Monografias | Perfil de un Guerrillero: Ernesto "Che" Guevara - Perfil de un Guerrillero: Ernesto "Che" GuevaraPerfil de un Guerrillero: Ernesto "Che" Guevara - Perfil de un Guerrillero: Ernesto "Che" GuevaraResumen: Entre Mito y Realidad. La Primera Enfermedad y su Relación con la Angustia. El Contexto Familiar. La Vida Íntima. Personalidad. Profesión. Ideología y Compromiso Político. El Hombre de la Paz. La memoria de Ernesto
"Che" Guevara goza de un gran prestigio entre los jóvenes de todo el
mundo. Una interpretación sería de que se trata de una idealización por el
cual se proyecta en su figura el Ideal del Yo de un vasto colectivo. Expresa, así,
las aspiraciones íntimas de los jóvenes en tren de perder su pureza ética al
ingresar en la adultez alternando en una sociedad que no se caracteriza ni por
su virtud ni por su altruismo. Pero, si éstas no existen en la realidad - o
existen de manera insuficiente - es porque los mecanismos de adaptación del
hombre a sus circunstancias no las reconocen como útiles o necesarias para
asegurar su supervivencia. La sociedad se ha encargado de exaltar estas
cualidades sin tener la menor intención de mantenerlas vigentes en la práctica.
El resultado es que, puestos en la realidad, los jóvenes se ven encerrados por
un mensaje de doble vínculo: o se es honorable o se sobrevive. Pese a esto,
quienes se embarcan en la vida, se interrogan sobre su sentido. Si no obtienen
una respuesta satisfactoria se hunden en una modalidad de vida depresiva
caracterizada por una fijación consumista frívola, por la acedía o por la
auto destructividad. O bien se embarcan en modalidades de vida que pueden
determinar el mismo resultado: el de la ilusión de la droga o la de la fantasía
mesiánica. Nuestro propósito al intentar construir un perfil de Ernesto
Guevara es entender su personalidad. No compartimos la Weltanschaung del Che ni
envidiamos su fama ni su destino. Fue un hombre valioso que pudo ser más
valioso aún en un contexto más constructivo que la del eterno "soldado de
América" si él mismo le hubiese concedido otro sentido a su vida. Nos
basamos fundamentalmente en la biografía de Che Guevara en la versión de Paco
Ignacio Tapia II, con seguridad la más objetiva y documentada de las que se han
escrito hasta ahora, que incluye la opinión y las percepciones de un sinnúmero
de personas que lo conocieron personalmente, que viajaron, combatieron y
convivieron con él, emerge un perfil del hombre. Todas los testimonios exaltan
la estima en la que se lo tuvo y se lo tiene al Che, de manera que el perfil no
es el producto de un chismorreo injurioso sino de la objetivación, de la
actualización de lo no dicho, de las implicancias de lo dicho, de lo latente.
En una palabra, una suerte de negativo, que emerge de los relatos y las
vivencias de quienes lo conocieron. Hay dos fotografías que encarnan el mito del Che. Una, es la del joven
gallardo de boina negra, mirada puesta en el horizonte y porte viril que lo
presenta como el "Cristo guerrillero". El otro, el macabro retrato del
"Cristo fusilado". Sin duda, estos dos retratos han contribuido a
difundir una imagen que sirve de soporte para el mito: la del justo y la del
justo ajusticiado. El primero porque lo justo ha sido la aspiración de todos
los hombres del mundo en todas las sociedades y es lo que ha servido de
propulsor de la civilización en el proceso de actualizarse en la historia. De
esta manera la imagen del Cristo guerrillero es también una proyección. El
segundo porque es la imagen del precio que paga el justo cuando cuestiona el
poder, Cualquier insatisfecho puede proyectarse en la primera imagen y,
fracasando en obtener un mayor reconocimiento, identificarse con la segunda.
Pero, lo que nos importa saber es si el mito del Che soporta la luz de la
realidad porque sabemos que una cosa es el deseo y otra cosa es la relación recíproca
entre deseo y realidad. Ésta conduce a intentar lo posible, aquél se pierde en
devaneos fantasiosos o se actualiza en opciones, anómicas o no, que no producen
nada en el mejor de los casos o escriben tragedias en el peor. Hay una tercera
foto tomada después de su captura y horas antes de su asesinato. La cara
emaciada, los ojos hundidos bajo una pelambre desgreñada, los hombros vencidos,
el semblante rígido, la mirada inescrutable. La expresión de quien ha llegado
al fin de su camino. La conducta del Che puede ser entendida como la de un
hombre de profundas convicciones ideológicas por las cuales luchó con arrojo y
abnegación y, consecuente con las mismas, perdió la vida en el intento de
materializarlas. Esta es la versión romántica del idealista dispuesto a todo
que atrapa la imaginación de todos. Es, además, la versión del Cristo del
siglo XX que ha convertido a Nancahuasi en el Gólgota y a Vallegrande en una
versión aggiornada del Santo Sepulcro, al cual concurren anualmente un
pequeño caudal de peregrinos fieles a su memoria. Es, además, la versión que
el Che hubiese rechazado airadamente. Porque, pese a su tardía profesión de fe
marxista, el Che nunca se movió dentro del austero esquema racionalista del
materialismo dialéctico. Por el contrario, era un romántico y un idealista.
