Cuando las clases privilegiadas están bien
asentadas en sus principios, cuando tienen clara conciencia, cuando los
oprimidos –debidamente convencidos de ser criaturas inferiores- se envanecen de
su condición servil, el artista está cómodo.
Jean Paul Sartre
INTRODUCCIÓN
El año 2003, el filósofo Joan-Carles Mèlich de la universidad de Barcelona
publicó “La sabiduría de lo incierto. Sobre ética y educación desde un punto
vista literario.” Lo que me propongo hacer a continuación es criticar la
posición que Mèlich sostiene, desde la experiencia histórico-social de
pertenecer a un mundo cultural donde la escritura no goza de las prerrogativas
estéticas que en Europa, Norteamérica o los países latinoamericanos que desean
ser modernos en el plano de la educación, según los lineamientos de la estética
literaria de occidente.
A esto debo añadir que el intento de poner en crisis la racionalidad que piensa
lo literario como finalidad de la educación y no como uno más de los posibles
medios para alcanzar finalidades ético-morales, también busca reivindicar el
principio de que la educación comprendida como un proceso orientado siempre a
vivir bien en comunidad (o sociedad) debe (ría) ser el fundamento de cualquier
pretensión pedagógica (salvo, obviamente, que se prefiera continuar creyendo que
es mejor garantizar condiciones para el auto-complacimiento de las personas a
partir de la fetichización de “lo” literario).
DESARROLLO
1. LA EDUCACIÓN DE LO INCIERTO
El objetivo del Mèlich es “proponer una educación ética basada en la sabiduría
de lo incierto, esto es, la práctica educativa como apertura a la incesante
transformación, una transformación ambigua, transgresora, sin verdades absolutas
o intemporales.” Este propósito está remarcado con la precisión de que “El punto
de vista literario, la sabiduría de lo incierto, es una aspecto ineludible de
toda educación ética, por cuanto huye de todo dogmatismo y certeza definitivas y
se abre a la contingencia y a la ambigüedad.” Ambas proposiciones, sin lugar a
dudas, presuponen una ética y una racionalidad, desde el momento en que no es
posible decir algo desde ninguna parte.
¿Qué tipo de racionalidad y ética se encuentran por detrás de la intención de
construir una educación basada en lo incierto y un ética en la relatividad de lo
literario? Respuesta: la racionalidad (pos)moderna, a la que efectivamente ya no
le importa ningún principio más que el conocimiento por el conocimiento, y una
ética que muy bien se puede definir como la preocupación por uno mismo. Lo
incierto presupone miedo y el miedo lleva a todo ser humano a preservar su
integridad incluso contra otros seres humanos. De ahí que, con la experiencia
histórica de la modernidad a cuestas, se llegue a afirmar que ahora son
necesarias una educación sin horizontes específicos (lo incierto), y la
literatura como una de las fuentes de precariedad.
Puede que el proyecto de Mèlich sea perfectamente posible en sociedades donde la
cultura de la razón ha cancelado el paso a otro tipo de culturas, pero ¿debe ser
posible en contextos donde más bien existen principios insuperables como la
preservación de vida, y donde lo literario no pasa de ser más que una fútil
estética de personas que usan la escritura como terapia para liberarse de
demonios internos, más que para hacerse responsables por otros? La
predisposición no debería ser derivar una educación y una ética de la crisis del
mundo occidental y toda la cultura que presupone, sino más bien aprovechar esa
crisis para continuar sosteniendo los principios contra los cuales la modernidad
se erigió a sí misma como el único camino a seguir.
Me refiero a principios como la memoria del pasado, la sensibilidad antes que la
razón y la ética comprendida como reciprocidad con y por los otros. Se trata de
principios al margen de la contingencia y lo incierto que, paradójicamente, son
sensaciones que el mismo mundo del impenitente capitalismo promueve entre sus
defensores a través de cierta educación. El contenido del propósito de Mèlich,
por lo tanto, es negativo, salvo que vivamos realidades donde lo (pos)moderno,
más allá de ser un simple deseo, sea una racionalidad en vigencia, pero ese no
es el caso, ni tiene por qué serlo en los contextos pluriculturales donde
existen racionalidades que no se asientan sólo en la razón, sólo en la
escritura, mucho menos en el individualismo.
