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Santiago de Cuba en la guerra grande (1874 y 1875)

Resumen: A través de la presente investigación se ha tratado de cerrar una etapa iniciada por un estudio anterior que cubrió los años de 1868-1874, la misma constituye un análisis de la vida cotidiana de la ciudad de Santiago de Cuba como capital departamental...
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Autor: DrC. René Manuel Velázquez Ávila

RESUMEN
A través de la presente investigación se ha tratado de cerrar una etapa iniciada por un estudio anterior que cubrió los años de 1868-1874, la misma constituye un análisis de la vida cotidiana de la ciudad de Santiago de Cuba como capital departamental, durante los años 1874 y 1875 años sexto y séptimo de la Guerra de los Diez Años.

Este trabajo forma parte de una investigación más amplia, cuyo titulo es Una ciudad en Guerra, el cual recoge los últimos 48 meses de la Guerra Grande, que permitirá tener una visión más integradora de la trayectoria histórica de la ciudad héroe en el período estudiado.

Hemos tratado de acercarnos a los acontecimientos, tratando de lograr una interrelación entre los acciones bélicas y la vida cotidiana de la ciudad, que a trevés de la descripción, la comparación y el análisis de los principales acontecimientos políticos, sociales, culturales y económicos, y su incidencia en la vida social y cotidiana de la ciudad en esos dos años de la Guerra del 68.

INTRODUCCIÓN
El trabajo, titulado: Santiago de Cuba en la Guerra Grande entre los años 1874 y 1875, constituye un análisis de la vida cotidiana de la ciudad de Santiago de Cuba, como capital departamental, durante los 24 meses que se estudian en el estudia efectuado de la Guerra de los Diez Años. Se ha tratado de cerrar una etapa de investigación iniciada por un estudio anterior que cubrió los años de 1868-1873, lo que permitirá tener una visión más integradora sobre la trayectoria histórica de la ciudad en ese período.

Nos acercamos al estudio del período, a partir de la visión de la nueva historia o historia de las mentalidades, con una metodología de la investigación fundamentada en la dialéctica materialista, y se inscribe dentro de la perspectiva de Historia Social; que se entiende como la corriente historiográfica que valora los objetos sociales y analiza sus relaciones desde la pluridimencionalidad, al enfocar estudios, no solo de los grandes hechos históricos y de las personalidades, sino que revela la esencia de la vida cotidiana de lo demográfico, lo económico, lo social y lo cultural en toda su proyección.

Nos planteamos como objetivo realizar un estudio valorativo de la repercusión de la Guerra Grande, entre los años 1874 y 1875, así como los elementos de la vida material y espiritual que se vieron más afectados y los intentos que hubo por preservarlos.

Para una mejor comprensión, estructuramos el trabajo de la siguiente forma: un primer capitulo que parte de la caída en combate de Carlos Manuel de Céspedes el 27 de febrero de 1874, hasta diciembre de 1875 con la salida del conde de Valmaseda como Capitán General de la isla. En este capitulo utilizamos el método de investigación documental y bibliográfico, que a través de la descripción y el análisis se exponen los principales acontecimientos bélicos y su incidencia general en la vida citadina.

UNA CIUDAD EN GUERRA:
Al cabo de algo más de 62 meses de iniciada la revolución de Yara, apreciables eran, y abundantes, sus secuelas en el ambiente físico y espiritual de la ciudad de Santiago de Cuba; no los derrumbes e incendios provocados por el cañoneo y los enfrentamientos propios de muchas conflagraciones; pero si, de sobra visibles, las huellas del deterioro profundo, de la ruina en muchos casos, en las edificaciones públicas, abandono de las calles, de las fuentes de abasto de agua y del alumbrado comunitario.

El mal tocaba, ciertamente, todo lo material, y también el de los servicios básicos a la población y la vida espiritual de todos y cada uno de los santiagueros, que no podían esconder la expresión sombría de sus rostros, ante la perspectiva de una extensión del conflicto bélico, y aunque la guerra y sus horrores más directos parecían ya historia para los habitantes del recinto urbano, al menos, por manifestarse prudencialmente distantes de sus barrios exteriores, todavía perduraba en la memoria el recuerdo del asedio tenaz del general Mármol, en 1868, y de las incursiones posteriores de Gómez y Maceo, hasta 1870.

En realidad, la guerra había tomado características diferente en la comarca, a partir de 1871, tras la invasión a Guantánamo, la cual casi despobló de mambíes los alrededores de la ciudad de Santiago de Cuba, con excepción de las pequeñas fuerzas del coronel José de Jesús Pérez, diseminadas entonces, por el vasto territorio de El Cobre. Poco más o menos, seria igual en buena parte de 1872-1873 cuando llamados a constantes concentraciones por Calixto García, los libertadores santiagueros pelearon casi siempre en la zona norte de Oriente, las zonas de Bayamo, Manzanillo y otros puntos del centro del departamento Oriental.

Durante la mayor parte del 1874, tal situación no ha habría de cambiar, puesto que el año lo iniciaron las fuerzas santiagueras en Melones y otros puntos de la geografía centro y norte de Oriente, y luego marcharon, en número aproximado de 500 hombres al Camagüey, para ayudar a cumplir los planes del general Máximo Gómez de invadir Las Villas, cuyo refuerzo contaba nada más y nada menos que con brigadier Antonio Maceo y sus hermanos, E. Nogueras, Matías Vega Alemán, Guillermón Moncada, Flor Crombet y la mayor parte de la mejor oficialidad de la otrora conocida división Cuba. Sólo Paquito Borrero con reducida fuerzas y José de Jesús Pérez con sus disminuidos diseminados cambuteros, quedaban en la región.

