El patrimonio cultural local es un elemento muy significativo para preservar
la cultura y por ende la nación; es por tanto una necesidad garantizar que en la
concepción del trabajo metodológico de las instituciones docentes, esté presente
la dimensión identitaria con toda la intencionalidad educativa que puede
aportar. Teniendo en cuenta el limitado tratamiento metodológico a la dimensión
identitaria en la preparación del área de desarrollo de Educación Plástica, la
forma asistemática de tratar el contenido en la bibliografía consultada y la
carencia de precisiones en investigaciones realizadas acerca de cómo insertar
estos postulados en el proceso educativo de la enseñanza primaria.
Este artículo resume las principales ideas de los autores en relación con la
preparación de la maestra de la enseñanza infantil, en el área de desarrollo de
Educación Plástica, para el tratamiento a la identidad cultural local desde la
apreciación de los elementos patrimoniales como un recurso formativo de
incuestionable valía para la elevación de la pertinencia y factibilidad del
proyecto educativo cubano, con el objetivo de contribuir a elevar el nivel de
las docentes que tienen la tarea de formar generaciones herederas de la cultura
local, regional y nacional, capaces de desarrollar y defender su entorno
cultural y su memoria histórica.
INTRODUCCIÓN
La política cultural cubana desde los inicios de la Revolución ha centrado su
atención en la defensa de las tradiciones, y las difunde como patrimonio vivo,
al mismo tiempo que promueve la cultura universal. Todo el empeño que se dirige
a la preservación de la identidad nacional cubana es estéril si no se cultivan
en las instituciones docentes el conocimiento de los elementos patrimoniales;
por ello el trabajo que se realiza en el campo de la investigación y la
divulgación debe complementarse con la labor educativa.
El conocimiento del educador acerca de lo mejor de sus tradiciones culturales,
nacionales y locales, reafirmará su concepto de identidad como la primera
expresión de formación de la cultura nacional, pero a la vez logrará que sus
educandos aprendan a reconocer los valores patrimoniales que forman parte de su
entorno y que lo diferencian o lo asemejan de los demás sujetos de cultura
entendidos como “grupo humano, socialmente organizado en cualquier nivel de
resolución sociológica, que se comporta como heredero, autor, actor y trasmisor
de una cultura geográfica e históricamente condicionada”.
Las nuevas concepciones del trabajo cultural perfeccionadas a través de la
estrategia para el Programa Nacional de la Educación Estética, permite concebir
a las instituciones docentes como el centro cultural más importante de la
comunidad, capaz de educar generaciones verdaderamente cultas, conocedoras y
defensoras de sus raíces, de su identidad, que sepan discernir entre cultura y
la seudocultura.
La Batalla de Ideas que se lleva a cabo en el país desde 1999 tiene un fuerte
fundamento axiológico de carácter histórico, que se sustenta en el proceso de
formación de la identidad nacional y de su autoafirmación a lo largo de la
historia de la nación cubana; a la educación a los maestros cubanos, les
corresponde la misión de formar niños y niñas, con una amplia
cultura, activar su pensamiento, sus sentimientos, y al mismo tiempo,
adiestrarlo en distintas estrategias perceptivas y manuales.
Las docentes a través de diferentes actividades pueden reafirmar los
sentimientos identitarios, mediante vivencias positivas, apreciación de obras de
arte, hechos de la vida cotidiana y acciones encaminadas a reforzar la
conciencia de identidad cultural.
La maestra de la enseñanza primaria es un importante referente para el
tratamiento a la dimensión identitaria que implica concebir un proceso educativo
a partir del contexto histórico―cultural en el que se desarrolla el niño, donde
las costumbres, tradiciones y los elementos que conforman el patrimonio cultural
adquieren un valor y una significación para los infantes.
No se puede olvidar que en todo este proceso la maestra tiene que recurrir
necesariamente a la memoria histórica a través de la cual se conserva el
conjunto de valores culturales identitarios que refrendan, sustentan y
estructuran la identidad cultural, y que al decir del investigador Laurencio
Leyva (2005): “Es un proceso que condiciona y refleja nuestro comportamiento y
el modo de reaccionar ante cualquier intento que ponga en peligro la unidad e
integridad nacional. En este contexto es esencial el estudio y conocimiento de
la Historia como herramienta para la mantención de la memoria histórica, a
contrapelo con las intenciones de los grandes centros de poder mundial de formar
hombres desmemoriados, dóciles y fáciles de domesticar”.