2. LITERATURA Y ETICIDAD
El segundo aspecto que importa abordar es la idea de lo literario como causa de
eticidad. “(...) estoy convencido -asegura Mèlich- de que la lectura de textos
literarios resulta un instrumento didáctico de suma importancia para una
educación ética.” En el contexto histórico-social occidental-moderno, que
remonta hasta sus apócrifos orígenes griegos, una educación fundamentada en lo
literario siempre ha sido posible, debido a la existencia del humanismo que
jamás hubiera sido posible al margen de la lectura y la escritura promovidos por
el género epistolar. Una de las consecuencias de este tipo de educación basado
en lo literario es el marcado liberalismo.
¿Por qué? Porque lo estético de los textos literarios acontece como una
experiencia fundamentalmente solitaria. Esta soledad aparece como la unidad
indisoluble entre el placer del lector y el acontecimiento estético de lo
literario. Si esto comporta una ética, por supuesto que así es, se trata de una
ética absolutamente responsable por el despliegue del placer o gusto estético de
uno mismo y de nadie más. ¡La sublimación del individualismo! Kant no estaba
equivocado al afirmar que lo ético abunda en lo estético. Los juicios estéticos,
al ser autotélicos, no contribuyen al conocimiento de la realidad donde se
encuentran otros. Esto está confirmado por una de las reglas del humanismo: “Una
regla de la cultura literaria es que los emisores no pueden prever a sus
receptores reales.
” Entonces, ¿de qué tipo de ética estamos hablando cuando se plantea que lo
literario debe constituirse como uno de los basamentos de toda educación? Emerge
la importancia de la verdad de uno mismo antes que las verdades provenientes de
la exterioridad donde estarían otras subjetividades. Mèlich recalca esta
irracional forma de pensar la ética afirmando que una educación desde el punto
de vista literario no aspira a educar según ninguna verdad, porque no cree que
exista La Verdad ni La Realidad, sino que toda verdad es una verdad
contextualizada, porque no hay nada libre de contexto.” Es cierto que no hay
verdades descontextualizadas, pero lo contradictorio es que lo estético de toda
obra de arte se realiza como un acontecimiento auto-referencial, es decir, al
margen de lo histórico-social.
De lo contrario, debería ser posible sentir, hacer y decir lo mismo cada vez que
se tiene la experiencia de leer un poema o una novela, pero como también no
tiene por qué ser así, pues derivar una ética de algo que por definición se
resiste a la contextualización histórica, es bregar por una ética al margen de
lo comunitario, que es la particularidad de las culturas que aparecen como
“exteriores” a la cultura literaria de la modernidad, es decir, sin lugar en
ella.
3. EL PUNTO DE VISTA LITERARIO
Es cierto que “las supuestas verdades científicas no sirven para el mundo
humano, para el mundo enmascarado, para el mundo ritualizado.” También lo es el
hecho de que el desarrollo económico del mundo occidental sólo trae mayor
pobreza a los “otros” mundos, y que “el avance de las nuevas tecnologías no
solamente no ha solucionado los problemas fundamentales de la vida humana, sino
que además ha provocado una profunda decepción.”
Éstos serían argumentos pertinentes y suficientes para suscitar “un cambio
radical de punto de vista. Es lo que de ahora en adelante llamaré el punto de
vista literario”. Mèlich continua afirmando que “Vivimos una época de
desasosiego.” Al respecto, cabe la siguiente pregunta: ¿Por qué a raíz del
desasosiego que naturalmente es sólo moderno se debe comenzar a pensar en lo
literario como el principio de una nueva forma de educación? Lo problemático,
aquí, no es el hecho de que estemos o no de acuerdo con la validez de la
literatura para fundamentar cierto tipo de educación. Lo crítico es que la
postura del filósofo español -como la de los literatos bolivianos- comporta una
ausencia de responsabilidad para con aquellas culturas donde la escritura
ficcional o poética no es su modo cotidiano de despliegue cultural, sino la
oralidad que no posee un sustrato epistemológico que divorcie la realidad de la
“imaginación.
