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La importancia del conocimiento tecnológico. La realidad uruguaya en términos de tecnología

Resumen: El presente trabajo se enmarca en el desarrollo de la tesis de Doctorado de Carlos Petrella con la tutoría de Luis Joyanes, en la que se consideran especialmente las cuestiones del cambio o transformación de las organizaciones Estatales uruguayas y particularmente, de las empresas comerciales del Estado uruguayo. Como parte de este trabajo de investigación, se analiza la problemática del desarrollo tecnológico en general y la situación específica del Uruguay...
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Autor: Luis Joyanes Aguilar; Carlos Petrella
1 Planteo general del trabajo de investigación
El presente trabajo se enmarca en el desarrollo de la tesis de Doctorado de Carlos Petrella con la tutoría de Luis Joyanes, en la que se consideran especialmente las cuestiones del cambio o transformación de las organizaciones Estatales uruguayas y particularmente, de las empresas comerciales del Estado uruguayo. Como parte de este trabajo de investigación, se analiza la problemática del desarrollo tecnológico en general y la situación específica del Uruguay.

Los cambios sociales no se producen de manera descontextualizada en la sociedad que los soporta. Esos cambios se generan a partir de un conjunto de condiciones especiales de partida y acontecimientos desencadenantes que transforman las instituciones, los grupos y las personas en general y gran parte de las relaciones entre ellos. Algunos factores son determinantes para que se produzcan cambios sociales. Entre ellos y especialmente en siglos recientes, la tecnología ocupa un lugar determinante.

La tecnología debe ser mejor entendida y evaluada por los agentes políticos, económicos y sociales para poder sacarle partido a las oportunidades que genera. Precisamente por ello, el impacto que tienen los países en su economía derivado de las actividades antes mencionadas, ha merecido que organismos internacionales (OCDE, UNESCO, etc.) establezcan acuerdos para generar el marco conceptual sobre el cual se rija la generación de indicadores de actividades científicas y tecnológicas. 

Precisamente, la construcción del marco conceptual para el levantamiento y generación de información, ha quedado establecida formalmente en diversos documentos que conforman las bases metodológicas para dar sustento a la generación e interpretación de información sobre tecnología e innovación, de manera que permita trazar lineamientos estandarizados para realizar encuestas que generen información comparable a escala internacional. Este es un paso adelante muy importante para poder evaluar que está pasando en el nivel de los procesos innovadores en ciencia y tcnología. 

El Uruguay está actualmente en un proceso de replanteo de las organizaciones gubernamentales conocido como “Reforma del Estado” cuyos alcances todavía se están definiendo. Este trabajo de exploración inicial constituye un aporte que busca establecer relaciones entre algunos procesos de cambio en curso y en especial, el impacto de la tecnología en el desarrollo nacional, donde la idea de “Uruguay Innovador” está introduciéndose gradualmente en escena política y social. También deberían introducirse estándares para comprender mejor lo que está pasando.

Sobre estas bases – y desde una perspectiva axiológica planteada en el proyecto de investigación de doctorado de Carlos Petrella - se analizan las diferentes alternativas para encarar los procesos de cambios iniciales manejados para las grandes organizaciones públicas nacionales considerando como aspecto relevante la posibilidad de generar innovaciones rupturistas, que en gran parte de los casos tienen un componente tecnológico relevante. Estos aportes forman parte de los hallazos del trabajo de campo de la investigación de Doctorado, que están en las etapas finales de desarrollo y presentación. 

2 La importancia del conocimiento tecnológico
Los cambios sociales no se producen de manera espontánea en la sociedad. Esos cambios se generan a partir de un conjunto de condiciones especiales de partida y acontecimientos desencadenantes que transforman las instituciones, los grupos y las personas en general y gran parte de las relaciones entre ellos. Algunos factores son determinantes para que se produzcan cambios sociales. Entre ellos y especialmente en siglos recientes: “La tecnología es un factor de cambio, que se manifiesta en el cambio tecnológico. El cambio tecnológico suele decirse que es, a la vez, cambio social y se puede ya decir que la tecnología encarna a los valores dominantes de la cultura industrial.” (Joyanes, 1997, pág. 1) En los últimos doscientos años y de manera creciente, ese impacto se ha hecho mucho más evidente. Véase la tecnología como factor de cambio en Joyanes (1997, pág. 31).

La turbina de vapor, los telares industriales, el generador eléctrico, el tren, el automóvil, el radar, el motor diesel, la telegrafía, la telefonía, el cine, la televisión, los rayos X, la radioactividad, el reactor nuclear, las drogas sintéticas, la pasteurización, los aviones, la cohetería, la refinación del petróleo, la prensa, los plásticos y sus derivados, la potabilización del agua, las técnicas quirúrgicas, la transmutación nuclear, el código genético, las calculadoras programables, las tarjetas de crédito, los autómatas industriales, el software, la gestión científica, la Internet, las redes inalámbricas, el tele-trabajo, la telefonía celular, el voto electrónico y las energías renovables entre otras son contribuciones científicas y tecnológicas que han tenido – consideradas de manera integrada - un enorme impacto en el desarrollo general de la humanidad en los últimos siglos.

Los desafíos más recientes, confirman la importancia de la tecnología en el desarrollo de nuevos productos y servicios. “La terapia génica, el comercio electrónico, los censores inteligentes, las imágenes digitales, las micromáquinas, la superconductibilidad y otras tecnologías emergentes tienen la capacidad de modificar industrias enteras y convertir en obsoletas técnicas afianzadas.” (Day, Schoemaker y Gunther, 2001, pág. 23) Todas estas tecnologías emergentes son fuente de oportunidades para quienes planean entrar al mercado sin condicionamientos y de amenazas para aquellos ya consolidados. Para los nuevos una tecnología emergente resulta estimulante ya que permite explorar opciones sin mayores condicionamientos previos. En cambio quienes ya estaban en el mercado suelen estar comprometidos con un negocio basado en general en las tecnologías ya existentes, que pueden ser desplazadas. 

Karl Marx en El capital Libro 1 (1976) sostenía que el cambio tecnológico (habla de “herramientas”, “máquinas” y “máquinas herramienta” ) constituye un componente del desarrollo de las fuerzas productivas operando como el principal motor de la historia. Según Jon Elster (2006, pág. 142): “Su concepción de la historia (refiriéndose a Marx) era no sólo de tipo económico sino también de carácter tecnológico.” Elser se refiere a una cita de El Capital donde se afirma que el hombre es un “animal hacedor de herramientas” y agrega que esto abarca no sólo los artículos que se producen, “sino cómo se los fabrica y mediante qué instrumentos, lo que nos permite distinguir las distintas épocas económicas.” Específicamente Marx afirma que; ”La máquina herramienta, es de donde parte la revolución industrial del siglo XVIII”. (Marx, libro 1, tomo 2, pág. 82)

La teoría ha buscado fundamentalmente desde Marx en adelante respuestas que determinen la importancia del impacto de la tecnología en la economía. En esta línea tiempo después, van los aportes de Joseph Schumpeter (1883-1950), que pese a haber sido planteados al inicio del siglo XX, no han perdido su vigencia. “La posibilidad de que un cambio tecnológico sea causa suficiente para provocar una fluctuación cíclica es una de las tesis sobresalientes de la propuesta de Schumpeter. Sus teorías, representativas de las obras que giran en torno a los conceptos de inventos, innovaciones y cambios tecnológicos, sostienen el punto de vista de que una situación estática, sin modificaciones en los métodos de producción y con una oferta de dinero estable, los ciclos económicos no existirían.“ (Schumpeter, 1997, contratapa) 

Precisamente la existencia de ciclos económicos determina la necesidad de buscar interpretaciones plausibles y la de Schumpeter, es una de las más fuertes. Por ello es que se recoge especialmente la propuesta schumpeteriana que plantea que la innovación constituye el motor del desarrollo económico que cada tanto provoca rupturas de la mano del aporte del empresario innovador que hace que las cosas se hagan. Shumpeter señala en especial el rol relevante de los empresarios en el desarrollo de esos procesos innovadores, rescatando fundamentalmente el componente emocional (lado irracional de la innovación empresarial) que sirve de motor a estos procesos y que termina siendo, de esta manera y paradójicamente, un comportamiento “socialmente útil”. 

