Como consecuencia del contexto en el que la publicidad se mueve hoy en día,
el anunciante se enfrenta a un descenso en la eficacia de sus prácticas
comunicativas. El exceso de información y la superficialidad con que los
anuncios son atendidos, así como el desconocimiento de las causas que explican
la percepción y la valoración que el espectador hace de la marca, justifican,
entre otras cosas, la elaboración de este texto para la toma de decisiones que
resulten eficaces.
Se ofrece al lector un marco íntegro de las relaciones entre la eficacia
publicitaria y el comportamiento del consumidor en sus modos de procesar la
publicidad, así como también se exponen aquellas recomendaciones que
fundamentan el diseño de las estrategias publicitarias con mayores
probabilidades de éxito.
En definitiva, este libro permite conocer los conceptos que actualmente ocupan
los primeros lugares de la discusión científica y profesional y participar de
las nuevas líneas de debate sobre eficacia en publicidad marcadas por el
Marketing Science Institute.
eficacia s.f. Cualidad de eficaz
eficaz adj. Que actúa satisfactoriamente o es adecuado para producir un
determinado efecto.
El problema de la eficacia publicitaria se plantea cuando dos o más anunciantes
persiguen unos objetivos (efectos) diferentes
con su publicidad. Por tanto, qué efectos puede -o debe- pedírsele a la
publicidad comercial? La publicidad, ante todo, representa una inversión de
dinero que, dentro de la lógica empresarial que debe gobernar en toda actividad
comercial, debe ser justificada mediante un posterior beneficio económico
derivado de sus efectos.
La eficacia publicitaria, a diferencia de lo que trata de establecer la inmensa
mayoría de autores (Ortega Martínez, Martín Armario, Billorou...), no depende
de los objetivos planteados; pues si así fuera, para alcanzarla bastaría
asignar unos objetivos nada difíciles, y obviamente esto no debe ser así.
Permitir que el propio anunciante señale los objetivos de la comunicación
publicitaria implica que decida a su antojo el principio y el final de la
eficacia de cualquier campaña. Los objetivos del anunciante no pueden
determinar la eficacia publicitaria si entendemos ésta como la eficacia de la
inversión publicitaria, ya que el objeto de toda inversión es su rentabilidad.
El hecho de que la publicidad sea una forma de comunicación no legitima que sólo
deba plantearse objetivos de este tipo, ya que una comunicación técnicamente
perfecta entre emisor y receptor no necesariamente ha de contribuir al beneficio
económico del anunciante. Medir la eficacia de la publicidad en términos
exclusivamente comunicacionales (informar de la aparición de un nuevo producto
en el mercado, advertir de una promoción especial, detallar unas características
funcionales, explicar nuevos usos, etcétera) no ayuda a establecer el
rendimiento económico de la inversión realizada.
La eficacia publicitaria, como la eficacia de la gestión empresarial, es una
cuestión de rentabilidad en el tiempo: tanto se invierte, tanto esa inversión
produce en tanto tiempo. Dada una inversión (publicitaria o no), cualquier añadido
a ésta que tarde o temprano cristalice en beneficios es rentable, es eficaz. Así,
la eficacia máxima corresponderá a aquella fracción de la inversión que haya
conseguido la rentabilidad más alta en el plazo más breve. Los tests de áreas
(o zonas de prueba) proporcionan toda la información necesaria para evaluar el
potencial comercial de una determinada campaña en comparación con otras y con
ninguna (grupo de control), y con estos datos puede conocerse o estimarse la
rentabilidad de una campaña o, lo que es lo mismo, su eficacia. La cosa es bien
simple.
Pero no para todas las campañas se realizan pruebas de este tipo; es más,
sistemáticamente tiende a no hacerse para ninguna. El problema, pues, se
agrava. Pero a falta de cifras reales, de datos empíricos acerca de los
resultados comerciales de una campaña, la solución la presta la intuición
razonada: cada pieza o campaña publicitaria habrá de ser evaluada y calificada
considerando sus puntos fuertes y débiles, e intuyendo su rendimiento comercial
diferencial con respecto a otras alternativas posibles (en cuanto a mensajes,
estrategias, herramientas...) para ese mismo producto o marca.
