Monografias | Magia y Religión: Objetos tabuadosMagia y Religión: Objetos tabuadosResumen: Escrito en el que resumo ejemplos de tabús sobre el hierro, armas blancas, la sangre, la cabeza, el cabello, corte del pelo, saliva, alimentos, nudos y anillos. Escrito en el que resumo ejemplos de tabús sobre el hierro, armas blancas, la sangre, la cabeza, el cabello, corte del pelo, saliva, alimentos, nudos y anillos. Como procuro ser lo más conciso posible, paso de unos ejemplos a otros, sin detenerme en explicar las causas de esos tabú. Pero está claro que obedecen a creencias en la magia simpatética, homeopática o contaminante, así como en espíritus, brujerías, encantamientos y demás costumbres mágicas. Magia y religión XXXII. - Objetos tabuados El hierro, sobre todo, es lo que de ningún modo podía tocar a un rey. En 1800 el rey Tieng-tsong-tai-oang murió de un tumor en la espalda, porque operarlo habría supuesto uso del bisturí. Otro rey sufría terriblemente de un flemón en las encías, y se curó a base de carcajadas, producidas por un bufón. Los sacerdotes sabinos y romanos no podían afeitarse con cuchilla de hierro, sino de bronce; y cuando usaban cincel de hierro, para esculpir en el bosque sagrado de los hermanos Arvales, sacerdotes de Roma, ofrecían un sacrificio expiatorio de un cordero y un cerdo, tanto a la entrada como a la salida del cincel. Ningún objeto de hierro podía introducirse en santuarios griegos, y los sacerdotes hotentotes usaban lajas cortantes de cuarzo en sus sacrificios y ritos. Los ovambos circuncidaban con un pedernal cortante, y si tenían que usar el hierro, lo enterraban después. Los judíos no usaron ninguna herramienta de hierro en la construcción del Templo de Salomón, ni en hacer altares. No se podía reparar el Pons Sublicius de Roma, que era sagrado, con herramienta de hierro o bronce. Y no había ni un clavo de hierro en el salón del consejo en Cyzicus. El primer año que se usó el arado de vertedera en Polonia hubo mala cosecha, y los campesinos la atribuyeron a los arados, volviendo muchos a los de madera. Y los dabuwis de Java no usan en sus cultivos ningún instrumento de hierro. Como todos estos pueblos suponían que los espíritus eran también refractarios al hierro, lo usaban como talismán, incluso en Escocia. Y la mejor forma de ahuyentar duendes era clavando un trozo de acero en las puertas, en los ciervos que se cazaban, o en los toros que se mataban. Clavos en la cabecera de sus camas protegían también de duendes a las embarazadas, y después a sus hijos; y aún más si se ponía una plancha bajo la cama, y una hoz en la ventana. En Marruecos el hierro protegía de demonios, y se dejaba cuchillo o daga bajo las almohadas de los enfermos. Los cingaleses protegían de demonios bizcochos y carne asada con clavos de hierro, y los enfermos también se protegían con utensilios de acero o hierro. En la Costa de los Esclavos primero se sacaban los demonios de los cuerpos ofreciéndoles comida, y después atándose anillos de hierro o campanillas en los tobillos, o colgándose cadenillas de hierro en el cuello. Ningún instrumento cortante podía entrar en la casa del rey sacerdotal de Zengiwh, en Birmania. Tampoco podían usar utensilios de hierro o acero los esquimales del estrecho de Bering, cuando moría alguien; y ni siquiera los usaban para descuartizar las ballenas que cazaban. Tampoco usaban instrumentos de hierro los chinos en sus septenarios de luto, ni usaban cuchillos los lituanos y prusianos cundo invitaban a comer a los difuntos. El Flamen Dialis de Roma no podía nombrar carne cruda, y los brahmanes no podían mirarla. En Uganda el padre de mellizos no podía matar animales por algún tiempo, ni ver sangre. En las islas Palaos no podían tocar carne cruda los familiares de los que algún enemigo había cortado la cabeza, pues el espíritu del decapitado estaba persiguiendo a su asesino. Los estonios, amerindios y judíos no bebían sangre animal, porque contenía su espíritu. La sangre regia no podía manchar el suelo, ni cuando eran decapitados. En Sussex era maldito y estéril el terreno en el que se había derramado sangre humana, y todos los pueblos primitivos evitaban derramar sangre humana en el suelo, incluso en circuncisiones o extracciones de dientes. Los latuka del Africa central raspaban cuidadosamente cualquier gota de sangre que cayera en el suelo durante los partos, y en el Africa occidental incluso cortaban los trozos de canoas o árboles manchados de sangre. En Nueva Guinea se quemaba todo objeto manchado de sangre, y si caía en el suelo no sólo se borraba, sino que encendían encima una hoguera. Los ramanga (sangre azul) betsileos de Madagascar se comían los recortes de uñas de los nobles, y se bebían la sangre antes de que cayera al suelo. Y en Nueva Zelanda era también sagrado cuanto contenía una sola gota de sangre noble. Muchos de estos pueblos consideraban especialmente sagrada la cabeza, y los yoruba pensaban que poseían tres espíritus, residiendo