Monografias | Magia y Religión: La alquimiaMagia y Religión: La alquimiaResumen: Escrito sobre la alquimia, arte de extraer metales de los minerales desde la prehistoria, química incipiente con los árabes, y también con los europeos de los siglos XIII y XIV, que la hicieron famosa por su intento de encontrar la “piedra filosofal”, con cuyo contacto los metales más viles se transformaran en oro. Escrito sobre la alquimia, arte de extraer metales de los minerales desde la prehistoria, química incipiente con los árabes, y también con los europeos de los siglos XIII y XIV, que la hicieron famosa por su intento de encontrar la “piedra filosofal”, con cuyo contacto los metales más viles se transformaran en oro. Y termino este escrito con una fábula, que parece antecedente de la actual fecundación in vitro, a cargo de un abad italiano, francmasón, Rosacruz y mago ocultista. Ejemplo, por tanto, de la Iglesia que quemó vivas y vivos a brujas y hechiceros, durante estos mismos siglos. Solemos entender por alquimia el intento medieval europeo de transformar los metales viles en nobles, buscando además la piedra filosofal, principio y agente de la ansiada transformación, además de elixires. Pero lo cierto es que la alquimia, en cuanto arte de extraer metales de los minerales, comenzó ya en la prehistoria, siendo luego practicada por caldeos, babilonios y egipcios. En Egipto se atribuyó su introducción a Hermes Trimegisto, encarnación del dios Mercurio, lo que indica que la introduciría algún griego, en la época del helenismo. También se practicó en Roma durante el Imperio, llegando incluso a prohibirse, junto con astrólogos y brujos, pero se dice que un alquimista extrajo aluminio de la arcilla, aunque fue ajusticiado por Tiberio, por falsificar la plata: lo que indica que se ejercía como una rama de la magia, siendo fantasía casi todo lo que se afirma de ella. Pasó de Roma a Bizancio, y de allí al Asia Menor y Arabia, llegando a ser los árabes (Al-Kymya, transformador) grandes maestros, hasta el punto de que iniciaron los procesos de destilación y sublimación, calcificación y filtración, así como la fabricación de carbonatos de potasio y de sodio: con lo que la alquimia como antecedente de la química fue en realidad obra de árabes. Es verdad, sin embargo, que alcanzó su máximo esplendor y desarrollo durante los siglos XIII y XIV europeos, con alquimistas como el Papa Juan XXI, San Alberto Magno, e incluso Santo Tomás de Aquino, Rogelio Bacon, Arnaldo de Vilanova, Raimundo Lulio y Pedro de Albano. Con impostores también, como ya en Roma, que no cito. Fue en los siglos XVI y XVII cuando la alquimia se transformó en química, a partir de Paracelso, que la consideró base de la medicina. Así como Cardano, Bernardino Telesio, Cesalpino, J. B. von Helmont, Becher, y Boyle, que estudió la combustión de los cuerpos. En 1669 Brand descubrió el fósforo, y en el s. XVII la alquimia sostuvo la teoría del flogisto: que los cuerpos combustibles lo son porque contienen un fuego interno natural, hasta que, en 1794, Lavoiser, ya químico, demostró que los combustibles arden combinándose con el oxígeno. Por eso voy a entender por alquimia la de los siglos anteriores, simple anhelo de obtener metales preciosos partiendo de los más viles, así como los citados elixires que rejuvenecieran. La alquimia es por tanto química mágica, que aspiraba a conocer a Dios mediante el descubrimiento de la materia, perfeccionando al mismo tiempo al ser humano. Es pues una alquimia influida por Egipto, y por eso sus máximos representantes van a ser clérigos, pues la alquimia fue tolerada por la Iglesia, siempre que no se cometieran fraudes. Existió, sin embargo, una alquimia un poco más diabólica, con el bíblico árbol de la ciencia como símbolo, con la que se emparentaron los ofitas, adoradores de la serpiente bíblica, que para ellos era fuente de conocimiento. Por eso fue la serpiente emblema de la alquimia, y más tarde de la química. Los principios de la alquimia son: la ley de composición de los metales, y la de su génesis. Por eso, al igual que la magia, no puede considerarse ciencia, ya que creían que todos los metales, en mayor o menor grado, contenían azufre y mercurio. El oro contenía, para ellos, elevado porcentaje de mercurio, y muy bajo de azufre; en la plata predominaba el azufre, y en el cobre existía la misma proporción de mercurio y azufre. En cuanto a la génesis, los alquimistas parangonaban sus experimentos con la generación de animales y plantas, y por eso creían que para producir metales había que descubrir su simiente. Para ellos no existían substancias inorgánicas, pues creían que la materia estaba dotada de vida, y sobre ella influían los astros. Por eso han pasado a la historia como buscadores de una substancia