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Magia y Religión: La Inquisición

Resumen: Escrito sobre la Inquisición a nivel europeo, sin aceptar que fuese un fenómeno de la época, sino el único medio que tuvo una Iglesia católica, totalmente libertina y corrompida, de librarse de sectas no más veraces que ella, especialmente la de los cátaros.

Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez


 

Escrito sobre la Inquisición a nivel europeo, sin aceptar que fuese un fenómeno de la época, sino el único medio que tuvo una Iglesia católica, totalmente libertina y corrompida, de librarse de sectas no más veraces que ella, especialmente la de los cátaros.

 

Siglos medievales en nada ejemplares, tal vez porque han sido los más religiosos.

 

Siglos de brujas quemadas vivas, a centenares, por el sólo hecho de ser magas hipnotizadas, y ver visiones.

 

Siglos de fe impuesta, a fuer de perderse la vida, no practicando esa fe absolutamente nadie.

 

                        Magia y religión

 

                                    IX. - La Inquisición

 

            Hay quien quiere justificar la Inquisición en el ambiente histórico y social de los siglos en los que estuvo en vigor, pero pierde el tiempo. La Inquisición, imposición vital de una fe, no fue sólo escándalo definitivo por imponerse, a fuer de perder cada cual la vida, una de las mayores y más feroces teocracias que han existido, sólo comparable con la hebrea, sino porque esta vital imposición estuvo acompañada del mayor paganismo, de la mayor incredulidad diría yo, de los dos estamentos sociales que la imponían: la Iglesia Católica, y después todas las Reformadas, y la Monarquía Absoluta, que recibía el Poder de la propia Iglesia.

 

            Por eso, quienes justifican esa barbarie y fanatismo religioso, se desprestigian a sí mismo con frases como la que voy a copiar: ”La Inquisición -según afirmaba el docto jesuita padre Francisco de Macedo- fue fundada en el Cielo. Dios desempeñó las funciones de primer inquisidor cuando fulminó a los ángeles rebeldes, cuando castigó a Adán y Caín, cuando destruyó a la humanidad con el Diluvio. Asumió las mismas funciones cuando en el desierto castigó a los hebreos con la muerte violenta del fuego, haciendo que los devorase la vorágine de la tierra. Dios delegó luego sus funciones de inquisidor en San Pedro, que las ejerció enviando la muerte a Ananías y Safira. Los sucesores y herederos de Pedro confiaron luego esa misión a Santo Domingo y sus seguidores. Conscientes y convencidos de este noble origen, los miembros de la Inquisición no dudaron en declarar una guerra sin cuartel a cualquier manifestación del espíritu, tanto si se trataba de ciencia como de búsqueda de verdades sobrenaturales, siempre que fuese un testimonio de libertad intelectual, política o religiosa”. Se justifican, pues, un millón de muertes por quemadas vivas (algunas previamente decapitadas, o estranguladas) en la hoguera, en base a creencias que son falsas en su totalidad. En siglos en los que la propia Iglesia no creía en ellas. Aunque, como veremos al final, las herejías que combatió la Inquisición, especialmente la de los cátaros, eran más nocivas, y no más verdaderas.

 

            Cuando, en 1198, Juan Lotario, conde de Segni, no ocupó la Cátedra de San Pedro, pues ése es otro invento, con el nombre de Inocencio III, es verdad que la cristiandad estaba muy amenazada por el Islam, la tercer teocracia de los tiempos modernos. Y eran siglos de la herejía cátara, pues la herejía es consubstancial con la historia eclesiástica. Eran siglos del eterno invento iraní de las luchas entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el espíritu y la materia, a punto de triunfar las no católicas. Manes, como todo religioso, nunca ha poseído el más mínimo ápice de verdad, por lo que mentira total es también que Jesús (Jeshua, un simple iluminado antirromano) supusiera la salvación del género humano, a condición de que cada cual se rebelara contra el mal, rechazando todo instinto carnal, puesto que la carne era la expresión del mal. Instintos carnales que, con la concupiscencia, glotonería y otros muchos, eran principalmente ejercidos por los que condenaban a muerte, siendo sus víctimas laicas productos mentales de las artes mágicas que la propia Iglesia fomentaba.