Pero su humildad, cuidadosamente disimulada - hasta en eso era pudoroso - no
hubiese tolerado la glorificación de que es objeto. La Primera Enfermedad y su Relación con la Angustia. Los inicios de la vida del Che propiciaron su futuro. Aún lactante padeció
una grave neumonía, en una época en que los antibióticos no existían y la
muerte por esta causa era frecuente. La angustia en el entorno fue grande y es
un indicio de esto que la abuela materna y su tía Beatriz viajaron de Buenos
Aires a la provincia de Santa Fe para participar en su cuidado. Las horas
interminablemente críticas de la enfermedad debió mantener a su familia en
vilo. La obstrucción de los pulmones por las secreciones, característica de la
neumonía, y la insuficiente oxigenación que resulta de esto, serían
suficientes para ocasionar una anoxia y a la concomitante sensación de ahogo
como la representación psíquica del peligro para la supervivencia. Desde un
punto de vista psicológico, es posible conjeturar que de esta manera el aparto
respiratorio del niño se estableció en órgano de expresión. En consecuencia,
no sorprende el mal asmático que se instaló algunos meses más tarde en tanto
éste puede ser considerado la somatización de una angustia que de otro modo
hubiese sido paralizante. En los inicios de nuestra actividad profesional hemos
tenido la oportunidad de tratar algunos casos severos de asma. Nos llamó la
atención la ausencia ostensible de angustia en estos pacientes que parecían
debatirse entre la vida y la muerte con una tranquilidad que no se correspondía
con la situación temible del ahogo. No se trataba, solamente, de que la
experiencia les había enseñado el carácter transitorio de los accesos. Hay
pacientes que mueren en medio de un ataque de asma, sin embargo, aún así
preservan una extraña calma. Postulamos que en la medida en que el asma no
es la angustia, expresa la angustia. En tanto y en cuanto la angustia
es un miedo irracional que no reconoce una causa el sujeto afectado se encuentra
en la situación de no poder luchar contra él. Pero, si puede trasladar su
miedo a una situación específica, puede debatirse contra un enemigo tolerable.
Cuando el Quijote lidia con los molinos ahuyenta los fantasmas de su delirio.
Ocurriendo esto la angustia pierde su carácter inmovilizante. De esta manera el
asma puede entenderse como un mecanismo que, pese a las limitaciones que impone,
hace posible la vida del sujeto afectado. Es, por así decir, una concesión a
la angustia que le permite al sujeto ejercer las transacciones necesarias para
mantener una existencia viable. En el caso del Che es posible verificar el carácter
psicogénico de su mal asmático con la siguiente anécdota. En una ocasión la
columna del Che fue sorprendida por una fuerza militar muy superior y los
guerrilleros debieron huir escalando la ladera de una sierra. El Che estaba
atacado del peor acceso de asma de su vida al punto que un compañero lo tuvo
que cargar sobre sus hombros para evitar su captura. Los guerrilleros fueron
avistados por las fuerzas de Batista quienes comenzaron un fuerte ataque con
morteros y ametralladoras. Fue en este momento que el Che comenzó a correr,
adelantándose, inclusive, a sus compañeros, hasta superar la cima y ponerse a
cubierto. Fue interesante la manifestación del mismo Che: ‘No hay mejor
tratamiento para un ataque de asma que el fuego del enemigo’. ¿Qué sucedió?
La angustia apremiante - de otro origen - fue superada por el miedo muy real
inducido por el peligro de una muerte inminente. Estas localizaciones de órgano
de expresión no sorprenden. Son observaciones comunes en la práctica
profesional. Un paciente padecía un nivel constante de ansiedad matizado con
infrecuentes ataques de angustia. En su historia se verificó que la madre
inexperta no percibió que el incesante llanto de su hijo en los primeros días
de su vida se debían al hambre. Relató que, aún a una muy temprana edad,
llorando por severos cólicos intestinales, observó que su padre y su madre lo
miraban desde el pie de la cama con una expresión preocupada abrazándose entre
sí. Esta actitud distante de los padres se mantuvo hasta la adultez del
paciente. No fue difícil establecer el nexo entre el hambre, el sentimiento de
desamparo, la inseguridad y la angustia crónica. Ni desentrañar el significado
de los trastornos gastrointestinales concomitantes de su ansiedad crónica. Una
parte de la carga de ansiedad disminuía al desplazarse al aparato digestivo
convertido en órgano de expresión por la experiencia del hambre y la distancia
de sus padres en un momento de violento dolor. Otro paciente padeció una
membrana hialina al nacer por lo que debió permanecer varias semanas en una
incubadora. Sobrevivió pero con un costo: una secuela motora que, si bien no
causó invalidez, le impidió participar en deportes y tener una infancia como
la de sus compañeros de colegio. Compensaba su impedimento con una avidez por
la lectura que, por otra parte, alentó su pasividad. A esto se agregó la
sobreprotección de la madre que perpetuó la situación de la incubadora y la
actitud descalificadora del padre que sustentó su sentimiento de inferioridad y
de inseguridad actualizado por sus dificultades motoras. La angustia en este
hombre no requirió un órgano de expresión. Simplemente la desplazaba hacia
diversas manifestaciones hipocondríacas que justificaban el impedimento para
"salir de la incubadora". Los últimos párrafos ilustran distintas
modalidades de metabolización de la angustia con o sin el añadido de un órgano
de expresión. El mal asmático del Che no se exime de una interpretación
similar. El Che padeció una enfermedad que lo puso en peligro de muerte cuando
aún era un lactante. Cabe suponer que hubo algún factor adicional por el cual
el infante tuvo la vivencia del desamparo. En aquel tiempo, las fiebres altas se
trataban con reposo obligado y los trabajos de Spitz sobre las consecuencias de
mantener a un lactante demasiado tiempo alejado del contacto físico humano eran
de reciente factura y no se habían difundido aún. Es probable que esta
distancia haya determinado que, sin llegar al autismo, se haya establecido una
inseguridad esencial en la personalidad del Che. La Medicina no tiene datos
científicos válidos para pronunciarse con certeza respecto de la etiología
del asma. Se pensaba, sin mucho fundamento, en un factor alérgico. Por otra
parte, la enfermedad es de un polimorfismo notorio. Muchos niños curan espontáneamente
mientras otros avanzan hacia una enfermedad que puede, o no, desaparecer en
diversos momentos de la adultez o evolucionar hacia una muerte prematura por las
complicaciones que se producen o por un acceso violento del mal. En consecuencia
siendo el pronóstico variable y la etiología desconocida tampoco hay criterios
reglados para el tratamiento de la enfermedad más allá de la medicación
sintomática de los accesos agudos. La percepción de la falta de un tratamiento
debió incrementar la inseguridad del joven Ernesto potencializando la tendencia
a la cronicidad de la angustia al verse a la merced de fuerzas incontrolables.