Bajo este importante signo, se inició el año 1874 en la ciudad de Santiago de Cuba, bajo ése y del relevo de jefatura, pues el gobierno colonial optó por la situación del jefe militar y civil de la provincia, del carnicero Juan Nepomuceno Burriel y Lynch manchado de la efusión de sangre de los mártires del "Virginius", ocurrida tan sólo semanas atrás (noviembre de 1873). En su lugar las autoridades de la isla nombraron al brigadier Sabas Marín, quien se hizo cargo efectivo del mando el 16 de enero de ese año 1874.

Hombre de más luces que Burriel, el Brigadier Marín se alejó bastante de la política extremista de su antecesor, y delineó su gestión en tres objetivos básicos: mantener el nivel de acciones contra la insurgencia, por medio de columnas itinerantes; parcelación de la guerra en la jurisdicción santiaguera, por medio de la construcción de trochas fortificadas, que preservaran a la ciudad de Santiago de Cuba y sus inmediaciones de las grandes acciones bélicas, bloqueando la incursión de los mambises, y se proponía Marín, además alcanzar cierta recuperación en la vida citadina.(1)

De lo primero, es decir de los enfrentamientos en la comarca entre Colonialistas e independentistas no se ha podido aún establecer un registro más o menos completo, y, por el contrario, lo conocido no parece corresponderse con las frecuentes excursiones de las columnas operativas españolas. De todas formas, en el primer trimestre de 1874 resaltan: el choque de Cupey (zona actual de San Luis), donde el 14 de febrero los atacantes cubanos se llevaron armas y otros útiles de guerra; Palmar de Blasa (Palma Soriano), durante ese propio mes de febrero y la incursión gubernamental a San Lorenzo que, - por delación o no de la presencia allí del expresidente Carlos Manuel de Céspedes, - trabajo por saldo la muerte de éste y la captura de su cadáver, exactamente en la fatídica jornada del 27 de febrero de 1874.

Vivió la ciudad santiaguera un dual estado de ánimo- podría decirse- por aquel funesto suceso: por una parte, la eufórica reacción de las autoridades y sus seguidores, por la muerte de su enconado y distinguido enemigo, por otro lado, el dolor de los simpatizantes de la causa libertaria, cuya mayor expresión acaso sea la acción de Calixto Acosta Nariño, José Navarro Villar, Luis Yero, y Eligio Bravo, entre otros, quienes -y lograron salvar los restos del padre de la patria, trasladándolos a una caja de zinc y enterrándolos a seguida y secretamente en la propia Necrópolis, hasta su definitivo traslado a la tumba que hoy ocupa.(2) Otro enfrentamiento ocurrido en esos primeros tres meses fue el de La Ceiba (San Luis), de los cubanos frente a la guerrilla de Dos Caminos, el 6 de marzo, donde las fuentes españolas han reportado la muerte del teniente coronel mambí Juan Baracoa (padre).

De hecho, el gobierno colonial en Cuba se había propuesto acabar rápidamente con la insurrección, que ya cobraba elevadas pérdidas de hombres y recursos, e iba dejando exhausta a la Corona. Así pues, tal era el propósito de Marín en el territorio, quien dio fuerza al cumplimiento de los decretos del gobierno superior político de la isla referente al alistamiento militar de la población blanca y " libre de color", con el propósito lógicamente, de que sirvieran a las armas coloniales, para confeccionar los padrones menesteres para hacer cumplir tal empeño.

En tal sentido, el brigadier Marín, además de difundir convenientemente dichos decretos y ordenanzas, los acompañó de las oportunas amenazas a tenientes, gobernadores y resto del personal subalterno, advirtiendo sobre probables violaciones, puesto que resultaba predecible que la población cubana no tenía inclinación de prestar tal servicio, del que sólo se excluían algunos pocos, entre ellos a la policía, salvaguardias, sacerdotes, bomberos y asiáticos; a estos últimos por problemas con el idioma. En la propia dirección, se inscribió la llegada de tropas de refuerzos a la región, como fueron la de cuatro compañías, en el vapor “Niagara" (Agosto 1874) y cuatro trenes (dos de transporte y dos de obreros), procedentes de los batallones de color; también en agosto; así como el batallón Cazadores de Chiclana y otro continente de mil hombres (de los 12 000 que se esperaban de la península), en Octubre. Para apoyar los objetivos militares del gobierno, a su vez el Ayuntamiento de la ciudad había otorgado a principio de Enero un préstamo de 12 000 pesos oro (del arbitrio de esclavos), que se debían destinar a reparaciones del acueducto, para cubrir urgentes necesidades del ramo de la guerra, débito que el inspector de infantería y caballería estaba responsabilizado de devolver lo más rápido como fuera posible a la corporación municipal.(3) Pero tal actitud no significó obligatoriamente un respaldo al aislamiento general y el empadronamiento de los hombres idóneos para la guerra, que afectaba a las familias de alcaldes y concejales del cabildos santiaguero.

El ambiente de pelea en la ciudad se tornó tenso, con esa expresión de doble moral entre las clases pudientes, aparentando fidelidad y respaldo al gobierno, mientras en su pensar íntimo se presentían de la crisis económica y del reclamo de ese gobierno de que parte de los descendientes de esas encumbradas familias se integraran a las filas del ejército español.

