estudiar en detalle cada uno de los huesos e
intentado interpretar las partes móviles, reúne toda la información en un análisis
general del aspecto y la forma del animal. Es posible que cuente con el
esqueleto montado del animal completo, dibujos detallados de todo el esqueleto
en posiciones naturales, y las reconstrucciones de los músculos de la cabeza,
el hocico, los ojos, las orejas, la piel de la garganta, los principales órganos
internos y demás. A veces se transmite esta información al artista, que la
utiliza para esculpir un modelo tridimensional del animal, como fue en vida, o
para realizar una ilustración en color. Estos ejercicios contienen un objeto
científico, además de uno educativo (estas reconstrucciones se utilizan en
libros como este, y en exposiciones de los museos). La
finalidad de este aspecto del trabajo del paleontólogo está en descubrir tanto
como sea posible acerca de la vida y el aspecto del animal. Esta información se
puede utilizar entonces para reconstruir la biología de la especie y para
recrear el ambiente en que vivía. El
segundo camino interpretativo que sigue el paleontólogo consiste en interpretar
la posición evolutiva del dinosaurio. ¿Es idéntico a algún dinosaurio ya
descrito, o es nuevo? Si es nuevo, hay que bautizarlo como un nombre que conste
de dos partes: un nombre genérico, por ejemplo Tyrannosaurus o Baryonyx, y un
nombre específico, como Tyrannosaurus rex o Baryonyx walkeri. El primero
significa "rey de los reptiles tiranos"; el segundo, "garra
pesada (en honor de) Walker". El nombre debe transmitir información
relevante sobre el animal (su tamaño, apariencia terrible, o garras inmensas) y
el nombre específico nos dice quién lo ha encontrado. Baryonyx fue hallado por
un coleccionista de fósiles aficionado, William Walker, y su denominación es
un homenaje con el que el mundo de los paleontólogos expresa su agradecimiento
al descubridor. Dar
nombre al animal no es tan importante, desde luego, aunque tiene que tenerlo por
razones obvias. El nombre exacto se escoge según el capricho del descriptor, y
se puede utilizar cualquier otra palabra, siempre que sea nueva y no resulte
ofensiva. Es mucho más importante tratar de comprender las relaciones del nuevo
dinosaurio. ¿Con qué se relaciona y en qué medida? ¿Es una especie nueva de
un género conocido, como Tyrannosaurus (que ya es famoso), o se trata de un género
nuevo, como Baryonyx, que guarda una relación más distante con las formas
conocidas? De hecho, hasta ahora ha resultado difícil incluso decidir a qué
familia pertenece el Baryonyx, si a la de los dromeosáuridos, ornitomímidos o
los espinosáuridos. Es algo así como ser incapaces de decidir si un animal
peludo procedente de lo recóndito de las junglas de Borneo es un perro, un gato
o un oso. Cuando
se trata de comprender las relaciones de un dinosaurio nuevo, el paleontólogo
quiere ver dónde encaja, dentro del esquema evolutivo. ¿Pertenecía a un grupo
que evolucionaba con rapidez en esa época? ¿Fue el primer tiranosaurio o el
primer brontosaurio que apareció sobre la tierra? ¿Podría ser tal vez el último
de su grupo? Las tablas a gran escala de la evolución de los dinosaurios se
construyen a partir de cientos de pequeñas interpretaciones sobre la posición
evolutiva de cada especie. La
parte final del trabajo del paleontólogo (al menos durante algún tiempo)
consiste en preparar la descripción, los dibujos y las interpretaciones del
dinosaurio como un manuscrito, para ser publicado en algún periódico científico.
Este es un ejercicio fundamental, por dos motivos. En primer lugar, otros dos o
tres expertos en el tema escudriñarán el trabajo con todo cuidado, y
determinarán su calidad y si resulta adecuado para publicar. Estos árbitros
científicos, como se les denomina, a veces hacen una variedad de sugerencias
para mejorar el manuscrito, que van desde errores fundamentales de interpretación
u omisión, hasta cambios de ortografía y puntuación. El segundo motivo
importante para publicar la descripción es, simplemente, registrarla, ponerla a
disposición de los científicos de todo el mundo. No cabe duda de que las
descripciones de los dinosaurios que se hicieron hace más de un siglo se siguen
utilizando constantemente en la actualidad, porque resumen la información que
se necesita en los estudios modernos sobre dinosaurios, y suelen hacerlo
bastante bien. Trabajo
enviado por: Fernando cuenca fcuenca@arnet.com.ar Publicación enviada por Fernando cuenca Contactar mailto:fcuenca@arnet.com.ar Código ISPN de la Publicación EpypuyEZAlVJMvHjLK Publicado Saturday 9 de August de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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