Indice
Introducción
1.¿La ley del padre?
2. El militar
3. La vida afectiva
4. Lo privado y lo público
Conclusión
Introducción
En México no se han hecho muchas biografías de Plutarco Elías Calles, algo
que ya constataba en 1973 el historiador Jean Meyer, ayuno de datos sobre el
sonorense. No pareciera haber más que un biógrafo, Carlos Macías Richard, que
fue a fondo en la vida del revolucionario nacido en Guaymas, Sonora, en 1877, y
quien falleciera en la Ciudad de México en 1945. En la memoria popular, o lo que
queda de ella, Plutarco Elías Calles ha ocupado un lugar completamente
secundario, si ha de comparársele con Francisco Villa y Emiliano Zapata. Tal
pareciera que el “presidente Calles” hubiera sido “gris”, “en el hablar parco”,
en un país acostumbrado a la palabra envolvente (Plutarco Elías Calles sabía
detectar la “grosería maliciosa” y “la más refinada mala fe”, como las llamaba),
al homenaje pomposo, al endiosamiento en vida y, peor aún, a ver en el mérito
algo advenedizo y no digno de reconocimiento ni de gratitud. El doctor Ramón
Puente sugirió en su tiempo que Calles fue el personaje de la Revolución que más
odios engendró y más denuestos se ganó.
Alguna vez escribió Ricardo Pozas Horcasitas (El triunvirato sonorense) que en
el México de los años ’20 “matar era advertir, era enseñar con los muertos las
reglas entre los vivos”, y no es seguro que esta actitud haya cambiado. Dicho
esto, no es seguro que Calles haya tenido un gusto desmedido por el poder. No se
enriqueció ostentosamente, ni fue especialmente sanguinario, lo que comprobó
Martin Luis Guzmán. No se puede compartir la opinión que presenta la
contraportada de la biografía de Roberto Mares, en el sentido de que Calles fue
especialmente prepotente.
Causa extrañeza que Elías Calles sea recordado como el supuesto “fundador” de
un régimen ultracorrupto, el priísta, como si en realidad el nativo de Guaymas
pudiera ser comparado inclusive con Abelardo L. Rodríguez, o con otro de sus
paisanos sonorenses, Alvaro Obregón, mucho más “mañoso”, quién pasó a la
Historia con una célebre frase según la cual en la época revolucionaria no había
nadie que resistiese un “cañonazo de cincuenta mil pesos”.
Acusado sin pruebas por el rumor popular de haber sido el autor intelectual del
asesinato de Obregón, el “presidente Calles” terminó opacado por una de las
figuras en la que más confió, Lázaro Cárdenas, quien acabó exilándolo
temporalmente en Estados Unidos (1936). Con Cárdenas prácticamente se acabó la
vorágine armada de la Revolución Mexicana y el lugar dejado por el “patrón malo”
(Don Porfirio) fue al fin ocupado por el “buen padre”, algo que alcanzaron a
expresar de modo retorcido los cristeros, según se desprende de testimonios
recogidos por Jean Meyer en La Cristiada. Este autor se pregunta en vano si
Calles fue autoritario, o incluso “totalitario”, algo que pareciera estar por
completo fuera de lugar. El sonorense buscó crear autoridades (en plural),
encarnadas en instituciones, en un país acostumbrado a desvirtuarlas. Ello no
significa que Calles haya sido arbitrario.
En algunas biografías, la búsqueda de malevolencia en Calles es la sempiterna
ida tras la figura ambivalente del padre en América Latina y el Caribe hispano.
Es de ésa búsqueda, infructuosa en el caso de Calles, que se ocupa este trabajo.
En efecto, existen suficientes biografías que le atribuyen a Calles dureza en el
gobierno por haber sido en el origen hijo natural. Sería imposible pensar que el
hecho no pesó en la vida de Calles, como lo sugieren algunos traspiés de
juventud. Sin embargo, aquella dureza, muy relativa y que se le atribuye para no
reconocerle la firmeza (misma que se confunde con la prepotencia), ha sido
probablemente malinterpretada, como si “infancia fuera destino”, y como si
hubiera por lo demás alguna tara especial en haber sido hijo natural.
Se busca de este modo deslegitimar a quien quiso asegurarse en vida que las
instituciones, y no las personas, fueran el origen de la legitimidad en México.
Lo que en este texto buscamos mostrar es cómo, en medio de una vorágine en la
que muy pocos no dieron simplemente rienda suelta a sus impulsos, Calles supo no
sólo conservar la justa medida, hasta donde la época lo permitía, sino también
llevar una vida congruente, algo no muy común en un país donde las redes
clientelares suelen conspirar contra la trayectoria de rectitud individual,
tratando de destruirla y de mantener la conciencia fragmentada. El doctor Ramón
Puente reconoció que Calles fue a la vez el más tesonero y el menos veleidoso de
los jefes revolucionarios. Así, el problema que queremos plantear aquí es el
siguiente: ¿Cómo se resolvió en la trayectoria personal y pública de Plutarco
Elías Calles el crucial y añejo problema de la legitimidad en México?
1. ¿La ley del padre?
Varias biografías sostienen que el hecho de haber sido hijo natural de Plutarco
Elías Lucero y María de Jesús Campuzano (fruto de lo que Héctor Aguilar Camín,
muy torpemente, llama en francés “una liaison temporal”) marcó definitivamente
la vida del revolucionario, al grado de explicar con este argumento el supuesto
odio del “presidente Calles” contra la Iglesia. No es demasiado creíble, contra
lo que sugiere Tere Medina-Navascués, que el problema clave de los Elías en
Sonora haya sido el de pertenecer a una familia de un supuesto “linaje” de
origen español venido a menos con el paso del tiempo, incluso de los siglos.
Esta interpretación se convierte en un procedimiento que deslegitima al
revolucionario al convertirlo en algo así como un bastardo social y un potencial
resentido, un “venido a menos”. Al hablar del Plutarco Elías Lucero como si se
tratara de hacerlo desde una perspectiva colonial, la biógrafa lo tilda de
“descastado”, cuando la importancia de las castas nunca fue mayor en Sonora (a
diferencia por ejemplo de Yucatán), ni siquiera entre los hacendados, que los
había. Por lo demás, Sonora cambió vertiginosamente en las últimas décadas del
siglo XIX con la minería, el comercio y los transportes, que modificaron incluso
la fisionomía de la natal Guaymas de Calles, de lo que da cuenta Héctor Aguilar
Camín.
