Monografias | Magia y Religión - Personas tabuadasMagia y Religión - Personas tabuadasResumen: Escrito en el que resumo los tabúes que concernían a reyes y sacerdotes, enterradores, mujeres menstruantes y parturientas, guerreros y homicidas, así como cazadores y pescadores, durante todos estos siglos en los que creían depender de las virtudes mágicas del rey o del sacerdote; creyéndose, igualmente, que los animales tenían alma. Escrito en el que resumo los tabúes que concernían a reyes y sacerdotes, enterradores, mujeres menstruantes y parturientas, guerreros y homicidas, así como cazadores y pescadores, durante todos estos siglos en los que creían depender de las virtudes mágicas del rey o del sacerdote; creyéndose, igualmente, que los animales tenían alma. Merece especial mención la creencia en que los asesinados se vengaban atormentando a quienes los mataban, porque es un tabú que hace alusión a los remordimientos de conciencia, que estos pueblos creen que tenían incluso los que cortaban cabezas. Magia y religión XXXI. - Personas tabuadas Ya sabemos que al Mikado, en Japón, se cocinaba y servía cada comida en vajilla nueva, para romperla o desecharla después, porque si alguien comía en esa vajilla sagrada se le inflamaba, hinchaba y ardía boca y garganta; y se alguien se ponía sus vestidos, tumefacciones y dolores por todo el cuerpo. En Fidji llamaban a esas enfermedades kana lama, y a los privilegiados que podían rascar la espalda de tan sagrados reyes na naduka ni (la vileza de los jefes), pues las personas divinas eran, en estos tiempos, manantiales de peligros o de bendiciones. En consecuencia se aislaba completamente al "hombre-dios", pues los nubas, por ejemplo, en Africa oriental, creían que morían si entraban en la morada de su rey sacerdote, o se sentaban en una de sus piedras, aunque no si se descubrían el hombro izquierdo, y el rey ponía su mano en él. Y los cazembes de Angola creía lo mismo, a menos que se arrodillaran ante él, hicieran castañetas con los dedos tres o cuatro veces, y tendieran la palma de la mano sobre la del rey. En Tonga comer con las manos tras haber tocado la persona de un jefe, o alguno de sus objetos, producía también hinchazón y muerte, pero no si le tocaban la planta de un pie con las dos manos, y las lavaban después con agua o zumo de plátano. Y como padecían de escrófula e induración de hígado, que achacaban a contacto con sus jefes, se curaban también tocando el pie de su sagrado rey. Recordemos que incluso los reyes ingleses curaban la escrófula con imposición de manos. Lo mismo se creía en Nueva Zelanda, y no pasaba absolutamente nada si fornidos y hambrientos esclavos comían restos de comida del jefe sin saberlo, pero se estremecían con convulsiones y calambres en el estómago, y morían antes de 24 horas, si lo sabían. Una mujer maorí comió también un poco de fruta tabuada sin saberlo, y no le pasó nada, pero murió a las pocas horas cuando lo supo. Por eso las cajitas de yesca del jefe eran causa de mortandad, pues las perdía con frecuencia, siempre había quien las encontraba, y morían aterrorizados cuando sabían a quién había pertenecido. Los jefes maoríes ni siquieraa soplaban fuegos, pues lo harían sagrado, la santidad pasaría al puchero, del puchero a los alimentos, y los alimentos matarían a quienes los comieran, excepto a él. Los aborígenes de Australia morían por cualquier insignificante herida producida por arma sobre la que se hubiera cantado, pero morían de inanición, pues rehusaban alimentarse tras saberlo. Los reyes sagrados, y sacerdotes, de Polinesia no podían tocar los alimentos con sus manos, y tenían que darles de comer; tirándose después todas las vajillas, ropas y objetos usados por reyes y sacerdotes, para que no causaran enfermedades y muerte. Pero iguales restricciones se imponían en muchos de estos pueblos a la primera menstruación de las muchachas, parturientas, homicidas, enterradores y cuantos habían tocado un difunto. Los maoríes que habían tocado un muerto no podían tocar a nadie sin endemoniarla por entero; ni podían tocar comida con sus manos. Por lo que los enterradores vivían aislados, andrajosos y mugrientos; y cuando dejaban la profesión, tras cuarentena, tiraban todas sus pertenencias, cual vajillas de rey. Igual sucedía en Samoa y Tonga, donde los jefes que tocaban jefe muerto quedaban tabuados de tres a cinco meses lunares, pero si no eran jefes por diez. Los viudos/as shuwap de la Columbia Británica no podían tocarse el cuerpo, y sólo ellos podían usar vasijas en que cocinar. Y se purificaban sudando en cabañas junto a un arroyo, para bañarse y frotar su cuerpo con ramitas de abedul, usadas sólo una vez, e hincadas alrededor de la choza después. Sus sombras eran infectas durante este tiempo, y dormían sobre camas y almohadas de ramas de espino, para mantener alejado el espíritu del difunto. En Mekeo, Nueva Guinea Británica, perdían sus derechos civiles, y se convertían en parias, que no podían cultivar huertas, ni mostrarse en público, ni caminar por