Así, llegamos a una doble manera de entender la eficacia publicitaria. Por
un lado, la eficacia la determina la rentabilidad económica de una campaña: la
campaña A de un producto es mejor que la campaña B de un competidor porque la
primera consigue una rentabilidad de la inversión publicitaria por encima del
80% frente al 60% de la segunda.
Pero por otro lado, la eficacia de una campaña viene dada por el grado de
perfección de ésta, es decir, por la dificultad o imposibilidad de mejorarla y
mejorar así sus resultados comerciales. Volviendo al ejemplo anterior: se puede
estimar que la campaña A presenta numerosas deficiencias y que habría formas
de mejorar su rentabilidad en un 200%, sin embargo la campaña B es
presumiblemente inmejorable. El problema que se plantea ahora es el de concretar
el efecto (u objetivo) que persigue la publicidad según la definición de
eficacia contemplada: máxima rentabilidad de la inversión o máxima calidad
publicitaria. O lo que sería mejor aún, la combinación óptima de ambas.
Yendo un poco más lejos, para ser más justos y al mismo tiempo reconocer el
esfuerzo del profesional publicitario, podemos terminar de rizar el rizo
considerando una tercera y última variable más: el grado de dificultad que ha
sido superado para satisfacer los objetivos de rentabilidad y calidad
publicitarias mencionados. De tal modo que, finalmente, la eficacia publicitaria
vendrá determinada en función de su rentabilidad comercial en el tiempo, de su
proximidad a la perfección intuida y del grado de dificultad superado para
conseguir esa rentabilidad y ese acercamiento a la máxima calidad publicitaria.
Por desgracia, vemos que para evaluar la eficacia publicitaria se hace preciso
recurrir a la subjetividad de un jurado, con lo cual se corre el riesgo de
convertir los Premios EFI'97 a la Eficacia de la Comunicación Comercial en un
Festival más de Creatividad Publicitaria. Esperemos que esto no suceda
2. Los objetivos del anunciante: ventas versus premios de
publicidad
Es habitual compartir un rato entre amigos y escuchar a alguien que comenta
lo bueno que es -o le ha parecido- tal anuncio. Se refiere a que le ha gustado
el anuncio, no a querer comprar el producto anunciado.
Algo similar ocurre con los festivales y premios de publicidad. Cuando lo lógico
sería no presentar las piezas de publicidad sino las cifras de venta o, mejor aún,
los resultados de los tests de áreas, y premiar al verdadero ganador en función
del tipo de producto anunciado, se hace casi lo contrario: se premia la
publicidad más espectacular, divertida (en Cannes 96 se impuso la de corte
humorístico o con chascarrillo), original, o aquella que ha trabajado una idea
al gusto del jurado.
Incluso hay agencias de publicidad (y tras ellas, anunciantes) que preparan
piezas de publicidad con vocación netamente "festivalesca" -truchos
o, según Lorente, prototipos inexistentes-; y puesto que la difusión mediática
es requisito imprescindible para participar en dichos certámenes, se publicita
una o dos veces cada pieza, y listo. Lo peor es que esa publicidad es la que se
lleva el premio, porque no ha tenido que vender ningún producto, nadie ha
tenido que comprar nada. Si esa publicidad era buena y por eso se premió, ¿qué
sentido tiene limitar su difusión mediática a lo estrictamente necesario para
participar en un festival de publicidad? Félix Muñoz ya lo advierte: "en
un festival se valora más la originalidad que la eficacia".
Después hay quienes, premio en mano, se vanaglorian de los éxitos cosechados;
"éxitos" que se hacen extensivos a toda la agencia donde trabajan y
que se utilizan como reclamo para ganar nuevos clientes y mantener otros. Mas no
se sabe por qué (seguramente ocurre por la ignorancia supina y el despiste de
muchos), pero hay anunciantes que valoran positivamente esos premios y quienes
-a juicio del autor de este texto- los detentan.
Es cierto, claro está, que ganar premios y que se difunda periodísticamente
la noticia consigue publicidad para la agencia, el anunciante y la misma
publicidad premiada. Obviamente esto es ventajoso para todos ellos, y como
trabajo de relaciones públicas tiene todo el mérito. Pero no hay que confundir
premios y buena publicidad. Lo que realmente premia a la publicidad y a sus
creadores son los beneficios que obtiene el anunciante a través de las ventas
propiciadas por ésta.