Aunque los guaymenses no habían perdido sus vínculos con el mundo rural, a
finales del siglo XIX llegaron comerciantes de distintas latitudes, franceses,
alemanes y otros (ya los había originarios de China, que por cierto Calles
buscaría respetar más adelante, frente a brotes xenófobos); creció cierta
industria (maderera, por ejemplo) y se multiplicaron las funciones estatales, de
tal forma que el polo de modernización de Sonora se desplazó de Hermosillo a
Guaymas. Con la minería fue desplegándose también una mayor actividad hacia el
norte del Estado, y los Elías conservaron su influencia; en Agua Prieta
contribuyeron a la formación de un club liberal (con Francisco S. Elías y Manuel
Elías Lucero, entre otros). Nunca fue la genealogía que se remonta hasta el
origen español, que pareciera importarles también a Jean Meyer y a Enrique
Krauze, la que interesó en vida a Elías Calles. En cambio, contra quienes alguna
vez le atribuyeron un origen extranjero (sirio), el presidente Calles sacó a
relucir a su abuelo paterno, José Juan Elías, quien muriera oponiéndose a la
invasión francesa y defendiendo sin ambages la Independencia y la soberanía
mexicanas.
Las circunstancias de la época porfiriana en Sonora no eran tan cerradas y
vegetativas como en otras regiones de México, y seguramente no contaba tanto la
relación con la gran propiedad terrateniente (no por lo menos en Guaymas y hacia
el norte, a diferencia por ejemplo de Alamos). Al nacer Calles, Sonora era un
territorio fronterizo (salvo en el sur más acaudalado, alrededor de Alamos y
Navojoa) en el que ni siquiera había concluido la acumulación originaria que
comenzara en el resto del país a mediados del siglo XIX. En dicha frontera
seguían siendo comunes los hostigamientos de los apaches, por ejemplo, y no
había concluido el esfuerzo por integrar a la nación a los indómitos indios
yaquis y mayos, que siguieron levantados hasta casi mediados del siglo XX, y
cuya rebelión a lo mejor Calles no entendiera del todo, a diferencia de José
María Maytorena, el buen hacendado, o de Alvaro Obregón, quien los utilizó como
tropa. La pequeña propiedad podía tener en algunas partes mayor importancia que
el latifundio, ya se había difundido la minería moderna asociada al capital
estadounidense, la Iglesia nunca fue oscurantista (Sonora fue tierra de
misioneros, como el Padre Kino), y no es probable que la noción de “pecado” (que
atraviesa la biografía de Medina-Navascués) estuviera tan arraigada.
Desde el punto de vista estrictamente personal, no hay pruebas de que la familia
Elías entera haya padecido el fracaso, ya que no fue el caso de los tíos de
Plutarco Elías Calles, quienes, por lo demás, ante los fracasos de éste en el
comercio en Guaymas, lo ayudaron ya siendo joven, en Agua Prieta. Es
significativo que Aguilar Camín indique que el revolucionario heredó el nombre
de su padre, y tomó el apellido (del que nunca renegó) de un humilde cantinero
de Hermosillo, Juan B. Calles, quién asumió los deberes de esposo y padrastro
con María de Jesús Campuzano, hasta que ésta muriera en 1881, y protegió luego
(con dedicación, afirma Héctor Aguilar Camín, palabra que tiene una connotación
eminentemente educativa) al “huérfano”, que en realidad no lo era.
La vida de Elías Calles en Hermosillo, desde los cuatro hasta los 20 años, fue
de esfuerzo, pero también de educación, en la familia y en la escuela. El futuro
presidente fue educado en su familia adoptiva, muy modesta, en la que Juan
Bautista Calles, según hace constar Carlos Macías Richard, “sería recordado (…)
como un individuo generoso y paternal, pero en extremo enérgico y disciplinado”,
sin que por cierto se entienda el “pero” del biógrafo. Sin duda alguna, el
revolucionario sonorense heredó todos estos rasgos.
¿Hay pruebas de que el revolucionario albergó un resentimiento “eterno”
contra su padre biológico? En realidad, no. Una conversación con Adolfo de la
Huerta pudiera leerse en ese sentido, puesto que al preguntarle aquél a Calles
de qué familia provenía, contestó seco: “de la mía”. La misma Tere Medina-Navascués,
al reconstituir la conversación, sugiere (¿involuntariamente?) que la ofensa
vino no de la respuesta, sino de una pregunta por lo menos torpe, aunque Calles
resulta ser supuestamente para la biógrafa “un ofendido por el destino”. En
realidad, el contexto sugiere otra cosa. De la Huerta no provenía de cualquier
familia de Guaymas, sino de una acomodada y “de lustre” desde el Porfiriato, que
gozaba por ende de privilegios que menciona Héctor Aguilar Camín. Adolfo de la
Huerta era hijo de uno de los comerciantes mejor situados de Guaymas y se había
formado en la Ciudad de México, estudiando canto, solfeo, contabilidad y en la
Escuela Nacional Preparatoria, muy cerca de la “corte de los halagos”.
La familia Calles era otra, no sólo por el padre, y lo que para De la Huerta era
natural para Elías Calles significaba una lucha cotidiana contra la adversidad y
el fracaso. A lo mejor entendía De la Huerta la conversación como intercambio de
halagos; Elías Calles en más de una ocasión expresó su aversión a la “burguesía
adinerada”, y no parece que precisamente por resentimiento.
Según Ramón Puente, en la clase de Calles se aplicaba el “baquetómetro”
(“baquetón” es el calificativo que se da a los muchachos incorregibles), y “no
valen privilegios de casta, el ser niño zutano o mengano...”. En la conversación
entre De La Huerta y Elías Calles se habían topado el México seguro de su
patrimonialismo, el de los “señoritos”, y el del esfuerzo, que con un buen
encuadre familiar y educativo equivale a lo que Rogelio Díaz-Guerrero ha llamado
en sus tipologías del mexicano el “tipo 2, con control interno autoafirmativo”.