Ken O’Donnell (1993, pág. 27) plantea en: El alma en el Negocio, la necesidad de encarar un cambio de paradigma respecto de uso del conocimiento humano para transformar la realidad: “No hay dudas de que el desarrollo de la ciencia y de la tecnología beneficiaron a la humanidad de muchas maneras. Empero, el mal uso y abuso de ellas, debido a nuestro conocimiento limitado de los resultados a largo plazo o del juego de los diversos tipos de presiones existentes, crearon muchos problemas serios. Eso llevó (o mejor dicho debería llevar) a una conciencia general y mundial de que tenemos que pensar inmediatamente en salidas viables y examinar conceptos viejos a la luz de esa urgencia.” Una urgencia que replantee según O’Donnell: la idea de progreso en términos de transformación de recursos materiales contemplando el progreso en la vida del planeta y la idea de desarrollo material, sin olvidar el desarrollo espiritual de los individuos. 

3 La tecnología como protagonista de las transformaciones
Los esposos Toffler (1995, pág. 49) han insistido durante años en el desarrollo de la sociedad de la “tercera ola” y en el rol cada vez más relevante que tendrá el conocimiento tecnológico en la generación de riqueza a escala planetaria. Los países de aprendan a operar con un nuevo paradigma tecno-económico, tendrán un mejor desempeño para capitalizar los conocimientos que tienen en todas las áreas productivas que agreguen valor a lo que se produce y consume a escala planetaria, sean estos objetos materiales o inmateriales tan diversos como alimentos, entretenimiento, armamento o educación. 

El desarrollo tecnológico experimentado por algunas naciones desarrolladas es un hecho evidente e impactante, por su cualidad y cantidad. En todos los casos, es producto de una inversión planeada a mediano y largo plazo en actividades científicas y tecnológicas. A su vez, esas actividades se han articulado muy bien con el sector productivo acortando los períodos para pasar de los inventos a las innovaciones. Esta inversión ha traído consigo mejoras sustantivas (económicas, médicas, alimenticias, de vivienda, urbanísticas, entre otras) en la calidad de vida de la población. 

Ante estas evidencias, todo parece indicar que las naciones que invierten en actividades científicas y tecnológicas (investigación y desarrollo experimental, educación y enseñanza científica y técnica, y servicios científicos y tecnológicos), depositan una inversión que, los indicadores de desarrollo económico y social, muestran que será redituable en un futuro cercano. (INEGI, 2006) Quienes no lo hagan o lo hagan de manera equivocada, perderán peso cualitativo y cuantitativo en el contexto internacional, quedando rezagados o lo que es peor, marginados.

El desafío reside en que el desarrollo no es exclusivamente material, sino también conceptual. Es muy interesante la propuesta de Raúl Trejo Delarbre respecto de la sociedad de la información y sus laberintos (2006) donde plantea cuestiones como la inmaterialidad creciente de las relaciones institucionales, la intemporalidad de muchos procesos productivos y la creciente volatilidad de los conocimientos administrados. Además se aprecian con mayor intensidad los efectos de la globalización propagados por la red y curiosamente la posibilidad de contemplar singularidades específicas de pequeñas comunidades. Afortunadamente aparecen también las oportunidades de colaboración entre muy diversos agentes a escala planetaria, en un marco de mayor libertad de trabajo, trasvasando los límites formales de los países y los bloques regionales.

Pero no es la ciencia la que exclusivamente marca el camino. Manuel Castells (2004, pág. 31) realiza un profundo estudio de la relación de la tecnología con los cambios históricos en el desarrollo de las civilizaciones. Tal es así por ejemplo en los últimos tiempos, que la penetración de la tecnología de la información, que plantea cambios en la economía, la sociedad y cultura. Según Castells: “la tecnología no determina la sociedad” y tampoco “la sociedad dicta el curso del cambio tecnológico”. No puede hablarse de “determinismo tecnológico” puesto que se trata de un “falso problema” porque “la tecnología es sociedad y ésta no puede ser comprendida o representada sin sus herramientas técnicas.” Esta visión plantea la necesidad de apreciar a la tecnología en un contexto más amplio, en la sociedad.

No obstante las referidas salvedades planteadas por Castells respecto del impacto tecnológico, se ha ido imponiendo rápidamente durante el siglo XX y todavía más aceleradamente en el siglo XXI, la visión de la tecnología como un agente muy relevante en los cambios sociales y económicos que se están produciendo a escala mundial. El desafío tecnológico se ha instalado en la agenda global de las naciones y de las grandes corporaciones desde hace varias décadas. Sin embargo, no todos los países, ni todos los agentes en cada país, procesan estos desafíos con las mismas convicciones y con el mismo nivel de compromiso. Tampoco existen evidencias que lo hagan al mismo ritmo. Como contrapartida, en todos agentes va ganando gradualmente la idea de que el tema tecnológico debe estar en la agenda y que no podrá ignorarse o minimizarse su impacto de cara al siglo que comienza. 

Existen evidencias de que el tema tecnológico adquiere relevancia y así comienza a formar parte de la agenda de políticos, científicos y economistas a escala global desde hace varias décadas. “Uno de los axiomas contemporáneos más difundidos es que la ciencia y la tecnología tienen un tremendo impacto en el desarrollo y prácticamente todo el mundo acepta que son factores esenciales para el desarrollo económico y el bienestar. Una demostración contundente de esta convicción universal ha sido la conferencia General de Naciones Unidas sobre Ciencia, Tecnología y Desarrollo, que tuvo lugar en Viena (Agosto de 1979), en la que miles de delegados de más de 120 países discutieron durante tres semanas cada aspecto particular de este problema”. (Sábato y Mackenzie, sf, pág. 15) 

Como resultado de la aparición de algunas tecnologías emergentes de alto impacto como la terapia genética, la nanotecnología o el comercio electrónico, se está cambiando las forma de encarar los negocios, más allá de la consideración de las tecnologías, en sí mismas. Las tecnologías emergentes cambian las reglas de juego no sólo en el ámbito de los sistemas productivos y los sistemas comerciales, sino en el ámbito de la administración en general. La gestión de las tecnologías emergentes no es un “juego nuevo”, sino un “juego diferente” para el que los gerentes de las organizaciones maduras no (siempre) están bien preparados. (Day, Schoemaker y Gunther, 2001, pág. 31) Se requiere un conjunto de aptitudes y actitudes para enfrentar los cambios que traen consigo las tecnologías emergentes. Tanto que Day y Schoemaker, hablan de la necesidad de “un nuevo enfoque de gestión” que opera con distintas reglas, porque precisamente se trata como fuera referido: de un “juego diferente”. (Day, Schoemaker y Gunther, 2001, págs. 33 y 34)

Pero estos desarrollos no vienen solos y aisladamente. Particularmente países como: Estados Unidos de América, Alemania, Francia, Japón y otras naciones se han transformado en líderes tecnológicos internacionales a través de estructurar cadenas productivas, exportación de tecnologías y producción y difusión de conocimientos. Estas naciones invierten un porcentaje de su Producto Interno Bruto en Investigación y Desarrollo Experimental lo que repercute en una mayor cantidad de recursos humanos calificados (especialidades, maestrías y doctorados) que se dedican a actividades científicas y tecnológicas consideradas estratégicas en muchos países (INEGI, 2006) 

La tecnología y la economía figuran entre los temas recurrentes relacionados con el desarrollo integral de los países durante el siglo XX. Y tiene tal nivel de presencia que algunos ya hablan de un nuevo paradigma. Carlota Pérez (2005) considera que el nuevo “paradigma-tecno-económico” incluye efectivamente un conjunto de tecnologías invasivas (penetrantes) y principios genéricos de organización que juntos, generan las principales ventanas de oportunidad en cada nuevo período de grandes cambios. Sin embargo, no siempre la tecnología en sí misma produce los cambios, es necesario introducirla en la sociedad. Esto separa precisamente inventar de innovar y plantea las grandes brechas que se presentan entre investigación y desarrollo. 

Como resultado de esta explosión tecnológica impactante sobre muchos aspectos de la vida humana en sociedad, la conciencia de la importancia de la ciencia y tecnología como factores de cambio han generado la convicción de que ambas “se convierten en una fuerza productiva predominante“ disminuyendo la importancia del trabajo humano (sobre todo el menos calificado) como factor de producción. Sin embargo, afortunadamente esa perspectiva mono-polar no completa enteramente el circuito de la innovación. Debe también valorizarse al agente que toma las decisiones para generar procesos innovadores. Se debe rescatar además la importancia de otra fuerza de trabajo cualitativamente bien diferente: el investigador y el innovador, operando concertadamente (Habermas, 1971, pág. 356).

