INTRODUCCIÓN
La idea de la unión hispanoamericana para el triunfo de la independencia tiene
sus raíces en Francisco de Miranda. Junto a él, le sucedieron otros patriotas, -
siendo la piedra angular de todo este proceso - de revolución independentista de
América: Simón Bolívar, El Libertador. Su concepción de lo que hoy día
denominamos “integración” tiene una base estrictamente hispanoamericana, propia
y común de su tiempo. Otro momento de este proceso lo ocupó el más genial
pensador político del siglo pasado: José Martí. Su concepción será más
abarcadora: neolatina, l y caribeña.
En la época en que a ambos le correspondió desenvolverse, habrá puntos comunes,
pero también diferencias en la concepción unitaria. Diferencias que podríamos
decir de orden táctico y estratégico, pero ligados a intereses comunes: la real
y verdadera independencia de América, tomando como referencia a dos pueblos
claves: Cuba y Puerto Rico.
Sin embargo, esa unidad que se pretendió lograr en un momento dado, fue temida
por algunos intereses nacionales además de los círculos norteamericanos. En el
caso de Estados Unidos, su esfera de influencia no esperaban cederla a otra
potencia, aún conociendo la debilidad de España. Y por ello, como resultado del
arsenal ideológico en la política exterior norteamericana, ocupa un lugar
destacado la idea del panamericanismo, de la “solidaridad” continental, de la
“unidad” de los países del Hemisferio Occidental, supuestamente determinado por
la proximidad geográfica, por la interdependencia económica y por la afinidad
espiritual.
A pesar de los esfuerzos realizados por nuestros próceres, particularmente,
Bolívar y Martí, a los “Estados desunidos del Sur” lo dividió finalmente el
expansionismo norteamericano. Reflejo de esto son las concepciones dadas a
través de la historia de los EEUU en relación con la América, “destinados” a
ocupar un lugar hegemonizante en la misma.
De ahí nuestro interés en demostrar dos concepciones de unidad totalmente
diferenciadas: Latinoamericanismo vs. Panamericanismo.
A nuestro modo de ver, para conocer el proceso integracionista de nuestros días,
resulta imprescindible partir de los orígenes del mismo para facilitar aún más
su cabal comprensión. Es usual utilizar en este contexto la figura de Simón
Bolívar como representativa de toda una época. Pero, Bolívar fue el fruto
precisamente de la época en que se desenvolvió. No podemos obviar en este
quehacer unitario a otras figuras que aportaron sin lugar a dudas concepciones
en pro de la unidad del continente.
Por otra parte, se hace poco usual –según lo consultado– anteponer el
latinoamericanismo al panamericanismo a través de un solo texto. Se hace más
común un estudio por separado de cada una de estas concepciones. Nos pareció más
fortuito llevar el estudio de este fenómeno a la par, para comprender con mayor
precisión cuán duro fue el batallar de nuestros próceres ante concepciones que
cada vez se le anteponían con mayor fuerza.
Creímos oportuno auxiliarnos fundamentalmente de fuentes escritas por los
propios autores para desentrañar estas concepciones: sean latinos o
panamericanistas. Textos, que no quisimos dejar de escapar en nuestro análisis,
como tampoco dejar de ofrecer al lector referencias en este sentido, dado lo
poco divulgado que en ocasiones la falta de bibliografía proporciona a los
interesados en esta temática.
DESARROLLO
Las ideas de la solidaridad latinoamericana nacieron en el fragor de las gestas
independentistas de los pueblos del continente por librarse del yugo de los
colonizadores en el primer cuarto del siglo XIX. Es en la guerra de emancipación
(1808-1826) donde se aprecia el nacer del sentimiento americanista, que hasta la
revolución se había mantenido latente en el alma de los patriotas, y que debido
a la defensa de los intereses comunes, se expande a la generalidad de estos.
Así, obteniendo su magna revelación en los campos de batalla; argentinos,
chilenos, peruanos, ecuatorianos, colombianos y venezolanos entregan su
existencia en aras de un ideal común.
Los hombres que dirigían la guerra por la independencia eran políticos avanzados
de su tiempo que actuaban como defensores de los intereses de toda la nación. No
sólo se proponían liberarse de los colonizadores sino también lograr el
reconocimiento por parte de la Metrópoli de la independencia conquistada. De ahí
que fuese una de las guerras “verdaderamente liberadoras y revolucionarias,
tan escasas frente a la multitud de guerras de rapiña provocadas”. Pero esto
no era tarea fácil. Las principales potencias capitalistas de la primera mitad
del siglo XIX – Gran Bretaña, Francia, Holanda y EEUU - habían alcanzado un
mayor desarrollo y ya habían emprendido una política colonial activa y no
ocultaban que pretendían la “herencia” colonial en América. De ahí que ya al
inicio de la Guerra de la Independencia se planteasen las ideas progresistas de
la solidaridad latinoamericana.
Exponentes de estas ideas sobre la cooperación y la unidad latinoamericana
fueron Francisco de Miranda y Simón Bolívar de Venezuela, Juan Egaña y Bernardo
O´Higgins en Chile, Mariano Moreno y San Martín en Argentina, Bernardo
Monteagudo en Bolivia, José Cecilio del Valle en Centroamérica, José Martí en
Cuba y otros ideólogos y dirigentes de la lucha por la independencia.
Sin embargo, en la historiografía americana existen algunas divergencias en lo
que respecta el significado histórico de la unidad latinoamericana. La confusión
se expresa al atribuirle la paternidad del panamericanismo a Simón Bolívar.
¿Pero, realmente cuáles son sus raíces históricas?.
No cabe dudas que en relación con este aspecto, el germen de todo un proceso se
encuentra en la “Alocución de despedida”, de George Washington, del 17 de
septiembre de 1796, donde el presidente saliente recomendaba al país permanecer
neutral en los problemas de Europa con el mundo y respetar todas las naciones.
Al respecto planteó:
“Europa posee ciertos intereses primordiales... De ahí que se vea comprometida
en frecuentes controversias, cuyas causas son esencialmente extrañas a nuestros
intereses. Por consiguiente, sería imprudencia nuestra ligarnos a las ordinarias
vicisitudes de su política o a las ordinarias alianzas o colisiones de sus
amistades o discordias... Si hemos de seguir siendo un solo pueblo...no está
lejana la época...en que podamos asumir una actitud que haga respetar
escrupulosamente la neutralidad que en cualquier ocasión resolvamos adoptar...
...¿ a qué enlazar nuestro destino con el de parte alguna de Europa, enredar
nuestra paz y prosperidad en los afanes de la ambición, de las rivalidades,
antojos o caprichos europeos?
Es obvio que esta línea política- años más tarde- no impidió en convertir la
neutralidad en apoyo a España contra los pueblos que luchaban por su
independencia: “no son neutrales - dijo Bolívar a Bautista Irvine (agente de
EEUU en Venezuela)- los que prestan armas y municiones de boca y guerra a unas
plazas sitiadas y legalmente bloqueadas”. Los gobernantes norteamericanos se
encargaron de mantener esta diplomacia farisaica ante la opinión pública.
Así vemos como el germen se torna embrión con Thomas Jefferson (1743-1826) que
en fecha tan temprana como 1786 – aún antes de la toma de su posesión
presidencial (1801-1809) comentó adjudicarse las colonias hispánicas “pedazo
a pedazo”. Y como máxima en su política internacional ratificó “el no
consentir jamás que Europa se mezcle en los asuntos cisatlánticos”. Pero de
hecho, podemos hablar de la aparición del feto en todo este proceso cuando en
los Estados Unidos –aún Estado joven–el conocido estadista de orientación
conservadora, Alexander Hamilton (1757-1804) predecía la creación de un “gran
sistema americano, que no se supeditará al control o influencia de ninguna
fuerza de allende al Atlántico y podrá dictar las condiciones de las relaciones
entre el Viejo y el Nuevo Mundo”
Hamilton se pronunciaba a favor de que el sistema americano estuviese dirigido
por Estados Unidos. Señalaba que la situación de su país lo obliga a “ocupar
la posición suprema en el sistema americano”. Con ello se percibe la tesis
de la doctrina panamericana: el continente americano debe tener un sistema
político único y los Estados Unidos por “derecho de su situación”
deberían convertirse en la cabeza directriz de dicho sistema. Precisamente, con
toda justicia podemos plantear que aquí se halla la génesis de las concepciones
de hegemonía continental de Estados Unidos.
Pero no fue la única. A inicios del siglo XIX aparecen también planes
detalladamente elaborados para la formación de una federación o alianza
panamericana. En 1815, se publicó en Washington un panfleto de William Thornton
titulado Bases de la Constitución de Colombia Sur y Norte (Colombia del Norte se
entendían los Estados Unidos). En esta publicación se preveía la formación de
una federación en América, con un gobierno y ciudadanía única. Sobre el
territorio de la nueva formación estatal, a juicio del autor, debería funcionar
la Constitución de los Estados Unidos. Pero el más consecuente partidario de la
idea de la unificación panamericana fue el secretario de estado norteamericano,
Henry Clay, quien en 1820 ante la Cámara de Representantes llamó a “crear un
sistema en el que los Estados Unidos deben ser el centro y toda Sudamérica
estaría junto a nosotros... Rompamos esos lazos políticos y económicos (se
refiere a los europeos. N. A). Coloquemos a nuestro país a la cabeza del sistema
americano.”
Es notorio como sigue la línea de sus antecesores. Sus intereses de modo alguno
estaban motivados por sentimientos altruistas. “Nosotros resultaremos –decía
Clay en el Congreso- en una situación más ventajosa y nuestro país pasará a ser
el núcleo de concentración del comercio de todo el mundo. En relación con
América del Sur el pueblo de los Estados Unidos ocupará la misma posición que
ocupan los habitantes de la Nueva Inglaterra con respecto a los demás habitantes
de los demás estados americanos. Nuestra iniciativa privada, nuestra inventiva y
hábitos económicos nos brindarían una supremacía en cualquier tipo de
competencia con América del Sur”.
Es obvio que los intereses de la joven burguesía norteamericana quedaban
representados en estas concepciones. No temían por la competencia de los países
sudamericanos y se pronunciaban por la unificación económica estrecha de todo el
continente. Por eso, para Clay – partidario de las tarifas proteccionistas para
los artículos industriales– el rápido desarrollo industrial de EEUU y el
panamericanismo estaban recíprocamente vinculados. El segundo contribuiría a la
apertura de nuevos mercados y ganancias que indudablemente garantizarían el
pleno desarrollo capitalista de América del Norte.
Pero este fenómeno tiene sus raíces históricas. El hecho de que la conquista del
Nuevo Mundo por Europa se haya efectuado de diferentes formas por los ingleses y
los españoles, determinó, indiscutiblemente dos formas de vida entre la América
del Norte y la Meridional.
De igual modo la historia confirma las diferencias que se establecieron en cada
movimiento independentista. Baste mencionar que en sus luchas por la
emancipación, Estados Unidos no tomó en cuenta a los países latinoamericanos,
prefirió la ayuda de España. Más la ayuda efectiva de los Estados Unidos a la
emancipación hispanoamericana fue tan insignificante, que apenas se le menciona.
En la Carta de Jamaica (1815) Bolívar hace referencia a este aspecto:
“No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanos del Norte se han
mantenido inmóviles espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más
justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han
suscitado en los siglos antiguos y modernos”.
De igual manera, en 1818 echaba en cara, a un diplomático norteamericano no solo
la indiferencia norteamericana en la contienda, sino su real colaboración con
España: “Mr. Corbett ha demostrado en su semanario la parcialidad de los
Estados Unidos a favor de España, en nuestra contienda”.
Algunos historiadores al tratar este asunto justifican a la política
norteamericana como “leal” ante la ayuda que le ofreciera España en su lucha
emancipadora. No es cierto. Realmente fue calculado. Se trató de guardar
temporalmente bajo tutela española las futuras colonias o semicolonias
norteamericanas. Realmente los deseos expansionistas de Estados Unidos en este
asunto se declaró manifiestamente cuando se discutía el problema de la
independencia de Cuba y Puerto Rico.