Los cubanos insurrectos, por su parte proseguían sus esfuerzos libertarios: y el 6 de junio, por ejemplo, fuerzas al mando del brigadier Juan (Fernández) Ruz atacaron el campamento español de Laguna Blanca, con resultado de un muerto y diez heridos para ellos, pero mucho mayores para el enemigo. El 21 y 22 de ese propio mes, hostilizaron a sendas columnas operativas en los partidos norteños de la jurisdicción, y también por esa fecha fueron tan constantes las incursiones mambisas en los poblados Uvero, Ceibita y la Mula, situado sobre la costa sudoeste de la provincia, que el mando departamental decidió sacar las guarniciones que allí estaban destacadas, aunque tal vez obedeciera, también, al plan de erigir una trocha, fortificada a tramo, desde aserradero a Mayari Arriba, para “parcelar" la insurrección, preservando a la jurisdicción santiaguera de acontecimientos bélicos de relieve. La trocha, en cuestión, estaba conformada por un camino militar, autorizada su construcción por el nuevo Capitán General José Gutiérrez de la Concha- al frente del gobierno colonial de la isla desde el 10 de abril de 1874, quien lo calificó como "[...] camino militar desde aserraderos a Palma Soriano para poder operar sobre la Sierra Maestra y la rica jurisdicción de Santiago de Cuba”. (4) En realidad, rápidamente, el brigadier Marín prolongó el camino hasta Mayari Arriba y lo fortifico.

“En cuanto a nosotros [-diría Juan Escalera en su campaña de Cuba (1869-1875) recuerdos de un soldado-] confíasenos el mando de una compañía de libertos que se hallaban en aserradero, con objeto de practicar un camino desde aquel punto [San Luis] a Mayarí, estableciendo en el una línea de fuertes. Nuestra vida se concretada a dar órdenes a los negros, para que adelantaran el trabajo que se nos tenía confiado, finalizando a los poco meses (en Enero de 1874) [realmente debe tratarse de 1875] la misión que a nosotros se nos encargada”. (5)

A propósito como se ha dicho no sólo los negros libertos, sino también los asiáticos depositados en la cárcel de Santiago de Cuba, desempeñaron un rol importante en dichas obras, tal y como lo reconoce una disposición del cabildo de la ciudad, que determinó: "por la importancia de los trabajos de estos asiáticos que le “conviene al pueblo y a este municipio el M-I Ayuntamiento le abone quince centavos en metálico a cada asiáticos para sus alimentos en el depósito". Y cuyo número fue, primero de veinte hombres, que luego se incrementaría. Al amparo de esas obras militares-como reconocería José Gutiérrez de la Concha-: Más de tres mil habitantes de los que en las jurisdicción de Manzanillo, Jiguani y Bayamo se hallaban desiminados entre los insurrectos, se presentaron al Comandante General del departamento Oriental, formándose con muchos de ellos nuevos poblados a retaguardia del camino militar del aserradero a Palma Soriano.

Un suceso que indiscutiblemente favoreció la gestión de Sabas Martín en el departamento, fue cuando, cayó prisionero en San Antonio de Bajá, el mayor general Calixto García Iñiguez, quien tratando de evitar el deshonor de ser apresado por el enemigo, intentó suicidarse. No poca expectación vivió la ciudad, cuando se traslado al jefe mambí a Santiago de Cuba, e internado en el hospital militar “Príncipe Alfonso", y algo más cuando llegó a la población la madre de García, la señora Lucía Iñiguez, a quien brigadier Sabas Martín concedió el permiso por ella requerido para visitarlo, según consta en el siguiente documento: El oficial de la guardia del hospital militar de esta plaza permitirá la entrada en dicho establecimiento, con objeto de ver al prisionero de guerra Calixto García, a la Sra. Da Lucía Iñiguez previa presentación de esta orden que la devolverá . Cuba 2 octubre de 1874. El brigadier comandante general Marín. (6) Semanas después, ya esencialmente restablecido, el jefe insurrecto fue enviado a La Habana, con destino a la península como prisionero.

Ahora bien, no obstante este golpe para los cubanos y del conjunto de esfuerzos desarrollados por Marín, autores como Emilio Souleré han reconocido que el estado de la guerra no era favorable en Oriente, donde se resguardaban con dificultad las ricas zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo. (7) Peor sería la situación, a partir de septiembre de 1874, por el regreso al territorio del brigadier Antonio Maceo y los cientos de orientales que habían ido a reforzar a Gómez en sus intentos de invadir Las Villas occidentales. Maceo, por esas fechas, fue nombrado jefe de la 2da división (Santiago y Guantánamo), auxiliado por los coroneles Emilio Nogueras y Leonardo del Mármol, como jefes de las brigadas Cuba y Guantánamo, respectivamente, y por oficiales tales como: Guillermo, Flor Crombet, José Maceo, Rafael Maceo, Silverio del Prado, Arcadio Leyte-Vidal, Pablo Beola, Paquito Borrero, Matías Vega, Miguel Santa Cruz Pacheco, José Medina Prudente y otros muchos valientes y de talento. Ya en el propio mes de septiembre, entre otros, las fuerzas mambisas asaltaron y tomaron Arroyo Hondo en Guantánamo; emboscaban a un convoy en Ramón de las Yaguas, tirotearon a españoles en Ti Arriba, asaltaron al cafetal La Yerba y a otros similares y finalmente el capitán Francisco Leyte-Vidal emprendió varias operaciones por Mayarí Arriba, que incluyó el enfrentamiento a una columna española en Micará, el 30 de diciembre 1874.

