Monografias | Relato inédito del Che: La PiedraRelato inédito del Che: La PiedraResumen: Este es un impactante relato testimonial escrito por el Che en el Congo. Ocupa en su versión original, de la que fue tomado, diez caras de su libreta de apuntes, y está escrito allí directamente, con pocas correcciones en sus páginas. Este es un impactante relato testimonial escrito
por el Che en el Congo. Ocupa en su versión original, de la que fue tomado,
diez caras de su libreta de apuntes, y está escrito allí directamente, con
pocas correcciones en sus páginas. El tema del relato -el anuncio de la posible
muerte de Celia, su madre- ubica su escritura en algún momento posterior al 22
de mayo de 1965. Osmany Cienfuegos llevó al Che ese día "la noticia más
triste de la guerra: en conversación telefónica desde buenos Aires informaban
que mi madre estaba muy enferma, con un tono que hacía presumir que ese era
simplemente un anuncio preparatorio. (...) Tuve que pasar un mes en esa triste
incertidumbre, esperando resultados de algo que adivinaba pero con la esperanza
de que hubiera un error en la noticia, hasta que llegó la confirmación del
deceso de mi madre". En medio de "esa triste incertidumbre"
Che construye este relato de fuerte tono introspectivo, en el que conviven las
reflexiones filosóficas, la ironía, el dolor y la ternura. Es probablemente el
relato más crudo, intenso y conmovedor que haya escrito. Publicado por primera
vez en una recopilación del Che como testimoniante bajo el título La Memoria,
en 1998, el Centro de Estudios Che Guevara autoriza su reproducción para los
lectores de Granma, en ocasión del aniversario 75 del Guerrillero Heroico. Me lo dijo como se deben decir estas cosas a un
hombre fuerte, a un responsable, y lo agradecí. No me mintió preocupación o
dolor y traté de no mostrar ni lo uno ni lo otro. ¡Fue tan simple! Además había
que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me pregunté si se
podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es impersonal; no es
que se le niegue el derecho a sentir, simplemente, no debe mostrar que siente lo
de él; lo de sus soldados, tal vez. -Fue un amigo de la familia, le
telefonearon avisándole que estaba muy grave, pero yo salí ese día. -Grave,
¿de muerte? -Sí. -No dejes de avisarme cualquier cosa. En cuanto lo sepa, pero no hay esperanzas. Creo.
Ya se había ido el mensajero de la muerte y no tenía confirmación. Esperar
era todo lo que cabía. Con la noticia oficial decidiría si tenía derecho o no
a mostrar mi tristeza. Me inclinaba a creer que no. El sol mañanero golpeaba
fuerte después de la lluvia. No había nada extraño en ello; todos los días
llovía y después salía el sol y apretaba y expulsaba la humedad. Por la
tarde, el arroyo sería otra vez cristalino, aunque ese día no había caído
mucha agua en las montañas; estaba casi normal. -Decían que el 20 de mayo
dejaba de llover y hasta octubre no caía una gota de agua. -Decían... pero dicen tantas cosas que no
son ciertas. -¿La naturaleza se guiará por el calendario? No
me importaba si la naturaleza se guiaba o no por el calendario. En general, podía
decir que no me importaba nada de nada, ni esa inactividad forzada, ni esta
guerra idiota, sin objetivos. Bueno, sin objetivo no; solo que estaba tan vago,
tan diluido, que parecía inalcanzable, como un infierno surrealista donde el
eterno castigo fuera el tedio. Y, además, me importaba. Claro que me importaba.
Hay que encontrar la manera de romper esto, pensé. Y era fácil pensarlo; uno
podía hacer mil planes, a cual más tentador, luego seleccionar los mejores,
fundir dos o tres en uno, simplificarlo, verterlo al papel y entregarlo. Allí acababa todo y había que empezar de nuevo.
Una burocracia más inteligente que lo normal; en vez de archivar, lo desaparecían.
Mis hombres decían que se lo fumaban, todo pedazo de papel puede fumarse, si
hay algo dentro. Era una ventaja, lo que no me gustara podía cambiarlo en el próximo
plan. Nadie lo notaría. Parecía que eso seguiría hasta el infinito. Tenía
deseos de fumar y saqué la pipa. Estaba, como siempre, en mi bolsillo. Yo no
perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy importante para mí
tenerla. En los caminos del humo se puede remontar cualquier distancia, diría
que se pueden creer los propios planes y soñar con la victoria sin que parezca
un sueño; solo una realidad vaporosa por la distancia y las brumas que hay
siempre en los caminos del humo. Muy buena compañera es la pipa; ¿cómo perder
una cosa tan necesaria? Qué brutos. No eran tan brutos; tenían actividad y
cansancio de actividad. No hace falta pensar entonces y ¿para qué sirve una
pipa sin pensar? Pero se puede soñar. Sí, se puede soñar, pero la pipa es
importante cuando se sueña a lo lejos; hacia un futuro cuyo único camino es el
humo o un pasado tan lejano que hay necesidad de usar el mismo sendero. Pero los anhelos cercanos se sienten con otra
parte del cuerpo, tienen pies vigorosos y vista joven; no necesitan el auxilio
del humo. Ellos la perdían porque no les era imprescindible, no se pierden las
cosas imprescindibles. ¿Tendría algo más de ese tipo? El pañuelo de gasa.