En la reconstitución que Carlos Macías Richard hace de la conversación entre De
la Huerta y Calles, queda constancia de que al poco rato el segundo se disculpó
por la hosquedad (ya que estaba ocupado) hacia el otro guaymense. Al recrear
esta conversación de manera segmentada, algunos biógrafos (Tere Medina-Navascués
y tangencialmente Héctor Aguilar Camín) utilizan la supuesta “tara de origen”
para negarle un lugar social a Elías Calles y legitimidad a su idea de lo que
podía llegar a ser la nación mexicana en la práctica.
El corte entre Plutarco Elías Calles y su padre tampoco parece tan abrupto,
puesto que en las biografías aparecen episodios compartidos en los cuales, por
lo visto, el progenitor llegaba a empujar al hijo al alcohol y la
irresponsabilidad. En realidad, en el sentido exactamente contrario al que
sugiere Medina-Navascués, el resentimiento clave no fue el del hijo contra el
padre, hecho que por lo demás podía ser muy comprensible, sino al revés, y
forzando hasta cierto punto las cosas. Poniéndose arbitrariamente en el lugar
del padre biológico, como si no hubiera otra ley, algunos biógrafos proyectan
sobre el futuro revolucionario las emociones (probables) de Plutarco Elías
Lucero. Lo prueba la anécdota reconstituida tanto por Roberto Mares como por
Tere Medina-Navascués, en la que ésta omite una parte decisiva. Ya en plena
Revolución, a finales de 1914, Plutarco Elías Calles pasó por Agua Prieta, y su
padre, que estaba platicando con un muchacho y tomando “pisto” a la entrada de
una casa, lo vio pasar. Según Medina-Navascués, Calles no guardó en ese momento
“un proceder digno de alabanza”, al no darle más que un saludo lejano, con una
mano sacudida al aire, al viejo “dispuesto, tal vez, a abrazar al hijo” (cierto
es que el padre hizo ademán de levantarse). De nuevo aparece una inversión que
busca hacer de Calles un hombre no sólo resentido e inhumano, sino injusto y
“culpable”. Es más, esta versión de los hechos y la connotación que se le da
casi convierte al revolucionario sonorense en algo así como un “transgresor” que
no le hace la debida reverencia a la figura del padre, sin importar siquiera el
padre concreto.
En realidad, de acuerdo con el modo en que Roberto Mares reconstituye el
episodio (de idéntico modo lo recoge Carlos Macías Richard), el padre dijo:
“Aquel es Plutarco, se cree gran cosa porque es coronel. Chiflaron a don
Porfirio y ahora creen que van a ganar la Revolución…pero no van a ganar
nada…les van a pegar”. Pese a que Plutarco Elías Lucero habría hecho el ademán
de levantarse de su asiento y se habría sentido emocionado, las palabras indican
que el resentimiento lo ganó, mientras que el hijo ya había tomado distancia y
su gesto, de reconocimiento sin más, parece el justo (Plutarco Elías Calles
lloró por lo demás la muerte de “Papá Plutarco”, como lo hace constar Carlos
Macías Richard).
Calles, que en su juventud tuvo que enfrentar distintos fracasos y no estuvo
lejos de caer en el alcoholismo, se venció a sí mismo, o venció al “modelo”, que
no ejemplo, que llevaba forzosamente dentro, cosa imperdonable (así lo sugiere
la versión de Medina-Navascués) dentro de una cultura marcada por la ley del
Padre. El intento de la biógrafa es sorprendente: prácticamente le reprocha a
Calles el no haberle dado al padre la legitimidad que éste llegó a negarle. La
biógrafa hace recaer una “culpa” en quien (Plutarco Elías Calles) no fue educado
para expiar nada y no parece tampoco haberlo exigido del padre. La importancia
que Calles le dio a la educación laica no debiera leerse forzosamente como
alguna “expiación” de una “culpa originaria” que Plutarco Elías Calles no parece
haber introyectado, a juzgar por la escena de Agua Prieta ya narrada.
No es un problema menor en culturas en las cuales no pocos se quedan
atrapados en la ley del Padre: un Padre que llega a ser irresponsable pero ante
el cual el hijo no puede o incluso no debe salir del círculo, por vicioso que
sea, de la supuesta legitimidad establecida desde arriba, ya que ello constituye
una transgresión. De distintos modos, Medina-Navascués da la impresión de querer
imponer en su texto la sanción que, a lo mejor, incomodaba a Calles en
conversaciones como la sostenida con De la Huerta, por más que no se tratara
sino de un dejo de desconfianza. Medina-Navascués, de origen español
republicano, biógrafa de Antonio Machado, busca adjudicarle al “presidente
Calles” una maldición proveniente de una imaginario religioso oscurantista (el
“pecado”), mientras otros, bajo influencia de un psicoanálisis moderno
vulgarizado, convierten anécdotas en destino: es el supuesto “trauma de
infancia” que comenzó a ponerse de moda en los años ’70 del siglo XX. En
realidad, tanto Plutarco Elías Calles como su padre eran ateos, “descreídos
irredimibles”, en palabras de Medina-Navascués, de nuevo de cuño religioso. No
“pasar a la Historia” querría decir entonces que, desde el origen, el
revolucionario sonorense no tenía modo de “redimirse”, y que en nada contarían
sus méritos personales, que suelen pasarse por alto.
Lo que algunas biografías suelen olvidar es que la experiencia de formación de
Calles no dependió en años decisivos de la relación con el padre biológico, sino
de la familia (incluida la de los Elías Lucero después de los 20 años) y de la
escuela. Por más que fuera en el origen hijo natural, Calles no perdió de vista
la importancia de la familia, que por cierto no lo descuidó en la infancia y la
juventud, y adquirió experiencia en la escuela y a la larga siendo maestro de
primaria, buscando darle importancia a una institución, la educativa, hoy
devaluada y mercantilizada. Desde este punto de vista, parece difícil que Elías
Calles haya sido “ilegítimo a los ojos de la sociedad”, se entiende que
sonorense, contra lo que sugiere Enrique Krauze. ¿Cuál sociedad, si difícilmente
podía existir le tout Sonora? Durante la juventud de Calles, quien no fue por
cierto el jacobino (lo fue mucho más el a veces cruel Obregón) y extremista de
la Revolución Mexicana, ni el romántico, a Sonora había llegado por interés del
gobernador lo mejor de la educación laica durante el Porfiriato, bajo la
influencia de Enrique Rébsamen. Bajo esta influencia pedagógica, es poco
probable que Calles pensara en crear un mundo nuevo desde cero: “Calles –ha
escrito Enrique Krauze- no funda de nuevo el mundo; no clausura su pasado, sino
que lo integra racionalmente y lo devuelve, purificado e imperioso, a la
sociedad”.