Es notable que el mal asmático del Che nunca le impidió ninguna actividad.
Practicó un deporte como el rugby, que demanda un gran compromiso físico, viajó
miles de kilómetros en bicicleta y ejerció su misión de guerrillero en las
peores condiciones climáticas y geográficas imaginables. Sin embargo, salió
airoso aún de las situaciones más críticas en que se vio envuelto. La enfermedad inicial reunió a varias mujeres alrededor del Che que, en el
transcurso de su vida, serían significativas. Tanto su abuela como su tía
Beatriz fueron figuras con las cuales trabó una relación intensa. Llama la
atención que su correspondencia se dirige con la misma frecuencia - si no mayor
- a su tía Beatriz que a su madre. También es cierto que las mujeres de la
familia sintieron algo especial por él. No tuvieron una relación similar con
ninguno de los hermanos del Che. Es frecuente que en una familia de corte
tradicional el primer hijo varón tenga una significación particular y la
preocupación que mostraron todas por la enfermedad del Che parece indicar que
esto fue lo que sucedió. Por cierto, la biografía de Tapia no revela una
imagen más imparcial de los miembros de la familia con respecto a Ernesto en
relación a sus hermanos. Éstos ocuparon un segundo plano y el predilecto fue,
sin duda, el Che. No sería de sorprender cierta postura olímpica que lo tenía
a sí mismo como centro y, a la vez, cierta incertidumbre respecto de la
legitimidad de esa disposición. El Che fue el vástago de una familia argentina
de cierta ‘alcurnia’ pero de escasos recursos. La familia ‘bien’ venida
a menos. Un entorno que podía marcar en el niño un cierto sentido de
superioridad social que no se manifestaría exteriormente más que a través de
una actitud de ‘nobleza obliga’, y de una susceptibilidad especial en
cuestiones de dinero, característica frecuente en este sector social de la
Argentina. Es ilustrativo que el Che comandante se molestó cuando le pidieron
un recibo por un dinero que le fue enviado. Entre guerrilleros, se indigna,
estas menudencias están demás. No se le ocurrió que quien le envió ese
dinero debía rendir cuentas ante otros. Pero lo que surge de esta
actitud del Che es su percepción de que los guerrilleros eran personas
distintas de los demás y, por lo tanto, representaban una casta, un linaje que
vivía – como los Caballeros de la Mesa Redonda – al margen de los usos y
costumbres del medio. No sería verosímil que el Che aceptara esta interpretación
ecuánimemente. Quiso ser y fue un hombre recto pero eso no le impedía tener
una imagen superior de sí mismo que, por otra parte, le imponía más
exigencias que privilegios. La infancia del Che transcurrió en diversas zonas
rurales de la Argentina y se caracterizó por la frecuencia de los traslados que
la familia debió soportar. Estos traslados estaban vinculados con proyectos
económicos del padre del Che que, al parecer, fueron en muchos casos bastante
carentes de realismo. De hecho ninguno prosperó. Además, un antecesor directo
de la madre - un Lynch - fue uno de los tantos aventureros atraídos a
California por la "fiebre del oro" en los años ochenta del siglo XIX.