No es contradictorio decir, sin embargo, que en el perímetro más inmediato de la capital oriental no se hacían sentir el estado de guerra. Incluso, llegó un momento a principios de año, que la mayor atención pública se centró en el desenlace de la crisis eclesiástica, porque-tras el viaje del impuesto obispo Llorente a La Habana-se sabía en la ciudad que allá, éste había sido desconocido, y rechazado con una circular dirigida a los vicarios de todo el país para que no lo dejasen predicar, decir misas, administrar el sacramentos, ni asistir a fusiones eclesiásticas, por estar excomulgado nominator. Así pues, a pesar de que se trató de ocultar en Santiago de Cuba, estas medidas contra Llorente, la feligresía lo supo y comentó persistentemente hasta que el 29 de marzo de 1874, el alcalde de la ciudad, Antonio Norma y Lamas junto con el concejal Tácito Bueno y Blanco, comunicó a José Orbera, vicario y gobernador de la archidiócesis oriental-hasta entonces destituido y preso-que el capitán general Joaquín Jovellar llamó a Llorente a La Habana, bajo custodia, con el fin de embarcarlo-como ocurrió realmente al siguiente día-para España.

El 29 de marzo por la noche, llegó telegrama para Sabas Marín, de Jovellar, ordenándole el embarque inmediato de Llorente. “Por la madrugada [del 30] les fueron entregados sus pasaportes para España al padre Llorente y a los canónigos Picow, Lecanta y Rodríguez Moro [...] ". (8), quienes embarcaron en el vapor "Niagara", de bandera estadounidense, el que zarpó vigilado como lo estaban también, los muelles, para garantizar el orden público. Definitivamente, el 13 de ese mes de marzo Orbera retomó el gobierno eclesiástico de la jurisdicción, dando término al sonado cisma de la iglesia Católica en el departamento, iniciado en el 1872.

La guerra en cuestión, se percibía en el recinto urbano por el ajetreo de las llegadas y partidas de tropas, los improvisados campamentos en los que éstos se alojaban, los ejercicios y veladas militares en plazas y calles, por la llamada a filas y los padrones de alistamiento; pero más que todo por los efectos económicos. La situación económica de la jurisdicción, apuntaba hacia el desastre, después de cinco años y medio de enfrentamientos militares. La guerra había destruido abundantes campos de cultivo, varios cafetales y vegas de tabacos, plantaciones cañeras e ingenios, efecto lo mismo de la tea, que del abandono y la carencia de falta de brazos, así como de las severas pérdidas económicas de los propietarios.

Tal estado, como es lógico suponer, repercutía, por un lado, en los niveles de abastecimiento de la población citadina, cuya demanda de productos básicos para la dieta familiar había crecido por el asiento de sucesivas "Oleadas" de habitantes del campo: de los obligados por los españoles a abandonar sus sitios de sustento y morada; y de los que huían, por propia voluntad, de los horrores de la guerra. Por otro lado, hería profundamente a los productores todos, que eran los contribuyentes, de modo, que éstos se veían obligados a incumplir con las imposiciones financieras o a evadirlas, perjudicando, a su vez, al presupuesto del ayuntamiento, que ante el déficit financiero que padecía, no sólo postergando la ejecución de obras urgentes, suspendiendo otras menos perentorias, pero importantes para la vida de una ciudad, cesanteaba empleados, incumplía el pago salarial de funcionarios y asalariados simples y abandonaba o disminuía la ejecución cabal de servicios públicos tan insoslayables como la salud, la educación, la cultura y el alumbrado público. La corrupción y desmoralización general, en la administración y de rebote en el público, eran importantes subproductos de la crisis.

Pruebas de tan grave mal son por ejemplo, la casi nula actividad portuaria en las rada santiaguera; las solicitudes de propietarios que reclamaban al gobierno que se les eximieran de impuesto, o de que se les rebajaran, que en el 1874 alcanzaron 96 casos de los primeros; por causa de tener en ruinas haciendas e ingenios o en un estado de improducción por la guerra, y otras decenas pidiendo la rebaja impositiva, a tenor de los prejuicios económicos que han afrontado. Eran muchos lo que no podían pagar el tributo o trataban de evadirlos. De manera que resultaba difícil comprender el estado crítico de la economía de una ciudad, cuyo presupuesto anual de 1 049269 pesos, se basaba sobre todo ingreso de los 737 593 pesos por concepto de impuestos ordinarios, cada año. Así pues, se daba el caso de que el ayuntamiento le adeudara al hospital civil cantidades de pesos por diferentes conceptos. A la casa de beneficencia, varios años de haberes a los maestros, cinco a los bomberos (aporte de deber las gratificaciones y alquileres de la casa que ocupa el cuartel), a la compañía de alumbrado público y a los asiáticos y otros que trabajaban en las obras ingenieras y militares. Lógicamente, se restringieron actividades tales como: el arreglo de calles, el alumbrado público y la construcción de puentes e instalaciones de llaves de agua, la vacunación, la recogida de basuras y otros. De ahí que el esfuerzo por revestir la situación de los ingresos financieros, llegara el municipio a abrir nuevos expedientes a los vecinos poseedores de negocios y fincas (urbanas y rústicas) por el no debido pago de los impuestos.