Se trata de fenómenos complejos en que muchos componentes interactúan de manera dinámica. No se gana mucho simplificando para procurar entender determinados comportamientos de los agentes. En este contexto, las tendencias a simplificar la realidad en el intento de poder entenderla más claramente, son casi siempre muy peligrosos. La experiencia pone en evidencia que posiblemente no exista una “mejor práctica” o un único “factor clave” que permita generar estrategias de desarrollo exitosas. Las singularidades de cada caso – como en este proyecto de investigación - dificultan la generalización. Seguirán siendo las teorías como la construida a partir de los Sistemas de Innovación las que iluminarán el camino a seguir, hasta que con la dinámica de los cambios de paradigma sean sustituidas por otras. Como reconocen Rodrigo Arocena y Judith Sutz (2002), el propio concepto de Sistemas de Innovación sigue siendo útil como herramienta analítica y como guía para la elaboración de políticas de innovación, aunque seguramente deba ser “aggiornado”. 

Aquello que creemos como resultado de nuestra experiencia pasada, puede generar bloqueos en nuestro entendimiento de la realidad, cuando el futuro plantea situaciones políticas, económicas o sociales muy diferentes. Nuestros modelos mentales pueden condicionar nuestra capacidad de interpretar adecuadamente lo que está aconteciendo en el presente y las consecuencias que pueden generar determinados cambios de cara al futuro. 

Tomando en cuenta la visión extendida del impacto de la tecnología en la vida cotidiana en los términos planteados por Tomás Buch (2004), se hace prácticamente imposible comprender y analizar los desafíos de cambio del siglo XXI, si se considera utilizar exclusivamente los mismos instrumentos que se emplearon en el siglo XX. Se hace necesario aprender sobre nuevas tecnologías y sus posibles usos. Se debe retomar el tema de los valores y creencias que generan inventos e innovaciones para comprender qué está ocurriendo y qué está siendo bloqueado, por imperio de nuestros propios modelos mentales y nuestros actuales patrones de éxito. Tal vez así puedan develarse los desafíos que subyacen ante la aparición acelerada de nuevas estructuras políticas, sociales y económicas globales, regionales, nacionales e incluso empresariales.

4 Los desafíos relevantes planteados por la tecnología 
No puede dudarse fundamentalmente desde los aportes de Marx y Schumpeter que la tecnología (herramientas, máquinas, procesos, productos y organizaciones), generan oportunidades para desarrollar nuevas fuentes de creación de riqueza para los países, y eventualmente también genera condiciones para mejorar la calidad de vida de las personas en la sociedad. Sin embargo, como afirma Luis Joyanes (1997, pág. 31), la tecnología es además una fuente de dificultades adicional en la vida y en el trabajo de las personas. Provoca desplazamientos, incide en el trabajo y altera la vida de las personas. Constituye ”una amenaza potencial al papel que el hombre desempeña” en la sociedad. Más genéricamente, el rol extendido de la tecnología en la vida política, económica, social y cultural plantea enormes desafíos respecto de cómo abordar su estudio. 

En ese proceso acelerado de descubrimientos por doquier, se han ido consolidando “áreas estratégicas del conocimiento” que tienen un impacto en varios de los sectores y que cuentan con una alta tasa de cambio o innovación a escala mundial. Se incluyen especialmente dentro de estas áreas, las actividades relacionadas con la información y las comunicaciones, la biotecnología, los materiales, el diseño y los procesos de manufactura, la infraestructura y el desarrollo urbano y rural, incluyendo sus aspectos sociales y económicos. (INEGI, 2006) Esto genera múltiples desafíos a los países que quieren integrarse a la sociedad del conocimiento. Ser parte activa de la “tercera ola” está estrechamente relacionado con crear tecnologías emergentes y también con utilizarlas adecuadamente en ciclos cada vez más acelerados.

Ya hay testimonios claros de lo que implica una relación estrecha entre generar conocimientos e impulsar el crecimiento económico a muy diversas escalas. “Las compañías, nuevas y en modo creciente, situadas en esta parte de Cambridge y lugares similares confirman la opinión de que el cambio tecnológico, considerado en el sentido más amplio, contribuye al crecimiento económico y a la creación de riqueza con la misma fuerza que lo hacen los factores tradicionales de producción: trabajo y capital.” (Utterback, 2001, pág. 20) No es extraño entonces que – por lo menos en los países desarrollados - se produzcan acercamientos cada vez más estrechos entre quienes producen conocimientos (como las universidades) y quienes los utilizan para generar riqueza (como las empresas). 

Estas reflexiones sobre el poder dinamizador de la tecnología para generar riqueza a escala planetaria, plantean una doble dimensión del impacto de la tecnología, reforzando lo planeado por Carlota Pérez (2005) respecto de la aparición de tecnologías que invaden nuevos espacios y el desarrollo de los principios genéricos para poder utilizarlas sin demasiados efectos indeseados rompiendo muchos paradigmas pre-existentes. Todo ello por un lado, considerando su disponibilidad material y por otro, la posibilidad real de compartirla. Precisamente este salto de una dimensión a otra, es lo que muchas veces, genera barreras y brechas que profundizan las diferencias entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo.

La tecnología en sí misma y la asimilación de la tecnología, constituyen dos dimensiones del desafío cuyas divergencias generan problemas que complican la “dinámica del avance” de la sociedad. Precisamente por ello, según Papa Blanco (1980, pág.11): “Una cosa es hablar de avance tecnológico en términos absolutos, y otra, de implantación y difusión de la tecnología. Tanto el hombre corriente como quien tiene en sus manos el poder de decisión, deben poder discernir una cosa de otra. Se trata, para el hombre corriente, de adquirir una cultura y una conciencia tecnológica general; y para quien decide, de desarrollar su discernimiento”. Entre los mencionados componentes, debe generarse un sistema en el que ambas dimensiones deberían operar como reforzadoras, para que se pueda impulsar el desarrollo, en su más amplia concepción. 

Particularmente Carlos Pérez del Castillo plantea los desafíos de los países de América Latina y el Caribe para recuperar autonomía en la gestión de sus políticas; crecer a ritmos que permitan generar suficientes empleos, fomentar la creatividad tecnológica, corregir la inequidad distributiva y consolidar la democracia.” Y para ello deberían desplegarse según Pérez del Castillo (1991, pág. 7): “las energías latentes en nuestras sociedades latinoamericanas y caribeñas, superando todos los enfoques unilaterales que tratan de limitar el debate sobre el desarrollo latinoamericano a la contraposición de posiciones doctrinales rígidas, que por lo general no respetan la variedad de elementos en juego en los planos regional y nacional, ni las condiciones reales en que se desenvuelve, en cada una de sus esferas de componentes, la economía mundial a fines del siglo XX.”

En cualquiera de las dimensiones prácticas en que se desee transitar en las “esferas de componentes” de la economía referidas por Pérez del Casillo, la penetración de la tecnología genera implicaciones de muy diverso tipo a lo largo y ancho de la sociedad que se reflejan en la agenda de muchos congresos en los que se expone y debate sobre el tema. “Las implicaciones sociales, morales y políticas de las vías tecnológicas que elijamos (o que nos elijan) marcarán profundamente la sociedad y el mundo inmediatos. Y esto (impacta) no sólo a nivel material, sino también a nivel de paradigmas de pensamiento y conocimiento. La tecnología, como la forma más poderosa del conocimiento, está en el centro de múltiples debates que esperamos acoger en este congreso y en este eje temático.“ (Cibersociedad, 2006, sp) 

Ante esta problemática tecno-social del impacto de la tecnología se plantean bloques temáticos para dar a conocer una tecnología entre expertos descontextualizados de la problemática de su utilización a nivel del resto de la sociedad y consecuentemente del impacto político, social, económico y cultural que la aparición de esa tecnología pueda generar. La primera dimensión gobierna muchas veces la agenda hasta que la cartera de problemas no resueltos demanda la aparición de la segunda dimensión. Aparecen constantemente en escena cuestiones todavía no resueltas como la disponibilidad de infraestructura, la seguridad institucional, los estándares generales, los derechos de propiedad o la relación entre academia e industria, entre otros.

Más específicamente y haciendo referencia a aquellas temáticas que integran repetidamente las agendas de los congresos se reafirma que: “No es extraño que por ejemplo: ”Cuestiones como el software libre, los estándares abiertos, la seguridad y el control, el desarrollo tecnológico, las infraestructuras, todo aquello relacionado con la net neutrality, propiedad intelectual y alternativas al conocimiento libre (Copyleft, GPL, CreativeCommons, etc) se enmarcan en este bloque temático que tiene por objetivo común desnaturalizar y entender críticamente las relaciones y las implicaciones políticas de lo tecnológico.” (Cibersociedad, 2006, sp). Estos desafíos son los que muestran más claramente algunas debilidades de los sistemas de investigación y desarrollo de innovaciones en América Latina.