” Acaso no es ya contradictorio pretender “reflexionar acerca de la educación
ética” , pero por otra parte precisamente no ser interculturalmente ético a la
hora de creer que “Desde el punto de vista literario, la tarea de la educación
en una época de desasosiego es la formación de una razón que no crea que educar
sea transmitir el sentido de la vida, porque el sentido no puede darse, sino la
formación de una razón imaginativa, que sea capaz de narrar sentidos, de
inventar sentidos, en plural, porque nunca hay en la vida humana un único
sentido, sino sentidos distintos, e incluso contradictorios.”? Definitivamente,
es negativo que la educación literaria promueva la transformación de la vida en
un universo en el que ya no hay nada definitivo ni nada absoluto.
¿Qué presupone que Joan-Carles Mèlich pueda expresar lo que dice? ¡¡¡La vida!!!
Por lo tanto, no es que no haya principios o absolutos que considerar para
pensar en la educación. Frente a una educación de onda posmoderna que pretende
levantarse sobre la relatividad de lo literario y del arte, en general, es
preciso anteponer una educación con el fundamento de una ética para con la vida
y ya no sólo para con los seres humanos, sino para con la vida del mismo
planeta, que además es la orientación que siguen culturas como la Aymara, la
Quechua, la Guaraní, en fin, la totalidad de las culturas cuyo fundamento
último, después de más de cinco siglos, es aún vivir bien en comunidad.
4. ESTÉTICA O ÉTICA DE LA RECIPROCIDAD
“La razón literaria –continua diciendo Mèlich- está abierta a la sorpresa, al
cambio, en una palabra, a la alteridad, al acontecimiento del otro. Por eso, una
razón literaria es una razón atenta a la palabra del otro, habla para alguien
que no solamente tiene orejas sino también boca.” Esta Afirmación cancela toda
posibilidad de que la educación se funde en la relación irreductible del
cara-a-cara que, además, es uno de los presupuestos de la ética comprendida como
reciprocidad con y por los rostros de los otros.
Algo muy diferente a ser responsables con y por un texto literario que, al ser
objeto, no puede constituirse como el destinatario de una ética ni de una
moralidad, tanto peor en el caso de su lenguaje, cuyo carácter es básicamente
metafísico. Desde esta perspectiva, no sólo no es cierto que la palabra
metafísica de lo literario se abre a la palabra de los otros, sino que tampoco
puede dialogar con alguien, más que metafóricamente, claro, al estilo de que
quienes afirman que es necesario “dialogar con el texto literario”.
Asimismo, la paradójica razón literaria que en el fondo por ser estética no
puede estar abierta al acontecimiento de los otros. Los otros pueden acontecer
sólo como rostros y ese acontecimiento es lo que se realiza como ética. ¿De que
modo lo literario sería capaz de contener el acontecimiento ético de los rostros
de los otros que tienen que ser comprendidos principalmente como una
interpelación que grita: ¡no me mates, dame de comer o no me discrimines por no
saber leer ni escribir!? La razón literaria que está cristaliza en el texto no
puede ser interpelada, porque ella por ser escritura no está facultada para
escuchar, sino tan sólo para ocurrir estéticamente en la soledad de quien más
bien es un tributario del exceso de placer, antes que del exceso de eticidad.
Esto quiere decir que mientras lo estético de lo literario tiene carácter
ontológico, la ética posee carácter epifánico. Si la idea es constituir una
educación en el carácter ontológico de la estética literaria antes que en una
comunidad de rostros o de otros, entonces aún se continua siendo tributario de
la racionalidad que olvida toda realidad por el cultivo de la sensibilidad
individual de un “yo”, “yo”, “yo”, “yo”, “yo”, “yo” y “yo”, o sea, de un hombre
o una mujer que son formados en el fácil arte de ser irresponsable por otros.
Esta afirmación rebate la creencia de Mèlich de que la experiencia estética de
lo literario estaría de acuerdo con lo que Husserl denuncia en La crisis de las
ciencias europeas y la fenomenología trascendental: “el olvido del mundo de la
vida, el olvido de los que viven en el mundo, de los que viven el mundo.”