Olori en la cabeza. Para los karenes era tso, para los siameses khuan o kwun, etc. Los cambodianos consideraban grave ofensa que se les tocara la cabeza, y construían las casas de un solo piso, para que no viviera nadie encima de sus cabezas. También los de Java, que incluso mataban a los que les tocaban la cabeza. En Gattanewa era sacrilegio tocar algo que hubiera estado en contacto con la coronilla, y el hijo de un sacerdote de las islas Marquesas entró en paroxismos de rabia porque le habían arrojado unas gotas de agua en su cabello. Ni siquiera el padre podía pasar sobre la cabeza de su hijo cuando estaba dormido, y las mujeres no podían tocar cuanto hubiese estado en contacto con las cabezas de su padre o marido. No se permitía que hubiera nada sobre la cabeza del rey de Tonga, y en Tahití se condenaba a muerte a quien tocara cabeza regia; siendo sagrado todo lo que hubiese tocado la cabeza de un niño, hasta el punto de que cortaban los árboles tocados por cabeza de niño:y si en su caída este árbol tocaba otro, y dañaba su corteza, también se cortaba. Las cabezas de los jefes maorí eran tan sagradas, que ni él mismo las tocaba con sus dedos; ni siquiera podían soplar fuegos con la boca. Tan sagradas eran las cabezas, que cortar el pelo era inquietar a sus espíritus; por otra parte también podían sufrir daños si algún pelo caía en poder de algún hechicero. Por lo que los reyes francos no se cortaban el pelo, y la reina Clotilde dejó matar a sus nietos para no verlos tonsurados. El rey de Ponapé, islas Carolinas, también llevaba pelo largo, y los sacerdotes de muchas tribus. Los massai ni se afeitaban; los indígenas de las islas Marquesas no cortaban sus mechones hasta que cumplían las promesas; o los chati germanos no se rapaban barba y pelo hasta matar enemigos. Los torojas dejaban algunos mechones en la coronilla cuando cortaban el pelo de un niño, para que se alojaran en ellos sus espíritus. Y también los karo-batakos, para no ahuyentar a las almas del niño. El jefe de Namosi, en Fidji, se comía a un hombre cuando tenía que cortarse el pelo. Los maoríes pronunciaban muchos conjuros antes de cortarse el pelo, y en Nueva Zelanda el día más sagrado del año era el del corte de pelo. El temor a ser embrujado obligaba a enterrar o esconder el pelo cortado, y no resumo las hechecerías que dicen se hacían con el pelo, pero los huzules, montes Cárpatos, creían que si un ratón cogía un pelo humano su ex propietario sufría dolores de cabeza, o se volvía idiota. En Alemania y región de Sussex se creía que si los pájaros construían nidos con pelo humano, sufrían dolores de cabeza, o tenían erupciones en ella. En Nueva Zelanda se pronunciaban conjuros para evitar truenos y relámpagos cuando se cortaban el pelo, y en el Tirol se creía que las brujas usaban el pelo cortado, o enredado en un peine, para producir tormentas y granizadas. Los thlinkit también atribuían las tormentas a cortes de pelo al aire libre, y en Escocia ninguna mujer se peinaba de noche si tenía pariente en el mar. Cuando moría el Maní de Chitombé o Jumba, en el oeste africano, le arrancaban cabello, dientes y uñas como talismanes de lluvia; y el Makoko de los anzikos pedía barbas de misioneros cuando tenía que evocar lluvia. Los nandi afeitaban las cabezas de los prisioneros, y guardaban los mechones de pelos como garantía de que no escaparían. Los maorí enterraban el cabello de sus jefes en los cementerios, y los tahitianos en los templos. En Sokú, bajo grandes piedras sagradas. Los siameses colocaban el pelo cortado a sus hijos en una cestita de hoja de plátano, que depositaban en el río o canal más próximo; y guardaban los mechones más grandes, para que los sacerdotes hicieran brochas, o los quemaran, cuando eran ofrecidos como símbolos de pubertad. Los recortes de pelo y uñas del Flamen Dialis se enterraban bajo un árbol de buena suerte, y los bucles cortados a las vírgenes vestales se colgaban en las ramas de un viejo almez. En Suabia escondían el pelo cortado también bajo piedras; en Danzig lo metían en un saco bajo la piedra del umbral; y en Ugi, Melanesia y más de mil sitios se enterraba, como ya hemos dicho. Los incas del Perú conservaban recortes de uñas y cabello, en nichos y hoyos, para encontrarlos cuando resucitaran; y para lo mismo los metían los turcos y armenios en grietas y lugares santos. Los patagones y otros pueblos los quemaban. También se evitaba que la saliva cayera en manos de hechiceros, y tampoco pongo ejemplos, para no ser demasiado extenso. Pero los jefes de las islas Sandwich se hacían acompañar de escupidera portátil, y lo depositado en ella se enterraba a la mañana siguiente. En la Costa de los Esclavos recogían los esputos regios, y los enterraban también. Y lo mismo en Nigeria y otros muchos pueblos. El Flamen Dialis tenía prohibido hasta nombrar ciertas plantas y animales; los faraones sólo comían ternera o ganso; los gangas tampoco podían ver muchos animales y peces; los