Afortunadamente ya no se trata de comparar propuestas inconexas sin puntos de referencia para aprender de lo que otros hacen. Actualmente se pueden comparar datos sobre la investigación y desarrollo experimental de muy diversos países que han adoptado manuales estándares para construir indicadores. El Manual de Frascati (2003), describe la medición de los gastos y recursos humanos destinados a Investigación y Desarrollo Experimental. El Manual de Oslo (1997) está destinado a dar lineamientos para la recolección y uso de datos relacionados con las actividades de innovación en la industria. También es importante el Manual de Canberra (1995), destinado a normar la medición de los recursos humanos dedicados a actividades científicas, tecnológicas y de innovación y transferencia de tecnología. Finalmente es conveniente poder contar con los lineamientos internacionales para registrar las invenciones a través de las respectivas patentes (Manual de Patentes, 1994).

El país o sector que maneje mejor la tecnología tenderá ventajas sobre aquellos que no sean capaces de hacerlo. Consistentemente con ello, Diego Vallarino plantea inicialmente los modelos de innovación de Albernathy-Clark y de Henderson-Clark (2005, pág. 31 y siguientes) en los que los conocimientos tecnológicos juegan un papel muy importante. Debe destacarse especialmente que, la percepción de la tecnología como un valor en sí mismo, constituye un aporte importante a la comprensión de los procesos de cambio, generados a partir del impacto de la revolución industrial en la producción y la riqueza de las naciones. Sin embargo, esa percepción, sobre todo si se da exclusivamente en el nivel de los expertos, no contribuye a la adecuada utilización de toda sus potencialidades. Se requiere además que la tecnología sea adoptada por muy diversos agentes en un contexto más amplio de integración en el circuito de producción y consumo.

La problemática de la articulación virtuosa entre los diferentes universos planteados por Philippe Zarifian (1999), constituye uno de los enormes desafíos para Latinoamérica, que usualmente tiene a la educación superior y al sector productivo en el medio del debate, pero sin encontrar los caminos para manejar mejor los recursos tecnológicos. Más parece que se trata de un juego en el que se distribuyen las culpas por los magros resultados. Según Jorge Vivas (2006): ”Los argumentos más conocidos en relación con la investigación en las universidades de la región puede decirse que implícitamente plantean un círculo vicioso por medio del cual se afirma que la universidad no hace investigación porque el sector productivo (especialmente la industria) no demanda investigación y éste no demanda investigación porque la tecnología que requiere se transfiere del exterior”. 

La brecha entre productores y consumidores de tecnología plantea importantes diferencias en la capacidad de generar riqueza, sobre todo durante los procesos de transición entre sociedades de la segunda y la tercera ola. Siguiendo a Vivas (2006) los países de América Latina son consumidores y no productores de tecnología y por esta razón las universidades no hacen investigación. El argumento referido es uno de los más difundidos en la literatura actual sobre universidad en América Latina, sin embargo la búsqueda de causas determinantes únicas no parece ser el camino más adecuado. Se trata de un debate todavía abierto que en definitiva, cuestiona al sistema generador-realizador-usuario de innovaciones como un todo, poniendo sobre la mesa nuevamente la importancia de una adecuada sinergia entre los tres universos antes mencionados: concepción, producción y consumo.

A pesar de que la cadena generador-utilizador de tecnologías pueda lucir quebrada en muchos países del tercer mundo de todas maneras, este fenómeno de reconocimiento mundial de la importancia de la tecnología en los tres universos involucrados, ha tenido finalmente su eco en Latino América, que comienza a tomar conciencia de que no puede permanecer de espaldas a la necesidad de producir por sí misma, nuevos conocimientos. Andrés Navarro, presidente de Sonda, plantea que si bien: “Latinoamérica nunca se ha destacado en materia tecnológica, está cambiando de actitud frente a la revolución digital que viene a potenciar la parte más humana del hombre que es su intelecto y la posibilidad de innovar. La nueva generación de empresarios, parece comprender que la tecnología y su uso son la esencia del desarrollo moderno.” (Navarro, 2005, pág. 10). De la comprensión de la tecnología será necesario pasar a la acción utilizando esa tecnología.

Lo que sí serían más fáciles de procesar son las cadenas de transferencia entre un realizador y otro realizador de procesos productivos. Específicamente, el traspaso de tecnología una industria a otra es en general más sencillo que entre, si se posee el dominio de diseño de dicha tecnología (generación) y no solamente la capacidad de utilización (realización) en una cadena productiva. Marx (1976, Libro 1 Tomo 2, pág. 95) ya lo había captado parcialmente: “La revolución del modo de producción en una esfera de la industria implica su revolución en otras.” Las barreras en Latinoamérica para potenciar este tipo de revoluciones tecnológicas por contagio, posiblemente se generan porque muchas industrias regionales sólo tienen conocimientos de utilización de las tecnologías (realizador) y no han desarrollado por sí mismas o asociadas con terceros, procesos de investigación o diseño (generadores) relacionados con las mismas.

Consistentemente con la visión de Zarifian - esta capacidad de comprender las enormes posibilidades de la tecnología, es sólo una parte del camino a recorrer en Latino América, para poder aspirar a un desarrollo sostenido y sustentable de la capacidad real de innovar en la sociedad. Los otros dos “universos” son igualmente importantes para que una buena idea pueda llegar al mercado, teniendo como marco de un modelo de negocios sustentable. Esta presencia de universos adicionales genera complejidades de desarrollo en las que los aspectos sociales tienen también su importancia, para que los usuarios puedan realmente acceder a las nuevas tecnologías como por ejemplo Internet (no es sólo cuestión de contar con el poder adquisitivo para comprarlas).

En este contexto de revalorización de la tecnología como un bien en sí mismo, es importante rescatar también el papel del conocimiento y los problemas de la producción y transferencia de conocimientos, que generan los productos tecnológicos. Especialmente el papel del conocimiento y todo su ciclo asociado, ha sido subestimado en la teoría de los Sistemas de Innovación Nacionales, dejando a los actores finales todo el peso de inventar, innovar y consolidar, lo que constituye una cadena que suele ir más allá de las iniciativas individuales de una única empresa, por más fuerte que ella, sea en términos económicos o tecnológicos.

Carlota Pérez (2005, pág. IV) plantea que el desarrollo integral referido precedentemente, es esencialmente un proceso de acumulación de capacidades tecnológicas y sociales que no opera asiladamente en cualquier instancia. Depende en definitiva, de la capacidad de los agentes que utilizan esa tecnología para sacar partido de sucesivas ventanas de oportunidad que se van presentando en el contexto en el que actúan. Pérez sostiene que “la naturaleza de estas ventanas de oportunidad será determinada por las tecnologías emergentes en los países líderes del sistema mundial.” Las continuidades y discontinuidades que caracterizan el cambio tecnológico, abren sucesivos espacios de posibilidad de muy diversa envergadura que algunos sistemas aprovechan y otros no, dependiendo de múltiples factores.

Rescatando una cita de Christopher Freeman en (Arocena, y Sutz, 2003, pág. 1): “ ...lo que importa es la habilidad de un sistema nacional de ciencia y tecnología para hacer uso de los resultados de la ciencia mundial a efectos de hacer avanzar la tecnología nacional. Es imposible, ciertamente, entender y asimilar nuevos avances en varias ramas de la ciencia sin una participación activa en la comunidad científica internacional. Más aún, es igualmente cierto que la interdependencia entre ciencia y tecnología está creciendo y algunas de las más importantes nuevas tecnologías genéricas están íntimamente relacionadas con la ciencia básica“. Un aporte para comprender en otra dimensión, la problemática de la globalización en el mundo moderno.

Un conjunto de decisiones acertadas o desacertadas del Estado respecto de estimular o desestimar determinados desarrollos tecnológicos, puede generar efectos dinamizadores beneficiosos o provocar estancamientos en la economía, el poder militar o el bienestar social de cada país. Precisamente Manuel Castells aporta numerosos ejemplos del comportamiento del Estado en ambos escenarios, en el correr de la historia. Manuel Castells (2004, pág. 33) sostiene que: “No obstante, si bien la sociedad no determina la tecnología, sí puede sofocar su desarrollo, sobre todo por medio del Estado. O, de forma alternativa y sobre todo mediante la intervención estatal, puede embarcarse en un proceso acelerado de modernización tecnológica, capaz de cambiar el destino de la economía, la potencia militar y el bienestar social en unos cuantos años.”

