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Magia y Religión: Los reyes de Alba y Roma

Resumen: Corto escrito en el que afirmo que los primitivos reyes de Alba y Roma fueron reyes sacerdotales, clásicos “hacedores de lluvias” mágicos, que se creyeron descendientes de Júpiter porque era el dios del trueno y del roble. Por eso todos se coronaban con hojas de roble, y uno de ellos, Amulius Silvius, rey de Alba, incluso imitaba el fragor del trueno y el fulgurar del relámpago, con artefactos de magia homeopática.
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Autor: Rafael Gonzalo Jimenez

            Corto escrito en el que afirmo que los primitivos reyes de Alba y Roma fueron reyes sacerdotales, clásicos “hacedores de lluvias” mágicos, que se creyeron descendientes de Júpiter porque era el dios del trueno y del roble. Por eso todos se coronaban con hojas de roble, y uno de ellos, Amulius Silvius, rey de Alba, incluso imitaba el fragor del trueno y el fulgurar del relámpago, con artefactos de magia homeopática.

 

 

                        Magia y religión

 

                                    XXIV. - Los reyes de Alba y Roma

 

            Sabido es que la mitología romana es traducción de la griega, efectuada por Virgilio en la Eneida. Por lo que si los griegos celebraban el matrimonio sagrado de Zeus y Hera, los romanos celebraron el de Júpiter y Juno. Durante la República mediante el Flamen Dialis, sacerdote de Jove (Júpiter) y su esposa Flamínica; durante los remotos tiempos de la Liga Latina, de la que primero fue capital Alba, y después Roma, siendo reyes y reinas novios y novias de matrimonios sagrados, como lo fueron los faraones en Egipto, o Dionysos y la reina en Atenas. El país de los latinos era húmedo, sus planicies criaban laureles, mirtos y hayas, y en sus montañas crecían pinos y abetos. De Latino, legendario progenitor de la dinastía monárquica, se decía que se había transformado en Júpiter Latino, y el santuario de Júpiter del Lacio, en la cumbre de la montaña Albana, fue un bosque de robles.

 

            La dinastía albana llevaba el nombre de Silvii, bosques, y se coronaban con hojas de roble. Sus reyes fueron, por tanto, representantes de Júpiter, dios del roble. Y uno de sus reyes, Rómulo, Rémulo, Remo o más bien Amulius Silvius, se consideró igual o superior a Júpiter, intimidando a sus súbditos con unos artefactos con los que imitaba el fragor del trueno, pues Júpiter era también dios del trueno. Por lo que dicen que murió, como castigo a su impiedad, fulminado por un rayo, en medio de una tormenta que desbordó el lago Albano, hasta inundar su palacio.

 

            Si comparamos estas leyendas con las de Salmoneo, rey de Elis, de nuevo tenemos reyes sacerdotales, encargados de provocar lluvias y truenos, en beneficio de las cosechas. El rey sacerdotal Numa Pompilio, al que la tradición casaba con Egeria, en el bosque sagrado de Nemi, tenía también fama de producir rayos y truenos, debiendo entenderse por tales conjuros para producir lluvia. Los reyes primitivos de Alba y Roma fueron, por tanto, ”hacedores de lluvias” públicos, los clásicos magos que arrancaban chubascos al cielo con sus encantamientos. En Roma los portillos del cielo se abrían mediante una piedra sagrada que formaba parte del ritual de Júpiter Elicios, dios que educe de las nubes relámpagos y lluvias.

 

            Si los reyes de Alba fueron pues representantes de Júpiter del Lacio, los de Roma lo fueron de Júpiter, o Jove Capitolino. Y hasta la época imperial los generales victoriosos que celebraban su triunfo, y los magistrados que presidían los juegos circenses, llevaban atavíos jupiterinos que tomaban prestados del templo Capitolino. Entraban en la ciudad en un carro triunfal tirado por cuatro caballos coronados de laurel, llevaban vestidos de púrpura bordada con aplicaciones de oro, y blandían en la mano derecha una rama de laurel, y en la izquierda un cetro de marfil rematado por un águila; ceñía sus sienes una corona de laurel, y su cara estaba pintada de bermellón. El águila era el ave de Jove (Júpiter), su árbol sagrado el roble, y su cara, sobre su cuadriga del Capitolio, estaba también teñida de rojo. Por otra parte, la procesión triunfal terminaba siempre en el templo de Júpiter, en el Capitolio.

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