Bajo la influencia del afamado profesor Benigno López y Sierra, Calles llegó a
ser parte del Colegio de Sonora, muy prestigiado en la época, y fue asimismo
amigo del aritmético Fernando Dworak, reconocido profesor procedente de la
“escuela de Rébsamen” de Jalapa. En uno de sus escasos escritos sobre el tema,
Calles llegó a identificar familia y moralidad, pero entendiendo esta última,
como lo hace constar Carlos Macías Richard, como desarrollo de las energías
individuales, amor al trabajo y al mismo tiempo dominio de las pasiones, sin
descartar por ello la dulzura de las emociones, en palabras del propio Calles.
Del mismo modo concebía el ejercicio de la ciudadanía para el “ser humano
socializado”, como lo sugiere Macías Richard. Mucho más tarde y habiendo salido
de Guaymas, a donde había regresado a los 20 años, Plutarco Elías Calles, ya
casado, puso a prueba su temple y su amor al trabajo en el rancho Santa Rosa,
cerca de Fronteras. Ocupándose de Santa Rosa (propiedad de los Elías Lucero),
hecho que Carlos Silva explica curiosamente como “oficio santo” cuando no había
nada más lejos de la religión, Elías Calles demostró por lo demás, para seguir a
Macías Richard, que no quedaban (si alguna vez existieron) resentimiento o
recelo algunos hacia la familia paterna.
2.-El militar
A diferencia de Alvaro Obregón o de Francisco Villa, Plutarco Elías Calles nunca
destacó en los campos de batalla de la Revolución Mexicana. No solo parece
haberle faltado fuerza al principio, sino que temía en ocasiones el peligro,
como ocurrió en Naco, donde Elías Calles huyó ante las tropas de Ojeda. Con
todo, al poco tiempo quedó claro que, a diferencia muy marcada de Villa, el
revolucionario de Guaymas no confundía justicia con venganza, algo que poco se
ha hecho notar sobre el Centauro del Norte. El 1º. de noviembre de 1915, Villa
se lanzó contra Agua Prieta con 18 mil hombres; Calles resistió con la cuarta
parte de los soldados y venció. Los villistas, que han sido curiosamente
mitificados por parte de la izquierda latinoamericana (al grado de que en algún
momento los ha alabado el venezolano Hugo Chávez), derrotados, se ensañaron en
la pequeña localidad de San José de la Cueva, asesinando a todos los varones,
incluyendo al cura y, justamente con sed de venganza y en muy malas lides,
matando a todos los que llevaban el apellido Calles. Resulta inexplicable que
Villa haya sido idealizado después de circunstancias como ésta, y que a la larga
un apenas disimulado oprobio haya caído sobre el sonorense, quien ni siquiera se
convirtió, contra lo que sostiene Roberto Mares, en un “dictador pedadógico” al
mando de Sonora (una equivocada expresión proveniente de Enrique Krauze), donde
no se instaló la fuerza de las armas. Muy por el contrario, hay un gesto que
denota que el resentimiento no era la emoción que guiaba a Calles, a diferencia
de Villa. Como gobernador de Sonora, Calles se ocupó de que los huérfanos de la
Revolución recibieran protección y educación oficial (en la Escuela de Artes y
Oficios Cruz Gálvez); no hizo distinción de “credos políticos” (como se los
llama religiosamente) pero, lo que es más, acogió a huérfanos “villistas”,
contra quienes bien podría haber tomado represalias (los partidarios del “felón
Villa” fueron amnistiados por Calles en Sonora). En los campos de batalla,
Calles había aprendido la firmeza, pero no una dureza excesiva, y no le faltaba
prudencia. Fue distinto de Obregón y Villa quienes, cada uno a su modo, hicieron
gala de machismo (el primero con fanfarronería, más que sentido del humor), si
ha de seguirse una de las definiciones del fenómeno que propone la especialista
Marina Castañeda: con una supuesta ausencia de temor que es en realidad falta de
precaución.
Para Villa, a veces no parecía tan importante la batalla como el honor, una
noción muy española (es desde un supuesto honor que Tere Medina-Navascués juzga
la vida afectiva de Calles) y que se confunde en México con la valentía
(“hombría”), a fin de cuentas la del charro, que da su “palabra de honor” (como
lo ha hecho notar Aniceto Aramoni, esta expresión deja suponer que pudiera haber
“otro tipo de palabra”). A Villa no le importaba perder hombres en gran
cantidad, mientras otros, como Obregón y Calles, buscaban ahorrar vidas. Villa
citaba a sus contrincantes a pelear a campo raso, con tal de salvar el honor no
abandonaba plazas que ya había perdido (sobrevaloraba la imagen que tenía de sí
mismo, al decir de Aramoni), y para él las citas eran como para un duelo de
caballería, escogiendo día, hora y lugar, dando ventaja a que tiraran primero
los enemigos y, al haber perdido, pidiendo que lo “sacaran a balazos”. En Villa,
según ha hecho notar Aramoni, solía no haber objetividad alguna. A diferencia de
Villa, pero también de Obregón, en realidad la Revolución no fue para Elías
Calles un asunto fundamentalmente militar.
Aniceto Aramoni ha observado que, sin duda, Villa pudo haber sido objeto de
todas las vejaciones y humillaciones, en la “fracción atropellada e infeliz del
pueblo” y víctima de “señoritos” y caciques. Sin embargo, en Villa predominó el
código de honor y no, como en Calles, el de la decencia, sin que ésta se
entienda como mera fachada familiar frente a “los demás”. Villa era, al decir de
Aramoni, “analfabeto, grosero, colérico, sádico, lábil emocionalmente, sujeto a
raptos incontrolables”, diríase hoy que completamente impulsivo. El imán que
atrae, según Aramoni, no es otro que el del “macho”, el que “las puede todas”,
un curioso “conquistador” y “superdotado sexual” entre un pueblo ignorante, por
ende sin educación. Mal habla este ídolo de lo que por cierto, después de tanta
opresión, no podía ser de otro modo: el pueblo mexicano, que con el populismo
posterior (desplegado en la segunda posguerra del siglo XX) terminó creyendo, en
algo que incumbe hasta las clases medias, que el “ser” del mexicano está en el
supuesto desplante de honor.
