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Las desigualdades sociales y el objeto del trabajo comunitario en Cuba: responsabilidad de la Sociología.

Resumen: El trabajo hace un análisis desde la óptica epistemológica e histórica, sobre la responsabilidad científica de la Sociología particularmente en el contexto cubano, en la problemática de la relativa desconexión del tema desigualdades sociales respecto al objeto del trabajo comunitario...
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Autor: Nayibis Díaz Machado
Resumen.

El trabajo hace un análisis desde la óptica epistemológica e histórica, sobre la responsabilidad científica de la Sociología particularmente en el contexto cubano, en la problemática de la relativa desconexión del tema desigualdades sociales respecto al objeto del trabajo comunitario. Le interesa destacar el papel orgánico de agente del desarrollo social que le corresponde a dicha ciencia, a pesar de tener bases epistemológicas distintas, e incluso opuestas, a los presupuestos que han sustentado el desarrollo del trabajo comunitario en Latinoamérica y más específicamente en Cuba, y aborda finalmente algunos factores que pueden favorecer esa organicidad de la Sociología como impulsora del tratamiento de las desigualdades sociales dentro del objeto de todo proyecto de trabajo comunitario, a partir de superar la visión estructuralista de esas diferenciaciones.


Índice

Introducción/ 1
I. Condicionantes de la separación entre el tema desigualdades sociales y el objeto del trabajo comunitario en Cuba, desde la Sociología/ 2

II. Condiciones favorables a la posible organicidad de la Sociología con el tema desigualdades sociales dentro del objeto del trabajo comunitario en Cuba/ 10

Conclusiones/ 12

Bibliografía/ 13


Introducción.

La estructura social constituye un objeto de estudio fundacional y permanente para la Sociología. Dentro de dicho objeto, el tema de las desigualdades sociales ha sido una prioridad constante en el campo de los estudios marxistas, y de enfoque crítico en general a nivel internacional, principalmente en las últimas décadas por los rumbos inciertos que se plantean a la humanidad. Sin embargo, ese tema se ha mostrado bastante discreto, o poco explícito, en el objeto del trabajo comunitario, que precisamente constituye una disciplina esencial para toda sociedad con desigualdades de cualquier índole o nivel, por su ineludible compromiso con el desarrollo y el futuro de la humanidad.

Cuba no escapa de esa realidad, a pesar de la creciente atención reflexiva y transformadora que recibe el ámbito comunitario desde perspectivas multidisciplinares. Todavía muchos procesos en ese marco, aunque responden claramente a necesidades de desarrollo humano, denotan un bajo nivel de conocimiento de la estructura social de las comunidades, y en particular de la diversidad y situación desigual de grupos e individuos que las integran, cuestión esta que debe ser considerada vital, en aras de que cada proyecto transformador tribute al auténtico empoderamiento de los actores comunitarios, a tono con la ética emancipatoria del sistema sociopolítico cubano.

Enmarcado en esa línea reflexiva, el presente trabajo se plantea dos objetivos esenciales: valorar algunos factores que desde la ciencia sociológica condicionaron la desconexión del tema de las desigualdades sociales respecto al objeto del trabajo comunitario en Cuba, y reflexionar brevemente acerca de determinadas condiciones actuales y perspectivas para la acción superadora en ese sentido.


Desarrollo.

I. Condicionantes de la separación entre el tema desigualdades sociales y el objeto del trabajo comunitario en Cuba, desde la Sociología.

Epistemológicamente esa separación entre el tema de las desigualdades sociales y el objeto del trabajo comunitario en Cuba, puede encontrar algunos elementos explicativos en las características y finalidades tan diversas, e incluso opuestas en determinados aspectos y momentos, que se han atribuido a la Sociología y al Trabajo Comunitario (y en la base de este, la Psicología Comunitaria).