Y no se trata de detectar los truchos que participan en estos festivales y
penalizarlos, como pretendió Joaquín Lorente en el Festival de Cannes 96 del
que formó parte como jurado. Trucho o no, cada pieza publicitaria debe ser
calificada intuyendo su rendimiento comercial diferencial con respecto a otros
mensajes posibles para ese mismo producto o marca, considerando sus puntos
fuertes y débiles: la buena publicidad es la que vende más que las demás.
Luis Bassat, en su Libro rojo de la publicidad, titula un epígrafe "La
publicidad que gusta vende más", y justifica esta aseveración aportando
datos sobre una investigación al respecto llevada a cabo por la agencia
publicitaria estadounidense J. Walter Thompson. Realmente, los resultados
obtenidos no arrojan una mayor venta para los productos cuya publicidad gusta,
sino un cambio de actitud en favor del producto anunciado con una publicidad
considerada atractiva, lo cual difiere sustancialmente con el título del epígrafe.
Sin cuestionar la validez de la investigación en cuanto a su rigor científico,
queda sin conocerse las dimensiones de actitud consideradas, así como la
magnitud del cambio producido, lo cual descubriría el valor real del
experimento. En cualquier caso, los resultados obtenidos fueron los siguientes:
Un 8,2% de los que se mostraban "neutrales" ante el gusto hacia la
publicidad modificaron positivamente sus actitudes hacia el producto anunciado.
Un 9,5% de quienes "les gustaba bastante" también lo hicieron así. Y
la cifra llegó al 16,2% para los entusiastas, los cuales reconocieron que esa
publicidad "les gustaba muchísimo". (Sólo un 3% de los encuestados
se manifestó en contra del anuncio).
3. Objetivos de comunicación: eficacia
El anunciante que decide hacer publicidad y pagar por ello pretende conseguir
beneficios por encima de la inversión realizada y rentabilizarla al máximo.
Asesorado o no por el profesional publicitario, establecerá unos objetivos
realistas de comunicación, es decir: informar sobre la aparición de un nuevo
producto en el mercado, advertir de una promoción especial, seducir mediante
una presentación atractiva del producto, persuadir apelando a la razón, estar
presente en la mente de los receptores, etcétera.
Si la publicidad es una forma de comunicación, los objetivos que ha de
plantearse serán, evidentemente, objetivos de comunicación. Pero no se trata
solamente de que los receptores perciban los mensajes publicitarios tal cual
pretende el emisor: una buena publicidad no es únicamente una comunicación técnicamente
perfecta (teoría matemática de la comunicación) ni una transmisión de ideas
absolutamente nítida y fiel. El receptor puede entender perfectamente el
mensaje y no ver su comportamiento influido por éste -y acaso, tampoco, sus
actitudes-, bien por carecer de recursos económicos suficientes, por no
interesarle el producto anunciado, por no dar credibilidad al anunciante, o bien
porque el mensaje difundido no es el adecuado o persigue metas inalcanzables.
La comunicación publicitaria ha de promover un comportamiento por parte de los
consumidores que justifique el gasto realizado. No basta comunicar o informar si
ello no deriva en consecuencias lucrativas para el anunciante. ¿Objetivos de
comunicación? Sí, pero capaces de provocar una respuesta de consumo que
produzca beneficios; porque si los objetivos de comunicación se satisfacen sin
conseguir provecho económico alguno, habrá que cuestionar la oportunidad de la
publicidad o la pertinencia de las propuestas publicitarias.
4. La realidad frente al contenido del mensaje
Para comprender los efectos que produce la publicidad, basta con aislarla del
resto de fuentes de información y analizar la influencia que tiene o puede
tener sobre el público en comparación con el resto de experiencias sensibles.
Valga, pues, la distinción entre, por un lado, publicidad y, por otro: mundo,
vida, experiencia, cultura, sociedad... todo aquello que no es publicidad.
La publicidad es una fuente de información para el individuo como lo es, también,
el mundo y sus experiencias personales en la vida. Acerca del mundo y de las
cosas, cada cual tiene su punto de vista y su juicio, y éste se forma
conciliando diversas informaciones y experiencias referidas a cada objeto,
situación, persona o idea en cuestión. Así, la influencia de la publicidad
sobre las percepciones, creencias, juicios y valores de los individuos, caso de
producirse, ha de hacerlo superando la de la influencia de la experiencia previa
de éstos en el mundo, la cual ha configurado su persona(lidad).