 

            Que los bogomilos, otra secta iluminada, ”amados por Dios”, afirmaran que todo lo espiritual y eterno procedía de Dios, y todo lo corporal y contingente fuera obra del Diablo; por lo que Cristo no podía ser emanación de Dios, puesto que se había encarnado, rechazando el Antiguo Testamento y algunos sacramentos, el culto a las imágenes, sin reconocer a las autoridades terrenas, tan creencias como las contrarias.

 

            Los cátaros eran expresión de un movimiento revolucionario con transfondo social, hostil a la Iglesia, pero también tan creyentes como sus adversarios, fallando, de nuevo, que la Iglesia Católica sea la verdadera religión de Dios. Pues aunque lo fuera no puede imponerse a otros credos quemando vivo lo no católico.

 

            Y si los albigenses afirmaban que Satanás, no creador de la materia, puesto que ni existe, era equivalente al Dios católico, que tampoco existe, no era tampoco causa para quemarlos vivos.

 

            No puedo detenerme, porque ya he dicho que lo que la Iglesia llama herejías, a golpe de Concilios, son doctrinas tan heréticas como los credos católicos. Herejes todos, imponiéndose unos sobre otros mediante el inventado Poder temporal. Y no sólo en la Edad Media.

 

            Pueden ser estos siglos ejemplos de pestes, hambrunas, homicidios, saqueos, riñas, hurtos, raptos, estupros, adulterios, perjurios, blasfemias y opresión de los débiles, pero no a causa de herejías, sino de la herejía general en la que hay que incluir también al catolicismo. Los Evangelios, inventos literarios, eran pretexto para reformas anticatólicas a causa, precisamente, de la perversión del clero católico, como sucedió después con Lutero, Calvino, Zuinglio y otros. Lo dijo claramente el citado Inocencio III en su discurso de apertura del IV Concilio de Letrán: ”La corrupción del pueblo tiene su principal origen en el clero, y de éste derivan todos los males que afligen a la cristiandad”. Clero acristiano, aunque católico, inmune ante la autoridad civil, que encima no era autoridad ante la Iglesia, pues recibía su Poder de ella. Era corriente, por poner un ejemplo, que se rezase el rosario para conquistar un amante, para que un marido celoso no impidiese relaciones ilícitas, o para conseguir la fortuna en el juego. Simonía, dinero, lujo, lujuria, fraudes, cohechos y un largo etc.  eran el padrenuestro de este clero. Vendedores de indulgencias, reliquias, etc también. El clero católico frecuentaba más las tabernas y prostíbulos que las iglesias, participaba en juegos y bailes, festines y orgías, bebiendo, blasfemando, robando y jurando en falso como cualquier delincuente. Con frecuencia eran los sacerdotes los que abrían tabernas, colocando el alzacuello en la puerta de entrada, para que se supiera que eran eclesiásticas. En las iglesias también se celebraban bailes y orgías, jugándose los clérigos a los dados hasta las penitencias que iban a imponer a los fieles creyentes. Todos concubinos, todos con bastardos, fuesen clérigos seculares o monjas/es. Ignorantes también todos, pues muchos no sabían ni leer.

 

La teocracia hebrea circuncidaba, y la cristiano-católica bautizaba, pero igual de teocracias, amenazadas por la tercera, que era ya el Islam. Por lo que se inventaron las represalias, los procesos, las ejecuciones y las Cruzadas, reservándose la Santa Sede potestad y autoridad para juzgar todo lo que concerniera a la religión, instituyendo el Santo Oficio, comúnmente llamado Inquisición. Pero como el poder civil era subsidiario del eclesiástico, la Iglesia juzgaba, y el Estado ejecutaba.

 

Que la Inquisición fuera ya invento de los tiempos de Constantino y Teodosio no mitiga en nada la que se institucionalizó en estos siglos, quemando vivas a pobres mujeres, que a la fuerza confesaban que eran brujas por insidias de hombres negros, vestidos de pieles.