Como ya se introdujo, el tema de las desigualdades sociales ha sido área privilegiada dentro del análisis de la estructura social en distintos representantes de la Sociología, principalmente crítica. Sin embargo es un hecho reconocido que dicha ciencia surgió comprometida con la defensa del orden social, dígase el sistema capitalista entendido como el camino de modernización de la sociedad (Hernández, 2003), en la cual eran vistas como elementos inherentes las desigualdades, las instituciones y funciones existentes, así como la distribución del poder establecida. Estos componentes se analizaban como garantes del mantenimiento de una estabilidad social, necesaria para el desarrollo armónico de los individuos. Los propios sociólogos fundadores instituyeron esta línea, que luego tomó dos rutas en cuanto a la definición de qué institución social debía ser rectora de ese orden. Por una parte se definía al Estado (Comte, Durkheim), y por otra, al Mercado (Spencer) como institución articuladora de las distintas estructuras para el funcionamiento de la sociedad.

Desde esa perspectiva el enfoque analítico de cada clase, estrato o grupo social, iba encaminado a determinar los mecanismos que les facilitaran ejercer sus funciones, las que de manera natural les correspondían para el equilibrio del sistema. Ello estaba estrechamente relacionado con el tratamiento teórico de la relación individuo-sociedad, donde generalmente el todo social (el sistema social a través de sus redes institucionales) se anteponía a las partes (individuos, grupos). Incluso, el enfoque de las acciones sociales las ubicaba en un plano de externalidad normativa respecto a los individuos, lo que puede evidenciarse en el método sociológico propuesto por Durkheim (Hernández, 2003). Aunque no fue una posición exclusiva, ha sido mayoritaria en la teoría sociológica, y permite comprender el limitado nivel de visualización que recibe el ámbito comunitario como actor social, así como el escaso estudio de la diversidad y desigualdad social en su dinámica interna.

Este rumbo mayoritario de la Sociología era funcional al intenso crecimiento de la sociedad capitalista desde la segunda mitad del siglo XIX, y al perfeccionamiento de los resortes políticos de su sistema estructural-funcional a lo largo del siglo XX.

Al mismo tiempo hay que destacar, que los paradigmas de producción de conocimientos que han marcado la mayor parte del camino recorrido por los estudios sociológicos (díganse el Positivismo y el Comprensivismo), constituyen dos bases epistemológicas importantes para entender la débil presencia del tema de las desigualdades sociales en el objeto del trabajo comunitario en Cuba, dado que esta actividad transformadora se sustenta ante todo en el paradigma Socio-crítico, adoptado tardía y sectariamente por el campo sociológico.

El Positivismo fue dominante por todo el siglo XIX y buena parte del XX. Condicionó el enfoque prediccionista, generalizador y cuantitativista de los estudios sociológicos, que se centraron en establecer leyes de comportamiento casi invariable de los fenómenos sociales, a semejanza del proceder metodológico de las ciencias naturales, mucho más desarrolladas en esa época. Ello instauró una tradición empirista de reducir los fenómenos sociales a variables, hacer mediciones, verificar hipótesis y probar teorías, que ubicaba la realidad social en un plano de homogeneidad. Así resultaba casi imposible comprender la rica y diversa dinámica de las estructuras, instituciones, grupos sociales e individuos que visualizaba ese análisis sociológico, y que tan importante premisa constituye para todo acercamiento desarrollador al ámbito comunitario.

Luego en la investigación sociológica emergió el paradigma Comprensivo o Interpretativo, principalmente en la segunda mitad del siglo XX. Aportó un enfoque más cualitativo y de visualización de lo casuístico en la realidad social, muy necesario para entender la amplia heterogeneidad de las relaciones sociales en todas las esferas de actuación, constatada en el nivel, modo y estilo de vida de cada grupo de individuos. Ello permitió un mayor acercamiento científico al entorno comunitario, pero todavía marcado por una tradición conservadora, de descripción y teorizaciones, no comprometida con objetivos de transformación para la vida de los grupos e individuos comunitarios.