La publicidad normal no permite la experiencia directa con el producto sino de
forma vicaria u observacional, o mediante información; y en su función
moldeadora de las personas -o de sus hábitos de consumo, que son también parte
de las personas-, pierde efectividad en comparación con la experiencia real con
el producto, que es mucho más confiable y genera actitudes más firmes y
consistentes con la conducta.
Conocido, además, el carácter interesado y manipulador de la publicidad, el
individuo procurará protegerse de su influencia, consiguiéndolo en alguna
medida como lo demuestran las diferentes investigaciones. Aun sin contar con
esto último, mientras que el individuo percibe y experimenta -aprehende- en el
entorno real durante toda su vida, la presencia de la publicidad apenas
representa una minúscula parte de ésta. La publicidad -como el cine- en muchos
casos presenta personajes y escenas de ficción ajenos a lo más o menos
conocido y posible en la cotidianidad; y en la medida que el individuo sea capaz
de detectar esa irrealidad, rechazará tales informaciones como explicadoras del
mundo y de las cosas: podrán ser entretenimiento, ocio, diversión, pero no
parte de la realidad.
Cada nueva información entrante -publicidad o no- se negocia con la ya
existente en los esquemas cognitivos de la persona para darle cabida en éstos o
rechazarla; así, se mantiene un equilibrio en cuanto a la interpretación del
mundo (teoría de la disonancia cognitiva). Y en este sentido, es poco probable
que se acepte la realidad que presenta la publicidad para un producto concreto
si ésta difiere sustancialmente de la que se manifiesta de hecho en el mundo.
Quienes conducen un Renault Clío no son JASP (Jóvenes, aunque sobradamente
preparados): hay muchos adultos, con y sin preparación, que también lo hacen.
Locos y cuerdos beben Pepsi. Don Limpio no hace resplandecer la casa como en el
anuncio. Y los hijos no se santifican por llevar a casa una Telepizza. Esto es
obvio. Y quien crea lo contrario precisa de ayuda médica, psiquiátrica.
Los mensajes publicitarios no se descodifican de forma literal y objetiva, no:
se interpretan. El coche desde cuyo interior se ve un mundo ideal en lugar de la
estresante civilización (Renault Laguna), no es una ventana al paraíso, es un
coche confortable y acogedor. Pero hay que entenderlo así para negociar ese
significado y poderlo aceptar, porque el mensaje primero se rechazaría automáticamente,
no es creíble. En cualquier caso, ese significado neto que queda finalmente, el
que sea, ha de enfrentarse a la realidad que el individuo conoce para determinar
su aceptación o rechazo, su aceptación parcial, o la duda acerca de su
veracidad.
Es claro que la realidad vence ante la publicidad en cuanto a la influencia
que ejerce sobre la manera en que las personas interpretan el mundo y viven en
él. Nadie cabal esperará conquistar a una dama por usar tal marca de
desodorante, ni abrigará esperanzas de saborear la aventura al fumar Camel.
Porque conoce por experiencia que las cosas no son así. En todo caso, antes de
probar un producto, sí puede fantasear e imaginar de éste las mil maravillas;
pero si su consumo no le proporciona la satisfacción esperada, seguro que
cambiará el concepto que tiene del producto y lo adecuará a la realidad.
Marlboro encarna una serie de valores diferentes: "La marca para el hombre
independiente que labora a la intemperie, recio, la persona que tiene criterio
propio, que es autónoma y que sabe lo que quiere". Pero lo más destacado
es que el posicionamiento de Marlboro está configurado más por el perfil del
consumidor (solamente cierto tipo de hombre fuma Marlboro) que por los
beneficios explícitos del producto. Los deseos que satisface están ligados a
la autoimagen.
(David Arnold, en "Cómo gestionar una marca")
El hombre de Marlboro, como se le llamó, fue un éxito inmediato. Los adultos jóvenes
e inseguros buscaron la marca porque deseaban ser tan fríos, serenos y seguros
de sí como aquel cowboy. Y además deseaban ser duros y libres.
(William Meyers, en "Los creadores de imagen)
La publicidad de Marlboro sí puede ser la del cowboy, y lo es. Pero la
personalidad del consumidor de cigarrillos Marlboro no
puede ser la del solitario feliz y rudo vaquero americano si todo tipo de gente
-incluidos homosexuales, señoritas y beneficiarios del Imserso- fuma dicha
marca. Asociar Marlboro al cowboy es vincular la marca a su publicidad; pero de
ahí a considerar que dicha asociación -universal- manifiesta el motivo de
compra y consumo del gran público, hay un buen e insalvable trecho.