5. LA ÉTICA Y EL MAL
Otro de los argumentos que el filósofo esgrime para sostener una educación ética
fundada en lo literario, tiene que ver con la tesis de que la literatura mueve a
conjurar el mal. Concretamente, “lo verdaderamente irracional y lo que en verdad
no tiene explicación no es el mal, sino lo contrario: el bien. Pero sin una
imaginación literaria no es posible conmoverse ante el mal. La educación desde
el punto de vista literario no está formando individuos “buenos”, sino
individuos que son capaces de indignarse ante el horror. La educación promueve
un sentimiento de intolerancia y de compasión.
La razón educativa desde el punto de vista literario es una razón perturbadora,
es una razón sensible a la humillación del otro, y la educación que propongo es
una educación que cultive esta sensibilidad.” Aquí, la posición de Mèlich puede
resultar ingenua. ¿Por qué? Si la literatura advierte contra el mal, creo que
esa advertencia se limita a suscitar una moral, pero no una ética. George
Bataille lo expresó muy bien a la entrada de su famoso libro La literatura y el
mal: “El Mal -una forma aguda del Mal- que la literatura expresa, posee para
nosotros, por lo menos así lo pienso yo, el valor soberano.
Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige
una “hipermoral.” ¿Cuál es la diferencia entre que una educación con fundamento
en la literatura traiga consigo una moral o una ética contra el mal? Toda moral
es necesariamente prescriptiva y su destino es otra vez el plano de la solitaria
conciencia individual. “conciencia de sí -dice Levinas- se sorprende
inevitablemente en el seno de una conciencia moral. Ésta no se agrega a aquélla,
sino que constituye su modalidad elemental. Ser para sí es ya saber mi falta
cometida respecto del otro.” En cambio la ética, por lo menos la que vengo
defendiendo como reciprocidad con y por los otros, es una experiencia
contra-individualista cultural e históricamente legitimada.
De ahí que una la ética por uno mismo, proveniente de la racionalidad moderna,
no sea comprendida por la racionalidad comunitaria de las culturas no-modernas .
¿Cómo preocuparse sólo por uno mismo y no antes por los demás? La literatura
presupone una ética individualista y el tipo de moral que puede llegar a
promover mediante la educación no lleva a la praxis de accionar contra el mal,
sino tan sólo a ponerse en guardia contra ella. Una ética contra el mal, por el
contrario, implica accionar contra todo lo que ponga en crisis, por ejemplo, la
experiencia cultural de preservar la vida.
Éste no es el caso del mal representado por la literatura occidental. En el
mundo griego la estética del arte revelaba el mal, pero con el propósito de
constituir el mismo arte como fuente de eticidad para sortear precisamente el
mal “escenificado”, por ejemplo, en las tragedias. En el mundo
occidental-moderno, en cambio, la literatura representa el mal, pero no con el
objeto de desarrollar o fortalecer una ética contra ella, sino para gozar de su
oscuro acontecimiento estético. ¿Esto implica moralidad? No necesariamente,
porque desde el momento en que hay un aprestamiento a gozar del mal
representado, dicha moralidad se pone entre comillas.
Es como si a sabiendas que el mal hace daño, la opción fuera sufrir de todos
modos ese daño en aras del placer o gusto estéticos y del “misterio” de “su”
palabra. Así, el mal moderno representado en la literatura contemporánea, a
diferencia del mal griego, se reduce a ocurrir en la subjetividad de los
intérpretes, sin que ello traiga consigo el levantamiento de la sensibilidad a
favor de la idea del bien insuperable: el amor por los otros. De ese modo, el
mal queda restringido a los límites del “gusto por el gusto” y no como el origen
de una ética, porque según la perspectiva de Mèlich lo verdaderamente irracional
no es el mal, sino el bien, pues no se puede explicar ni sentir. Lo racional es
el mal, pues se puede explicar y naturalmente sentir a través de estéticas como
la literatura. Entonces nace la ética negativa del “sálvese quien pueda”, porque
la moral dice que debo salvarme primero a mí. Irónicamente, los otros sólo
importan sólo en la medida en que pueden ser receptores calificados.
6. INCERTIDUMBRE O EDUCACIÓN
Después de defender una educación para la contingencia, una educación sin
verdades absolutas, es contradictorio encontrar en el discurso de Mèlich, la
afirmación de que, después de todo, “educar es cuidar del otro, es hacerse cargo
de él, acompañarlo, acogerlo. Por eso en toda educación hay ética. Son
inseparables la una de la otra. Educar es dar sin esperar nada a cambio. En este
“dar” el maestro no solamente “da”, sino también “se da”. El “dar” educativo es
un “dar se”.