Existían para el Che sobrados antecedentes de búsquedas de quimeras en su
propia familia. El padre no fue un hombre que impuso normas sino que, por el
contrario, permitía una considerable libertad de acción. Esto aseguró la
autonomía del Che. Es llamativo por ejemplo, que la familia no puso reparos al
viaje de 4.500 kilómetros en bicicleta que el Che asmático decidió realizar
solo por el interior de la Argentina. Permitirlo fue temerario y él mismo debió
haber entendido la imprudencia porque nunca más viajó solo en sus andanzas por
el continente. La libertad supone riesgos que los niños no siempre están en
condiciones de afrontar. Puestos en la necesidad de asumir riesgos, que para
ellos pueden ser excesivos, el miedo ante el hecho real y la angustia
subyacente, los hacen inseguros si bien superan la situación adoptando una
actitud que remeda un comportamiento de desafío contrafóbico. Eligen atacar
antes que huir cuando están aterrados. Otro factor fueron las frecuentes
mudanzas y el efecto que tuvieron en la vida del Che. Los niños que en su
infancia son trasladados de un lado al otro - hijos de diplomáticos, por
ejemplo - tienen que soportar la tensión de las rupturas de relaciones con su
entorno y la necesidad de enfrentar situaciones nuevas, establecer nuevos vínculos
sociales y arrostrar los avatares de la aceptación y rechazo inherentes a
ellas. En estas circunstancias se levantan barreras defensivas contra el dolor
ocasionado por las frecuentes separaciones. Esto genera una tendencia a ser un
solitario autosuficiente. El resultado es la conformación de una personalidad
diestra para establecer nuevas relaciones pero con la expectativa de que serán
de corto plazo. El desapego afectivo es la consecuencia. Otro factor importante,
que seguramente incidió en su vida, fue la inestabilidad del matrimonio de sus
padres. Estas situaciones crean en los hijos una imagen del matrimonio como un vínculo
endeble. Al mismo tiempo, una ruptura en la propia relación de pareja de una
persona criada en un entorno con estas características no tiene el aspecto
catastrófico que tiene para una persona criada en una familia donde los vínculos
son - o parecen ser - sólidos. Para éste el modelo es un mandato a emular. En
consecuencia, la ruptura de una relación de pareja es, además, una ruptura con
un modelo prescrito como norma ética. Para el Che entrar y salir de una relación
afectiva – sea amistosa o amorosa – no implicaba dificultades dolorosas y en
esto responde a las características mencionadas más arriba. El Che se relacionó con varias mujeres en su vida pero de distintas maneras.
Con una compañera de la Facultad mantuvo una larga relación que parece haber
sido más amistosa que erótica aunque Tapia piensa que entre ellos hubo algún
devaneo fugaz. Esto es posible. Es poco imaginable que dos personas jóvenes,
que frecuentemente se reunían en largas conversaciones no hubiesen rozado la
intimidad. Pero, para el Che, la intimidad tenía un carácter más intelectual
que carnal y, al parecer, se satisfacía fácilmente con el intercambio
epistolar. De hecho, el Che mantuvo con ella una larga relación de esta
naturaleza. No hay evidencias de que las relaciones con las dos mujeres que
fueron sus cónyuges fueran conflictivas. El Che no era un hombre de amores ni
de odios intensos ni duraderos. Sin embargo, el Che no parece haber podido - o
querido - permanecer al lado de ninguna mujer por mucho tiempo. La vida erótica
del Che no fue pródiga. La relación más apasionada fue con una mulata
campesina, adolescente aún, que dejó su familia y su hijo para acompañarlo.
Remeda en cierta medida, a la relación de Engels con una mujer obrera. Es
probable que hombres como el Che y como Engels, retoños de familias burguesas
erigidos en campeones de la clase obrera, sintieran cierta incomodidad de clase
en un entorno obrero donde no eran aceptados sino como señoritos bien
intencionados. Ciertamente la incomodidad del Che respecto de su relación con
los cubanos hubiese sido causa suficiente como para impelerlo a compensar este
malestar mediante un vínculo desclasado. Cuando hablamos de la relación del
Che con las mujeres de su familia vimos su carácter multipolar. Era el centro
de la atención de todas y, a la vez, equidistante de todas. ¿Recibía de ellas
flujos cualitativamente distintos de afecto y de seguridad? Si, como
consecuencia, se generó una imagen disociada de la mujer, ésta determinó que
nunca una sola mujer pudo abarcar la totalidad de sus necesidades afectivas. No
es de sorprender que un vínculo estable - tampoco, como vimos, la de sus padres
la fue - no haya sido su proyecto. No tuvo relaciones perdurables ni profundas
con las mujeres que lo acompañaron ni amistades sólidas con los hombres que lo
rodearon. El Che era un solitario que adoptaba vínculos que satisfacían
algunas necesidades afectivas y, por supuesto, físicas pero que eran
esencialmente descomprometidas. No obstante tuvo varios hijos y se preocupaba
por ellos. Cuando la guerra terminó su primer impulso fue trasladar a su hija
del Perú a Cuba. Sin embargo, cuando se sintió impelido a dejarlos para correr
los riesgos de la aventura angoleña y boliviana parece haberlo hecho sin pesar.
Sabía, por experiencia propia, que se puede prescindir de un padre. Y sabía
por experiencia propia que las mujeres pueden criar hijos con prescindencia del
padre. El Che nunca tuvo una relación consistente con su propio padre y, en
consecuencia, pudo sentir que, así como él pudo prescindir de su padre, sus
hijos podían prescindir de él. La configuración hidalga de su personalidad se hizo evidente en muchas
ocasiones. Muy especialmente en el trato que tuvo con los prisioneros del ejército
de Batista. No se le conoce un solo desmán y, por añadidura, era capaz de
enfurecerse con sus hombres si los cometían ellos. Es decir que, terminada la
lucha terminaba el encono. La gresca entre caballeros se continúa con un trato
de caballeros. Así se entiende la indignación del Che cuando fue capturado y
lo quisieron interrogar. ‘Al Comandante Guevara no se lo interroga’ espetó.
En aquellos días el rugby - el único deporte del Che - se jugaba con el mismo
criterio. Los entrenadores imponían reglas de juego que gobernaban las
relaciones entre los jugadores: "Se juega a la pelota y no al hombre"
era la consigna de los entrenadores y era común que el jugador tacleado ayudara
a su adversario a levantarse del suelo. El gesto significaba "no hay
rencor". Es decir que, en sus combates, el Che se manejó, más con
criterios de buen deportista que con el encarnizamiento sangriento que propuso
T. E. Lawrence como táctica y estrategia de la guerrilla. El concepto hidalgo
de "nobleza obliga" establece obligaciones que para otro son
inexistentes. Pero al precio de demandar sacrificios y renunciamientos tanto
como los determinados por las reglas de la caballería. Ser comandante imponía
deberes que no se compensaban con los privilegios del mando. Por el contrario,
asumir un privilegio suponía una falta. Así, en medio de un severo ataque de
asma el Che montó un burro para poder proseguir la marcha sin tanto esfuerzo.