En ese mismo proceso, la independencia de las colonias inglesas en Norteamérica
sirvió de patrón o modelo a los pueblos meridionales. Por eso, con el objeto de
lograr ayuda, principalmente militar, se volcó la mirada al Norte, Se trataba de
un ejemplo. Bolívar lo plantearía en 1826 al señalar que “ los Estados Unidos
nos enseñaron el sendero de la independencia”12 . Pero a la vez
sabía distinguir que: “ Los americanos del Norte... por sólo ser extranjeros,
tienen el carácter de heterogéneos para nosotros”.
En la época resultó común que los líderes de la emancipación sudamericana,
representantes de la ideología liberal de su tiempo, trataran de imitar la vida
política de Gran Bretaña y los Estados Unidos, que era en ese momento la
expresión del liberalismo y la “democracia” en pleno auge. No hay uno solo de
ellos que no hayan sentido admiración por la organización social de Estados
Unidos. Algunos pretendían imitar servilmente a la Constitución norteamericana,
e introducirla sin variantes algunas en la realidad latinoamericana. Bolívar
tuvo la distinción de no ser servil ante este fenómeno. Si bien en algunos
documentos políticos tomaba uno que otro aspecto de la Constitución
norteamericana para aplicarla a los nuevos estados, no se cegó. En una ocasión
manifestó: “Yo creo que sería mejor que la América aceptara el Corán, que la
forma de gobierno de los Estados Unidos”.
Mantuvo presente las peculiaridades del continente que diferían de la realidad
del Norte. No fue partidario de la mimesis en la organización política del
Estado, sino de crear. Por eso insistió sobre la inaplicabilidad de la forma de
gobierno norteamericano a los países meridionales. En su famoso discurso al
Congreso de Angostura (1819) insistió:
“...debo decir que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación
y la naturaleza de dos Estados tan distintos como el Inglés Americano y el
Americano Español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad
político, civil y religiosa de Inglaterra?. Pues aún es más difícil adaptar en
Venezuela las leyes del Norte de América. ¿No dice El espíritu de las leyes que
éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿qué es una gran casualidad
que las de una nación puedan convenir a otra? ¿qué las leyes deben ser relativas
a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su
extensión, al género de vida de los pueblos? ¿referirse al grado de libertad que
la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus
inclinaciones, a sus riquezas, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡
He aquí el Código que debíamos consultar, y no el Código de Washington!
Pero la idea de constituir con los estados liberados una sola unidad política,
constituyó una necesidad histórica - defensiva de los propios estados contra los
deseos de Europa en querer restablecer sus dominios. Ello edificó una ideología
en los países meridionales americanos bajo una forma de vida política común.
Estaban dados los antecedentes históricos, geográficos, culturales que hacían
viable tal ideal. El asunto primordial radicó en que España implantó su
feudalismo- con sus peculiaridades- e impuso con ello un modo de vida, religión
y lengua en todos sus dominios sin mayor variante. Pero al mismo tiempo, impuso
el aislamiento entre sus colonias y difícilmente se podía concebir una tradición
de unidad entre sus pueblos; aspecto este que lo distinguió del proceso de
América del Norte.
Por eso el bolivarismo, expresión de unidad de los pueblos, tiende alcanzar los
siguientes objetivos:
1. Mantener y desarrollar la independencia de los pueblos,
2. Forjar un modo de vida político que sea común,
3. Lograr el equilibrio político – mundial y;
4. Oponerse a los ataques militares, políticos y económicos de España, Gran
Bretaña y Estados Unidos.
En realidad el bolivarismo y el panamericanismo nada tienen que ver entre sí,
salvo el hecho –aunque con fines opuestos– de querer conformar al continente
americano en una unidad política amplia. Esta oposición se aprecia desde los
orígenes, y – salvo aparentes atenuaciones– se mantiene durante todo el proceso
de existencia independiente de los países americanos.
Y precisamente, en busca de esa unidad, una de las tácticas políticas que
aplicaría Bolívar sería la búsqueda de aliados y protectores. Por eso, ante la
indiferencia norteamericana, Bolívar volcó sus simpatías hacia Gran Bretaña.
Varios documentos, - especialmente referentes al Congreso de Panamá- revelan
opiniones de Bolívar contrarias a los E·EUU y favorables a esa nación europea.
Una prueba de ello es el deseo manifiesto del Libertador de poner tanto el
Congreso de Panamá como la Confederación Americana bajo la protección del estado
inglés .
Ahora bien, en la búsqueda de este equilibrio que deseaba establecer Bolívar,
¿puede enjuiciarse la actitud inglesa como desinteresada ante la emancipación
latinoamericana? Si bien contribuyó con hombres y armas a la independencia de
nuestros pueblos, - e incluso, no pocos héroes de la guerra pertenecían a las
legiones extranjeras - y su participación definiría una serie de acciones, lo
cierto es que Gran Bretaña estaba inspirada fundamentalmente en convertir a la
América Meridional en un amplio mercado para sus productos y en una inagotable
fuente de recursos naturales (véase cuadro 1). Bolívar comprendió esta realidad
mejor que otros políticos latinoamericanos de su tiempo y quiso establecer la
colaboración británica durante y después de la guerra, mediante el
establecimiento de relaciones económicas; entre ellas, el desarrollo del
comercio.
¿Representa esto una política de dependencia hacia Inglaterra? Podríamos decir
que la respuesta a ello es relativa, pues sí constituye una medida de orden
táctico como antes mencionábamos. Lo cierto es que la realidad expansionista de
Norteamérica no escapó de la visión bolivariana. Por eso en carta a Guillermo
White en 1820 apuntó que “La América del Norte, siguiendo su conducta aritmética
de negocios, aprovechará la ocasión de hacerse de las Floridas, de nuestra
amistad y de un gran dominio de comercio” . Fue en 1822, - después de la anexión
de la Florida -, que Bolívar caracterizó a Estados Unidos como “... una
poderosísima nación muy rica, muy belicosa, y capaz de todo” . Se destaca que
aunque los Estados Unidos no habían lanzado aún las zarpas a sus vecinos
meridionales y apenas habían extendido su territorio a la Lousiana (1803)y la
Florida (1819), Bolívar ya los avizoraba voraces. Comentando a Bernardo
Monteagudo, en carta del 5 de agosto de 1823, un proyecto de Federación
elaborado por el gobierno de Buenos Aires, le decía:
“...convidan a los Estados Unidos por aparentar desprendimiento y animar a los
convidados a que asistan al banquete; después que estemos reunidos será la
fiesta de los Lapitas, y ahí entrará el León a comerse a los convivíos” .
Y justamente fue esto lo que sucedió a través del tiempo.
Por eso trazó su estrategia en busca del equilibrio con el apoyo del poderoso
poder inglés. Así lo suscribe el propio Bolívar: “los americanos son los únicos
rivales de los ingleses con respecto a la América” , y por tanto a ambos los
declara como “aliados eventuales y egoístas” .
Tiene claro Bolívar los peligros que podía correr la América de ponerse bajo la
protección de Gran Bretaña o Estados Unidos, rivales ambos por un objetivo:
ocupar el lugar de la debilitada España en sus colonias americanas. Pero con
todas las reservas del caso, prefería la primera en su estrategia política.
Constituía una necesidad histórica ineludible, pero temporal. Veamos que planteó
respecto a este fenómeno:
“ Nacer y robustecerse es lo primero; lo demás viene después. En la infancia
necesitamos apoyo, que en la virilidad sabremos defendernos. Ahora nos es muy
útil (Inglaterra), y en el futuro ya seremos otra cosa”
Por otra parte, Bolívar en más de una ocasión manifestaba sus temores por la
concertación de pactos con Gran Bretaña, pactos que en realidad resultarían
alianzas entre el lobo y los corderos. En carta a Bernardo Monteagudo –con
motivo de un proyecto de incorporar Colombia a una liga encabezada por los
ingleses–, anotó:
“ Después que Inglaterra se haya puesto a la cabeza de dicha Liga, nosotros nos
convertiremos en sus humildes servidores, porque cerrado un pacto con uno más
fuerte, al débil sólo le toca cumplir obligaciones”
De modo que para Bolívar si España no ofrecía ya peligro no descuidaba el
peligro inglés pues “... los ingleses... son omnipotentes; y por lo mismo,
terribles” .
Por eso no sólo la proclamación de la unidad latinoamericana significó la lucha
contra
España, sino con las potencias que quisieran dominar al continente. Con
Inglaterra estableció un mayor acercamiento para lograr su plan pues como nos
enseñó Martí: ”En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el
arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u
opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad
codiciosa de los demás pueblos” . Ahí puede interpretarse la actitud de Bolívar.
Y precisamente, ante la política colonial de las principales potencias
capitalistas de la época, la América Meridional exigía unirse.
Justamente, el primer precursor que recoge la historia en tan anhelado empeño
fue el General Francisco de Miranda (1750-1816). El 17 de enero de 1784, llegó a
Nueva York . Su estancia allí, constituyó una etapa crucial de su vida. Allí
decidió entregarse definitivamente a la causa de la liberación de
Hispanoamérica. Años más tarde, en mensaje a sus amigos caraqueños anotó: “En
1784, en Nueva York, nació el plan actual de conquista de la independencia y la
libertad de todo el continente hispanoamericano...” . Desde 1790 Miranda soñaba
con una Hispanoamérica emancipada y unida. Para tal desempeñó elaboró un Plan
para la forma, organización y establecimiento de un gobierno libre e
independiente en la América Meridional. Es de nuestro interés señalar que tras
la búsqueda de una identidad continental a través de la naciente nacionalidad
que se formaba en las colonias de España, Miranda anota el término de Colombia
–neologismo que utiliza por primera vez el 11 de abril de 1788 - donde ya
identifica al continente como “ la desgraciada Colombia”. Años más tarde , en
1792,en carta a su amigo Alexander Hamilton le escribió: “ han madurado las
cosas para la ejecución de los grandes y benéficos proyectos que contemplábamos
cuando, en nuestra conversación en Nueva York, el amor a nuestra tierra exaltaba
nuestros espíritus con aquellas ideas por el bien de la infortunada Colombia”.
Posteriormente, en 1797 esta idea se inserta nuevamente en su pensamiento cuando
junto a José del Pozo y Sucre y Manuel José de Salas firma el “Acta de París”
(27. 12. 1797), - comúnmente denominada “ Pacto de los Americanos”- documento
que previó la formación de un “cuerpo representativo continental”.
Años más tarde, en 1801 creó su “Esbozo de gobierno provisional”, para la
República Federal destinada a reunir toda la América española, una vez
independiente en una sola gran nación. La idea original de Miranda fue hacer un
reino o nación independiente que se extendiera desde el sur de los Estados
Unidos hasta el Cabo de Hornos, frente a la Antártida, limitado al Oeste por el
Océano Pacífico y que por el Este incluyera a las Guayanas y Brasil. El reino se
llamaría Colombeia, es decir, la tierra de Colón. Algunas expresiones de su
proyecto, se ha mal interpretado por algunos autores con la restauración a
escala continental de la antigua dinastía incaica. Después de mencionar a los
“ciudadanos del Imperio”, “cargos del Imperio”, “provincias del Imperio”, “Dieta
Imperial”, da el nombre de “Incas” a los que serían dos titulares simultáneos
del Poder Ejecutivo. Opinamos que lo que concebía era una República, a la que
por su vastedad tituló Imperio. Asambleas provinciales elegidas popularmente por
todos, los ciudadanos elegían a la vez a aquella Dieta Imperial; y ésta no-solo
era la única que tenía “la Facultad de hacer leyes para toda la Federación
Americana”, sino que era la encargada de elegir, también “entre todos los
ciudadanos del Imperio”, a los dos de ellos que desempeñarían el Poder Ejecutivo
por un período de 5 años. Podían ser reelectos nuevamente después de un
intervalo de otros 5 años. Y agregaba en el proyecto: “su título será Incas,
nombre venerable en el país”.