En la relación educativa no solamente se da algo, sino que también se da
alguien. Y esto es la ética.” ¿Acaso no es posible considerar que esa relación
de entrega del maestro al discípulo y viceversa sea el principio absoluto de
toda educación, más aún si se acepta que esa relación es ética? Sin lugar a
dudas. Entonces ¿por qué seguir el camino del relativismo posmoderno? Éste es un
típico caso de contradicción performativa: el “decir” no guarda correspondencia
con el “hacer”. Lo problemático, aquí, ya no va más allá del hecho de que el
autor siga considerando que el “darse” educativo-ético deba desarrollarse sobre
el principio de la literatura, algo que debilita sobremanera la educación
pensada como comunidad real de comunicación o la educación orientada a vivir
bien en comunidad. ¿Por qué? Es simple: el acontecimiento estético de lo
literario presupone soledad, ni siquiera una relación cara-a-cara. Y aquí me
refiero a la soledad del existir que rechaza “toda relación, toda multiplicidad.
No se refiere a nadie más que al existente.
Así pues, la soledad no aparece como un aislamiento factual, como el de Robinson,
ni como la incomunicabilidad de un contenido de conciencia, sino como la unidad
indisoluble entre el existente y su acción de existir.” Para radicalizar más aún
mi argumento, la estética de toda obra de arte es imposible al margen de la
soledad existencial. Siendo así, ¿cómo derivar una ética con el contenido de
responsabilidad por el otro de una estética como la literaria que precisamente
prescinde de él para su realización? Si el punto de partida para pensar en una
educación es una ética que incorpora al otro como parte del yo, pues lo
coherente es que ese punto de partida se superponga a cualquier principio de
incertidumbre que es equivalente a la “ética del sálvese quien pueda”. Si vamos
a buscar mejores derroteros para la educación, liberándola de una racionalidad
meramente estética, una ética comprendida como reciprocidad con y por los otros
debe siempre vencer la caprichosa, cínica y relativista moral del yo individual.
7. ¿DIJO USTED RAZÓN?
No cabe duda que la ética defendida por Joan-Carles Mélich deriva de su (pos)moderna
concepción de la razón: “(...) si hay ética es precisamente porque la razón
humana es incierta, porque los seres humanos estamos (con)viviendo en un mundo
interpretado, en un universo simbólico, en el que todo lo que hacemos y decimos
se eleva sobre un horizonte de provisionalidad. La certidumbre, la certeza, la
verdad..., si existiera algo así en el mundo humano, este mundo sería un
universo de irresponsabilidad.”
La razón humana NO puede ser incierta. Si es humana, necesariamente tiene
certezas y uno de ellas –ya lo dije antes- es preservar la vida en comunidad.
Nacemos siendo responsables por la vida de otros. De lo contrario, el miedo a lo
extraño nos llevaría a matar sólo para salvaguardar la integridad individual,
pero no la vida en comunidad. Entonces, ¿de qué tipo de razón nos está hablando
Mèlich? ¡De la razón moderna! Así como lo han demostrado Franz Hinkelammert o
José Porfirio Miranda , entre varios otros, ese tipo de razón es deshumanizada.
Funda un mundo ya no en la materialidad de la vida, sino en presupuestos
metafísicos como la verdad, la justicia, la libertad o el conocimiento
científico o el placer por la lectura.
A esta razón no le importa la vida humana en comunidad, sino en multiplicidad e
incertidumbre, o sea, en absoluta libertad individual en multitud , no en
reciprocidad. Si ese tipo de razón es el origen para postular una ética, pues no
cabe duda de que sucesos como el de Auschwicht de la segunda guerra mundial
puedan volver a ocurrir. Al decir todo esto, no estoy negando el hecho de que
efectivamente estemos viviendo un mundo ya interpretado. Es cierto: vivimos una
realidad en diferido y ya no una realidad “propia”. La educación moderna -la de
las instituciones- no es ajena a esta situación, porque si ella ha estado
enseñando algo eso es la mejor manera de vivir el mundo como una realidad
interpretada: repitiendo lo “dicho” por los campos de conocimiento y cancelando
las posibilidades de “decir” la “propia” subjetividad.