Si a ese estado de la economía, se suma el cuadro de los cientos de reconcentrados y refugiados que poblaban las afueras de la ciudad, cargándolos con más demandas y miserias, podría concebirse el panorama aproximado de Santiago de Cuba durante aquel 1874. Acaso servía de buena ilustración esta información que Emilio Bacardí insertó en la página 62 del tomo 6 de sus Crónicas de Santiago, en la cual dice así: “El inspector del primer barrió Don Carlos Drauquet, acompañado de tres vecinos, informa que en algunas casas particulares encontraron montones de basuras, y en otras crianzas de Cerdos y que las calles todas de ese barrio se encuentran en malísimo estado.”(9) Incluso, en el mes de junio, 31 días de continuas lluvias en la ciudad redundarían en el empeoramiento de calles y caminos, en la destrucción de casas y deterioro de edificios de mayor envergadura, sin olvidar la negativa influencia en los problemas de higiene y salud.

Peor sería la cuestión en agosto cuando o a fuerte sacudida telúrica el 18 de dicho mes siguió en los días finales un recio temporal, que-según Bacardí -provocó muchos derrumbes y otros desastres "[...] sufriendo considerablemente la clase pobre, teniendo algunos que abandonar sus casas y aguantar a la intemperie los embates de la lluvia y el viento". Y no escapaban de los efectos destructores del temporal el arbolado de la ciudad y el poblado del Caney, donde el agua, a la altura casi de un metro, penetró en algunas casas. Como si no bastase, el 3 de octubre, un gran incendio ocasionado la destrucción de una ferretería y un depósito, un puesto de tabaco el bazar de la marina, una tabaquería y una oficina, salvándose de milagro de la botica de Luís Carlos Bottino. (10)

Semanas después, la conmoción llenaría a los habitantes de la ciudad ante el choque y hundimiento del vapor " Thomas Brook", accidente en el que pereció gran número de pasajeros. Diez días después, el 14 de diciembre, entraba en puerto ante la mirada curiosa de funcionarios, trabajadores y público general, el cañonero "Caribe", que trajo parte de la tripulación y pasajeros del vapor hundido. Sólo 27 de los 75 pasajeros, lograron salvar la vida. Ahora bien, los crudos cambios climáticos y las prolongadas lluvias, extendidas desde Agosto a Noviembre, causaron un nuevo rebrote de enfermedades, especialmente de fiebres malignas y disentería, provocando estas a su vez un notable incremento de las muertes en la ciudad; o sea buena parte del total de 1679 ocurridas en el año; de ellas 333 por fiebre malignas o perniciosa, 173 por diarreas, 194 por tisis, 34 por fiebre amarilla, así como 36 por viruela. En este total no se incluyen los meses de Enero, Febrero, Abril, y Agosto; por no aparecer en el libro de registro de enterramientos. (Ver anexo 1)

Apreciando tantas evidencias, no cabe dudas acerca situación que vivía la ciudad de Santiago de Cuba en 1874; pero tal panorama no sería poco más o menos exacto, sino se agregaría el esfuerzo del Gobierno departamentales para variar - dentro de los agudos límites financieros-la gris visión de la ciudad, la sede dicho gobierno. En tal dirección, se pueden consignar, entre otros empeños: el proyecto de reparación del rastro de la ciudad, en marzo de ese año y la encomienda dada al ingeniero Bernardo Portuondo Barceló para la ejecución de las obras pertinentes a fin de aumentar el caudal del río que surtía de agua al acueducto de la ciudad, y cuyos planos, memorias y un presupuesto de unos 54 400 pesos se presentó al ayuntamiento santiaguero, el 1 de mayo. Igualmente se podría inscribir en este sentido, la construcción de fuentes públicas como la de la calle hospital (hoy Padre Pico) y la de la Plaza de Marte con fines públicos.

Así mismo, el Gobernador Sabas Marín ofició la ejecución de un monumento al Marqués del Duero, al amparo de un crédito de 5.000 pesetas concedido por el director general de administración y el Capitán General de la Isla, José Gutiérrez de la Concha, el 28 de agosto de ver referido año 1874. Además alentó el arreglo de calles de la ciudad, para lo cual, incluso, dispuso que el comandante del presidio “aumente el número de presos hasta 40 para los trabajos citados” (12) y el alumbrado público, mejorando el estado de las lámparas, aunque el adeudo gubernamental de 50 000 pesos a la compañía de alumbrado de gas limitaban enormemente a esta la adquisición de materias primas, útiles diversos y otros recursos para mantenimiento adecuado de ese necesario servicio.

Como quiera el objetivo de ofrecer un panorama distinto de la ciudad se inscribía en los planes de elevar la moral de las fuerzas militares y de los elementos españolistas en la ciudad, a la vez que infundir en la población el ánimo de que el gobierno era dueño de la situación e imponía un ritmo de recuperación a la vida, el general Sabas Marín también puso interés en la ejecución de actividades culturales, levantando las prohibiciones que pesaban sobre algunas de ellas y alentándolos, en general. Entre estas actividades merecen citarse: el concierto ofrecido por la sociedad filarmónica, en mayo, a beneficio de la actriz dramática Adela Robreño ; de visita en esta ciudad, acompañada por su esposo; otro ofrecido a beneficio de los hijos del teniente coronel Antonio Meza, que tuvo una concurrencia numerosa y uno más a beneficio de la señorita Dolores Sopena, y a cargo de la orquesta y banda militar dirigida por el maestro Rafael Salcedo; de Juan Bernardo Bravo; que leyó una composición literaria propia, y hubo ejecuciones musicales por varios pianistas y cantantes santiagueros.