Por otra parte, para Calles la mujer no se reducía a seguir ciegamente al
hombre, a diferencia de las adelitas que también fueron mitificadas en los
campos de batalla de la Revolución. Aniceto Aramoni ha hecho notar que la
Revolución Mexicana fue de las pocas “guerras” donde los hombres permitieron que
se involucraran casi directamente las mujeres, pero no como combatientes, en lo
que existe un dejo de crueldad que incluso Alvaro Obregón quiso evitar. Ya como
gobernador de Sonora, la principal preocupación de Calles fue que las mujeres
tuvieran acceso a la educación. Dicho sea de paso, y a diferencia de Villa en un
episodio (el de Agua Prieta) como el recogido aquí, Calles no aprovechó las
circunstancias bélicas para dar rienda suelta a sus impulsos contra “los curas”,
aunque ciertamente, ya como gobernador de Sonora, se aseguró de que todos los
sacerdotes católicos del estado fueran expulsados.
3. La vida afectiva
La vida afectiva de Plutarco Elías Calles (para no decir la vida íntima, con
otra connotación) fue muy diferente de la de Villa, o incluso de la de Zapata.
Una vida ejemplar no tiene por qué ser purista. Ciertamente, a la edad de 20
años, Elías Calles tuvo un enredo con Josefina Bonfiglio, nacida en Tepic, hija
de un empleado de aduana. ¿Era una “muchachita inexperta y confiada”, como la
describe Tere Medina-Navascués, como si Bonfiglio fuera una criada? En aquella
época, la posición social de Calles no implicaba alguna superioridad notoria
sobre Josefina Bonfiglio. Tere Medina-Navascués sugiere que a esa edad, Calles
ya sabía lo que hacía. Es de suponer que Josefina Bonfiglio también, puesto que
tenía la misma edad. Lo cierto es que la joven quedó embarazada y el padre de
Plutarco Elías Calles, ciertamente de manera no muy elegante, envió al futuro
revolucionario lejos, a Fronteras. Poco después, Josefina Bonfiglio se casó con
un empleado de telégrafos de El Mineral El Tigre, con quien tuvo cuatro hijos
más, y en ese marco creció el hijo de Elías Calles, Rodolfo, que desde este
punto de vista no llegó a ser un hijo ilegítimo “abandonado”. En 1919, cuando el
revolucionario sonorense era secretario de Industria y Comercio, se encontró con
Rodolfo. Le ofreció ayuda para adquirir un mejor empleo (era telegrafista), pero
el hijo declinó la oferta, en lo que, no puede forzosamente negarse, era a lo
mejor un acto digno y discreto, como lo ha escrito Tere Medina-Navascués. Como
sea, queda claro que para Plutarco Elías Calles tener un oficio digno y bien
remunerado no era un asunto menor.
El 24 de agosto de 1899, Elías Calles se casó con Natalia Chacón, hija de un
agente de aduanas, de origen sinaloense y sonorense, y quien a la postre se
convertiría en Primera Dama de la Nación. Tuvieron doce hijos, tres de los
cuales murieron. No fue la de Natalia Chacón la vida de una mujer sumisa, ni
siempre acorde en todo con su esposo, y resultó pionera en la participación de
las mujeres en asuntos públicos. En efecto, ya como Primera Dama, Natalia Chacón
creó el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (el DIF),
tradición que comenzaría a perderse mucho más tarde, a partir del salinato, y
que se vino abajo con el panismo en el gobierno, en el que primaron los
escándalos y las ambiciones desmedidas de por lo menos una Primera Dama, Martha
Sahagún. Natalia Chacón de Elías Calles fue también la creadora de la primera
red de comedores infantiles mexicanos, en los cuales se proporcionaba a los
niños desayunos calientes, con leche y algún guisado; la Primera Dama fundó
igualmente una importante cadena de dispensarios médicos de atención gratuita.
Eran otros tiempos y existía otra concepción de la familia, que impregnó a la
del Estado, que tuvo obligaciones con la niñez, y que no debía simplemente
consentir los derechos (verdaderos o inflados) de los infantes, sin
proporcionarles al mismo tiempo la salud y la educación básicas.
En esa concepción de la familia no cupieron el oscurantismo y el “pecado”:
prueba de ello es que una de las hijas del revolucionario, Hortensia Elías
Calles de Torreblanca, no tuvo inconveniente en dar a conocer mucho más tarde,
para quien lo quisiera, la vida privada de su padre, de quien fue gran
confidente. Si bien Natalia Chacón resintió duramente la ausencia de su esposo
mientras éste se veía envuelto en los tiempos más difíciles de la Revolución
mexicana, Calles no se desentendió de la educación de sus hijos, en particular
varones (Rodolfo y Plutarco, Aco), a quienes prefirió formar lejos de la Ciudad
de México (a la que veía como una metrópoli de perversión) y, aún fuera del
país, cercanos a la probidad, de acuerdo con observaciones de Carlos Macías
Richard. Asimismo, como lo hace constar Carlos Silva Cázares, “ni los cristeros
ni los golpes de estado ni los chismes políticos minaron tanto (la persona de
Elías Calles) como la muerte de su mujer”, a raíz de lo cual el revolucionario
sonorense habría emprendido “un largo camino de pesadumbre”. A pesar de sufrir
por la distancia física del sonorense, Natalia Chacón estuvo con él “en la
pobreza y en la riqueza”, como lo sugiere Beatriz Ramírez González, quien hace
contar, con todo, que la segunda no era el objetivo de la familia Elías Calles
Chacón. A Natalia Chacón no le entusiasmaban demasiado los ajetreos de la vida
social que suponía ser la esposa de un mandatario, y era declaradamente “enemiga
de fiestas”. Esa podía ser una diferencia notoria con Obregón, aficionado
justamente a las fiestas, los bailes y los banquetes. El mismo Plutarco Elías
Calles no perdió la sencillez provinciana y, al decir de Ramón Puente, ya con
Carranza “ser ministro y sujetarse a los rigores de la etiqueta” es algo que a
Calles le causaba molestia.