Se puede argumentar que este tipo de asociaciones actúa en un estadio
inconsciente de la estructura mental humana, que la publicidad produce sus
mayores efectos por debajo del nivel consciente. En ese caso, cualquier mensaje
sería creíble: cualquiera, pues el inconsciente parece no percatarse de la
disonancia existente entre la publicidad de Marlboro y su realidad social; es más,
según esto, prefiere creer la ficción de la publicidad.
De cualquier forma, si la influencia de la publicidad se produce de manera
inconsciente, también la influencia del entorno social ha de producirse de esta
forma. Sería pueril considerar que solamente la publicidad tiene acceso al
inconsciente. Todas las asociaciones que se puedan hacer -consciente e
inconscientemente- entre un producto o marca y las imágenes de su publicidad
son nada en comparación con las que permite establecer la realidad no
publicitaria.
David Arnold considera -aunque sin datos empíricos a su favor- que "ni
siquiera los mismos consumidores son conscientes de la naturaleza de su relación
con una marca, en muchos casos porque las razones subyacen en el
inconsciente" y que "la percepción de imagen de marca subyace en el
inconsciente". Si el Hombre Marlboro resultara tan atractivo a nivel
inconsciente como sotiene este autor, sólo habría que publicitar todas las
marcas y productos con personajes y escenarios del lejano Oeste.
El Hombre Marlboro, además de encender un cigarrillo en cada spot
publicitario, también lleva un sombrero, un caballo, unas botas de piel, un pañuelo
en el cuello, una manta y una soga. La asociación que se produjo entre el
cowboy y Marlboro, que tanto incidió en las ventas de estos cigarrillos, ¿acaso
favoreció también el consumo de pañuelos y botas de piel por parte de los
fumadores que expresaban -inconscientemente- su forma de ser a través de lo que
habían aprendido viendo publicidad?
5. Audiencia y target
La contratación de tiempo y espacios publicitarios requiere una muy
considerable inversión de dinero que no debe desperdiciarse. Actualmente, hay
una cantidad enorme de propuestas publicitarias que asaltan diaria e
incesantemente a cada individuo. Y todavía es mayor el número de marcas y
productos que se exhiben en público y, por tanto, consiguen publicidad y crean
imagen; porque cuando esos productos y marcas aparecen reconocibles en programas
de televisión o películas de cine, se habla de "publicidad
encubierta", y la única razón de ello es que hay un anunciante detrás,
aunque algunas veces pueda no haberlo.
Hay quien prefiere utilizar el concepto de ruido para referirse a este
bombardeo publicitario -cifrado en torno a los 300.000 mensajes percibidos por
persona y año-, el cual impide a los anunciantes alcanzar los niveles de
visibilidad pública que quisieran.
La audiencia de un soporte o medio -en un lugar y tiempo concretos- equivale al
total de personas que perciben los estímulos difundidos por ese medio o
soporte. Los mensajes publicitarios difundidos mediáticamente tienen una
audiencia, que se corresponde, en el mejor de los casos, con la del soporte
donde se insertan. En este sentido, y para rentabilizar al máximo la inversión
en medios, los mensajes habrán de estar orientados hacia esa audiencia
concreta, considerando sus gustos y necesidades; claro que ni los perfiles de
audiencia que declaran los diferentes soportes se concretan lo suficiente como
para convertir la comunicación de masas en otra más personal o íntima -y, en
consecuencia, persuasiva-, ni los soportes tienen una audiencia homogénea en
cuanto a preferencias y hábitos de consumo en general.
En cualquier caso, puesto que no existen soportes con una audiencia idónea,
hay que determinar los más adecuados para la difusión de cada pieza
publicitaria, por lo que habrá que predefinir un público objetivo o target al
que tratar de alcanzar: los consumidores potenciales del producto o marca objeto
de publicidad, y preferentemente -por limitaciones presupuestarias- aquellos
cuya intensidad de consumo sea mayor. Pero ¿quiénes son los consumidores
potenciales, o a través de qué soportes son accesibles publicitariamente?