En esa etapa (años 60) la Psicología comunitaria también emergía como disciplina científica, altamente comprometida no solo con el estudio de las comunidades, sino además con la intervención social. Pero mantuvo durante algunas décadas un enfoque apegado a su origen en la psicología clínica y no propiamente en la psicología social (Vasallo, 2000), lo que le confería un carácter más bien terapéutico, de trabajo con pequeños grupos e individuos considerados en situación de desventaja psicosocial. Esto la separaba todavía de la visualización integral de las desigualdades sociales más allá de la cuestión psicológica.

Precisamente un paradigma investigativo que mucho ha tributado al desarrollo de ese necesario enfoque, con mayor fuerza en Latinoamérica, es el Socio-crítico. Fruto de los aportes de varias disciplinas sociales (Filosofía, Sociología crítica y marxista, Pedagogía de la liberación, Psicología Social), con la adopción de posiciones ideológicas cada vez más radicales sobre el objeto social de los científicos, la emergencia de este paradigma comprometía toda forma de conocimiento con la acción social, guiada por valores emancipatorios del ser humano. Dicho marco conceptual y metodológico ha sido clave para el avance experimentado por las prácticas sociales comunitarias en este continente, durante las últimas décadas.

Las condiciones sociopolíticas y culturales en América Latina a principios de la segunda mitad del siglo, favorecieron ese fortalecimiento de las posturas científicas comprometidas con fines de desarrollo social desde el escenario comunitario. La amplia crisis de las sociedades a lo largo del continente, dada por la desnacionalización y el estancamiento de sus economías, el crecimiento sin precedentes de la marginalidad y el pauperismo, el fracaso de los proyectos denominados populistas y nacionalistas, y con esto la radicalización de las corrientes izquierdistas que los sustentaban, crisis de unidad y proyectos en el movimiento obrero continental, las implicaciones ideológicas del triunfo de la Revolución Cubana, el movimiento de reconceptuación del trabajo social por un mayor alcance transformador de la dinámica comunitaria, así como la escalada represiva en una serie de naciones provocada por el fracaso de la llamada “Alianza para el progreso” (Cueva, 2001), fueron factores esenciales que condicionaron esa creciente toma de conciencia emancipatoria por parte de intelectuales e investigadores sociales, tan importante para el éxito del trabajo comunitario.

A todo ello se unió la constatación por parte de un grupo cada vez más numeroso de sociólogos (Fals, Jara, Orozco; 1999), acerca de lo insuficientes que comenzaban a resultar las investigaciones microsociales, en un momento en que según Agustín Cueva (2001: 352) “el estudio de las disfunciones se muestra dudoso e inadecuado para captar una realidad en la que los desajustes muestran ser la regla y no la excepción”.

Sin embargo, este contexto de cambios impulsados por las ciencias sociales no se manifestó de la misma manera en Cuba, dada una serie de elementos sociopolíticos e institucionales que retardaron, o hicieron variar, su proceso de entrada.

Precisamente la ciencia sociológica en este país han sido una de las más afectadas por ese retardo, dado el presupuesto de que nuestra sociedad, a diferencia de las restantes sociedades latinoamericanas, avanzaba hacia la erradicación definitiva de todas las desigualdades, y de que las diferencias aún persistentes eran consideradas “rémoras a superar” (Espina, 2001: 225), es decir, residuos del viejo sistema capitalista. A partir de tal premisa, la política institucional oficial establecía que los aportes de las ciencias sociales debían estar en función de proyectar, y perfeccionar dentro de los marcos admisibles, el avance del proceso de homogeneidad social, entendida como cualidad esencial de la nueva estructura social cubana.