Fue sólo con Natalia Chacón que el Estado se hizo cargo de actividades
sociales que eran obligatorias y no podían ser la dádiva de damas con
pretensiones aristocráticas. Como se desprende de la biografía de Natalia Chacón
elaborada por Beatriz Ramírez, ni el presidente ni su esposa se aficionaron a un
tren de vida lujoso o disoluto. Los privilegios, en cambio, tentaron a algunos
de los descendientes de la pareja presidencial.
El 2 de agosto de 1930, Calles se casó por segunda vez con Leonor Llorente,
originaria de Mérida, guitarrista, pianista y soprano. La boda se hizo por lo
civil, de modo discreto. Llorente murió a los pocos años. Pese a lo que se
busque fabricársele, nada tuvo que ver la vida afectiva de Plutarco Elías Calles
con la exposición de la vida íntima algo escandalosa (mezclada con pleitos de
herencias) de José López Portillo, por ejemplo, quien le dio a su gobierno una
impronta de nepotismo que no existió con Calles. Se ha dicho que Calles se
enriqueció a costa del Estado, pero el gusto de aquél era relativamente modesto
si se compara con la ostentación del Porfiriato, o con lo que ocurrió a la larga
con López Portillo, El Negro Durazo o Elba Esther Gordillo, por no mencionar más
que unos cuantos casos. No puede verse en Calles el origen de la corrupción en
los gobiernos mexicanos (ni siquiera la familia Cárdenas escapó a la adquisición
de propiedades importantes).
En 1920, Calles tuvo en Agua Prieta una aventura con Amanda Ruiz, originaria
de Cananea, Sonora. De este hecho nació otro hijo del revolucionario, Manuel
Elías Calles Ruiz. El presidente Calles nunca se desentendió de Amanda Ruiz y su
hijo, al que reconoció y con el que no tuvo problema en compartir su vida en la
Ciudad de México. Como en los casos anteriores, si se exceptúa el de Josefina
Bonfiglio, destaca que Plutarco Elias Calles no haya tenido una actitud
particularmente machista con las mujeres y con sus hijos, aunque hubiera un dejo
de –un probablemente normal para la época- paternalismo, que puede interpretarse
como simple y llana autoridad. Calles no parece haber visto a la mujer a la vez
como “cosa” y objeto de endiosamiento, sino como ser de carne y hueso. Manuel
Elías Calles Ruiz fue reconocido legalmente, y a partir de ello pasó sus
vacaciones todos los años con su padre y Leonor Llorente. Amanda Ruiz no le
guardó rencor alguno a Calles, a quien cariñosamente llamaba “inolvidable
papacito”.
Aniceto Aramoni, acucioso observador de la vida afectiva del mexicano, ha hecho
notar hasta qué punto Villa, personaje mucho más venerado y recordado que
Calles, exigía en cambio de la mujer que se sintiera honrada por el solo hecho
de la presencia del “macho”, arrogante y fanfarrón. Villa veía a la mujer casi
como animal al que había que domar, “acallar o aquietar”, “o consolar mediante
los halagos del dinero”. De manera distinta a la de Calles, Zapata también quedó
en el imaginario popular como lo más cercano a un “macho” que por momentos,
incluso, llega curiosamente a algo de “señorito” (“charro”). Tal pareciera que a
Calles terminó por reprochársele no haber sido “señorito”, ni hombre de pueblo,
como si esto último constituyera alguna garantía de decencia.
4. Lo privado y lo público.
En perspectiva, existe congruencia entre lo que fue la vida pública de Calles y
su vida privada. Lo que más parecía apreciar el revolucionario sonorense era la
lealtad, pero no la complicidad. Era lealtad a principios, y éstos podían ser
más sólidos que las redes clientelares personales.
Tiene razón Carlos Macías Richard cuando señala que el alto concepto de la
fidelidad y el compromiso iba para el sonorense por delante de la amistad y el
aprecio cuando se trataba de evaluar errores y de mala fe. No cabían, en nombre
de la amistad, la falta de compromiso y el “otorgamiento del disimulo”. Firme, a
Calles no le gustaba la violencia desbordada e impulsiva, y en este sentido puso
todo su empeño durante su mandato en terminar con las rencillas entre jefes
revolucionarios, quienes estaban siempre al borde de las armas, incluso cuando
se trató de sonorenses y del empecinado obregonismo.
El periodo callista, antes del Maximato, fue clave para la consolidación de
instituciones en un país en las que nunca habían sido realmente sólidas y mucho
menos respetadas. Al consolidarlas, Calles, sin duda como pedagogo y antiguo
maestro de escuela, concibió normas impersonales en un país en el que siempre se
habían impuesto los personalismos y en el que el obregonismo amenazaba con hacer
lo mismo.
Si se revisa la historia del periodo callista, no puede encontrarse una red de
clientelas propiamente “callistas”, y de haber existido o de haber sido fuertes,
es poco probable que Cárdenas haya podido exiliar a Calles como lo hizo. En su
anhelo de terminar con el militarismo, el presidente Calles, ayudado en este
terreno por el general Joaquín Amaro, dio pasos decisivos, al centralizar el
mando de todas las unidades en el Ministerio de Guerra. Con ello se
despersonalizó al ejército y se quebraron las ambiciones de los caciques
militares. No es poca cosa, ya que con ello se eliminó en México una “casta”
repleta de ambiciones personales que perduró en cambio hasta muy tarde en toda
América Latina y el Caribe, convirtiendo con frecuencia la historia del
subcontinente en la de una serie de golpes y contragolpes de Estado, incluso en
Costa Rica hasta 1948, en Colombia (con el régimen de Rojas Pinilla) o incluso
en Cuba, hasta donde Fidel Castro nunca abandonó su investidura militar. Con
Calles y Amaro, en México el ejército perdió todas las características que
arrastraba desde la Independencia, y, como lo ha subrayado Rafael Loyola Díaz,
se disciplinó, se profesionalizaron los cuadros oficiales, se llevó a cabo una
depuración económico-administrativa y fueron licenciadas tropas innecesarias. El
ejército dejó así de dividirse entre “la gente de Neri o Cavazos”.
De igual modo, se persiguió y castigó a los desertores.
