Monografias | Magia y Religión: Culto a los árboles

Magia y Religión: Culto a los árboles

Resumen: Escrito en el que resumo el culto que los pueblos primitivos rendían a los árboles, considerándolos primero espíritus animados, y después morada de espíritus. Bosques como templos de los dioses, por lo que incluso creen que los árboles producen también lluvia, buen tiempo, prósperas cosechas, o incluso multiplican los rebaños, hacen fértiles a las mujeres y las ayudan en los partos.

Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jimenez


 

            Escrito en el que resumo el culto que los pueblos primitivos rendían a los árboles, considerándolos primero espíritus animados, y después morada de espíritus. Bosques como templos de los dioses, por lo que incluso creen que los árboles producen también lluvia, buen tiempo, prósperas cosechas, o incluso multiplican los rebaños, hacen fértiles a las mujeres y las ayudan en los partos.

 

            Pero no he considerado oportuno poner ejemplos de estas últimas creencias, para no ser muy extenso.

 

                        Magia y religión

 

                                    XX. - Culto a los árboles

 

            El culto y adoración de los árboles es también general en todos estos pueblos, más o menos primitivos. En parte porque las selvas cubrían grandes extensiones de terreno, y eran muy beneficiosas.

 

            La selva herciniana se extendía hacia el este del Rhin, y para atravesarla se invertían más de dos meses andando. En Inglaterra los bosques de Kent, Surrey y Sussex, restos de la selva Andérida, y el de Hampstead, hoy barrio de Londres, y Arden eran sagrados. El norte de Italia estaba cubierto de espesos bosques de olmos, castaños y robles. Tito Livio compara la selva Ciminiana con los bosques de Germania, y en Grecia todavía subsisten bellísimos bosques de pinos y robles en las montañas de la Arcadia.

 

            Entre los germanos los más viejos santuarios fueron bosques naturales, y el culto al árbol está atestiguado en todas las grandes familias del tronco ario. Druidas, culto al roble.

 

            Germanos, suecos y lituanos rinden tal culto a los árboles, que se castigaba con la vida a los que los descortezaban o podaban; pues creían que cortar una rama de esas frondas sagradas equivalía a muerte repentina. En el santuario de Esculapio, en Cos, se castigaba cortar un ciprés con multa de un millar de dracmas. En el Foro romano se rindió culto a la higuera sagrada de Rómulo hasta la época imperial, en que se secó, causando consternación general. Y en las faldas del Palatino creció un cornejo, considerado uno de los monumentos más sagrados de Roma. Entre las tribus fino-ugrias el culto se celebraba en bosquecillos  cercados por vallas. Las tribus del Volga celebraban sus cultos al pie de un árbol sagrado, junto al que se hacían los sacrificios, sirviendo sus ramas de púlpito.

 

            Este culto generalizado al árbol se basaba en la creencia de que tenían alma (animismo), al igual que los aborígenes de América y Africa creían que tenían sombra (espíritu). También los de Asia, pues los monjes siameses creían que romper la rama de un árbol era romper la mano de un inocente.

 

            Hay culturas en las que sólo determinados árboles tienen alma o espíritu. En Grbalj, Dalmacia, las hayas y robles. En Africa occidental, las ceiba. En las montañas Kangra, del Punjab, un cedro al que se sacrificaba anualmente una muchacha, y las familias guardaban turno para ofrecer la víctima. Derribar alguno de estos árboles equivalía también a la muerte.

 

            Cuando se va autorizando talar estos árboles, se los corta pidiéndoles perdón, y diciendo siempre quién manda talarlos.

 

            Los durios, Indias Orientales, eran obligados mágicamente a dar frutos, y siempre un hombre, trepado en un mangostán cercano, prometía en nombre del durio que los daría.

 

            Considerar animados a los árboles equivalía a casarlos, y algunos de estos pueblos conocían el sexo de las palmeras, y las fertilizaban artificialmente sacudiendo el polen masculino sobre las flores de la palmera hembra. En Harran se llamaba mes de los dátiles al mes en que se fecundaban las palmeras, y en ese mes celebraban los matrimonios de los dioses. Si un hindú plantaba mangos, no podían comer sus frutos sin haber casado antes un mango con otro de distinta especie, generalmente un tamarindo. Y cuantos más brahmanes intervenían en la boda, más fama adquiría el propietario, hasta el punto de que uno vendió todas sus joyas, y además pidió dinero prestado. La víspera de Navidad los campesinos alemanes ataban árboles frutales con sogas de paja para hacerles producir frutos, diciendo que así los casaban.