senderos; vivían también recluidos en matorrales, cazando o pescando sólo de noche; el espíritu del difunto traía mala suerte, e incluso el viudo/a tenía que librarse de él con hachas de guerra. Un australiano que descubrió que su esposa había pernoctado sobre su manta en período menstrual la mató y murió de terror. Pues las australianas menstruantes no podían tocar nada sin peligro de muerte, y ni siquiera caminar por senderos que frecuentaran hombres. También eran recluidas durante el parto, y sus vasijas usadas se quemaban. Igual sucedía en Uganda y muchas tribus americanas, donde llevaban gorros especiales para ser reconocidas; entre los bribri de Costa Rica incluso las vacas enfermaban si comían hojas de plátano usadas por menstruantes. En Tahití se recluía a las parturientas en chozas construidas en terreno sagrado, y tenía que darles de comer otra mujer; y si alguien tocaba al recién nacido, quedaba recluido también. En la isla de Kadiak, Alaska, las parturientas permanecían veinte días en cabañas de juncos, sin que nadie tampoco las pudiera tocar. Y peor era si abortaban, pues entonces la reclusión era mayor, y duraba mucho más. Entre los loquios un aborto producía incluso efectos cósmicos, y en la tribu Ba Pedi auyentaba la lluvia y los vientos abrasaban, por lo que había que purificar con cocciones el lugar del aborto. Los guerreros también tenían que estar en cuarentena espiritual después de haber matado enemigos, especialmente su jefe; no podían tocar nada ni comer con las manos, su vasija era tirada, y no podían rascarse el cuerpo, a no ser con un palito; incluso no podían caminar por senderos públicos. Sus compañeros no podían pasar por encima de sus pertenencias, y si pasaba tenía que dejarse derribar. Comían y bebían en tazones de madera o corteza de abedul marcados en dos lados:cuando salían a la guerra lo hacían por un lado, y cuando regresaban por el otro. Y cuando estaban a una jornada de la aldea, colgaban los tazones de árboles, o los lanzaban lejos. Durante las primeras cuatro veces que un apache iba a la guerra no podía rascarse la cabeza, ni permitir que el agua tocase sus labios, por lo que tenían que beber sorbiendo con una caña. Los creek no cohabitaban con mujeres mientras estaban en guerra, e incluso con sus mujeres tenían que ser castos tres días antes. Entre los ba-pedi y ba-thonga tenían que ser también castas sus mujeres, para que no surgieran espinos que dañaran a sus maridos. Las tribus de Asam, tras una excursión bélica, no podían tomar alimentos cocinados por mujeres, y ni siquiera hablar con sus esposas. En las islas de Timor el jefe de la expedición tenía que recluirse dos meses en una cabaña especial, sin alimentarse por sí mismo ni ver a su esposa. En todos estos pueblos se apaciguaban a los difuntos con cánticos y oraciones, y los guerreros tenían que ser purificados, con bazos o hígados de canguro. Golpear las tablas del suelo, encender fuegos, hacer ruidos o batir tambores era modo de ahuyentar a los espíritus de los muertos. Por supesto, también sacrificando ovejas, y embadurnando con sus despojos jambas de las puertas e incluso hijos. Los angonis, río Zambeze, ensuciaban sus cuerpos con ceniza, y ataban al cuello los vestidos de sus víctimas durante tres días, mientras lanzaban alaridos para alejar sus espíritus. Cuando un nandi, Africa oriental, mataba un miembro de otra tribu pintaba un lado de su cuerpo, lanza y espada de rojo, y el otro de blanco; durante cuatro días se le consideraba impuro, y vivía junto al río aislado, purgándose al quinto día con cortezas de segelet y leche de cabra mezclada con sangre. Los bantus y wageia se afeitaban la cabeza y untaban todo el cuerpo con estiércol de cabra, y los ja-luo colbagan del cuello un ave viva con la cabeza hacia arriba antes de entrar al poblado, decapitando al ave cuando llegaban, pero dejándola colgada del cuello. Los natchez de Norteamérica no podían cohabitar con sus mujeres ni comer carne durante seis meses, y los choctaw estaban un mes de luto, no pudiendo ni peinarse, y menos rascarse. Los omahas vengaban los homicidios matando al homicida, o aceptando regalos; pero en este caso el homicida debía caminar descalzo, no comer nada caliente, hablar ni mirar a su alrededor durante dos a cuatro años, así como llevar los vestidos abrochados hasta el cuello, no colgar ni perder ropa, levantar las manos, peinarse, etc. Incluso los griegos de la Antigüedad creían que las almas atormentaban a sus homicidas, por lo que éstos tenían que exiliarse hasta que el difunto se apaciguase; al regresar ofrecían sacrificios y se purificaban. Cazadores y pescadores también tenían que guardar abstinencia y someterse a purificación, pues los animales tenían almas, y los animales valiosos o peligrosos estaban sujetos a reglas y ceremonias muy complicadas. Los de Nootka Sound, Columbia Británica, se preparaban para cazar ballenas ayunando una semana, bañándose varias veces al día y restregando su cuerpo con ramitas, guardando castidad. Los malgaches ayunaban