Fue increpado por uno de los más jóvenes y recién llegados de los
combatientes y el Che desmontó y continuó su marcha a pie. Como comandante el
Che no tenía necesidad de asumir esta actitud pero la misma revela su disposición
melancólica más proclive al renunciamiento que a la autoafirmación egosintónica.
Una característica del estilo del Che que se asimila a lo anterior fue el carácter
desjerarquizado del mando que ejerció. El comandante, así como los jefes de
pelotón, tenían responsabilidades - escuchar y transmitir órdenes - pero, una
vez determinado el objetivo los combatientes se manejaban con las mismas pautas
de equipo que los jugadores en un partido de fútbol. No sorprende, dado el espíritu
de cuerpo que reinaba entre estos jóvenes y la unidad de criterio en cuanto a
los objetivos de su lucha, el éxito con que coronaban sus esfuerzos.
Ciertamente, los soldados a sueldo del ejército de Batista no eran
contendientes para muchachos así. Lo que importa subrayar es que, si bien existía
una cadena de mando, las órdenes no eran órdenes sino indicaciones dadas a la
manera de órdenes. Las indicaciones se cumplían, en la medida de lo posible,
porque se reconocía su necesidad y no por obediencia ciega. Se esperaba de los
guerrilleros que lucharan pero, si no querían seguir haciéndolo, estaban en
libertad para irse. Tampoco se esperaba que lucharan hasta la muerte por simple
obediencia sino hasta el límite de sus posibilidades. Los guerrilleros nunca
fueron carne de cañón de sus comandantes. Sin embargo esta no fue toda la
historia. El Che no se sentía totalmente identificado con sus compañeros
cubanos en su lucha y atribuye a un sentimiento de culpa - culpa de extranjero,
dijo - cierta timidez que mostraba ante ellos. Esta ausencia de ‘sentido de
derecho’ se ilustra con una anécdota. Siendo comandante de la columna 8, en
una ocasión pidió que le prestaran una máquina de escribir. Años después un
camarada comentaría el hecho: ‘Era el comandante y pedía una máquina de
escribir… no ordenaba que se lo trajeran’. Esto en un hombre que arriesgaba
la vida temerariamente cada vez que entraba en combate y cuya sola presencia era
un testimonio de sacrificio y abnegación. Sin embargo, no se reconocía a sí
mismo el derecho de hacer una demanda. La naturaleza melancólica de la
personalidad del Che salta a la vista. Pese a las exigencias comunitarias que la
vida de un militar o un guerrillero impone, el Che nunca fue un ser gregario ni
la vida social tuvo atractivos para él. El Che, jugador de rugby, no parece
haber dejado amigos en el ámbito deportivo ni el ‘tercer tiempo’ parece
haber ocupado un espacio significativo en su vida deportiva. El Che jugaba a
ganar o perder pero no a pertenecer. Disciplinado y tenaz puso lo mejor de sí
al servicio del proyecto guerrillero cuyo objetivo era inmediato y terminante
como, no lo dudamos, puso lo mejor de sí en el proyecto del partido de rugby.
Pero terminado el juego - como la guerra - su presencia no era necesaria. De
adolescente no se mostró proclive a participar en "barras" como es
común a esa edad. Ni los bailes ni el intercambio social con jóvenes de su
edad y de ambos sexos fueron de su interés. Siempre fue un solitario que
prefirió las relaciones individuales a las grupales y la compañía de un libro
a la vida gregaria. Es congruente con su historia que el Che, en su adultez,
tampoco mostró interés por los festejos y las diversiones. Prefería una vida
retirada que era, al fin de cuentas, un interludio. Todas las descripciones del
Che, hechas por las personas que lo conocieron y trataron, coinciden. El Che era
un hombre atractivo pero distante, más proclive a escuchar que a dialogar. Pero
su manera de escuchar no era de aceptación pasiva. Prestaba atención a su
interlocutor pero con frecuencia le devolvía una crítica demoledora o una
observación jocosa descalficadora. En el dialogo abundaban las ironías que, más
allá de la expresión de una hostilidad enmascarada, tendía a poner distancia
entre él y sus oyentes. Esto indica que el Che era un individualista con
opiniones muy personales pero también es indicativo de que tendía a mantener
una distancia con los que lo rodeaban. Pero, a la luz de sus ironías, no se
puede menos que entrever un oscuro resentimiento subyacente. Esto no es
infrecuente en personas que padecen algún defecto físico (miopía, ceguera,
deformaciones, rengueras o alguna enfermedad, adquirida o congénita, crónica
etc.) Su proyecto revolucionario tenía el carácter de un misticismo humanista,
sin embargo, en las relaciones personales se mostraba escéptico. Se constituía
así un hiato entre el proyecto y la posibilidad de realizarlo. Confiaba en los
campesinos y su capacidad para llevar a cabo un proyecto simple como tomar un
objetivo militar, en cambio, era escéptico respecto de los planificadores y los
tecnócratas que, por otra parte, eran hombres de su misma clase social e
intelectual. En alguna medida esta actitud se debía al hecho de que era
consciente de sus carencias. No tenía pericia técnica en ningún campo, ni
siquiera en el de su profesión. Sus lecturas recorrieron muchos horizontes
pero, al mismo tiempo, no se detenían en menudencias de orden práctico. Las
actitudes dominantes del Che eran de una puntillosa observancia de las reglas
que gobiernan los grupos combativos así como los grupos deportivos: espíritu
de cuerpo, renunciamiento propio en aras de las metas del grupo, austeridad
personal, desprecio por el peligro, cualidades todas que no son exclusivas de la
mística del guerrillero. Se trataban, más bien, de características personales
del Che. Otro jefe, con otro carisma, hubiese obrado de manera distinta y
logrado el mismo resultado. De hecho, a Fidel Castro lo seguían
incondicionalmente y no participaba de la modalidad del Che. La movilidad del
andariego, el estoicismo y la vida espartana, la confrontación del riesgo y del
peligro eran atributos del Che que precedieron su condición de guerrillero.