Se advierte en su aspiración de gobierno provisorio que no existe la filiación
ni familiar ni institucional con el viejo Incanato. Sólo constituyó un título
extraído del archivo de la historia. En otro punto anota:
“ Uno de los Incas permanecerá constantemente junto al Cuerpo Legislativo en la
Ciudad Federal, en tanto que el otro recorrerá las provincias del Imperio... La
ciudad Federal será construida en el punto más central (quizás el Istmo), y
llevará el nombre augusto de Colombo a quien el mundo debe el descubrimiento de
esta bella parte de la tierra”
Tal vez sea esta la primera referencia histórica en la generación de los
independentistas al Istmo de Panamá como centro político de la América
Meridional.
Sin embargo, todos los esfuerzos del Precursor por obtener ayuda británica
resultan inútiles. El 24 de octubre de 1807 viaja a Inglaterra, donde sigue
abogando por la independencia. Allí sugiere el proyecto de constituir “ en el
Continente Colombiano” cuatro Estados: uno formado por México y Centroamérica;
otro, por la unión de Venezuela, Nueva Granada y Ecuador; otro por Perú y Chile
y finalmente otro por Argentina. Como venos, las ideas y realizaciones
posteriores de Simón Bolívar estaban inspiradas en el ideario de Francisco de
Miranda.
En 1809 volvió el precursor pensar en el Istmo; pero esta vez como lugar de
reunión de un Congreso de los pueblos americanos de origen español. Esto se
corrobora con la nota enviada por el embajador de España en Londres el l7 de
julio de ese año:
“[Miranda] esperaba que para enero o febrero próximo estaría España ocupada por
los franceses, y para cuya época se unirían en Panamá los Diputados de todas las
Provincias de América, donde elegirían el gobierno que los acomodase...”
Por otra parte, se advierte la búsqueda nominativa de una identificación al
continente que ama. Su admiración por Colón es grande. Así se advierte cuando
leemos su carta en 1800 al compatriota Manuel Gual. Al respecto anota:
“Si consideramos cuán grandes esfuerzos de constancia, riesgos y magnanimidad
costó al gran Colombo el descubrimiento del Nuevo Mundo, veremos amigo lo
poquísimo que han hecho aún los hijos de América para darle el lustre,
felicidad, y gloria a que la Naturaleza parece haberla destinado”
El empleo del vocablo Colombo –en el original italiano–, en lugar del español
Colón está relacionado con el de Colombia que él mismo fijó para denominar a la
programada nación continental. Esta idea se recoge cuando Miranda viajó a los
Estados Unidos. El término Columbia –del latino Columbus– el inglés lo adoptó
sin variante, y aplicó a diversas partes del Norte.
Es importante tener en cuenta que ya Bartolomé de las Casas en su Historia de
las Indias había escrito que esta tierra debía llamarse “Columba, de Colón o
Colombo que la descubrió” . Sin embargo, a esa idea llegó Miranda, no por
conocer esta obra, que en su época era aún inédita – su publicación data hasta
mediados del siglo XIX-, sino en la búsqueda de su identidad para bautizar a la
patria del sur. Es pues el españolizado Colombia, a partir de Colombo, que se
decide a inventar. Solo vemos de tanto en tanto durante su correspondencia
privada a fines del siglo XVIII la mención de Colombia. Es justamente en
simultaneidad con su citado proyecto de gobierno, que se decide lanzar el nombre
a la publicidad de la propaganda revolucionaria en el umbral del siglo XIX. Lo
hace así en su histórica “Proclamación a los pueblos del Continente Colombiano,
alias Hispanoamérica” para insistir luego en la prédica colombianista durante la
primera década del siglo XIX, al denominar “Ejército Colombiano” al contingente
militar que arribara en 1806 a costas de Venezuela para coronar luego la edición
en Londres (1810)– en vísperas del estallido revolucionario– del periódico “El
Colombiano”. Y justamente, en la constitución de la primera República de
Venezuela ( 21 de diciembre de 1811) se valió del término mirandino de
“Continente Colombiano”, vocablo que se hiciera común entre los
independentistas.
Sin embargo, la ciudad Colombo ideada por Miranda no nació, pues empezó por no
tener realidad la Colombia que constituía su supuesto. Solo en (1819-1830) la
República de Colombia se llamó oficialmente a la unión de Venezuela, Nueva
Granada y Quito bajo el patronato de Bolívar: la oportunamente bautizada por los
historiadores, desde fines del siglo pasado: “Gran Colombia”, para evitar
confusiones con la Colombia actual, fragmento de aquella, en cuanto así es
llamada desde 1863 la antigua nación neogranadina. Correspondió a Bolívar
recoger y llevar la concepción del Istmo como gran centro geográfico–político de
la emancipación hispanoamericana. Así a través de la memorable parábola que pasa
por la Carta de Jamaica (1815), la Convocatoria en Lima en dic. 1824, y el
Congreso de Panamá (1826) habían recogido el nombre de Colombia aplicado por
Miranda a la totalidad del orbe sureño del continente en trance a la
emancipación. Pero este nombre estaba llamado a cambiar su destino. En la Carta
de Jamaica, el nombre de Colombia aparece reservado para la unión que propone
entre Venezuela y Nueva Granada. Así deja de subsistir con su primitiva
significación continental, es decir, en el sentido de la “Magna Colombia”, no ya
de “Gran Colombia”.
Pero si bien se concibe a Miranda como el primer precursor de la lucha
independentista, otros seguidores se nutrieron de su ideal. Así vemos como la
Junta Patriótica, creada el 19 de abril de 1810 en Venezuela, que fue donde
primero se alzó la bandera de liberación, se dirigió el 27 de abril de ese mismo
año a todos los cabildos de la América española exhortándolos a “contribuir a la
gran obra de crear la confederación americana española” . Pero no solo Venezuela
fue partícipe de ese ideal. En fecha tan temprana como 1810, Juan Egaña, –a
solicitud de la Junta Gubernamental - elaboró el Proyecto de Declaración de los
derechos del pueblo de Chile. Allí proclamó los siguientes puntos:
“ 1. Es muy difícil que cada pueblo por sí sólo sostenga...una soberanía
aislada...Los pueblos de América necesitan que...se reúnan para la seguridad
exterior contra los proyectos de Europa, y para evitar las guerras entre sí...
2. Existiendo tantas relaciones, tanta influencia entre los intereses de una y
otra parte del mundo, es casi imposible que la América pueda consolidar
perfectamente su sistema, sin ponerse de acuerdo con la Europa...
3. El día en que la América reunida en un Congreso , ya sea de la Nación, ya de
sus continentes, o ya del Sur, hable al resto de la Tierra, su voz se hará
respetable, y sus resoluciones difícilmente se contradirán” .
Entre los primeros que proclamaron la unidad latinoamericana se encontró Simón
Bolívar. Su concepción de lo que hoy denominaríamos “integración” fue
estrictamente hispanoamericana. Más no fue una limitación de su pensamiento. En
el contexto en que le correspondió desenvolverse el hispanoamericanismo tenía
justificación ante la realidad de su tiempo. Es imposible ubicar en este sentido
al Libertador en el horizonte de nuestros días que resulta más abarcador: no
sólo es latinoamericano, sino caribeño. Y precisamente, tales raíces se recogen
en Bolívar en el 1810, cuando en los albores independentistas de Venezuela
escribía para el Morning Chronicle, de Londres: “invitar a todos los pueblos de
América a que se unan en una Confederación” . Es válido aclarar que aquí queda
excluido Estados Unidos, que para esa fecha se declaraban “neutrales”, pues en
realidad eran cómplices de España para negociar con ésta la adquisición de Cuba.
Por eso Bolívar solo llamaría a aquellos que “seguirán presurosos el ejemplo de
Caracas” ; esto es, pronunciarse resueltamente por la independencia y declarar
la guerra a España. Lejos –ya lo hemos visto- se encontraba Estados Unidos de
tales propósitos. De ahí que el Libertador se pronunciara por lograr “una íntima
y fraternal unión entre los hijos del Nuevo Mundo y una inalterable armonía en
las operaciones de su respectivo gobierno” para así “hacerlos formidables ante
nuestros enemigos y respetables por las demás naciones” .
En mayo de 1811, los representantes de Venezuela y de Cundinamarca (provincia de
Colombia) que habían proclamado su independencia firmaron en Bogotá un tratado
de amistad, unión y federación. Como escribió el historiador mexicano Juan de la
Peña, éste fue el primer tratado internacional en la historia de los Estados
latinoamericanos independientes que reflejó en forma solemne y oficial sus
aspiraciones a la unión americana . Posteriormente, en 1812, se trató el
problema de la unión político - militar entre Buenos Aires y Nueva Granada
(Colombia) . Al año siguiente, a propuesta de Bolívar, Venezuela propone a la
Junta gubernamental de Nueva Granada concertar un tratado de unión .Pero
problemas políticos y dificultades de otro género imposibilitaron la realización
de resultados prácticos.
Desde 1814, Bolívar empieza a dejar sentir su enorme interés por unir a las
nuevas repúblicas latinoamericanas. En una carta escrita ese año, subraya la
importancia que habrá de tener “ la reunión de toda la América Meridional bajo
un cuerpo de naciones” . Al año siguiente - en septiembre de 1815 -, el
documento programático de la guerra de liberación: Carta de Jamaica, dio a la
luz. Allí se conjuga perfectamente el amor que siente Bolívar por la tierra que
lo vio nacer: Venezuela cuna de la independencia -, y por su magna Patria, la
gran América. Es en este documento donde Bolívar traza su estrategia de unidad:
“ Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del
mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un
solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un
origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente,
tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de
formarse. ¡ Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el
Corinto fue para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de
instalar allí un augusto Congreso...”
Y más adelante expresa la singularidad de los componentes de la América
Meridional que está integrado no por el “europeo ni el Americano del Norte, que
más bien es un compuesto de Africa y América que una emanación de Europa”
Es su sentimiento internacionalista. “Para nosotros la patria es la América” ,
que unida “podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas”
No obstante, tomando en consideración las peculiaridades históricas y las
diferencias entre los pueblos del continente, Bolívar hubo de renunciar a su
idea de “formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación” con un gobierno común y
propuso convocar un congreso internacional en Panamá. Lo cierto es que fue en
1819 - con la fundación de la República de Colombia- que se puso en práctica por
primera vez la idea confederativa del Libertador: unió a Venezuela con Nueva
Granada, génesis de su proyecto integrador. Dos años posteriormente, Santo
Domingo, Panamá y Quito solicitaron su inclusión en la “gran” Colombia
patrocinada por Bolívar. Otros proyectos le seguirían como fue la Confederación
de los Andes – concebida para agrupar las colonias españolas que resultaran
liberadas por sus ejércitos- y se regiría por la Constitución vitalicia o Código
bolivariano, resueltamente diferente al norteamericano y al inglés.
El vértice común de todo este proceso quedaría expresado con el Congreso
Anfictiónico de Panamá (22 de junio -15 de julio de 1826), cuestión que
analizaremos más adelante.
Otra expresión de la unidad fue el Proyecto Federativo de San Martín. Fue en
1818 en que se da conocer su idea.
Desde el punto de vista militar y político, consideró necesaria la unión entre
las nacientes repúblicas con el fin de inspirar a España y demás monarquías
europeas, cierto sentimiento de respeto y reconocimiento de la independencia ya
proclamada. Pero lo primero sería afianzar por medio de las armas el ideal de la
Revolución. Y de ahí que San Martín, luego de Maipú, una vez que se consolida la
independencia en Chile anuncia el 13 de noviembre de 1818 –dirigida desde
Santiago a los habitantes del Perú- su expedición. Les aconseja a la vez la
unión de la Argentina, Chile y Perú, dentro de un sistema federativo.
Veamos un extracto de la proclama:
“¡ Habitantes del Perú!. Los Estados Independientes de Chile y de las provincias
unidas me mandan a entrar en vuestro territorio para defender la causa de
vuestra libertad. Mi anuncio no es el de un conquistador. La fuerza de las cosas
ha preparado este gran día de vuestra emancipación. La unión de tres estados
independientes acabará de inspirar a la España el sentimiento de su impotencia”
Por otra parte, Pedro Ugarteche en su obra La Asamblea de Panamá señala que “San
Martín fue el primero que soñó con un Congreso americano. Bolívar fue el primero
que lo reunió”, y continúa: “Un Congreso central compuesto de los representantes
de los tres Estados, dará a su respectiva organización una nueva estabilidad...
así como la alianza y federación perpetua...” Esto lo corrobora Mariano Felipe
Paz Soldán en Historia del Perú independiente.