El particular dominio de las tecnologías depende de cuan conocidas y asimiladas sean éstas en un contexto y circunstancia y no de las potencialidades que puedan evidenciar las tecnologías en sí mismas (que deben ser económica y socialmente integradas). Consecuentemente, cuando se habla específicamente de “nuevas tecnologías”, no siempre resulta ser lo mismo para todos los países y todos los agentes. Según Rodrigo Arocena y Judith Sutz: “El término “nuevas tecnologías” no carece de ambigüedad. Por una parte, la novedad tecnológica no puede considerarse sino en relación con un contexto determinado (Kelly et al, 1990: 21): algo concreto es nuevo para un cierto actor y puede no serlo para otro. Por otra parte, “nuevas tecnologías” refiere a un conjunto de saberes en permanente estado de transformación que, por eso mismo, resulta nuevo para todos los actores.” (Arocena, y Sutz, 2003) 

El desarrollo tecnológico requiere de redes institucionales bien integradas para capitalizar su potencialidad. (Castells, 2004) Por ello, los países deberían buscar sinergias entre diversas instituciones para impulsar desarrollos tecnológicos. No cabe duda de que disponer de mayor y mejor infraestructura para desarrollar actividades científicas y tecnológicas es indispensable para así producir y desarrollar conocimientos que posibilitan generar una mayor cantidad de Bienes de Alta Tecnología. Los diferentes sectores que financian las actividades de Investigación y Desarrollo Experimental (Educación superior, Gobierno, Instituciones privadas no lucrativas), deberían apostar sistemáticamente a producir bienes relacionados con la alta tecnología que permitan procesar y administrar las materias primas y de esta manera, generar riqueza y empleo que permita mejorar las condiciones de vida de la población. 

La tecnología debe ser mejor entendida y evaluada por los agentes políticos, económicos y sociales para sacarle partido. Precisamente por ello, el impacto que tienen los países en su economía derivado de las actividades antes mencionadas, ha merecido que organismos internacionales (OCDE, UNESCO, etc.) establezcan acuerdos para generar el marco conceptual sobre el cual se rija la generación de indicadores de actividades científicas y tecnológicas. La construcción del marco conceptual para el levantamiento y generación de información, ha quedado establecida en diversos documentos que conforman las bases metodológicas para dar sustento a la generación e interpretación de información sobre tecnología e innovación, que permita trazar lineamientos estandarizados para realizar encuestas que generen información comparable a escala internacional.
Juan Grompone (2007) realiza una encendida defensa del Uruguay Tecnológico mostrando la brecha entre lo que se cree y lo que se hace. El planteo de ciertos mitos controversiales constituye un aporte para reflexionar sobre esa separación entre lo que se construye en el imaginario colectivo y la apreciación “realista” de la realidad. Grompone recorre entre otros mitos muy arraigados: la asociación fatalista con el destino del agro, el ideal del Uruguay natural originado como divisa turística, la vocación integracionista que debería trascender al Mercosur, la maldad adjudicada a la globalización, el cuestionamiento moral al capitalismo, la prosperidad que promete la apertura económica o la creencia de que el desarrollo solamente puede ocurrir por inversión externa.

La asimilación adecuada de una tecnología en un contexto y circunstancias no se produce automáticamente a partir del conocimiento explícito sobre sus principales características. Ni siquiera a partir del know how acumulado sobre la misma (que forma parte del saber implícito), por muy importante que sea contar con ello. Hace falta activar otros componentes del conocimiento que se encuentra dentro de las organizaciones, pero que usualmente no se formalizan mediante manuales o instructivos y que manejan directamente los agentes interesados, sin pasar por las estructuras de autoridad y modos de registro formales de cada organización.

Precisamente por ello, Nonaka y Takeuchi (1999) en La organización creadora de conocimiento, no ponen el foco en los conocimientos explícitos sobre tecnología, sino en los conocimientos tácitos que en definitiva son los que reflejan nuestra imagen de la realidad (lo que existe, lo que es) y nuestra visión del futuro (lo que debería ser) bajo el prisma de “esquemas, modelos mentales, creencias y percepciones” que están tan arraigadas que “casi siempre las ignoramos”. Si los esquemas, modelos mentales, creencias y percepciones no son los más apropiados se cierran puertas a la innovación continua y a la ventaja competitiva, más allá de que s disponga de conocimientos explícitos apropiados para entender una determinada tecnología y apreciar sus potencialidades.

5 El impacto de la tecnología en las personas, las organizaciones y las redes institucionales
Hace solamente un siglo los cambios económicamente radicales ocurrían en décadas, dándole a las personas ciertas posibilidades de acomodarse ante nuevas situaciones. Hoy esos cambios – que tienen un impacto importante sobre el trabajo - ocurren en años y hasta se podría decir que en meses. Estos cambios que para muchos son fuentes de oportunidades, provocan a otros agentes enormes amenazas. Se generan distorsiones en lo que se puede hacer laboralmente. Distorsiones que llevan a la mayoría de las personas a cuestionarse no ya cómo resistir laboralmente, sino simplemente cómo sobrevivir. No es fácil sobreponerse a la idea de que el oficio que uno aprendió y que durante muchos años le sirvió para ganarse la vida, simplemente ya existirá en poco tiempo y que el problema derivado no se arregla necesariamente con mayor especialización sobre lo mismo. 

No hay palabras desde la gerencia para explicarle a una persona que pierde el empleo porque la tarea que realiza - aún eficientemente desarrollada - fatalmente desaparecerá de los nuevos sistemas productivos que se están desarrollando. No hay argumentos justos para explicar que simplemente la tarea que realiza no es más necesaria y por lo tanto, será despedido. Y ante ese panorama los afectados buscan apoyos por otros lados. Primero de sus pares a través de los sindicatos que procuran defender las fuentes de trabajo. Después de los gobiernos para exigirles que atiendan las necesidades de los desempleados. Finalmente procurando intervenciones divinas que construyan opciones trascendentes. Sin negar la importancia de todos estos caminos, lo que realmente se necesita es una sociedad colectivamente más solidaria para atender los desequilibrios que genera el “progreso”. En este ámbito de desasosiego colectivo son hoy, más las preguntas que las respuestas.

Es importante tener en cuenta cómo se producen “mutaciones de la cultura” como consecuencia de cambios en la forma de generar y distribuir los conocimientos en el mundo del trabajo y también del esparcimiento. En ese sentido la propuesta de José Luis Brea – cultura_RAM - plantea como conjetura “que la energía simbólica que moviliza la cultura está empezando a dejar de tener un carácter primordialmente recuperador, para derivarse a una dirección productiva, relacional.” Lo que en esencia plantea es que: “la cultura está empezando a dejar de comportarse como, principalmente, una memoria de archivo para hacerlo como una memoria de procesamiento, de interconexión de datos – y sujetos – de conocimiento.” (Brea, 2007, pág. 13) Y si este cambio se consolida, traerá consigo cambios en los valores y creencias predominantes, reforzando el avance de la tercera ola, planteada por los esposos Toffler. 

Surge necesariamente el planteo de las dificultades de administración efectiva de la tecnología en el nivel de cada persona y en toda la organización. El manejo efectivo de la tecnología en la interna de las organizaciones (incluyendo la propia familia y el ámbito laboral) es otro de los desafíos que debería formar parte de las agendas de desarrollo pensando en las actitudes, conocimientos, habilidades necesarias para administrar los recursos tecnológicos en el futuro. Además, para lograr los mejores resultados personales e institucionales, la tecnología y los negocios deberían ir de la mano. Precisamente Sushil Bhalla (1987) pone sobre la mesa la importancia de mejorar el planeamiento tecnológico unificando la gestión de la tecnología y la administración de los negocios, para asegurarse de que los recursos humanos y materiales se asignan de la mejor manera en las corporaciones.

La tecnología ha incidido sobre las personas y las organizaciones desde los principios de la civilización. No es un reto exclusivamente del siglo XX con el auge de los procesos de industrialización a escala global. La desconfianza y el miedo ante lo que no se conoce tampoco es asunto contemporáneo. Solamente repasando un poco la historia podemos percatarnos de que estos sentimientos han estado siempre presentes. Sin embargo, últimamente algo ha cambiado. Hoy se viven todavía más acentuados determinados sentimientos de temor, por la rapidez con que se producen los cambios. Y todo hace pensar que la lista de desconfianzas y de miedos, formará parte de nuestro futuro. El ritmo de los cambios – muchos de ellos fundamentales - no es un componente más. La tecnología es una variable determinante de la realidad del siglo XXI. 