y eran castos también durante ocho días, confesando sus pecados, pues los pecadores no podían participar. En la isla Mabuiag también se imponía continencia antes de cazarse el dudongo o vaca marina, y mientras las tortugas se apareaban. En Mowat, Nueva Guinea, los hombres no practicaban sexo cuando las tortugas copulaban, a pesar de que cuando no copulaban existía una gran relajación moral entre ellos. En la isla Uap durante la temporada de pesca tampoco se miraban mujeres, pues si se las miraba les sacarían los ojos los peces voladores. En Mirzapur untaban con boñiga de vaca sagrada la semilla del gusano de seda para obtener buena suerte, y no cohabitaban con mujer, ni se afeitaban o cortaban las uñas, ni comían alimentos con manteca, ni decían mentiras; hacían votos y ofrendas a Deva Singarmati si los gusanos nacían bien, y cantaban canciones de cuna las mujeres cuando se abrían los capullos y nacían las mariposas, tiznándose casadas y recién nacidos la raya del pelo con almagre. Al emparejarse las mariposas se hacía tanta fiesta como en un matrimonio humano, y por supuesto se guardaba abstinencia sexual mientras los gusanos incubaban. En las islas Nias los cazadores no podían escupir, comer sal ni preparar forraje para los cerdos; y en la Columbia Británica se practicaba continencia sexual un mes antes de cazarse el oso, sin que los cazadores bebieran por el mismo vaso en que hubiera bebido su mujer. Igual castidad practicaban los obreros de los saladares en Sifoun, Laos, sin taparse las cabezas. Entre los kachins de Birmania las dos mujeres que preparaban el fermento para la cerveza no podían comer nada ácido ni tener relaciones conyugales. Ente los massais africanos la pareja de hombre y mujer que preparaba el aguamiel tenía que recluirse en una cabaña, también sin relaciones sexuales, dos días antes y seis después; pues de lo contrario se alejarían las abejas para siempre. Los wandorobbo creían que la presencia de una mujer quitaba virulencia a los venenos que fabricaban, o si la esposa del que los fabricaba cometía adulterio. Las tribus de Ba-Pedi y Ba-Thonga, Africa del sur, eran castas mientras construían sus moradas, y los chams de Indochina mientras construían presas o preparaban acequias para el riego. Los inuit, estrecho de Bering, no ofendían nunca a las sombras de los animales que cazaban, y permanecían inactivos cuatro días después de haber capturado una ballena. Si algún aleuta de Alaska hería a una ballena con arpón hechizado, se aislaba en una cabaña tres días, sin comer, beber ni ver mujeres; bufando de vez en cuando, para aplacar a la ballena herida. Si al cuarto día, ya purificado, la ballena había muerto, se apresuraba a cortar y tirar el trozo que le había provocado la muerte; si no había muerto, se lavaba las manos hasta que la ballena moría. Semejantes tabús tenían los esquimales con los osos, y cuando los kayanos de Borneo mataban una pantera pisaban ocho veces su cadáver, aplacando con conjuros su alma; al regresar a casa embadurnaban sus perros, armas y cuerpos con sangre de ave, y durante ocho días se bañaban día y noche antes de volver a cazar. Cuando un hotentote mataba un león, leopardo, elefante o rinoceronte permanecía ocioso en casa tres días, casto, alimentándose lo imprescindible. Los lapones que cazaban osos eran impuros, y vivían aislados en chozas especiales, donde despedazaban y cocinaban los restos del oso; los renos que acarrearon el oso no podían ser usados durante un año, y sus mujeres purificaban al cazador escupiéndole en la cara corteza de aliso; incluso se comía la carne del oso como si fuera un regalo de extranjeros, carne que no se introducía en las casas por la puerta, sino por una abertura que se hacía levantando el reborde de las tiendas. Sólo a los tres días el cazador podía reunirse con mujeres y regresar a su hogar, y el jefe tenía que abstenerse dos días más de practicar sexo con la esposa. Los cafres temían tanto a las boas, que ni las mataban. Y si alguien las mataba, en defensa propia, se tendía en una corriente de agua un día entero, y no podía matar ningún otro animal durante varias semanas. Por supuesto, la boa era enterrada junto al corral del ganado, con honores de jefe. Si una ballena muerta embarrancaba en las costas de Anam, se la rendía culto, y sus huesos eran venerados en las pagodas, tras haberse enterrado la ballena solemnemente; quien primero la vio actuaba de maestro de ceremonia, usando prendas de luto, sombrero de paja y túnica blanca; durante el entierro se quemaban perfumes y candelas de incienso, se esparcían hojuelas de oro y plata, y se disparaban cohetes; era usual que el espíritu de la ballena se encarnara después en alguno, y declárase por su boca si había sido macho o hembra. Publicación enviada por Rafael Gonzalo Jimenez Contactar mailto:rgjimenez@eresmas.com Código ISPN de la Publicación EpyulVFAFZrdDLyjtf Publicado Monday 29 de September de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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