Marçal Moliné asegura que "no faltan estudios sobre los consumidores que
pueden convertirse en target", y define target como "comprador final,
fuente de negocio, o el que va a pagar". ¿Significa esto que es posible
que una investigación prediga quiénes consumirán un producto y quiénes no?
Moliné habla de "posibilidad", de quienes pueden convertirse en
compradores. Desde luego, quienes tienen capacidad adquisitiva suficiente tienen
la potencialidad de ser compradores; por tanto, si tales estudios se limitan a
descubrir a estas personas, serán poco o nada útiles, porque el target para la
mayoría de los productos sería la población entera.
Cabe suponer, pues, que esos estudios localizan a quienes pagarán por los
productos que tengan una publicidad de cierta calidad; de lo contrario, o sobraría
esa publicidad porque el nivel de demanda de los productos sería el mismo aun
sin éstos anunciarse, o sobrarían esos estudios dada su incapacidad de
solucionar problemas de determinación de target. Pero ¿acaso es posible
predecir quién consumirá cada producto, cada nuevo producto?
No existen diferencias objetivables entre los compradores/consumidores de
televisores Panasonic, Grundig, Philips y Thomson; seguramente la mayoría de
los que tiene dos o más aparatos receptores en casa, tiene también marcas
diferentes. Es bien difícil que haya (o se puedan llevar a cabo) estudios científicamente
válidos, y cuyos resultados faciliten la tarea del profesional publicitario,
que determinen quiénes pueden convertirse en consumidores de cualesquiera
productos y marcas, y quiénes no.
Sobre este respecto -explica León-, "debe destacarse que la investigación
publicitaria actual, en cualquiera de sus vertientes, apenas tiene en cuenta
unos criterios mínimos de validez y fiabilidad para certificar sus
conclusiones. Contrastan los grandes presupuestos dedicados a la investigación
con la falta de inquietudes científicas, al menos en lo que a investigación
publicitaria comercial se refiere".
Para el caso (hipotético) del Fiat Brava, Moliné desaconseja un target tipo
"mujeres entre 25 y 40 años, de clases sociales media y media-alta, y de hábitat
urbano": lo considera "demasiado vago". ¿Demasiado vago excluir
a los hombres como potenciales compradores del Fiat Brava? Sin duda, caso de
establecer la comunicación publicitaria exclusivamente con ese target, se
perderían copiosos ingresos. ¿Y aún prefiere Moliné precisar más el target?
Un ejemplo real. Antaño, los cigarrillos Marlboro pasaron por las más diversas
mezclas de tabaco y presentaciones tratando de no extinguirse del mercado, pero
sin éxito comercial. En la actualidad se expenden en más de veinte modalidades
de presentación en todo el mundo para adaptarse a las preferencias locales,
pero los cigarrillos que hoy conocemos se (re)concibieron en 1954 para los recién
iniciados en el consumo de tabaco, para un público masculino joven que adolecía
de falta de autoconfianza y buscaba su identidad en el mundo. ¿Cabe suponer que
la planificación de medios persiguiera ese target o uno similar?
Si el éxito de Marlboro se debió fundamentalmente a su comunicación pública
(colores, diseño del paquete, publicidad...) y no tanto al producto en sí, lo
cierto es que insistiendo en su estilo de comunicación -supuestamente dirigida
y planificada mediáticamente para un grupo extremadamente reducido de
consumidores-, llegó a ser número uno en el mundo; y, lógicamente, no porque
fueran exclusivamente adolescentes quienes fumaran Marlboro.
Si para la creación y planificación publicitarias se consideró un target,
esto no incidió en los resultados comerciales: no los limitó. Todos, pequeños
y grandes, hombres y mujeres, con identidad en el mundo o sin ella, fumaron
Marlboro. ¿Hubiese preferido la gerencia de Philip Morris haber establecido el
contacto publicitario sólo con ese target tan ilógico y poco próspero que
planteó?
Precisar demasiado un target, dos o más, implica iniciar una búsqueda de
soportes con audiencias lo más parecidas al target propuesto, y se corre el
riesgo de, por esa concreción desmedida, desatender buena parte de consumidores
potenciales, lo cual puede traducirse en una rentabilidad menor para la inversión,
pues los soportes con mayor audiencia (y, casi necesariamente, menor
homogeneidad de ésta) tienen un coste por impacto publicitario más bajo. Hay
que ser realistas en cuanto al mercado actual y potencial que tiene un producto.