De forma similar-aunque, algunas disposiciones de control dictada por Sabas Marín-, se efectuó la procesión del santísimo Corpusn Christi, como también las fiestas tradicionales de junio y julio por San Juan, San Pedro, Santa Cristina, Santiago y Santa Ana, aunque en esta versión de 1874 las comparsas y paseos fueron escasas y pobres, los bailes pocos y la con ocurrencia no numerosa, al decir de Barcadí. Por otra parte Ida Vizconde, Antonieta Rosconi y otros célebres artistas jóvenes, acompañados de los Fuentes (padre e hijo) dieron seis conciertos en teatro ese año, y la Rosconi cantó a su beneficio en la Sociedad Filarmónica, el 2 de septiembre, con la colaboración de algunos miembros de la sección de música de dicha entidad. Y podría incluirse en la relación las casi cotidianas retretas de la banda militar en la Plaza de Armas de la ciudad, así como también los desfiles militares, que tenía en el mismo objetivo de distraer al público y dar sensación de fortaleza gubernamental.

En esencia, ésa era la situación de las ciudad de Santiago de Cuba durante 1874 en pleno desarrolló aún de la guerra de los Diez Años, panorama que en algo habría de cambiar en 1875. Lo primero que se destaca en ese nuevo año es el incremento evidente del afán combativo mambí, desde Guantánamo a Santiago de Cuba. En efecto, después de practicar en enero la selección de 250 hombres, como parte de un contingente de 500 para reforzar a Máximo Gómez en las Villas, en la jurisdicción santiaguera las fuerzas de Maceo llevaron acabó el ataque a Sabanilla, se incendio sus cañaverales; el asalto al fuerte de San Alejandro, por Paquito Borrero, José Medina Prudente y Pablo Amábile, Pedro Martínez Freyre y José Maceo; por otro lado paralizaron la zafra en los ingenios Perseverancia y Santa Ana, mientras Leonardo del Mármol y Silverio del Prado operaban en Guantánamo. A tales reportes de febrero, se agregaría en marzo los combates de Brazo Escondido, El Ranchito y otros puntos de La Sierra Maestra, cercanos a Cambute, todos frente a una poderosa columna española; en tanto, por esa fecha se completaba el refuerzo para Gómez y se realizaban pequeñas operaciones en los alrededores de Santiago.

Más sucedieron hechos que enervaron el ardor de los libertadores y pusieron en peligro la existencia misma de la revolución, como la sedición de Lagunas de Varona, de los generales Vicente García, José M. Barreto, Garrido y Francisco Javier de Céspedes, entre otros jefes y oficiales, contra el gobierno de Salvador Cisneros Betancourt, que ya había extendido mucho su interinaturra y privilegiado demasiado a sus coterráneos y a fines. En virtud de los rumores despertados, el 18 de abril, la oficialidad de las fuerzas santiagueras celebró una junta para determinar que posición adoptar ante aquel movimiento tunero. Esa junta tuvo lugar en Dos Ríos, cuyo acuerdo final fue el constituir una comisión para indagar las causas y propósitos que perseguían los sublevados en Laguna de Varona. El impás provocado por estos hechos desvió la tensión de las fuerzas patriotas hacia luchas políticas intestinas que nada teniente ver con la verdadera razón de la guerra. Definitivamente, el 29 de abril renunció Cisneros Betancourt, con lo cual dio solución transitoria a la crisis, pero no pude evitar una forzada quietud de las armas cubanas y un aporte a la desmoralización del campo insurrecto.

Conscientes de esos aspectos negativos, secuelas de la sedición referida, el general Antonio Maceo, decidió activar las acciones de sus hombres en el menor plazo posible y ya entre el 5 y el 17 de mayo ordenó a parte de su gente una vasta operación por los ingenios La Victoria, La Prueba, Songuito de Wilson, California, Pennsylvania, y zonas cercanas a la que hoy es el municipio Songo-La Malla, y mientras, él con el resto de la tropa, cayó sobre Holguín y Guantánamo.

Asimismo, procurando presionar sobre Santiago de Cuba, en julio de 1875, hombres de su fuerza operaron sobre la Trocha del Canto, específicamente entre los llamados fuertes de San Antonio y Santa Clara; ellas en las cuales Flor Crombet y un grupo de hombres a su mando, atacaron y tomaron un convoy en la zona El Cobre. Posteriormente las propias fuerzas de dicho teniente coronel atacaban e incendiaron los cafetales: El Ermitaño, Naranjo, La Ninfa, Unión, Santa Teresa, Esperanza, Santa Isabel, Cedro Grande y otros. Resaltó sobre todos el rudo combates de Loma La Redonda, en el que las huestes de Maceo se anotaron un sonado triunfo, el cual mucho se habría de comentar por el pueblo en las calles de plazas, o en la intimidad hogareña de la capital oriental.

Tras incursión concentrada sobre Guantánamo, en septiembre de ese mismo año Maceo ordenó contra marchar a la jurisdicción santiaguero al comandante Higinio Vásquez Martínez y al coronel Leonardo del Mármol quiénes el 7 y el 18 de ese mes respectivamente chocaron control enemigo, en Higuanábo, el primero, y en Mayarí Arriba, el segundo, quien practicó 9 emboscadas contra una columna de 1500 españoles, y la obligó a retirarse hacia Florida Blanca (San Luís), no sin antes hostilizarlas fuertemente en ese punto.

