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Magia y Religión: El peso de la realeza

Resumen: Escrito en el que resumo los deberes regiosos y sacerdotales de estos siglos, en los que depende del oficio real o sacerdotal la prosperidad de sus pueblos, más por incultura aún de las gentes que porque reyes y sacerdotes se crean magos, pues estamos ya en lo que llamamos era religiosa, con la naturaleza divinizada en seres inexistentes, que llaman sobrenaturales, y que sí creen encarnar muchos de estos reyes y pontífices.

Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jimenez


 

            Escrito en el que resumo los deberes regiosos y sacerdotales de estos siglos, en los que depende del oficio real o sacerdotal la prosperidad de sus pueblos, más por incultura aún de las gentes que porque reyes y sacerdotes se crean  magos, pues estamos ya en lo que llamamos era religiosa, con la naturaleza divinizada en seres inexistentes, que llaman sobrenaturales, y que sí creen encarnar muchos de estos reyes y pontífices.

 

            Reparen, por eso, en cómo nadie quiere ser rey, y tienen que coronarlos a la fuerza. Pues reciben veneración si no hay sequía, malas cosechas, epidemias, etc. Pero incluso la muerte si las hay.

 

 

                        Magia y religión

 

                                    XXVIII. - El peso de la realeza

 

            En estas eras históricas se cree que el rey o sacerdote está dotado de virtudes o poderes sobrenaturales, o encarna a alguna deidad; se le imputa por tanto igual imperio sobre la naturaleza que tiene sobre súbditos y esclavos, por lo que si agobia la sequía, el hambre, la peste o las tormentes el pueblo lo atribuye a negligencia o culpa del rey, y le castiga con palizas, le encadena, destrona o incluso asesina. Se le considera centro dinámico del universo, de forma que un movimiento de su cabeza o mano afecta y altera alguna parte de la naturaleza. De él depende el equilibrio del universo, y por tanto hay que tener mucho cuidado con él, regulándose el más mínimo detalle de su vida.

 

            De esta suerte de monarcas era el emperador del Japón, el Mikado o Dairi, encarnación del sol, al que se le suponía regir el universo, otros dioses incluidos, pues una vez al año le presentaban respeto los dioses, que se alojaban durante un mes en su Corte; mes que significaba “sin dioses”, por lo que no se frecuentaban los templos. El Mikado asumía en sus declaraciones oficiales y decretos el título de deidad manifiesta o encarnada, y así lo creía el pueblo, hasta que renunció a esos derechos divinos el penúltimo Emperador. En un decreto oficial del 646 d. C.  el emperador es descrito como el dios encarnado que gobierna el universo.

 

            Pensaba que no debía tocar el suelo, y por eso era transportado a hombros; tampoco podía exponerse al aire libre y al sol. No se arriesgaba a cortarse el pelo, ni las barbas, ni las uñas; le aseaban por la noche, cuando estaba dormido. En tiempos antiguos estaba obligado a sentarse en el trono durante varias horas, por la mañana, con la corona imperial sobre su cabeza, pero permaneciendo inmóvil, pues sólo así se pensaba que podía conservar la paz. Si se movía o miraba en alguna dirección, se creía que estallaba la guerra, el hambre, incendios o cualquier otra catástrofe. Con el tiempo se pensó que era la corona imperial la que conservaba la paz, y era sólo la corona la que se colocaba sobre el trono. Las comidas del emperador eran aderezadas cada vez en cacharros nuevos, servidas en mesa y platos nuevos; todo muy limpio, pero de loza ordinaria, pues había que romperse o tirarse todo tras cada comida; ya que si alguien comía en vajillas tan sagradas se le hincharían y abrasarían al instante boca y garganta. El mismo temor se tenía con sus vestiduras, pues causarían hinchazón y dolores en todo el cuerpo.

 

            En Punta Tiburón, en la Guinea baja, vivía solitario en el bosque el rey sacerdotal Kululu. No podía tocar mujer, dejar su casa, ni levantarse de la silla, en la que tenía que dormir sentado; pues si se tumbaba no se levantaría viento, y la navegación quedaría paralizada. Regulaba las tormentas, y mantenía saludable y uniforme la atmósfera.

 

            En Monte Agu, Togo, vivía el fetiche o espíritu llamado Bagba. Se le adscribía el poder de retener la lluvia, y era el señor de los vientos. Su sacerdote moraba en una casa, en el pico más alto de la montaña, donde guardaba los vientos en vasijas enormes. Se le solicitaba para que lloviese, y hacía buen negocio con amuletos que vendía (colmillos y quijadas de leopardo). No podía dejar la montaña, y debía vivir hasta su muerte en la cúspide. Sólo una vez al año podía bajar al mercado, sin poder entrar en ninguna choza. El gobierno de las aldeas lo llevaban jefes subordinados, nombrados por él.