En los círculos académicos, la fuerza de los análisis sobre cuestiones estructurales, unido a la creciente visualización del mantenimiento, incluso agudización de determinadas desigualdades sociales a finales de los años 80, demostraron la necesidad de incluir la perspectiva socioestructural como elemento básico permanente de la política social y la planificación integral. De hecho el I Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975 había reconocido el papel de las diferencias sociales, y de la necesidad de su superación como un problema clave, lo que situaba la problemática en un plano de legitimidad. Pero todavía era muy insuficiente la cantidad y nivel de especialización de los estudiosos dedicados a ese tema, y muchos estudios valiosos realizados en otros países sólo llegaban a nuestros especialistas por gestiones personales, debido a que la prioridad se otorgaba a la producción científica del entonces campo socialista, que teorizaba dicha problemática desde la perspectiva de superación de contradicciones residuales del viejo sistema, para el proceso de homogeneización de la sociedad socialista. Con tales fines, las comunidades eran visualizadas como espacios de aplicación de estrategias y programas ya diseñados desde el nivel de las políticas sociales, y en consecuencia, como objetos de pequeños estudios de constatación de resultados de esas estrategias.

A tal situación se sumaba el hecho de que la Sociología era vista como una ciencia comprometida con el orden burgués, por lo que su fomento académico e investigativo no constituyó una prioridad desde el nivel central de la política científica y educacional, hasta finales de los años 80. Eso unido al criterio de que se necesitaban más los técnicos y profesionales ligados a la producción, condicionó décadas de cierre de la Sociología como carrera universitaria, hasta el año 1990, lo que instituyó la lejanía de las producciones sociológicas, marcadamente positivistas, además, respecto al quehacer transformador en los distintos niveles de la intervención social.

Mientras se daba este panorama en la producción científica cubana, otra realidad mucho más favorable se evidenciaba a finales de los 80 para el trabajo comunitario en la mayoría de los países latinoamericanos. Impulsado por un amplio movimiento de reconceptualización ideológica de toda forma de trabajo social, del movimiento de la Educación Popular, y de la propia psicología comunitaria, las prácticas transformadoras en las comunidades buscaron cada vez con mayor sistematicidad, los aportes de las disciplinas sociales ahora más comprometidas con propósitos emancipatorios de las masas populares del continente.

La sociología latinoamericana, como otras disciplinas sociales, comenzó a ser reflejo científico de una nueva forma de representar el tercer mundo, ajena a los discursos y prácticas dominantes, que se promovía en la región como respuesta de los movimientos sociales, guiados por intelectuales progresistas, al complejo panorama político y económico, y al fracaso de los paradigmas desarrollistas con enfoque exógeno (Basail, 2005). Al creciente compromiso científico con la acción transformadora de la realidad social, se le unió un replanteo de las profundas relaciones entre Cultura y Desarrollo, contraria a la homogeneización cultural proyectada por la globalización neoliberal. De esta forma, a fines de los años 80 la UNESCO instituyó el promover la dimensión cultural del desarrollo como una variable esencial de cualquier proyecto, al mismo nivel de los factores económicos y tecnológicos (Basail, 2005). Ello condujo a un mayor reconocimiento de la identidad cultural de las poblaciones beneficiarias de cada proyecto desarrollador, díganse en primera instancia los grupos comunitarios.

Ese contexto implicó un alto nivel de consenso científico en cuanto a visualizar el ámbito comunitario, y la comprensión de sus problemáticas sociales particulares, como paso previo ineludible para el éxito de cualquier proyecto transformador. En aras de ese propósito, numerosos estudios sociológicos comenzaron a incidir no sólo en esas particularidades de la composición social comunitaria, sino también en el análisis de los saldos negativos para estas, dejados precisamente por las políticas institucionales ajenas a la auténtica diversidad cultural de la región. Al mismo tiempo, la producción sociológica buscó una relación más directa con la praxis, mediante su integración con otras disciplinas, y con movimientos intelectuales identificados con las auténticas necesidades de las poblaciones comunitarias.

Una manifestación concreta de esa integración, es el auge de la investigación participativa (IP), como una alternativa de los investigadores más identificados con las necesidades particulares de los grupos comunitarios, para la superación del conservadurismo de los estudios sociológicos enmarcados en el paradigma científico positivista. Esta tendencia de avanzada en la región, sustentada en el paradigma Socio-crítico, comprometió toda forma de obtención de conocimiento con una vocación transformadora a favor del desarrollo social de las comunidades, a partir del reconocimiento de sus necesidades auténticas y de su derecho a participar protagónicamente en sus propios procesos de cambio.