La tecnología debe estar en la agenda de los estudios académicos de conservación del statu quo o del desarrollo de procesos innovadores en la sociedad y más debe estarlo de cara a los procesos de transformación que nos esperan en el siglo XXI. Manuel Castells (2004, pág. 33) señala que: “la capacidad o falta de capacidad de las sociedades para dominar la tecnología, y en particular las que son estratégicamente decisivas en cada período histórico, define en buena medida su destino, hasta el punto de que podemos decir que aunque por sí misma no determina la evolución histórica y el cambio social, la tecnología (o su carencia) plasma la capacidad de las sociedades para transformarse, así como los usos a los que esas sociedades, siempre en proceso conflictivo, deciden dedicar su potencial tecnológico.”

La tecnología tiene un rol importante que desempeñar en los procesos de transformación de las organizaciones. La tecnología es en sí misma un componente fundamental de los procesos de transformación para generar valor en los procesos de industrialización. Pero ciertamente, la tecnología no opera asilada de otros factores en esos procesos de transformación. Philippe Zarifian (1999, pág. 11) propone tres “universos” a tener en cuenta en la problemática de la producción de bienes o servicios. Uno de ellos es precisamente “el universo de la concepción de nuevas tecnologías y nuevos productos o servicios” a los que asocia en una segunda dimensión “los grandes sistemas técnicos que aseguran la producción material de esos productos o servicios” y finalmente cierra el modelo con la ”relación directa con los clientes o usuarios” para llegar a los mercados consumidores.

El desarrollo tecnológico requiere de redes institucionales bien integradas. (Castells, 2004) Por ello, los países deberían buscar sinergias entre diversas instituciones para impulsar desarrollos tecnológicos. No cabe duda de que disponer de mayor y mejor infraestructura para desarrollar actividades científicas y tecnológicas, es indispensable para así producir y desarrollar conocimientos que posibilitan generar una mayor cantidad de Bienes de Alta Tecnología. Los diferentes sectores que financian las actividades de Investigación y Desarrollo Experimental (Educación superior, Gobierno, Instituciones privadas no lucrativas), deberían apostar sistemáticamente a producir bienes relacionados con la alta tecnología que permitan procesar y administrar las materias primas y de esta manera, generar riqueza y empleo que permita mejorar las condiciones de vida de la población. 

Según Rodrigo Arocena y Judith Sutz (2005, pág. 1) existe una dimensión general relevante en el desarrollo de innovaciones. Se trata de los sistemas nacionales de innovación (SNI), que operan como proveedores del entorno y los recursos necesarios para que se produzca la generación de nuevos conocimientos. Esos sistemas nacionales son el conjunto de agentes, instituciones y prácticas interrelacionadas que constituye, actúa y participa en los procesos de innovación tecnológica. Sistemas dentro de los cuales los agentes se manifiestan de manera muy diversa afectados por aspectos políticas, sociales y culturales. Las bases económicas, sociales y culturales generan indirectamente el soporte para el desarrollo institucional de cada país. 

Manuel Castells (2004, pág. 63) plantea que especialmente las innovaciones tecnológicas tienen una dimensión más amplia que trasciende a ciertos acontecimientos aislados asociados a un invento o conjunto de inventos en particular. “Refleja un estado determinado de conocimiento, un entorno institucional e industrial particular, una cierta disponibilidad de aptitudes para definir un problema técnico y resolverlo, una mentalidad económica para hacer que esa aplicación sea rentable, una red de productores y usuarios que puedan comunicar sus experiencias en forma acumulativa, aprendiendo a utilizar y crear: las elites aprenden creando, con lo que modifican aplicaciones de la tecnología, mientras que la mayoría de la gente aprende utilizando, con lo que permanece dentro de las limitaciones de los formatos de la tecnología.”

Para innovar de manera sistemática y con posibilidades de tener éxito se requiere algo más que la presencia de capacidades individuales aisladas para generar inventos. La teoría de los SNIs según plantean Rodrigo Arocena y Judith Sutz (2005): a) ofrece una perspectiva que toma en cuenta múltiples actores sociales, lo que permite superar la contraposición esquemática entre Estado y mercado; b) destaca la importancia de una variedad de aspectos, no sólo económicos sino también políticos, institucionales y culturales; c) lleva la atención hacia ciertos procesos concretos de interacción entre actores y organizaciones, ofreciendo un marco general para su estudio. Estos tres aportes son importantes para comprender la dinámica de los procesos de innovación de manera sistémica.

Además es necesario atender ciertas singularidades en los procesos de creación de conocimiento y desarrollo de innovaciones. Rodrigo Arocena, y Judith Sutz (2006), también realizan un interesante estudio de la Innovación desde el Sur y las perspectivas de un Nuevo Desarrollo, en la revista CTS + I. Pone el foco en la elaboración de la teoría de los Sistemas de Innovación (SIs) de manera de poder analizar la problemática de la innovación con un enfoque sistémico poniendo a prueba la validez de los modelos de innovación realmente existentes en nuestros países y reconsiderar las propuestas de desarrollo a la luz de tal estudio. No se trata según los autores de trasladar la teoría desde el Norte, ni tan sólo de adaptarla al Sur, sino de ponerla a prueba, aprovecharla y discutir con ella desde el Sur.

Un aspecto importante es equilibrar la formulación de los planes con la ejecución de los mismos. Muchas veces se produce un desequilibrio entre la capacidad conceptual de formular planes y la capacidad real para poder ejecutarlos. Como si la capacidad de desarrollar una adecuada planificación estratégica en una determinada actividad no consistiera en tomar decisiones sino en documentar elecciones que ya han sido tomadas. Según Michael Mankins y Richard Steele (2006, pág. 62) “Las compañías líderes están repensando su enfoque hacia el desarrollo de la estrategia, de forma que puedan tomar más decisiones, mejores y más rápidas.” Lo que ha aportando el mundo de la tecnología para complicar el panorama general y las exigencias puntuales son ciclos de planificación y acción cada vez más costosos, que además requieren mayor rapidez para decidir y actuar.

Manuel Ruiz González y Enrique Mandado Pérez (1989), se acercan aún más al tratamiento de los proyectos exitosos como objeto de estudio. Lo que replantea el tema de las condiciones que cumplen realmente los proyectos de innovación con éxito. También es importante – en consonancia con el objeto de estudio de esta tesis – saber las condiciones que cumplen los proyectos de innovación con éxito. Los autores realizan un estudio de las tecnologías de la información y producción industrial (1989, pág. 95 y siguientes) que pese a las sucesivas oleadas de renovación que se han generado en los últimos 20 años, no pierden su capacidad de aportar en el complejo proceso de ordenar las ideas en torno al continuo requerimiento de procesar una interacción entre los propios procesos industriales y los sistemas electrónicos de control con los que interactúan.

No todas las dificultades están a nivel macro y tienen que ver con definiciones y estándares y con redes de valor agregado para generar determinadas condiciones para innovar. También existen bloqueos propios de cada organización considerada como una entidad singular. Y en tales casos, vale la interrogante sobre si hay factores específicos que inciden en mayor o menor medida en la integración de las tecnologías al trabajo productivo. Uno de esos factores que ha generado controversias en los últimos años es la escala de una organización que efectivamente constituye un factor relevante en relación con la incorporación de tecnologías. Este resultado aparentemente reafirma que tecnologías no han reconfigurado la estructura económica, porque a pesar de la fuerza de algunos emprendimientos pequeños muy innovadores, el tamaño de las empresas sigue siendo un elemento clave para su competitividad. 

En cualquiera de los escenarios de integración de agentes y factores de cambio político, social, económico o cultural, hay claros indicios de que el dominio de la tecnología constituye un factor diferenciador, asociado económicamente con el progreso de las naciones. Esta visión centrada en lo económico de la supremacía de la tecnología, contribuye a jerarquizar arquetipos que en definitiva, reflejan y consolidan ciertos valores de cada cultura en detrimento de otros. Precisamente, éste es un punto clave en el sector petrolero, en el que se mueve la empresa que estamos estudiando. Allí la tecnología – aun en actividades como la distribución de productos ya refinados – es determinante para lograr una posición competitiva. Esto es, generar servicios para funcionar sacando partido de las redes de distribución y no operando con estaciones de servicio operativamente aisladas.