No compartimos esta opinión. Cuando en 1818 San Martín proclamaba en Santiago la
reunión de estos tres países ya Bolívar estaba en vísperas de consolidar la
reunión de Nueva granada, Venezuela, y Quito. Hacía 8 años que había proclamado
la necesidad de una Confederación americana, había escrito la Carta de Jamaica,
a Juan Martín de Pueyrredón y al pueblo argentino, para anunciarles el pacto
americano. Además, creemos que en la proclama de San Martín no habla de
confederación continental ni de Congreso americano, sino, se refiere a una
posible alianza y federación de Buenos Aires, Chile y Perú y aun Congreso
central compuesto de los representantes de los tres Estados.
Podríamos preguntarnos ¿ por qué no aconsejó una Federación más amplia? Opinamos
que predominó cierto espíritu práctico. Recuérdese que su radio de acción se
limitó a los países antes mencionados, y es allí donde había creado los vínculos
de solidaridad. Y a partir de esta pensó edificar su plan político. Por otra
parte, es posible que considerara lo estéril del momento para proyectar la unión
federativa a naciones que aún no tenían ninguna vinculación directa con las del
Sur del continente. Pero una vez que penetra en Perú y actuara en su vida
política, su plan federativo se hace más amplio, pues ha visto las posibilidades
de incluir al Ecuador. No hay que olvidar que la pretensión política de alcanzar
al Ecuador fue una de las razones más poderosas de San Martín para entrevistarse
con Bolívar en Guayaquil (1822), cuyas miras políticas iban también dirigidas
hacia ese país, pues pensaba integrarla a la Gran Colombia, como así ocurrió. Es
en esa entrevista- según ser recoge en el archivo de la historia- donde San
Martín se manifiesta partidario de la unión de las antiguas colonias españolas.
La documentación refiere:
“El Protector aplaudió altamente la Federación de los Estados Americanos como la
base esencial de nuestra existencia política. Le parece que Guayaquil es muy
conveniente para residencia de la Federación. Cree que Chile no tendrá
inconveniente en entrar en ella; pero sí Buenos Aires por falta de unión y de
sistema. Ha manifestado que nada desea tanto como el que la Federación de
Colombia y el Perú subsista aunque no entren otros estados”
Mucho se ha discutido acerca del proyecto federativo de San Martín, sosteniendo
algunos investigadores que el plan le fue insinuado por su Ministro Bernardo
Monteagudo. Pero en todo caso, el proceder y el accionar del General de los
Andes nos indica que sintió un profundo y arraigado anhelo americanista.
Justamente, Bernando Monteagudo proyectó otro Plan federativo. En Lima, en 1825
redactó el Ensayo sobre la necesidad de una federación general entre los estados
hispanoamericanos. Según contactamos, Mariano A. Pellica en Monteagudo, su vida
y sus escritos nos refiere:
“ Con el triunfo de Ayacucho, una preocupación nueva saltó en... Monteagudo. El
plan de una confederación,... volvió a presentarse como un problema cuya
solución era preciso buscar por medio de un Congreso americano”
Su proyecto suponía la unión federativa de los Estados Hispano - Americanos con
el fin de formar un bloque capaz de frustrar cualquier tentativa política que
pudiera tomar la Santa Alianza contra las repúblicas del Nuevo Mundo.
Establecería que entre las Repúblicas debía existir una alianza perpetua,
defensiva y ofensiva; además, un Congreso general, formado a base de los
distintos representantes de las repúblicas federales, discutiría y aprobaría los
problemas comunes y generales concernientes a la buena marcha de la federación;
pero este Congreso no estaría autorizado para inmiscuirse en forma directa en el
gobierno de cada república.
Sergio Guerra en su artículo: “Orígenes de la integración de América Latina” nos
refiere que este texto fue elaborado como parte de los preparativos orientados
por Bolívar para el proyectado Congreso de 1826. Por eso no es casualidad los
objetivos que se trazó:
“Independencia, paz y garantías: estos son los grandes resultados que debemos
esperar de la asamblea continental,... formar un foco de luz que ilumine a la
América; crear un poder que una las fuerzas de catorce millones de individuos;
estrechar las relaciones de los americanos, uniéndolos por el gran lazo de un
Congreso común, para que aprendan a identificar sus intereses, y a formar a la
letra una sola familia”
Otro proyecto interesante para el logro de la unidad latinoamericana fue
propuesto en Centroamérica, la cual proclamó su independencia en 1823. A
iniciativa del ilustre hondureño, periodista y destacado político José Cecilio
del Valle, autor de la Declaración de la Independencia, la Asamblea Nacional
Constituyente de las Provincias Unidas del Centro de América llamó el 6 de
noviembre de ese año a convocar una Conferencia General de los representantes de
todos los estados independientes del continente americano. Según sus palabras,
su principal tarea consistía en crear una federación llamada a garantizar que ni
un solo estado americano fuese víctima de la intervención extranjera. El asiento
de esta Magna Asamblea estaría en las provincias de Costa Rica o León
(Nicaragua).
En la medida en que la guerra se acercaba a su fin, se evidencia como Bolívar
junto a otros dirigentes del movimiento revolucionario, ponía en práctica la
idea de la organización de una alianza latinoamericana. Es notorio en la táctica
bolivariana como antes de la convocatoria de la conferencia general, fueran
firmados acuerdos y tratados especiales con cada Estado hispanoamericano, con la
finalidad de crear una unión. Como resultado de ello, prácticamente hacia 1825
toda la América hispana resultó unificada por vínculos de alianza, con el centro
en Nueva Granada.
Simultáneamente contra tales propósitos, el feto cada vez evoluciona en las
entrañas del monstruo y adquiere una forma mas definida. Ahora se le nombra:
Doctrina Monroe. Esta fue proclamada y sirvió de piedra angular a la teoría y
práctica del panamericanismo. El 2 de diciembre de 1823 en un mensaje anual al
Congreso el Presidente James Monroe (1817-1825) formuló una serie de principios
de la política exterior de Estados Unidos. En esta importante declaración se
proclamaba que el continente americano no podía ser en adelante objeto de
colonización por parte de las potencias europeas, además de plantear que
absteniéndose de intervenir en los asuntos de Europa, Estados Unidos considerará
como acciones hostiles cualesquiera intentos de los Estados europeos de
injerencia política o de otra índole en los asuntos de los países del continente
americano.
Estados Unidos no perdió tiempo para convencer a estadistas, diplomáticos, etc.
de que la proclamación de la doctrina evitó la amenaza de intervención de las
potencias de la Santa Alianza, defendió los principios democráticos del sistema
estatal en el continente americano y afirmó la “comunidad de intereses” de la
América del Norte y del Sur. Resulta obvio, que se convirtiera en la bandera
política de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental por decenios y llamara a
ensalzar el “aporte” americano a la causa de la libertad e independencia de los
pueblos latinoamericanos.
Es importante tener en cuenta en nuestro análisis, que no-solo el aspecto
político conformó el interés norteamericano por declarar esta doctrina, sino el
factor económico desempeñó un papel esencial. Veámoslo a continuación a partir
de las importaciones y exportaciones de E·EUU con la América Latina:
Años Importaciones desde América Latina Exportaciones a América Latina
1821 17.7% 15.0%
1822 16.8% 16.2%
1823 22.0% 18.8 %
Tomado de: Conferencias mimeografiadas de la U.H. 1967. P. 14
Fue un documento realizado con toda la intención política de los intereses
norteamericanos, dando continuidad a la línea expansionista de ese país. Nada
tenía de ingenuo ni de progresista. Si bien el principio de prohibir la
colonización y establecer la idea de la soberanía nacional lo anunciaba, no es
menos cierto que esto constituyó una fraseología democrática disfrazada para la
creación de diversos géneros de mitos. Y uno de los más viables resultó el mito
sobre la amenaza de la Santa Alianza con la finalidad de restablecer el dominio
de España en el Nuevo Mundo.
¿Existía realmente amenaza de este bloque hacia América.? Diversos escritores
confirman esta teoría. Sin embargo el estudio detallado de las relaciones
internacionales del primer cuarto del siglo XIX, realizado por investigadores
contemporáneos de diversos países, nos confirma que la amenaza real de
intervención de la Santa Alianza en América no existía.
M. Kossov en su libro: Historia de la Santa Alianza y la emancipación de América
Latina nos indica que los monarcas reaccionarios de los países europeos que se
aliaron para mantener el principio del legitimismo –aunque inclinados a ayudar a
su colega español no podían hacerlo. La complejidad de la situación
internacional en el primer cuarto del siglo XIX no era favorable a ello. La
enconada rivalidad entre Inglaterra y Rusia, así como Inglaterra y Francia, y la
política de maniobras de Prusia y Austria en el complejo sistema de “equilibrio”
europeo, excluía la posibilidad de lograr el grado necesario de conformidad
entre los integrantes de la Santa Alianza. Mucho antes de la intervención de J.
Monroe, el gobierno de Inglaterra se había separado resueltamente de la Alianza,
y sin el apoyo de la “reina de los mares” en aquel tiempo todos los proyectos de
ayuda a España para restablecer el dominio en el Nuevo Mundo eran
inconsistentes. Además, a inicios de los años 20 del siglo XIX en el arco sur
del continente europeo se desencadenó una ola de revoluciones populares.
Portugal, España, Italia y Grecia se vieron envueltas en estas. Era imposible
pues, pensar en una empresa a ultramar, cuando las monarquías de la Santa
Alianza apenas tenían tiempo para apagar el fuego en su propia casa.
Washington no desconocía esa realidad. Sus intereses no se proyectaban por la
independencia de América ni menos aún, mezclarse en la guerra contra España. Su
móvil fue establecer la hegemonía en el continente occidental. De hecho Monroe
declaró a todo el hemisferio occidental “zona de los intereses vitales y la
seguridad de los Estados Unidos”. Por eso su doctrina no tenía un carácter
defensivo sino que estaba dirigida contra los rivales de Estados Unidos en la
lucha por las esferas de influencia en esta región. A este agregamos que si bien
aparentemente Monroe creía en la “amenaza” de la Santa Alianza, su secretario de
estado, Adams, autor en gran parte de la doctrina, rechazaba la existencia de la
misma. En la reunión del gabinete del 15 de noviembre de 1823, dijo estas
palabras:
“ Yo no creo más en que la Santa Alianza restaurará el dominio de España sobre
el continente americano que lo que creo que el Chimborazo se hundirá bajo el
océano”.
Por eso, el historiador alemán M. Kossov concluye”: Así, pues, los supuestos
planes de intervención de la Santa Alianza, que proporcionaron a Monroe y a
Canning la infundada gloria de haber salvado la libertad de América pertenecen
al reino de las leyendas”
Pero tampoco fue casual el momento en que ésta nació. Estuvo predeterminada por
la estrategia política exterior de Estados Unidos. Se puede decir que el factor
inmediato que determinó la declaración de Monroe, partió de la propuesta de
Canning, el 20 de agosto de 1823 al embajador norteamericano Rush. De ahí, que
sin temores de equivocarnos, puede decirse que el Ministro de Relaciones
Exteriores británico fue el padre involuntario de la Doctrina Monroe. Veamos
algunas anotaciones:
“¿No habrá llegado el momento en que nuestros gobiernos concluyan un acuerdo
sobre las colonias hispanoamericanas?...¿no sería conveniente para nosotros y
benéfico para el mundo entero que los principios en que se basara nuestro pacto
quedasen claramente definidos...?
1. Consideramos imposible la reconquista de las colonias por España.
2. Consideramos la cuestión de su reconocimiento como estados independientes,
sujeta al tiempo y a las circunstancias.
3. No estamos, sin embargo, dispuestos a poner obstáculos para un arreglo entre
ellas y la madre patria, por medio de negociaciones amistosas.