con cuyo contacto los metales se transformaran en oro, a la que llamaban piedra filosofal, quintaesencia, polvo flopper o gran elixir. También querían curar con ella enfermedades, e incluso prolongar la vida. Creían, pues, en la unidad de la materia, y si he citado a los árabes como primeros inventores de la química, la alquimia medieval también merece ese título, pues desembocó en la fabricación de potasa caústica, cerussel y minio (Alberto Magno), carbonato de potasio (Raimundo Lulio), varios compuestos químicos (Paracelso), y gases (J. B von Helmont). Pero voy a terminar este escrito con una fábula. El conde Juan Fernando von Küffstein (1727-1789), austriaco, al que se le cree templario, fracmasón, Rosacruz y nigromante, y llegó a chambelán real en tiempos de María Teresa y José II, conoció al abad Geloni durante un viaje por Italia, en una pequeña ciudad de Calabria, y como ambos eran francmasones, rosacruces y apasionados por las ciencias ocultas, decidieron pasar nueve semanas juntos en un convento de carmelitas, en la cumbre de una montaña entre Austria y Baviera, para buscar las fuentes de la vida, utilizando el laboratorio de dicho convento. Ha sido Kammerer, brazo derecho del conde, quien ha informado de estos experimentos, en un Diario. Y fue el abad quien los realizó, dicen que fabricando nada menos que diez espíritus: un rey, una reina, un caballero, un monje, un arquitecto, un minero, un serafín, una monja, un espíritu azul y otro rojo. Dicen que especies de embriones, de unos diez centímetros. Depositaron los ocho primeros en recipientes de vidrios de dos litros de capacidad, los llenaron de agua, los bendijo el abad, quien también selló cada recipente, y los enterraron en el jardín del monasterio, en dos montones de estiércol de mulo, para que crecieran. Los regaban con un líquido que fabricaron, fermentó el estiércol, entre rezos del abad, que también arrojaba a los dos montones incienso, y a las cuatro semanas desenterraron los frascos, que dejaron en el laboratorio 46 horas, sumergidos en arena cálida. Transcurridas esas horas, dicen que los “espíritus” habían crecido palmo y medio cada uno, a los varones les había crecido la barba, y las uñas, en pies y manos, del monje parecían garras de buitres. Kammerer dice que Geloni vistió y distinguió a cada uno según su dignidad, y que se ocupó entonces de los espíritus azul y rojo que no había enterrado, golpeándoles tres veces con un pequeño martillo de plata, tras lo que el agua se coloreó de azul intenso o rojo ígneo, y tras rezos en hebreo del abad, se transformaron en rostros, angelical el azul, y demoníaco el rojo. Dicen que Geloni detenía también a las aves hablándolas en la lengua primitiva de la humanidad, y practicaba hipnotismo haciendo aparecer primero una serpiente de dos dedos de grueso, que al desaparecer se transformaba en polvo amarillo, que expelía vapor insaluble, desapareciendo dicho olor tras aspirarse vinagre fuerte. Pintando una cuchara, y espaciendo sobre ella un polvo rojo, la transformaba en oro. A las nueve semanas el abad regresó a Italia, y el conde y su ayudante a su castillo en Austria, que tuvieron que abandonar, en 1770, para vivir en Viena, porque el conde se llevó los diez “espíritus”, que los campesinos comenzaron a llamar homunculus (hombrecillos). Pero el bueno de Kammerer dice que el conde los alimentaba, cada tres o cuatro días, con preparados rojos del tamaño de un guisante. Cambiaba el agua de los recipientes cada ocho días, con agua de manantial o lluvia. Sin agua los espíritus parecían muertos. El espíritu azul no necesitaba alimento, y su agua permanecía siempre limpia, por lo que no tenía que ser renovada. Pero tenían que alimentar al espíritu rojo con sangre de un animal recién muerto: pollo o pichón. La sangre, en cuanto se depositaba en el agua, desaparecía sin alterarla. Pero cada tres o cuatro semanas había que renovar el agua del frasco del espíritu rojo. Y el agua que se tiraba era tan fétida, y hervía tanto, que está claro que el espíritu azul era un ángel, y el rojo un demonio. Kammerer dice que el conde encontró al hijo extraviado de unos parientes, predijo el embarazo de la esposa de un masón amigo (por mediación del espíritu arquitecto), la muerte del barón Juan Fris (por mediación del espíritu caballero) y la Revolución Francesa (1789), la insurrección de la Romaña (1830) y el nombramiento de Napoleón III como presidente de la República francesa (1848), por mediación del espíritu rey. Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez Contactar mailto:rgjimenez@eresmas.com Código ISPN de la Publicación EpyuFyVFZlFedKRxas Publicado Tuesday 23 de September de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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