El reparto agrario no fue menor, pese a que un estudioso como Jean Meyer llegue
a descalificar a los agraristas. Fiel a sus orígenes y en lo que pudo haber dado
lugar a una verdadera revolución “democrático-burguesa” en México, Calles se
mostró fundamentalmente partidario de la pequeña propiedad privada. Tanto Calles
como Obregón se habían interesado por el modo en que funcionaba la agricultura
en Estados Unidos. Con un importante reparto, Calles se aseguró en todo caso el
apoyo de los agraristas, decisivo para sofocar las últimas rebeliones armadas,
incluyendo la cristera, utilizada por cierto de modo demagógico por José
Vasconcelos y por los últimos insurrectos en armas de Sonora, que coquetearon
con lo que en muchos aspectos era una reacción detrás de la cual se encontraban
intereses de latifundistas.
Rafael Loyola Díaz resume las medidas que interesaron a Calles para
modernizar a México: el impulso a las actividades productivas, el mejoramiento
de la administración pública, la continuación de la reforma agraria y la
normalización de las relaciones diplomáticas con todas las naciones. Calles fue
claro en lo que quería para México, como antes lo había querido para Sonora, y
por cierto que no nada más por historia personal, como lo muestra la afinidad
con Salvador Alvarado, quien se dedicara a llevar la educación a Yucatán. Ya en
la gubernatura de Sonora, Calles, al que Héctor Aguilar Camín retrata de una
manera no muy seria (en contraste con la importancia de la investigación en La
frontera nómada), había sido sin duda republicano a fondo, sin llegar al
jacobinismo, pero no podía pretender ser un ángel, ni bueno ni “exterminador”.
No hay modo de hacer de Calles un mártir, pero tampoco interesa convertirlo en
un santo. Calles dejó en claro su aversión a “los políticos” en su peor
acepción, la que predomina hasta hoy en México y otras latitudes, pero no a “la
política”, que quiso enaltecer dándole gran importancia, por ejemplo, a la
libertad de expresión (al grado de tolerar cierto libertinaje, como ocurrió con
Vasconcelos) o a la existencia no de un partido único, sino de varios y en
competencia entre sí. Tal pareciera que la búsqueda de una solución “desde
abajo” que no sea la meramente anárquica no resulta comprensible para Aguilar
Camín. La lectura es religiosa, si se quiere hacer creer que la educación debía
ser un “acto de conversión” como el que supuestamente habría hecho Elías Calles
al dejar el camino del alcoholismo. En modo alguno se trataba de convertir, sino
de garantizar la ciudadanía para el ejercicio de una auténtica democracia y un
derecho, aunque “la chusma”, como la llamaba ocasionalmente Calles, ni siquiera
supiera (como ocurre hasta hoy) que tenía derechos. En cierto modo, el hecho de
que Calles haya querido inculcar con ejercicio de autoridad la educación laica
suele verse como imposición, cuando no era sino un derecho que la ignorancia del
pueblo no permitía reconocer como tal.
Ciertamente, el callismo reafirmó un proyecto dominante, de tendencia
burguesa (empresarial, si se quiere, aunque Guaymas terminó de crecer como
“burgo”, sin desprenderse del todo de sus lazos rurales), pero no fue
exactamente el que se impuso, sino que el rumbo cambió con Cárdenas y la llegada
del populismo, fenómeno diferente al del arbitraje que buscaba Calles mediante
una figura presidencial relativamente fuerte. Con Cárdenas, el “pueblo”, a lo
mejor ya convertido en “masa” por la movilidad de los tiempos revolucionarios,
volvió para crear lo que Calles nunca pudo ser: un mito y un “Tata”. No es
casual que entre los cristeros se hayan encontrado ex villistas o ex zapatistas,
pero más significativo aún es que, como lo recoge Jean Meyer, los mismos
cristeros vieran con buenos ojos por igual a Porfirio Díaz, Lázaro Cárdenas y
Manuel Avila Camacho (“buenos Césares”). Puede discreparse hasta cierto punto de
Loyola Díaz: es, sin embargo, quien más se acerca a una valoración objetiva del
legado de Calles. En éste, la revolución buscó venir “desde abajo” (es en todo
caso lo que pareciera haber querido Calles), el mundo de la pequeña propiedad.
No fue entonces sino un segmento del proyecto dominante el que predominó con el
callismo, muy distinto del de Obregón, pero también del cardenismo, fundador de
una forma adulterada de la Revolución: la populista, con la que el derecho se
diluiría a la larga en un sistema de favores.
Conclusión
El hecho de que a Calles se le haya dado el sobrenombre de El Turco puede
significar muchas cosas (“turco, severo y mental”, escribe Krauze, olvidando a
lo mejor que lo “turco” se asocia por lo común con la crueldad), a comenzar por
la dificultad para representarse una fisionomía del Norte, región que
significaba para otras de México el salvajismo, el lugar de “los bárbaros”,
según Héctor Aguilar Camín. Parece difícil, contra lo que sugiere Tere Medina-Navascués,
que dicho sobrenombre se haya asociado con el recuerdo de cruzadas europeas que
no dicen mayor cosa en América Latina y el Caribe, aunque quepa la posibilidad
de que se haya recurrido al imaginario de la crueldad desde la Iglesia católica.
El Turco expresa como sea una forma de extranjerización y, por este camino, de
desnaturalización, como si fuera el colectivo el que quisiera recordarle a
Calles su origen de hijo natural.
El desnaturalizado vuelve a serlo dos veces, como si no cupiera la posibilidad
de una individuación mediante la cual Calles, si no comprendió del todo, sí por
lo menos intuyó el problema de la legitimidad del poder en un país como México.
Fue de la Iglesia católica de donde partieron los apodos hacia Calles, un
supuesto “hereje” comparable al turco Mustafá Kemal, Ataturk. Por “poder” debe
entenderse a un colectivo, el mexicano, que no asimiló, porque no pudo o porque
no quiso, la lección del callismo y la importancia de las instituciones, sino
que las interpretó como el anhelo de un advenedizo. Ni qué decir de las
acusaciones que llegaron a lloverle a Calles desde la derecha católica (“masón”,
“protestante”, “ladrón”, “criminal”…) y algunos biógrafos estadounidenses: el
sonorense no tuvo nada de bolchevique, como tampoco parece demasiado creíble que
el PNR se haya creado bajo inspiración del mussolinismo. Contra lo que sugiere
Jean Meyer, tampoco es seguro (en particular, dado el escaso número de
biografías) que se hayan considerado a la postre a Elías Calles como el “padre
del México contemporáneo”. Se ha dicho de Calles que fue un caudillo, cuando en
realidad no ocurrió así y la palabra, en realidad, está mal avenida. Muerto
Obregón, Calles fue claro al declarar que en México debían acabarse los
caudillos militares para dar paso a la vida institucional.