Trasladó esos atributos a esta profesión y esto le fue indudablemente útil en
la práctica. Lo que queremos subrayar con esto es que las condiciones antes
mencionadas no fueron una consecuencia de su vida de guerrillero sino una
condición precedente. No cabe duda que esas condiciones hubiesen
imperado en su vida no importa cual hubiese sido la profesión escogida de no
mediar una crisis que hubiese puesto en cuestión esa postura. El Che andariego,
estoico y sin rumbo en la vida encontró en la guerrilla y su objetivo inmediato
todas las condiciones que le permitieron canalizar esas propensiones.
Paralelamente a esto se desarrolló un aspecto que podría considerarse
contradictorio: su afición por la lectura. Nunca faltó un libro en la mochila
del Che y aquél salía a relucir en momentos en apariencia insólitos. Durante
su largo periplo argentino el Che solía echarse a un costado del camino para
leer un rato. Y en el transcurso de un largo y penoso traslado desde la Sierra
Maestra hasta el llano, transitando montes y pantanos, hubieron momentos para un
fugaz descanso donde aparecía el libro. Existe un testimonio gráfico de esto.
Durante su campaña boliviana se lo fotografió leyendo un libro encaramado en
una rama en lo alto de un árbol. Los solitarios trasladan su mundo en la
mochila de su fantasía y los libros son un universo secreto. Una secuencia de
paisajes e historias en el cual el solitario se sumerge escapando del tedio y la
soledad. Habría que investigar cuánto había de acedía en su vida de
andariego. Su carta testimonial escrito a sus padres antes de partir lo define:
‘Soy un aventurero’ dice. Pero, cabe la pregunta: ¿con qué propósito? ¿Se
trató de la aventura por la aventura sin finalidad y sin proyecto? ¿Su ideología
era tal o se trataba de una racionalización de sus impulsos? Porque hay una
cosa cierta: ninguna de sus aventuras le reportaron al Che beneficio alguno de
manera que es claro que el poder, la riqueza y la fama no fueron réditos
esperados. Lo significativo es que el Che alternaba la actividad constante del
caminante con la pasividad del lector si bien se entiende que el término
pasividad es una imprecisión cuando de la lectura se habla. Quien se sumerge en
un libro no lo hace pasivamente sino que vive las vicisitudes contenidas entre
sus tapas ya sea que se trate de las aventuras de Salgari, Verne o Sabatini, ya
sea que se trate de las obras de Freud, de Marx o de Mao. Y el Che leía todo. Cabe preguntarse si las lecturas del Che lo llevaban a
reflexiones profundas sobre la vida, la sociedad, sus propias vivencias y su
propia inserción en el colectivo. No impresiona así. Contrariamente a lo que
se podría suponer, el Che no fue un hombre introvertido, dado al
ensimismamiento, a la meditación y a la reflexión. Era más bien un intuitivo
que buscaba su verdad en el mundo de la acción y no en la contemplación de su
mundo interior. Ernesto Guevara fue un médico sin vocación. Inicialmente
eligió como carrera la de Ingeniería. Era la profesión de su padre aunque éste
la ejerció de una manera esporádica y sin compromiso real con la misma - también
en esto fue un modelo inconsistente. Sin embargo el Che nunca había mostrado
mayor inclinación por las ciencias matemáticas. Además, en aquellos tiempos,
el ingreso a la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires era
extremadamente difícil. Se presentaban 600 a 800 candidatos a rendir examen de
ingreso y sólo aprobaban 180 a 200. El Che preparaba su examen de ingreso de
una manera descomprometida y, en estas circunstancias, era improbable que
hubiese aprobado ese examen. En realidad, nunca brilló en sus estudios ni
parecieron interesarle mayormente pese a su voracidad de lector. Cuando estaba
preparando su ingreso, su abuela padeció un ataque de apoplejía cayendo en
coma. El Che abandonó todo para ir a Buenos Aires. Devolvió así la atención
que ella le brindó durante su propia grave enfermedad. Dice Tapia que permaneció
al lado del lecho de su abuela durante los quince días de su agonía y que fue
en esas circunstancias que el Che cambió su resolución y decidió estudiar
Medicina. Atribuye esta decisión a la influencia ejercida por el espectáculo
de la enfermedad de la abuela. Sin embargo, a la luz de los hechos posteriores
esta influencia no debió ser muy fuerte. La dedicación del Che a sus estudios
fue escasa como siempre. Sólo se preparaba para dar exámenes y no tenemos
noticias de su asistencia a clases ni a los tediosos "trabajos prácticos"
a los que nos vimos obligados todos los que estudiamos Medicina. Nunca trabajó
en un hospital ni hizo guardias en los servicios de emergencia como muchos de
sus compañeros. Cuando se recibió se dedicó a viajar mientras sus compañeros
de estudio ingresaban a salas hospitalarias para continuar su formación de
postgrado. Su periplo por los hospitales de leprosos de Sudamérica no estaba
vinculado a un genuino interés por esta especialidad sino por el hecho de que,
con el cargo, obtenía hospedaje y pensión en el hospital hecho que fue, sin
duda, valioso para poder proseguir sus viajes. Pagaba esa pensión con su
trabajo médico. El Che no tuvo una real vocación por la investigación científica.