4. No pretendemos apropiarnos ninguna porción de esas colonias
5. No veríamos con indiferencia que una porción de ellas pasase al dominio de
otra potencia."
Queda claro que comparando esta carta con el texto de la Doctrina Monroe,
resaltan las similitudes entre una y otra. Sin embargo, ¿por qué Gran Bretaña
realizó la propuesta de acción conjunta con Estados Unidos y éste no aceptó,
para luego –meses después– recoger los mismos principios en una declaración
propia? El propio Adams nos remite la respuesta, en su Diario de 1823, en la
parte correspondiente a la reunión del gabinete el 7 de noviembre:
“No tenemos intenciones de capturar a Texas ni a Cuba. Pero los habitantes de
uno o de ambos pueden ejercer sus derechos elementales, y solicitar una unión
con nosotros. Seguramente ellos no harán tal cosa con gran Bretaña. Por tanto,
uniéndonos a ella en su propuesta declaración, daríamos a Gran Bretaña un
compromiso sustancial y quizás inconveniente contra nosotros mismos, y no
obtendríamos nada realmente. Sin entrar ahora a inquirir la conveniencia de
anexar Texas o Cuba a nuestra Unión, deberíamos por lo menos mantenernos libres
para actuar según la emergencia que pueda surgir, y no atarnos nosotros mismos a
ningún principio que pueda inmediatamente después esgrimirse contra nosotros
mismos”
Además, en este ámbito de contradicciones por incrementar el poder expansionista
y la esfera de influencia a escala mundial, Adams puntualizaba la razón del
interés norteamericano por Cuba y Puerto Rico:
“Estas islas por su posición local son apéndices naturales del continente
americano, y una de ellas (sic.) (la isla de Cuba) casi a la vista de nuestras
costas, ha venido a ser, por una multitud de razones de trascendental
importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión... todo
se combina para darle tal importancia a la zona de nuestros intereses
nacionales, que no hay ningún otro territorio extranjero que pueda comparársele,
y que nuestras relaciones con ella sean casi idénticas a las que ligan unos con
otros los diferentes Estados de nuestra Unión”
Estados Unidos no quería comprometerse a no apropiarse de “ninguna porción de
esas colonias”, como establecía el punto 4 de la declaración citada. Y la
declaración de Texas y Cuba no fue casual, lo demostró la historia
posteriormente. En cambio, la declaración unilateral de los EEUU en el mensaje
Monroe, tenía la ventaja de que no ató a los Estados Unidos, lo dejaba libre
para ser intereses expansionistas y hegemónicos en el área, en tanto que
advertía a Europa –y Gran Bretaña, en particular– contra todo propósito de
dominación en la región. En cuanto a Canning, no lo movían objetivos
desinteresados. Conocían los ingleses la nueva potencia que se iba
desarrollando. Y con la declaración conjunta pretendía comprometer a EEUU –como
bien se percató Adams – a renunciar a toda expansión a costa de sus vecinos
latinoamericanos. Gran Bretaña confiaba de su poderío económico y militar en
aquel entonces para imponer su dominio en América Latina, como efectivamente
impuso –particularmente en el Sur – por el resto del siglo XIX, y en lo que a
los países más suramericanos se refiere durante las tres o cuatro primeras
décadas del XX, en que fue la potencia predominante.
Por eso tiene razón Camilo Barcia cuando escribe: “ Los Estados Unidos, en 1823,
no salvaron la independencia de América; actuaron como el jefe de un pelotón de
fusilamiento. Que da el golpe de gracia a lo que ya es casi cadáver...”
Otro factor muy importante que influyó en esto fue el próximo Congreso de
Panamá, para evitar por todos los medios el éxito de la reunión de los jóvenes
estados independientes de América eliminaría un obstáculo para sus planes de
dominación en la región. De ahí el interés de mantener aislados a sus vecinos.
Historiadores norteamericanos reducen las diferencias del panamericanismo y de
la Doctrina Monroe a rasgos puramente externos, afirmando que dicha doctrina
porta un cariz unilateral, mientras que las ideas del panamericanismo se
distinguen por su multilateralidad. En realidad, la una como la otra, poseen una
orientación común: la hegemonía de los Estados Unidos en el continente. Pero la
‹Doctrina Monroe ›–hemos visto- no revelaba las vías concretas para llevar a
cabo los propósitos trazados, mientras que la concepción del panamericanismo
contiene un determinado método político orientado a materializar la hegemonía
continental. Se trataba en síntesis, de crear una «comunidad panamericana», una
«unidad» o «alianza» en la que los Estados Unidos cumplieran el papel de líder.
Sin embargo, como es sabido, en vista de la actitud hostil de EEUU hacia la
causa de la independencia de América Latina Bolívar no pensaba invitar al vecino
del Norte a participar en el Congreso. En una de sus cartas a Santander, Bolívar
subrayaba: “No creo que los (norte) americanos deban entrar en el Congreso del
Istmo...” .
Bolívar después de haber llevado a cabo negociaciones previas, a fines de 1824,
se dirigió a todas las repúblicas latinoamericanas solicitando que enviasen
representantes al Congreso en Panamá. La circular de invitación dirigida a los
gobiernos de Colombia, México, La América Central, las provincias unidas de
Buenos Aires, Chile y el Brasil se inicia:
“Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América por
obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro
nuevo destino – es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen
entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base
fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos.
Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político,
pertenece al ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de
nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y
cuyo nombre solo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede
existir sino en una asamblea de plenipotenciarios, nombrados por cada una de
nuestras repúblicas, y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por
nuestras armas contra el poder español”
El objetivo fundamental del Congreso era, sin duda, el de confirmar el Tratado
de Unión, Liga y Confederación Perpetua entre las Repúblicas de Colombia, Centro
América, Perú y Estados Unidos Mexicanos., y como consecuencia, se establecía la
necesidad de firmar acuerdos sobre el comercio y los asuntos militares, y la
abolición de la esclavitud y las discriminaciones raciales, la liquidación de
todo vestigio del poder español en el Nuevo Mundo, y la facultad que tendría la
Confederación de mediar o arbitrar las disputas que surgieran entre sus
miembros. Los puntos tratados en la misma se relacionan con estos fines:
1. Confederación de los Estados Americanos para la consolidación de la paz y
defensa solidaria de sus derechos (art. 1-3)
2. Defensa de la independencia política y la integridad territorial de los
confederados (art. 2-3 y 21-22)
3. Solución pacífica obligatoria de las controversias (art. 16)
4. Buenos oficios y mediación de los confederados antes de que cualquiera de
ellos rompa o declare la guerra a potencia extranjera (art. 18)
5. Violación del pacto en materia de paz. El no respeto a las decisiones de la
asamblea implica la expulsión del confederado (art. 19)
6. Ciudadanía continental de los habitantes americanos(art. 23-24)
7. Abolición de la esclavitud (art. 27)
8. Codificación del derecho internacional (art. Adicional)
9. Ejército Federal (art. 3-9) y Convención de Contingentes
10. La democracia como característica esencial de los confederados
Los países de la parte meridional de Sudamérica recibieron con frialdad la
invitación de Bolívar. Con diversos pretextos, Chile, Paraguay y el Brasil (este
último invitado por Santander) se negaron a asistir. Buenos Aires tomó una
posición de ofensiva. En cuanto a Bolivia, ella nombró sus delegados, pero éstos
llegaron recién culminado el Congreso. De modo, que en las deliberaciones sólo
participaron Nueva Granada, Perú, México y la Federación de América Central.-
representaban las ¾ partes de la población de la América hispana y, salvo
Colombia, ningún estado ratificó los tratados firmados en dicha oportunidad.
EEUU y Gran Bretaña,- invitados por Santander y Bolívar, respectivamente- debían
asistir en calidad de observadores y, aunque aparentemente fría su actitud,
realmente llevaban un trazado plan para hacer fracasar el magno evento.
En el seno del Congreso se produjo un enfrentamiento entre las ideas de Bolívar
y las de los EEUU e Inglaterra; como es lógico, estos últimos coincidieron en
muchos puntos. Surge en ese momento la dicotomía entre las dos Américas:
distintos orígenes, distintas situaciones y diferentes fines.
El motivo más serio que impulsó a invitar a los Estados Unidos para que
concurrieran al Congreso de Panamá fue el problema cubano. En 1825, Cuba y
Puerto Rico eran los únicos territorios de América Latina que aún seguían bajo
la égida española. Se consideraba que la independencia de América no sería
completa mientras esas islas permanecieran en poder de España. Con ese propósito
Nueva Granada y México formaban fuerzas expedicionarias para ser desembarcadas
en Cuba..
Sin embargo, el plan de liberar a Cuba halló resistencia por parte de EEUU,
cuyos círculos gobernantes consideraban a Cuba como un objetivo legítimo de
expansión norteamericana. El Presidente Monroe se proponía anexar la isla a EEUU
en el momento más apropiado. En espera de esa oportunidad, trataba de preservar
el decadente dominio español en Cuba.
Con ese fin, el gobierno norteamericano decidió intervenir directamente. En 1825
envió notas especiales a los gobiernos de Nueva Granada y México para que
suspendieran la preparación de la expedición a Cuba o, en extremo caso,
comprometerse a mantener su neutralidad.
En marzo de 1826, después de intensas discusiones, el Senado, con 24 votos
contra 19, adoptó la decisión de enviar a dos representantes.
¿Qué es lo que debían procurar los delegados de Washington?.
Las instrucciones contenían proposiciones para lograr que la política exterior
de EEUU fuese tomada como modelo o ejemplo para los países de la América
Meridional, y una vez fortalecida con el poderío de otros países americanos, la
misma se convirtiese en política «americana» general.
¿Cómo aplicaría esta estrategia política?
Se proponía como uno de los importantes propósitos concretos de todos los países
del continente americano, la idea de prohibir las acciones militares contra la
propiedad privada en los mares. La propiedad privada en el mar, fuese quien
fuese el propietario, no debería ser capturada como trofeo.
Parecía plausible esta política, pero de hecho, representó un desafío directo a
Inglaterra, cuya política consistía en reprimir toda resistencia de los Estados
rivales por medio de la implantación de un riguroso bloqueo marítimo. Por esa
razón, en caso de que los países latinoamericanos aceptaran dichas
proposiciones, en cualquier conflicto militar se convertirían automáticamente
enemigos de Inglaterra. Esto conllevaría a formar un bloque antiinglés bajo la
conducción de Washington. Las referidas instrucciones preveían acciones de los
EEUU como árbitro en los casos de litigios entre los países hispanoamericanos.
En particular, Washington podía actuar cumpliendo dicho papel en el conflicto
territorial entre México y la Federación de América Central a causa de la región
de Chiapas. De modo que los Estados Unidos podrían utilizar su influencia
política en América Latina con el fin de «dividir e imperar», premiando a sus
«amigos» y humillando los intereses de los enemigos.
Por otra parte, los norteamericanos debían demostrar los numerosos beneficios
que el pueblo de los E.E.U.U. recibía a través de las leyes de su país. De
hecho, la propaganda de la constitución norteamericana y de las respectivas
formas de Estado (lo cual significaba también la esclavitud) constituía una
pieza inalterable en la línea política que Estados Unidos le proponía a la
América hispana. Luego las instrucciones que imponían a los delegados la
obligación de procurar que se aplicasen principios comerciales y de navegación
«americanos» comunes, como una de las tareas más importantes a realizar.
De modo que se proponía como principio que ningún país del continente debería
perseguir ningún tipo de privilegios comerciales, que no fuesen extendidos al
resto de las naciones de América; y a la vez, ningún país de América debería
otorgar a un país no americano algún tipo de privilegios, que no fuesen
recibidos por otros países latinoamericanos.
Con relación a la navegación se planteó el principio según el cual todo lo que
podía ser importado a cualquiera de los países del continente y exportado del
mismo en sus propios buques, de igual manera podía importarse o exportarse en
buques de otros países de América, pero con la condición de que el pago de los
fletes y recargos aduaneros no había de ser elevado.