Así el trabajo comunitario se vio cada vez más involucrado con la comprensión de las realidades concretas de cada grupo humano a ser beneficiado, y dentro de esas realidades, la visualización de las desigualdades sociales como una problemática central a ser superada, con la participación sistémica de los aportes investigativos de diversas disciplinas sociales, entre ellas la Sociología.

Como ya se adelantó en este trabajo, ese favorable contexto científico social en auge por el continente latinoamericano, tardó en concretar su arribo a Cuba hasta los años 90, cuando ganaban amplia legitimidad los aportes investigativos del CIPS, que demostraban lo errado de explicar la diferenciación socioeconómica de la estructura social cubana como simple remanente a superar de la antigua composición social. Se reconocía paulatinamente que una buena parte de esas diferenciaciones es inherente al socialismo, por su propia condición de sistema en construcción, y que incluso pueden cumplir un rol de fuerza motriz del logro de la equidad social. Ello permitió que se convirtiera en tema de obligada presencia entre los estudiosos cubanos de distintas disciplinas, principalmente la Sociología, el de la tensión entre igualdad y diferenciación social, para su articulación en un proyecto sociopolítico común (Espina, 2001).

No obstante el compromiso investigativo de la Sociología cubana con el trabajo comunitario, todavía era poco visible a mediados de esa última década del siglo XX. El propio trabajo comunitario aún no exhibía un estado de madurez en la percepción de sus bases teórico-metodológicas, según reconocían los propios gestores de esas prácticas en Cuba (Fernández, 2003).

Así se puso de manifiesto en el Primer Encuentro de Experiencias Comunitarias, en 1998, auspiciado entre otras entidades, por la Asociación de Pedagogos de Cuba a través de su colectivo de Investigación Educativa “Graciela Bustillos”. Allí se analizó como un factor clave a superar, la falta de conocimiento de las características de las comunidades destinatarias de los proyectos, al ser estos impulsados, en muchos casos, por entidades y funcionarios gubernamentales ajenos en buena medida a la realidad específica de esos grupos y espacios poblacionales. También se reconoció la limitada percepción de la participación comunitaria, más como proceso movilizativo que comprometido, cuestión acentuada en los momentos de la concepción de los proyectos, que obedecían mayormente a decisiones de organismos centrales o locales. Otra dificultad analizada en estrecha relación con las anteriores, fue la utilización de indicadores de medición y evaluación no emanados del análisis de la realidad particular de cada comunidad.

Esas limitaciones se han ido superando en los últimos diez años, en la medida en que las exigencias del reajuste institucional experimentado en los planos socioeconómico, científico y cultural, han permitido un mayor reconocimiento a los resultados de la actividad investigativa académica, sobre los cambios en la estructura social cubana y su incidencia, más o menos desfavorable, en los distintos estratos y grupos poblacionales. De tal forma ha ganado espacio la participación de las ciencias sociales en las estrategias, programas y proyectos de transformación y desarrollo social.

Pero todavía el tema concreto de las desigualdades sociales se visualiza prácticamente como exclusividad de los sociólogos pertenecientes al CIPS, o insertados en proyectos vinculados a esta institución, y en mayor medida se aprecia en estudios y teorizaciones no explícitamente integrados a procesos de intervención práctica. Una simple revisión a proyectos de trabajo comunitario de la actualidad, o de años recientes, en las distintas modalidades de dicha actividad, evidencia desde las definiciones de comunidad en que se sustentan, hasta las concepciones teórico-metodológicas puestas en práctica, que sigue existiendo una visión del ámbito comunitario como espacio de homogeneidad.