Sus investigaciones sobre alergia en Méjico eran pretextos para obtener dos
sueldos exiguos que no le alcanzaban para sufragar sus gastos. La investigación
demanda largas horas de dedicación y de atención minuciosa a los detalles y un
exigente programa de lectura vinculado al tema bajo investigación. Es
extremadamente improbable que el Che pudo hacer investigación en dos
laboratorios distintos en mañanas alternativas y luego dedicar su tiempo a
sacar fotografías de matrimonios y cumpleaños el resto del tiempo como
describe Tapia. Queda, por fin, el testimonio de sus compañeros de lucha.
"Como médico el Che era un bruto" dijo lacónicamente una de las víctimas
de su ministerio. Su amigo y compañero Fidel parece haber compartido la opinión
general. Terminada la guerrilla y conquistado el poder al Che no se le asignaron
tareas en el ámbito de la salud pública. Cualesquiera que fuera la imagen que
el Che había proyectado en su entorno ciertamente no era la del médico. Ideología y Compromiso Político. La Argentina vivía tiempos turbulentos. En 1943 un golpe de estado de
orientación fascista se hizo del gobierno del país, y los años posteriores al
acceso del general Perón al poder no fueron otra cosa que una libertad
condicional limitada por un estado de sitio. A esto se agregó la corrupción y
el prevaricado como estilo administrativo y la arbitrariedad y la prepotencia
como estilo político. El Che no se sintió conmovido por estas circunstancias
ni se sintió impelido a participar en la lucha que se produjo en el ámbito
universitario porteño intensamente ligado al entorno político. Para un hombre
que daría su vida por la liberación de los pueblos esto resulta sumamente
extraño. El "soldado de América" no fue reclutado por los
movimientos antifascistas de América sino en circunstancias especiales. Por
otra parte es inimaginable que, dada la personalidad del Che, se sintieran atraído
por el trabajo gremial de los centros de estudiantes ni por la muchas veces
tediosa participación en las actividades de estas organizaciones en las que
estaban comprometidos muchos de sus compañeros de la Escuela de Medicina. Para
el Che, los fatigosos debates y las largas horas ocupadas en tareas
administrativas, carecían del ingrediente de emprendimiento aventurero que
hubiese despertado su interés. El Che se encontraba en Guatemala cuando el
gobierno de Arbenz, de orientación izquierdista moderada, fue abatido por
Castillo Armas. Eran los años de la ‘guerra fría’ y la obsesión
norteamericana respecto del posible desembarco de una ideología pro soviética
en el continente americano superaba en mucho los riesgos que podían suponerse
de gobiernos como el de Arbenz como más tarde el de Allende. No obstante, esa
obsesión, unida a la ancestral fobia por las variantes socialistas de
organización social y la propensión a regir el mundo nacida de la noción de
su "destino manifiesto" lanzó la respuesta contestataria. Fue
evidente la complicidad de la CIA en la aventura de Castillo Armas y, con ella,
el apoyo de algunos "bucaneros del aire", mercenarios al servicio de
cualquiera. Sólo participaron dos o tres aviones pero, en la ausencia de medios
para contener los ataques, causaron una cuantas muertes innecesarias. Es
comprensible que el Che se haya sentido conmovido e indignado por estos eventos
y que hayan influido en su decisión de acompañar a Fidel Castro en su aventura
de redimir a Cuba del poder de Batista. Mientras se preparaba para esto es que
comenzaron sus lecturas de Marx. Pero es notorio que, hasta ese momento, el Che
no tuvo una clara inclinación ideológica de ninguna índole más allá de un
vago sentimiento de conmiseración por las condiciones de vida en que se debatían
los pueblos de Sud y Centroamérica y de las que él fue testigo durante sus
viajes. Tampoco mostró ninguna inquietud respecto del destino de los hombres
sometidos a regímenes autoritarios ni se identificó, como vimos más arriba
con la lucha antitotalitaria que se libraba en todos los países de Sudamérica
especialmente en los ámbitos universitarios. Es, además, notable que en la
columna del Che escasearon los jóvenes burgueses de origen urbano y
universitario. Pensamos que lo dicho más arriba respecto de su escepticismo
abarcó a los miembros de su propia clase. Por otra parte, las consideraciones
revolucionarias que aparecen en el diario del Che no fueron el pan de cada día
de los combatientes. Varios cubanos con quien hablamos y cuyos padres
combatieron en la Sierra Maestra dijeron que entre los guerrilleros no se
hablaba de socialismo ni de una revolución con otra meta que la derrota de
Batista. Las ideas del Che respecto de la reforma agraria parecen haber nacido más
de una inquina personal por los terratenientes por un lado - siempre renegó de
sus antecesores terratenientes que, por otra parte, despilfarraron la fortuna de
la familia - y una empatía con sus compañeros de lucha. Los hombres que
lucharon bajo su mando eran, en su mayoría, campesinos. Estamos lejos de
suponer que al Che lo movían intenciones demagógicas pero pensamos que se sentía
impelido a devolverles algo a los campesinos por el privilegio de comandarlos.