Resulta obvio que si tomamos en cuenta la situación del panorama latinoamericano
después de quince años de guerra no iba a resultar similar al desarrollo
relativamente rápido de la industria norteamericana. Por eso, el punto referido
a la «igualdad» en el comercio representó una legitimación de la desigualdad en
provecho de Washington.
Del mismo modo, podemos interpretar las propuestas sobre la navegación
«americana»: los países latinoamericanos prácticamente carecían de flota
mercante - pues España prohibía la construcción de buques en sus colonias -,
mientras que EE.UU disponía de una flota mercante que sólo la aventajaba Gran
Bretaña. Es evidente que si el Congreso de Panamá aceptaba estas propuestas,
sobrevendría inevitablemente el predominio de la flota norteamericana en el
comercio de los países latinoamericanos, y con ello golpear los intereses
ingleses.
Pero además de su proyección contra Gran Bretaña existían en estas instrucciones
orientaciones mucho más amplias. En esencia se creaban condiciones favorables
para la industria norteamericana, es decir, condiciones de aislamiento de
Europa, lo que permitía ejercer su hegemonía sobre la economía quebrantada del
continente.
Esto refleja consecuentemente las verdaderas intenciones de la doctrina Monroe
que a nuestro modo de ver el historiador mexicano Carlos Pereyra en su obra El
mito de Monroe evalúa de manera muy acertada al afirmar:
“Es preciso que la credulidad humana no tenga límites para que esta leyenda del
monroísmo benéfico haya podido nacer y vivir durante un siglo. Los cuentos para
niños nos parecen inaceptables; pero, ¿no hay en la historia cuentos para
hombres?
Luego, las propuestas norteamericanas pretendían socavar el proceso de
acercamiento económico que entre los pueblos latinoamericanos se estaba
iniciando. Tan sólo la acción recíproca en el plano económico serviría de base
para una confederación política hispanoamericana. La situación de entonces,
favorecía al logro de una unidad: aún no existía ningún tipo de limitaciones
aduaneras y las primeras medidas gubernamentales de los gobiernos
revolucionarios estaban orientados al afianzamiento de esa situación. Además el
tratado firmado en nombre de Nueva Granada con otros países de América
meridional en 1823, se preveía fundamentalmente liquidar las barreras económicas
entre los países latinoamericanos.
En resumen todas las propuestas norteamericanas iban dirigidas contra una
alianza o confederación de los países hispanoamericanos. Por la otra, tenían el
propósito de implantar la hegemonía de Estados Unidos en América Latina.
A su vez, Washington rechazaba toda idea acerca de su incorporación a cualquier
tipo de alianza, bloque, liga o federación con los países latinoamericanos y no
firmó ninguna clase de tratados políticos que pudieran de algún modo maniatarlo.
Se exigía a sus delegados de que se abstuvieran de participar en las discusiones
relativas a las actividades bélicas con España, como también se indicaba la
negativa de Estados Unidos a firmar una alianza defensiva con las nuevas
repúblicas contra las posibles amenazas externas.
En lo que respecta a la cuestión de Cuba y Puerto Rico Washington se atenía a su
vieja política: rechazar categóricamente el derecho de Cuba a su independencia y
negar el derecho de otros países latinoamericanos a prestar ayuda a Cuba .
¿Qué representa Cuba y Puerto Rico para Bolívar?, ¿ Qué representaban para
Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España, esas islas en sus rivalidades
coloniales y expansionistas?
Al dar lectura a las obras de Simón Bolívar, vemos que por primera vez que el
Libertador hace mención de Cuba es en el año 1815, en su Carta de Jamaica. Ambas
islas no permanecen al margen de su ideal independentista, y por ello se
interroga “¿no son americanos estos insulares?, ¿no son vejados?, ¿no desean su
bienestar?”
La otra referencia la anota el 8 de agosto de 1820. En carta a Francisco de
Paula Santander, Bolívar –desde San Cristóbal- anotó:
“ Pienso que Sucre con la caballería de la Guardia y 2000 fusileros, por lo
menos, cubra a Cundinamarca por Trujillo, donde se le reunirá Lara con buena
división, y yo con la paz en Caracas, como VD se la hizo a Barreyro en Bogotá. Y
después, ¡ Dios nos asista!, Adiós del Perú y México; adiós de La Habana y
Puerto Rico. Yo no le pido a Dios más que una victoria, porque las demás yo las
tengo seguras”
Se destaca como estas islas caribeñas – aún el continente meridional no habiendo
declarado su independencia- formaban parte de un todo en la estrategia político–
militar del Libertador. En la misma isla de Cuba se había formado una Sociedad
secreta bajo la dominación de “Soles de Bolívar” que realizaba actividades
tendientes a la liberación. Y en las instrucciones de Tomás de Heres, Ministro
de Relaciones Exteriores del Perú, a los delegados peruanos al Congreso, se
puede leer:
“Como mientras las islas de Puerto Rico y Cuba, pertenezcan al gobierno de
España tendrá ésta un medio para mantener la discordia y fomentar tribulaciones
y aún amenazar la independencia y la paz en diferentes puntos de América,
procurarán ustedes que el Congreso resuelva sobre la suerte de dichas islas. Si
el Congreso, consultando los verdaderos intereses de los pueblos que representa,
creyera convenientes libertarlas, celebrará un tratado en el cual se señalen las
fuerzas de mar y tierra y las cantidades con que cada Estado de América debe
contribuir para esta importante operación, y en la cual decida si dichas islas o
alguna de ellas separadamente, se agregan a los Estados confederados o se les
deja en libertad de darle el gobierno que tengan por conveniente”
También se ve en las instrucciones firmadas por Sucre a los delegados
bolivianos, señalar como uno de los propósitos al Congreso “Expedicionar contra
las islas de Cuba y Puerto Rico, y expedicionar contra España, si tomadas estas
islas no hicieran paz con las Confederadas”
El Ministro del Exterior de Colombia había omitido el punto, pero ello fue
notado por el delegado Pedro Gual que inmediatamente le escribió a su Ministro:
“Como estoy seguro que ésta será una de las materias que los ministros mexicanos
propondrán y agitarán con más empeño, espero que usted tendrá la bondad de
transmitirnos las instrucciones necesarias sobre todos y cada uno de los
particulares que contiene la expresada cláusula”
En lo que respecta a México, este país estaba dispuesto a colaborar con Colombia
en la liberación de Cuba y Puerto Rico, habiendo su Congreso aprobado una ley
que permitía la movilización de tropas para hacer la guerra a Cuba.
La posición de EEUU e Inglaterra diferían radicalmente de las de estos
delegados.
El Ministro inglés Canning envió a Panamá un diplomático con instrucciones que
contenían cuatro puntos fundamentales:
1. Respeto a los principios del derecho marítimo inglés.
2. Frenar a la influencia norteamericana
3. Acuerdo con España basado en reconocimientos contra indemnidad
4. Oposición a los designios de Colombia y México y Cuba y Puerto Rico.
Y en opinión de Salvador de Madariaga, Dawkins llevó a cabo su labor
magistralmente.- Se ganó las simpatías de los delegados de Colombia, y consiguió
todo lo que deseaba Canning, excepto el acuerdo con España
Los EEUU por su parte, hablaban sin ambages de sus intenciones colonialistas. Y
con relación a Cuba, esto no era tema nuevo. Desde 1767, una década antes de que
las Trece colonias inglesas declararan su independencia, Benjamín Franklin
(1706-1790), uno de los padres fundadores, escribió acerca de la necesidad de
colonizar el valle del Mississippi: “...para ser usado contra Cuba o México
mismo...”
Años más tarde, Thomas Jefferson había puesto la mirada en Cuba, de la que decía
que “sería la adición más interesante que podría hacerse a nuestro sistema de
estados” Y más adelante agregaría:
“El dominio que esta isla con el promontorio de la Florida nos daría sobre el
Golfo de México y sobre los Estados y el istmo que la ciñen, así como sobre los
territorios cuyos ríos desaguan en él, colmaría la medida de nuestro bienestar”
Este legado fue cumplido lealmente por Henry Clay al dar las instrucciones a los
delegados norteamericanos al Congreso. Interesante sería transcribir dicho
documento en su totalidad, o al menos en sus partes más sobresalientes. Pero
como resulta imposible, citaremos una de las cláusulas significativas. En ella
se anota:
“Entre los objetos que han de llamar la atención al Congreso, escasamente puede
presentarse otro tan poderoso y de tanto interés como la suerte de Cuba y Puerto
Rico, y sobre todo, la de la primera. Cuba, por su posición, por el número y
carácter de la población, por la que puede mantener, por sus grandes, aunque aún
no explorados recursos, es el gran objeto de la atención de Europa y América.
Ninguna potencia, ni aún la misma España, en todos sentidos, tiene un interés de
tanta entidad como los Estados Unidos en la suerte futura de esta isla. Nuestra
política, con respecto a ella, está franca y enteramente descifrada en la nota a
Mr. Midleton. En ella manifestamos que por lo que respecta a nosotros, no
deseamos ningún cambio en la posición ni condición política de la Isla de Cuba,
y no veríamos con indiferencia el que del poder de España pasase al de otra
potencia europea. Tampoco querríamos que se transfiriese o agregase a ninguno de
los nuevos estados de América”
Por tanto, una vez más se comprueba como los Estados Unidos se opusieron
tenazmente a la independencia de Cuba.
Sin embargo, Bolívar era partidario de efectuar el Congreso a mediados de 1825.
No resultó posible hasta 1826. En su correspondencia se nos permite conocer como
reitera una nota: la expresa exclusión de los EE.UU. Conoce lo tortuoso de la
política norteamericana, así como el pensamiento de Adams y Jefferson. Incluso
más, Manuel Galich nos plantea que no cree fantasioso creer que Bolívar conoció
la propuesta de Canning al gobierno norteamericano, para hacer una declaración
conjunta, y - que desde luego, se hizo público - como esa propuesta británica
fue burlada por los norteamericanos y transformada en la declaración unilateral
Monroe. Era claro - nos afirma - que el hurto de la propuesta inglesa y la
supresión, en la declaración monroísta, del punto relativo a la no apropiación
de territorios hispanoamericanos, era una tácita confesión de los intereses
expansionistas norteamericana. De ahí la urgencia bolivariana en la Convocatoria
del Congreso para cerrar filas a partir de la unidad latinoamericana. Conocida
es la apreciación bolivariana de cómo los Estados Unidos parecen destinados por
la Providencia para llenar a la América de miserias, en nombre de la Libertad.
Pero lo cierto es que el Congreso aún antes de nacer, fracasaba. Entre el 22 de
junio y el l5 de julio de 1826 tuvo lugar en Panamá, la reunión de
plenipotenciarios. Pero hubo lamentables ausencias –ya antes mencionadas –. Así,
la concepción inicial del Libertador se frustró. En cambio, participaban - por
la invitación que hubo de efectuarle Santander- el Sr. Dawkins, comisionado de
su Majestad británica, con expresa prohibición de tomar parte de las
deliberaciones de los países americanos. Del mismo modo, Santander invitó a
Holanda y al imperio del Brasil. Pero estos no acreditaron representantes
alguno. El Cor. Van Veer, holandés compareció como un particular cualquiera. Los
EEUU tampoco participaron, ya torpedeados por ellos, mediante maniobras
diplomáticas en las capitales de México, Colombia y el Perú. Uno de los
delegados murió en el camino y el otro, no viajó por “falta de recursos”.
Los resultados tampoco correspondieron a las aspiraciones de Bolívar. El 15 de
julio de 1826 se firmaron cuatro documentos: un tratado de unión, liga y
confederación perpetua entre los cuatro estados representados (hoy son 11
repúblicas); una ampliación del artículo 11 del tratado, sobre la reunión, en
Tacubaya, México, del Congreso, cada dos años, en tiempos de paz, y cada año en
caso de guerra; una convención que fijaba el contingente con que cada uno de los
confederados debía contribuir para la común defensa y una convención militar,
que determinaba las bases para el empleo y dirección de los contingentes.