Como quiera que el repunte combativo de los santiagueros acontece desde fines de 1874, el gobierno colonial español auxilia al brigadier Sabas Marín con refuerzo militar. Así, el 8 de enero de 1875, a Santiago llegó un contingente de 999 individuos de tropas, 26 sargentos y decenas que oficiales, procedente de Cádiz, medida que también se asocia al relevo del capitán general, pues, en 19 de febrero el sanguinario Conde de Valmaseda sustituía a Gutiérrez de la Concha el, señal de que Alfonso XII había decidido emplear en lo adelante mayor mano dura en la continuación de la guerra, lo que se expresaba en el crecido número de enfrentamientos que se reportaron durante todo el año.

La ciudad de Santiago de Cuba, entre tanto, después de casi 7 años de guerra había sumado más penurias y calamidades a su cuadro de abandono y destrucción. Muchos negocios se declararon en quiebra total, impuestos extraordinarios que abrumaban a los propietarios, ante el afán de conseguir el respaldo material al presupuesto financiero; la inflación llevaría a la desvalorización acelerada de los billetes españoles y a la tremenda y galopante carencia de los productos. No sólo eran los dueños de vegas y fincas de cultivo varios, de ingenios cañaverales, de cafetales, de un bazar, una tienda mixta, una zapatería, una pulpería, etc.; los que se sentían ahogados por la carga impositiva, por eso crece el número de solicitud de excepción de impuesto (de 96 en 1874, a 167, en 1875) y los que no pagan, aprovechando-como vimos en el análisis del año anterior-las ejecuciones presupuestarias y el deterioro de la ciudad. De modo que, de paso, Santiago de Cuba vivió durante el 1875 muchos procesos por incumplimiento del pago de las imposiciones establecidas.

Ejemplos claros de tal aciertos son: el caso del ingenios San Antonio de Guaninicúm, o del cafetales San Alberto, completamente abandonado por sus dueños ante la imposibilidad económica de reconstruirlos, y desestimulados además por los impuestos recibidos. Es más, el ayuntamiento de la ciudad se encontraba arruinado, y por tanto no se abonaban los salarios de los catedráticos del instituto y de los maestros de muchas escuelas públicas. Se les debían también a los empleados de la casa de beneficencia y del hospital civil, a los bomberos y otros. Tres años-digamos a manera de ilustración-le adeudaba el ayuntamiento al catedrático Francisco Lozada. Para intentar un enfrentamiento a esta situación, el gobierno superior de la isla, expuso a los Alcaldes y concejales de la ciudad, el urgente menester de “disminuir los gastos en todas las esferas oficiales” lo que se traducía en la práctica en abundantes cesantía y paralización de muchas obras y deterioro de los servicios, aunque se formulaba con el propósito contrario.

En 1875-como antes se había hecho, en 1874-, se prosiguió la realización de algunos trabajos en relación, con el mejoramiento del abasto de agua; tales como: arreglo de las cañerías que se encontraba al descubierto en algunas calles; se limpió la reprensa del acueducto que surtía de agua a la ciudad, algunas fuentes públicas fueron reparadas, así como las cañerías obstruidas de la Plaza de la Reina, y numerosos grifos particulares; reedificó completamente del surtidor del plan de la marina, se arreglo otro de la línea de la acueducto y recibieron limpieza todas las fuentes públicas de la ciudad. 30 Incluso-y es ésta probablemente la primera referencia de historiográfica sobre el caso -las autoridades municipales llegaron a planificar el empleo de 60 presionaros de guerra para el arreglo de calles y otras obras públicas, siempre que se garantizase la escolta que necesitan y el local donde iban a permanecer ,así como alimentación. (13)

Dispuso sé, además, la obligatoriedad de los dueños de cada finca urbana de colocar tubos para que parte de las aguas sentidas de las casas no se derramase sobre las aceras. Otro proyecto acometido en este 1875 fue el del paseo de circunvalación, o trocha militar (hoy avenida 24 de febrero) para facilitar a las tropas españolas el acceso a los fuertes. El primer tramo ejecutado fue el comprendido desde la laguna y el barrio de Guayabitos. Por supuesto, no faltó el arreglo a la casa de gobierno, en sus salones y en el mobiliario, al menos, no obstante la crisis financiera existente.

No todo le fue favorable a la gestión de Sabas Marín. La recogida de basura, por ejemplo, llegó hacer crisis hacia septiembre del 75, con grandes concentraciones de inmundicia, con graves amenazas para la salud del pueblo. Igualmente el estado de las edificaciones cuyo deterioro era evidente, sin que las obras de mantenimiento alcance a buen número siquiera. Para colmo, persistieron los habituales temblores de tierra, con 2 fuertes terremotos, 3 de julio, lo que causó más daño a las edificaciones, a la vez que alarma general en la población y aún más: el 12 de septiembre, que, la ciudad fue víctima de un fuerte temporal, cuya violencia fue tal que llevó al suelo muchas paredes, echó abajo muchos techos de pajas y ocasionó muchos daños. Incluso, una casa nueva se derrumbó y varias planchas de zinc del teatro se desprendieron, y los árboles de la ciudad también sufrieron.