 

Las creencias cátaras se mezclaron con las mágicas de la brujería, pero ningún juez distinguió entre realidad y fantasía, menos entre tormento, tortura y legalidad. Las brujas veían visiones en estados hipnóticos, y viajaban a sus orgías del Sabbat en escobas, sin salir de su habitación; y como delinquían en estado inconsciente, todas fueron quemadas vivas por practicar magia, aunque a veces eran sus sacerdotes los que las incitaban a ritos fálicos. Lo que cátaros, bogomilos, albigenses y valdenses más denunciaban era la gran y generalizada corrupción eclesiástica de la iglesia católica. Pero ya he dicho que Inocencio III no acusó menos a su propio clero.

 

La Inquisición, y por tanto la iglesia católica, persiguió, una vez más, cualquier desviación del dogma, pero más bien en el pueblo llano que en su propio estamento. El poder civil, siempre subordinado al eclesiástico, colaboró también en la extirpación de toda herejía, pero estaba ésta tan arraigada en el clero, que se discutía si la incredulidad del sacerdote invalidaba su ministerio, pues algunos no se tomaban en serio ni el sacrificio de la misa, que no todas eran negras, pues la obscenidad sexual abarcaba también a las misas católicas.

 

Al principio sólo se persiguió la herejía de los bautizados, pero después de cuantos perjudicaban a la Iglesia. Y bastaban sospechas, no hechos. Siendo herejes los niños, desde los siete años. Y siendo la fe hebraica, el judaísmo, lo que más se perseguía. Llamándose herejía interna la de sólo pensamiento. Como la herejía era pecado y crimen, si se perdonaba el pecado, no se perdonaba el crimen. Los sacerdotes eran torturados por otros, siempre con menos rigor que los laicos. La tortura menor era atar a un palo al acusado, desnudo, sobre todo si era mujer. Torturas lentas, para que fueran más crueles. Las ejecuciones de condena eran los actos más solemnes de la Iglesia, llevando los acusados soga al cuello, y vela en mano. Se juzgaron y condenaron “delitos” cometidos hacía más de un siglo, en cuyo caso se exhumaban las tumbas, para que no profanaran los cementerios.

 

Los “herejes” que además habían cometido delitos comunes eran martirizados antes de ser quemados, cortándoseles las manos, orejas, lengua y nariz; sacándoseles los ojos, arrandándoseles pedazos de carne con tenazas ardientes, y arrojándose en las heridas aceite hirviendo. Si no era después quemado, era ahorcado, decapitado o descuartizado. Todos los reos eran acompañados por cofradías que vestían negros ropajes y capuchones siniestros. Antes de ser quemados, si eran niños, podían ser estrangulados; pero la regla general era quemarlas/os vivos.

 

Como sabemos, la Iglesia oficialmente no ejecutaba a nadie, porque para eso tenía “el brazo secular”: el Estado.

 

Además de al judaísmo la Inquisición persiguó, especialmente, a cátaros, valdenses y flagelantes.

 

Cátaros: puros. Dualismo de Manes, la irania lucha del bien y del mal. Satanás: señor, o creador, de la materia; o simple demiurgo. Negaban la encarnación, la transubstanciación de Cristo en pan y vino, y el Purgatorio. Redención mediante el dolor. Distinguían entre un alma mortal, principio de los sentidos, y un espíritu inmortal. Detestaban la cruz. No comían carne, huevos ni lacticinios. No admitían el matrimonio. Negaban al Estado derecho a administrar justicia, imponer castigos, exigir impuestos, proteger la propiedad y defenderse con las armas. La Iglesia católica era para ellos instrumento de Satanás, y no rendían culto a la Virgen María.

 

Valdenses: siglo XII. Odedecían sólo a Dios. El mérito personal predominaba sobre la consagración sacerdotal.

 

Flagelantes: místicos y fanáticos, sostenían que el bautismo de agua era inútil, si la flagelación no añadía el de sangre.

 

Fueron perseguidos también los franciscanos espirituales, que aplicaban las reglas de la Orden en forma algo extrema, y los conventuales, que se reservaban los bienes indispensables para vivir.

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Publicado Tuesday 23 de September de 2003

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