 

            En las Islas Molucas se trataba a los claveros en flor como a mujeres embarazadas, y no se podía hacer ruido cerca, ni llevar luz o hacer fuego, o llevar el sombrero puesto, por temor a que no dieran frutos, o los dejaran caer antes de tiempo.

 

            Otras veces eran las almas de los difuntos las que animaban los árboles. En Australia central los Dieri consideraban sagrados los árboles en los que se habían transformado sus padres, por lo que los trataban como a tales. Algunos filipinos creían también que las almas de sus abuelos estaban en ciertos árboles. Entre los igorrotes cada poblado tenía su árbol sagrado, en el que residían sus antepasados. Los espíritus se encarnaban preferentemente en árboles grandes, y cuando el viento movía sus ramas decían que hablaban sus espíritus.

 

            En Corea las almas de los que morían de epidemia o en los caminos, y las mujeres que morían de parto, invariablemente iban a animar árboles. Y se les ofrendaba pasteles, vino y carne de cerdo, sobre piedras colocadas a tal efecto. En China fue tradición plantar árboles sobre las tumbas, para fortalecer las almas de los difuntos; y como cipreses y pinos eran los más apropiados, eran los preferidos. Los miaokia, China meridional y occidental, tenían un árbol sagrado en la entrada de cada aldea, en el que residía su primer antepasado. En los bosques sagrados no se podía retirar árboles podridos sin permiso de sus espíritus, y tras ofrecerles sacrificios. Los cementerios eran también lugares sagrados en los que no se podía derribar árboles, por ser almas de los difuntos.

 

            Con el tiempo los árboles sólo fueron moradas de espíritus, y los indígenas de las Indias Orientales creían en espíritus silvanos, de los que salían sus espíritus en luna llena, vagabundeando por los alrededores; tenían enorme cabeza, brazos y piernas muy largos y un cuerpo pesado.

 

            Pero incluso a estos árboles se les sigue ofrendando alimentos: gallinas, cabras, etc. Los de la isla de Nias creían que cuando moría un árbol su alma se transformaba en demonios que podían  matar cocoteros, matando además a cuantos niños se subían a sus ramas. Algunos de estos demonios eran vagabundos, y para que no abandonaran sus árboles no se derribaban.

 

            Para talar un árbol, en estos tiempos, hay que conjurar a su espíritu para que se encarne en otro. Para ello los negros marrulleros de la Costa de los Esclavos colocaban aceite de palma como cebo en el suelo. Y cuando los toboongkoos de Célebes querían aclarar un trozo de selva para sembrar arroz,

construían una casita, provista de ropas, comida y algo de oro, ofreciendo a los espíritus la casita como morada. Los tomori, otra tribu de Célebes, cambiaban de albergue a los espíritus arbóreos mediante mascadas de betel y escalas para que bajaran. Los mandeling, de Sumatra, no derribaban ningún árbol sin echar la culpa a los holandeses, que eran los que mandaban talarlos, bajo amenaza de ahorcarlos.

 

            Se creía que los espíritus permanecían incluso en la madera de las casas,  por eso se ofrendaban cabras, cerdos o búfalos para untar con su sangre el maderamen. Si la construcción era una casa de espíritus (lobo), se sacrificaba un ave o un perro sobre la lima del tejado, para que la sangre cayera por las dos vertientes. Los tonapaos incluso sacrificaban en estos casos seres humanos. En Célebes y las Molucas no se colocaban maderos al revés, para que su espíritu no estuviera boca abajo, y castigara con enfermedades. Los kayanos de Borneo creían que los espíritus arbóreos atacaban a las personas si se los ofendía, y por eso se abstenían de matar osos, tigres y serpientes.

 

Con el tiempo los espíritus silvanos tomaron figuras humanas, por la antigua creencia de que producían lluvia, buen tiempo y buenas cosechas; también que multiplicaban los rebaños,  bendecían a las mujeres con hijos, y favorecían los partos.

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Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jimenez
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Publicado Thursday 25 de September de 2003

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