Como es lógico suponer estos sucesos desgraciados incidieron en el nivel de muerte por enfermedades infecciosas, como la fiebre perniciosa (192 casos), fiebre amarilla (26 casos), diarreas (136 casos) y viruela (36); sin tener en cuenta los meses de enero, marzo, abril, mayo y diciembre, cuyos registros no aparece en el libro de enterramientos correspondiente; por lo que es doble considerar que tanto los fallecidos por esa causa apuntadas, como el total general (1254), debían ser mucho más. (Ver anexo 2)

Tampoco era favorable la instrucción pública en la que todavía se carecía de parte del presupuesto; se mantenía suprimido al instituto de segunda enseñanza elemental; de modo que se le continuaba adeudando haberes a los profesores y debía recaerse la instrucción en un colegio privado, como el Santiago, y la actividad escolar elemental, en el altruismo de algunas personas, como Caridad de las Cuevas, que fundó una escuela gratuita para niños pobres, o la gestión de María Josefa González, directora del escuela municipal, quien con su propio esfuerzo buscaba los medios de enseñanza de que carecían sus alumnos; o el caso de Manuel López López que con su iniciativa procuró la instalación y sostenimiento de un taller de artesanos y una academia de dibujo.

La vida cultural, al igual, no podía decirse que marchaba con excelencia, pero urgido el gobierno de dar vida espiritual a sus tropas y al pueblo se proseguía alentando el funcionamiento de las entidades culturales y el desarrollo de sus actividades. Un ejemplo de eso fue en la actuación del talentoso músico cubano José White, que, en su visita a Cuba, se presentó en el teatro santiaguero, el 20 de febrero de 1875, velada en la que también tomaron parte Octavio Tirado, Cristina Avilés y Antonieta Rinconi afamados artistas de la ciudad. El 7 de marzo del propio año, dio su segundo y último concierto en el club de san Carlos, en el que actuó, además la artista Isabel Limonta. Fue el 30 de marzo otra fecha memorable de 1875, en el ámbito de la cultura, cuando se presentó en la ciudad Rosa Lloreno con su prestigiosa compañía de Zarzuela En aquel primer trimestre del año, actuó también en Santiago de Cuba, el tenor venezolano Octavio Tirado, auxiliado por un grupo de prominentes músicos santiagueros, incluidos Rafael Salcedo, Antonieta Rinconi, y Mariano Vaillant, entre otros. Semana más tardes, el 16 de mayo, se presentó por única vez en Santiago de Cuba el drama lírico "La hija de jefte", del poeta Arnao, con música de Laureano Fuentes Matos.

A su vez, entre las veladas más destacadas de la Sociedad Filarmónica de Santiago de Cuba se efectuó un concierto múltiple, el 3 de octubre de 1875, a favor de las escuelas dominicales. Lo más trascendental de las actividades culturales del año sin embargo fue la presentación en la ciudad de una respetada compañía de ópera italiana, en la que se puso terminó a los 12 años de ausencia de ese tipo de espectáculo en la ciudad. Los cantantes Azurros Victoria Patentine y Ercilio Coxtissi representaron en Santiago de Cuba, por primera vez la obra del maestro Marchetti titulada Rey Blas. Para orgullo de los santiagueros, fue director el maestro Rafael P. Salcedo, ilustre hijo de esta ciudad.

En general, así transcurrió la vida de los santiaguero en el recinto urbano de la capital de Oriente, durante el duenio (1874-1875), en medio de una estrepitosa y reñida guerra, cuyos ecos se escuchaban lejos, aunque las secuelas las sentían directas y concretamente sobre todo la clase pobre, y más aún entre aquellos desposeídos reconcentrados en las fueras de la ciudad, que la necesidad de explotarlos y sustraerlos como potenciales ingresos de la insurrección-más que por sentido humano-aconsejó a los gobernantes españoles reubicarlos en poblados agrícolas construidos al defecto, como es el caso del Cristo (1874), ofreciéndoles pequeñas parcelas y otros medios para laborar.

¿Qué le depararía a la ciudad el trienio 1876-1877-1878?

¿Mejorará o empeorará? He aquí dos interrogantes obligadas que requieren una adecuada repuesta, así pues, en capítulo parte.

Anexo 1
Resumen anual del libro de enterramientos 1874.



Anexo 2
Resumen anual del libro de enterramientos 1875.



CITAS Y NOTAS

1. Joel Mourlot Mercaderes: Santiago en las guerras de independencia. (Obra inédita). P/59
2. Felipe Martínez Arango: Próceres de Santiago de Cuba. pp. 41- 42.
3. Emilio Souleré: Historia de la insurrección en Cuba. T2 p1.
4. José Gutiérrez de la Concha: Memorias sobre la guerra de la Isla de Cuba. P: 57.
5. Juan Escalera: Campaña de Cuba (1869 – 1875). pp. 162-163
6. José Gutiérrez de la Concha: Ob. Cit p 108.
7. José Abreu Cardet, Elia Sentís Gómez: Calixto García en España. P 16.
8. Emilio Souleré: Ob. Cit p 9.
9. Juan María Ravelo: Medallas Antiguas. pp. 93 – 94.
10. Ibidem. p 94.
11. Emilio Bacardí: Crónicas de Santiago de Cuba. Tomo VI, p 62.
12. Ibidem. p 65.
13. Ibidem. p 68.

BIBLIOGRAFÍA
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3. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba: Fondo Gobierno Provincial. Legajos 6, 28, 277, 281, 293, 299, 338, 370, 384, 385, 460, 495, 496, 550, 564, 565, 566, 567, 574, 611, 640, 656, 658, 661, 736, 754, 776, 783, 796, 901, 902, 940, 969, 1773 y 2872.
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5. Archivo Histórico Municipal de Santiago de Cuba: Libros de Registros de Enterramientos. Años 1874, 1875, 1876, 1877, 1878.
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AUTOR
Lic. Rafael Viamontes León profesor Asistente
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