Esto puede constatarse en proyectos autodefinidos de prevención, trabajo social, animación sociocultural, extensión universitaria etc, donde es escasa la atención diferenciada a las particularidades sociales de grupos e individuos, que conviven cotidianamente en un sistema de múltiples influencias recíprocas. En los casos en que se atiende a determinadas situaciones específicas, generalmente el enfoque de sus problemáticas no es sistémico, ni en el análisis de los factores que condicionan esa situación, ni en las metodologías de intervención y seguimiento empleadas. Un ejemplo fehaciente de ello es el trabajo social, que idealmente divide a la comunidad en niveles y subprogramas para la atención a disfuncionalidades propias de determinadas personas, familias, grupos de edad, pero no se dedica suficiente espacio a la incidencia de las desigualdades sociales de toda índole, desde las estructurales hasta las de género, edad, afiliación cultural, orientación sexual, credos religiosos, y muchas otras, que pueden ser determinantes para la clara comprensión de cualquier problemática, fenómeno, o condición social, que constituya objeto de trabajo comunitario, y en consecuencia, para la adecuada elaboración de estrategias y metodologías favorecedoras de la diversidad de actores sociales en el entorno comunitario.


II. Condiciones favorables a la posible organicidad de la Sociología con el tema desigualdades sociales dentro del objeto del trabajo comunitario en Cuba.


Indudablemente la Sociología es hoy una ciencia llamada a asumir el reto de teorizar esta cuestión de las desigualdades sociales, como tema que debe tener la prioridad en el objeto de los proyectos de trabajo comunitario, por la ampliación del espacio de reconocimiento oficial a una serie de problemáticas sociales en Cuba, no debatidas diez años atrás, así como por el fortalecimiento evidenciado en los últimos años en esa especialidad científica, aunque mayormente sus investigaciones sean rectoradas por la academia y los centros científicos de nivel nacional.

Oportunidades para una mayor asunción de ese reto, existen hoy en el ámbito científico y cultural cubano. Ya es un hecho, aunque poco divulgado durante décadas, la legitimidad que tiene el tema de las desigualdades sociales desde el Primer Congreso de la máxima dirección partidista del país, el PCC. Al mismo tiempo ha sido superada en alto grado la tradición positivista y conservadora en sentido general, que por mucho tiempo mantuvo a la Sociología desconectada del ejercicio práctico transformador de la realidad social, aunque subjetivamente todavía muchos sociólogos se identifican con el clásico rol de estudiosos, cuyos resultados deben ser implementados por otros especialistas. Pero a pesar de resagos subjetivos que hoy persisten, la política institucional en los ámbitos académico y científico en general exige cada vez más la formación y el compromiso cotidiano, de profesionales directamente vinculados con objetivos de transformación y desarrollo social.

En la generalidad de los planes de formación académica de la educación superior cubana, se instituye cada vez más el propósito de fortalecer en los estudiantes de ciencias sociales una mentalidad de productores, desde el punto de vista del compromiso de las investigaciones no solo con el rigor de los resultados, sino al mismo tiempo con la transformación sociocultural de las realidades que estudian. Esa exigencia constituye otro paso de avance, aunque muy discreto, hacia el involucramiento de especialidades como la Sociología con el trabajo comunitario, y en particular, con la reflexión transformadora del objeto de estudio de dicha actividad.

Otro aspecto muy positivo es la defensa que proyecta cada vez más la política social cubana, del reconocimiento a la diversidad cultural, sustentado en la valorización del enfoque cultural del desarrollo humano, uno de los principios vitales que pueden impulsar la mayor integración del análisis sociológico de las desigualdades sociales como tema insuficientemente visualizado por el trabajo comunitario.

Por otra parte, se percibe un fuerte impulso a la interdisciplinariedad y a la formación de los especialistas de las ciencias sociales hoy en el país, así como en los programas de maestrías y doctorados. A ello se une el fuerte debate teórico acerca del enfoque de la complejidad social a través de la inter y transdisciplinariedad, incluso como tarea hacia el interior de cada ciencia o disciplina social (Espina, 2006).