Al conocer los resultados del Congreso, desde Guayaquil orientó, para que no se
ratificaran los tratados de Panamá:
“ El convenio sobre contingente de tropas, principalmente sobre el modo, casos y
cantidades en que deben prestarse es inútil e ineficaz. La traslación de la
asamblea a México va a ponerla bajo el inmediato influjo de aquella potencia, ya
demasiado preponderante y también bajo el de los Estados Unidos del Norte. Estas
y otras muchas causas...me obligan a decir que no se proceda a la ratificación
de los tratados”
El Congreso decepcionó a Bolívar. No solo por las intrigas de las potencias
capitalistas, sino por aquella posición asumida por los propios latinoamericanos
“magnates de las capitales” que bien presintió desde 1815 en su Carta de
Jamaica. Esclavistas y feudales, oligarquías provinciales, fueron incapaces de
sacrificar un mínimo de sus privilegios de casta a la gran causa de América. Por
eso el General Daniel Florencio O´Leary en sus Memorias señala que la “falta que
en el Congreso hubo de los representantes de varios estados y las causas que la
motivaron, disminuyeron en gran parte las esperanzas que el Libertador había
concebido de la utilidad de las decisiones de aquel cuerpo en lo porvenir”
Es indiscutible que la propuesta bolivariana conllevaba la unión
hispanoamericana y la creación de una fuerza capaz de hacer infranqueable golpes
a las ambiciones neocolonialistas: Inglaterra y EEUU. A esto se le unen las
propuestas de Bolívar antiesclavistas, sus proyectos liberadores respecto a Cuba
y Puerto Rico y la idea de una especie de “mercado común” hispanoamericano.
Sin embargo, el panamericanismo es presentado como heredero de las ideas de la
solidaridad latinoamericana de Bolívar. Los apologistas de esta doctrina
enmascaran la verdadera esencia y carácter de la misma.
Algunos autores pretenden dar por cierto que la inclusión de EEUU en Panamá
obedeció en rigor al continentalismo de Bolívar, no queriendo recordar que el
suyo fue un continentalismo hispanoamericano. Francisco Cuevas Cancino, en:
Bolívar: el ideal Panamericano del Libertador afirma que “puede decirse que el
pensamiento del Libertador se extiende, claramente, hasta comprender todo el
continente. Por su origen contractual – añade –, el panamericanismo parte de los
países latinoamericanos; de éstos, pasa a incluir a los lusitanos, después a los
anglosajones libres y, en el ánimo de Bolívar, al continente entero”
Con relación a este aspecto, consideramos que existen pruebas irrefutables que
demuestran todo lo contrario. A Bolívar le interesó siempre unir estrechamente a
las naciones que luchaban por liberarse de España, y deja igualmente claro que
el Congreso de Panamá incluyó a otros países por razones tácticas
circunstanciales, del todo ajenas al ideal bolivarista. Y si consideró –ya lo
hemos visto con anterioridad– que la presencia de Inglaterra en el Congreso
sería más útil para las nuevas repúblicas en su lucha contra España, es evidente
que su inclusión nada tenía que ver con la idea de hacer de Panamá lo que
Corinto había sido para los griegos.
Que el Congreso no alcanzó las expectativas del Libertador queda claro a partir
de sus propias palabras. En una carta a Páez escribió:
“ El Congreso de Panamá, institución que debiera ser admirable si tuviera más
eficacia, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una
roca los buques que navegaban. Su poder será una sombra y sus decretos meros
consejos” .
Y en carta a Santander, decía: “...veo al Congreso del Istmo como una
representación teatral”. En adelante, dos concepciones opuestas sobre la
seguridad, la libertad y la unidad del continente estarían a menudo en
conflicto; el latinoamericanismo de Bolívar y sus precursores y el
panamericanismo de Jefferson, Monroe y Clay.
Justamente, este término –que por primera vez se usara en el periódico
norteamericano New York Evening Post el 7 de septiembre de 1889– representaba –
y aun representa– el desarrollo ulterior de la Doctrina Monroe y de las ideas de
los “padres” de la república burguesa norteamericana sobre la “predestinación
divina” del papel de los Estados Unidos como dirigente en el Hemisferio
Occidental, adaptado a las condiciones del imperialismo. Es el parto doloroso de
una criatura ajena a “Nuestra América”, que se nombró James Gillespie Blaine,
–secretario de estado en los períodos de los años 1881-1882 y 1889- 1893, quien
a principios de los años 80 del siglo XIX propuso convocar en Washington una
conferencia internacional de todas las repúblicas americanas, haciendo renacer
las ideas de la “solidaridad” panamericana.
Dicho renacimiento estuvo condicionado por dos factores:
1. La construcción del canal interoceánico. Preocupó esta a EEUU, y en el envío
de un mensaje al Congreso el 8 de marzo de 1880, el presidente Rutherford B.
Hayes manifestaba que EEUU aspiraba construir el Canal bajo control de esa
nación, y que EEUU no podía aceptar la concesión de ese control a uno o varios
países europeos. Aquí aprovechó oportunamente al panamericanismo con su consigna
de “solidaridad” de todos los países americanos y la consigna de una especie de
política interamericana, opuesta a la política europea, vino muy bien al gusto
de los círculos gobernantes estadounidenses. Ya en 1880 durante las discusiones
en la Cámara de Representantes en torno al Canal, se decidió crear un comité
para estudiar la posibilidad de convocar a una conferencia de estados
americanos.
2. Las guerras en América Latina: la guerra de la Triple Alianza (Argentina,
Brasil y Uruguay) contra Paraguay en 1864-1870, y la guerra de Chile con Bolivia
y Perú en 1879-1884 permitieron a la diplomacia norteamericana presentarse en el
papel de pacificadora.
La criatura inicia sus primeros pasos. En noviembre de 1881 Blaine se dirigió a
los presidentes de todos los países americanos con la propuesta que enviasen
representantes a Washington para el primer congreso panamericano.
En una nota circular enviada a los representantes diplomáticos de los EEUU en
los países latinoamericanos – en relación con la invitación de éstos a la
Conferencia Interamericana- expresó:
“La posición de los Estados Unidos como la primera potencia del Nuevo Mundo
concede a su gobierno el derecho a hablar en tono autoritario al objeto de
eliminar las divergencias entre sus vecinos con los cuales mantienen las
relaciones mas amistosas”
Pero este primer intento fracasó. El nuevo secretario de Estado aseveró que la
Conferencia era inoportuna, y subrayó que sin una previa preparación las medidas
orientadas a crear una alianza panamericana, “lo más probable es que podían
debilitar, antes que fortalecer, nuestra influencia” pues EEUU podía quedar en
minoría en la alianza.
No obstante, los años sucesivos a la separación de Blaine fueron años que se
caracterizaron por una rápida difusión del panamericanismo entre políticos y
hombres de negocios norteamericanos, lo que testimoniaba el interés por el
mercado latinoamericano. En América Central los intereses económicos de EEUU se
incrementaban para esa fecha, e incluso logró socavar seriamente las posiciones
de Inglaterra en esa región. En 1883 el volumen de exportaciones por primera vez
superó la exportación de Inglaterra hacia México. El cónsul de Gran Bretaña en
ese país informaba que “las posiciones de Estados Unidos se tornan cada vez más
firmes y que no estaba lejos el día, en que sus empresas pasarían a ser
monopólicas”
Así, se comenzaron a presentar proyectos para materializar la «unidad
panamericana». El gobierno norteamericano, atendiendo las voces de los círculos
de negocios, envió una misión a los países más importantes de América. En su
informe ante el gobierno, la misión subrayaba que la conferencia panamericana
constituiría el factor que se necesitaba para el estrechamiento de los países
latinoamericanos con los Estados Unidos.
El secretario de estado F.T. Frelinghuysen señalaba ahora:
“Desde la formación de los Estados Unidos, jamás existió una convicción más
profunda de cuán deseable era la estrecha unidad...de la gran familia de
naciones independientes , que han crecido en el continente americano” .
Ya el 1888 la Cámara de Representantes y luego el Senado aprobó la ley para la
convocatoria de la primera conferencia panamericana. Así, Estados Unidos asume
el papel de «hermano mayor» en la dirigencia de los asuntos interamericanos.
Y en fin, la criatura empieza a andar con paso más firme y logra convocar para
octubre de 1889 a la primera Conferencia Panamericana en Washington.
Tras los cuatro años del demócrata Cleveland, volvieron los republicanos al
poder, con Benjamín Harrinson (1889-1893), y Blaine como secretario de Estado.
Los aspectos a tratar en la Conferencia incluían 8 puntos. Los más importantes
de ellos serían:
1. Medidas que tiendan a conservar la paz y fomentar la prosperidad de los
diversos estados americanos,
2. Creación de una unión aduanera americana
3. Implantación de una moneda de plata única
4. Establecimiento de un sistema de aranceles aduaneros, recaudaciones y
reglamentaciones portuarias para regular las operaciones de importación y
exportación,
5. Adopción de un plan de arbitraje para resolver los litigios y conflictos que
surgiesen
La convocatoria suscitó honda preocupación entre amplios sectores de América
Latina. Intérprete de este estado de ánimo fue nuestro José Martí. Emilio Roig
de Leuchsenring destacaba que “en su apostolado y en su martirio, Martí es un
precursor de la lucha antimperialista contemporánea” .
Y en efecto, asistieron las repúblicas americanas excepto la Dominica, porque -
comenta Martí- en su primera crónica a “La Nación”(28 .9.1889), “no puede venir
a sentarse a la mesa de los que le piden a mano armada su bahía de Samaná, y en
castigo de su resistencia le imponen derechos subidos a la caoba”. Las dos islas
antillanas no podían asistir pues aún eran colonias españolas. En resumen,
estuvieron representados 16 países latinoamericanos con un total de 26 delegados
más 10 de los EEUU.
El 2 de octubre se inició la ceremonia con la intervención de Blaine. Las
previsiones martianas – aún antes de inaugurarse la Conferencia eran
diagnosticadas por Martí –, con los antecedentes de la convocatoria, y de la
política yanqui que se movían alrededor de ésta, que “el que comenzó por ser
ardid prematuro de un aspirante diestro [Blaine], viene a ser [...] el
planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre
los pueblos de América” . Es decir, como en efecto fue la era panamericanista.
Tan profundamente conocía Martí todo lo que había tras “la aparente mansedumbre
de la convocatoria”, que aún antes de que esta se formalizara, escribió a su
amigo Enrique Estrázulas el 15 de febrero de 1889:
“lo que desde años vengo temiendo y anunciando se viene encima, que es la
política conquistadora de los Estados Unidos, que ya anuncia por boca oficial de
Blaine y Harrison su deseo de tratar de mano alta a todos nuestros países, como
dependencias naturales de este, y de comprar a Cuba” Pudo, por ese conocimiento,
advertir que “las entrañas del Congreso están como todas las entrañas, donde no
se las ve” y aún más penetrante, “ de raíz hay que ver a los pueblos, que llevan
sus raíces donde no se las ve...”
Y Blaine fue el motor que impulsó a la maquinaria devoradora de pueblos. Puso en
marcha la voluntad imperial de los EEUU. Y Martí previó este fenómeno. Percibió
y dejó constancia en ello. Refiriéndose a esto anotó en “La Nación” en febrero
de 1888:
“Para él no hay cumbre inaccesible, ni distancia que no mida con el ojo
avariento, ni ardid a que no acuda para asegurar su presa; más su mente cesárea
no es de aquellas que los pueblos deben nutrir, porque se ejercen en su bien,
sin más ambición personal que la natural y deseable que asegura la energía, sino
de las que se han de temer, porque usan de su pueblo como de instrumento para el
adelanto propio, y de sus problemas como piezas de ajedrez que combina para el
triunfo el jugador interesado”
No habían transcurrido dos años, y en noviembre de 1889, Martí corroboraría
aquel planteamiento, “a la hora en que se pintan, en apogeo común, el ansia de
mercados de sus industrias pletóricas, la ocasión de imponer a naciones lejanas
y a vecinos débiles el protectorado ofrecido en las profecías, la fuerza
material necesaria para el acontecimiento, y la ambición de un político rapaz y
atrevido [ Blaine].”