Finalmente vale advertir que el desarrollo tecnológico – con todo lo importante que suele ser para generar riqueza en las naciones- no es equivalente de progreso social. Siguiendo a Jorge Wagensberg entendemos que el progreso está relacionado fundamentalmente con el aumento de la capacidad de adaptarse para sobrevivir. Evidentemente tiene puntos de contacto con el adecuado manejo de las tecnologías, pero implica algo mas. “El progreso es una noción trascendente para la comprensión del concepto de cambio en la historia de la materia” (Martínez, 2005, pág. 197) pero no es solamente la construcción de artefactos relacionados con esa materia, por más sofisticados y útiles que puedan ser para mejorar la calidad de vida en una sociedad y una circunstancia en particular. 

6 La tecnología como factor relevante y controversial en el Uruguay contemporáneo
Hoy por hoy, parece ser decisiva una adecuada gestión estratégica de la tecnología como si se tratase de un activo fundamental, que debe ser considerado por la dirección con la misma dedicación que los activos financieros. Ciertamente existen emprendimientos sectoriales importantes en tecnologías como por ejemplo en la industria del software de la que mucho se ha hablado en los últimos años como sector pujante que puede servir de referencia. Sin embargo, el déficit tecnológico nacional todavía no se aborda como un problema económico y cultural a nivel macro en el país. Por lo tanto, no se analiza sistemáticamente el papel de la innovación tecnológica en la competitividad industrial y se soslaya la importancia de disponer de un adecuado sistema de innovación para encarar los procesos de integración regional y global en la era del conocimiento. 

Existen varios diagnósticos del desarrollo científico y tecnológico nacional que son bastante críticos respecto de la situación actual. En particular se desataca por su profundidad el desarrollado por un equipo dirigido por Luis Bértola (2006, pág. 7) En ese estudio se plantea que: “La situación del Uruguay en materia de Ciencia, Tecnología e Innovación es preocupante: es escasa la demanda por conocimiento científico-tecnológico generado en forma endógena, tanto por parte del sector público como de los privados; la oferta está concentrada en organismos estatales, particularmente la Universidad de la República (UDELAR) y el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA); la articulación entre oferta y demanda, sobre todo si se exceptúa el sector agropecuario, es muy débil.”

Algunos datos generales son reveladores. “El gasto en I+D se financia y realiza en su mayor parte en el sector público (61% en 2000). Presenta un comportamiento cíclico, altamente correlacionado con los programas financiados por organismos internacionales, y desde hace años está por debajo de la media regional. El último dato disponible de RICYT indica que el mismo ascendió a 0,22% del PBI en 2002. Este guarismo, extremadamente bajo, no es solamente una consecuencia de la profunda crisis económica por la que pasó el país en los últimos años: en realidad, desde 1990 la inversión nunca superó el 0,3% del PBI, excepto en 1997, cuando fue algo superior al 0,4% por única vez.” (Bértola y otros, 2006, pág. 7)

La tecnología no es percibida en Uruguay como un factor diferenciador relevante en los procesos de desarrollo. En los hechos, todavía no se ha observado en el Uruguay un cambio significativo en la percepción, el entendimiento y la compresión del proceso de innovación tecnológica y las instituciones que los sustentan. Si se manifiesta en términos poco precisos, cierta desconfianza por lo que no se conoce y a veces incluso, por aspectos conocidos del propio ordenamiento institucional del país, que merecería reparos, cuando no fuertes críticas. Todo ello genera mecanismos de defensa que operan a escala nacional, sectorial y de cada organización, con las singularidades del caso en cada dimensión que se considere. Las pujas entre gobierno y académicos son una muestra de ello (Búsqueda, 14/6/2007, pág. 3). 

Se han desarrollado variados intentos de explicar las razones que determinan las limitaciones y barreras que se plantean en el Uruguay en torno al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Mario Waissbluth (2003) plantea las enormes dificultades de buscar una explicación científica de estos resultados obtenidos. A la vez, conjetura que estos resultados tienen que ver con el clima emocional de la población. Sostiene que: “cuando las personas estamos en una situación que es a la vez compleja e ingrata, tendemos a verlo todo de color gris. Las encuestas podrán preguntarnos por nuestro grado de confianza en cualquier institución y, en una suerte de depresión generalizada, daremos una respuesta negativa.” Lo que llevaría a la necesidad de realizar estudios más profundos del contexto y circunstancias, para poder apreciar la representatividad de estas apreciaciones.

Los valores, las creencias y los modelos mentales pueden tener que ver con el desarrollo político, económico y social. Algo tan sensible en el futuro de las naciones, como por ejemplo: la producción de conocimiento, operando como elemento diferenciador para generar riqueza en los países, está especialmente vinculado con la preeminencia social y cultural de determinados valores sobre otros, en los términos y condiciones que determina cada sociedad. Por eso es que en algunos contextos, se capitaliza mucho mejor el conocimiento para generar innovaciones y en otros, tiene un resultado realmente muy pobre, en términos de capacidad de romper con lo que se hacía en el pasado. Y esto se traduce en modelos que respaldan visiones encontradas de lo qué hay que hacer y cómo hacerlo. 

Si por ejemplo, una sociedad no valora realmente la importancia de la creatividad de sus agentes en sectores productivos y descuidadamente, deja de fomentar la interdisciplinaridad en las actuaciones, posiblemente se le cierren muchos caminos potencialmente viables en su desarrollo futuro y específicamente se compliquen los procesos de invención y de innovación, que eventualmente podrían llegar a ser abordados con mayores posibilidades de obtener buenos resultados (Pascale, 2002). Particularmente, si una sociedad se ata demasiado al pasado, no suele ser consecuentemente muy proclive a innovar. Y reproducir el pasado no es buena práctica para adaptarse a un futuro cambiante, sobre todo cuando los problemas no resueltos se acumulan, generando descontento y frustración.

Los agentes internos se plantean frecuentemente desafíos para cambiar que requieren confianza en sus propias fuerzas para poder generar cambios sustentables en las organizaciones. La capacidad técnica para identificar determinados patrones de incidentes aparentemente aislados y entender la naturaleza común de ellos para describir un problema es sólo un componente del desafío para encarar soluciones, sobre todo si estas son innovadoras. Sin suficiente confianza no se puede desafiar el estado dominante en cualquier sociedad y generar cambios innovadores. En particular, recordando los aportes de referentes externos la capacidad de cambiar de los latinoamericanos y especialmente de los uruguayos, parece estar minada por el negativismo que establece a priori un “no se puede”, aún cuando los problemas hayan sido adecuadamente diagnosticados y hasta sobre-diagnosticados.

La capacidad institucional de cada país para poder comprender los desafíos que plantea el futuro en sus áreas más estratégicas, realizando estudios sistemáticos para hacerlo, será en los años por venir, un factor diferenciador cada vez más importante. Cada vez serán más importantes las habilidades para desarrollar programas adecuados de prospectiva tecnológica para poder identificar y comprender los escenarios futuros de manera de ir adaptando los recursos existentes a las necesidades que se van generando, pensando en el mediano y el largo plazo. Particularmente en el Uruguay estos estudios serán fundamentales en sectores claves como el energético, en el que se sabe claramente que existirán contenciones de generación de energía si nos basamos exclusivamente en el potencial hidrológico disponible en nuestro territorio, cuyas posibilidades de desarrollo futuro son mínimas (Cataldo y otros, 2002). 

En cualquiera de los escenarios de integración de agentes y factores de cambio político, social, económico o cultural, hay claros indicios de que el dominio de la tecnología constituye un factor diferenciador, asociado económicamente con el progreso de las naciones. Esta visión centrada en lo económico de la supremacía de la tecnología, contribuye a jerarquizar arquetipos que en definitiva, reflejan y consolidan ciertos valores de cada cultura en detrimento de otros. Precisamente, éste es un punto clave en el campo energético, que ha sido el Talón de Aquiles en lo que se refiere al desarrollo del Uruguay en las últimas décadas. (veasé el estudiod el caso ANCAP) que fue estudiado en detalle. Allí la tecnología – aun en actividades como la distribución de productos ya refinados – es determinante para lograr una posición competitiva. Esto es generar servicios para funcionar, sacando partido de las redes de distribución y no operando con estaciones de servicio operativamente aisladas.

La ciencia y la tecnología no siempre ayudan por igual en todos los contextos en los que marcan presencia. Judith Sutz señala respecto de América Latina que: “Una de las marcas del subdesarrollo es la falta de auto confianza en materia científica y, quizá más aún, tecnológica. Las sucesivas oleadas de innovaciones que transforman la vida de todos se originan casi siempre en otras partes. La velocidad de vértigo de los avances científico-tecnológicos arroja inevitablemente dudas acerca de la capacidad real de nuestras sociedades para asumir como propia una actividad que afronta tantos obstáculos para resultar relevante.” (Revista Iberoamericana de Educación Número 18 - Ciencia, Tecnología y Sociedad ante la Educación) (Arocena y Sutz, 2006, sp) Particularmente en Uruguay, el problema de la falta de confianza en las capacidades propias de investigar e innovar, no son menores. 