Esas favorables condiciones tienen mucho que ver con el creciente intercambio cultural entre Cuba y el resto del mundo, ya no sólo Latinoamérica, lo que ha permitido la asunción crítica de diversas corrientes, tendencias y propuestas en general, tanto marxistas como de otras orientaciones, y su inserción reajustada a las particularidades de nuestro contexto científico y sociocultural. Así puede citarse el impulso a los postulados de la Educación Popular, así como de aportes de la Filosofía y la Sociología crítica, que contribuyen a abrir el diapasón de visiones sobre la gran diversidad de elementos y alternativas a tener en cuenta en el interior de un entorno aparentemente homogéneo y poco complejo como es la vida social de las comunidades.


Conclusiones.

Desde las líneas de este trabajo se considera que la atención a las desigualdades sociales, como una prioridad en el objeto de todo proyecto de trabajo comunitario, encuentra una cuota importante de responsabilidad en la gestión institucional de las investigaciones sociológicas, más que en los propios aportes de dicha ciencia, porque es un hecho constatado la cantidad y calidad de esas investigaciones por una parte, y de los proyectos de trabajo comunitario por otra, pero también es real que siguen respondiendo a estrategias que a pesar de estar en la línea con propósitos emancipatorios, propios de nuestro sistema sociopolítico, van por caminos prácticos paralelos, que llegan a conectarse mayormente por iniciativas de determinados grupos de especialistas y agentes de las prácticas comunitarias, no por una gestión sistémica. Esto obedece en buena medida a cuestiones subjetivas, ligadas todavía a una insuficiente comprensión de que, las desigualdades sociales que existen hoy en Cuba, deben ser entendidas como manifestación de contradicciones inherentes a un sistema social en construcción y necesitado de transformaciones, por un camino de coexistencia entre igualdad y diferenciación, propio de la materialización de un proyecto común, que no equivale a homogéneo. Al mismo tiempo evidencia que aún no se percibe claramente la dimensión cultural en el enfoque de las desigualdades, que no siempre van a ser estructurales o directamente económicas, sino también mediatizadas por variables de expresión simbólica como el género, la raza, la generación, la orientación o preferencia sexual, la afiliación y proyección cultural, religiosa, política, y otras. Todas precisan de una mayor comprensión sociológica en los marcos de la vida comunitaria como entorno inmediato de desarrollo integral del ser humano, que defiende permanentemente nuestro sistema social.


Bibliografía.

1. Basail Rodríguez, Alain: Cultura en el desarrollo, Selección de lecturas de Antropología social, Colectivo de autores, Editorial Félix Varela, La Habana, 2005.

2. Cueva, Agustín: Las Ciencias Sociales en América Latina, Selección de lecturas de Introducción a la Sociología T. 3, Dpto de Sociología, Universidad de la Habana, 2001.

3. Espina, María Paula: Los estudios de Sociología de la estructura social y las desigualdades sociales en Cuba, Selección de lecturas de Introducción a la Sociología T. 3, Dpto de Sociología, Universidad de la Habana, 2001.

4. Fals Borda, Orlando: Selección de lecturas de Investigación Acción Participativa, CIE Graciela Bustillos, La Habana, 1999.

5. González Rodríguez, Nydia y Fernández Díaz, Argelia: Trabajo Comunitario. Selección de lecturas, Editorial Félix Varela, La Habana, 2003.

6. Hernández Morales, Aymara: Historia y Crítica de las Teorías sociológicas I, Editorial Félix Varela, La Habana, 2003.

7. Portal Moreno, Rayza y Recio Silva, Milena: Comunicación y Comunidad, Editorial Félix Varela, La Habana, 2003.

8. Vasallo, Norma: Psicología Social y Comunitaria, Curso de Formación de Trabajadores Sociales, La Habana, 2000.


Datos de la autora.
Nombre: Nayibis Díaz Machado

Profesión: Socióloga

Grado científico: Máster en Ciencias.

Institución: Facultad de Ciencias Sociales y Humanísticas, Universidad Agraria de la Habana. Departamento de Sociología.

Labor docente esencial: profesora de Metodología de la Investigación Social y coordinadora de talleres de tesis.

Ciudad y país: San José de las Lajas, La Habana, Cuba.

Correo electrónico: nayi@isch.edu.cu
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