Las docentes de la enseñanza primaria deben defender su identidad cultural y
entenderla como un fenómeno que no es negociable sino defendible, donde la
resistencia a preservar lo más genuino de la cultura nacional y local debe ser
una constante en sus modos de actuación.
Hoy las maestras de este grado cuentan con medios visuales y audiovisuales que
constituyen importantes recursos didácticos de la educación preescolar cubana y
son poderosos canales muy atractivos para proveer identidad, pero esto solo se
logra a través de una educación hacia la cultura de la imagen visual. El niño
llega a la institución docente no sólo con la identidad adquirida en el contexto
familiar, sino también con un fuerte influjo proveniente tanto de la cultura
local, nacional, como de la internacional, consecuencia del proceso globalizador
contemporáneo.
Es importante que las docente tengan en cuenta el contexto social como referente
identitario, pues como expresara la investigadora Tejeda del Prado (2000): “Cada
comunidad, al hacer consciente su identidad, transfiere a sus miembros los
valores que la caracterizan como tal. La objetividad de estos rasgos y su
conversión en símbolos destacan las particularidades de una zona y de la cultura
de sus pobladores. El acento, en las cualidades particulares del modo de vida de
una región, enriquece el sentimiento de orgullo nacional y el sentido de
identificación y compromiso con su proyecto social”. La institución docente como
centro cultural más importante de la comunidad debe proyectarse por el logro de
los postulados anteriores, utilizando para ello los contenidos del currículum de
cada grado.
El tema de la identidad cultural está muy vigente en la actualidad a raíz de las
transformaciones para el perfeccionamiento de la Educación Estética y la Batalla
de Ideas en la que está enfrascado el país para su reafirmación como nación.
Autores como R. Cabrera Salort (1981, 1989, 1992), R. Zamora (1989), A. Aroche
(1990,1995, 1999), L. Ruiz Espín (1991), R. Junco Valdés y A. Vale (1992), D.
Rivero (1992), C. de la Torre (1995) M. García Alonso y C. Baeza Martín (1996),
L. Tejeda del Prado (2000, 20001), A. L. Leyva (2005), L. L. Álvarez (2005) en
sus investigaciones hacen referencia a diferentes vías para potenciar la
formación de la identidad cultural desde la institución docente, pero se adolece
de precisiones metodológicas que permitan la inserción de estos postulados en
las actividades de apreciación y sustenten el cómo de su concreción desde las
primeras edades.
Las instituciones que conforman la educación infantil necesitan de docentes que
cultiven, promuevan y defiendan las tradiciones culturales cubanas, de manera
que el proceso educativo del ciclo estético se convierta en referente de cultura
e identidad. Este tema además responde a una de las prioridades de la educación
cubana comprometida con un proyecto social que tiene entre sus finalidades la
preservación de la identidad cultural.
DESARROLLO
La cultura es un término que tiene sus raíces epistemológicas en el siglo XVIII,
y que fue prácticamente desconocido en épocas anteriores. La modulación latina y
medieval de este concepto se dio mediante el término “agricultura”, del latín
agros: Cultivare, “cultivar, trabajar, labrar, los campos”. Con el decursar del
tiempo se consolida en el sentido de cultura, como “cultivo del alma”,
ampliándose su espectro de significación a lo relativo a la subjetividad del ser
humano (sentimientos, ideas, opiniones, hábitos, costumbres).
Este vocablo, cuyo significado ha sido expuesto con anterioridad ha evolucionado
y se ha enriquecido con el transitar de los siglos hasta definirse según los
razonamientos de N. García Canclini (1995) como: “Todo lo producido por todos
los hombres, lo que la naturaleza no ha dado, sin importar el grado de
complejidad y desarrollo alcanzado en relación con nuestras sociedades. Son
parte de la cultura aun aquellas prácticas o creencias que suelen juzgarse
manifestaciones de ignorancia” (...) “La cultura no es básicamente expresión,
creación o representación sino un proceso social de producción”.