Billorou advierte, además, que el target no debe ser sólo el comprador final,
sino también aquellas personas que deciden la compra o la influencian de alguna
forma (audiencia subobjetivo); son los casos de compra de inmuebles, vehículos,
mobiliario para el hogar, electrodomésticos de uso familiar (TV, vídeo, equipo
de música, parabólica...), vacaciones organizadas, ordenadores personales, etcétera.
Sobre este aspecto, merecen especial mención los "líderes de opinión",
que son aquellas personas percibidas por el grupo como conocerdoras o expertas
en temas particulares y ejercen sobre éste gran influencia, pues se presentan
como una fuente de información apropiada.
Siempre habrá quienes, por falta de recursos económicos, por sus características
personales (sexo, edad, minusvalías...) o por otros motivos e impedimentos, no
podrán comprar o consumir un producto o cierto tipo de productos. Aún así,
persuadirlos de que el consumo de tal marca o producto concretos conviene frente
al resto de la oferta, obrará en favor de la empresa anunciante si estos
individuos llegan a comunicarse con otros que sí están en disposición de
comprar o consumir esos productos y marcas.
La manifestación de deseo hacia un producto por parte de quienes no tienen
capacidad adquisitiva suficiente, hace aumentar el valor social del producto en
cuestión gracias a ese aprecio que le tienen quienes no pueden comprarlo. Al
igual que ocurre en la Bolsa, el deseo generalizado hacia algo hace que aumente
su cotización.
Del conjunto total de consumidores potenciales de un producto o marca,
evidentemente, hay unas características en sus integrantes que superan
porcentualmente a otras (edad, nivel de ingresos, sexo, estatus, hábitat,
rasgos de personalidad, hábitos, estilos de vida, etcétera). Y dichas características,
según qué casos, consiguen agrupar a estos individuos de manera ventajosa para
el profesional publicitario, facilitando su acceso y guiando el estilo y la
forma de comunicación.
El target publicitario teóricamente más aconsejable, suponiendo un presupuesto
limitado o la imposibilidad de alcanzar a todos los consumidores potenciales,
vendría dado por el grupo más numeroso de ese conjunto total de potenciales
consumidores cuyos costes de acceso y persuasión consiguieran el máximo de
beneficios para una inversión viable, un grupo que habría de ser afín
respecto al consumo del producto anunciado. Asimismo, tendrían que considerarse
también los objetivos empresariales del anunciante.
Pero como no es factible establecer ese target perfecto, en la práctica hay que
trabajar principalmente con intuición y sentidos común y crítico -y cuantos
datos estadísticos y empíricos haya-, ponderando cada una de las variables
relevantes para la determinación del perfil del target y controlables para el
acceso a éste. Esto es así porque se conocen las necesidades del anunciante y
el presupuesto máximo que está dispuesto a invertir en publicidad, así como
el coste de alcanzar a ciertos grupos de la población; pero, aunque se intuye,
se ignora el coste de persuadir a los diferentes receptores de la comunicación
publicitaria y, lo que es peor aún, se desconoce quiénes conforman exactamente
el universo de potenciales consumidores.
Existen programas informáticos de optimización de la inversión
publicitaria con los que esta tarea se simplifica enormemente: basta con asignar
pesos a las diferentes variables que definen el target y establecer el
presupuesto máximo invertible en medios. El ordenador determinará, consultando
su base de datos, cuáles son los soportes óptimos para cada caso concreto,
considerando las duplicaciones entre soportes, el rendimiento marginal de cada añadido
en la inversión hasta superar el presupuesto disponible, la cobertura
alcanzada, los costes por mil impactos y por mil individuos, la frecuencia
media, la cobertura ponderada, los GRP's y la eficacia del plan.
El problema fundamental en la determinación del target es conocer las
variables controlables que mejor explican la conducta de compra, las cuales, por
supuesto, dependerán del tipo de producto de que se trate. Por lo general, las
variables con que los medios describen sus audiencias son de tipo demográfico y
socioeconómico: sexo, edad, hábitat y/o región, rol familiar, estado civil y
clase social. Por lo tanto, será conveniente que las variables que caractericen
al target coincidan con las que utilizan los medios y soportes en la elaboración
y posterior presentación de los perfiles de sus audiencias. De cualquier forma,
cualesquiera otros datos referidos al mercado potencial de un producto (estilos
de vida, hábitos, actitudes...) servirán para determinar otras oportunidades y
posibles acciones paralelas de comunicación, así como para crear mensajes
mejor adaptados a su público. La investigación -caso de llevarse a cabo o
existir ya y aún vigente- o la intuición serán las que determinen el target
publicitario preferente: aquella porción de la población donde se agrupan las
mayores posibilidades de negocio.