príncipes de Loango no podían comer cerdo ni nuez de cola; los reyes de Fernando Poo no podían comer taro, antílope, ciervo o puercoespín; los jefes massai sólo comían miel, leche e hígado de cabra asado, etc. El Flamen Dialis de Roma sólo podía llevar anillos abiertos, y sus vestidos no podían tener nudos. Tampoco los muslimes de La Meca. Los sajones de Transilvania y lapones facilitaban partos desatando los nudos de los vestidos de las parturientas, y en las Indias Orientales la prohibición de nudos se iniciaba con el embarazo. Los dakayos tampoco podían hacer nudos durante el embarazo de sus esposas, y en la tribu de Toumbaluh, islas Célebes, ni siquiera cruzar las piernas. En muchos de estos pueblos se abrían las puertas mientras había mujeres en parto, y los mandeling de Sumatra incluso levantaban las tapas de los cofres, cajas y cacerolas. En Chittagong incluso se descorchaban las botellas, y los propios romanos no se sentaban junto a mujer preñada, o paciente en tratamiento, con las manos cogidas:porque Alcmena parió a Hércules durante una semana, al haberse sentado la diosa Lucina ante la casa con los dedos de las manos entrelazados, y las piernas cruzadas. Por eso tampoco las embarazadas búlgaras cruzaban las piernas, y en algunos lugares de la antigua Baviera se atribuía el silencio a que alguien había cruzado las piernas. En la edad media europea, hasta el s. XVIII, se impedían consumaciones matrimoniales si alguien cerraba con llaves cerraduras, o hacía nudos con cuerdas. En 1718 el parlamento de Burdeos quemó vivo a uno por embrujar a una familia anudando cuerdas, y en 1705 se condenó a dos por robar nudos embrujados, con el propósito de estropear la boda de Spalding de Ashintilly. En la parroquia de Logierait se desenlazaban los nudos que pudieran tener los novios, y los que vestían novias en Siria por esos siglos también procuraban que no llevase ningún nudo. En Africa, en esos siglos también, hacían impotente a los novios mediante nudos en su pañuelo; y los hechiceros ataban enemigos mediante nudos en tallos de hierbas. En el Corán se hace alusión a los que soplan en nudos, y un comentador del Corán dice que un judío embrujó a Mahoma haciendo nueve nudos en una cuerda que ocultó en un pozo; con lo que enfermó Mahoma, hasta que San Gabriel le reveló dónde estaba la cuerda, que trajo Alí, que el profeta desnudó recitando conjuros. A veces los nudos curaban, y Plinio cuenta que se curaban enfermedades de la ingle con siete o nueve nudos en un hilo de tela de araña, que se sujetaba a la ingle del paciente:y curaban más si además se nombraban viudas cada vez que se hacía un nudo. Los turcomanos curaban la fiebre trenzando hilos de camello, en los que también hacían siete nudos, colocándose después el hilo en las muñecas del paciente:cada día desataba un nudo, soplaba encima, y cuando desataba el séptimo desaparecía la fiebre. Las doncellas con males de amores de Virgilio también atraían a Dafnis anudando tres veces tres cordones de diferentes colores, y profiriendo conjuros. Una doncella árabe intentó atraer el amor mediante nudos en el látigo del amado, pero una rival celosa los desató. En Swaizieland se veían frecuentemente tallos de hierba con nudos a lo largo de los caminos, y en Rusia colgaban sobre las novias una red de pescar, para librarlas de peligros; mientras el novio se libraba de los mismos peligros mediante fajas sujetas con trozos de red. En Rusia también una madeja de lana roja alrededor de brazos y piernas libraba del paludismo y otras fiebres, y nueve madejas envolviendo el cuello de un niño los preservaba de la escarlatina. Y en Tver ataban al cuello de una vaca un saco especial, para librarla de los lobos. En 1572 en Saint Andrews, Escocia, tuvieron que quitar a la fuerza una tela blanca con cuerdas anudadas que llevaba una bruja que iba a ser quemada, pues creía que no moriría mientras tuviera al cuello esos nudos. Y en muchos lugares de Inglaterra creían que no morían mientras hubiera cerradura o cerrojos echados en casa. En la isla griega de Carphatos no abotonaban las ropas con las que amortajaban los cadáveres, y les quitaban los anillos, para que descansara mejor su espíritu. Nadie podía visitar el antiguo santuario arcadio de Lycosura con un anillo en el dedo, y los que consultaban al oráculo de Fauno tenían que ser castos, no comer carne ni llevar anillos. Los anillos libraban también en estos siglos de demonios, brujas y fantasmas. Por eso las parturientas del Tirol no se quitaban el anillo de boda, para no ser molestadas por espíritus o brujas. Y los lapones que acomodaban difuntos llevaban en el brazo derecho un anillo de latón hasta que lo enterraban. Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jimenez Contactar mailto:rgjimenez@eresmas.com Código ISPN de la Publicación EpyuAZFZAyvskCjYRz Publicado Tuesday 30 de September de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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