La bibliografía consultada ha permitido constatar que el concepto de cultura se
asume desde diversas ciencias entre ellas la estética que la define como: “El
sustantivo común y abstracto que describe trabajos y práctica de actividades
intelectuales y específicamente artísticas, como en cultura musical, literatura,
pintura y escultura, teatro y cine, es decir, se trata de un concepto de cultura
que considera que esta se acrecienta en la medida que se eleva hacia las
manifestaciones más altas del espíritu y la creatividad humana en las bellas
artes”.
Para un número considerable de investigadores cubanos la cultura es parte
integrante de la nacionalidad, de ahí que su surgimiento y evolución estén
condicionados por factores socioeconómicos, históricos y políticos. Es la huella
del hombre sobre la tierra, lleva implícita en su vasto campo hábitos y
costumbres que expresan una tradición y una historia.
Si el término cultura como se ha visto se conformó en el seno de una tradición
académica, la identidad no tiene tal linaje; identidad deriva del latín:
“identitas” es decir él mismo, aunque un sujeto nunca tenga su imagen sino es
por la mediación de otros sujetos. La identidad de un individuo nunca es una
particularidad constitutiva esencial suya, sino una propiedad derivada de otros.
“En el pensamiento axiológico la identidad se asume en el replanteo de los
valores que sirven de base a un futuro tipo de cultura, en la cual el hombre
encuentre el respeto que se debe al título y a la desigualdad del ser humano.
Esta identidad se amplía, se considera como propia y no entra en contradicción
con el afán de ser libres. Libertad que proyecte sobre el mundo circundante
descubriéndolo y creándolo”. Con este criterio la investigadora G. Alfonso
(1997) perfecciona la identidad como autoconocimiento individual y colectivo.
Reconoce que el hombre como ser histórico-social vive en comunidad pero de
acuerdo con su propia personalidad. Establece la relación del hombre con lo que
le es propio y con lo que se le proporciona en sus relaciones con el medio.
La identidad cultural por su parte es un concepto relativamente nuevo para las
ciencias sociales, que sistematiza los elementos que distinguen a una
colectividad humana, una localidad, una región, un país, un área geográfica e
incluye los rasgos que tipifican entre sí a los individuos que forman parte de
la sociedad. La esencia está en que no se homogenizan a referidos sujetos, sino
que se tienen en cuenta y se integran sus diferencias en un todo a desiguales
escalas. Está inmersa en un proceso de construcción y se enriquece con la
pluralidad de culturas con las cuales está en constante interacción.
La expresión identidad cultural en su sentido ideológico no está referida solo a
una parte de la cultura sino a todos los elementos que le son inherentes y los
cuales son dignos de preservarse para que en el curso continuo de las
generaciones las naciones reproduzcan los elementos más representativos de su
cultura, reconociéndose como el mismo pueblo que ha estado implicado en un
proceso histórico-cultural y que se ha conformado a través de la historia, en la
lucha contra las diversas penetraciones culturales, pero manteniendo el
principio de estilo con relación a los otros para no ser confundidos ni
absorbidos por estos sistemas imperiales.
El profesor investigador A. Laurencio Leyva (2005) considera la identidad
cultural de un grupo social determinado (o de un sujeto determinado de la
cultura) como: “La producción de respuestas y valores que, como heredero y
trasmisor, actor y autor de su cultura, éste realiza en un contexto histórico
dado como consecuencia del principio sociopsicológico de diferenciación —
identificación en relación con otro (s) grupo (s) o sujeto (s) culturalmente
definido (s)”.
Teniendo en cuenta la opinión de Laurencio Leyva los autores de este artículo
asumen que la actividad identitaria conduce a la transformación del sujeto de
cultura en sujeto de identidad (sujeto de cultura que, en el proceso de la
actividad y la comunicación con otros sujetos, se ha diferenciado de los demás y
se ha reconocido como sujeto actuante de su propia identidad cultural), que se
construye en la medida que aprehende los valores culturales (materiales y
espirituales) que definen su identidad cultural estrechamente relacionados con
su memoria histórica.