Sin embargo, a pesar de las dificultades, la tecnología puede llegar a ser uno de los disparadores de grandes cambios que pueden producirse en el Uruguay contemporáneo. No exclusivamente a través del desarrollo exitoso de experiencias en algunos sectores de actividad como el desarrollo de software, en el que Uruguay ha destacado respecto de los demás países de la región. Existe otra vertiente que moviliza y que posiblemente tendrá importantes efectos sobre los servicios públicos nacionales, en general administrados por el Estado. La tecnología está convirtiéndose en un factor de desestabilización de los grandes monopolios estatales. Como ejemplo de referencia hay dos sectores en lo que esto es evidente: la logística y las comunicaciones. Por el lado de la logística, afectando tremendamente los tipos de servicios que se prestan en el área postal utilizando correspondencia electrónica y por el lado de las comunicaciones, en lo referido a la telefonía celular que aceleradamente está despanzando a la telefonía fija.

Por otra parte, la relación de los valores y la ciencia es un aspecto muy importante a considerar, sobre todo cuando los modelos interpretativos elegidos para comprender la realidad traen consigo una carga importante de valores y creencias asociados, que frecuentemente se apartan invocando un racionalismo, que paradógicamente también está cargado de valores. Es también un asunto de valores lo que conduce a que, por ejemplo, en muchos países occidentales asumamos que es necesario jerarquizar aspectos materiales relacionados con la ciencia, por encima de aspectos inmateriales afines con el desarrollo artístico. Como si a partir de determinados supuestos sobre la economía y la estética, asumiéramos que lo material y lo espiritual también operaran social y culturalmente, en compartimentos estancos, sin interacción posible y conveniente entre ellos. Lo que no es cierto.

Lo que las personas aprecian o consideran relevante impacta sobre lo que se construye en cada sociedad. Los valores y las creencias inciden de manera relevante en la formulación de los programas políticos, aunque ello no siempre sea explícito. Los programas políticos suelen estar sustentados en posiciones de partida, con una carga ideológica muy importante. Esto se pone en evidencia cuando los actores políticos seleccionan modelos económicos y de desarrollo productivo acordes con su posición ideológica en el espectro político y consistentes con las demandas de sus respectivos ámbitos de desempeño. Los modelos mentales que gobiernan las acciones de los actores políticos suelen ser consistentes con la proyección de una imagen públicamente creíble y acordes con las expectativas del electorado, sobre todo en sistemas democráticos en que existe alternancia.

Actualmente se está dando en el Uruguay una puja entre el gobierno nacional, los académicos y la universidad estatal, respecto de quién debe manejar las riendas del desarrollo científico y tecnológico (Búsqueda, 14/06/2007, pág. 3). Los argumentos de las partes son de recibo. Por un lado, el gobierno quiere fijar prioridades y por otro, desde la academia se reivindica una mayor amplitud de criterios y cierta la autonomía para investigar. La idea de centralizar fuertemente la autoridad para definir políticas y planificar sistemáticamente los emprendimientos innovadores - con la idea de poder controlar mejor el futuro - muchas veces es engañosa y los resultados suelen ser desalentadores, tanto para las instituciones públicas, como para las empresas privadas.

La relación de la universidad estatal con el sector productivo sigue siendo compleja y contradictoria (Hein, Mujica y Peluffo, 1996). La propia competitividad sistémica e innovación en el Uruguay, parece ser una verdadera “asignatura pendiente”, sobre todo si se contrastan los logros reales con las potencialidades. Siguen todavía abiertas preguntas desafiantes como: ¿Dónde radica, en Uruguay, la capacidad de creación de conocimiento? Y la respuesta que encuentran los investigadores referidos, es que está desperdigada en muchas organizaciones, pero tiene un centro en la Universidad Estatal (lo que simplificaría el desarrollo) pero que sin embargo a pesar de ciertas disposiciones favorables, el país como un todo, no logra una adecuada integración entre “actores de conocimiento” y “actores de innovación”. Todo esto genera dudas respecto del desarrollo futuro que de todas maneras se mira últimamente, con mayor optimismo.

7 Síntesis de los principales aportes
La tecnología es un factor diferenciador muy relevante en el ámbito de los procesos de transformación productivos nacionales, desde hace varios siglos. En la actualidad todavía es más importante considerar todo el impacto del paradigma “tecno-económico” como factor de cambio en el desarrollo de cualquier sector industrial y más específicamente en aquellos que conviven con tecnología de punta. El rol de la tecnología en todos los sectores de actividad humana y en particular en el sector energético (objeto de estudio de la tesis), plantea enormes desafíos globales, regionales y también nacionales. 

La importancia del factor tecnológico en el desarrollo de los países no es algo por cierto novedoso, pero no por ello deja de ser relevante. Los esposos Toffler han insistido durante años en el desarrollo de la “tercera ola” y del rol que tiene el conocimiento tecnológico en la generación de riqueza a escala planetaria. America Latina no puede ser indiferente a estos aspectos. Por su parte para acentuar el desafío, Manuel Castells plantea el impacto de la integración de las tecnologías de la información y las comunicaciones en las formas en que se genera, trasmite y aplican los nuevos conocimientos. 

Pero el abordaje del desafío tecnológico no es sólo técnico y económico. Las referidas pujas entre el gobierno nacional y los académicos en Uruguay, respecto de quién debe manejar las riendas del desarrollo científico y tecnológico nacional tienen que ver con cuestiones que trascienden a las tecnologías y su financiamiento. La relación entre los gobiernos y los investigadores forma parte de un debate impostergable que debería realizarse desde una perspectiva unificadora de la comprensión de los grandes desafíos nacionales para que los corporativismos no impongan visiones sectoriales a los legítimos intereses nacionales.

Los aportes conceptuales y los ejemplos expuestos como referencia en esta presentación generan algunos indicios que permiten sostener que, a partir de su relación con los valores y las creencias nacionales más relevantes; los programas políticos, económicos y sociales, tampoco son neutrales. Están también cargados de esos valores y creencias, que los condicionan favorable o desfavorablemente. El campo de la economía y el de la tecnología, no son la excepción y el paradigma “tecno-económico” es un claro ejemplo de que lo que se hace o deja de hacer al respecto, tiene fuertes raíces axiológicas.

Incluso pensado con un horizonte más amplio que el de la tecnología, los jucios realizados respecto de qué hacer en cada ámbito nacional estratégico, podrían extenderse a desafíos que trascienden a lo estrictamente tecnológico. Destinar determinados recursos preferentemente a la educación, o bien asignarlos al desarrollo industrial, o eventualmente poner el énfasis en la seguridad, refleja valores y creencias diferentes, más allá de las circunstancias que motiven eventuales cambios de rumbo, en el nivel político, económico o social. Precisamente la posibilidad de apreciar las relaciones entre lo que se piensa y lo que se hace –con una óptica de sistemas y un enfoque axiológico - contribuye por cierto a clarificar el entendimiento. 

Como se planteara en la exposición central: un conjunto de decisiones acertadas o desacertadas del Estado respecto de estimular o desestimar determinados desarrollos tecnológicos, puede generar efectos dinamizadores beneficiosos o provocar estancamientos en la economía, el poder militar o el bienestar social de cada país. Lo que se haga o deje de hacer en estos ámbitos a nivel del gobierno y de los agentes privados, no será por cierto intrascendente. El destino político, económico y social de los países estará asociado con estos aciertos y desaciertos, en ciclos cada vez más cortos y operando con efectos acumulativos que no podrán compensarse fácilmente, para quienes se equivoquen.

Más allá de estas pujas en muy diversos sectores nacionales de actividad como la energía o la educación, se revalida la necesidad estratégica de contar con una adecuada integración entre “actores de conocimiento” y “actores de innovación” en la que los gobiernos nacionales deberían ser orientadores y catalizadores, pero no sustitutos de lo que un académico o un empresario deben hacer desde sus respectivos roles para generar riqueza a escala nacional, para que los desafíos sociales puedan abordarse con adecuado sustento y perspectivas de continuo desarrollo. Cada vez será más notoria la diferencia entre los países que lo logren armoniosamente y aquellos que no lo hagan.

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