6. Nadie compra marcas
Probablemente no sea necesario hacer aquí cita alguna: hay demasiados
autores y profesionales que defienden el valor de las marcas por encima -o a
expensas incluso- de los propios productos. Las marcas, es innegable, tienen un
valor importantísimo para el consumidor, pero éstas no sustituyen a los
productos. Las marcas en sí no pueden ser objeto de transferencia comercial.
Lo que se comercializa son, por un lado y generalmente, productos y servicios
-con y sin marca-, y por otro, derechos sobre una denominación comercial (marca
registrada) y empresas, negocios. Las marcas acompañan a los productos y los
dotan o no de atractivo según la valoración que el consumidor haga de la marca
en cuestión, pero nunca las marcas suplen íntegramente a los productos en una
operación de compraventa. Esto es imposible. Las marcas, como señales que son,
necesitan de un soporte con entidad física para existir: una señal no puede
serlo sin que una materialidad la exprese. En el sector servicios, la marca
acompaña igualmente a la prestación contratada, pero no ya en forma de objeto
mismo, sino como identificación de la procedencia del servicio prestado. En
cualquier caso, aquí tampoco es posible comprar únicamente una marca, porque
el intercambio quedaría incompleto al no recibir nada a cambio.
Todas las marcas, también las mejores del mundo, en definitiva son
productos, productos que identifican su procedencia o a su fabricante. En 1985
Coca-Cola endulzó el sabor de su refresco; alteró el producto sin variar la
marca, y se encontró con el rechazo frontal de los consumidores: la compañía
recibió cientos de miles de cartas y llamadas telefónicas exigiendo volver a
la vieja fórmula. Tres meses después se recuperó el sabor tradicional de
Coca-Cola bajo la denominación de Coca-Cola Classic. Se estima que la compañía
perdió aproximadamente cuatro millones de dólares en aquella operación de
marketing.
Si la marca es importante, el producto quizá lo sea aún más. BMW, Sony,
Levi's, IBM y Kodak son grandes marcas, sí. Pero productos de hace dos décadas
de estas marcas serían detestables para el consumidor de hoy. Entre las marcas
y los consumidores no hay una relación puramente afectiva a través de la cual
éstos se expresan como personas. Conducir un Mercedes, más que un orgullo y
una exhibición de clase, puede suponer un bochorno espantoso según el modelo
de que se trate y el estado de éste. Lo mismo pasaría con un traje Yves Saint
Laurent deteriorado hasta lo haraposo. Ambos productos tienen la misma marca que
los que se pueden ver actualmente en las tiendas más exclusivas, pero ni mucho
menos su valor es comparable.
Es el momento, pues, de revisar aquellos textos -no pocos- sobre los efectos
de la publicidad en los que se asegura que los consumidores se identifican con
las marcas y viven un sinfín de experiencias harto satisfactorias gracias a
ellas. De esto ser así, Coca-Cola -puesto que la marca había permanecido
intacta- no tendría por qué haber fracasado en su intento por acercarse al
gusto dulzón de Pepsi (con mejores resultados en tests ciegos de sabor) ni el
resto de grandes marcas tendría que adoptar en sus productos los avances tecnológicos
y las nuevas tendencias en moda y diseño. La relación de las personas con las
marcas no es tan espiritual y sublime como defienden algunos autores, sino que
es mucho más sana, lógica y normal. Esta relación debe entenderse desde el
punto de vista de marcas ligadas necesariamente a productos, pues la realidad se
presenta de esta manera. Así pues, dependiendo en cada caso de las demás
características del producto de que se trate, la marca de éstos orientará, no
sólo al consumidor sino a las personas en general, sobre su presunta calidad y
su precio originales.
Pretender llegar más lejos de aquí en la significación de las marcas
probablemente conllevaría caer en muchos de los inconvenientes y errores que
supone generalizar, universalizar al tratar un tema.
Trabajo enviado por:
Esfingenegra