Es plausible que la tensión generada por la potenciación de estos sentimientos
complementarios - su inquina por los terratenientes y su reconocimiento personal
hacia los campesinos - se tradujera en un programa que actualizaría la
satisfacción de ambos sentimientos. Mucho se ha dicho respecto del ‘gobierno comunista’ de
Fidel Castro. Pero el Hemisferio Norte no tenía - ni tiene - una clara visión
de Sudamérica ni de las ideas que iluminan el pensamiento sudamericano desde
mucho antes de la Guerra Fría. Para el Norte es todo una cuestión de marxismo
o capitalismo, democracia o dictadura, opciones que no abarcan el panorama ideológico
de Sudamérica ni, tampoco, pueden considerarse excluyentes. Tampoco entienden
las necesidades y las tensiones internas que son propias de los pueblos de este
continente por las cuales se hace imperativo que a estos países se los deje
crecer a su manera so pena de que las intervenciones espurias generen
malformaciones irreversibles. Los dolores de parto no son una enfermedad. Por
otra parte, las apreciaciones del ‘Primer Mundo’, además de ser inexactas,
se recortan en blancos y negros absolutos lo cual es siempre útil para soslayar
la responsabilidad propia en las condiciones que se crearon en Cuba y el resto
del continente. Se ha gastado mucho más tinta para tratar de demostrar los vínculos
de Fidel Castro y de Ernesto Guevara con el ‘comunismo internacional’
preexistentes a la invasión que la que se gastó en informar al mundo de las
realidades existenciales de Cuba y de los demás pueblos de América. Sea como sea no nos parece que la inserción del Che Guevara en un movimiento
guerrillero tuvo mucho que ver con un proyecto social y político pese a los
esfuerzos posteriores del Che por insertar una filosofía revolucionaria
marxista en su participación con el proyecto castrista. De hecho, en cuanto
pudo abandonó todo para marchar a Angola y luego a Bolivia. El proyecto
boliviano, por otra parte, fue un sin sentido. Careció de apoyos políticos y
el mismo Fidel se mostró más que tibio en su ayuda. El irresponsable
asesoramiento de Debray, que ignoraba la realidad social del Oriente boliviano,
lo aislaron en un territorio hostil. Sus marchas y contra marchas por el monte
oriental no cumplieron ningún objetivo estratégico, y el objetivo táctico sólo
tuvo el propósito de mantenerse alejado de las fuerzas regulares que lo perseguían.
Su experiencia militar no le permitía ignorar la esterilidad del esfuerzo que
estaba realizando. El Che, cercano a los 40 años, padecía de la consecuencia
inevitable de su severa enfermedad asmática. Había desarrollado un enfisema
grave, estado pulmonar que, a su edad auguraba su fin a corto plazo. Era muy
improbable que el Che llegara a los cincuenta años. Dadas las características
de la personalidad del Che no nos parece plausible que el aventurero andariego
se resignara a esperar la quietud de una muerte hospitalaria. No era su estilo
desaparecer not with a bang but a whimper. Por el contrario, nos parece
que fue en busca del proyectil que destrozó su corazón y que, con esto
satisfizo su proyecto existencial. Es, quizás, esta característica la que
alimenta mejor la perdurabilidad del mito del Che. Las figuras que se proyectan
en el escenario del mundo se someten al juicio de las multitudes. Los años
transcurren, los proyectos jamás se cumplen plenamente, la frustración de los
pueblos desgasta la imagen. Esto no sucedió con el Che. Murió ‘en su ley’
– por añadidura asesinado a despecho de los oficiales que lo capturaron - y
esta circunstancia rodea su vida y su muerte de un aura de mártir heroico que
captura la imaginación de los jóvenes tanto como la muerte de Rolando. Lo que queda es un vacío. Los movimientos que dijeron querer
fundar una nueva América fracasaron. Nadie se atreve a pensar qué hubiese
sucedido si hubieran ganado la contienda. Montoneros, Tupamaros, Senderistas y
demás sufrieron la abrasión del tiempo. Los Senderistas sólo mostraron una
vocación sangrienta y los Montoneros un muy burgués apetito por el lucro
obtenido por el secuestro de personas. Su promesa revolucionaria desembocó, en
el mejor de los casos, en una Democracia, sistema que pone a prueba la pureza de
los valores de los hombres mucho más que las privaciones de la vida
guerrillera. Vide el patético resultado de la gestión sandinista
sometida a las presiones generadas dentro de un sistema democrático. La Democracia tradicional, en su práctica, no es un espectáculo
que llama a una juventud purista a la participación. Los carcamanes de la política
pronto la desencantan y los jóvenes se convierten en descreídos o en cómplices.
O aceptan el camino de la relativización ética o al son de las cacerolas
claman ‘Que se vayan todos’. Los movimientos armados perdieron su poder de
convocatoria porque el movimientismo mesiánico apesta a tiranía y a corrupción
y los pueblos lo han percibido y lo rechaza. Lo que no quedó en su lugar es una
opción que satisfaga las dos vertientes: la libertad y la ética. Donald Mathews donhomat@roble.scz.entelnet.bo Publicación enviada por Donald Mathews Contactar mailto:donhomat@roble.scz.entelnet.bo Código ISPN de la Publicación EpyylFZuAkWqscVLXn Publicado Wednesday 22 de October de 2003 Ultimas Publicaciones en ilustrados.com
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