El profesor Laurencio Leyva en torno a la problemática identitaria reseña los
autores en cuya orientación teórica se proyectan hacia la conceptualización de
esta temática, exponiendo los casos de: R. Zamora (1989) quien considera que
dentro de las representaciones simbólicas que conforman una identidad cultural
local o regional están las costumbres, tradiciones, historia, forma de ser,
pensar y actuar de sus moradores, así como también están en su contenido los
elementos geográficos o arquitectónicos que rodean a ese grupo, los que van
adquiriendo un valor y un significado en su mismidad, evidenciando la
importancia del factor geográfico como una variable en el estudio de las
identidades culturales.
R. Pupo (1991), que la define como: "Comunidad de aspectos sociales, culturales,
étnicos, lingüísticos, económicos y territoriales; así como la conciencia
histórica en que se piensa su ser social en tanto tal, incluye la auténtica
realización humana y las posibilidades de originalidad y creación". En el mismo
contexto, E. Ubieta (1993) la asume como: "Un hecho cultural resultado de un
proceso nunca concluso de autorreconocimiento que expresa una realidad objetiva
y subjetiva de carácter histórico".
En el caso de G. Pogolotti (1995) la identidad cultural es entendida como:
"Valor de síntesis en la medida que nos movemos en el terreno de la conciencia,
en el cual intervienen, entre otros factores, algo tan importante como la
memoria. La memoria no es la historia en su caos objetivo, sino tal como la
vivimos; como nos ha sido transmitida por la tradición, entre ellos la tradición
oral".
Para los autores M. Arias, A. Castro y J. Sánchez (1998), la identidad cultural:
"Es un proceso de formación y transformación, un proceso abierto, inacabado (…)
y ese espacio convertido en una pradera dispuesta a recibir todas las lluvias,
los vientos y las brisas, las semillas venidas de todas partes, sobre el
fundamento de una capacidad de selección que asimila las influencias provechosas
y se cierra a lo que pudiera dañarnos".
Tejeda del Prado (2000) la considera: “Parte de la tradición histórica como
fuente de los valores morales, implícitos en nuestra cultura, presentes en la
vida cotidiana y en el comportamiento personal y social del cubano y revelador
de las obras artísticas y literarias que contribuyen a enriquecer nuestro
patrimonio más auténtico”.
L. López Álvarez (2005) expresa: “El problema de la identidad cultural no puede
reducirse al de la identidad nacional. La identidad cultural refiere un proceso
que tiene lugar en distintos niveles” (...) “Deben tenerse en cuenta elementos
tales como: las características del medio geográfico; el acondicionamiento que
establecen estas características a la relación del sujeto con el medio y a la
propia relación entre sujetos, y los aspectos demográficos”.
El análisis de los conceptos expuestos con anterioridad permite aseverar que la
identidad cultural se refleja constantemente en el quehacer cotidiano donde la
cultura popular constituye un importante acicate. Es heterogénea en su centro
aunque predomine lo común como regularidad. Como fenómeno social permite la
integración de grupos locales afines, a partir de la coexistencia de intereses
culturales frecuentes. La misma parte de elementos simples como los platos
típicos, los ornamentos, la vestimenta etc.; se manifiesta en la idiosincrasia,
las costumbres, tradiciones y el sistema de valores ético-morales. Marca la
cultura popular y se expresa teóricamente en el pensamiento social y las
creaciones culturales de una sociedad humana.
Los autores asumen las valoraciones realizadas por los intelectuales cubanos
citados con anterioridad y concluye que la identidad cultural es la
autodefinición de un grupo humano, un pueblo, una nación, un continente. Es
producto de un devenir histórico y atraviesa distintas etapas en las que puede
desarrollarse, acrecentarse pero también, si no es preservada, puede tender a
desaparecer.
En el ámbito educativo, la identidad cultural se manifiesta como la toma de
conciencia de las diferencias y las similitudes referidas a comunidades, grupos
sociales y entidades con procesos históricos similares o disímiles. El
tratamiento a la dimensión identitaria de la educación implica la integración de
los diferentes espacios sociales, naturales y culturales del entorno social
donde se desarrolla el niño, en el que las relaciones del pasado y del presente
se resumen en las culturas, proyecciones espirituales, imaginario social,
formaciones político-sociales, modos de producción y de vida, etc.; que han
adoptado desde el pasado formas económicas, sociales y culturales propias.