Eso era distinto; me lo dio ella por si me herían en un brazo, sería un
cabestrillo amoroso. La dificultad estaba en usarlo si me partían el carapacho.
En realidad había una solución fácil, que me lo pusiera en la cabeza para
aguantarme la quijada y me iría con él a la tumba. Leal hasta en la muerte. Si
quedaba tendido en un monte o me recogían los otros no habría pañuelito de
gasa; me descompondría entre las hierbas o me exhibirían y tal vez saldría en
el Life con una mirada agónica y desesperada fija en el instante del supremo
miedo. Porque se tiene miedo, a qué negarlo. Por el humo, anduve mis viejos caminos y llegué
a los rincones íntimos de mis miedos, siempre ligados a la muerte como esa nada
turbadora e inexplicable, por más que nosotros, marxistas-leninistas explicamos
muy bien la muerte como la nada. Y, ¿qué es esa nada? Nada. Explicación más
sencilla y convincente imposible. La nada es nada; cierra tu cerebro, ponle un
manto negro, si quieres, con un cielo de estrellas distante, y esa es la
nada-nada; equivalente: infinito. Uno sobrevive en la especie, en la historia,
que es una forma mistificada de vida en la especie; en esos actos, en aquellos
recuerdos. ¿Nunca has sentido un escalofrío en el espinazo leyendo las cargas
al machete de Maceo?: eso es la vida después de la nada. Los hijos; también. No quisiera sobrevivirme en
mis hijos: ni me conocen; soy un cuerpo extraño que perturba a veces su
tranquilidad, que se interpone entre ellos y la madre. Me imaginé a mi hijo
grande y ella canosa, diciéndole, en tono de reproche: tu padre no hubiera
hecho tal cosa, o tal otra. Sentí dentro de mí, hijo de mi padre yo, una
rebeldía tremenda. Yo hijo no sabría si era verdad o no que yo padre no
hubiera hecho tal o cual cosa mala, pero me sentiría vejado, traicionado por
ese recuerdo de yo padre que me refregaran a cada instante por la cara. Mi hijo
debía ser un hombre; nada más, mejor o peor, pero un hombre. Le agradecía a
mi padre su cariño dulce y volandero sin ejemplos. ¿Y mi madre? La pobre
vieja. Oficialmente no tenía derecho todavía, debía esperar la confirmación.
Así andaba, por mis rutas del humo cuando me interrumpió, gozoso de ser útil,
un soldado. -¿No se le perdió nada? -Nada -dije,
asociándola a la otra de mi ensueño. -Piense bien. Palpé mis bolsillos; todo
en orden. -Nada. -¿Y esta piedrecita? Yo se la vi en el
llavero. -Ah, carajo. Entonces me golpeó el reproche con
fuerza salvaje. No se pierde nada necesario, vitalmente necesario. Y, ¿se vive
si no se es necesario? Vegetativamente sí, un ser moral no, creo que no, al
menos. Hasta sentí el chapuzón en el recuerdo y me vi palpando los bolsillos
con rigurosa meticulosidad, mientras el arroyo, pardo de tierra montañera, me
ocultaba su secreto. La pipa, primero la pipa; allí estaba. Los papeles o el pañuelo
hubieran flotado. El vaporizador, presente; las plumas aquí; las libretas en su
forro de nylon, sí; la fosforera, presente también, todo en orden. Se disolvió el chapuzón. Solo dos recuerdos
pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi mujer y el llavero con
la piedra, de mi madre, muy barato este, ordinario; la piedra se despegó y la
guardé en el bolsillo. ¿Era clemente o vengativo, o solo impersonal como un
jefe, el arroyo? ¿No se llora porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay
derecho a olvidar, aún en la guerra? ¿Es necesario disfrazar de macho al
hielo? Qué se yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de
que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga:
"mi viejo", con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano
desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la
ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la
hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que
acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan
bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo
comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese "mi viejo"... -¿Está
fuerte? A mí también me hace efecto; ayer casi me caigo cuando me iba a
levantar. Es que no lo dejan secar bien parece. -Es una mierda, estoy esperando
el pedido a ver si traen picadura como la gente. Uno tiene derecho a fumarse
aunque sea una pipa, tranquilo y sabroso ¿no?... Publicación enviada por Gramma - AMASU Contactar http://www.rebelion.org Código ISPN de la Publicación EpyykuEFkyxbVOJApZ Publicado Wednesday 15 de October de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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