Lo antes dicho pudiera tomarse como una crítica a un abstracto “carácter del
mexicano”, aunque son en realidad las pervivencias de la dominación española las
que están en tela de juicio. “Un pueblo débil no puede ser veraz”, escribió
alguna vez La Rochefoucauld. La parquedad de Elías Calles debió sin duda haber
llamado la atención en un país en el cual, como en la España medieval, la
palabra tiene una gran importancia en la ubicación de una serie casi infinita y
mutante de jerarquías sociales y raciales, por lo demás confundidas, al menos en
apariencia. Como lo ha hecho notar Sergio Pérez Cortés, para el caballero
medieval la palabra era símbolo de poder. En aquella época, de acuerdo con dicho
autor, “la palabra preserva o destruye, dignifica o aniquila, manifiesta una
vida noble o infame; el aristócrata siempre supo, de manera instintiva, que el
honor y la palabra se salvan o se derrumban juntos”. La palabra preservaba “un
circuito de obligaciones e intercambios simbólicos”, de tal forma que “los
títulos honoríficos, los apelativos y las formulas de cortesía eran decisivos.
Estos reproducían los lazos de parentesco, servicio, amistad y fidelidad, que
ataban al caballero a otros nobles de igual o superior jerarquía. Y así como la
venta, la cesión o la obtención de una nueva propiedad modificaban en algún
sentido su posición, lo mismo sucedía a través del matrimonio, los juramentos de
fidelidad y la amistad con los grandes de este mundo”. A ello no podía sino
sumarse la importancia atribuida al linaje.
De ahí que la reacción de Elías Calles a la pregunta de De la Huerta tenga
quizás varios significados: no forzosamente el del resentimiento, sino el del
rechazo a las pretensiones sociales. Con la Revolución, una nueva casta, no
exenta de dicho tipo de pretensiones, apareció gracias a los méritos reales o
supuestos en los campos de batalla. Algunas consideraciones de Calles, poco
antes de su muerte, confirman que el sonorense sentía aversión por las castas,
esta vez de militares, y sus tropelías, pero sobre todo por las deslealtades.
(…) El significado que Calles le daba a la lealtad tenía que ver con la conducta
y no con lazos como las clientelas regionales, por lo que no dudó en su momento
en enfrentarse al gobernador de Sonora, Maytorena, o bastante tiempo después a
Adolfo De la Huerta, e incluso a las pretensiones de Obregón. Huelga decir que,
a diferencia de éste último, Calles no tenía peculiar afición por los atuendos
de militar, ranchero o ambas cosas, que eventualmente se mezclaban en la
frontera sonorense, sobre todo ante yaquis y mayos. Obregón no dudaba en
humillar: así lo hizo cuando llegó alguna vez a Nogales y Elías Calles no estaba
listo para recibirlo con todos los honores: el segundo se hizo acreedor a un
reproche, con “una de esas humillaciones a la que los subordinados no pueden
siquiera argumentar, sin contravenir el despotismo de la ordenanza”, en palabras
de Ramón Puente. La extracción social de Calles era otra: apenas comerciante,
fundamentalmente funcionario y maestro. Está claro que la preocupación central
de Calles no era la gloria, otro rasgo aristocratizante: es lo que el poder
mexicano, entendido como colectivo, pareciera no haberle perdonado.
Es un hecho que, con Lázaro Cárdenas, y como lo sugiere Enrique Krauze, se
volvió al imaginario religioso y profundamente paternalista de la historia
mexicana. El cardenismo aparece entonces como menos radical y más moderado que
el callismo, puesto que, a diferencia de éste y para retomar una expresión de
Krauze, no se propuso “reformar desde el origen”. Cárdenas no puso en ningún
momento en cuestión el “dedazo”: no sólo eso, sino que lo utilizó para enrumbar
a México hacia lo que, con el paso del tiempo, sería una modernización
tecnocrática. En realidad, no parece haber otra razón que justamente la
paternalista para que Cárdenas haya decidido exilar a Calles, puesto que éste no
intervenía de facto ni con deslealtad en la política interior mexicana.
Justamente en el extremo opuesto de lo que sugiere Tere Medina-Navascués, Calles
habría sido, dígase lo que se diga sobre el Maximato, el “chivo expiatorio”, lo
que en algunos países europeos se conoce curiosamente como “cabeza de turco”.
Algunas conversaciones finales de Calles (en particular con José Vasconcelos,
quien no había perdido oportunidad para denigrarlo) muestran su temor de que los
clientelismos, basados en afinidades personales y no en lealtades
institucionales, terminaran ganando la partida. Todo indica que Calles, aunque
no se hubiera desprendido del todo del paternalismo, sentía aversión por el
caudillismo.
Bien cabe preguntarse por qué se volvió un tiempo sobre un Calles en realidad
olvidado, luego de haber sido en cierto modo omitido. Que durante la presidencia
de Carlos Salinas de Gortari se haya hablado de un posible “Maximato” no es
irrelevante.
Muy a diferencia de Calles, discreto luego de su salida de la presidencia,
aunque atento a la consolidación de un proyecto nacional, Salinas de Gortari se
permitió apersonarse cuantas veces quiso en la política mexicana (incluso con
varios libros), rompiendo todas las reglas del sistema que…qué curioso, fue el
que se empeñó en fundar Calles para desterrar el personalismo. Es en un contexto
muy particular que surgieron las biografías o los pasajes biográficos que
descalifican a Calles, creador de instituciones y alejado de los carismas y las
idolatrías (éstas suelen tener raigambre religiosa). El sonorense no quiso ser
“dueño de vidas y haciendas”, según hizo constar Martín Luis Guzmán. Tal
pareciera que se le ha reprochado no sólo lo anterior, sino también el hecho de
que, en la parquedad, el presidente Calles seguramente no haya querido
“pertenecer” (ni siquiera ser, contra lo que sugiere Krauze, “sacerdote del
progreso”); que, como lo escribiera Ramón Puente, su secreto fuera ante todo
infundir respeto, y que evitara que cualquier otro gobernara su conciencia.
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México, septiembre de 2008
Dr. Marcos Cueva Perus
Investigador Titular: Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, México
Email: cuevaperus@yahoo.com.mx