Al hacer un análisis de cómo ha evolucionado esta problemática en el contexto
pedagógico universal desde las primeras edades se puede dilucidar que en el
siglo XVIII aparecen atisbos en el pensamiento de destacados educadores como el
materialista francés C. A. Helvecio (1715-1771), que en sus concepciones
pedagógicas comprendió la necesidad que para la educación de los niños tenían
las costumbres formadas en el pueblo, lo que evidencia una vez más el carácter
social de la identidad cultural como fenómeno histórico concreto en el que la
educación juega un papel fundamental.
Continuando con esta tradición años más tarde el pedagogo, también francés, L.
M. Lepelletier (1760-1793) perteneciente al partido jacobino consideró necesario
que los niños conocieran los relatos sobre la historia de los pueblos libres y
de la Revolución Francesa para formar generaciones nueva de patriotas
fervorosos.
Federico G. A. Diesterweg (1790-1866), pedagogo alemán representante progresista
de la pedagogía democrática burguesa de mediados del siglo XIX, planteaba en sus
tesis que el carácter de la educación debía estar en correspondencia con el de
la cultura. Decía que en educación se debía prestar atención a las condiciones
del lugar y del tiempo en las que ha nacido el niño, y donde tendrá que vivir,
es decir, a toda la cultura contemporánea en el sentido más amplio y universal
de la palabra.
Mientras en el ámbito internacional las ideas educativas con atisbos
identitarios y culturales se manifestaban en diversos contextos, en Cuba durante
1790-1878 un sector de la burguesía nacional sintió la necesidad histórica del
cambio político social y cultural; por ello propugnó un abandono gradual de los
principios de la cultura hispana oficial y comenzó a preparar un pensamiento
propio.
Fue el presbítero F. Varela y Morales (1788-1853), uno de los baluartes más
sólidos de la educación cubana en el siglo XIX, quien abogó por lograr la
formación integral a partir de los valores morales donde la conciencia
libertaria debía jugar un rol decisivo ya que de lo contrario era imposible
lograr la independencia de Cuba. Estas reflexiones teóricas del maestro que
enseñó a pensar a los cubanos revelan la interiorización de sentimientos de
identidad cultural a partir de la construcción de un modelo educativo que
reafirmaba lo cubano a partir de los elementos y los rasgos que lo distinguían.
Por su parte J. de la Luz y Caballero (1800–1862) consideraba que la educación
de los niños cubanos debía llevarse a cabo en el país y así lo dejaba confirmado
en una de las líneas directrices de su pedagogía: “ (...) no es lo mismo
recorrer el mundo el mozo ya formado para acrecentar el caudal ya adquirido, que
salir de la tierra natal en la edad tierna, para sustituir una lengua extraña a
la nativa, y lo que es peor todavía, para contraer hábitos distintos y quizás
contrarios a los de su futura sociedad”. Estas aseveraciones confirman la
importancia que para el pedagogo tenía el fomento desde las primeras edades del
conocimiento de los valores históricos y culturales de la nación que la
distinguían de todas las demás por ser acreedora de un rango y categoría única.
J. Martí (1853-1895), el más universal de los cubanos, acrecentó en su teoría
pedagógica la necesidad de profundizar en las raíces del pueblo cubano y
latinoamericano. Lo expresó cuando afirmó: “La universidad europea ha de ceder a
la universidad americana. La historia de América de los incas de acá ha de
enseñarse al dedillo aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra
Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”.
Como se puede apreciar Martí ponderaba una educación que tenía como principio
educar a partir de las identidades culturales nacionales desde las primeras
edades, ya que estas hacen fuertes a los niños, y le permiten desarrollar una
personalidad forjada en creencias, actitudes, formas de vida y modos de actuar.
Durante la etapa de la ocupación norteamericana en Cuba (1899-1902) la identidad
cubana se trata de absorber por prácticas educacionales de los Estados Unidos,
se adaptaron los libros de textos y los programas de estudio que por ende
trasmitían la cultura, las imágenes y los valores de una sociedad que nada tenía
que ver con lo mejor de las tradiciones del pueblo cubano. Sin embargo como
afirma J. Chávez (1996) en su libro Bosquejo histórico de las ideas educativas
en Cuba: “La conciencia de cubanía y el espíritu inculcado por los mejores
valores de la escuela nacional —con la que no contaron los yanquis—, resistió
heroicamente la ofensiva y no claudicó, a pesar de la aceptación que tenían
estas ideas en un sector de la burguesía cubana”.