Ya concientes de este tipo de realidad, ¿acaso no debemos proceder a poner en
crisis la educación que condena a la domesticación formulando una ética liberada
de la razón moderna y, más bien, fundamentada en una razón humana? Naturalmente,
y la literatura no puede aparecer como uno de los principios de una nueva forma
de educación, sino tan sólo como uno de los recursos para comenzar a construir
una educación con una ética de la reciprocidad que se alimente, por ejemplo,
mucho más del carácter intersubjetivo-comunitario de las tradiciones orales que
del lenguaje contingente de los textos literarios. Esta posibilidad de una
verdad humana sortea la irresponsabilidad y brega por un mundo donde al
relativismo estético se superponga la responsabilidad y reciprocidad siempre con
y por los otros.
Poco antes de volver a defender la educación desde el punto de vista literario,
aspecto que –como hemos visto- se rebate a sí mismo, Mèlich precisa su
concepción de ética. “Pues bien, concibo la ética como un modo de relación con
los otros, pero especialmente como una relación de no-indiferencia frente al
sufrimiento de la víctima que altera el orden de la razón.” Quiero terminar esta
mi predisposición al diálogo, precisando que el contenido de una ética de la
reciprocidad -muy diferente a la ética en la que estaría pensando Mèlich- es
material. El contenido material de la ética comprendida como reciprocidad, son
los otros localizados en un contexto cultural con determinados principios, y su
exigencia primera y última es que no los mate con la incertidumbre y
contingencia de un mundo que borra los referentes. En cambio, la ética
contingente que se alimenta de la contingencia de lo literario, en la versión de
Joan-Carles, posee un contenido otra vez metafísico: la relación en sí misma,
pero no lo que toda relación involucra: seres humanos inscritos en una comunidad
históricamente validada.
¿Debemos olvidar una ética con el contenido material y cultural de la
responsabilidad y reciprocidad, únicamente para actualizar una ética con el
contenido metafísico de la estética de la literatura, cuya condición originaria
es que no puede acontecer en forma comunal, sino “tan sólo” en forma individual?
BIBLIOGRAFÍA
Bataille, George: La literatura y el mal. Madrid: Taurus, 1981.
Dussel, Enrique: 20 proposiciones de política de la liberación. La Paz: Tercera
piel, 2006.
Hinkelammert, Franz: La vida o el capital. Costa Rica, DEI, 2003.
Levinas, Emmanuel: El tiempo y el otro.Barcelona: Paidós, 1993.
Levinas, Emmanuel: Totalidad e infinito. Ensayos sobre la exterioridad.
Salamanca: Sígueme, 1987, pp. 103-104.
Mèlich, Joan-Carles: Filosofía de la finitud. España: Herder, 2002.
Mèlich, Joan-Carles: “Narración y hospitalidad.” Análisis 25, 2000.
Mèlich, Joan-Carles: “La sabiduría de lo incierto. Sobre ética y educación desde
un punto vista literario.” Educar 31, pp. 33-45.
Mèlich, Joan-Carles: Ausencia del testimonio. Ética y pedagogía en los relatos
del Holocausto. Barcelona: Anthropos, 2001.
Miranda, José Porfirio: Apelo a la razón. Teoría de la ciencia y crítica del
positivismo. Salamanca: Sígueme, 1988.
Negri, Antonio y Michael Hardt: Imperio. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002.
Quintanilla Coro, Víctor Hugo: “Para una educación con fundamento en la ética de
la reciprocidad”. YUYANA. Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la
Educación (UMSA). La Paz: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,
febrero de 2007.
Rorty, Richard: Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós, 1991.
Sastre, Jean Paul: Literatura y arte. Situations, IV. Buenos Aires: Losada,
S.A., 1966.
Sloterdijk, Peter: Normas para el parque humano. Una respuesta a la Carta sobre
el humanismo de Heidegger. Madrid: Siruela, 2001.
AUTOR
Víctor Hugo Quintanilla Coro
Filosofía de la educación: descolonización de la enseñanza de lenguaje