Esa ansia de “mercados de sus industrias pletóricas” fue lo con marcado carácter
mostró la Conferencia. La necesidad de expansión comercial era el ímpetu
mercantil al que Blaine servía con su política continental para atraer a las
repúblicas latinas. En eso consistía aquel “agasajo a las industrias ricas,
ofreciéndoles [...]los mercados que apetecen”. Monopolizar e impedir la
competencia con otras naciones era su objetivo. Para ello había que persuadir a
los delegados de aquellas repúblicas “ que es de la conveniencia de sus pueblos
comprar lo de este [los Estados Unidos] y no de otros, aunque lo de este sea más
caro, sin ser en todo mejor, y aunque para comprar de él hayan de obligarse a no
recibir ayuda ni aceptar tratos de ningún otro pueblo del mundo” . Por eso Martí
señalaba cómo en la convocatoria a la Conferencia “se unieron el interés privado
y político de un candidato sagaz, la necesidad exigente de los proveedores del
partido, la tradición de dominio continental perpetuada en la República”
Martí se percató y dio a conocer las sórdidas pretensiones norteamericanas. Por
ejemplo, develó como el vocablo «arbitraje» era “el lema con que corrían la idea
de la tutela continental”. O cómo, con la promesa de «tratados de comercio»,
Blaine quería ganar para sí los votos de los intereses incompatibles de
librecambistas y proteccionistas, unos deseaban abrir a sus manufacturas los
mercados latinoamericanos y otros exigentes de altas tarifas para las materias
primas que procedieran de América, para mantener los altos precios de sus
productos. O cómo la idea de la moneda común, de plata, que a «ver las cosas en
la superficie» tampoco era de temer, porque «cuanto ayude al trato de los
pueblos es un favor para la paz», venía a resultar “cuestión viva; y para la
América más, porque los Estados Unidos quieren venderle por un peso de oro el
peso de plata que les cuesta setenta y cinco centavos”. Blaine quería los votos
de los estados mineros del Oeste, pretensión que Martí destrozó con magistral
agudeza en su «Informe a la Comisión Monetaria Internacional» y en su artículo
sobre la «Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América», publicado en la
Revista Ilustrada de Nueva York, en mayo de 1891.
Por eso, la Conferencia Panamericana sería, en concepto de Martí:
“el instrumento de que se vale un político hábil y conocedor de sus huestes,
para triunfar sobre sus rivales por el agasajo doble a las industrias ricas,
ofreciéndoles, sin el trabajo lento de la preparación comercial, los mercados
que apetecen, y a la preocupación nacional, que ve en Inglaterra su enemigo
nato...”
Fue Martí quien emplazó a la criatura: el panamericanismo ante el tribunal de la
Historia. Y, desde luego, a su creador: el imperialismo.
Emitió la fórmula para conjurarlos.
Sus crónicas –ya antes mencionadas– además de sus artículos referentes a Nuestra
América, en el prólogo a sus Versos Sencillos, en sus cartas a Gonzalo de
Quesada, etc. constituyen el fruto de la plena madurez de su pensamiento y de la
amenaza que constituía el norte para Nuestra América. Rechazó las fórmulas
ciegas de imitación –al igual que Bolívar -. Destacó la importancia de la
reivindicación del negro y el indio como hiciera en su momento El Libertador,
destacando la importancia de éstos en la composición y conformación de nuestra
identidad.
Sin embargo, correspondió a Martí vivir en otra época histórica. Y de ahí se
distingue de Bolívar en otras formulaciones. En primer término, Martí no vio
como Bolívar, la unión de los pueblos de Nuestra América: este último veía la
unidad a través de la centralización política, o sea, su objetivo era crear una
gran confederación americana para hacer de Hispanoamérica un continente fuerte
frente a los peligros extranjeros y capaz de desarrollarse con sus recursos
reunidos. Para Martí, en cambio, la unidad no estaba en la centralización en ese
sentido, sino en la unidad de espíritu frente a los elementos disociantes de la
identidad latinoamericana, en el conocimiento mutuo y en el gobierno de acuerdo
a las características propias. Por otra parte, en esa unidad –a diferencia de
Bolívar–, consideró no solo a la América hispana. A pesar de la variedad del
continente, en Martí implicó la necesaria unidad. A ello se refiere en 1884
cuando escribe “Pueblo y no pueblos, decimos de intento, por no parecernos que
hay más que uno del [Río] Bravo a la Patagonia”. Siete años después en su
artículo programático “Nuestra América”, Martí confirma inequívocamente que tal
denominación abarca a las que llama “las naciones románicas del continente” y
“las islas dolorosas del mar” : es decir, la totalidad de los países al sur del
Río Bravo incluyendo las islas del Caribe, en las que no solo se hablan español
y francés (lenguas neolatinas), sino también inglés, holandés, papiamento y
muchas lenguas nacionales que no son neolatinas, lo que implica que sus
correspondientes culturas no se insertan en este marco. En nuestros días
hablamos- para englobar la totalidad de nuestros países- de«la América Latina y
el Caribe»; expresión que no resulta todo lo afortunada que quisiéramos. Baste
recordar que algunos países del Caribe – Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico- son,
a la vez, latinoamericanos y caribeños. Opinamos que el término martiano de
“Nuestra América” hace justicia a la variedad y unidad de los diferentes
componentes en que se articula todo el conjunto de nuestra órbita histórica. Se
debe a Martí, esta definición - que hallo más acabada y esclarecedora- pues no
reduce el concepto: abarca a la América Latina, a los países caribeños no
latinos y a los enclaves indígenas. Y en tercer término, Martí fue exponente del
antimperialismo, aunque no penetrara en la esencia del fenómeno por dos razones:
1. Aún no había cuajado plenamente dicha fase; y segundo, no era marxista,
aunque sí un revolucionario que además de comprender quien era el enemigo común,
elaboró un plan de acción revolucionaria, en el que la libertad de Cuba y Puerto
Rico era un puntal de su estrategia política. Bolívar –a nuestra consideración-
no lo fue, porque no podía serlo en la época en que le correspondió vivir (1783
-1830). Existen autores que emiten sus criterios en relación con esto. Manuel
Galich en. “Panamericanismo: antítesis de la concepción bolivariana” nos refiere
con relación a Bolívar: “Presintió al imperialismo yanqui en embrión y tembló
por el destino de “América Meridional”. ¿Fue, pues, antimperialista?. Sí. Por su
genial don de previsión. Quizás sin saberlo” . Opinamos que Bolívar no deja de
ocupar su lugar histórico si planteamos que supo avizorar el peligro
expansionista del Norte, que a nuestro juicio, no constituye sinónimo de
antimperialismo –aún en embrión –.
Consecuente con su tiempo, Martí en su ensayo visionario “Nuestra América”,
alertó como nadie el peligro del imperialismo a los pueblos latinoamericanos:
“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de
la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores
continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones
íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”
El desarrollo vertiginoso que alcanzaba los Estados Unidos con su ímpetu
imperialista fue el peligro mayor de la América, que no pudo poner los árboles
en fila para “que no pase el gigante de las siete leguas”.
Sin embargo, el único resultado práctico de la Conferencia fue la decisión de
crear la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas y su órgano
permanente, la Oficina Comercial, con sede en Washington. Las tareas de este
organismo se limitaban a recoger y publicar información económica - comercial y
de otro género.
Pese a la derrota sufrida, EEUU no renunció al propósito de poner bajo su
control la actividad política de sus vecinos del Sur. ”El Congreso ha terminado-
escribía el 20 de abril de 1890 el periódico New York Tribune,- pero la causa de
la unión tan solo ha comenzado. El terreno está desbrozado, ahora a EEUU no le
queda más que tomar en sus manos la iniciativa y concluir con tan magna obra”.
Sin embargo, esta tarea no resultó ser tan simple. La Segunda Conferencia se
logró convocar después de 10 años en México (octubre de 1901-enero 1902). Se
decidió que en lo sucesivo las conferencias serían convocadas cada 5 años. Así,
grano a grano, se erigió el edificio del sistema interamericano. Reuniendo a los
latinoamericanos bajo la tutela de EEUU fue lo que quiso evitar Bolívar. El
panamericanismo no surgió en el Congreso de Panamá ni tiene que ver con el
latinoamericanismo de Bolívar o Martí, ya que esta puede evaluarse como una
teoría diversionista, expresión del neocolonialismo yanqui.
La figura y el pensamiento bolivariano han recorrido esa tergiversación a través
de la historia diversionista. Así como la pléyade de apologistas panamericanos
que se empeñan en demostrar la continuidad histórica entre el Congreso de Panamá
y sus ideas de integración americanas con las conferencias panamericanas y su
derivación ideopolítica y social: el panamericanismo. Autores como José Joaquín
Caicedo Castilla además de considerar a Bolívar como precursor del
panamericanismo, ha llegado a plantear que la carta de la OEA recoge la
estipulación del Congreso de Panamá sobre la garantía recíproca de la integridad
territorial de los Estados contratantes . La táctica bolivariana: la unidad, aún
está por cumplirse en nuestros pueblos.
Y por eso aún Bolívar está “... en el cielo de América, vigilante y ceñudo,
sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los
pies: así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó
hecho sin hacer está hasta hoy: ¡por qué Bolívar tiene que hacer en América
todavía!”
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CONCLUSIONES
Partir de los orígenes del latinoamericanismo y del panamericanismo nos permiten
comprender con mayor certeza los desafíos integracionistas de nuestros días.
Las ideas de la solidaridad latinoamericana se fomentan a través de la lucha
revolucionaria de nuestros pueblos en el primer cuarto del siglo XIX.
La unidad de cooperación entre los pueblos no solo fue expresión de Simón
Bolívar. El archivo de la historia toma como referencia a Francisco de Miranda,
el precursor de América. Tuvo sus seguidores Juan Egaña, Bernardo O´Higgins,
Mariano Moreno, San Martín, Bernardo Monteagudo, José Cecilio del Valle, José
Martí, etc.
Cierto es que el proceso de unificación se inició con la creación en 1819 de la
República federada de la Gran Colombia. Pero este proyecto no fue aplaudido por
la política norteamericana. Reflejo de su inconformidad fue la posición que
asumiera ante el Congreso de Panamá, y en específico con la política hacia Cuba
y Puerto Rico.
La debilitada economía latinoamericana tras años de guerras, las rencillas
locales que no fueron exterminadas, el caudillismo, el regionalismo, las guerras
interamericanas sirvieron de cepo al ave rapaz para desunir a nuestras
repúblicas, que se enfrentaba a un Norte cada vez más hambriento de sus anhelos
expansionistas.
Sus intereses por dominar el mercado interno de los Estados Nacientes resultó
ser su primacía en la línea política que se trazó de un primer momento. Para
ello era necesario consolidarse y desplazar a Gran Bretaña. España, debilitada,
no constituía temor para estos círculos. Ellos caerían luego, - como supo
advertir José Martí- sobre nuestras tierras de América sino nos uníamos.
Y precisamente, con tales objetivos, saben aprovechar oportunamente el Congreso
de Panamá para elegirse posteriormente como mandatarios del sistema americano, y
apoderarse de la bandera latinoamericanista, como representantes de todo un
sistema, en fin: “bolivaristas”. Baste leer las proclamas, cartas de Bolívar
para demostrar con certero juicio que el bolivarismo fue la antítesis del
panamericanismo.
Y justamente, en el Congreso de 1889, con Blaine a la cabeza del “sistema
americano”. Martí advierte a la América el peligro que corre las propuestas
norteamericanas. Martí desarma al vocero panamericano y prevé a los pueblos del
peligro imperialista. Su objetivo, que aún está por cumplirse en Nuestra
América: preparar y unir a nuestros pueblos frente al Norte revuelto que nos
desdeña, constituye nuestro legado.
Por eso, lo que hasta ayer era un sueño, hoy es una necesidad imperiosa de
nuestro tiempo. El descuidar este aviso de los próceres de la independencia
americana tendría, al decir de Fidel Castro, un solo resultado: O nos unimos o
desaparecemos como naciones.
AUTORA
Por: Lic. Marlene I. Portuondo Pajón.
Prof. Historia de Cuba. Facultad de Ciencias Médicas de la Habana “General
Calixto García”