 

            En el Congo occidental había un pontífice supremo, Chitomé o Chitombé, tratado como dios viviente, y todopoderoso en el cielo. Se le ofrecían las primicias de todas las cosechas, temiendo graves desgracias si incumplían esta ley. Cuando abandonaba su residencia todos observaban gran continencia. Si moría de muerte natural, creían que perecerían los cielos y la Tierra.

 

            El gran pontífice de los zapotecas era muy parecido al Mikado del Japón. Era poderoso rival del rey, y gobernaba Yopaa, una de las ciudades más importantes del reino, con absoluto imperio. Era considerado como un dios, ante quien la Tierra no tenía méritos, ni el sol podía brillar sobre él. Tampoco podía tocar el suelo con el pie. Le llebaban a hombros las familias más distinguidas, no se dignaba mirar a nadie, y todos cuantos le encontraban miraban hacia el suelo, creyendo que hasta su sombra les produciría la muerte. Los sacerdotes zapotecas, y especialmente este gran pontífice, debían ser muy austeros. Pero los días que celebraban banquetes, el gran pontífice se emborrachaba, y ese día le traían una de las más bellas vírgenes, de entre las consagradas a los dioses. Si nacían niños de estas uniones, le nombraban príncipe; y el mayor de todos sucedía a su padre.

 

            Todos estos reyes y pontífices, incluso provocaban terremotos.  Por eso el pueblo les exigía la conducta de la que creían depender su propia e individual vida, la de todo el pueblo, e incluso la del universo.

 

            Estos monarcas y pontífices generalmente vivían para sus súbditos, pues su vida era sólo valiosa si cumplía lo que de ellos se esperaba. Pues de lo contrario la devoción y homenaje religioso del pueblo se tornaba en odio y desprecio, y se les destronaba, o incluso mataba. Si era dios, debía ejercer como tal. Por eso vivían acosados por una estricta etiqueta ceremonial, y una red de prohibiciones, que apenas les permitía libertad.

 

            El rey más poderoso de Loango era el que más tabús soportaba, pues regulaban todos sus actos, incluido el sueño. Y a estas restricciones estaba sometido el heredero del trono, de acuerdo con su edad.

 

            En el cráter extinguido de un volcán, en Riabba, Fernando Poo, acompañado por un harén de 40 mujeres, y cubierto al parecer con antiguas monedas de plata, vivía el espíritu de los bubis, aborígenes de la isla, que rehusaba ver hombres blancos, en la creencia de que cualquiera de ellos le produciría muerte instantánea. Ni siquiera podía ver el mar a distancia, y por eso llevaba grilletes en las piernas. Desdeñaba el tabaco, el ron y la sal.

 

            En los pueblos de habla ewe, en la Costa de los Esclavos, el rey era gran sacerdote, inabordable a sus súbditos. Sólo de noche podía salir a bañarse y hacer sus necesidades. Sólo el “rey visible”, y tres ancianos escogidos, podían hablar con él, aunque sentados de espaldas sobre una piel de buey. No podía mirar a europeos, caballos, ni el mar.

 

            El rey de Dahomey tampoco podía contemplar el mar, con los reyes de Loango y el Gran Ardra de Guinea. Pues el mar era fetiche para todos estos pueblos, y morían si lo veían. También el rey de Gayor, en Senegal, moriría dentro de un año si cruzaba un río o brazo de mar. En Mashonalandia tampoco los jefes podían cruzar ciertos ríos, particularmente el Rurikwi y el Nyadari. Los reyes mahafalys y sakalavos tampoco podía navegar por el mar, o cruzar ciertos ríos. Entre los sakalavos el jefe era sagrado, con tantas prohibiciones como el emperador de China:no podía hacer nada sin presagio favorable de los hechiceros, ni comer nada caliente, ni salir de su choza ciertos días. En algunas tribus de Asam sus jefes y esposas no podían comer búfalo, cerdo, perro, gallina ni tomates. En otras tribus el jefe no podía comer en pueblo forastero, etc.

 

            Los antiguos reyes de Irlanda, y los de Leinster, Munster, Ulster y Connaught también tenían que observan tabús, de los que dependía la prosperidad de la población:no podía salir el sol antes que se levantara el rey; no apearse de caballos los miércoles, cruzar Magh Chonair después de atardecer, espolear el caballo en Fan Chomair, embarcarse en Bealltaine el lunes posteriores al “día mayo”, dejar su ejército huellas en Ath Maighue el martes después de “todos los santos”. (Sólo el de Leinster): rodear Tuath Laighean por la izquierda en miércoles, dormir entre Dothair y Duibhlinn con la cabeza inclinada a un lado, acampar nueve días seguidos en las llanuras de Cualann, viajar por el camino de Duibhlinn en lunes, montar caballo enlodado y de patas negras cruzando Magh Mainstean. (Sólo el de Munster): divertirse en la fiesta de Loch Lein de un lunes al lunes siguiente, banquetear de noche en el principio de la siega ante Geim en Leitreacha, acampar nueve días seguidos sobre el Siuir, tener reuniones fronterizas en Gabhran. (Sólo al de Connaught): terminar un tratado respecto a su palacio de Cruachan tras hacer la paz el día de todos los santos, ir con ropa moteada sobre un caballo pío al brezal de Dal Chais, acudir a asambleas de mujeres en Seaghais, sentarse en otoño sobre los montones sepulcrales de la mujer de Maine, contender corriendo sobre caballo gris y tuerto en concurso entre dos postes en At Gallta. (Y sólo el de Connaught): ir a la feria de caballos de Rath Line entre los jóvenes de Dal Araidhe, escuchar los pájaros de Linn Saileach después de la puesta del sol, celebrar la fiesta del toro de Dairemie-Daire, ir a Magh Cobha en marzo y beber agua de Bo Neimhidh desde la puesta del sol al crepúsculo. Si estos reyes cumplían estas prohibiciones, pensaban que no tendrían mala suerte o desgracia, vivirían 90 años sin conocer la vejez o epidemia, las estaciones del año serían favorables, y la tierra rendiría cosechas en abundancia.