Estudios realizados por la autora demuestran que los maestros cubanos por
iniciativa propia desarrollaron una conciencia identitaria en sus niños, pues
llevaron a sus aulas lo mejor del pensamiento y acervo cultural de los siglos
anteriores exponiendo una y otra vez las ideas de Varela, Heredia, Mendive,
Martí, los que preponderaban en su quehacer lo más profundo de las raíces del
cubano, desde la descripción de sus paisajes hasta la intrepidez de sus hombres
demostrada una y otra vez a lo largo de la historia. La adhesión a la patria y
la pasión por ella como principios de la didáctica reemplazaron el sueño
imperialista de “norteamericanizar” la educación en Cuba; que como expresa J.
Chávez: “Dice mucho de la capacidad de los patrones culturales cubanos para
soportar los más duros embates y de la persistencia del ideal de independencia y
de libertad”.
Al respecto, el historiador y pedagogo R. Guerra Sánchez (1881-1970) afirmaba
que: ”(...) la obra de la educación cubana debía basarse en nuestra psicología,
en nuestra manera de ser, nuestras necesidades del momento”. Este criterio
reafirma la necesidad de educar a los niños teniendo en cuenta las identidades
culturales nacionales y el papel que juega la institución docente ya que es aquí
donde el niño aprende a vivir dentro de una sociedad con las contradicciones que
se generan en el proceso de construcción, pues esta no existe separada del
contexto político, histórico y social en el cual se forma y desarrollan los
infantes.
Al triunfar la Revolución en 1959 se suceden cambios radicales en todos los
sectores del país donde la educación y la cultura fueron abanderadas. La Campaña
de Alfabetización constituyó la base del desarrollo educacional y social que
posteriormente alcanzó la nación. Desde el momento de la elaboración de los
materiales didácticos el Estado priorizó los aspectos político-ideológicos de la
Revolución y los rasgos psicológicos y sociales que caracterizaban al cubano.
En la Constitución expresan el interés de la Revolución y de la educación cubana
de mantener desde las primeras edades el rescate de las más profundas raíces
nacionales, heredados directamente de los cubanos que desde el siglo XVIII y XIX
comenzaron a sentir la necesidad de un reconocimiento nacional que no se
correspondía con los patrones políticos—culturales que imponía la metrópoli
española que dominaba el país.
En la actualidad es marcado el interés de la dimensión identitaria en las
instituciones preescolares, avalada por la estrategia nacional de educación
estética que parte del siguiente principio: desde las primeras edades se debe
lograr, a través de las diferentes temáticas que se desarrollen en los programas
del ciclo estético, incentivar el conocimiento de la cultura popular y
tradicional cubana en los niños y niñas.
CONCLUSIONES
El pensamiento pedagógico universal y cubano acerca del tratamiento a la
identidad cultural desde las primeras edades ha destacado la importancia de
familiarizar a los niños con la historia, la lengua, las tradiciones y las
costumbres definitorias de su comunidad de cultura.
Es una necesidad para las docentes de la Educación Primaria poder reconocer la
unidad y la variedad de valores culturales de su localidad, sentir interés desde
el punto de vista estético, por los principales cultores y sus obras, por su
medio cotidiano, aprender a amarlo y defenderlo al mismo tiempo que contribuya
al cuidado y preservación de los bienes culturales y artísticos que no son
esencialmente el reflejo del pasado o temas para algunas conmemoraciones, sino
que constituyen acción en el presente y para el futuro.
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· Martí, José. “Nuestra América”, En Obras Escogidas. Tomo II, La Habana.
Editorial Pueblo y Educación.1989.
· Tejeda del Prado, Lecsy. Compendio de lecturas acerca de la Cultura y la
Educación Estética. La Habana, Editora Política, 2000.
Autores:
Lic. Amaury Jiménez Ramírez.
MS. c. Kenialiss Solenzal Hernández.
Institución donde se labora: ISP Capitán Silverio Blanco Núñez.
Sancti Spíritus. Cuba
Email: ksolenzal@ssp.rimed.cu