Este vocablo usado por los antiguos griegos para designar a la Madre Tierra,
diosa de la Naturaleza, y popularizado por el científico naturalista James
Lovelock, nos está revelando en los últimos tiempos conocimientos sobre el
Sistema físico de la Tierra que supera antiguas teorías sobre la vida en nuestro
planeta. La teoría Gaia sostiene que la Tierra funciona como un sistema autónomo
autorregulado que surge de la totalidad de organismos que la componen, los seres
vivos, las rocas de la superficie, el océano y la atmósfera, estrechamente
unidos como un sistema que evoluciona. La teoría afirma que este sistema tiene
un objetivo: la regulación de las condiciones de la superficie para que sean lo
más favorables posible para la forma de vida que en aquel momento pueble la
Tierra. Esta teoría desecha la antigua teoría de que los organismos vivos se
adaptan a las condiciones bióticas de la superficie terrestre. Esto supone un
salto de gran amplitud respecto a las percepciones de la evolución de la vida en
nuestro nicho natural; además, de enlazar con los grandes problemas
medioambientales actuales como el calentamiento global de la Tierra y sus
efectos climáticos en la superficie del globo. Si tal como supone esta teoría
nuestro planeta es una imbricada red de materia físico-química que actúa
recíproca y equilibradamente para mantener las condiciones biológicas adecuadas
para mantener activa la vida, no es menos cierto que este equilibrio u
homeostasis natural está siendo alterada negativamente por el desarrollismo
frenético de la civilización humana. El veloz calentamiento global que está
sufriendo el planeta en un breve periodo de tiempo se debe principalmente a los
gases denominados de efecto invernadero tales como el dióxido de carbono,
expulsados a la atmósfera como consecuencia de la quema de combustibles fósiles
necesarios para la intensificación técnico- industrial; y el metano como
consecuencia de la explotación intensiva agro-ganadera para saciar las proteínas
de un aumento desproporcionado de la población. El gran problema es que la
Tierra se está calentando demasiado como para que pueda mantener un estado
adecuado para la vida humana en el futuro, y si nuestra estructura
socio-económica sigue expulsando estos gases que tanto daño hacen al termoestato
de Gaia, lo más probable es que la humanidad esté al borde de autodestruirse
debido a su egoísmo primigenio. Nos hemos metido en este estrago ecológico
porque los lujos consumistas y un bienestar mal entendido en las sociedades
occidentales han sobrepasado la capacidad reguladora de la Tierra para
mantenerse lo suficientemente fría como para seguir albergando la vida natural
tal y como la conocemos hoy.
El problema es global y es por lo que para frenar este desastre necesitamos una
acción socio-política global sin distinciones entre países desarrollados, países
emergentes o subdesarrollados. La fuentes de energía de las que obtenemos la
electricidad que condiciona nuestras vidas ha de ser más diversa y limpia, es
decir, menos dependiente del carbono. Un mix energético que corte drásticamente
con las emisiones de dióxido de carbono, emplee paulatinamente energías limpias
e imprima rapidez en la investigación de la fusión nuclear; porque quizás, sea
ésta la única energía limpia e ilimitada que pueda proporcionarnos la energía
suficiente para el futuro sin alterar peligrosamente nuestra supervivencia.
Todo esto se ha de promover unido a un cambio de mentalidad de nuestra
existencia en el planeta, no estamos aquí para depredar el ambiente que nos
mantiene con vida sino para preservarlo y prestárselo a las futuras generaciones
para que puedan conocer el maravilloso milagro de la vida. Esta es la tarea más
urgente que gobiernos, organismos internacionales y sociedad en general han de
reflexionar con mayor amplitud de miras, porque la salud de la Tierra es lo más
importante, porque sin ella, simplemente, no podríamos existir.