 

            Los faraones de Egipto fueron también adorados como dioses, pero también reglamentándoseles sus obligaciones, incluidos paseos, baños, noches que podían yacer con la esposa-hermana, etc. Sólo podían comer carne de ternera, y beber vino. Tales reglamentos obligaban también a los reyes sacerdotales de Tebas y Etiopía, a finales de la dinastía XX.

 

            El Flamen Dialis, en Roma, sí era encarnación de Júpiter, y no podía montar a caballo, ni tocarlos siquiera; ni mirar tropas armadas; ni llevar brazaletes que no estuvieran rotos; ni tener nudo en los vestidos. Sólo el fuego sagrado podían tener en sus casas; no podían tocar harina de trigo, o pan con levadura; ni siquiera podían nombrar cabras, perros, carne cruda, habas y yedra; no podían reposar bajo una parra; los pies de su cama tenían que estar embadurnados de barro; su cabellera sólo podía cortarla un hombre libre, con cuchillo de bronce; los recortes de sus uñas debían ser enterrados bajo un árbol propicio; no debían tocar cadáveres, ni ver trabajar si era día santo, ni estar descubierto al aire libre. Si metían en casa hombre maniatado, tenían que desatarle y tirar las cuerdas por un agujero del techo, a la calle. Su mujer, la Flamínica, tenía que observar casi lo mismo, y además no subir más de tres escalones en escaleras griegas, no llevar peinados los cabellos en festividades especiales, no llevar suela de zapatos hechas con animales muertos, etc.

 

            Entre los grebos de Sierra Leona había un pontífice con título de bodia, nombrado mediante oráculo, en ceremonia de consagración en la que le ponían una ajorca en el tobillo, rociando las jambas de su puerta con sangre de cabra sacrificada. Alimentaba los talismanes públicos e ídolos con arroz y aceite las lunas nuevas; hacía sacrificios a los difuntos y a los demonios, y era responsable de cualquier calamidad pública. Sólo podía residir en su “casa ungida”, no podía beber agua en los caminos, ni comer mientras había un cadáver en la ciudad, ni observar duelos por los fallecidos. Si moría ejerciendo sus funciones, debía ser enterrado a medianoche, se debían enterar de su fallecimiento los menos posibles, y nadie debía lamentar su muerte. Si moría envenenado, tenía que ser inhumano bajo las aguas de un torrente.

 

            El vaquero sagrado de la India meridional, sacerdote de la vaquería sagrada, vivía de ella, pero no podía visitar casa alguna, ni siquiera la suya. Ser célibe, o abandonar a su esposa. No podía tocarle nadie, ni a la vaquería. Sólo lunes y jueves podía aproximarse la gente algo a él; los demás días, si alguien tenía que hacer negocios con él, tenía que ser a una distancia de 400 metros, hablando al eco. No se podía cortar el pelo ni las uñas, ni cruzar ríos por puentes, y sólo por ciertos vados. Si moría alguien de  su familia, no podía asistir a las ceremonias religiosas, a menos que dimitiera.

 

            No es, pues, de extrañar que ya hayamos dicho que nadie quería estos cargos, y para encontrar rey había que obligarles, muchas veces a la fuerza. Pues había también costumbres como las de los timmes de Sierra Leona, que se reservaban el derecho de apalear al rey la víspera de su coronación, con tal ferocidad que a veces no sobrevivía mucho tiempo. Por eso se solía elegir rey a quienes se odiaba, pues incluso el símbolo de la autoridad real era un hacha de verdugo.

 

            En algunas partes de Africa occidental reinan, conjuntamente, el rey fetiche o religioso, y el seglar o civil; pero es el fetiche el que manda. Controla todo, puede detener el tiempo, y cuando coloca su cetro rojo en el suelo nadie puede pasar.

 

            En Timor gobierna el rajá civil, pero es el fetiche o tabú el que dirige la agricultura y ganadería, con poder para convertir todo en tabú. Igual sucede en Rotti y Flores Oriental, en Mekeo (Nueva Guinea británica), etc.

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Publicado Thursday 25 de September de 2003

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