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Monografias | Magia y Religión: Textos fundamentalesMagia y Religión: Textos fundamentalesResumen: Escrito sobre los tres textos fundamentales de la magia, 1)El libro de los muertos egipcio, 2)el Nuctemeron de Apolonio de Tiana, y 3)el Enquiridión del papa León III, Pontífice Magno. Y si ya me ha producido decepción total todo lo que conozco de la magia, pues sus ritos y oraciones no explican el indudable arte que poseen los ilusionistas que, en sus sesiones, nos hacen ver lo que no existe, estos tres textos confirman que la magia y las llamadas ciencias ocultas no llegan ni a ciencias falsas, pseudociencias. Escrito sobre los tres textos fundamentales de la magia, 1)El libro de los muertos egipcio, 2)el Nuctemeron de Apolonio de Tiana, y 3)el Enquiridión del papa León III, Pontífice Magno. Y si ya me ha producido decepción total todo lo que conozco de la magia, pues sus ritos y oraciones no explican el indudable arte que poseen los ilusionistas que, en sus sesiones, nos hacen ver lo que no existe, estos tres textos confirman que la magia y las llamadas ciencias ocultas no llegan ni a ciencias falsas, pseudociencias. Muy extenso y bíblicamente huero El libro de los muertos. Breve, prosaico y nada diciente el Nuctemeron. Larga oración judeocatólica, redactada por pontífice exorcista, el Enquiridión. XII. - Textos fundamentales La superchería mágica, la que llaman incluso Alta Magia, se esclarece de nuevo cuando tienen por textos fundamentales 1)el Libro de los muertos egipcio, 2)el Nuctemeron de Apolonio de Tiana, y 3)el Enquiridión del Papa León III. El Libro de los muertos es ejemplo de verborrea sacra, páginas y páginas sin decir nada, pero redactadas en el clásico estilo divino-mayestático: ”¡Salve, Osiris, Toro de Amenti!. He aquí que Thoth, príncipe de la eternidad, habla por mi boca. En verdad yo soy el Dios grande que acompaña en su navegación la barca celeste”, por ejemplo. Los egipcios creían que las almas de los difuntos vagaban muy cerca de sus tumbas, sin saber adónde dirigir sus pasos; por lo que sacerdotes y grandes iniciados escribían un itinerario, como guía o salvoconducto, que los faraones y alta nobleza inscribían en los sarcófagos, y el pueblo llano, cuando se democratizó la momificación y lo que el catolicismo llama salvación eterna, adjuntaban en el ataúd, escrito en un papiro que compraban a los escribas. Y como los escribass ya los tenían previamente redactados, sólo tenían que escribir en él el nombre del difunto. El culto a los muertos en Egipto se centraba en torno al dios Osiris, símbolo de la decadencia humana, en el judeocristianismo el mito de la caída de Adán. Dios sacrificado, cual el inventado Cristo, para que su sacrificio repercutiera en bien de cada egipcio, especialmente en su etapa de post-mortem. Cual si se tratara de una tragedia griega, muerto Osiris, los demás dioses se manifiestan exclusivamente en función de esa tragedia, veneraban y glorificaban su memoria, y le lloraban ansiosos por vengarle. Para atribuirle un reflejo de vida El libro de los muertos lo identifica sucesivamente con todos los demás dioses, pues en vida Osiris era sostén del universo, y muerto es el símbolo del derrumbamiento cósmico. El iniciado egipcio creía que la muerte física era una especie de metamorfosis de la conciencia, pero como no tenían una doctrina tan religiosamente generalizada como es la reencarnación hindú, conciben la vida de ultratumba sin rumbo, y pretenden guiarlo con su mito de Osiris, el dios buscado y redimido de los infiernos por su madre y esposa Isis. La muerte constituía, para el egipcio clásico, el primer eslabón de una larga cadena de fenómenos suprafísicos, por lo que paralizándola y neutralizándola, modificándola, conducirían a voluntad la evolución mítica de la existencia post-mortem del difunto. Y como venían a convertir al difunto en halcón, serpiente, disco solar, tamarisco, o cualquier otra materialización con la que representaban y simbolizaban a sus dioses, en realidad creían en una especie de reencarnación o encarnación divina, para cada egipcio, de acuerdo con su posición social y obras, pero no en este mundo, sino en el de ultratumba. Todo dentro de una genealogía divina muy confusa, pues por ejemplo Hathor era madre de su propio padre, e hija de su propio hijo; Tum Ra-Horchiti padre de su propia madre, o Ta-Urt madre del que le había engendrado. Por mucho que usaran, pues, El libro de los muertos para vivir después de la muerte, no trabajar en el más allá, o entrar y salir a voluntad, no hacían más que copiar versículos del citado libro, que para ellos sería sagrado, pero para mí es Bíblia de un Osiris difunto, que sus sacros inventores (sacerdotes) novelan a voluntad. El Nuctemeron de Apolonio de Tiana es mucho más prosaico, siguiendo un antiguo manuscrito de Gilberto Gautrinus, De vita et morte Moysis, y significando luz en la noche, o noche iluminada por la luz, es un título análogo a Luz en las tinieblas, que era clásico en la literatura hermética. Pero yo diría que el Nuctemeron es un perfecto fraude, porque se reduce a doce horas del alma en las que unos u otros, demonios, espíritus, estrellas o serpientes, cantan alabanzas a Dios. Horas simbólicas, análogas a los doce signos del Zodíaco, y a los trabajos alegóricos de Hércules. Con siete genios en cada hora, que no merecen si ser nombrados. Y el Enquiridión del papa León III, que se autoproclamaba Pontífice Magno, viene a ser una larga oración contra encantamientos, maleficios, sortilegios, brujerías, visiones, ilusiones y cuanto pueda causar daño a hombres o animales domésticos, con el consabido Verbo encarnado, y cruces de Nuestro Señor Jesucristo, que se repiten y acompañan a las docenas de divinidades que el Magno Pontífice cita, sintiéndose exorcista, y prohibiendo, por tanto, en nombre de Dios, uno y santo, atormentar a las almas santas que viven a la sombra de la iglesia católica. Es también una recopilación de los principales Salmos bíblicos, y la carta que el Pontífice envió a Carlomagno, acompañando al libro, para que el dócil Emperador iniciara a sus súbditos en el trabajo y la fe, pues la vara sacerdotal de su pontificado debía iluminar el reinado carolingio como en tiempos de Moisés o Hermes, a fin de que la magia no fuera ciencia oculta para los ignorantes, sino ciencia indiscutible, pues tras su bendición era ya pensamiento divino, moral infalible y orden social, que podaba las herejías de la ciencia y la política. Por lo que creo que este engendro papal no merece más comentarios, excepto resaltar que considera a Moisés maestro de magos, no sólo por los literarios milagros que hacía con su cayado, sino por haber transformado a Yahweh , dios de Abraham, en Atum, dios egipcio. Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jiménez Contactar mailto:rgjimenez@eresmas.com Código ISPN de la Publicación EpyuFylEyEWBlSpphz Publicado Tuesday 23 de September de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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